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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 24 de febrero de 2018

 Blog de Joana Bonet

Protocolo de urgencia

Las he conocido. En fuga. Con una bolsa de deporte en la que metieron cuatro mudas, el osito de peluche, el Dalsy, y para de contar. Una de ellas huyó con su hija de cinco años, en un autocar de línea. Me llamó cuando hicieron parada en un bar de carretera, no sabía dónde estaba. Era búlgara. Una mujer maltratada. Una mujer extranjera. Súmale a la confusión el peso de la sospecha. Y al terror, el desarraigo. Entró en una casa de acogida. Allí las ventanas tienen rejas; su dirección es secreta para protegerlas. En la cocina se hierve la tristeza. Les cuesta creer que de verdad todo terminó, pues muchas recaen, igual que en una adicción, olvidando que cuando alguien traspasa el límite, aquello llamado amor empieza a dejar de serlo para siempre. Suelen carecer de apoyos sólidos, son inestables, están destruidas psicológicamente. El mundo les resulta hostil.

Olga era una de las mujeres de la limpieza de la redacción. Fumaba mucho. Ducados, como mi padre. Un día llegó con el ojo morado, intenté hablar con ella, pero callaba y daba las gracias mirando al suelo. Cuando su hija cumplió los dieciocho empezó a alentarla. Entró en una casa de acogida, fumaba más, vivía entre nerviosa y liberada. Hace unos meses, me mandó recuerdos a través de una compañera: se la encontró limpiando en el aeropuerto y me contó que por primera vez la había visto reír. Porque al padecimiento de la violencia contra las mujeres hay que sumarle el vía crucis que deben soportar para demostrar su inocencia. El proceso implica denuncias, declaraciones, peritajes, y un clima social que, en lugar de empatizar y solidarizarse con la víctima, la somete a un juicio público severo. ¿Por qué en España se mantiene tan bajo el número de denuncias por abusos sexuales o violaciones, al contrario de lo que está ocurriendo en otros países? La falta de acompañamiento social las paraliza. Saben que no evitarán el cinismo en el marco de la cultura patriarcal que todavía nos oprime, a pesar de los avances. Que nuestra sociedad carece aún de valores sólidos, indudables y compartidos, como la igualdad. Persiste el hedor bárbaro, esa idea de que la mujer ocupa una posición subordinada, que ha nacido para satisfacer las apetencias de los hombres (y es hasta probable que muchos violadores, en su vil retorcimiento, lleguen a creer que sus presas disfrutaron). La estrategia de la defensa de La Manada, hurgando en la vida privada de la víctima, ha sido aberrante, un mayúsculo acto de manipulación para miniaturizar el acto criminal. ¡Cuán importante es cerrar filas ante la violencia hacia las mujeres! Nos jugamos el progreso. Les recomiendo leer el Barómetro 2017 del Proyecto Scopio, elaborado por el Centro Reina Sofía. Las opiniones de un 27,4% de los chicos entre 15 y 29 años considerando que la violencia machista es “una conducta normal” deberían de activar eso que en otros metieres llaman “protocolos de urgencia”.

[Publicado el 27/11/2017 a las 14:34]

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Viejos conocidos

No me avengo a la palabra madurez como expresión que define mi etapa vital. Y menos a la locución mujer madura; automáticamente la relaciono con la granazón de la fruta y su aroma excesivo, a un tris de descomponerse. O a un bolso debidamente ordenado y con el dinero planchado, sin sobresaltos. También me evoca a Stephen Vizinczey y ese calor de regazo que exhalaba su libro En brazos de la mujer madura, y a las películas de Hanna Schygulla o Meryl Streep, que muy pronto presidió el club de las mujeres ídem. Puestos a elegir, prefiero veteranía, que es menos sensorial y más unisex. Porque un hombre maduro huele a agua de lavanda, pinta canas de prestigio y pasea su atractivo, convencido de que ha intercambiado estabilidad por juventud. Una mujer madura, en cambio, es un saco de bestias negras. La amenaza de la palabra tabú donde las haya, menopausia, continúa actuando de maleficio, igual que esa familia semántica que amaga una historia universal de biología y psicología, de indisposición y sofocos: menarquía, menstruación, climaterio, amenorrea…, nombres que parecen vergonzosos cuando en verdad estructuran el principio de la vida.

Pero más allá de las palabras estigma, atisbo un nuevo ánimo en ese correr de los años, una sazón que no me disgusta. Por ejemplo, es sábado por la tarde, me doy un baño con la radio puesta, y recuerdo que hacía lo mismo de joven cuando me preparaba para salir a bailar. Rodaba el dial hasta que sonaba Radio 3 mientras me ahuecaba el pelo, pensando que aquel instante de soledad gloriosa merecía ser clocado. Un sentimiento que poco ha cambiado, el mismo nervio sigue ahí, cuando por azar suena un hit del ­Neandertal, Lost in love, que no es­cuchaba al menos hacía una década. En lugar de salir a bailar, sacaré a pasear el perro, las luces ya tintineando sobre la ciudad. Cuando atraviese el parque oscurecido, buscaré un sendero extraño, a modo de pequeña jungla urbana, y pisaré a conciencia sobre las hojas secas igual que los niños chapotean en el charco.

A menudo me pregunto si el permanente elogio de la juventud no contiene demasiado masoquismo. Cuán idealizado tenemos un tiempo en el que hay que forjarse una identidad y un oficio, además de un lugar en el mundo. Nuestra generación X, paréntesis o bisagra, la de Los Cinco, Travolta, las hombreras y el minidisc, ha insistido en alargar la adolescencia, celosa de su tiempo y su mismidad, ávida de encontrar estímulos y recreos. Pero la veteranía tiene muchas ventajas, y habrá que empezar a elogiarlas, a bendecir esa edad mental en la que puedes permitirte sin culpa hacer lo que te venga en gana. Celebrar el alivio de ­mirarte al espejo y hallar, por fin, a una vieja conocida.

[Publicado el 22/11/2017 a las 13:14]

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“Somos el servicio”

No sé si es escalofrío, asco o desazón lo que se siente al escuchar la jerga utilizada por quienes un día representaron la élite del poder madrileño e incluso estatal. ¿En qué manos y en qué cabezas estábamos? Teníamos de mandamases a personajes que, una vez más en política, responden a narcisismos desatados, empujados a cruzar los límites, a mentir, robar y corromper. A recomendar a sus amigos que conviertan ruinosos ne­gocios hoteleros en puticlubs –Ignacio González a Luis Vicente Moro– , o a ordenar las sacas de dinero que presuntamente Granados trajinaba, el hombre que los fines de semana se montaba al tractor confabulándose consigo mismo. En sólo un minuto de grabación Zaplana y González pronuncian más de diez tacos. Hombres bronceados, bien pagados, con familias estructuradas, maletines de cuero y Audis, que lo tienen todo pero mastican mierda malsonante. Es trágica la profunda decadencia que exhalan. Se desnudan con sus improperios: “Somos el servicio”, dice Ignacio González de Esperanza Aguirre, otrora su fiel escudero que lloraba con hipo cuando esta le cedió la silla de la Comunidad. Aunque en verdad ellos han vivido como si todos fuéramos el suyo.

Se forjaron para sentirse siempre los putos amos, actuando con insolencia y desmesura, aquejados del síndrome de hybris, que según los griegos resume la falta de control sobre los propios impulsos. El neurólogo y exministro británico David Owen, especialista en las psicopatologías del poder, ahondó en esa hybris asegurando que la padece una gran parte de los gobernantes. No se limita al egocentrismo propio del oficio, sino que representa una pérdida de contacto con la realidad.

Endiosados y aislados, los protagonistas del juicio del llamado caso Lezo y los implicados en la Púnica estuvieron rodeados por una corte de aduladores y estafadores, hasta que las cosas empezaron a “ponerse feas”, un eufemismo naif concurrido por los mafiosos de las películas que, al igual que González y Zaplana repiten con voz queda: “Sabes que te van a matar”. Alexánder Solzhenitsin dejó dicho: “Todo el mundo es culpable de algo o tiene algo que ocultar. Sólo hay que mirar lo suficientemente a conciencia para encontrar lo que es”. Resulta que nuestras conversaciones íntimas, con ese hablar relajado y teóricamente a salvo, nos causarían sonrojo si fueran públicas, pero la pornografía telefónica de esta trama, al igual que las declaraciones de policías calvos y de tenientes que faenaban a las órdenes de los políticos, refleja un submundo atroz, en el polo sur de la paz interior. Hace cuatro días, la periodista Gloria Lomana presentaba su Juegos de poder (La Esfera de los Libros) y recordó las tres P del mal: policías, periodistas y políticos. Lo dijo ante ministros y directores de periódicos. Ella hablaba de su novela, una ficción en la que disecciona la mani­pulación del cuarto poder. El público, cómo no, se rió a carcajadas, qué iba a hacer si no: las sillas estaban copadas por pes.

[Publicado el 20/11/2017 a las 16:18]

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Florence Delay. Muchas vidas

Son las cinco de la tarde, y así lo subraya en su buen español Florence Delay (París,1941). Me pregunta si tengo vértigo mientras abre las puertas de su balcón, donde crece un limonero, frente a los Jardines de Luxemburgo. “Al fondo se ve la Tour Eiffel”, dice. El gabinete donde escribe huele a su perfume de flores de blancas de Annick Goutal. Delay, catedrática de literatura comparada, hispanista recién homenajeada por la Residencia de Estudiantes, traductora de Fernando de Rojas, Bergamín o Ramón Gómez de la Serna, que acaba de publicar “Puerta de España” (Turner), de joven quería dedicarse al teatro. Bresson le dio el papel de Juana de Arco a los veinte años. No le gustan quienes se definen como escritores. “Escribir es algo que se hace, no es un oficio sino una elección. Nunca pensé en ganarme la vida con mis libros para no tener la obligación del éxito, poder fracasar y estar en paz”. Entró en el castellano con el Romancero gitano, tras visitar en España –Vilafranca del Penedés– el verano del 56. “La idea del gran teatro del mundo de Calderón me atrapó, y pensé que iba a pasar mi vida interpretando un papel tras otro. Es buena idea para la alegría. Pero la melancolía tiene mas éxito”.
 
Jean Delay, que descubrió el uso de la clorpromazina para tratar la esquizofrenia, consideraba que casi todos los grandes escritores tenían desequilibrios mentales: Rousseau, paranoico; Dostoyevski, depresivo; Flaubert, nervioso; Nerval, maníaco-depresivo…Su hija asegura que esa visión la asustó una barbaridad: “locura es una gran palabra. Desde pequeña quise escapar de ella, tener salud, vivir feliz”. Uno de sus libros más celebrados, “Llamado Nerval” (Turner), arranca con una escena de su infancia: sus padres habían salido a cenar; llamaron a la puerta, y era un paciente que se había escapado del Hospital psiquiátrico. “Le habían dado muchos electrochoques, quería hablar con mi padre, quería que pararan…Yo me asusté. Entonces mi padre me dijo: “Nerval ha venido a casa”. Estaba convencido de que lo hubiera podido curar”.
 
Florence Delay escribe a mano. Tres horas al día. Antes lo hacía por la mañana. Le mandaron dejar de fumar. Y habló con su neumólogo: “doctor, desde que fumo menos, mis frases y mis libros han disminuido”. A él le dedicó “Mis ceniceros” (Demipage), un texto ardiente y estrafalario sobre la llama, el humo, la ceniza y la muerte. El médico le permitió fumar de tarde, y así lo hace, disciplinadamente, junto a un vaso de whisky malo con Perrier. Hay una picaresca deliciosa que relaciona el control de la adicción con la libertad de iniciar un párrafo, con la idea de discontinuidad. “No pienso fuera de la frase, mi frase es pensativa, no sé lo que voy a escribir. Claro que la composición es capital, pero mi manera de adelantar es azarosa. Por ello busco cierta perfección en la frase; es como una pequeña aventura. Admiro mucho a Gertrude Stein, que decía que  la frase no tiene que ser emotiva pero el párrafo sí”. Cuando se dio cuenta que lo había hecho todo, que había disfrutado de sus clases en la Sorbona, que le había recomendado a sus alumnos que siempre intentarán tener varias vidas, decidió escribir un libro: “Medianoche sobre los juegos”. “La veleta es mi ejemplo de vida, gira con el viento. Hay que aceptar lo que viene”. Celebró su primera publicación comprándose un Saint Laurent, coquetería obliga, y lo sigue haciendo cada vez que sale un nuevo libro. Es católica, dice que las homilías son débiles y los cánticos tontos, pero cada vez que escucha el evangelio se topa con algo que le sienta bien. Empieza a desteñir la tarde, entra en la estancia su marido, el productor de cine Maurice Bernart, “su gran amor”. Es el primero que lee sus textos, y él añade: “y menos mal”. Cuenta que en los años setenta Maurice tuvo otros amores, “pero no podemos separarnos, nos queremos mucho”. Mantienen una relación abierta, “siempre presumí de no tener celos”. Una pagaría para escucharla decir “hélas!”. “Tengo un defecto muy desagradable, nunca me enfado, no es bueno para mi. Él en cambio ama las escenas…”. Delay es una mujer precisa pero afrancesadamente libre. “A veces me despierto en mitad de la noche, pensando en un momento del libro que me hierve en la cabeza. Es como una mosca, una mosca cojonera”, dice, pronunciando doblemente la jota. 

[Publicado el 16/11/2017 a las 17:31]

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Ilustres fregonas

Es un gesto cotidiano y universal: agarras el palo del artilugio, lo sumerges en agua y lo escurres, habitualmente con fuerza –no hace falta boxear como terapia antiestrés–, para luego deslizarlo sobre el suelo, que va perdiendo su pátina de suciedad y empieza a relucir. Acaso es eso lo que proporciona un sentimiento de higiénica eficacia, una exfoliación interior, un deber cumplido. Fregar también es bailar en solitario, cantu­rrear, hablar con una misma, desesperarse por no poder desincrustar la mancha que se te antoja una metáfora de tu vida. Hace poco más de cincuenta años, las mujeres debían arrodillarse para quitar la mugre de los suelos. De rodillas y con el trasero en alto a fin de imprimir un mayor vigor. El inventor de la moderna fregona fue Manuel Jalón, “un tipo extraordinario” me cuenta Juli Capella, que lo conoció y acaba de escribir sobre él en De la fregona al airbus. Guía para empresarios y diseñadores innovadores (Lid). Jalón era ingeniero aeronáutico militar, y un día, apostado en la barra de El Tubo, una tasca de Zaragoza, cogió al vuelo la recomendación de un colega de “fabricar utensilios prácticos, como por ejemplo alguno que pudiera permitir a las mujeres fregar de pie”, mientras una lo hacía agachada junto a su taburete. Entonces, le vino a la cabeza un invento que había visto en otra base militar, la de Chanute (Illinois): allí había observado que los operarios limpiaban el piso de los hangares utilizando un largo palo de madera con unas tiras de algodón fijadas en uno de sus extremos. Pensó en simplificar aquel sistema y hacerlo doméstico. Con tal propósito, formó con algunos amigos y socios la empresa Rodex –así aún le llamamos algunos, la marca por el objeto– y tras prototipos, mejoras, pruebas y más pruebas llegó a patentar el llamado lavasuelos, del que se han vendido más de cien millones. Pero se acabó imponiendo el nombre que se usaba coloquialmente: “fregona”, ante el disgusto de aquellas que así eran adjetivadas. De hecho, un día se presentó una señora en el taller con una en la mano diciendo: “Vengo a que me cambien este cacharro por otra cosa o me devuelvan el dinero, porque mi marido me lo ha regalado y, como ustedes saben, las mujeres no fregamos de pie, fregamos de rodillas”, ­según le gustaba contar a Jalón. El diccionario recogió el término en 1974, sinónimo de “aparato friegasuelos”. No obstante, mientras Jalón fue uno de los protofeministas españoles, la Real Academia, en dirección contraria, sigue manteniendo un tercer y denigrante significado del término: “Mujer tosca e inculta”, un anacronismo que duele tanto como la bursitis de rodilla que atormentaba a las genuflexas mujeres antes del invento de la ilustre fregona.

[Publicado el 15/11/2017 a las 15:51]

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Casarse con uno mismo

Cuando la vida sin pareja empezó a alargarse más allá de la resignación, los solterones y solteronas se hicieron llamar singles. El marketing los ratificó haciendo sonar unas alforjas que prometían un estilo de vida confortable y a la vez divertido. Excluidos incluso en el supermercado, que basaba su oferta en packs familiares, vivieron entonces su año del cerdo chino y los siete de vacas gordas de los sueños del faraón interpretados por José. Sería frívolo decir que se pusieron de moda, pero sí fueron promocionados. Ganaron prestigio. Y empezaron a representar la vida aligerada, sin responsabilidades con los otros, encantadoramente egoísta. Fueron los niños mimados de las ofertas en monodosis. “Somos singles”, decían algunas muchachas, en inglés, como si en español la palabra aún llevara zapatillas de felpa y bata acolchada. Pronunciaban single y se sentían internacionales, más de su tiempo, criaturas que habían pasado del estigma al orgullo, y de la compasión a la envidia.

Curiosamente, hoy seguimos escuchando una frase hecha que les da la razón: “Yo no me caso con nadie”. Las convicciones profundas están en crisis, por ello alinearse moralmente en la soltería garantiza independencia y manos libres. La expresión, de origen popular, viene a expresar lo positivo de ser neutral e independiente y actuar según nuestra propia conciencia. Pero ahora una nueva tendencia social viene a ampliar su contenido, poniéndola en escena: la sologamia, que, sí, quiere decir lo que imaginan: casarse con uno mismo.

Las autobodas están en alza, y dirán que también lo estuvieron los famosos matrimoniados por el rito zulú, pero las historias virales de novios o novias que se comprometen con ellos mismos y su felicidad empiezan a sumar. Una italiana llamada Laura Mesi celebró una boda por todo lo alto, con 70 invitados y su propia figurita en la tarta nupcial. Entrevistada por la BBC, la mujer, de cuarenta años, afirmó que más allá de la “pizca de locura” necesaria para montar un teatro de tal magnitud, lo que quería era mandar un doble mensaje a los suyos: “Antes que nada, debemos amarnos a nosotros mismos”, y se puede “vivir un cuento de hadas sin príncipe azul”. Laura se cansó de esperar alguien para compartir su vida. Y convirtió la frustración en desahogo: traje de novia, ramo de flores y una sortija que, igual que en la vida real, no te pone nadie. Es curioso que uno de los rituales de las bodas sea tan insólito: ese será el único día de tu vida en que alguien te ensarte el anillo.

Las bodas de sológamos, que carecen de legalidad, parecen un despropósito e incluso representan hasta el delirio el fracaso romántico. Pero los solteros, a escala mundial, se multiplican. Son mujeres y hombres que han decidido bailar consigo mismos. Y el espectáculo puede ser tan decadente como vivificador.

[Publicado el 14/11/2017 a las 11:09]

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Reinserción de pasarela

El paisaje carcelario madrileño se agita. Unos entran y otros salen. Los once fiadores de Ignacio González, que en menos de 24 horas reunieron los 400.000 euros que le permitieran salir de Soto Real, demostraron que no todos los gerifaltes destronados están solos. Eso sí que es crowdfunding sobrado. Pero la comunicación verbal no engaña: a González se le nota el impacto del trullo en la piel, menos vitaminada, y en el surco nasogeniano, más socavado. No hubo declaraciones. Cómo iba a regalar cuatro chismorreos a los informadores que, micro en mano, aguantaban los primeros vientos fríos del otoño. 202 días pasó el ex presidente de la Comunidad de Madrid en Soto, pero no de la Moraleja o del Encinar, donde moran los pijos, sino del Real, a los pies de la Sierra de Guadarrama: uno de suyos ramales principales de conoce como la Cuerda Larga, demostrando una vez más que los nombres originales a menudo son afines al contexto.

González pudo celebrar en libertad la festividad de la Almudena, ese nombre que, acaso por la asociación de algodones y magdalenas, nos suena mullido y dominguero, el mismo día que al Ayuntamiento de Madrid le llegaba su particular 155. Sí, Hacienda llamó a capítulo al consistorio declarando que quedaba intervenido, y que cada semana les supervisarían las cuentas porque son unos manirrotos. La alcaldesa y los suyos consideraron tremendamente “injusta y discriminatoria” la medida, ya que, aducen, hay más de 600 ayuntamientos que incumplen la regla de gasto. Manuela Carmena celebró la decisión del ministro peor valorado de España, Cristóbal Montoro, acudiendo a un desfile en la Residencia de Francia. Sí, un desfile, con modelos altísimas, tapices picassianos de fondo, y sombreros oníricos del sevillano Tolentino. Pero era un desfile con truco: De ropa en desuso a obra de arte es el lema de esta acción promovida por la Fundación Fomento para el Desarrollo y la Integración (FDI). El proyecto ha contado con la iniciativa artística de Fashion Art Institute, dirigido por el factótum Manuel Fernández, un creador comprometido e imparable. La primera fase consistió en realizar 24 trajes en el taller de costura de la cárcel de Alcalá Meco con un grupo de presas, del cual ya informamos en estas páginas. Sobre las faldas y los abrigos donados por mujeres tan diversas como Soledad Lorenzo, Ainhoa Arteta o Rosario Flores, se realizaron trajes disruptivos. Una vez la embajada francesa conoció el proyecto, se ofreció a que artistas galos alojados en la Casa de Velázquez, además de otros españoles, intervinieran las piezas. Y así, Charles Villeneuve y Juliette Le Roux, además Rafael Canogar, Adolfo Barnatán o Pilar Albarracín estampan su huella en unos trajes que se expondrán –y venderán– en la Real Fábrica de Tapices el próximo febrero, coincidiendo con ARCO. Los beneficios se destinarán a los proyectos de reinserción presas promovidos por la FDI. Carmena, acompañada de su marido, Eduarda Leira, se mostraba entusiasmada con el resultado: “fue un desfile originalísimo, precioso. Los trajes y los tocados eran extraordinarios, y todo ello apoyado en una idea muy buena y basada en la solidaridad de artistas de toda índole, que piensan en la gente que más lo necesita” , nos dijo. No en vano, ella ha apoyado la reinserción, y no solo con palabras. Carmena impulsó una tienda de ropa infantil solidaria que se llama Zapatelas, -en pleno corazón del hipsterismo malasañero-donde se venden prendas confeccionada por reclusas de Alcalá Meco y Aranjuez.

Este otoño los grandes almacenes apuestan por hombres maduros que parecen suscribir aquella recomendación de Thomas Mann: "pensad como hombres de acción, actuad como hombres pensantes". Y si El Corte Inglés ha elegido al mismísimo Don Draper, Jon Hamm, como imagen de marca, Cortefiel no le ha ido a la zaga al confiar en José Coronado, otro que estrena esta semana, "Oro", la aventura colonial de Agustín Díaz Yanes y Arturo Pérez Reverte. Su representante desde hace treinta años, Majós Martínez, asegura que no se ha quedado con miedo tras el infarto y que vive un momento dorado, que se pasea por la vida como “oro puro”. Carlos Boyero presentó los estrenos de la semana donde Francino, y además de “Oro” habló de “La librería” de Coixet. Y la bestia negra de la crítica cinematográfica nos dejó sorprendidos con su comentario sobre el film: “me ha dejado tocado por los cuatro costaos” dijo, reconciliado con la intensidad de la cineasta y su mirada intimista. Coixet se rompió un brazo, recogió los piropos madrileños, y volvió a demostrar que a pesar de no ser francesa, sus películas siempre tienen ese je ne sais quoi, el estilo coixetesco.

[Publicado el 13/11/2017 a las 18:05]

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No es una moda

Toca recordar el caso Nevenka. Sucedió hace dieciséis años, en una España donde la igualdad entre hombres y mujeres aún se tomaba a cachondeo y, en el mejor de los casos, con una letal condescendencia. La concejal Nevenka se enfrentó a Fuenteovejuna porque, tras mantener una breve relación con el alcalde de Ponferrada, Ismael Álvarez, ella quiso cortarla, aunque este se negara de muchas formas, todas ellas deleznables. He repasado el caso en la hemeroteca. El fiscal la trató con humillaciones del tipo: “¿Quién se cree que es usted, una cajera de Hipercor que se deja tocar el culo para mantener a sus hijos?”. Fue apartado del proceso, pero hubo más afrentas: las palabras elogiosas de Ana Botella hacia el “impecable” regidor, la opinión popular a favor de ese padre padrone que se dedicaba a negocios nocturnos además de empuñar la vara de alcalde. Nevenka Fernández ganó el juicio contra todo pronóstico. La suya fue la primera tipificación de un acoso sexual en la escena política española. No le serviría de mucho: tuvo que irse no sólo del pueblo, sino de España, para poder vivir en paz, sin mofas, ni vacíos. Lejos de un clima de opinión que intercambiaba papeles convirtiéndola a ella en la perversa.

Quien fue fugaz directora de The New York Times, Jill Abramson, cubrió en 1991 el caso de la abogada Anita Hill contra el entonces candidato a la Corte Suprema de EE.UU. Clarence Thomas. Por primera vez en la historia se creaba jurisprudencia en torno a la figura del acoso sexual, nunca antes reconocido. Abramson le confesó a su colega Mau­reen Dowd que lo más escandaloso había sido constatar cómo hombres poderosos empleaban recursos públicos para socavar la credibilidad de una mujer que nunca tuvo el menor deseo de convertirse en el centro de la atención política.

Entonces, la conciencia social era más afín a la virilidad opaca del acosador que a la credibilidad de la acosada. Las que dieron el paso se morían de vergüenza primero, después de soledad. Al papel de víctima había que sumarle la es­tigmatización. La denuncia, muy lejos de sumar, restaba. Han tenido que pasar 26 años para que –gracias a las Anita Hill y a las Nevenka, además de­ ­aquellas y aquellos que han creado un marco de tolerancia cero a los depre­dadores– las mujeres hayan podido confesar en multitud. No es una, sino miles de voces, que se apoyan las unas en las otras para certificar que la aleación ­poder-sexo no consentido es devasta­dora. Hasta los partidos británicos se han unido para combatir la avalancha de denuncias de abusos en el Parlamento. No querían que las mujeres hablaran, y ahí lo tienen. Por supuesto algunos varones, tan irritados como cínicos, dirán que es una moda.

[Publicado el 08/11/2017 a las 13:01]

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Presidio

En Alcalá Meco I se enseña a hacer pan. Una gitana rumana me contó que por fin había aprendido un oficio, que antes de enchironarla no sabía hacer nada, tan sólo afanar carteras. De todas las cosas que se pueden aprender en una prisión, la de amasar harina, agua, levadura y sal y hornear la mezcla se me antoja como encantadoramente perversa. ¿O es que hay otro olor a seguridad, a día limpio, que el del pan recién hecho? Ya de niños, cuando salíamos del colegio a mediodía, agarrábamos la barra caliente bajo el brazo y nos comíamos la punta antes de llegar a casa: la miga blanda y la corteza crujiente se correspondían a nuestra religión particular. Pienso ahora en las conselleras Meritxell Borràs y Dolors Bassa, y en la posibilidad de que se crucen con las presas que conocí en un taller de costura este verano. Esa es otra profesión que enseñan en la cárcel, la de coser y bordar, una manera tradicional de hilvanar las penas. ¿Qué harán las políticas catalanas en su nueva vida entre rejas? Las presas me contaron que lo peor es la entrada y la salida, un miedo turbador apisona la respiración. Tal vez las veteranas les cuenten sus experiencias como mulas; la maleta forrada de cocaína, los hijos bien lejos, la desgracia derramada en litros. Vi el patio, los talleres, el polideportivo, duro de pelar, donde mujeres con mallas de colores chillones levantaban pesas con rabia. Los paisajes dejan huella, no sólo en nuestra retina, también en nuestro interior. “Los instantes en que, tras un chaparrón, se desvela de pronto el gris celeste del cielo, permanecen en nosotros, igual que los instantes en que cae en silencio la nieve”, escribe Adam Zagajewski. No hay peor pesadilla que la de soñarte encarcelada, privada de libertad: puede que te hagas cínica y desdeñes el futuro para siempre, o todo lo contrario, que alimentes la fe en lo invisible. Ardua tarea la de sobrevivir junto a aquellos que han sobrepasado los límites, y, por tanto, son personas temerarias, excesivas, inconscientes o ingenuas… a pesar de que estos sean atributos tan humanos como sus contrarios.

Hay personajes que se muestran ufanos con la entrada de los consellers y conselleras en chirona, parece que les haya tocado una rifa. Berrean agitando banderas, aguardan en aeropuertos y juzgados, condenan a los detenidos exhalando venganza. ¿Cómo serán estos individuos que dedican su tiempo más preciado a ese tipo de escraches? El odio es irracional y disforme, aunque también militante. Aunque resulta una anomalía que tras esta cadena de congojas que ha significado el procés algunos españoles respiren tranquilos y aplaudan el encarcelamiento de estos políticos cuyos ideales derraparon, anduvieron on the wild side, sí, pero sin robar, violentar, estafar ni hacer urdangarinadas ni rodrigoratadas hoy duermen en una celda de los llamados pabellones de respeto donde las rejas chirrían de la misma forma que el profundo desamor entre Catalunya y España.

[Publicado el 06/11/2017 a las 10:56]

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Otoño de caza

Desflorece el otoño por fin, caen las primeras hojas ocres que alfombran el parque de El Capricho, y los machos hispánicos más poderosos que algún día le dieron una zurra a una mujer que no era la suya empiezan a temblar. En Madrid –en redacciones, gobiernos y empresas– están bien identificados los pichas locas. La confesión pública es imparable en Hollywood y en las cortes: hasta el ministro británico de defensa que ha dimitido por ponerle la mano en la rodilla a una periodista –¡en la rodilla, sí! con los carros y carretas que han aguantado muchas periodistas españolas por parte de besucones salivosos–. Recuerdo a una azafata que aún con el susto en el cuerpo, me contó que su directivísimo insistió en acompañarla a casa y, como en las malas pesadillas, el coche acabó en un descampado donde él intentó campar a sus anchas También tengo en mente a aquel político que recibía en albornoz, o a un reportero intrépido que en mitad de la nada le pedía a su compañero de fatigas que se tumbara en la cama porque quería masturbarse mirándolo. A casi todas las mujeres nos han puesto una mano el culo cuando menos lo esperábamos. Algunas contestábamos con una bofetada, otras con una peligrosa risita falsa. Muchos truhanes de la llamada alta sociedad han paseado dos morales: la privada y la pública. He conocido a Ceos que tenían la amante en París, y en verano le ponían piso en Marbella para tenerlo todo cerca. El fin del derecho de pernada es el tema del día, además del look tintinero de Puigdemont, convertido hoy en cómic. Con qué facilidad pasamos de la preocupación al esperpento. El asunto catalán es tratado ahora en este Madrid donde permanecen en los balcones las banderas españolas igual que en un libreto zarzuelero. Ahí es donde hay que pisar para entender la ciudad, el Teatro de la Zarzuela, ese viva la Pepa aplaudido por las espectadoras castizas fieles al cardado y la laca Elnett. Tercera edad hiperventilada y público gay con pluma, sin duda los dos sectores de la población más animosos, despidieron a Rossy de Palma, a quien todos se rifan, en la opereta El cantor de México. A final de mes, se espera allí Silvia Pérez Cruz, que presentará su disco Vestida de nit. La cantante entusiasma a los madrileños por su voz y su belleza que resultan tan exóticas como familiares. Ella no hace de la lengua un género, sino que hace música con el cuerpo entero y en cualquier lengua: portugués, inglés, catalán, castellano…

El rancio abolengo abre la temporada de caza, mientras que las fincas para bodas y bautizos se renuevan a fin de sacudirse la caspa y el verde loden. La Hacienda Campoamor, donde se casan las familias del pijerío mesetario, ha sido renovada por el maestro de decoradores Pascua Ortega. Dorados y espejos, tan en tendencia; vibrantes colores de campo ilustrado; lo clásico –hasta algún tapiz en la pared– y moderno (como plantas colgantes aquí y allá) hermanados y, de fondo, un espíritu rustic chic en busca de filtros de luz. Para la inauguración, hubo un cóctel en un primer salón, donde las etiquetas que reposaban sobre las mesas sentaban a grandes personajes ya fallecidos. Las señoras botoxomizadas buscaban desesperadamente su nombre, aunque solo hallaban los de Sara Montiel, Marlon Brando, Pablo Picasso o Edgar Allan Poe. El segundo salón sí era para cenar: gazpacho, sardinas –ahora manjar de ricos– y solomillo. Allí ser reunieron el cirujano de las vips, Enrique Monereo, Roberto Torretta y su mujer, Carmen Echevarría –los casi consuegros de Amancio Ortega–, Ana García Siñeriz, Antonio Escámez, las hermanas Blanca y María Suelves, la condesa de Carvajal, el empresario catalán Juan Mata, que se autopresenta “exiliado en Madrid”. Hoy, todo el mundo que sale en televisión y en redes pretende ser celebrity full time job. Según los relaciones públicas de la villa y corte, los vips más preciados e icónicos para las fiestas siguen siendo Isabel Preysler y su entorno. “Son las que mejor lo han hecho” me dicen los relaciones públicas: han sabido exponerse sin quemarse. Tamara Falcó felicitó en su Instagram el día Todos los Santos reivindicando “nuestra fiesta cristiana”. Otro nombre cada vez má solicitado es el de Alejandra Silva, novia de Richard Gere, empresaria de éxito muy involucrada en Fundación Rais, que vive entre Madrid y Nueva York. De ella dicen sus íntimos que es “una persona íntegra, solidaria y muy espiritual”. Los apellidos reales ya no venden, excepto los de la Infanta Elena y sus hijos. Es tiempo de cachorros de la alta sociedad, almas budistas y conciencias delatoras.

[Publicado el 04/11/2017 a las 11:55]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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