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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 24 de agosto de 2017

 Blog de Joana Bonet

Tiempos groseros

En la estación, la mujer me pide el billete con cara de perro. No dice ni “gracias” ni “pase”, tan sólo me empuja hacia adelante. No soporto que invadan mi burbuja proxémica, es decir, que rompan mi espacio íntimo, y menos que me toquen extraños, sean hombres o mujeres. Le pregunto que con qué derecho me pone la mano encima. Chasquea la lengua, masca el chicle y mueve la cabeza. Añado que no hace falta actuar con grosería y entonces demuestra que ha renunciado al autocontrol. Grita: “La mal educada es usted”. Así suelen zanjar nuestras recriminaciones las personas descorteses que nos atienden, rebotando el dardo a modo de ­respuesta.

En el puente aéreo, no veo a la guardia de seguridad que suele cachearme. Llevo una prótesis, y por tanto estoy obligada a demostrar mi inocencia en cada vuelo: debo admitir que me palpen por encima de la ropa. Lo suelen hacer con educación, incluso con algún chiste para destensar la violencia del acto. La guardia de turno pasa sus manos entre la cinturilla del pantalón como si fuera a desgarrarla. No sé qué quiere demostrar, acaso que tiene más poder que yo. Bromeo; podría tratarse de una escena de las 50 sombras de Grey, y por supuesto el chiste la ofende.

La grosería representa desamparo y desnudez. Ni el conocimiento ni la sensibilidad han podido vestir a aquellos que se escudan en su capacidad resolutiva, sin contemplaciones, a fin de justificar sus penosos modales. Carecen de interés por la espuma de los días: ese intangible que educa la mirada y los sentidos. La grosería es cortoplacista, ansiosa, precipitada, imperiosa. Pero a la vez plantea una desconsideración con uno mismo, porque tratar mal a los otros nos retrata vulgarmente. Claro que hay una élite para quienes la grosería proporciona un sentimiento de liberación, ya que plantea una transgresión a lo establecido. Sólo que hoy vivimos en una de las épocas más relativistas –en lo que a normas y códigos se refiere– de la historia, por lo que el concepto de transgresión se ha banalizado. Baudelaire paseando con el pelo teñido de verde por los Campos Elíseos escandalizaba a sus contemporáneos, mientras que hoy nuestro ojo se ha acostumbrado a atuendos de cualquier índole, al igual que nuestra moral. Y si bien, por un lado, se ha aceptado mayoritariamente la diversidad sexual, también se ha convertido en costumbre que nadie ceda el asiento en el metro a una persona mayor o una embarazada, o que la gresca esté instalada en nuestro día a día con firmeza: boutades, insultos y piedras en las redes. Tanto han cambiado las cosas que un estudio realizado por cuatro universidades –Maastricht, Hong Kong, Stanford y Cambridge– podría dar al traste con la condena social a las palabrotas, puesto que sostiene que las personas que dicen tacos o juran en arameo resultan más honestas. ¿Por qué el mal gusto siempre acabará relacionándose con la sinceridad y la buena educación con la cursilería?

[Publicado el 06/3/2017 a las 12:17]

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Frou-frou en la Residènce

Es mediodía, febrero con sol, los almendros han florecido y su milagro anida en el ánimo de la gente que aún mira los árboles. La flores blancas, rosadas revientan, inmutables al ruido de la vida. Es la promesa de vida (no teu coraçáo), igual que las de las “Aguas de marzo” que cantaba Elis Regina con Jobim. Hoy suena rap. Rubias con gafas de sol grandes, fulares de colores –y alguna con cuello de zorro– y asidas freudianamente a un bolso caro –o un fake fino– aguardan a que abran las puertas de la Residencia del Embajador de Francia. Le dan su nombre a la azafata de la puerta y se escuchan, uno tras otro, los grandes apellidos de la alta sociedad madrileña. En la Residencia, Yves Saint-Geours y señora han forrado las paredes con telas de Pierre Frey, descolgando los cortinones de seda brocada en verde y oro, justo ahora que Donald Trump ha colocado cortinas doradas en su despacho oval. Han traído también dos tapices inspirados en las “Femmes à leur toilette” de Picasso, que estarán en la capital mientras se restauran las tapisseries del siglo XVII que ocupaban las paredes de la casa del embajador. Hay que refrescar la grandeur, Hollande es un hombre normal, y aún preside el Elíseo. Menos Luis XVI y más Philippe Starck. Es jueves y el palacete de Serrano se ha convertido en un salón de modas en honor a Marta Rota, cuarenta años al frente de Tot-Hom, una de las últimas de su especie. Hace siete que abrió tienda en Madrid. Se le lanzaron al cuello. Ana Gamazo, Patricia Rato, Ana Botella, Cristina Yanes, Marisa de Borbón, Isabel Preysler y sus hijas, Ana Belén, a quien ha hecho el vestuario de su última gira… Antes organizaba desfiles enseñoreados en el Palace, pero debía pisar territorio francés, evocando los ateliers de Valentino o Givenchy, donde memorizaba cómo picaban los hombros o cortaban al bies, junto a su madre, Margarita Jovani, que vestía a la alta burguesía catalana. Marta montó su propia tienda con quince años. Dice que jugaba a vender. Un día le preguntaron cómo quería que se llamara la tienda, y ella dijo “que tothom li digui com vulgui”. Pues la llamaremos ‘Tot hom',  dijo un colaborador. Y le puso un guión.
 
Una chica con botas de plataforma lleva un caniche blanco, es su mejor accesorio. En primera fila, parece ser alguien aunque no tiene negrita. Las clientas anónimas son las más excéntricas. Llevan sombreros estilo Ascot o liftings estilo Joan Collins. Ana Rosa Quintana, la periodista, calza unos zapatos atómicos de una tienda de León que trae cada temporada su muestrario a una suite de Hotel Adler, y se lo rifan porque todo lo que huele a venta privada, aquí fascina. Begoña y Mar García Vaquero –señora de Felipe González– conversan con Lola Suárez, una de las diosas –la más discreta– de los salones de Madrid. Beatriz de Orleans, que llega de esquiar y va en anorak, Carmen Lomana, la mujer de Lecquio, María Palacios, y la siempre alta (en todos los sentidos) Bibiana Fernández, que dice “me vuelve loca Tutjom”; habría que pagar por escucharla pronunciar Tot-Hom. Sisita Milan del Bosch y Pilar Sanz Briz son históricas. Sisita fue musa umbraliana, que escribió de ella que sus piernas eran líricas, mientras que Pilar, hija del diplomático Ángel San Briz, el llamado ‘ángel de Budapest’ por salvar a miles de judíos de los campos nazis, se crió en África. Le pregunto a Sisita si el broche de la pantera que refulge en su traje azul bruma es de Cartier. “No, es falso”, me contesta. Pilar se casó de Pertegaz, Sisita de Balenciaga. Ambas defienden la palabra vintage, que pronuncian igual de snob que “tothom”. Rosina Malumbres me asegura que “los trajes de Marta me recuerdan a Jackie Onassis”. Rosina es una de las mujeres que mejor sabe asombrarse por la belleza. Inma Peréz Castellanos, consultora de lujo, me dice: “aquí somos cuatro las que trabajamos, y se nos nota en la cara”. Pienso que lo dice por las ojeras, pero afirma que es el frenesí que enciende las mejillas. Le pregunto a Pilar Sanz Briz, del barrio de Salamanca de toda la vida, qué le ha parecido la colección de Marta Rota, un recital de trajes a medida, esculpidos a mano por las llamadas petites mains con los dedos pinchados por los alfileres. “Tot-Hom es la mejor de España, sin duda”, me responde, y esa fonética más exótica que castiza, me hace sentir, como a tantos periodistas sin plaza, corresponsal en Madrid.  

[Publicado el 04/3/2017 a las 14:01]

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Recato en Hollywood

Cuando el Meatpacking District aún no había sido coronado por su jardín colgante, existía una ruta alternativa en la noche neoyorquina, que consistía en cenar en el Florent –abierto las 24 horas, frente a los mataderos– y tomar una copa en Hogs&Heifers, un bar de camioneros cuya barra estaba llena de sujetadores de todas clases: con copa forrada, en triángulo, con aro o blonda. Allí se apostaban con autoridad hombres rudos, tatuadísimos, a los que preferías no sostener la mirada. Y a pesar de que las camareras anduvieran con poca ropa y mucho maquillaje, nunca las vi hacer ese gesto que toda mujer ha querido imitar alguna vez, bien sea en la soledad de su dormitorio o en una despedida de soltera: blandir el sujetador y hacer anillos en el aire, como el que tira un lazo.

El sujetador es una prenda cargada de simbolismo, y aunque haya resultado crucial para que las mujeres pudieran moverse con mayor libertad, siempre ha tenido connotaciones opresoras. Aquellas chicas temerarias que los quemaban en los años sesenta poco podían imaginar que el sostén avanzaría regio, por encima del bien y del mal, y se empezaría a exhibir con tronío. La visibilidad de la ropa interior femenina, cuando saltó de dentro afuera, produjo algo parecido a la fiebre de la primera persona en literatura. La intimidad se convertía en “extimidad”. Así bautizó Lacan a la creciente tendencia de querer hacer públicas sus vidas interiores.

La noche de los Oscars podría haber sido la de los sujetadores rotos. No fue así. Recatada, comedida en el vestuario y la reivindicación, poniendo de manifiesto la incómoda posición de las celebrities en la era Trump ante su misoginia y su xenofobia declaradas. Tan sólo Gael García Bernal, que denunció el vergonzoso muro de la discordia, y el director iraní Asghar Farhadi, ganador del Oscar a la mejor película extranjera, que le hizo leer a una ingeniera de la NASA su denuncia: “Así se divide el mundo. Los directores de cine crean empatía y unen”. Pero ni una mujer ni un afroamericano aprovecharon el poderoso altavoz hollywoodiense. La del entretenimiento es una industria que siempre ha tenido un pie en el freno. Y quien mejor lo sabe es Donald Trump, hoy por hoy la mayor celebrity mundial, que ha iniciado un Gobierno reality show al estilo Kardashian, aunque con listas negras. Ya ha fichado a periodistas y medios, jueces y funcionarios diversos. Y el Ho­llywood más modosito abandonó en su noche de gloria las heroicidades y los dardos con una tibieza que apostó por la prudencia y una falsa alegría. Que La La Land ganara y no ganara, en favor de Moonlight, fue un lapsus elocuente: es tiempo de sujetadores armados para protegerse de la oscuridad.

[Publicado el 01/3/2017 a las 17:45]

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Medea invertida

Hay un tipo de violencia que no cesa. La definimos como doméstica, machista, de género, de pareja. Yo la considero terrorismo, porque en su dentellada anida la demostración de dominio mediante actos violentos a fin de infundir miedo, de coaccionar, de imponer una autoridad por encima de todo. De erigirse en dueño y señor del territorio partiendo de un cruento chantaje emocional que se aplica con sadismo y costumbre. Van en aumento las amenazas constantes, los partes de Urgencias, las violaciones en la cama de matrimonio, la humillación psicológica a la que son sometidas tantas mujeres que acaban sintiéndose una piltrafa y apenas recuerdan que un día fueron libres. Relaciones que presuntamente se iniciaron con amor, aunque fuera un malentendido. Una perversión que desembocó en un vínculo fatal, de víctima y verdugo. ¿Por qué nuestras sociedades han sido capaces de reducir la criminalidad en pos de un mundo más seguro, y en cambio las mujeres siguen muriendo a manos de sus parejas o exparejas? La pasada semana, en España, fueron asesinadas en la intimidad cinco mujeres. También dos niños. Se nos indigestan las noticias de su muerte. Pequeños utilizados como minas antipersona, prótesis existenciales en nombre del mal. A comienzos de mes, en Madrid, un hombre de 27 años, antes de arrojarse al vacío con su hija de un año desde la segunda planta de La Paz, a una altura de unos 12 metros, le gritó a su mujer: “¡Me la has jugado! ¡Me la has jugado! ¡Te voy a dar donde más te duele!”.

Días antes, en Daimiel (Ciudad ­Real), otro hombre mataba a su pareja y a la hija de esta, de 18 años. Estaban en trámites de divorcio. La mujer había visitado a una psicóloga social porque estaba pasando por una ruptura complicada. La nube negra del presentimiento ya se había instalado en sus días. El último caso, el de Juan Sergio Oliva Gómez, que acuchilló a sus hijos de cinco y cuatro años durante un permiso de paternidad en un pueblecito tranquilo cerca de Stuttgart, nace de una temeridad judicial. El hombre había invocado ante su ex el nombre de José Breton, sacando todos los diablos de la teoría de la emulación a pasear, lo que Paul Aubry ar­ticuló ya en 1896 como “el contagio de la muerte”. Ella le había denunciado por maltrato hasta en tres ocasiones, pero un juez dictaminó que los niños debían pasar periódicamente tiempo con su padre. Debe resultar invivible la idea de no poder proteger a tus hijos. La madre viajó hasta el pueblo alemán, cuando el presagio ya era una mancha negra que se extendía igual que aceite. Los había matado. Se dice que es un asunto muy complejo cuando fallan todos los planes de prevención anunciados a bombo y platillo, que han demostrado ser ineficaces. Que no han impedido que haya mujeres que vivan temblando mientras sus exparejas preparan la cena y la muerte de sus hijos.

[Publicado el 28/2/2017 a las 18:12]

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La post movida

Tanto que se rieron del talante, santo y seña de la era Zapatero –que tiene la misma raíz etimológica que talento, según el Corominas– y ahora el llamado nuevo PP es el no va más de la sensibilidad y la cercanía. El caso es que el Ministro Méndez de Vigo me llama a capítulo después de rajar en una columna sobre la ausencia de modelo cultural español, a años luz del caso francés. Don Méndez me invita amablemente a que su equipo de especialistas me expliquen el Plan 20.20, porque hoy la cultura se envuelve de números-bandera. Hay voluntad e impulso. Pero antes tienen que sacar las grapas oxidadas con las que clavetearon la cultura. El todo Madrid dice que Méndez de Vigo es “un hombre de diálogo”. Siempre me ha alarmado este sintagma rimbombante aplicado a un político, ¿o la capacidad de diálogo no debería de ser una característica obligada para cualquier gestor público? También “es un señor”, y eso significa por encima de todo que es un hombre bien educado. 
Durante la semana de la moda, charlo con Ágatha Ruiz de la Prada. De ella también se dice que “es una señora”, sobre todo después de declarar que pasaría el disgusto de la dejación de su marido igual que una gripe larga. La conozco desde hace mil años; vendía su ropa en la tienda de Pepa Domingo. A Pepa hay que hacerle un homenaje corriendo. Gracias a ella pudieron comer muchos diseñadores post-movida a quienes compraba sus colecciones y les montaba desfiles al lado de la Paeria, desde Sybilla, Manuel Piña, Lydia Delgado, Kima Guitart o la propia Ágatha … Pepita, que tiene una belleza morena e italiana, me bautizó en sus mares y  me contagió su capacidad de asombro por todo aquello que era audaz entre costuras. En ocasión me llegó a vender un aro de Ágatha. Y con él, incauta  jovenzuela me fui a cubrir la primera edición del Premio de Ensayo Josep Vallverdú. Aún había gobernador militar, y ante la estupefacción de las autoridades el mando cortó el hielo con retranca y cortesía, era 1984, los tiempos no cambiaban, se desbocaban. Ágatha ahora está suelta del todo. Su desfile fue una declaración de vida, y no de “vida después de Pedro J”, sino de todo lo que siempre ha sido ella. Me cuenta que durante años vivió de puntillas. Más pendiente, contenida, acompañando aquí y a allá al superperiodista que se ponía sus corbatas de nubes. La suya fue una explosión de magdalenas y donuts de colores. Una demostración del espíritu ochentero que agathizó el mundo de la ropa infantil, la decoración, los perfumes y todo lo que tocaba, hasta convertirse en un gigante. Lo suyo también fue una explosión de poder: Aguirre, Cifuentes, el ex editor de su exmarido, Antonio Fernández Galiano, Rafael Ansón, el torero Francisco Rivera y su mujer, Beatriz de Orleans…Todos en pie al terminar el desfile. Y una Ágatha, liberada se convirtió en corazón. 
 
Hace unos días, Joaquín Sabina nos invitó a un grupo de periodistas a escuchar su nuevo disco en las oficinas de Sony Music, que tiene algo de guardería de diseño. En una pantalla iban apareciendo las letras de “Lo niego todo”. Allí me encontré con el colega y poeta Antonio Lucas, que persigue el esplín de la ciudad y hace literatura en el mítico José Alfredo, un bar donde muchos periodistas se han dejado la nómina. Sabina está regio. Sereno. Habla directo como siempre, confiesa que sus musas estaban viudas, que les habían salido varices, que les olía el aliento. Hasta que llegó un clima de felicidad creativa, y las musas rejuvenecieron. Sabina confiesa: “Las canciones siempre se quedan lejos de cómo uno las había soñado. Al menos éstas no me dan vergüenza”.  Suele afirmar que sus dibujos no son arte ni sus canciones no son poesía, pero es uno de los superventas de Visor, junto a Benedetti, y sigue llenado salas y estadios a los dos lados del charco.

La nostalgia ochentera es recogida hoy por las nuevas generaciones que beben del histórico Club Blitz de Londres o de las noches de El Sol. Alejandro Gómez 'Palomo', ha desfilado en Nueva York con Malia Obama, la hija del ex presidente de Estados Unidos, en primera fila. Es el único español nominado en los premios LVMH. Y su nueva colección, inspirada en "La Ley del Deseo", contó con la bendición del mismísimo Almodóvar. Efebos iluminados y barrocos que posan en las azoteas del Barrio de las Letras demostrando que la máxima expresión de la moda es su capacidad de provocar.

[Publicado el 27/2/2017 a las 14:19]

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La imagen de una vida

Cómo vamos a vivir de espaldas a la muerte si a diario y sin avisar muestra su rostro tan afilado como invisible? Es imposible no olerla. Está en los periódicos: toneladas de muertos cuyo destino se ha desbocado prematuramente; cadáveres de lujo y de todo a cien, porque también hay clases en la muerte. Se sienta en el banco del parque, donde unos abuelos flacos levantan la barbilla hacia el sol. La trae escrita en el entrecejo la amiga con cáncer, que la ahuyenta con coraje, dignidad y quimioterapia. La llevamos en el apellido, define quiénes somos: seres, sí, pero mortales, conocedores de que el vivir humano es un sinvivir; individuos irrepetibles en peligro de extinción, en amenaza permanente. Siempre que paso por la autovía de Castelldefels, frente al hospital de Bellvitge –donde desahuciaron a mi padre hace más de diez años–, la intuyo bien alojada, desplegando su voluntad con determinación. No hay otro muro tan real frente a nuestra capacidad de vivir. En cambio, pocas veces, acaso cuando se nos mueren los nuestros, la nombramos y nos preguntamos qué perdura tras ella.

El término posteridad proviene del latino posteritas y abarca el tiempo futuro en general, el conjunto de personas que vivirá después de cierto momento o cierta persona, y la fama póstuma. La filo­sofía le ha dado vueltas y más vueltas desde la antigüedad a esta fórmula todavía única de supervivencia, en la que Javier Gomá bucea en su nuevo ensayo, La ­imagen de la vida (Galaxia Gutenberg). En sus páginas, el filósofo de la ejem­plaridad desarrolla la idea del legado de la imagen de una vida, mitad sentimental, mitad moral, que todos dejamos al morir en la memoria de quienes nos trataron y quisieron. E inevitablemente surge la pregunta: ¿cómo queremos que se nos recuerde?

Además de reflexionar acerca de las dos formas de esta pervivencia humana –la obra de arte y la obra humana–, concentradas en la imagen póstuma, una entre todas se clava en su recuerdo y a la vez le ampara: la muerte del padre. Gomá define la orfandad como un estado en el que uno se siente una copia sin modelo. Y los progenitores, mucho más que las personas amadas, son figuras legendarias, “el último animal mitológico”. Hasta el punto de ser los únicos testigos de nuestra historia entera: “Sólo ellos custodian la narración íntegra y auténtica desde la primera línea”. Al morir, nos arrancan las primeras hojas del libro de la vida, escribe. El desconsuelo, que no es exactamente tristeza y es mucho más que llanto, procede de un acto violento, un corte metafísico que nos deja sin raíces, la muerte en mayúsculas. Y sólo el recuerdo robusto, y la imagen que brota de él, es el maná con el que tantos huérfanos de padre o madre seguimos alimentándonos.

[Publicado el 22/2/2017 a las 16:56]

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'Detox' virtual

Un amigo me contó que un día dejó de tragar. De repente la vida se redujo a un nudo en la garganta, como si se le hubiera cerrado el pasillo que conecta lo de fuera con lo de dentro. Por más que lo intentaba, no conseguía deglutir bocado o trago. Él avanzaba en su relato, y yo iba visualizando otra escena: la de un personaje que decide dejar de tragar, a lo Bartleby, que se planta ante la abundancia de mierda que ingiere a diario; y no me refiero tan sólo a la comida rápida, ni al aire turbio que se agarra al paladar, sino a todas las servidumbres que masticamos sin chistar, incluidas las impuestas por las pantallas que nos rodean. En el caso de mi amigo, se debía a un aviso in extremis del hígado. A partir de entonces valoró de otra manera el agua cuando se desliza por la faringe y eligió con más detalle lo que merecía ser tragado y lo que no. No tiene móvil.

Correo basura, alarmas insolentes, decenas de actualizaciones, fotos y vídeos, me gusta y corazones nos llueven a todas horas. Incluso las relaciones laborales se han colado en la mensajería del smartphone. Y esa segunda casa virtual, esa habitación con vistas, ha acabado invadida por la realidad suplementaria que hemos creado con internet. El ritmo de la ambición humana era finito en el canal analógico, por ello resultó tan práctica la red. Y nos arrodillamos a sus pies. Por fin la humanidad podía comunicarse sin barreras, sólo que su intimidad sería asediada e infoxicada.

La reacción ya se hacía esperar. El Gobierno holandés ha resucitado el voto contado a mano, reivindicando el lápiz y el papel; el Kremlin ha desempolvado las viejas Olivetti para evitar a los hackers, y el resistente y renovado Nokia 3310 se ha agotado estos días en China. Nuestros dedos se acostumbraron a la escritura a mano y se fortalecieron al teclado, ahora sus yemas, cada vez más endurecidas, dan saltos mudos sobre las pantallas de los teléfonos inteligentes. La moda emergente del off recupera los teléfonos vintage, y Jasper Morrison ha diseñado un móvil detox con la idea de ayudar a desintoxicarnos del tsunami diario de mensajes. Lo produce la compañía suiza Punkt –punk y tecnología–, que subraya que su MP01 es “un teléfono sencillo que dispone de las funciones básicas de llamada y envío de mensajes de texto. Desconecte y vuelva a disfrutar de las cosas de la vida. Recupere su libertad”. Pesa sólo 80 gramos y no se conecta a internet, así que no permite cambiar nuestro estado de ánimo en Facebook. Es un marketing de discurso nostálgico en un tiempo en que la dimisión de la tecnología parece pura excentricidad, aunque, por otro lado, cada vez hay más personajes que hacen gala de ello, tozudos resistentes.

A veces envidio a quienes pueden permitirse el lujo de no tragar todo lo que entra por sus órganos virtuales, sin tener que trajinar con basura.

[Publicado el 20/2/2017 a las 11:18]

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Burbuja fashion

El director me dice que debo soltarme en esta crónica madrileña, y una entiende que hay despeinarse sin remilgos si te lo manda el jefe, pero no es tiempo para conjugar ese verbo pronominal al que se recurre tan alegremente, igual que a la flamenca del Whatsapp: desmelenarse. ¿Cómo vamos a abandonar el encogimiento o la modestia y obrar con ímpetu, sin moderación, que es como la RAE define el desmelene? Ya sé que se lleva el despatarre, como se demostró en  la ceremonia de los Goya, donde  Eduard Fernández o Karra Elejalde se sentaron con las piernas abiertas a más no poder, tan ufanos como ventilados. En argot pijipster se le llama manspreading, y el fenómeno no ha tardado en ha dado lugar a análisis semióticos: que si es una forma de mostrarse a gusto en el mundo, que si las mujeres prefieren a los hombres así en lugar de modositos. A menudo echo de menos palabras catalanas con gran fuerza visual y sonora: “escarranxada”, por ejemplo, que no tiene traducción. En lugar de cruzar piernas, así se  mostró Madonna en la Marcha de las mujeres, desafiando al decoro femenino con provocación histriónica. La osadía tiene que disfrazarse siempre, que se lo digan a Colau, a quien ya en segundo de BUP le llamaban “la monja” porque se vestía de negro hasta los pies, embebida de Simone de Beauvoir. Lo cuenta en Fashion&Arts Magazine, donde habla de su parca relación con la imagen.
 
La moda nunca buscó como fin en sí mismo embellecer a las mujeres. Se derrite recreándose en sí misma para formar un bucle de deseo. Un mecanismo que gira a su alrededor porque su raíz es la novedad. Pura antropofagia. Lo que se pone de moda deja de ser moda al instante. Con esa anticipación viven los diseñadores que hoy jueves, mientras escribo estas líneas, arrancan sus desfiles en el marco de la antigua Cibeles, hoy Mercedes-Benz Fashion Week. Sí, amigos lectores, la palabra fashion se ha universalizado aunque produzca irritación. De Brasil a Corea, de Nigeria a Islandia, nadie ignora su significado. Los fashions madrileños son ante todo desprejuiciados y tienen “una vida callejera constante”. Lo asegura el gato Juan Duyos, cuyo desfile –el próximo lunes– es uno de los más esperados. El otrora enfant terrible cumple veinte años sobre el podio, y ha conseguido hacer rentable su slow couture: 400 piezas únicas al año. Duyos aprendió en el taller de Manuel Piña, que fue el Halston de Madrid en la Movida. Tiene sensibilidad y retranca. Hace unos días cogió el teléfono y fue llamando una por una a las modelos de los dosmil, nuestras schiffers y crawfords. Todas le dijeron que sí: Verónica Blume, Helena Barquilla, Laura Sánchez, Judit Mascó, Vanesa Lorenzo… “Nieves Alvarez es la belleza hipnotizadora; ya estaba en mis primeros desfiles. Cuando nos dieron por primera vez el premio L´Oréal, dijo que lo donaría a una ONG y yo pensé: ¡madre mía, si yo soy una ONG en mí mismo!”, bromea.
 
El director, cuando me dice que me suelte, me pone un ejemplo: “puedes contar una llamada con Nieves Álvarez”. Entiendo el mensaje. Hay que dar fe de la belleza hipnótica. La pillo en una feria de tejidos, eligiendo lanas para la colección de ropa infantil que diseña, N + V. Me habla desde sus pies en la tierra: “nunca he sido la modelo del momento ni una fashion victim, siempre he elegido con libertad, fiel a mis ideas”. Suave y camaleónica, es un icono de Hola! y de Bvlgari al tiempo, y tanto en el Madrid VIP como el del artisteo se la rifan. De Duyos dice que “no tiene pelos en la lengua y lucha por la moda española”.
 
Desde Nueva York se trajo la colección de Desigual, uno de los gigantes internacionales del Made in Spain. En su tienda de Callao la exhibieron al público para que votara sus prendas preferidas. Le llaman evento experiencial. “Habla de nuestra forma de entender la vida; las colecciones solo suelen recibir la opinión de la prensa, y nosotros hemos querido contar con la opinión del público”, cuenta Daniel Pérez Barriga, director de comunicación de la firma. Desigual apuesta por el “lo veo, lo voto, lo compro”. Su manera de democratizar la moda pasa por defender “el lujo de lo humano”. Lo vivo, lo mezclado, lo diverso e irregular, lo excitante, moda con soul y punk californiano. Muy suelto, se lo aseguro director.

[Publicado el 18/2/2017 a las 12:54]

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Jaque al ‘finde’

No hay mejor energía semanal que la del viernes por la mañana: el café con leche sabe más fuerte, los jefes visten tejanos y el futuro cercano se extiende de forma parecida a una llanura de tiempo libre para colorear a tu antojo. Pero se trata de una idea obsoleta. De un espejismo, un sentimiento antiguo parecido a la plenitud que te embarga cuando empieza el verano y recuerdas aquella promesa de felicidad interminable. Porque, hoy, el fin de semana casi ha desaparecido, excepto para los niños. Los horarios se difuminan tanto como la frontera entre lo público y lo privado. Se trabaja en casa, y los autónomos hacen facturas los sábados; se va a comprar en domingo, e incluso muchos profesionales planifican la semana mientras emiten esos telefilmes de tarde, que atrapan igual que deprimen.

Cuando alguien dice sentirse muy productivo, y más en fin de semana, siento vergüenza ajena; ante mis ojos esa persona se transforma en máquina, y me pregunto por qué el lenguaje industrial ha logrado colarse por las rendijas de la satisfacción personal. Gente ufana por haber hecho un par de llamadas pendientes, por haber terminado un trabajo extra o por conseguir algo que probablemente acabará torciéndose. Entiendo esa sensación de eficacia que ofrece el trabajo cumplido, pero ¡de ahí a sentirse el empleado del mes!

El fin de semana sirve para despertarse tarde y atrincherarse en la cama a leer. Basta mirar a través de la ventana, como hacen las protagonistas de las películas inglesas, para que un barniz irreal, de minuto perdido en la nada, te haga sentir lo misteriosamente mortales que somos. Durante el fin de semana se va al mercado y se habla con el pescadero. Se llega incluso a sentir algo de temor ante esos guantes negros cubiertos de tripas, y te imaginas al hombre restregándose el olor de las manos, que es más rebelde que el de la mandarina. El finde –así se le llama, y mira que al principio sonaba en­golado y cursi, de chicas de colegio de monjas– también es indicado para arreglar cajones o tirar papeles que un día consideraste importantes, pero su valor ha decaído en un año lo mismo que tu cintura.

Resulta irónico que este 2017 haya comenzado en España con la propuesta por parte del Gobierno de acortar la jornada laboral (hasta las seis de la tarde). La tecnología y las redes, el multitasking y el pluriempleo han desdibujado la línea entre actividad y descanso. Russell decía que “la última consecuencia de la civilización es su aptitud para ocupar inteligentemente los ratos de ocio”.

Ahora nos jubilamos más tarde, le tememos al aburrimiento y ya no osamos ni mirar tras la ventana porque nunca hay tiempo, ni en fin de semana. O eso nos hacen creer si no lo defendemos.

[Publicado el 16/2/2017 a las 10:16]

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Falta dato

En su clásico El arte de escribir columnas, el maestro de la crónica periodística Paul Johnson señala como requisito imprescindible para todo oficiante del género tener conocimientos, no sólo sobre el tema que tratar. No hace falta que sean abrumadores, pero sí sólidos y contrastados. Y subraya: “Es interesante señalar que las mujeres no nos aburren con datos, sino con opiniones. No conozco a ninguna columnista que meta demasiados datos en sus notas: la debilidad de su sexo consiste en ofrecer demasiado pocos”. El reproche va cargado de conmiseración, aludiendo al sexo como condicionante que impide elaborar una tesis científicamente, y no a la bimbambú, huyendo de lo factual. Johnson creaba intriga acerca de la inconsistencia de las columnistas, aunque tal aseveración hubiera precisado de un porcentaje: la proporción de articulistas mujeres respecto a la de los hombres que leía en la prensa.

Siempre ha habido columnas que no se entienden sin datos y otras donde marean y sobran. El columnista, sea hombre o mujer, cuando se abraza al dato, lo pule para no agotar al lector y lo contrasta antes de plantarlo en el folio. Los datos son armas y escudos. La estadística es fría, no habita en ella ningún calor humano, sólo matemática, aunque ejerce de indicador de la humanidad, y ni la demografía o las epidemias, el paro o la pobreza, el cáncer o los accidentes de tráfico, se entenderían si no fueran anclados a un dato. Uno de cada tres españoles padecerá cáncer. Los tres españoles más ricos acumulan lo mismo que el 30% de la población. 20 de cada 100 niñas españolas sufren abusos sexuales…

Las estadísticas –siempre variables según quien las encarga y paga– acusan una gran crisis de fe. Fenómenos como Wikileaks, que han puesto firmes a gobiernos y grandes compañías internacionales, contribuyen a reforzar la premisa de que no hay que fiarse del todo de los números. Y las oleadas de populismo han negado lo que consideran cifras amañadas por las élites. Las actuales teorías conspiratorias, sumadas a la sensación de que el Gran Hermano no sólo nos observa y gobierna, sino que nos estafa, se han acrecentado con la llegada de Trump y su reiterada denuncia de un supuesto fraude electoral. El mundo se ha formateado en bits, pero la sobreabundancia que registra cada suspiro de vida ha provocado un efecto rebote.

William Davis, en The Guardian, analiza la autoridad cada vez menor de las estadísticas y lo considera “un fenómeno localizado en el seno de la crisis que ha dado en denominarse ­como políticas de la posverdad”. Añade que la incertidumbre ante un mundo nuevo las ha desacreditado debido a la creencia de que “hay algo arrogante y despectivo en ellas”. Pero este tipo de descreimiento suele ir acompañado de un idealismo temerario, de una obcecada negación de la realidad, de una visión del mundo donde datos y cifras se sustituyen por mantras demagó­gicos.

[Publicado el 13/2/2017 a las 12:26]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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