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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 13 de diciembre de 2017 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

'Las cuatro torres'

Leandro Pérez

PLANETA

¿Quién es Juan Torca? ¿Un mercenario, un detective, un asesino? Al desembarcar en Madrid, Torca es un náufrago que vive en un hotel de Gran Vía y corre por el Retiro. Todo cambiará cuando se reúna con su compadre, Javier Marsé, en una de las Cuatro Torres. Y cuando se crucen en su camino Nerea, una joven recepcionista del hotel, y Adriana, la mujer de Marsé.

En el otoño de 2011, el Real Madrid de Mourinho encadena una victoria tras otra, pero está perdiendo un partido que no juega con el balón. «Tienes que averiguar quién es el puto topo que está filtrando a Ramón Ribeyro lo que se cuece en el vestuario del Real Madrid», le encarga a Torca su compadre. ¿Atrapará Torca al topo?

Las cuatro torres, debut literario de Leandro Pérez, es una novela negra de espléndida factura, un thriller emocionante y absorbente que no podrás dejar de leer.

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LOS MARES DE MADRID

Opaco al brillo de las estrellas, Juan Torca regresó del mar de Aral con el alma marchita y el cuerpo magullado. Desembarcó en Madrid, en un hotelucho de Gran Vía. Resucitó lentamente. Los días y las noches, las horas y las semanas pasaban despacio. Sin sueños, y con insomnio. Sin futuro. Pero una mañana de primavera, cuando todavía se lamía las heridas, sacó fuerzas para comprar un ordenador, ropa y calzado en unos grandes almacenes de Preciados; otro día, antes de pasar media hora con su hijo en una cafetería, lo afeitaron y cortaron el pelo en una peluquería centenaria. A partir de entonces, los viernes por la tarde cruzaba cuatro palabras con el barbero y, al volver, se abastecía de periódicos en un quiosco. A veces compraba novelas y series en Callao. Mataba el tiempo leyendo o navegando en la habitación. Fumaba un par de puritos en la azotea. También bajaba al agobiante gimnasio del hotel para trotar sobre una cinta. Durante dos o tres meses apenas pisó las calles de Madrid.

Un día la máquina de correr se rompió. A la mañana siguiente, antes de que los turistas y los currantes coparan la calle, corrió por la Gran Vía, dejó atrás la Cibeles y la Puerta de Alcalá y entró en el Retiro. No, no se detuvo al recordar que había paseado por ese parque con Nadia, siguió corriendo. El día siguiente repitió la ruta, y ya no dejó de correr al aire libre.

Paso a paso, trote a trote, el insomnio se diluyó. Los horarios del hotel fueron mitigando sus sempiternos problemas de sueño.

Durante lustros, su vida familiar y profesional apenas varió: orden y caos. Pero ahora, con cincuenta y un años, con mucho tiempo tal vez por delante, estaba solo. Sin amigos. Sin trabajo. Viudo. En cierto sentido, doblemente viudo, sin Raquel, la mujer con la que había compartido media vida, y sin Nadia.

Llegó el verano. No lamentaba que su hijo Rodrigo pasara de él. Nunca habían llegado a congeniar. Desde que el chaval dejara el nido por la academia de Policía apenas se habían visto. Aunque ahora coincidían en Madrid, la situación no tenía visos de cambiar. Durante un insulso café, Juan le contó que debía emprender un viaje de trabajo. Como tantas otras veces, le mintió a medias: viajó, pero como un jubilado. Podríamos decir que embarcándose en una travesía por el Mediterráneo trató de escapar del peso del pasado y de la agobiante carga de una anodina sucesión de días sin sentido. Tal vez porque el supuestamente divertido crucero le pareció aburridísimo, allí Juan Torca comenzó a animarse. Corrió sobre otra máquina, jugó al mus con unos abuelos y charló agradablemente con un par de matrimonios en las visitas turísticas por las ciudades donde atracaba el barco. Una noche en la que celebraron una presunta cena de gala, bailó, bebió y se tiró a una divorciada que al día siguiente no le devolvió la mirada.

Regresó a Madrid. El hotel tenía tanto de refugio como de cárcel. Al tercer día decidió hacer algo con su puñetera vida.

Descartó volver a Burgos. Demasiados recuerdos. Multitud de rostros semidesconocidos que ignoraban cómo se había ganado la vida ni qué bullía en su mente. Julia, la fiel asistenta, recibía todos los meses un pago por quitar el polvo y regar las plantas una tarde a la semana. La casa seguiría viva, pero Burgos por ahora no, más tarde, más viejo, quién sabe. Y en Bilbao nada lo ataba, aunque había negociado una excedencia temporal, intuía que iba a ser definitiva, nunca regresaría a EuCorp. Echaría de menos las comilonas y las sobremesas con los amigos de la sociedad gastronómica, y poco más. Barajó cambiar de aires, probar suerte en Londres, Berlín o Barcelona, puertos donde había recalado a menudo, o comenzar una vida nueva en cualquier ciudad perdida, limpia. Aunque tampoco caviló en exceso. Una mañana mientras corría por el Retiro, se vio trotando por Central Park, entre los rascacielos y el vacío de las Torres Gemelas. Se vio más solo, todavía más lejos de su hijo y del camino truncado, y dejó de soñar. Aquí me quedo, se dijo.

[Primeras páginas del libro en PDF]


[Etiquetas: Las cuatro torres, Leandro Pérez, Planeta, Misterio, Policíaca, Novela, ]

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