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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 23 de noviembre de 2017

 Blog de Joana Bonet

Golpe de pelo

Cuando una mujer decide cortarse el pelo casi siempre quiere ganar algo, desde comodidad a rigor moral, o liberación. Aunque luego se arrepienta. Actúa en sentido contrario al eterno femenino, a la melena suelta que, según los etólogos, puede asumir un valor expresivo de accesibilidad y en su lugar manifiesta una sensación de control. No es de extrañar que Soraya Saénz de Santamaría haya mudado este verano el peinado y luzca un corte vigoroso que refuerza su potencia energética, o, mejor dicho, su autoridad. Nada que ver con su anterior media melena al viento, suavemente ondulada, de tía normal –que es lo que siempre ha querido aparentar–, la misma que lucía cuando anunció que se haría imprescindible en Catalunya. Han pasado seis meses, y Soraya ahora ha demostrado desprecio a Puigdemont y su patada a la luna, con una solemnidad teatralizada. Compareció sola, como suele ocurrir cada vez que acontece algo grave, marcando distancia y arrugando el labio hacia arriba como tan bien hace la gente de derechas,que parece nacida para pronunciar palabras como: “bochornoso” o “lamentable”.
 
A principios del milenio, una aún veinteañera Saénz de Santamaria, entonces abogada del estado en León, cogió un autobús para Madrid: “Creo que les dio la impresión de que aguantaba bien la presión y por eso me cogieron",contó. Tachada a menudo de no ser más que una tecnócrata, poco proclive a ideologizar mensajes, ​ha sido ​apodada por sus ​ enemigos peleros ​(​que de joven la apodaban “la hormiguita”​)​  "la killer", porque no le tiembla la mano en los pulsos. Ahora, el más conocido de todos los sobrenombres de la mujer con más poder en España es “la vicetodo”, algo rigurosamente cierto. Soraya no parece notar la presión, lo que entronca con la seguridad de quien se corta el pelo en verano, antes de acometer uno de los lances más delicados de su vida: desconectar la desconexión. Pero, ¿acaso el síndrome de Napoleón atañe solo a los varones? Las mujeres de pelo corto y baja estatura siempre han sabido mandar . Mi garganta profunda, a quien llamaremos la Marquesa de Rielis, opina que las de pelo corto son mujeres prácticas, que se ven mal con melena, y añade que Soraya se debía ver demasiado pesada, “porque tiene pelazo, pero le luce tosco”.
 
Estos día hemos padecido una sobredosis revival de otra mujer de pelo corto, Diana de Gales, cuya inseguridad, además de la moda ochentera, le llevaba a creparlo con auténtico desespero. A las inglesas vulnerables, el pelo siempre las ha ayudado a esconderse, lo hacían, con moño, desde Virginia Woolf a la pobre Amy Winehouse, y en cambio no lo necesitaban las excéntricas –y, algunas, pérfidas– hermanas Mitford, a quienes les bastaban sus cuatro ondas sobre los hombros y los hombres.
 
Diana hizo de su pelo toda una declaración de intenciones. Las reinas británicas han peinado voluminosos recogidos con adornos, mientras "la princesa del pueblo" quería ser ella misma, aunque no supiera bien quien era. Cuánto se habló y en cambio qué poco sabíamos de la bulímica Lady Di y su soledad romántica. Siempre pensamos que vivía un affaire con Dodi Al Fayed y al parecer solo se trataba de pasar un buen verano a cuerpo de rey, eso que hacen muchos VIPs que no quieren usar su tarjeta de crédito. Hasta que una medianoche te meten en un coche con un chófer borracho. Sus amigos aseguran que el verdadero amor de Lady Di fue el cirujano paquistaní Hasnat Khan. La historia del mundo está cosida por amantes mudos agarrados a un bisturí. Su nuera, a la que nunca conoció, y su hijo han celebrado de la mejor manera el veinte aniversario de su muerte: con un documental y un embarazo. Kate no se parece a ella. Responde al tipo de mujer que no conoce el Citalopram ni el Orfidal y que se levanta contenta, no en vano fue criada por unos padres que regentaban una empresa de fiestas de cumpleaños con castillos de cupcakes. Pero ahora le rinde su mayor homenaje: las críticas que le han llovido por osar quedar embarazada una tercera vez, rompiendo la traición impuesta por Isabel II hace ya 58 años, la de que sus hijos tuvieran tan solo dos criaturas. No hay nada aparentemente más inocuo y cruel que la palabra “tradición”. Samuel Johnson hizo caber los dos polos en una frase: “las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos, hasta que se hacen demasiado fuertes para poder romperlas”. Pudiera haber escrito “cortarlas”. 

[Publicado el 11/9/2017 a las 11:26]

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Escena familiar

El mar transparentaba su forro y los azules entreveraban sus cuerpos: turquesa, cian y aguamarina, una secuencia inabarcable de Mediterráneo. Nada malo podía ocurrir en aquella cala, agosto a pecho desnudo, el sol ennegreciendo las pieles y achinando los ojos. Los bañistas disfrutaban de la bandera verde, olvidando igual que el adicto irredento las corrientes más traidoras. Una pareja mayor –aunque atlética– empezó a gritarme alarmada: “¿Aquel niño es suyo?”. Y señalaron hacia una colchoneta que transportaba a un chavalito de tres años mar adentro. El pequeño lloraba desconsolado, ni tan siquiera era capaz de pedir ayuda. Después de socorrerlo, le preguntamos, primero en inglés, dónde estaba su familia. “Allí” dijo en español, señalando con el dedo. En la playa, una tienda de campaña de Decathlon fosforita y de espaldas al mar acogía la escena de una pareja acaramelada. El hombre que lo rescató me dijo que apenas se sorprendieron. Le dieron las gracias como si aquello les ocurriera cada día. Y los que seguíamos dentro del agua nos quedamos con mal cuerpo. Nadie había echado de menos a un niño de tres años.

Al cabo de dos días regresamos a la misma playa. Volvimos a encontrarnos al mismo niño. Vimos al padre. Y la vimos a ella, delgada y fina, con unas tetas de cine, que apenas quería mojarse el pelo. No podíamos dejar de observarlos, hasta que el padre agarró fuertemente del brazo al niño y le habló muy severo. Recogieron las toallas. La mujer de la tetas de cine acarició la barbilla del pequeño, ni tan siquiera un beso. Y se largaron, dejándole con una pandilla infantil. Siempre crees que alguien vigila. Hasta que el chaval estalló en un llanto sentido. Se había dado un golpe. Gritaba: “¡Mami, mami…!”. Una chiquilla de ocho años lo consolaba. Les preguntamos dónde estaban sus padres: “Su papá se ha ido con su novia, dice que luego regresa. Mis padres están en el restaurante”. Pagaban la cuenta en el chiringuito, e ignoraban que el padre de aquel niño se hubiera largado, que anteayer la corriente estuviera a punto de llevárselo e incluso me comentaron que no sabían cómo amonestarle.

No pude dejar de pensar en esa madre que debía extrañar a su pequeño mientras el padre descumplía rigurosamente su custodia. Abandonar es también maltratar. Ni pude dejar de pensar en aquellos que desean un hijo como si fuera un pavo de Cascajares, sin conciencia ni renuncias, demasiado apegados a sus egos y sus logros. Hay un debate de fondo, que molesta por su peso moral: ¿ todos aquellos que deciden ser padres y madres están preparados para serlo? A los padres adoptivos se les exigen requisitos, exámenes psicológicos e informes económicos. Pero ¿y al resto? En este resto incluyo a los maltratadores activos y pasivos.

[Publicado el 06/9/2017 a las 16:33]

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Después de

Agosto se nos escapó de las manos sin misericordia. Hubiera podido ser un tifón quien lo barriera del calendario y le robara su azul felicidad, pero fue una furgoneta. La vimos correr. No queríamos herirnos la sensibilidad, pero la agujereamos con vídeos caseros. El dolor trae consigo un morbo incontinente. Los hechos fueron enviador por WhatsApp sin filtro. Los cuerpos, los quioscos, los cochecitos, las piernas atribuladas, las miradas ciegas al tiempo que iban desbocándose los ­recuerdos: los sándwiches calientes del Viena, los travestis del Cangrejo Loco, el pan recién hecho a la puerta de la Bodega Bohemia, el rock, las jams, el Pinotxo. Íbamos a la Rambla a hacernos mayores: primero al Zurich, después al Boadas. Y a buscar la ­prensa, siempre la prensa, abierta las 24 horas.

El kilómetro cero del sentimiento se instaló en el corazón de la ciudad. Y empezó a escribirse una crónica negra, procedimental, política y emocional del atentado. Abortó agosto con su promesa de desconexión, la tregua consentida. Por primera vez no le pedimos a septiembre que aguante con la piel de agosto, ni que nos dure el moreno. Ansiamos el otoño alfombrado de hojas, cambiar de estación y de luz, como si así fuera más fácil variar el estado de ánimo tras el ataque yihadista que no ocurrió en Estambul ni en Raqa, tampoco en Bagdad, sino en nuestra Rambla, al lado del banco modernista donde a los veinte coqueteabas con un chico y él te decía que llevabas un peinado parecido a la de Mecano mientras tú intentabas averiguar si tenía novia. ¿Quién no guarda un instante robado de la Rambla?
 
Se ha razonado todo: ataque contra la libertad, la diversidad, la demo­cracia, Europa, ofensiva por Al-Ándalus… y se ha hecho de todo: análisis, manifestaciones, consejos, medidas, memes. Eran muchachos que recién se afeitaban y se convirtieron en asesinos silenciosamente. Si hay un método capaz de inocular el fanatismo y la barbarie en la cabeza de esos alumnos ejemplares de Ripoll, integrados, modelos del sistema de inmersión lingüística, deberíamos de conocer su prosa. “El sentido de alerta tiene que servir para que seamos conscientes de la amenaza yihadista, que es absolutamente real, además del riesgo de radicalización entre los más vulnerables”, me asegura Carola García-Calvo, investigadora del programa de Terrorismo Global del Real Instituto Elcano. Más de 50.000 radicales campan por Europa. Apenas sabemos nada de ellos. Pero ya no estamos mentalmente lejos de la yihad. Todos sabían que habría un atentado aunque nadie se lo acabara de creer, como si nos protegiera una falsa inmunidad mientras el terror asolaba otras capitales europeas. No le daremos la espalda a la guerra que nos ha tocado vivir, a unos los hará vigilantes fóbicos, a otros los convertirá en modélicos resilientes, pero unos y otros nunca olvidaremos ese terror que es capaz de hacer saltar por los aires el bendito verano. 

[Publicado el 04/9/2017 a las 18:56]

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Aplatanados

El calor aplatana. Cuán plástico es este verbo que nos emparenta con las bananas. ¿Qué tendrá que ver la indolencia, la falta de energía y actividad, con los plátanos? “Dícese de una persona, cosa o concepto que se ha adaptado a la cultura o modo de vida dominicano”, leo en un diccionario de esa isla. La RAE corrobora la definición: esa entrega a la indolencia sobreviene “en especial por influjo del ambiente o clima tropicales”. Adaptarse a la calma chicha, al andar despacioso, a guarecerse en la sombra de los plataneros. Aplatanarse significa la derrota de la verticalidad y de la acción; rebaja ambiciones, aleja del glamur y el liderazgo. Buscamos pistones que nos renueven la chispa. Yo añoro el zumo de chinola, también conocida como maracuyá o fruta de la pasión. Es refrescante, sabroso igual que el aguacate verde tenis que se deshace en el paladar mezclado con yuquitas fritas, y espabila.

El surrealismo caribeño invade nuestra pequeña realidad occidental, y los estragos de la canícula se disparan a través de la pantalla. Los anuncios de televisión han jubilado a la autoayuda. Uno de Burger King afirma que “todos tenemos un punto exagerado de vez en cuando”. Una abogada de Sálvame, tras debatir con Gabriel Rufián e invocar al Foro de Ermua, le pide al presentador: “Ayúdame a bajar, que estos stilettos son fatales para los callos”. En un concurso se informa de que los veganos no toman miel porque sería como si comieran parte de las abejas. Un aire decadente sobrevuela las noticias. Y mientras Trump sigue negando el cambio climático y haciendo suyo el lenguaje de los psiquiatras –igual que su director de comunicación–, los climatólogos predicen que hacia el año 2050 el ­estrés por calor afectará a 350 millones de personas más que hoy. En la actualidad, ese mal vivir se ha du­plicado en el mundo a causa de los 1,5 grados centígrados de calentamiento global. Un calor obstinado que corroe. En el mes de julio se disparan los suicidios. También las separaciones de pareja, aunque las altas temperaturas sólo sean el condimento final. Los amantes necesitan aire acon­dicionado para seguir abrazándose en la cama. Los niños buscan el agua, de cualquier tipo, ya sea una piscina o una manguera. Y los meteosensibles anticipan los cambios de tempera­tura con sus dolores de rodilla o sus jaquecas.

Enderezamos el ánimo porque acaba julio y llegamos a nuestra tierra (mental) prometida: ese derecho a las vacaciones que la gente sensata no cuestiona. Y es así como transformamos la indolencia en libertad. La vida a medio gas libera urgencias y lava condenas. Nos ha costado casi un año volver hasta aquí, y ahora el calor invasor congela las horas, los días no acaban de pasar, y la nostalgia de la brisa nos hace sentir volubles. Pero encontraremos la corriente, pondremos cabeza y cuerpo en remojo y nos aplatanaremos a la carta.

[Publicado el 31/7/2017 a las 16:39]

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La brecha feliz

Cuánto se ha movido el mundo en menos de quince años para que seamos tan diferentes. Me re ero a nosotras respecto a las mujeres jóvenes. Sí, las que nacimos entre los sesenta y los setenta, las que quisimos ser Pippi Långstrumpf en el garaje a falta de granero, la primera hornada de la EGB que vio cómo sustituían el cruci jo del aula y la foto de Franco con la misma normalidad que en casa se cansaban de un cuadro, y que ahora aplaudimos a estas <em>millennials</em> de melenas lacias que parecen tener la llave del futuro.

Nosotras, que reivindicábamos educadamente el trato de “señoras” cuando nos llamaban “señoritas” y ahora maldecimos el enseñoramiento. Las que nos creímos tan modernas y sentíamos una atracción mágica por lo prohibido. Y ellas: valientes, instruidas, determinadas, pegadas a su teléfono; algunas llevan tatuadas mariposas en la espalda. Yo, que solo llevo perforados los oídos, me interrogo sobre la “personalización” de su cuerpo sin entender el gusto que les proporciona tunear su piel. Se abrazan entre ellas como si fuera la última vez que fueran a verse, poliamorosas; repiten “tío” a rabiar, su muletilla de júbilo. Creen en asambleas y cooperativas, no temen discutir –a diferencia de nosotras, que tantos con ictos verbales hemos querido evitar–, revenden lo que sus padres han olvidado que guardan en el trastero, y están dispuestas a plantarle cara al amor romántico, aunque esa audaz cruzada sonroje a académicos muy viriles para quienes el amor o es romántico o no es.

Hace unos días le escuché decir a una muchacha que aún no había cumplido los 20: “No, no voy a perdonar a mi exnovio porque me faltó al respeto. Perdonarlo equivale a fomentar el patriarcado”. ¿Qué estado mental provoca tanta vehemencia? Testarudas, han liquidado de un plumazo idealizaciones, y a pesar de que la precariedad se ha instalado sobre sus hombros, han aprendido a hacer auténticas piruetas para pedalear en el hedonismo. Nosotras creíamos saber cómo sería nuestro futuro. Convivíamos con su fotograma. Hasta que el primer desamor nos alertó de la trampa: la vida no era de una sola pieza. Y, como decían nuestras madres y Virginia Woolf, la independencia equivalía a tener una habitación y un dinero propios. Por ello nos casamos con nuestra profesión, tuvimos hijos, criamos ojeras y perdimos ilusiones.

Y ahora veo a Irene Montero, que ha impresionado a toda España desde que presentara la moción de censura a Rajoy, la primera defendida por una mujer en 40 años. Un cuerpo pequeño y una cabeza privilegiada. Posee una especie de antenas invisibles y no tuerce el gesto si le llevas la contraria, es polemista y vocacional. No está tatuada. Pero como muchas mujeres de su tribu, mantiene encendida la llama de la utopía, y por ello en su mirada prenden encanto y esperanza. Los sociólogos hablan de una brecha, de un cambio de mentalidad y por tanto de paradigma… Jóvenes que no se parecen a nosotros cuando lo fuimos. Bienvenida la diferencia.

[Publicado el 29/7/2017 a las 10:53]

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Campeones sin curvas

Aún se oye el lamento. El grito de la caverna, acalorado porque le han tocado las tripas. Agitados están en su penar los admiradores galantes de la belleza femenina “escultural”, como se decía antes. Mucha tinta ha derramado la presunta polémica: los ciclistas de la Vuelta a España ya no recibirán los besos de “una señorita respetable y en general guapa”, que así definen los representantes de la protesta a las azafatas del podio que hacían textualmente de florero. ¿Adónde vamos a parar? Feminismo infantil. El hazmerreír del mundo entero. No poder hacer las cosas con naturalidad. Todo esto he leído en internet, reacciones a la medida que reprueba la tradición de contratar a dos chicas para darle color a la foto. La organización de la prueba ciclista española ha confirmado que ya no habrá más besos, a menudo a dúo en cada etapa. ¡Qué fantasía de premio: dos chavalas de falda corta y melena lacia entregadas a un besuqueo respingón, instruidas para aportar apoyo emocional y plasticidad a la escena! Y dispuestas a enardecer al público entregando sus mohínes coquetos a las cámaras y al fatigado ganador, que siempre parece mirar al horizonte.

Lo escribía hace unos días Quim Monzó: ¿por qué no les entrega la copa la autoridad o el Rey? “¿Qué sentido tiene que salgan a recibir al ciclista ganador un par de chicas que poco tienen que ver con la competición?”. Se trata de un protocolo trasnochado, en las antípodas de los lenguajes de la igualdad, pero aún persiste la tradición de decorar el deporte con mujeres sexis. El deporte, sí, con su base de respeto, disciplina y fair play. De publicar esas contraportadas con chicas espectaculares de tetas hinchadas y culos redondos, prescritas al común lector de prensa deportiva igual que la dosis del adicto. En verdad se trata de un hecho naturalizado que muchachas con faldita tableada y top ceñido luzcan en las competiciones, ya sea de recogepelotas, animadoras, anuncios de publicidad andantes o aguantasombrillas.

En una ocasión me recibió un veterano director de prensa deportiva; en la antesala olía a carajillo. Charlamos amistosamente y, al despedirnos, le sugerí que encargara para su contraportada una columna escrita por una mujer, junto a la foto de la tía buena del día, que se titulara “Mis queridos machitos”. “Para compensar”, añadí. Hubo risas, pero luego me dijeron que se sintió ofendidísimo: “¿Qué se cree esta, que viene a darme clases?”. Y sí que lo sentí, como los amantes del deporte que durante años hemos soportado esa tremenda anomalía. ¿Por qué el cuerpo de las mujeres tiene que estar tan asociado a las pelotas?

[Publicado el 26/7/2017 a las 12:19]

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La última ambición

Un caluroso día de agosto de 1950, en el hotel Roma de la piazza Carlo Felice de Turín, Cesare Pavese tomó diez dosis de un potente somnífero y murió. Se suicidó cuando ninguno de sus amigos estaba en la ciudad. Lejos de cualquier lazo de afecto, huérfana la tentación de arrimarse a un hombro. En su diario dejó escrito: “En nuestros tiempos el suicidio es un modo de desaparecer, se comete tímidamente, silenciosamente. No es ya un hacer, es un padecer”, y añade: “La dificultad de cometer suicidio está en esto: es un acto de ambición que se puede cometer sólo cuando se haya superado toda ambición”.

Pienso en la violenta muerte de Miguel Blesa, en su último gesto de ambición. Viajó con su arma y una muda. Tuvo el detalle de darle el teléfono de su mujer al guarda. Un tiro, un padecer. El que fue todo un icono del dinero frondoso, dueño de un bosque de millones; un símbolo de esos atajos especuladores. El exbanquero amigo de Aznar escribió su final como víctima de sí mismo, igual que aquel financiero que se arrojó tras el crac del 29 desde la planta veinticinco del hotel Savoy-Plaza, donde se alojaba Churchill, entonces canciller de Hacienda británico. O del hijo de Madoff, que incapaz de soportar los 150 años de condena al padre, se ahorcó mientras su pequeño de dos años dormía en el cuarto de al lado. En el caso de Miguel Blesa hubo también cloacas de altura: tarjetas negras, prácticas desaprensivas, robos desalmados, lujos obscenos. Y acaso la ambición voraz fuera sustituida por la conciencia de vivir entre barrotes, un revés para un tipo que descorchaba los más caros vinos del mundo, como tantos presos exvip de España.

Cuando se suicida un personaje público, de nuevo aflora en los medios un asunto mucho más silenciado que el de la violencia machista. Entre el tabú y el respeto, y el temor a la emulación, autoinflingirse la muerte produce un agujero existencial: ignoramos sus porqués, sus patrones, y preferimos mirar a otro lado. Aun así, es la más heladora de las fantasías con las que juega el adolescente o el parado, mientras para los enfermos terminales consiste en su acto final de libertad.

En el 2015, último año con datos oficiales del INE, se contaron 3.602 suicidios, que frente a los 1.160 fallecidos en accidentes de tráfico nos dan cuenta de la gravedad del asunto, ya que la pérdida de ambición por vivir constituye la primera causa de muerte no natural en nuestro país. Diez al día. Decimos: “¡Qué fuerte!”. Se habla de depresión, drogas, desesperación. Sin embargo, apenas existe voluntad pública para frenar el problema. Catalunya es la única comunidad donde se ha activado un plan estratégico de prevención del suicidio. En su primer año, recogió 1.500 alertas y se activó el protocolo en un 73% de los casos.

Respetamos y a la vez tememos al suicida porque su darse muerte representa la derrota frente a la vida. A pesar de todo impera el silencio, roto de vez en cuando por un nombre en negritas.

[Publicado el 24/7/2017 a las 20:37]

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Posados de Estado

Ahí estaban los cuatro, al pie del Air Force One, sabiéndose observados por el mundo entero, regocijados, agarrándose las dos manos para agitar el cariño, con besos y adioses igual que dos parejas que han pasado un intenso fin de semana juntas y se dicen que tienen que quedar pronto para volver a pasarlo en grande. Porque los Macron y los Trump dieron un recital de socialización al caviar que nos dejó embobados. Con qué agallas se crecía el amo y señor de Francia al lado del presidente más despreciado de la historia de Estados Unidos. Y eso que tras un intenso apretón de manos de cerca de medio minuto pareció perder pie desequilibrado por el rubicundo vigor norteamericano. Más tarde se permitiría restar solemnidad y lirismo a la ocasión y enchufarle a su homólogo un hortera Happy en versión castrense, coreografía incluida.

El pasado 14 de julio, dos países que siempre han hinchado el pecho de orgullo estamparon su rúbrica en una excelente campaña de imagen con una sintonía que resultaba sospechosa a causa de la distancia intelectual, ética y política que media entre ambos líderes. El suyo ha sido un ejercicio de diplomacia –también una demostración de poder– en el que las consortes han vestido la escena. Brigitte Trogneux, que ha firmado su estilo con futurismo retro y, sea capricho o superstición, siempre lleva cremalleras, fue la anfitriona de dos mujeres: Melania y su personaje. La geisha eslovena y la pobre y sufrida esposa que ha merecido la compasión de la audiencia. Por rechazar un día la mano de Trump y por pasear su porte igual que una esfinge que no siente ni padece, ha obtenido una corriente de simpatía y agrado. Sí, ella es la misma que declaró a Vanity Fair: “Hubo mucha química entre nosotros, pero su fama no me impresionó. Es posible que él lo notara”.

Melania Trump no ha salido de su zona de confort. A diferencia de sus antecesoras que dejaron huella, como Michelle Obama, Eleanor Roosevelt, Betty Ford o Hillary Clinton, quienes recorrieron el país de estado en estado dando conferencias y cultivando huertos, ella aterriza en la Casa Blanca con casi medio año de retraso. En cambio, como ha señalado la periodista Kate Andersen Brower, especialista en primeras damas norteamericanas, “vemos a la señora Trump mucho más cuando está en el extranjero, lo cual es realmente inusual”. Dos Melanias, una más bien pasiva y huidiza, florero, y otra queriendo emular a Jackie. Dentro y fuera. Puede que se trate de una estrategia de comunicación: también sufre a Trump, a pesar de la química, pero le encanta lucir a América lejos de sus fronteras. O tal vez se trate de un papel escrito por un audaz guionista de Hollywood: al menos, que ella caiga bien.

[Publicado el 19/7/2017 a las 18:08]

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Latidos virtuales

El mundo de afuera ha atravesado la pantalla y se ha metido dentro de nuestros teléfonos. Por eso los miramos una media de ciento cincuenta veces al día, agitados por un nervio que nos impide desconectarlos y hace muy difícil separarnos de ellos, igual que los amantes compulsivos. Cuando se extravía, nos sentimos torpes y desterrados de la realidad, incapaces de seguir su ritmo. Lo buscamos con histeria en el bolso hasta que palpamos su carcasa a oscuras y la calma regresa a nuestro espíritu. Porque el móvil ejerce de prótesis vital: en él atesoramos nuestro universo particular, desconectamos la alarma de casa y calculamos nuestro azúcar en sangre. Su presencia ha dejado de ser invasiva para acabar demostrando que la virtualidad es la auténtica naturaleza de nuestra sociedad. Y no me refiero sólo a la información, sino a la gestión de lo cotidiano: el teléfono inteligente te explica el itinerario que debes de seguir para llegar a una dirección desconocida –y sin preguntarle, te avisa por mensaje del tráfico que habrá a las seis de la tarde para cruzar la ciudad–, te hace la fastidiosa lista de la compra e incluso controla la temperatura (y el gasto) de la calefacción.

¿Y qué ocurre con el mundo de afuera? ¿Qué nos perdemos mientras mi­ramos las pantallas? ¿Con cuántas personas que tenemos al lado dejamos de interactuar –hablarles, quererles…– mientras enviamos watsaps? Siempre he pensado que el éxito de los teléfonos inteligentes radica en la burbuja de intimidad que proporcionan. Ejercen de cortapisas a la soledad, evitándonos aquel sentimiento tan incómodo que nos colonizaba al llegar a un espacio público donde no conocíamos a nadie y la lectura era refugio insuficiente para sentirnos a salvo. Hoy, en cualquier circunstancia engorrosa –lo advierto cuando las personas no quieren relacionarse– uno se sumerge en su “verdadero mundo”, portador de señas de identidad, bagajes y, sobre todo, recuentos, que los investigadores utilizan cada vez más en sus cálculos.

En la Universidad de Stanford, acaban de estudiar la actividad física en más de cien países gracias a los pasos contados por nuestros móviles. Los ­españoles damos 5.936 pasos al día, de media, y la cifra nos coloca en el quinto lugar del ranking. No prima la narración de los pasos, sino el número. Mientras tanto, lo físico, lo palpable, va camino de convertirse en una reliquia de aquella vida antigua en que nos col­gábamos cámaras pesadas, mandábamos cartas, íbamos al videoclub o al banco. La comunicación humana, con sus aristas pero también sus epifanías, va siendo acotada por la inteligencia artificial que domina la forma de relacionarnos. Siempre que tengo que ­pagarle un café a una máquina, me arrugo de fastidio. Allí donde dejabas unos buenos días, y absorbías fugazmente la presencia del otro, hallas un silencio digital, que te hace sentir más cerca del mundo virtual que del que estás pisando.

[Publicado el 17/7/2017 a las 16:17]

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Malas madres

En los últimos tiempos abundan las voces de mujeres deseosas de desmitificar la maternidad, y no dudo de sus buenas intenciones, pero cuán difícil resulta deslucir esa corona. Desde los llamados clubs de las malas madres hasta las películas y series protagonizadas por ídem, o los blogs de mujeres que ponen en común sus desencuentros con el rol maternal, se pretende desafiar la mirada social con la que aún se escruta a una madre: allí comparten sus experiencias, se ríen de sí mismas y se atascan en algunos tópicos, que van de la fragilidad emocional posparto al tedio del parque.

Sí, esa escena universal: mujeres y niños encerrados en un redil como parte de un mandato heredado, y a la vez una dulce condena tan sólo redimida por la sonrisa de los niños. De un amor que salva y regenera. ¿O no lo dicen casi todas? “Lo más importante de mi vida son mis hijos”. Aun así, en el discurso público apenas aparecen las madres. He advertido cómo muchos se sorprenden cuando, en algunos foros, se me pide que me presente y primero de todo digo que soy madre. Cómo callar esa condición que abarca tanto tiempo mental y real, y que estructura la vida de muchas mujeres.

“Las madres no escriben, están escritas”. Es una frase que encuentro en un viejo libro de Alba Editorial, Maternidad y creación, compilado por la fotógrafa Moy­ra Davey, que reúne diversos textos de Doris Lessing, Elizabeth Smart, Margaret Atwood o Toni Morrison, entre otras, sobre la experiencia de la maternidad y sus contradicciones. Se trata de una cita de Susan Rubin Suleiman, y se refiere a la teoría freudiana según la cual la artista habla desde la posición de niña más que de madre.

Aquellas que se dedican a la creación deben asumir renuncias: algunas de las autoras se pospusieron una novela para cuando sus hijos fueran mayores o aplazaron exposiciones que ya nunca se harían, mientras su espacio mental se llenaba de frustración y culpa, y creían que sus hijos lloraban siempre más fuerte que los de los otros. La escritora Annie Ernaux, entonces recién casada y cargada de tareas, se advierte a sí misma: “Nada de fregar, y menos quitar el polvo, el último vestigio, tal vez, de mi lectura de El segundo sexo, la historia de una batalla inútil y desesperanzadora contra el polvo”.

La figura de la madre posee una alargadísima y negra sombra: a veces apasionante y otras insoportable, tiene aristas y para muchas es redentora, y más hoy cuando tener un hijo es una elección personal y no una obligación. En Cuentos escogidos (Seix Barral), de Joy Williams –soberbios y tristes–, me sobrecogen esas madres solteras, jóvenes y alcohólicas que pierden el mundo de vista. El juicio a la mala madre empieza por cada una de nosotras.

[Publicado el 12/7/2017 a las 18:07]

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Foto autor

Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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