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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 13 de noviembre de 2019 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Antitauromaquia'
  • Ficha técnica

    Título: Antitauromaquia | Autores: Manuel Vicent y El Roto | Editorial: Literatura Random House | Formato: Tapa blanda con solapa | Páginas: 272 | Medidas: 172 X 220 mm | Fecha: abr-2017 |ISBN: 9788439732730 | Precio: 18.90 euros | Ebook: 6,99 euros

  • Foto de Manuel Vicent
  • Biografía

  • Foto de Andrés Rábago
  • Biografía

'Antitauromaquia'

Manuel Vicent

Andrés Rábago

LITERATURA RANDOM HOUSE

Esta Antitauromaquia es algo más que una diatriba contra la fiesta nacional. La costumbre primitiva de sacrificar toros en público y convertir esa muerte en una ceremonia moral ha perdido ya toda su estética. La corrida ha quedado solo en un residuo de aquella España negra, zaragatera y triste en la que la crueldad con los animales no se distinguía de la violencia social y política. El espectáculo de la muerte festiva de un toro supone una agresión a la sensibilidad humana.

Este es un alegato contra todos los tipos de violencia que se expresan en la fiesta taurina, una liturgia de la tortura que algunos pretenden elevar todavía al rango de cultura porque creen que en España o eres toro o eres matador. Esta Antitauromaquia es un aviso para que no te toreen.

Reseñas:
«Su gusto por el detalle no disminuye la contundencia gráfica. Cuando Vicent habla de algo lo ofrece abierto en la mesa de quirófano.»
David Trueba, Babelia

«El Roto tiene una eterna capacidad de señalar el punto más vulnerable de nuestra sociedad, de acertar siempre con sus demoledoras críticas.»
Papel en Blanco

 


PRÓLOGO

Antes de iniciar este alegato antitaurino, debo confesar al lector que en mi niñez, en la adolescencia e incluso en la primera juventud también a mí me gustaban las corridas de toros, sobre todo en su versión más ruda de encierros y capeas. Conservo una imagen muy viva de las fiestas de septiembre cuando se corrían vaquillas en la plaza del pueblo. Aquel rito que acompañaba el final del calor del verano, con la llegada de los primeros tordos y la vuelta a la escuela, lo llevo asociado a la visión de las reses encerradas en un corralón de madera, a los ojos llenos de moscas de un impávido cabestro que rumiaba hierba seca y algarrobas, al olor de las cuerdas de esparto mojadas con que se ataba las talanqueras. Esa sensación iba unida al hedor que producía el excremento del propio ganado junto con el estruendo de la orgía. La música, los gritos, las heridas. Sentado en una barrera con mis amigos compartía los bocadillos de carne con tomate y los racimos de moscatel.

Este humus tan miserable es uno de los sustratos más hondos de mi memoria. Durante mucho tiempo me pareció adorable. Cuando uno nace y se desarrolla en ese ambiente taurino acaba por creer lo más natural del mundo pegar bastonazos a unas vacas esmirriadas, llenas de mataduras, que ya venían apaleadas de otras fiestas. Eran animales resabiados que conocían todo el santoral de los pueblos del Mediterráneo y también el trabajo que se esperaba de ellos para dar contento a la gente. En su cerebro llevaban ya codificada la crueldad de algunos determinados vecinos, a los que reconocían de un año para otro por sus desmesuradas garrotas, por sus largos aguijones, por su cara de sádicos. En cualquier fiesta de mi tierra era un consorcio con los sentidos divertirse, arriesgarse, violentar y matar a los toros. Formaba parte de la naturaleza. Tardé bastantes años en sacudirme este sello de encima.

Pero esa emoción taurina puede durar toda la vida. De hecho, muchos aficionados permanecen hasta el final de sus días sin poder desembarazarse de ella y cuando alguien ataca la lidia se sienten heridos en lo más profundo porque consideran que esa experiencia arrastrada desde la infancia participa de algo sagrado.

En el mejor de los casos llega un momento en que te das cuenta de la miseria que esconde aquel estrato de tu niñez. Cuando uno vuelve al lugar de aquellos juegos que le hicieron tan feliz y contempla a otros niños embruteciéndose con el mismo juego, de pronto, a uno se le abren los ojos y se le presenta con toda nitidez la crueldad humana. La mirada sufre un vuelco y también el estómago, y entonces se experimenta una lenta y prolongada conversión.

[Adelanto del libro en PDF]


[Etiquetas: Antitauromaquia, El Roto, Manuel Vicent, Literatura Random House, Toros, antitauromaquia, animalistas, Humanidades, Política y actualidad, Arte, cine y música, ]

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