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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 21 de octubre de 2019 suscribirse a avances editoriales

Librería: escaparate de novedades

  • portada de 'El origen del mundo'
  • Ficha técnica

    Título: El origen del mundo | Autor: Pierre Michon |  Traducción: María Teresa Gallego Urrutia | Editorial: Anagrama | Colección:  Panorama de narrativas | Género: Novela | ISBN: 978-84-339-7827-1 | Páginas: 88 | PVP: 12,90 € | Publicación: Enero de 2012
  • Foto de Pierre Michon
  • Biografía

'El origen del mundo'

Pierre Michon

ANAGRAMA

Cuando el narrador de esta novela llega a Castelnau, una pequeña ciudad en el interior de la Dordoña, muy cerca de Lascaux, tiene veinte años, y ése es su primer trabajo. Detrás de la cortina gris de las lluvias de septiembre, y entre dos dictados, el joven profesor se abandona a los sueños más violentos, arcaicos, secretos y turbulentos, como las aguas del Beune grande, que corren más abajo de las casas. En estas comarcas, donde aún se representa a la manera antigua el origen del mundo, el sexo separa dos universos: el de los hombres, depredadores, frustrados pero terriblemente astutos, y el de las mujeres, que gira en torno a dos figuras que el escritor describe magistralmente.

Hélène, la posadera, emblema de la madre universal, e Ivonne, la belleza misma, que provoca en el narrador un deseo ardiente, y todas las variaciones de un sentimiento que nos transmite en el ritmo de sus frases: veloces como el galopar de los renos de una era pretérita, pausadas en una escena grotesca donde los niños exhiben al animal vencido, incisivas, o huidizas como el lobo de las pinturas rupestres.

«Entre la Venus Calipigia de El origen del mundo y la dama celestial de El rey del bosque no sabemos qué aparición elegir. Pierre Michon nos deslumbra, mago de los sueños y las palabras, tocado por la gracia» (Thierry Bayle, Le Magazine Littéraire).

«Con una prosa a la que la madurez ha llevado a la cima de la precisión carnal, de la sensualidad en sus evocaciones tiernas o brutales, Pierre Michon describe un universo de evidencias y de misterios cuyo recuerdo nos perseguirá» (Jorge Semprún, Le Journal du Dimanche).

«Una tendencia nueva, fértil, y ya mítica en la moderna narrativa francesa» (Guy Davenport).

«Un libro delgado en páginas, pero no en estilo ni en lenguaje... La breve fábula de Michon nos obliga a reconocer, en el ámbito de la fantasía sexual, y más allá de él, la crueldad que se ejerce sobre la belleza... El poder de la imaginación que sostiene la escritura de Michon no decae jamás. Esa imaginación que se nutre en gran parte de una idea del pasado, en particular de ese pasado encarnado en las montañas, las mesetas, los ríos y las cuevas del paisaje francés» (Roger Shattuck, Harper's Magazine).

«La lujuria, el deseo, son un tema común en la literatura, pero rara vez han sido expresados con tanta poesía y profundidad como en la premiada novela de Pierre Michon El origen del mundo. Contada con la voz de un maestro veinteañero en una pequeña ciudad francesa de la Dordoña, desnuda su obsesión por la madre soltera que atiende el estanco. "Mi deseo se llamaba Yvonne y vendía Marlboro"» (San Francisco Chronicle).

 

I

     Entre Les Martres y Saint-Amand-le-Petit está la población de Castelnau, a orillas del Beune grande. A Castelnau me destinaron en 1961: supongo que también dan destino a los demonios en los Círculos de las profundidades; y, de voltereta en voltereta, van avanzando hacia el agujero del embudo de la misma forma que vamos deslizándonos nosotros hacia la jubilación. Yo aún no había caído del todo, era mi primera plaza, tenía veinte años. No hay estación en Castelnau; es un lugar perdido; unos autobuses de línea que salen por la mañana de Brive o de Périgueux lo sueltan a uno allí muy tarde, al final del trayecto. Llegué de noche, no poco atontado, en pleno galope de unas lluvias de septiembre encabritadas contra los faros, entre el golpeteo de los limpiaparabrisas de buen tamaño; no vi nada del pueblo, la lluvia era negra. Paré en Chez Hélène, que es el único hotel en el borde de la falla en cuyo fondo corre el Beune, el grande; tampoco vi el Beune esa noche, pero por la ventana de mi habitación, asomado a la oscuridad más opaca, intuí un agujero detrás de la hostería. A la sala común se bajaba por unas escaleras de tres peldaños; tenía ese enlucido color sangre de toro que antes llamaban rojo antiguo; olía a salitre; algunos bebedores sentados hablaban alto, entre silencio y silencio, de disparos y de pesca con caña; se movían en una luz escasa que les ponía sombras en las paredes; alzabas la vista y, encima de la barra, te estaba mirando un zorro disecado, con la cabeza puntiaguda vuelta forzadamente hacia ti, pero con el cuerpo como si corriera siguiendo la pared, escapando. La noche, la mirada del animal, las paredes rojas, el habla ruda de aquella gente, sus palabras arcaicas, todo me transportó a un pasado indefinido que no me dio gusto alguno, sino un inconcreto espanto que se sumaba al de tener que enfrentarme pronto a unos alumnos: aquel pasado me pareció mi porvenir; aquellos pescadores turbios, unos barqueros que iban a subirme a bordo de la barca de mala muerte de la vida adulta y, en medio del agua, iban a asaltarme y a tirarme al fondo, riendo en la oscuridad entre las barbas sin edad y el dialecto torpe; luego, en cuclillas al filo del agua, sin decir palabra, les raspaban las escamas a pescados grandes. Las aguas confusas de septiembre golpeaban los cristales.

[Principio del libro]


[Etiquetas: novela]

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