"Los acostábamos con delicadeza en las cunetas, los surcos y los cestos de mimbre debajo de los árboles. Los dejábamos desnudos sobre unas mantas, o bien en unas esterillas de paja trenzada en los márgenes de los campos. Los colocábamos en el interior de cajas de madera para manzanas y los mecíamos cada vez que terminábamos de pasar la azada a una hilera de judías. Cuando los hijos crecían y no paraban quietos, a veces los atábamos a las sillas. Los sujetábamos con correas a nuestras espaldas en el gélido invierno de Redding y salíamos a podar las vides, pero en ocasiones hacía tanto frío por las mañanas que sus orejitas se helaban y sangraban. A principios del verano, en Stockton, los dejábamos en unos barrancos de las inmediaciones mientras removíamos la tierra, arrancábamos cebollas y empezábamos a recoger las primeras ciruelas. Les dábamos los tallos para que jugaran en nuestra ausencia y de vez en cuando los llamábamos por sus respectivos nombres para que nuestra presencia no les resultara inadvertida. «No molestéis a los perros.» «No toquéis las abejas.» «No os alejéis o papá se enfadará.»" Un relato de
Julie Otsuka publicado por la revista
Granta 12 dedicada a Colombia. Este relato forma parte de la última novela de Julie Otuska
El buda del ático.