PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 21 de septiembre de 2018

 Blog de Joana Bonet

Orgullosa locura

De una fiesta increíble decimos que es pura locura; más de un día nos volvimos locos de felicidad y ¿quién no ha aplaudido a esos locos geniales que piensan más allá de lo establecido y desplazan ideas oxidadas? Nos fascinan los neuróticos en el cine, y la psicosis ha sido fecunda en las artes. En cambio, con qué reparo utilizamos cotidianamente palabras como esquizofrenia, angustia, paranoia, depresión o bipolaridad. Michel Foucault, que enfocó la locura con una mirada empática y rebelde, sentenció que “no hay civilización sin locura”. En sus textos señala que la diferencia esencial entre quienes padecen enfermedades mentales –y más aún aquellos internados en instituciones sanitarias– y los que nos hacemos llamar normales es que nosotros representamos la mayoría, y por tanto podemos ejercer el poder de discriminarlos y separarlos. O de oscurecerlos hasta hacerles invisibles. Aislarlos, ignorarlos, prolongar su soledad. Y si en la antigüedad se consideraba loco a todo el que no se integraba mansamente en el engranaje social, el capitalismo ha dibujado un nuevo rostro, que no es otro que el del enfermo mental.

El dato se ha repetido hasta la saciedad: según la OMS, una de cada cuatro personas va a sufrir algún tipo de dolencia mental a lo largo de su vida. “Sería mejor aceptar que cuatro de cada cuatro padecemos mentalmente. Que no estamos tan lejos quienes hemos tenido alguna llufa psicológica de quienes no” me dice Edgar Vinyals, director de la asociación Sarau y presidente de la Federació Veus y de Obertament. Siendo muy joven, le dijeron que no podría hacer vida normal, que su trastorno lo invalidaría. A los 22 leyó dos libros que le cambiaron la vida: La enfermedad de las emociones, de Eduard Bieta, y La invención de trastornos mentales, de González Pardo y Marino Pérez Álvarez. Le aportaron información para contrastar, y se dedicó a luchar contra el estigma.

Ayer domingo, los locos salieron a la calle a celebrar con orgullo la diversidad y su diferencia. A salir del armario y hacer jirones la camisa de fuerza. Edgar me ofrece un dato elocuente: en la sanidad pública, el área de salud mental es la que recibe menos quejas y reclamaciones. Ahí está la prueba de su vulnerabilidad. Además del prejuicio que continúa instalado insidiosamente, marcando la línea divisoria entre luz y abismo. Y eso es tan erróneo como flagrante. Hablemos de derechos humanos, de la velocidad del dinero en la salud privada, de la coerción al paciente, de los métodos electroconvulsivos y de medicaciones cuyos efectos secundarios son más graves que el mal original. En España hay ocho psicólogos por cada 100.000 habitantes. En Finlandia, 70. Hoy las asociaciones de “personas con experiencia de trastorno mental” han entrado en espacios de decisión pública. Su integración y transición es la nuestra, la de todos aquellos que, en la euforia o el apagón, también hemos sentido que estábamos locos.

[Publicado el 21/5/2018 a las 11:19]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Vicente Verdú: Azul y menta

El  25 de noviembre de 2016 acudí a la inauguración de una muestra de los cuadros de Vicente Verdú (Elche, 1942), en Madrid; “Interiores y pormenores” se titulaba.  Al preguntarle cómo estaba, me apartó discretamente a un lado y con la voz, pero sobre todo con la mirada, me dijo: “me estoy muriendo”. Le habían detectado un cáncer. Metástasis. El terror a que se le quebraran los huesos. No sucedió. La enfermedad se convirtió en experiencia literaria. En una medicina. “Es una novedad muy atractiva que te digan que te estás muriendo, y tuve interés en contarlo”, confiesa Vicente. Aquella exposición marcó un antes y un después: “no vendí ni un cuadro”. Coincidió con la quiebra del tiempo: oncólogos, pruebas, Tacs. Escapó unos días a Ámsterdam, donde su amigo Miguel Ibáñez lo hospedó en un invernadero. Y empezó a escribir un poema diario. Hoy es un libro, “La muerte, el amor y la menta” (Bartleby Editores). Hay versos así: “no he conocido un escritor cabal/ que no haya pensado en morirse antes de hora”,  “páginas escuetas, veladuras/de un cáncer de pulmón/(el más elegante del catálogo)”.

 

Mantuvimos varios encuentros antes de la entrevista en su escritorio. En el primero, tras unas cuantas sesiones de quimio, me dijo: “he estado jodidísimo, deseaba no estar en este mundo” o “el sentido de la culpa, el del deber, se han ido a hacer puñetas. He pagado lo suficiente. Me siento liberado. Que excitación me ha producido ir a morirme, un subidón. Había pensado siempre en la muerte de un modo literario y ahora la pienso como un fenómeno accesible”. Nunca había escrito ni pintado tanto. La  creación le ofreció un baile, “una verbena estival”, matiza.

 

Maestro de periodistas, autor de ensayos tan celebrados como “El planeta americano” o “El estilo del mundo”, “Enseres domésticos”, o la magnífica no-novela “No ficción”(Anagrama), poeta y autor de aforismos (acaba de publicar en Anagrama, Tazas de Caldo) y desde hace una década pintor, Verdú ahora compone con la muerte al alcance de las manos. La nombra en casi todas las respuestas, pero también en todas, invariablemente, escapa de la escritura a la pintura.

Su padre quería que fuese un abogado brillante. A los diez años le pedía que describiera un bigote, una pluma, una puerta…y se quedaba sorprendido de tanta precisión. “Mi padre fundamentó mi escritura en las cosas pequeñas, en el mundo de los objetos. Le gustaba Azorín. Aunque los periodistas le parecían lechuguinos y pobretones”. Por eso fue un brillante estudiante de ingeniería sin vocación que se licenció finalmente en Economía y escapó a París: “no quería terminar como inspector de Hacienda”. Estudió Sociología y Periodismo,  “soñaba con la idea de tener un DNI donde, en la profesión, pusiera: escritor”.

 

¿Escribe vestido o con ropa de casa?: “nunca escribo mal vestido”. ¿Ha sentido alguna vez un bloqueo? “He sentido ineptitud. La línea de escritura es una línea muy limpia, igual que cuando no sintonizas bien la radio. Te hace padecer. Cada día me digo: hoy no lo haré bien”. ¿Quién lee sus originales? “Me he quedado sin nadie. Siempre hay un ojo que te dice: ‘no pongas esa metáfora, hombre’, pero yo me he quedado sin él. Han ido muriendo, desapareciendo, desautorizándose…”. ¿Escribe con luz de día? “Es muy importante la luz, y esa sensación gimnástica, la pureza de la recepción de la palabra. Y tener emoción. Si no me siento emocionado, no tengo argumento. La idea nunca ha sido la principal conductora de una página, ha servido para estimular la emoción”.

Crítico pertinaz con la ficción, apela a la realidad, y actualmente ahonda en los finales de trayecto: “Es una solicitud de la circunstancia. Hay momentos en que uno escribe por capricho, por alarde, pero esto era necesario. Sería igual que prescindir de una amante que te devora”. No sublima la escritura, la entiende como un recurso, no como solución. Antes de responder hace largos silencios. Quiere releer a Yourcenar: la pureza, el acierto en cada palabra. Cita a Vallejo y a Salinas. Nunca ha querido parecerse a nadie. “Si no tienes estilo, no tienes alma”. Hablamos del amor y de la muerte. Pero ¿Y la menta? “Es la juventud. Es estimulante y poética. Siempre le he tenido una simpatía a la menta muy grande”. 

[Publicado el 18/5/2018 a las 12:34]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El sexo triste

En la construcción del amor romántico la idea del sexo es gozosa y alegre, la culminación del encuentro. Un descorche de burbujas de placer. No incluye lágrimas ahogadas, ni sensación de extrañeza, vacío, suciedad o frustración. En cambio, no siempre es feliz; bien puede remover fantasmas, agrandar complejos o envilecer a los amantes. Un sexo mecánico, sórdido, egoísta, violento y forzado, sí, todo eso puede caber en su práctica. Porque la falta de verdadera educación sexual sigue causando inmensos desgarros cuando se obvian el deseo y la correspondencia.
 
Según últimos datos del Ministerio del Interior, ya no se cometen tres violaciones al día sino cuatro –y no cada ocho horas, como escribía hace unos días, sino cada seis-. A pesar de que España se halla en la cola de las denuncias en Europa, éstas han aumentado un 28 % en el primer trimestre. Es el resultado de una corriente imparable. Mujeres y hombres alentados por la intensidad de las protestas de un movimiento transversal e intergeneracional instan a los gobernantes a actuar con presupuestos y voluntad política. Pero cualquier medida será infértil si no se invierte en educación en igualdad, incluida la sexual.

Una sexualidad anómala suele esconder roturas interiores. Por exceso y por defecto. En el mismo mundo que habitan depredadores sin culpa ni miedo existen otro tipo de tarados que se hacen llamar incel. Son célibes, y no voluntariamente. Tienen grabado a fuego el rechazo de aquellas que no quisieron darles atención ni cariño. Los incel –se habla ya de “movimiento” misógino- consideran a las mujeres puro objeto de uso. Se han autoconvencido de que nunca serán elegidos, y se desahogan en foros o comunidades donde solo reina el odio contra su enemigo número uno: las mujeres.

Alek Minassian, el chaval de 25 años que mató a diez personas en una céntrica calle de la pacífica y multicultural Toronto hace unos días, se declaraba incel. Seguía las enseñanzas del mártir del movimiento, Elliot Rodger, que se cargó a seis personas en el campus de la Universidad de California y dejó un vídeo en el que sentaba las bases de su rudimentaria doctrina. También declaraba ser el chico perfecto. Tenía 22 años, era virgen, ni siquiera había besado a una chica. “En el día del castigo voy a entrar en la residencia de chicas más importante de la UCSB y masacraré a cada una de las putas rubias, mimadas y pretenciosas, que me encuentre. A todas esas chicas a las que tanto he deseado”. Freud consideraba la sexualidad del individuo su ADN existencial, y sostuvo que, de la represión a la desinhibición, todo pasa por la cabeza y por el pasado. Sexo y porno figuran entre las palabras más googleadas por los jóvenes hoy, cuando la educación sexual parece administrada por internet, sin filtro ni rigor. Y la dimisión de las instituciones implicadas no supone sino una infinita barra libre para sexualidades mal resueltas.

 

[Publicado el 17/5/2018 a las 15:19]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

“Soc d’aquí/ soc estranger”

La doctora del centro de salud pública de la calle Segre, en Chamartín, intentó disuadirme: “¿Por qué te operas en Barcelona, si en Madrid hay muy buenos médicos?”. Hasta que su insistencia empezó a resultar improcedente. Me parecía estar hablando con una promotora de marketing para que la gente se arregle los huesos en Madrid; en veinte años no me habían planteado tal dilema, ni con los partos. La política ha entrado en los dispensarios. Tras su empeño en convencerme, me mandó a que me dieran la baja en el centro de mi madre, tal cual. Así que me instalé durante ocho días en Barcelona, mitad turista, mitad paciente. Llovía y las estelades chorreaban entre geranios. En el supermercado atendían pakistaníes; una mamma siciliana y su hijo preparaban pasta al pesto rosso; y los conductores de los Mytaxi que me condujeron por la ciudad eran, sin excepción, magrebíes o asiáticos. Conversé con una asistenta brasileña, y un enfermero malagueño que hablaban un catalán de TV3. En los palmos cotidianos me encontraba con esos otros habitantes fijos de procedencia diversa que hoy conforman la nueva Barcelona. Viven a gusto aquí, me contaban. ¿Inmigrantes? Su patria permanece envasada al vacío.

Por ello celebré que el president Torra, al que en los medios de comunicación ya han llamado fascista, xenófobo, supremacista, gilipollas o muñeco, recurriera a Palau i Fabre para hablar del extranjero que todos llevamos dentro. “Soc d’aquí/soc estranger. Qui no és estranger en algun àmbit? Qui no se sent diferent als altres en algun moment? La consciència de la pròpia estrangeria ens ajuda a empatitzar amb l’altre: el nouvingut, el singular o el divers en algun aspecte de la seva vida”.

Hubo unos años en los que bastaba la coletilla de internacional para sofisticar cualquier oferta, ya fuese la cocina o el simposio. Costumbrismo y complejos fueron barridos en favor de una mundialización que aún parecía la panacea. Hasta que el ciudadano del mundo dejó de ser ideal para convertirse en el resultado de un modelo global único: el económico. En los noventa, pensadores como Ulrich Beck o Roland Robertson desarrollaron el concepto de lo glocal: “pensar globalmente para actuar localmente”. Suena a beneficio generalizado, aunque en la práctica no haya sido ni tan responsable ni tan exitoso y se haya quedado en un pensar a lo grande.

La acusación del supremacismo catalán aumenta de volumen: menos africanos que los españoles, una raza superior… El discurso vende en el resto de España. Hará falta que Torra repita mucho lo de empatizar con el otro, además de aceptar la extranjería, tanto la existencial como la legal, nudo gordiano del engranaje social: esa nueva identidad plural que ha transformado el paisaje humano.

[Publicado el 16/5/2018 a las 11:43]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

La masculinidad elástica

Durante un tiempo, los perfumes de hombre destilaban notas intensas y amaderadas, del cuero al cedro, tabaco o pachuli, una poderosa narración olfativa que subrayaba su presencia de forma matérica más que orgánica. Eran olores invasivos, colonizadores, podríamos decir penetrantes, se llamaban Brando, Jacq’s, Brummel… Pero aquello no iba bien. La vieja costumbre de rociarse con agua de colonia causaba estragos –incluso vahídos– en ascensores y oficinas, pues la fragancia varonil de la transición española era una auténtico ambientador de testosterona. Los propios hombres se hartaron de oler a machotes hegemónicos y hallaron una salida en el mundo cítrico, la ­lavanda y el vetiver. Un nuevo orden social redefinía los estilos de la masculinidad: ya no había una sola manera de ser hombre sino muchas.

Fue hace más de 20 años cuando una de las mejores narices del mundo, la de Francis Kurkdjian, revolvió entre aromas de barbería buscando la lavanda mentolada para crear Jean-Paul Gaultier Le Male, uno de los perfumes icónicos en la era ­moderna. “La mujer es más sofisticada, busca seducción y exclusividad en un perfume; el hombre es más simple, quiere oler bien, pero también a macho”, asegura otro grande, Alberto Morillas, que acaba de renovar Aqua di Giò Homme de Armani con un componente llamado calone, que aporta sensación de brisa marina. Una masculinidad más deportiva y menos pomposa ha entrado en la prosopopeya perfumera. Olores a limpio, como CK, aguas de iris ­como la de Prada, o los perfumes niche con neroli identifican un gusto contempo­ráneo.

Los jóvenes han puesto de moda un anacronismo de mi época: décalage, utilizado en el sentido de soltar lastre. De rebajar humos. Además de protagonizar una revolución aromática masculina –de la que otro dinamizador de esta industria, José María Pérez Diestro, afirma que se ha feminizado y enriquecido–, los hombres han optado por aflojar nudos. Y los diseñadores les han ofrecido aquello por lo que tanto habían suspirado: el pantalón de cintura elástica. Su éxito es descomunal, y no sólo en chándales, sino en patrones tradicionales. “El resultado es tan convincente que lo que una vez fue declassé seguramente pronto será de rigor”, aseguraba Luke Leitch en The Economist. Antes, los pantalones masculinos necesitaban una explicación para ser flexibles: pijamas, ropa de deporte, tallas grandes y poco más. Nunca se había relajado tanto el dress code, y no sólo en la nueva política y en las grandes compañías digitales. La aceptación social de las cinturas dúctiles y flojas es a la vez una liberación del viejo disfraz de hombre, impregnado de pachuli, con la nuez anudada y la correa bien prieta, conjurando aquel mandato que tanto daño nos ha hecho a todos: “Sé un hombre”.

[Publicado el 09/5/2018 a las 10:32]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Golfos sin golf

La presidencia de la Comunidad de Madrid se ha hecho evanescente igual que una tortilla marinera con salsa verde. La sirven esponjosa en el Qüenco de Pepa, el restaurante del norte de Madrid. Allí tiene reserva fija Fernández Tapias, Fefé, una mesa redonda y muy animada donde se sientan con regularidad y bonhomía Alberto Ruiz- Gallardón, Enrique Cerezo o el actor Arturo Fernández, aleación madrileña donde las haya. La gente bien de Madrid se ríe con muchas ganas. Compiten en carcajadas: cuáles son más contagiosas, más excesivas, más antiguas incluso. Son risas capitalinas, aunque también huérfanas de paraíso. Me lo contaba el otro día un informático que nació en la calle Princesa: cuando llegaba el verano, todos los niños se iban al pueblo, y por mucho que sus padres le explicaran que ellos no procedían de ningún otro lugar que ese secarral, ese kilómetro cero de la hispanidad, él se compungía, forastero de sí mismo por no tener a dónde escapar.

Hoy, muchos madrileños –con o sin pueblo– se sienten también extraños en su propia ciudad. Qué bochornoso espectáculo el del poder el pasado 2 de Mayo, la fiesta que conmemora el levantamiento popular contra el invasor, el orgullo herido y los fusilados de Goya. A Madrid le ha ido mejor con los alcaldes que con los presidentes de la Comunidad, ese artefacto sospechoso desde que el PP empezó a ensuciar la tapicería del sillón principal de Sol. Tanto es así, que el Madrid costumbrista, el ochentero, el financiero, el del visón Benarroch, el de los curas rojos vallecanos, el de los chalets Bauhaus de El Viso y el de los hipsters de Malasaña se siente estafado hasta las trancas. Sólo Joaquín Leguina acudió a la celebración de los fastos regionales, el único expresidente no investigado ni procesado en la actualidad. Y habló pintoresco, sin paracaídas: que si “no podemos meter la institución en un agujero”, que si el problema obedece al fallo en la “selección de personal”… Profesional eufemismo el de Leguina, y a la vez, qué encantadoramente añejo. ¿Así que a la Comunidad de Madrid, un constructor artificioso y centralista que ha acabado por erigirse en autonomía alfa, le ha fallado sólo su departamento de recursos humanos? Aguirre proyectó un Madrid con golf, inspiradísima, después de ver una película, porque había que soñar a lo grande aunque a pocos kilómetros de los terrenos del Tercer Depósito del Canal de las vergüenzas fueran desangrándose los poblaos de la droga como Valdemingómez o la Cañada Real o el macroprostíbulo de Europa: la colonia Marconi.

Cifuentes fue la última chula, pero tuvo buenísima escuela. La pérdida de la decencia del poder madrileño ha sido puesta en evidencia, una vez más, por la calle, que ha salido en tromba a pedir un poquito de por favor. Ya saben, a los madrileños siempre les han gustado más los órdagos del mus que los del golf.

[Publicado el 07/5/2018 a las 13:25]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

La amabilidad como antídoto

La búsqueda de la felicidad, durante la pasada década, se convirtió en el mayor de los ideales. Se escribieron infinidad de libros sobre el tema, se organizaron congresos y se la reivindicó como un logro personal y legítimo mientras el Estado de bienestar decrecía y dejaba al descubierto a la clase media. Un baño de realidad acalló los cantos de cisne. Las broncas fueron aumentando el volumen en la aldea global, y la economía de casino que heredamos reventó las ruletas en la banca. Aún y así nos entreteníamos en elogios de la felicidad, entendida como un trance pasajero, incluso como una voluntad, una conquista. Siempre regreso a madame Du Châtelet –intelectual del siglo XVIII, más conocida, desafortunadamente, por ser amante de Voltaire– y su brillante Discurso sobre la felicidad: no tener prejuicios, sustituir nuestras pasiones por inclinaciones, conservar celosamente las ilusiones, razonar sobre el paso del tiempo, no avergonzarse de haberse equivocado...

Hasta que advertimos que la felicidad se trataba de un ideal demasiado elevado y abstracto cuya búsqueda producía frustración. Acaso por ello una onda expansiva suma adeptos, a pesar del cinismo, que sigue gozando de tanto prestigio. Me refiero a la amabilidad. Es un nuevo nicho de mercado editorial, pero la bondad entre extraños adquiere vigor aunque se trate de pequeños actos invisibles. Así mismo cristaliza en el consumo, con una forma de atender menos ausente. No me refiero sólo a la botellita de agua o a la invitación a graduar la temperatura a tu gusto que te ofrecen los Cabify, sino a los gestos de complicidad, cuidado y solidaridad anónima. Eva Wiseman recordaba hace unos días en The Guardian que “aunque la felicidad y la bondad están indudablemente relacionadas, la diferencia es que la felicidad es pasiva”.

Los enconamientos políticos y la agresividad en las redes tienen su reverso: frente al cabreo permanente de la tertulia pública, crecen las habilidades sociales y emocionales. Nunca se había hablado tanto de empatía, también como valor económico. Hay demanda de historias en positivo, por mucho que el viejo periodismo sostuviera que las buenas noticias no eran noticias. Las mareas ciudadanas abanderan la defensa de lo público, las mujeres se llaman “hermanas” en pleno auge de la igualdad real, un momento histórico que hay aprovechar más allá de la pancarta. Y los jubilados protestan sólida y unitariamente, al tiempo que los sindicatos parecen diluirse en el pasado. La iniciativa ciudadana ha ocupado la primera línea de acción con energía, convencimiento, tolerancia cero ante el abuso de cualquier tipo. Y es que en ningún otro momento de la historia la gente se había abrazado tanto, rompiendo siglos de impostada distancia.

[Publicado el 02/5/2018 a las 12:49]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Cada ocho horas

En nuestro país soleado y optimista, solidario y amable, europeo y pudoroso, cada ocho horas se viola a una mujer. Tres al día. Contando sólo con las que lo denuncian. Porque valientes son quienes, aún malheridas, abren un proceso en el que serán poco menos que humilladas. Puede ser cualquiera: flaca o curvada, joven o madura, pobre o rica, puede estar embarazada, tener una discapacidad, ser mendiga, extranjera, torpe, borracha, anciana, cadáver. Nadie lo ve. Ningún sofisticado control de seguridad, ninguna precaución que no sea la de las propias víctimas potenciales, de media parte de la población española: un 50,94%.

Desde niñas nos criaron con amor, aunque sin escondernos el miedo con cara de hombre malo. Fuimos asumiendo la fragilidad de nuestro cuerpo y la facilidad con la que podíamos ser engañadas. Yo sentía algo parecido al alivio y la victoria cada vez que cumplía años, un poco más liberada de ese terror. En los cumpleaños de mis hijas también lo celebro. Porque afortunadamente descienden los accidentes de tráfico y laborales, la criminalidad vive sus horas más bajas, pero los delincuentes sexuales siguen normalizando la cultura de la violación en la era de la inteligencia artificial, avalados por un antiguo silencio social.

Pero eso ha terminado. La sociedad, siempre más dinámica que las leyes, ha agotado su tolerancia y se ha plantado ante esa idea tan miserable de que una violación significa tener mala suerte. No es la primera vez que la justicia se burla de una víctima, que considera, como el juez Ricardo González –que pidió la absolución de La Manada–, que de los “gestos, expresiones y sonidos que emite la joven” en los vídeos y fotos se desprende su “excitación sexual”. El viejo argumento, vil hasta lo inhumano, de que las mujeres también pueden gozar cuando se las viola ha calado hasta en su señoría. De la descripción de los hechos probados emana un hedor patriarcal que paraliza: “La denunciante se encontró repentinamente en el lugar recóndito y angosto (…) rodeada por cinco varones, de edades muy superiores y fuerte complexión; al percibir esta atmósfera se sintió impresionada”. La elección del eufemismo responde a un punto de vista, a una posición moral deleznable.

Cuatro de ellos tienen antecedentes penales, dos son agentes de seguridad. La mirada subjetiva de estos magis­trados juzgando un delito de género, contemplando desde todos los ángulos el vídeo en el que prácticamente basan la “naturaleza” de la agresión, ha levantado a la calle. Porque sí es la primera vez en que las mujeres, y muchos hombres, protestan en público y en privado de forma masiva. Piden medidas urgentes. La revisión de la ley. Y esa corriente de sonoridad, de apoyo a una chica que ha tenido que soportar una agresión múltiple, física y jurídica, pone en evidencia una ­penosa prosa jurídica, tan retrógrada ­como perversa.

[Publicado el 30/4/2018 a las 10:34]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

¿De qué te sirven los libros?

Me lo preguntó sin esperar respuesta, como si ya la supiera, porque el enfado nos hace omnipotentes y resabiados: “¿De qué te ha servido leer tantos libros?”. Me reí con una carcajada de actriz de teatro exalcohólica, una risa soberbia y llena de respuestas, pero sin ninguna al vuelo –rauda, inapelable– que no fuera: “Sin ellos no sabría vivir”. No hubiera surtido ningún efecto. Al contrario, hubiera prolongado la riña familiar, certificando mi imagen de ensimismada, porque leer aísla, aunque luego te devuelva a la vida con más argumentos. Mi respuesta fue socorrida, de manual: “Los libros me han ayudado a escuchar mejor”, a lo que enseguida pueden contestarte: cuánta gente posee una gran sabiduría ancestral y en cambio no ha leído una sola línea. Pero pienso en lo que se pierden quienes no leen: esa plácida intimidad, la infinita gama de matices, los lugares del alma por los que nunca antes han transitado y cuyo acceso sólo cuesta unos 20 euros.

Leer por placer. Porque sí. Para evitar la condena de las propias limitaciones. Porque te hace viajar por diferentes mundos no ya paralelos, sino ajenos o más exactos que el real; porque te ayuda a entender con mayor finura al otro, aproximar lo diferente, incluso lo desconocido. Leer es abrir la olla del caldo y ver flotar un trozo de pasado o de futuro. Es mirar de cerca, con lupa. Leer es tan grande que no tiene buenos sinónimos. En la recopilación de las últimas conferencias de James Salter, El arte de la ficción (Salamandra), el inmenso narrador confesaba que al abrir un libro siente una especie de advertencia: “Una electricidad que te recorre, igual que con el sexo”. Cuenta Salter que no suele sentirse a gusto con la gente que no lee, desprovista de la amplitud de miras que se va for­jando gracias al contacto con la página impresa donde nada humano resulta ajeno. La relación con los libros no depende de nadie más que de ti: esa autonomía que te proporciona la lectura responde a un elevado grado de libertad, un territorio inviolable, sólo tú sabes qué ocurre en tu mente.

Ayer muchos catalanes compraron libros, hablaron con sus escritores preferidos y consiguieron que, al menos un día al año, la literatura ocupe la apertura de los telediarios. Por un buenísimo libro, hoy, al escritor no mediático –que ha tardado dos, tres años en escribirlo– le pueden dar 2.000 euros. Y si vende los 1.500 ejemplares de una tirada media bien puede asegurar que la felicidad existe. ¿Quién da tanto a cambio de tan poco? Las mejores horas del día o de la noche, la soledad obligada, la inseguridad del adjetivo, el peligro de la metáfora, la exactitud de las palabras, la corrección constante, el ansia de escribir con la misma sencillez de quien bebe un vaso de agua.

[Publicado el 25/4/2018 a las 10:57]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Ponerle hilo a la aguja

Vivimos en la era del cómo, sedientos de pedagogía y demostración, incrédulos ante mecanismos de todo tipo. Nos hemos habituado a las reparaciones –también morales–, a vivir en el desperfecto porque siempre hay algo que no funciona, un instrumento que desafina, sea la caldera o el depósito del agua, la mancha en la corbata o el wifi. La mentalidad del bricolaje ha aterrizado en una sociedad cada vez más lavada de conocimiento y necesitada de instrucciones. Y el término tutor, utilizado antaño en el sentido de “el que cuida y protege a un menor u otra persona desvalida”, ha sido barrido por tutorial, esos vídeos que instruyen en cómo hacer cosas. Desde quitar una mancha de vino de la alfombra persa o crackear el paquete de Microsoft Office hasta dejar de morderse las uñas cuando él o ella no llama.

Si uno busca en YouTube tutorial en genérico, se hallan 251 millones de resultados. Clips para aprender un idioma con más de tres millones de visualizaciones, sobre la forma en la que hay que chutar el balón para que haga un determinado efecto con casi cinco millones y la forma de cocinar un plato de alta cocina con siete millones. Hasta hace apenas tres semanas, también se hallaban demostraciones con arma de fuego, que afortunadamente Google ha decidido retirar tras el clamor provocado por el último tiroteo masivo en EE.UU. La afición a seguir el paso a paso nunca se había materializado con tanta profusión. ¿Acaso no se trata de un pasatiempo infantil? Millones de usuarios confiesan que les relaja, que entran en un embotamiento liviano. Ver hacer y deshacer mientras uno no hace nada acrecienta el placer de lo útil. Entre el público infantil y juvenil, los tutoriales arrasan. Los profesores suelen ser de su misma edad. No sólo buscan consejos para hacer slime casero, maquillarse, aprender un truco de magia o dar el primer beso, sino que se enganchan a los llamados DIY, a menudo insólitos al estilo de la Teletienda, especializados en crear demandas inexistentes. O todo lo contrario, clamores cotidianos, como el que te enseña a colocar los auriculares en los oídos de forma que no se caigan a cada instante.

La base sobre la que se asienta la colonización de la cultura del tutorial se explica por un lado en la desaparición del conocimiento heredado, una sabiduría en minúsculas, tradicional, que incluía ritos de pasaje como aprender a anudar la corbata con el padre o a freír un huevo con la madre. Y, por otro, la evolución, que tan bien han explicado Rifkin o Sennet, de un modelo de trabajo caracterizado por la mecánica de tareas manuales repetitivas –con la consiguiente adquisición de destreza– a otro de mentefactura, donde prima la reflexión y la gestión. También aflora el resultado de la soledad virtual. La voz del tutorial, a través de una pantalla, acompaña a los pequeños a enhebrar una aguja mientras los adultos andamos muy ocupados.

[Publicado el 23/4/2018 a las 10:18]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2018 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres