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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 14 de diciembre de 2018

 Blog de Joana Bonet

Señoras que hacen cosas importantes

Señoras mayores que hacen cosas”. Salgan de chiste. Olviden la laca y el tapete de ganchillo, incluso la flacidez o la osteoporosis en plena era de yogas y yogures. Enterrado queda el tópico de la mujer invisible a partir de los cincuenta –coincide con dejar de ser fértil–, esa alarma que tanto se extendió en los noventa cuando Susan Faludi aseguraba que una cuarentona tenía muchas más posibilidades de sufrir un atentado terrorista que de casarse. Con qué resquemor escuchábamos aquellas teorías, aunque también pensábamos que nos quedaba mucho tiempo por delante, se trataba de un horizonte lejano, igual que la muerte. Entonces parecía improbable el día en que Madonna cumpliría 59 años o Kim Basinger 64; tampoco teníamos ni idea de que una química hija de pastor luterano permanecería más de una década soplando velas y liderando Alemania y Europa. Pero advertíamos que el paso del tiempo tenía género. La escuela de pequeños Onassis perpetuaba el donjuanismo en edades otoñales, mientras que una mujer mayor era sólo eso, una mujer mayor.

Demasiado pronto creímos viejas a nuestras madres cuando, ahora que tenemos su misma edad, somos capaces de sentirnos igual que pesadas adolescentes. Y al ritmo de nuestra sociedad, que convertía la juventud en religión, la vida entendida como un festival perpetuo, escrutábamos una realidad evidente: ¿dónde se metían las mujeres con carreras excepcionales y años de servicio público o privado impecables una vez se jubilaban? Porque ellos seguían vinculados a los consejos o a cualquier tipo de club.

En poco menos de un mes, en España, diferentes mujeres de más de sesenta años han pasado a la primera línea del poder. Pedro Sánchez incorpora al Gobierno el concepto de seniority, que ha traspasado la frontera de la empresa para permear la sociedad con los valores que entraña: madurez, capacidad, experiencia, disposición, confiabilidad. Ha situado a expertas de dilatado currículum en lugares estratégicos, desde la vicepresidencia de Carmen Calvo, a la portavocía y la cartera de Educación de Isabel Celaá, pasando por Margarita Robles en Defensa, María Teresa Fernández de la Vega, presidenta del Consejo de Estado, además de nuestra Tere Cunillera, que ha abandonado el retiro entre manzanos para ser delegada del Gobierno en Catalunya. Y otra mujer en edad de jubilación, Soledad Gallego-Díaz, era casi al mismo tiempo nombrada nueva directora de El País, rompiendo un doble techo.

En la ascensión de cada una de estas mujeres sabias, que manejan el sentido común con empatía y cultura, se quedaron fuera de juego miles de candidatas que no tuvieron ambición ni paciencia o que fueron injustamente esquinadas. Su infancia tuvo de telón de fondo la dictadura; estrenaron una igualdad aún plastificada. En pleno siglo XXI por fin ocupan puestos hasta ahora escamoteados a las mujeres. Por ello celebro que hoy las cosas que hacen las señoras mayores sean colosales.

[Publicado el 02/7/2018 a las 14:50]

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Cicatrizados

Lucen sus músculos interna­cionales porque el Mundial se presta al espectáculo de cuerpos henchidos y miradas pi­cudas, como la del portero iraní –antiguo pastor y exhomeless– que detiene el ­balón igual que si le plantara cara al lobo que quiere esquilmar a las ovejas. Son campeones del primer mundo pero también de estados en bolas, con déficits económicos y humanitarios; héroes ­populares en países ávidos de pegamento emocional, agitadores de nervio, transmisores del sopor opiáceo de la contienda.

Estos dandis de pelo pincho a bordo de un Ferrari, hombretones custodiados por sus mujeres pintureras, de cintura estrecha y pecho torneado, estandartes de un modelo de vida que combina la disciplina y el rigor del entrenamiento con la dolce vita instagrameada, representan la envidia de una afición capaz de enmudecer ciudades durante un partido. Ni una sombra en la calle, tráfico fluido, y un desentendimiento de la vida en minúsculas a partir de las ocho de la tarde. Pero lo más asombroso es el grado de identificación que consiguen con el espectador, quien en verdad siente que esas criaturas excepcionales juegan para él.

Sus cuerpos suelen estar tuneados, a veces surcados de cicatrices. Y en la modificación se inscribe también su atractivo. Diversas culturas han utilizado durante siglos la técnica de la escarificación –del latín tardío scarificare: “hacer incisiones en el cuerpo”–, una alteración corporal extrema hecha bien por tradición (para recordar a los antepasados e identificarse con ellos), bien por cuestiones simbólicas relacionadas con ritos y celebraciones. En algunos pueblos africanos las mujeres la consideran un elemento que reafirma su atractivo, mientras que en los hombres muestra fortaleza y resistencia.

Existe un abismo entre la cicatriz del héroe y la del malvado. El cine ha dejado bien claro cómo subrayar la naturaleza del tipo temible, desde el Frankenstein de Boris Karloff a Darth Vader, pasando por decenas de gángsters, el sanguinario jefe indio Cicatriz de Centauros del desierto, los villanos más memorables de 007, el Joker de la saga Batman y hasta el cruel Scar de El rey león. En cambio, Harry Potter luce una cicatriz iniciática que simboliza el desafío y la fortaleza del débil frente al poderoso espíritu del mal.

Observo a estos hombres que se agarran la cintura con ahínco, que se patean, caen, se cubren la cara, y se recuperan mi­lagrosamente. Pasan de cojear a correr exhalando sus señales de guerra: pieles tatuadas, barbas o penachos, cicatrices en el menisco o en las cejas, clavos ­ardientes dentro de sus huesos… Les basta un segundo de inspiración para pasar de malos a buenos, de lobos a corderos sacrificados.

[Publicado el 27/6/2018 a las 11:22]

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Florecimientos

Vivimos instalados en la queja y pocas veces nos permitimos enfriarla, dejarla en observación. La crisis ha sido una buena coartada para el lamento, y convencidos de que una buena noticia es una mala noticia, enumeramos apagones de todo tipo, erigiéndonos en protestones, moralistas y justicieros. El cinismo, siempre insatisfecho, permite el relumbrón, ampuloso como un modelo de alta costura; y bien que ameniza el guión del mundo.

Acaba de salir el nuevo libro de Steven Pinker, una mente brillante, autor de una obra colosal entre la ciencia y la filosofía, alimentada en las aulas transparentes de Harvard. “En defensa de la Ilustración (Paidós) gira entorno al progreso, y el optimismo arranca en la propia portada: una quinta tinta fucsia fosforito que positiviza el nombre autor y su cruzada. “El mejor libro que he leído nunca” ha afirmado de él otro optimista alumbrado, Bill Gates, porque en la demostración documentada y precisa de Pinker de que el mundo es mucho más libre, igualitario, seguro, pacífico y consciente que nunca, anida el histórico florecimiento de la humanidad que, guiada por la razón, ha conseguido prosperar, vivir muchos más años, sufrir menos o expandir los límites del conocimiento. “Estamos hechos de madera torcida, somos vulnerables a las ilusiones, al egocentrismo y, a veces, a una estupidez pasmosa”, asegura el autor, que, por contraposición, celebra nuestra capacidad de combinar ideas, tener nuevos pensamientos sobre los anteriores y seguir profundizando gracias a la capacidad y la compasión: “es decir, piedad, imaginación y conmiseración”. La compasión en boca de un científico social como Pinker se me antoja un silbato ante la universal incontinencia de mala baba, de una crítica que solo se escucha a sí misma para medir su nivel de ingenio.

En verdad, el optimismo ha tenido siempre escaso prestigio para ciertos intelectuales endiosados que siguen paladeando la nostalgia de un pasado barnizado de encanto. Es la voz de un superyó encantado de anunciar lo peor: un desastre, menudo disparate, no sé a dónde vamos a llegar… Hay cierta delicia en remover la cucharilla oscurantista, una complacencia de aquel que es el primero en anunciar una mala noticia, o en alarmar, que también es una forma de poder, la de travestir el ánimo del otro. Pero, ¿y todo lo bueno que disfrutamos? Extraigo otra reprimenda de Pinker, que no se reconoce optimista sino “un posibilista serio”: “recuerda tus conocimientos de matemáticas: una anécdota no es una tendencia. Recuerda tus conocimientos de historia: el hecho de que algo sea malo hoy no significa que fuese mejor en el pasado…”. Los jinetes del apocalipsis cabalgan sobre las flores, que, pese a todo, siguen brotando con vigor al sol del progreso.

[Publicado el 25/6/2018 a las 12:28]

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Peces de colores

“¿Estás enamorada Ágatha?”. “Estoy divertida”, me responde quien fuera musa de los pegamoides, Premio Nacional de Moda 2017, empresaria oceánica con infinitas licencias –entre ellas, una de puertas blindadas–, marquesa de Castelldosríus , hiperactiva, austera, excéntrica y por encima de todo, personaje surrealista. Su relación con Luis Miguel Rodríguez, más conocido como ‘El chatarrero’ (de oro) por ser dueño de la empresa de desguace más grande de toda Europa, la ha colocado en el candelabro, del que nunca se ha caído. “He intentado que le den normalidad al tema porque vender una exclusiva sería de quinta”. 

 

Tras la sonada separación con Pedro J, abrió una compuerta vital. De imaginarse ya abuela pasó a vivir una nueva adolescencia y beber mojitos. “Hace un par de meses, estaba algo preocupada, me decía: a ver si después del primer año tan espectacular que he tenido, el mejor de mi vida, el segundo será un desastre”. Y han vuelto a volar palomas de colores. Se conocieron en una cena. Y es divertido. La clave para ella: lo puede ser un traje, un hombre, una mercería…“O me divierte todo o me aburre todo”. El ex de Martínez Bordiú y otra docena de socialités, amigo de la juerga y los toros, del Madrid del bisnis y el güisqui, la llama ya “mi novia”, y asegura que necesitaba color en su vida y ella le ha tirado el arco iris encima. “¿Y cómo es él?”. “Un marciano. Todo me sorprende. No puede entender la decoración de mi casa, igual que yo la suya…Me divierto mucho”. 

 

Ágatha, entre la moda comercial y el arte de vanguardia, es una defensora de los divorciados: “los y las divor”, dice, y asegura que están más de moda que nunca: “si el Rey Felipe VI se divorciara, su popularidad subiría como la espuma”, remata. En los años 80, Umbral, uno de sus descubridores y enamorados, le preguntaba: “¿Habéis democratizado la moda?”. “Sí. Pero yo no quiero quedarme en elitista por el otro lado, joder. En diseñadora para pasotas, liberadas y así. Ha habido que liberar la moda de las minorías millonarias y de las minorías/minorías, intelectuales o lo que sea. La minoría te enriquece o te da por el culo”. Genio y figura.

Hace pocos días se vistió de negro, en audiencia con el Papa; no fue la primera vez, ya había posado con un smoking de Saint Laurent para Fashion&Arts. “El Papa es la pera, me fui queriendo volver”, me confiesa. Inventora nata, maneja los matices de las relaciones sociales, amiga de los peces gordos y del clan de Sálvame, archifamosa y, a la vez, todo un enigma. 

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“Ganarse la vida –ha escrito su querido Luís García Montero– es un expresión que se carga de sentido en arte, no sólo porque recuerda (…) la necesidad de pagar las facturas a final de mes, sino también porque habla del deseo humano de hacerse con la vida, de llegar al lugar en el que la realidad flexible nos sitúa a cada uno en el corazón de lo que sucede”. Ganarse la vida contra el paso del tiempo. Contra tu propio éxito. Bien sabe Joaquín Sabina que ganarse la vida es también una manera de quererse a uno mismo. Le ha puesto letra a la alcoba tras un amor gastado, ha hecho gala de su malditismo en retraite, también de una sensibilidad travestida, entre el arrabal y la cita culta, entre César Vallejo y Boris Vian, Bob Dylan y Lou Reed. Y a pesar de cantarle a la pérdida y a la perdición, a las faldas cortas y a las lenguas largas, a la soledad en la multitud, Sabina vive venciendo al mito.

 Ocurrió por segunda vez, como si nada pudiera hacerse para evitar la premonición, ese fatum que las almas sensibles temen de madrugada, cuando maúllan los gatos. En el mismo escenario, en la ciudad a la que más le ha cantado, su callejero embrujado de complicidades. Le falló la voz. La afonía es una sensación parecida a cuando te fallan las piernas. Una debilidad interior, un nudo hosco que te oscurece, un silencio penitente, una sensación de ajenidad. Solo le faltaba el último empujón, pero la desesperación frenó incluso los adioses. Los técnicos fueron desmontando, y entre las grúas se extendió sensación de lo no acabado. Suspendió la gira. Se dispararon las alarmas. Y él se refugió en casa, a recuperar la voz y a leer a los poetas disidentes rusos Anna Amajtóva y Ósip Maldelshtam. “Come tortilla de patatas, sardinas y las lentejas que le hace Pepa, la señora que ayuda en casa”, me cuenta su mujer, Jimena Coronado. Cuando presentó su último disco, “Lo niego todo”, en las oficinas de Sony Music habló de su pasada mala racha con las musas. “Tenían varices, estaban viudas… pero ahora las he recuperado”, dijo. 

Contestaba a un periodista el maestro Mazzantini, amigo de la alta sociedad y también de artistas y bohemios, que se cortaba la coleta por “vergüenza torera”. No está claro el origen de la expresión, pero evoca el pundonor como divisa. Sabina, que ha confesado mil veces que canta y escribe “por cobardía”, torero de espíritu, comparte con Mazzantini el crecerse cuando la faena se tuerce. Y seguirá componiendo canciones y poemas, aunque nunca salgan como los había soñado. 

[Publicado el 23/6/2018 a las 14:44]

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El día que fui Nieves Álvarez

"¿Has cambiado de nombre?” me escribió mi amigo Carles Sans el pasado sábado. Aún no había abierto el periódico; la mañana echada a suertes entre Mansfield Park, de Jane Austen, y Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal. No suelo leer lo que escribo cuando se publica, porque en verdad no es una quien sostiene la columna, sino la columna la que te sostiene. Pensé que se habría caído la a del nombre de pila: Joan, lo que puede convertirme en un hombre catalán y una habitante de los Hamptons al tiempo. O quizá se habría alterado la o por una u; ya pocas veces ocurre, pero aprendí a tragar quina con esa Juana castellana de quien me liberé tras la muerte de Franco. Sans, siempre dispuesto al chiste, me mandó la foto por WhatsApp acompañada de los pertinentes emojis llorando de risa. Y, oh albricias, mi artículo publicado en este periódico estaba firmado con otro nombre, el de la modelo Nieves Álvarez, de quien me separan veinte centímetros de altura y varios metros de belleza.

Caramba, pensé, doce años en esta plaza picando tecla de sol a sol y me ponen el nombre de un bellezón; cuán generosos han sido los duendes de la imprenta en disimular mi metro sesenta y mis dieciséis apellidos catalanes. Entonces, le hice una súplica al jefe: “Para la próxima me pido Cindy Crawford, mi modelo preferida, de mi misma añada y con más mala leche que Nieves, que es una criatura angelical”.

Cuando te cambian el nombre, no aprecias el sabor de la errata, sino que te sientes un error en sí mismo. Nos pasa a menudo al saludar: conocemos la cara pero no el nombre. Si se trata de una persona perspicaz, te dice “que soy Josefina…”, y respiras. A veces probamos: “Hola, Ana. ¡Ay, perdona, me he confundido con fulanita!”. También recurrimos a aquello de “mejor os presentáis vosotros”, con maneras de publicista.

En una ocasión, a la artista Olga Andrino, en un pie de foto de la revista Hola!, la llamaron María José, a secas, porque sí; acaso les pareció que tenía cara de María José, dijo ella. Un año después, en este mismo periódico, los duendes le cambiaron la primera vocal del apellido para rebautizarla como el arbusto espinoso de la familia de las rosáceas. Aquella mañana recibió varios mensajes que jocosamente la saludaban como Endrino. Hablamos entonces de la pérdida de la firma y la levedad del ser.

Lo de Juanjo Millás y la Wikipedia fue mucho más fabulador: la enciclopedia colaborativa le acreditó en su página un divorcio de Carmen Laforet para, saliendo del armario, casarse con Sándor ­Márai. Ni rastro de Isabel Menéndez, su mujer real; más de treinta años juntos borrados en un clic. A partir de ahora, cada vez que me deprima recordaré el día en que fui Nieves Álvarez y me sentí un ángel en la tierra.

[Publicado el 20/6/2018 a las 13:51]

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Vida de perros

Trae sushi a casa; el casco a un lado, la bolsa al otro. Te saluda y no ves a un hombre exhausto, sino una llama apagada, un saco de cenizas. Apenas habla, intentas arrancarle una sonrisa, está marchita; cobra cuidadosamente, da las gracias, y al cerrar la puerta permanece por un momento de su huella un olor a intemperie, la evidencia de una vida de perros. Es un biker, uno más que a golpe de aplicación de nombre juvenil acude en bicicleta o moto a repartir comida, todo rápido, cómodo, cool. Algunos aguantan silenciosos y sumisos, otros han empezado a golpear la pesada cadena. Porque no sólo cobran cuatro euros y pico disponibles 7x24 para juntar un sueldo básico, también carecen de seguro de accidentes o de salud. Hace unos días se dictó la primera sentencia que condenaba a una de las nuevas empresas con app, Deliveroo, y reconocía que el demandante, el motorista Víctor Sánchez, era obligado a ejercer de falso autónomo. Todos conocemos unos cuantos a nuestro alrededor desde que externalizar se convirtió en la palabra mágica de la remontada. Los muertos de hambre no tienen donde elegir. Trabajadoras domésticas sin contrato y sin festivos, becarios explotados que producen más que los séniors, repartidores de propaganda callejera que no consiguen disimular su humillación conforman un retrato de la precariedad sistémica. Afloran las voces de colectivos hasta ahora invisibles como las kellys –camareras de piso que no llegan a cobrar un euro a la hora y sufren penalidades variadas– o las aparadoras de calzado de Elx, esas mujeres sacrificadas hasta la extenuación sin las cuales no se terminaría a tiempo una producción de zapatos de lujo. Trabajan en su casa, les entregan el material sin instrucciones, inhalan y tocan una cola adhesiva y altamente tóxica para pegar lazos, adornos o plantillas, enferman, envejecen, y a pesar de mantenerse toda la vida vinculadas a las empresas que las subcontrataban, no tienen derecho a nada. “40 años trabajados”, pero sólo “6 cotizados”, se leía en muchas de sus pancartas el pasado Primero 1 de Mayo.

Economistas y sociólogos advierten que las empresas van a convertirse en plataformas de trabajo, externalizando cada vez más funciones. Cualquier joven sabe que no basta con un buen CV: está condenado a tener que inventarse su propio trabajo, acertar con el foco de la demanda y subsistir. Porque existe una cara B de la llamada economía colaborativa, que desde los años de la crisis viene floreciendo, impulsada por sus promesas de flexibilidad y dinamismo (este modelo representa ya un 1,4% del PIB español). Su fundamento consiste en hacer de intermediarios digitales que crean redes y pueden ofrecer precios muy competitivos dada su reducción de costes. Tan sólo necesitan una implicación constante de sus usuarios para seguir generando negocio, y una remesa de esclavos. Es la última mutación del capitalismo. No han inventado la precariedad, pero han elevado su soberbia en un mensaje escueto, de capataz : “Lo tomas o lo dejas”.

[Publicado el 18/6/2018 a las 13:55]

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Mujeres sin canon

Que una mujer integre el canon cultural gozando de una influencia y reconocimiento incuestionables es una excepción, o mejor dicho una rareza. Suele haber un pero que les impide obtener un quórum cerrado, hasta que fallecen y alguna editorial inspirada las redescubre, o una serie de televisión las pone de moda. Si algunas de ellas aún viven –pienso en Joy Williams o en Vivian Gornick–, no entienden a qué se debe ese interés repentino. No hay duda de que nombres como los de Javier Marías, Mario Vargas Llosa, Félix de Azúa o Arturo Pérez-Reverte, por no alargarme, forman parte del establishment intelectual español, pero, si pensamos en femenino, ¿quiénes serían ellas? ¿Por qué parece más difícil decidirlo? Incluso las que forman parte del canon apenas han encontrado una rendija, y aun así muchas son consideradas de segunda clase; algo parecido a lo que ocurre con el deporte masculino y femenino.

Bien sabido es que uno de los popes de la literatura, Harold Bloom, ya se anticipó a las críticas que recibiría su almanaque de altura: El canon occidental, introduciendo tres mujeres entre 26 escritores. Lo atribuyó a una reacción propia de “la escuela del resentimiento”: una “mezcla extraordinaria de feministas de la ola más reciente, lacanianos, todo ese cacareo semiótico. Personas que no tienen ninguna relación con los valores literarios”. Unos años más tarde, en el 2002 el maestro publicó Genios –subtitulado Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares–, donde amplió su lista a Austen, Woolf, Dickinson, Brontë, Edith Wharton, Iris Murdoch y Flannery O’Connor. Y para de contar. Ningún otro nombre femenino entró en el santoral del dios de los estudios literarios.

Cuando el PSOE ni sospechaba que llegaría al Gobierno, la entonces secretaria de Igualdad del partido, Carmen Calvo, convocó una jornada en el Se­nado sobre la mujer en la cultura, “De musas y modelos a autoras y gestoras”. Anna Caballé intervino como presidenta de la asociación Clásicas y Modernas, y aseguró que el reconocimiento intelectual sigue siendo un asunto pendiente que pasa por la triple fórmula de “educación, integración y transversalidad”. Celebremos que la ministra de Educación y portavoz, Isabel Celaá, compartiera muchas de sus palabras en su primera rueda de prensa: si el empeño es serio necesitará abono. “La igualdad de género no avanzará sin una política educativa que incida sustancialmente en un cambio de perspectiva y no en la mera incorporación de algunos nombres”, reivindicó Caballé. No sólo son nombres, no sólo es reconocimiento, no sólo son porcentajes, sino algo mucho más abstracto y decisivo: autoridad ­intelectual.

[Publicado el 13/6/2018 a las 12:32]

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‘Mastergobierno’

El vértigo y la novedad forman una aleación poderosa. Pedro Sánchez es consciente de ello, lo demostró la pasada semana, siendo capaz de recuperar una palabra muy olvidada en política: ilusión. Se iban conociendo los nombres de los ministros, uno a uno, a la manera de un casting de telerealidad; redacciones y redes se animaban: “Esto parece el Masterchef Celebrity”, decía un tuitero ingenioso. Y se disparaba la curiosidad por los fichajes de expertos europeístas, el asombro, los wow y ala al confirmarse aquello que parecía un fake: Pedro Duque, ministro de Ciencia. El casting incluía personajes carismáticos, duchos en los medios, como Teresa Ribera o Grande-Marlaska; populares y queridos por los suyos como Màxim Huerta; dialogantes y templados como Meritxell Batet, y cañeros como Dolores Delgado, amiga de Garzón, firme defensora de la jurisdicción universal.

Los golpes de efecto fueron arrolladores, pensados con ambición y fondo. En una semana, la valoración de Pedro Sánchez –durante meses oscurecido por las encuestas naranjas y la prosodia del 155– se ha disparado. Según el Observatorio de la Ser, su Gobierno ha sido puro flechazo: en menos de ocho días goza de mayor confianza que el de Rajoy. Pero qué bueno está vuestro presidente”, escribían colegas de París o Nueva York, y desde Newsweek a la revista Elle rebautizaban a Sánchez como Mr. Handsome. El escritor Manuel Vilas hace poco se quejaba en las redes: “Hablamos mucho de casi todo. Pero hay un tema del que se habla cada vez menos. Hablamos poquísimo de la belleza”. Pues ahí tienes, gran Vilas: aunque sólo sea durante el corto periodo de enamoramiento de Pedro Sánchez, se vuelve a hablar de belleza. La misma por la que en España todavía se crucifica a una mujer o un hombre “público”, a diferencia de otros países que la celebran sin envidia: véase a Macron o Trudeau, que han hecho marca de su atractivo.

No obstante, la gran noticia ha sido la recuperación de la gran bandera de la nueva izquierda: la igualdad. La que inmortalizará a Zapatero, el primer presidente que formó un gobierno paritario. España ostenta el Gobierno más feminista del mundo, superando a Finlandia, Suecia o Noruega: 11 carteras de 17. “Hemos recogido el guante”, afirmó Isabel Celaá, fichaje poderoso, bilbaína de reloj con correa roja, perlas y una pronunciación afectada del fonema d: “responsabilidaz”. La posición subrogada de la mujer en el poder ha quedado dinamitada por la apuesta de Sánchez, que en parte ha sido posible por un asunto a menudo oculto por su mala fama, pero eficaz: las cuotas. Desde 1997 se vienen aplicando en el PSOE, a diferencia de otros partidos. Sin ellas y sin el clamor de las calles, difícilmente se habría logrado esta elevada representación de mujeres de gobierno. Ahora habrá que demostrar que no se trata de pura cosmética contextual, sino que responde al compromiso más fiero para lograr una sociedad de iguales.

[Publicado el 11/6/2018 a las 13:15]

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La boca boba

Apretamos los dientes en lugar de gritar o maldecir, como si el gesto fuera capaz de contener la furia que seguirá agitándose por dentro. Los hacemos chocar durante más de media vida achinando los ojos y encogiendo el ombligo. Apretamos cuando tiran petardos o fallan un penalti, cuando nos mienten sabiendo que nos mienten, cuando se nos cae el móvil al suelo o perdemos algo, poder, dinero, amor. Apretamos cuando dormimos y nuestro inconsciente padece de tal forma que, a pesar de la lasitud del resto del cuerpo, mantiene un combate molar a vida o muerte. Los dentistas y psicólogos no se han cansado de repetirlo: el bruxismo denota un estado latente de presión y ansiedad, estrés y miedo, alerta e inseguridad; un vivir encogido.

Nos cargamos las muelas sin apenas dolor ni conciencia, lo que obliga a los buenos pacientes a dormir con férulas llamadas “de descarga”, un dique para mandíbulas rabiosas que oprimen el malestar. Y aun así, deben entregarse a una de las camillas más temidas históricamente, la que desnuda con alta autoridad al individuo postrado con la boca abierta, entregado a los artilugios metálicos que levantan raíces e instalan puentes hurgando en la única parte de nuestro esqueleto que es visible.

Vivimos con y contra los dientes, que ya son más espejo del alma que la mirada. Así lo cuenta una exposición, Teeth, que puede verse en la Wellcome Collection de Londres hasta el próximo 18 de septiembre. La relación del ser humano con sus incisivos, colmillos y molares ha sido tortuosa. Ahí están las referencias a un enfermero llamado “Le Grand Thomas” que fue célebre en el París del XVIII ­porque levantaba a la gente del suelo con los dientes. O la caricatura de un deshollinador dejándose quitar la dentadura –que sería implantada a ricos–, ante la algarabía de unos chavales. Ladrones de tumbas, cirujanos barberos y aquella imagen brutal que dejó la batalla de Waterloo, 50.000 cadáveres desdentados en menos de 24 horas, ilustran la prehistoria de la odontología.

Una dentadura blanca y sana representa hoy un imperativo estético, forma parte de un código higiénico que a la vez es un indicador social. Hasta ocho dientes de diferencia pueden contarse entre los ancianos sin posibilidades y los que tienen dinero, porque el tratamiento es caro y, a pesar de los progresos, muy temido. Estos días, Quim Monzó, Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, comentó su descripción personal en Twitter: “analista del bruxismo”. ¡Qué gran idea! Sería de enorme interés poder contar con ese perfil en las tertulias; observadores que indicaran cuándo aprieta demasiado Sánchez o Hernando, Torra o Torrent, y de paso nos recordaran a todos aquello de: “relaja, relaja, deja la boca suelta, como boba”.

[Publicado el 06/6/2018 a las 11:15]

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La soledad de un maletín

Un asiento vacío es una invitación a la mirada: ante un lleno total resulta un hallazgo, puro deseo, mientras que demasiadas sillas vacías trasmiten sensación de derrota e intemperie. Nos hemos acostumbrado a ocuparlos, en el tren o en el cine, y dejar en el de al lado la chaqueta o el bolso, colonizando ese espacio de forma casi instintiva. Madrinas y tietes extendían chaquetas sobre la fila de asientos de las funciones del aplec para guardar la plaza. Cuando alguien muere, la silla vacía en la mesa o la butaca solitaria que nadie se atreve ocupar, entre el respeto y la aprensión, hace daño a los ojos porque en verdad representan una huella física de la ausencia.

No sé si el asiento vacío de Rajoy, por cinco largas horas de moción de censura, hubiera resultado una visión tan provocadora de no haber sido ocupado por un maletín, que no bolso, con el viejo logo de Loewe, escenificando la inmaterialidad del cargo a punto de desvanecerse. Fue poderosa la metáfora que convirtió al objeto en protagonista de la jornada: aquel enser con el que la fiel vicepresidenta intentó reparar el vacío, dejando constancia de que allí aún no se sentaba nadie. Durante horas, el maletín quedó completamente solo, sin custodia ni abrigo igual que un trasto abandonado: parecía que su propietaria se había desentendido de él, y eso sólo ocurre cuando ya nada de lo de antes importa.

“Olvídate de mirarla a los ojos. Si quieres saber cómo es una mujer, mira su bolso”. Así comienza el superventas How to tell a woman by her bag, en el que la periodista Kathryn Eisman clasifica diversos prototipos femeninos en función del bolso que eligen (aunque, de media, las mujeres occidentales poseen 19 modelos distintos según un estudio de la consultora británica Diamond). El de Soraya recuerda al que Eleanor Roosevelt solía llevar a las recepciones de Estado, un enorme saco de cuero negro, inédito para una primera dama. La prensa juzgó entonces que seriedad y profesionalidad desplazaban al glamur, y es que los bolsos grandes también fueron una conquista en la indumentaria femenina. Hasta la Revolución Francesa, las mujeres no portaban bolsas, sino dobladillos cosidos bajo la ropa, pues las manos tenían que quedar libres para abanicarse. Los primeros bolsitos fueron denominados les ridicules por los hombres, aunque ellas los corrigieron, y acabarían siendo les indispensables.

El bolso es un resumen preciso de nuestras pertenencias, un espacio donde convive lo importante con lo su­perfluo. En un maletín, en cambio, sólo hay lugar para lo trascendente. El de Loewe, de cuero negro, femenino, mórbido, debidamente envejecido, fue ­ubicado en el lugar donde se hubiese ­tenido que sentar el presidente de España. Entró cargado de poder, fue utilizado a modo de escudo, y su arrinconamiento final simbolizó el shock en el que se sumió la bancada del PP ante la pérdida de la más alta jefatura y el ingreso en la vida provisional. Los objetos también hablan.

[Publicado el 04/6/2018 a las 10:26]

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Foto autor

Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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