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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

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www.elboomeran.com | 29/1/2015

REVISTA GRANTA

Sobre la experiencia de la ficción

En este artículo de la revista  Granta nº 1,  Antonio Muñoz Molina declara que la ficción está por doquier, que cualqueir ser humano es un narrador, mejor o peor, pero todos intercambiamos palabras y frases para contar lo que nos ocurre, lo que sentimos, lo que recordamos, mentiras o verdades, sea como sea, toda información es una clase de historia o cuento. Explica que "la ficción nos ofrece modelos de comprención, patrones que nos permiten dar un orden a la confusión de la realidad". Confiesa que al principio no veía razón para escribir otra cosa que no fuera ficción, pero ahora ya no se le ocurre qué sentido tiene crear unos personajes ficticios para contar una historia cuando hay tantas "historias" en la vida real de las personas.

[Comienzo del artículo]

Mucho antes de que empecemos a aprender algo sobre los libros y las novelas ya estamos familiarizados con los artifi cios más sutiles de la fi cción narrativa. Los libros pertenecen a las bibliotecas y a las librerías, las novelas son con frecuencia la materia prima de los hermetismos de la crítica. Pero la fi cción está por doquier, continuamente, es una parte de la vida diaria tan común como el aire que respiramos, y está tan arraigada en nosotros como nuestros recuerdos y deseos ocultos. Contar historias es un don tan natural como el instinto de la lengua. Las diferencias en el grado de maestría que alcanza cada cual no pueden ocultar el hecho de que casi todos somos narradores natos, de la misma manera en que el burgués de Molière llevaba toda su vida hablando en prosa sin darse cuenta siquiera. Contamos historias, escuchamos historias, las intercambiamos continuamente con nuestros padres, nuestros amigos, nuestros amantes, con desconocidos con los que entablamos conversación en un tren. Cavilamos sobre el recuerdo de viejas historias y al recordarlas las modifi camos, suprimiendo detalles nimios e innecesarios o seleccionando los momentos más signifi cativos, al igual que hace un novelista. La memoria cuenta historias, pero también las cuenta el olvido. Y a veces llegamos a improvisar un relato sobre la marcha, buscando ocultarnos tras una mentira nada sólida, o por mera vanidad, para despertar en quien nos escucha una idea halagadora de nosotros mismos.  Algunas de las historias que más nos importan las llevamos con nosotros a lo largo de toda la vida, como esa novela inacabada que a un novelista inseguro nunca le parece lo bastante buena como para enviarla por fin al editor.

Todos somos escritores infatigables que podríamos no escribir una sola página, y también lectores obsesivos, incluso esa amplia mayoría de conciudadanos que nunca abren las páginas de un libro, de fi cción o de cualquier otro género. Constantemente leemos historias no contadas en las caras de los demás, y nuestro cerebro tiene una extraordinaria capacidad para intuir lo que están pensando o sintiendo. A partir de los indicios que observamos en sus gestos o en el tono de su voz, intentamos imaginar la parte de la historia que yace oculta tras el silencio o el signifi cado literal de las palabras que nos dicen. Somos al mismo tiempo el autor y el lector de una novela de misterio y el astuto detective en busca de la clave del enigma, e incluso también el malvado al que se desenmascara en el desenlace. A menudo rogamos que nos cuenten toda la verdad de una historia, pero otras veces preferimos escuchar una mentira antes que una verdad desagradable o terrible. «Prefi ero seguir soñando / a conocer la verdad», cantaba Concha Piquer. Y es lo mismo lo que el melancólico pistolero Johnny Guitar le pide a su antiguo amor en la película de Nicholas Ray: «Cuéntame una mentira». Esta petición desvergonzada, aunque parezca insensata o pueril, procede directamente de un rasgo de la psicología humana tan profundamente arraigado en nosotros como su opuesto, la urgencia de saber la verdad. Por otra parte, las mentiras y las verdades se transmiten por el mismo medio, palabras y frases, los materiales básicos con los que se construyen las historias. Exactamente las mismas palabras se pueden usar para decir la verdad y para mentir: por lo tanto es asunto nuestro decidir lo que creemos y lo que no. Y sea como fuere, toda información llega a nosotros modelada en forma de historia, de modo que nos pasamos la vida repitiendo una y otra vez la misma petición que hicimos a nuestros padres desde el momento en que empezamos a dominar la lengua: «Cuéntame una historia». O mejor todavía, porque el sonido casi idéntico del verbo y del objeto directo hacen la petición todavía más apremiante, y le dan la sonoridad de un conjuro: «Cuéntame un cuento».

[ARTÍCULO COMPLETO EN PDF]

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