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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 20 de agosto de 2019

 Blog de Joana Bonet

Un Papa sin móvil

Países que venden armas, como España, y claman a todo pulmón por la paz en el mundo. Católicos de misa dominical que abominan del extranjero que no tiene adónde ir ni adónde regresar, pero al que esclavizan porque acepta hacer el trabajo que ya nadie tolera por dignidad. Jóvenes engañadas que conforman ese monstruo invisible llamado trata, repudiadas por los suyos y marcadas de por vida en el ­viejo-nuevo mundo.

Muertos escondidos en las cunetas, no vaya a ser que aún caminen. Un buque de piratas buenos que rescatan a náufragos, Open Arms, retenido por un Gobierno ­socialista, y aplaudido por hombres y mujeres que a la noche descorchan una botella de vino en sus casas. El papa Francisco denunció con firmeza –en ese gran documento periodístico que consiguió Jordi Évole– la cadena de injusticias que reducen ese artefacto llamado sociedad a un vertedero de hipocresía. Actores de un tiempo desnudo de compasión –“el mundo se ha olvidado de llorar”, afirmó– que han sustituido los verdaderos valores por el cumplimiento de cuatro liturgias. Y el amor a sí mismos por el amor al prójimo. Nunca antes se había escuchado un discurso tan socialmente pro­gresista en boca de un líder espiritual de Occidente.

Un Papa rojo, corrieron a llamarle algunos con efecto mediático. “Excepto en la homosexualidad y el feminismo, parece Pablo Iglesias con sotana”, decían en las redes. La programación quiso que fueran de seguido en La Sexta: 61.000 tuits el Papa, 65.000 Pablo Iglesias. Bergoglio se refugió en la hermenéutica para explicar la doble moral que regía entre los curas y las familias que durante siglos abusaron de menores y lo consintieron bajo la omertà. Y el dogma relució en sus palabras cuando se tocaron asuntos referentes a sexo y género. También se mostró sesgado en los lugares comunes que avivan el estigma de lo raro cuando las sonoras cuentas de los obispos y sacerdotes depredadores merecería una reflexión sobre la sexualidad reprimida y la pederastia como perversa consecuencia.

Con todo, Francisco es una rara avis en la jerarquía eclesiástica. Un hombre sencillo, sin móvil ni papamóvil, que no calza los zapatos rojos de Sumo Pontífice ni el anillo del Pescador de oro (el suyo es de plata dorada). Y que no escatima en críticas a la actual tendencia de los medios hacia la coprofilia, “el amor por la caca”, en sus propias palabras. Estamos rodeados de titulares de basurero, noticias construidas tan sólo para descalificar y destruir al contrario. En España, el ministro Marlaksa asegura que ya se han drenado las cloacas del Estado. Pero persiste un tufillo que va y viene, entreteniéndonos con sus bajezas para que no calibremos la magnitud de tanta injusticia en un mundo que se ha olvidado de llorar.

[Publicado el 03/4/2019 a las 13:49]

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En manos de Robocop

Deslizo el pasaporte electrónico por el lector y miro obediente a la cámara con los ojos bien abiertos, esperando el clic de la foto. La máquina sustituye al policía. Ya no interactúas con él. No sientes que te atisba prevenido, ¿o responsable?, ni te pregunta por el motivo del viaje en ese diálogo torpón en el que debes validar tu presunta inocencia y poner cara de turista. Pero algo falla. La barrera de metacrilato se bloquea y se requiere una presencia humana a fin de resetear la frontera electrónica. Entras a un país sin ser interpelado por una persona, y esto podría ser una ventaja, aunque me pregunto si hay más probabilidades de error en la inteligencia humana o en la artificial.

No los vemos a diario, pero no sólo se han introducido en las cadenas de producción de las fábricas y en los hospitales. Sueldan, cortan, descargan, atornillan, ayudan a las tareas más repetitivas, operan en el quirófano. Exponentes de una tecnología que, en positivo, contribuye a que desaparezcan trabajos de parias, pero que en negativo aspira a sustituir el calor humano imitándolo tan precisamente como sea posible.

Nos llegan noticias de androides cada vez más humanizados. En el pasado Mobile World Congress presentaron a Sophia, capaz de apoyar sus reflexiones con gestos emocionales. “Un robot ­podrá ganarle una partida de ajedrez a un humano, pero no competir con él contando un chiste”, me cuenta Sergio Martín, que en el 2015 lanzó YuMi –contracción spanglish de you –, el único robot del mundo verdaderamente colaborativo. De doble brazo, y sin ­cabeza.

Me desahogo con el superingeniero de ABB Robotics & Move, suspirando ante la idea de la vejez que nos aguarda, asistidos por robotitos que bien podrían acabar fulminantemente con nosotros. “Ya no están enjaulados, antes eran ­peligrosos porque no eran conscientes de su entorno y se movían con velocidad”, cuenta. Me angustio más aún. Y Martín insiste en su falta de empatía, sensibilidad, sentido de la justicia o capacidad de amar. “Tenemos que hablar siempre de un entorno de colaboración, no de sustitución”.

A pesar de que más de 200 expertos de catorce países pidieron por carta a la Comisión Europea que repensara el proyecto, es probable que pronto existan dos clases de personas: las humanas y las electrónicas. Según la resolución sobre las reglas de derecho civil de robótica aprobada por el Parlamento Europeo en el 2016, se admite otorgar “personalidad” a los robots. Y se habla de derechos. Hay controversia. Bill Gates ha propuesto que paguen impuestos; y Elon Musk alerta de aquellos concebidos como armas autónomas. En unos tiempos en los que las distopías son tan gratas y populares, no deberíamos olvidar que algo trascendente ocurre cuando se utiliza tanto la palabra inteligencia como atributo de teléfonos, edificios y ahora de artificios que, según los agoreros, en veinte años serán mil millones de veces más capaces que nosotros.

[Publicado el 01/4/2019 a las 12:59]

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Señora Derecha

O es fenomenal, estupendo y bárbaro, o es lo peor de lo ­peor. La cara lavada con jabón de avena, la compra en Mercadona con shopping bag imitación de Goyard o Hermès, encargados a un subsahariano en Marbella: “Es un chaval muy majo, ¿eh? Un moreno. Se lo pides, y a los tres días te lo trae envuelto a la playa..., pero todo secreto, ¿eh? ¡Parece que estés comprando droga!” (señora sonriente con un ejemplar falso de Birkin en la calle Corazón de María). El despilfarro siempre ha sido algo de muy mal gusto entre las familias bien, aunque muchas votantes del PP que moran en el norte de Madrid sacan cada invierno los visones a pasear. Eso sí, cada vez más precavidas para que no se los rocíen con espray.

Sus hijas treintañeras son más discretas, con sus coletas flojas y sus Converse All Star, pero no esconden un permanente mohín de fastidio. Trajinan con dos, tres hijos, la familia entendida como estatus, los días cortos, las noches largas. En su casa les enseñaron que “ser de derechas es más majo que las pesetas”, y han ido aceptando la diversidad a golpe de conveniencia –o exotismo–, pero siguen convencidos de perpetuar el cruce endogámico de buenos apellidos. Hay chicas de derechas chisposas, ligonas, o incluso avinagradas que un día se quitan una piel acorchada, se convierten en artistas, se casan con otra mujer y les cambia el rictus.

En los partidos de derechas arrasan las mujeres alfa, aunque en ninguno de ellos exista paridad, porque rechazan el sistema de cuotas. Las hay que sostienen que si no hay más jefas es porque a las mujeres biológicamente les va más el perfil bajo. En el patrón de corte, no son inseguras, ni les persigue el síndrome de la impostora, tampoco acusan la brecha laboral, ni se quejan por los equilibrios de la conciliación, y afirman que nunca han sido mandadas por ellos. Y que ­mucho menos lo serán por una pandilla de feministas vergonzosas. Ignoro qué quieren demostrar con su rechazo a los movimientos igualitarios que, en apenas dos años, han creado más conciencia y bibliografía que nunca. ¿Que están más dotadas que el resto? ¿Que a ellas siempre las han tratado como personas, más allá de su condición sexual?

No saben cuánto celebro que no hayan padecido violencias ni maledicencias, que cobren igual o más que ellos, que no sean estigmatizadas –y despe­didas– por reducir su jornada laboral, que se hayan repartido la crianza y la educación de sus hijos con sus parejas, y que sobre ellas no hayan caído rayos y truenos obligándolas a postergar sus sueños. Con todo, no deberían desentenderse de aquellas que aún van en el furgón de cola, porque si no, ¿qué sentido tiene su liderazgo?

[Publicado el 27/3/2019 a las 09:39]

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Del lazo al bucle

Nunca me gustaron los lazos, aunque saber atarse los cordones de los zapatos represente un rito de pasaje para pequeños y ancianos. Ni lacitos en la cabeza con los que se repeina a las niñas flor, ni mucho menos en la cintura, presentándolas en forma de regalo a punto de desenvolver. Los lazos, tan fantasiosos como innecesarios, me han producido alipori porque subrayan la condición relamida de adorno. Cuando nuestras antepasadas portaban con pesadumbre miriñaques y corsés, se las llenaba de lazos en el cuello y las enaguas por si alguien no se había enterado de que no eran más que un objeto decorativo. De terciopelo o de seda, ya las damas de la corte de Luis XVI los reemplazaron por broches, que expresaban su grado de influencia.

El lazo surge de una banda que se anuda juntando dos extremos y creando dos óvalos, y si bien altera la forma original no tiene por qué unir cabos, igual que una declaración de amor a uno mismo. Tras la irrupción del sida, el símbolo del lazo rojo se extendió como proclama visible para crear conciencia y desengrasar tabúes; desde entonces, sus circunstancias y colores han ido mutando para adscribirse a cada causa. Pero hay lazos con vocación de bucle que cronifican su naturaleza de enredo y nos condenan a la repetición. Habría que preguntarse qué valor tienen tanto la defensa como el repudio de los lazos amarillos. Por qué los líderes políticos, en lugar de actuar contra el florecimiento de las casas de apuestas que captan a los jóvenes, el aumento del consumo de opiáceos, las manadas cobardes y abyectas que ahora violan en grupo o las listas de espera tercermundistas, enquistan el conflicto de los lazos, empeñados unos en ponerlos y otros en quitarlos, evidenciando que nosotros somos los otros para los demás, y que incluso podemos llegar a serlo de nosotros mismos.

Vivimos una actualidad de cartón piedra que entierra los verdaderos problemas que padecen las personas reales, cada vez más exhaustas ante los lazos amarillos, el Brexit que llega y no llega, convirtiendo a los británicos en europeos de postín, o la crisis venezolana, con Guaidó reconocido por medio mundo, mientras la otra mitad ayuda a Maduro, bien instalado en el trono bolivariano, a mantener el bastón de mando. Subyace una pusilánime filosofía de fondo: dejar que los asuntos se resuelvan por sí mismos, permitir que entren en bucle para que la provisionalidad se convierta en tendencia. No se cortan las hemorragias, todo lo contrario: se dejan abiertas heridas que vacían de sentido la resolución y la responsabilidad. La política se ralentiza, se atasca, entra en loop, y vamos envejeciendo con la sensación de una partida infinita, saliendo y regresando a la misma casilla, porque toda negociación parece siempre infértil al haberse fulminado el fair play de la escena, ahora encabronada en un bucle amarillo casi negro.

[Publicado el 25/3/2019 a las 11:45]

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El largo bostezo

Ella tiene 76 años y aún quiere bailar. Le salió pretendiente, y lo primero que pensó fue en los boleros que podrían arrancarse juntos. Estaba algo acomplejada porque tiene dos años menos que él y se creía demasiado vieja. La coquetería es uno de los mayores logros de la autopercepción, tanto en mujeres como en hombres. “Parece más viejo que yo”, me dijo mi amiga tras preguntarle sobre el primer encuentro, aún con el agradable sabor de la novedad que al cabo de una semana se había gastado del todo. “Me aburre”, me confesó entonces. Porque aquel hombre apenas guerreaba con curiosidad o conversación, y no tenía piernas para bailar ni ojos para guiñar. Sólo quería que alguien le preparara la cena cada noche con el telediario encendido.

El tedio consiste en una de las anomalías más graves que nos inhiben y marchitan nuestros días. A menudo lo producimos nosotros mismos, y por ello buscamos estímulos que lo neutralicen. Pero al interés hay que amaestrarlo, igual que al espíritu hay que regarlo de endorfinas. El psicoanálisis sostuvo que el aburrimiento se debía a un deseo inconsciente incumplido. Sartre –mucho más olvidado hoy que su pareja, Simone de Beauvoir– lo entendió como una ­paradójica crisis filosófica: “Surge donde hay demasiado y, al mismo tiempo, no hay suficiente”; y para Schopenhauer, reflejaba el vacío profundo de nuestra existencia. Lo opuesto es lo excitante, algo que nos gustaría colonizar permanentemente. Pero, tras una jornada expuestos a incesantes tareas, ruidos urbanos, gestiones, compras y niños, ansiamos esa llanura insípida que representa la hora ociosa. Y, así, todos somos responsables de nuestra apatía.

Un paréntesis de atención, la distorsión entre el ideal perseguido y lo que la vida nos ofrece, la falta de motivación e incluso el silencio o la calma, todo esto produce para algunos una sensación definida como cansancio del ánimo. Uno de nuestros más lúcidos intelectuales, el filósofo Javier Gomá, habla de “la enfermedad del aburrimiento” como de una de las pandemias del siglo XXI, y la conecta con la política, tan ­alejada hoy de la ciudadanía. Y aún va un paso más allá, para salir de las ca­sillas marcadas: “Nos inventamos la ­polarización, las pasiones políticas, la crispación”.

Cabría preguntarse qué nos pasa cuando dejamos de imaginar, un verbo capaz de plantarle cara a una de las averías de este siglo que contribuyen al aumento de las adicciones y de la depresión. Pero el nuevo aburrimiento tiene además otro componente: el déficit de relaciones humanas en una época en la que ya no nos olemos ni tocamos y sólo nos vemos a través de la pantalla, cada vez más huérfanos de piel.

[Publicado el 20/3/2019 a las 13:00]

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Infarto

Nunca es previsible un infarto, por mucho que utilicemos el término cuando esperamos ansiosos una noticia o aguardamos un desenlace. “Una final de infarto”, dice el locutor jugueteando con el exceso de tensión contenida y la incertidumbre ante el resultado. E incluso utilizamos la adjetivación para glorificar una compra o un paisaje que sobrepasan lo imaginado.

Pero el paro cardiaco carece de poesía. Súbito, veloz, seco, se presenta allí donde no se le aguarda, siempre a deshora, sofocando el pecho y bañando las manos de un sudor helado. Las dos veces que lo he visto de cerca, en personas queridas, no hubo sombra anticipatoria. Recuerdo la conmoción que me produjo el pecho quemado y resucitado, aquel olor a chamusquina en la UVI; también la imagen mental de un corazón necrosado a medias que de repente, tras varios cateterismos, angioplastias y stents, reacciona de nuevo. Me lo enseñó hace años el doctor Valentín Fuster en el Mount Sinai, junto a unos enfermeros indios que contemplaban en el monitor cómo el órgano volvía a bombear con plenitud e iba aumentado el vigor del latido. Fue una experiencia espiritual.

Aprendimos a vivir con y sin freno ahuyentando la idea de la muerte, ese fin inexorable y al mismo tiempo ajeno, en lugar de considerar que forma parte de nuestra condición humana. No queremos intuir su reflejo, aunque los más aprensivos tememos que pretenda alternar con nuestra tos o nuestra fiebre. En España, el infarto produce menos miedo que el cáncer, las enfermedades degenerativas o el ictus, según una encuesta de la farmacéutica AstraZeneca, a pesar de que un tercio de quienes lo sufren fallecen en el acto. ¿De qué sirve tener más o menor temor si solemos vivir de espaldas al propio fin?

Hace unos días murió una compañera, la redactora jefa de S Moda, Mar Moreno, a causa de un infarto agudo de miocardio. Sólo tenía 44 años e, igual que la mayoría de los que nos dedicamos a este oficio, había trajinado con multitud de planillos y sumarios, titulares y destacados, además de remaquetar en páginas sencillas, corregir ferros y esperar el primer ejemplar horneado en la imprenta. Jornadas intensas en busca del mejor contenido para sus lectores, esa vocación que distingue a los convencidos. “La vida cambia en un instante”, escribía la mejor relatora del duelo, ­Joan Didion, aunque para muchos siga siendo la de cada día. Débora Vilaboa, experta odontóloga, me recordaba que los periodistas acostumbramos a tener mala boca y nos cargamos la dentadura con nuestra vida de infarto. Eso era antes, le digo, gente de mal vivir que bebía y fumaba al teclado, porque ahora todos corremos, bebemos zumos detox, hacemos yoga y pensamos que somos capaces de controlar nuestros días mientras el tiempo corre sin contemplaciones.

Ha muerto una periodista de una ­redacción vecina y en la nuestra nos ­hemos quitado el sombrero sintiéndonos parte del mismo todo: criaturas que indagamos sobre el futuro, excepto el nuestro.

[Publicado el 18/3/2019 a las 09:54]

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Trabajosos

Para los jóvenes recién licenciados, empezar a trabajar equivale a romper el cascarón y sentirse identificados con aquel patito feo de sus cuentos de niños, aún lejos de convertirse en cisne. No se reflejan con nitidez en la mirada de los otros, que apenas reparan en ellos cuando dejan en el suelo su mochila de ­becario y se lían un cigarrillo para bajar a fumar al sol.

Ignoran cómo podrán ganarse la vida; los que tienen un sueldo cobran apenas 400 euros por una media jornada en la que se sienten medio inútiles, conserjes sin puerta ni llaves a quienes los séniors piden un café, perpetuando bilateralmente el sistema de escalafones, pues a veces son ellos mismos quienes se ofrecen a traer unos capuchinos. Disimulan un miedo deforme, oceánico, lento. ¿Qué será de ellos en una sociedad donde la cultura del trabajo se ha devaluado como norte? El laborismo entendido como una manera de hallar sentido y músculo a la vida ha sido enterrado. Los jóvenes milénicos han visto como sus mayores ejercen de equilibristas sin dejar de repetir que están agotados. A ellos los recargaban, a su vez, de actividades extraescolares para tenerlos igual de ocupados, pero no cuajó el piano ni el ballet, delirios paternales que auguraban una sucesión de metas abandonadas.

Acaso los becarios que buscan su oportunidad no serán nadie hasta el día en que esté de baja un compañero y desempeñen su función incluso mejor que él. Un golpe de suerte. Una moneda al aire. El paro sigue golpeando a los veinteañeros –un 30% en España–, no obstante, no salen de la universidad hasta el cuello de deudas, y esa es una de las grandes victorias de la socialdemocracia respecto al despechugue neoliberal. En Estados Unidos, el déficit de los estudiantes con las financieras que subvencionan sus carreras ha crecido cerca de un billón americano. Los testimonios de los chavales que viven sin techo en alguno de los veintitrés campus de la Universidad Estatal de California tumban cualquier principio de dignidad humana. Homeless universitarios que duermen en sus coches, se duchan en el gimnasio y guardan el cepillo de dientes y las mudas en taquillas como las de la Humboldt, conocida como la universidad del hambre.

Su prioridad vital hoy, más que un amor o una familia de película, es tener un trabajo que disfruten. Los denominados salarios emocionales de empresas que acortan la brecha entre la identidad profesional y personal. Más allá de ofrecer guarderías y chill outs en la azotea, estas se rigen por la motivación, el intercambio de conocimientos y alentar el talento, la única forma –además de transformarse en cisnes– de ­aumentar la exigua productividad nacional.

[Publicado el 13/3/2019 a las 13:57]

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Ni perras ni bichas

Se acuerdan de Lorena Bobbitt y del impacto que produjo en el imaginario colectivo su cuchillo enfebrecido? Ocurría en 1993, en un apartamento humilde en el que Lorena (Gallode de soltera) soportaba a diario las borracheras de John, un exmarine que la maltrataba repetidamente. El caso fue motivo de chanza en todos los idiomas. El trozo de miembro en una bolsa de plástico, dispuesto para serle injertado, protagonizó un serial de interés público y urológico. Los hombres cerraban los ojos angustiados por lo que entrañaba aquella venganza: ¿y si las mujeres empezaban a cercenar falos con jamoneros a modo de protesta? Al principio, la opinión general se posicionó del lado del John, hasta que se conoció la terrible historia de aquella mujer –Amazon acaba de estrenar un documental sobre el caso–. Tras 45 días de ingreso psiquiátrico, ella fue absuelta. Bobbit se hizo actor porno.

Eran tiempos en los que Madonna cantaba con los pechos al aire, aunque la violencia contra las mujeres se saldaba con una multa a precio de menú del día. Al humorista Miguel Gila se le reía este chiste en los sofás tresillo: “Acabo de matar a mi mujer y no sé si he hecho bien o mal”. Un político vasco, Jesús Eguiguren, era arrestado durante 17 días por haber causado múltiples golpes y heridas en el cuero cabelludo a su mujer, quien días después lo eximía del delito asegurando que se había caído por la escalera. Los varones españoles, a la cola de Europa junto con los italianos, dedicaban 30 minutos a las tareas domésticas.

En la América de Clinton se sucedían casos de mujeres que nunca quisieron estar en el ojo del huracán, pero a las que el roce con la sexualidad poderosa las estigmatizó de por vida. Con cuánta crueldad se trató a Monica Lewinsky, que nunca levantó cabeza, mancillada y despreciada; lo último que he leído acerca de ella es que suplica el perdón de Hillary. “¿Por qué las recordamos como perras y no como víctimas del sexismo?”, se pregunta Allison Yarrok, autora de un ensayo sobre los años noventa, cuando bitch rimaba con rich y todo lo excesivo y sexualizado vendía. El marketing del poder femenino parecía halagador, sin embargo resultaba tramposo al enfundar al estereotipo de mujer ambiciosa en unos drapeados salvajes con los que difícilmente podía sentarse en una mesa de trabajo.

En estas tres décadas, las mujeres han ido despojándose de atributos simbólicos y se han calzado las zapatillas para ocupar el espacio público que les había sido negado. También han redefinido la feminidad, un concepto secuestrado por el constructo patriarcal que había envejecido muy mal. El pasado 8-M las mujeres –y muchos hombres– demostraron por segundo año consecutivo que su fuerza es determinante en el nuevo orden político-social. El feminismo ha logrado salir de los márgenes para devenir el pulmón de la sociedad, por mucho que le busquen adjetivos que amortigüen su pujanza, tan imparable como innegociable.

[Publicado el 11/3/2019 a las 09:00]

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El día violeta

No es por el maquillaje, ni la molestia del rímel que aquilata las pestañas. Tampoco por las medias de 10 deniers que se rompen al estrenarlas; ni por la dependencia del tinte que asusta a las canas. No es por la regla, que acaba gobernando nuestro humor o nuestra frustración, la que esperamos ansiosas en los años en que no debíamos quedarnos embarazadas y odiamos cuando se resiste a retirarse durante nueve meses.

No, en verdad no es por la minifalda, muslos helados, moral caliente; ni por el piropo tontuno ni por la compleja relación con nuestras tetas, que siempre o bien nos sobran o nos faltan y alternan el erotismo con los sacaleches. Tampoco es por hablarle a tu pareja y que no responda, o sólo articule alguna onomatopeya porque ya empieza a ser una costumbre el monólogo femenino. No es por tener en la cabeza los horarios de tus hijos junto a la lista de la compra, las averías de casa y las citas con el oncólogo de tu madre. No es porque el ángel del hogar persiga al diablo de la autonomía.

No es porque resultes insoportable al tener algún tipo de poder, o que molestes por ser poco o demasiado femenina, por no estar nunca comme il faut.

Pero sí es por perder los apellidos de nuestras madres, que abandonamos con naturalidad siguiendo el orden natural de las cosas. ¿Natural? También es por el poco espacio público que la sociedad patriarcal les cedió a ellas, esclavas, musas, secretarías y psicólogas de sus maridos y hasta de su prole, que hoy se conforman con una pensión limosna. Madres a tiempo completo que nada supieron de horas extras, realización personal o narrativa feminista, cuyo esfuerzo nunca ha sido contabilizado en el PIB (cuando el trabajo no remunerado de las españolas supondría el 41% del mismo). Sí es por las mujeres precarizadas: las paradas, las kellys, las aparadoras de zapatos, las madres solas, las inmigrantes que han tenido que postergar a sus hijos para cuidar de los nuestros. Sí es por las deprimidas, las que fueron encadenando pérdidas hasta que se apagó su luz interior porque la enfermedad mental también está feminizada, igual que la pobreza.

El 8 de marzo no es cuestión de sexo o género, ni de número o ideología. Es de las mujeres que callan el miedo y quieren tirar la toalla. De las acosadas, perseguidas, violadas y asesinadas. De lassintecho. También de las abuelas que sostienen el orden, y de las trabajadoras que tendrían que afanarse 52 días más al año para cobrar lo mismo que sus compañeros. Pero, sobre todo, este 8 de marzo será el de nuestras hijas, porque en ellas prende la esperanza de la igualdad real, sin sucedáneos ni engañifas ni costillas de Adán. Para que logren vivir la igualdad como un bien cotidiano y no sólo en el día más violeta del año.

[Publicado el 06/3/2019 a las 12:08]

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El buen impostor

Los hay que diseñan muebles, trajes o barcos, y quienes diseñan campañas. Así se denomina al proceso de salir a vender el pescado en política. Queda fino apropiarse del verbo diseñar, hoy multiusos, y otorgar así un toque de artes aplicadas al acto de definir listas, programar mítines, buscar eslóganes, fotografiar carteles e idear cientos de posibles réplicas y contrarréplicas para lograr la victoria.

Existe, no obstante, un punto de partida que tiene mucho de inconveniente, y es su determinación en convencernos de que son los mejores. ¿Quién puede creer a alguien que dice ser el número uno? Se nos escapa un hilillo de vergüenza ajena frente a la exhibición de tanta trascendencia.

Porque aquellos que dicen de sí mismos ser excelentes acostumbran a esconder graves carencias, propietarios de una piel marmórea que los protege de los espasmos interiores que sacuden a la mayoría de las personas cuando son ridiculizadas o injuriadas. Alardean de tener las ideas muy claras hasta el extremo de atemorizarnos con su rectitud, ya sea en forma de 155, aborto o Franco. Y probablemente nunca hayan sentido esos síntomas que torturan a las víctimas del llamado síndrome del impostor.

En los años setenta, diferentes investigaciones psicológicas resumieron que se trataba de un rasgo propio de las mujeres con un alto rendimiento profesional. Cuanta más preparación, más inseguridad se extendía sobre una misma. Con los años, acabó aceptándose que se trataba también de un temor extendido entre los ejecutivos, y más cuando conseguían cerrar grandes tratos. Su voz interior les decía que eran unos falsarios, que habían engañado al prójimo, y salirse con la suya les hacía cuestionar su valor y su capacitación.

Cuánto nos lamentamos por sentir este vértigo, el frenazo de encontrarnos estúpidos al mirarnos al espejo y reprocharnos la falta de habilidad o de talento. También nos asaetea otro síndrome, el llamado espíritu de la escalera –es tras haberla bajado cuando nos viene a la cabeza lo que no supimos decir en el momento preciso, con brillantez, mientras estábamos arriba–. Lo padecen quienes secretamente se sienten impostores y dan más de un paso atrás, atrapados entre el ansia y la temeridad, pero también macerando la idea. Y eso obliga a estar en guardia, a no creerse halagos ni vejaciones, pero también a gustarse lo justo.

Leo a Kristin Wong en Medium recoger las opiniones de psicólogos que revierten la mala fama del mito y aclaman las virtudes de sentirse impostor. En ocasiones, la parálisis y el bloqueo impiden crecer profesionalmente, pero la porosidad de la duda contribuye a tener la mente abierta, a ser más observadores y a saberse moldear ante lo nuevo. Lo curioso es que los impostores de verdad se engañan a sí mismos de tal forma que acaban creyéndose auténticos salvadores de patrias, desconocedores de las agujetas anímicas –e inspiradoras– que atraviesan las tripas de los pseudoimpostores.

[Publicado el 04/3/2019 a las 14:51]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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