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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 24 de septiembre de 2017

 Blog de Joana Bonet

De héroes y canales

La tarde de domingo, más morosa que lánguida, empieza a agitarse en las calles cuando se encienden las farolas y los teatros abren sus taquillas. A mi me gusta la soledad en la que se plantaron los Teatros del Canal, en el barrio de Chamberí, que solo con pronunciar su nombre sientes cómo chisporrotea, igual que un caramelo petazeta. A medida que una se va acercando a los dominios del Canal de Isabel II, -la empresa pública que abastece a la comunidad del auténtico oro líquido madrileño: su magnifica agua–, el ojo aletea entre las fachadas de cristal rojo, negro y blanco que se despliegan en zigzag, imitando los pliegues de un telón. Se trata de una mole translúcida que refleja estampas urbanas en movimiento, las luces rosadas de los coches y las siluetas de los paseantes que se abandonan al spleen de la capital. El pasado domingo parpadeaban como lentejuelas escarlata las luces de una ambulancia, y un equipo sanitario entraba a galope para atender a un hombre, desvanecido en el suelo, que también había acudido a ver al Ballet Nacional de Uruguay, dirigido por Julio Bocca, interpretando coreografías de Duato y Kylián. Un espectáculo de héroes que se inicia con seis mujeres, seis hombres y seis floretes. Los floretes son más rebeldes y obstinados que las parejas de carne y hueso. Pero los bailarines se deshacen y se recomponen representando el ideal romántico con energía y vulnerabilidad.  Según Carlos García Gual, autor del precioso libro La muerte de los héroes (Turner), “sus muertes a menudo expresan un destino azaroso y, así, testimonian la fragilidad de la existencia humana, incluso la de los mejores y más fuertes (…), la muerte suele llegarles de improviso y alcanza incluso a quienes parecían más invencibles, después de espléndidos triunfos, y los derriba”. El caso es que, mientras los bailarines recogían la música en cada músculo de su cuerpo interpretando la pieza, Petite mort, los servicios del SAMUR luchaban por reanimar al espectador indispuesto. El personal del teatro se agitaba por dentro, disimulando con profesionalidad su estupor y desviando al público hacia otras escaleras. Solo una puerta separaba el escenario de la fatalidad que acaba certificando el deceso de un hombre a la vez que hervía la danza, literalmente una muerte in belleza. “Nunca nos había ocurrido algo así”, me contaba a la salida una empleada en shock tras la triste noticia del fallecimiento del espectador. “La vida cambia en un instante”. No se puede decir de mejor manera que Joan Didion.
 
El colosal y premiado edificio tiene su historia rocambolesca. Proyectado por Juan Navarro Baldeweg –ganado en concurso público y encargado por Ruiz-Gallardón, entonces presidente de la Comunidad de Madrid–, el prestigioso arquitecto se quedó atónito cuando fue despedido fulgurantemente por Esperanza Aguirre. Fue muy desagradable, que se dice Madrid. El autor despojado de su obra, sin la puntada final. Podría terminarla gracias a la mediación diplomática del Canal de Isabel II, a modo de espíritu santo.Viven entre sus paredes de todos los tipos de cristal Lope de Vega, Rostand, Shakespeare, Molière, Ibsen, Verdi, Chéjov, Cocteau, Genet, Lepage o Wilson. Capitaneados por Boadella, su programación arriesgó y fascinó. Por los Teatros del Canal han pasado la Comèdie Française, Peter Brook, Marianne Faithfull, Mario Gas, Miguel Narros, Isabella Rossellini, Alicia Alonso y Ute Lemper. Ahora Natalia Álvarez Simó ha recibido el encargo de traer la excelencia en danza mientras Àlex Rigola se ocupa de la programación teatral. Rigola ha sido el fichaje estrella de Jaime de los Santos, Director General de Promoción Cultural de la Comunidad de Madrid, un verso libre y audaz, aupado por Cifuentes. El Grec estaba en conversaciones con el escenógrafo, pero este decidió pasar sin transvase de los canales venecianos al de Isabel II. “Me dijo que las relaciones profesionales se parecen a las amorosas, y la nuestra había sido más satisfactoria”, cuenta de los Santos entre risas. En octubre del 17 arrancará la programación de Rigola, que también dirigirá un montaje al año, dispuesto a llegar a esos lugares donde el teatro privado no puede. Él no entiende las artes escénicas sin innovación, y señala al enemigo número uno: el populismo cultural, que aún cuestiona la excelencia como bien público.

[Publicado el 16/1/2017 a las 11:17]

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Epitafio líquido

La idea del mundo líquido de Zygmunt Bauman nos sedujo a la primera. Tenía tal fuerza visual que la metáfora acabó funcionando por sí sola, como concepto real. Explicaba nuestras penas pero también nuestras dichas: escapábamos de la pesadez para abrazar lo fluido, aunque sin darnos cuenta soltábamos los anclajes que hasta entonces habían otorgado un sentido a la existencia. Nuestras vidas empezaron a parecerse a un vaso de agua que cambiaba de formas según soplaba el viento. Recuerdo a Enric Juliana descubriéndome la modernidad líquida, hace ya más de diez años en el restaurante Più di Prima de Madrid. Entonábamos una reflexión sobre la inconsistencia de los nuevos líderes políticos y la frugalidad de sus ideas mientras comíamos ese queso italiano que se deshace en la boca. La levedad se imponía: de la poesía de Lucrecio o Leopardi a la prosa cotidiana.

Hoy, todo se mueve debajo de nuestros pies, y aunque nos llenemos la boca con la palabra solidez, tanto la política como el trabajo o el amor tienen goteras. Tras la noticia de su muerte, reviso las citas de Zygmunt Bauman en mis artículos, bastones en los que me he apoyado para argumentar la conversión de la ética social en una especie de grandes almacenes. Las personas y los sueños se juzgan por su valor de mercado en una sociedad donde se resquebrajaron sus estructuras y vimos desaparecer los patrones fijos en los que clavábamos la flecha del tiempo. El cambio continuo es la nueva pauta. Según el sociólogo, sucede incluso entre las parejas: establecemos relaciones duraderas aunque con ticket de devolución cuando no funcionan. Ocurre de la misma forma con los lazos solidarios que tratan de mantener bien anudada la sensación de seguridad y levantan muros para contener a los inmigrantes que ambicionan nuestro bienestar.

Bauman nos previno de la falsedad que supone confundir felicidad con retribución. Por eso el placer es hoy tan efímero. ¿Cómo se van a fomentar el conocimiento o la reflexión si un ciudadano se siente alegremente satisfecho comprando unos pantalones por seis euros? Él apelaba a la obligada sensibilidad, un valor en vías extinción. En su ensayo Ceguera moral, aseguraba que nadie disputa por ella, ni se le reclama para ocupar un puesto de trabajo, tampoco se emplea para comunicarse con los otros, como si la zafiedad fuera mucho más excitante.

“La esperanza de escapar de la incertidumbre es el motor de nuestra búsqueda vital”, podría servir de epitafio para el viejo sociólogo polaco de cejas enmarañadas y pipa escéptica que tan bien nos ilustró sobre las contradicciones modernas. A medida que intentamos acercarnos a la felicidad, esta se hace más y más lejana. Pero es cierto que la buscamos en tiendas sin existencias.

[Publicado el 11/1/2017 a las 19:00]

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Otro nuevo mundo

Excavadoras y volquetes que perforan y trasladan la tierra junto a enormes grúas que levantan escombros conforman un paisaje permanente. Miras a cualquier lado y ves un dinosaurio de mecano rodeado de tierra removida. Las máquinas trabajan siete días, veinticuatro horas, en el desierto o en la estepa, donde apenas había nada hace treinta, veinte años y ahora, con la voracidad acuciante del dinero, se levantan cimientos, se tienden kilos de cables y se remozan las paredes entre las que algún día se cocinaron legumbres. Perforar el suelo para plantar las raíces de un nuevo mundo.

Las máquinas se detienen a la hora de cenar, y por un instante pienso en la delicadeza de quien ha pautado el horario: la gente se acuesta con la ilusión de la calma, excepto los noctámbulos que a partir de medianoche volcarán sus remordimientos contra la chicharra metálica hasta que se acostumbren al ruido, a su repetición implacable, al círculo continuo, por turnos. Son nepalíes, indios, srilankeses y paquistaníes cubiertos por pañuelo en la cabeza y un mono de color marrón, de la misma gama que la arena y el ladrillo que colocan. Algunos, en sus países de origen, estudiaron para contables, trabajaron como enfermeros o puede que pasaran por la cárcel, pero no tenían trabajo. En su nueva vida, ocupada en levantar las torres de cristal firmadas por afamados arquitectos Pritzker, sólo son obreros invisibles. Hace un par de siglos, inmigrantes irlandeses, po­lacos, alemanes o noruegos dieron forma al nuevo mundo de entonces, Norteamérica, y aunque legalmente no lo fuesen, lo construyeron igual que esclavos. Galeano escribió hace ya años que “el dinero viaja sin aduanas ni problemas; lo reciben besos y flores y sones de trompetas. Los trabajadores que emigran, en cambio, emprenden una odisea que a veces termina en las profundidades del mar Mediterráneo o del mar Caribe, o en los pedregales del río Bravo”.

Otros, en la actualidad, atraviesan las desérticas arenas del golfo Pérsico.

Allí, en Oriente, se erige hoy un orden basado en el management de la excelencia; un mundo de cinco estrellas y cartón piedra, se dice, salpicado de parques temáticos con arcos de herradura y ventanas ojivales que dentro de un par de décadas envejecerán como todo lo nuevo. Se rigen por grandes inversiones, un absoluto control, seguridad y orden, ambición y un soplo de occidentalización. Los centros comerciales representan la joya de la corona, la feria donde todas las marcas internacionales se dejan querer. Los suelos rabian de novedad, brillan como espejos. Un pequeño hombre asiático pasa una mopa mecánicamente sobre ellos. En los baños, dos mujeres africanas entran a limpiar cada vez que sale una clienta, lo hacen con profesionalidad y guantes, no hay lugar para la lástima. Meados y perfumes. Y pienso en la historia que podrían contar todos los parias invisibles que construyen los nuevos mundos, como una huida hacia delante, hasta desollarse las manos.

[Publicado el 09/1/2017 a las 18:26]

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La alergia VIP

Justo hace un año en Madrid, muchos niños asistieron atónitos a la entronización de unos señores de la calle como Reyes de Oriente. Los más mayorcitos, que empezaban a cuestionarse el don de ubicuidad de los Magos, descubrieron el pastel ante el horror de padres y madres. Cayetana Álvarez de Toledo, se erigió en madre en jefe. Su indignado “No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena”, provocó todo tipo de memeces, como si solo las chicas Telva que decía Umbral salvaguardaran las tradiciones familiares. “Estos reyes son de mentira, van disfrazados”, protestaban los chavales ante unos trajes inflamables que parecían más propios de las carrozas  de Chueca. No se tragaron el esperpento, pero, por si acaso, les echaron agua a los camellos. En Madrid se utiliza muy frescamente el verbo echar, tanto que los Reyes aquí no traen sino que echan, más directo y escatológico. Otros camellos han tenido una sorprendente campaña de publicidad. ”Oh, blanca Navidad” rezaba el anuncio de Netflix con el ficticio Pablo Escobar en Sol. En la Gran Vía, en cambio, el subidón de adrenalina es low cost. Ropa de mala calidad a cuatro chavos, como la que se vende en la mole de Primark, fast food, lotería y compra-venta de oro, que tanto conecta con la sensación de ruina.
 
Otro gallo cantará cuando aflore el nuevo paisaje que ha empezado a construirse a cuatro pasos: bajo el nombre de Operación Canalejas se está levantando un mega complejo de lujo que incluye un Hotel Four Seasons, una exclusiva galería de tiendas, 20 viviendas de alto standing y 400 plazas de garaje. Al principio, Manuela Carmena, una mujer dura -nada que ver con la estampa de abuelita amable- se indispuso. Al igual que a su colega barcelonesa, los cinco estrella les producen alergia, aunque sea el sector que acapara mayores inversiones. ¡Con lo VIP que siempre ha sido Madrid! Plácido Arango fue un auténtico visionario al sembrar la ciudad de establecimientos escarlatas, que vienen a ser una socorrida modalidad de las tiendas de gasolinera pero con libros de arte y abiertas hasta la medianoche. En la cruzada municipal anti-vip, no se permiten zonas denominadas como tales en los saros urbanos: aquí se trata a todo el mundo igual, predica el consistorio. Pero Carmena ha aprendido del “negoci”: si quieres ser vip, paga. El Ayuntamiento puso a disposición, para los patrocinadores, 215 butacas en tribunas «privilegiadas»:30.000 euros más IVA.
 
Según Cushman&Wakefield, Madrid ocupó el pasado 2016 el puesto número 39 en su clasificación mundial de ciudades en desarrollo. Aún y así, ha bajado nueve puestos con respecto al año anterior, en el que fue la urbe que más creció a escala mundial en inversión inmobiliaria. Carmena y Cifuentes, tan diferentes y a la vez tan castellanas, lo saben. Por ello han compartido tres carpetas calientes sobre la mesa: la de la llamada Operación Chamartín –por el momento, desestimada-, La Peineta, asiatizada por el capital chino hasta el punto de rebautizarla Wanda ,y la reforma integral del Santiago Bernabeu, donde reina un nuevo dios apodado Zizou. No podía ser más sexy el silabeo de su nombre; novato pero exitoso, calvo como Guardiola, Varoufakis o Romeva, pero mestizo. Un bellísimo Baltasar que diría Boris Izaguirre. A Madrid le faltan magos carismáticos, por ello Zidane -que ha encadenado 33 victorias consecutivas- es el auténtico Baltasar del año. La esperanza blanca de la marca Madrid. Me cuenta Cayetano Carral, organizador de la cabalgata hasta 2015, que lo más frustrante de todos esos años fue no contar nunca con un concejal negro para hacer del tercer rey, un asunto, el del maquillaje de betún, que la alcaldesa zanjó como buena juez y parte.
 
En el Madrid financiero se anhela que Carmena sopese sin resoplidos ideológicos el sector ascendente del Retail, y, como en el caso de Canalejas, dé luz verde a las millonarias inversiones que pueden reverdecer los árboles de la ciudad -desde el mandato de Botella se han cortado 6.500 especies considerados peligrosos-El otro día, desde mi ventana, presencié la demolición de un viejo arce: una grúa elevaba a un hombre que se parecía a Van Damme, poseedor de una sofisticada arma que blandió contra las ramas. Después del sacrificio, quedó un hueco en mi particular skyline de la ciudad, al que regreso con el mismo que estupor que la lengua a la cicatriz de la muela. Mal asunto que de un día para el otro te cambien el horizonte. 

[Publicado el 09/1/2017 a las 11:58]

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Fracasa mejor

Los propósitos de enmienda tienen ver con el propio ombligo. Proyectan carencias y exigen soluciones. Toman como excusa el nuevo año porque el ser humano tiende a pensar en estructuras lineales, con principio y fin, aunque la vida transcurra más fragmentada que compacta. A menudo decimos: “quería hacer esto, pero no he podido porque…”. En nuestras agendas no solemos dejar espacio para los “porques”, que saludan en forma de imprevistos o molestias, como una mancha amarilla en los dientes. Pensamos en las técnicas de blanquecimiento dental y nos imaginamos mejor personas: dientes radiantes, igual que los Obama, que nos harán sentirnos más limpios por dentro. Adelgazar, mejorar el inglés, ir al gimnasio, aprender algo nuevo…Los propósitos para el nuevo año son tan universales como débiles, pues si de algo están hechos es de esa variedad del cristal llamada voluntad.

En realidad, siempre se desea lo mismo: mejorar. Cómo íbamos a hacernos adultos sabiendo que las cosas se van poniendo cada vez más difíciles. Soñábamos con el alivio que nos produciría vivir sin evaluaciones continuas, sin esas manos sudorosas al coger el bolígrafo. Hasta que supimos que examinarse es la única forma de vivir. Después de asistir a la glorificación de la sobreabundancia y ser testigos de cómo se desmoronaban sus torres, tanto el triunfo como la eficacia se convirtieron en falsas verdades. La sociología se encargó de demostrar que la riqueza no garantizaba la felicidad, y que el aplauso no era sinónimo de alcanzar el nirvana. Con el siglo XXI se impuso la fórmula del “perfil bajo” para sobrevivir a la presión mediática y social, o judicial.  Le llaman, tener una vida normal, aunque nada en su biografía lo haya sido. “¿Por qué las familias de ricos tienen tantos problemas?" me preguntó un día mi hija hablándome de duras cargas entre chavales de familias pudientes: drogas, anorexia, violencia... Acaso en la abundancia no conocieron la estrechura, que tanto ayudar a modelar la voluntad. Y en la negación del esfuerzo. "Amo mis limitaciones porque son la causa de la inspiración", decía Susan Sontag.

Llaman “errorismo” a la tendencia que anima a equivocarse como herramienta de el aprendizaje. Uno de sus gurús, el informático teórico Carver Mead, anima a sus alumnos a fracasar rápido para inspirarse mejor, según leo en El Mundo. Existe una abundante bibliografía sobre el error entendido como germen del hallazgo, aunque eso signifique ser indulgente con uno mismo y soportar la frustración. Qué sería de nosotros sin la dulce determinación de equivocarnos para ir a mejor.

[Publicado el 04/1/2017 a las 15:11]

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Élites acalladas

Hace algunos años, la palabra ‘élite’ se utilizaba tanto para inmobiliarias como agencias de modelos o discotecas. A menudo se empleaba con ligereza; era una clave pretenciosa, pues ninguna élite se autodenomina de tal forma. La distinción siempre ha sido un asunto controvertido. Por un lado, representa la excelencia, el vértice de la pirámide que se hace admirar y suscita deseos de emulación, mientras, por otro, azuza el resentimiento a la vez que produce rechazo o incluso cabreo.

La lucha de clases no es ni mucho menos un asunto superado, y prueba de ello es el auge del populismo –palabra del año para Fundéu–, que ha implicado la traición a las élites liberales en la victoria de Trump o en la del Brexit. Dar la espalda a las minorías rectoras parece ser garantía de éxito, así lo ha demostrado la personalidad hiperbólica del nuevo Presidente de EEUU, quien ha conseguido que su patrimonio millonario no le restara apoyos. Porque Trump no es un rico de toda la vida sino un parvenu cuyo padre empezó a ganar dinero gracias a un burdel.
 
“Casta” denominaron los podemitas, al estilo de ciertos politólogos italianos, al extracto social y económico más elevado, al establishment, trazando una línea imaginaria entre “la gente” y las “cúpulas”. Y enardeciendo a la plaza, aunque olvidando que ellos también ellos pertenecen a una minoría selecta. Pero, el hecho de juzgar todo aquello que posee una categoría superior da buenos réditos.
 
Hoy, se  han impuesto costumbres más sencillas condicionadas por la crisis: se comparten viajes en coche, hemos regresado al tupper, e incluso la vicepresidenta del gobierno compra en Primark (aunque con chófer y en segunda fila). Leo en The Economist que la obsesión por las élites es relativamente reciente. “La referencia más antigua en el Diccionario Inglés de Oxford (OED) data de 1823, en singular, tomado de un participio pasado en francés, que significa ‘elegido’". Los cambios sociales de la década de los 60 animaron a rebelarse contra la autoridad y sus garantes. Actualmente, se suele utilizar el plural, lo que automáticamente le añade un punto aún más peyorativo, o se adjetiva in crescendo lo no se acaba de entender o refiere gustos minoritarios: “demasiado elitista”.
 
Existe un peligro latente en el aborrecimiento de las élites, y no me refiero solo a las económicas, políticas o intelectuales, sino a las formadas por investigadores, filósofos, artistas, chefs o músicos. Mientras la publicidad busca las mil maneras para tratar a cada cliente como si fuera único, resaltando la exclusividad así como el trato personalizado –dos características propias de un servicio superior–, las élites permanecen más silenciosas que nunca, ejerciendo un poder que no se manifiesta, ocultándose para no provocar Su historia no está escrita porque ha podido más el complejo que la curiosidad.

[Publicado el 02/1/2017 a las 18:01]

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Piedra y papel

imagen descriptiva

El salón-escritorio de Marta Sanz (Madrid, 1967) recoge el bullicio de la calle. Todos son colores. Unas cortinas rosas translúcidas dejan entrever las ventanas de enfrente. Los vecinos se dan los buenos días de balcón a balcón. “Soy muy sobria con mi imagen, pero en mi casa, en mi intimidad más íntima, no”. Siempre ha tenido gatos, por eso escribe en una silla cubierta con un trozo de cortina de arpillera, resistente. No tiene hijos. Chema, su pareja de hace veinte años, nos trae un té. Trabaja en la construcción. Confiesa que él es su apoyo emocional, el primero en leer sus textos y en compartir tanto bajones como alegrías.
 
El relato fundacional de Marta Sanz consiste en la narración detallista y sensorial de su nacimiento que le dedica su madre cuando era una cría: parto endiablado, ventosa eléctrica, hemorragia, peligro. Un naturalismo arrollador se le mete bajo la piel desde los siete años, alimentando su afición literaria así como su determinación de no ser madre. Su primer poema, guardado junto a los dientecillos de leche, se titulaba: “Valentina tienes nombre de traidora”. Entonces quería ser cajera de supermercado. Estudió Filología: “mi fuerte eran los comentarios de texto, en especial los de Azorín. Actuaba igual que un forense. No se me ocurrió ser escritora hasta que en el 90 me matriculé en la Escuela de letras. De ahí salió “El frío”, con el apoyo de mi editor, Constantino Bértolo”. Persistencia, obcecación, estrechuras, clases para adultos en la Universidad Nebrija, la escritura a ratos muertos. Escritura y soledad, una pareja imbatible “Nunca sentí, a diferencia de otros compañeros de la burbuja literaria de los 90, como Ray Loriga o José Ángel Mañas, que me había llegado el éxito. Se nos hicieron agravios. Yo era una escritora minoritaria a la que conocía poca gente, siempre con sensación de precariedad. Pero pude hacer una carrera de hormiguita”.

Escribe por la mañana, de 9.30 a 14.00. Tiene un rodillo de bolas bajo la mesa para masajearse los pies. Se gana la vida, no con los derechos de autor sino gracias a la periferia de la escritura. “Soy gramsciana: pesimista en el pensamiento y positiva en la acción, por eso escribo…no he dejado de escribir nunca”. Dice que el Premio Herralde (por Farándula)le ayudó a visibilizar 25 años de trayectoria. “Con “Black is Black” pensé que Herralde, un hombre que come con Richard Ford, no me haría ni caso, pero desde el primer día me sentí tratada como la primera de la clase”.
Reconoce que sin Duras no hubiera escrito “El frío”, “esa especie de desnudez, de hielo, y al tiempo esa pasión suya”. “Siempre me he sentido mujer y he tratado de escribir como tal, todos los libros son autobiográficos aunque uno se ponga las mascaras de la ficción. Pertenezco a la generación que vivimos una fantasía de la igualdad, pensábamos que no teníamos nada que demostrar más que un hombre. Pero estábamos equivocadas. Fue una ficción que nos mantuvo paralizadas y anestesiadas, hasta que a los cincuenta los caemos del guindo”.  

Sanz está en contra del estilo de autor: señala que cada libro debe de buscar su lenguaje, que hay que incomodarse a uno mismo y escribir desde la contractura. "Me preocupa caer en la cursilería, eso si tiene que ver con le hecho de ser mujer, y en la autocomplacencia y repetición". Es mediodía. Los ruidos de la calle no le molestan para escribir. “deberíamos deshisteriquearnos”. La literatura entendida como un acto de intrepidez.

[Publicado el 30/12/2016 a las 18:16]

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Réquiem noventero

La década de los noventa descarriló antes de tiempo. No solo entonamos su réquiem cuando empezaron a caer, una tras una, las primeras víctimas que la epidemia del Sida estigmatizó con aquellas llagas en la piel para acabar acribillándolas igual que patos de feria. Éramos jóvenes y absolutamente modernos, siguiendo el mandato rimbaudiano, pero la perversa unidad que formaban sexo y muerte fue la piedra que nuestra generación tuvo que soportar dentro del zapato. Recuerdo a tantos amigos que esperaban con angustia los tres meses que debían de transcurrir para hacerse los análisis de sangre, después de un polvo con demasiado deseo y poca protección. Aún y así, había que bailar, celebrar las largas noches en las que un pop optimista, condimentado con funk y soul, hacía cimbrear las cinturas e invitaba a creer en el futuro. Estrenábamos libertades –o eso creíamos–, encabezadas por la liberación de los homosexuales, mientras un nuevo feminismo de guerrilla alertaba del peligro de la vuelta a casa de las mujeres: “Una mujer a partir de los 40 tiene más probabilidades de sufrir un ataque terrorista que de casarse” escribía Susan Faludi en “Reacción”.
 
Recuerdo la noche helada en que conocí a George Michael en Le Palace parisino, era octubre del 92, en una fiesta organizada por la drag queen Susanne Bartsch, que recaudaba fondos para la lucha contra el Sida. Love Ball se llamaba la fiesta; pinchaba Boy George y Naomi Campbell lucía sus lentejuelas. Y en la pantalla, moda y música se abrazaban estrechamente con el vídeo “Freedom”, que resumía la declaración de principios noventera: libertad sin miedo ni prejuicios, glamour, fiesta, juventud y belleza. “A veces la ropa/ no hace al hombre/ Yo me agarraré a mi libertad” cantaba Michael reventando la pista. Mi colega Carlos Puig, que ya gastaba don de gentes, lo saludó como si anoche hubieran cenado juntos Era cercano y divertido. Fue el primero que no utilizó a las top models como floreros, y siempre se sentaba en la primera fila de los desfiles de Thierry Mugler y sus mujeres con hombros de super-heroínas. Por entonces, ya había perdido a su pareja, el diseñador Anselmo Feleppa, víctima del VIH y navegaba a contracorriente, luchando contra un reguero de adicciones. Pero a diferencia de otras estrellas, aceptaba públicamente sus debilidades aunque sin renunciar al orgullo; plantó a su discográfica y criticó la hipocresía social y política cuando un policía le tendió una trampa en unos urinarios de Beverly Hills.  
 
Puede que Michael, como tantos, viviera años de prestado, representado una generación que se descorchó espumeante pero cuyos valores, cuyas vidas, agonizaron mientras surgía un nuevo mundo envasado al vacío, menos eufórico, más políticamente correcto, pero igual de inmaduro. 

[Publicado el 28/12/2016 a las 16:53]

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Delicias sacras

Las funciones de Navidad de los colegios son a la vez representaciones sociales que contienen toda la alegría y el dolor que produce crecer. También reflejan el mundo en miniatura: ahí está la niña gordita que se toca el pelo cada rato e intenta ocultarse detrás del resto, o aquella a la que sus padres olvidaron prepararle el disfraz y viste una falda roja a modo de traje de Papá Noel y unos leotardos negros, avergonzada, el patito feo. Delante suelen poner a los chavales más graciosos y guapos, a los que cantan y hablan mejor, a quienes ya han rozado, a su manera, la popularidad y el éxito. Recitarán con énfasis mensajes de paz y amor, pero es de la mano de quienes tropiezan o se equivocan, de los torpes y los tímidos, de donde llega la Navidad como en un cuento de Dickens, en lugar de en un posado amañado en el cuché con arbolitos humanos.

La palabra caridad, envuelta en dogma y olor a incienso, resucita casi como costumbre durante estas fechas que tan apasionadamente celebran los laicos, como el propio Pablo Iglesias, muy fan de cantar villancicos, no todo iba a ser Gramsci. En Madrid, se esparcen los mercadillos solidarios así como los de artesanía –me pregunto qué tendrán que ver con Jesús de Nazaret, más allá de que su padre fuese carpintero–, pero la tradición escan­dinava ha calado como propia. Está el de la plaza Mayor, pero también en plaza de España o en la de Santo ­Domingo poseen una oferta de lo más dispar y ramplona, aunque siempre puedan encontrarse pequeñas minas. En el Nómada Market, en el antiguo Mercado de la Cebada, en La Latina, se expone diseño emergente. Revolver entre los puestos, ver empaquetar, pensar en el otro en forma de cuencos de madera o bolsa étnica, es en verdad un placer narcisista que te hace sentir por instantes mejor persona, como si la generosidad fuera higiénica.

En cuanto a los mercadillos benéficos, ahí está toda una institución, Nuevo Futuro, dirigido por la muy madrileña infanta Pilar de Borbón y visitado por la reina Sofía, o la Fundación Aladina de Paco Arango –que este año se ha propuesto recaudar fondos para la reforma integral de la UCI del hospital Niño Jesús–, ambas de inspiración británica, a medio camino entre la novela decimonónica y las charity shops. Los madrileños, no obstante, los han regado de su casticismo. Por una buena causa, dicen, aristócratas y mujeres de toreros que se ponen un delantal y ejercen de mesoneras, con corrillos a su alrededor y tapeo como expresión cultural patria –“¡si estamos a punto incluso de auparla a patrimonio de la humanidad!”, exclaman–.

En el mismo centro de Madrid, pero alejados del barullo, existen al menos una decena de conventos en activo, algunos de ellos auténticas joyas del patrimonio histórico-artístico como el de la Encarnación. Clarisas, benedictinas, mercedarias, agustinas recoletas, carmelitas descalzas, salesas reales, de las que apenas sabemos nada, velada su intimidad entre muros, pero que han amasado estos meses los más suculentos dulces artesanos que se venden para financiar sus moradas. Dos conventos de clausura madrileños se dedican a la repostería: el de la Visitación, en la calle de San Bernardo, y el de Corpus Christi, en la plaza del Conde de Miranda, que son las propietarias del local del siglo XVII, El Jardín del Convento, un must para paladares finos creado por Isabel Ottino, que vende dulces elaborados por monjas de toda España. “Ellas cumplen la excelencia del trabajo artesano, son incapaces de bajar la calidad. Los huevos de gallinas criadas en libertad; la leche fresca y de vacas de pasto; la almendra marcona española, botánicamente pura...”, me cuenta Ottino. Todo empezó cuando esta estilista de moda, vecina del Madrid de los Austrias, ayudaba a los turistas a entrar al convento de Corpus Christie para comprar rosquillas. “Lo del ‘¡Ave María purísima!’ de entrada no era fácil para ellos”, asegura. Sucumbió ante los aromas divinos, y decidió viajar por todo el país para comprar blancas pastas de Santa Eulalia, turrones de las monjas jerónimas de Sevilla, empanadillas de almendra y cabello de ángel de las clarisas extremeñas y otras delicias sacras. Esta noche, muchas familias las desenvolverán, a los postres, y con el mantel mojado de cava paladearán sus rezos horneados en el silencio del convento, porque los extremos siempre se tocan.

[Publicado el 27/12/2016 a las 10:03]

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La excepción paternal

En nuestra infancia sólo recurríamos a los padres para asuntos excepcionales, en cambio con las madres se hacía multitud de cosas pequeñas. Ellos, viajantes apurados, hombres de despacho o tra­bajadores con la espalda molida, no nos llevaban al médico ni acostumbraban a ayudarnos con los deberes; como mucho te subían a sus hombros o te quitaban los ruedines de la bicicleta y corrían tras de ti sosteniéndote lo justo. Bastaba el roce de su mano en el sillín para sentirnos a salvo. El mío también nos llevaba a la granja, donde, ante mi desmayo, nos enseñaba cómo parían las cerdas. Ya de joven, un primero de enero por la tarde, me ­acompañó hasta el pub donde había olvidado mi abrigo la noche anterior. No me preguntó nada y se lo agradecí. Con el tiempo pensé que tal vez no supiera qué decir, pero sus silencios lo hacían más misterioso, más desconocido, que es lo que acaban siendo muchos padres para sus propios hijos.

El padre justo, el fiable, el bondadoso, el ausente, o el que se siente un evasor de sentimientos porque no sabe expresarlos, siempre han sido disculpados a la hora de echar horas criando. De ahí a que tuviéramos que intuir su intimidad, pero también a que gozaran de una elevada comprensión social por no ejercer de padres. Recuerdo cuando Alfonso Guerra, al despedirse como diputado, reconoció que se arrepentía de no haber visto crecer a sus hijos.

Muchos hombres descubrieron en verdad que eran padres cuando se separaron. Nunca habían asumido el verdadero papel de la paternidad. Estaban de propina, para festejar, aprobar o reñir. Pero enseguida descubrieron la satisfacción que produce, además de dicha, asombro y agotamiento, la entrega a un hijo. Se hicieron oír entonces las asociaciones de padres separados, sus demandas para obtener la custodia compartida, los casos de discriminación. Que los padres pintaban, y mucho. Que tenían tantos derechos como responsabilidades. También asumieron la defensa, al igual que las organizaciones de madres, de una ley aprobada en el 2009 (que debía aplicarse en el 2011) y que ha nacido vieja: la ampliación del permiso del padre, que ahora pasa de dos a cuatro semanas, independiente del de la madre pero sin posibilidad de ser fraccionado, y que continúa resultando un tiempo escaso. Hasta hoy, a un hombre que se casaba –en primeras o cuartas nupcias, daba igual– se le daban los mismos días de recreo que si tenía un hijo: quince. La ejecución de esta medida, que se ha ido posponiendo por su coste económico –se destinarán 235 millones en los presupuestos del próximo año–, constituye un paso elemental en la conquista de la igualdad: si los padres no disponen de tiempo de roce y cuidado, cómo van a lograr las madres romper ese techo de cristal.
 

[Publicado el 21/12/2016 a las 11:54]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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