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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 23 de junio de 2018

 Blog de Joana Bonet

Irresponsable censura

De tanto podar lo presuntamente incorrecto y andarse con pies de plomo para evitar escraches virtuales, se le exige hoy al arte una prevención moral que atenta contra la libertad, no sólo de expresión, sino de creación. Los artistas ya no son seres atormentados por sus quimeras existenciales, sino individuos aterrorizados por una brigada autoritaria que se sofoca cada vez que un autor se sale del renglón. Quienes defienden la censura y malinterpretan la transgresión se erigen en protectores de un público adulto y –según parece– desvalido, exponiéndonos a dos serios peligros: la insignificancia y el tedio.

Política o moral, la censura es una peligrosa plañidera. La historia está cosida de casos en los que, afortunadamente, el arte pudo escapar de sus corsés. En 1956, Borís Patsernak entregó su novela Doctor Zhivago a la editorial Goslitizdat. Sus editores se quedaron paralizados, por lo que Pasternak se la hizo llegar también a Feltrinelli. Fue entonces cuando la editorial soviética comenzó a presionarle para introducir ciertas “correcciones” en el manuscrito. Pasternak se negó, y un año después el libro salía en Italia. Fue un clamoroso éxito internacional y la Academia Sueca le concedió el Nobel. Mientras, el régimen soviético no sólo censuraba la novela, sino que prohibía a su autor viajar a Estocolmo; a punto estuvimos de quedarnos sin los desdichados amores de Lara y Yuri.

La ficción no es ejemplar, ni falta le hace. La buena literatura ha surcado con profundidad las oscuridades humanas, logrando abrir rendijas de pensamiento y conducta humana. Una secuencia de crímenes, violaciones, perversiones, infidelidades, cosificaciones y desprecios han pedaleado en el imaginario colectivo. En La historia de Nastagio degli Onesti, de Botticelli, una mujer desnuda es perseguida por un jinete armado y devorada por mastines, y aun así nos sigue seduciendo. Y en el clásico filme El hombre tranquilo disfrutamos de la complicidad entre O’Hara y Wayne pese a su sonrojante machismo.

La libertad de expresión, un derecho fundamental concebido durante la Ilustración, contrapone luz al oscurantismo absolutista. Montesquieu y Rousseau demostraron que el disenso fomenta tanto el avance de artes y ciencias como la democracia. Al escándalo de Arco, con la ridícula retirada de Presos políticos de Santiago Sierra, se le suma la condena al rapero Valtonyc por injurias a la corona, o el secuestro judicial del libro Fariña. Afortunadamente, el Metropolitan ha rechazado la propuesta de retirar el cuadro de Balthus Teresa soñando a causa de unas braguitas púberes. Hay una frase célebre a menudo atribuida a Voltaire, que en realidad pertenece a una de sus biógrafas: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Porque no hay peor adoctrinamiento, ni adocenamiento, que el de meter al arte en el saco de lo oportuno y lo cómodo, entre la decoración y el confesionario.

[Publicado el 26/2/2018 a las 14:44]

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Fantasías de pareja

En una novela deliciosa de Anita Brooker, Un debut en la vida (Libros del Asteroide), la protagonista, Ruth, recibe los consejos amatorios de su amiga, que le insta a no entregarse a la primera sino a jugar un poco con el pretendiente, a hacerle dudar faltando a alguna cita. “Entonces, ¿todo es juego?”, le pregunta Ruth con tristeza; a lo que la otra responde aún más triste: “Sólo si ganas. Si pierdes es mucho más grave”. El mundo se divide en creyentes y ateos del amor, también en vencedores y vencidos. Un poeta decía que el amor era compás, y un filósofo lo reducía a un accidente con baba. Pero, junto a la muerte, continúa siendo el gran tema, y no hay otra chispa más poderosa capaz de enlazar a dos seres y colonizarlos.

Los enamorados son mejores personas. Lo afirmaba hace unos días la neurocientífica Stephanie Cacioppo en las páginas de The New York Times. Aunque hayan perdido sueño y apetito y capten enigmáticas señales que sólo ellos entienden, poseen una mejor predisposición para estar en el mundo. Invadidos por las llamadas hormonas de la felicidad, la razón secuestrada por el sentimiento, la pasión enturbiando la mirada, los enamorados se sienten elegidos por los dioses y, por tanto, dichosos de no ­caer en el tedio ni en la desmotivación que les ronda a la mayoría de no enamorados. ¿Cómo no íbamos a mitificar el amor romántico si nos promete un estado de gracia? Por eso los que empiezan de novios se dicen aquello tan ingenuo de “te estaba esperando”.

No hay forma de crecer más rápido en la vida que a fuerza de desengaños. Cuando la hermosura se desvanece y todo se fragmenta no es fácil aceptar que el amor se convierta en una bayeta mojada. Tras un desencuentro, recurrimos a las fantasías liberadoras. Nos decimos en secreto que vamos a separarnos y, por un instante, hasta nos lo creemos, notando un sabor metálico en el paladar. Nos proyectamos hacia el melodrama, y, por un instante, puede que sintamos alivio, que creamos que iremos a mejor, que sabremos iluminar nuestra soledad, o ¿acaso no nos ahogamos a menudo en la soledad a pesar de tener pareja? Se trata de una fantasía efímera, como la de ser invisible de pequeños.

Pero enseguida nos damos cuenta de que la resolución va perdiendo fuelle. Y más allá del reproche, o de la microfrustración, sentimos su mano como parte de la nuestra, y volvemos a cerrar la puerta con nosotros dos dentro, reconfortados en un abrazo que nos devuelve el calor igual que una taza de caldo, repitiéndonos que la pareja perfecta no existe, que la perfección es un calvario, la felicidad un mito, enamorarse un trabajo agotador. Por ello, en el álbum de las fantasías amorosas figura sabiamente la de reenamorarse sin tener que cambiar de pareja.

[Publicado el 21/2/2018 a las 10:29]

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El copista copiado

Renzo Rosso, el dueño de un emporio de moda con nombre de combustible, Diesel, ha empezado a vestir copias de su propia ropa, y no para podar el jardín ni regar las hortalizas, esas cosas que tanto gustan a los ricos necesitados de una camiseta agujereada para sentirse humanos por un rato, sino como parte de una campaña de marketing. Rosso, el hombre bravo, se ha enfundado camisetas falsas made in Korea para posar ante las cámaras y ha montado una pop up imitando un puesto callejero de Nueva York, donde se ofrece una colección inspirada en el plagio; Deisel la ha titulado, como buen fake. No hay mejor manera de combatir la copia que apropiándose de ella. Ese ha sido el último movimiento de las marcas de lujo, dispuestas a seguir clonando sus éxitos y resolviendo que solo con transgresión pueden aguantar sus emporios. La ironía nos salva de todos los males, incluido los del copyright. De hecho, la firma Gucci acabó contratando al diseñador afroamericano Dapper Dan, que en los años noventa llenó Harlem de chaquetas y pantalones con etiquetas falsas de la firma, hasta que le cerraron el taller. Esas versiones causaron furor, y los florentinos acabaron por copiar al copista. Rosso, por su parte, consiguió cerrar el año pasado 87 páginas web que comercializaban copias de su marca.

Los logos falsos nacieron de la subversión, e incluso de la ira de una clase media-baja que no podía comprar un objeto de lujo, pero ardía en deseos de simular ese acto de propiedad suntuaria. De sentir algo parecido al destello del oro en la muñeca. ¿O no recuerdan, hace veinte años, a aquellos turistas españoles cargados de Rolex de quincalla, a quince dólares la pieza? En aquellos humildes puestos de Chinatown, o sobre las mantas de subsaharianos llegados en patera, siempre se ha repartido felicidad, y de qué manera. Más de uno daba el pego, y entonces a la sensación de plenitud del simulacro se le añadía la de la pericia. “Fíjate, qué bien copiado”, se decían los consumistas compulsivos de logos fakes, frotándose las manos entre la oportunidad y el autoengaño.

Hace unos días, en Doha, paraíso de los shopping centers, Bianca, una belga aficionada a Proust y a los bolsos, me contó un episodio de su último viaje a Lieja: fue a comprar al supermercado, ya oscurecía, llevaba una bandolera de Vuitton. Un hombre le pidió dinero, y ella le respondió que no llevaba suelto, porque la asustó. La siguió hasta el parking. No había un alma. “¿Pero cómo no vas a tener dinero si llevas un bolso de Louis Vuitton?”, le gritó el mendigo. A lo que ella respondió con buenos reflejos: “Es falso”. Y el hombre se marchó, convencido de que, en cierta forma, todos somos estafadores.

“El simulacro no es lo que oculta la verdad. Es la verdad la que oculta que no hay verdad. El simulacro es verdadero”, afirmaba Baudrillard. Que lo falso parezca más real que lo auténtico da fe de lo que verdaderamente somos: malas copias del ser original.

[Publicado el 19/2/2018 a las 11:56]

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Terquedad y champán

En los años noventa, un grupo de amigos pasamos un fin de año a Estambul; nevaba copiosamente, en la moqueta roja del hotel bailaban las cucarachas, y solo en el hamam Suleymaniye hallábamos consuelo. En aquella comitiva juvenil había dos cineastas en ciernes: Agustí Villaronga e Isabel Coixet. En las horas muertas escribíamos en servilletas jugando a ser Rimbaud; y siempre recordaré como Isabel censuraba mi exaltación rodorediana. A ratos, hablaba como un niña, entre la risa y el sollozo, aunque en verdad ya ejercía de interprete de sí misma y canalizaba la incomodidad que sienten los tímidos poniendo voz de falsete, mientras amasaba una determinación que la hizo mayor desde joven. Fue rodando anuncios de compresas, detergentes, coches, ropa, revistas –qué tiempos aquellos, donde la prensa aún se gastaba el dinero en espots de TV– y, bien lejos de ahorrar, lo invertía todo en sus películas. Consumista de nicho, que no de lujo, se afirmó en el color negro y en los japoneses, Comme des Garçons o Yamamoto, en los perfumes de Dyptique de flores blancas, o en los libros de viejo de su librería preferida, Shakespeare &Co. Cuando fue madre, también vistió a la niña Zoe de negro bebé, plantando caro a la cursilería. A día de hoy, detesta la palabra “empoderamiento”.

Se hizo amiga de monstruos como John Berger o Philip Roth; se convirtieron en sus socios creativos. Y se fue haciendo grande, rebosando una naturalidad le impide quedar bien en las fotos. Coixet no está pendiente de la cámara, excepto cuando la dirige ella. Muy aplaudida y también criticada por los que tildaban de “intensa”, ha rodado por todo el mundo con actores y actrices de culto –y tarifas indies–. El cine se convirtió en su patria, allí donde fuera. Que su film más arduo y ambicioso, “Nadie quiere la noche”, fuera recibido y despedido sin contemplaciones le dolió tanto como el frío del Polo Norte, porque ella no esconde las marcas de la frustración; exigente y sufridora nata. Su perfil se ha afilado con el procés. No podía haber escogido mejor momento para filmar “La librería”: el amor por los libros no conoce fronteras: es un territorio libre de ideas, pensamientos, de circunstancias ilimitadas. Compromiso y belleza. Humor y comida. Terquedad y champán. Coixet ya no es la joven directora original y esteta que surca olas, sino una veterana que ha convertido su propia personalidad en un mar de cine.

· · · 

De joven lo disfrazaron de Superman en el Un, dos, tres. Pero entonces Bardem era Javier, el último de la saga en llegar. Bigas Luna vio en él a un Marlon Brando hispánico, y le brindó, con “Jamón, Jamón”, un tranvía llamado éxito. Bien hubiese podido ser el mayor macho man de nuestro cine, pero declinó al minuto. Pudoroso y sencillo, aunque también adicto a los retos, se embebió de Stanislavsky hasta que le salió una ronquera de tronío, propia de los que hablan con todos los órganos y no solo con las cuerdas vocales. Aquel memorable papel de psicópata con flequillo le dio, de la mano de los hermanos Coen, fama mundial y una envolvente credibilidad, además de un Oscar. Y eso que él ha sido siempre muy de Madrid, del estudio de Corazza, de cañas y tapas, de la progresía del No a la guerra, la causa saharaui o las mareas públicas. El moreno grandullón con aire de boxeador –aunque en realidad fuese de jugador de rugby, pilier en el Liceo Francés– nunca ha dimitido de su casta aunque sobrevuele Hollywood un día sí y otro también. Recuerdo a un atildado vendedor de publicidad que me dio un único un nombre censurable para ocupar la portada de una nueva revista, el suyo. ¡Cómo se llega a conocer a la gente por sus fobias! Ahí estaba el saldo de su progresía, desde el No a la guerra, la causa saharaui o las mareas públicas. 

El gran Bigas fue el primero en darse cuenta de la chispa entre él y Penélope Cruz, pero eran demasiado jóvenes, con las piezas del Lego emocional aún por encajar. Una vez tuvieron alzados sus castillos de colores, prodgiosamente, los enlazaron. Los paparazzi madrileños sintieron deseos de lanzarse al Manzanares de tanta felicidad. Quienes los conocen saben que, lejos de divismos y esnobadas, Javier y Penélope son gente de mantel a cuadros, tarde fútbol y noche de peli. Al principio no querían hablar el uno del otro en público, cautos y a la vez temerosos de perder su privacidad. Tras once años y dos hijos, hoy se muestran confianzudos, incluso domésticos, y lejos de esconder su amor se declaran amor y admiración. Quienes ya lo han visto, aseguran que su interpretación de Pablo Escobar es una auténtica filigrana. Entrar y salir del narco, le ha puesto fondón, con más sonrisa y más espalda. Suele ocurrir con algunos animales cinematográficos, los que consiguen habitar la piel del personaje no en forma de disfraz, sino como una proyección de ellos mismos. Y que además, se proponen salvar la Antártida. 

[Publicado el 19/2/2018 a las 11:46]

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Una pija catalana

Catalana y pija, en la Catalunya rural, universitaria, sindicalista, y meritocrática, en la de TV3, los casals, ateneus y castellers, la de Peret y Sopa de Cabra, el Lliure o la plaza Reial, siempre sonó a sintagma sospechoso. En ningún otro lugar de España el pijerío se ha despreciado tanto, hasta el extremo de que generaciones de pijos catalanes lo han sido sin saberlo. Discretas hasta rozar la pantomima, parcas en lujos, con la cara lavada, melena de surfista o coleta floja, y una distancia oceánica con el resto del mundo, ellas fueron educadas para pasar desapercibidas, todo lo contrario a las del resto de España, incluidas las de Zaragoza o Sevilla. Barcelona era moderna, Madrid rancia. El afrancesamiento de la burguesía catalana había sofisticado el paisaje mientras que la Villa y Corte creció asalvajada con el flujo continuo de las provincias. ¿Cómo iba a tener estilo propio Madrid si es la falta de un estilo lo que mejor la define? Hasta las pijas madrileñas se hicieron posmodernas.

“Comentan en el equipo que eres una pija, yo les he dicho que se equivocan”, me comentó Julia Otero en una pausa de publicidad cuando, hace años, colaboraba en La columna de TV3. Sentí un pequeño calor, también una ráfaga de buen humor. Qué dirían las vecinas del lugar donde procedo, una tierra seca y despoblada, cuya máxima sofisticación es una sábana de niebla blanca en invierno. De los pueblos minúsculos puede salir gente hortera o con buen gusto, personas brutas y sensibles, pero que de allí salgan pijos resulta un hecho verdaderamente extraordinario.

Por ello me detengo ante el perfil ascendente de Elsa Artadi y en la etiqueta que le ha colgado media España: pija catalana. Rubia, no lleva flequillo indepe. Luego está lo del anorak Moncler, muy extendido entre los estudiantes bien, pero ¿acaso se han dado los precios de los abrigos de los candidatos? ¿O es que ella debe responder con su ropa a los preceptos de la idoneidad política? Aunque lo más bochornoso, en este juicio público, ha sido el espectáculo de quienes han subestimado su doctorado en Harvard, haciendo chanza de tal logro –pobres idiotas–, cuando en verdad significa abrazar la excelencia.

¿Por qué de Artur Mas, Xavier Trias o Josep Piqué nunca se dijo esa ridiculez del Upper Diagonal? La mujer pija ­arrastra mucho más morbo que el hombre pijo en el imaginario español. ¿De verdad que esta es la etiqueta más des­tacada de una mujer que ha pasado gran parte de sus 40 años estudiando y pre­parándose profesionalmente? ¿O será que en la Catalunya moderna, ambiciosa, liberada y progresista perviven no pocos prejuicios –tras treinta y ocho años de Generalitat– ante la idea de una mujer presidenta?

[Publicado el 14/2/2018 a las 15:42]

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Atascados

La ciudad pierde su piel en las vías de circunvalación, anillos perimetrales que se transforman en un mar de máquinas. Parece un desierto humano. Los puentes que unen ambos lados de la autovía no están hechos para niños. Son puentes adultos, duros de pelar, bordeados por sus escaleras suspendidas en el aire y sus pasarelas grises; allí no se escucha el rumor del agua sino el de las bocinas y los tubos de escape. Ni se huele a sal o a podredumbre marina. Goma quemada, aceite, gasolina. Son puentes que, lejos de embellecer el paisaje, lo cosen con desgana. Un amigo me confesó que pierde el equilibrio cuando los atraviesa, o mejor dicho, que le invade una aprensión cinematográfica ya que se acuerda de aquellos que se suicidan lanzándose contra el asfalto, incapaces gustar a nadie , y mucho menos a ellos mismos, por lo que deciden acabar con su vida en el lugar más feo de la ciudad.

Hileras de coches paralizados estrenan la mañana con un nudo en el estómago. Muchos conductores aún quieren agradar; algunos fantasean con la fama y con el éxito. En el atasco es ­posible jugar a la libre asociación de ideas, olvidar por un momento el miedo. Porque hay un vivir asustado y un vivir a destiempo. Vamos de los libros a la realidad, del caos urbano al sofá, del aburrimiento a la esperanza. En un cuento de Cortázar, La autopista del sur, el tremendo atasco en la autopista de Fontainebleau a París puede leerse como metáfora de la sociedad de masas: anónima, consumista, en la que los individuos únicamente se distinguen a través de las marcas de sus coches. El embotellamiento resulta un espejo que nos devuelve la imagen de la vida sobre cuatro ruedas. “Si vivo al menos /un año y medio más / conduciré /el nuevo Amarok de Volkswagen” escribe Vicente Verdú, que reaccionó ante la realidad de su cáncer con un poema diario. En su libro La muerte, el amor y la menta (Bartleby), desliza la memoria de años suburbanos y bosques de arces, cuando toda la familia está aún viva. Y se cobija en el deseo de estrenar un automóvil azul metá­lico.

Las llamadas vías de evitamiento o las salidas a las A, E o R, acogen el parque móvil nacional. El año pasado se matricularon alrededor de dos mil Porsche en España, dispuestos a presumir de lujo y cilindrada. Pero el nuestro, junto a Italia, es el país con los coches usados más baratos, a causa de la fuerte demanda de automóviles de ocasión mileuristas. La precariedad inhibe al látigo de la belleza, también al impulso estético, siempre sospechoso de pretensión. Como si pretender fuera un crimen. Tanto es así que algunos sociólogos aseguran que algunos males provocados por la pobreza derivan de la misma sensación de sentirnos pobres. A la autoestima nacional le falla el embrague. Más allá de desaceleraciones económicas y de colapsos políticos, la sociedad busca vías rápidas para salir de un eterno embotellamiento.

[Publicado el 12/2/2018 a las 14:09]

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Larga vida al tiempo muerto

Esperar es una aflicción universal que nos iguala. Todos somos el mismo cuerpo cuando echamos tardes enteras en una sala de urgencias para que nos digan que no moriremos en esta ocasión; y todos nos convertimos en sospechosos cuando hacemos las eternas colas del control de pasaportes. También somos el mismo turista angustiado y vencido que busca taxi en Eivissa cualquier día de agosto, o el que pierde la paciencia cuando su vuelo se retrasa sine die en cualquier aeropuerto del mundo. Rocosas, pero también vivificadoras, son las esperas del amor y sus incertidumbres. “Al ver que no sonaba el teléfono, supe de inmediato que eras tú”, dejó escrito Dorothy Parker con su afilado humor.

Esperar nos contraría, nos aburre y nos exaspera, en especial cuando se espera a que no pase nada. Quien aguarda algo o a alguien en demasía se vuelve indefenso o se irrita porque ha perdido el control del tiempo, extraviando las llaves de su propio presente, e incluso, iracundo, mastica la venganza: “¡Algún día me esperarás tú!”. Los hay que celebran su gregarismo, cómodos entre la multitud, sin pena por perder una hora en subir a una atracción que dura dos minutos, o un día entero para comprar las entradas que le franquearán el paso al cielo de sus ídolos. Están los que se comen las uñas, los impacientes que miran el reloj una y otra vez, los que se deshacen por dentro y desesperan a pesar de ocupar su mente con excusas. Existe una prolija colección de tiempos de espera: el colonizado por la enfermedad, el de la gestación, el de la pubertad, transiciones de altísimo valor; pero luego está el tiempo barato, como las horas perdidas con la burocracia o las humilladas por el poder arrogante, además de los minutos malgastados por esas operadoras que te eternizan. “Horas muertas”, “tiempo muerto”, decimos, pero a la vez se trata de un espacio vital en el que todo es posible. En su ensayo El tiempo regalado (Libros del Asteroide), la corresponsal cultural en Estados Unidos y escritora Andrea Köhler subraya lo gratificante de la lentitud y le da la vuelta al escaso prestigio de los intermedios: “Ese lapso en el que las cosas son aún inciertas”. Hay amantes de la espera, como Peter Handke, que a la luz del cansancio entiende más profundamente el mundo, y quienes, igual que Goethe, vincularon el anhelo con el dolor.

Tengo un amigo que vive entre Norteamérica y España; dice que no se acaba de adaptar allí, aunque reconoce que en verdad tampoco estaba bien aquí. En cambio, alcanza su mayor bienestar durante los viajes entre ambas orillas, ese tiempo que se conjuga en subjuntivo y permite abrazar la plácida sensación de la vida en movimiento cuando vas hacia algo mejor, o eso crees.

[Publicado el 07/2/2018 a las 14:03]

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Armarios abiertos

La privacidad reventó las compuertas cuando la llamada crisis de la novela coincidió con la adicción a las redes. Los mundos imaginados empezaban a temblar frente al relato del yo. Autores como Emmanuel Carrère, Karl Ove Knausgård o, ahora, Manuel Vilas con su espectacular Ordesa (Alfaguara) han logrado que la realidad sin aditivos sea más poderosa que cualquier ficción, que te atrape con su guante, mitad de crin, mitad de seda, y te haga soltar pieles muertas en una exfoliación intelectual. Mientras los críticos literarios debatían si el género novelesco se había quedado obsoleto o no, en la nube virtual, hombres, mujeres y transexuales empezaron a publicar sus autonovelas por entregas en Facebook o Wattpad. La mensajería instantánea también se consideró un canal adecuado para expresar la emocionalidad contenida, un confesionario 24/7. Y, por tanto, las pantallas se convirtieron en espacios virtuales de intimidad. A ratos eran joyero, otras vertedero. Hasta que empezaron a ­airearse verdades inimaginables que afectaron hasta el presidente del Gobierno, intentando subir los ánimos de su excontable con un “Luis, sé fuerte”. Los riesgos de perder la privacidad parecían asumidos incluso por aquellos que, como Puigdemont y Comín, utilizan aplicaciones más difíciles de descifrar que las habituales. Y muchos personajes públicos vieron de qué forma sus intimidades y sus miserias eran ventiladas en público y jaleadas. Debe de ser igual o peor que te entren a robar en casa, te abran los cajones y vean tus medicamentos, la caja de preservativos, un cogollo de hierba… Hace ya seis años, Andrew Keen, “el Anticristo de Silicon Valley”, se preguntaba si la revolución digital, debido a su indiferencia por el derecho a la privacidad individual, no nos llevaría a nuevas épocas de oscuridad, convirtiéndola en un anacronismo y, de paso, enterrando definitivamente el secreto.

Con el caso de los mensajes de Puigdemont se ha abierto de nuevo el debate entre las fronteras de lo privado y lo público. Y se ha condenado moralmente la duplicidad de discursos: que el expresident dijera una cosa y pensara otra. Como si no fuera algo común en la estrategia política: la verdad resulta demasiado atrevida e inaguantable. Hace medio siglo, Hannah Arendt nos recordaba que la distinción entre lo público y lo privado era un elemento fundamental del pensamiento griego antiguo. Señalaba entonces que la capacidad humana de organización política era radicalmente distinta, opuesta a la asociación natural de hogar y familia. Lo profesional frente a lo emocional: agua y aceite.

Por ello, a día de hoy, cuando la política trae tintes de reality, no debería causar tanto pudor que un cámara, atento en el ejercicio de su trabajo y amparado por la libertad de informar, enfoque a la pantalla de un teléfono en busca de un yo desnudo convertido en noticia.

[Publicado el 05/2/2018 a las 14:26]

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¿A qué huele tu ciudad?

Madrid no tiene olor”. Lo afirma uno de los mejores perfumistas del mundo, Alberto Morillas, sevillano emigrado a Suiza cuando era niño, a quien empezaron a interesarle los olores sintéticos cuando, de estudiante, leyó una entrevista con Jean-Paul Guerlain y descubrió que el perfume era una creación dispuesta a ennoblecer y purificar, a defender y reafirmar, a elegir un halo aromático a modo de huella fragante. El perfume es un mundo. Acerca y distancia. Representa una gran esfera de significados simbólicos, despegados de la materialidad, que, según teorizaba Montaigne, afinan el espíritu e inducen a la contemplación. Su valencia originaria constituye un escudo, un abrazo invisible alrededor del yo, de ahí que aplicarse una gotas de agua de colonia constituya un gesto universal imperecedero, detrás del cual ha evolucionado una industria ambiciosa desde siglo y medio.

Vanguardista y disruptivo gracias a creaciones como CK One, la mejor destilación del espíritu unisex –ahora le llaman fluidez sexual– en un frasco, y de Armani Absolu, Morillas posee una taxonomía olfativa de cada ciudad. Asegura que Nueva York huele a comida basura, a chucrut y a hot dog, pero también a caramelo y gofre, y sobre todo a mar. Asocia Cádiz con el pescaíto frito, el coco, arena y agua. París, dice, desprende olor a marisquería: ostras y coquillas aventadas por el viento de Normandía, que trae una bofetada atlántica. “Londres huele a cerveza y al Támesis. Sevilla posee notas minerales, la calidez de la cal, cera, y excrementos de caballo”.

¿Y Barcelona?, le pregunto. Y el alquimista hace un silencio: “Tiene un aroma más sofisticado, mecido por el viento que circula entre el mar y la montaña”.

Todas las ciudades despliegan un mapa oloroso que hace crecer su alma –ahora le llaman energía–, y en algunas han surgido ya recorridos aromáticos. Smellwalks los ha titulado la artista Kate McLean, empeñada en cartografiarlas con su nariz. Porque el olfato es el sentido más estrechamente vinculado al contexto en el cual se percibe, y a la experiencia. Por eso permanecen intactos los olores de la infancia. Especias, cuero, pino, leña, incienso, azufre, grasa quemada, cloaca… buenos y malos olores conviven en las ciudades, emanados por sus glándulas internas. Y su resultado sirve de diagnóstico, igual que aliento humano. Morillas achaca ese ­no olor de Madrid a una falta de identidad, que a la vez es su señuelo, mientras argumenta que la sofisticación de Barcelona se humaniza con la salinidad del Mediterráneo. Pero los olores son transitivos. Contemplo las imágenes de los vecinos del Fòrum con mascarillas para protegerse del hedor residual, y pienso que no hay forma más humillante de desvestirte de tu identidad que robarte el olor de tu calle, incluso de tu ciudad.

[Publicado el 31/1/2018 a las 14:59]

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El nuevo petróleo

¿Quién no se ha sentido ridículo confirmando su propia identidad y teniendo que interpretar unas letras retorcidas y distorsionadas que deben de hacer las delicias de algún psicópata?

No sólo nos piden nuestros datos personales, que se desploman indefectiblemente al terminar de cumplimentar el formulario online porque se ha agotado el tiempo o la contraseña no es segura, también nos preguntan el nombre de pila de nuestra abuela a fin de demostrar que somos nosotros y no unos suplantadores. E incluso nos bloquean la entrada a nuestro buzón de correo como si nos prohibieran entrar en nuestra propia casa, porque sospechan que cualquier desaprensivo, o tu mismísimo marido, vete tu a saber, han querido fisgar en tu bandeja de entrada, hoy un delito parecido a hurgar en los cajones de la ropa interior ajena.

Sin embargo, la porosidad de la red es escandalosa. El tráfico de datos –y hasta el robo, como hemos visto esta semana con la supuesta oferta de una cuenta prémium de Spotify, que era en realidad un timo– pretende hacerse con el alma de todo aquel que clique. Lo ha declarado el presidente ejecutivo de Telefónica, José María Álvarez-Pallete: “Los datos son el petróleo del siglo XXI”. Además de suponer la materia prima del negocio, necesitan ser refinados para cotizar, igual que el crudo. Alphabet, la multinacional que engloba Google, Amazon, Apple, Facebook y Microsoft, las cinco compañías más valiosas, no hace más que multiplicar beneficios: juntas sumaron 20.130 millones de euros durante el primer cuatrimestre del 2017.

A pesar de su inmaterialidad, ya no hay plan de negocio que no incluya el estudio de datos. En este Gran Hermano panóptico, un ojo informático escruta cada uno de nuestros clics persiguiendo nuestro perfil de consumidor. Y le sigue una insidiosa persecución virtual mientras asistimos impertérritos a las propuestas que nos lanzan los algoritmos y que oscilan entre las ofertas de balneario o los milagrosos alargamientos de pene. Pero, ¿por qué seguimos considerando un acto privado el de navegar por internet, e incluso el de escribir correos donde damos rienda suelta a nuestra naturaleza confesional, al estilo de las viejas cartas? Narcisistas redomados, nos permitimos exhibirnos sin cautela aunque simultáneamente glorifiquemos nuestra privacidad.

Las empresas cruzan millones de datos para establecer tendencias y predicciones, patrones de comportamiento e indicadores de consumo. Datos, inteligencia artificial y tecnología conforman el futuro digital, que de humano sólo tiene los dedos. La banca, la información o la moda triplican sus presupuestos online: ahí está el nuevo mundo, el que se desviste de materialidad y ya no abre enciclopedias ni escribe diarios. Los secretos ya no existen: nuestro punto débil se ha convertido en la gran fortaleza del big data.

[Publicado el 29/1/2018 a las 09:55]

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Foto autor

Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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