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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 9 de diciembre de 2018

 Blog de Joana Bonet

El amarillo es el nuevo negro

Qué ha ocurrido para que las prendas negras hayan empezado a reducir ventas mientras los colores flúor, clorofila y magenta desbordan las pasarelas y copan la principal calle de la moda que es Instagram? La hegemonía del azabache, que durante décadas ha sido símbolo de elegancia, rigor y esbeltez, minimalista y sexy, capaz de transmitir ascetismo o rock & roll, se desvanece ­incluso como color protesta. Según la agencia WGSN, el pasado enero la ropa de colores brillantes suponía un 20,2% de la oferta del mercado británico, al tiempo que la de color negro caía y el amarillo vivía una evolución espectacular, con un aumento de hasta el 50%. Este fue siempre un color optimista y vacacional; un color de ricos de Palm Springs o Montecarlo. Aunque pocas famosas se atreven con él: Amal Clooney lo eligió para casarse ajena a supersticiones, y la reina de Inglaterra –que no escatima en visibilidad– lo utiliza sin reparos, igual que el verde lima. En las calles catalanas, los independentistas han elegido esta tonalidad gritona para pedir la libertad de sus políticos encarcelados.

Del negro victoriano, significante de clase y luto, al little black dress de Coco Chanel –inspirado en los uniformes del servicio–, este no color ha sido durante décadas algo más que un código de moda, un emblema existencialista al que el punk le añadió agujeros, suciedad y desafío. Y ya no tuvo adversario en la posmodernidad. Hoy, en cambio, los analistas de tendencias pronostican su declive, que responde a la suma de varios factores: para empezar, nos hallamos en la era más visual de la historia a golpe de clic. También pesa –y mucho– la cuestión del género y la afirmación de la propia identidad. Nuria Basi, según ella misma una de las primeras mujeres cuota, me explicaba que cuando iba a ser la única fémina en un consejo elegía un traje rojo. Porque vestirse de oscuro o con tonos neutros, “como un hombre más”, ha sido un recurso entre aquellas que han ejercido poder, sin riesgo de despertar efectos secundarios: sea mofa, lujuria o desprecio. ¿En qué estado mental vivíamos al considerar que una mujer con mando vestida de colores vivos podía resultar una provocación o una frivolidad?

Nuestra sociedad infantilizada se comunica con dibujines heredados de la cultura pop y los cómics manga. Las relaciones se han digitalizado abrazando un mundo animado con todo tipo de mohines que parece sustraído de las factorías Disney o Pixar, porque vestir a un bebé de negro sigue siendo una excepción. Las pasarelas demuestran que el color saturado ya no equivale al exceso, sino que responde a una actitud empoderada por mucho que pierda glamur y hiera a los ojos.

¿O la vida no era un circo?

[Publicado el 26/9/2018 a las 13:50]

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No me llames loca

Un tribunal francés ha dictado que a Marine Le Pen se le practique un examen psiquiátrico, y la croissanterie política se ha arrugado al completo, desde la discretona burguesía hasta la izquierda despeinada de Mélenchon: mon Dior!, cómo van a psiquiatrizar la política, por disparatada que sea, han reaccionado. El caso de Marine, dejando de lado su freudiano combate con el padre –un ultra desfasado que quería convertir el país en un salchichón con denominación de origen–, ha preocupado a los jueces, que ignoran si es capaz de distinguir entre el bien y el mal.

Le Pen es una mujer didáctica que no conoce melifluidades, siempre a la greña con propios y extraños. En el 2015, un periodista comparó la propaganda de su partido con la del autodenominado Estado Islámico y ella respondió implacable, sin tonterías: ¿Cómo podían compararla con los bárbaros salafistas radicales? Por ello colgó en su cuenta de Twitter varias fotografías de ejecuciones yihadistas. “¡Esto es Daesh!”, escribió en uno de sus tuits junto a las fotos de un soldado sirio aplastado por un tanque, un piloto jordano quemado vivo dentro de una jaula y el cuerpo decapitado del periodista norteamericano James Foley, cuya familia tuvo que apelar al respeto. A Le Pen se le atribuye un delito de difusión de imágenes violentas que atentan contra la dignidad humana. Me pregunto qué ocurriría si todas aquellas personas que son a menudo acusadas –muy banalmente– de nazis inundaran las redes con los horrores del Holocausto a fin de defenderse. La piel descarnada de la humanidad seguiría sangrando. El caso es que Marine ha dicho que ni loca dejará que le hagan el test de salud mental.

La relación entre política y desórdenes mentales es ya muy extensa, e incluso parece demostrado que el 75% de quienes han ejercido de prime minister en Gran Bretaña sufrieron desórdenes mentales significativos. Los ha habido en todos los continentes: megalómanos, obsesivos, narcisistas y psicópatas. Rafael Trujillo, dictador de la República Dominicana, nombró coronel a su hijo de siete años; Lindon B. Johnson, sucesor de Kennedy tras el magnicidio de Dallas, probó al llegar todas las duchas de la Casa Blanca y, días más tarde, ingresó en un hospital preso de un ataque de nervios porque ni la temperatura ni los chorros de agua eran los adecuados; y Kim Jong-Il, padre del actual mandamás norcoreano, sólo comía aquel arroz que había sido cocinado sobre un fuego hecho con madera traída del sagrado monte Paektu. Por no recrearnos en Trump y sus patologías confesas. Ahora bien, ojalá estos líderes que actúan como niños malcriados y tiranos aprendieran de la sensibilidad, la resiliencia y la empatía que poseen muchas personas con trastornos mentales. Bien lo dejó dicho Julio Cortázar: “No cualquiera se vuelve loco, esas cosas también hay que merecerlas”. Porque los locos de verdad acostumbran a estar mucho más cuerdos que quienes se presentan cual mesías justicieros.

[Publicado el 24/9/2018 a las 15:16]

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Acentos como narices

Me recreo en los acentos ajenos y en los familiares; los unos encienden mi curiosidad, los otros influyen afanosamente en el ánimo. En los clásicos formatos televisivos en los que se les hacen preguntas transcendentes a niños –del tipo “¿quién es Dios?” o “¿qué es la justicia?”–, lo que más me arrebata son sus acentos puros, aún sin filtros, marcados de origen y aprehendidos de la tierra. Siento debilidad por los que entonan en catalán occidental, acento mucho más escaso en los medios audiovisuales que el oriental, una vieja discriminación que parece asumida. Y más aún cuando deslizan alguna palabra antigua que me hace retorcer de risa al conectar con un lugar de la memoria donde habita el reconocimiento de la tribu.

También me maravillo ante los balanceos de consonantes que parecen patinar como las eses venezolanas o las tes mexicanas, que golpean con eco. Y qué decir de las oes cubanas exhaladas desde el ombligo igual que un tenor. Son postales fonéticas que te traen el eco de orígenes lejanos, como si el viaje viniera hacia ti sin moverte de sitio. Los acentos sig­nifican pluralidad y riqueza. Un mismo idioma altera su fonética dependiendo del lugar donde hayas nacido, del barrio donde te has criado, de la gente con quien te has mezclado, de capas y capas de barnices vitales que moldean el habla y educan el oído.

A los de Jaén y Granada no se les borra la e abierta aunque lleven años fuera. En Palencia –y así lo demuestra Pablo Casado día a día– convierten a menudo la d final en z. Cuando viajo a Galicia, de forma inconsciente me mimetizo con su cantiña y empleo sus mismos diminutivos, que deshacen la ñ castellana en una n y una h, espaciándolas. No sólo se trata de una reacción empática, sino que responde a la ambición de fusionarse en el todo.

“No tener acento es imposible”, afirma Roberto Rey Agudo, director del programa de idiomas en la Universidad de Dartmouth, y añade que no existe nada parecido al inglés o al español perfecto, pulido y aséptico. “Decir que alguien no tiene acento es tan creíble como afirmar que alguien no tiene rasgos faciales”.

Porque uno puede perder el poder, el bigote y hasta la memoria, como parece haberle sucedido a José María Aznar –que ayer comparecía en el Congreso–, pero nunca su acento. No me refiero a aquel ridículo deje tejano que impostaba con su compadre George Bush jr. cuando aún no sabía inglés sino a su castellano de Valladolid, que, pese a lo que se afirma, no tiene nada de neutro. Y, en el caso de Josemari, es fosco, sibilante y sonoro en las eses y enjuto en las guturales. El acento muestra no sólo quiénes somos, también quiénes nos empeñamos en ser. Porque, igual que la familia, no sólo se hereda sino que se construye.

[Publicado el 19/9/2018 a las 13:48]

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Másters de boutique

Mis amigas y yo teníamos un truco para estudiar: lograr la chuleta perfecta, la que en menos papel contuviera mayor información estratégica y legible. A fuerza de repetir tantas veces lo mismo, haciendo callo en el dedo corazón, memorizábamos sin querer fechas y reyes, de forma que ya no las necesitábamos aunque permanecieran en nuestro bolsillo, arrugadas y húmedas de tanto manosearlas. Muchos de quienes nos licenciamos en los noventa no codiciábamos un máster, nos bastaba con dejar de ser una carga para nuestros padres, empezando desde abajo y donde la vocación o la for­tuna nos hubieran lanzado. El cono­cimiento era un valor supremo, y las ganas de husmear en su corte nos hicieron aprendices au­to­didactas: la honestidad iba en el sueldo.

El prestigio intelectual nunca fue condición sine qua non para presidir un país, al menos así lo ha demostrado la historia. Pero sí lo fue la veracidad. Que lo que decían ser y creer nuestros representantes fuera honesto y verificable. Hoy, cuando ya se han caído todos los mitos y el poder ha corrompido aquello que ha tocado, desde la Iglesia al fútbol, la credibilidad de la universidad queda gravemente cuestionada a causa del chiringuito de la Rey Juan Carlos, cuyos alumnos matriculados hoy se avergüenzan al pronunciar su nombre. El adorno curricular ha generado un auténtico género periodístico, porque las imposturas ya no quedan en anécdota con la imposición de una ética global. “Burbujas de la prensa de Madrid”, lo califica el president Torra, cuando por copiar sus tesis dimitieron dos ministros de Merkel: el aristócrata Karl Theodor zu Guttenberg y Annette Schavan; y en Hungría tumbaron a su presidente, Pál Schmitt, por lo mismo.

La pureza del conocimiento debería ser inviolable, pero ¿quiénes son los rectores de nuestros rectores, los jueces de nuestros jueces, los vigilantes de nuestros vigilantes? Los círculos de poder endogámico actúan de la misma forma. Sacan tripa, no dan explicaciones ni responden, y, si se les molesta, amenazan con tirar de la manta. Debería hacer autocrítica la universidad española: ninguna de ellas figura entre las 200 mejores del mundo. En su libro póstumo, Pensar el siglo XX (Taurus), Tony Judt lamentaba el paso de “una meritocracia social e intelectual a un sistema regresivo y socialmente selectivo de educación secundaria en virtud del cual los ricos podían de nuevo comprar una educación a la que los pobres no podían acceder”. Bien lo expresó la exministra Carmen Montón, tan mal aconsejada, con su frase eslogan: “No todos somos iguales”, queriendo marcar distancias entre los tipos de fraude y de cáscaras vacías. Hay quienes sólo le echan codos para conseguir un grado, y quienes logran un máster con puente de plata, sin embargo siempre ignorarán la íntima satisfacción del esfuerzo intelectual. Y probablemente no les importe nada porque se han acabado creyendo su propia mentira.

[Publicado el 17/9/2018 a las 12:23]

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También se duerme en la cama

La soberbia posmillennial se alimenta en la cama, el lugar preferido de los adolescentes. Viven más de la tercera parte del día en ella, tumbados en posición de estrella marina o de ravioli, y no se creen vagos, todo lo contrario. Sobre el colchón, las sábanas abatidas a los pies, comen, beben, se entretienen y comandan sus sentimientos desde una pantalla. En Francia, nueve de cada diez chavales no van al catre sólo para dormir. En Le Monde, le preguntaban sobre el fenómeno a un psicoterapeuta afamado, Pierre Lassus, que aseguraba que no hay que alarmarse, que este hábito consiste en un ejercicio de libertad, un rito de pasaje en su formación.

 

Es su territorio inviolable, atesoran la sensación mullida, la penumbra que todo lo retrasa. Hay tantas cosas que no pueden sucederte en la cama, deben pensar, sintiéndose a riesgo de casi todo, excepto de la propia mente que se ha habituado a la indolencia. Los de la Generación Y o Z deberían leer Oblómov (Alba); disfrutarían con el encantador personaje de Goncharov, un radical la vida echada cuya desafección del mundo únicamente halla acomodo en su lecho. Porque ellos han sustituido la verticalidad por la horizontalidad. Aseguran pensar mejor postrados, y así, estudian, escriben, cabecean y socializan en redes desde ella, con su bol de cereales o su lata de refresco.

 

La viuda del escritor Juan Carlos Onetti, la violinista Doris Muhr, comentaba recientemente algunos aspectos cotidianos de su vida en común. “Juan dormía, comía, leía y hacía el amor, todo en la cama, porque consideraba que era donde pasaba todo lo importante, pero en realidad era pereza”, confesó. Ahora, una cosa es ser Onetti y permitirte creer que en el lecho ocurre todo lo importante, y otra empeñarse en vivir echado. Al extremo de que a tal patología se le denomina clinomanía, una enorme desgana, además de una impotencia atroz para despegarse de la sábanas. Los expertos lo diferencian de la pereza, y aluden a una glorificación exagerada de la intimidad. Y a una negación a la vida activa.

 

Las madres recogemos latas vacías cuando los hijos no están en su cueva. Les llamamos vagos. No abren un periódico. No comen conejo, y si se lo recriminas te dicen que lamentablemente fueron socializados para no comerlo. En su determinación se refugia el malestar, un freudiano matar al padre o a la madre azuzado por el cambio de paradigma que tiene a sus viejos tarumbas. Más que nunca, la cama ocupa el centro de su vida, libres y a salvo, sin necesidad de añorarla como los adultos, que nos mantenemos de pie pero desearíamos dimitir de la bronca nacional y hallar solaz sobre el colchón y la almohada, en ese pequeño templo de la condición humana.

[Publicado el 12/9/2018 a las 12:56]

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Lujo de juguete

Cómo no va a haber crisis de manteros si les llamamos a gritos para relamernos con sus Gucci y Vuitton a cuarenta euros sin necesidad de viajar a Chinatown, una procesión muy estilada en los noventa, cuando los españoles de clase media regateaban en los Rolex y Cartier con ahínco vicioso. A cuántas señoras perladas he oído encargar en la acera otro igualito para su cuñada; pronuncian marca y modelo, redichas, con el mismo orgullo que si fuera auténtico. Sin escaparate ni mostrador, pero brillando en sus poliespanes, se ofrecen como una mentira piadosa.

La vida sirve paradojas: subsaharianos que escaparon en patera de hambrunas o guerras civiles sobreviven a fuerza de diferenciar un Chanel de un Michael Kors. Qué entienden plagios y patentes. Son los ángeles del lujo para currantas o jubiladas que desearon llevar un bolso de marca y nunca pudieron costeárselo; ahora lo tienen, aunque sea de juguete. Y para las millennials low –las niñas mimadas del consumo global, que se proyectan en los valores de sus marcas con frenesí– el primer contacto con la firma soñada es el top manta.

La proliferación en el espacio público de estos tenderetes sin techo responde también a una demanda sumergida, la de una clase media desencantada, privada de la posibilidad de calmar sus infiernos con el opio del capricho. La burbuja del lujo es tan poderosa que a lo largo de los últimos veinte años ha triplicado su valor –de 97 a 262 billones de euros–, según el último informe de EAE Business School, Radiografía del nuevo universo del lujo, dirigido por el profesor Eduardo Irastorza. A pesar de la crisis, el paro, la austeridad y todos los temblores que han padecido profesiones y empresas, el lujo crece imparable, acompañado por el fulgor que contiene su palabra en todos los idiomas. En nuestro país nunca había habido tantos ultrarricos (quienes declaran fortunas personales superiores a los 30 millones de euros), según datos de la Agencia Tributaria. El llamado lujo experiencial y el luxury transportation son nichos al alza, además del marketing de las ciudades: viajar para ver escaparates y cenar entre estrellas Michelin colma aspiraciones y produce un sentimiento confortable.

Pero hay un dato romántico en el informe: nueve de cada diez de las marcas de alta gama más consumidas son europeas. Por algún lugar tenía que salir la frustración. El abandono de esa idea de Europa parecida a sus cafés, que hoy no es ni agua azucarada, recobra vigor espiritual. Los relojeros suizos, los curtidores franceses, los mecánicos alemanes y los poetas italianos que insuflaron de alma a un nombre han logrado que su memoria permanezca. Crearon un concentrado de deseo que se ha globalizado. Desde sus orígenes, lujo mundial sigue siendo liderado por un viejo continente, cuna de la cultura occidental, que no sabe muy bien qué hacer con sus top manta y sus copias falsas.

[Publicado el 10/9/2018 a las 13:52]

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Amarga recompensa

Nada más empezar las vacaciones me robaron. El mismo día en que estrenas un estado de ánimo expansivo e inquebrantable gracias a la fortuna de regresar al mar de todos los veranos, al deseo cremoso de la arena de Es Calo y de los tomates de huerto de Barbaria. Riquísima me sentía yo con mis dos semanas, todo hojas en blanco, el teléfono debidamente silenciado, cuando fui a comprar los billetes para el ferry y dejé mi equipaje al resguardo de mi sacrificada familia. “¿Dice papá que si tienes tú la bolsa?” me preguntó la niña al instante. Ese ligero temblor de piernas, palparte el cuerpo al acto, buscar donde no hay, perder la cabeza hasta aceptar que ya no tienes lo que tenías. Los ladrones observan sin ser vistos. Son magos haciendo desaparecer objetos en lugares de tránsito, rateros del descuido. El delito tiene alas en los pies. La pena resignada, en cambio, es de larga digestión.

En mi bolsa llevaba un iPad Pro, las gafas de ver, una cartera, un sombrero comprado en Los Angeles –¿cuándo regresaré yo a Venice Beach?– y un cuaderno de tapas rojas. Yo sí creo en las libretas y en su resistencia al tiempo. No escribo cualquier cosa en la primera página. Y además añado mi nombre, el teléfono y una llamada que anticipa el desastre: “si encuentra este cuaderno, llame aquí. Se dará recompensa”. Tras cinco días de melancolía fetichista en los que soñé con él, padeciendo al intentar recordar lo que contenía, me llamaron de una tienda de vinos. Un empleado lo había encontrado en la calle. “¡Qué alegría me da!” le dije, imitando a esas mujeres piadosas y educadas. Gratifiqué su llamada con 50 euros; debió parecerle poco. Si escribes la palabra recompensa, mójate.

Lo entendí al cabo de una semana: “Llamo desde una cabina, tengo poco crédito… He encontrado el iPad entre unos matorrales. Yo no se lo robé. No tengo trabajo”. Mi hija había activado la búsqueda del cacharro y tiró por lo alto con la recompensa. “Dice que dan un dinero, y un amigo policía me ha dicho que me tiene que dar lo que pone”. Le sugerí que quedásemos en una comisaría para resolverlo. Se negó. Justo estaba leyendo los Siete cuentos morales de Coetzee (Random House) cuando empecé a negociar con mis propios ladrones. Del resto de la bolsa, nada. Me sentí una astronauta y recordé a Ray Donovan y su manera de parecer bueno siendo amoral. Quedamos al cabo de cinco días, ya de regreso a casa. Eran dos; la piel llena de pústulas, los dientes de la calle. Uno llevaba el iPad escondido en el pantalón, el otro la funda con un cartón dentro. Les di la mitad del dinero, sintiendo la extraña sensación de pagar por lo que es tuyo. Secuestros exprés de objetos, hurtos de ida y vuelta, y no sé qué te deja más resaca, si la pérdida o la recuperación.

[Publicado el 05/9/2018 a las 10:19]

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Lleida no pasa por London

Lo leo en artículos y en redes, lo escucho a gritos en un plató, con un puntillismo fonético que resulta acaso más violento: “Lérida en castellano se dice Lérida, igual que Londres”. Mira que comparar la capital de la Terra Ferma con la imperial City, ¡qué pomposos son los clérigos de la corrección lingüística española! Estoy por empezar a pronunciar la voz árabe de Larida, o por utilizar el Leyda medieval, que tanto se parece a la fonética que gastaban aquellos voluntariosos al bajar con los esquís y el Moncler en la estación Yeida-Pirineus.

Ha habido un viaje en el tiempo, fractura de por medio, mareas de lazos amarillos combatidas con rojigualdas. Esa es la excusa de los que se autolesionan con los idiomas en lugar de gozar de su vaselina comunicativa. Las lenguas son puro amor de madre: un trasvase emocional desde la canción de cuna, una señal de pertenencia que trasciende al paisaje o la costumbre. Al llegar a un nuevo territorio, aprendemos a decir buenos días y gracias. Nos acercamos a lo autóctono y empatizamos con su habla desafiando el pudor. Desde que fenicios y griegos difundieran el alfabeto, la propagación de las lenguas ha permitido rastrear la historia humana. Cuando desaparece una, todos nos apagamos un poco.

Encuentro en La prosa de Màrius Torres (Edicions Universitat de Barcelona) un artículo publicado en marzo de 1936 en L’Ideal –lo firmaba como Gregori Sastre– en el que comentaba las siete consignas del comité de catalanización. De la séptima, “parleu català a tot arreu”, apostillaba: “Creo que con ‘hablad catalán en Catalunya’ es más que suficiente”. Este verano, en un debate de televisión, una contertulia sentada a mi lado afirmaba: “Es un dialecto del español”. Recordé aquel viejo ardor de estómago: cuando yo era Juana en el DNI y tenía que corregir cada dos por tres a quienes traducían mi nombre.
Me indignaba que mi lengua antigua fuera considerada de segunda, y, a pesar de los casi diez millones de personas que la hablan, de nada valía sacar las plumas: ¿qué podían importarles el origen del catalán, los sustratos que la cimentaron, incluso que palabras como ­añoranza, pincel u orgullo permearan al castellano?

Y ahora comparan mi Lleida con London –ahí está el quid de la cuestión, le otorgan el mismo tratamiento que a una ciudad extranjera–, aunque su denominación original fuera aprobada por real decreto hace 26 años. Mientras unos boicotean el fuet, otros repiten Gerona y Generalidad a modo de un activismo no menos furibundo. La im­posición de una lengua sobre otra, siendo ambas oficiales, promueve un discurso ideológico que no busca sino la justificación de un poder. Hacer polí­tica con la lengua es maltratarla, ol­vidar su naturaleza de canal y no de ­albañal. Porque atizar la discordia con los nombres de ciudades e instituciones demuestra una vez más que, en un conflicto, puede perderse incluso la vergüenza, pero nunca el respeto.


[Publicado el 03/9/2018 a las 12:49]

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La pereza, esa gamberra

No sabemos exactamente qué repara el verano, pero lo aguardamos con fe, como si con él resucitáramos a trozos. Perder el sentido de la urgencia, ese es el mandato interior y a la vez el desafío, al igual que desocuparse y despreocuparse. Pensar las vacaciones equivale a proyectar la felicidad, una quimera imposible de sostener a largo plazo pero lo suficientemente coqueta para dejarse seducir a sorbos. El filósofo Ismael Grasa escribe en su delicioso libro La hazaña secreta(Turner), que “lo que quizá haga valiosa nuestra esperanza es que no tenemos ninguna razón para tenerla”.

Esta semana, un compañero publicista me contaba que él trabaja el doble en julio porque es el mes del año en que obtiene mejores resultados: “Ya se sienten con los pies en la arena, y con esa euforia es imposible decir que no. Por eso se alcanzan acuerdos con mayor facilidad. Es la excitación del fin de curso”. Julio es hoy un nuevo diciembre; las empresas cierran el primer semestre, anticipan cifras para terminar el año y aquilatan presupuestos. Se trata de una sensación parecida a llegar a la mitad del trayecto. Y, en nuestra eterna contradicción, corremos para poder parar, y nos subimos el ánimo para desmayarlo en cuanto apaguemos el teléfono.

¿De dónde viene esta dicha? ¿Qué tipo de ingenuidad altera los sentidos? Repetimos histriónicos “¡no puedo más! Suerte que sólo me quedan tres días...”, conscientes de que rozamos el límite de la extenuación y de que nos multiplicamos de forma absurda sin que nadie nos lo pida. Las vacaciones son la promesa postergada, los tártaros del desierto de Buzzati que nunca llegaron, el esperado Godot, la re­presentación de todo aquello que aguardamos largo tiempo y que luego pasará por encima de nosotros en un instante, desvaneciéndose sin que apenas lo saboreemos.

“Respondamos a la ambición que ella misma es la que nos hace apetecer la soledad” aseguraba Montaigne. Vivimos todo el año luchando contra lo que ahora deseamos: la pereza, el más light de los pecados capitales. “Repugnancia al trabajo”, dice el diccionario. Vicio que aleja del trabajo y del esfuerzo, flojedad, descuido o tardanza, negligencia, tedio o descuido, indolencia. Dejarse mecer por las horas sin buscar ninguna acción-reacción en las cosas. Mientras el resto de pecados pertenecen a un esquema de rudimentaria psiquiatría acerca de neurosis o conductas alteradas, la pereza no embiste contra el mundo y carece de tintes diabólicos. Es abandono y renuncia, con una aceptación casi mística del no hacer nada. Si acaso, cerrar los ojos e imaginar todo aquello que podría suceder. No despegarse de las sábanas, desperezarse lentamente, recuperar el verbo ronronear, sentir la corriente de aire que entra por la ventana, celebrar el desentendimiento con las horas. Las vacaciones, esa estación intermedia entre el sueño y la vigilia.

[Publicado el 30/7/2018 a las 11:52]

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Maravillas etéreas

El ojo, demasiado acostumbrado a la novedad, ha terminado por exigir estímulos más abstractos. No basta con que un objeto, un mensaje o una fragancia innoven, se les pide un plus: hacernos experimentar un estado de relajación, de entusiasmo o de placer íntimo. La perfumería, siempre punta de lanza, se dedica ahora a recuperar la memoria olfativa más personal; “suflé de seda” o “almendra deliciosa” se denominan dos nuevos aromas de Dior. Los perfumes niche se fundamentan en su inmateria­lidad y traen olores de la tierra después de la lluvia, de paseo marítimo, de barbería e incluso de jazz club –como el ideado por la Maison Margiela–. Ya no pretenden clonar el efluvio de flores o especias, sino que se proponen reproducir recuerdos.

El cansancio de un consumo homogeneizado, repetitivo, sin alma, ha hecho mella, como si hubiese desaparecido el sentimiento de la corazonada en el acto de comprar. El atajo virtual sustituye el tacto por la eficiencia, y las sociedades líquidas se sueñan hoy etéreas. Por ello, los patrimonios inmateriales son reconocidos cada vez con mayor entusiasmo por la Unesco. Más allá de “catalogar, preservar y dar a conocer” lugares y tradiciones excepcionales, la agencia de la ONU para la educación, la ciencia y la cultura reconoce como joyas de la humanidad desde el silbo turco al yoga, que acaba de ser incorporado, pasando por la tradición cervecera belga, el arte ora­torio jocoso de Uzbekistán –llamado ­ askiya– o la caligrafía china. El espeto de sardinas malagueño está aguardando encontrar su hueco, al igual que el flamenco. Y aunque España sea el tercer país mejor tratado por la Unesco, suma pocas maravillas inmateriales, acaso porque esa poética parece inasible en un territorio con las identidades tan re­vueltas.

Afirmaba Georges Perec que su problema con las clasificaciones es que no son duraderas: “Apenas pongo orden, dicho orden caduca. Supongo que, como todo el mundo, tengo a veces un frenesí del ordenamiento”. Leer a Perec, igual que a W.G. Sebald o a Nuccio Ordine y tantos pensadores de lo infraordinario, te reconcilia con lo inmediato. Desde su lógica, podría entenderse la monumentalización –aunque sin publicidad– de los bistrots parisinos, que ahora piden los franceses como símbolo de resistencia contra el terrorismo. Los madrileños, por su parte, quieren que su pulmón verde y su eje museístico sean reconocidos mundialmente. ¿Ambición de pedigrí? ¿Buenas intenciones del igualitarismo intelectual? O tal vez sea una nueva fórmula para congelar la vida cotidiana en movimiento, esa que nunca será paisaje ni monumento, pero cuya maravilla nos reconforta igual que nuestra almohada.

[Publicado el 25/7/2018 a las 10:33]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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