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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 22 de agosto de 2019 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Un millón de soles'
  • Ficha técnica

    Título: Un millón de soles| Autor: Jorge Eduardo Benavides Edición española: Alfaguara, febrero de 2008 | ISBN: 978-84-204-7355-0 | Precio: 19,50 €

  • Foto de Jorge Eduardo Benavides
  • Biografía

'Un millón de soles'

Jorge Eduardo Benavides

EDITORIAL ALFAGUARA 

Un millón de soles (Alfaguara) retrata las bambalinas del poder durante el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas en el Perú. La historia sumerge al lector en las pequeñas y grandes miserias de un puñado  de militares y civiles. Personajes siniestros plagan este universo donde todo se va corrompiendo. Inspirada en hechos y personajes reales, Jorge Eduardo Benavides entrega su novela más política. Un millón de soles cierra la trilogía que empezó con Los años inútiles y continuó con El año que rompí contigo.

 

Extracto del libro:

La casa no era realmente muy grande pero estaba estupendamente distribuida, dijo ella en voz alta, recuperando su timbre normal, donde sin embargo humeaba el rescoldo de la emoción. Tenía dos salones espaciosos, contiguos y seguramente muy iluminados, de no ser por la perpetua neblina que envolvía ese sector de Magdalena, muy cerca ya de San Isidro. De hecho, observó Leticia recorriendo con placer aquellos suelos de parqué algo desgastado y noble, las paredes mostraban tenues vestigios de humedad, manchas y escaras, sobre todo en los rincones. «Eso se arregla», escuchó la voz de Tamariz a sus espaldas y casi pudo imaginar cómo se encogía negligentemente de hombros. «Eso se arregla»: así de fácil resultaba todo últimamente, como si para él sólo pronunciar aquellas dos palabras bastara para esfumar cualquier sombra o desgracia. Leticia pasó una mano por la textura algo blanda de la pared amarilla, atisbó en el cuartito de baño junto a las escaleras crujientes, jaló de la cadena con divertida puerilidad, miró la cocina bien equipada y grande, de muebles blancos y austeros, como de convento. De la casa vecina llegaba un arrullo de palomas y el trino desazonado de algunas cuculíes. Luego, como una chiquilla, subió a toda prisa a la segunda planta, donde encontró otro baño, más espacioso que el de abajo, con una tina inmensa, y tres habitaciones, una de ellas mayor que las otras y con un balconcito mustio que se abría sin petulancia hacia el mar. El mar: en su quietud verdosa latía como un corazón violento, y el fragor de las olas rompiendo allá abajo le llegaba desde un rumor atufado de algas y viscosidades marinas.

De todas formas, lo que más le gustaba de aquella casa era el jardín, amplio, casi protegido por la sombra de dos árboles que crecían al otro lado del muro, en la acera. Un jardín propicio para rosas y claveles, para hortensias y geranios, se adivinó fugazmente, imaginándose en una dimensión mucho más casera y primorosa, quizá más cercana a lo que alguna vez quiso, pensó súbitamente encapotada. Porque, al fi n y al cabo, no había nada más lejos en su vida que aquella existencia de jardín y siestas, de nimiedades y asuntos hogareños, aunque esta casa pareciera propicia para ello. Tanto habías soñado con una casa para entregarte a los deleites secretos de lo doméstico, Leticia, y ahora que la tenías debías renunciar a ellos.

Tamariz la había llamado hacía una hora y después de darle muy formalmente los buenos días la apremió a que se pidiera un taxi, le dictó una dirección donde la esperaba en veinte minutos, querida, tenía una sorpresa para ella. Su voz siempre parecía desprovista de color, si acaso la modulación exacta para fi ngir por cortesía la supuesta emoción que alguien experimenta al decir «tengo una sorpresa para ti». De manera que apenas duchada y con los cabellos aún húmedos, los ojos levemente hinchados por el sueño, se apeó del taxi en aquella fría esquina de Magdalena donde fumaba, envuelto en una gabardina gris marengo, muy elegante, el doctor Tamariz. Antes de llegar a él advirtió su colonia, pertinaz y un punto densa, como un atardecer invernal. Le dio un beso en la mejilla, fi ngió más curiosidad de la que sentía y se dejó conducir mansamente, sin palabras, hasta aquella casa esquinada y amarilla, de balcones diminutos y geranios mustios, que parecía una embarcación enfrentando el mar.

Lo adivinó de inmediato. En realidad, la idea te llegó desde el fondo mismo del corazón, Leticia, como si todo este tiempo en que habías vuelto a salir con él, desde aquella noche en el Crillón, hubiera estado esperando para emerger. «Es tuya», escuchó o creyó escuchar antes de que Tamariz abriera la boca, y por un instante turbulento y raudo no supo si darse media vuelta y acabar para siempre, de una vez por todas, con aquella relación -¿pero era realmente una relación, Leticia?- o aceptar con todas sus consecuencias lo que vendría, porque él le puso unos papeles en la mano, «éstas son las escrituras», dijo por si Leticia no creyera que fuera cierta tanta dicha, por si aún albergase alguna duda respecto de su generosidad sin mácula. «Es tuya», insistió o dijo por primera vez Tamariz, volviendo su rostro de pájaro hacia ella. Luego se quitó los lentes y los limpió con pulcritud menestral en un pañuelo de hilo, ahora sin mirarla, entregado a su minúscula labor, como dándole tiempo a ella para que hablara, para que pudiera aclarar el revolú de ideas que seguramente pugnaban dentro de sí, para que dijera algo, o simplemente era que se encontraba ya desentendido de la estupefacción con que Leticia parecía haber recibido aquella noticia, navegando ensimismado y solitario en sus pensamientos, alejado por completo de ella, incluso de la cortés alegría fi ngida con que la recibió, la casa era suya, ¿suya realmente? Sí, éstas eran las escrituras, ¿veía?: la casa que nunca tuvo es amarilla y grande, coqueta como una vieja dama, algo solemne y esquinada, como si no supiera bien qué posición tomar, y en sus balcones pequeños habían muerto algunas matas de geranios, pero no es difícil hacerlos crecer aquí, lo único malo es la humedad, se dijo mientras avanzaba, ahora con la llave en la mano, siguiendo a Tamariz. Caminaron hasta la entrada, chirrió la verja herrumbrosa que alguna vez fuera verde, siguieron por el sendero de gravilla, alcanzaron el porche, entraron fi nalmente a aquella casa impregnada de humedad, vacía, algo marchita, como suelen verse las casas sin muebles, las casas que han sido habitadas alguna vez y algo de ese calor humano persiste, igual que la humedad y el moho, apenas una presencia mínima pero al mismo tiempo intensa, como un recuerdo o una nostalgia, la casa amarilla y esquinada.

[Capítulo de Un millón de soles en PDF]


[Etiquetas: novela, literatura latinoamericana, Perú]

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