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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 28 de febrero de 2017

 Blog de Joana Bonet

El grupo

Ya está aquí, ha regresado de nuevo, sin icono ni foto, pero dispuesto a liberar su incontinencia y a engordar por instantes. “Hola mamis. ¡Empieza el curso! Acabo de crear un nuevo grupo de la clase 4F”. Al rato un número responde: “Oye, ¿y los papis, qué?”. Ahora el grupo es mixto aunque únicamente sigan interactuando las mujeres, en especial las que creen ciegamente en su poder como oráculo, manual de emergencia, banco de dudas o pista virtual para liberar endorfinas e histerias. Durante el pasado curso, un padre hizo ver lo sexista que resultaba el hecho de que se excluyera a los hombres de esa rueda. “Bienvenido Antonio, enseguida te añadimos a ti y a los que queráis”, respondió mami blue ­autoinvestida portavoz. Pero Antonio sigue siendo el único padre que, muy de vez en cuando, pone algún mensaje sin signos de admiración, bien seco: “Algo debemos de hacer mal para no enterarnos de nada”.

Los grupos de watsaps de padres y madres son la última expresión del papel sobreprotector que nuestra sociedad ha extremado, a modo de expiación. Y ese afán de control a menudo se convierte en un límite para las capacidades de los hijos. “¿Me mandas los deberes?”, se dice a menudo, o “¿qué toca hoy?”. Apenas un margen para que los chavales reaccionen, se sientan dueños de su cuaderno y su mochila, y espabilen.

Los centros escolares han repetido que estos chats son la peste. Que confunden y alarman. Que el profesorado dedica más tiempo a responder verdades deformadas que a preparar reuniones de estudios. Incluso la Policía Nacional, cuyo Twitter empatiza con sus seguidores a base de emoticonos buenrollistas, ha sacado el tema: “¡¡Socoorro!! ¿vuelve el grupo de #whatsapp del cole! Atención @malas madres y #buenos padres, recordad: SIEMPRE respeto (buen rollo)”. El mensaje produce cierta inquietud al evidenciar que la hipercomunicación de un grupo de adultos preocupados por los piojos de sus hijos puede acabar en bronca. Para qué rebajar palabras: o en delito. El paternalismo de la Policía invitando a personas adultas con hijos a comportarse con educación en los mensajes privados sería insultante si no fuera porque no sólo ponen a caldo al profesor, restándole autoridad y traspasando su desprecio a los alumnos, sino que son capaces de cruzar la frontera virtual y alentar a una caza de brujas como si el servicio no hubiera estado a su altura. Es ese clientelismo con el que actúan algunos padres que, tras pagar los recibos, creen que pueden exigir de un colegio la misma satisfacción que de un restaurante.

El cooperativismo escolar y las ­asociaciones de padres forman parte del tronco educativo, y su partici­pación ha sido crucial para incluir sus voces en un asunto tan sensible. Otra cosa es ese gallinero, o taberna, que te taladra varias veces al día, pero para muchos representa el único punto de contacto diario que mantienen con el colegio de sus hijos. Este es el drama.

[Publicado el 12/9/2016 a las 12:26]

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Del Viso de toda la vida

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El calor de Madrid se ha convertido en un estado mental. Más de dos meses a 40º a la sombra pueden llegar a ahuecar el ánimo con mayor violencia que dos meses de lluvia. Es un calor que ensucia y desespera. En un herbolario de Chamartín (en el norte de Madrid), han puesto la radio para escuchar el debate político: dos mujeres en shorts –este ha sido el verano de las piernas al aire para todas las edades y sexos– largan igual que antes lo hacían de sus maridos hasta que se divorciaron o se anestesiaron. Se ponen muy españolas, brazos en jarra, insultan y desprecian a los políticos, buscan mi complicidad, dicen que si no trabajan no hay que pagarles el sueldo, sinvergüenzas. Y hacen caso omiso de la paradoja que sostenía Julio Camba: “El español se europeíza en España y se españoliza en el extranjero”. Ahora lo español, lejos de diluirse como un azucarillo como adelantó George Steiner acerca de la vieja Europa, se glocaliza entre cadenas de Starbucks y pinchos de chistorra.

A los madrileños se les olvida que habitan en un páramo, y en la segunda ciudad más alta de Europa tras Andorra, pero a cuerpo: sin techos de pizarra ni Pirineos que los resguarden. Una indecencia geográfica. Acaso esta ciudad extranjera al mar no hubiera devenido en metrópolis al baño maría si Felipe II no se hubiera encaprichado de construir El Escorial.

Las élites económicas y el poder que raramente se expresa –también el intelectual, el poco que queda– han tenido querencia por el norte de Madrid, donde los agentes inmobiliarios aseguran que la sensación térmica se reduce al menos dos grados. Aun así los jazmines fragantes del Viso han dimitido ante la chicharra. Su intensidad se percibía hasta bien entrado septiembre, pero no es este un verano carnoso de los que expanden el aroma de las azucenas podridas. Es caldo hirviendo. Los aparatos de aire acondicionado de sus residentes más “Ibex” –los Entrecanales, Ana Patricia Botín, Rafael del Pino– rugen impíos exhalando corrientes infernales.

El portal inmobiliario Idealista revela que la búsqueda de casas de lujo ha crecido un 80% desde el 2013, efecto de la crisis. Las del Viso, inspiradas en la arquitectura cúbica de Adolf Loos –“una arquitectura un poco seca”, como la definió Rafael Bergamín, artífice de lo que tenía que ser la Colonia de Casas Económicas–, son las más deseadas dentro de los límites de la ciudad. Nunca alojaron a obreros, sino a José Ortega y Gasset, Rafael Sánchez Mazas, Salvador de Madariaga, Ernesto Giménez Caballero o Josefina Aldecoa, que aquí levantó el Colegio Estilo. Comento con los vecinos, discretísimos y solventes, los de toda la vida, la reforma que ultima Xabi Alonso, el primer futbolista que ha declinado las grandes parcelas de La Moraleja o La Finca. Su nueva vivienda no es de miniatura: 9 millones de euros, cinco plantas, sala de cine, piscina cubierta en la terraza… Los chaletazos –este se construye en lo que fue el jardín del casoplón de Pepín Fernández, dueño de Galerías Preciados– incomodan a los vecinos de siempre, que “viven para dentro”. Aquí han residido desde ministros franquistas como López de Letona o Fontana Codina hasta el mismísimo Santiago Carrillo, que cuando llegó del exilio se instaló enfrente de la iglesia Santa Gema, se asegura que milagrera. Otros nombres: Pérez Llorca, el ministro Narcís Serra, Isabel Preysler, Carlos Falcó, Miguel Boyer y Elena Arnedo, que en los 80 llegaron a convivir a seis calles. También pusieron casa Juan Benet, Antonio Gala, María Corral, Juan Abelló… y en otro orden: Carmen Sevilla, Nati Mistral y Mar Flores. Muchos de los Porsche capitalinos, que el año pasado aumentaron sus ventas una cuarta parte en España, se esconden en los garajes de la colonia, igual que sus habitantes más ilustres, que salen encochados y con cristales ahumados de sus residencias. “Pero esos llegaron hace cuatro días”, dicen los de toda la vida desde sus encantadoras casitas de galletas. La clase es en Madrid otro estado mental, igual que el calor.

[Publicado el 10/9/2016 a las 18:27]

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La serpiente del ‘burkini’

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Cuán grotesca ha resultado este verano la prohibición de que las mujeres se bañaran en las playas de Niza o Córcega con burkini. No es sólo oportunismo ni afán mediático, sino un zafarrancho abusivo esa manera de intervenir en el guardarropa femenino, como si fuera precisamente sobre el cuerpo de las mujeres donde anidara el germen del fanatismo yihadista. “Surferas con ‘burkini’”, leí en un periódico francés, y me interrogué acerca de una posible invasión de musulmanas con tabla surcando las aguas turquesa de la Côte d’Azur. Ni rastro de avalancha, acaso un par de amazonas marinas dando brazadas en soledad. “Razones de higiene”, apuntaron los prohibicionistas tapándose la nariz, y, raudo, el imaginario colectivo respiró un olor fétido, ese tufo que durante años de xenofobia y desprecio se ha atribuido a “las moras”, quienes en verdad poseen una cultura olfativa muy superior a la media occidental. Otra cosa es el olor a pobreza y a moho.

Así de contradictorio es el mundo: algunas abuelas musulmanas que en los años ochenta llevaban despreocupadamente falda midi y moño banana a lo Farah Diba hoy han perdido esa libertad y se ocultan. Tiene voz pero carecen, en su tierra y en la nuestra, de altavoces. Por ello, este tipo de campañas, en lugar de favorecer la libertad de mujeres sometidas, logran todo lo contrario: la exclusión del espacio público de las más pobres, porque las ricas podrán acceder a cualquier beach club privado y embutirse en un brevísimo estampado de leopardo. Frente a la armonía del horizonte, dos cuerpos se aproximan al agua; el uno resumido por un tanga, el otro cubierto de arriba abajo. La braga brasileña y el burkini conviven en las playas caldosas de los hoteles de Dubái con la misma naturalidad de los alimentos kosher y las carnes halal en el bufet de desayunos.

En lugar de atacar la raíz del verdadero problema o, mejor dicho, las miles de raíces que tienden a perpetuar la cruzada del extremismo islámico contra Occidente, se ha elegido una serpiente de verano vistosa para descabezar. Como si de aquel lema entre revolucionario y naif, “Prohibido prohibir”, hubiera calado más su paradójico subtítulo: “La libertad empieza con una prohibición”. Hasta que el Consejo de Estado francés ha determinado que el burkini es tan legal como el trikini o las hombreras, acaso recordando que en 1925, en Palm Beach, la policía medía la longitud del bañador de las mujeres y las multaba.

El fundamentalismo ha barrido algunos derechos que las mujeres musulmanas conquistaron hace treinta años, pero retrocesos los ha habido en todas las latitudes, también en la civilizada Europa: desde el repunte de la violencia machista de los jóvenes hasta el porcentaje de la representación pública. Siempre dos pasos adelante, y uno y medio atrás; porque las peceras, al igual que los techos de cristal, no se ven. Son transparentes. La libertad individual de las musulmanas no admite frivolidades.

[Publicado el 05/9/2016 a las 09:28]

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Polvo enamorado

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En el verano de 1966, el enfant terrible de la alta costura, Yves Saint Laurent, y su pareja (y socio) Pierre Bergé descubren Marrakech: pasan un mes de vacaciones a lo grande en La Mamounia, aunque a los quince días compran una casa en la ciudad –años después adquirirían también el jardín Majorelle–. En ese marco suntuoso se construyen una mansión: “Habíamos estado en Canarias, en Túnez, en Libia. Ningún otro sitio nos provocó tal flechazo. En Marruecos –ha revelado Bergé –, Yves diseñó sus mejores modelos. Y descubrió el color. Se convirtió en una especie de embajador honorario del país”. Pierre Bergé, hombre de negocios, filántropo y tótem de la cultura gala, mantendría años después una relación amorosa con uno de los exquisitos paisajistas de Majorelle, Madison Cox, mientras que Yves empezaría a perder el interés por la vida de cada día. Pero en aquellos días, aquel escenario ambientado por una sensorialidad exótica reunía todo aquello que amaban: sol, exuberancia, sexo y misterio.

Fue hace cincuenta años cuando Saint Laurent travistió el esmoquin masculino y se lo puso a las mujeres, inspirado por los dandis: el chaleco de Brummel, los bucles dorados de Dorian Gray, los fulares del Gilles de Watteau. Chanel lo considera en la televisión francesa como su heredero espiritual. Roland Petit le encarga el vestuario de Le paradis perdu para el Covent Garden. Y la gloria se empeña en barnizar la languidez del joven modista. “Saint Laurent viste a Catherine Deneuve con esa inteligencia íntima de la historia, esa ‘servidumbre voluntaria’ de la que Proust escribe que representa el inicio de la libertad”, sentencia Laurence Benaïm en la biografía del creador. Fue también entonces cuando se consolidó el espíritu rive gauche, e Yves y Pierre encarnaban al bourgeois con solera aunque detestaran a los burgueses. A Saint Laurent le preguntan en un cuestionario al uso: ¿cómo le gustaría morir?, y responde: “Bruscamente”. Ambos se convierten en fervorosos coleccionistas de arte, amantes del mantel y las sábanas con sus toques de extravagancia y libertinaje. “Claro que hubo infidelidades sexuales, ¡muchas! Pero eso suena burgués. Lo que nos unía era mucho más importante”, ha reconocido Bergé.

Incluso su homosexualidad e izquierdismo son rasgos posibles en Francia: colorean la solapa tanto como la insignia de la Legión de Honor. Ellos se amaron gracias a sus caracteres opuestos: el uno inseguro, depresivo, brillante y adicto; el otro mandón, controlador, gris y firme como una roca. Quizás ese fuera el secreto de un amor al que las drogas forzaron a una cesura (se separaron en 1976, aunque siguieron siendo socios y se casaron días antes de la muerte del coutourier ,enel 2008).

Fue muchos años antes, en el hospital de Val-de-Grâce de París, donde Yves estaba ingresado por trastornos psiquiátricos tras su alistamiento en el ejército francés y su despido chez Dior, cuando se juraron amor eterno. “Vamos a crear una casa de alta costura más grande que Dior. Yo diseñaré y tú la dirigirás”, instaba Yves a Pierre. “Nuestra relación era muy fuerte, con una sexualidad muy intensa. El sexo era nuestro centro de gravedad. Fue así durante mucho tiempo. Y no tengo más que explicarle”, le confesaba Bergé hace un año al periodista de El País Jesús Rodríguez.

Este verano acaba de presentarse el proyecto del Museo Yves Saint Laurent en Marrakech, impulsado por Bergé para celebrar los 50 años del descubrimiento del edén marroquí que tanto deslumbró a YSL: un cubo de 4.000 metros cuadrados inspirado en el mítico esmoquin femenino que acogerá los archivos de la firma (5.000 vestidos y 15.000 accesorios). Yves Saint Laurent al final de sus días declaró a su biógrafa que no se arrepentía de nada: “Todo es claro y también todo está entre sombras”. El amor por Bergé fue su anclaje a la vida, un amor más allá de la muerte.

[Publicado el 03/9/2016 a las 15:10]

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Filosofía mundana

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A Carolina de Mónaco, madame Caroline para los monegascos, alguien le debió advertir un día de que no fumara delante de sus niños porque esos son vicios que se mimetizan. Pero ve a toserle a una viuda joven con tres criaturas que se esconde en un pueblo de la Provenza, primero forrada de luto y después con estampados Liberty, que así es como se recuperaba Carolina, fumando todo el día entre romero y albahaca en SaintRémy. Tenía que exorcizar el vacío que deja un marido –por fin un Mr. Right en su vasta colección de Mr. Wrongs– menos tonto y pijo de lo que se creía, incluso astuto para los negocios. No hace falta hurgar en las teorías de la pulsión de muerte, que entre otros venenos amartelados incluye el tabaco, para comprobar que así fue, y su hija Carlota Casiraghi empezó a sostener el cigarro igual que ella y a aspirar el humo de forma golosa, como hacen las mujeres que fuman a gusto, succionando con placer, como si aspiraran oxígeno puro.

El mimetismo entre Carolina y Carlota ha ido mucho más allá de su forma de fumar. El de las vidas paralelas, más que un enfoque, es un género en sí mismo. Mucho tiene que ver Plutarco, padre de la sýnkrisis: la clave radica en que los sujetos comparados tengan verdaderas similitudes y que sus vidas sean ricas en anécdotas, pues, aseguraba el sabio, “estas aclaran más las cosas sobre las disposiciones naturales de los hombres que las grandes batallas ganadas”. Dos mujeres tan poderosas como vacías de poder. Su fama no responde a nada más que su pedigrí, su belleza y sus amoríos, pero su magnetismo es inexcusable. Mitterrand dijo de Carolina viuda, fascinado por su encanto, “lo que más merece es ser amada”. Muchos turistas viajan a La Roca suspirando aún por cruzárselas.

Carolina cumplirá sesenta años el próximo enero y ya se ha acomodado a las gafas de ver y los zapatos planos. Fuma menos en público, pero no acaba de encajar en el papel de abuela. Joven díscola, después de que fracasara el intento de acercarla a Carlos de Inglaterra, se casó con un parrandero, el playboy Philippe Junot, que era entonces el rey de las discotecas. Diecisiete años mayor que ella. Relaciones morbosas pero agonizantes, amores kleenex, como el de su hija Carlota con el cómico Gad Elmaleh –quince años más que ella–, padre de su primer hijo: Raphaël.

Madre e hija no sólo se parecen físicamente, huesudas de hombros, mejillas redondas, cabello azabache. Carolina se fusionó estéticamente con Chanel, erigiéndose en la más influyente modelo no oficial de la marca y Carlota hizo lo propio con Gucci, aunque ella sí cobra. Ambas han hablado con recurrencia de su soledad, de la torre de marfil de un palacio que huele a alcanfor. “Mi madre me enseñó el valor de la soledad”, manifestó hace años Carolina. Igual que Carlota, que acaba de cumplir los treinta y le ha contado a Vanity Fair que la soledad la condujo a Hume, Descartes y Simone de Beauvoir, y que debería leerse a Platón desde los siete años. En la crónica de los Encuentros Filosóficos de Mónaco, organizados y presididos por Carlota –que estudió filosofía en la Sorbona–, regaló a la revista una frase monumental: “No son incompatibles la filosofía profunda y Mónaco”, que es algo así como afirmar que no es incompatible la teología con Salou o la física cuántica con Albacete. Y si Carolina se enamoró de un actor con rostro soñoliento, Vincent Lindon –que no se hizo con un premio importante hasta el año pasado–, Carlota, para no ser menos, se ha ennoviado con un director de cine romano cuyo apellido debió de relacionar con Bertrand Russell: Lamberto Sanfelice. A sus 40 años sólo ha dirigido un largo con título de piscina, Cloro, pero es aristócrata y millonario. Este verano la prensa rosa ha especulado sobre un posible embarazo. Ligonas, mediterráneas, con labios carnosos y cigarrillos slim, las Carolinas siguen perpetuando la unión entre el amor y la puericultura. O entre la filosofía profunda yel beach club de Montecarlo.
 

 
 

[Publicado el 28/8/2016 a las 20:16]

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No es rebeldía, es rock

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Intento recordar qué escuchaba hasta que descubrí a Elvis Presley y lo cambió todo. Fue como ver por primera vez el mar. Nunca volví a ser como antes, pues nadie vuelve a ser el mismo después de haberse dejado rozar por los dedos del rock. No, no pasé directamente de Enrique y Ana al Jailhouse Rock; en mi casa siempre hubo discos de mayores. Los de Mungo Jerry o Sandy Shaw de mis tíos, los de Chavela Vargas de mi madre y los de Mari Trini, por la que supe el futuro dramático que me aguardaba: que los amores se van despacio, que cuando la lluvia cae se funde el hielo y las mujeres suplican: «Amor, no marches, que tengo miedo». Pero Elvis y el rock transformaron la realidad. «La primera vez que oí la voz de Elvis supe que jamás podría trabajar para alguien, que nadie iba a ser mi jefe», confesaría años más tarde Bob Dylan. Nosotras pasamos del pichi de cuadros a los leggins negros y contábamos los días que faltaban para comprar unos zapatos de gamuza azul. Era otra manera de estar en el mundo, que adivinábamos inmenso y lejano, pero aquella música nos concedía dicha, fuerza, optimismo; qué fácil parecía todo, incluso cuando El Rey se ponía profundo. Anunciaron su final por la radio, una tarde de agosto, mientras mi hermana y yo pegábamos sellos en el álbum, y fue una gran conmoción: la primera muerte de un desconocido, aunque célebre, que me afectaba.

El rock revolucionó las costuras de la ropa, calzó botines, satinó los blazers, cosió patchworks en los jeans, ribeteó de metal los bolsos y las perfecto, que siguen perpetuándose en muchas colecciones, desde Saint Laurent a Balenciaga, como un básico eterno. El rock le puso cremalleras a la vida, para bajarlas de forma vertiginosa; tomar la actitud de jugar fuerte, de arriesgar y vibrar. Sus ritmos quebraron la silueta, de la misma forma que desplazaban las caderas e impulsaban el cuerpo en zigzag. Cuando suenan sus primeros compases, no se avanza con las puntas de los pies, como en tantos otros bailes, sino que que se apoya el talón buscando una diagonal a fin de proyectar la idea de libertad por encima de tu sombra. Desde las bandanas de los apaches parisinos hasta las plumas de los cherokee, los dragones de la China milenaria, las gafas de aviador, los gabanes de los gentlemen del Sur o los botines de pitón del Swinging London, la visión de un incipiente pret-à-porter se transfiguró porque cuando la moda encontró al rock nació una pareja perfecta. Sus raíces no sólo son estéticas, sino que interrogan a todo aquello que nos rodea con curiosidad y rebeldía. El rock nunca se queda con la primera respuesta. No es el ritmo del diablo, ni una letanía autodestructiva. Contiene terciopelo y fuego. Su código respira osadía, pero también libera la nostalgia, y su inconformismo tiene que ver con las renuncias de la vida, que deberían ser pocas pero muy bien elegidas. Este número de Magazine Fashion & Arts es una invitación al ritmo, a abandonarnos a nuestros sueños porque la vida es un viaje exprés en el cual hay que mover las caderas. Rabiosamente.


[Publicado el 21/8/2016 a las 14:48]

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Un amor de los 90

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La historia de amor de John John Kennedy y Carolyn Bessette contiene la suma de elementos que definieron la década de los noventa: minimalismo, neurosis, intrigas, drogas y sexo en Nueva York. Ella atendía a los vips en Calvin Klein cuando el hijo de Jackie quiso visitar el showroom .Se encandilaron. Quienes le conocieron aseguran que John era lo más parecido a un príncipe. Había tenido colecciones de rubias a sus pies, la más destacada Daryl Hannah. Y si bien los millones de jovencitas que suspiraban por él y le hacían protagonista de sus plebeyas fantasías aceptaron resignadas a la pareja perfecta –la sirena de Splash y el niño huérfano de Norteamérica, acurrucándose en las playas de Martha’s Vineyard como si no tuvieran a nadie más en la vida–no estuvieron dispuestas a perdonar la elección de una middle class del Fashion District, una neoyorquina cool en los dos sentidos de la palabra: moderna y fría. Las editoras de moda corrieron a convertirla en modelo de la nueva elegancia: nariz prominente, ojos claros, un recogido sencillo, colores neutros y clásicos.

Se casó sin ninguna joya. La boda, cuando agonizaba el verano del 96, dejó a todo el mundo tan atónito como encantado: la novia podría haber sido la heredera de alguna importante familia, pero era una chica de White Plains, fascinada por la figura de Jackie: adoraba escuchar las historias de quien fuera su doncella, Provi Paredes, cuando le contaba cómo los grandes diseñadores acudían a la Casa Blanca para vestirla y sentirse dioses.
 
Tres años después, Ted Kennedy creía que junior era la mejor baza para que la familia regresara a la Casa Blanca, y trataba de convencerle para presentarse a gobernador de Nueva York. Pero poco tenía que hacer en política: rumores de crisis, celos e infidelidades, dramas y fuegos que se encendían sin cesar.

El retrato que se perfiló de Bessette después de muerta fue poco piadoso: depresiva, insegura y voluble, problemas con las drogas, psicodramas nocturnos... Repetidamente se ha contado que muchas noches él dormía obligado fuera de casa, en el hotel Stanhope de la Quinta avenida. John John fue condecorado al nacer con una aliteración de por vida: la repetición de su nombre de pila, que tras el asesinato de su padre parecía intentar suplir un pedazo del padre muerto. Era apuesto sin afectación, copaba los rankings de los más sexies, pero también paseaba un aire bobalicón propio de quienes tienen que representar un papel que les incomoda. Le pesaba –cómo no– el haberse convertido en icono el día que cumplía tres años: aquel saludo militar delante del ataúd de su padre entró de inmediato en el acervo cultural norteamericano. Contaba el biógrafo de Jackie, David Heymar, que tras publicar su libro llegó a ser íntimo de John John, que éste le confesó un día: “Desgraciadamente no recuerdo nada de mi padre, porque yo era muy pequeño cuando murió. Todas esas imágenes mías saludando militarmente al féretro durante el funeral o jugando bajo la mesa de mi padre en el Despacho Oval han desaparecido por completo de mi memoria”.

Ahora, el documental I am JKF Jr., que estrena el canal televisivo Spike, pretende iluminar la figura del malogrado heredero del clan. Desde Cindy Crawford –que protagonizó la primera portada de George, su revista, caracterizada como George Washington– a Mike Tyson, a quien entrevistó en la cárcel, pasando por amigos, compañeros de universidad o de la revista, recuerdan a quien perdió la vida precozmente, otro verano, hace 16 años, estrellándose con su avioneta en la más sofisticada costa norteamericana. Se cuenta que momentos antes de despegar, él, un piloto con poca experiencia, aguardaba impaciente a su mujer, que en principio no iba a acompañarlo. Ella no tenía prisa. En el salón de belleza de Colin Lively en Manhattan, se hizo cambiar hasta en cuatro ocasiones el esmalte de uñas.

[Publicado el 20/8/2016 a las 12:59]

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Los amos del verano

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Hay amores que son claramente de invierno, amores que se esconden, como el de François Hollande y Julie Gayet, impregnados de ese olor a calle que queda en la ropa cuando se va en moto y hace frío. Y hay amores que son de verano, de bañador rampante, pecho depilado, pamela y rocas, como el de Nicolas Sarkozy y Carla Bruni. Amores que huelen a ámbar y perfumes caros. A Cap Nègre, Marrakech o Saint-Tropez. Y por supuesto, a Bormes-les-Mimosas –cómo no iba a embriagar un nombre así; porque no hay duda de que los nombres determinan un estilo–. En esa villa francesa, donde todos los presidentes de la República han veraneado( incluido Hollande con Valérie Trierweiler imitando a los Sarko-bruni, algo que les valió muchas críticas, como si a ellos no les correspondiera tanto glamour), se encuentra el Fort de Brégançon, una rocosa atalaya sobre el Mediterráneo. A finales de los sesenta se convirtió en residencia de estival del Presidente de la República por obra y gracia del general De Gaulle. Y allí estrenaron su primer verano juntos los dos hijos de Cupido. Porque quienes conocen la historia de Nicolas y Carla aseguran que la chispa prendió con la primera mirada.

Les presentó el gurú de la publicidad y las relaciones públicas Jacques Séguéla, antiguo director de las campañas electorales de Mitterrand, que les invitó –por separado, pero con la intención de que se conocieran– a una cena en su casa de Marnes-la-Coquette (otra vez el determinismo de los nombres). Ambos aceptaron encantados. Sarkozy, presidente de la República desde el mayo anterior, se había divorciado de su segunda mujer, Cecilia, apenas un mes antes. Carla, una refinada bohemia, simpatizante izquierdista, se sentó a la derecha del presidente. “Mi primera impresión de Nicolas, y aún tengo esa sensación, fue la de un hombre con mucho magnetismo, con una inteligencia y energía muy poco habituales”, diría al recordar aquella noche. Y añadía: “La impresión que tuve cuando conocí al padre de mi hijo fue de fraternidad y amabilidad; tal vez por eso me fue fácil tener un hijo con él. Me siento hechizada a su lado”.

La cortejó denodadamente desde aquella misma noche, muy à la française, con tanta galantería como pasión. Ella, domadora de hombres, como se definió una vez –y ya nunca dejaron de recordárselo– había nacido como una princesa. Hija de una riquísima familia italiana, ambiciosa y seductora. No llegó a ser tan famosa como Linda Evangelista, Naomi Campbell o Claudia Schiffer. Su belleza no resultaba tan cautivadora: la ceja alta, la mirada de gata fría. Había sido educada en una excelsa cuna de intelectuales y artistas, aunque no poseía la capacidad de vaciarse de identidades para tomar otras prestadas, como sus célebres colegas. Pero ella no precisaba desvivirse por alcanzar ese podio. Siempre que desfilaba en las semanas de la moda, la acompañaba el novio de turno. Dejó hecho polvo a Eric Clapton por Mick Jagger. Se ligó al marido de la hija de Bernand-Henri Lévy, quedó embarazada y después se cansó de él. Rien de grave, tituló Justine Lévy su novela de venganza, en la que definía a su protagonista como una mujer biónica que va por la vida como si fuera la dueña del mundo, a lo que la ya cantante exitosa replicó desde las páginas de Elle: “La exmujer de mi marido me describe como una ladrona de maridos; pero todo el mundo sabe que los maridos no se roban, simplemente se saben conservar o no”.

Carla Bruni sigue siendo hoy la ex primera dama más aplaudida por los jubilados franceses, mucho más que Julie Gayet y sus fulares de chica mona. Su competencia en saber posar le ha valido un trono en el reino de las imposturas. Siempre importa más lo que parece que lo que es. Los Sarkobruni parecen un artefacto perfecto, entre la pasión y la ambición, la guitarra y el Rolex, los abdominales y los pies descalzos, desafiando a dúo las ariscas rocas de Cap Nègre, siempre cogidos de la mano.

[Publicado el 13/8/2016 a las 13:10]

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Amor y muerte en el alma

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Agosto aún no se había consumido, pero Diana de Gales confesó a sus íntimos que aquel verano del 97 había sido el más feliz de su vida. Tenía treinta y seis años y por fin había encontrado su peinado: un corto desfilado con flequillo, y libre de aquellos crepados cursilones y viseras ladeadas tras las que escondía su vértigo. A finales de los noventa, las princesas llevaban bañadores de leopardo en los yates, no como ahora que o bien se ponen flores en el pelo, al estilo de las nuevas damiselas de Mónaco, o se parapetan tras el eterno femenino como la mayoría de royals europeas, que visten como sus madres o como sus hijas. Diana mostraba piernas torneadas y una ligera tripita de perfil. Había dejado de mirar de reojo. También había dejado de vomitar. “La cabeza en el váter”, así le describía a su biógrafo Andrew Morton su crucero de luna de miel, en el Britannia .Oenel Azur, en las costas de Mallorca, donde quedó inmortalizada en una foto con Juan Carlos, ambos embelesados y joviales, los niños sobre las rodillas, el Mediterráneo a ras de suelo, tan ajenos al destino que les aguardaba de cuclillas. Pero en aquel verano más feliz de su vida, Diana sintió recuperarse como mujer y por ello entendía ser amada públicamente, ratificada para disipar el fantasma que la persiguió, desde que llegó con su cuello lánguido, tan sencilla y discreta, a Buckingham Palace. Un matrimonio arreglado de los que ya no suelen estilarse en las cortes, aunque sí en otros estratos sociales por razón de pertenencia a una élite, un código silenciado que se practica en los salones de plata pulida, perpetuando la austera omnipotencia de esos personajes de Henry James que anteponen “el pensamiento puro, frío y sutil” a la sorpresa y al idealismo.

A Diana la casaron, y tuvo que enamorarse del protagonista con urgencia. La noche antes de la ceremonia vomitó sin parar, dijo sentirse “como un cordero entrando al matadero”. Luchó contra la bulimia mientras duró el cuento: una jovencita tierna y virgen es entregada al príncipe de Inglaterra; ella se encandila, él la detesta. Debe sobreponerse al desprecio, activando un manual de supervivencia que incluye desde desfiles de moda y campañas de minas antipersona hasta hombres apuestos pero cobardes. El pánico escénico se convierte en adoración por la escena. Divorciada de Carlos, se crea un nuevo yo y dirige su imagen. Empática y compasiva como la muestran sus fotos en Uganda o Angola, pero también rockera y frívola, amiga de Gianni Versace y Mario Testino, estrena una colección de amantes y se permite sentirse sexualmente deseada porque, según sus biografías, el sexo apenas fue perceptible con Carlos. Pero no abandona la idea del amor salvador.

A Diana, la familia Al Fayed la agasajó ni tan siquiera como a una sino igual que a una diosa. En una lujosísima villa situada en Les Parc de Saint-Tropez, a bordo de un yate, el Jonikal, comprado exclusivamente para aquellas vacaciones, con regalos y delicadezas, Dodi, el hijo mimado y playboy, excocainómano, amigo de actrices y modelos, la abrazaba en cubierta y al tiempo abrazaba su desdicha y su fama, el imán de la popularidad y el estigma de la princesa del pueblo. Ella alentó a que se publicaran las fotos en todo el mundo. Llamó al fotógrafo, “¿por qué han quedado tan borrosas?” . Estaba necesitada de un anuncio de felicidad. Pero se solapó con el de su muerte, en el puente de l’Alma, un nombre que se hace difícil olvidar, igual que el huso de la rueca, la calabaza convertida de nuevo en carroza, la manzana envenenada, el manto de la fatalidad echado sobre la piel blanca de la princesa. El mismo que condujo a Diana hacia la muerte, acompañada por la ilusión del nuevo amor y una caravana de paparazzi.



[Publicado el 07/8/2016 a las 18:27]

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Fin de raza

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"Viví una infancia miserable en lo sentimental, pero dorada en cuanto a confort se refiere. Es así, balanceándose entre la noche y el sol, como una se vuelve contestataria. Mi padre era corso; murió a los cien años. Mi madre, de Burdeos; vive todavía. Ella salió victoriosa, también mi hermana, de las pruebas que supusieron la Resistencia y el campo de concentración. Yo estaba en la prisión de Fresnes, llevada directamente del convento a la celda 325, con otras tres mujeres que me hablaron de todas esas cosas que hasta entonces no conocía. He oído mucho y lo he retenido todo. Hoy soy feliz siendo contestataria”. Ese era el recuento biográfico que Juliette Gréco hacía a finales de los años 70. Había recorrido una intensa travesía vital: padres divorciados, un hogar feliz hasta que estalla la II Guerra Mundial, la cárcel con catorce años… Terminada la guerra, y ya un personaje en ciernes a pesar del desamparo, supo dónde podía refugiarse. La acogió su profesora de lengua, que era actriz: “Es muy difícil ocuparse de una niña que no tiene lazos de ninguna clase”, diría Gréco, que vivió durante años en una pensión familiar habitada por personajes pintorescos. En el sótano había un viejo piano desafinado con el que aprendió a amar la música, aunque no quisiera de ningún modo ser chansonnière sino actriz –con los años llegaría a serlo, como atestiguan Orfeo, Quand tu liras cette lettre, Elena y los hombres, Fiesta, Buenos días tristeza o Las raíces del cielo–. Un grupo de amigos volvía de cenar en Saint-Germain-des-Prés una noche, y la periodista y escritora Anne-Marie Cazalis le dijo a JeanPaul Sartre que no entendía por qué su protegida no quería dedicarse a cantar. Ella protestó: “No sé cantar, y además no me gustan las canciones que se escuchan por la radio”. Se inclinaba por el aire entre cabaretero e intelectual de Yves Montand. Sartre la citó para el día siguiente; tenía preparados unos cuantos poemas, de Queneau, Desnos, Prévert, Laforgue y él mismo, que Joseph Kosma musicaría para convertirlos en Si tu t’imagines, La fourmi, Je suis comme je suis, Les feuilles mortes o La rue des blanc manteaux. Nacía un mito, artístico-erótico, francés y universal, con su flequillo rotundo, la raya del ojo perfilada, un cigarrillo en la comisura y su guardapolvos de luto riguroso. Así Juliette Gréco se convertía en musa del existencialismo francés.

Sartre fue uno de sus máximos valedores; la adoraba, decía de ella: “Tiene millones de poemas en la garganta que no han sido todavía escritos. (…) ¿Por qué no escribir poemas para una voz? Es gracias a ella, y para ver mis palabras convertirse en piedras preciosas, que yo he escrito canciones”. Pero Gréco, cuando vivía en el hotel La Lousiane, donde dejaba la puerta abierta mientras enjabonaba su cuerpo, fue el gran amor, fugaz, de Miles Davis, quien en su biografía escribía: “La música era toda mi vida hasta que conocí a Juliette Gréco. Me enseñó lo que significaba querer algo distinto a la música. Probablemente Juliette fue la primera mujer a la que amé como a un ser humano, en igualdad. (…) Era abril en París. Sí. Y estaba enamorado”. No se fueron juntos a Nueva York, él no quería que padeciera el racismo aún cruento, y el opio ya había entrado en su vida. Ella siguió cantando y amando hasta hoy, a punto de cumplir noventa años.

Esta misma semana lo hizo en Friburgo y de aquí a fin de año se subirá a las tablas en Lille, Nantes, Marsella y París. Afirma: “Si canto quince canciones, vivo quince vidas”. Siempre ha evitado compararse a una estrella, también ha prescindido de lugares comunes y divismos. Su voz es la última resistente de un mundo desvanecido entre volutas de Gitanes.

[Publicado el 30/7/2016 a las 17:43]

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Biografía

Periodista, licenciada en Filología por la Universidad de Barcelona. Inició su carrera a los dieciocho años, a mitad de los años ochenta, en los periódicos leridanos Diari de Lleida y La Mañana. En 1990 empezó a escribir en el Diari de Barcelona, y posteriormente en El País, especializándose en tendencias, cultura y estilos de vidaParticipó en el lanzamiento de Colors -con Tibor Kalman al frente-, en Vogue París y Ronda Iberiadirigida por Juan José Millás. En 1992 creó la revista Woman, que dirigiría hasta 1996. Desde ese año a 2012 fue la directora de la revista Marie Claire.  En 2013 fue nombrada editora de Prisa Revistas, donde puso en marcha la revista masculina Icon para El País, en la que sigue publicando artículos. Actualmente es consejera editorial en Prisma Publicaciones (Grupo Planeta).

Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia. Y también ha sido colaboradora habitual de diferentes programas radiofónicos, como Hoy por Hoy (Cadena Ser) y actualmente Julia en la Onda (Onda Cero). Ha dirigido el Curso de Periodismo y Comunicación de Moda de la Universidad Politécnica de Madrid,  el Taller de Periodismo de Tendencias y Moda organizado para la Escuela de Periodismo UAM/El País y ha participado en seminarios de la Escuela Contemporánea de Humanidades.

También ha dirigido la serie infantil Fadapaca (TV3, 2008), con la dirección artística de Jordi Labanda, y el programa de entrevistas "Humanos y divinos" (TVE, 2010).

Es coautora -junto a Anna Caballé- del libro Mi vida es mía y autora, entre otros, de Hombres, material sensible, (Plaza & Janés) Las metrosesenta (La Esfera) y Generación Paréntesis  (Planeta).

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