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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 29 de marzo de 2017

 Blog de Joana Bonet

Entre brocantes y hipsters

Mientras los megáfonos del Black Friday multiplican sus promesas de un mundo feliz a mitad de precio, los mercados madrileños invitan a educar el ojo para que flote con delicadeza entre los puestos gastronómicos o artesanos que representan un triunfo de la levedad. “El cerebro duerme, quizá, mientras el ojo observa”, escribía Virginia Woolf con su solvencia impresionista en el relato Sin rumbo por las calles: una aventura londinense, donde recrea el paseo de una tarde con la excusa de salir a comprar un lápiz. Woolf contaba cómo puede fantasearse construyendo todas las habitaciones de una casa imaginaria y amueblándolas a voluntad para después sentirse felizmente liberado de la obligación de poseerla.

Lámparas italianas, esculturas de papel maché, vajillas vintage y fundas para el móvil de madera se mezclan en los puestos del Mercado de Motores –que se celebra el segundo fin de semana de cada mes en el Museo del Ferrocarril–, en el que los raíles desafían a la oscuridad invernal de la tarde mientras los paseantes revuelven entre antiguallas o moderneces y conectan con esa fascinación infantil por el desván. Me cuenta su promotora, Teresa Castaneda, que se lanzó porque “el momento de los grandes centros comerciales se había estabilizado –hubo un momento en que abría uno cada 5 km en la M-40– y el público demandaba propuestas alternativas de compras y ocio más urbanas”. Y así, entre expresos con vagón restaurante que te transportan mudos a un pasado que ahora parece tan ingenuo como encantador, se afanan artesanos 2.0, nuevos panaderos de masa madre o insólitos cortadores de jamón, como Esther García, la productora de Almodóvar. “A Madrid apenas le queda patrimonio industrial histórico de entidad. Yo conocía el Museo del Ferrocarril, de ir con los niños; era un espacio no muy conocido y poco visitado, con lo cual podía sorprender por sí mismo, por su arquitectura y los viejos trenes, y mucho más, claro, gracias a una oferta de ocio y cultura novedosa en la ciudad”, añade.

En la última década la capital ha recuperado sus antiguos mercados. Todos llevan nombre de santo: el primero, el de San Miguel –construido entre 1913 y 1916–, junto a la plaza Mayor, atrae a los turistas con su colorido gourmet y sus paredes de cristal. En el de San Antón, en Chueca, puedes elegir el producto que quieras que te cocinen al momento mientras bailarines improvisados se arrancan en un flashmob. El de San Ildefonso, el primer mercado de abastos de la capital, se anuncia hoy como centro de “street market food”; y en el de San Fernando se pueden comprar libros al peso en La Casquería: a 10 euros el kilo. No es casual el renacimiento de los mercadillos –por todo el mundo– adecentando espacios públicos históricos. Por un lado, siempre han sido lugares atractivos tanto para conectar la memoria como para satisfacer el deseo. También suponen un reencuentro con la extravagancia del pasado, que en su día no advertimos. Pero los puestos de los mercados “alternativos” poco tienen que ver con aquellos lugares improvisados y pulgosos de antaño tomados por chamarileros: hoy se trata de consumir pero potenciando la fuerza del “hallazgo”, más que la búsqueda de la ganga.

Esta nueva práctica de modernos flâneurs, paseantes exigentes y disfrutones, forma parte de la llamada gentrificación, neologismo derivado del inglés gentrification referido al aburguesamiento de barrios en decadencia. Se trata de un fenómeno global, muy extendido en la vieja Europa, abanderado por el florecimiento de los mencionados mercados de diseño y gourmet –que no sólo anidan en las tripas de estaciones georgianas, como la Green Park Station de Bath, sino también en fábricas de gas renacentistas, como la Westergasfrabriek de Amsterdam. Entre brocantes hipster, flores, tomates ecológicos o preciosos cuadernos, han dado paso a una alternativa de consumo bien alejada de la uniformización del comercio global: las mismas marcas, los mismos escaparates, los mismos aromas corporativos en cualquier ciudad del mundo. En los viejos-nuevos mercados de Madrid puedes atrapar olores distintos que exaltan la curiosidad y fomentan la ilusión de que los desechos del tiempo se reciclan, como tú.

[Publicado el 26/11/2016 a las 20:44]

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Pelazo y poder

Hace unas semanas, en la sala del Patronato del Museo Thyssen-Bornemisza, Carmen Cervera posaba frente a un retrato de su marido firmado por Macarrón. Justo un minuto antes del primer disparo se quitó discretamente dos pequeñas pinzas, mientras decía para sí misma: “Creo que así mejor”. Fue un gesto preciso y audaz, a la vez que una muestra de control: el volumen del peinado se mantenía pero el cabello quedaba suelto, flotando. No había peluqueros en la sala, ni falta que hacían, porque el verdadero dominio de la cabeza es un asunto que depende no tanto de los estilistas como de su propio portador.

Leo en un artículo de The New York Times que durante las comparecencias ante la prensa Donald Trump aparece siempre bien acicalado, y que al menos en una ocasión, a pocos centímetros de la oreja derecha, llevaba prendidos dos pasadores para conservar su melena bajo control. Su mata de pelo es una de las obsesiones del presidente electo: no se lo deja tocar por nadie que no conozca, y él mismo se aplica a diario una loción durante una hora mientras lee los periódicos o responde al correo con la cabeza rebozada con Head & Shoulders. Trump es un presidente rubio platino con estética y ética de millonario, que exhibe sus mansiones en Mar-a-Lago –todo tan pretencioso– y se entrega a la ingeniería capilar para dorar sus canas e insertarse tupés o postizos (algo que ha negado siempre). Excepto permitir a Jimmy Fallon despeinarle en prime time, ha mostrado un nivel de tolerancia cero a las bromas sobre su pelo. Están prohibidas.

En nuestra foto íntima llevamos el pelo corto, ondulado, el flequillo ladeado o las entradas recortadas. Casi nadie se autorrepresenta despeinado ni con el cabello mojado. La fuerza de la cabeza es simbólica e insistente. Algunos se pasan la vida buscando su peinado ideal, igual que si fuera un amor. Siempre hemos oído quejarse a nuestras madres de que llevan el pelo mal, de que la peluquera no les ha acertado el corte o el color; y los anglosajones denominan bad hair day a esos días en que salimos de casa con la melena espachurrada, indómita, borde o fosca, sabiendo que nada puede salir bien porque también está desmayado nuestro ánimo. Pero cuando el resultado es espectacular, no hay mayor revulsivo que el elogio. “¡Qué pelazo!”, nos dicen, y una almibarada satisfacción nos ronda en un sentir parecido al triunfo. Crecemos hacia arriba cuando halagan nuestra cabeza: lo atribuimos a los champús que prometen grosor y brillo o a habernos peinado con gracia. Pero, aun así, nos sigue resultando histriónico el abuso del aumentativo trumpiano, ese pelazo tan propio de alguien que dispensa una exagerada importancia a su cabello, metáfora de fuerza y seducción pero también revestimiento de todo aquello que no se tiene.

[Publicado el 24/11/2016 a las 10:28]

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Corte y moda

"¡Aquí está toda la corte!”, me dice uno de los grandes personajes de la vida social madrileña, Beatriz de Orleans. “¿Qué corte?” , le pregunto. “La corte del ¡Hola!”, afirma con su chisporroteante joie de vivre Beatriz Pasquier de Franclieu, hija de condes, criada en el château de Longpra, licenciada en Ciencias Políticas por la Sorbona y periodista de Women’s Wear Daily antes de casarse con el príncipe de Orleans. También fue una de las primeras mujeres consejeras delegadas en España, durante veinticinco años –en Dior–, y sobre todo una de las pioneras en reconocer que había acabado echando a su marido –tras 27 años de matrimonio y 4 hijos–, ya que llevaba mal que ella trabajara fuera de casa, por mucho que fuese imprescindible para mantener a la familia. “O aristócratas o artistas, a pesar de su ruina; los burgueses son un aburrimiento”, me ilustraba hace años. Ahora el príncipe se casa de nuevo y la prensa del hígado vuelve con habladurías sobre el título de esta mujer arrolladora que capitanea la Asociación Española del Lujo y siempre se ha bastado a sí misma.

Ocurrió en la residencia del embajador de Estados Unidos en Madrid, una mezcla de mansión estilo imperio y galería de arte contemporáneo, que esta semana convocó un cerrado homenaje a Carolina Herrera con motivo de sus treinta y cinco años de carrera, editados con mimo en un libro firmado por Fabien Baron. La familia Puig, propietaria de la marca, se mezclaba en el ¡Hola! en vivo. Damas de alcurnia, como las Fierro, Zurita o Ybarra o los Terry con sonrisa de sherry; mediáticas, como Marisa de Borbón, Cari Lapique o Blanca Suelves y apellidos tan regios como rancios no quisieron perdérselo. Incluso paseaba entre las obras de Roy Lichtenstein o Theaster Gates la duquesa de Franco, en su lejanía, de la mano de su hija Carmen Martínez-Bordiú. Las señoras departían animosamente en los aterciopelados tresillos de Mr. Costos y Mr. Smith, el embajador y su marido, mientras los jóvenes cachorros y los artistas fumaban en el jardín. La España eterna alternaba de maravilla con la modernez: Topazio Fresh, Amaya Arzuaga, los decoradores más finos, Pascua Ortega y Belén Domecq, Amaya Salamanca, Karlie Kloss, o las editoras de moda, mucho menos influyentes que las yanquis. Aquí a ninguna se le ocurre aupar a un candidato como Anna Wintour, una de las filántropas demócratas por excelencia, que acaba de coronar el glamur de los Obama con una portada de Vogue dedicada a Michelle vestida por Herrera.

Wintour y muchos diseñadores –de Jacobs a von Furstenberg– cerraron filas entorno a Hillary Clinton y recaudaron fondos. La moda americana, como la prensa, le volvió la cara a Trump. Hasta el punto de que la firma Ralph Lauren tuvo que hacer declaraciones al hecho de que tanto Hillary como Melania vistieran prendas del diseñador más all american, la primera por encargo; la segunda, sin avisar, compró el modelo en blanco en la tienda.

Cuando estoy al lado de Carolina Herrera siempre siento que me sobra o me falta algo. Pertenece a esas mujeres que proyectan equilibrios a su alrededor, así como una actitud firme y audaz. Le pregunto por la reacción de los diseñadores norteamericanos “¿Qué diseñadores? ¿Qué reacción?”, replica. Ella, que empezó vistiendo a Jackie Kennedy y le ha hecho trajes a Michelle Obama para su cita con el papa Francisco o el viaje oficial a Cuba, es contundente: “Si la primera dama de los EE.UU. te pide que la ­vistas, tienes que hacerlo, te guste o no te guste”. Acaso logre desenvolver a Melania Trump de su ­celofán.

Esta misma semana otro embajador en la capital, el de Colombia, Alberto Furmanski Goldstein, organizaba una cena en homenaje a Edgardo Ossorio, el zapatero preferido de Jennifer Lawrence u Olivia Palermo. El fundador y director creativo de Aquazzura, que aprendió el oficio trabajando para Ferragamo y Cavalli, dejó en evidencia hace unos meses a la hija del nuevo presidente electo denunciando que le había copiado unos zapatos diseñados por él: “¡Es una vergüenza @IvankaTrump! La imitación no es la forma más sincera de la adulación”. Hay mundos-nicho que nunca podrán tragar que los Trump, al estilo de los Kardashian, exhiban su noción del gusto, en las antípodas de la exquisitez, de la clase, de la gracia, de todo eso que no se puede comprar.

[Publicado el 19/11/2016 a las 15:52]

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Autodespedidas

Deberíamos haberle hecho más caso –es lo que acostumbramos a decir cuando fallece alguien admirado– pero andábamos entretenidos con el Nobelón a Dylan, cuya noticia coincidió en fecha, el 13 de octubre, con la despedida en vivo de Leonard Cohen. Los cronistas que estuvieron en la presentación del último disco de Cohen, You want it darker, cuentan que le temblaban las manos, el cuerpo entero apuntalado por el bastón, generoso hasta el extremo de recitar un poema, y a pesar de la debilidad, elegante y gentil. Lo acompañaban sus hijos y su primer rabino. Los periódicos titularon bien grande su declaración de amor: “Me propongo vivir hasta los 120 años”, cuando él sabía que aquellas canciones, fieles a su voz ahumada, grietas de terciopelo, eran las últimas de su vida.

Escribía sir Thomas Browne que “pirámides, arcos, obeliscos no fueron más que las irregularidades de la vanagloria, y enormidades desenfrenadas de la magnanimidad antigua”. Hoy, en este mundo que entrega sus tesoros a la custodia de la nube, se lava una y otra vez la cara de la muerte con brillo, y da fe de la extinción de un mundo antiguo –aquel donde los calendarios colgaban en las cocinas, se esperaba pacientemente una semana para ver el siguiente capítulo de nuestra serie, y en la calle incluso había revueltas sindicalistas–. Acaso por ello, uno de los últimos fenómenos de la cultura mainstream consista en que cuando muere un ídolo se revisa su legado de forma apresurada, casi histérica, con homenajes forzados y virtuales (y los perfiles más activos se sienten con la obligación de dar su pésame, rendir tributo y contagiar sentimentalmente a la red, además de sumar seguidores). Se trata de un nuevo rito funerario, azucarado por la tecnología, que a la vez identifica a nuestro pasado, el mundo de ayer, el que evapora y se nos evapora, una señal inequívoca de que nos estamos haciendo viejos. “Nosotros, por el contrario, lo hemos vivido todo sin la vuelta atrás, del antes no ha quedado nada ni nada ha vuelto”, escribía Stefan Zweig en el prefacio de su espléndido El mundo de ayer.

David Bowie, Prince, Umberto Eco, Michel Tournier, Ettore Scola, Muhammad Ali, Johan Cruyff, Sonia Rykiel, Zaha Hadid… son algunos nombres, fallecidos este año, que forman parte de nuestra memoria no sólo musical, literaria o deportiva, sino de la más íntima. Con ellos creímos despejar algún kilómetro de abismo, nos abrieron el hambre de curiosidad y belleza, nos acompañaron en las horas del amor y en las del sofá, e incluso en las realidades paralelas: qué bien te ausentabas un rato del mundo con las canciones de Cohen. Pero lo que más palidece es que en estos adioses sentidos también nos despedimos de aquellos que fuimos.

[Publicado el 16/11/2016 a las 10:56]

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Ladrones de cuerpos

Es difícil soportar la mirada del presunto violador, la claridad de sus iris; pensar que esos mismos ojos se posaron en los cuerpos de las niñas que condujo engañadas a un piso o a un descampado con alguna chuchería entretenida. Los testigos cuentan detalles escabrosos: una de las pequeñas se agarraba a él tambaleándose, la inocencia narcotizada, aún prendida en la falda y en la punta de sus zapatos, tan ajena al mal. La inocencia perdida a dentelladas nos arde. Esta semana hemos visto imágenes del juicio al presunto violador de Ciudad Lineal, “el enemigo público número 1” como declaró Cristina Cifuentes, el hombre que extendió el terror en los parques y ante el cual tantos padres y madres pensaron en el instante de humo que dista entre pronunciar “la niña está jugando” y “la niña no está”. No hay razón capaz de entender cómo el acusado se atrevió a romper a esas criaturas. No es depravación, no es enfermedad, es el mal siempre velado y vedado, porque enfrentarse a él resulta un trago demasiado amargo.

Hombres que drogan a pequeñas de siete u ocho años para inscribir su vergüenza encima de su piel. Hombres que presuntamente drogan a una muchacha en San Fermín y la violan entre cinco en un portal. Vídeos que cambian de propósito e intentan demostrar que hubo consentimiento. Que una pobre desgraciada se dejó maltratar, vejar, someter, violar y grabar por placer. Los tipos que ahora piden clemencia al juez, que aportan nuevos vídeos con la esperanza de que a ella se le descubra algún gesto de disfrute en lugar de alienación, no calcularon sus pasos. En sus mensajes analizados por los jueces, ellos –“la manada”, se llamaban así– aseguran que querían “follarse a una buena gorda entre todos” y que ojalá tuvieran burundanga, la sustancia que anula la voluntad. El disfrute, para ellos, parece anidar en la brutalidad, los hematomas, el cabello arrancado. Te preguntas si de pequeños no los quisieron lo suficiente, qué ocurrió, cuándo y en qué lugar enfangaron su idea del sexo como si se hubiera borrado el rastro de la civilización.

No ocurre ni en India ni en Pakistán. Sucede aquí, donde tanto se ha ahondado en el respeto, la igualdad, la educación para la ciudadanía. En España, según datos del Ministerio del Interior, cada ocho horas se viola a una mujer. Leí las crónicas de Mayka Navarro en La Vanguardia sobre Tomás Pardo Caro, el criminal reincidente y su última salvajada. La compasión acelera las pulsaciones. Al otro lado del drama, se habla de la terapia con violadores “presuntamente” arrepentidos. De la difícil reinserción, sobre todo cuando está en juego la seguridad de las mujeres. Ladrones de cuerpos y almas que, en lugar de abatir las puertas de una casa o de un banco, desvalijan las entrañas de una mujer. Y con exhibición de su superioridad, siguen reiterándose en el delito cruel. La violación como una rutina: tres veces al día, cada ocho horas, los 365 días del año.

[Publicado el 14/11/2016 a las 16:09]

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Vivir es crear

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Siri Hustvedt tiene bien localizado el primer deseo de ser escritora: fue en el verano de 1968, cuando viajó con su familia noruega a Reikiavik porque su padre estudiaba las sagas islandesas.Tenía trece años. Alquilaron una casa con una nutrida biblioteca. Leyó hasta doce libros seguidos: Jane Austen, las Brontë, Dickens, Mark Twain… Le bastó para reaccionar. “Leer es un acto interior, dos conciencias y dos inconscientes se tocan. No publiqué nada hasta diez años después, fue un poema en Paris Review”.

Hustvedt (Minnesota, 1955) novelista y ensayista, “una brillante exploradora del cerebro y de la mente” según Oliver Sacks, ha forjado un pensamiento propio como si juntara en un mismo cableado el arte, la neurociencia, el psicoanálisis, el misticismo y los fenómenos cotidianos. Le fascina la mente, los pasillos de la memoria. “Cuando un fragmento de mi vida pasa a la ficción, esta suplanta al recuerdo”.

Afronta asuntos complejos desenredando las palabras y vistiendo la abstracción. Viaja de santa Teresa a Freud, Kierkegaard, Goya o Almodóvar. Asegura que “toda percepción viene acompañada de sentimientos”. Desde hace 34 años vive con su marido, Paul Auster. Su casa, en Park Slope, es propia de una pareja de artistas neoyorquinos. “You walk up the front stairs”, me ins­truye por e-mail. Tras los visillos, su cuerpo es aún más longilíneo que en las fotos; viste engamada: camisa crema, pantalón beige, calcetines marrón. Se la ve a gusto andando con calcetines, a ratos parece que patina. “Paul escribe abajo, tenemos dos pisos entre nosotros. Eso es ­bueno”.

¿Por qué escribe? “Me siento más viva escribiendo que en cualquier otro momento. Estás sola pero al mismo tiempo posees un sentimiento de comunidad. Los novelistas siempre están habitados por muchas voces. Somos plural, no singular”. ¿Alguna vez se ha bloqueado? “A veces tengo momentos difíciles, pero nunca duran mucho. Ocurre a causa del miedo ante lo que quiero conseguir. Es un mecanismo de defensa. También se debe a pensar demasiado, a permanecer excesivamente consciente”. Cuenta que una vez le salió mal una novela, y al darse cuenta se echó a llorar en el suelo del estudio, “ese fue mi impulso, claro, soy luterana, trato de no ser así, pero…”. Confiesa que al leer, a menudo llora. Le ocurrió con Crimen y castigo. Escribe todos los días. De 7 a 2. Bebe dos cafés por la mañana, después agua. Austera y fuerte, sin dejar de ser de cristal. Le disgusta que la molesten escribiendo, pero ha aprendido a elevar su nivel de concentración ante el ruido. Ha estudiado la ciencia de los nervios. Durante años tuvo migrañas. Ahora da clases a psiquiatras. “Todavía nadie es capaz de conectar los niveles psicológicos de nuestras experiencias subjetivas con las realidades objetivas del cerebro: las conexiones sinápticas, neuroquímicas…”.

Trabaja con ropa que denomina “suave”: “Cuando escribo no quiero sentir nada más que el texto. Nada que ciña mi cintura, que me pique”. “Paul es el primero en leer mis originales, y yo hago lo mismo con él. Siempre ha sido así desde el principio. Nos limitamos a comentar las oraciones, una frase, un adjetivo. Alguna vez hemos profundizado en por qué no funciona un texto, pero respetamos enormemente el proyecto de cada uno”. En abril, Hustvedt publicará en Seix Barral: “<em>La mujer que mira los hombres que miran a las mujeres</em> es un ensayo sobre feminismo". Al despedirnos, aparece Paul Auster, bronceado. Pregunta por España y habla de su amigo Enrique Vila-Matas, de su próximo viaje a Barcelona, de su cambio de editorial (igual que Siri) de Anagrama a Seix Barral. Toca madera. Es maciza, de nogal. Siri Husvedt se sirve otro vaso de agua con gas.

[Publicado el 13/11/2016 a las 20:17]

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Americanos en la Almudena

La noche se empezó a atirantar cuando el cuarteto Ernest entonó La chica de ayer entre banderas de los Estados Unidos de América, globos rojos y azules, y unas urnitas de cartón para que jugáramos a votar, igual que chavales. En el Instituto Internacional de Madrid, la embajada norteamericana invitaba gentilmente a un grupo de amigos, académicos y periodistas a seguir la noche electoral con pantallas gigantes de CNN y los rulos históricos de las imágenes de sus capitanes generales John Adams o Thomas Jefferson. Croquetas y rebufos de Born in the USA. Una luz blanca desperdigada por el suelo. Era víspera de la Almudena en Madrid, y el frío que había bajado de la Sierra acuchillaba la suela de los zapatos. Las selfies con los troquelados de los candidatos añadían un aire de ­bufonada, de fiesta de cumpleaños infantil. Todos querían fotografiarse al lado del de Trump, aunque fuera para hacer monerías. En cambio, la Hillary acartonada –“hierática”, “fría,” “distante”, la etiquetarían días después para entender su derrota– permanecía sola mientras la ráfaga sonora de Nacha Pop arrastraba arena con su estribillo perdedor. A esa misma hora, Telemadrid emitía un capítulo de su Madrileños por el mundo desde Oregon –casualmente el vino de la noche electoral madrileña procedía de ese estado–, en el que un joven afirmaba: “El español aquí está muy de moda”. Siempre que no tenga, compadre, acento mexicano. Toda la campaña ha sido un mar de hipérboles: “histórico” fue el epíteto reiterado por los altavoces mediáticos hasta secarlo. La elección más dual de los EE.UU.; el histórico duelo entre una mujer casada con la vieja política, y un millonario ignorante y bruto. Una jornada histórica, sí, celebrada por los americanos expatriados, esos que se hacen españoles tan deprisa aunque sigan comprando bagels en el Taste of America de la calle Serrano.

A través de un micrófono, antes de medianoche, Lara Siscar entrevistaba al secretario de relaciones internacionales del PP, García Hernández, quien le soltó a la alcachofa: “Ha ganado Trump”. Luego matizó, y vino a decir que aunque perdiera ya había ganado por el hecho de colarse en el centro del mundo: “Ha conseguido estar por encima de las políticas mientras Hillary está por debajo de ellas”. El secretario de la Cámara de Comercio de Estados Unidos en España, Jaime Malet, aseguraba que había que mostrarse precavidos. Le pregunté a una mujer con pelo afro si era afroamericana: “Soy cubana, y espero que esta noche gane el bien”, me respondió. Mi compañera Karelia Vázquez, escamada porque toda su familia del Little Miami había votado por Trump, ya suponía que latinos y mujeres, no tan silenciosamente, le entregarían su alma. Avanzaba el recuento y todo era cuestión de tiempo, tal y como lo describió otro americano, James Salter: “Las horas que eran como un collar roto en un cajón”.

En el paraninfo del Instituto, la inteligencia madrileña y norteamericana se reunían hace ya más cien años. No en vano el edificio fue levantado por una pareja de bostonianos, William Gulick y Alice Gordon, que pusieron las bases para una educación basada en la libertad de conocimiento. Animados por Gumersindo Azcárate o Francisco Giner de los Ríos, los Gulick se trasladaron a Madrid consolidando un centro de estudios aliado de la Institución Libre de Enseñanza y la Residencia de Señoritas, desde donde se prepararon las primeras licencias en España. También allí surgió el primer club de mujeres. No había, pues, mejor lugar en Madrid donde poder celebrar el estropicio del techo de cristal, donde coronar a la primera mujer presidenta. Pero el hito fue otro. El embajador James Costos llegó pasada la medianoche con el gesto torcido. Parpadeaba. En los grupos se comentaba el legado de Obama, resumido en un nuevo americanismo internacional que ha resituado la posición de EE.UU. en el mundo; un mandato cocinado con valores, una manera más cool de entender la política. Pasado y no futuro. Y, después de ocho años, llegaba el efecto rebote, igual que en las dietas. No podría hallarse mejores antagonistas de los Obama que Trump y su Melania, quienes dentro de unos meses habitarán las 132 habitaciones que posee la Casa Blanca, además de 35 cuartos de baño, 8 escaleras y 412 puertas. Se auguran enormes posados con silicona y mechas de oropel frente a sus 28 chimeneas.

[Publicado el 13/11/2016 a las 20:12]

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La estrella de Michelle

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Ni Clinton, ni Trump, ni Obama; si ha habido alguna estrella en esta campaña terminal que ha visto cómo se desataban todos los demonios de una sociedad que ya no se contenta con las mazorcas de maíz a la barbacoa ni los algodones de azúcar de Hollywood, ha sido Michelle. En un contexto más bien adverso y ante una clase media airada, ella ha querido conectar con la poca esperanza que le queda a esa América profunda con la que tanto nos gusta fantasear a los europeos que hilamos un cuento de moteles rosa y camionetas polvorientas gracias a Carson McCullers o Faulkner. Y también les ha sabido hablar a quienes miran con más odio que nunca al extranjero, creyendo que sus verdaderos problemas son las fronteras y los emigrantes. Cucharadas de amor frente al odio, se dijo Michelle, que ha conseguido lo inimaginable: que una pareja de negros se convierta en la familia ejemplar norteamericana derrochando esa cualidad tan áspera en la arena pública, la naturalidad.

“A pesar de ser lo suficientemente mayor para recordar a Eleanor y Franklin D. Roosevelt en la Casa Blanca –y a todas las parejas y familias que la han ocupado ­desde entonces–, nunca había visto tal equilibrio y responsabilidad parental compartida, tal amor, respeto y placer mutuo en la compañía del otro”, escribía la activista feminista Gloria Steinem en The New York Times, apelando a la importancia de “las familias verdadera­mente democráticas” a fin de fortalecer la propia democracia.

Michelle ha vivido y ha dejado vivir. No ha metido la nariz en el despacho oval; se ha dedicado a saltar a la comba con los muchachos, a declararse madre en jefe y a cultivar un huerto promocionando hábitos alimentarios sanos para evitar tanto veneno en los comedores infantiles. También ha abrazado a veteranos y familias de militares, ha puesto en marcha un programa para sacar de su ensimismamiento a los estudiantes de secundaria y además ha bailado sin complejos en unos cuantos platós. Grande, con caderas afro, a ratos algo payasa, otras elegante, esfinge de diosa, ha hecho del humor su gran aliado, permaneciendo indemne, durante ocho años, al escrutinio constante del foco de la actualidad. Aunque algunos analistas la hayan catapultado como gran oradora, con más nervio popular que Barack, y dominio de la escena, esta brillante abogada de Princeton y Harvard ha trascendido también el modelo de mujer impuesto. Las primeras damas estadounidenses siempre han tenido mucho más influencia que las del resto del mundo. Las unas han actuado de consortes y relaciones públicas, las otras casi han querido gobernar. Michelle se ha limitado a ser ella misma. Hasta el extremo de que, durante la jornada electoral de ayer, muchos ciudadanos hubieran deseado votarle.

[Publicado el 10/11/2016 a las 12:39]

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Que se besen

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No fue la cobra en sí, ni siquiera el debate posterior sobre sí la hubo o no, lo que enganchó a casi cinco millones de telespectadores, sino la perspectiva de un amor que parecía regresar sobre las tablas del escenario aunque fuera por exigencias del guión. Ahí estaba esa pareja de triunfitos –pioneros en disfrutar del ascensor mediático en que se han convertido los talent shows televisivos–, de tiros largos, coronando una falsa nostalgia alimentada con falsos cantantes que un buen día destronaron a artistas enormes, algo parecido a lo que ocurre hoy con los chefs y los cocineros amateurs.

Quince años después, más instruidos y ricos, también menos torpes y espontáneos, los triunfitos soberanos representaban el papel de sus vidas, interpretando una canción que invocaba besos y pasión. La plaza asistió a su reencuentro como si fueran de la familia, jaleándoles cuando se rozaban el hombro o mientras él la abrazaba por la espalda y ella escondía su cabeza bajo su cuello. Fue un desbordar de la imaginación lo que hizo saltar las fantasías románticas de un público insatisfecho. El mismo que imaginaba cuántas veces la habría hecho llorar él, o cómo ella lo desterró de su WhatsApp para cicatrizar las marcas del desamor.

Los millones de telespectadores, aún sabiendo que la novia del muchacho estaba sentada en aquel auditorio repasándose la manicura con tal de no ver bailar al enamorado con su ex, ansiaban que la comedia reemplazara a la realidad, que prendiera un beso capaz de resintonizar el amor bravo, no el inmaduro, ese que da media vuelta cuando asoman las primeras rutinas y decide salir en busca de un sofá confortable. Porque no fue el presunto desplante de David Bisbal a Chenoa lo que levantó de la silla a España en mayúsculas, ni lo que fue tuiteado y memeizado hasta el hartazgo, debatido tanto en los medios rosas como en los diarios nacionales, en la arena política digital y la física de los columpios de los parques, sino el puro morbo del otro espectáculo: el de los escombros de un amor demolido, del cual acaso podía regresar un soplo de tibieza. Fue el ilusorio remake de una pareja fallida, como tantas, que actuaba profesionalmente, cogiéndose por la cintura y olvidando que en la vida real a su derroche de caricias le siguió la helada distancia. Entonces, el uno para el otro eran un manjar desconocido. Hoy son perros viejos del playback, comediantes que deben de tragarse el pudor y salir a cantar acaramelados para que continúe el espectáculo.

Guy Debord escribió que “el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”. De forma que en lugar de la cobra apareció una serpiente romántica, esa misma frente a la que se han querido evaporar tantas parejas ante el mandato tan eufórico como humillante del “que se besen”.

[Publicado el 07/11/2016 a las 12:15]

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Donde habitan las musas

Las palabras, de tanto restregarlas, acaban por olvidar su textura original, como le ocurre al término museo, que en tiempos de los griegos fue el lugar donde se rendía culto a las musas. Ptolo-meo II tuvo la delicada ocurrencia de habilitar un espacio –en la biblioteca de Alejandría– donde se celebrara la existencia de esas criaturas míticas que encienden la imaginación de artistas y filósofos. Entonces, a las musas se las alentaba, mientras que hoy se las expulsa del espacio público, colonizado por los emporios globales, y su reinado es fortuito.

Existe un gesto magnánimo, una profunda convicción en el poder de la mirada, por parte de quienes abren sus colecciones particulares para que puedan ser disfrutadas públicamente. “Al barón Thyssen le gustaba tanto venir al museo, pasear por él, ver cómo lucían las nuevas adquisiciones. Se le veía disfrutar, siempre junto a Tita: ¡estaban tan enamorados!”, me cuenta uno de los vigilantes ya históricos del Thyssen-Bornemisza, que custodia las salas del patronato. Junto a su biblioteca, conforman dos espacios desconocidos que reúnen un enorme valor estético. Estos días Renoir despierta tantas pasiones como Operación Triunfo. Un domingo lluvioso vi largas colas soportando estoicamente el aguacero para poder contemplar, con los zapatos calados, Baños en el Sena. Y muy pronto podremos admirar no solo las esmeraldas Bulgari de Tita Cervera sino un cofre entero, el que la firma italiana ha coleccionado recomprando en Sotheby’s o Christie’s sus antiguos ­tesoros.

El llamado paseo del arte, sobre el eje del paseo del Prado y la calle Atocha, ha sido uno de los grandes aciertos de la capital. Custodiados por sus dos hoteles emblemáticos, el decimonónico Palace y el Ritz ­–este último recientemente adquirido por el grupo saudí Olayan, y a punto de cambiar su nombre por el de Mandarin (la marca Ritz se extingue en España, en unos tiempos en los que las firmas con leyenda son tan apreciadas)–, el Reina Sofía, el Prado y el Thyssen-Bornemisza sumaron el año pasado casi siete millones de visitantes. Que el arte se haya convertido en fenómeno de masas nada tiene que ver con la tan glosada cultura-espectáculo. Poco importa que el visitante lleve o no audioguía o que contemple Las señoritas de Avinyó
entre decenas de espaldas y comentarios. El arte parece que te hace mejor persona. Contemplas las obras, pero también puedes mirar tu reflejo dentro del cuadro sin miedo a ensoñarte en sus colores y relieves, sintiendo cómo lo bello y lo extraño te rozan.

Dada la afluencia a los museos, sobre todo en fin de semana, las musas deben esconderse en sus almacenes –donde, en el caso del Prado, descansan cerca de siete mil lienzos, mientras que solo 1.150 están expuestos–. Esta semana he leído varios libros en los que, por azar, aparece el Prado: Tabú, de Von Schirach (Salamandra) o Vivir, pensar, mirar, de Siri Hustvedt, enamorada de Goya y Zurbarán, que considera que ambos crean un espacio sacrosanto. Aquí, en cambio, nos siguen hechizando el MoMA o la Tate Modern, más cool. Los directivos de El Prado andan preocupados por la media de edad de sus visitantes, y es verdad que, a cierta hora, sus estancias desprenden un olor acre, igual que si regresaras a la casa de los abuelos. El patronato de la pinacoteca, no obstante, mira ya al bicentenario –en el 2019– y no deja de ampliar su impresionante fondo, ya sea mediante donaciones como la del generoso Plácido Arango, que cedió 25 obras de importantes maestros españoles en el 2015.

Los jóvenes se encaminan más hacia el Reina Sofía, que sigue renovando con ímpetu sus actividades e instalaciones (de su programación educativa, que acerca el arte a estudiantes y discapacitados y beca a investigadores, al nuevo restaurante NuBel, del chef Javier Muñoz-Calero, que ya tiene adictos) o a Matadero, con Mateo Feijóo como nuevo director –fue el primero en apostar en España por el talento de Marina Abramovic, Angélica Liddell o Rocío Molina–. Los museos ejercen de modernos templos invitando a recogerse o a expandir el espíritu. Y lo reseñable no sólo es que el arte se haya convertido en masivo, también que se haya convertido en un rito social que inviste de un beneficio simbólico a aquel que lo consume. Hasta el punto de hacerle sentir importante frente a una obra que, sin su mirada, permanecería muda.

[Publicado el 05/11/2016 a las 17:05]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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