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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 22 de enero de 2017

 Blog de Joana Bonet

La belleza despeinada

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Tuvo que ser una inglesa quien encarnara a la perfección el chic parisienne, además de esa figura si française de musa-artista. Durante décadas, muchas mujeres quisieron parecerse a Jane Birkin, tener ese aire permanente de desayuno con café noisette, llevar los tejanos igual que unos pantalones de pijama. Parece imposible que esa mujer que encarnó la juventud antiburguesa, llenó noches seguidas la Bataclan y además representó el buen gusto sin alicatar vaya a cumplir setenta años. Sin tener buena voz ha hecho una carrera musical que llega bastante más allá de Gainsbourg y el jadeante Je t’aime, moi non plus y sin ser tampoco una actriz especialmente dotada rodó con Antonioni, Resnais, Godard, Rivette o Tavernier. Pero ni Catherine Deneuve ni Françoise Hardy podrán decir que inspiraron un bolso de Hermès. A comienzos de los ochenta, volaba de París a Londres con el presidente de la compañía, Jean-Louis Dumas, a su lado. En un momento se le volcó accidentalmente el bolso, dejando a la vista un resumen vital ecléctico, paradójico y sobre todo prolijo. Dumas le ofreció que la legendaria compañía le diseñara un bolso a su medida. La propia Birkin garabateó un bosquejo de lo que sería su ideal: “Mayor que el Kelly, pero más pequeño que el maletín de Serge”. Que cupieran los pañales y el libro de poesía. Las historias con mito nunca son perfectas. Recientemente, ya abuela, pidió a la maison que lo rebautizara tras haber sido concienciada del sufrimiento de los cocodrilos que la firma usa en los modelos que se venden bajo su nombre.

Con veinte años, “la rubia” –como se nombra en los créditos su personaje– ya había llamado la atención gracias a la secuencia de
Blow up en la que una sesión fotográfica con dos modelos acaba convirtiéndose en un trío erótico-festivo, pero sería Serge Gainsbourg, amante de la provocación por encima de todas las cosas, genio autoproclamado mucho antes de que el mundo lo reconociera, quien la convirtiese en musa y compañera. Aquel escotadísimo (hasta el ombligo, ni más ni menos) mono de crochet que lució en Cannes en 1969 –Serge añadiría année erotique –y los melódicos jadeos que el Vaticano condenó y se censuraron en medio mundo y en el otro vendieron millones de copias, hicieron el resto. Eran una pareja magnética: él, un feo tan raro que parecía guapo; ella, tan natural, la bella inteligente. “La diferencia de edad nos divertía mucho. (…) Fue mi Pigmalión. No solo podía hacer lo que quisiera conmigo, yo estaba encantada, además. Normalmente las chicas tienen forma de reloj de arena: amplitud, estrechez, amplitud. Yo no. Y él, en lugar de burlarse de mi, me decía que tenía el cuerpo como un Cranach. Entonces fui al Louvre a ver los Cranach, y en efecto, tenían caderas amplias, cinturas diminutas y pechos pequeños. Él me decía siempre que le asustaban las mujeres de pechos grandes”.

A principios de los ochenta dejó a Serge, y se fue a vivir con el cineasta Jacques Doillon, con quien tendría su tercera hija, Lou –Kate, la primera, se suicidó en 2013; la segunda, Charlotte es actriz de éxito y cantante, al igual que Lou–. El desamor no acabó con la pareja de artistas: Gainsbourg compuso y produjo varios de sus álbumes en solitario. En una semana, en marzo de 1991, morirían Serge y su padre, David. La tristeza la enmudeció y decidió alejarse de los focos durante casi una década. Pero su reivindicación por parte de un buen número de jóvenes músicos y las ofertas de papeles, que seguían llegando, la devolvió a la arena. Birkin sube a los escenarios, escribe sus memorias, es madre de artistas, es un trozo de París que pasea una alegría melancólica.
 

[Publicado el 25/6/2016 a las 13:02]

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Estilismo de campaña

Pablo Iglesias, a tono con esta resacosa campaña, se ha aflojado la coleta marcando distancias con el corte esculpido de Rajoy, la impoluta raya a la izquierda de Sánchez con un mechón cano que demuestra su graduación en política y el estilo más deportivo de Rivera, a quien en algunos mítines se le caracolea el pelo en el centro de la frente. Iglesias ahora pasea la coleta floja, igual que las estudiantes de los liceos franceses. Cuando lo entrevisté para Magazine Fashion &Arts mantuvimos una intensa conversación sobre peluquería. El pelo de Iglesias es un sistema en sí mismo, icono de la nueva política. ¿Cómo no querer aprovecharlo en un retrato para mostrarlo con una imagen distinta a la de siempre? La que tan bien controla.

Al llegar al estudio, el fotógrafo Outumuro le contó en un aparte lo que quería hacer, la luz y el enfoque. Le dijo a todo que sí, excepto a lo de soltarse el pelo. Momentos después conversé con Iglesias acerca de los retratos anodinos de los políticos, de cómo pasaron de fotografiarse soñadores, como Kennedy junto a la ventana del Salón Oval, o de posar intrépidos en bañador como Fraga en Palomares, a ofrecer una imagen tediosa. Le insistí en lo de la coleta y me mostró el pelo, suelto, frondoso y ahuecado. Por un instante me sentí Llongueras. “¿Y si lo mojamos?”. Momentos después movía libre su melena ante el asombrada objetivo de la cámara.

La coleta de la radicalidad frente a la casta resume una estética que se aloja en su aparente ausencia. “No creo que un político tenga la obligación de vestir de una determinada manera. Nosotros decimos: ‘Júzgame por lo que haga, no por lo que lleve encima’”, confesaba. La imagen es un mensaje. Cotiza alto. Remueve un frenesí de asesores, aulas de telegenia y estilistas. Por mucho que la filosofía haya tendido a condenarla por superficial, chaquetas y zapatos tienen un innegable poder: el de crear relato e identidad. Por eso hay que dar con el traje perfecto, como los italianos que elegía Elena Benarroch para Zapatero. El mantra es la naturalidad, aunque no siempre funcione y pueda provocar hilaridad. A su favor se aduce que “humaniza”, como si por ser políticos no lo fueran del todo.

La pérdida de protagonismo de las corbatas se ha acusado desde la entrada de Iglesias y Rivera en escena. Desencorbatarse en política viene a ser como quitarse los tacones en Cannes. Un gesto a ratos forzado, pero elocuente para alinearse con la tendencia del “puertas afuera”. Con todo, aún define perfiles. En el debate a cuatro televisivo, Rajoy y Sánchez parecían haber convenido por WhatsApp el color de las suyas; Rivera se la quitó, más informal, e Iglesias iba con una de sus camisas blancas que no pican y arremangado como un mago. Hoy el estilo casual ha ganado en política, excluyendo el sartorialismo, mientras que los imputados como Mario Conde lucen blazer cruzado y corbata lila.
Cuando Rivera posó ante Outumuro con camiseta negra, unos jeans y descalzo murmuró: “¡Qué gusto, así es cómo iría siempre!”. Él no vive al margen de la ropa, aunque apenas tiene tiempo para ir a comprarse algo. A Rivera le queríamos mojar entero. Camiseta empapada, cabello, gotas de agua sobre el rostro, como esas fotos tan Actor’s Studio, donde gracias al agua puede capturarse una expresión genuina, auténtica. Declinó amablemente la propuesta con la siguiente lógica: las fotos en internet las carga el diablo, luego pueden utilizarlas para una inundación en un meme. Con la Harley, en cambio, no rechistó. Tal vez Pedro Sánchez , a quien se le ha crucificado por su apostura, no lo hubiera hecho, cuidadoso con aquello que le pueda restar veracidad. Ken, le llaman algunos compañeros conspicuos; y acartonado fue su adjetivo tras el debate. La presión es capaz de consumir a cualquier valiente. Rajoy, por su parte, ha revuelto las aguas de su proverbial quietud embronqueciendo el discurso. Quizá está siguiendo el consejo del poeta latino: “Mezcla a tu prudencia un grano de locura”. Su barba por fin se rinde a las canas y sus gafas son ahora invisibles gracias a las varillas montadas directamente sobre los cristales. Un mensaje de prórroga: “O nosotros, o ellos”. Los clasicones o los descamisados.

[Publicado el 23/6/2016 a las 14:25]

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La era ‘rosé’

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Los colores tienen vida propia, y la evolución de sus usos y significados es un indicador de cómo la cultura visual se afana por identificar un mensaje. El rojo es peligro, pero también oferta, pasión y fórmula 1. Los zapatos rojos del Papa y las alcobas escarlata de los burdeles. El verde representa ante todo el código ecológico: no hay producto sostenible que no luzca ese valor en la tonalidad que identifica el paisaje; también es propio de las paredes de guarderías y habitaciones juveniles, aunque sea también el color del quirófano. Relacionamos inmediatamente el naranja con el budismo y con Holanda, pero fue el icono cromático de la llamada revolución naranja en Ucrania y hoy tiñe el emblema de Ciudadanos como si quisiera representar el cambio. El lila, atesorado por la liturgia, el feminismo y Prince, hace lo propio con Podemos. El rosa, en cambio, no ha sido un color de banderas hasta que la lucha contra el cáncer de mama lo enarboló para universalizarlo. Se ha asociado a lo cursi, lo débil y lo femenino, aunque durante siglos los niños, como el príncipe Arturo en el cuadro de Franz Xaver Winterhalter, lo vistieran. Hoy, las pequeñas de siete años lo detestan por empacho y en su lugar se apoderan del azul.

Por ello, asisto con interés a la nueva biografía del rosa. En los restaurantes ya no basta preguntar “¿blanco o negro?”. El rosa empolvado se impone esta temporada, y el marketing ha entrado en él a brochazos, mientras sigue espumando el deseo de champán rosé en las noches de verano. No podía ser menos: Brad Pitt y Angelina Jolie producen en sus viñas de la Provenza francesa un caldo rosé llamado Miraval. En la moda, las modelos robóticas de Louis Vuitton han demostrado que el rosa es el nuevo color de pelo. Lo llevan en mechas Barbie equipo de investigación, it girls, blogueras y estrellas del pop del estilo de Nicki Minaj. También esmalta los smartphones, que este verano se rosifican, ya sea el iPhone 7, el Samsung Galaxy S7 Edge o el LG G5, con tonos pálidos pero lustrosos. Pantone ha elegido el rosa cuarzo (13-1520) como uno de los colores del año, y en el diseño de interiores, la última edición de Casa Decor ha demostrado que las paredes, sofás y alfombras rosadas son tendencia.

El rosa se manifiesta igual que una tercera vía: ni los blancos nucleares y tediosos, ni los negros oscuramente antipáticos. “Think pink”, dicen los británicos cuando quieren invocar el pensamiento positivo y la confianza en el futuro. Las encuestas presagian un renovado colorido en el resultado que nos dejarán las urnas el próximo domingo. Ni blanco ni negro. No sé yo si no aguardan impacientes las burbujas de la nueva política rosé.

[Publicado el 22/6/2016 a las 15:23]

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Las fachadas de Hollywood

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Los Ángeles expande su horizontalidad de tal forma que parece una ciudad holgada, pero no es este su factor más identificativo, ni tan siquiera el aroma del Pacífico, que nada más nombrarlo te embriaga de un azul Malibú, sino el hechizo de sus fachadas. En pocos lugares del mundo las cuidan tanto, con una voluntad que oscila entre lo original y lo orgánico, entre lo conceptual y el estilo desencorbatado de Palo Alto. De las galerías de arte a las tiendas de alfombras –el de los kilims parece uno de los negocios más boyantes de Hollywood–, las fachadas lucen singularidad artística compitiendo entre ellas. Es hasta lógico que la meca del cine cuide sus decorados. Los afiches históricos siguen pendiendo de un hilo, a pesar de su decadencia, como el célebre Whisky a Go Go o la extinta Tower Records, que colorea el relieve de Sunset Boulevard aunque sus cristales permanezcan ciegos y mudos. Pero ahora se estila otro ánimo; en los restaurantes se bebe un vino llamado Iconoclast, los clubs de moda se apodan Dialog y, en Venice Beach, jóvenes y viejos fuman marihuana frente a agentes de la mismísima LAPD con sus Ray-Ban, sus viseras y sus porras.

“¿Cómo vamos a hablar de minorías si representamos la mitad de la población?”, plantean las mujeres del cine, organizadas y reorganizadas en lobbies y fundaciones como Women in Film (WIF), que la semana pasada entregó sus Crystal Awards en el Beverly Hilton. Ahí estaban ocho productoras recogiendo su galardón ex aequo por su labor para abrir las pantallas a la diversidad, ávidas en criticar la anomalía de que sólo el 7% de películas y series estén dirigidas por mujeres. La también productora Cathy Schulman, presidenta de WIF, subrayaba: “Es nuestra misión equilibrar la desigualdad de género, un mal endémico en la industria del entretenimiento; y las mujeres a las que hoy reconocemos son catalizadoras de ese cambio”. Pusieron voz a la reivindicación Cate Blanchett, Claire Danes y Natalie Dormer, que recogió el premio Face to Future patrocinado por Max Mara. Todas se salieron del tópico hollywoodiense con humor, pero apuntando a ese decorado de cartón piedra raído delante del cual trabaja un desequilibrado reparto entre actores y actrices.

Un estudio realizado por Polygraph, que ha analizado los diálogos de más de 2.000 películas, demuestra que los personajes masculinos hablan más que las mujeres en un 78% de las cintas. A más edad, ellas tienen menos guión en sus papeles, lo contrario a los hombres, que como más adultos, más hablan. En los hoteles caros de Beverly Hills, la pasión por ambientar las fachadas se acompaña de figuras célebres a tamaño natural que colocan al lado de la puerta. Los turistas se hacen fotos con una ajada Marilyn Monroe con la falda levantada y yo pienso en su infortunio, tras esa fachada de muñeca de feria.

[Publicado el 20/6/2016 a las 10:34]

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Horror sin venganza

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La meteorología fue particularmente mala en Ginebra aquel 1816, el llamado año sin verano, debido a la masiva erupción del volcán Tambora. Llovía sin parar y los días parecían noches de enero. Un grupo de jóvenes románticos aficionados a los cementerios y a la vida en fuga se reunía en la casa que uno de ellos, Lord Byron, había alquilado a orillas del lago Lemán, Villa Diodati. “Cada uno de nosotros escribirá una historia de terror, propuso y su propuesta fue aceptada. Éramos cuatro”. Así lo resume Mary Shelley en la introducción a la edición de 1831 de su célebre obra surgida de dicho reto, un texto que conmueve por su hondura. Se lee como si hubiera sido escrito ayer, tocado por una belleza estoica, la que pudo enfriar una mujer de treinta años que a los veinticinco había perdido ya a su amado, el poeta Percy B. Shelley y a varios de sus hijos, y escrito una de las obras cumbres de la literatura: Frankenstein o el moderno Prometeo.

Nunca conoció a su madre, Mary Wollstonecraft –autora de Vindicación de los derechos de la mujer–, que murió tras el parto porque el médico no se lavó las manos al acabar de extraerle la placenta. Su padre fue el anarquista William Goldwin, quien, ahogado de dolor, llevaba a su hija al cementerio de St. Pancras a visitar la lápida de su madre. Mary aprendió a leer sobre tumbas. Cinco años después, Goldwin se casó de nuevo y Mary se convirtió en una especie de cenicienta, aunque destinada, según su padre, a grandes empresas. “Fui amamantada y criada con amor para la gloria. Ser algo grande era el precepto dado por mi padre; Shelley lo reiterará… Pero Shelley murió y yo me quedé sola”, escribió en su diario.

Tras aquella noche suiza, la precoz adulta de dieciocho años daría forma a la idea de un monstruo desgraciado en una profunda novela filosófica acerca de los límites de la ciencia y el progreso y la humana obsesión por el poder. 200 años después, sigue planteando un problema de absoluta actualidad. Y para terminar de convertirla en mítica, los espantos conjugados durante aquellas noches de tormenta devinieron en maldición. Borges escribió que “algo, que ciertamente no se nombra con la palabra azar, rige estas cosas”. Polidori se envenenaría a sí mismo con ácido prúsico, Shelley se ahogaría tras el naufragio de su Ariel sin llegar a cumplir los 30 y Byron no entraría en combate por la independencia de su amada Grecia, falleciendo en Mesolongi dos años más tarde. El resto es historia.

Frankenstein es una obra que permite lecturas poliédricas. Por un lado es la crónica de un tiempo donde la noche estaba llena de profanadores de tumbas y científicos hambrientos, pero también es una novela sobre la creación y la procreación: “¿Quién era yo, qué era? ¿De dónde venía?, ¿Hacia dónde iba? Eran preguntas que se me planteaban continuamente, pero que era incapaz de responder”, se preguntaba Frankenstein, pero bien podía parecer la voz de su autora, señalaba Elisabeth Rusell en el prólogo de una vieja edición en catalán, traducida por Maria Antònia Oliver (Llibres de l’Eixample).

En Suiza se celebra por todo lo alto el bicentenario. Incluso los actuales dueños de Villa Diodati –que alberga hoy la Fundación Martin Bodmer– la han reabierto con motivo de una exposición sobre Frankenstein y su autora. Nunca volvió a casarse, decía que el nombre de Mary Shelley debía figurar en su tumba. Y siempre declaró el afecto que sentía por su creación, “ya que fue el resultado de unos días felices cuando la muerte, el dolor eran nada más que palabras”. Cuentan que vivió con el corazón de su marido envuelto en la página de uno de sus poemas, Adonais. Los recuerdos tejieron su identidad.

[Publicado el 18/6/2016 a las 14:56]

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La epidemia ‘selfie’

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Omar Mateen, el asesino que disparó a quemarropa y acabó con la vida de más de cincuenta personas en un club gay de Orlando, era aficionado a las selfies. Observar sus autofotos produce la sensación de ver una escena pornográfica en el comedor familiar. En algunas posa con un mohín burlesco, en otras ladea la cabeza mientras se toca la barbilla y frunce los labios entre la chulería y la autocomplacencia. También ensaya frente a su propio objetivo una mirada indolente, propia del que se gusta demasiado, investido de esa seguridad que tan a menudo revelan las fotos de uno mismo y que poco tienen que ver con cómo somos. En una de las selfies tiene las pupilas fijas, semienterradas por el párpado superior: un maltratador de mujeres, homófobo y yihadista ahogado en su propia ceguera.

Nos paralizamos más de una vez ante las selfies de nuestros hijos, tan expuestos, cuando entrecierran los ojos y aprietan sus labios marmóreos acompañados de un par de dedos marcando cuernecitos. Es muy probable que le dediquen silenciosamente la foto a alguien, ya que una utilidad de la selfie es mandar subrepticiamente un mensaje. Ser visto y leído, pero sobre todo narrado, aunque lo que puede percibirse al otro lado nada tenga que ver con la realidad por muy real que parezca. ¿Qué hace alguien mirándose en el espejo del autorretrato? ¿Capturar las vistas metiéndose dentro de la foto para rubricar un momento excepcional? ¿Exhibir su vida social, sus hobbies, su intimidad de puertas adentro comiendo un arroz o pintándose las uñas de los pies? ¿O bien quieren reflejar su facilidad para divertirse? A menudo me pregunto si hace falta autorretratarse con tal frenesí, o más concretamente autopresentarse, autopromocionarse, como si además de vivir tuviéramos que hacer un spot de nuestra propia vida. Sin duda a la mayoría les divierte y les resulta placentero, aunque se contraiga su esfera privada de la que creen tener el control: aquellos que se exhiben en las redes eligen lo que muestran y lo que esconden igual que una pareja cuando se enamora y suele revelar una selección de lo mejor de sí misma: sus grandes éxitos.

Lo que hacemos en privado cada vez está más programado para ser compartido a fin de celebrar las apariencias, marcar un me gusta o lograr levantar el pulgar. Pero los que nos resistimos a inmortalizarnos constantemente sentimos una gran incomodidad ante quienes, infatigables, hacen monerías ante su propio objetivo, que luego acicalarán y colgarán en su Facebook para que “su mundo” se entere de que son felices y valientes y viajan contra las corrientes salvajes, haciéndonos olvidar que esa instantánea sólo es un disparo, un fugaz instante congelado entre las infinitas horas grises que suma cualquier vida.

[Publicado el 15/6/2016 a las 11:33]

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El arroz y el reloj

Le pregunté hará unos tres meses a Pablo Iglesias de dónde había salido lo de “tictac”, esa onomatopeya a la que durante un tiempo se aficionó, y respondió que fue “completamente improvisada” en un tren rumbo a Valencia, mientras preparaba un discurso. El traqueteo y el ruido de un reloj al escaparse se acoplaron. Tictac. Presión. Le sonó bien y empezó a repetirlo. El mensaje de Iglesias caló rápido en el disco duro de sus seguidores. Se sintió aludido el estudiante que amasa con dientes los últimos minutos antes de entregar el examen con el que se juega el futuro, o la familia apretada en una casa de sardinas forrada de ultimátums. La sensación de ir contrarreloj provoca un tipo de sed que se enrosca en el fondo de la garganta, una sequedad punzante, la certidumbre de que el tiempo corre contigo dentro.

Que se lo pregunten a las mujeres, que han tenido que soportar esa imagen tan propia de Alicia en el país de las maravillas, con un conejo que las persigue agitando el llamado reloj biológico mientras ellas se preguntan si de verdad existe. Si es la naturaleza salvaje, la que puja por engendrar vida, o bien responde al mandato cultural, aquel empeñado en sostener que una mujer sin hijos es una mujer frustrada. “Las mujeres en muchos momentos y lugares han sentido la presión de tener hijos. Pero la idea del reloj biológico es una invención reciente. Apareció por primera vez a finales de 1970”, asegura la escritora Moira Wiegel en su nuevo libro Labor of love: The invention of dating del que esta semana adelantó una entrega The Guardian. “La idea de que ser mujer es una debilidad está incrustada en el fondo del término reloj biológico”.

Es curioso que un concepto acuñado para describir los ritmos circadianos acabara acotado al territorio de la fertilidad, señalando una limitación y a la vez cierto histerismo. Algunas feministas no han querido contemplar esa llamada de la naturaleza, que otras han asegurado sentir en forma de deseo totalizador. Las hay que consideran el reloj un cuento sexista, una cortapisa a la libertad de las mujeres, ya que los hombres parecen excluidos de la bomba del tiempo para ser padres. Nadie les dirá que se les pasa el arroz, ni los azuzará para congelar sus espermatozoides como a ellas sus óvulos, a fin de no dimitir de sus expectativas de género.

Periódicamente aparece un santón dispuesto a resolver la cuadratura del círculo de la feminidad. El último ha sido el presidente turco, Erdogan, quien ha asegurado que rechazar la maternidad y las tareas del hogar supone para la mujer “perder su libertad”. “Le falta algo y es mitad persona”, afirmó sin pestañear. La cuenta atrás se sirve en todos los formatos posibles, desde la edad para dejar de llevar minifaldas hasta la de volar en parapente. Y un invisible metrónomo de cuerda se empeña en marcar el compás a las mujeres, como si no supieran leer la partitura de su propia vida.

[Publicado el 13/6/2016 a las 19:27]

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Amor extremo

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¿Qué es el amor? En primer lugar es la pérdida de peso, luego la ascensión ligera, segura, de un vuelo directo; es el tormento que lo invade y lo cubre todo como una cúpula gigantesca; es un estrecho sobre cerrado, es una angustia infinita junto a una generosidad ilimitada…”. Estas líneas pertenecen a los diarios íntimos de Gala que la editorial Galaxia Gutenberg publicó hace cinco años, tras el hallazgo en un baúl del castillo de Púbol de un cuaderno manuscrito, inédito, redactado por ella con pulso literario, intención e imágenes bellas. “No sabes dónde acaba Gala y empieza Dalí”, razonaba Montserrat Aguer, directora de los Museos Dalí. En sus textos se aprecia un sentir vulnerable y apasionado, lejos del cliché de la mujer fría, dura e interesada, la que afirmaba: “Me importa poco si Dalí me ama o no. Personalmente yo no amo a nadie”. Aquella a la que le cambiaba el color de los ojos, quien inventó parte de su biografía, la que tanta tinta vertió con su relación casta y a la vez extrema con el pintor, fue tachada de vampira, pragmática marchante que obligaba al pintor a banalizar su arte firmando joyas, cerámica y objetos variados. La figura de Gala parece cortada por el arquetipo jungiano de la destructora, que tiene que ver con “lo secreto, escondido, lo tenebroso, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo angustioso e inevitable”. Y cierto es que fue espiritista, voyeurista, oscura hasta lo enigmático. Un personaje que responde a dos clásicos antagónicos: la bruja y la musa.

“Llamo a mi esposa: Gala, Galuchka, Gradiva (porque ha sido mi Gradiva); Oliva (por el óvalo de su rostro y el color de su piel); también la llamo Lionette, porque ruge, cuando se enoja, como el león de la Metro-Goldwyn-Mayer; (…) Abeja (porque descubre y me trae todas las esencias que se convierten en la miel de mi pensamiento en la atareada colmena de mi cerebro). Me trajo el raro libro de magia que debía nutrir mi magia, el documento histórico que probaba irrefutablemente mi tesis cuando estaba en proceso de elaboración, la imagen paranoica que mi subconsciente deseaba, la fotografía de una pintura desconocida destinada a revelar un nuevo enigma estético”, escribió el pintor. Cuando se conocieron, en el verano de 1929, durante un viaje a Cadaqués y Figueres junto a su primer marido, Paul Éluard, Magritte y Buñuel, Madame Éluard supo que pronto dejaría de serlo. Fue igual que el impacto de un rayo. La pareja se instalaría en el estudio que el pintor poseía cerca del parque de Montsouris y Gala pronto asumió tareas de musa y agente –dicen que no siempre en este orden–. Su relación fue complicada y fértil; yació sobre la atracción que él sentía por ella como en la construcción de un mundo irreal que desafiaba lo real.

El amor de Gala y Dalí es fuente inagotable. Este mes, Espasa publica una novela firmada por Carmen Domingo, Gala-Dalí, en la que elabora un retrato del personaje: “Una mujer que siempre tuvo múltiples hombres y cuyas relaciones desinhibidas le ayudaban a controlar a los demás”. Por ello siempre ha sido “la mala” de la historia. Como si bastara el juicio maniqueo para deshacer satisfactoriamente el nudo de los amores diferentes. Pero volvamos a las líneas del inicio en las que ella definía el amor como: “(…) la desesperación, la duda, la decadencia, la alegría extrema, sin lindes, la alegría que te hiere y te clava en tu sitio, alegría inmensa. Fe sin verificación, admiración vivificante”. Gala dedicó la última parte de su diario a Dalí, al que describió como un árbol que la abrazaba con sus ramas. Las raíces estaban en ella. Cuando murió, Dalí se negó a comer.

[Publicado el 11/6/2016 a las 10:54]

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La estafa ‘single’

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Mis amigas solteras de segunda o tercera vuelta han perdido la confianza en los viajes para singles. La noche de la despedida suelen acabar bailando con mujeres, reproduciendo justo aquello que tanto les había avergonzado de muchachas, cuando las vecinas se agarraban para bailar un pasodoble bajo los entoldados de verano mientras sus maridos veían el partido en el bar. Esas mujeres son hoy las viudas que viajan en los autocares del Imserso a los lugares cálidos de España en temporada baja, eso sí, cuando la arena de la playa se vuelve parduzca, los paseos marítimos parecen decorados de cartón piedra y los hoteles de verano en noviembre se tornan inhóspitos y desangelados. Por la noche, después del bufet, si quieren soltar el cuerpo y el poquito de alcohol, están condenadas a seguir bailando con otras mujeres ya que en esas excursiones nunca viajan hombres solos. Muchas de ellas, cuarentañeras o septuagenarias, han decidido dimitir de los formatos para encontrar pareja que la tecnología y el mercado, ávido de respuestas, han multiplicado. Lees “plan para singles” y automáticamente imaginas una fiesta despeinada, en la que suenan tanto Beyoncé como Marvin Gaye, capaz de caldear el cuarto al instante. Caminatas emocionantes por cañaverales o cenas a la luz de la luna donde la pandilla acaba jugando al póquer picante. Son una estafa, dicen mis amigas. Porque en esos planes cuyo enunciado parece llevar luces de colores los tíos con los que se han topado son tan colgados, maniáticos y obsesivos como ellas. Con la diferencia de que, en lugar de romanticismo, sólo buscan una buena acompañante para atravesar en bicicleta los Países Bajos. Ana ha tenido una colección de minirrelaciones a través de Tinder o de AdoptaUnTío, cuyos resultados le darán para escribir un libro sobre el desequilibrio mental en tiempos de Facebook, o algo parecido. Hombres deportistas, sí, que nadan, corren, suben montañas, que hacen la compra como si resolvieran un sudoku y se irritan si te dejas el tarro de la mantequilla abierto en el primer desayuno en su casa. Lo peor de todo es la ilusión: pasar el dedo por encima de la pantalla del smartphone, mirando rostros y cuerpos de la misma forma que podemos ver ropa, pensando en lo bien que te quedará uno u otro, olvidando que se trata de material humano inflamable. A tanta gente le ha ido bien, se dicen, aunque lo oculten porque les parece demasiado banal confesar que se conocieron en un portal de citas. Me temo que ellas, en cambio, seguirán recogiendo miradas al cruzar el semáforo, pensando que aquel que acaba de pasar podría ser el amor de su vida, el que nunca se subirá a un autocar de singles para acabar invitando a algún corazón desdichado a recorrer Holanda en mountain bike.

[Publicado el 08/6/2016 a las 14:11]

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La realidad tiene granos

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La fotografía se titula Monzón: tres hombres y un rickshaw avanzan bajo la lluvia intensa que peina la imagen de gotas inclinadas hasta empaparla, logrando una pátina de irrealidad. Uno empuja, los otros tres van atrás y miran a la cámara con sonrisas fotogénicas. A su alrededor, los colores raídos, el reflejo de los charcos en el asfalto y unos precarios techos de plástico sirven de subtexto: estamos en India. La instantánea es para algunos perfecta, para otros tediosa, pero parece capturar una escena cotidiana que al tiempo ilustra la variada amplitud del mundo. Su autor, Steve McCurry, es uno de los fotorreporteros más prestigiosos del mundo, un clásico de National Geographic, autor de aquel icónico retrato de una niña afgana que deslumbra a través de su mirada esmeralda. Pero McCurry quita y pone. El crítico de The New York Times, Teju Cole, disparó la primera flecha: “Sus fotografías son perfectas y aburridas. Y esa perfección sólo se puede conseguir orquestando la imagen”. De hecho, lo hacía: eliminaba personajes molestos para la composición, borraba un puesto de fruta que descentraría la mirada y reencuadraba ratón en mano. El célebre autor se justificó: “Yo no soy un fotoperiodista sino un contador de historias. Tomo mis imágenes con un sentido estético de la composición”. Algunos de sus colegas han sacado la Biblia del oficio: su deber es informar, guiados por la ética informativa, nunca recrear; además McCurry nunca antes había renunciado a su faceta de reportero gráfico, aunque hoy, a tenor de sus palabras, se sienta un artista llamado a recomponer el desorden real.

Domina la creencia de que el mundo suele ser más espectacular visto en fotos; de ahí que hoy Instagram anime a competir en singularidad, emotividad y pose. También explica esa creciente neurosis por fotografiar el instante como si tuviéramos que documentar la vida, en lugar de vivirla a conciencia. ¿Acaso porque causa más placer coleccionar y editar nuestras propias fotos que disfrutar de nuestros propios actos? Con frecuencia se admiran imágenes cuya magnificencia no suele corresponderse con la literalidad del instante, como si el ojo no pudiera acostumbrarse a la fealdad. Ni siquiera a la trivialidad que documentan tantas de esas instantáneas. No está solo McCurry manipulando la realidad en pos del efectismo. Las imágenes de los miles de inmigrantes que siguen huyendo de Siria y buscando refugio en el Viejo Continente se estampan de bruces en una Europa soliviantada que sigue utilizando el Photoshop sin lograr iluminar una fotografía cada día más oscura y desenfocada. Las versiones de una misma imagen se multiplican, varían entre ellas, borran defectos, abrillantan una luz que nunca existió, como si esta ideología del cortar y pegar resumiera una omnipotente ilusión humana: quitarle los granos a la realidad.

[Publicado el 06/6/2016 a las 11:03]

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Biografía

Periodista, licenciada en Filología por la Universidad de Barcelona. Inició su carrera a los dieciocho años, a mitad de los años ochenta, en los periódicos leridanos Diari de Lleida y La Mañana. En 1990 empezó a escribir en el Diari de Barcelona, y posteriormente en El País, especializándose en tendencias, cultura y estilos de vidaParticipó en el lanzamiento de Colors -con Tibor Kalman al frente-, en Vogue París y Ronda Iberiadirigida por Juan José Millás. En 1992 creó la revista Woman, que dirigiría hasta 1996. Desde ese año a 2012 fue la directora de la revista Marie Claire.  En 2013 fue nombrada editora de Prisa Revistas, donde puso en marcha la revista masculina Icon para El País, en la que sigue publicando artículos. Actualmente es consejera editorial en Prisma Publicaciones (Grupo Planeta).

Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia. Y también ha sido colaboradora habitual de diferentes programas radiofónicos, como Hoy por Hoy (Cadena Ser) y actualmente Julia en la Onda (Onda Cero). Ha dirigido el Curso de Periodismo y Comunicación de Moda de la Universidad Politécnica de Madrid,  el Taller de Periodismo de Tendencias y Moda organizado para la Escuela de Periodismo UAM/El País y ha participado en seminarios de la Escuela Contemporánea de Humanidades.

También ha dirigido la serie infantil Fadapaca (TV3, 2008), con la dirección artística de Jordi Labanda, y el programa de entrevistas "Humanos y divinos" (TVE, 2010).

Es coautora -junto a Anna Caballé- del libro Mi vida es mía y autora, entre otros, de Hombres, material sensible, (Plaza & Janés) Las metrosesenta (La Esfera) y Generación Paréntesis  (Planeta).

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