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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 28 de octubre de 2020 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Chiquita'
  • Ficha técnica

    Título: Chiquita| Autor: Antonio Orlando Rodriguez | Editorial: Alfaguara  | Páginas: 560 | Fecha de publicación: 9 de abril de 2008 | Género: Novela | Precio: 21.50 € | ISBN: 978-84-204-7294-2 | EAN: 9788420472942 | Premio Alfaguara de Novela 2008
  • Foto de Antonio Orlando Rodríguez
  • Biografía

'Chiquita'

Antonio Orlando Rodríguez

EDITORIAL ALFAGUARA 

La grandeza no tiene tamaño. Espiridiona Cenda, una joven cubana de sólo veintiséis pulgadas de estatura, llega a la Nueva York de fines del siglo xix con el deseo de triunfar como bailarina y cantante. Esta biografía imaginaria de un personaje real recrea con libertad y una fabulación ilimitada las aventuras y desventuras de Chiquita, una mujer seductora e independiente que llegó a convertirse en una de las celebridades mejor pagadas de los teatros de vaudeville y las ferias de su tiempo.Elegante, humorística y llena de peripecias, la novela es un ambicioso fresco de una época pródiga en transformaciones sociales y milagros tecnológicos, en que las potencias se disputaban territorios, las cofradías secretas no habían perdido la esperanza de convertir el mundo en una gran Arcadia y las «curiosidades humanas» ejercían una extraña atracción sobre las multitudes.

Protagonista de amores tempestuosos, dueña de un talismán mágico y testigo de intrigas diplomáticas, la liliputiense Chiquita vuelve a la vida en estas páginas, con todo su genio, su crueldad y su encanto, convertida en un personaje literario inolvidable.

 

Donde Cándido Olazábal relata cómo conoció a Chiquita

Para empezar, déjame aclararte tres cosas.

La primera: que Chiquita era bastante fantasiosa. Si creías todo lo que te contaba, estabas frito. A ella le gustaba mezclar las verdades con las mentiras y sazonarlas con exageraciones.

Lo segundo que quería decirte es que, como buena Sagitario con ascendente en Capricornio, era muy obstinada. Incluso sabiendo que no tenía la razón en algo, le costaba dar su brazo a torcer. ¿Decir ella «me equivoqué»? Olvida eso. Además, era muy dominante. Si alguna vez fue una mansa paloma, cosa que dudo, la Chiquita que yo conocí tenía mucho carácter, era arrogante y estaba acostumbrada a mandar. Cuando alguien le llevaba la contraria, se volvía un basilisco. A lo mejor por dentro esa forma suya de ser la hacía sufrir, pero delante de mí nunca lo demostró.

Y lo tercero es que era putísima. Aunque en las fotos quedara con una carita que parecía incapaz de matar una mosca, era muy coqueta y siempre estaba tratando de seducir, de envolver a la gente con sus encantos. Ese era un juego que disfrutaba mucho. Quizás te cueste creerlo, pero ella tenía un qué sé yo que volvía locos a los hombres. Y a algunas mujeres también. Oyéndola hablar de sus amoríos llegué a la conclusión de que en este mundo hay más gente morbosa de la que uno se imagina.

En 1930 yo tenía veintitrés añitos y era capaz de escribir a máquina cincuenta palabras por minuto. Era delgado y bastante bien parecido, y aunque te extrañe tenía tremenda mata de pelo. Dos años atrás había llegado a Tampa para trabajar con un tío que vivía allí desde antes de que yo naciera. Mi madre le escribió contándole que en Matanzas estábamos comiéndonos un cable y le habló de mí; le dijo que era un muchacho con aspiraciones, que me había graduado de dactilógrafo y tenía facilidad para hacer rimas. La carta debió ser muy conmovedora, pues mi tío me pagó el pasaje para que fuera a darle una mano en su negocio, que resultó ser una fonda cerca de las tabaquerías de Ybor City.

Freía pescados mañana, tarde y noche, pero cada vez que mi tío me daba la espalda, dejaba lo que estuviera haciendo y me ponía a escribir mis versos o a leer. En esa época tenía un cuaderno lleno de poesías hechas por mí. Espantosas, creo recordar, aunque quizás algún soneto no fuera tan malo. Conmigo trabajaba un negro de Bahamas que era una fiera descamando. Como nos pasábamos todo el día metidos en la cocina, yo le enseñaba a hablar español y él me enseñaba inglés. Cada vez que lo oía tratando de conversar con los clientes, que eran todos cubanos, pensaba: «Si mi inglés es como su español, qué jodido estoy».

[Principio del libro en PDF]


[Etiquetas: novela]

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