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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 21 de septiembre de 2018

 Blog de Joana Bonet

El día que fui Nieves Álvarez

"¿Has cambiado de nombre?” me escribió mi amigo Carles Sans el pasado sábado. Aún no había abierto el periódico; la mañana echada a suertes entre Mansfield Park, de Jane Austen, y Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal. No suelo leer lo que escribo cuando se publica, porque en verdad no es una quien sostiene la columna, sino la columna la que te sostiene. Pensé que se habría caído la a del nombre de pila: Joan, lo que puede convertirme en un hombre catalán y una habitante de los Hamptons al tiempo. O quizá se habría alterado la o por una u; ya pocas veces ocurre, pero aprendí a tragar quina con esa Juana castellana de quien me liberé tras la muerte de Franco. Sans, siempre dispuesto al chiste, me mandó la foto por WhatsApp acompañada de los pertinentes emojis llorando de risa. Y, oh albricias, mi artículo publicado en este periódico estaba firmado con otro nombre, el de la modelo Nieves Álvarez, de quien me separan veinte centímetros de altura y varios metros de belleza.

Caramba, pensé, doce años en esta plaza picando tecla de sol a sol y me ponen el nombre de un bellezón; cuán generosos han sido los duendes de la imprenta en disimular mi metro sesenta y mis dieciséis apellidos catalanes. Entonces, le hice una súplica al jefe: “Para la próxima me pido Cindy Crawford, mi modelo preferida, de mi misma añada y con más mala leche que Nieves, que es una criatura angelical”.

Cuando te cambian el nombre, no aprecias el sabor de la errata, sino que te sientes un error en sí mismo. Nos pasa a menudo al saludar: conocemos la cara pero no el nombre. Si se trata de una persona perspicaz, te dice “que soy Josefina…”, y respiras. A veces probamos: “Hola, Ana. ¡Ay, perdona, me he confundido con fulanita!”. También recurrimos a aquello de “mejor os presentáis vosotros”, con maneras de publicista.

En una ocasión, a la artista Olga Andrino, en un pie de foto de la revista Hola!, la llamaron María José, a secas, porque sí; acaso les pareció que tenía cara de María José, dijo ella. Un año después, en este mismo periódico, los duendes le cambiaron la primera vocal del apellido para rebautizarla como el arbusto espinoso de la familia de las rosáceas. Aquella mañana recibió varios mensajes que jocosamente la saludaban como Endrino. Hablamos entonces de la pérdida de la firma y la levedad del ser.

Lo de Juanjo Millás y la Wikipedia fue mucho más fabulador: la enciclopedia colaborativa le acreditó en su página un divorcio de Carmen Laforet para, saliendo del armario, casarse con Sándor ­Márai. Ni rastro de Isabel Menéndez, su mujer real; más de treinta años juntos borrados en un clic. A partir de ahora, cada vez que me deprima recordaré el día en que fui Nieves Álvarez y me sentí un ángel en la tierra.

[Publicado el 20/6/2018 a las 13:51]

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Vida de perros

Trae sushi a casa; el casco a un lado, la bolsa al otro. Te saluda y no ves a un hombre exhausto, sino una llama apagada, un saco de cenizas. Apenas habla, intentas arrancarle una sonrisa, está marchita; cobra cuidadosamente, da las gracias, y al cerrar la puerta permanece por un momento de su huella un olor a intemperie, la evidencia de una vida de perros. Es un biker, uno más que a golpe de aplicación de nombre juvenil acude en bicicleta o moto a repartir comida, todo rápido, cómodo, cool. Algunos aguantan silenciosos y sumisos, otros han empezado a golpear la pesada cadena. Porque no sólo cobran cuatro euros y pico disponibles 7x24 para juntar un sueldo básico, también carecen de seguro de accidentes o de salud. Hace unos días se dictó la primera sentencia que condenaba a una de las nuevas empresas con app, Deliveroo, y reconocía que el demandante, el motorista Víctor Sánchez, era obligado a ejercer de falso autónomo. Todos conocemos unos cuantos a nuestro alrededor desde que externalizar se convirtió en la palabra mágica de la remontada. Los muertos de hambre no tienen donde elegir. Trabajadoras domésticas sin contrato y sin festivos, becarios explotados que producen más que los séniors, repartidores de propaganda callejera que no consiguen disimular su humillación conforman un retrato de la precariedad sistémica. Afloran las voces de colectivos hasta ahora invisibles como las kellys –camareras de piso que no llegan a cobrar un euro a la hora y sufren penalidades variadas– o las aparadoras de calzado de Elx, esas mujeres sacrificadas hasta la extenuación sin las cuales no se terminaría a tiempo una producción de zapatos de lujo. Trabajan en su casa, les entregan el material sin instrucciones, inhalan y tocan una cola adhesiva y altamente tóxica para pegar lazos, adornos o plantillas, enferman, envejecen, y a pesar de mantenerse toda la vida vinculadas a las empresas que las subcontrataban, no tienen derecho a nada. “40 años trabajados”, pero sólo “6 cotizados”, se leía en muchas de sus pancartas el pasado Primero 1 de Mayo.

Economistas y sociólogos advierten que las empresas van a convertirse en plataformas de trabajo, externalizando cada vez más funciones. Cualquier joven sabe que no basta con un buen CV: está condenado a tener que inventarse su propio trabajo, acertar con el foco de la demanda y subsistir. Porque existe una cara B de la llamada economía colaborativa, que desde los años de la crisis viene floreciendo, impulsada por sus promesas de flexibilidad y dinamismo (este modelo representa ya un 1,4% del PIB español). Su fundamento consiste en hacer de intermediarios digitales que crean redes y pueden ofrecer precios muy competitivos dada su reducción de costes. Tan sólo necesitan una implicación constante de sus usuarios para seguir generando negocio, y una remesa de esclavos. Es la última mutación del capitalismo. No han inventado la precariedad, pero han elevado su soberbia en un mensaje escueto, de capataz : “Lo tomas o lo dejas”.

[Publicado el 18/6/2018 a las 13:55]

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Mujeres sin canon

Que una mujer integre el canon cultural gozando de una influencia y reconocimiento incuestionables es una excepción, o mejor dicho una rareza. Suele haber un pero que les impide obtener un quórum cerrado, hasta que fallecen y alguna editorial inspirada las redescubre, o una serie de televisión las pone de moda. Si algunas de ellas aún viven –pienso en Joy Williams o en Vivian Gornick–, no entienden a qué se debe ese interés repentino. No hay duda de que nombres como los de Javier Marías, Mario Vargas Llosa, Félix de Azúa o Arturo Pérez-Reverte, por no alargarme, forman parte del establishment intelectual español, pero, si pensamos en femenino, ¿quiénes serían ellas? ¿Por qué parece más difícil decidirlo? Incluso las que forman parte del canon apenas han encontrado una rendija, y aun así muchas son consideradas de segunda clase; algo parecido a lo que ocurre con el deporte masculino y femenino.

Bien sabido es que uno de los popes de la literatura, Harold Bloom, ya se anticipó a las críticas que recibiría su almanaque de altura: El canon occidental, introduciendo tres mujeres entre 26 escritores. Lo atribuyó a una reacción propia de “la escuela del resentimiento”: una “mezcla extraordinaria de feministas de la ola más reciente, lacanianos, todo ese cacareo semiótico. Personas que no tienen ninguna relación con los valores literarios”. Unos años más tarde, en el 2002 el maestro publicó Genios –subtitulado Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares–, donde amplió su lista a Austen, Woolf, Dickinson, Brontë, Edith Wharton, Iris Murdoch y Flannery O’Connor. Y para de contar. Ningún otro nombre femenino entró en el santoral del dios de los estudios literarios.

Cuando el PSOE ni sospechaba que llegaría al Gobierno, la entonces secretaria de Igualdad del partido, Carmen Calvo, convocó una jornada en el Se­nado sobre la mujer en la cultura, “De musas y modelos a autoras y gestoras”. Anna Caballé intervino como presidenta de la asociación Clásicas y Modernas, y aseguró que el reconocimiento intelectual sigue siendo un asunto pendiente que pasa por la triple fórmula de “educación, integración y transversalidad”. Celebremos que la ministra de Educación y portavoz, Isabel Celaá, compartiera muchas de sus palabras en su primera rueda de prensa: si el empeño es serio necesitará abono. “La igualdad de género no avanzará sin una política educativa que incida sustancialmente en un cambio de perspectiva y no en la mera incorporación de algunos nombres”, reivindicó Caballé. No sólo son nombres, no sólo es reconocimiento, no sólo son porcentajes, sino algo mucho más abstracto y decisivo: autoridad ­intelectual.

[Publicado el 13/6/2018 a las 12:32]

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‘Mastergobierno’

El vértigo y la novedad forman una aleación poderosa. Pedro Sánchez es consciente de ello, lo demostró la pasada semana, siendo capaz de recuperar una palabra muy olvidada en política: ilusión. Se iban conociendo los nombres de los ministros, uno a uno, a la manera de un casting de telerealidad; redacciones y redes se animaban: “Esto parece el Masterchef Celebrity”, decía un tuitero ingenioso. Y se disparaba la curiosidad por los fichajes de expertos europeístas, el asombro, los wow y ala al confirmarse aquello que parecía un fake: Pedro Duque, ministro de Ciencia. El casting incluía personajes carismáticos, duchos en los medios, como Teresa Ribera o Grande-Marlaska; populares y queridos por los suyos como Màxim Huerta; dialogantes y templados como Meritxell Batet, y cañeros como Dolores Delgado, amiga de Garzón, firme defensora de la jurisdicción universal.

Los golpes de efecto fueron arrolladores, pensados con ambición y fondo. En una semana, la valoración de Pedro Sánchez –durante meses oscurecido por las encuestas naranjas y la prosodia del 155– se ha disparado. Según el Observatorio de la Ser, su Gobierno ha sido puro flechazo: en menos de ocho días goza de mayor confianza que el de Rajoy. Pero qué bueno está vuestro presidente”, escribían colegas de París o Nueva York, y desde Newsweek a la revista Elle rebautizaban a Sánchez como Mr. Handsome. El escritor Manuel Vilas hace poco se quejaba en las redes: “Hablamos mucho de casi todo. Pero hay un tema del que se habla cada vez menos. Hablamos poquísimo de la belleza”. Pues ahí tienes, gran Vilas: aunque sólo sea durante el corto periodo de enamoramiento de Pedro Sánchez, se vuelve a hablar de belleza. La misma por la que en España todavía se crucifica a una mujer o un hombre “público”, a diferencia de otros países que la celebran sin envidia: véase a Macron o Trudeau, que han hecho marca de su atractivo.

No obstante, la gran noticia ha sido la recuperación de la gran bandera de la nueva izquierda: la igualdad. La que inmortalizará a Zapatero, el primer presidente que formó un gobierno paritario. España ostenta el Gobierno más feminista del mundo, superando a Finlandia, Suecia o Noruega: 11 carteras de 17. “Hemos recogido el guante”, afirmó Isabel Celaá, fichaje poderoso, bilbaína de reloj con correa roja, perlas y una pronunciación afectada del fonema d: “responsabilidaz”. La posición subrogada de la mujer en el poder ha quedado dinamitada por la apuesta de Sánchez, que en parte ha sido posible por un asunto a menudo oculto por su mala fama, pero eficaz: las cuotas. Desde 1997 se vienen aplicando en el PSOE, a diferencia de otros partidos. Sin ellas y sin el clamor de las calles, difícilmente se habría logrado esta elevada representación de mujeres de gobierno. Ahora habrá que demostrar que no se trata de pura cosmética contextual, sino que responde al compromiso más fiero para lograr una sociedad de iguales.

[Publicado el 11/6/2018 a las 13:15]

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La boca boba

Apretamos los dientes en lugar de gritar o maldecir, como si el gesto fuera capaz de contener la furia que seguirá agitándose por dentro. Los hacemos chocar durante más de media vida achinando los ojos y encogiendo el ombligo. Apretamos cuando tiran petardos o fallan un penalti, cuando nos mienten sabiendo que nos mienten, cuando se nos cae el móvil al suelo o perdemos algo, poder, dinero, amor. Apretamos cuando dormimos y nuestro inconsciente padece de tal forma que, a pesar de la lasitud del resto del cuerpo, mantiene un combate molar a vida o muerte. Los dentistas y psicólogos no se han cansado de repetirlo: el bruxismo denota un estado latente de presión y ansiedad, estrés y miedo, alerta e inseguridad; un vivir encogido.

Nos cargamos las muelas sin apenas dolor ni conciencia, lo que obliga a los buenos pacientes a dormir con férulas llamadas “de descarga”, un dique para mandíbulas rabiosas que oprimen el malestar. Y aun así, deben entregarse a una de las camillas más temidas históricamente, la que desnuda con alta autoridad al individuo postrado con la boca abierta, entregado a los artilugios metálicos que levantan raíces e instalan puentes hurgando en la única parte de nuestro esqueleto que es visible.

Vivimos con y contra los dientes, que ya son más espejo del alma que la mirada. Así lo cuenta una exposición, Teeth, que puede verse en la Wellcome Collection de Londres hasta el próximo 18 de septiembre. La relación del ser humano con sus incisivos, colmillos y molares ha sido tortuosa. Ahí están las referencias a un enfermero llamado “Le Grand Thomas” que fue célebre en el París del XVIII ­porque levantaba a la gente del suelo con los dientes. O la caricatura de un deshollinador dejándose quitar la dentadura –que sería implantada a ricos–, ante la algarabía de unos chavales. Ladrones de tumbas, cirujanos barberos y aquella imagen brutal que dejó la batalla de Waterloo, 50.000 cadáveres desdentados en menos de 24 horas, ilustran la prehistoria de la odontología.

Una dentadura blanca y sana representa hoy un imperativo estético, forma parte de un código higiénico que a la vez es un indicador social. Hasta ocho dientes de diferencia pueden contarse entre los ancianos sin posibilidades y los que tienen dinero, porque el tratamiento es caro y, a pesar de los progresos, muy temido. Estos días, Quim Monzó, Premi d’Honor de les Lletres Catalanes, comentó su descripción personal en Twitter: “analista del bruxismo”. ¡Qué gran idea! Sería de enorme interés poder contar con ese perfil en las tertulias; observadores que indicaran cuándo aprieta demasiado Sánchez o Hernando, Torra o Torrent, y de paso nos recordaran a todos aquello de: “relaja, relaja, deja la boca suelta, como boba”.

[Publicado el 06/6/2018 a las 11:15]

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La soledad de un maletín

Un asiento vacío es una invitación a la mirada: ante un lleno total resulta un hallazgo, puro deseo, mientras que demasiadas sillas vacías trasmiten sensación de derrota e intemperie. Nos hemos acostumbrado a ocuparlos, en el tren o en el cine, y dejar en el de al lado la chaqueta o el bolso, colonizando ese espacio de forma casi instintiva. Madrinas y tietes extendían chaquetas sobre la fila de asientos de las funciones del aplec para guardar la plaza. Cuando alguien muere, la silla vacía en la mesa o la butaca solitaria que nadie se atreve ocupar, entre el respeto y la aprensión, hace daño a los ojos porque en verdad representan una huella física de la ausencia.

No sé si el asiento vacío de Rajoy, por cinco largas horas de moción de censura, hubiera resultado una visión tan provocadora de no haber sido ocupado por un maletín, que no bolso, con el viejo logo de Loewe, escenificando la inmaterialidad del cargo a punto de desvanecerse. Fue poderosa la metáfora que convirtió al objeto en protagonista de la jornada: aquel enser con el que la fiel vicepresidenta intentó reparar el vacío, dejando constancia de que allí aún no se sentaba nadie. Durante horas, el maletín quedó completamente solo, sin custodia ni abrigo igual que un trasto abandonado: parecía que su propietaria se había desentendido de él, y eso sólo ocurre cuando ya nada de lo de antes importa.

“Olvídate de mirarla a los ojos. Si quieres saber cómo es una mujer, mira su bolso”. Así comienza el superventas How to tell a woman by her bag, en el que la periodista Kathryn Eisman clasifica diversos prototipos femeninos en función del bolso que eligen (aunque, de media, las mujeres occidentales poseen 19 modelos distintos según un estudio de la consultora británica Diamond). El de Soraya recuerda al que Eleanor Roosevelt solía llevar a las recepciones de Estado, un enorme saco de cuero negro, inédito para una primera dama. La prensa juzgó entonces que seriedad y profesionalidad desplazaban al glamur, y es que los bolsos grandes también fueron una conquista en la indumentaria femenina. Hasta la Revolución Francesa, las mujeres no portaban bolsas, sino dobladillos cosidos bajo la ropa, pues las manos tenían que quedar libres para abanicarse. Los primeros bolsitos fueron denominados les ridicules por los hombres, aunque ellas los corrigieron, y acabarían siendo les indispensables.

El bolso es un resumen preciso de nuestras pertenencias, un espacio donde convive lo importante con lo su­perfluo. En un maletín, en cambio, sólo hay lugar para lo trascendente. El de Loewe, de cuero negro, femenino, mórbido, debidamente envejecido, fue ­ubicado en el lugar donde se hubiese ­tenido que sentar el presidente de España. Entró cargado de poder, fue utilizado a modo de escudo, y su arrinconamiento final simbolizó el shock en el que se sumió la bancada del PP ante la pérdida de la más alta jefatura y el ingreso en la vida provisional. Los objetos también hablan.

[Publicado el 04/6/2018 a las 10:26]

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María Dolores de Cospedal y Pedro Sánchez

Ese Pedro Sánchez Castejón, apodado Ken o marcapaquetines cuando afloró en el parqué socialista junto a Antonio Hernando y Óscar López, “los chicos de Blanco”; ese joven político crucificado por su fotogenia, perseguido por la maligna etiqueta de ‘guapo tonto’ ha desplegado por fin su capote. Y de qué manera. Cerrando la cuadratura del círculo vicioso. Una pica en la carrera de San Jerónimo. Porque hubo un tiempo en que el “todos con Susana” era “todos contra Pedro”, y la soledad se fue agrandando alrededor de este inesperado líder de camisa blanca. Dieron por hecho que era un sprinter, pero aquel profesor de economía que cobraba 1.200 euros al mes, clase media esforzada y liderazgo nato por altura y mandíbula, se ha coronado como corredor de fondo. Tras su bautismo político y una excedencia en la universidad, agarró el Peugeot para recorrer España paso a paso, pueblo a pueblo. Dormía en casas de acogida de los propios militantes, apenas sudaba. Parecía tener una hoja de ruta calculada, fría como es él, que solo delata su contención y control en los huesos del mentón. Hasta que llegó a las primarias, perdió las elecciones y fue descabezado en un golpe de estado sin precedentes ferraziano. 

En su cruzada contra todos, en el fatal aquelarre, acabó flaco, escobando un mechón canoso hasta que el tinte le empoderó de nuevo de juventud. Viste entallado, reividincando su 1,90 –tan dispar al de Rajoy, que parece mas bajo que él–, un líder del streetsytle que combina pantalones chinos con camisas blancas y zapatos de ante, que usa chaquetas de cuero y tejanas pretendiendo representar a la España de terraza. 

Desprovisto de ironía (gruesa ni fina), sin querer brillar pero haciendo sentir, marcando el guión con los dedos al estilo de los profesores, durante la moción de censura Pedro Sánchez recuperó todo honor parlamentario, cuidando las formas anudado por una corbata gris a lo Cary Grant. “No espere de mi parte, señor Rajoy, ningún insulto en el debate. Usted ya forma parte de un tiempo pasado del que se empieza a pasar página”. Fue hábil, eficaz y generoso ante un Rajoy más fantasma que Frankestein que lo miraba atónito, mascando una gominola, a quien le ofreció la posibilidad e dimitir y ahorrarse el escarnio. Pedro Sánchez, antaño pdrschnz, ha recuperado sus vocales y ha empollado las oposiciones a la real politikcon con la ambición de gobernar esta España en la intemperie. 

• • • 

La mayoría de mujeres, cuando hablan en público y se les secan los labios, los humedecen por dentro, como si se los mordieran. Aunque hay excepciones. Ahí está María Dolores de Cospedal, que, con su aplastante seguridad, saca la punta de la lengua y los repasa, tan femenina y a la vez tan formal, aunque apenas mueve el de arriba al hablar, al estilo Aznar. Esa rigidez que nunca la abandona, igual que su media melena acolchada. O que sus chaquetas talaveranas y su disciplina ósea, adquirida ya de pequeña como girl scout del Grupo Dominicas. Una castellana recia, catolicona, tenaz, a veces hipnóptica.

Nunca ha ejercido de fontanera, sino de ingeniera de caminos y puentes del partido en el cual ejerce, desde 2008, de secretaria general. Tampoco, y a diferencia de Soraya, ha sido nunca María Dolores. “La Cospe” para amigos y enemigos, “La peineta metálica” para Wyoming y compañía. La han querido denigrar hasta llamarla “La chacha del PP”, dice, dolida por la falta de apoyo de las feministas porque no ha sacado pecho por sus compañeras cuando se ha puesto la lupa en sus hombres, y se ha rebuscado en sus alcobas. Tras la sentencia de La Manada, declaró que no estaba en condiciones de "entrar en la mente del tribunal, que es el único que ha visto las cintas grabadas" y animó a presentar recursos. 

Estos días ha repetido muy alto un “yo no miento” al asegurar que en el PP jamás hubo una doble contabilidad. “¿Es que los jueces son infalibles?”. Gran declaración para una Ministra de Defensa que ante el zafarrancho en su propia casa dispara a la justicia.

Louis-Ferdinand Céline, que acumuló en su vida una incomparable experiencia en lo que a puntos de no retorno se refiere, explicó que hay situaciones en las que no queda otra que "mentir o morir". Hace tiempo que Cospedal ha hecho suya esa filosofía. Podría establecerse la fecha exacta: el 25 de febrero de 2013, el día en que salió a la sala de prensa de Génova a explicar el "despido en diferido" de Bárcenas. Tomó un camino que no tiene fin -o sí, depende de la aritmética parlamentaria-. En su comparecencia, precisamente allí, en el Congreso de los Diputados, se empeñó celinianamente en contestar la sentencia de la Gürtel. De cabo a rabo: ni la caja B es un hecho probado, ni el PP ha sido condenado por corrupción, ni los ordenadores de Bárcenas eran populares. De rostro amable del PP a mentirosa compulsiva, eso sí, sin que sus rasgos angulosos tiemblen, ni en sus ojos verdes de pibón español se perciba el vacío.

[Publicado el 02/6/2018 a las 10:52]

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Musas y arañas

Una de mis neurosis cotidianas consiste en no taponar algunos objetos, en especial botellitas de agua, bolígrafos, cremas o estuches de lentes. No se trata de un descuido voluntario, sino de un acto inconsciente, incapaz de activar el botón mental de cierre cuando me hallo ensimismada. Este defecto es causante de dramáticas caseromagnitudes, un eficaz palabro de Millás, además de desastres tecnológicos. ¿Cuántas veces se me han derramado líquidos dentro del bolso, convertido en una laguna donde flotan llaves, kleneex y, por supuesto, el móvil? La pregunta recurrente es “¿en qué estabas pensando?”, y desde que tengo uso de razón sólo puedo responder “en las musarañas”, igual que aquellos agricultores que, al distraerse, le decían al capataz que estaban mirando las musarañas: ni musas ni arañas sino una especie entre ratón y topo.

La resistencia a los tapones, según algunos textos psicoanalíticos, se relaciona con una falta presentada a modo de agujero. En mi caso no veo ni los tapones ni los agujeros cuando me ausento y, en la lectura o en la escritura, aunque también bajo el grifo de la ducha, un hilo de pensamiento fluye y atrapa ideas, más o menos afortunadas, además de visiones tanto reales como imaginadas.

En un librito de Stefan Zweig sobre el misterio de la creación y la posición del artista, “fuera de sí mismo” mientras produce, encuentro dos ejemplos deliciosos. El primero es bien conocido: en la sitiada Siracusa, Arquímedes dibujaba con un bastón figuras geométricas sobre la arena de su jardín; entró su asesino y se abalanzó sobre él, “pero el pensador, ensimismado en sus problemas, sólo murmuraba, sin volver la cabeza: no alteres mis círculos”. El segundo rapto se refiere a Balzac, escribiendo, cuando fue interrumpido por la visita de un amigo. El escritor, cuenta Zweig, lo tomó por el brazo con lágrimas en los ojos y exclamó: “¡Qué horror, la duquesa de Lan­geais ha muerto!”. No existía una duquesa con ese título, Balzac acababa de matar al personaje y aún estaba dentro de la ­novela.

El ensimismamiento continúa siendo una de las escapatorias más baratas para el ser humano; también un estado creativo. Muchos actores recurren a la meditación para vaciarse de los pensamientos tóxicos; dicen que se limpian por dentro y así pueden habitar con más elasticidad la piel de sus personajes. Tras los miles de páginas que estos días se muestran, firman y venden en las múltiples ferias del libro, late la huella invisible de un pensar fuera del tiempo, capaz de hacer brotar un instante o un renglón de magia. Aseguran que nos visitan al día unos 80.000 pensamientos; la mayoría vuelan, pero ay de los afortunados que permanecen abiertos, destaponados.

[Publicado el 30/5/2018 a las 11:50]

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Esas mujeres florero

Rosalía Iglesias, esposa de Bárcenas, dijo al juez: “Todo lo que hace mi marido me parece bien”. “Mi marido”, en cuántas ocasiones he escuchado mascar esa expresión con calma golosa, igual que los que fuman a gusto y hacen anillos de humo. Calladas y risueñas, nunca hablan primero, y si lo hacen tan sólo apostillan lo que dice él, el, el tipo más cojonudo de la mesa. La historia sentimental de nuestro país está forrada de maridos portentosos, más listos que el hambre, que se han ocupado de las matemáticas en exclusiva. Hombres que no sólo las enamoraban y les ofrecían protección, sino que también las anulaban. Auténticos caballeros que les permitían alargar su minoría de edad mental y les procuraban una tarjeta de crédito ilimitado, propia del estatus de “mujer de” al cien por cien.

Así titulaban los periódicos en los noventa, cuando Blanca Rodríguez-Porto, aún casada con Luis Roldán, entraba en la cárcel para cumplir cuatro años. En todas las portadas, la doctora de los abrigos camel fue siempre “la mujer de Roldán”. Condenada por un delito de encubrimiento y otro contra la hacienda pública, su marido la mandaba –junto a su madre y a sus hermanos– a abrir cuentas bancarias en Suiza. Utilizaba la excusa de que, por cuestiones de seguridad, él no podía hacerlo. Y la suegra, Josefina Pérez, y los cuñados, tan habituados a la vida misteriosa de Roldán, que siempre andaba con secretos, lo creyeron, según contaron en el juicio.

“De todo esto se ocupa mi marido”, dicen, ejerciendo de mujeres sumisas y complacientes, perezosas de pensar por ellas mismas, femeninas siempre, que no feministas. “Yo sólo hice lo que me mandaron”, repiten con insistencia. Un amor ciego y sordo, obligado. La más osada que recuerdan las hemerotecas es Pilar Gómez-Reyna, presidenta de Gescartera, que estafó 200.000 millones de pesetas: “Le dije: ojo, no quiero poderes, quiero ser un florero; a mí no me importa ser una mujer objeto”. El tribunal del caso Gürtel se ha mostrado inflexible en no reconocer a las esposas de Correa o Bárcenas la categoría de mujeres de juguete, atributo que las “relegaría a poco más que un simple objeto”, algo que “no debe consentir el tribunal” .

En tiempos en que las nuevas princesas entran solas en el templo para casarse y suprimen el voto de obediencia al esposo, emergen de detrás de los exministros corruptos de Aznar una colección de mujeres taciturnas, con gafas, que afirman que no se permitieron pensar por sí mismas. Sin duda se trata de una estrategia de defensa –que en el pasado ha conseguido un notable éxito–, pero los avances en materia de igualdad y la pionera sentencia del Gürtel, que invoca la teoría de la ignorancia deliberada, amenazan con fulminarla de la jurisprudencia. Sin duda es una buena noticia para la igualdad, también un aviso para navegantes antes de estampar una firma por amor, o lo que aún es peor, por deber, y acabar como un florero entre rejas.

[Publicado el 28/5/2018 a las 11:17]

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El instinto del nido

Le llaman “instinto del nido”; bien lo saben las mujeres embarazadas, y con más intensidad las primerizas. Muda el cuerpo, y lo de antes apenas sirve: ni la ropa, ni las cenas largas, ni la propia casa. Mientras se hace espacio mental, se abren compuertas, se deshacen nudos y se acoge no sólo la idea sino la existencia de vida en el vientre, el mundo sigue agitándose en una pugna encabronada entre buenos y malos, listos y tontos. Pero “¿construiría el pájaro su nido si no tuviera instinto de confianza en el mundo?”, se pregunta Gaston Bachelard en uno de mis libros de cabecera, La poética del espacio. Y concluye que el nido y la casa onírica desconocen la hostilidad del mundo. ¡Ah, los baños de oxitocina de las parejas embarazadas; ah, esa Irene Montero, una de las mejores parlamentarias actuales, preparada y audaz, y ese Pablo Iglesias que levantó cinco ­millones de votos de la nada con su labia y su coleta! Una estupenda diana que ­hostigar y acribillar, justo cuando inician un proyecto de vida juntos, y construyen su nido.

El problema es su naturaleza: no se trata de un piso de Entrevías sino una casa en Galapagar, el sumun del glamur, en verdad uno de los pueblos más duros de la sierra madrileña. Me cuentan que allí las chavalas no pueden salir tranquilas de noche porque a menudo hay bronca: comunidades mal integradas y chicos problemáticos. Las urbanizaciones serranas son un formato accesible para la desfondada clase media, parejas jóvenes con moral e hipoteca. Son una réplica rocosa del american way of life, de la piscina del gran Gatsby –como escribía Pedro Vallín– en la era de Netflix. Pero ni siquiera es la piscina, ni el chalet, sino todo aquello que proyecta en el imaginario nacional: la imagen de unos mellizos correteando bajo los pinos, esa estampa de placidez. Cómo van a atreverse esos podemitas, peronistas incluso les llaman, a vivir en plena naturaleza, en una casa con porche al sol, se repite la plaza recalentada por algunos grupos mediáticos con la bilis furibunda.

A pesar de la contemporaneidad de la emergente nueva izquierda, esta es “aún cautiva de su rigidez moral, de su mismo complejo de superioridad, y a veces, incluso, de un puritanismo vicioso”, en palabras de Jordi Gracia ( Contra la izquierda, Cuadernos Anagrama). Algunos no permitirán nunca que la izquierda se perfume o tenga propiedades, alardeando de frugalidad, cuando en realidad se debería estar en contra de la pobreza, no de la riqueza. También ha habido territorios de los que ha dimitido a menudo, acusando acartonamiento ideológico. Como la seguridad. O la familia, que ha sido tildada de asunto burguesón. Y luego está la mala conciencia, tan incompatible con el derecho a la felicidad.

[Publicado el 23/5/2018 a las 11:01]

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Foto autor

Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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