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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 21 de agosto de 2017 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Segundas oportunidades'
  • Ficha técnica

    Título: Segundas oportunidades | Autor: Edmundo Paz Soldán | Editorial: Universidad Diego Portales | Colección: Huellas | Selección y edición: Alejandro Aliaga Páginas: 236 | ISBN: 956-314-312-6 | Precio de referencia: $16.500 pesos chilenos
  • Biografía

'Segundas oportunidades'

Edmundo Paz Soldán

UDP

La literatura de Edmundo Paz Soldán está hecha de paisajes en ruinas y del permanente juego con los géneros, mezclando elementos fantásticos con el horror. A sus personajes los anima la secreta necesidad de reinventarse, muchas veces a tientas, en un país, en una sociedad o en un mundo que se resquebraja.

No debe extrañar, entonces, que como crítico y ensayista se mueva por territorios poblados por escritores excéntricos: Mario Levrero, Jorge Ibargüengoitia, Hilda Hilst y Salvador Benesdra entre los latinoamericanos; Arthur Machen, Charles Portis y Shirley Jackson en lengua inglesa; Bruno Schulz, Nikolái Leskov y Mircea Cărtărescu entre los centroeuropeos.

Ellos son, en buena medida, los protagonistas de este libro que abre las puertas y ventanas de esa vieja iglesia conformada por las lecturas canónicas, para contagiarnos de entusiasmo, curiosidad y pasión por autores a los que les ha costado traspasar las fronteras de sus países o que, si bien gozaron en algún momento de cierto éxito, han sido arrasados por la avalancha de novedades.

Asimismo, Segundas oportunidades contiene un atlas para entender al propio autor: sus textos sobre el género policial, la ciencia ficción y el arte del cómic están íntimamente relacionados con su biografía, de la que en este libro conocemos, por lo demás, detalles reveladores.
 

 

Mi segunda oportunidad

A principios de 1985 me fui a vivir a Mendoza, en Argentina, con la intención de estudiar Ingeniería en Petróleos. Eran tiempos complicados para la economía boliviana; la democracia había retornado tres años atrás, pero una hiperinflación de más del ocho mil por ciento anual hacía que un buen sector de la clase media extrañara los años de "orden, paz y trabajo" de la dictadura de Hugo Banzer. Con las universidades estatales cerradas o en plena efervescencia política, los que podían se iban a estudiar a Brasil, Argentina, Chile.

Mis padres se habían divorciado no hacía mucho y la tensión era palpable. Mamá quería que me fuera al exterior, a ampliar mis horizontes; trabajaba en una agencia de publicidad y comenzaba a irle bien. Yo había aceptado su decisión sin cuestionarla, y eso ponía en aprietos a papá. Él era médico y esas tardes veía su consultorio semivacío, el sueldo que se evaporaba apenas le pagaban en "cheques de gerencia", billetes parecidos a los del Monopolio. Cuando le dije que quería irme a estudiar afuera, me preguntó si era justo que lo hiciera con la situación como estaba.

Nos encontrábamos en la casa de mi abuelo, donde él pasaba buena parte de sus horas libres, y donde mis hermanos y yo solíamos visitarlo a la hora del té o los fines de semana. Con la insolente inmadurez de mi edad, le respondí que "todo el mundo se va, ¿por qué yo no?". Al final accedió, sin que eso significase que lo hiciera de buena gana. Me pidió que le presentara un plan concreto y fijamos los límites al presupuesto mensual (mi madre y él se dividirían los gastos). No daba para Buenos Aires, donde él había estudiado en los años 50, después de que lo exiliara la revolución de Paz Estenssoro, pero sí para Mendoza, donde el padre de un amigo había sido nombrado cónsul y en la casa de su hermana alquilaban habitaciones para estudiantes a 60 dólares al mes.

Papá me preguntó qué quería estudiar. Él y mamá veían preocupados mis intereses literarios durante la adolescencia. Papá incentivaba mi afición, pero no pensaba que fuese para tomarla en serio. De qué viviría, decía mi madre arrebujada en su cama de recién divorciada, imaginándome como profesor de colegio con un raído impermeable bajo la lluvia, esperando el colectivo mientras los autos pasaban a mi lado. En la promoción del Don Bosco, la mayoría de mis compañeros quería ser economista, ingeniero, abogado, doctor. Los tests vocacionales habían resultado indefinidos para mí. Lo único claro era que no podía ser médico, por mi aversión a la sangre.

La presión social y familiar me ganó. Como le hacía relativamente bien a los números, me decidí por la ingeniería (ah, tiempos de elegir una carrera dependiendo de si eras bueno para las ecuaciones o si tenías memoria para retener datos históricos). Quizás Industrial, me dije, aunque no tenía ningún tipo de habilidad para las cosas prácticas (no podía cambiar un foco, mucho menos podría hacer funcionar una fábrica). Alguien me informó que una carrera popular en Mendoza era Ingeniería en Petróleos, y que con ese título podría viajar y conocer el mundo; ayudado por esas razones poco profundas, llegué a la Universidad Nacional de Cuyo a anotarme en Petróleos. Argentina era muy receptiva con los estudiantes extranjeros, así es que me inscribí presentando solo mi carnet de identidad. No debía pagar nada. 

[Adelanto del libro en PDF]


[Etiquetas: Edmundo Paz Soldán, Segundas oportunidades, UDP, Universidad Diego Portales, ]

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