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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 20 de septiembre de 2018

 Blog de Joana Bonet

Feliz vídeo nuevo

¿Por qué durante estas Navidades, igual que se pone de moda la bota mosquetera o el gazpacho de remolacha, hemos recibido una sobredosis de vídeos? ¿Cuáles son las razones por las que se ha instaurado esta fórmula de desearnos un feliz año nuevo, provista de narración aunque ausente de compromiso? Dos minutos de imágenes épicas, una tipografía imitando la manuscrita –porque se lleva más la copia que el original– y un lema: desde el wonderful world a “bailar, bailar, benditos”. Embobada me quedé viendo las coreografías de Fred Astaire, Cyd Charisse, Gene Kelly y hasta Chaplin a ritmo del contagioso Born to be alive, y agradecí el detalle. Pero la magia se desvaneció cuando lo recibí por segunda vez, de la misma forma que los christmas virtuales de un trébol de uvas con una orden: “Agarrad fuerte vuestros deseos y dejaos llevar”. Lo original pasó a convertirse no sólo en repetición, más bien en fastidio. Bien es verdad que aquellas felicitaciones navideñas de Ferrándiz a menudo parecían la misma, pero, al abrir el sobre cerrado, el momento suspendido entre lo de fuera y lo de dentro, sentías un soplo de intimidad incomparable a las virtuales en serie.

Los británicos siempre han sabido abonar la tradición con la audacia. En un país donde tener papel de seda con firma propia y sobres con iniciales –y forro de color– es de una absoluta normalidad, no es difícil entender que se gasten algo más de 380 millones de libras en felicitaciones impresas. Sin embargo, la novedad de la temporada ha sido un modelo que incluye un código QR y permite ver un mensaje personal en vídeo de quien nos manda la tarjeta. Se trata de la evolución 2.0 de aquellos chips que hacían sonar Los peces en el río cuando abríamos las postales navideñas, que mi imaginación sitúa sus orígenes en la época del pelotazo, donde todo tenía que sonar a casino o a cascabel.

Siento envidia de los amigos que siguen mandando felicitaciones de papel y que no son de bancos, mutuas, ni de Frutería Charito. Algunas van con foto, otras con un dibujo infantil o una imagen de Saul Leiter, junto a unas letras escritas a mano, elegidas entre todas para ti. Y ahí está la paradoja: mientras el marketing vende la personalización, la pieza dedicada, la exclusividad para que te sientas miembro de un club privilegiado, entre nosotros empobrecemos la comunicación. Y nos apuntamos un afecto multitudinario, disperso y pseudooriginal, que entre nuestros contactos del teléfono reproduce la manera de actuar en las redes sociales: el bucle. En su cinta Adiós al lenguaje, Godard, pionero en utilizar el vídeo allá en los setenta, alertaba del poder colonialista de la imagen en la comunicación: “Con el lenguaje va a pasar algo...” decía. Y sí que pasó.

[Publicado el 03/1/2018 a las 13:24]

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De la sororidad a la mamarrachada

Habrá que analizar detenidamente cuáles han sido los factores por los cuáles en este 2017 la palabra del año, según la editorial Merriam-Webster, especializada en diccionarios, ha sido “feminismo”, aunque uno destaca entre todos con su rayo de obviedad leonina: Donald Trump. El día después de su investidura, la “Marcha de las mujeres” logró que una de las palabras más desdeñadas –en todos los idiomas–, falseada, peluda incluso, alcanzara su cúspide. Quién lo hubiera dicho, venció a “federalismo”, o “empatía”. El feminismo salió de los márgenes, de las asociaciones de mujeres, los cafés filosóficos, las cátedras de género y las columnas de opinión, y pisó la alfombra roja. Enseguida llegaron las monjas ortodoxas, las que insisten en hablar en nombre todas las mujeres: “ojo con banalizarlo; cuidado con ese feminismo chic de camiseta, una moda pasajera”. La igualdad de las mujeres ha sido siempre un asunto vacilante –cinco pasos adelante, tres hacia atrás–, pero ríete de las camisetas y los hashtags: gracias a su onda expansiva, mujeres de todo el mundo buscaron su significado en el diccionario. Por fin. Hace veinte años, en España el término resultaba tremendamente incómodo y, desde la ignorancia y el prejuicio, producía rechazo. Nunca había estado tan presente entre políticos jóvenes, como Irene Montero, que tan bien argumentan las desigualdades estructurales de la sociedad, que aún debe de empujar para acabar con múltiples brechas. Además de la salarial y la de representación –ya sea en la esfera pública, la universidad o la ciencia, e incluso en el reparto de papeles en el cine–, la del acoso sexual, cuyo combate ha iniciado una carrera sin fin.

Otra de las palabras de este año, cuya actualidad se confunde con una serie de Netflix, ha sido “sororidad” , término robado del convento: del latín sor, cuyo significado es ‘hermana’. El concepto, desarrollado por el feminismo hace años, hace referencia a la “amistad entre mujeres diferentes y pares, cómplices que se proponen trabajar, crear y convencer, que se encuentran y reconocen en el feminismo, para vivir la vida con un sentido profundamente libertario”, según la definición propuesta por la activista mexicana Marcela Lagarde. Y a ese carro se sube la serie “Las chicas del cable”, cuya segunda temporada se estrena en pleno apogeo de la militante sinergia femenina. La plataforma y la actrices, Blanca Suárez, Nadia de Santiago, Maggie Civantos y Ana Fernández, subrayan la imagen de mujeres que no se dejan pisotear, que hacen de la unión su mejor arma, un argumento bien distinto al de esa ficción que ha mitificado los arañazos entre féminas. Nada más lejos de la elegancia con la que muchas protagonistas de ficción asisten a la infidelidad de sus maridos, como ocurre en la segunda entrega de “The Crown”, que ha encandilado con su versión del personaje de la reina Isabel II. En el discurso televisado de la reina, una tradición que este año cumplía sesenta años, hizo un guiño metareferencial a la serie en la que se recrea el momento en el que la monarca decide dirigirse a la nación por televisión con el fin de acercar a la familia real y sus súbditos, de forma que el pasado 25 la reina comenzó su mensaje con las siguientes líneas: “Hace sesenta años, una mujer joven habló sobre la velocidad del cambio tecnológico mientras presentaba la primera retransmisión televisiva de este tipo. Ella describió aquel momento como un hito histórico. Seis décadas después, esa misma presentadora ha evolucionado de alguna manera, igual que la tecnología que describió”. Después vino la declaración de amor y gratitud a su compañero de vida y trono, el Duque de Edimburgo, también muy favorecido en Netflix: “sé que su apoyo y su sentido del humor único seguirán estando tan presentes como siempre”. Único, y siempre polémico, la serie recoge el momento en que, sin sombra de tacto, pregunta: “Eres una mujer, ¿verdad?” al recibir un regalo de manos de una keniata. A buen seguro conoce el afilado pensamiento de Bacon: “la imaginación consuela al ser humano de lo que no es; el sentido del humor de lo que es”.

Tampoco Melania Trump suele pasar desapercibida; la Casa Blanca la ha ensanchado, signo visible de que no encuentra su papel. Acartonada, con exceso de peluquería y botox, se ha disfrazado de mamá Noel para estas fiestas, y ha mostrado cómo concibe la decoración al mundo entero. ¿El resultado? “Sobredosis de espíritu navideño”, como ha titulado algún medio su display con decenas de abetos nevados, y niños afroamericanos tejiendo guirnaldas con ella. No obstante, las mamarrachadas de Melania producen compasión, a diferencia de las de nuestras kardashians locales, las Campos, que a golpe de visonazo, gorros de sherpa y botas de après-ski pasean la horterada por Nueva York. ¿Le hacía falta a Tele 5 coronar el año con esa estampa de chocarrería y mal gusto, a esas mujeres tan parecidas a la madrastra y las hermanastras de Cenicienta, buscando un par de zapatos en la Quinta Avenida? El minimalismo, definitivamente, ha sido derrotado en 2017.

[Publicado el 02/1/2018 a las 12:25]

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Fronteras

Vas dejando atrás el paisaje y, a pesar de que lo conozcas al detalle –las torres de la petroquímica que humean al atravesar Tarragona, las aldeas amontonadas que solapan sus fachadas blancas y pardas alrededor del campanario, los túneles que penetraron las sierras y cuyo paso de la oscuridad a la luz sigue deslumbrándote, la moqueta de espiga amarilla que cubre las lindes del campo hasta tocar vía, e incluso el verde polvoriento de los árboles bajo la niebla, que nunca pensaste que podrías olvidar–, todo pierde nitidez cuando el tren llega a destino. Puedes medio inventártelo, es lo que solemos hacer cuando recordamos. Asumimos palabras que nunca se dijeron exactamente, pero que intuimos que querían pronunciarse. Nos dejamos influir por una foto para amañar nostalgia. Ocurre lo mismo con los rostros que no vemos desde hace tiempo y que, a pesar de sernos tan familiares, se desvanecen en nuestra memoria, incapaces de perfilarlos con exactitud, por mucho que los añoremos.

Recordar es una actividad en la que hay que emplearse con tiento, pues implica tanta exigencia como imaginación. El pasado siempre se trastoca al reconstruirlo. Por ello, los paisajes físicos y los imaginados son igualmente plásticos en nuestra percepción. A veces recordamos cosas que nunca sucedieron de la forma en que las evocamos, pero ya se han convertido en parte de los mitos que nos explican. Y nos agarramos a ellos, sabiéndonos incapaces de recuperar la factualidad de los hechos. El mundo real con frecuencia nos expulsa de sus costuras, de forma que edificamos un paisaje interior habitado por la ­misma voluntad con que seguimos las instrucciones de un medicamento: “mantener en lugar seco y seguro”.

Acaba el año, y resulta algo parecido al final de cualquier trayecto. Y aunque los ecosistemas se revuelven, y determinadas barreras se desdibujan, especialmente las que tienen que ver con lo temporal y climático –la de día-noche, la semana laboral, la sensación de invierno-verano– o las tecnológicas, otras se levantan, casi siempre políticas (ergo económicas), que amenazan con agrandar la brecha que separa a los buenos de los malos, aunque esa percepción dependa de qué lado hayas caído: del de los ricos o los pobres, los mexicanos o los americanos, los españoles o los catalanes… Tras dejar atrás el paisaje del año que se despide, buscaremos un horizonte en el 2018 que nos sirva de acicate, de zanahoria al final del palo, para coger impulso. Pero ¿qué es, si no, el horizonte?, ¿un límite visual, un efecto óptico? “El horizonte está en los ojos y no en la realidad”, decía sabiamente Ángel Ganivet. Igual que los recuerdos, igual que las fronteras.

[Publicado el 27/12/2017 a las 15:54]

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Juanita y Ramón

Cada Navidad, después de comer, con el mantel mojado de cava y un reguero de migas del turrón de Alicante, ella abría la caja de los habanos y él escogía uno, entre la avidez y el cálculo. Los niños esperábamos con ansia la vitola, el colorido anillo de papel que garantizaba su procedencia, y luego nos quedábamos embobados mirando como Juanita desvirgaba el puro: mascaba las hojas quebradas del tabaco en su boca, ensalivaba lo justo, y cuando ya estaba listo, lo encendía con una mecha alta y anaranjada. Tras aspirar dos caladas, se lo pasaba a Ramón, goloso del humo que saborearía en boca, y tras las primeras volutas redondas, él echaba la espalda hacia atrás y el mundo se convertía un lugar de mayores que algún día también sería nuestro. Era entonces cuando Ramón y Juanita se cogían la mano, igual que una pareja de jóvenes. Fue nuestra primera lección de amor y resistencia. Habían pasado una guerra: mataron a los suyos en la cuneta, soportaron nieblas espesas, la cárcel, el hambre, los estraperlos para sobrevivir. Y aun y así, ella nunca abandonó la belleza, los versos que escribía de joven, la idea de la felicidad al alcance de la mano, como esas cajas de galletas variadas que eran su festín. Él fue soltando los lastres que tanto había glorificado y redujo su vida a dos actividades diarias: tocar el piano y criar conejos; ella, que siendo madre numerosa tuvo criadas y cocinera, se pasaba la mañana barriendo. Me costaba comprender por qué lo hacía sin descanso, hasta que mi madre me descubrió su treta: “Es su manera de escuchar el piano”. Nosotros vivíamos en el segundo piso, ellos en el primero. Cuando me enfadaba con mis padres, me refugiaba en su comedor ante su regocijo. Por supuesto, siempre me daban la razón, me ponían el plato de la cena y, en una ocasión, ya jovencita, mi abuela me llamó en secreto a su cuarto, abrió un cajón y sacó un paquete de Winston: “Te lo traje de Andorra, ¡pero no te vicies, eh!”. Cuando celebraron las bodas de oro asistimos a una misa en una pequeña capilla; al terminar, él fue hacia el órgano y se agarró al bolero ante Cristo y su amada: “Solamente una vez”…

Recuerdo otra ocasión en que regresamos de viaje antes de hora, y me los encontré bebiendo una botella de champán y desenvolviendo el surtido de galletas Cuétara como unos abuelos traviesos. Ramón había tenido siete vidas, accidentes y reveses. Juanita, que había estudiado con las monjas dibujo y literatura, era diabética. Sólo le tenía miedo al fuego. Nos instruyó a mojar los ceniceros antes de vaciarlos en la basura. Leían el periódico con lupa. Ella a veces le decía: “Por qué no tocas un tango…”. Hace demasiados años que ya no se sientan a comer con nosotros en Navidad, que no escuchamos en su piano a Piazzolla o el Ave María de Schubert, sin embargo permanece intacta aquella escena de amor que no he vuelto a ver en mi vida: cuando ella le encendía su habano.

[Publicado el 26/12/2017 a las 12:03]

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Carmenismo y poesía

Poetas que huyen de la marginación romántica.Conducen, corren, hacen cola, tienen hijos, besan, toman cañas, escriben sin respiraciones lentas. Hubo un recital sabatino de puente aéreo en la Residencia de estudiantes de Madrid, ese lugar al que siempre hay que regresar para entender quienes fueron los primeros modernos. Joan Margarit y Luis García Montero leyeron sus versos en catalán y castellano. Luego lo replicarían en Barcelona. Hay que vivir para escribir: la suya es una poética de la experiencia. Los presentó el profesor y crítico Jordi Gracia: “Son poetas líricos que van más allá de sus desasosiegos privados e inquietudes íntimas; en ellos hay un intento de comprender la realidad pública, de solidaridad y reacción ante los cambios”. Y alertó acerca de la actual desubicación social y política de García Montero, y de la herida que no cierra, la de estar vivo, del gran Margarit. En uno de sus últimos poemas –perteneciente a “Un hivern fascinant” (Proa)/ “Un invierno asombroso” (Visor), curiosa traducción del adjetivo–,recuerda a su abuela meando de pie, abriendo las piernas bajo las faldas: “Fue ella quien me enseñó que el amor es/ claridad y dureza al mismo tiempo,/ que sin coraje nadie puede amar/ No era literatura: no sabia leer”. Entre el público, Juan Cruz, Ángel Gabilondo, Basilio Baltasar, Almudena Grandes, Julio Rodríguez –ex Jemad y ahora Secretario General de Podemos Madrid– o Alicia Gómez-Navaro, directora de la Residencia, aplaudieron el aforismo de Margarit: “la libertad es una librería”. Y en pleno clima electoral, se evocó el diálogo progresista español, y también al agitador Ángel González, del que su hijo literario, García Montero, recordó que “conviene aprender a perder para no darse nunca por vencido”.
 
Manuela Carmena debe de hacer suyo este mantra. En su gobierno totum revolutum la batalla es continua. Madrid está dividido entre los que están con la alcaldesa y se tronchan con la parodia que Joaquín Reyes hizo de ella esta semana en El Intermedio –“Soy Carmena, jueza importadora de la democracia, alcaldesa y abuela de todos los madrileños, incluida Esperanza Aguirre”–, y aquellos que no pueden ni verla pero fingen respetarla –“ella es una buena mujer, pero tiene a su alrededor a un equipo de radicales ineptos”, argumentan–. El pasado lunes, destituyó al responsable del Área de Economía y Hacienda, Carlos Sánchez Mato, después de que el edil, que lideró la bronca con el ministro Cristóbal Montoro a santo de la intervención de las cuentas del consistorio de la capital, anunciara que no apoyaría el plan de ajuste municipal. “No puedo permitir que el edil de Hacienda no apoye su propia propuesta”, razonó Carmena al comunicar uno de esos movimientos de ajedrez político que no dejan contentos ni a propios ni a extraños. En su lugar nombró a Jorge García Castaño, hoy en día errejonista y fiel servidor de la alcaldesa, pero vinculado desde su militancia universitaria a IU. Su designación consolida el ascendente de Podemos dentro del gobierno municipal, y, al mismo tiempo, refuerza su control sobre dicha concejalía, clave en el futuro del proyecto que encabeza, si es que por fin anuncia su candidatura a las elecciones municipales de 2019 y logra revalidar el cargo. Cierto es que la crisis que Carmena tiene sobre la mesa, con ocho ediles que se revuelven contra ella, parece sacada de un drama shakespeariano, pero no debemos olvidar que la ex jueza ha conseguido romper con aquella desencantada definición de Paul Valéry de la política: “el arte de impedir que la gente se entrometa en lo que le atañe”. Es decir: de desactivar a jóvenes tan ambiciosos como amateurs.
 
Podríamos recomendarle el mantra del poeta a otra madrileña de pro afín al carmenismo, la reina de la Puerta del Sol: Cristina Pedroche. La celebrity vallecana encarna, junto a su marido, el cocinero David Muñoz, el populismo con chándal de táctel –“el traje regional de Vallecas”, como le dijo al Gran Wyoming ante la indignación de muchos de sus vecinos­–. Mimada por las marcas de medio pelo, e imagen del perfume Sex Symbol, ahora se prepara para dar de nuevo las campanadas “He construido un evento. Ahora no es sólo comerse las uvas, es criticarme para bien o para mal”, ha asegurado, añadiendo que se vestirá como le dé la gana.

En cambio, en los rastrillos benéficos propios estas fechas, el de Nuevo Futuro, con la infanta Pilar y su hija Simoneta Gómez-Acebo a la cabeza, o el de Carmen Lomana, las señoras visten a medio camino entre la burguesía vallisoletana de toda la vida y la chaqueta típica de Bavaria. Revolver, comparar, curiosear, enredar… un mercadillo, decía Dubravka Ugrešić, es la lección más breve y eficaz sobre la vida humana: “una sesión de psicoterapia, un encuentro delirante con uno mismo”. No le falta razón. En los mercadillos navideños, la cursilería es bienvenida en forma de delantales de dama solidaria, cachivaches dorados, zambomba y jarana almendrada, además de ese hilo musical navideño que se repite año tras año, y que a nadie le parece mal. 

[Publicado el 23/12/2017 a las 09:55]

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Emojilandia

Formo parte de esa escasa minoría que no utiliza emojis para comunicarse, aunque en absoluto los desprecio. Su alcance es gigantesco, llegando a empequeñecer la hegemonía del inglés. Para algunos, vienen a representar el lenguaje corporal en la era digital: muñequitos hiperexpresivos capaces de inferir matices emocionales a la escritura precipitada, desprovista de la inflexión necesaria para interpretar algo tan básico como simpatía o antipatía. Pero, por mucho que me manden el morrito fruncido con un corazón, yo sólo me siento besada virtualmente si leo “un beso”. ¿Qué podría decir del vigoroso bíceps hinchado que, lejos de reconocimiento, suena a chanza porque los esfuerzos a los que suele referirse nada tienen que ver con el sudor? O de esa palmada con vibraciones azules que ni de lejos suplirá el goce de leer “¡bravo!”, palabra ancha y universal como pocas.

Las atropelladas relaciones sociales no sólo se apoyan, sino que se estructuran hoy a través de una pantalla de teléfono. Entre quienes me envían emojis, destacan una profesora de universidad, un médico, una señora de 76 años, un poeta, una antropóloga, un agricultor y casi todos los menores de 40 con quienes me relaciono. Hay que reconocer que algunos emoticonos contienen un campo semántico bien atractivo, como el Travolta o la flamenca, que lleva la alegría de los lunares y las castañuelas allende los mares, pero, por lo general, son una forma trivial y a la vez aséptica de comunicar emociones. Es curioso recordar su origen: según contaba Fred Benenson en la revista Slate, fueron añadidos al sistema operativo IOS 5 con la intención de que sus usuarios pudieran tener conversaciones más largas. Pero, en un efecto bumerán, se logró todo lo contrario: excusar la pereza mental que muchos sienten al buscar la palabra exacta.

Para los más papistas, su expansión es alarmante, una afrenta al lenguaje normalizado justo cuando el analfabetismo parecía casi erradicado. Ahora, termina el año y la RAE informa de que la palabra más buscada en su diccionario ha sido haber. La explicación no es existencial, sino tristemente ortográfica. A pesar de que un puñado de ridículos resistentes nos opongamos a los modernos pictogramas, algunos investigadores, como el lingüista Vyvyan Evans, nos recuerdan que el 70% de nuestras interacciones diarias tienen que ver con el lenguaje no verbal. Nos expresamos a través de gestos y señales que, lejos de ser sostenidos por la palabra, la completan. Y puede que en tiempos de posverdad esté más de­valuada que nunca, pero ahí va un dato imbatible: las caras felices representan casi la mitad del uso de emojis, mientras que los gestos tristones y enojados no ­llegan al 15%. La contrariedad sí tiene quien le escriba.

[Publicado el 20/12/2017 a las 16:25]

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Desalientos

La publicidad blanca tiene doble forro. Sin apuntar a nadie, consigue encender las redes, ofende sin saber a quien ni por qué, y a pesar de su corta inversión, logra altos réditos de po­pularidad. Basta cruzar el jardín de lo políticamente correcto para con­vertirse en trending topic, aun a riesgo de enmugrecerse, porque, al fin y al cabo, aquí se redime hasta el más mugriento.

El anuncio de una cadena de hamburgueserías en busca de repartidores cultos, que canten sonatas, lean a Joyce, calculen integrales, diserten sobre el contexto político y tengan destreza con los videojuegos se ha viralizado, provocando a todo tipo de moralistas. Cómo desentenderse de ese chaval que reparte comida montado en bici y huele a intemperie que un día soñó con analizar moléculas en un laboratorio. Es probable que los audaces directores de la campaña de marketing hayan ignorado la mancha: más de un millón de parados, de ciudadanos que ya han perdido la fe en las ofertas de trabajo y a los que tan sólo la red familiar o los buenos amigos conseguirán sacar de esa muerte en vida. Aunque el doble forro de esa publicidad evidencia una realidad molesta que damos por hecha con resignación desteñida: España es el país de Europa con más universitarios en trabajos rudimentarios. Aquí, los trabajadores tenemos un elevado nivel formativo en comparación con la media europea, pero, después de verle la cara a la desesperación, muchos terminan ocupando puestos para los que no hubiesen necesitado ni el bachillerato.

Los he conocido: biólogos que responden al teléfono en call centers, poetas que suben y bajan taxímetros, ingenieros de todo tipo reconvertidos en comerciantes o periodistas que acaban redactando notas de prensa sobre un colirio. El desajuste de la sobrepreparación late en muchos gestos cotidianos. Se preguntan: ¿por qué necesitabas traducir a Séneca o empollarte las genealogías de todas las monarquías europeas si ibas a acabar de vendedor de telefonía móvil?

En qué mente podría caber que el conocimiento fuera un hándicap. Pero así lo afirman los políticos y sociólogos que corroboran el “problema de la sobrecualificación”. Es insolente ese horizonte en el que agregar mayores –y más diversificados– conocimientos resulta una desventaja comparativa. En la industria, el comercio o el transporte, más de la mitad de los estudiantes con un título superior acaban aceptando puestos que no exigen titulación alguna. Empleos mal pagados, alienantes, ocho horas caídas en un saco de tiempo roto, capaces de malograr las buenas rutinas. Este anuncio grosero banaliza la precarización, aunque también la subraya: somos junto a los búlgaros, lituanos y griegos, los que acusamos mayor brecha entre ricos y pobres. Y de paso se echa unas risas acerca de todos esos jóvenes sobradamente preparados, que un día fueron llamados JASP y hoy reparten las cuatro quesos de masa fina.

[Publicado el 18/12/2017 a las 17:05]

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La edad de las joyas

Hay un momento en que las mujeres empiezan a observar las joyas como nunca antes lo habían hecho. Coin­cide sabiamente con la madurez, y resume un estado de ánimo, también la consta­tación de que la felicidad imaginada acabó posándose sobre su dedo anular. Y, aun así, no basta, pues la felicidad siempre ocurre cuando la disfrutas, no cuando la tienes al alcance de la mano y no la puedes tocar.

Las he visto embobadas por el reflejo de una piedra propia o ajena, y mover la muñeca adivinando el clin-clin de las pulseras, que les alivia el peso del día. Algunas se tocan las orejas con frecuencia, temerosas de volver a perder un pendiente. No es dolor ni pena. Tampoco avaricia. Perder una joya apreciada es una derrota. Como si, al extraviarse ese talismán secreto, dimitiera una parte de ti que durante un tiempo se simbiotizaba con aquel anillo que te perfilaba gracias a su costumbre, igual que el color del pelo.

Las joyas encapsulan un amor tocable y accesible. No siempre permanece viva la historia que contienen, porque más allá del mensaje con que las recibiste, aquel anillo de pedida, aquellas cursilonas pulseras apodadas nomeolvides, o unos pendientes comprados en un mercadillo azteca, van contigo a todas partes. A menudo ocurre que el anillo se ha enroscado con tal costumbre en el dedo que, cuando no lo llevas, te sientes extraña. Peor que si hubieras olvidado las gafas. Tu dedo se siente huérfano, incómodo, y hasta que introduces el aro en él no se queda complacido. Las mujeres aprecian muy concretamente las joyas, se hacen halagos, y al tocarlas corren unos segundos de electricidad sobre la piedra azul, el aguamarina o la gota roja del rubí. No importa que sean falsas, o mejor dicho de fantasía, dulce eufemismo del cual Coco Chanel fue su más ferviente defensora, pues aseguraba que las joyas fastuosas eran un signo de que la mujer quería convertirse en objeto del hombre, mientras que consideraba mucho más chic la bisutería. “Lleva más adornos que un árbol de Navidad”, decía, y hoy lo seguimos repitiendo, condenando el mal gusto de lo excesivo.

En los años noventa, escuché en París que la edad para llevar brillantes coincide con el volumen de los bolsillos de una mujer: cuando los puedan comprar. Se sobrentendía que difícilmente sería antes de los cuarenta. Hoy, la generación posmileurista que ha tenido que empeñar sus cuatro alhajas para poder comer barre esa teoría retributiva según la cual a más edad, mayor prosperidad. La crisis ha exigido que muchas poseedoras de joyas terminaran vendiéndolas en un heroico acto de desprendimiento, la estrechez asfixia. Aunque el oro nunca debería ser un valor más estable que los sentimientos que un día revistieron aquella pieza, una vez convertida en el pan de cada día.

[Publicado el 13/12/2017 a las 15:27]

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Fuera de juego

¿Cómo se sentiría usted si se supiera el mejor del mundo y lo proclamara a los cuatro vientos? Aceptemos que le han premiado más que a nadie en su ramo, que su virtuosismo le procura ganancias millonarias, que las marcas se pegan para que luzca su logotipo, que tiene una novia que, a la semana de parir, recupera la silueta posando para Hola! y, como detalla el pie de foto, “sonríe tímidamente” –¿quién no querría tener a una novia que sonría tímidamente?– y embute a su bebé en una ranita de leopardo. Sí, es probable que si le ocurre todo esto, su mueca se le congele hasta parecer una máscara. Una máscara de felicidad, porque los días tienen multitud de recovecos, cargados de ese aire de tormenta contenida que se sienta en el comedor y no hay dios que lo eche. Tampoco está dispuesto a cuestionarse qué significa sentirse el mejor del mundo. El mejor es el mejor, y punto. Nunca fue una persona de grises. Ser frontal, eso es, de blanco o de negros, de evidencias, aunque algunas caduquen con el tiempo y se vea obligado a decir que son las cosas las que cambiaron, no su punto de vista sobre las cosas.

Lo que en verdad me pregunto es qué se supone que hay que hacer cuando uno dice ser la repanocha con patatas, un dios en la tierra, y lejos de la modestia que apacigua la borrachera de victoria, dispara una traca de orgullo propio. Pero ¿acaso ignora que sobre los otros cae como una lluvia de las que no mojan? Qué me va importar que usted se sepa el mejor, lo importante es que yo, que nosotros, lo creamos. Que sea capaz de admirarnos la estela de su talento en lugar de alejarse con su arrogancia hasta autoexpulsarse de la realidad, incluso de la humanidad, porque ya se ha situado al otro lado, en el de los excepcionalmente invencibles.

“Respeto las preferencias de todos, pero no veo a nadie mejor que yo. Ningún futbolista hace cosas que yo mismo no puedo hacer, pero veo que hago cosas que otros no pueden hacer. No hay un jugador más completo que yo. Soy el mejor jugador de la historia, tanto en los buenos como en los malos momentos. La gente puede preferir a Messi o a Neymar, pero nadie es más completo que yo”. Son las palabras de Cristiano Ronaldo, publicadas en la revista France Football tras conce­derle su quinto Balón de Oro, que viene a ser el Nobel de escritores, científicos o pacifistas, o el Pulitzer de los periodistas. Cualquiera de ellos que, tras recibir su galardón, proclamara semejante disparate se descalificaría a sí mismo, y no ya por ejercer de pésimo modelo para los chavales, por ególatra y sobrado, sino porque ¿qué paisaje, qué ansia, qué futuro le espera a alguien después de proclamarse el mejor de la historia, con apenas treinta años? No hay peor extrañamiento vital que el saberse insuperable. Sobre todo, cuando el fútbol, como casi todo lo humano, no existiría sin el sentido de equipo.

[Publicado el 11/12/2017 a las 17:03]

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La caja de Pandora

Emmanuel Macron sigue dando la mano como un hipnotizador con maneras de la banca Rothschild. Esta semana en Argelia las daba a pares, igual que si sacara a bailar a los argelinos. Y les decía a los jóvenes que superaran traumas, que no él sino Francia -esa era la sinécdoque empleada por Luis XIV- quiere tratarlos de tú a tú, sin condescendencia ni paternalismo: algo muy parecido a lo que reclaman las mujeres a las que Time ha dedicado su portada. También hay ahí un juego lingüístico, una monumental personificación: no son ellas las protagonistas del año sino “el silencio roto”. Concepto y poesía. Macron y Time viven en el mismo campo semántico, en el canal del “you”, o en el de Netflix, y por ello no sudan. Lo corrobora otro Emmanuel, Carrère, el rey de la no-ficción, el escritor que nos sacudió con "El adversario", nos enamoró con "Una novela rusa" y casi nos hizo rezar con "El reino". En la revista Letras libres, Premio Nacional de fomento de la lectura, una pequeña isla de papel comandada por Daniel Gascón con buen gusto y mestizaje literario, el escritor publica la crónica de una semana con el presidente, a quien acompañó en varios viajes oficiales. Previamente había sido publicada por The Guardian, pero Gascón ha conseguido la versión original íntegra.
 
Cuenta Carrère que, en el fango de la desgracia antillana causada por Irma, todos marcaban la húmeda aureola bajo la axila menos Macron, impecable camisa blanca de la mañana a la noche. “Al verlo, recordé los créditos iniciales de la serie The young pope, donde Jude Law avanza de perfil con una sotana inmaculada, como sobre una nube, en cámara lenta, ingrávido, y en un momento se vuelve hacia el público para guiñarle el ojo. Macron guiña el ojo a menudo. Me lo guiñó a mí. Al margen de lo que uno piense de él, al margen de que veamos su advenimiento como un milagro político o como un espejismo destinado a disiparse, todo el mundo está de acuerdo en una cosa: seduciría a una silla”. Cuidado con personajes llamados magnéticos. Algunos salen bien parados, es el ejemplo de Obama, pero la mayoría esconden trampa. El exceso de encanto mata. Aquel joven de pequeñas patillas que se sumaba al equipo de Hollande ganando un 90% menos que siendo banquero, ha empezado a desinflarse. Aunque, a diferencia del “hombre normal”, como se autodefinía François, Emmanuel vende maneras de superhéroe.
 
Recuerdo la media noche en blanco que pasé cuando me llamó la guardia pretoriana de Lagerfeld minutos después de que el telediario francés se hiciera eco de una entrevista que acaba de publicar en España, en la que tildaba a Hollande de idiota, por gravar con mayores impuestos a la industria del lujo. Tuvo que matizar: la culpa siempre la tiene el contexto. Esta semana Lagergeld recibió un solapado homenaje en su Hamburgo natal durante su desfile, en la Filármonica de Elba, denominado "Métiers d´Art", un tributo a los bordadores de la Maison Lesage y el Atelier Montex, o  los sombrereros de la Maison Michel. Cada invitación iba acompañada de la tradicional gorra marina «Elbsegler». Lagerfeld cree que Hamburgo, mucho más interesante que Berlín, es la nueva capital europea, y la reivindicó, confesándose un extranjero en su ciudad natal.

Karl sólo lee poesía en versión original. En música, a la manera foixiana, le exalta lo nuevo y le enamora lo viejo. A modo de apertura para su desfile, la orquestra interpretó "La Paloma", del vasco Sebastián Iradier. Fue un homenaje a su madre, la mujer más importante de su vida. Lagerfeld es el único modisto del mundo que saca a desfilar a su apuesto chófer y guardaespaldas, Sébastien Jondeau, y que convierte a su gata en objeto de deseo de editoras de moda como Suzy Menkes o Carine Roitfeld. Lily-Rose Deep, Kaia Gerber y Tilda Swinton ejercieron de musas, junto a Kristen Stewart, una de las activistas del feminismo más mediática.
 
¿Quién nos hubiera dicho que precisamente en la era Trump, cuestionado en  campaña por sus delirios machistas, se abriría la caja de Pandora con un alud de denuncias que visibilizan el acoso sexual? En Time aparecen rostros tan conocidos como los de Ashley Judd, Angelina Jolie, o Gwyneth Paltrow, pero también anónimos, como los de la congresista californiana Jackie Speier o la limpiadora de hotel Juana Melara. "Abarcan todas las razas, todas las clases sociales, todas las ocupaciones y prácticamente todos los rincones del mundo. Su ira colectiva ha provocado resultados inmediatos e impactantes", argumenta la cabecera. En España, Ana Pastor entrevistó a Leticia Dolera, quien se define en su cuenta de Instagram como “feminista y mata-zombies profesional”. La actriz y directora, denunció que le habían tocado una teta. Pero en España no se dan nombres, y algunas de las afectadas no quieren alimentar el morbo. Aún así, los suyos ya están en las tertulias del hígado. Esta es tierra de carnaza y huevos carlistas.  

[Publicado el 11/12/2017 a las 16:52]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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