PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 18 de noviembre de 2018 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Dios no es bueno. Alegato contra la religión'
  • Ficha técnica

    Título: Dios no es bueno. Alegato contra la religión | Autor: Christopher Hitchens | Traductor: Ricardo García Pérez | Editorial: Debate |Páginas: 384 | Precio: 21,90 € | Fecha de publicación: 28/03/2008

  • Foto de Christopher Hitchens
  • Biografía

'Dios no es bueno. Alegato contra la religión'

Christopher Hitchens

EDITORIAL DEBATE

Christopher Hitchens (Portsmouth, 1949), licenciado en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía por el Baillol College de Oxford, actualmente vive en Washington y ha colaborado en Granta, London Review of Books y New Left.

 

Capítulo 1. Dicho sea suavemente

Si el lector o la lectora de este libro quisiera llevar más allá la mera discrepancia con su autor y tratar de detectar los pecados y deformaciones que le animaron a escribirlo (y ciertamente he percibido que aquellos que alientan en público la caridad, la compasión y el perdón suelen tener tendencia a adoptar este curso de acción), entonces no tendrá únicamente que discrepar con el incognoscible e inefable creador que, presuntamente, decidió crearme como soy. Tendrán también que mancillar la memoria de una mujer buena, honesta y sencilla, con una fe sólida y sincera, llamada Jean Watts.

Cuando era un niño de unos nueve años y asistía a un colegio de los confines de Dartmoor, al suroeste de Inglaterra, la misión de la señora Watts consistía en instruirme con sus lecciones de ciencias naturales y también de las escrituras. Nos llevaba a mí y a mis compañeros a dar largos paseos por una zona particularmente adorable de la hermosa tierra en que nací y nos enseñaba a distinguir entre sí las diferentes especies de aves, árboles y plantas. La sorprendente diversidad que se podía hallar en un seto de arbustos; la maravilla de un puñado de huevos descubiertos en un recóndito nido; cómo cuando te picaban las ortigas en las piernas (teníamos que llevar pantalones cortos) crecía muy cerca una balsámica acedera de la que echar mano: todo esto ha permanecido en mi memoria del mismo modo que el «museo del guardabosque», en el que los campesinos del lugar exhibían los cadáveres de ratones, comadrejas y demás alimañas y predadores supuestamente suministrados por alguna deidad no tan benévola. Si uno lee los imperecederos poemas rurales de John Clare escuchará la melodía de lo que pretendo transmitir.

Más adelante, en otras clases, se nos entregaba un pedazo de papel impreso encabezado con el epígrafe de «Busca en las Escrituras», el cual remitía a la escuela la autoridad nacional competente encargada de supervisar la enseñanza de la religión. (Junto con las oraciones diarias, esta actividad era obligatoria y venía impuesta por el estado.) Aquel papel presentaba un versículo aislado extraído del Antiguo o del Nuevo Testamento, y la tarea consistía en localizar dicho versículo y, a continuación, contarle a la clase o a la maestra, de forma oral o por escrito, qué contaba el pasaje y cuál era la enseñanza. Yo adoraba este ejercicio e incluso destacaba en él hasta el punto de que (al igual que Bertie Wooster)* solía aprobar la asignatura siendo «de los mejores». Aquella fue mi primera introducción a la crítica práctica y textual. Yo leía todos los capítulos que precedían a aquel versículo y todos los que le seguían para asegurarme de que había captado «lo importante» de la pista inicial. Todavía soy capaz de hacerlo, en buena medida para incomodo de algunos de mis enemigos, y todavía respeto a aquellos cuyo estilo se desprecia a veces calificándolo de «meramente» talmúdico, coránico o «fundamentalista». Este es un ejercicio mental y literario óptimo y necesario.

Sin embargo, llegó un día en que la pobre y querida señora Watts se extralimitó. Tratando ambiciosamente de fundir sus dos papeles de instructora de la naturaleza y profesora de la Biblia, nos dijo: «Así que ya veis, niños, lo poderoso y generoso que es Dios. Ha hecho que todos los árboles y la hierba sean verdes, que es justamente el color que más descansa nuestra vista. Imagináos lo desagradable que sería si, en lugar de hacerlo así, la vegetación fuera toda morada o naranja».

Y fíjense en lo que aquella piadosa y anciana adivina consiguió con ello. La señora Watts me agradaba: era una viuda cariñosa y sin hijos que tenía un perro ovejero muy viejo que, de verdad, se llamaba Rover. Después de clase nos invitaba a golosinas o a merendar a su vieja y destartalada casa, que estaba cerca de la vía del tren. Si Satán la escogió a ella para tentarme con el error, tuvo mucha más imaginación que la de recurrir a la taimada serpiente del Jardín del Edén. La señora Watts jamás nos levantó la voz, ni nos amenazó con la violencia (cosa que no podía decirse de todos mis profesores) y, en general, era una de esas personas cuya memoria se honra en Middlemarch, de las que se puede decir que «el que ahora las cosas no nos vayan tan mal como podrían irnos, se debe en buena parte al número de los que vivieron fielmente una vida escondida y descansan en tumbas que nadie visita».

En todo caso, quedé francamente horrorizado por lo que nos dijo. Mis pequeñas sandalias con correa se erizaron de bochorno. A la edad de nueve años yo no tenía la menor idea de lo que era el argumento del diseño inteligente, ni su rival, el de la evolución humana, ni de la relación entre la fotosíntesis y la clorofila. Los secretos del genoma permanecían tan ocultos para mí como lo estaban en aquella época para todos los demás. En aquel entonces, no había visitado enclaves naturales en los que casi todo se mostraba espantosamente indiferente u hostil a la vida humana, cuando no a cualquier tipo de vida. Yo simplemente sabía, casi como si tuviera acceso privilegiado a una autoridad superior, que mi profesora había conseguido confundirlo todo en tan solo dos frases. Son los ojos los que se adaptan a la naturaleza, y no al contrario.

[Principio del libro en PDF]


Compartir:

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2018 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres