El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
domingo, 7 de septiembre de 2008
Atticus vela por todos nosotros
La gente de The A.V. Club, el site de la revista The Onion, tiene una sección que se llama Mejor tarde que nunca. Allí algún colaborador cuenta la experiencia de haberse puesto al día con alguna obra considerada mayúscula que, hasta entonces y por motivos variopintos, nunca había experimentado. La semana pasada, Nathan Rabin contaba lo que le ocurrió al leer finalmente Watchmen, esa maravilla escrita por Alan Moore y dibujada por Dave Gibbons. (¿Su opinión? Extática.)
Esta semana, Zack Handlen narra lo que le sugirió la lectura de To Kill A Mockingbird, la maravillosa novela de Harper Lee, y la visión del film del mismo nombre protagonizado por Gregory Peck como Atticus Finch -o, para ponerlo de otro modo: el padre que todos querríamos tener... o ser.
Lo primero que sentí fue cierta envidia. Handlen cuenta que Mockingbird se le escapó de las manos a pesar de que en las escuelas suelen darlo para leer, al igual que clásicos como Jane Eyre y Las aventuras de Huck Finn. Qué suerte tienen estos gringos... ¡Todo lo que a mí me daban a leer en la escuela eran bodrios como La bolsa de Julián Martel! A veces creo que me convertí en escritor a pesar de todo lo que hicieron mis profesores de literatura para ahuyentarme del barrio...
Pero mientras envidiaba la experiencia de leer y ver Mockingberg por primera vez, recordé una de sus escenas centrales. Allí, el abogado Atticus Finch vela delante de la puerta de la cárcel, sentado en una silla, como forma de proteger al negro Tom Robinson, acusado -falsamente- de haber violado a una joven blanca. Atticus sabe que la mayor parte de los blancos del lugar no se contentará con un juicio justo: si por ellos fuere, preferirían linchar a Tom y ahorrarse el trámite. Por eso Atticus pasa allí la noche, en plena calle, confiando en que podrá detener a la eventual turba con su presencia y sus argumentos. Por supuesto, la turba llega y Atticus se ve sobrepasado por una fuerza que no entiende de razones. Quien lo salva entonces -y salva así a Tom, aunque no para siempre- es su pequeña hija Scout, que se ha escapado de la casa en plena noche para ver qué hace su padre. La irrupción de la niña disuade a la turba de emplear la fuerza; allí donde la razón y la ley escrita han fallado, la inocencia ayuda a preservar la paz. Después de lo cual Scout regresa a su hogar y Atticus sigue velando, sentado en su silla a la luz de una lámpara y leyendo el libro que llevó para matar las horas. "Hay algo en esa escena,' dice Handlen, ‘en la imagen de Atticus sentado ahí, con su libro abierto en el pequeño círculo de luz... que me hizo sentir mejor. Respecto de todo'.
Esa es una de las razones por las que amo To Kill a Mockingbird. Porque desde que supe que, a pesar de la abundancia de turbas irracionales en este mundo, Atticus vela por nosotros mientras lee un libro, yo también -como Scout, como Handlen- puedo dormir mejor.
[Publicado el 05/9/2008 a las 07:00]
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Finalmente se cayó el proyecto de que HBO llevase Preacher a la TV. Es una pena, porque la historieta de Garth Ennis y Steve Dillon es demasiado compleja para ser reducida a una película. La TV es un medio más apropiado para Preacher, no sólo por consideraciones estrictamente narrativas -la extensión original del relato, su naturaleza episódica- sino también porque en los últimos tiempos ha demostrado ser un medio infinitamente más osado que el cine producido en Hollywood. Después de las dificultades que enfrentó Kevin Smith con su película Dogma, y todavía en el contexto hiperreligioso del que George W. Bush se sirvió y al que contribuyó a alimentar, ¿se imaginan un relato ultraviolento sobre un hombre poseido por un ser celestial que persigue a Dios para increparlo por haberle dado la espalda a la humanidad?
Publicada entre 1995 y 2000, y finalmente editada en el formato de nueve novelas gráficas, Preacher cuenta la historia de Jesse Custer, pastor de un pequeño pueblo del sur americano que un día es ‘visitado' por un ente celestial llamado Génesis, hijo de la relación entre un arcángel y un demonio. Esa posesión convierte a Custer en un ser todopoderoso, que al tiempo que lucha para evitar ser manipulado por organizaciones religiosas y políticas persigue a Dios para enjuiciarlo por su defección. Víctima de la enseñanza reaccionaria que solía ser habitual en el Sur profundo, que además se cobró la vida de sus padres, Custer emprende esta cruzada justiciera acompañado por socios tan impresentables como él. Su novia Tulip, chica de armas tomar. Su amigo Cassidy, un vampiro irlandés devoto del punk y del hardcore. (Personaje inolvidable, dicho sea de paso.) Y como si esto fuera poco, el fantasma de John Wayne, que ilumina a Custer en las horas más oscuras...
Preacher es un western contemporáneo, y una historia de amor, y un relato profundo e iconoclasta sobre la naturaleza de esta existencia -todo a la vez. HBO parecía un envase cantado para un producto de esta naturaleza. Pero para ser sinceros, desde que The Sopranos terminó y The Wire dio las hurras, HBO ha perdido el cetro como creador de las series más adultas y controversiales a manos de Showtime. El hecho de que terminase de matar el proyecto alegando que era ‘demasiado oscuro y violento y controversial' cuando esa es precisamente la gracia de Preacher, revela que ha perdido el norte por completo. Si Alan Ball, creador de Six Feet Under, fracasa allí con su nueva serie True Blood, los directores de la emisora deberían empezar a pensar en cambiar de trabajo.
[Publicado el 04/9/2008 a las 07:00]
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La película A Guide to Recognizing Your Saints tardó dos años en llegar a la Argentina, y aun así no lo hizo de la mejor manera: se la exhibe en muy pocos cines. Pero vale la pena hacer el esfuerzo de llegar a uno, o de obtener su edición en DVD. Guide representa un triple salto mortal: es la adaptación al cine del libro de memorias de Dito Montiel, que además escribió el guión... que terminó dirigiendo él mismo, producido por Trudie Styler y con la actuación de Robert Downey Jr., Shia LaBeouf, Dianne Wiest, Rosario Dawson y Chazz Palminteri.
Nacido Orlandito Montiel en 1970, Dito creció en Astoria, Queens y escapó por un pelo al destino que parecía inevitable entre los suyos: la droga, la violencia, la prisión, la muerte temprana. Asomó a la luz pública como miembro de la banda hardcore Major Conflict, y luego como integrante de Gutterboy, que firmó un contrato millonario con Geffen Records y se disolvió al poco tiempo; todavía hoy se la considera ‘unas de las más exitosas bandas sin éxito', según pretende Wikipedia.
El libro A Guide es una serie de viñetas sobre la juventud de Dito. La película conserva ese aire episódico, pero evitando la etapa del Dito músico para centrarse en la historia de sus amigos y en la relación con sus padres. Lo primero que impacta del film es la maravillosa actuación de los actores que interpretan a los amigos de Dito. El hecho de que el mismo Montiel recrease su propia historia debía darle al film una fuertísima sensación de autenticidad, pero si en efecto lo logró se debe a su maravilloso trabajo con estos chicos y muchachas. Por lo demás, la película carece por completo de toda impronta literaria, al tiempo que escapa del pesado yugo del naturalismo; por el contrario, A Guide fluye libremente entre dos tiempos -en los 80 Dito es Shia LaBeouf, a mediados de los 90 es Downey Jr. regresando por primera vez a casa después de 15 años- y entre la fuerza de lo real y la libertad absoluta del narrador nato. Como alguien que intenta también moverse en simultáneo entre formas independientes de la creación, el caso de Dito me llena de esperanzas: Montiel demuestra que uno puede ser músico y escritor y cineasta con perfecto registro de las idiosincracias de cada lenguaje -y a sabiendas de que en el fondo, se trata de articulaciones de la misma, idéntica necesidad: la de narrar.
Pequeña gran película, A Guide to Recognizing Your Saints. Ya estoy tratando de conseguirme el segundo libro de Montiel, Eddie Krumble is the Clapper. Y encendiendo velas por su segunda película, Fighting, que espero se estrene pronto... y se difunda mejor en Hispanoamérica.
[Publicado el 03/9/2008 a las 07:00]
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El miércoles pasado ocurrió una cosa muy bonita. A las 21 en punto, la ciudad entera empezó a ser atravesada por distintas músicas. Los estéreos de los autos atronaban, las canciones se colaban a través de cada ventana. (Esto ocurría en los barrios privilegiados y también en los más humildes.) Lo sé bien porque salí al balcón de mi séptimo piso y oí lo que pasaba en mi propia calle. Las canciones ahogaban los ruidos habituales de fondo, borrando el pitido de los trenes y el zumbido constante de la avenida General Paz. Fue como si la ciudad toda ensayase al unísono el crescendo orquestal de A Day in the Life. Aunque las canciones se pisaban en deliciosa cacofonía, todas las músicas eran la misma: la música de Charly García.
No sé cómo empezó la iniciativa. Creo que por internet, los fans de Charly convinieron en hacer sonar su música ese día y a esa hora, allí donde estuvieren, como modo de manifestarle su apoyo en las difíciles circunstancias que vive. (O, para ponerlo en términos del mismo García: para hacerle el aguante.) La convocatoria redundó además en otra multitud, que se apiñó en las puertas de la clínica de Almagro donde sigue internado por orden judicial. Un Charly de gesto inescrutable se asomó un instante corriendo el cortinado de una ventana; no sé si estaba emocionado o no, o sorprendido, o si entendía siquiera lo que estaba ocurriendo. Con merecida culpa, los mismos medios que habían difundido hasta el hartazgo las imágenes de su caida repitieron el rostro detrás del cristal.
Un gesto simbólico que ojalá haya ayudado a sostener el alma de Charly, aquel que se desarmó y sangró mientras producía esa obra tan bella que tanto ayudó al parto de nuestras propias almas. Ya habido demasiada muerte en este país. Es tiempo de armar y de curar.
[Publicado el 02/9/2008 a las 07:00]
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Un niño asiste a la manifestación en contra de Bussi y Menéndez, en San Miguel de Tucumán.
Tardé unos días en elaborar este texto sobre la condena a prisión perpetua de los genocidas Bussi y Menéndez porque la lectura del dictamen me llamó a confusión. Si bien la pena de por vida estaba expresada con todas las letras, la idea de ‘diferir' -ese fue el término empleado- la decisión sobre el sitio donde habrán de purgarla se prestaba a equívocos. De hecho, la multitud que esperaba afuera del juzgado la interpretó de la peor manera. Dado que mientras prosiga el ‘diferimiento' los genocidas seguirán encerrados en sus domicilios -Bussi, sin ir más lejos, mora en la casa lujosa de un riquísimo country-, la gente consideró que el tribunal los trataba con guantes de seda que, por cierto, ellos jamás emplearon con sus víctimas.
En el primer momento, yo preferí creer en el vaso medio lleno. Después de todo, la decisión diferida no implica necesariamente que vaya a optarse al fin por dejarlos morir en las casas de ricachones que habitan. También es cierto que, por edad -Bussi tiene 82 años-, la ley los habilitaría a reclamar el beneficio de la prisión domiciliaria, aunque uno se retuerza por dentro convencido de que no se merecen ningún privilegio.
Me tranquilizó un poco leer las declaraciones de Gerónimo Vargas Aignasse, diputado nacional e hijo del hombre cuyo asesinato derivó en el juicio de la condena, el ex senador Guillermo Vargas Aignasse. Gerónimo elogió el fallo del tribunal tucumano y, en lo que hace al lugar donde cumplir la pena, prefirió otorgarle el beneficio de la duda. En realidad hizo algo mucho, pero mucho más destacable: mostró compasión hacia Bussi. En declaraciones a Página 12, Vargas Aignasse admitió que Bussi es un hombre de salud precaria y declaró: ‘Pretendemos que cumpla su condena donde su salud se lo permita, sin que ello implique que goce de privilegios que no goza ningún otro condenado en la Argentina'.
La cuestión ya me había conmovido durante el trámite del juicio. Al ver llorar a Bussi en la sala, y delante de las cámaras, me resultó evidente que el viejo asesino apelaba a la piedad de los jueces y del pueblo todo. Y me pregunté si alguna vez las lágrimas de sus víctimas habrían suscitado en él algo parecido a un gesto de piedad. Las más de quinientas causas que siguen abiertas en su contra parecen indicar lo contrario.
Este proceso realizado en el contexto de un gobierno democrático le otorgó a Bussi y a Menéndez todas las oportunidades y garantías que ellos jamás concedieron a sus víctimas: el juicio justo, la posibilidad de defenderse, la difusión pública de sus casos y de sus argumentos. Que el hijo del hombre que asesinaron pretenda que no se los despoje de dignidad alguna conmovería a cualquier criatura de corazón vibrante. Pero a juzgar por la triste justificación de lo actuado que expresaron durante el proceso, tanto Bussi como Menéndez parecen más allá de cualquier posibilidad de redención pública.
[Publicado el 01/9/2008 a las 11:03]
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Hoy Shakespeare sería un guionista', le dijo George Steiner a Juan Cruz en el dominical de El País. Estoy de acuerdo. Un hombre acostumbrado a beber la reacción del público como si fuese el agua necesaria para vivir no se resistiría a la multiplicación que representan el cine y la TV. Y mucho menos a estar en la cresta de la ola, en aquel medio popular -el adjetivo no está de más aquí: el teatro isabelino era la TV de su día- donde se estén cocinando las obras más interesantes, más vitales y más cuestionadoras. ¿O acaso no resulta evidente que la ficción televisiva de hoy produce relatos más profundos y perturbadores que buena parte de la novelística actual?
Viendo los materiales extras de la quinta temporada de The Wire, descubrí a Joe Klein -columnista político de la revista Time y autor de aquel best-seller político de consecuencias incendiarias, Primary Colors- suscribiendo un argumento parecido. ‘¿Qué a The Wire no le han dado nunca un Emmy? ¡Si tendrían que darle el Nobel de literatura!', dijo, sin temor a ser hiperbólico. Yo al menos atesoraré la edición en TV de las cinco temporadas en el estante de mis obras dilectas, desde Moby Dick -la novela original- a Citizen Kane, desde Prime Suspect -la miniserie inglesa- hasta Watchmen... y las obras completas de Shakespeare, por supuesto. Porque mi cabeza no hace distingos entre soportes: en el fondo no importa si se trata de novela u obra teatral, serie de TV, cine o historieta, lo que busco son historias inolvidables. ¡El formato es lo de menos!
Y de manera consistente, The Wire ha sido para mí una historia inolvidable. En su entrega final, el creador y productor David Simon -asistido por un equipo del que forman parte los maravillosos escritores Dennis Lehane, George Pelecanos y Richard Price- se ha centrado en el mundo de la prensa, y en particular en la decadencia de los diarios, formulándose la pregunta de cuán lejos se puede llegar con una mentira. (En una sociedad como la nuestra, la tentación es creer que se trata de una pregunta retórica.) Siempre centrada en Baltimore -que es el mundo, qué duda cabe- y con eje en un grupo de policías que tratan de hacer su trabajo en contra de la burocracia, de las presiones políticas y de los recortes de presupuesto, The Wire vivirá para siempre como un relato sobre un sistema que devora a sus criaturas y escupe sus huesos para saciar la sed general de espectáculo. Al tiempo que analizaba en profundidad el laberinto sin salida de nuestras sociedades, The Wire creó una galería de personajes imperecederos. El cierre de su temporada final, enhebrando los destinos de gente tan disímil como el killer Omar Little (Michael K. Williams), el drogadicto Bubbles (Andre Royo) y el adolescente Duquan Weems (Jermaine Crawford, interpretando uno de los personajes más desgraciados de la historia desde Oliver Twist -pero sin final feliz), constituye uno de los picos más altos del arte al que ha llegado la TV en su medio siglo de vida.
Yo no puedo evitar sentirme identificado en alguna medida con el renegado de Jimmy McNulty (Dominic West). Contemplando el arco de su historia, la vinculé a la definición de la vida que George Steiner atribuyó a Samuel Beckett en la entrevista de Juan Cruz: ‘Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor'.
En eso estamos todos.
[Publicado el 29/8/2008 a las 07:00]
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Nunca había visto Esperando la carroza. Pero a instancias del amigo Germán Welz -quien, insisto, de tener algún día hijo varón debería llamarlo Orson-, me senté a verla en una espantosa copia en DVD de esas que son tan comunes en este país. Fue como asistir a una de aquellas funciones míticas de The Rocky Horror Picture Show, dado que Germán, su novia Ivana y hasta mi propia mujer se sabían los diálogos de memoria y los repetían en voz alta con perfecto timing. Elvira (China Zorrilla) criticando a su vecina: ‘Yo hago empanadas, ella hace empanadas; yo hago puchero, ella hace puchero'. El próspero Antonio (Luis Brandoni) comiéndose una de las tres empanadas que eran todo el almuerzo de unos pobres y diciendo: ‘Qué tristeza... ¡Por lo menos tenían una pobreza digna!' Mama Cora (Antonio Gasalla) parando un colectivo y pidiéndole al conductor que la lleve ‘a lo de Emilia', como si el hombre supiese quién demonios es esa Emilia -y dónde cuernos vive.
Sinceramente no me reí mucho. No porque la película no sea graciosa -entiendo perfectamente por qué hizo y hace desternillarse a tanta gente-, sino porque me duele horrores. Esperando la carroza es un perfecto compendio de todas las cosas que detesto de cierta clase de argentinos: la envidia, el arribismo, la falta de escrúpulos, la compulsión de aparentar ser lo que no se es, la mediocridad, la familia convertida en instrumento de tortura... Al mismo tiempo el film es una competencia de gritos que dura casi hora y media, cosa que me induce dolor de cabeza y me pone al borde del crimen. Detesto a todos y cada uno de esos personajes, quizás con la excepción de Susana (Mónica Villa), que a duras penas soporta a la psicopática familia a la que se integró por la vía del matrimonio. Pero en el fondo tampoco le perdono que no logre romper con ellos. Con el tiempo, imagino, terminará convirtiéndose en parte del grupo y adoptando sus mismos, perversos métodos.
Ahora dicen que filmarán una segunda parte. Más allá del resultado, lo indiscutible es que entre la Argentina de 1985 y la del presente hay unas corrientes subterráneas de continuidad que la tornan más vigente que nunca. Lamentablemente hemos cambiado muy poco...
La experiencia de ver Esperando la carroza me remitió a aquella broma de Broadway, según la cual un hombre se topa con otro al que han apuñalado y le pregunta si le duele. La respuesta del herido es la siguiente: ‘Sólo cuando me río'.
Ojalá la Argentina me doliese sólo cuando me río.
[Publicado el 28/8/2008 a las 07:00]
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¿Se enteraron del caso de los empresarios ejecutados que obsesiona por estos días a la Argentina? Brevemente: hace un par de semanas alguien secuestró y asesinó según códigos mafiosos a tres jóvenes socios, ligados por negocios farmacéuticos. Según parece, al menos uno de ellos estaba vinculado al tráfico de medicamentos falsos -ah Harry Lime, cuánto daño sigues haciéndonos- y el trío en su totalidad habría intentado empezar a exportar efedrina a otros países, una sustancia que los países donde se produce droga a escala industrial -México, por ejemplo- necesitan como agua. Para añadir leña a este fuego, el domingo se habría suicidado un cuarto hombre, ligado a los primeros por su actividad farmacéutica y sus deudas millonarias.
Como imaginarán, la cuestión ha dado y sigue dando tela para hablar sobre el tema del narcotráfico en Latinoamérica y la forma en que la Argentina estaría empezando a participar del ciclo: por el momento, facilitando insumos que aquí son más baratos que en México -como la efedrina, sin ir más lejos. Pero a mí me ronda por otras razones. No puedo dejar de pensar en los muertos. Sus características comunes me resultan significativas: gente de clase media, bien educada, blanca, de un pasar más que generoso a pesar de deber millones de dólares (los secuestradores incendiaron la 4x4 de uno de ellos, tratando -imagino- de enviar un mensaje), frecuentadores del mismo gimnasio y de edades que rondan la treintena -es decir, que fueron niños durante la dictadura y jóvenes durante el vale todo moral de la década Ménem.
Sería un error generalizar de manera instantánea. Pero no puedo dejar de preguntarme qué efectos tiene sobre una generación el hecho de crecer en una sociedad en bancarrota ética y espiritual. Haberse educado en la Argentina de la impunidad, haber mamado la frivolidad criminal del menemismo -los cuatro muertos formaban parte de la clase social que gozaba del momento y veraneaba en Miami mientras Menem malvendía el país y los pobres se devoraban a sí mismos- debe dejar marcas indelebles en muchas almas carentes de buena raiz y mejor sustento. Si la política, las instituciones y los medios pregonan con fanfarria que el dinero es el bien supremo, que el fin justifica todo medio, ¿a quién puede extrañarle que alguien amase fortuna mediante uno de los crímenes más deleznables que pueda concebirse -esto es, suministrarle a los enfermos una medicina que no es tal?
En El tercer hombre -la película de Carol Reed, el relato de Graham Greene-, Harry Lime funcionaba como un monstruo. En la Europa de posguerra, alguien que adulteraba la penicilina que se suministraba a los niños no podía ser calificado de esa forma. Nos guste o no, la Argentina del siglo XXI es una fábrica de Harry Limes. Y la abundancia de Limes los torna (horriblemente) comunes, en tanto la normalidad es una simple cuestión de promedios numéricos. Aquí hay Harry Limes en la política, en el gobierno, en las instituciones, en los medios, en las empresas...
Y estamos nosotros, también: niños en situación de riesgo, preguntándonos a diario si la penicilina que nos previene de la muerte es lo que dice la etiqueta -o apenas un placebo.
[Publicado el 27/8/2008 a las 09:44]
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Lars and the real girl (2007, dirigida por Craig Gillespie) es una película encantadora, que sin embargo resulta difícil de contar sin inducir a confusión. Dicho lo cual, déjenme intentarlo...
Todo el pueblo adora a Lars Lindstrom (Ryan Gosling, un actor cada vez más enorme), un joven dulce y religioso que, sin embargo, vive la vida de un misántropo. Marcado a fuego por la muerte de su propia madre, que no sobrevivió a su nacimiento, Lars es apenas funcional: tiene un trabajo y mora en el garage de la casa paterna, ocupada ahora por su hermano mayor, Gus, y su mujer Karin, cuyo embarazo angustia a Lars en tanto remite de forma inevitable a su parto traumático. Pero aunque tolera las gentilezas que la gente le prodiga a diario -en un pueblo tan pequeño, todo el mundo está al tanto de su historia-, Lars los mantiene a todos a distancia -incluyendo a su hermano y a su cuñada.
Un día Lars recibe una caja enorme por correo. Y esa misma noche sorprende a Gus al decirle que tiene una huésped que desearía presentarle. La recién llegada se llama Bianca. Es una muñeca tamaño natural... y anatómicamente correcta.
Las situaciones que Lars genera al comportarse todo el tiempo como si Bianca fuese de carne y hueso -salvo a la hora de la intimidad: como dije, Lars es devoto y no haría nada con ella antes de casarse-, van de lo incómodo a lo hilarante. Asesorados por la médica y psicóloga Dagmar (Patricia Clarkson, siempre eficiente), tanto Gus y Karin como el resto del pueblo se prestan a la charada, convencidos de que Lars ha ‘inventado' a Bianca por una buena razón a la que debe permitírsele seguir su curso. Y aunque Gus dude de la conveniencia de semejante política, le resulta indiscutible -así como a nosotros, espectadores-, que a partir de la irrupción de Bianca el bueno de Lars empieza a abrirse al mundo como nunca antes.
Puede que la película no sea perfecta. Pero hay algo que el guión y el director Gillespie y el mismo Gosling han hecho muy bien, cuando uno se encuentra respondiendo a Bianca con la emocionalidad que sólo solemos reservar a los humanos de verdad. Durante un buen tramo me cuestioné la bondad con que todos en el pueblo trataban a Lars y fingían relacionarse con ‘Bianca': ¡justamente yo, que vivo diciendo que no pensamos lo suficiente en la cuestión de la bondad! Lleno de cicatrices prodigadas por la experiencia, me decía que en el mundo real Lars no tardaría en toparse con imbéciles que le harían notar que Bianca es una muñeca y la ‘violarían' delante suyo para subrayar el punto. Se me ocurrió entonces que Lars sería mejor película si fuese menos fábula. Pero al aproximarse el final y volverme consciente de mis propias emociones, entendí que en ese caso me habría perdido precisamente aquello que tanto me estaba conmoviendo: el espectáculo de la generosidad humana en acción -una visión, ay, tan infrecuente.
[Publicado el 26/8/2008 a las 10:15]
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El sábado por la noche vi por TV una de las escenas más perturbadoras de mi vida. En medio del zapping pasé por uno de esos -tantos- programas que se dedican a refritar imágenes de otros programas: TVR, sigla que correspone a Televisión Registrada. En medio de un ‘informe' sobre el caso Grassi (en TVR se le llama ‘informe' al refrito de imágenes de la semana con otras de archivo, de acuerdo a una línea editorial que se modifica de acuerdo al humor del productor), aparecieron unas escenas tomadas de, según creo, un programa llamado Policías en acción. (No puedo saberlo a ciencia cierta, dado que la pegatina de imágenes no especifica las fuentes.) El caso Grassi, por si no están al tanto, es lo que está en juego en un juicio que acaba de comenzar: la acusación que pesa sobre un sacerdote católico llamado Grassi -un personaje adicto a los medios, responsable de una fundación millonaria llamada Felices Los Niños y beneficiario de gente nefasta como Menem, Cavallo & Co.-, a quien se señala como victimario en diecisiete casos de abuso de menores a su cargo.
Perdonen la torpeza del relato, la indignación nunca procede de modo ordenado. Como parte del collage de imágenes armado para condenar a Grassi (yo supongo que le cabe responsabilidad, pero no deja de asustarme la facilidad con que los medios primero y la sociedad después condenan públicamente a un hombre, con procedimentos histéricos que recuerdan, salto tecnológico mediante, a Las brujas de Salem), aparecieron estas imágenes que supongo -perdón si me equivoco- pertenecían a Policías en acción. La escena era la siguiente: noche cerrada, sitio al aire libre, policías que se aproximan, con las cámaras registrando sus movimientos, a un grupo de tres. Dos adultos, un niño pequeño. (¿Ocho años, tal vez?) Lo primero que se ve es que los policías interrogan a los adultos. Uno de ellos se reivindica como padre del niño. Y al instante -o corte mediante, en edición se pueda hacer casi todo-, el niño empieza a llorar desconsolado y dice a los policías que los dos adultos le estaban ‘tocando el culo'. Con angustia cada vez mayor, el niño trata de preservarse de futuros daños pidiendo ayuda a los policías. El adulto que no era su padre hace una cosa que no por abyecta deja de ser común: dice que el juego era recíproco, que el niño también le estaba ‘tocando el culo' a él -equiparando responsabilidades, como si eso fuese posible entre una criatura y un hombre. Pero el llanto del niño se vuelve desesperado cuando comprende que, por obra de lo que acaba de verbalizar, su padre será detenido por los policías.
No puedo explicarles mi propia angustia, derivada de la momentánea imposibilidad de saber qué había sido de ese niño. Como estas imágenes estaban ahí tan sólo para cargar las tintas en contra de Grassi, al productor de TVR no le interesó proporcionar esta información al espectador; le habrá parecido innecesaria para su cometido. Lo cierto es que los pequeños ‘cuidados' que se aplicaron a las imágenes -por ejemplo el borrado digital de los rasgos de los protagonistas- sonaban a comentario irónico. Ya quedó claro que Policías en acción -insisto, si es que no me equivoco al suponer que ese programa era la fuente- y TVR estaban protegiéndose legalmente de una potencial demanda por incriminar a gente inocente. La pregunta que me queda picando es simple: ¿quién protege al espectador?
Quizás sea inútil quejarse por las cosas que aparecen en pantalla. Este año mismo la TV argentina difundió hasta el hartazgo escenas de la humillación que sufrió Charly García al ser detenido, que por añadidura degradaban a quien las viese. Pero qué quieren que les diga: en estos tiempos de medios hiperpoderosos que se arrogan la representación de ‘la gente', es más necesario que nunca pedirles que dejen de abusar de ella.
Por eso mismo, lo más extraordinario ocurrió a continuación de ese ‘informe'. Al volver a estudios, el invitado de turno -un filósofo llamado Tomás Abraham- criticó delante de los conductores la emisión de semejante material. No sólo ubicó el caso Grassi en un marco más amplio, y por lo tanto menos facilista, al centrar su preocupación en el estado de las 6300 criaturas de las que la fundación Felices Los Niños se ocupaba. ¿Alguien sabe cómo están, cómo viven, si se siguen ocupando de ellos? Yendo todavía más lejos, Abraham vinculó su indefensión a la situación de millones de otros niños que viven entre la precariedad y abyección en el país que idolatra a los empresarios ganaderos que defienden su derecho a enriquecerse aún más -esta última definición corre por cuenta mía. Y terminó diciendo: ‘Esto no habría que haberlo mostrado'.
Que alguien se presente en un medio y no sucumba a la tentación de adularlo todo por el simple hecho de haber sido invitado, me pareció inspirador.
Alguien tiene que decir que el emperador está desnudo. Alguien tiene que decirles que hay cosas que no se pueden, no se pueden, no se pueden hacer.
[Publicado el 25/8/2008 a las 10:29]
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Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.
Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).
Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.
Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.
La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara
Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil
Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara
El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara
Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura
El muchacho peronista (1992). Planeta
Filmografía
Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos
Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti
Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras
Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo
06/9/2008 20:03
Marcelo!! espero que leas esto...
Publicado por: Guido Cuadros
06/9/2008 19:56
Carnivale me gusto bastante, vi...
Publicado por: Guido
05/9/2008 17:20
Marcelo , porque no estas en...
Publicado por: Lilith
05/9/2008 15:33
Uy, Marcelo, tanto por leer, tan...
Publicado por: Mayte
05/9/2008 14:14
Publicado por: Alex Martín Alvarez
04/9/2008 17:32
Publicado por: richard
04/9/2008 04:31
Publicado por: Eduardo Varas
04/9/2008 00:10
Publicado por: Mayte
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