PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 15 de diciembre de 2017 suscribirse a novedades

Novedades

imagen descriptiva

www.elboomeran.com | 26/10/2017

REVISTA DOSSIER

Hombre que mira

La revista Dossier nº 35 publica el epílogo de "David Foster Wallace portátil: relatos, ensayos y materiales inéditos" que escribe Leila Guerriero. La escritora argentina analiza la obra de no ficción de Foster Wallace y su estilo cargado de algo mucho más peligroso que la incorrección política: la ausencia total de hipocresía. Según Guerriero, "Foster fue el autor divertido más triste del mundo, el campeón de las descripciones, los símiles y las metáforas, lograba una magia extraña en esos artículos que eran, a la vez completamente arbitrarios y profundamente honestos, inquietantemente subjetivos pero rebosantes de un raro equilibrio que los alejaba de toda idea de capricho".  
 
[Comienzo del artículo]
 
Sin perder de vista la perspectiva: cuando David Foster Wallace publicó en la revista Harper's «Deporte derivado en el corredor de los tornados» (1991), «Dejar de estar bastante alejado de todo» (1994) y «Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer» (1996), ya era el autor de su novela La escoba del sistema (1987), de los relatos de La niña del pelo raro (1989), y trabajaba en la escritura y corrección de La broma infinita, más de mil páginas que, publicadas en 1996, estallaron con la potencia de un evento de dimensiones jurásicas en el rostro de la literatura norteamericana contemporánea. Dicho de otro modo: en los 90, a sus treinta y pocos, Foster Wallace era un escritor de ficción avezado y reconocido (y también un poco aterrado e insatisfecho, porque empezaba a descubrir que el caldero rebosante de ¿placer, prestigio? que esperaba encontrar al pie del arco iris de la vida de escritor no era tal) y, al mismo tiempo, un autor de no ficción casi bisoño. La revista Harper's le había publicado, en diciembre de 1991, «Tennis, Trigonometry, Tornadoes: A Midwestern boyhood», un texto autorreferencial sobre su adolescencia en el que empezaba hablando de su gusto por las matemáticas, continuaba discurriendo acerca del tenis, del viento endiablado de su Illinois natal, de la difícil morfología del terreno de su Illinois natal, de cómo el viento endiablado y la difícil morfología del terreno afectaban las canchas de tenis y la forma de jugar al tenis en su Illinois natal, de la habilidad que él había desarrollado para sobreponerse a las diabólicas ráfagas de viento y a la difícil morfología del terreno que afectaban a las canchas de tenis en su Illinois natal y de cómo esa habilidad lo había transformado en un jugador más exitoso del que hubiera sido en condiciones normales, para terminar contando lo espeluznante que resultaba vivir en el Corredor de los Tornados (donde, de hecho, se encuentra su Illinois natal) y, atando todas esas digresiones matemáticas, climáticas, geográficas y deportivas en una sola escena que describía una práctica de tenis en la que él y su adversario habían sido sorprendidos por un tornado, en uno de esos cambios de rumbo espectaculares con los que lograba sumergir sus crónicas en atmósferas casi paranormales: «Ninguno de nosotros se había dado cuenta de que hacía bastantes minutos que el viento no soplaba ni nos metía la familiar arenilla en los ojos; una mala señal. (...) Era el 6 de junio de 1978. La temperatura del aire descendió tan deprisa que pudimos notar cómo se nos erizaba el vello». El artículo -que él había titulado originalmente «Deporte derivado en el corredor de los tornados »- gustó. Y llevó a todo lo demás. Que, por suerte, fue mucho. 

[ARTÍCULO COMPLETO EN PDF]

Compartir:

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres