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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 22 de enero de 2017

 Blog de Joana Bonet

Los rostros del poder

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Tienen elementos en común los rostros de hombres y mujeres con poder? ¿O bien es nuestra mirada, sombreada por la fantasía de lo que representan, la que advierte distancia, seguridad, impostura o decencia? El fotógrafo francés Olivier Roller ha dedicado años a estudiarlos tras su cámara, convertido en retratista de los mandamases: presidentes, militares, financieros internacionales, espías, altos ejecutivos, intelectuales, cirujanos, abogados, pilotos de avión y hasta modelos. “¿Por qué los poderosos?”, se pregunta Roller. Y él mismo responde: “Porque no les vemos nunca. Fantaseamos con ellos. Los imaginamos. Ellos encarnan esa zona decididamente sombreada, oculta, omnisciente. Son el célebre ellos del poder lejano”. De François Hollande, Manuel Valls o Marine Le Pen a Bernard-Henri Lévy, el ya fallecido “abogado del terror” Jacques Vergès o Rachida Dati , a menudo el nombre pierde al rostro, borra sus rasgos, que sin letrero podrían ser anodinos, vulgares, clichés. Pero el poder se huele y atrae, acercarse a él viene a ser otra forma de tocar el manto a la Virgen. Hombres y mujeres del montón han resultado investidos por todo lo que aporta la notoriedad, la vida cosmopolita, los teléfonos rojos y las cajas fuertes. Todo ello hace mella en un rostro, y de qué manera. Lo desvirga, lo inmuniza o lo atormenta. Pura erótica del poder –¿o acaso hay otra?– , sea el poder de la belleza, del dinero o de la influencia.

Hace unos años, el Museo del Louvre le encargó a Roller que capturase algunos de los bustos más significativos de la antigüedad, y así viajó por museos de todo el mundo disparando a césares, emperadores, reyes y filósofos. Ahora expone el resultado el Museo Nazionale Romano, confrontando a los antiguos poderosos nuestros contemporáneos, y logrando que Jeanne Moreau le aguante la mirada a Artemisa, o que las narices aguileñas de Luis XVI y BHL se batan en duelo.

Es asombroso comprobar visualmente cómo hay unas líneas constantes en la historia, y una de ellas es la representación del poder. Hoy los poderosos se siguen parapetando tras un rictus de seguridad, impecables vestimentas y buena luz; y si entonces contaban con el arte como aliado para difundir e inmortalizar su dominio, hoy son los medios quienes exhiben su pujante caché. Augusto, el primer emperador, utilizaba los bustos por doquier, y aunque era de talla pequeña y más bien enfermizo se hacía inmortalizar con gran majestuosidad. No es extraño que Putin se dejara fotografiar montando a caballo y pescando con el torso desnudo y lechoso, igual que el del mármol de Augusto. Aunque, de vez en cuando, surgen líderes bien alejados de la iconografía clásica. Rubicundos, contorsionados, aventados, como Donald Trump y Boris Johnson. Difícilmente darían para una estatua que no resultara deforme. Son los rostros temerarios del poder, que han llegado para quedarse.

[Publicado el 18/7/2016 a las 10:19]

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‘Soft power’ con ritmo

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No ha existido mejor lección de lo diferente que la de Michelle Obama en su paso por la Casa Blanca. No se ha parecido a nadie, ni lo ha pretendido.

Poco ha tenido que ver que con cualquiera de sus anteriores inquilinas, a pesar de compartir la vocación humanista de Eleanor Roosevelt –tan humillada en la vida privada por su marido infiel–, o con la sinceridad y el coraje de la pobre Betty Ford –que dedicó buena parte de su vida a combatir las adicciones que había padecido–, o incluso con la ambición profesional de Hillary Clinton, aunque Michelle sea más filantrópica que política: ha transitado del Let’s move al Let girls learn porque tanto la lucha contra la obesidad infantil –tan vinculada con la desigualdad– como la alfabetización de millones de niñas relegadas a ser esclavas domésticas o sexuales en todo el mundo han activado su grado de compromiso.

En sus viajes al tercer mundo, ha asistido a la violencia ejercida sobre las niñas privadas de un pupitre y lanzadas a la escala más perversa de la supervivencia. Después del secuestro de las estudiantes por parte de Boko Haram, comprendió cuál debía ser su foco: educar a una niña significa impactar en la cadena de progreso del país, la mejor arma contra la barbarie.

Michelle ha forjado un estilo basado en el aplomo y la naturalidad. Nada que ver con el bótox de Hillary –e incluso de Donald Trump–. Todo lo contrario: pone carotas, frunce el ceño sin miedo a parecer una angry black woman, pasea con majestuosidad ancestral sus caderas anchas, su piel brillante y sus hombros torneados y hasta ha conseguido inocular el lenguaje cotidiano en el discurso impenetrable del poder. Tampoco se ha parecido a las otras ex primeras damas en el papel que jugaban frente a sus poderosos maridos. Michelle ha sido cómplice, una igual, la mujer que ha llegado a confesar en público las flaquezas de Barack: “Por la mañana su aliento apesta”. En los momentos más adversos, de silencio opaco, como los funerales de estado o actos terroristas, ha sacado pecho y empatía, e incluso parecía refugiar bajo su ala al presidente de EE.UU.

Siempre ha hablado con orgullo de sus orígenes: tataranieta de Jim Robinson, nacido en Carolina del Sur, esclavo en una plantación; bisnieta de Fraser Robinson, sirviente iletrado que aprendió a escribir de adulto y se dedicó a vender zapatos y periódicos; hija de Fraser Robinson III, un operador de bombas en el Departamento Hidráulico de Chicago aquejado de esclerosis múltiple, y de Mary Robinson, pobres pero conscientes de que para que sus hijos fueran respetados debían de llevar en su currículum el nombre de Princeton o Harvard.

A pesar de su brillante formación, durante su reinado nunca ha ejercido de abogada pública, a diferencia de Hillary Clinton, que de first lady se ha transformado en lady first con sus collares de fantasía. Michelle lleva perlas, pero de forma bien diferente a la de Jackie Kennedy; su estilo nunca ha sido aristocrático, tampoco étnico. A menudo ha descansado en el patrón del new look de Dior, estrechando su cintura y afinando su mensaje, siempre con la mano tendida. Por ello encarna esa vía política que representa el soft power, el ejercicio de un poder sutil y flexible que trata de atraer a socios que comparten objetivos mediante el diálogo y cuya palabra clave es “influencia”. Michelle ha sido todo lo contrario a una primera dama plana. Barack, probablemente el presidente global más deseado de todos los tiempos, pasará a la historia de acuerdo a aquella vieja fórmula para perezosos: “Mejor planteado que resuelto”, mientras que su mujer ha conseguido sumar sus poderes: inteligencia, sensibilidad y ritmo. En un mundo con tanta sangre por los suelos, la letra entra mejor con swing.

[Publicado el 16/7/2016 a las 16:39]

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Lo que esconden

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Avanzan con un pie en la infancia y el otro en la vida adulta, por ello a veces se trastabillan; deshacen planes que habían preparado con la intensidad que supone el que casi todo llegue por primera vez, y pasan de la excitación al derrumbe, de los festivales de verano a una cama en penumbra. Están en la flor de la vida, decían los abuelos, conocedores de que la adolescencia representa la edad en que todos los deseos se antojan factibles. Parece que tuvieran un mapa en blanco delante, aunque con un rudimentario manual de instrucciones. ¿Cómo enfrentarse a una nota que cambia el color de su destino? O a la decepción del primer novio que no es quien decía ser. ¿Cómo digerir el silencio entre sus padres que se extiende como una manta mineral por el comedor de casa? Se apela a la familia, a los valores, a la educación, como garantes que aseguran su viaje al centro de la vida. Pero hay en su travesía un vértigo interior, y también una profunda soledad. Ahora, muchos jóvenes acaban de enfrentarse en nuestro país a la selectividad, y por tanto, al futuro adulto. En un periódico nacional leí una carta abierta de una madre: “Enhorabuena, hija, por tu nota en selectividad. Perdón por tu infancia perdida”. Qué bien resumía esa sensación de que el esfuerzo también provoca un vacío.

Hace unos meses, el Financial Times profundizaba en la desesperación de los jóvenes españoles que buscan empleo: ansiedad, depresión, apatía, incluso devastación, aseguraban los psicólogos, que ahondaban en la idea de una “adolescencia permanente”, lejos de la estabilidad y la seguridad que se obtiene a través de un trabajo, pero también de un núcleo afectivo que les refuerce. El paro juvenil hace estragos, pero antes de llegar a ser un número en el Inem cuya formación no encuentra hueco en el mercado laboral, el adolescente debe forjar su identidad. En su túrmix mental se mezclan las notas de corte con el acné, el rechazo del grupo con la presión familiar, la diversión entendida como un mandato y la desconfianza en poder enderezar un error como un precipicio.

Qué bien lo cuenta Celeste Ng en el que fue el mejor libro del 2104 para Amazon –y que ha publicado Alba Editorial–: Todo lo que no te conté. Trata de la vida de una chica de quince años que lucha contra la falta de aceptación por parte de sus compañeros y soporta estoicamente la presión feroz de su madre. Lydia calla, aguanta y siente sin encontrar las palabras para decirlo. Igual que tantos adolescentes que se encierran en su cuarto escapando del reproche adulto, el mismo que nunca es capaz de sospechar lo que en verdad ocurre, entre tanto silencio.

[Publicado el 13/7/2016 a las 14:04]

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Al rebufo de Hemingway

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Me siento profundamente extranjera de la palabra chupinazo y todo lo que representa. Cierto es que crecí ajena a ella: en catalán no tiene traducción y si la catalanizas su fonética te rompe el oído, aunque invoque el cohete pagano que desabrocha el pecado. La palabra no eructa pero sí su idealización. Recuerdo de mi otra vida cuando los chicos de la pandilla se iban a Pamplona a primeros de julio y volvían apestando a cerveza, impregnada hasta en los dobladillos de la ropa. Decían que iban “a hacer el bestia”. A ser niños de nuevo, pero borrachos y descontrolados. Nos desenamoraban.

El alcalde pamplonica de Bildu ha anunciado que las suyas son las mejores fiestas del mundo. Sus propuestas consisten, básicamente, en correr delante de toros bravos acorralados, bañarse en alcohol, perderse en una multitud sudada, gritona y resacosa, jalear lo que sea y enmascarar con la farra la derrota existencial. Claro que habrá vecinos devotos. Pero todo vale para agitar los instintos más animales, incluso entre quienes miran el espectáculo desde los balcones donde el miedo embiste a distancia. Como desde el que Ernest Hemingway, en el Gran Hotel La Perla, contemplaba los encierros poniéndole literatura y mitificando un rito que sitúa en las antípodas del progreso, con seres humanos y animales mezclados entre testosterona y meados. Más miedo tienen los toros que los hombres que los corretean por las callejuelas, pues su huida sólo puede ser hacia delante.

Hay quienes afirman que Hemingway no llegó a correr jamás delante de los toros en Pamplona, y lo cierto es que no existe testimonio gráfico alguno. Sólo se conserva una foto, en la biblioteca John F. Kennedy de Boston, en la que el escritor aparece entre las vaquillas que se sueltan al terminar los encierros en la plaza de toros. No parece temeroso, sabía mirar muy bien a cámara, pero son vaquillas y no miuras. Otros expertos rastreadores afirman por contra que sí corrió, y no una, varias veces. El caso es que la gloriosa publicidad que le hizo al patrón de Pamplona es, en parte, responsable de que los Sanfermines se hayan convertido en un rito de paso para millones de norteamericanos, canadienses, australianos, neozelandeses o británicos. Vienen a hacerse mayores, en lugar de comprarse un billete de Interrail. Puede que su ideal de exotismo incluya pañoletas rojas y txapelas, o bien sea la mezcla de animalismo, vino y sexo demente lo que les intrigue. El 56% de los corredores desde el 2014 son extranjeros. De ahí que se afine el turismo y se pongan en marcha campañas que pretenden detener las agresiones sexuales –que hace diez años también existían, pero entonces ni la sensibilidad social ni las leyes estaban de su lado–. Cuando escribo estas líneas ya ha habido una. Cinco contra una, en un portal, entre jaranas, vapores etílicos y una falsa exaltación del arrojo y la hombría. Un espectáculo turístico.

[Publicado el 11/7/2016 a las 11:53]

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Cazadora de abismos

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Hay que empezar a hablar de Diana Arbus por su ángulo más misterioso: su atracción por lo oscuro, por lo que la mirada acostumbra a temer. Y decir más: que sólo entre la alienación y la rebeldía, en la extrañeza más monstruosa, se encontraba segura. Se propuso una meta para escapar de si misma: perderse por las calles, por los lugares más fronterizos de la realidad en busca de freaks –travestis; enanos, gigantes y otros prodigios circenses; albinos o tatuados–. Llegó a sentir que ella era una más entre los que penetraron en el abismo. Creía que hay cosas que nadie habría visto si ella no las hubiera capturado. En una ocasión, en el MoMA llegaron a escupir a una de sus fotos, la de un travesti con rulos, un cigarro y una expresión que pasa por encima de ti como una plancha caliente. La desolación, la fragilidad y sobre todo el desarraigo íntimo afloraron en la obra de esta descomunal fotógrafa que empezó retratando el glamour, las parejas que no se hablaban en restaurantes, acaso a la manera de sus padres, emigrantes judíos que abrieron una boutique de moda en la Quinta Avenida y se hicieron millonarios. Escapó a los 18 años y acabaría fotografiando el infierno.

La vida de Diane Arbus acabó un 26 de julio –de 1971; este año se cumplen 45 años– tras ingerir una buena dosis de barbitúricos y cortarse las venas de sus muñecas en el histórico edificio de la Westbeth Artist Community, a orillas del río Hudson, en Nueva York. “La forma en que Arbus murió, como en el caso de la de poeta Sylvia Plath o, en una generación posterior, la fotógrafa Francesca Woodman, se ha convertido en parte de su legado artístico, como si su fin prematuro fuese el resultado inevitable de su trabajo”, escribe Andy Grundberg en The American Scholar a propósito de Diane Arbus: Portrait of a photographer, que acaba de publicarse en EE.UU. Las heridas secretas emergen ahora en la investigación de su obra adherida a su sensibilidad y cosida en harapos: “Arbus tenía muchos frentes psicológicos abiertos –una depresión, su promiscuidad sexual, el incesto, y una progresiva disminución de la capacidad de establecer y mantener relaciones sentimentales significativas– que nada tienen que ver con su trabajo o ambiciones”.

En su célebre ensayo sobre la fotografía, Susan Sontag carga las tintas con ella y su aura maldita: “El interés de Arbus en los monstruos expresa un deseo de violar su propia inocencia, de socavar su sensación de privilegio, de aliviar su frustración por sentirse segura”. Algo que ella misma reconoció. Nunca había conocido la adversidad: “Y sentirme inmune, por ridículo que parezca, era doloroso”. La fotografía mitigaría ese dolor, pero antes tendría que cruzarse con las dos personas más importantes de su vida: su marido, Allan Arbus, junto al que comenzó a disparar instantáneas y con quien trabajará para revistas de moda: Esquire, Vogue y Harper’s Bazaar, y la fotógrafa austríaca Lisette Model, la que proclamaba: “No disparen hasta que el sujeto que enfocan les produzca un dolor en la boca del estómago”. Tras su divorcio, Arbus se convirtió en la cazadora del abismo que siempre había sido.

Cuentan que el mismo día que encontraron su cuerpo sin vida en la bañera de su apartamento del Westbeth corrió el rumor de que había montado un trípode y una cámara para poder fotografiar su muerte. En su funeral, Avedon murmuró: “¡Cómo me gustaría ser un artista como Diane!”, a lo que Frederick Eberstadt le respondió, corrigiéndole: “No, no te gustaría”. Al final de sus días, cuando incluso le faltaba confianza para cruzar la calle, su rostro había absorbido los rasgos del desamparo de todos aquellos que había fotografiado.

[Publicado el 09/7/2016 a las 13:52]

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¿De qué te ríes?

Tuvimos Navidad electoral y votamos comiendo los turrones, y ahora tenemos verano poscomicios, a pesar de que ya calcemos las alpargatas sobre el asfalto hirviente. Aun así arrastraremos la incertidumbre de cómo será gobernada España hasta bien entrado agosto. La temporalidad sagrada que hacía respetar sus paréntesis estacionales también se ha fragmentado. No hay tregua en el desenredo de la actualidad política a fin de devolver una estabilidad que contribuya a subir el ánimo y mover el consumo. “A recuperar la confianza de los mercados”, dicen. Pero la confianza se ha hecho añicos y aquellos que se han insultado a la cara deberán acordar cómo salir ganando a medias, cada uno con un montoncito. Cambiarán de parecer en algunos asuntos otrora “innegociables” por exigencias del guion pactista igual que las actrices cuando justifican un desnudo.

Las máscaras mandan más que las personas, y nuestros líderes desafían al acto reflejo que activa el área de la corteza temporal al contemplar un rostro y ordena a las comisuras que se levanten. La represión de la sonrisa es un efecto colateral del caos. Ocurre en los funerales: la gente al saludarse a menudo contiene su espontaneidad y reconduce los labios a la línea recta, pero hay quienes olvidan por unos segundos que están acompañando a un muerto, pues es imposible amordazar la vida que fluye, incontenible.

Un psicólogo polaco, el doctor Kuba Krys, ha profundizado en un fenómeno sociocultural etiquetado como “control de incertidumbre”. Las sociedades que puntúan bajo en esa escala tienen sistemas sociales inestables, y así sus ciudadanos ven el futuro más impredecible e incontrolable. “¿Por qué sonríes cuando tu destino es un lobo invisible que está a punto de despedazarte? Es muy posible que en los países con bajo control de la incertidumbre uno sea considerado incluso un estúpido por hacerlo”, escribe Olga Khazan en The Atlantic en un artículo sobre esta investigación, que también afirma que la sonrisa está igualmente mal vista en los países con alto índice de corrupción.

La polarización siempre asfixia sus extremos. De la feria al velatorio. De “viene la nueva izquierda” a “se queda la derecha de siempre”. Durante estos días uno de los asuntos que más nos han entretenido se refiere a la sonrisa de Pablo Iglesias. Nunca se había visto tanto interés en que la perdiera, a pesar de contar con 71 escaños.

En El nombre de la rosa el benedictino Jorge de Burgos afirmaba que “la risa es un viento diabólico que deforma las facciones y hace que los hombres parezcan monos”. Cierto es, son los únicos animales, con nosotros, que ríen. Y hay monos de feria capaces de dejar asomar sus emociones tras las rejas. Como nosotros.


[Publicado el 07/7/2016 a las 12:34]

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Nosotros y los robots

Pertenezco al colectivo de personas torpes que en la habitación de un hotel luchan infructuosamente con controles robóticos para apagar todas las luces de la habitación excepto la de la mesilla de noche. Acaba siendo una pelea contra una misma, tratando de hallar la lógica que ilumina la estancia, la manera de deshacer la cadena de conexiones invisibles que encienden luces en cadena, incluso a través de un iPad cuyos pictogramas no lograrás identificar si tienes una visión literaria de la vida. Anhelas la presencia de un cable, el gesto seco de desenchufarlo de la corriente sintiendo su electricidad en el brazo. Qué fácil y qué físico. El estado mental de la robótica exige temple o juventud. Nunca le pido nada a Siri, me produce cierto sonrojo; creo que me haría sentir más débil, más víctima de la vida automatizada que ya ha abreviado los protocolos cotidianos lavando con lejía huellas, voces y sombras humanas. No hace falta sostener una mirada. No se interactúa. Basta con un botón. Las yemas de los dedos se han convertido en una de las partes más activas de nuestro cuerpo. Activamos la información con una pasada de pulgar y clicamos simultáneamente lo que queremos tener en mente a golpe de pantallazo. Hacemos callos en las falanges, bien distintos de aquellos que abultaban el índice cuando escribíamos a mano.

Hace años que sustituimos la solicitud por la eficacia. La vida se rige por control remoto gracias a las apps que controlan la calefacción de casa, monitorizan el sueño del bebé y cuentan las calorías que estamos a punto de ingerir en la cafetería. Las máquinas de paso a menudo nos exasperan: se tragan la moneda y no hay nadie al otro lado para reclamar. ¿Quién llama a un teléfono a dos euros el minuto a punto de perder un avión o un tren? Las voces huecas de las operadoras, no obstante, empiezan a adquirir inflexiones de tono para imitar las emociones y resultan aún más inquietantes. En Madrid todavía quedan más de 20.000 porteros físicos, que conviven en la misma escalera con robots que limpian la casa, se encargan de la compra y no salen en la foto de familia porque la disparan. El año pasado, la compañía SoftBank puso en el mercado a Pepper, el primer robot capaz de detectar la tristeza de su dueño, además de tener una presunta capacidad para recordar todo lo que sucede a su alrededor durante veinte años. Intuyo un tipo de omnipotencia limitada: cómo captará los matices, cómo detectará lo transcendente que a menudo no se ve ni se dice. ¿Alguien puede creer que no se escacharrará algún día y derramará la tristeza acumulada en sus tripas de titanio? Tesla Motors, líder global del sector de automoción eléctrica, anunció el viernes la muerte de un conductor de su Modelo S que viajaba con el autopiloto activado. El robot lo empotró contra un camión en un autopista de Florida. El hombre, mientras era conducido hacia la muerte, miraba Harry Potter.

[Publicado el 04/7/2016 a las 09:01]

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Un deseo libre

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Quince años y medio. El cuerpo es delgado, casi enclenque, los senos aún de niña, maquillada de rosa pálido y de rojo. Y además esa vestimenta que podría provocar la risa pero de la que nadie se ríe”. Así se describía Marguerite Duras (Saigón, 1914) en El amante, un libro que a muchos nos cambió y nos hizo sentir lectores diferentes, como si su prosa a menudo fragmentada, sus frases desordenadas sin comas ni puntos, sus elipsis y sus látigos paradójicos nos sacudieran. Dice: “Mi madre mi amor mi increíble pinta con las medias de algodón zurcidas…”. También dice: “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años envejecí. No sé si a todo el mundo le ocurre. Nunca lo he preguntado”. Duras tuvo arrugas desde muy joven: surcos en la frente, la piel resquebrajada, “un rostro destruido” como inventario de la pasión de aquella joven francesa, huérfana de padre –profesor de matemáticas– desde los cuatro años, cuya madre permitió que se prostituyera, aún virgen, con un chino rico a orillas del Mekong. Ella fue la chiquilla que quería ser escritora, a quien las niñas del instituto que aprendían crol dejaron de hablarle porque andaba por barriadas de mala fama, en la limusina negra del chino, siempre con demasiado maquillaje.

El amante se publicó en España a mitad de los ochenta: la tradujo al castellano Ana María Moix y Marta Pessarrodona al catalán, ambas editadas por Tusquets. Recuerdo, casi con literalidad, de qué manera la prosa de Duras penetró en mis veinte años modificando las primeras nociones del amor, igual que en el imaginario de los tres millones de lectores que celebramos la novela (premio Goncourt 1984) como un libro iniciático que ofrecía otra visión del deseo sostenido en una tensión erótica que nunca se acaba de satisfacer. La de quien escribe: “Los besos en el cuerpo hacen llorar. Diríase que consuelan”. Sus frases emergen, se sacuden la espuma de los verbos, se dejan “invadir por la sensación”, aseguraba Nathalie Sarraute –quizá lo único que tiene en común con alguno de sus compañeros del nouveau roman– . Su obra pone el énfasis en su historia personal, que hace y rehace una y otra vez; su combate contra la sintaxis es su manera de responder a las formas impuestas, y de plasmar su voz, dubitativa, no siempre creíble. Aseguraba que uno escribe siempre sobre el cuerpo muerto del mundo, y también sobre el cuerpo muerto del amor, no para reemplazarlos, sino para consignar el desierto que dejan.

Este año se cumplen veinte de su muerte, víctima de un cáncer de esófago. Pero la memoria se obstina en recordar, e igual que en sus novelas tantea y repite una y otra vez. Ella buscaba la palabra exacta; trata de escribir de la misma forma que se trata de amar, aún sabiendo que nunca se logrará del todo. Duras siempre regresa, una y otra vez, fiel al ritornello tan característico de su prosa: “Tú no has visto nada en Hiroshima”. Es lo que ocurre cuando se intenta formular un relato desde el pasado. Duras fue una gran conversadora, tan colérica como despojada de lugares comunes, valiente. Vivió enclaustrada durante sus últimos años; dormía con un hombre 38 años más joven que ella, homosexual, Yann Andréa Steiner, a quien le cambió el nombre. “Yan llegó a la vida de Marguerite cuando ella estaba sin aliento. Le devolvió las ganas de escribir y de filmar su amor, su imposibilidad de amar. Yann la protegerá, la soportará. Yann se callará, encajando los golpes y los insultos”, según atestigua su biógrafa Laure Adler. Marguerite Duras vivió entre prosas, películas, litros de Burdeos y frases que hacen llorar como aquellos besos en Indochina. Nunca dejó de hacer mermeladas.

[Publicado el 02/7/2016 a las 13:40]

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De más a menos

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En los días previos a las elecciones, una manada de indecisos salía a la calle o miraba a la pantalla en busca de alguna luz que pudiera ayudar a elegir lo mejor de lo peor. “¿Con quién seremos más pobres?”, escuché preguntar a más de uno, porque en lugar de hablar de política lo hacían de dinero intentando materializar e imponer del sentido común: IRPF, más impuestos, ayudas para autónomos, cuentas de cómo se llegará a fin de mes según lo que prometían unos u otros. “Miren lo que ha pasado en Inglaterra. Ha sido todo por el dinero, por los pensionistas cabreados. Por culpa de Merkel y del tonto de Cameron”, le decía el frutero del mercado de Potosí a su clientela.

Tener dinero y perderlo, vivir de más a menos, es un trance tan humano y corriente como violento. Se impone un nuevo orden, otra manera de comer, de viajar, de comprar. La carencia trae consigo un sentimiento de sacrificio. Hay que renunciar a los gustos caros, además de sentir la helada incertidumbre al acabar el día cuando la fatiga vence al vértigo. Mi abuela, de joven, tuvo varias criadas e incluso nodriza cuando crió gemelos. Ya anciana, y mucho más pobre, barría una y otra vez la casa casi obsesivamente, aunque no fue desafortunada del todo: desde el fondo de la casa, mi abuelo tocaba el piano para ella, de forma que lo inmaterial acabó imponiéndose a lo contable.

El fin de un tiempo de abundancia nos persigue en sueños desde los antiguos invocando mesura, paciencia y recompensa. Le ocurrió a Borges, quien hasta los 38 años fue mantenido entre algodones, destinado –y financiado– por su familia a leer bibliotecas enteras y afilar el lápiz. Pero acabó esa suerte, y él, un cuarentón que nunca había tenido trabajo fijo, tuvo que emplearse en una biblioteca donde ganaba un mísero sueldo. “Fueron nueve años de sólida infelicidad”, explica en el prólogo de una vieja edición de El Aleph. Durante nueve años tuvo que coger el tranvía, recorrer la ciudad y llevar a cabo una rutina que despreciaba, pero la crítica Elizabeth Hyde Stevens –con motivo del 30.º aniversario de la muerte del autor– asegura que aquello fue un acicate para romper del todo la realidad en su obra y crecer como autor y persona. “Fue la tiranía del dinero la que le dio a Borges una necesidad irrefrenable de escapar a la ficción”, escribe Hyde.

Transformar las fatigas en aprendizajes es una de las máximas vitales que ayudan a vadear las corrientes salvajes. Borges amaba el tango porque pasaba de baile valeroso y feliz a triste coreografía. Vivir con los pasos aprendidos parece un desahogo cuando se transita de menos a más. Hasta que las agujas del reloj cambian de sentido.

[Publicado el 29/6/2016 a las 13:34]

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Estás muy buena

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La tertulia de radio se pone flamenca: “¡Que le dijeron a Ada Colau que estaba muy buena!”. Ríen los participantes, todos varones, muy por encima del bien y del mal, o mejor dicho, jueces supremos de la belleza femenina. Digamos que se trata de ese tipo de hombres que exaltan la feminidad lozana, pero que son incapaces de identificar las rosas sobre el asfalto. Recuerdo a aquellos viejos políticos que les soltaban a las periodistas lo buenas mozas que eran, bien apoltronados en su senectud, que les insuflaba inocuidad, como a Montserrat Domínguez Manuel Fraga, que en más de una ocasión le lanzó piropos de abuelo cebolleta. Pero también recuerdo como Maribel Verdú me alababa el atractivo de Felipe González, a quien seguía encontrando sexy. Por no detenernos en el sambenito de guaperas que lleva colgando desde que irrumpió en la batalla electoral Pedro Sánchez, como una etiqueta con el precio que nadie ha conseguido arrancar. La belleza de Pedro Sánchez ha sido una prueba más de la debilidad de pensamiento de quienes siguen enarbolando el clásico, y misógino, lugar común que vinculaba belleza con inconsistencia mental. Ni me imagino los cumplidos que pueden lanzarle en privado las señoras achispadas después de una merendola, esas mismas que le agarraban la nuca a Zapatero para estamparle dos besos y contracturarle el cuello. “Si tú me llamas, yo me corro por teléfono”, le gritaban unas gaditanas a un conocido periodista de televisión, causando un sonrojo confundido con la broma exagerada.

La alcaldesa de Barcelona reveló una “agresión sexual verbal”: dos hombres –y no dos cualesquiera porque ocurrió en un acto con magistrados y letrados– le dijeron que estaba muy buena y que si podían “hacer alguna cosa”. Para más de la mitad de la población femenina eso representaría una pequeña alegría secreta, una risita interior incluso para aquellas que han dejado de mirarse en el espejo, pero también es cierto que neutralizarían el comentario por ellas mismas, sin lamentos ni paternalismos. Colau ha contado que los hombres habían bebido, y en verdad pone de relieve un asunto interesante y que poco se ha tratado: servir alcohol en actos oficiales, además de la resiliencia ante el piropo. Las mujeres a menudo debemos soportar bromitas pudibundas: “Fulanito ha preguntado por ti, ¿estáis liados?”, me comentó con chanza un compañero de trabajo. Como si lo único en que pensáramos en nuestras vidas de malabaristas es en buscar solaz.

Pero hay algo que chirría cuando una mujer meritoria, con gran ascendencia y capacidad de liderazgo como Colau, cuenta a modo de denuncia que dos borrachines le han dicho que estaba buena. Primero porque se coloca ella misma en el marco lakoffiano de una mujer con curvas que provoca un deseo incontrolado, y segundo porque las sandeces que se escuchan en los cócteles, donde señores trajeados socializan con vino y cava, se parecen a la vieja chatarra.

[Publicado el 27/6/2016 a las 10:25]

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Biografía

Periodista, licenciada en Filología por la Universidad de Barcelona. Inició su carrera a los dieciocho años, a mitad de los años ochenta, en los periódicos leridanos Diari de Lleida y La Mañana. En 1990 empezó a escribir en el Diari de Barcelona, y posteriormente en El País, especializándose en tendencias, cultura y estilos de vidaParticipó en el lanzamiento de Colors -con Tibor Kalman al frente-, en Vogue París y Ronda Iberiadirigida por Juan José Millás. En 1992 creó la revista Woman, que dirigiría hasta 1996. Desde ese año a 2012 fue la directora de la revista Marie Claire.  En 2013 fue nombrada editora de Prisa Revistas, donde puso en marcha la revista masculina Icon para El País, en la que sigue publicando artículos. Actualmente es consejera editorial en Prisma Publicaciones (Grupo Planeta).

Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia. Y también ha sido colaboradora habitual de diferentes programas radiofónicos, como Hoy por Hoy (Cadena Ser) y actualmente Julia en la Onda (Onda Cero). Ha dirigido el Curso de Periodismo y Comunicación de Moda de la Universidad Politécnica de Madrid,  el Taller de Periodismo de Tendencias y Moda organizado para la Escuela de Periodismo UAM/El País y ha participado en seminarios de la Escuela Contemporánea de Humanidades.

También ha dirigido la serie infantil Fadapaca (TV3, 2008), con la dirección artística de Jordi Labanda, y el programa de entrevistas "Humanos y divinos" (TVE, 2010).

Es coautora -junto a Anna Caballé- del libro Mi vida es mía y autora, entre otros, de Hombres, material sensible, (Plaza & Janés) Las metrosesenta (La Esfera) y Generación Paréntesis  (Planeta).

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