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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 24 de septiembre de 2017

 Blog de Joana Bonet

De alergias y fiestas

Van remitiendo las alergias, y el todo Madrid se deja ver, ufano y de tiros largos en inauguraciones y fiestas que no caben en veinticuatro horas. Esta primavera se han triplicado los eventos y los estornudos, en parte causados por el plátano de sombra, que necesita poco cuidado, crece rápido y es resultón. Eso mismo podría aplicarse a Madrid: una ciudad desordenada, pizpireta y mocosa, ya sea por la concentración de polen de gramíneas y olivo o fiscales anticorrupción con chiringuito en Panamá.
 
Los profesionales del festejo no se aburren. Van en peregrinación a las citas “imperdibles”, que dicen los cursis: lo habitual son cinco saraos cada tarde-noche, la mayoría en los ejes Castellana-Cibeles-Callao. Caminar por el centro, intransitable y aceitoso, se hace más llevadero con sandalia plana –o chanclas de gimnasio, que esta temporada se llevan con el traje–. Los guiris ilustres se multiplican en la capital. Huyen de París y Milán, cuya noche se ha escuchimizado. Algunos incluso vienen de extranjis para salir de marcha, como el diseñador de Givenchy, Riccardo Tisci, Mario Testino, con y sin cámara, la diseñadora Victoire de Castellane, o la modelo Bianca Balti. Otros, ya peinando canas, como Richard Gere, que incluso enfadado parece que sonría con sus ojos de chincheta, se buscan bolos para amortizar sus “años españoles” .“Es mi Oficial y Caballero” declaró Alejandra Silva, coruñesa, activista e hija del vicepresidente económico del Real Madrid, es decir: rica. Las gallegas son discretas y poderosas. Parece que no están pero lo ven todo. Desde Ana Pastor a Luz Casal o Marta Ortega, que de nuevo volvió a “presidir” el pasado miércoles el desfile de Massimo Dutti en el Palacio de Linares.
 
“Madrit bull”, me decía Ramón Freixa, entre croquetas y abrigos camel –por cierto, aquí cada vez se habla más catalán sin intimidad–, y asegura que es un epicentro del mundo, “una ciudad donde a los VIPs les gusta el buen vivir”. “Hacemos todo lo que no hay que hacer en la first row”, aseguraba otra catalana expatriada, Eugenia de la Torriente, directora de Vogue, desde saludar con la mano a sacar la lengua -modalidad que sustituye al lanzamiento de beso–. Las aristócratas van de trapillo, sencillas y casual, como Miriam de Ungría, princesa y con exitosa carrera de joyera gracias a sus piezas en ónix, o Blanca Suelves, de estampado estilo Carolina en Saint Rémy. Carlos Torretta, pareja de Marta Ortega y jefe de Elite Model, conseguió que la modelo Malgosia Bela abriera el desfile. Malgosia es rara, tiene arrugas y por tanto es una modelo excepcional. La felicito por su trabajo y por su coraje, y se ríe: la valentía va en el sueldo.
 
La programación, cada vez más competitiva, de PhotoEspaña, esa gran idea que dos viejos colegas, el periodista Alberto Anaut y el fotógrafo Chema Conesa, pusieron en marcha hace ya 20 años, visionarios de la precarización de nuestro oficio. Cristina García Rodero con sus peregrinos que tocan el cielo en Etiopía, o Alberto García-Álix, que comisaría ‘La exaltación del ser. Una mirada heterodoxa’, han sido algunos de sus “imperdibles”. Y, al tiempo, el matrimonio Foster, a quien algunos ya han comprado con los Thyssen, desembarcaba en la capital. Elena solo guarda un lejano parecido con Tita, y este procede de la extravagancia que llevan en su memoria genética. Ochoa es otra gallega que sabe mirar, influir y figurar. El jueves se abrieron las puertas de la Norman Foster Foundation en un histórico palacete de Chamberí proyectado por Joaquín Saldaña, donde se conservará parte del archivo del arquitecto, además de piezas de Henry Moore o Brancusi. La Fundación estará dirigida por por la arquitecta María Nicanor –ha pasado por el Victoria &Albert y el Guggenheim de Nueva York– y su actividad ha dado comienzo con el foro Future is Now, que reunió el pasado jueves al filántropo Michael Bloomberg, el diseñador Marc Newson, Nicholas Negroponte, co fundador del Media Lab del MIT, o el artista danés Olafur Eliasson. Lord y Lady Foster, mecenas sofisticados y cool, invitaron a discutir sobre los modelos de ciudad del futuro. Tecnología y arte, élite y comunidad, belleza y delirio. "El futuro es ahora", tan incierto como el polen de los plátanos sombríos.

[Publicado el 06/6/2017 a las 19:46]

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Sobre ruedas

Desde que los futuristas ensalzaran los vehículos como paradigma de la velocidad que tanto les obsesionaba, el coche se ha percibido como una extensión de la personalidad y se le empezaron a atribuir cualidades humanas: “sufre” se dice cuando el motor se colapsa, y también “se porta muy bien, nunca me ha fallado”, tras horas de carretera. La máquina se incorpora igual que una prótesis, no hay más que ver cómo algunos le sacan brillo con la misma delicadeza que si pulieran una escultura. Los niños siempre dibujan coches; dicen los entendidos que los usan simbólicamente como modelo del cuerpo. Y en psicoanálisis se analizan sueños recurrentes al volante: esa pesadilla de bajar una pendiente a gran velocidad expresa una actitud hipomaniaca. El automóvil genera una maraña de identificaciones y dinámicas emotivas. Algunos conductores sufren prestando su auto, otros rivalizan con sus modelos, y de la ira a la libertad, el miedo o los celos, la relación con ellos surte de un repertorio de sentimientos coronados por la ilusión de control.

El que no conduce –como es mi caso– delega ese control en el conductor, aunque si uno paga las cosas son distintas. Si usted entra en un taxi y siente que no es bienvenido: un aroma fétido le expulsa de su interior y el volumen de la radio le provoca migraña, ¿qué hace? Hay taxistas amables que atienden tus peticiones: subir la ventana, seguir tu itinerario o que incluso te invitan a un caramelo. El taxi español es mucho más que un colectivo, es una idiosincrasia. La polaridad impacta ahora en el transporte público y nos preguntan si somos del taxi de toda la vida o de Uber y Cabify, cuando hay días para todo. La mayoría de los taxistas conoce la ciudad a ciegas, tiene experiencia y capacidad resolutiva, a diferencia de muchos conductores de las apps que circulan a golpe de GPS. Pero ¿a quién no le complace una berlina oscura, silenciosa, donde te ofrecen una botellita de agua y te dicen si la temperatura es de tu agrado? En esa imagen prevalece toda una simbología cargada de subtexto político en el sentido que Pierre Bourdieu le dio a la distinción: el color negro significa aquí elegancia, clase, y la radical diferencia entre delante (chófer) y detrás (pasajero), dentro (el individuo) y fuera (la masa).

En el conflicto que ha estallado entre taxistas y conductores de las plataformas late una vez más el terror a la obsolescencia, así como la transformación de oferta y demanda. Las pantallas y el papel, la compra online y el colmado, el dinero invisible y los ­euros en el bolsillo, los días pretenciosos o acaso vulnerables, donde el coche oscuro es una garantía y las mañanas cardiacas de destinos enrevesados en las que el taxi será tu aliado. Le llamamos convivencia entre el viejo y el nuevo mundo, empecinados en el lenguaje de los bandos, cuando en realidad se trata de un solo mundo en el que tendríamos que encajar sin necesidad de ser de blancos o de negros.

[Publicado el 05/6/2017 a las 18:02]

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Los nuevos esnobs

La ilusión de la autenticidad domina nuestras cuitas desde aquel famoso eslogan de Lucky Strike: “It’s toasted”, que no nació de la audacia de un grupo de publicistas como se ficcionaba en Mad men, sino por accidente. A pesar de que un incendio en la fábrica de American Tobacco Company destruyera buena parte de sus instalaciones, el depósito donde se almacenaba el tabaco –metálico– lo preservó del fuego, tostándolo. La necesidad aguza el ingenio. Y George Washington Hill, que sucedería a su padre como gerente de la marca, relató a Time que, paseando por la nave incendiada, su progenitor le preguntó a un compañero si había algo caliente que fuera verdaderamente apetecible: “La tostada de la mañana”, respondió. Y así nació ese “está tostado” que se traduce mentalmente por “es genuino”. La operación les salió redonda, una manera de sacarle partido a la realidad sin falsearla. Convertir las debilidades en fortalezas ha sido una constante del desafío humano frente al destino, y explica gran parte de las personalidades de los genios. “La naturalidad es una pose muy difícil de mantener”, escribía Oscar Wilde en Un marido ideal, y así resumía su forma de exaltar lo extremo. Hoy, en cambio, lo artificioso quiere ser natural, y la autenticidad se ha convertido en una forma de autoridad. Pero bajo esa aura de orgánico, de la etiqueta del huerto o la granja, de casero, también se agazapa lo falso.

El esnobismo se ha actualizado, y unos se arrodillan ante un artista que –con un presupuesto de ciento diez mil euros– ilumina automáticamente una sala vacía cada cinco segundos, al tiempo que otros degustan el peligroso y sabrosísimo pez fugu y lo cuelgan en Instagram para demostrar que su vida es la bomba. Esnobismo y pretensión, a menudo simbiotizados, son términos que no significan lo mismo: los primeros ganan en arrogancia, los segundos en tragicomedia. Dan Fox, en su entretenido ensayo Pretenciosidad, por qué es importante (Alpha Decay), sostiene que, gracias a la pretenciosidad, miles de parias han llegado a ser alguien en este mundo. “La pretenciosidad puede ser una forma de plantar cara al boato y las absurdeces de los poderosos”, asegura, y defiende que si nadie quisiera distinguirse de los demás o aspirar a más no podríamos evolucionar. Y más cuando la crisis ha expulsado a tres millones de personas de la clase media y nunca había estado tan baja la autoestima. La pretensión tiene una parte inconformista: la de querer sentirse especial en lugar de normal. “Nunca fracasarás como la gente corriente”, cantaban los Pulp. El legítimo deseo de dejar de ser uno mismo por un rato, de fantasear con que un día a uno se le ocurra algo tan simple y genial como “It’s toasted”.

[Publicado el 31/5/2017 a las 20:06]

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En modo verano

Cada año, cuando los días se dilatan, y por tanto la vida parece más larga, me pregunto si no somos más de verdad en verano. Con el acto de desvestirnos, al igual que al andar descalzos, sentimos que pesamos menos. Cuando nos aturdimos, a la hora de la siesta, ese momento de parálisis y sombra capaz de posponer cualquier urgencia, acordamos liberar el fardo que cargamos sobre nuestras espaldas. Las obligaciones del trabajo, los malabarismos en casa, las cartas del banco, las colas en ÿ la india, las matrículas, los seguros y los impuestos, la burocracia fina, y la gruesa… Ahí está el sinfín de servidumbres a las que nos entregamos, hasta que suena el timbre de la bicicleta y salimos en estampida. Así era en la infancia. No había otra alegría que se desparramara, incontenible, como la de terminar el curso. Empezaban las horas para dar de comer a los gusanos de seda, jugar al balón, holgazanear en el cuarto, leer, merendar tarde, iniciar alguna colección. Recuerdo los veranos con olor a mantequilla en casa de mis primas de La Seu, que vivían frente a la fábrica de El Cadí. El olor a la nata de la leche me entraba incluso por los oídos, igual que el cloro de la piscina donde Antonia y Amalia me enseñaron a nadar. Se iba cristalizando la idea de que las vacaciones traían una aspiración: la posibilidad de empezar algo, de cambiar de gustos, de inventarnos otro destino, de desalojar
las hojas amarillas del pasado que nos impiden ver la vida en azul.

Podríamos contar nuestras vidas a través de la sucesión de veraneos. Es fácil recordar los destinos elegidos, rememorar amores y olores, paisajes, la lluvia caliente en las tardes grises cuando la mayor ocupación es desocuparse. Porque lejos del lugar común de la indolencia o de la pereza, el verano es un paréntesis vital, acaso la estación del año que representa más fielmente cómo somos sin tarjetas de visita ni disfraces profesionales. En su brevedad se concentra la ilusión de un tiempo que nadie nos arrebatará, y en el cual soltamos los arneses que nos fijan a nuestro propio cliché. 

Hay una frase de Baudelaire, quien muy a menudo fue desconsiderado –humillado incluso– en los círculos literarios, que incide en el tamaño real de nuestra libertad: “En la extensa numeración de los derechos del hombre que la sabiduría del siglo XIX reemprende frecuentemente, hay dos puntos muy importantes que han sido olvidados, que son el derecho a contradecirse y el derecho a irse.” Abrazo el efecto liberador del verano, también su indulgencia y su fugacidad, la ausencia de protocolos, el viento salvaje que nos despeina, la invitación al descubrimiento sin movernos de la hamaca. Y, a la manera de Baudelaire, el derecho a irse de uno mismo cuando nos dé la gana.

[Publicado el 30/5/2017 a las 20:37]

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Desprecio

La semana pasada desayunamos leyendo la noticia del presunto blanqueamiento de capitales de Sandro Rosell, a quien se le atribuye haber trajinado la misma cantidad que Cristiano Ronaldo ha burlado al fisco –de quince en quince millones, y tiro porque me toca–, y nos topamos de nuevo con la evidencia de que los negocios del fútbol son tan opacos como los del ladrillo, el Palau o el Canal de Isabel II, pero se toleran mejor, se llame uno Messi o CR7, como si el ciudadano de a pie, cada vez más adelgazado de espíritu y de saldo, les debiera algo por alcanzar una gloria efímera gracias a sus goles.

Entre tantas noticias de lavandería de guante blanco y señoritingos con jet privado que pueblan las celdas carcelarias, también leímos que los psicólogos especializados en acoso escolar –sobre quienes recae la responsabilidad de evitar autolesiones o suicidios, por ejemplo– cobran quinientos euros al mes. Desde que se pusiera en marcha, el servicio del 900 018 018 –activo día y noche– ha atendido más de 17.000 llamadas: es tarea compleja la de hablar con un menor arrasado, vacío de autoestima y lo que es aún peor, de alegría. Las transferencias experienciales que estos profesionales logran por teléfono son de extrema importancia: sin verlos ni olerlos, intentan transmitirles confianza y un pu­ñado de herramientas que les sirvan. También procuran brindarles el coraje necesario para revertir una situación en la que el débil acaba por creer que merece ser vejado y mantiene en silencio su dolor.

El ministro Méndez de Vigo, al ser preguntado por este penoso asunto, ha echado balones fuera señalando que no compete a su departamento sino a la compañía adjudicataria del contrato público. Y añade que lo verdaderamente importante “es que el servicio sea bueno”. Al carajo con la precariedad que desalienta a los trabajadores sociales que no llegan a fin de mes. ¿Cómo una especialidad tan compleja –y lo son todas las que se refieren a docencia y tutela de niños y adolescentes– puede ser tratada de forma tan despreciable? Siento gran envidia por aquellos países que seleccionan a los estudiantes más brillantes para formarles como educadores. En Finlandia, por ejemplo, es necesario un 9 de media de nota de corte, y por supuesto, están muy bien pagados. La noción del triunfo no se apoya en burbujas y pelotazos, sino en una sólida formación de las generaciones futuras.

Estamos a la cabeza de Europa en temporalidad, con uno de cada cuatro contratos que se firman con esta fórmula que eterniza la inestabilidad social, y cerca de la mitad de los trabajadores se las arregla con salarios por debajo del mileurismo, según un informe elaborado por el sindicato de Técnicos de Hacienda (Gestha) con motivo del Primero de Mayo. ¿De qué sirve diseñar planes estratégicos nacionales si los pilares de los mismos no pueden soportarlos, empezando por el menosprecio hacia aquellos que forman y atienden a nuestros hijos?

[Publicado el 29/5/2017 a las 15:21]

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Escritores de romería

Madrid quema, y las rosas del Retiro se cocinan a un sol rabioso. El aroma a pétalos marchitos y a verdor hervido acompañará a los escritores en su romería durante este verano en primavera. Ayer se inauguró “realmente” la Feria del Libro –que los monarcas detallen los títulos que compran ya forma parte de un principio mediático y simbólico, ignoro si moral–. Creada en la II República como parte de los festejos de la Semana Cervatina, la Feria renueva su besamanos y ofrece libros recién salidos del horno, donde los denominados “autores” estamparan su nombre, cumpliendo con el ritual de la dedicatoria; el sector editorial, junto al orfebre y al de sábanas y manteles, fueron pioneros en inaugurar la tan manida “personalización”.
 
La canícula siempre ha estado ligada a la literatura. “Insolación" tituló Emilia Pardo Bazán aquella historia en la que una madura aristócrata gallega sufre un golpe de calor en una feria y queda atrapada en la tela de araña de un encantador señorito andaluz mucho más joven que ella. Así de brava y moderna era doña Emilia. Las madames Macron han ido ganando terreno: alcanzan una edad en la que ya nada les sofoca. Como Isabel Allende, una de las protagonistas de esta edición, que regresa a Madrid con “Más allá del invierno” (Plaza & Janés). Hace un par de años, cuando publicó “El amante japonés” coincidiendo con su separación de Willie Gordon –27 años juntos–, declaraba que estaba abiertísima al amor y que las veces que había tenido amantes “había sido rebuenísimo”. Allende trae siempre cola. Las filas de lectores ante las casetas provocan feísimas comparaciones. Los famosos suelen arrasar, aunque les hayan escrito el libro, mientras que algunos autores mayúsculos y minoritarios deben refugiarse en el teléfono.
 
En 1977 la prensa madrileña afirmaba “hay más editoriales que partidos de derechas”. Ir a ver escritores se había convertido en un pasatiempo noble y adquiría un beneficio simbólico y reparador, más allá del fetichismo. Algunos se resistían, como el Delibes misántropo a quien le fastidiaba desplazarse cada mayo desde su querido Valladolid. Se cuenta que, en una ocasión, un admirador le pidió una dedicatoria para él y su perro. Delibes, molesto, le contestó que los perros no disfrutan de la lectura, a lo que el orgulloso amo le replicó que el suyo sí, y que, de hecho, él mismo le leía pasajes de sus obras. "Pues fírmeselo usted mismo”, resolvió. Uno de los autores más esperados en esta edición es Juanjo Millás con “Mi verdadera historia”, un libro de pasaje y anclaje, el retrato de un adolescente osado y frágil que no se suelta desde la primera página. Millás, cada vez más ajeno a las fiestas de escritores, tiene la agenda saturada. Le pregunto si se siente a gusto en la caseta: “Cuando estoy dentro, tanto si firmo como si no, me acuerdo de cuando de pequeño me mandaba mi madre a la tienda de ultramarinos a por un cuarto de galletas hojaldradas y 200 gramos de chóped. Me parecía a mí que el dependiente, por el simple hecho de encontrarse al otro lado del mostrador y de manejar con aquella seguridad la cortadora del bacalao, había llegado, signifique lo que signifique llegar. Creo que todo lo que he hecho en la vida tenía que ver con el deseo de alcanzar el otro lado del mostrador. Podría haberlo alcanzado cortando el bacalao, pero, mira por donde, vendo libros”.
 
Entre las firmas más esperadas se cuentan el reciente Premio Alfaguara Ray Loriga, Enrique Vila-Matas, David Trueba, Javier Marías, Rosa Montero, Joël Dicker, otro de los ilustres visitantes foráneos, o Fernando Aramburu, cuya “Patria” (Tusquets) se lo come todo. Pocas mujeres tienen programadas sesiones intensivas, entre ellas: Cristina Morató y su vida de Lola Flores o Julia Navarro, que siempre arrasa. Cayetana Guillén Cuervo debuta con “Los abandonos” (La esfera), libro apuntalado en la saudade de Pessoa, intimista y sincero, que aborda el duelo, la pérdida y la construcción de nuestro propio abandono. “¿En qué momento se me escapó la vida?” se pregunta Guillén Cuervo al certificar que todos tenemos las mismas cartas y que los atajos no existen. O que el calor es el mismo para todos. 

[Publicado el 27/5/2017 a las 14:42]

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Bang Bang

Ariana Grande era, hasta ayer, una portavoz del mundo rosa metalizado de la preadolescencia. En su registro, el de una joven estrella del pop que triunfó en las series azucaradas para niños, los ­tacones se llevan con calcetines cortos, las colas de caballo son muy altas y se estilan traseros como Cadillacs –así lo canta en Bang bang, desinhibida y sexua­lizada: “Bang bang en la habitación (sé que lo quieres) / Bang bang encima de ti (te dejaré tenerlo)”. Sus letras hablan de chicas malas que consiguen que “tu mente explote”, de amores peligrosos a lo Bonnie & Clyde y de feminismo chic. Venden una transgresión tácitamente aceptada en el mercado teen –en España los llamados millennials suman cinco millones de consumidores–, tan audaz como mimado por las marcas. En los ­videoclips de Ariana, en Break free por ejemplo, aparecen monstruos con armas que fulminan a quien les da la gana con rayos verdes. No se trata de indios y vaqueros, pero sigue reproduciéndose el esquema maniqueísta de buenos y malos, mezclando inocencia con se­ducción.

Ayer el mundo rosa metalizado de Grande saltó por los aires en Manchester, ante miles de chavales que apenas se han desperezado de la niñez y que aún no conocen el significado de la palabra atentado. Ver reflejado el terror en la mirada de un niño te horada por dentro. Hay devastación en ello. Como pisar un jardín recién cultivado. En la radio buscaban precedentes comparables y recordaron aquella escuela de Beslán donde murieron 186 niños en el año 2004, o un colegio judío en París atacado hace un lustro. Pero, en Manchester, los terroristas no sólo detonaron una sangrienta bomba entre los más vulnerables, jóvenes que ignoran la yihad salafista y su califato de terror, ajenos también a la creciente islamofobia, chicos que quizás sí sepan que cerca de trescientas estudiantes fueron secuestradas en una escuela nigeriana y que más de cien siguen en manos de sus verdugos tres años después sin que la inteligencia internacional haya sido capaz de encontrarlas. La bomba, que explotó en una atmósfera peinada de risas y efectos especiales, cayó sobre el estilo de vida occidental, sobre los padres que llevan a sus cachorros a conciertos, sobre las madres que siguen sus mismos pasos de baile, sobre las letras tontorronas y picantes, sobre la vida ligera e instagrameada. También cayó sobre los valores que asientan la democracia.

Y además de cobrarse dolorosas víctimas, agranda más la brecha entre los partidarios de la integración multi­cultural y los que quieren volver a le­vantar muros. El terrorismo siempre ha ­sido sinónimo de un mundo cerrado con candado. Su llave es la libertad.

[Publicado el 24/5/2017 a las 15:08]

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Rosas rojas

Los colores suscitan emociones, influyen no sólo en el ánimo, sino en la composición del marco mental que nos hacemos acerca de lugares o personas, y según Goethe –que soñaba con ser pintor– poseen un efecto sensible-moral: no se viste a los bebés de negro ni las novias se casan de rojo, al tiempo que las tiendas de lujo reniegan del verde menta, un color más eficaz en el supermercado. La carga histórica y semántica se incrusta a la tonalidad: Judas vestía una túnica amarilla, yellow también significa cobarde y, en Francia, a la risa falsa se la denomina risa amarilla. La advertencia se sigue señalando en dicho color: hace años distinguía a los judíos o las madres solteras a fin de segregarlos, mientras que hoy es el color de los chalecos fluorescentes en la carretera. Por el contrario, el color tradicional de la pureza, el blanco, ha ampliado su campo de identificación y ahora representa tanto modernidad como perfección, lujo y calidad.

“Definir el color no es un ejercicio fácil”, asegura el historiador francés Michel Pastoureau, experto en colores y símbolos, que explica cómo los significados no sólo han ido variando a través de épocas y sociedades, sino que delimitan fronteras culturales. El luto, por ejemplo, se viste de negro en todo Occidente, mientras en Sudáfrica se identifica con el rojo, en Egipto con el amarillo, con el marrón en India o en China con el blanco. Neurólogos y ­antropólogos han estudiado las emociones que suscitan los colores y que se encuadran en dos grupos: “cálido/frío”, “activo/pasivo” o “pesado/li­gero”, que son reactivas, innatas e independientes de factores como la nacionalidad o el nivel de formación y, por otro lado, la respuesta emocional del “gusta/no gusta” que pertenece a las llamadas preferencias –debido a su carácter reflexivo– que dependen del contexto y la experiencia previa del observador con los estímulos cromá­ticos.

En su recién publicado Los colores de nuestros recuerdos (Periférica), Pastoureau rememora un episodio de su juventud que tiene mucho que ver: enero de 1961, dos compañeras de instituto –de 11 y 14 años– son expulsadas durante una semana por vestir pantalones, prohibidos entonces a las féminas salvo en días de mucho frío. Lo hacía, y no se trataba de vaqueros, vetados por considerarse indecentes. ¿Qué podían tener sus pantalones para merecer tal castigo? Su color. “¡Nada de rojo en un centro escolar de la República Francesa!”, escribe. Han pasado cincuenta y seis años, pero los colores siguen dividiendo. En España, el sentido de la palabra rojo aún produce a la derechona síntomas parecidos a los de la hernia de hiato.

El rojo se asocia con fuego y pasión, acción, fuerza y poder, pero también con peligro, sangre y guerra. Por ello, el espinoso escarlata de la rosa socialista, tras las primarias del PSOE, nos devuelve aquella pregunta de aquel pintor frustrado que fue Goethe: “¿Un vestido rojo sigue siendo rojo cuando nadie lo mira?”.

[Publicado el 22/5/2017 a las 11:47]

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Comuniones a Dojo

El juez Emilio Calatayud, justiciero de película finlandesa, el mismo que obligó a un ladronzuelo de peluquerías a realizar un curso de estilista y cortarle el pelo a su señoría, o que le exigió a un hacker impartir cien horas de clases de informática a chavales, se ha erigido en el aguafiestas de las Primeras Comuniones, el sacramento religioso con el músculo más tonificado. En España 250.000 al año. No siempre es un sentimiento fervoroso el que conduce a este rito de pasaje entre la primera y la segunda infancia, sino esos aires de grandeza endomingada que tanto daño nos han hecho. El juez granadino ha dicho:  “que se nos va la pinza. Lo que antaño era un chocolate con churros y un relojito hoy es un almuerzo master chef, un viaje a Eurodisney y el móvil de última generación”. El nuevoriquismo en la España arruinada –adornada con aeropuertos y autopistas fantasma– ha llegado a extremos risibles: niños que llegan a la iglesia en coche de caballos o limusina y competencia entre familias para ver quien hace un mejor fiestón, crédito bancario incluido.
 
Los  niños quieren hacer la Comunión, tengan padres ateos o budistas. Es como un megacumpleaños con disfraz incluido: mini-novias con crinolinas, y marineritos, un anacronismo agigantado en Madrid.  “No se hace por los regalos” repiten las familias dichosas de reunirse y brindar por el paso del tiempo. Los pequeños no acaban de creerse su papel. Aunque la media de duración de las parejas españolas ronde los quince años, muchas no llegan juntas a la primera comunión de sus hijos. Y ahí está el suculento plato servido con salsa rosa: celebraciones de divorciados que se arrejuntan en la foto con la niña agarrándoles la mano. En mi época, se decía que el de la comunión era el día más feliz de nuestra vida. Lo pensé mucho: “¿soy hoy más feliz que ayer?”.  Sonaba a día de los enamorados. Entonces, ni la reina del blanco, Rosa Clará, ni Juan Duyos o Paola Dominguín se habían lanzado al negocio de los vestidos  de comunión, de diseño, pero teníamos El Corte Inglés, que siempre te da la razón, y en verdad no hay otra cosa que guste más al cliente
 
La mayoría de madres desean que sus hijas vistan de blanco, pero en la familia real solo los adultos se visten de ceremonia. El reinado de Felipe VI se basa en la ejemplaridad, y cualquier detalle suyo vale oro. La infantita comulgó con el habitual uniforme de su colegio Santa María de los Rosales, rito que se estila entre quienes no quieren desviar con vanidades el sentido espiritual de la ceremonia.  Una túnica para comulgar, y un traje para lucir. Así resolvió Nieves Álvarez, una de las mujeres con menos enemigos que conozco, separada hace dos años del fotógrafo Marco Severini. Otros, en cambio tienen que acordar una misma ceremonia y dos convites, porque andan a la greña: así se rumorea que harán los Echevarría-Bustamante, como si la Comunión fuera más difícil de compartir que la custodia.

Esta semana, dos mujeres que nacieron para llevar mantilla, al estilo de los personajes de “La máquina del tiempo”, Lourdes Montes –mujer de Fran Rivera– e Inés Sastre, besaron la bandera española en Sevilla, con tal fervor que el estandarte parecía la mano de Dios o los labios de Brad Pitt, en lugar de un simple trapo. Los padres toreros optan por el formato boda de salón, devotos y solemnes, en la finca rústica, con celebrities y lubina salvaje. “Uno de los días más especiales y emotivos de mi vida!!! Ver a Palomita recibir a Cristo por primera vez” escribía Enrique Ponce en su cuenta de Instagram, donde hacía publicidad a la creadora del traje. Entre los invitados, figuraba media  lista de famosos que trotan de fiesta en fiesta, tipo juego de la oca, vistiendo siempre colores chillones, en especial el amarillo, un color amado por las señoras ricas; ellos con pañuelos floridos en el bolsillo. Cristina Yanes y Miguel Báez, el Litri y Carolina Herrera, Luis Alfonso de Borbón y Margarita Vargas, Genoveva Casanova o Fiona Ferrer.. Familias de segunda vuelta, divorciados y recasados finos que se llevan de maravilla con sus ex y organizan banquetes romanos. “Dejen algo para la boda”, dice el juez Calatayud. No solo para la primera, sino para la segunda, o la tercera, que así se viven los fastos en la España arruinada. 

[Publicado el 22/5/2017 a las 11:37]

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Madre sin guion

No fue sólo el instinto, ni el humano ni el maternal, ni mucho menos el reloj lo que me empujó a ser madre. Fui toda yo, con mi saco de dudas y deseos, el cuerpo ignorante, mi soledad de animal herido, mi concurrencia de afectos gozosos. Fue también mi mente fantasiosa, con mis colecciones de cuadernos, libros, aromas y zapatos. Yo y mi mundo interior quisimos ser madre, con la fuerza de un viento desconocido. Levantamos arenas y arrancamos raíces estériles. Compramos una cuna, buscamos nombre, despertamos en mitad de la madrugada sintiendo sus patadas tan ajenas como propias. La maternidad era entonces una llanura, no la montaña rusa en que se convertiría cuando mi primera hija, Lola, empezó a agarrarse a mi pecho, frágil y fuerte, haciéndome sentir más extraña que nunca. Más yo que nunca. 

Pasé al lado de las madres & co., aunque siempre supe que no sabría hacerle trenzas a mi hija ni peinarla con primor. Tampoco le prepararía croquetas ni guisos como siempre hizo mi madre, ni le conseguiría el mejor disfraz para la fiesta de Halloween. Observaba a las otras: sus hijos comían de todo, complacientes y educados, jugaban con ellos en el parque y parecían reventar de dicha mientras a mí me doblaba el tedio. Pero todo aquello eran en verdad miniaturas, tópicos manidos que determinaban lo que se entendía por ser una “buena madre”: resignada, paciente, sacrificada, protectora, generosa y hogareña, un arquetipo tan interiorizado en nuestra sociedad que sigue sirviendo de patrón para prejuzgar con ligereza a aquellas que se escapan del guion. Incluso a las que han decidido libremente no tener descendencia y, por supuesto, nada hace cuestionar su capacidad de amar.

A los 30 años aún te haces juicios sumarísimos, la vida es una suma de sprints, y la culpa por ver poco a los hijos te pincha por todas partes. Aun así, nunca he sentido la maternidad como una carga, sino todo lo contrario, es el tesoro que me ha salvado en el sentido más absoluto de la palabra. Mi segunda hija nació diez años después, una edad en la que ya debes empezar a practicar la indulgencia contigo misma. Perdí inseguridades, no me preocupaba qué tipo de madre sería. Vera salió brava. En una misma tarde tragaba un sorbo de Sanex, pintaba el suelo, la alfombra y el mantel con plastidecores, jugaba a los cromos con mis tarjetas o pronunciaba por primera vez “luna” y entonces la mirábamos juntas tras la ventana. El tiempo discurre mejor viendo crecer a los hijos. Ahí están sus torceduras y sus pesares. Hay instantes en que cogerías el primer avión que despegara, que te desentiendes por puro agotamiento: “¡Haced lo que os dé la gana!”, pero es un sentimiento tan fugaz como ocioso, una pataleta similar a las suyas. Hasta que ya no hacen falta las palabras. Besarlas es como andar sobre el agua. 

[Publicado el 18/5/2017 a las 18:23]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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