PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 20 de octubre de 2017

 Blog de Joana Bonet

'Gent gran'

Aguardo con delicia las Notas de edición que me manda este periódico, no solo por curiosidad filológica sino porque al actualizar el lenguaje, también se clarifican las brazadas del mundo. Si se nos alerta del abuso de palabras como ‘millennials’, ‘prémium’ o ‘intensificar’, que se han enganchado igual que lapas a nuestro discurso, hay que asumir que su acomodo es un síntoma del espíritu de franquiciado que nos acecha. Que te subrayen el matiz entre gestación subrogada y maternidad subrogada (que correspondería a la crianza) es un claro indicativo de las mudas que adquiere la actualidad. Las antiguamente llamadas “normas de estilo” capturan en tiempo real el habla mediática y/o popular, y asimismo son un espejo de las nuevas necesidades expresivas. De ‘Brexit’ a ‘perro rabioso’, o el sustantivo compacto y normativo de ‘sintecho’, el lenguaje brota de la urgencia del vivir o de la ocurrencia pegadiza –por ejemplo, mileurista–, y una vez reflexionado por sus técnicos, toma una voz entre otras: a poder ser la más honesta, y por tanto la más exacta. La más correcta, aunque lo políticamente correcto amenace al propio lenguaje.
 
Entre estos correos, me llamó especialmente la atención el que se refería al uso de la palabra anciano. Decía así: “Anciano: alerta con esta palabra, si no se trata de una persona de edad avanzada (más de 80) y con las facultades disminuidas: cuarta edad. Siempre es más elegante hablar de ESP: jubilado, persona mayor, tercera edad, una mujer de 75 años. CAT: jubilat, gent gran, tercera edat, una dona de 75 anys, un avi…”. Lo primero que pensé es que como puede diferir tanto el peso de la palabra “abuelo” para referirse a una persona mayor (y además, casi siempre a gritos) de la catalana  “avi”, que evoca las habaneras y el fuego de leña. Pero en seguida centré el asunto: cuán chocante sería llamarle hoy anciano a Mario Vargas Llosa o anciana a Sofia Loren, y con que prisa nombramos así a aquellos que no tienen foto ni caché, tan solo edad.
 
Las personas mayores son acaso el grupo más invisible de nuestra sociedad, que en cambio envejece sin freno, a punto de convertirse en una gerontocracia. No todos son buenos, pero muchos de ellos siguen ávidos de experiencias. Atesoran la eternidad del momento. Se ríen con mayor facilidad que los jóvenes vetustos, también son más desinhibidos, te miran a los ojos, y no amagan el sentimiento. Su opinión siempre contiene un ángulo, igual que un calzador que facilitara el encaje de las ideas, aunque se repitan. ¿Quien no lo hace? Detesto que se les utilice para hacer chistes, para reírse de su lentitud o su desapego al presente, porque me gusta escuchar a los viejos livianos de chaqueta de punto con coderas, o a las octogenarias que calzan deportivas y se pintan los labios. Su lúcida testarudez escapa a cualquier etiqueta. Tienen años, sí, pero no son ancianos.

[Publicado el 27/3/2017 a las 16:24]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El Loewe da de comer

El brote primaveral ha despertado a los jazmines. Pero ha sido un espejismo, un regalo frugal; en menos de veinticuatro horas pasamos del sol de verano a la nieva navideña . En las calles y en la radio se habla del tiempo, además de la contienda fratricida socialista y de los meapilas de derechas, que es como se denomina aquí a los píos devotos que quieren poner de moda la misa. Se trata de una expresión muy castiza que antaño designaba a los santurrones que de tanto persignarse con agua bendita creían que la orinarían. La nueva generación toma impulso en las redes sociales, protestando por la posible eliminación de la misa televisada de La 2. La capitanea Tamara Falcó, secundada por su hermano Duarte –ese nombre tan castellano, como Lope o Mencía, que parecen apellidos–. El pasado miércoles me encontré a los padres de Tamara, por separado, por supuesto. Su madre, Isabel Preysler, es una agnóstica confesa que ha sucumbido a la espiritualidad y carnalidad literaria. De nuevo vive asediada por los paparazzi, que quieren fotos de ella y ‘el Nobel’: así le llaman a Vargas Llosa sus íntimas. El padre de Tamara, el Marqués de Griñón, fue uno de los últimos invitados en llegar al Palace, donde se celebró Premio Loewe de Poesía, uno de los saraos que solo se puede entender en Madrid. ¿Qué hacen en un mismo salón Jaime de Marichalar, Soledad Puértolas, Modesto Lomba, Laura García Lorca, Marta Robles, María Pagés o el Marqués de Griñón? Le pregunto al marqués y a su joven pareja, Esther Doña, qué poema han leído últimamente: “el que me ha escrito Carlos”, dice ella melosa. Sigo interrogando a los asistentes sobre sus poetas de cabecera, sin demasiada fortuna, hasta que me cruzo con Laura Ponte, modelo, diseñadora, ex emparentada con la realeza y ahora novia de un poeta. “Mi preferido es Pedro Letai, sin duda”. Con su chico –en Madrid se dice así, tengas treinta u ochenta años– va a cursos de poesía y recitales. “Leo a Alfonsina Stoni y me he atragantado de Alejandra Pizarnik, tan poderosa”. Ponte explica que no se había acercado antes a la poesía por pudor, al considerarla un arte elevado. “y de repente ha descubierto que es mucho más modesta que altiva”.

Jaime de Marichalar, en cambio, siempre igual de cuidadoso con la prensa como caústico con sus amigas de la alta sociedad, me dice que la poesía “me aburre que me mata”, que es muy cursi, pero que no lo ponga. Y acaba hablando del independentismo catalán con tan mala cara que refugio en mi mesa, una de las mejores del comedor, con el ‘puto amo’ y editor del premio, Chus Visor, además de Pepe Caballero Bonald y su esposa, Pepa Ramis. Hablamos de la gauche divine versus la izquierda antifranquista madrileña, que también tenía su Bocaccio, aparte del Oliver y del Whisky Jazz. “Pero aquí no se hicieron las fiestas de Barcelona, nos faltaba su decoración”. Me confundo con Juan Van Halen y le pregunto si es ecologista: “yo siempre del PP, hija” responde con cierta melancolía.

Enrique Loewe inventó el Premio hace treinta años y hoy es el mejor dotado de España: 25.000 euros para el ganador, que este año ha sido para el gaditano melómano José Ramón Ripoll. Me cuenta Javier Rioyo –historia viva de la literatura de bare-, que Ripoll pudo vivir gracias a los dineritos que le dieron sus letras para Joaquín Sabina, y tararea “macarra de ceñido pantalón”…Los poetas malviven. Por ello el lujo les parece un regalo de Dios. Del Dios amor y no castigo, del que te acerca un paraíso que no agoniza. “Quisimos acercarnos a la belleza a través del premio, un gran beneficio para Loewe: nos hacía sentir un poco más buenos y más importantes” discurseó el patriarca, acompañado por la presidenta de la Fundación Loewe, su hija Sheila. Ejerció de maestro de ceremonias, Víctor Rodríguez Núñez, (ganador de la pasada edición) que presentó al ganador del Premio a la creación novel, el también cubano Sergio García Zamora con “El frío de vivir”. “Descorteza el poema y hace una poesía abierta al mundo pero no colonizada” dijo del joven poeta que dió las gracias a Loeue”. Las primeras deliberaciones del jurado: Brines, Colinas, Caballero Bonald , tenían lugar en el Lhardy . Entonces presidía el jurado Octavio Paz, que anteponía el cocido a los versos. Este es el único premio de poesía donde te despiden con un regalo de lujo: poetas, periodistas y marqueses salimos comidos del Palace con un pedazo de fular y dos libros.

[Publicado el 27/3/2017 a las 12:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Días sin hombres

Duró años aquello: si en los títulos de crédito no aparecían nombres de mujeres, apagábamos la tele, porque desdeñábamos aquellas películas de aventuras o de ciencia ficción que no contemplaban una relación entre un personaje masculino y otro femenino, preferiblemente una historia de amor, del tipo que fuera. El amor que traspasa la pantalla y nos pone la piel de gallina. El amor que espera, el que sangra. El gran amor que se pierde en una curva de carretera. Incluso en lo que Hollywood denominó Women’s pictures, como la clásica Mujercitas, aparecía algún hombre, aparte del padre de turno. La palabra mixto se agitaba en todo tipo de cocteleras.

Si entonces alguien nos hubiera dicho a nosotras, que aún creíamos en el príncipe azul –e ignorábamos las sucesivas frustraciones que nos supondría perseguir un ideal en verdad tan pordiosero–, que llegarían días sin hombres, hubiéramos peleado contra Goliat y las fuerzas del viento; nos hubiéramos doblegado, heroínas románticas, ante el fatum insípido que nos anunciaba el canto de la Sibila. Días sin caricias en el pelo, ni un abrazo fuerte y cuadrado, sin una mirada capaz de encender las emisoras del cuerpo. El problema es que confundíamos el amor con su ducha química que nos colocaba la endorfina tras la oreja, igual que un clavel. El enamoramiento es suspense y grandeza, todo se empequeñece, el sueño es corto y el mundo te ofrece continuas señales de tu enamo­rado. Suele durar un año y medio en el mejor de los casos, algunos dicen que tres. Luego se sustituye por la unidad familiar o por una estrecha camaradería con momentos eróticos, también en el mejor de los casos. Y una gran parte de las relaciones entre el personaje mas­culino y femenino pierde el guión, y las rutinas pudren lo poco que queda de aquel ardor.

Una vez divorciados, los hombres españoles vuelven a casarse más, y más rápido, que las mujeres. Por otro lado, ellas son más longevas, y por tanto viven más años de viudez, en soledad. Han acabado por enroscarse en ella igual que un gato. La administran con soltura. Algunas tienen amigos, pero se niegan a cocinarles y cederles cajones en el armario. También las hay solteras, las que dicen que “el mercado está fatal”. Sustituyen la falta de varones en su vida por una hermandad de amigas cuyos goces a menudo son extraordinarios, incomparables no con la idea del amor, sino con sus migas. Y por supuesto están los hijos: las madres suelen estar demasiado entretenidas, y colmadas de cariño, excepto cuando se enfría la almohada. Pero, con todo, se dicen que no se trata más que de un instante esquivo, pelusilla comparada con las horas de calma caribeña que suponen unos días sin hombres.

[Publicado el 22/3/2017 a las 16:33]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Envilecimientos

Hace veinte años le pregunté al niño Alejandro, a punto de celebrar su primera comunión, qué quería ser de mayor. No dudó ni un segundo.“Quiero ser famoso”, afirmó. Le reímos la gracia aunque tal vez deberíamos haberla llorado. Aquel chavalín ya había recibido su primer mandato social: destacar, ser notorio, pisar cinco centímetros por encima de los otros. Su ser famoso no tenía nada que ver con el afán de posteridad, el que puede sentir el artesano al pulir un metal que lo sobrevivirá. Era símbolo de estatus y distinción. Entonces el altavoz de la tele amplificó el fenómeno y los chulitos del patio empezaron a gobernar el mundo. Hace pocos días me reencontré con Alejandro, hoy un profesional de éxito, y le recordé su chocante deseo. “Pues continúo queriendo lo mismo”, me dijo entre risas: “Quiero que me den mesa en todos los restaurantes”.

El privilegio, muy erróneamente, suele ser un indicador del éxito. En verdad debe ser fatigoso que te den mesa en todos los restaurantes en lugar de conquistar tu propia mesa. Pasar de ser objeto en lugar del sujeto de la escena. Así de claro lo refleja Lauren Greenfield –una de las 15 mejores fotógrafas del mundo según American Photo– en su último proyecto, Generation Wealth (que podría traducirse como generación de la prosperidad, y lo publica en mayo la editorial Phaidon). Se trata de una crónica de la incansable búsqueda de dinero, posición y fama en el siglo XXI, y su autora nos propone un auténtico walk on the wild side por la brecha de la ambición, mayor que cualquier falla sísmica en un mundo en el que los ocho hombres más ricos del planeta acumulan más que la mitad de pobres: 3.500 millones de personas. Las imágenes flanquean las puertas de la casa de un oligarca ruso cuya biblioteca alberga cientos de copias de un único libro, o las del quirófano de una clínica estética brasileña, donde la delgadez, la rotundidad y la juventud suman ceros agonizantes. Una imagen entre todas ellas, elegida una de las fotos del año por la revista Time en el 2007, produce ahogo. Se titula Versace, y en ella aparecen tres mujeres –descabezadas, enjoyadas y con pechos redondeados– que esgrimen otros tantos bolsos dorados de la marca italiana, como quien blande un salvoconducto en una frontera comprometida. La fotógrafa no juzga importantes sus rostros. Encuadra al sujeto: los bolsos que las llevan, y no al revés.

En el libro se escruta la otra cara de la fama: la de familias abrumadas por deudas inabarcables pero que, aún y así, siguen hipnotizadas por el círculo del lujo. Voltaire, que se hizo rico al descubrir un sistema infalible para ganar a la lotería (amasando alrededor de 7,5 millones de francos de la época), supo marcar otra barrera: “Quienes creen que el dinero lo consigue todo, terminan haciendo todo por dinero”. Esa costumbre que acaba por convertir prosperidad en envilecimiento.

[Publicado el 20/3/2017 a las 14:20]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Funeral a la irlandesa

No hay puente más directo en Madrid que el que une a la corte de aristócratas venidos a menos con el desmelene. En su pasarela no cabe la burguesía insípida: se requiere colorido. Reluce el mismo deje de anarquía en las poses de las señoronas del barrio de Salamanca que en los gays sartorialistas que amaneran el estilo Saville Row. Nacieron para imitar a las damas enjoyadas cuando levantan la copa de whisky sour en Embassy. Teatralmente. En honor a Epicuro. Ambos grupos, el de las doñas con cardados monumentales y el de los barbudos hipsters ataviados con tweeds se han “movilizado” con manifiesto, firmas y elegantes protestas, ante el anuncio de cierre del salón de té más histórico de la capital.
 
Embassy es mucho más que un local pijo-madrileño. No solo por el estilo que le ha imprimido al pulmón de la ciudad (el eje Castellana-Colón) sirviendo deliciosos sandwiches de berros –es único su pan de molde esponjoso y a vez la consistente– con una amabilidad relajada, bien ajena al ruido de la vida, sino porque forma parte de la historia íntima de la ciudad. El local fue abierto, hace 86 años, por la irlandesa Margaret Kearney Taylor, que trasplantó a suelo hispánico el 5 o’clock tea. Divorciada, rica, rebelada contra el estigma que penalizaba a las mujeres solas. En aquel tiempo, a las señoras les estaba prohibida la entrada a los cafés, ese epicentro de la conversación y el pensamiento que hallaba acomodo en las mesas de mármol y las baldosas de damero. Ellas tenían que conformarse con merendar en unas salas del Ritz o el Palace o jugar al bridge o al whist en casa. La gran Margaret rompió la norma bajo la coartada de “salón de té”. Allí reunió a sus contactos VIP, entre ellos Federica de Grecia o la familia Stroganoff . Enseguida sedujo a la jet set madrileña y al artisteo, que iba a tomar sus propias mezclas de té y sus scones, inéditos en la capital, y se sumaron los diplomáticos de las embajadas cercanas. Durante la Segunda Guerra Mundial, los espías alemanes degustaban el excelente cóctel de champán al lado de los británicos. Todos conspiraban mientras se miraban de reojo. El local fue un centro de operaciones clave en la huida de miles de judíos y agentes aliados de la Alemania nazi. Su masa de clientes ha sido tan dinámica y variopinta como la ciudad: desde Vizcaíno Casas, Alfonso Ussía o Miguel de la Cuadra-Salcedo, que no faltaba un solo día, a Elena Ochoa y Sir Norman Foster, vecinos del barrio, Leopoldo Calvo-Sotelo, Elena Salgado o Albert Boadella. Y todo el showbussines, incluidos los toreros. Mención a parte merece Juan Carlos I, uno de sus más fieles. A la tarta de merengue y frambuesa que se sirvió en la boda de la Infanta Elena se la ha acabado llamando “la infantina”.
 
“¡Nos cierran el Embassy!” se lamentaba la clientela fija el pasado miércoles, en su quedada para  “un té fraternal” en honor a la casa, pero los cócteles de champán corrían con dicha festiva. “Embasí” lo pronuncian, porque en esa ‘i’ aguda, como la de Chamberí o Potosí, reside parte de la identidad gatuna.  Se juntaron las de “de toda la vida” y celebrities como Carmen Lomana y Josie, Cósima Ramírez Ruiz de la Prada, con su madrina Piluca, María Fitz James, Fiona Ferrer, Teresa Sapey o Luis Alberto de Cuenca, uno de los redactores del manifiesto en que se reivindican los Santos Lugares de Madrid, y que deplora la pérdida de lugares con significado, relieve y memoria: las pañerías catalanas de Atocha, el Príncipe de Viana o Helen’s. Pero los firmantes también miran adelante: “todavía existen bares en Madrid donde nadie nos llamara ‘chico’, restaurantes en los que no es obligatorio el pez mantenquilla”. Josie, estilista televisivo y uno de los promotores del evento, aseguraba que “nos ha faltado un Errejón que lo organizará. Somos burgueses hasta en la falta de un micro para hablar”. Y añadía: “¿Dónde se puede tomar un café tan elegante por dos euros? Todo el mundo puede pagarse un café en Embassy”. 

Un libro de firmas como los de condolencias en los velatorios corría de mano en mano entre los asistentes. Emoticones llorosos y epitafios secos. El tono de las entradas era solemne y a la vez achispado, un funeral a la irlandesa. Aunque también un réquiem a esas paredes tapizadas de historias donde han comulgado los extremos con tolerancia y cortesía durante las tardes achampañadas. 

[Publicado el 19/3/2017 a las 18:53]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Chiquilladas

“Antes no lo llamaban bullying. Se metían contigo y punto. Tardé en contarlo, pero me marcó mucho”. Quien habla así es un miembro de mi familia. Nunca había escuchado su relato tan detallado. Sus recuerdos se desbocan porque mi hija nos ha cantado el rap del Langui –“Valiente no es ser un chivato, valiente es posicionarse con el humillado”– y explica que ya han dedicado varias clases a hablar del acoso escolar. Tras los suicidios de algunos alumnos, la sensibilidad social se ha desparramado, activándose medidas de prevención en los centros. Pero el nudo más negro del asunto sigue alojado en el silencio. Algo más de un 30% de las víctimas no se lo cuentan a sus padres. El terror paraliza y duele.

Han pasado cuarenta años desde que a Lucía le tiraban piedras. “M’empaitaven”. Se burlaban de ella, le hacían el vacío en el patio, nadie con quien jugar. Un día habló en casa: “No quiero ser la mejor, quiero tener amigas”. La madre se esforzó con las otras madres. Cosas de críos, murmuraban, mirando al cielo con su dignidad perfumada. La pobre niña bonita y simpática, con coletas y flequillo, atlética y frágil, vivía encogida. Perdió la ilusión por los papeles de protagonista, de Pippi Calzaslargas o Heidi. También abdicó de su corona sobre patines y no volvió a interpretar su delicada muerte del cisne. De la misma forma que los asesinatos de mujeres por sus parejas se consideraban crímenes pasionales, aquello eran chiquilladas. Años después, un chico de la pandilla, ya peinando canas, le dijo: “Me acuerdo bien de lo que tuviste que pasar”. Que alguien se lo admitiera, no importaba que hubieran pasado tantos años, cauterizó la herida. Aunque no sé si puede cerrarse del todo. Que tus iguales te roben un trozo de infancia a golpes debe de producir una conmoción eterna. El fantasma de “todos contra una” la inhibió. Evitó los grupos de amigos. “Aquello me quitó avidez, ambición”. Aun así, Lucía salió adelante, infinitamente mejor que sus acosadoras.

Leo historias de chavales que se mareaban al entrar en clase de natación. “¡Gordo!”, “¡ballena!”, esas cosas que dicen los angelitos para fortalecerse en el grupo a cuenta de machacar al más vulnerable. O al diferente. En muchos colegios, a los alumnos con mayor prestigio en el aula se les llama populares. Todos quieren forman parte de su séquito. A veces actúan como jefes de la banda y reproducen la hegemonía de poder que ya han olfateado del mundo adulto.

Han pasado cuarenta años desde que a Lucía le tiraban piedras. Hoy, el empeño de educadores y familias ha logrado que se implementen con rotundidad mecanismos de protección, además de acabar con la tolerancia de tantas presuntas “chiquilladas”.

[Publicado el 15/3/2017 a las 17:23]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Mentes originales

Hubo un tiempo en que se utilizaba mucho la palabra original. Lo era todo aquello que resultaba chocante, provocador e incluso incomprensible. La gente de más edad con ganas de seguir en el mundo se asombraba ante lo nuevo y asentía complaciente: “Mira, ¡qué original!”. Hasta que la iconoclastia juvenil y la audacia de los punta de lanza perdieron fuelle. El mundo se había cansado de sus propias performances, o mejor dicho, las asumía como actos sociales. No sólo el gusto, también las exigencias del mercado se transformaron y empezó a valorarse otra condición: la frescura. Y así, “lo fresco” sustituyó a “lo original” con una aquiescencia entre friki y naif que se disfraza de autenticidad. Tanto es así que los exploradores del abismo hoy se sienten más solos que nunca.

“No existe la originalidad, todo es transmisión y repetición desde el origen de los tiempos”, anunciaba Enrique Vila-Matas en la presentación madrileña de su libro más original: Mac y su contratiempo (Seix Barral). Hubo overbooking en La Central de Callao. La ocasión se merecía un teatro. Matas es un corresponsal en fuga: allí donde va toma el territorio, se ríe serio y recuerda que la inteligencia sirve para divertirse. También afirma que la actualidad no hace más que repetirse, que las noticias siempre parecen las de ayer y que el género de la novela ha caducado. Resulta curioso que la identidad asexuada, el movimiento agender, sea cada vez más aceptado socialmente, mientras se perpetúan los debates acerca de las etiquetas de los géneros literarios clásicos. Vila-Matas, uno de los escritores que ha derribado muros entre ficción y autobiografía, es precisamente quien afirma que la originalidad es una quimera. Todos somos repetidores, modificadores, contamos una y otra vez la misma historia, asegura para introducir al personaje central de la novela, dedicado a reescribir un libro.

Goethe supo ver que “la originalidad no consiste en decir cosas nuevas, sino en decirlas como si nunca hubiesen sido dichas por otro”. No es original el artefacto sino la manera de armarlo o mirarlo. Aunque una aspiración tan humana no podría entenderse sin la amenaza del tedio. Los loros funestos, que se esconden en el lugar común y la palabrería, le niegan la sal a la vida.

Vila-Matas evocó a Petronio, que se suicidó por no poder aguantar más que Nerón le recitara otro poema. “Tener que soportar por largos años tu canto que me destroza los oídos, (...) escuchar tu música, oírte declamar versos que no son tuyos, desdichado poetastro de suburbio, son cosas verdaderamente superiores a mis fuerzas y a mi paciencia, y han acabado por inspirarme el irresistible deseo de morir”, le escribió su otrora favorito en una carta.

Qué buena manera de concluir el acto, pensé, pero Vila-Matas, como se exigen los repetidores originales, traía preparados varios buenos finales.

[Publicado el 13/3/2017 a las 18:08]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El instinto del lujo

El lujo clásico saca pecho a pesar de los incipientes signos de recesión, los primeros desde que estallara la crisis. El sector sigue creciendo, pero con un solo pulmón. Los chinos van controlando su adicción compulsiva a los logos caros, mientras que en España la mentalidad de “marca blanca” ha rebajado el suflé aspiracional. Sólo París puede reivindicar el lujo con la demostración de poder que ha exhibido durante la semana de la moda. Tomar palacios, iluminar con rayos rosa a Mercurio cabalgando a Pegaso, hacer despegar cohetes bajo la cúpula del Grand Palais, convertir los lugares más exclusivos en pasarelas efímeras. De todo eso (y más) es capaz el lujo, a fin de seguir comandando el deseo del consumo. Para vender bolsos, reconstruye las ruinas del Coliseo; para ascender en la pirámide del prestigio, crea fundaciones, compra arte, financia artistas. Y derrama dineros y esfuerzos en una obra única: el desfile, ese ir y venir de trajes delicados para los cuales se crea una performance más perdurable en la memoria que sus fugaces estampados.

Bajo la pirámide del Louvre, que tan bien envejece con el paso de los años, el desfile de Louis Vuitton –la marca más rentable del mundo según el ranking de Interbrand– cerró el pasado miércoles los shows, que dicen los latinos. En la Cour Marly, donde se alojan las esculturas que encargó Luis XIV al final de su reinado para los jardines del Château de Marly, las modelos desfilaron entre Diana cazadora o los Caballos de Marly. Una invitación a la sinestesia, esa orgía de los sentidos que procura la fusión de las artes. En la moda de París, mujeres sin referencias de época o influencias, demostraron que la batalla por la igualdad se combate hoy en las calles y en los podios. El feminismo, por primera vez en la historia, es chic. Las referencias no son las sufragistas ni las andróginas: lo folk y lo futurista, lo delicado –sin asomo de fragilidad– y lo urbano quieren alcanzar el estado de looks icónicos. Entre los famosos asistentes, estrellas de cine: Alicia Vikander, Michelle Williams o Léa Seydoux, y el mandamás de LVMH, Bernard Arnault, con su clan familiar. Hasta los cronistas norteamericanos, que bastante tienen con el pulso que la moda made in USA le está echando a Trump, se han dado cuenta de que la lucha por la igualdad femenina “ha sido un subtexto común en casi todas las nuevas colecciones” como afirmaba Vanessa Friedman en The New York Times. Nada más llegar a Dior, Maria Grazia Chiuri, la primera diseñadora de la Maison, lo dejó claro con una camiseta blanca de algodón con un eslogan estampado: “todas deberíamos ser feministas”.

Pocos días antes, en el Museo Jacquemart-André se inauguraba la primera exposición pública del impresionante catálogo de Alicia Koplowitz: “De Zurbarán a Rothko”. Decía Honoré de Balzac que la mejor forma de pasear el verdadero estilo es “pasar notoriamente desapercibidos”. Tal es el gusto de Alicia Koplowitz por la discreción, que nunca se ha dado la importancia que le otorga su colección de arte particular. Filántropa como su hermana y activa en obra social y cultural, la exhibición de sus obras –repartidas normalmente entre su domicilio madrileño, en La Moraleja, y la sede del Grupo Omega Capital, que creó y preside– fue una muestra de sensibilidad artística, aunque con bajo perfil mediático. Alicia no concede entrevistas. Empezó a coleccionar a los diecisiete años, una porcelana de Sèvres. “Cada una de las obras que he adquirido ha provocado en mi un cierto tipo de emoción, e incluso de pasión, en altas dosis”. En España, como suele ser habitual, nadie le había propuesto exhibirla. “Es enciclopédica y por tanto, excepcional, porque son pocos quienes tienen esa pasión que permite coleccionar obra de 400 años y tener el mismo interés por lo moderno y lo contemporáneo. Mirar al pasado para entender el presente”, explica Almudena Ros, conservadora de la misma. En Art Price la definen como “una de las coleccionistas más influyentes del mundo”. Y aseguran que “su colección revela su exquisito gusto, su sensibilidad y su instinto artístico excepcional”. Y aquí sin enterarnos, perdidos en la galaxia a la que Karl Lagerfeld apuntaba en el desfile de Chanel, haciendo despegar un cohete y demostrando una vez más que la nostalgia no se sirve en su plato. Que, a diferencia de la melancolía, es pastosa e estéril. Con la voz de Elton John cantando “Rocket man”.

[Publicado el 13/3/2017 a las 18:07]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Tiempos groseros

En la estación, la mujer me pide el billete con cara de perro. No dice ni “gracias” ni “pase”, tan sólo me empuja hacia adelante. No soporto que invadan mi burbuja proxémica, es decir, que rompan mi espacio íntimo, y menos que me toquen extraños, sean hombres o mujeres. Le pregunto que con qué derecho me pone la mano encima. Chasquea la lengua, masca el chicle y mueve la cabeza. Añado que no hace falta actuar con grosería y entonces demuestra que ha renunciado al autocontrol. Grita: “La mal educada es usted”. Así suelen zanjar nuestras recriminaciones las personas descorteses que nos atienden, rebotando el dardo a modo de ­respuesta.

En el puente aéreo, no veo a la guardia de seguridad que suele cachearme. Llevo una prótesis, y por tanto estoy obligada a demostrar mi inocencia en cada vuelo: debo admitir que me palpen por encima de la ropa. Lo suelen hacer con educación, incluso con algún chiste para destensar la violencia del acto. La guardia de turno pasa sus manos entre la cinturilla del pantalón como si fuera a desgarrarla. No sé qué quiere demostrar, acaso que tiene más poder que yo. Bromeo; podría tratarse de una escena de las 50 sombras de Grey, y por supuesto el chiste la ofende.

La grosería representa desamparo y desnudez. Ni el conocimiento ni la sensibilidad han podido vestir a aquellos que se escudan en su capacidad resolutiva, sin contemplaciones, a fin de justificar sus penosos modales. Carecen de interés por la espuma de los días: ese intangible que educa la mirada y los sentidos. La grosería es cortoplacista, ansiosa, precipitada, imperiosa. Pero a la vez plantea una desconsideración con uno mismo, porque tratar mal a los otros nos retrata vulgarmente. Claro que hay una élite para quienes la grosería proporciona un sentimiento de liberación, ya que plantea una transgresión a lo establecido. Sólo que hoy vivimos en una de las épocas más relativistas –en lo que a normas y códigos se refiere– de la historia, por lo que el concepto de transgresión se ha banalizado. Baudelaire paseando con el pelo teñido de verde por los Campos Elíseos escandalizaba a sus contemporáneos, mientras que hoy nuestro ojo se ha acostumbrado a atuendos de cualquier índole, al igual que nuestra moral. Y si bien, por un lado, se ha aceptado mayoritariamente la diversidad sexual, también se ha convertido en costumbre que nadie ceda el asiento en el metro a una persona mayor o una embarazada, o que la gresca esté instalada en nuestro día a día con firmeza: boutades, insultos y piedras en las redes. Tanto han cambiado las cosas que un estudio realizado por cuatro universidades –Maastricht, Hong Kong, Stanford y Cambridge– podría dar al traste con la condena social a las palabrotas, puesto que sostiene que las personas que dicen tacos o juran en arameo resultan más honestas. ¿Por qué el mal gusto siempre acabará relacionándose con la sinceridad y la buena educación con la cursilería?

[Publicado el 06/3/2017 a las 12:17]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Frou-frou en la Residènce

Es mediodía, febrero con sol, los almendros han florecido y su milagro anida en el ánimo de la gente que aún mira los árboles. La flores blancas, rosadas revientan, inmutables al ruido de la vida. Es la promesa de vida (no teu coraçáo), igual que las de las “Aguas de marzo” que cantaba Elis Regina con Jobim. Hoy suena rap. Rubias con gafas de sol grandes, fulares de colores –y alguna con cuello de zorro– y asidas freudianamente a un bolso caro –o un fake fino– aguardan a que abran las puertas de la Residencia del Embajador de Francia. Le dan su nombre a la azafata de la puerta y se escuchan, uno tras otro, los grandes apellidos de la alta sociedad madrileña. En la Residencia, Yves Saint-Geours y señora han forrado las paredes con telas de Pierre Frey, descolgando los cortinones de seda brocada en verde y oro, justo ahora que Donald Trump ha colocado cortinas doradas en su despacho oval. Han traído también dos tapices inspirados en las “Femmes à leur toilette” de Picasso, que estarán en la capital mientras se restauran las tapisseries del siglo XVII que ocupaban las paredes de la casa del embajador. Hay que refrescar la grandeur, Hollande es un hombre normal, y aún preside el Elíseo. Menos Luis XVI y más Philippe Starck. Es jueves y el palacete de Serrano se ha convertido en un salón de modas en honor a Marta Rota, cuarenta años al frente de Tot-Hom, una de las últimas de su especie. Hace siete que abrió tienda en Madrid. Se le lanzaron al cuello. Ana Gamazo, Patricia Rato, Ana Botella, Cristina Yanes, Marisa de Borbón, Isabel Preysler y sus hijas, Ana Belén, a quien ha hecho el vestuario de su última gira… Antes organizaba desfiles enseñoreados en el Palace, pero debía pisar territorio francés, evocando los ateliers de Valentino o Givenchy, donde memorizaba cómo picaban los hombros o cortaban al bies, junto a su madre, Margarita Jovani, que vestía a la alta burguesía catalana. Marta montó su propia tienda con quince años. Dice que jugaba a vender. Un día le preguntaron cómo quería que se llamara la tienda, y ella dijo “que tothom li digui com vulgui”. Pues la llamaremos ‘Tot hom',  dijo un colaborador. Y le puso un guión.
 
Una chica con botas de plataforma lleva un caniche blanco, es su mejor accesorio. En primera fila, parece ser alguien aunque no tiene negrita. Las clientas anónimas son las más excéntricas. Llevan sombreros estilo Ascot o liftings estilo Joan Collins. Ana Rosa Quintana, la periodista, calza unos zapatos atómicos de una tienda de León que trae cada temporada su muestrario a una suite de Hotel Adler, y se lo rifan porque todo lo que huele a venta privada, aquí fascina. Begoña y Mar García Vaquero –señora de Felipe González– conversan con Lola Suárez, una de las diosas –la más discreta– de los salones de Madrid. Beatriz de Orleans, que llega de esquiar y va en anorak, Carmen Lomana, la mujer de Lecquio, María Palacios, y la siempre alta (en todos los sentidos) Bibiana Fernández, que dice “me vuelve loca Tutjom”; habría que pagar por escucharla pronunciar Tot-Hom. Sisita Milan del Bosch y Pilar Sanz Briz son históricas. Sisita fue musa umbraliana, que escribió de ella que sus piernas eran líricas, mientras que Pilar, hija del diplomático Ángel San Briz, el llamado ‘ángel de Budapest’ por salvar a miles de judíos de los campos nazis, se crió en África. Le pregunto a Sisita si el broche de la pantera que refulge en su traje azul bruma es de Cartier. “No, es falso”, me contesta. Pilar se casó de Pertegaz, Sisita de Balenciaga. Ambas defienden la palabra vintage, que pronuncian igual de snob que “tothom”. Rosina Malumbres me asegura que “los trajes de Marta me recuerdan a Jackie Onassis”. Rosina es una de las mujeres que mejor sabe asombrarse por la belleza. Inma Peréz Castellanos, consultora de lujo, me dice: “aquí somos cuatro las que trabajamos, y se nos nota en la cara”. Pienso que lo dice por las ojeras, pero afirma que es el frenesí que enciende las mejillas. Le pregunto a Pilar Sanz Briz, del barrio de Salamanca de toda la vida, qué le ha parecido la colección de Marta Rota, un recital de trajes a medida, esculpidos a mano por las llamadas petites mains con los dedos pinchados por los alfileres. “Tot-Hom es la mejor de España, sin duda”, me responde, y esa fonética más exótica que castiza, me hace sentir, como a tantos periodistas sin plaza, corresponsal en Madrid.  

[Publicado el 04/3/2017 a las 14:01]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres