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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 19 de agosto de 2018 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Cómo ser libre'
  • Ficha técnica

    Título: Cómo ser libre | Autor: Tom Hodgkinson | Editorial: Aguilar | Páginas: 328| Fecha de publicación: 12 de marzo de 2008 | Género: Novela | Precio: 18 € | ISBN: 978-84-03-09918-0
  • Foto de Tom Hodgkinson
  • Biografía

'Cómo ser libre'

Tom Hodgkinson

EDITORIAL AGUILAR 

¿Estás harto de pagar facturas? ¿Pensaste alguna vez que el camino a la oficina se convertiría en un nuevo deporte de riesgo o que te daría tiempo a reescribir el Quijote mientras esperabas atascado en la ciudad? Si eres de los que piensan que la vida moderna es absurda, si no encuentras el sentido a tu trabajo, si estás hasta el gorro de ser un esclavo de la publicidad subliminal y una víctima de la compra por impulso... sólo tienes una alternativa: rebelarte.

Tom Hodgkinson nos proporciona un divertido plan para romper las cadenas del aburrimiento y cambiar de vida. Un muestrario de consejos prácticos, de reflexiones edificantes, escrito con ironía y humor desenfrenados que te ayudarán a deshacerte de los obstáculos de la sociedad consumista y te animarán a conseguir tus verdaderos deseos. Un manifiesto ecologista, una llamada a la resistencia contra la burocracia, los gobiernos, las tareas domésticas, los supermercados y el despilfarro. Un alegato a favor del
carpe diem.

Agárrate fuerte a las páginas de este libro y despliega tus alas. Ha llegado el momento de echar a volar... ¿Estás preparado para ser libre?

 

Capítulo 1. Deja a un lado la ansiedad: despreocúpate

Con respecto a la ansiedad te digo: «No es culpa tuya». Deshazte de esa carga, esa sensación espantosa, lacerante que te remueve el estómago, que las cosas conllevan una continua sensación de impotencia no es más que el resultado de vivir en una era de desazón, oprimidos por los puritanos, apresados por el trabajo, humillados por los jefes, atacados por los bancos, seducidos por la fama, aburridos por la televisión; siempre esperando, temiendo o arrepintiéndonos. Eso -esa cosa, el hombre, el sistema, el grupo, el conjunto o como quiera que llamemos a las estructuras de poder- quiere que estés nervioso. La ansiedad se amolda muy bien al statu quo. Las personas ansiosas se convierten en buenos consumidores y buenos trabajadores. Los gobiernos y las grandes empresas desean, por tanto, el terrorismo, lo adoran, es bueno para los negocios. La ansiedad nos conducirá al reconfortante refugio de las compras con tarjeta de crédito y de la comida basura, de modo que el sistema provoca ansiedad de forma deliberada mientras promete hacerla desaparecer.

El verdadero flujo de historias de miedo que aparecen en los medios sobre el aumento de delitos hace que nos sintamos ansiosos. Los periodistas quieren proporcionarnos entretenimiento y cotilleos, historias que alimenten nuestra necesidad de escándalo y terror. Lo hacen bien. Echa un vistazo un día cualquiera al Daily Mail y verás que nueve de cada diez historias son negativas e inquietantes. Cada boletín de radio o cada telediario, cada periódico y muchas de nuestras conversaciones frecuentes conllevan el mismo mensaje: ansiedad, ansiedad y ansiedad. Hay un mundo peligroso en nuestro entorno, lleno de terroristas, asesinos locos, suicidas y lanzadores de bombas, ladrones, canallas y desastres naturales. ¡Quédate en casa! ¡Mira la televisión! ¡Compra cosas por Internet! ¡Enróscate en el sofá a ver un DVD! Según decía la canción de Black Flag1 TV Party: «Las noticias de la televisión saben lo que ocurre ahí fuera, ¡da miedo!». Al igual que en la novela 1984, de George Orwell se nos dice que vivimos en un estado de guerra perpetuo -sólo que a veces el enemigo cambia-. Ya no estamos en guerra con el IRA; ahora es contra Al Qaeda. El enemigo es diferente, pero la ansiedad es la misma e igual el resultado final: impotencia masiva.

Pero si nos molestamos en analizar estos mitos durante unos segundos, enseguida se muestran como simples invenciones de conveniencia. Según el brillante psicoanalista, especializado en ansiedad, Brian Dean, lo cierto es que los índices de criminalidad han permanecido bastante constantes durante los últimos 150 años. Además mantiene que nuestro miedo a la criminalidad es enormemente desproporcionado con respecto a la realidad. Lo cierto es que nos enfrentamos a un peligro mucho mayor de accidentes de automóvil y de enfermedades del corazón que de criminalidad. En el Reino Unido mueren diez personas al día por accidentes de tráfico y cientos por enfermedades del corazón, pero nadie dice que se prohíban los coches ni que se criminalice el estrés, que es la raíz del problema: «Nuestras creencias programan nuestra realidad. Si creemos que el universo es fundamentalmente inseguro, vamos a sentir esa ansiedad perpetua -lo cual no es un buen modo de hacer funcionar nuestra mente-».

Nuestro trabajo organizado dentro del maldito sistema de empleos no ayuda y nos condena, como hace con muchos de nosotros, a un trabajo duro, sin sentido. E. F. Schumacher fue un gran pensador que se escondía tras el libro Lo pequeño es hermoso. Anarquista y holgazán de corazón sostenía que la enorme, gigante, imposible y vertiginosa magnitud del capitalismo de hoy día mina el espíritu. También creía que tal enormidad había convertido al trabajo en algo carente de sentido, aburrido, destructivo, algo que hay que aguantar, un mal necesario más que un placer. En su libro El buen trabajo argumenta que la sociedad industrial provoca ansiedad porque al centrarse principalmente en la codicia -o lo que los medievales llamaban el pecado de la avaritia- no nos deja tiempo para la expresión de nuestras facultades más nobles: en todos sitios aparece esta nefasta característica de estimular de forma incesante la codicia y la avaricia... mecánica, artificial, separada de la naturaleza, que sólo utiliza la parte más pequeña de las habilidades potenciales del hombre y sentencia a la gran mayoría de los trabajadores a pasar su vida laboral de una forma carente de retos que merezcan la pena, de estímulos para buscar la propia perfección, de oportunidades de avanzar, de elementos de belleza, verdad y bondad.

Digo, por tanto, que es un gran mal -quizá el más grande- de la sociedad industrial moderna que por su naturaleza inmensamente compleja impone un estrés nervioso excesivo y absorbe una enorme cantidad de la atención del hombre.

En el actual estado de cosas cuando no estamos trabajando estamos consumiendo. Salimos por la puerta de la fábrica y volvemos a verter nuestro salario en el sistema cuando vamos a Tesco's2. Sufrimos una extraña escisión en el papel que tenemos en la sociedad entre el de trabajador y el de consumidor, el oprimido y el cortejado. Al menos en el siglo XIX la gente sabía que no eran más que un par de manos que hacían funcionar una máquina y que estaban siendo explotadas para el beneficio de otro. Por tanto quizá era más fácil rebelarse. El contrato era sencillo. Es cierto que todos sabemos que surgió una fuerte cultura de resistencia entre los trabajadores del siglo XIX, la era del trabajo y la esclavitud. Sin embargo, cuando hoy salimos por la puerta de la fábrica y emprendemos nuestro camino de vuelta a casa lo hacemos acompañados de anuncios por todos lados. La cultura de servicios nos convierte en pequeños príncipes rodeados de cortesanos de sonrisa afectada, ansiosos por ganarse nuestro favor para que les terminemos dando nuestro dinero o dejemos que desplieguen sobre nosotros sus malvadas intenciones. Hacen que nos sintamos importantes. El mundo de la publicidad practica sus oscuras artes de seducción. En La sociedad del espectáculo (1967) el extraordinariamente despreocupado situacionista Guy Debord lo dice del siguiente modo: «El trabajador que de repente es redimido del desprecio absoluto que le proporcionan de forma clara todas las modalidades de la organización y supervisión o de la producción se encuentra ahora cada día fuera de ella, bajo el disfraz de consumidor; aparentemente se lo trata de adulto con solícita cortesía. Entonces el humanismo de la mercancía se hace cargo del "ocio y la humanidad" del trabajador».

[Principio del libro en PDF]


[Etiquetas: Ensayo]

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