El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 3 de julio de 2009

 Blog de Marcelo Figueras

Rara avis

Este es el texto que leí anoche en Buenos Aires, durante la presentación de la novela El viajero del siglo.

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Andrés Neuman me impresionó como un bicho raro apenas lo conocí.
    Era simpático, pero no con la simpatía impostada que es la marca del gremio. Entre los escritores, hasta un simple hola suena a ironía tortuosa. Nadie recibe saludos de un colega sin preguntarse qué habrá querido decir. Sin embargo Neuman parecía emperrado en usar las palabras para su función original: esto es comunicar, y respetaba sus significados con escrúpulo tal que me creí en presencia de un ecologista del lenguaje. Neuman como una suerte de ONG unipersonal, consagrada a defender los derechos, pero ante todo las posibilidades del idioma.
    Hablaba mucho, en esto igual a tantos otros escritores. Pero todas sus ideas estaban desprovistas de la violencia habitual. En sus frases brillaban por su ausencia la chicana, el golpe bajo, el desprecio por los otros que muchos entienden como condición sine qua non de la autoestima.
    Los saberes de que hacía gala también eran insólitos. Lejos de la cita arcana y del pronunciamiento esotérico, Neuman se proponía a sí mismo como intérprete de canciones de Paul McCartney, asombraba con su conocimiento sobre el mejor imitador de Los Beatles en YouTube y se comportaba como un jukebox humano especializado en canciones de Les Luthiers. ¡Diga un título y Neuman se lo cantará!
    Hubo otros dos detalles a la manera de gotas que colman el vaso. En primer lugar, Neuman era un tipo afectuoso. Que quede claro: entre los escritores, no existe característica humana más despreciada que el afecto. Se lo considera un resabio de etapas superadas de la evolución, como las muelas del juicio. ‘Escritor afectuoso’ constituye un oxímoron, una contradicción en los términos. Y sin embargo Neuman no temía mirar a los ojos ni abrir los brazos, para demostrar, como en los comienzos del contrato social, que no escondía arma alguna entre sus ropas.
    La muestra final de su inadecuación era la más visible de todas. Esa barba. Neuman parecía ignorar que al menos desde los 70, los escritores estamos llamados a ser lampiños. Nos procupa menos la calvicie que la presencia de pelos en el mentón –a no ser que tengan forma de barba candado recortada por adminículo eléctrico, lo cual estaba muy lejos de ser el caso.
    A esa altura, yo no hacía otra cosa que orar por un milagro. No habiéndolo leído, le rezaba al Dios de la Literatura, diciendo: Sé que pido demasiado, Señor, pero haz que además de buena gente y un tipo encantador, Neuman sea un buen escritor.
    Y entonces lo escuché leer.
    Leyó un cuento llamado La felicidad que operó como profecía. No sólo era buenísimo, sino que además lo interpretó con gracia. Hablo de la gracia del divertimento pero también de aquella que compete a la elegancia. Cuando leen sus textos, la mayoría de los escritores argentinos que conozco suenan a Riquelme interpretando Rayuela. Neuman, en cambio, sabía lo que hacía. Leía como si evocase el proceso de escritura, y como si aquel acto pretérito y este presente de leer le produjesen (¿se trataba acaso de la clave de su diferencia?), como si todo esto le produjese, digo, placer.
    Corrí a leerlo. Leí sus libros de cuentos, leí Bariloche, leí Una vez Argentina.
    Pero hasta El viajero del siglo, nunca encontré una obra que expresase mejor al Neuman que había tenido la fortuna de conocer.

 

(Continuará.)

[Publicado el 03/7/2009 a las 04:39]

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Doña Rosa

De tanto en tanto Mirtha Legrand comete un sincericidio ante cámara. Hace algún tiempo, en los albores del kirchnerismo, expresó sus temores de forma campechana que contrastó con sus habituales modales rococó: “Se viene el zurdaje”, dijo, como quien dice se viene el malón, o la peste, o el aluvión zoológico. En estos días, dejándose llevar por la euforia que le inspiró el triunfo neo-neoliberal en las elecciones, criticó a la Presidenta porque hablaba sobre Honduras, replicándole desde su programa: “¿Y a mí qué me importa Honduras?”
    Se preguntarán quién es Mirtha Legrand. Es una actriz que desde hace décadas conduce un programa de TV donde almuerza ante cámaras en presencia de invitados. Nacida Rosa María Juana Martínez, al iniciar carrera en el mundo del espectáculo adoptó el francófilo, y por cierto nada modesto, apelativo de Legrand. Pretensiones como ésa representan una constante perversa de una franja de la sociedad argentina, siempre desesperada por ser lo que no es pero contentándose con parecerlo.
    El exabrupto sobre Honduras es rico. Por lo que revela del concepto que Rosa Martínez tiene sobre los países latinoamericanos que no abundan en “gente como uno”. Por lo que sugiere sobre la importancia que le asigna a los golpes de Estado cívico-militares. (Rosa Martínez no tiene nada contra los golpes cívico-militares. Ha seguido trabajando como si nada en múltiples dictaduras, contratada por canales administrados por militares, lo cual aclara que las dictaduras tampoco tuvieron nada contra ella.) Pero ante todo, porque significa el hallazgo de una fórmula que Rosa Martínez podría seguir usando para verter su verdadero pensamiento, aquel que se le escapa cuando se distrae o se engolosina.
    Y así cualquiera de estos días dirá: “¿A mí que me importan los pobres?” O bien: “¿A mí qué me importa Africa, o Bolivia, o Irán?” O lo que se convertiría en un clásico instantáneo, al cristalizar aquello que ha ido demostrando en los hechos durante años, por ejemplo al manifestar lo mal que tolera el disenso en sus mesas (pregúntenle a Cecilia Rosetto o a Horacio Verbitsky): “¿Y a mí qué me importa la democracia?”
    Por fortuna este país está lleno de gente a la que le importa Honduras, y que está dispuesta a hacer lo que esté a su alcance para evitar que a los hondureños les pase lo que a nosotros nos pasó tantas veces.
    Pero claro, también existe gente que añora aquellos tiempos. Rosa Martínez es apenas una de sus voces más estentóreas.

[Publicado el 02/7/2009 a las 04:30]

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Sofías

En estos días Sofía ha estado en mi mente de manera constante.
    Sofía es mi sobrina. Está a punto de cumplir 15 años, pero para el ojo no avisado podría pasar tranquilamente por 8, o en su defecto 9.
    Nació a los seis meses de gestación, pesando apenas 600 gramos. Su supervivencia fue un milagro en sí mismo. Pero el milagro perfecto no existe: pregúntenselo al pobre Lázaro, cuya segunda vida sucumbió bajo el peso de la irrelevancia.
    Al poco tiempo los médicos descubrieron que los riñones de Sofía no funcionaban bien. El transplante se convirtió en su única posibilidad. Mi hermano, su padre, terminó donándole uno de los suyos. Y desde entonces empezamos a aprender lo que significa la vida después de un transplante.
    Por ejemplo que supone una ingesta eterna de inmunodepresores para evitar que el organismo rechace al órgano nuevo, realidad que tiene un corolario inevitable: con las defensas bajas, Sofi es candidata a pescarse cuanto virus se le cruce por las narices.
    Pero además Sofía no crecía. Y no podían darle hormonas para potenciar el crecimiento hasta que no cumpliese ciertos requisitos. Aun cuando al fin se las suministraron, su desarrollo nunca fue lo que se esperaba. Por eso me ha recordado siempre al Oskar Matzerath de El tambor, la novela de Gunter Grass. No estoy seguro de que Sofía haya hecho lo de Oskar, decidiendo a conciencia no crecer ya más para no integrarse nunca al decepcionante mundo de los adultos; pero siempre estuve seguro de que Sofía sabía algo que a mí se me escapaba.
    Ayer me llegó la noticia del nacimiento de otra Sofía, que mucho tiene que ver con este espacio. Sofía es la segunda hija de Mayté, a quien yo conocí y con quien trabé amistad gracias a este blog.
    Yo que suelo ser optimista, en estos tiempos temo que el argumento que tantas veces oí sobre la superioridad de la especie humana (la racionalidad que nos prevendría de cometer dos veces el mismo error) no es sino propaganda, como aquella que se usa para pasar por buenos productos que dejan mucho que desear; porque lo que la Historia del último siglo cuenta sin atenuantes es, por el contrario, que los ciclos se acortan y que las mismas generaciones viven la misma tragedia dos veces, cambiando a lo sumo el rol de víctimas por el de victimarios. Y en este contexto, tanto la Sofía que me preserva de una verdad que no estoy en condiciones de tolerar como esta otra, que acaba de nacer y por ende es pura potencia, me empujan a ir más allá, a superarme a mí mismo si no quiero correr la misma suerte de Lázaro.
    Mientras tanto necesito a todas las Sofías con que puedo contar.
    A todas las sophias.

[Publicado el 01/7/2009 a las 03:49]

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Tano lindo

La semana pasada, disimulando su mutis entre tantos Cadáveres Pop, se murió Andrés Cascioli. Legendario dibujante y director de la revista Humor, fue muy importante para mí como lector (durante la dictadura, Humor era uno de los poquísimos medios que se permitía pensar y lo expresaba) y finalmente como escritor. Yo recién empezaba como periodista cuando Cascioli nos llamó a Alan Pauls, Daniel Guebel y a mí para que escribiésemos a seis manos una sección miscelánea que bautizó Picado fino. Pronto empecé a colaborar con la revista más allá de ese marco, y también en otras publicaciones de la Editorial La Urraca que marcaron historia: El Periodista, El Péndulo, Fierro. Fue también Cascioli quien me permitió dirigir una revista por primera vez, un experimento que empezó como suplemento de Humor y después se independizó, y al que bautizamos Caín. El hecho de que El Péndulo concediese un premio a un cuento mío (recuerdo como si fuese hoy llegar a la redacción y que la recepcionista me felicitase por algo que yo todavía no sabía) fue un aliciente enorme para alguien que por entonces no era sino un pichón de escritor.
    La muerte de Cascioli me produce tristeza por las razones obvias, pero también algo de nostalgia. Aquellos tiempos, al promediar los 80, fueron de maravillosa efervescencia política y cultural. Mi país salía de la dictadura con un ímpetu tal que nos permitó imaginar que sólo había que abandonarse a las leyes de la física y ascender con la liviandad de una burbuja. O sea que ni siquiera imáginabamos que nos esperaban honduras mayores, y decepciones que nos enfrentarían a leyes no escritas de la física: por ejemplo, aquella que dice que las deudas no saldadas y las verdades no dichas regresan inexorablemente, y para asolarnos como pesadilla. (Aquí también cabe la frase de Ortega que Olga Rodríguez usa de acápite en su libro: ‘Toda realidad que se ignora prepara su venganza’.)
    Cascioli seguirá siendo siempre sinónimo de aquella otra Argentina, la que pudo ser y no fue. Que la experiencia que contribuyó a producir no haya tenido el mejor de los corolarios no borra el hecho de que, mientras duró, encendió algunas bengalas que iluminaron la noche que cayó sobre mi país hace décadas y que, es obvio, está muy lejos de haber terminado.  

[Publicado el 29/6/2009 a las 09:38]

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Crónicas de gente mojada

Se supone que uno no debería hablar de un libro antes de terminarlo. Pero utilizar un espacio como éste para hacer lo indebido es parte de la gracia.
    Estoy leyendo –devorando- un libro de Olga Rodríguez que se llama Un hombre mojado no teme la lluvia. Periodista especializada en Medio Oriente, Rodríguez ha escrito un libro de crónicas que es maravilloso desde el título mismo. En el prólogo, Rodríguez cuenta que le preguntó a uno de sus personajes reales, un iraquí llamado Yaser Alí, si quería que ocultase su identidad a la hora de narrar su historia. Alí mencionó entonces un refrán común entre su gente: ‘El hombre mojado no teme la lluvia’. Y para que no cupiese duda alguna sobre el sentido de la frase, remató: ‘Ya no tengo nada que perder…’
    Un hombre mojado es un libro de crónicas sobre Medio Oriente, que utiliza como prismas a numerosos personajes reales que no tienen nada que perder, como Yaser Alí, y aun así conservan la esperanza. Yo que ni siquiera tuve el tino de leerlo en el orden correcto –empecé con las historias sobre los territorios ocupados de Palestina y sobre Israel, sitios en los que he estado y me han marcado tanto, dejando para después los relatos sobre Irak, el Líbano, Afganistán-, no pude evitar estremecerme ante la precisión del texto (Rodríguez cuenta sin enfatizar, como quien sabe que basta con la verdad) y la profunda humanidad que trasuntan sus personas/ personajes. Escenas como las de Ibrahim Abayat resistiendo el asedio del ejército israelí en la basílica de Belén, sin agua ni alimentos y rodeado de cadáveres en el sitio mismo que la tradición señala como el de la Natividad de Jesús; o el taxista palestino Shadi limpiando a seco los trajes de la comitiva de George Bush; o la lucha por la paz de Rami Elhanan, un ciudadano israelí que se sobrepuso a la muerte de su hija en un atentado para tender la mano a los palestinos, se me han metido debajo de la piel, de donde no creo que pueda removerlos.
    El lugar común sostiene que un genocidio es una estadística, mientras que una muerte individual simboliza una tragedia. Con su libro, Olga Rodríguez desmonta esa falacia: un genocidio es, en todo caso, una tragedia de dimensiones que ninguna operación matemática puede calcular. Al narrar un complejo proceso histórico y político a través de las consecuencias que acarrea sobre las vidas de gente común, Rodríguez arranca los debates sobre Medio Oriente del dominio de la retórica y las razones de Estado para colocarlo en su sitio esencial: la cuestión humana. Aquello que políticos y facciosos tratan de disimular detrás de cortinas de humo, para persuadir al público general –a la que gente que no ha sido visitada por las lluvias- de que lo que hacen y permiten responde a una lógica más alta, más importante que el sufrimiento de algunas personas a las que, para mayor deshonra propia, tratan como si fuesen de baja estofa.
    El problema de estos hechos del pasado inmediato es la medida en que determinan nuestro futuro mediato. En cualquier caso, la frase de Ortega y Gasset que Rodríguez usa como acápite resuena como profecía ominosa: ‘Toda realidad que se ignora prepara su venganza’.

[Publicado el 26/6/2009 a las 01:17]

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Viudas en ciernes

Entre ayer y hoy vi dos veces, aquí en Madrid, el primer corte de Las viudas de los jueves. Para el lego, explico: ver así una película es la peor de las experiencias posibles para todos los involucrados, porque por definición se trata de una narración que está muy lejos de estar terminada. Le falta la música. Hay saltos de sonido entre planos. (El ruido de fondo que hay en uno desaparece por completo con el corte y reaparece con el siguiente, lo cual lo expulsa a uno del relato.) La imagen deja que desear, y la dosificación de la luz ni hablar. Como hay efectos que aun no han sido realizados, planos enteros ocurren sobre un fondo verde que todavía debe ser rellenado digitalmente. Y miles de desprolijidades más, que sólo serán solucionadas durante la posproducción, una vez que el corte –es decir, la edición de la película- haya llegado a su versión definitiva.
     La ventaja que tiene ver un film en estas condiciones es simple: si a pesar de todas esas fealdades uno ‘entra’ en la visión, si todo este ruido pasa a segundo plano y el espectador deja de distraerse para ser absorbido por el relato, la película funcionará. Ver uno de estos cortes supone, pues, atravesar una prueba de fuego: es una variante cinematográfica de un reality show, que obliga a un espectador a pasar por infinidad de incomodidades mientras intenta ver no la película que es, sino la que será.
    En lo que a mí respecta, salí una vez más satisfecho de la otra. Y no por mérito alguno del guión, que ya no existe como tal, sino por mérito exclusivo de todos los demás: el director Marcelo Piñeyro, el editor Juan Carlos Macías, el director de fotografía Alfredo Mayo, el diseñador de arte Jorge Ferrari, los actores –Sbaraglia, Echarri, Botto, Alterio, Celentano, Carrá, Viale, Toscano, Navarro, magníficos todos.
    Si algo me quedó claro en esa exhibición que ocurrió en condiciones tan poco propicias, es que la visión de Piñeyro sobre la novela original de Claudia Piñeiro sobrevivió intacta.
    Así que estoy tranquilo. Va a ser una muy buena película.

[Publicado el 25/6/2009 a las 00:52]

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La voz

A esta altura, las imágenes de la joven Neda Agha-Soltan agonizando en plena calle han recorrido el mundo. Esa muerte inútil –ocurrida el sábado pasado durante una protesta callejera, por obra de la bala de un hombre del régimen puesto que nadie en Irán está habilitado a portar armas que no sea un representante del Estado- le costará cara a Ahmadinejad, al ayatollah Khamenei y a los Guardias de le Revolución, porque ni el mejor spin doctor del mundo puede convencer a nadie de que la causa que asesina a jóvenes desarmadas para defenderse es una buena causa.
    Lo que me conmovió particularmente, dentro de este contexto de vidas segadas para proteger privilegios, fue un pequeño detalle. El hecho de que Neda estudiase canto (de hecho la acompañaba su profesor en la manifestación, suya es la voz que se oye en el video diciendo ‘Natars!’ –o sea, No tengas miedo) en una sociedad que prohibe que las mujeres canten; y de que el mismo nombre Neda signifique, en farsi, ‘voz’.
    Neda no aceptó la prohibición de cantar. Y aunque el aparato represivo del Estado iraní sacó a relucir sus garras para callarla, su voz encontró un extraño modo de volar por encima de las barreras y sonar más alto que nunca –hasta los confines del mundo.

[Publicado el 24/6/2009 a las 01:52]

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El amor llega del desierto

El viernes a última hora recibí un sobre que me enviaba Julia Saltzmann desde las oficinas de Alfaguara. Era el primer ejemplar, todavía tibio de imprenta, de mi novela Aquarium. La familia me lo arrebató de inmediato, para ver qué tal había quedado y hacer las cosas obvias: contemplar la tapa (quedó bellísima: no podría ser mejor aunque la foto la hubiésemos mandado a hacer a pedido, ¡si hasta la mujer que cruza el desierto se parece a Irit cargando su escultura!), leer el texto de contratapa, asegurarse de que habían recibido la mención correspondiente en los agradecimientos… Sobrevinieron las felicitaciones de rigor, los abrazos y los besos. Y después la vida siguió como siempre.
    Para mi mujer y mi hija, claro. Pero yo…
    Como me daba tanta vergüenza lo que me ocurría, ni siquiera intenté explicarlo. De allí en más no hice otra cosa que aprovechar cada distracción de mi familia para tocar el libro, abrirlo en cualquier parte y finalmente ponerme en serio a leerlo desde el principio.
    No sé qué les ocurrirá a los otros escritores, pero yo siento el mismo impulso (salvando las obvias diferencias, por cierto) que me ha movido ante cada nacimiento de mis hijos. Lo primero que busco con la vista, en el paroxismo de la ansiedad, es que esté entero. (Puede que suene exagerado, pero también lo es la cuenta de dedos que uno hace inexorablemente apenas el niño o niña entra en nustro campo visual.) Después necesito leerlo de cabo a rabo como si no lo hubiese escrito, para cerciorarme de que todo esté en orden: sin saltos, sin erratas. (Encontré un único defecto pero que es culpa mía, y no de los editores. Ya sé qué corregiré en ulteriores ediciones…) Y finalmente, cuando ya he realizado todos los chequeos de rigor, me veo obligado a asumir que lo que resta es pura compulsión, una fiebre difícil de explicar y mucho más difícil de defender. Porque lo que siento entonces es el deseo de no despegarme del libro, de llevarlo conmigo donde vaya –lo único que me faltó fue ponerlo debajo de la almohada.
    Tengan piedad de este escritor enajenado. Uno ha puesto mucho pero mucho amor además de mucho pero mucho trabajo en eso que para el mundo es apenas un libro más. Sin llegar al extremo de estar dispuesto a dar la vida por él (privilegio que uno se guarda para los hijos de carne y hueso y su enamorada), yo no puedo menos que pensar en su futuro y, a sabiendas de que esta existencia es dura, desear que le destine la menor cantidad posible de sinsabores.

[Publicado el 22/6/2009 a las 21:55]

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Telón

No quiero dejar pasar más tiempo sin recordar a Fernando Peña, que murió la semana pasada en Buenos Aires a los 46 años.
    Yo que lo conocía apenas como el tipo que daba voz a tantos personajes por la radio (Palito, Porelorti, la Mega, Roberto Flores), terminé encontrándomelo hace años por encargo de la Rolling Stone local. Con la idea de que escribiese un perfil suyo, conversamos largas horas y lo seguí a todas partes: al estudio de radio, al teatro, a la casa donde conservaba las cenizas de su madre. Su intensidad de trapecista sin red me impresionó tanto, que comencé el artículo diciendo algo así como (no tengo aquel texto a mano, así que cito por aproximación): “Un día de estos Peña se va a morir en escena”. Poco tiempo después confirmó que estaba enfermo de sida. Pero terminó llevándoselo un cáncer, cuando habíamos empezado a creer que de tanto reírsele en la cara, había logrado burlar a la misma muerte.
    Lo que más me impactó de aquel hombre no fue tanto su capacidad de fragmentar su cerebro en múltiples porciones (podía sostener conversaciones con sí mismo interpretando varios de sus personajes a la vez, sin tocar una nota falsa), como el hecho de que cada una de esas criaturas expresase una parte verdadera y profunda de su ser.
    Palito no era la imitación cosmética de un pibe lumpen; era más bien la parte lumpen de Peña, y cada una de sus transgresiones o de sus deseos oscuros era una proyección directa de su experiencia o de su inconsciente. Y lo mismo puede decirse de los demás: la variedad de sus rasgos no expresaba tanto contradicción (que la tenía y exhibía con donaire), como la riqueza de su personalidad.  
    Peña no jugaba al límite por pura inconciencia suicida: jugaba al límite como un artista. La diferencia no es menor. El deseo del suicida es único y excluyente. El deseo del artista es crear siempre algo nuevo, aun al precio de poner en riesgo su vida. Supongo que la muerte a secas le parecería una cosa mezquina y desprovista de todo drama; que quiso convertir su propio mutis, su salida de escena, en algo que trascendiese el costumbrismo hospitalario. Y terminó muriendo en escena. No en el teatro, como yo había imaginado, pero en escena de todos modos, porque había convertido al mundo entero en sus tablas.
    Nunca volví a verlo. Era tan volátil, tan impredecible, que a pesar de haber escrito sobre él con todo mi corazón imaginaba que el retrato podía haberle disgustado. No hace mucho tiempo, cuando la Rolling cumplió no sé qué aniversario, decidieron hablar sobre la cocina de algunas de sus mejores producciones y hablaron con Peña. Recién entonces supe que mi artículo le había gustado. Y me alegró mucho, porque siempre mereció que lo tratasen como algo más que el escandaloso Peña, el puto Peña, el sidoso Peña, el personaje Peña –las formas en qué solían considerarlo.
    Yo sólo quise considerarlo como lo que era: un hombre y un artista.
    A la luz de los hechos, me complace haberle dado un poquito de felicidad.  

[Publicado el 22/6/2009 a las 03:58]

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Fiebre

En mi familia, cada vez que hay que echarle algo de humor al mal tiempo, recurrimos a las palabras del tenista dechiré Gastón Gaudio. Famoso por sus exabruptos, Gaudio suele insultarse a sí mismo a los gritos en plena partida, decirle a su contrincante que ganará porque tiene enfrente a un jugador malísimo (o sea él mismo) y conversar en voz alta con su novia del momento aunque ella, por supuesto, no pueda oírlo en ese instante. Pero la frase inmortal de su repertorio marca una suerte de paroxismo del sufrimiento: “¡Qué mal la estoy pasando!”, suele gritar entre un saque y una volea.
    Esta semana, qué mal que la estoy pasando fue mi frase de cabecera.
    Habiendo nacido en este lugar y en este tiempo, suelo descreer de las bondades del olvido que tantos canallas predican, buscando tan sólo una coartada para su impunidad. Pero esta semana comprendí que existe un olvido necesario, como aquel que se obtenía al beber un trago de las aguas del Lete, y que ayuda a seguir adelante con (las partes difíciles de) la vida.
    Yo había olvidado la zozobra permanente que significa ser padre de un niño pequeño, un olvido que se vuelve imprescindible para que nos convenzamos de repetir la hazaña de procrear. En estos días recordé esa zozobra –y toda de golpe.
    Bruno, que tiene apenas nueve meses, arrancó con fiebre el sábado. Llegado el lunes la misma fiebre, lejos de amainar, aumentaba. Mi mujer, que es primeriza, y yo, presuntamente experimentado, soportamos el mismo trance: la transformación de un niño que es pura alegría en un despojito que podía quejarse durante una hora seguida, el llanto que trasuntaba tanto desconcierto como malestar (creo que lloró en estos días más que en los nueve meses previos), la impotencia ante cada nueva estocada del termómetro. Cambiamos el sueño por una duermevela pendiente de cada hálito suyo, ese hilo delgado del que parecía pender el mundo entero. Peor aun, nos vimos obligados a torturarlo cada vez que había que hacerle una nebulización o suministrarle el antibiótico. Se resistía con una fuerza desesperada, y yo me veía obligado a inmovilizarle brazos y cabeza mientras me preguntaba si para curar su cuerpo no estaría causando estragos en su alma. Creo que una de las causas de mi obsesión de estos días con la violencia pasaba por el rechazo a la agresión que me veía obligado a practicar sobre mi niño. Espero no haberle quebrado nada invisible.
    Como imaginarán, me permito este recuento porque Bruno ha dejado atrás el estado febril. (Toco madera.) Aunque agotado de cuerpo y de alma, sé que volvería a afrontar el mismo trance una y mil veces, por el precio de esa sonrisa enorme que ha vuelto a su cara.
    Da miedo sentir con tanta intensidad. Y al mismo tiempo, creo que antes de tener hijos apenas estaba vivo.

[Publicado el 19/6/2009 a las 04:26]

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Foto autor

Biografía

Marcelo Figueras (Buenos Aires, 1962) ha publicado cuatro novelas: La batalla del calentamiento, El muchacho peronista, El espía del tiempo (traducida al francés) y Kamchatka (traducida al ruso, polaco y alemán y en 2006 al francés y al holandés). Algunos de sus relatos fueron publicados en antologías como La selección argentina. Este año ha sido su debut en la narrativa infantil, Gus Weller rompe el molde.

 

Ha escrito, junto con Marcelo Piñeyro, el guión de Plata quemada, premio Goya a la mejor película de habla hispana y considerada por Los Angeles Times como una de las diez mejores películas de 2000. También escribió el guión de Kamchatka (elegida por Argentina para representarla en el Oscar y una de las favoritas del público durante el Festival de Berlín); de Peligrosa obsesión, una de las más taquilleras de 2004 en Argentina; y de Rosario tijeras, basada en la novela de Jorge Franco (la película colombiana más vista de la historia, candidata al Goya a la mejor película de habla hispana).

 

Trabajó en el diario Clarín y en revistas como El Periodista y Humor, y el mensuario Caín, del que fue director. También ha escrito para la revista española Planeta Humano y colaborado con el diario El País.

 

Actualmente prepara su primer filme como director, una historia llamada Superhéroe.

Bibliografía

La batalla del calentamiento (2006). Ediciones Alfaguara

Gus Weller rompe el molde (2006). Ediciones Alfaguara Infantil y Juvenil

Kamchatka (2003). Ediciones Alfaguara

El espía del tiempo (2002). Ediciones Alfaguara

Plata quemada. La película (2000). (En colaboración con Marcelo Piñeyro) Grupo Editorial Norma Literatura

El muchacho peronista (1992). Planeta

 

Filmografía

Rosario Tijeras (2005)
Fecha de Estreno: 26 mayo 2006
Dirección: Emilio Maillé
Guión: Marcelo Figueras; basado en la novela de Jorge Franco Ramos

Peligrosa obsesión (2004)
Fecha de Estreno: 16 de septiembre de 2004
Dirección: Raúl Rodríguez Peila
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Carlos Luis Mentasti y Daniel Botti

Kamchatka (2002)
Fecha de Estreno: 17 de octubre de 2002
Coproducción con: España
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Figueras sobre una idea de Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras

Plata quemada (2000)
Fecha de Estreno: 11 de mayo de 2000
Coproducción con: España, Uruguay y Francia
Dirección: Marcelo Piñeyro
Guión: Marcelo Piñeyro y Marcelo Figueras según la novela homónima de Ricardo

Obras asociadas

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