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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 20 de julio de 2018

 Blog de Joana Bonet

El nuevo petróleo

¿Quién no se ha sentido ridículo confirmando su propia identidad y teniendo que interpretar unas letras retorcidas y distorsionadas que deben de hacer las delicias de algún psicópata?

No sólo nos piden nuestros datos personales, que se desploman indefectiblemente al terminar de cumplimentar el formulario online porque se ha agotado el tiempo o la contraseña no es segura, también nos preguntan el nombre de pila de nuestra abuela a fin de demostrar que somos nosotros y no unos suplantadores. E incluso nos bloquean la entrada a nuestro buzón de correo como si nos prohibieran entrar en nuestra propia casa, porque sospechan que cualquier desaprensivo, o tu mismísimo marido, vete tu a saber, han querido fisgar en tu bandeja de entrada, hoy un delito parecido a hurgar en los cajones de la ropa interior ajena.

Sin embargo, la porosidad de la red es escandalosa. El tráfico de datos –y hasta el robo, como hemos visto esta semana con la supuesta oferta de una cuenta prémium de Spotify, que era en realidad un timo– pretende hacerse con el alma de todo aquel que clique. Lo ha declarado el presidente ejecutivo de Telefónica, José María Álvarez-Pallete: “Los datos son el petróleo del siglo XXI”. Además de suponer la materia prima del negocio, necesitan ser refinados para cotizar, igual que el crudo. Alphabet, la multinacional que engloba Google, Amazon, Apple, Facebook y Microsoft, las cinco compañías más valiosas, no hace más que multiplicar beneficios: juntas sumaron 20.130 millones de euros durante el primer cuatrimestre del 2017.

A pesar de su inmaterialidad, ya no hay plan de negocio que no incluya el estudio de datos. En este Gran Hermano panóptico, un ojo informático escruta cada uno de nuestros clics persiguiendo nuestro perfil de consumidor. Y le sigue una insidiosa persecución virtual mientras asistimos impertérritos a las propuestas que nos lanzan los algoritmos y que oscilan entre las ofertas de balneario o los milagrosos alargamientos de pene. Pero, ¿por qué seguimos considerando un acto privado el de navegar por internet, e incluso el de escribir correos donde damos rienda suelta a nuestra naturaleza confesional, al estilo de las viejas cartas? Narcisistas redomados, nos permitimos exhibirnos sin cautela aunque simultáneamente glorifiquemos nuestra privacidad.

Las empresas cruzan millones de datos para establecer tendencias y predicciones, patrones de comportamiento e indicadores de consumo. Datos, inteligencia artificial y tecnología conforman el futuro digital, que de humano sólo tiene los dedos. La banca, la información o la moda triplican sus presupuestos online: ahí está el nuevo mundo, el que se desviste de materialidad y ya no abre enciclopedias ni escribe diarios. Los secretos ya no existen: nuestro punto débil se ha convertido en la gran fortaleza del big data.

[Publicado el 29/1/2018 a las 09:55]

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Luna nueva

De pequeña quería ser farmacéutica, envolver los medicamentos con aquellos gestos rápidos, sin apenas mirar, y saber de todos los males. Hasta que cayó en mis manos un libro del Círculo de Lectores: Tiempo de nacer, tiempo de morir, del Dr. Christiaan Barnard, un dramón que narraba una pasión amorosa y al tiempo una historia médica. Barnard, autor del primer trasplante de corazón, era bronceado,  lántropo y escribía libros. Yo quería ser él, en mujer. Hasta que tropecé con las matemáticas y me convertí en estudiante de letras. Es curioso, porque nunca fantaseé con ser plumilla como los de Luna Nueva, en la que los reporteros de sucesos trataban a su única colega femenina, la deliciosa Rosalind Russell, entre la condescendencia y la burla. No quise ser periodista, me hice. Estudiaba Filología, y empecé a trabajar en un periódico. Se hacía casi a mano; aún existían las linotipias, que mis amigas confundían con las lipotimias. Y sin épica, como si el destino me saliera al paso con una máquina de escribir, el periodismo se instaló en mi vida y en mi estómago como una helicobacter pylori, hasta convertirse en un marido vigoroso.

En las primeras redacciones que pisé siempre había mujeres, excelentes profesionales que nunca pasaron de jefa de sección. Estaba de moda repetir aquello de “hay que feminizar la prensa”, pero la cuota de informaciones protagonizadas por ellas era ínfima, y solo cabía en las páginas de sucesos o de espectáculos. Me considero afortunada: he asistido a una transición de los medios, no solo la digital. Por entonces, la violencia de género era tratada como “crimen pasional”, cosas del querer, del amor y los celos. La representación de lo femenino, y ahí están las hemerotecas, resultaba marginal y ociosa, ridícula y estereotipada. Y también he presenciado una congelación del liderazgo femenino. ¿Por qué las mujeres no son directoras de periódico? En este número recordamos la historia de Katharine Graham, a propósito del estreno de Los archivos del Pentágono, y como a afirma Montserrat Domínguez, directora del Huffington Post: “Ser mujer y aceptar un puesto directivo en entornos tan masculinizados es sólo para valientes. Entiendo que muchas mujeres lo rechacen porque, además de asumir las responsabilidades del cargo, hay que contar con el plus de desdén, machismo y condescendencia”.

Existe una cultura paternalista, cargada de superioridad, además del café, copa y puro, que sigue dominando los medios. Hace poco, Gloria Lomana, que fue una de las primeras directoras de informativos en televisión, contaba que en su despacho no se permitía tener las fotos de sus hijos. No podía ceder en ningún detalle que la debilitara acordonada por un tronío varonil. Las Katharine Graham, Barbara Walters, Oriana Fallaci, Joan Didion, Jill Abramson, Carmen de Burgos, Rosa Montero, Victoria Prego o Soledad Gallego-Díaz han ocupado la primera la de la prensa. Algunas renunciaron a la tarea de dirigir. Otras salieron corriendo. Pero sin su versión del mundo, sin su compromiso con la verdad, el periodismo que se hace hoy sería muchísimo peor.

[Publicado el 25/1/2018 a las 15:19]

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El Ministerio de la Soledad

La soledad extiende su manto, cada vez más raído, más helado, en la vieja Europa. Aquel triunfo del progreso social, la libertad de vivir solo y no tener que rendir cuentas a nadie, de no sentirse limitado, ni atado, ni cohabitado, se ha convertido en alarma. Jóvenes atrincherados en su cuarto que sólo escuchan lo que brota de sus auriculares, que se han criado con una tableta como compañía exclusiva. Ya no sólo se alquila amor o sexo por horas, también amistad. Ahí están los chavales nipones que rentan a auténticos desconocidos para simular que son colegas, colgar la foto en Facebook y demostrar notarialmente que sus vidas tienen contenido, más allá de su mismidad, sus mascotas y sus playlists.

En el otro extremo de la pirámide demográfica, se desborda el desamparo y la clausura. Según estadísticas oficiales, en el Reino Unido 9 millones de personas –dos millones de ellas mayores de 75 años– padecen de soledad. Una cadena de días en blanco, sin otra voz o mirada que la suya en el espejo. Aguantan su dignidad como una antorcha en el desierto. Sobreviven misteriosamente. Se quedaron sin nadie, pensamos, incapaces de creer que haya hijos que puedan abandonar a sus padres, desentenderse de ellos como de un mueble viejo.

Estos días, Theresa May ha anunciado la creación del ya llamado popularmente Ministerio de la Soledad; y celebro que las secretarías de Estado empiecen a bautizarse con nombres existenciales. Cabría pensar en ministerios del tiempo, del sueño o de la ansiedad, aunque sin llegar a las filigranas de Bután, donde su rey rechazó usar el PIB como índice de desarrollo e instauró el índice de felicidad bruta. La primera ministra británica ha sido pionera en implementar un programa –construido sobre las bases del proyecto de la asesinada diputada Jo Cox– para frenar esta epidemia global que no entiende de clases ni caracteres, y que cristaliza en exclusión y enfermedad. En nuestro país, cuatro millones se sienten impares a menudo, de los cuales más de tres millones viven solos. Es una presencia callada en las ciudades y los pueblos. No se trata de esa soledad que es muy hermosa, como escribió Bécquer, cuando se tiene a alguien a quien decírselo, sino de un opaco enclaustramiento que deriva en deshumanización.

En plena tendencia robótica, empecinada en anular la interacción humana en asuntos de proximidad, se inaugura en Seattle la tienda de Amazon donde basta una aplicación y un código QR para llevarse cualquier cosa sin necesidad de saludar, preguntar, e incluso de dudar ante otra presencia humana. La virtualidad se apropia del espacio físico, manteniendo su fórmula aséptica: la que garantiza el control y la economía de tus actos con un clic y en medio de una soledad oceánica.

[Publicado el 24/1/2018 a las 11:44]

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La normalización del odio

Sí, en la España del 2018 no sólo se incita a odiar a quien piensa diferente, sino que se le odia. Con la rabia clavada entre los dientes, porque en esas cavidades donde apenas entra el palillo, se ensaliva el mal. Tanto es así que los feroces haters emanan un aliento fétido, esa halitosis propia de los estómagos vacíos que sólo serán saciados con veneno. En la España del 2018, con la grave crisis entre España y Catalunya de telón de fondo, se insulta a la ligera con palabras vejatorias de honda dimensión, como fascista o traidor.

A mí me han llamado xenófoba catalana y supremacista, una triste anécdota. Porque muchos de mis colegas han recibido gravísimos ataques verbales, burlas y mofas, e incluso les han escupido por la calle porque representan y ponen cara a la opción diferente a la suya. Las amenazas de muerte a Albert Rivera desgraciadamente no son novedad. La noticia es que se detenga al individuo que las ha proferido. Que se tome en serio este albañal. Una ­corriente infecta que no sólo acalla el diálogo, sino que corrompe ese bien común por el cual generaciones eternas siguen luchando llamado libertad de expresión. Además de barrer de un plumazo valores como el respeto y la urbanidad. La fractura empieza a supurar, y se convierte en enemigo mortal a quien está enfrente.

En las tertulias de radio o televisión hay bronca; no sólo se polariza, se choca frontalmente: eres de un bando o del otro, malo o bueno. Pocos escuchan, ya están entrenando mentalmente la manera de desacreditar al que habla porque sostiene lo contrario que ellos.

En el plató de Espejo público, el día de la constitución de la Mesa del Parlament, me sentí por primera vez humorista. Cada vez que abría la boca, sin ninguna otra proclama que la de ce­lebrar que se reanudara la vida par­lamentaria en Catalunya, algunos contertulios se choteaban. En parte, me sentí afortunada de divertirlos, aunque en verdad aquello resultaba una representación más de la actual re­lación entre España y Catalunya: un ­enconamiento irracional que pretende herir, noquear. Un narcisismo ­extremo que sobrevalora una identidad por encima de la otra: ahí está la sed feroz del opinador que insta a insultar al veterano periodista o la amarga bilis de quien le desea una violación en grupo a una política. Campan a sus anchas, sin sentido de la elegancia ni vergüenza ajena, porque no han encontrado resistencia.

El insulto se ha convertido en herramienta de relación social válida y ­aceptada. Una forma de violencia ­amplificada por las redes, igual que las ­fieras hambrientas en el circo romano. Pero no basta la profilaxis que todos prac­ticamos ante el asunto. Si siguen quedando impunes el insulto y la ­amenaza, no sólo resultará una prueba de la dejadez propia de una sociedad convulsa que ha roto el principio de
la convivencia. Significará su propia ­dimisión.

[Publicado el 22/1/2018 a las 11:48]

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Removida generacional

“¡Yo te amo, oh capital infame!”, escribía Baudelaire. Y narraba la experiencia de mirar sin ver visto, de corromperse dulce y placenteramente, y de sentirse parte de una multitud. “Baudelaire amaba la soledad pero la quería en la multitud” dijo Walter Benjamin sobre el  poeta de la ciudad. Su espacio físico nos da contexto y estructura, mientras que los edificios nos orientan, pero también nos transcienden. Se mantienen incólumes, mudando la piel, a pesar de que cambien las  personas y sus usos. El poso de su historia dota de un valor añadido, un eco vivencial de aquello que fue, generación tras generación. Recuerdo que las primeras veces que pisé el Cock, me intrigaba que antes hubiera sido un burdel; o que en el altillo del Principito –antes Cine Bogart y originalmente el teatro Salón Madrid - Alfonso XIII disponía de un mirador entre cortinajes para ver el espectáculo con su amante. El morbo convertido en antigüedad se sorbe con delicia.
 
Esta semana, en Madrid, la cita fue en el antiguo Cine Alba, reciclado después en sala X. De las que más aguantó, acaso porque en los últimos años se convirtiera en una especie de after de la re-movida, aprovechando las sesiones matutinas. Ubicada en una antigua casa-palacio de La Latina, que, en su origen –entre 1913 y 1933–, albergó el diario El Imparcial, ahora se llama Sala Equis. Los dueños del restaurante llamado con el mismo nombre que el viejo rotativo han remodelado el espacio, que deja entrever en sus paredes y techos decorados el aliento artístico e intelectual de aquel Madrid, sin olvidar su côté canalla: en la entrada han instalado una barra con grifería cervecera, y en un rapto de nostalgia han mantenido los carteles artesanales que el propietario de la sala elaboraba para cada proyección. Y así perviven El fontanero, su mujer y otras cosas de meter o Fue a por trabajo y le comieron lo de abajo, como vestigios de aquella pornografía naif y chocarrera. Hoy, en cambio se pueden tomar cañas bajo su lucernario, ante una pantalla sobre la que se proyectan sin sonido films experimentales de Warhol y su factoría. Y, arriba, en lo que fue el palco, pueden beber gin tonics sentados en un patio de 55 butacas y disfrutando de clásicos del estilo Hiroshima mon amour o Dos en la carretera. El talento emergente y los artistas más solicitados no se lo perdieron: Alfonso Bassave, Natalia de Molina, Ana Rujas, Jan Cornet, Nadia de Santiago o Laura Put, los diseñadores de moda Juanjo Oliva y Jeff Bargues, Ernesto Artillo, celebrities juniors e influencers. Y las paredes miraban, aunque la gente creyera que ocurría al revés. Las mismas que, pese a su valor cultural, estuvieron a punto de ser demolidas. Lo impidieron los propietarios y su hoja de servicios: allí se había cocido la mejor sección cultural de la prensa, Los Lunes de El Imparcial, plagada de primeras espadas: Unamuno, Baroja, Azorín, Maeztu, Valle-Inclán, Pardo Bazán…
 
Permanece la rúbrica de aquel pensamiento de Pavese: “las generaciones no envejecen. Todo joven de cualquier época y civilización tiene las mismas posibilidades de siempre”. Lo demuestra la exposición “La Generación del 87, orígenes y destinos 1987/2017”, que compara las instantáneas que aparecieron en la mítica publicación La Luna de Madrid con nuevas versiones de ‘Los 87 del 87’, un reportaje de retratos que realizó la revista. En aquel tiempo, todos queríamos aprender a ser modernos con La Luna: leer los lagos en el cráneo de Panero o recrearnos las estancias estéticas de Guillermo Pérez Villalta. Le preguntó a Borja Casani, fundador y primer director de la revista si todos eran artistas: “Éramos los amigos del colegio, aún no habíamos empezado a ser artistas. Todo partió de la humillación con la que vivimos la adolescencia en un país aburrido; uno sentía envidia por el mundo. Llegó a mis manos un ejemplar del periódico Village Voice, y aquella fue la primera idea: hacer una revista de lo que estaba ocurriendo, que contrastaba con los periódicos en los inicios de la Transición. La cultura, para ellos, era la recuperación de la generación del 27, y se omitía lo que estaba ocurriendo, no tanto vanguardia, como las nuevas formas de vivir, de salir del agujero”.
 
Tal número de talentos emergentes, entre artistas, escritores, cineastas, músicos: Rossy De Palma y Martirio, Frederic Amat, Vicente Molina Foix e Ignacio Martínez de Pisón, Agustín Ibarrola, Coque Malla o Eugenia Martínez de Irujo fueron retratados por fotógrafos como Miguel Oriola, Xavier Guardans o José M. Ferrater. El resultado es “un retrato coral de esa generación, de su energía colectiva, sostenido en el tiempo”, como me explica su comisario, Félix Cábez, antes de insistir en “la belleza radiante que persiste en los protagonistas, acrecentada por el tiempo, por una experiencia que puede apreciarse en sus miradas, en sus pieles, y que les muestra orgullosos de lo vivido, pero cargados de futuro”. En sus retratos de ayer y de hoy habita el orgullo y la resistencia. Cuando llamé a Casani, se encontraba lejos de la inauguración en Conde Duque: “estoy sentado en una plaza de Cáceres, tomándome una caña; adoquines y sol”. La excepcionalidad de lo sencillo. 

[Publicado el 20/1/2018 a las 09:49]

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Mundos sensibles

Mis tías abuelas maternas tocaban el piano y el arpa. En su casa de la Pobla de Cérvoles organizaban veladas musicales en las que chicos y chicas se repartían diversos instrumentos, excepto mi bisabuela Cecilia, que cantaba. A medida que se fueron casando y teniendo hijos, abandonaron la afición, menos mi abuelo, que a diario pasaba horas sentado al piano y soñaba con tener nietos pianistas. En una casa donde suena música sin parar, de La Cumparsita a las sonatas de Bach, los niños juegan mejor. Aun así, siempre me preguntaba acerca del virtuosismo musical de los Camprubí, de cómo en el culo del mundo se habían refugiado entre acordes y diapasones, a pesar de la guerra, de las nieblas espesas del invierno o de las malas cosechas.

Mi abuelo Ramón incluso formó un cuarteto, Select Jazz, en los años cincuenta. La música se convirtió en su cobijo, y a todos sus nietos nos contagió el nervio, aunque fuimos dimitiendo del Conservatorio antes de la mayoría de edad. Me pregunto por qué regresa este recuerdo cuando quiero escribir de la feminización del mundo, y pienso que acaso se deba a esa interpretación conmovedora de Clara Sanchis, que habita la piel de Virginia Woolf. Hay que ir al teatro a recibir ese chute de asombro y testarudez, de convencimiento e ironía, de finura y elegancia intelectual. Cuando sus emociones suben o bajan, la actriz se sienta al piano y piensa a través de sus teclas en los valores fundamentales del individuo: “Y se produce la mayor liberación de todas, que es la libertad de pensar en las cosas tal como son”, cuenta Virginia/Clara.

Woolf aseguraba que la indiferencia del mundo, tan difícil de soportar para escritores como Keats o Flaubert, se tornaba, en el caso de la mujer, en hostilidad. “Es extraño: la historia de la oposición masculina a la emancipación de las mujeres quizás sea más reveladora que la propia historia de la emancipación”, afirmaba, y sin duda, la mayor liberación de todas acabó produciéndose, al menos para la subjetividad femenina que recuperó la libertad de pensar en las cosas como son. ¿Qué pensaría Woolf acerca de la igualdad hoy? En este año que acaba, 2017, hemos asistido a la mayor campaña jamás vista de denuncias de mujeres célebres acerca de cómo fueron utilizadas sexualmente. Cada día emerge una nueva voz para sumarse al coro universal que ha tenido que alzar la barbilla para repetir: “Yo también”.

Hoy, los editores buscan libros sobre el feminismo y la igualdad se incluye indefectiblemente en el menú del día de la política internacional. Que en EEUU el exmédico de la selección nacional de gimnasia artística con ese que abusó de siete deportistas –aunque hasta 125 le hayan denunciado– y que, en otras latitudes, los juicios populares contra víctimas de violación provoquen olas de indignación social, no es baladí. ¿Por qué ahora? Acaso porque el género ha empezado a fragmentarse y los jóvenes, azotados por la precarización, no tienen nada que perder, incluido el miedo. Sería demasiado triunfalista hablar de la difuminación de obstáculos entre lo masculino y lo femenino. Pero yo regreso a esas veladas musicales que me relataban mis tías abuelas Carmela y Rosita, mujeres fuertes y decididas que gracias a la música adquirieron ese sexto sentido sin el que hubiera cojeado su fortaleza. Apelamos al coraje, a la seguridad y al talento para derribar techos de cristal, pero no deberíamos dimitir de los mundos sensibles: nunca fallan.

[Publicado el 18/1/2018 a las 17:30]

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La carrocería

Si en el ámbito profesional, cuando hace una propuesta o se discute una idea en equipo, alguien le dice “no me siento cómodo”, active la señal de alarma. Entienda que le dan un no, adornado. Creen que escogen una manera elegante, pero la fórmula, entre compungida y egoísta, resulta una exhibición de superioridad en toda regla. “No me gusta, no lo veo, no funciona…”, hay muchas maneras más secas y más sinceras de rechazo. Es probable que sea una traducción del anglosajón unconfortable, una manera fina de decir no apelando a lo oportuno, lo fácil y proporcionado. A defender la llamada zona de confort, el disturbio que supone cualquier decisión o cambio. Pero experimentar es probarse como ser humano, y a menudo significa equivocarse. Este es el espíritu s tart-upque agita el mundo, no puede permitirse anteponer comodidad a desafío, por pequeño que sea.

Digámoslo por una vez al revés: los treinta son los nuevos cincuenta gracias a la tecnología y el emprendimiento. Bastan una idea audaz y un jefe menor de treinta años. El baremo de la confianza se ha invertido: un nativo digital con camiseta y mochila, sin hijos, empeñado en darle vueltas a la nube, inspira mayor confianza que un ejecutivo cincuentón con brillante expediente, los chavales adolescentes, la madre con cáncer y un maletín de cuero. Zuckerberg tenía 19 años cuando inventó Facebook, y muy lejos de caer en la desgracia de la precocidad, de despuntar antes de tiempo y convertirse en un maldito Rimbaud, aprendió a multiplicar el negocio, y como los gurús de Palo Alto, viste sudadera y se sienta en cuclillas.

Tad Friend escribe en The New Yorker acerca del ageism –edadismo, según la Fundéu– en EE.UU. La discriminación por edad en el ámbito laboral aumenta y seis de cada diez americanos de entre 45 y 60 años han sido ofendidos e incluso marginados porque ya son talluditos. Se extiende otro tipo de duelo. Tanto, que las palabras de Ralph Waldo Emerson vuelven a describir socialmente las calles: “El tiempo cae sobre la ciudad. Pero, en las prisas y el bullicio de Broadway, si uno mira a la cara a los viandantes, hay abatimiento o indignación en los mayores, cierta sensación disimulada de estar heridos”. Qué fatal paradoja la de nuestra era antiaging: ¿por qué vamos a vivir los 120 años que la ciencia calcula para el 2050 si con apenas 45 se nos pasa el borrador? Entre experiencia y empuje, resulta más atractivo lo segundo; sin embargo, cada vez somos más viejos: la media de edad española es de 43 años. Hablo con una directiva con cuerpo de treinta y DNI de cincuenta, muy optimista: “El seniorality se valora cada vez más en las empresas”, me dice. Algo tendrán que inventar para acomodar semejante carrocería.

[Publicado el 17/1/2018 a las 14:59]

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Cien francesas y el ardor

Hace unas semanas, en la presentación de un libro, el director de un periódico digital me saludó con dos besos y a la vez posó su mano en mi rodilla. Estábamos sentados uno al lado del otro, y su gesto no fue propio de un sobón. Nada que ver con esos señores que al despedirse te cogen por la cintura con rumba en el cuerpo, o te estrujan como si acabaras de llegar de la Luna. Lo primero que pensé fue decirle “Me too”, pero la prudencia me contuvo: tal vez no hubiera entendido la broma. Porque a nuestro alrededor, y no sólo en el telediario, se ha extendido un clima de alerta que algunos quieren entender como la imposición de un nuevo protocolo de las relaciones sociales entre hombres y mujeres. Los hay que reclaman con ironía un nuevo manual, “para no meter la pata”. “Nos quedaremos sin hombres”, dicen las más alarmadas. Algunos se cuestionan la frivolidad de señalar en las redes a un acosador sexual y se interrogan sobre la credibilidad de algunas mujeres, “cuatro pelanduscas y oportunistas”. Mi colega Chus confiesa que sufre en el metro cuando va apretadísimo, y piensa en lo mal que deben de sentirse algunos hombres, en la incomodidad que hoy les habita. Los mismos que hace cuatro días se sentaban de forma que el mundo cabía entre sus piernas.

El debate se extiende a partir del manifiesto de las cien francesas que se han plantado frente al puritanismo de las norteamericanas, según ellas: una colección de pánfilas que no saben aguantar ni disfrutar de las importunidades masculinas. En cambio, minimizan la denuncia de violaciones y acosos reproducidos en todas las esferas. En su lugar se quedan en la anécdota: “…ellos sólo se equivocaron al tocar una rodilla, tratar de robar un beso, hablar sobre cosas ‘íntimas’ en una cena de negocios, o enviar mensajes sexualmente explícitos a una mujer que no se sintió atraída por el otro”, escriben y se refieren a una caza de brujas. Las señoras Deneuve y Millet encabezan su particular basta ya políticamente incorrecto. Están bien autorizadas: la señora Millet vendió más de tres millones de libros relatando sus prácticas sexuales con más de 150 personas a la vez. Es un as de las relaciones de todo tipo. A la diosa Deneuve, la entrevisté en una buhardilla del hotel Orfila de Madrid y lo envolvió todo de un hielo azul y una carcajada ronca. Ellas y sus 98 compatriotas apelan al derecho a la importunidad como parte del flirteo sexual. Pero implícitamente lo hacen al derecho a humillar. A mí me hacen pensar en esos tipos torpes, pesados, molestos que acaban hundiéndose a sí mismos. Porque la seducción es un baile que no entiende de presión ni de roces bruscos. Ni de abuso de poder, dolor o sometimiento. Es alegría y placer. Y eso no aparece en el relato de las denuncias. Querer deslegitimar la confesión pública y valiente de muchas mujeres cuyo silencio ha conformado un buen ladrillo del techo de cristal es un pésimo esnobismo.

[Publicado el 15/1/2018 a las 13:55]

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Alfombra negra

Pocos colores han interesado por igual a jóvenes y sacerdotes, han sido blandidos por luteranos, fascistas o anarquistas, y enaltecidos por el rock y la moda. El negro fue el primer color de un coche –el modelo T de Ford–, así como de los trajes de novia cuando los matrimonios no se entendían por amor sino por conveniencia. De las black box de los magos a los guantes largos de Gilda, los existencialistas y las femmes fatales, listas, cisnes y tarjetas opacas, la bola 8 del billar, el cine y la novela noir, las Harley, el brutalismo o el punk. El negro es el mayor comodín: veamos si no como para unos consiste en el no color mientras que Renoir lo consideraba el rey de la paleta, y eso que los impresionistas lo rechazaban porque, según ellos, en la naturaleza no existe: tan sólo el ocaso que lo iguala todo.

El negro representa lo sucio, lo negativo – de-nigrar– y lo malo: pinta negro o tienes la negra. Es mítica aquella declaración de Muhammad Ali en un programa de la BBC, en 1972: “Jesucristo es blanco, Santa Claus es blanco, Tarzán de la jungla es blanco, Miss América es blanca, Miss Mundo es blanca… cuando vas al cielo atraviesas la Vía Láctea, y, antes, te lavas los dientes con una pasta de dientes que los deja más blancos…”. Ese mismo año, Jane Fonda acudía a los Oscars completamente vestida de negro –eso sí, por Yves Saint Laurent– porque, según ella, no había nada que celebrar: era el principio del fin de Vietnam y el ultraconservador Nixon estaba a punto de ser reelegido. Fonda parecía tan cerca del maoísmo que la prensa norteamericana la había rebautizado “Hanoi Jane”. Su solitaria reivindicación de entonces inspiró la masiva y clamorosa denuncia en la última gala de los Globos de Oro, demostrando que el negro une, estiliza y reduce riesgos. Nunca he aceptado otro estampado que el de las rayas marineras; el negro en mi armario viene a ser como el jazz en mi altavoz, el café de la mañana o el chocolate amargo por la noche.

A menudo, las mujeres que han jugado en campos minados por la masculinidad han adoptado las formas de los hombres, y, en lugar de vestir una feminidad de colorines, se han inclinado por la sobriedad. Me sumo a entre quienes piensan que si alguien abusa de ti, no hay que callárselo durante diez años. Entre las mujeres vehementes y orgullosas, la reacción suele ser instantánea, aunque a veces resulte temeraria. Qué sabe nadie acerca de los recovecos de la personalidad de aquellas más vulnerables, que se paralizan tras un ataque. La fuerza del grupo neutraliza la inseguridad o el miedo a la calumnia.

No hay duda en que la gala del pasado domingo fue un avance para la igualdad, sí, pero su unidad cromática logró que hombres y mujeres parecieran más iguales que nunca.

[Publicado el 10/1/2018 a las 11:46]

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Deber de Estado

Recuerdo cuando, hace años, se daba la cifra anual de los asesinados por ETA. El número caía como un golpe seco contra la libertad de los demócratas. Nos hacíamos un ovillo pensando en los niños que asistieron a la muerte de sus padres sobre los adoquines ensangrentados. Actuaron entonces la política y la sociedad civil, con las familias de las víctimas a la cabeza, además de las fuerzas y cuerpos de seguridad. Si leyéramos que en el 2017 hubo 48 víctimas mortales por terrorismo en España, nos sentiríamos atravesados por un rayo, y los gobernantes se llenarían la boca de solemnidad y hablarían del enemigo número uno de una sociedad civil pacífica e inocente.

Pienso en los muertos de primera y los de segunda: 48 mujeres han falle­cido a manos de sus parejas o exparejas en el año que hemos despedido. Tenían entre 18 y 85 años. Algunas eran madres, otras sólo tuvieron tiempo de ser hijas. No eran poderosas. Mujeres normales y corrientes, con sus silencios y sus risas francas, que llevaban la fiambrera al trabajo, dejaron una novela a medio leer en la mesilla de noche, que antes de tener ojeras negras, bailaban. Desde el 2003 se registran oficialmente las muertes por violencia machista. Y ya suman casi mil. Ninguna medida ha sido suficiente. A principios del pasado año se anunció a bombo y platillo “un pacto de Estado contra la violencia machista”. Respiramos. No se aprobó hasta el verano, por mayoría pero sin unanimidad (debido a la abstención de Unidos Podemos). El Gobierno tenía dos meses para ponerlo en marcha: hoy en día sigue en dique ­seco. Hace pocos días, el Gobierno se reunió con las comunidades autónomas para acordar las primeras 26 medidas –de las 213 que contiene el acuerdo–, para las que aún no existe presupuesto. Desde luego, una voluntad más firmemente expresada que implementada. La historia de las mujeres siempre al ­ralentí. Al tiempo que los políticos discutían y se demoraban, casi cincuenta hombres las iban matando. Jessica re­cibió cinco tiros a bocajarro delante de su hijo, y a Andrea la estampó contra una gasolinera de Benicàssim. Amor de pólvora. También asesinaron a ocho niños: una agónica muerte en vida para ellas, las que osaron salir del círculo vicioso que confunde el vínculo con la dependencia.

En su controvertido Down girl: the logic of misogyny (Oxford), la filósofa Kate Manne expone un sólido argumento sobre la violencia sexual: “La visión de los violadores como monstruos exonera por caricatura”, escribe, instándonos a reconocer “la banalidad de la misoginia”. Cómo tomarse en serio un asunto tan complejo si no se arranca su raíz envenenada: el machismo. Los asesinos son seres humanos, igual que nosotros, que degradan su propia condición y acaban convirtiéndose en inhumanos. Acaso sean necesarias 213 medidas para atajar el terrorismo de género, pero, por favor, no pospongan más la aplicación de las cinco más vitales para detener este desangre.

[Publicado el 08/1/2018 a las 12:42]

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Foto autor

Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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