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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 29 de marzo de 2017

 Blog de Joana Bonet

Dos amigos

Se habla de esos dos hombres que eran amigos, Pablo e Íñigo, y que lograron que el Sol se pusiera por Antequera e incluso que cada noche saliera la Luna llena. Hicieron magia juntos. Desencorbataron la política, y con su marea morada plantearon una oposición parecida a una piedra en el zapato, denunciando la corrupción y echando spray anti-élites a todo lo que conquistaban en nombre de la “gente”. Pablo e Íñigo, dos académicos activistas, y su politburó posmoderno embestían al poder con la autoafirmación de la marca: Podemos, un “nosotros” establecido, resucitando la palabra casta que hasta entonces sólo utilizaban toreros y ­folklóricas. Nunca fue lo de menos la jerarquía, a pesar de que el equilibrio sea una condición indispensable para una amistad real. Iglesias, incontes­table número uno, cuya foto aparecía incluso en las papeletas electorales, arrollaba con su carisma y su audacia, mientras Errejón, más teórico, se afanaba en un táctica dialogante, posi­bilista incluso, y le iban creciendo los errejones.

Los dos amigos tenían una buena compañera, Carolina. Anduvieron por muchas carreteras juntos. Ahora los tres son políticos de primera con despacho en el Congreso, y reescriben la eterna historia de egos enfrentados, envidias y enfrentamientos de Caín y Abel, Juan sin Tierra y Ricardo Corazón de León o los Karamázov. “Seguimos y seguiremos defendiendo el Podemos bonito y útil por el que siempre hemos apostado, y trabajando todos los días para ser más y ser mejores” se despedía Carolina Bescansa, dando un paso atrás, sin poder calmar el enconamiento de los amigos.

Milan Kundera, en Praga, durante la ocupación rusa, se encontró en la consulta de un médico con un periodista, despedido de todas partes. Conversaron felices, unidos por su condición de perseguidos, hasta que empezaron a hablar de Bohumil Hrabal, el querido escritor checo. El periodista cargó contra él, rabioso, y Kundera reaccionó con una cerrada defensa del espíritu libre que era Hrabal. Escribe en Amigos y enemigos. Un encuentro (Tusquets) que aquel “era el desacuerdo entre aquellos para quienes la lucha política es superior a la vida concreta, al arte, al pensamiento, y aquellos para quienes el sentido de la política es estar al servicio de la vida concreta, del arte, del pensamiento”. De ahí que Kundera se interrogue sobre la verdadera amistad, tan diferente a la simpatía entre camaradas, y recuerde la fría aprobación con la que en los fraudulentos procesos estalinistas se aceptaba la purga de los amigos.

Hoy Pablo e Íñigo, esos dos amigos que se rodeaban con el brazo, se ­cedían el paso y se guiñaban el ojo, han reñido, haciendo pública su bronca. Hay una mayor transcendencia que la política en la escisión de Podemos, y es la humana: que dos valedores del diálogo, la transversalidad y el sí se puede, dos de los llamados jóvenes políticos, hayan envejecido tan pronto.

[Publicado el 06/2/2017 a las 10:38]

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Rumba castiza

Matrimonios que llegan de Valladolid o Zamora, ellas con el pelo cardado y perfume de Escada, ellos con sombrero y abrigo de paseo, se cruzan con muchachas de pelo al cepillo y medias debajo de sus tejanos rotos en el vestíbulo del Teatro Rialto. La mujer se queda absorta, parece contar los agujeros de los pantalones de la chica, los tatuajes de los brazos, los tintes azules y morados del pelo: “Ya te digo “, exclama mirando al marido, tan ajeno que parece recién sacado de una sastrería con aroma a Heno de Pravia. Unos y otros van a ver el último espectáculo de Mayumana, Rumba, y los acordes de Estopa  y su “El del medio de los Chichos" les reciben en la sala, que adquiere atmósfera de talego. Los chavales se quedan atónitos mientras la señora de Zamora entona el estribillo. Una no sabe quienes son más bizarros, los jóvenes millennials o los matrimonios de provincias, pero ¿acaso no es Madrid de la extravagancia y los extravagantes?, como anotaba Josep Pla en su “Dietario” en 1921, a finales de su estancia capitalina, en el que profesaba su admiración por Julio Camba, y en cambio describía con flema a Valle-Inclán: “todo el mundo os dice que es un hombre que tiene una ‘cultura muy rara’”. En Madrid la gente sigue poniéndose estupenda, y la realidad deformada de Valle no es sino su spleen, permanente compañero que antes gritaba “agua, azucarillos y aguardiente” y comía las rosquillas que aún siguen friendo las abuelas para sus nietas, que viven en Chueca disfrazadas de superheroínas.
 
La capital atrae a las provincias en fin de semana. Aquí no hay playa ni ramblas ni Gaudí. Por eso los teatros se llenan y ya pocas capitales europeas le tosen a Madrid en su tradición de plaza de musicales. Cuna del género “chico”–esa zarzuela que tan bien refleja la realidad social de los siglos XVIII y XIX, donde campaban los chulosafectados, que paseaban la guapeza junto a ratas, niñeras y policías–, se coloca ahora por delante de París o Roma en cuanto a oferta. “Hay un público local acostumbrado a tener el musical en su menú de entretenimiento, y el turismo interior considera que al venir a Madrid debe a ir a ver un musical, además de al Museo del Prado y el Bernabéu”, me cuenta Jose María Cámara, un gerifalte de la industria musical española que durante casi cinco décadas dirigió BMG, Ariola, RCA y Sony Music.  Afirma que el punto de inflexión para que la capital emergiera en el musical lo marca “Hoy no me puedo levantar”, de Nacho Cano, estrenado en 2005.  Cámara vivía en Nueva York, donde fue llamado para restaurar la leyenda de Elvis Presley- y Cano le pidió consejo para reactivar Mecano. Hablaban en la calle octava con la 50 , frente al cartel de “Mamma Mía”, y para quitárselo de encima amigablemente le recomendó: “lo que tienes que hacer es un musical. No es tiempo de hacer arqueología sino de entrar en una nueva dimensión”. Mecano le hizo caso. Cámara, que lleva unos años volcado en el género con la compañía SOM Produce (Priscila, Cabaret, etc..), afirma que la gente descubrió entonces que los musicales no eran una propuesta viejuna y ajena. Además del espectáculo de Mayumana, Disney y Stage Entertainment llevan despachando entradas para "El rey león", en el Lope de Vega, desde el otoño de 2011. El fenómeno no caduca. No es extraño que la productora comprara ese teatro y el Coliseum el pasado año, pagando 58 millones de euros por dos de los templos del Broadway madrileño.
 
 
El público de Mayumana se levanta de la silla con los ritmos de Estopa. Es el nuevo espectáculo del grupo israelí, que se hizo mundialmente conocido gracias a un anuncio de Coca Cola en el que, sentados a una larga mesa, creaban ritmos solo con sus manos–. Estará en Madrid hasta “Con ellos, la rumba se hizo rock” asegura Cámara. Los intérpretes, españoles, italianos, argentinos, un marroquí, y el protagonista, un cubano que canta a la pachanguita de Estopa con sabrosura caribeña, se enzarzan en un rifirafe de tribus urbanas: es un Romeo y Julieta con raja en la falda. Convierten en instrumentos cajas y latas. Y tanto los matrimonios de Zamora y Valladolid como las chavalas latineras salen del musical la mar de contentos, marcando el ritmo con los pies y jugueteando con la extravagancia castiza.

[Publicado el 05/2/2017 a las 12:31]

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La bandera del malismo

Hace ya doce años que la fundación de Aznar, FAES, publicó El fraude del buenismo, acuñando un término que, tan resultón él, enseguida se propagó para definir –o mejor dicho, despreciar– un estilo de hacer política dialogante y optimista, aunque también naif y utópico. Buenistas eran aquellos líderes confiados de que en este bello mundo caben todos y empeñados en restaurarle las pestañas al Estado de bienestar, tan deseosos de agradar que a menudo rehuían las decisiones impopulares, por mucho que fueran imprescindibles. Tal fue el uso del nuevo -ismo, disparado siempre como una bala de plata, que en el 2010 –en esta misma columna– le ­auguraba larga vida al malismo como efecto rebote. Me equivoqué, eso sí, en el adjetivo: anticipaba un malismo ilustrado, y no analfabeto y ruín, como el que ondea.

Ya en tiempos de Platón y Aristóteles se acuñó la teoría del bien común: los seres humanos, en sociedad, tienden a unirse en busca del beneficio para todos. Sin tener en cuenta a los defensores de la naturaleza perversa del ser humano, de Hobbes –el hombre es un lobo para el hombre– a Robert Louis Stevenson –y sus Jeckyll y Hyde–, resulta paradójico que los parámetros que servían de guía al bien común dejaran de pertenecer al ámbito de la moralidad y la justicia para pasar a convertirse en economía e ideología. Competitividad a muerte, cortoplacismo, autodefensa: no hay otras reglas que valgan en la selva capitalista. Hegel, Dostoyevski y Nietzsche cla­maron hace bastante más de un siglo aquello de que “Dios ha muerto”, que no
significaba otra cosa que los valores
cristianos ya no funcionaban como fuentes del código de comportamiento. Pero esa muerte ha sido una larga agonía hasta hoy.

Tanto la ultraderecha como la izquierda extremista basan su estrategia en crear males innecesarios, levantando muros en lugar de tender puentes. Pero sobre todo reafirmando su identidad, y su autoridad, igual que hacen los llamados haters en las redes, los que viven en contra de todo y de todos. No se trata sólo de la política –con Trump o Putin como máximos exponentes–, sino de un nuevo paradigma en la forma de entender la relación social. ¿Por qué vamos a tener que comportarnos de acuerdo con unos cánones de civilización, protocolo o humanidad con gente que no merece ni nuestro desprecio?, se dicen. El malismo se ha repantigado en los sofás virtuales, y su incontinencia abarca centenares de vídeos de violencia explícita y gratuita. Odio al inmigrante, al musulmán, al homosexual, a todo lo que es diferente. La política no es más que el viento que ondea velas del malismo, una vez ha demostrado que da tan buenos réditos.

[Publicado el 01/2/2017 a las 16:05]

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Callejero fantasma

Quedé con una agente inmobiliaria para que me enseñara un piso. No quiso darme la dirección exacta. Pensé que se trataba de celo profesional, aunque la razón era otra: la calle se llama Caídos de la División Azul, y esa es la primera pega que le ponen todas sus visitas; nadie quiere vivir en un lugar que, con pronunciar su nombre, provoca una descarga semántica de alto voltaje. La agente, alta y alemana, me dijo: “No creo que Carmena tarde mucho en cambiarlo. Es lo que todos esperamos”. La alcaldesa de Madrid lleva un tiempo trajinando con el callejero que aún homenajea a varios represores. No se trata sólo de una cuestión cosmética, de subsanar la antipática circunstancia de tener que vivir en la plaza Arriba España, sino de una reparación ideológica. Más de mil calles, plazas, avenidas, paseos y demás vías mantienen nombres directamente relacionados con el franquismo, y no al modo de Dalí, Lola Flores o Miguel Mihura, que tuvieron muchísimas otras relaciones. Aquí están, desafiantes, las señas que le tienes que dar al taxista para que se dirija a la placa que mantienen los lugartenientes Mola, Queipo de Llano, Moscardó, Orgaz, Sanjurjo o Millán-Astray más de cuatro décadas después de la restauración democrática. Han sobrevivido a la chita callando, normalizados por la costumbre que a fuerza de repetirlos ha difuminado su eco. Ninguna calle de Berlín, Roma, París o Bruselas recuerda hoy los días triunfales, brazo en alto, del nazismo. En Moscú, en cambio, nadie ha podido aún arrancarle el cartel a la avenida Lenin.

Los críticos a la mudanza esgrimen razones que apelan a la rutina y al gasto público: ¿cómo afectará a la vida diaria de los vecinos la nueva dirección de sus domicilios postales? Como si no les hubiese afectado su significación. ¿Cuánto se tardará en adoptar las nuevas denominaciones y tras cuántos líos? ¿De verdad costará el capricho de Carmena y su equipo 60.000 euros (y eso sin contar con los mapas físicos y digitales, los GPS y los buscadores de internet)? Y yo me pregunto, ¿por qué le llaman capricho a aventar los fantasmas del pasado en nuestras calles? Las palabras importan, sobre todo por lo que habita en ellas. En los trazados urbanos vamos recordando a personajes que hicieron algo por mejorar este país, o el mundo, desde escribir un soneto hasta patentar una vacuna o redactar constituciones.

La ley de Memoria Histórica, que tiene por objeto promover la reparación moral de las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura, acuerda “suprimir elementos de división entre los ciudadanos, todo ello con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las diversas generaciones de españoles en torno a los principios, valores y libertades constitucionales”. Han pasado siete años y los agentes inmobiliarios siguen aguardando el día en que no tengan que dar explicaciones al llegar a la calle Caídos de la División Azul.

[Publicado el 30/1/2017 a las 13:50]

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La musa eterna

El dolor no entiende de reparaciones, y no sé yo cómo calmaremos el hueco que deja Bimba Bosé, la más artista de todas las modelos; la que cantaba con sus Cabriolets, cintura funky y voz despaciosa; la mujer valiente que afrontó el cáncer con dignidad y coraje.
 
La noticia de su muerte nos llegó el lunes, cuando algunos periodistas cogíamos el avión hacía París para asistir a la semana de la Alta Costura, donde ella paseó su libertad en las cortes de Dior o Gaultier. Empezaba a caer agua nieve. Por la noche soñamos con ella. La extrañeza de no volver a verla, tan terrenal y sólida. A veces me la encontraba paseando con sus hijas por el barrio de El Viso –las tres con un pañuelo anudado en el pelo–, madre amantísima, atlética y juguetona.
 
Su poder parecía concentrado en esa sonrisa franca que se le extendía por todo el rostro y hacia que le chispearan los ojos. Reía Bimba y brillaba el sol. Porque resonaba su juventud radical como estado de ánimo. Una idea de permanente modernidad residía en su alma. “Es mucho más cómodo declarar que todo es absolutamente feo en las vestiduras de una época, que ocuparse en extraerle la belleza misteriosa que pueda detentar, por mínima o ligera que sea” escribió Baudelaire en “El pintor de la vida moderna”. Ella siempre huyo de los envases vacíos y de los protocolos acartonados. Arriesgó. Se puso la soga al cuello en un homenaje a Magritte que le valió la entrada en el Olimpo mediático a su amigo David Delfín. Educadísima y leída, su curiosidad se revelaba en todo aquello que tocaba. No se parecía a nadie. No iba de nada. Tan auténtica que a los veinticinco años, una edad tardía para los castings, se subió al pódium de la pasarela universal. Fue portada de Vogue Italia con Steven Meisel y durante tres años el mundillo de la moda se arrodilló a sus pies. Ella, lo miraba todo con media distancia, conocedora del tobogán de la fama. No en vano, conocía su ecosistema al pertenecer a los Bosé Dominguín, una saga de artistas, toreros y cantantes. Bautizada como Eleonora y portadora del estilo tomboy, hizo de su estilo andrógino  una marca propia. Era la que mejor sabía llevar el vestido-camiseta, marcando curvas sin pecado.
 
 
Cuando llegaba al estudio fotográfico de Manuel Outumuro acostumbraba a decir: “aquí llega la imperfecta”. Y se ponía los zapatos de showroom con dos calzadores, sin chistar, paciente y profesional. “Seguro que soy yo a la que le toca despelotarse”, nos decía, anticipándose al desnudo que la cámara no quería desperdiciar, pura energía. Hace dos años y medio se rapó la cabeza, y muchos, después de los tintes multicolor, pensaron “cosas de Bimba”. Confirmó que tenía cáncer y que continuaba trabajando. Reordenó las rutinas. Se fue con sus hijas al Sur.
 
Y estos días, en un París armado hasta los dientes ante la amenaza terrorista, con militares apostados a las puertas de los desfiles, he recordado aquel reportaje que hicimos, tan diferente a todos, excepcional. Abrí un Marie Claire de 2011, y allí aparece Bimba, pariendo a June en su casa madrileña, junto a su entonces marido Diego Postigo y el doctor Emilio Santos. Recuerdo cómo me lo propuso: me gustaría poder explicar la experiencia para defender que el parto no sea tan programado y medicalizado, programado. Hizo las fotos su cuñado, Gorka Postigo. Parió junto a tres hombres, casi en silencio. Diego confesaba entonces a la periodista Verónica Marín que al principio quería una ambulancia en la puerta, pero que al rato se le pasó el miedo. Fue un parto perfecto, menos de dos horas, sin epidural, ni episiotomía. Mientras dilataba y controlaba las contracciones, apoyada en los hombros de su pareja, de cuclillas, su hija mayor, Dora, dormía plácidamente en la habitación de al lado. El trajín del parto no la despertó. Así hacía las cosas Bimba, sin hacer ruido pero siempre con carácter. No sé cómo acabar este texto. Ella siempre se despedía levantando ligeramente los hombros, como hacen los que no se dan importancia, con una sonrisa de oreja a oreja. 

[Publicado el 29/1/2017 a las 15:30]

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Antiestética del poder

Hace un par de meses, avanzaba con unos amigos por Madison Avenue después de cenar –que es cuando mejor se ven los escaparates–, y de repente la crin de un caballo blanco se abalanzó hacia nosotros. Galopaba, bello y libre, en la ciudad solitaria, y el efecto óptico que producía la imagen en movimiento era tan poderosa que avasallaba. Sucedía en un escaparate del rey de la moda americana, Ralph Lauren, emparentado con la hípica y el poder. Cincuenta años en el trono y una compañía valorada hoy en 7.900 millones de dólares, todo ello conseguido por este hijo de inmigrantes judíos rusos nacido en el Bronx como Ralph Rueben Lifshitz. Lauren es un clásico moderno que representa el sueño americano, los Hamptons y el casual sport pijo, pero también el lazo rosa del cáncer clonado en sus polos universales que se llevan tanto en Sotogrande como en Benidorm. Es el diseñador más cercano al poder y su relación con Hillary Clinton fue cómplice: desde que la nombraron secretaria de Estado se ocupó de su imagen, y la blindó. Sartorialismo solvente, trajes sobrios y estructurados, colores lisos, versiones del uniforme femenino-público para huir de la controversia.

Pero, de la misma forma que Lauren encontró inspiración tanto en el Lejano Oeste como en la iconografía de la era Kennedy, Melania Trump, inmigrante eslovena, trató de emular a Jackie en un acto de pretenciosidad mayúscula. ¿Cómo no iba a recurrir la flamante primera dama al dueño del caballo blanco de Madison Avenue? Azul demócrata, igual que el color de la corbata de Obama; un traje con abrigo torero estructurado –pero no tan pegado al cuerpo como acostumbra a lucir en sus modelos estilo miss Universo–, mientras que Donald, tan alejado de cualquier aspiración de belleza, se mostraba despechugado con corbata de un rojo corporativo.

La señora Trump tiene todas las papeletas para callar, encerrada en esa tower de mármoles rosa. Han anunciado que no vivirá en la Casa Blanca, ni regará el huerto de Michelle. No obstante, a cada inquilina se le permite tener un caprichito, y Melania ha pedido un salón de belleza para hacerse las mechas cuando vaya a Washington. Pero lo más curioso de todo es que tanto ella como su hijo de diez años –que en el paseíllo presidencial andaba cabizbajo y confuso, levantando los brazos a desgana– reflejan el código ético y estético de la nueva primera familia, condenada a actuar como marionetas sin cuerda a fin de encajar en el guión más disparatado de la democracia norteamericana. Trump y sus consejeros millonarios aseguran que van a devolverle el poder al pueblo, pero en su “América fuerte” no hay lugar para corceles. Y mucho menos libres.

[Publicado el 25/1/2017 a las 11:14]

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Cambio y corto

Vivo pegada a mi MacBook Air, dependo de él. Lo llevo en el bolso, bajo el brazo, en taxis o conferencias. Lo saco en todas partes, asegura mi memoria: busco en sus archivos, abro y cierro carpetas igual que cajones, me siento como en casa. Pero a la vez mantengo idéntica domesticidad con un pequeño cuaderno de piel lacada y papel panamá azul inglés sin el que no puedo ir a ninguna parte, ni al médico o al cine. Cabe en el bolsillo, no pesa y me hace buena compañía. Esos cuadernos son notarios de mis días, en ellos anoto palabras nuevas y viejas, y han acabado conformando una de mis más preciadas colecciones: azules, lilas, rojos, negros, combados por el tiempo y cubiertos de escrituras rápidas y lentas. No obstante, ese acto tan sencillo de llevar una libreta, abrir una página y tomar nota de algo, un título, una idea, se ha convertido hoy en una actividad jurásica. Ya no se anota, en su lugar se fotografía, se teclea o se graba. Así lo muestra el estudio Vuelve a escribir realizado por Ipsos, que ­revelaba cómo la tecnología ha transformado los hábitos de la escritura: el 75% de los españoles escribe a diario sólo a través de un teclado. Y una gran parte sustituye la ortografía por los emojis.

Sin embargo, una nueva modalidad arrecia en las avenidas y las estaciones de metro, mucho más sonora, casi fantacientífica: androides que avanzan por la calle hablándole a su teléfono, sostenido como si fuera un espejito. Los mensajes de voz han perdido el sentido del ridículo y se han convertido en moneda diaria, dejando atrás el atávico miedo al micrófono que ha perseguido a varias generaciones de españoles, aterrorizados de tener que hablar en público. Digamos que el pudor se ha desvanecido, que hoy todo el mundo puede agarrar un micro y retransmitir su vida en directo. Estos audios también conectan con la infancia: ese cambio y corto de los walkie-talkies que nos hacían sentir importantes al hablar a distancia, aunque fuera en el pasillo, y por un canal privado.

WhatsApp lanzó Push to talk en el 2013 y enganchó a jóvenes y a mayores: los adolescentes están encantados –lo explicaba Esteve Giralt en La Vanguardia– “con una forma de conversar asíncrona más ágil y cómoda que la escritura y la lectura”, y en cuanto a los mayores, digamos que no les hacen falta las gafas.

La voz a menudo llega más diáfana que la palabra escrita. No admite tantas suspicacias ni dobles significados. Pero, a la vez, resulta invasivo e impúdico que los mensajes de audio, en un espacio público, no se contenten con la oreja y sean reproducidos con el altavoz. El otro se hace más presente, a veces escuchándose a sí mismo, porque debe de hacer natural lo que no lo es: hablar sabiendo que se está grabando. El otro día, en un vagón de tren diez personas parloteaban con las manos libres, convirtiendo su conversación privada en pública, tan necesitadas de un altavoz.

[Publicado el 23/1/2017 a las 15:23]

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Poesía en una esquina

La poesía joven tuitea sus aforismos y los clava igual que piercings. Versos tatuados que cantan al amor (y al desamor) con palabras sencillas. Se habla de fenómeno, de fiebre lírica. Premios como el Loewe o el Adonais, el festival PoeMad y las lecturas en bares abarrotados de veinteañeros –sobre todo chicas– se suceden en Madrid. En el Intruso Bar de Chueca se celebra mensualmente Poetry Slam, una competición de poetas inspirada en las contiendas raperas. También está el Diablos Azules, en la calle Apodaca, que abre sus micrófonos para aquellos que quieran declamar rimas libres sobre servilletas de papel. Quienes escribimos versos de adolescentes admiramos su impudicia. Cómo abren sus heridas entre sábanas de piso de estudiante. Subliman el sexo porque no les importa la comida. Leen filosofía en los posos del café. Los hay poetas-letristas, amateurs superventas, como Rayden, Natch, Vanesa Martín o Rupi Kaur “Otras maneras de usar la boca. Marwan –mitad palestino, mitad madrileño de Aluche ha alcanzado los 12.000 ejemplares con ‘La triste historia de tu cuerpo sobre el mío’– . Los hay quienes reclaman la prueba de paternidad de la llamada generación de los 80’: Luis García Montero, Benjamín Prado o Manuel Vilas, el año que nos dejó encogidos pero más vivos que nunca con “El hundimiento”. Poesía cotidiana que arroja desde la primera persona la extrañeza de sentirse joven y viejo a la vez. Sus imágenes conforman un patchwork tejido de pedazos de identidad. “Cualquiera podría pensar contemplando la escena/que he fracasado en la vida./Pero yo sé/que es la vida la que ha fracaso conmigo” escribe Emilio Martín Vargas, de profesión barman, tras resbalársele una botella de Pingus 2006: “un reguero purpúreo de novecientos treinta y seis euros/ bajo mis pies encarnados”. Martín Vargas es uno de los últimos hallazgos de Chus Visor, santo y seña de la edición de poesía en nuestro país. Visor ocupa una esquina de Madrid: Isaac Peral con Donoso Cortes. También una frontera, la que trazan el parque del Oeste, Moncloa y la orilla de la Ciudad Universitaria. El editor, librero y bibliófilo es un pozo de memoria sin nostalgia: “Solo me pongo nostálgico cuando pierde el Atleti”. Lleva 48 años fumando en el umbral de la vieja librería heredada ya con el nombre de Visor –de la tipografía decó Sinaloa, creada por –, una tertulia sin fin, una obra abierta frecuentada por noveles y consagrados, “visoristas” de Madrid y provincias.

Él encarna el Madrid castizo, guasón y noble, provisto de ese rajo gutural en las eses. Habla sin pedantería, suelta tacos, reparte humor y palmadas a los amigos y se hace el esquivo con los pesados. Ha publicado a cinco generaciones poéticas. Lo visito un sábado helado de enero. Chus Visor milita en el calor, el frío le incordia. Llega a la librería en autobús. Tiene su despacho en el sótano con temperatura mediterránea gracias a un calefactor eléctrico. En la cueva descasan decenas de archivadores repletos de correspondencia con Celaya, Gelman o Benedetti. Visor es ordenado, y su gruta es pura golosina para los amantes de la poesía. Me muestra el primer ejemplar que publicó, en 1969: “Una temporada en el infierno” de Rimbaud. No podía ser de otra manera. Osado y fumador, él toma cañas acodado en la barra del Van Gogh, antes llamado Galaxia –por el edificio que la alberga–, donde se tramó un intento de golpe de estado que debía darse pocas semanas antes de la aprobación de la Constitución.

Me asegura que nunca sufrió la crisis, ni en sus peores años, ya que el lector de poesía permanece inmune a la economitis global. Su historia se compone de más de 900 libros de poemas con esa cubierta negro laca que diseñó Alberto Corazón; negro Balenciaga, negro Rock &roll, negro Sartre, un noir iluminado con letras en blanco. Ha logrado hacer sostenible el negocio con pociones de Sabina y Benedetti, más los Claudio Rodríguez, José Emilio Pacheco, Joan Margarit, Carlos Marzal, Ana Rosetti, Elena Medel, Ana Merino, Antonio Lucas y su última revelación, Elvira Sastre, con un título que llega con filo de Gillette: “La soledad de un cuerpo acostumbrado a la herida” y ha sido superventas de lujo. Visor asegura que aún no tiene la respuesta para entender esa posesión totalizadora de la poesía como lenguaje hipermoderno. Que la poesía esté de moda es sin duda una de las mejores noticias para la moda. Y para Chus Visor, tan ajeno a la pasarela.

[Publicado el 23/1/2017 a las 15:16]

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La prisa universal

Demasiado a menudo voy con prisas. Es uno de mis yos que más me desagradan, pero hay días en que las cosas sólo caben a presión y corriendo. La gente apresurada no mira ni ve, sólo piensa en llegar, tropieza, te embiste con su mochila, interrumpe, se cuela, le pregunta al que te está atendiendo investida por la superioridad que otorga la urgencia desesperada. También suele resoplar de frustración, exagerando la falta de aire, el entrecejo fruncido, la boca abierta, un tanto alelada, o todo lo contrario, furiosa y sumando un caso más a la epidemia de bruxismo que asola el mundo moderno. Apretar la mandíbula mientras soñamos como síntoma de miedo o rabia.

Afortunadamente, lo compenso con un yo moroso, egoísta a más no poder con el tiempo propio, adorador de las horas muertas que se desmadejan ajenas al paso de los días sin importar que la vida media se componga de unas 4.000 semanas. Gestión del tiempo, denominan hoy al arte de saber organizar las horas a fin de mejorar sus resultados, aunque a la vez plantea su dimensión existencial.

El correo electrónico ha superado a los antiguos buzones llenos de papeleo, y por tanto crece la obsesión de quienes ansían tener la bandeja de entrada a cero porque les produce alivio y se sienten más dueños de su tiempo. Pero mientras borran no piensan ni cuentan los días que les quedan, embargados por la ilusión del control. Todos nuestros dispositivos electrónicos poseen un cubo de basura y un reloj. Son dioses modernos que marcan nuestro ritmo. Mover documentos a la papelera causa casi un bienestar físico, de tarea acabada, una sensación de eficacia parecida a la de entrar en una habitación de hotel impoluta.

Alguien tuvo la sagaz idea de repartir la jornada: ocho horas para trabajar, ocho horas para dormir y ocho horas para el resto. En el resto se incluye comprar, amar, ordenar, leer, cambiar bombillas, comer, discutir, navegar por internet, estar con la familia, hacer yoga y hasta salvar ballenas. “Las doce y media, cómo ha pasado el tiempo / las doce y media, cómo han pasado los años”, exclamaban los versos de Onetti.

Leo en The Guardian un artículo donde se recuerda que John Maynard Keynes, en 1930, predijo que el crecimiento económico nos permitiría trabajar no más de 15 horas por semana, “con lo cual la humanidad se enfrentaría a su mayor desafío: el de averiguar cómo usar todas esas horas vacías”. Ocurrió todo lo contrario. Multiplicamos necesidades con tal de escapar del tiempo muerto. Pensar en la actualidad en una nueva organización temporal es, sin duda, una responsabilidad política que afecta tanto a la productividad como al bienestar social. Pero, sobre todo, tasa el tiempo para uno mismo, ese por el que hay que esquivar a los ladrones de horas que nos asedian ­para llevarse lo poco que de verdad es nuestro.

[Publicado el 18/1/2017 a las 11:57]

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Cuatro topicazos

“Las mujeres conducen fatal”, aseguran los de siempre. Otra variante del tópico es el alarido testosterónico de las horas puntas: “¡mujer tenías que ser!”. Los datos enfriados aseguran que, en 2015, fallecieron en las carreteras y vías españolas 1.292 hombres por 395 mujeres –razón por la cual las aseguradoras son más generosas con ellas en una curiosa derivación de la discriminación positiva–. Cierto es que hasta bien entrados los años veinte del siglo pasado una mujer no pudo acariciar un volante en nuestro país –en Arabia Saudí aún no pueden hacerlo hoy porque una mujer al volante se les antoja una amenaza–. Otra cuestión fundamental es que para ellas, el coche no es un juguete ni una prolongación de su libido. Las causas de la desafección automovilística –excepto las Susie Wolff o Carmen Jordá de turno– son pragmáticas, y acaso estéticas: evitar tener que abrir motores humeantes, aguantar atascos, buscar aparcamiento en atestadas calles, sufrir contracturas en el cuello. Se ha demostrado que, si pueden elegir, prefieren utilizar medios de transporte alternativos al coche. 

Otro tópico asegura que somos más románticas que los varones, hipótesis refutada por generaciones de poetas arrebatados, además de un reciente estudio llevado a cabo por la Wayne State University de Michigan, empecinado en demostrar que ellos se enamoran más rápidamente que nosotras. ¿O es que le llamamos amor cuando queremos decir sexo? Es casi una tradición que, cuando una mujer alcanza esa edad indefinida, tanto en el trabajo como en la cama es reemplazada por una congénere a quien le dobla la edad. Y aunque permanezca esquiva la mirada sobre las mujeres que emulan a Anne Bancroft en El Graduado, quienes eligen a jovenzuelos para lucir como su mejor accesorio de temporada, ostentan algún tipo de poder, o como mínimo, de poderío.

Y cómo no íbamos a detenernos en uno de los renglones estrella: el que afirma que las mujeres hablan y hablan y hablan, mientras los hombres no las escuchan. Algunos científicos afirman que ambos sexos utilizamos unas 15.000 palabras al día, aunque no se terminar de poner de acuerdo, pero Louann Brizendine, neurobióloga de la Universidad de California demuestra que prevalece entre las féminas una mayor capacidad comunicativa desde la cuna, ya que las niñas son más precoces a la hora de hablar y manejan un vocabulario más amplio. A veces con un resultado frustrante. En el madrileño Barrio de las Letras, donde el callejero y una serie de citas en sus pavimentos recuerdan a excelsos literatos –como Lope de Vega, Quevedo, Góngora o Bécquer–, no hay ni una sola autora reconocida. Ni Santa Teresa de Jesús, ni María de Zayas, ni Rosa Chacel, ni Gloria Fuertes, de la que este año se celebra su centenario. Siempre se ha dicho que la inmensa mayoría de los hombres tiene memoria de pez, mientras que ellas son memoriosas, pero ardua es la lucha para recuperar la memoria, la colectiva.

[Publicado el 16/1/2017 a las 11:53]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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