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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 14 de noviembre de 2019 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Todos nuestros nombres'
  • Ficha técnica

    Título: Todos nuestros nombres | Autor: Dinaw Mengestu  | Traducción: Eduardo Iriarte Goñi | Editorial: Lumen | Páginas: 304 | ISBN: 9788426401533 | Precio: 19,90 euros 
  • Foto de Dinaw Mengestu
  • Biografía

'Todos nuestros nombres'

Dinaw Mengestu

LUMEN

Cuenta la leyenda que en el momento de la creación, todos los seres y las cosas recibieron un nombre, y eso nos define, nos distingue frente a los demás. Tomar el nombre de otro y ponérselo como un traje prestado cambia la idea de lo que somos y hacemos. Un joven creció en Uganda a principios de los años 70 del siglo pasado, y en la universidad de Kampala aprendió a leer a los clásicos, pero también a usar armas para luchar a favor de la libertad de África. Muy pronto la protesta se trasladó a las calles de la ciudad, y los ojos de este hombre discreto, que amaba los libros, se enfrentaron al horror. Había que huir, dejando atrás una vida y un nombre. Así fue cómo un buen día apareció Isaac en una pequeña ciudad del Medio Oeste americano como estudiante invitado, y Helen fue la trabajadora social encargada de enseñarle las costumbres del lugar. Con pocas palabras y muchas caricias los dos crearon un mundo propio, desafiando las convenciones, pero ¿quién era realmente Isaac? Una espléndida novela que habla de un amor hecho de preguntas sin respuesta, de vidas que buscan raíces en la ternura y de nombres que se quedaron atrás, como si un dios cruel hubiese jugado con ellos para luego olvidarlos en un rincón cualquiera de la Historia.

Todo hombre sueña con hacerse un hueco en el mundo, desea que con el tiempo, se le reconozca y se le recuerde, que su nombre sea la más importante carta de presentación que se pueda hacer de él. De hecho, cuenta la leyenda que en el momento de la creación todos los seres y las cosas recibieron un nombre que los definía y distinguía de los demás. Damos mucha importancia al nombre, solemos aferrarnos a él como signo inequívoco de identidad, confiando en que la reiteración del mismo nos conduzca al reconocimiento. Sin embargo, la realidad es otra, los nombres no constituyen, ni tampoco garantizan en sí mismos, una identidad concreta... Tomar el nombre de otro y ponérselo, como un traje prestado, cambia la idea de lo que somos y de lo que hacemos. 

"Una novela que te conmueve por una extraña combinación de lirismo y ferocidad. Todos nuestros nombres es mucho más que un libro sobre la inmigración. Lo que está en juego es la identidad del ser humano y todo lo que llamamos hogar." Michiko Kakutani, The New York Times

Isaac

Cuando Isaac y yo nos conocimos en la universidad, los dos fingimos que el campus y las calles de la capital nos resultaban tan familiares como los senderos de tierra de los pueblos rurales en los que habíamos crecido y vivido hasta hacía solo unos meses, aunque ninguno de los dos habíamos estado nunca en ninguna ciudad y no teníamos idea de lo que suponía vivir tan cerca de tanta gente cuyas caras, por no hablar de los nombres, nunca llegaríamos a conocer. En aquellos tiempos la capital estaba fl oreciendo, había gente, dinero, coches nuevos y edifi cios más nuevos aún, la mayor parte levantados con celeridad después de la independencia, en un apresuramiento estimulado por promesas eufóricas de un sueño socialista panafricano que, casi diez años después, seguía supuestamente a la vuelta de la esquina y que, según el presidente y la radio, aparecería cualquier día. Cuando Isaac y yo llegamos a la capital, muchos edifi cios ya empezaban a mostrar indicios de deterioro, tras haber sido descuidados u olvidados por completo, pero aún creíamos en un futuro prometedor en ciernes y estábamos allí, como todos los demás, para llevarnos nuestra tajada.

     En el viaje en autobús hacia la capital, renuncié a todos lo nombres que me habían puesto mis padres. Tenía casi veinticinco años, pero, se mirara como se mirase, era mucho más joven. Me despojé de esos nombres justo cuando el autobús cruzaba la frontera de Uganda. Nos acercábamos al lago Victoria; sabía que Kampala quedaba cerca, pero ya entonces me había comprometido a pensar en ella únicamente como «la capital». Kampala era más pequeña de lo que había imaginado. La ciudad pertenecía a Uganda, pero la capital, que carecía de nombre, no atendía a semejantes lealtades. Al igual que yo, no pertenecía a nadie, y cualquiera podía reclamarla.

     Pasé las primeras semanas en la capital procurando imitar a las pandillas de chicos que merodeaban por la universidad, los cafés y los bares aledaños. Por aquel entonces, todos los muchachos de nuestra edad querían ser revolucionarios.

[Principio del libro]


[Etiquetas: Todos nuestros nombres, Dinaw Mengestu, Lumen, novela, leyenda, Uganda, sueño]

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