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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 14 de julio de 2020 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Mis dos mundos'
  • Ficha técnica

    Título: Mis dos mundos | Autor: Sergio Chejfec | Editorial: Candaya | Formato: 19.5 x 14 cm. | Páginas: 128 | Género: Relato | Precio: 14 € | ISBN: 978-84-936007-6-1 

  • Foto de Sergio Chejfec
  • Biografía

'Mis dos mundos'

Sergio Chejfec

EDITORIAL CANDAYA

Presentación pública en Madrid por Patricio Pron en PDF

Este relato es la crónica de un caminador. De paso por una ciudad del sur del Brasil, el escritor celebra haber encontrado el parque ajustado a su situación anímica; pero poco a poco irá reconociendo que son sus propias impresiones y pensamientos, no precisamente halagüeños, los que personalizan el paisaje y sus habitantes. Aquello que empezó siendo una experiencia de hiperpercepción, que aspiraba sobre todo a la exactitud y al matiz, se convierte en un arriesgado ejercicio de hiperconciencia, que oscilará entre la lucidez y el delirio.

Metáfora de otros viajes y cifra del tiempo vivido, Mis dos mundos despliega desde el Sur una incisiva mirada sobre las condiciones del presente y del pasado cercano: el efecto desintegrador de la mundialización y su apuesta por los paisajes clónicos, los extrarradios sin amparo y los habitantes indeterminados, el peaje de vacío que conllevan ciertas migraciones, la convivencia urbana con las ambiguas formas de lo natural...

En voz baja y de modo aproximativo, Sergio Chejfec va dibujando un cierto estado del alma (entre la decepción y el miedo, la confusión y la incertidumbre) en el que no resulta extraño  reconocerse.

Páginas del principio del libro:

Quedan pocos días hasta un nuevo cumpleaños, y si decido comenzar de este modo es porque dos amigos a través de sus libros me hicieron ver que estas fechas pueden ser motivo de reflexión, y de excusa o de justificación, sobre el tiempo vivido. La idea se me ocurrió en el Brasil, mientras pasaba dos días en una ciudad del sur. En realidad no entendía cómo me había plegado a trasladarme hasta allí, sin conocer a nadie y sabiendo muy poco sobre el lugar. Era por la tarde, hacía calor, y andaba caminando en busca de un parque del que no tenía casi ninguna referencia, salvo su nombre medianamente musical, y por lo tanto promisorio, según mi criterio, y el hecho de aparecer como la superficie verde más grande en el plano de la ciudad. Pensaba que siendo tan extenso sería imposible que no fuese bueno. Para mí los parques son buenos cuando no están impecables, en primer lugar, y cuando la soledad se ha apropiado de ellos de tal modo que se ha convertido en una seña propia y una divisa compartida por los caminantes, que pueden ser esporádicos, pero que desde mi punto de vista deben estar irrevocablemente abstraídos, o absortos, también un poco confundidos, como cuando se camina por un sitio ajeno y familiar a la vez. No sé si llamarlos lugares de abandono; algo parecido a regiones relegadas es lo que quiero decir, donde el entorno se suspende momentáneamente y uno puede imaginar estar en un parque de cualquier lugar, aún en las antípodas. El sitio arrumbado, indistinto, o mejor todavía, el sitio donde la persona, movida quién sabe por qué tipo de distracciones, se ausenta, se convierte en nadie y ella misma termina siendo imprecisa.

    El día anterior había asistido a una conferencia sobre literatura, a cuyo término había paseado por la plaza donde se organizaba la Feria del Libro local, en uno de los sectores antiguos de la ciudad, presumí, aunque ya muchas reliquias o marcas históricas parecían definitivamente ausentes. La gente caminaba despacio, llenando las vías de circulación como consecuencia del mismo tumulto. Yo habré sido el único paseante solitario de la jornada, cosa que de todos modos y por suerte no extrañó a nadie, porque las familias, los grupos de amigos o las parejas siguieron en lo suyo mientras estuve andando por ahí. Durante el tiempo que aguardé en el salón desierto el comienzo de la conferencia, leí en el periódico que cada año, cuando se organiza la Feria del Libro, los artesanos habituales mudan de la plaza sus quioscos y tablas a calles cercanas. Ignoro por qué esa información me pareció importante y, más aún, por qué se me quedó grabada. (Al día siguiente encontré el lugar provisorio de los artesanos, en unas cuadras aledañas a la plaza, donde se ordenaban por rubros y parecían reunidos por alguna prevención o emergencia.) Después, al término de la charla no hice ninguna pregunta; más aún, fui el primero en abandonar la sala y en buscar rápido el camino hacia la calle. Bajé por unos ascensores de vidrio que miraban hacia un amplio jardín interior, y cuando por fin dejé el edificio de eventos, algo que parecía haber sido un ministerio, sumarme a la procesión de la gente, como si fuera un fugitivo que precisa disimular, resultó ser mi única opción.

[Principio del libro en PDF]


[Etiquetas: Relato]

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