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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 14 de diciembre de 2017 suscribirse a novedades

Novedades

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www.elboomeran.com | 22/10/2015

REVISTA GRANTA

Los años intoxicados

Mariana Enríquez escribe para la revista  Granta nº 2 un relato de unas amigas adolescentes en buenos aires durante los años noventa, exponiendo sus tiempos históricos, psicológicos y míticos. Las jovenes recorren los años 1989 a 1994 por un camino plagado de drogas, malestar político y económico, noviazgos, leyendas y situaciones bizarras. Un texto psicológico en el que la escritora argentina plasma el estado mental, social y espiritual de este grupo de personas.

[Comienzo del texto]

1989

Ese verano se cortaba la electricidad en turnos de seis horas, una orden del gobierno porque el país ya no tenía energía y nosotras no entendíamos muy bien qué significaba eso. Nuestros padres decían que el ministro de obras públicas había anunciado las medidas necesarias para evitar un apagón generalizado en una sala iluminada apenas por un sol de noche: como en un campamento, repetían. ¿Qué sería un apagón generalizado? ¿Quería decir que íbamos a estar a oscuras para siempre? La posibilidad era increíble, estúpida, ridícula. Inútiles, los adultos, pensábamos, qué inútiles. Nuestras madres lloraban en la cocina porque no tenían plata o no tenían luz o no podían pagar el alquiler o la inflación les había mordido el sueldo hasta que no alcanzaba más que para pan y carne barata pero a nosotras no nos daba lástima, nos parecían tan estúpidas y ridículas como la falta de electricidad.

Teníamos una camioneta, mientras tanto. Era del novio de Andrea, la más linda de nosotras, la que sabía cortar los jeans para convertirlos en shorts fabulosos y usaba tops de encaje que compraba con dinero robado a su madre. El nombre de novio no importa, tenía una camioneta que usaba durante la semana para repartir mercadería pero los fines de semana era toda nuestra. Fumábamos una marihuana venenosa traída de Paraguay que cuando estaba seca olía a orina y plaguicidas pero era barata y efectiva. Fumábamos entre las tres y después, cuando ya estábamos totalmente locas, nos subíamos a la parte de atrás de la camioneta que no tenía ventanas ni luz alguna porque no estaba pensada para personas, estaba pensada para cargar latas de garbanzos y arvejas. Le pedíamos que manejara muy rápido, que frenara, que girara varias veces alrededor de la rotonda de la entrada a la ciudad, le pedíamos que acelerara en las esquinas y que nos hiciera saltar en los lomos del burro; y él hacía todo porque estaba enamorado de Andrea y tenía la esperanza de que alguna vez ella lo quisiera también. Nosotras gritábamos y nos caíamos una encima de la otra; era mejor que la montaña rusa y que el alcohol. Despatarradas en la oscuridad sentíamos que cada golpe en la cabeza podía ser el último y, a veces, cuando el novio de Andrea tenía que parar porque lo detenía alguna luz roja nos buscábamos en la oscuridad para comprobar si todavía estábamos vivas. Y nos reíamos a los gritos, transpiradas, a veces ensangrentadas, el interior de la camioneta olía a estómagos vacíos y cebolla, a veces también al champú de manzana que compartíamos. Compartíamos muchas cosas: la ropa, el secador de pelo, la cera para depilarnos; la gente decía que éramos parecidas, físicamente parecidas, pero se trataba nada más que de una ilusión óptica porque nos copiábamos los gestos y la forma de hablar. Andrea era hermosa, alta, tenía las piernas delgadas y separadas; Paula era demasiado rubia y cuando estaba mucho tiempo al sol se ponía horriblemente colorada y yo no conseguía tener la panza chata ni que mis muslos dejaran de rozarse -e irritarse- al caminar

[FRAGMENTO DEL ARTÍCULO EN PDF]

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