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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 28 de octubre de 2020 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'Memorias del subsuelo'
  • Ficha técnica

    Título: Memorias del subsuelo | Autor: Fiódor Dostoiveski |Ilustraciones: Jorge González |Tradución: Rafael Cansinos Assens | Editorial: Sexto PisoColección: Ilustrado | Género: Novela | Formato: 17 x 24 cm | Páginas: 176 | ISBN: 978-84-15601-58-6  | Precio: 18,00 euros
  • Foto de Fiódor Dostoievski
  • Biografía

  • Foto de Jorge González
  • Biografía

'Memorias del subsuelo'

Fiódor Dostoievski

Jorge González

SEXTO PISO 

En un breve prefacio a estas Memorias del subsuelo, su autor nos advierte que, si bien son imaginarias, su protagonista reúne de manera inevitable una serie de rasgos propios de su época: «... individuos como el autor de estas Memorias no sólo pueden existir, sino que por fuerza  han de darse en nuestra sociedad, si se hace cuenta de las circunstancias en que, por lo general, esa sociedad nuestra se desenvuelve». De este modo, Dostoievski nos relata que el hombreci­llo resentido, vengativo, zalamero, sádico y atribulado que parece deleitarse en contarnos las sucesivas humillaciones y actos de desprecio a los que él mismo se somete, es el prototipo del individuo moderno, en su búsqueda constante del éxito y el reconocimiento de sus pares.

La principal tragedia del narrador de estas Memorias es que si bien desprecia al oficial del cual debe apartarse cada vez que se topan en la calle, a los camaradas que lo desdeñan porque no comparte sus altos cargos y honores ni sus múltiples conquistas sexuales, a la prostituta Liza a quien humilla tan sólo porque puede hacerlo, en el fondo los envidia genuinamente y cambiaría toda su lucidez por convertirse durante un día en cualquiera de esos seres que pueden vivir la vida sin estar en constante lucha consigo mismos. En sus Diarios, Dostoievski formuló el «suicidio lógico», que es consecuencia de la contradicción implícita en la que la  naturaleza da al hombre la inteligencia suficiente como para comprender que jamás entenderá el sentido de su propia vida. Precisamente para evitarlo, el narrador de estas Memorias encuentra consuelo en exponernos su miseria por escrito. Por fortuna, los demás podemos dar con una alternativa mucho más asequible: el inmenso deleite y alivio que produce leer las Memorias del subsuelo de Fiódor Dostoievski.

 

 

I

Soy un hombre enfermo... Soy malo. No tengo nada de simpático. Creo estar enfermo del hígado, aunque, después de todo, no entiendo de eso ni sé, a punto fijo, dónde tengo el mal. No me cuido ni nunca me he cuidado, por más que profeso estimación a la medicina y a los médicos, pues soy sumamente supersticioso, cuando menos lo bastante para tener fe en la medicina. (Mi ilustración me permitiría no ser supersticioso, y, sin embargo, lo soy...). No, caballero; si no me cuido es por pura maldad; eso es. ¿Acaso no puede usted comprenderlo? Pues bien, caballero, lo entiendo yo, y basta. Sin duda no acertaría yo a explicarle a quién perjudico en este caso con mi maldad. Me hago perfecta cuenta de que, no cuidándome, no perjudico a nadie, ni siquiera a los médicos; mejor que nadie en el mundo, sé que sólo a mí mismo me hago daño. No importa; si no me cuido es por malicia. ¿Que tengo enfermo el hígado? ¡Pues que reviente!

Hace mucho tiempo, unos veinte años, que voy tirando así, y ya tengo cuarenta. Pertenecí en otro tiempo a la burocracia, mas ya la dejé. Resultaba un empleado muy refunfuñón y grosero, y me complacía en ser así, porque ya que no aceptaba frascos de vino, necesitaba alguna otra compensación. (Este chiste no tiene nada de notable, pero no he de tacharlo. Al escribirlo, creía que habría de parecer muy ingenioso, y ahora advierto que sólo es una necia fanfarronada, por lo cual no lo borro). ¿Que alguien llegaba a mi mesa en demanda de datos? Pues al punto le enseñaba los dientes y experimentaba un placer inefable cuando lograba, lo que era frecuente, cansar al visitante. Eran, por lo general, personas tímidas; ni que decir tiene: me necesitaban. Pero entre los pisaverdes había un oficialete al que no podía tragar. Se obstinaba en arrastrar el sable con un ruido insufrible. Yo le hice la guerra durante dieciocho meses seguidos, al cabo de los cuales concluí por vencerlo: desistió de hacer ruido. Pero todo eso son recuerdos de mi juventud. Sin embargo, ¿sabe usted, señor mío, en qué consistía principalmente mi maldad? Pues en la circunstancia especialmente abominable de que a cada momento y después de cada intemperancia tenía que confesarme a mí mismo, avergonzado, que no sólo no era tan malo como me creía, sino que ni siquiera sentía cólera, que me las echaba de espantajo sólo por vía de distracción. Cuando parecía más furioso, la más leve atención, una taza de té, hubiera sido bastante para apaciguarme. Este pensamiento me enternecía, aunque luego, y por espacio de meses, me rechinasen por ello los dientes y perdiese el sueño de puro enojado conmigo mismo. Así era yo.

Pero, hace un momento, al decir que resultaba un mal empleado, me acusaba falsamente. Mentía por malicia. No; me distraía embromando a aquella gente, así al oficial como a los otros. En realidad, nunca hubiera podido ser malo. Descubría constantemente en mí un sinnúmero de encontrados elementos. Los sentía hervir en mí, consciente de que siempre habían bullido en mi interior y podían desahogarse. Mas yo no lo consentía; no los dejaba obrar, no quería que saliesen al exterior. ¡Me torturaban hasta la vergüenza; me hubiesen hecho padecer de alferecías, y ya tenía bastante! ¡Ah, ya lo creo que tenía bastante! ¿Acaso imagináis, señores míos, que siento alguna contrición, que pretendo disculparme de algo? Seguro estoy de que tal creéis; pues os doy mi palabra de que me río de todo eso.

[Etiquetas: Dostoievski, Jorge González, Memorias del subsuelo, Ilustración, Reediciones, ]

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