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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 28 de febrero de 2017

 Blog de Joana Bonet

Cazadora de abismos

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Hay que empezar a hablar de Diana Arbus por su ángulo más misterioso: su atracción por lo oscuro, por lo que la mirada acostumbra a temer. Y decir más: que sólo entre la alienación y la rebeldía, en la extrañeza más monstruosa, se encontraba segura. Se propuso una meta para escapar de si misma: perderse por las calles, por los lugares más fronterizos de la realidad en busca de freaks –travestis; enanos, gigantes y otros prodigios circenses; albinos o tatuados–. Llegó a sentir que ella era una más entre los que penetraron en el abismo. Creía que hay cosas que nadie habría visto si ella no las hubiera capturado. En una ocasión, en el MoMA llegaron a escupir a una de sus fotos, la de un travesti con rulos, un cigarro y una expresión que pasa por encima de ti como una plancha caliente. La desolación, la fragilidad y sobre todo el desarraigo íntimo afloraron en la obra de esta descomunal fotógrafa que empezó retratando el glamour, las parejas que no se hablaban en restaurantes, acaso a la manera de sus padres, emigrantes judíos que abrieron una boutique de moda en la Quinta Avenida y se hicieron millonarios. Escapó a los 18 años y acabaría fotografiando el infierno.

La vida de Diane Arbus acabó un 26 de julio –de 1971; este año se cumplen 45 años– tras ingerir una buena dosis de barbitúricos y cortarse las venas de sus muñecas en el histórico edificio de la Westbeth Artist Community, a orillas del río Hudson, en Nueva York. “La forma en que Arbus murió, como en el caso de la de poeta Sylvia Plath o, en una generación posterior, la fotógrafa Francesca Woodman, se ha convertido en parte de su legado artístico, como si su fin prematuro fuese el resultado inevitable de su trabajo”, escribe Andy Grundberg en The American Scholar a propósito de Diane Arbus: Portrait of a photographer, que acaba de publicarse en EE.UU. Las heridas secretas emergen ahora en la investigación de su obra adherida a su sensibilidad y cosida en harapos: “Arbus tenía muchos frentes psicológicos abiertos –una depresión, su promiscuidad sexual, el incesto, y una progresiva disminución de la capacidad de establecer y mantener relaciones sentimentales significativas– que nada tienen que ver con su trabajo o ambiciones”.

En su célebre ensayo sobre la fotografía, Susan Sontag carga las tintas con ella y su aura maldita: “El interés de Arbus en los monstruos expresa un deseo de violar su propia inocencia, de socavar su sensación de privilegio, de aliviar su frustración por sentirse segura”. Algo que ella misma reconoció. Nunca había conocido la adversidad: “Y sentirme inmune, por ridículo que parezca, era doloroso”. La fotografía mitigaría ese dolor, pero antes tendría que cruzarse con las dos personas más importantes de su vida: su marido, Allan Arbus, junto al que comenzó a disparar instantáneas y con quien trabajará para revistas de moda: Esquire, Vogue y Harper’s Bazaar, y la fotógrafa austríaca Lisette Model, la que proclamaba: “No disparen hasta que el sujeto que enfocan les produzca un dolor en la boca del estómago”. Tras su divorcio, Arbus se convirtió en la cazadora del abismo que siempre había sido.

Cuentan que el mismo día que encontraron su cuerpo sin vida en la bañera de su apartamento del Westbeth corrió el rumor de que había montado un trípode y una cámara para poder fotografiar su muerte. En su funeral, Avedon murmuró: “¡Cómo me gustaría ser un artista como Diane!”, a lo que Frederick Eberstadt le respondió, corrigiéndole: “No, no te gustaría”. Al final de sus días, cuando incluso le faltaba confianza para cruzar la calle, su rostro había absorbido los rasgos del desamparo de todos aquellos que había fotografiado.

[Publicado el 09/7/2016 a las 13:52]

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¿De qué te ríes?

Tuvimos Navidad electoral y votamos comiendo los turrones, y ahora tenemos verano poscomicios, a pesar de que ya calcemos las alpargatas sobre el asfalto hirviente. Aun así arrastraremos la incertidumbre de cómo será gobernada España hasta bien entrado agosto. La temporalidad sagrada que hacía respetar sus paréntesis estacionales también se ha fragmentado. No hay tregua en el desenredo de la actualidad política a fin de devolver una estabilidad que contribuya a subir el ánimo y mover el consumo. “A recuperar la confianza de los mercados”, dicen. Pero la confianza se ha hecho añicos y aquellos que se han insultado a la cara deberán acordar cómo salir ganando a medias, cada uno con un montoncito. Cambiarán de parecer en algunos asuntos otrora “innegociables” por exigencias del guion pactista igual que las actrices cuando justifican un desnudo.

Las máscaras mandan más que las personas, y nuestros líderes desafían al acto reflejo que activa el área de la corteza temporal al contemplar un rostro y ordena a las comisuras que se levanten. La represión de la sonrisa es un efecto colateral del caos. Ocurre en los funerales: la gente al saludarse a menudo contiene su espontaneidad y reconduce los labios a la línea recta, pero hay quienes olvidan por unos segundos que están acompañando a un muerto, pues es imposible amordazar la vida que fluye, incontenible.

Un psicólogo polaco, el doctor Kuba Krys, ha profundizado en un fenómeno sociocultural etiquetado como “control de incertidumbre”. Las sociedades que puntúan bajo en esa escala tienen sistemas sociales inestables, y así sus ciudadanos ven el futuro más impredecible e incontrolable. “¿Por qué sonríes cuando tu destino es un lobo invisible que está a punto de despedazarte? Es muy posible que en los países con bajo control de la incertidumbre uno sea considerado incluso un estúpido por hacerlo”, escribe Olga Khazan en The Atlantic en un artículo sobre esta investigación, que también afirma que la sonrisa está igualmente mal vista en los países con alto índice de corrupción.

La polarización siempre asfixia sus extremos. De la feria al velatorio. De “viene la nueva izquierda” a “se queda la derecha de siempre”. Durante estos días uno de los asuntos que más nos han entretenido se refiere a la sonrisa de Pablo Iglesias. Nunca se había visto tanto interés en que la perdiera, a pesar de contar con 71 escaños.

En El nombre de la rosa el benedictino Jorge de Burgos afirmaba que “la risa es un viento diabólico que deforma las facciones y hace que los hombres parezcan monos”. Cierto es, son los únicos animales, con nosotros, que ríen. Y hay monos de feria capaces de dejar asomar sus emociones tras las rejas. Como nosotros.


[Publicado el 07/7/2016 a las 12:34]

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Nosotros y los robots

Pertenezco al colectivo de personas torpes que en la habitación de un hotel luchan infructuosamente con controles robóticos para apagar todas las luces de la habitación excepto la de la mesilla de noche. Acaba siendo una pelea contra una misma, tratando de hallar la lógica que ilumina la estancia, la manera de deshacer la cadena de conexiones invisibles que encienden luces en cadena, incluso a través de un iPad cuyos pictogramas no lograrás identificar si tienes una visión literaria de la vida. Anhelas la presencia de un cable, el gesto seco de desenchufarlo de la corriente sintiendo su electricidad en el brazo. Qué fácil y qué físico. El estado mental de la robótica exige temple o juventud. Nunca le pido nada a Siri, me produce cierto sonrojo; creo que me haría sentir más débil, más víctima de la vida automatizada que ya ha abreviado los protocolos cotidianos lavando con lejía huellas, voces y sombras humanas. No hace falta sostener una mirada. No se interactúa. Basta con un botón. Las yemas de los dedos se han convertido en una de las partes más activas de nuestro cuerpo. Activamos la información con una pasada de pulgar y clicamos simultáneamente lo que queremos tener en mente a golpe de pantallazo. Hacemos callos en las falanges, bien distintos de aquellos que abultaban el índice cuando escribíamos a mano.

Hace años que sustituimos la solicitud por la eficacia. La vida se rige por control remoto gracias a las apps que controlan la calefacción de casa, monitorizan el sueño del bebé y cuentan las calorías que estamos a punto de ingerir en la cafetería. Las máquinas de paso a menudo nos exasperan: se tragan la moneda y no hay nadie al otro lado para reclamar. ¿Quién llama a un teléfono a dos euros el minuto a punto de perder un avión o un tren? Las voces huecas de las operadoras, no obstante, empiezan a adquirir inflexiones de tono para imitar las emociones y resultan aún más inquietantes. En Madrid todavía quedan más de 20.000 porteros físicos, que conviven en la misma escalera con robots que limpian la casa, se encargan de la compra y no salen en la foto de familia porque la disparan. El año pasado, la compañía SoftBank puso en el mercado a Pepper, el primer robot capaz de detectar la tristeza de su dueño, además de tener una presunta capacidad para recordar todo lo que sucede a su alrededor durante veinte años. Intuyo un tipo de omnipotencia limitada: cómo captará los matices, cómo detectará lo transcendente que a menudo no se ve ni se dice. ¿Alguien puede creer que no se escacharrará algún día y derramará la tristeza acumulada en sus tripas de titanio? Tesla Motors, líder global del sector de automoción eléctrica, anunció el viernes la muerte de un conductor de su Modelo S que viajaba con el autopiloto activado. El robot lo empotró contra un camión en un autopista de Florida. El hombre, mientras era conducido hacia la muerte, miraba Harry Potter.

[Publicado el 04/7/2016 a las 09:01]

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Un deseo libre

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Quince años y medio. El cuerpo es delgado, casi enclenque, los senos aún de niña, maquillada de rosa pálido y de rojo. Y además esa vestimenta que podría provocar la risa pero de la que nadie se ríe”. Así se describía Marguerite Duras (Saigón, 1914) en El amante, un libro que a muchos nos cambió y nos hizo sentir lectores diferentes, como si su prosa a menudo fragmentada, sus frases desordenadas sin comas ni puntos, sus elipsis y sus látigos paradójicos nos sacudieran. Dice: “Mi madre mi amor mi increíble pinta con las medias de algodón zurcidas…”. También dice: “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre. Nunca lo he preguntado”. Duras tuvo arrugas desde muy joven: surcos en la frente, la piel resquebrajada, “un rostro destruido” como inventario de la pasión de aquella joven francesa, huérfana de padre –profesor de matemáticas– desde los cuatro años, cuya madre permitió que se prostituyera, aún virgen, con un chino rico a orillas del Mekong. Ella fue la chiquilla que quería ser escritora, a quien las niñas del instituto que aprendían crol dejaron de hablarle porque andaba por barriadas de mala fama, en la limusina negra del chino, siempre con demasiado maquillaje.

El amante se publicó en España a mitad de los ochenta: la tradujo al castellano Ana María Moix y Marta Pessarrodona al catalán, ambas editadas por Tusquets. Recuerdo, casi con literalidad, de qué manera la prosa de Duras penetró en mis veinte años modificando las primeras nociones del amor, igual que en el imaginario de los tres millones de lectores que celebramos la novela (premio Goncourt 1984) como un libro iniciático que ofrecía otra visión del deseo sostenido en una tensión erótica que nunca se acaba de satisfacer. La de quien escribe: “Los besos en el cuerpo hacen llorar. Diríase que consuelan”. Sus frases emergen, se sacuden la espuma de los verbos, se dejan “invadir por la sensación”, aseguraba Nathalie Sarraute –quizá lo único que tiene en común con alguno de sus compañeros del nouveau roman– . Su obra pone el énfasis en su historia personal, que hace y rehace una y otra vez; su combate contra la sintaxis es su manera de responder a las formas impuestas, y de plasmar su voz, dubitativa, no siempre creíble. Aseguraba que uno escribe siempre sobre el cuerpo muerto del mundo, y también sobre el cuerpo muerto del amor, no para reemplazarlos, sino para consignar el desierto que dejan.

Este año se cumplen veinte de su muerte, víctima de un cáncer de esófago. Pero la memoria se obstina en recordar, e igual que en sus novelas tantea y repite una y otra vez. Ella buscaba la palabra exacta; trata de escribir de la misma forma que se trata de amar, aún sabiendo que nunca se logrará del todo. Duras siempre regresa, una y otra vez, fiel al ritornello tan característico de su prosa: “Tú no has visto nada en Hiroshima”. Es lo que ocurre cuando se intenta formular un relato desde el pasado. Duras fue una gran conversadora, tan colérica como despojada de lugares comunes, valiente. Vivió enclaustrada durante sus últimos años; dormía con un hombre 38 años más joven que ella, homosexual, Yann Andréa Steiner, a quien le cambió el nombre. “Yan llegó a la vida de Marguerite cuando ella estaba sin aliento. Le devolvió las ganas de escribir y de filmar su amor, su imposibilidad de amar. Yann la protegerá, la soportará. Yann se callará, encajando los golpes y los insultos”, según atestigua su biógrafa Laure Adler. Marguerite Duras vivió entre prosas, películas, litros de Burdeos y frases que hacen llorar como aquellos besos en Indochina. Nunca dejó de hacer mermeladas.

[Publicado el 02/7/2016 a las 13:40]

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De más a menos

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En los días previos a las elecciones, una manada de indecisos salía a la calle o miraba a la pantalla en busca de alguna luz que pudiera ayudar a elegir lo mejor de lo peor. “¿Con quién seremos más pobres?”, escuché preguntar a más de uno, porque en lugar de hablar de política lo hacían de dinero intentando materializar e imponer del sentido común: IRPF, más impuestos, ayudas para autónomos, cuentas de cómo se llegará a fin de mes según lo que prometían unos u otros. “Miren lo que ha pasado en Inglaterra. Ha sido todo por el dinero, por los pensionistas cabreados. Por culpa de Merkel y del tonto de Cameron”, le decía el frutero del mercado de Potosí a su clientela.

Tener dinero y perderlo, vivir de más a menos, es un trance tan humano y corriente como violento. Se impone un nuevo orden, otra manera de comer, de viajar, de comprar. La carencia trae consigo un sentimiento de sacrificio. Hay que renunciar a los gustos caros, además de sentir la helada incertidumbre al acabar el día cuando la fatiga vence al vértigo. Mi abuela, de joven, tuvo varias criadas e incluso nodriza cuando crió gemelos. Ya anciana, y mucho más pobre, barría una y otra vez la casa casi obsesivamente, aunque no fue desafortunada del todo: desde el fondo de la casa, mi abuelo tocaba el piano para ella, de forma que lo inmaterial acabó imponiéndose a lo contable.

El fin de un tiempo de abundancia nos persigue en sueños desde los antiguos invocando mesura, paciencia y recompensa. Le ocurrió a Borges, quien hasta los 38 años fue mantenido entre algodones, destinado –y financiado– por su familia a leer bibliotecas enteras y afilar el lápiz. Pero acabó esa suerte, y él, un cuarentón que nunca había tenido trabajo fijo, tuvo que emplearse en una biblioteca donde ganaba un mísero sueldo. “Fueron nueve años de sólida infelicidad”, explica en el prólogo de una vieja edición de El Aleph. Durante nueve años tuvo que coger el tranvía, recorrer la ciudad y llevar a cabo una rutina que despreciaba, pero la crítica Elizabeth Hyde Stevens –con motivo del 30.º aniversario de la muerte del autor– asegura que aquello fue un acicate para romper del todo la realidad en su obra y crecer como autor y persona. “Fue la tiranía del dinero la que le dio a Borges una necesidad irrefrenable de escapar a la ficción”, escribe Hyde.

Transformar las fatigas en aprendizajes es una de las máximas vitales que ayudan a vadear las corrientes salvajes. Borges amaba el tango porque pasaba de baile valeroso y feliz a triste coreografía. Vivir con los pasos aprendidos parece un desahogo cuando se transita de menos a más. Hasta que las agujas del reloj cambian de sentido.

[Publicado el 29/6/2016 a las 13:34]

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Estás muy buena

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La tertulia de radio se pone flamenca: “¡Que le dijeron a Ada Colau que estaba muy buena!”. Ríen los participantes, todos varones, muy por encima del bien y del mal, o mejor dicho, jueces supremos de la belleza femenina. Digamos que se trata de ese tipo de hombres que exaltan la feminidad lozana, pero que son incapaces de identificar las rosas sobre el asfalto. Recuerdo a aquellos viejos políticos que les soltaban a las periodistas lo buenas mozas que eran, bien apoltronados en su senectud, que les insuflaba inocuidad, como a Montserrat Domínguez Manuel Fraga, que en más de una ocasión le lanzó piropos de abuelo cebolleta. Pero también recuerdo como Maribel Verdú me alababa el atractivo de Felipe González, a quien seguía encontrando sexy. Por no detenernos en el sambenito de guaperas que lleva colgando desde que irrumpió en la batalla electoral Pedro Sánchez, como una etiqueta con el precio que nadie ha conseguido arrancar. La belleza de Pedro Sánchez ha sido una prueba más de la debilidad de pensamiento de quienes siguen enarbolando el clásico, y misógino, lugar común que vinculaba belleza con inconsistencia mental. Ni me imagino los cumplidos que pueden lanzarle en privado las señoras achispadas después de una merendola, esas mismas que le agarraban la nuca a Zapatero para estamparle dos besos y contracturarle el cuello. “Si tú me llamas, yo me corro por teléfono”, le gritaban unas gaditanas a un conocido periodista de televisión, causando un sonrojo confundido con la broma exagerada.

La alcaldesa de Barcelona reveló una “agresión sexual verbal”: dos hombres –y no dos cualesquiera porque ocurrió en un acto con magistrados y letrados– le dijeron que estaba muy buena y que si podían “hacer alguna cosa”. Para más de la mitad de la población femenina eso representaría una pequeña alegría secreta, una risita interior incluso para aquellas que han dejado de mirarse en el espejo, pero también es cierto que neutralizarían el comentario por ellas mismas, sin lamentos ni paternalismos. Colau ha contado que los hombres habían bebido, y en verdad pone de relieve un asunto interesante y que poco se ha tratado: servir alcohol en actos oficiales, además de la resiliencia ante el piropo. Las mujeres a menudo debemos soportar bromitas pudibundas: “Fulanito ha preguntado por ti, ¿estáis liados?”, me comentó con chanza un compañero de trabajo. Como si lo único en que pensáramos en nuestras vidas de malabaristas es en buscar solaz.

Pero hay algo que chirría cuando una mujer meritoria, con gran ascendencia y capacidad de liderazgo como Colau, cuenta a modo de denuncia que dos borrachines le han dicho que estaba buena. Primero porque se coloca ella misma en el marco lakoffiano de una mujer con curvas que provoca un deseo incontrolado, y segundo porque las sandeces que se escuchan en los cócteles, donde señores trajeados socializan con vino y cava, se parecen a la vieja chatarra.

[Publicado el 27/6/2016 a las 10:25]

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La belleza despeinada

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Tuvo que ser una inglesa quien encarnara a la perfección el chic parisienne, además de esa figura si française de musa-artista. Durante décadas, muchas mujeres quisieron parecerse a Jane Birkin, tener ese aire permanente de desayuno con café noisette, llevar los tejanos igual que unos pantalones de pijama. Parece imposible que esa mujer que encarnó la juventud antiburguesa, llenó noches seguidas la Bataclan y además representó el buen gusto sin alicatar vaya a cumplir setenta años. Sin tener buena voz ha hecho una carrera musical que llega bastante más allá de Gainsbourg y el jadeante Je t’aime, moi non plus y sin ser tampoco una actriz especialmente dotada rodó con Antonioni, Resnais, Godard, Rivette o Tavernier. Pero ni Catherine Deneuve ni Françoise Hardy podrán decir que inspiraron un bolso de Hermès. A comienzos de los ochenta, volaba de París a Londres con el presidente de la compañía, Jean-Louis Dumas, a su lado. En un momento se le volcó accidentalmente el bolso, dejando a la vista un resumen vital ecléctico, paradójico y sobre todo prolijo. Dumas le ofreció que la legendaria compañía le diseñara un bolso a su medida. La propia Birkin garabateó un bosquejo de lo que sería su ideal: “Mayor que el Kelly, pero más pequeño que el maletín de Serge”. Que cupieran los pañales y el libro de poesía. Las historias con mito nunca son perfectas. Recientemente, ya abuela, pidió a la maison que lo rebautizara tras haber sido concienciada del sufrimiento de los cocodrilos que la firma usa en los modelos que se venden bajo su nombre.

Con veinte años, “la rubia” –como se nombra en los créditos su personaje– ya había llamado la atención gracias a la secuencia de
Blow up en la que una sesión fotográfica con dos modelos acaba convirtiéndose en un trío erótico-festivo, pero sería Serge Gainsbourg, amante de la provocación por encima de todas las cosas, genio autoproclamado mucho antes de que el mundo lo reconociera, quien la convirtiese en musa y compañera. Aquel escotadísimo (hasta el ombligo, ni más ni menos) mono de crochet que lució en Cannes en 1969 –Serge añadiría année erotique –y los melódicos jadeos que el Vaticano condenó y se censuraron en medio mundo y en el otro vendieron millones de copias, hicieron el resto. Eran una pareja magnética: él, un feo tan raro que parecía guapo; ella, tan natural, la bella inteligente. “La diferencia de edad nos divertía mucho. (…) Fue mi Pigmalión. No solo podía hacer lo que quisiera conmigo, yo estaba encantada, además. Normalmente las chicas tienen forma de reloj de arena: amplitud, estrechez, amplitud. Yo no. Y él, en lugar de burlarse de mi, me decía que tenía el cuerpo como un Cranach. Entonces fui al Louvre a ver los Cranach, y en efecto, tenían caderas amplias, cinturas diminutas y pechos pequeños. Él me decía siempre que le asustaban las mujeres de pechos grandes”.

A principios de los ochenta dejó a Serge, y se fue a vivir con el cineasta Jacques Doillon, con quien tendría su tercera hija, Lou –Kate, la primera, se suicidó en 2013; la segunda, Charlotte es actriz de éxito y cantante, al igual que Lou–. El desamor no acabó con la pareja de artistas: Gainsbourg compuso y produjo varios de sus álbumes en solitario. En una semana, en marzo de 1991, morirían Serge y su padre, David. La tristeza la enmudeció y decidió alejarse de los focos durante casi una década. Pero su reivindicación por parte de un buen número de jóvenes músicos y las ofertas de papeles, que seguían llegando, la devolvió a la arena. Birkin sube a los escenarios, escribe sus memorias, es madre de artistas, es un trozo de París que pasea una alegría melancólica.
 

[Publicado el 25/6/2016 a las 13:02]

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Estilismo de campaña

Pablo Iglesias, a tono con esta resacosa campaña, se ha aflojado la coleta marcando distancias con el corte esculpido de Rajoy, la impoluta raya a la izquierda de Sánchez con un mechón cano que demuestra su graduación en política y el estilo más deportivo de Rivera, a quien en algunos mítines se le caracolea el pelo en el centro de la frente. Iglesias ahora pasea la coleta floja, igual que las estudiantes de los liceos franceses. Cuando lo entrevisté para Magazine Fashion &Arts mantuvimos una intensa conversación sobre peluquería. El pelo de Iglesias es un sistema en sí mismo, icono de la nueva política. ¿Cómo no querer aprovecharlo en un retrato para mostrarlo con una imagen distinta a la de siempre? La que tan bien controla.

Al llegar al estudio, el fotógrafo Outumuro le contó en un aparte lo que quería hacer, la luz y el enfoque. Le dijo a todo que sí, excepto a lo de soltarse el pelo. Momentos después conversé con Iglesias acerca de los retratos anodinos de los políticos, de cómo pasaron de fotografiarse soñadores, como Kennedy junto a la ventana del Salón Oval, o de posar intrépidos en bañador como Fraga en Palomares, a ofrecer una imagen tediosa. Le insistí en lo de la coleta y me mostró el pelo, suelto, frondoso y ahuecado. Por un instante me sentí Llongueras. “¿Y si lo mojamos?”. Momentos después movía libre su melena ante el asombrada objetivo de la cámara.

La coleta de la radicalidad frente a la casta resume una estética que se aloja en su aparente ausencia. “No creo que un político tenga la obligación de vestir de una determinada manera. Nosotros decimos: ‘Júzgame por lo que haga, no por lo que lleve encima’”, confesaba. La imagen es un mensaje. Cotiza alto. Remueve un frenesí de asesores, aulas de telegenia y estilistas. Por mucho que la filosofía haya tendido a condenarla por superficial, chaquetas y zapatos tienen un innegable poder: el de crear relato e identidad. Por eso hay que dar con el traje perfecto, como los italianos que elegía Elena Benarroch para Zapatero. El mantra es la naturalidad, aunque no siempre funcione y pueda provocar hilaridad. A su favor se aduce que “humaniza”, como si por ser políticos no lo fueran del todo.

La pérdida de protagonismo de las corbatas se ha acusado desde la entrada de Iglesias y Rivera en escena. Desencorbatarse en política viene a ser como quitarse los tacones en Cannes. Un gesto a ratos forzado, pero elocuente para alinearse con la tendencia del “puertas afuera”. Con todo, aún define perfiles. En el debate a cuatro televisivo, Rajoy y Sánchez parecían haber convenido por WhatsApp el color de las suyas; Rivera se la quitó, más informal, e Iglesias iba con una de sus camisas blancas que no pican y arremangado como un mago. Hoy el estilo casual ha ganado en política, excluyendo el sartorialismo, mientras que los imputados como Mario Conde lucen blazer cruzado y corbata lila.
Cuando Rivera posó ante Outumuro con camiseta negra, unos jeans y descalzo murmuró: “¡Qué gusto, así es cómo iría siempre!”. Él no vive al margen de la ropa, aunque apenas tiene tiempo para ir a comprarse algo. A Rivera le queríamos mojar entero. Camiseta empapada, cabello, gotas de agua sobre el rostro, como esas fotos tan Actor’s Studio, donde gracias al agua puede capturarse una expresión genuina, auténtica. Declinó amablemente la propuesta con la siguiente lógica: las fotos en internet las carga el diablo, luego pueden utilizarlas para una inundación en un meme. Con la Harley, en cambio, no rechistó. Tal vez Pedro Sánchez , a quien se le ha crucificado por su apostura, no lo hubiera hecho, cuidadoso con aquello que le pueda restar veracidad. Ken, le llaman algunos compañeros conspicuos; y acartonado fue su adjetivo tras el debate. La presión es capaz de consumir a cualquier valiente. Rajoy, por su parte, ha revuelto las aguas de su proverbial quietud embronqueciendo el discurso. Quizá está siguiendo el consejo del poeta latino: “Mezcla a tu prudencia un grano de locura”. Su barba por fin se rinde a las canas y sus gafas son ahora invisibles gracias a las varillas montadas directamente sobre los cristales. Un mensaje de prórroga: “O nosotros, o ellos”. Los clasicones o los descamisados.

[Publicado el 23/6/2016 a las 14:25]

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La era ‘rosé’

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Los colores tienen vida propia, y la evolución de sus usos y significados es un indicador de cómo la cultura visual se afana por identificar un mensaje. El rojo es peligro, pero también oferta, pasión y fórmula 1. Los zapatos rojos del Papa y las alcobas escarlata de los burdeles. El verde representa ante todo el código ecológico: no hay producto sostenible que no luzca ese valor en la tonalidad que identifica el paisaje; también es propio de las paredes de guarderías y habitaciones juveniles, aunque sea también el color del quirófano. Relacionamos inmediatamente el naranja con el budismo y con Holanda, pero fue el icono cromático de la llamada revolución naranja en Ucrania y hoy tiñe el emblema de Ciudadanos como si quisiera representar el cambio. El lila, atesorado por la liturgia, el feminismo y Prince, hace lo propio con Podemos. El rosa, en cambio, no ha sido un color de banderas hasta que la lucha contra el cáncer de mama lo enarboló para universalizarlo. Se ha asociado a lo cursi, lo débil y lo femenino, aunque durante siglos los niños, como el príncipe Arturo en el cuadro de Franz Xaver Winterhalter, lo vistieran. Hoy, las pequeñas de siete años lo detestan por empacho y en su lugar se apoderan del azul.

Por ello, asisto con interés a la nueva biografía del rosa. En los restaurantes ya no basta preguntar “¿blanco o negro?”. El rosa empolvado se impone esta temporada, y el marketing ha entrado en él a brochazos, mientras sigue espumando el deseo de champán rosé en las noches de verano. No podía ser menos: Brad Pitt y Angelina Jolie producen en sus viñas de la Provenza francesa un caldo rosé llamado Miraval. En la moda, las modelos robóticas de Louis Vuitton han demostrado que el rosa es el nuevo color de pelo. Lo llevan en mechas Barbie equipo de investigación, it girls, blogueras y estrellas del pop del estilo de Nicki Minaj. También esmalta los smartphones, que este verano se rosifican, ya sea el iPhone 7, el Samsung Galaxy S7 Edge o el LG G5, con tonos pálidos pero lustrosos. Pantone ha elegido el rosa cuarzo (13-1520) como uno de los colores del año, y en el diseño de interiores, la última edición de Casa Decor ha demostrado que las paredes, sofás y alfombras rosadas son tendencia.

El rosa se manifiesta igual que una tercera vía: ni los blancos nucleares y tediosos, ni los negros oscuramente antipáticos. “Think pink”, dicen los británicos cuando quieren invocar el pensamiento positivo y la confianza en el futuro. Las encuestas presagian un renovado colorido en el resultado que nos dejarán las urnas el próximo domingo. Ni blanco ni negro. No sé yo si no aguardan impacientes las burbujas de la nueva política rosé.

[Publicado el 22/6/2016 a las 15:23]

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Las fachadas de Hollywood

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Los Ángeles expande su horizontalidad de tal forma que parece una ciudad holgada, pero no es este su factor más identificativo, ni tan siquiera el aroma del Pacífico, que nada más nombrarlo te embriaga de un azul Malibú, sino el hechizo de sus fachadas. En pocos lugares del mundo las cuidan tanto, con una voluntad que oscila entre lo original y lo orgánico, entre lo conceptual y el estilo desencorbatado de Palo Alto. De las galerías de arte a las tiendas de alfombras –el de los kilims parece uno de los negocios más boyantes de Hollywood–, las fachadas lucen singularidad artística compitiendo entre ellas. Es hasta lógico que la meca del cine cuide sus decorados. Los afiches históricos siguen pendiendo de un hilo, a pesar de su decadencia, como el célebre Whisky a Go Go o la extinta Tower Records, que colorea el relieve de Sunset Boulevard aunque sus cristales permanezcan ciegos y mudos. Pero ahora se estila otro ánimo; en los restaurantes se bebe un vino llamado Iconoclast, los clubs de moda se apodan Dialog y, en Venice Beach, jóvenes y viejos fuman marihuana frente a agentes de la mismísima LAPD con sus Ray-Ban, sus viseras y sus porras.

“¿Cómo vamos a hablar de minorías si representamos la mitad de la población?”, plantean las mujeres del cine, organizadas y reorganizadas en lobbies y fundaciones como Women in Film (WIF), que la semana pasada entregó sus Crystal Awards en el Beverly Hilton. Ahí estaban ocho productoras recogiendo su galardón ex aequo por su labor para abrir las pantallas a la diversidad, ávidas en criticar la anomalía de que sólo el 7% de películas y series estén dirigidas por mujeres. La también productora Cathy Schulman, presidenta de WIF, subrayaba: “Es nuestra misión equilibrar la desigualdad de género, un mal endémico en la industria del entretenimiento; y las mujeres a las que hoy reconocemos son catalizadoras de ese cambio”. Pusieron voz a la reivindicación Cate Blanchett, Claire Danes y Natalie Dormer, que recogió el premio Face to Future patrocinado por Max Mara. Todas se salieron del tópico hollywoodiense con humor, pero apuntando a ese decorado de cartón piedra raído delante del cual trabaja un desequilibrado reparto entre actores y actrices.

Un estudio realizado por Polygraph, que ha analizado los diálogos de más de 2.000 películas, demuestra que los personajes masculinos hablan más que las mujeres en un 78% de las cintas. A más edad, ellas tienen menos guión en sus papeles, lo contrario a los hombres, que como más adultos, más hablan. En los hoteles caros de Beverly Hills, la pasión por ambientar las fachadas se acompaña de figuras célebres a tamaño natural que colocan al lado de la puerta. Los turistas se hacen fotos con una ajada Marilyn Monroe con la falda levantada y yo pienso en su infortunio, tras esa fachada de muñeca de feria.

[Publicado el 20/6/2016 a las 10:34]

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Biografía

Periodista, licenciada en Filología por la Universidad de Barcelona. Inició su carrera a los dieciocho años, a mitad de los años ochenta, en los periódicos leridanos Diari de Lleida y La Mañana. En 1990 empezó a escribir en el Diari de Barcelona, y posteriormente en El País, especializándose en tendencias, cultura y estilos de vidaParticipó en el lanzamiento de Colors -con Tibor Kalman al frente-, en Vogue París y Ronda Iberiadirigida por Juan José Millás. En 1992 creó la revista Woman, que dirigiría hasta 1996. Desde ese año a 2012 fue la directora de la revista Marie Claire.  En 2013 fue nombrada editora de Prisa Revistas, donde puso en marcha la revista masculina Icon para El País, en la que sigue publicando artículos. Actualmente es consejera editorial en Prisma Publicaciones (Grupo Planeta).

Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia. Y también ha sido colaboradora habitual de diferentes programas radiofónicos, como Hoy por Hoy (Cadena Ser) y actualmente Julia en la Onda (Onda Cero). Ha dirigido el Curso de Periodismo y Comunicación de Moda de la Universidad Politécnica de Madrid,  el Taller de Periodismo de Tendencias y Moda organizado para la Escuela de Periodismo UAM/El País y ha participado en seminarios de la Escuela Contemporánea de Humanidades.

También ha dirigido la serie infantil Fadapaca (TV3, 2008), con la dirección artística de Jordi Labanda, y el programa de entrevistas "Humanos y divinos" (TVE, 2010).

Es coautora -junto a Anna Caballé- del libro Mi vida es mía y autora, entre otros, de Hombres, material sensible, (Plaza & Janés) Las metrosesenta (La Esfera) y Generación Paréntesis  (Planeta).

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