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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 25 de junio de 2018

 Blog de Joana Bonet

Puntas de lanza

Hace casi cincuenta años, Carmen Echave, madre de la popular Rossy de Palma, una mujer dotada de espíritu juliovernesco, le dijo a su hija que se no se preocupara por tener un ojo de cada color: “seguro que, cuando seas mayor, inventan las lentillas de colores”. Y así fue, aunque la artista nunca tuviera que recurrir a ellas pues convirtió su complejo en autodeterminación. Por aquel entonces la sociedad creía firmemente en los milagros del progreso: todo aquello que parecía imposible o se nos hacía ingrato acabaría por ser eliminado. Yo recuerdo que, en aquellas cabinas de depilación del pleistoceno, cuando te hacían llorar de dolor tendida sobre papel de estraza, pensaba que más pronto que tarde se inventaría un método indoloro contra el vello indómito. Y llegó el láser. Entonces imaginábamos también que bastaría con que nos implantaran un microchip para poder hablar chino o ruso. Y que los robots nos limpiarían la casa, y hasta reconocerían nuestra huella dactilar para abrir la puerta.
 
Según donde hubieras nacido, tenías más o menos libertades, pero en aquella época era impensable que los gays se casaran, ni tan siquiera que se besaran por la calle de una forma natural, doméstica, sin aspavientos ni disfraces. Que un perro o un gato pudiera viajar en el metro parecía más propio de las fábulas orwellianas; y, por fortuna, los entonces llamados ‘subnormales’, pasaron a personas con capacidades diferentes -que cada vez se incorporan más al mercado laboral sin ser tratados con esa conmiseración que tanto les limita-  aunque se conserve el viejo término en el diccionario, el cual sigue ilustrando a posteriori el desarrollo de nuestra sociedad. Pensemos por ejemplo en la definición de ‘mujer’: “persona del sexo femenino”. Parecerá sensata a la mayor parte de los lectores, pero hay quien se siente incómodo con ella. Hace unos días, el profesor Ilan Stavans contaba en New York Times que se la mostró a un grupo de estudiantes de entre 18 y 22 años, y casi todos estuvieron inconformes. Propusieron otra: “persona que se identifica con el sexo femenino”. Esgrimieron el binomio sexo-género, atributo biológico y constructo cultural, para concluir que una no nace mujer, sino elige serlo.
 
El  progreso en este siglo XXI no puede dejarse solo en las manos de científicos y economistas, médicos e ingenieros. Su evolución pasa ineludiblemente por el bienestar material, social, moral e intelectual de los ciudadanos Y los retos que se nos plantean (de la consecución de la igualdad plena a la amenaza del cambio climático, pasando por las migraciones masivas o los conflictos motivados por credos religiosos extremos) requieren no solo de términos nuevos, sino  de odiseas cotidianas cuya fe y modernidad son capaces de mover montañas de prejuicios. 
 
Según donde hubieras nacido, tenías más o menos libertades, pero en aquella época era impensable que los gais se casaran, ni tan siquiera que se besaran por la calle de una forma natural, doméstica, sin aspavientos ni disfraces. Que un perro o un gato pudiera viajar en el metro parecía más propio de las fábulas orwe­llianas; y, por fortuna, los entonces llamados “subnormales” pasaron a personas con capacidades diferentes –que cada vez se incorporan más al mercado laboral sin ser tratados con esa conmiseración que tanto les limita– aunque se conserve el viejo término en el diccionario, que sigue ilustrando a posteriori el desarrollo de nuestra sociedad. Pensemos por ejemplo en la definición de mujer: “persona del sexo femenino”. Parecerá sensata a la mayor parte de los lectores, pero hay quien se siente incómodo con ella. Hace unos días se la mostré a un grupo de estudiantes de entre 18 y 22 años y casi todos estuvieron inconformes. Propusieron otra: “persona que se identifica con el sexo femenino”. Esgrimieron el binomio sexo-género, atributo biológico y constructo cultural, para ­concluir que una no nace mujer, sino que elige serlo.

El progreso en este siglo XXI no puede dejarse sólo en las manos de científicos y economistas, médicos e ingenieros. Su evolución pasa ineludiblemente por el bienestar material, social, moral e intelectual de los ciudadanos. Y los retos que se nos plantean (de la consecución de la igualdad plena a la amenaza del cambio climático, pasando por las migraciones masivas o los conflictos motivados por credos religiosos extremos) requieren no sólo términos nuevos, sino odiseas cotidianas cuya fe y modernidad son capaces de mover montañas de pre­juicios.

[Publicado el 11/10/2017 a las 12:57]

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La tercera jornada laboral

uando estaba en plena campaña y todos la dábamos por ganadora, recuerdo que Carme Chacón me alertó de los obstáculos de Hillary Clinton: “Demasiado bótox. Nadie se cree su sonrisa, tan artificial. Eso juega en su contra, aparte de estar sobrepreparada”. En verdad, el gesto concienzudo de la candidata a la presidencia con mayor pasado político se había conver­tido en una mueca congelada, mientras su excelencia curricular la lastraba: ya se sabe que las políticas sabiondas nunca han gustado. En cambio, entre los hombres, ni másters ni referencias abruman, te apellides Macron o ­Trudeau.

El caso es que ahora Hillary Clinton, en su libro What happened (Simon & Schuster), ha reconocido que entonces le cayó encima un equipo de asesores de imagen empeñados en sacar su mejor rostro. Un total de 600 horas –el equivalente a 25 días– se entregó Clinton al contrachapado durante aquella campaña. Y hoy lo lamenta. El tan esgrimido argumento freudiano de la envidia del pene se concreta hoy en la facilidad que los varones tienen a la hora de mostrarse en la escena pública. A Clinton no le sirvió de nada su sacrificio. Leía, escribía o llamaba por teléfono mientras le hacían las mechas o le tapaban las ojeras, porque el día en que no iba maquillada saltaban las alarmas: mala cara, enfermedad, decrepitud. Hace unos días confesaba a Paris Match que, cuando perdió, contra su propio pronóstico, tuvo que dar varios paseos por el bosque y hacer mucho yoga para recuperarse del shock: ella se había preparado, vestido y peinado para ganar, pero todo falló. Imagino que fue entonces cuando empezó a contar mentalmente las horas que pasó secuestrada en nombre de lo que Naomi Wolf definió a comienzos de los noventa como la tercera jornada laboral.

De jóvenes, a menudo pensamos que la coquetería es una forma de estar del lado de la luz, mientras que en la madurez importan más las sombras. Intentamos simplificar aquellos rituales de tocador, economizando tiempo y dinero, sabedoras de que el mundo seguirá siendo igual de imprevisiblemente errático por mucho que te pintes los labios de rojo. Hoy se insiste en un oxímoron ampliamente aceptado: maquillaje natural. “Buena cara”, dicen los profesionales, aunque siempre vayan más allá y acaben teatralizando tus párpados. Las mujeres que no suelen maquillarse, como Ada Colau, desafían al estrecho corsé de la representación femenina. No obstante, cuando en un plató de televisión les matizan los brillos y les elevan las pestañas, entran con mayor armonía no sólo en el guión, sino también en el imaginario universal, que nada tiene que ver con las tendencias de moda, ni por supuesto con la originalidad –siempre reñida con el poder–, sino con el dictado de una corrección que sigue cuestionando a aquellas mujeres públicas que se atreven a transgredirla.

[Publicado el 09/10/2017 a las 11:08]

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De la cárcel a la pasarela

El punto de vista es la madre del cordero. Lo que define la mirada, de cerca o de lejos, esquinada o frontal, envenenada o buenista. Los entresijos del procés están siendo contados con tanta divergencia que ya nadie cree del todo lo que sucede. Lo dejó bien dicho Ortega y Gasset: “hay tantas realidades como puntos de vista. El punto de vista crea el panorama”. Con una prima que vive en la capital evocamos aquellos días en que quedábamos tan bien siendo catalanas en Madrid, aunque siempre se nos ubicara en el puente aéreo. Muchos madrileños continúan creyendo que vivo en Barcelona, cuando hace veinte años que cruzo a diario la M-30. Sin embargo los catalanes saben muy bien dónde moramos. Mi prima barrunta: “Pronto nos van a tratar aquí como a apestadas. Caeremos mal en la ciudad abierta”.

Me dirijo a una cárcel de mujeres, al Módulo 1 de Alcalá-Meco, a chupar realidad a fin de sanear el punto de vista. Huele a desinfectante; un intenso olor a nada. Me invita el diseñador Manuel Fernández –fundador del Fashion Art Institut; él diseña trajes y pintores de todo el mundo, de Manolo Valdés a Rafael Canogar o Juan Genovés, pintan las telas–, que acaba de impartir un taller junto a la Fundación Recicla Futuro, dedicada promover a la reinserción social y laboral. La moda es tan ubicua que se cuela en todas partes, incluso entre rejas, entre mujeres que cruzaron la línea roja cargando kilos de droga en un doble forro del equipaje. Una colombiana llora. “Me ha dado el bajón: me quedan tres meses para salir, después de diez años…”. Todas se adaptan, aprenden a hacer pan. Las que saben coser, hacen trajes que ríete de Galliano, gracias al buen hacer de Fernández y a la ropa donada por un buen grupo de famosas: Cayetana Guillén Cuervo, Amaia Salamanca, Pastora Vega, Loles León… Les preguntó a qué le tienen miedo: “a los partes, a que te nieguen el permiso, y sobre todo a la palabra expulsión. Todas queremos quedarnos en España”, me responde una chica de veintipocos que se ha hecho mayor muy rápido. “Nosotras somos gitanas. A los once años ya no íbamos al colegio; yo no sé hacer nada. Robaba, pero solo a los turistas. Nunca me pillaron hasta que un día vieron mi cara en un vídeo”, me cuenta Nadia, que tiene dos hijos pequeños esperándola en casa. Habitan un “pabellón de respeto” –así le llaman–, también los hay de semi-respeto, y luego están los problemáticos. Todas visten pantalones y deportivas, aquí no hay lugar para los vestidos. Forman parte de la población reclusa, que vive la realidad desde un punto de vista bien limitado. Los trajes ideados por Manuel Fernández, en colaboración del sombrerero sevillano Tolentino, exfolian la imaginación: bolsos que se trasforman en tocados, faldas convertidas en chalecos o pantalones con colas cosidas para auténticas princesas del asfalto. Al salir de Alcalá-Meco, la tarde cae despacio y calculo el espacio mental que dista entre una cárcel y una pasarela.

En París, esta semana se dio por clausurada la temporada de desfiles. El lujo cabalgó de nuevo en el Louvre o la Place Vendôme, ajeno a los problemas del mundo. Su punto de vista es indulgente y a la vez ambicioso, experiencial, un efímero pasaporte a la exclusividad. Louis Vuitton inauguró un auténtico bazar de exquisiteces, con la estatua del rey sol replicada al estilo de un becerro de oro. El desfile de Chanel se sucedió entre cascadas de agua instaladas dentro del Grand Palais. Un tropicalismo impostado, las modelos desfilando por un puente de madera y el equipo de Lagerfeld decidido a capturar la ilusión del paraíso durante media hora. El montaje, según el <em>New York Times</em>, costó cuatro millones de euros Al terminar la colección de tweeds cubiertos de plexiglás, entré a curiosear en el backstage donde habilitaron un saloncito con butacas para que Karl saludara a sus invitados más célebres. El káiser de la moda entra cada temporada en Rolls-Royce dentro del palacio, a las ocho de la mañana. Cindy Crawford –que ahora va de madre de artista, junto a su hija Kaia Gerber– e Ines de la Fressange eran las más jóvenes del grupo. Karl hablaba de su amiga Madame Macron, tan juvenil como él, siempre vestida con cremalleras y faldas cortas. Al saludarlo, exclamó: “Oh là, là, les élections en Catalogne!” agitando las manos igual que un director de orquesta. Diego Della Valle, el mandamás de Tod’s, por el contrario, me aseguró: “La Spagna è un grande paese. Brava Spagna!”. El punto de vista no solo crea el panorama, también lo exalta.

[Publicado el 07/10/2017 a las 11:32]

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Quijotadas

Don Quijote ha sido más querido por su locura que por la propia batalla contra los gigantes. El hecho de recobrar la cordura antes de morir resulta una celebración de la sensatez, aunque también representa una condenada pesadumbre, pues el desvarío quijotesco lograba sacudirse el polvo de la derrota y revertirla. Quijo­tismo significa en verdad reunir valor para luchar por causas perdidas –pero necesarias– sin darle importancia a lo que piensen los demás, e incluso al resultado de tal combate. Consiste asimismo en interrogarse acerca de lo que verda­deramente significa el sentido común y si este aporta siempre la respuesta correcta. “Cervantes detalló una vida que celebra la resistencia fútil a un mundo corrupto. El Quijote luchaba contra gigantes porque no podía dejar de hacerlo sin que le remordiera la conciencia”, afirmaba a este respecto Mariana Alessandri en The New York Times.

“Lo de Catalunya ha sido una quijotada”, escucho en la calle. Y pienso en la perversión del término, y en la extensión de su uso peyorativo. Como Simon Leys denunciaba en su iluminador Breviario de saberes inútiles (Acantilado), hoy se tilda de quijote a quien resulta “irremediablemente ingenuo e idealista”, “ridículamente carente de sentido práctico” y está de antemano “condenado al fracaso”. Nada de valientes y corajudos, los modernos quijotes son más bien dementes, irresponsables, y, en el mejor de los casos, gente que pisa el acelerador a contracorriente.

No vivimos tiempos en los que se abracen causas perdidas. Todo lo que se toca es para ganar o prosperar. En las zonas bien de Madrid lucen banderas españolas en los balcones. Con sus vecinos resulta imposible hablar de la cuestión catalana: repiten a pies juntillas el discurso del PP, dentro del cual no anida ninguna solución. Entre los socialdemócratas, artistas y colegas, todos coinciden en una palabra para expresar lo que sienten: tristeza. Dicen querer y admirar a Catalunya. En realidad se refieren a Barcelona y a la Costa Brava, poco más; desconocen la Catalunya interior, la vida en tierras de secano, con los depósitos de agua congelados en invierno. También que la brecha de ninis rurales, que clonan el patrón de los jóvenes de las ciudades dormitorio catalanas, donde el desarraigo ha calado en la identidad y en la autoestima, es cada vez más grande.

Hubo muchos quijotes que salieron a la calle el día del referéndum acuciados por un deber moral, el de actuar según les dictaban sus ideales. Y tan cierto es que la legalidad constitucional enmarca la convivencia democrática –aunque debiera ponerse al día tras casi cuarenta años de servicio–, como que quienes únicamente se parapetan en ese discurso inmovilista pretende inútilmente convertir a los quijotes catalanes en meros Sanchos Panza.

[Publicado el 05/10/2017 a las 12:00]

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En presente continuo

Hoy es el día después. El clima interior está objetivamente más despejado que el de cualquier otro lunes. Excede en complejidad al sentimiento victorioso de una final Madrid-Barça y no arrastra el punitivo componente moral de la resaca, aunque en la cabeza aniden multitud de voces aún por escuchar, igual que les ocurre a los novios cuando se despiertan de su noche de bodas. Un hombre me contó que el día después de ganar la lotería, habiendo dormido la euforia y el alcohol, se despertó con una inexplicable tristeza; no podía dejar de llorar. Hay días después de distintas naturalezas. Se desea algo con tal ahínco y tanta convicción que, tras lograrlo, uno se desinfla. Se trata del vacío de la conquista, ese péndulo existencial que dibujó el filósofo, entre el deseo y el tedio. Un aflojamiento de músculos, un cansancio en las sienes. Muchos ciudadanos, independentistas y no independentistas, han estado dirigidos largos meses por el vigoroso poder de las expectativas, con una entrega vital como si este fuera el partido de sus vidas. Ya en los años sesenta, los pioneros Robert Rosenthal y Leonore Jacobson estudiaron las denominadas “profecías autocumplidas”, para concluir que expectativas y resultados se correlacionan de forma directamente proporcional: cuanto mayor es nuestra confianza en alcanzar un importante resultado, mayores son las probabilidades de conseguirlo.

Durante los días previos, he recibido numerosos mensajes en el teléfono explicando detalladamente cómo reaccionar ante una hipotética detención e incluso qué había que hacer si te cogían los datos, lo importante que era no declarar; y concluían en mayúsculas: “Sobre todo, no violencia, siempre pasivos”. Mientras escribo estas lí­neas, viernes por la tarde, los estudiantes enarbolan estelades en Barcelona y agitan un espíritu que amplifica el derecho a decidir. “Parece un Mayo del 68 hipster”, me dice un amigo. Y como entonces, no son pocos quienes con­tienen el aliento. En estas ocasiones nunca se sabe de qué lado de la red caerá la euforia, hasta que lo hace.

La causa catalana empieza a ser vista desde diferentes lugares del mundo como la paradoja del horizonte, que puede tener montañas o no, pero cuyo anhelo se ha corporizado y es ya imparable el deseo de alcanzarlo. Fue el filósofo francés Jules de Gaultier quien acuñó el término bovarismo, que recogen todos los manuales de psicología. Hace referencia al personaje central de la Madame Bovary flaubertiana, convertido en el estereotipo de la insatisfacción, pero supera el anhelo de Emma, ampliándolo a todas las ilusiones que los individuos –o los pueblos– se forjan sobre ellos mismos y luchan por satisfacer. El propio Flaubert nos advirtió de que el presente suele es­capársenos porque “el futuro nos ­tortura y el pasado nos encadena”. No es el caso de hoy, día de presente ­continuo.


[Publicado el 02/10/2017 a las 11:12]

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Las viejas maneras de ser nuevo

“El estilo es el hombre. Mejor dicho, el estilo es la manera como un hombre se toma a sí mismo; y, para ser mínimamente encantador, o incluso soportable, la manera está rígidamente prescrita. Si es con seriedad exterior, tiene que ser con humor interior, si es con humor exterior tiene que ser seriedad interior. Ninguna de las dos servirá si la otra la subyace”. Qué sabias palabras las del poeta Robert Frost en su definición de estilo, que más allá de la impronta personal, pueden aplicarse  a la moda y a la política, aunque la primera se tome mucho menos en serio que la segunda. No a sí misma, ya que se glorifica continuamente y genera riqueza y espectáculo. Es su cíclica temporalidad, su rotación permanente, lo que la hace deseable y a la vez voluble: lo que se pone de moda, pasa de moda.
 
En las semanas de la moda de Milán y París, los creadores han buscado tanto la ocurrencia como la supervivencia. Su misión consiste en huir de la seriedad absoluta, no caer en la frivolidad insípida, contar algo en la carpeta de prensa intelectualizando el mensaje sin hacer el ridículo y vender no solo unas cuantas prendas sino una lección de estilo. Porque del éxito de su colección depende que crezcan los réditos de sus franquiciados, desde perfumes a gafas o edredones. “Dolce&Gabana locos por los millennials” titulaba Suzy Menkes, cronista de moda de Vogue internacional. Esa es la nueva leyenda: se dice que ahora a la pareja, y en especial a Stefano, solo le hacen gracia los influencers, y que invierten más en ellos que en la prensa de moda tradicional. Menkes citó en más de una ocasión <em>Alicia en el País de las maravillas</em> a modo de referente de este y otros shows, y es que la infantilización del mundo es otro de los escapismos que subyacen en el subconsciente de los creadores. O tal vez se deba a que quieren vender bien en Asia. “Como arqueólogas que rebuscan en un arcón objetos que traen historias”, así definió Menkes a las mujeres de Francesco Risso para Marni. Chanel llamaba poesía costurera a este tipo de relatos y se los encargaba a Jean Cocteau, a quien le costeaba las rehabilitaciones narcóticas.
 
En la tercera jornada de la pasarela milanesa, se vivió “el” momento. Empezó a sonar “Freedom” de George Michael y se abrió una cortina: Claudia Schiffer, Naomi Campbell, Carla Bruni, Helena Christensen y Cindy Crawford posaban desafiantes, como estatuas, vestidas de Versace. No estamos en 1991, sino en 2017, así que en el desfile también participó Kaia Gerber, hija de Crawford. El público se levantó y algunos se acercaban a la pasarela para tocarlas y enloquecer pues ellas que tanto se han dejado fotografiar y, en cambio, tan poco han hablado, siguen siendo las diosas de este Olimpo. Los guardias de seguridad irrumpieron y se las llevaron de vuelta al <em>backstage</em>. Se trataba de un homenaje al creador fallecido hace veinte años, y ello justificaba la revisión que la firma italiana ha hecho de sus grandes hitos. En eso consiste en lujo hoy: apostar por los <em>best sellers</em> –o iconos, como prefieren denominarlos las marcas en cuanto cumplen una década– resulta la forma más segura de mantener el negocio a flote mientras se repiensa la estrategia a medio plazo. Gianni fue el primer creador de lujo que renunció a que la moda fuera un microclima elitista. Abrió las puertas a millonarias rusas y árabes a quien nadie quería vestir, y las cubrió de ánforas grecorromanas. Y coronó a las <em>top models</em>, esas mujeres que ya han cumplido los cincuenta y siguen conservando el misterio de la belleza. Que se lo pregunten sino al “feminista” Briatore, que bien las conoce, y que ha declaró a Vanity Fair que “una mujer que no trabaja está dando por saco día y noche”  
 
“La vieja manera de ser nuevo ya no servía”, también escribió Frost, y se interrogaba acerca de las nuevas formas de ser nuevo. Un desfile internacional es hoy una demostración de poder y novedad. Chanel customizará una vez más el Grand Palais, Louis Vuitton tomará de nuevo el Louvre el próximo miércoles. Y la firma Yves Saint Laurent –coincidiendo con la apertura de su primer Museo en el número 5 de la Avenue Marceau, donde Saint Laurent y Bergé fundaron la firma– eligió una explanada frente a la Torre Eiffel, que se iluminaba marcando el ritmo de la colección. En verdad la ropa, toda pensada para mujeres que viven la noche, importaba menos que el monumental escenario, el corazón del París del primer ministro mejor maquillado de la historia. Después de Napoleón. 

[Publicado el 01/10/2017 a las 11:56]

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Comer paisaje

La falsa ejemplaridad se exhibe pesante, igual que una cortina de terciopelo, escondiendo las humedades de la pared, al tiempo que la mentira social se utiliza para enmarcar la cara A de valores como éxito o liderazgo, y para borrar su cara B: fracaso y defenestración. Entre los famosos se ha puesto de moda afirmar que uno se cuida mucho, que come sano, hace yoga, duerme ocho horas y de vez en cuando ayuna. Lo repiten hasta la incredulidad en las revistas del corazón: su belleza y su triunfo se deben a lo bien que se alimentan y a que bailan zumba. Nunca confiesan debilidades, aunque en España –y en el mundo entero– crezca al galope el uso de antidepresivos para que sus consumidores puedan levantarse de la cama. Hijos de los noventa que somos, conocimos de cerca la inflación de los malos hábitos y de sus estragos, y fuimos testigos del exceso, entendido como una manifestación del impulso de muerte, que según Freud es el principio fundamental de todos los demás impulsos. Hoy, en cambio, asistimos al triunfo de lo mal llamado orgánico (que tan sólo significa que está compuesto de carbono y, por tanto, vivo), de la glorificación de lo verde hasta el aburrimiento, y recuerdo aquella frase de la ocurrente Nati Mistral: “Yo no como paisaje”.

No es de extrañar que mujeres célebres como Arianna Huffington o Gwyneth Paltrow cambiaran de tercio con pasmosa naturalidad. La creadora de The Huffington Post dejó atrás su vida de superjefa disruptiva y dedica su tiempo a promocionar el buen dormir y a prac- ticar una higiene del sueño. Y la actriz, que cada vez se prodiga menos en la gran pantalla, ejerce como una gurú
del wellness tan controvertida como próspera.

Aceptemos que todo el mundo tiene una forma de consumir la ansiedad; unos a base de Trankimazin y otros de cúrcuma y jengibre. Hay gente que malcome y bebe cuando nadie les ve, ni ellos mismos son capaces de captar la imagen de su abandono, y en cambio es cuando más libremente cabalgan sobre ese impulso de muerte que cada uno maneja de la forma que puede. Ahí están los nuevos jinetes del asfalto, esos corredores insumisos que luchan contra el colesterol, la grasa y, sobre todo, la ansiedad. Yo me cruzo con varios de ellos cada mañana: avanzan desmadejados, con la mirada perdida y una respiración húmeda, a punto de llegar a la meta de sí mismos.

En esta anhelada burbuja de oxígeno puro, la salud se ha convertido en un horizonte inalcanzable. En ninguna otra época habíamos apreciado un cuidado tan obsesivo de uno mismo. Porque es cierto que la persona gramatical se ha desplazado: primero tú, luego los otros. Y la ideología del bienestar lo admite como políticamente correcto.

[Publicado el 27/9/2017 a las 13:32]

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Mi tía, la abadesa

Mi madre aún recuerda al detalle el revuelo que se armó cuando su prima Anna María dijo que se metía a monja. Había estudiado Filosofía y Letras y tenía veintidós años. Hizo el noviciado con las dominicas de Reus pero, al cabo de un tiempo, le comunicó a su superiora que se sentía llamada a una vida de plegaria y de silencio. La probaron, creían que con su energía y su desparpajo no aguantaría. Anna María Camprubí ingresó en el monasterio de Santa Maria de Vallbona a los 29: su vida de clausura se resumiría en labor y oración. De pequeños, nos intrigaba saber si sólo se podía hablar con ella a través de una reja. Sólo la veíamos en los entierros; cantaba los salmos con un recogimiento que nos dejaba conmovidos. Ya ha cumplido los 75. Cada noche, a las ocho y media, cierra las puertas de madera del monasterio del que, desde hace 17 años, es la abadesa.

El pasado lunes saltó la noticia de que el monasterio de Vallbona cedía una sala del convento para votar el 1-O. La vimos por la tele y la escuchamos por la radio. Hablaba con rotundidad a los medios: “La libertad está dentro de cada persona”, “nos debemos a la tierra, el pueblo tiene que poder decidir su futuro”, “no tengo miedo, ni yo ni la comunidad”. La naturalidad con la que trataba el asunto parecía tan firme como su fe. Frente a la cámara hacía silencio y ponía caras de estupefacción, igual que mi abuelo, por la prohibición del referéndum. La llamé al monasterio en el horario permitido. Escuché como la avisaban por megafonía, oí los pasos, recordé el hábito austero. “No vivimos de espaldas al mundo: estamos en el mundo, pero no somos del mundo”, me dijo la tieta monja, y añadió: “El monasterio tiene que estar arraigado a la tierra, a Catalunya, es así desde hace 850 años”. También me contó que, de noche, los vecinos vieron una pareja de la Guardia Civil paseando alrededor del monasterio.

Desde entonces, han recibido centenares de correos: “Todo han sido felicitaciones excepto dos llamadas de teléfono que nos han puesto a caldo. Una de una señora de Barcelona: la atendió otra monja y la dejó turulata. La otra fue de un señor de Tarragona, muy enfadado”. Se presentó como católico, apostólico y romano, a lo que la priora le respondió que ya coincidían en algo. Después le dijo que Carme Forcadell tenía cara de demonio, a lo que ella contestó que demonios sólo conoce los de los Pastorets. “Y hasta me aconsejó que me preparara, porque seríamos las primeras en ir a la guillotina”. Le pregunté cómo se quedó al colgar: “Igual que antes, él tiene derecho a expresar lo que siente, pobre xicot, si le ha hecho sufrir tanto esto…”. Antes de despe­dirnos quiso saber qué tal en Madrid. Comentamos el nivel de enconamiento, y mi tía admitió que el asunto ya se lo han encomendado a Dios hace tiempo, que rezan por él cada día, incluso en la plegaria libre, en el huerto, en una tierra firme arrasada por el fuego del verano.

[Publicado el 25/9/2017 a las 12:01]

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Naturalezas vivas

Los intelectuales firman un manifiesto mientras los independentistas conocen al fin el cuerpo de la Guardia Civil, que también habla catalán en la intimidad. Bueno, en verdad son intelectuales y artistas, la aristocracia del alma, la  brillantez que ilumina a quienes han interpretado a Shakeaspeare o han ideado brillantes visiones del mundo clásico y moderno. En el manifiesto leo, entre otras frases: "¡No participes! ¡No votes!". Y pienso en el mal uso del imperativo y su eco: esa orden constante que nuestro mundo que, o bien exige comprar, o no pensar, o paralizarse. No me digan que no es sumamente atractivo, por inaudito, imaginar a un intelectual suplicándote que no hagas algo. Tal vez sea esa la estrategia: lograr que uno acabe pensando que si te lo requieren Millás, Marsé, Marías o Marisa Paredes igual hay que atender a su ruego. Fueron más leídos los nombres en negrita que el texto; suele pasar.
 
Existe un Madrid empático con la causa catalana, deseoso de hallar una salida, incluso que caiga Rajoy, acaso la única solución a corto plazo para reorientar el conflicto. Pero hay otro Madrid áspero y bravucón, que está hasta las narices y habla de Cacaluña y otras marranadas. Mario Vargas Llosa presentó esta semana su libro "Conversación en Princenton" y en la rueda de prensa no dudó en tachar de “provincianos sin pies ni cabeza” a los catalanes soberanistas. 
 
Son tiempos de riesgos necesarios y suntuarios. Rihanna, madrileña por un día, presentó su colección de maquillajes para Sephora. La cantante afirma a la revista Elle que se arriesga tanto con sus vestidos porque "tengo que aprovechar mis pechos antes de que se me caigan”. La antigua sabiduría del carpe diem. Al mismo tiempo, nuestra mayor artista global, Rossy de Palma, presenta una colección-cápsula para Mac. La ha titulado “Frames”, ya que, según confiesa, “hay que ponerle un marco a todo lo que quieres, para enaltecerlo y darle una presencia". Ella lo logró con su nariz cyrana. 
 
Esta semana, la re-movida se rejuntó de nuevo para pasar la tarde en la Fresh Gallery del barrio de Salamanca. Allí, aún con calor tropical, se inauguraba  la muestra "Bodegones Almodóvar", un periplo autobiográfico desde la cocina del cineasta. Todo empezó la pasada Semana Santa, cuando se puso a hacer fotos en su cocina para combatir el tedio. De repente sintió una excitación: “admiraba la pintura al temple de la pared, el corián blanco de la encimera, como si fuera la primera vez que los veía”. Jarrones con formas femeninas, el mundo de la infancia, figuritas de Malevich, membrillos, kiwis, estampados de Fornasetti y un enchufe que aparece en casi todas las obras resumen el diálogo entre lo orgánico y lo estático. Su poética de lo cotidiano aúna intimidad y confidencia. “Uno no puede mentir cuando está en la cocina” afirmaba el director acompañado por un grande: Antonio López, a quien dedicó la muestra. También estaba Soledad Lorenzo, que me riñó: “ya no hay que decir que estamos bien a pesar de tener 80 años, es lo normal”, además de Bibiana Fernández, Màxim Huertas, Félix Sabroso, Palomo Spain, Mario Vaquerizo y toda el clan que representa el el artisteo chisposo brindó por su Almódovar en la galería de la argentina Topacio Fresh y su marido, el catalán Israel Cote. 
 
Pedro Almodóvar, a pesar de todas sus leyendas, en la distancia corta es un hombre encantador e ingenioso. “Al no ser profesional, solo he querido trabajar con luz natural. Me dije: que sea Dios quien lo ilumine todo”. De esta forma le hacía un guiño al Padre Ángel, a cuya organización, Mensajeros por la Paz, irá destinado lo que se recaude con la venta de las piezas. “Hoy sobran las causas para contribuir, no obstante, del padre Ángel me atrae la inmediatez con la que se utiliza el dinero. Algún día escribiré la película de todo lo que ocurre en la iglesia de San Antón, que se halla en el polo opuesto de la iglesia y los curas que yo conocí”. Almodóvar dice que los bodegones reflejan lo ligada que está su privacidad a su obra: su casa de Pintor Rosales ha salido en varios planos de sus películas.  También transmiten ideas del amor, como esas cebollas descascarilladas junto a una rosa en un vaso de agua, la historia de nuestras vidas.

[Publicado el 23/9/2017 a las 11:57]

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Café, copa y puro

Fueron muchas cartas de menú del día las que sucedieron durante mis tiempos juveniles, tras el bocadillo de tortilla de los años del instituto. Venían plastificadas, aceitosas, y en el mejor de los casos te la cantaban. Tener un trabajo traía implícito comer fuera de casa y poder pagarse un almuerzo. Pimientos rellenos, lentejas estofadas con chorizo, osobuco al horno, tortilla a la campesina… nombres de platos que hoy suenan antiguos y que saciaban unos estómagos que aún no conocían la gastritis ni la hernia de hiato. Pero, sobre todo, que conseguían detener la jornada, paralizarla durante dos y hasta tres horas, un lapsus mayor que cualquier rezo, y lo sobrellevábamos sin lastre alguno. Entonces la hora de comer era sagrada y despaciosa. Se almorzaba sobre un mantel de cuadros con los compañeros de trabajo o amigos, incluso había tiempo para alguna cita galante, aunque en esa hendidura de tiempo se iba también al gimnasio, al tinte, a depilarse o a leer poemas al parque.

Después llegaron los ticket-comida, que restringían el libre albedrío, y se catapultó el formato denominado “comida de trabajo”, ese invento para hacer dos cosas a la vez, como si en un restaurante se alcanzaran más acuerdos que en una sala de reuniones. No sé bien cuándo ocurrió, si fue con la llegada de los teléfonos inteligentes y su hiperconectividad, pero el tiempo se estrechó y dejaron de caber las cosas en sesenta minutos. Salir a comer casi no compensaba, contando con la acidez y el olor a fritanga. Estalló la crisis, y lo primero que hicieron los españoles fue lo que los yanquis llevan haciendo en sus oficinas desde <em>El apartamento</em>: llevar el táper al trabajo. Con afán de gourmet, de nutricionista o de simple esnob, el bombardeo visual de platos nunca había sido mayor en la redes, por mucho que sus usuarios, de lunes a viernes, difícilmente puedan arañar una hora para salir a comer. En el 2013 –aún en el ojo del huracán de la crisis– el 72% de los trabajadores españoles iba habitualmente a comer fuera de la oficina, según el barómetro FOOD (Fighting Obesity through Offer and Demand). Cuatro años después, un 33% comein situ alimentos que ha preparado en casa. Ya nadie aguanta los tres martinis antes del almuerzo inmortalizados por Hollywood. Algunos intentaron sustituir el llamado power lunch por el desayuno de trabajo, pero no acabó de cuajar: la primera hora del día es arriesgada para socializar. “Almuerzo ligero y cena temprana”, impone el código contemporáneo, tan sólo desafiado por las cien familias que mandan en España y que siguen fieles a la tradición de café, copa y puro, cuya sola enumeración evoca un largo bostezo, también de los de antes.

[Publicado el 20/9/2017 a las 16:04]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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