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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 21 de septiembre de 2020

 Joana Bonet

Aquellas madres coraje

Hubo un tiempo en el que todo lo que ocurría fuera de casa era lo importante, lo prometedor, lo novedoso, mientras en el espacio doméstico la vida discurría con su letra pequeña e inclinada. Mucho antes de que se inventara el coaching, las madres ejercían ya ese papel, entregadas y sacrificadas, pero también críticas y a veces severas. Respondían a la figura de madre asistente, que cuida y educa, aconseja, acompaña y lo que sea necesario. Algunas nos inocularon vocaciones, pues secretamente deseaban que pudiéramos cumplir los sueños que debieron abandonar bien temprano. En teoría no aplaudíamos su sacrificio y las espoleábamos para que tuvieran vida propia, pero, en la práctica, volcábamos en ellas nuestras debilidades dando por hecho que se nos debían por entero.

Acaso por ello les sorprenda tanto a las madres encontrarse con que sus hijos les han preparado un buen ágape como ocurre en el programa de Cayetana Guillén Cuervo Cena con mamá. Ellas, que no esperan nada, que lo único que se atreven a reclamar es más tiempo con sus hijos, igual que la de Lorenzo Caprile, que lo miraba con un amor totalizador. La gene­ración de las que fueron madres en los sesenta y setenta se aplicó a fondo en la exclusividad de su papel. Sin ellas, no se sostenían el hogar físico ni el mental. Lo cargaban en sus espaldas, procurando que las carencias apenas se apreciaran. Ni se les pasaba por la cabeza pensar que eran obligadas sustitutas del Estado en sus funciones de enfermera, cocinera, limpiadora, puericultora... Dedicaron media vida a velar por sus hijos, y la otra mitad por sus padres. Y nosotros aceptamos el papel que les había sido asignado, en lugar de combatir sus dictados junto a ellas. Cayetana, con su habitual complicidad, les coge la mano y las hace hablar, y ocurre algo prodigioso: se agarran al hilo de la memoria y disfrutan recordando, porque el pasado les abrillanta la mirada.

La hijidad es más cómoda que la maternidad. Lo explica Nuria Labari en su libro La mejor madre del mundo (Random House), que va ya por la tercera edición. La maternidad es colonizadora. Enseguida toma territorio, o mejor dicho, lo okupa, capaz de transformar por completo la identidad de una mujer. Madres trabajadoras, se nos llama aún, y, en cambio, nunca se ha hablado de padres trabajadores. “Ellos mantienen su identidad intacta, sólo añaden una nueva categoría. A nosotras nos cambian –o nos deben cambiar– todas las prioridades. Ese es nuestro deber ser”, razona Labari. Es urgente la resignificación simbólica del espacio doméstico, porque considerar que el espacio público –político y socioeconómico– es el único que importa devalúa nuestra intimidad. Y nos envilece como hijos que únicamente somos capaces de hacer la cena para nuestra madre por obligación, y no por amor.

[Publicado el 22/5/2019 a las 16:29]

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Fragilidad masculina

Siempre hubo hombres coquetos que iban a comprarse la crema hidratante con más reparo que si fueran al sex shop, hasta que daban con una vendedora que les lavaba la culpa con sus labios de tiramisú y les proveía de otros placeres instantáneos. Cuánta delicadeza empleaba para enseñarles a aplicar el contorno de ojos mediante suaves golpecitos en la sien. “Así, con ligeros toques”, les ilustraban aquellas diosas iniciáticas en el arte de la cosmética masculina, aunque ellos debían servirse de la oferta para mujeres, pues la suya, aparte del after shave, no existía. “Ayer fui al Cortes Inglés y me llevé tres mariconcreams”, le oí contar una vez a un periodista de fama a otro, a pesar de que aquel chistecillo oscureciera su acto, o ¿no era una forma de exculparse y a la vez festejar su nueva filia? La industria cosmética bascula entre dos polos antagónicos: es tan conservadora como astuta. Hace casi veinte años, Jean-Paul Gaultier intentó poner de moda los lápices de khol para hombres, corrigiendo la renuncia a la coquetería del nuevo constructo de hombre. Se adelantó demasiado en el tiempo.

Éxito, vigor, dureza, determinación, escasa emotividad, capacidad de proveer, autoridad… todo eso incluía el catálogo de lo que debía ser un hombre del siglo XX, lo que causaba gran angustia a muchos de ellos. Los más conscientes buscaron la manera de conciliar el rol con su verdadera identidad aflojando en rigidez, pero la gran mayoría se instaló en lo que los anglosajones denominan fragilidad masculina. El psicoterapeuta Roger Horrocks la define así: “Es una paradoja: la masculinidad patriarcal rompe al hombre, formado y a la vez destruido por su propio poder”. En verdad tembloroso, pues se siente cuestionado a cada instante y ve a las mujeres como el enemigo que pronto acabará por usurparle su lugar preeminente.

Los hombres frágiles son aquellos que se preocupan de aclarar que no son gais –y ni siquiera afeminados– aunque nadie se lo haya preguntado; airean a los cuatro vientos su pasión por las mujeres, también sin que venga a cuento, y urden tramas de sexismo conspirativo contra los varones. Además, albergan una auténtica aprensión hacia el colectivo LGTB, les espanta el color rosa y en caso de utilizar cosmética recurrirán a marcas que apelan a hombres como ellos, de una pieza, cazadores épicos, mientras que juzgarán con falsa perplejidad, propia de quienes no pueden mover sus columnas mentales, a aquellos que se maquillan.

Gaultier fue un visionario: la cosmética que supera el género hoy crece entre los gurús del lujo, sin olvidar el furor coreano, una cultura pionera en estética en que los muchachos invierten más en cuidarse que en cualquier otro lugar del mundo. Se les llama khonminam, combinación de las palabras flor y hombre bello, sin connotaciones femeninas, sin temor a que su virilidad sea examinada por un tribunal de mujeres, las mismas que en este Occidente frágil siguen soñando, muy a su pesar, con los marlboro man.

[Publicado el 20/5/2019 a las 10:10]

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La sociedad del uf

Tras un muestreo rudimentario sobre las interjecciones más utilizadas en mi círculo cotidiano sonsaco que ¡uf! no tiene competencia. A pesar de que ¡ay! –que tanto vale para dolerse al chocar con la esquina de la mesa como para defenderse de los chistes de la candidata del PP Isabel Díaz Ayuso– le va a la zaga, y de que ¡uy! tiene un uso desmedido en las retransmisiones deportivas, las desbanca a todas: al arrebatado ¡guau!, al laxo ¡bah!, al regañón ¡chist! y al in­fantil ¡pum!

Vivimos en la sociedad del uf, y no por cansancio físico. Tiempos peores hubo para expresar extenuación y flaqueza. Se acabaron los corredores ahogados en las calles, hoy han sustituido los bufidos de antaño por respiraciones concen­tradas en su alegría. Los uf son muchos más molestos, pues revelan la existencia de un marrón o de una frustración tediosa. No encuentras el cargador del móvil, y lo repites, volviendo a mirar donde ya lo hiciste, entre el contra­tiempo y la fa­talidad. Exclamas uf tras contarte que han echado a tres antiguos compañeros de trabajo o cuando de repente te llaman del colegio de tus hijos.

En verdad, te das cuenta de que tú no puedes ser víctima de esa rendición tan espesa y gris. Afirman que viene del árabe uff, igualmente cargado de desagrado y fastidio; que noruegos exportaron a Norteamérica una expresión muy similar: uff da, “estoy abrumado”. Para algo se inventaron el yoga, el mindfulness, las series de Netflix o el sexo, sí, para atontar la válvula del uf. Madurar significa dejar de sentir que el cuerpo se parte en dos cuando vocalizas uf con todas tus fuerzas; ya no se derrite algo dentro ni sientes mariposas de las malas. Porque en las cuestiones de vida y muerte no se dice uf; se calla o se llora.

Qué gran título es el Uf, va dir ell de Quim Monzó. Cuánta promesa e interés despierta, aunque el protagonista del cuento apenas pueda articular palabra; el paladar impregnado de pastel y de pereza. Los hay de losers cabizbajos, y los hay dramáticos, de diva: esos que emiten los jefazos, con eco, alargando las efes y echando la espalda hacia atrás a causa del café frío o de que han caído las acciones.

Habrán advertido que en esta primavera electoral a la mayoría de los candidatos les duele España. La máxima de Unamuno ha circulado en un boca-oreja de Rivera a Sánchez o Casado. Ellos son más de ay, expresando el ardor de una herida que busca compartirse con los votantes. Pero a quien le duele algo no se le suele votar, sino que se le recomienda descanso. Hasta que sea capaz de verse desde el otro lado, reposado, frente a la bandeja de la cena en el sofá, y, ante su propio reflejo en el telediario, exclame “¡uf!”. Ese sería el principio de algo.

[Publicado el 16/5/2019 a las 09:23]

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Extranjeros de sí mismos

Su nombre suena a broma: mena, siglas lexicalizadas de “menores extranjeros no acompañados” que se antoja un error ortográfico entre el meme y la nena. El nombre engulle la identidad. Precoces sintecho que emigran a pesar de los riesgos del viaje en busca de una vida, porque lo que conocen se parece más a la muerte. Dejan atrás los pocos agarraderos que tienen, cruzan Estrecho y frontera solos, barbilampiños, chiquillos de plumier y cartabón. Más de doce mil fueron acogidos o tutelados por los servicios de protección de menores de las comunidades autónomas de nuestro país en el 2018. Su llegada ha aumentado espectacularmente en los últimos años. ¿Por qué? “¡Ajajá! –dirán los astutos de mirada torva–. Tontos que somos. Aquí les servimos una sopa caliente, un par de mudas, el papeleo y hasta vivienda y paga; y luego nos robarán”.

Nuestra sociedad desconfía más del hambriento que del poderoso, un asunto digno de diván. Aunque en Catalunya y Euskadi se garantizan condiciones más decentes, los centros de acogida no son resorts ni colonias. El desbordamiento y la precariedad es recurrente. Numerosos trabajadores han denunciado la involución social de los muchachos tras experiencias de aislamiento, hacinamiento y hasta maltratos físicos y psicológicos. También han alertado sobre el hecho de que apenas haya chicas entre los menas –que, se nos dice, son casi todos varones–, aunque en realidad sí existan, sumergidas en el mundo de la trata y, por tanto, invisibles.

Un 18% de los que llegaron en los últimos tres años a Catalunya han delinquido, robos con violencia y asuntos de drogas sobre todo. La principal preocupación de Mossos y Fiscalía se centra en los mayores de edad que han acabado por convertirse en reincidentes y funcionan como red de apoyo para los menores fugados de los centros de acogida, organizando tribus que duermen en las calles u ocupan pisos del centro de Barcelona. Drogas, peleas a cuchilladas y redadas policiales dan para llamativas alarmas, pero ¿qué ocurre con el resto, con la inmensa mayoría de estos niños de la calle? Porque el 82% son pacíficos, algunos más asustados que otros, con una gran capacidad de sacrificio a diferencia de nuestros chavales mimados y poco tolerantes a la frustración.

El Gobierno de Sánchez aprobó un aumento de los fondos por real decreto –38 millones– con el objetivo de mejorar la atención de los centros, pero incluso la buena voluntad política no es suficiente. Falta una herramienta común de recogida de datos para poder realizar un seguimiento global; tampoco existen estándares de protección destinados a los más vulnerables, y es necesario fortalecer el sistema de acogida familiar en pos de la integración real.

Sin duda tenemos un problema, pero no consiste tanto en la amenaza de estos menores solitarios y desamparados como en nuestra incapacidad para recibirlos como lo que son, niños, en lugar de convertirlos en bestias acorraladas.

[Publicado el 13/5/2019 a las 12:38]

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Elogio del desengaño

Anna Magnani acostumbraba a engañarse como método preparatorio. Hasta el extremo de pensar que no ganaría nunca un Oscar, razón por la cual –aparte de su pánico al avión– no asistió a la ceremonia en la que sería galardonada con la estatuilla por su papel en La rosa tatuada. En la recreación de su vida realizada por la actriz Arantxa de Juan se percibe continuamente la anticipación al desastre. Se trata de una brillante actuación y una audaz puesta en escena que tiene lugar en su propio domicilio, en la madrileña calle del Desengaño. La obra arranca en la habitación de la intérprete, a oscuras, ella sollozando de dolor en la cama y el reducido público, mitad sentado, mitad de pie, reprimiendo la tos.

Magnani tocó tanto fondo con el neorrealismo que llegó a detestar la magia. Se hizo a sí misma con mucho talento, elevadas exigencias y demasiado alcohol. El temperamento fue su refugio, su fatal autoengaño para soportar abandonos –empezando por el de sus padres–, envidias, silencios, malentendidos, rupturas. Y ese acto final propio de un The end de melodrama hollywoodiense: Roberto Rossellini, el gran amor de su vida (que la sustituyó por Ingrid Bergman), acompañándola al hospital donde fa­lleció. Contra todo pronóstico, según ella misma, a Nannarella le dieron un Oscar, y el amor de su vida la escoltó en su ­muerte.

El autoengaño es un asunto reservado a las divas, sólo a ellas se les puede perdonar que se cieguen de gloria. Los hay veniales, por ejemplo, pensar que no te llama nadie por tu cumpleaños porque coincide con el día de la Madre, y mortales, ¿o no lo es creer que tu marido te es infiel por culpa de las artes de seducción de la zorra de su amante? Pero, de entre todos, el más vil de los autoengaños es la autoexculpación. La que estos días escuchamos en el PP, como si su estrepitosa derrota tuviera otra explicación que la involución ideológica. Ha sido por culpa de Sánchez y su campaña del miedo, sentenciaron. Y ahí está el análisis del politólogo Aznar, un visionario: la verdadera razón del estropicio es la fragmentación de la derecha. Lo que al principio parecía aceptación de la derrota teje hoy un guion de buenos y malos, temeridad e ingobernabilidad, comunistas y ultras.

Nada vende más que la sinceridad, un mea culpa que no necesariamente tiene que ser a la japonesa, como el de aquel presidente de Toyota que se postró – dogeza se denomina al gesto de arrodillarse en señal de profundo lamento y disculpa– ante la prensa y el país entero pidiendo perdón. Espolear la contienda y justificarse con marketing político acaba siendo un mal negocio. Hagan igual que Magnani: piensen que no ganarán, y su ausencia, como la de Mariano Rajoy en el PP, será doblemente lamentada.

[Publicado el 08/5/2019 a las 11:20]

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Bolsillos vacíos

Había uno en cada esquina, con dos dispensadores de dinero externos y un tercero en el interior del banco. Bastaba doblar la manzana en cualquier gran ciudad para encontrar un ­cajero automático que expendiera una pequeña dosis de felicidad, porque el ­límite diario no da para ir a cenar a París. Es tarde de festivo,y he andado veinte minutos en Madrid norte hasta encontrar uno de mi entidad, cansada de pagar comisiones por la urgencia y la rémora. Los cajeros, primero ubicados en interiores apestosos provistos de puertas que amenazaban con cerrarse a cal y canto, después empotrados en el ladrillo de la fachada, inauguraron un estilo de vida que disponía de dinero a cualquier hora. Sin interlocutores, colas ni papeleo. Pero, hoy, vaciados de utilidad por el cambio de paradigma que digitaliza nuestro día a día, padecen la misma agonía que en su día sufrieron las cabinas telefónicas. Cuánto juego dieron regalándonos una idea de intimidad en el espacio público que no se ha vuelto a repetir.

Los sintecho son los mayores dam­nificados de la desaparición de cabinas y cajeros. Entre cartones no hay wifi. “La pobreza está asociada a la falta de tecnología”, señala Brett Scott, activista y experto en automatización financiera, en Wired. Los que viven de la limosna se topan a menudo con personas caritativas pero, cada vez más, sin metálico encima. Ni siquiera dos euros. La máxima precariedad significa carecer de banco, de firma electrónica, de pins y passwords. Incluso algunas start-ups sin ánimo de lucro estudian –en el Reino Unido u Holanda– fórmulas virtuales de donar pequeñas cantidades a los sintecho vía aplicaciones, códigos QR, etcétera.

En estos tiempos gaseosos, la imagen del fajo de billetes planchados reventando la cartera, con su goma de pollo, que otrora significó la dolce vita –a pesar de la horterada– se ha desvanecido para siempre. Ya nadie cuenta billetes a destajo, es un gesto propio de cajeros o delincuentes. Los gobiernos controlan los movimientos del dinero y su limpieza. Se acabaron los llamados Bin Laden, y menguan los pagos contantes y sonantes. El dinero ya no es de plástico, sino invisible. Un código en la pantalla del teléfono. Retrata una sociedad que acostumbra a llevar consigo desinfectante para las manos. Por otro lado, tiene un efecto liviano: nunca el peculio había sido tan inmaterial, aunque su praxis anule nuestro anonimato. Se controla lo que ganamos, lo que pagamos, cómo, a quién y cuándo, porque el rastreo del dinero es primordial en nuestros estados financieros antes que sociales. Vivimos en una economía de datos en la que estos representan una nueva riqueza casi incalculable, y por eso los gobiernos, las empresas financieras y los gigantes del big tech ejercen un control absoluto, y mercadean con nuestras huellas virtuales para enriquecerse. No valemos por lo que somos, sino por lo que hacemos para no llegar a fin de mes sin apenas tocar el dinero.

[Publicado el 06/5/2019 a las 11:22]

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Entrecot electoral

La expresión del rostro del candidato consiste en curiosidad de primer orden para el periodista. Es lo primero que se busca al conocerse los resultados oficiales. Porque si hay algo que el ser humano no puede disimular, es la decepción; también el desengaño. La gente en casa todavía hace sumas, contando con los dedos los totales de izquierda y derecha, mientras se espera a los líderes en las sedes. Empieza a paladearse el título de la última película de Almodóvar: Dolor y gloria. “Ha llegado con rostro serio”, dicen de Rivera en la Ser. El periodismo de los sentidos, el que escruta, olfatea, toca y escucha pero aún no tiene el filete en­cima de la mesa, describe sensaciones y emociones: “El portavoz aparece sonriente, acaso lleve la procesión por ­dentro”.

Los reporteros informan desde Ferraz de que “el ambiente es relajado” y “reina un ‘optimismo prudente’”, dos términos que nunca tendrían que emparejarse : ¿o es que la alegría puede ser cautelosa? Hasta que se deciden a hablar de euforia y de saltos de alegría. “En la sede del PSOE, ¿se espera un Resacón en Las Vegas?”, le pregunta Ferreras a Ana Pastor. “Un fiestón”, responde ella. Las crónicas de la noche electoral guardan un parecido razonable con las retransmisiones deportivas y no pueden evitarse términos como arrasar, remontada, estrepitosa derrota o apretada victoria.

La primera comparecencia de Pablo Casado y su equipo apeló a la responsabilidad solidaria. Sólo hacía falta calibrar la distancia entre Teodoro García Egea, que miraba al infinito a la derecha del líder; Adolfo Suárez Illana, tan gris a lo largo de la campaña como su cabellera, sin apenas levantar los ojos del suelo, a su izquierda, y Casado, parapetado en su atril. La proxémica calcula entre 15 y 45 centímetros la burbuja del espacio íntimo, y el decaído triunvirato se presentó codo con codo. Parecían entonar un “la culpa es de todos”. Casado encajó el resultado sin excusas, sonriente, estirando las comisuras de los labios como el niño que excusa una travesura. Fue el único que se atrevió a mirar de frente. Nadie recordaba una noche electoral en que por la calle Génova sólo pasearan dos gatos negros. Y los mariachis enviados por Forocoches entonando Canta y no llores bajo el balcón popular desalmaban aún más el paisaje.

En la sede del oeste de Madrid, Sánchez no se encaramaba a las alturas, sino que se subía a una simple tarima, celebrando cuerpo a cuerpo la victoria en mangas de camisa rosa bebé, enviando mensajes de suavidad en las formas. Porque, en verdad, ese ha sido uno de los grandes triunfos del socialista: ante los insultos, una sonrisa; frente a la difamación, la más bella indiferencia. Y el filete aún crudo.

[Publicado el 01/5/2019 a las 19:34]

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¿Cultura sin mujeres?

No hay imagen más concluyente acerca de la igualdad irreal que la servida involuntariamente por TVE en el primer debate de candidatos. Dos limpiadoras abrillantaban el suelo sobre el que pisaban los señores candidatos mientras las maquilladoras les matizaban brillos en el labio superior y la frente. El backstage siempre esconde momentos impagables, pero en este caso no fueron consejeros asesorando a sus primores, sino la evidencia de que las mujeres, una vez más, quedan relegadas a la intendencia y al cuidado. Que cuatro líderes debatieran sobre asuntos que corresponden a la mitad de la población producía cierta vergüenza ajena, pues la ausencia se ­hacía aún más palpable. También reflejaba la doble velocidad –y moral– que ha marcado el largo viaje de las mujeres ­para conseguir su carnet de ciudadanas con plenos derechos. En los dos últimos años, el feminismo ha ganado la batalla mediática, de forma que la tolerancia al machismo se ha reducido aunque en ocasiones se saquen los pies de tiesto, como la mera idea de juzgar a Ángel Hernández por la muerte asistida de su mujer en un juzgado de violencia de género.

En plena pugna electoral, se ha producido otra anomalía de campeonato en la cultura pública. ¿Se imaginan un teatro sin mujeres, o una coreografía de danza, o una orquesta? ¿Pueden digerir que la mirada femenina se quede ciega, y su voz muda, apartada de la gestión y la programación de repertorios clásicos y modernos? Pues eso es lo que ha ocurrido en el Inaem, que ha decidido –mediante un consejo de selección que incumplía la paridad– que todos los directores artís­ticos del Centro Dramático Nacional, la Compañía Nacional de Danza, el Teatro Clásico o el Centro de Tecnologías de Espectáculo, entre otros, sean varones. Son cargos que pueden durar casi una década. A modo de defensa, la directora y última responsable de dicha selección, Amaya de Miguel, aseguró que no podían introducirse medidas de discriminación positiva en convocatorias públicas. Se presentaron 15 candidatas –respecto a 54 candidatos– y todas quedaron descartadas. A pesar de la gran valía de algunos de los elegidos, me consta que entre las candidatas se contaban nombres sólidos y de larga trayectoria. El Inaem se pasa por el forro la ley de Igualdad, que establece “una participación paritaria equilibrada en todos los ámbitos de las administraciones públicas”. Y se escuda en endebles argumentos como la imposibilidad de introducir elementos de género.

La exclusión y el menoscabo de las ­féminas en la cultura vienen de largo. Discriminación positiva suena a avenir dos irreconciliables y tiene sus ene­migos y resistencias, pero desde la conciencia del retraso histórico que arrastran en su incorporación a las tareas plurales –y con casos tan descarados como el que nos ocupa– deberíamos afrontar otro ­dilema binario: el del mal menor. Esto es, aceptar un mal que conducirá a un bien. Porque una cultura sin mujeres al frente supone un retroceso. Y un empobrecimiento.

[Publicado el 29/4/2019 a las 09:50]

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Vestido para el poder

Cuando Pedro Sánchez llegó al Palacio de la Moncloa como legítimo residente, además de renovar el colchón en el que durmiera durante ocho años Rajoy –a fin de conjurar el refranero español: “dos que duermen en el mismo colchón, se vuelven de la misma condición”–, realizó otro cambio importante: sustituir la suscripción a los periódicos deportivos por una selección de prensa internacional. Cómo no va a mutar el estilo de un hombre que desayuna leyendo en inglés y francés; nada que ver con el callo que originan las gestas en la Champions. En su libro Manual de resistencia (Península) explica que, tras su dimisión forzada, acudió a la oficina de la Seguridad Social con sus dos hijas, cogió el ticket y se sentó a esperar su turno. En los días siguientes, la pequeña le dijo: “Me encanta que estés prejubilado”. Y su otra hija, que no fue elegida delegada de clase, recibió de un compañero un hiriente :“¡Como tu padre!”. Pero el “aguanta Pedro” unido a una perfecta conjunción de astros lo condujeron a la presidencia del Gobierno. Sánchez se erigió en el atlético presidente español, saludado por el Daily Mail, Newsweek y Vice como Mr. Handsome. Incluso el sudirector de Buzzfeed, David Mack, se marcaba un tuit saleroso: “Noticias geopolíticas importantes: el nuevo presidente de España está bueno”. Cómo no iba a seguir leyendo prensa extranjera un Pedro Sánchez, graduado en resiliencia, que tan bien empezaba a quedar en las fotos al lado de Justin Trudeau. Buenos pómulos, deportividad y aire limpio, porque no hay muchos hombres que puedan permitirse llevar jeans y una camisa blanca pareciendo bien vestidos.

En su primera etapa como líder socialista, antes de que fuera negado y burlado en Ferraz, a Sánchez le colgaron el sambenito de guaperas, de niño bonito, incluso de Ken, el novio de Barbie. Entre sus antecesores no había precedentes de corte hollywoodiense y, al no derrochar la erótica del poder de aquellos vigorosos socialistas González y Guerra –curiosamente tan reivindicados ahora por la derecha–, fue etiquetado igual que una rubia tonta. Un prejuicio muy extendido, vestigio cateto de una España envidiosa que condena la belleza ajena, en lugar de celebrarla. En cambio, en esta segunda etapa, la que le condujo a la moción de censura, oficia de cuarentón canoso –que se obliga a correr diez kilómetros al día para mantener sus músculos pletóricos–, camina sobre el agua ante quienes quieren revocarlo por sus gestos hacia los independentistas. Aunque él se oponga al referéndum una y otra vez, parece que nadie le cree.

Sánchez se ha vestido de presidente durante diez meses y no abandona el traje. Riguroso, oficialista, de tallaje desigual –a veces se equivoca con los patrones, demasiado cuadrados de hombros–, con preferencia por las corbata púrpura y ternos oscuros sin atisbos de originalidad. Si hay algo que no se le escapa a ningún cronista es el halo de responsabilidad con el que se ha inmunizado de la pelea de gallos. El hombre que lee prensa internacional no insulta, ni siquiera a los que lo consideran el mismísimo espíritu del mal. Es educado y ceremonioso, aunque peque de aburrido, y responde a las provocaciones como el adulto reflexivo en que se ha convertido. No obstante, ha endurecido el gesto: aprieta la mandíbula y con frecuencia cierra fuertemente los labios, el superior aprisionando al inferior, las cejas se le crispan y esboza muecas hasta ahora desconocidas, como el gesto de desprecio a Albert Rivera –mirada de medio lado, boca también torcida– acompañada de ese “me has decepcionado” que vimos en el primer debate televisado.

“Es hiperactivo, no descansa”, dicen de él desde la ejecutiva socialista. Y lo cierto es que lleva en campaña desde que le conocemos, consciente de aquellas palabras de Muhammad Ali: “La pelea se gana o pierde muy lejos de los testigos, tras las líneas, en el gimnasio y en la carretera”.

La naturalidad nunca ha sido lo suyo, se nota la mella de la presión. Sin embargo, ese acartonamiento es casi profiláctico, técnico. Prefiere abusar del guion impoluto y optar por la sosería antes que por el cuerpo a cuerpo de Rivera. “¿Os imagináis lo que podemos hacer con una mayoría sólida?”, pregunta a menudo a los suyos, a medio camino entre visionario y motivado. Parece haber nacido para llevar camisas bien planchadas y gafas de aviador a bordo de un Falcon –sí, un Falcon– conduciendo a los socialistas de nuevo al poder. Por mucho que la vieja guardia del partido se mantenga incrédula.

[Publicado el 29/4/2019 a las 09:42]

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Entrar a matar

El estilo se halla en la justa me­dida entre lo homologado y lo singular. Y no me refiero sólo al atuendo, el lenguaje o la gestualidad, sino a ese paraguas semántico llamado actitud. Gabriel Rufián lo desborda. Cuan importantes son las pisadas del poder; vean si no la energía que gastan los diputados cuando hacen el paseíllo hasta el estrado: algunos andan como si chafaran nubes, otros domando la timidez con la vista fija en un punto para no marearse. El candidato de ERC aprieta el paso, disfrutón cuando va al encuentro del micrófono. Se gusta hablando. Prepara las ocurrencias y las pone en escena, afanoso de epatar, un as del zasca y del happening.

Creció para dentro, algo reforzado por el hecho de que tardara mucho en hablar y precisara de logopeda. Sólo alguien que ha convivido intensamente consigo mismo puede derrochar tanta seguridad personal, habiéndose librado de la bicha que persigue a los políticos pusilánimes: el sentido del ridículo. Rufián, con sus buenas dosis de ambición y aspiración, podría pasar por pariente de aquellos personajes de La comedia humana balzaquiana, Albert Savarus o Lucien Chardon: provincianos, narcisos, atractivos, con amores políticos y literarios y hambre de poder.

Le falta finesse, pero no la pretende. Bien le ha funcionado el cuerpo a cuerpo, la camiseta con eslogan (que lo hace aún más joven), el tuit molotov y la escenografía granguiñolesca, ya sea la imagen de Rato entrando en la cárcel –“es el mercado, amigo”– o la impresora republicana a cuestas. Para él, la provocación es táctica y superación. La del estudiante que quiere dar más de lo que se le pide y se extiende en los exámenes, según han contado sus profesores.

Juan Gabriel –ay, esa tradición de nombres compuestos, como Alberto Carlos Rivera o Pablo Manuel Iglesias– siempre se ha hecho notar. En el colegio no le importaba ser considerado empollón o pedante, pues siempre desbordó orgullo de clase. ¿Por qué el hijo de un transportista y una administrativa que se conocieron en un mitin de Bandera Roja no iba a poder mirar por encima del hombro a los pijos de Boadilla del Monte, o a los de la Bonanova? Ahí está el personaje: pecho hinchado, cintura gruesa, mirada guasona, ese fenotipo tan catalán, el del foteta, que encandila a unos y horripila a otros. La polarización le da juego.

No le teme a los trabajos pesados porque ha hecho de todo, ­según su perfil de LinkedIn, desde descargar camiones en ferias hasta seleccionar personal para H&M. Graduado en Relaciones Laborales, llegó a experto cribando los mejores candidatos para un puesto de trabajo, hasta que la política –y las tertulias– lo reclamaron, y entregó su fe a Joan ­Tardà, pastor de almas independentistas, prometiéndose que cuando se proclame la república catalana lo dejaría. Amante de la literatura, de jovencito ganó premios de relatos; uno se titulaba Mal de mar. Este Sant Jordi firmará nuevo libro: Ser de izquierdas es ser el último de la fila (y saberlo).

Leo perfiles en medios digitales de aquel Juanga, como le llamaban en Jaén, con declaraciones de amigos de su abuelo republicano, y parece que se hubiera enrolado en el ISIS en lugar de ERC. Habitante del cinturón rojo de Barcelona, castellanohablante volcado de amor a su país, bien podría encarnar aquella etiqueta que tanto se estiló antes de los hipsters: modernillo. Hay voluntad de estilo en su vestimenta, y cuida su ropa igual que su barba. Camisa negra o azul noche, camisetas ajustadas –mitad jugador de fútbol made in Italy, mitad mago ilusionista de última generación–, blazer negra o de cuadros príncipe de Gales, pantalones pitillo con zapatillas de runner, cazadorita (amarilla) a la cintura... Con frecuencia la dota de significado, pues es hombre de eslogan al que le sobran los adjetivos –al menos en un relato erótico que escribió, publicado en Jot Down–.

Capaz de alterar los nervios de sus antagonistas, incluso de capitanes curtidos en tempestades como Pérez-Reverte, quien dijo aquello tan feo de que a Rufián “o le pegaban en el colegio o tenía miedo de que le pegaran, y de ahí salen las conductas posteriores”. Pero son el desafío de ojos pequeños y el látigo verbal lo que atrapa a la concurrencia. Los suelta sin piedad, desvergonzado y eficaz. Arrastra la mala baba a la que tan habituados están los británicos, con sus flechas dialécticas emponzoñadas en sarcasmo. El cinismo es un medio, no un fin, pero tapona los folículos. Bascula entre el coraje y el yoísmo, entre el argumento y el espectáculo, y en apenas cinco años se ha abierto camino hasta lo más alto de una papeleta electoral. En verdad, parece haber nacido para aguantarle la mirada a Aznar, desde esa izquierdita indepe que tan amargado lo tiene.

[Publicado el 24/4/2019 a las 10:05]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta", "Generación paréntesis" y "Fabulosas y rebeldes". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

Obras asociadas

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