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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 26 de febrero de 2017

 Blog de Joana Bonet

La epidemia ‘selfie’

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Omar Mateen, el asesino que disparó a quemarropa y acabó con la vida de más de cincuenta personas en un club gay de Orlando, era aficionado a las selfies. Observar sus autofotos produce la sensación de ver una escena pornográfica en el comedor familiar. En algunas posa con un mohín burlesco, en otras ladea la cabeza mientras se toca la barbilla y frunce los labios entre la chulería y la autocomplacencia. También ensaya frente a su propio objetivo una mirada indolente, propia del que se gusta demasiado, investido de esa seguridad que tan a menudo revelan las fotos de uno mismo y que poco tienen que ver con cómo somos. En una de las selfies tiene las pupilas fijas, semienterradas por el párpado superior: un maltratador de mujeres, homófobo y yihadista ahogado en su propia ceguera.

Nos paralizamos más de una vez ante las selfies de nuestros hijos, tan expuestos, cuando entrecierran los ojos y aprietan sus labios marmóreos acompañados de un par de dedos marcando cuernecitos. Es muy probable que le dediquen silenciosamente la foto a alguien, ya que una utilidad de la selfie es mandar subrepticiamente un mensaje. Ser visto y leído, pero sobre todo narrado, aunque lo que puede percibirse al otro lado nada tenga que ver con la realidad por muy real que parezca. ¿Qué hace alguien mirándose en el espejo del autorretrato? ¿Capturar las vistas metiéndose dentro de la foto para rubricar un momento excepcional? ¿Exhibir su vida social, sus hobbies, su intimidad de puertas adentro comiendo un arroz o pintándose las uñas de los pies? ¿O bien quieren reflejar su facilidad para divertirse? A menudo me pregunto si hace falta autorretratarse con tal frenesí, o más concretamente autopresentarse, autopromocionarse, como si además de vivir tuviéramos que hacer un spot de nuestra propia vida. Sin duda a la mayoría les divierte y les resulta placentero, aunque se contraiga su esfera privada de la que creen tener el control: aquellos que se exhiben en las redes eligen lo que muestran y lo que esconden igual que una pareja cuando se enamora y suele revelar una selección de lo mejor de sí misma: sus grandes éxitos.

Lo que hacemos en privado cada vez está más programado para ser compartido a fin de celebrar las apariencias, marcar un me gusta o lograr levantar el pulgar. Pero los que nos resistimos a inmortalizarnos constantemente sentimos una gran incomodidad ante quienes, infatigables, hacen monerías ante su propio objetivo, que luego acicalarán y colgarán en su Facebook para que “su mundo” se entere de que son felices y valientes y viajan contra las corrientes salvajes, haciéndonos olvidar que esa instantánea sólo es un disparo, un fugaz instante congelado entre las infinitas horas grises que suma cualquier vida.

[Publicado el 15/6/2016 a las 11:33]

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El arroz y el reloj

Le pregunté hará unos tres meses a Pablo Iglesias de dónde había salido lo de “tictac”, esa onomatopeya a la que durante un tiempo se aficionó, y respondió que fue “completamente improvisada” en un tren rumbo a Valencia, mientras preparaba un discurso. El traqueteo y el ruido de un reloj al escaparse se acoplaron. Tictac. Presión. Le sonó bien y empezó a repetirlo. El mensaje de Iglesias caló rápido en el disco duro de sus seguidores. Se sintió aludido el estudiante que amasa con dientes los últimos minutos antes de entregar el examen con el que se juega el futuro, o la familia apretada en una casa de sardinas forrada de ultimátums. La sensación de ir contrarreloj provoca un tipo de sed que se enrosca en el fondo de la garganta, una sequedad punzante, la certidumbre de que el tiempo corre contigo dentro.

Que se lo pregunten a las mujeres, que han tenido que soportar esa imagen tan propia de Alicia en el país de las maravillas, con un conejo que las persigue agitando el llamado reloj biológico mientras ellas se preguntan si de verdad existe. Si es la naturaleza salvaje, la que puja por engendrar vida, o bien responde al mandato cultural, aquel empeñado en sostener que una mujer sin hijos es una mujer frustrada. “Las mujeres en muchos momentos y lugares han sentido la presión de tener hijos. Pero la idea del reloj biológico es una invención reciente. Apareció por primera vez a finales de 1970”, asegura la escritora Moira Wiegel en su nuevo libro Labor of love: The invention of dating del que esta semana adelantó una entrega The Guardian. “La idea de que ser mujer es una debilidad está incrustada en el fondo del término reloj biológico”.

Es curioso que un concepto acuñado para describir los ritmos circadianos acabara acotado al territorio de la fertilidad, señalando una limitación y a la vez cierto histerismo. Algunas feministas no han querido contemplar esa llamada de la naturaleza, que otras han asegurado sentir en forma de deseo totalizador. Las hay que consideran el reloj un cuento sexista, una cortapisa a la libertad de las mujeres, ya que los hombres parecen excluidos de la bomba del tiempo para ser padres. Nadie les dirá que se les pasa el arroz, ni los azuzará para congelar sus espermatozoides como a ellas sus óvulos, a fin de no dimitir de sus expectativas de género.

Periódicamente aparece un santón dispuesto a resolver la cuadratura del círculo de la feminidad. El último ha sido el presidente turco, Erdogan, quien ha asegurado que rechazar la maternidad y las tareas del hogar supone para la mujer “perder su libertad”. “Le falta algo y es mitad persona”, afirmó sin pestañear. La cuenta atrás se sirve en todos los formatos posibles, desde la edad para dejar de llevar minifaldas hasta la de volar en parapente. Y un invisible metrónomo de cuerda se empeña en marcar el compás a las mujeres, como si no supieran leer la partitura de su propia vida.

[Publicado el 13/6/2016 a las 19:27]

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Amor extremo

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¿Qué es el amor? En primer lugar es la pérdida de peso, luego la ascensión ligera, segura, de un vuelo directo; es el tormento que lo invade y lo cubre todo como una cúpula gigantesca; es un estrecho sobre cerrado, es una angustia infinita junto a una generosidad ilimitada…”. Estas líneas pertenecen a los diarios íntimos de Gala que la editorial Galaxia Gutenberg publicó hace cinco años, tras el hallazgo en un baúl del castillo de Púbol de un cuaderno manuscrito, inédito, redactado por ella con pulso literario, intención e imágenes bellas. “No sabes dónde acaba Gala y empieza Dalí”, razonaba Montserrat Aguer, directora de los Museos Dalí. En sus textos se aprecia un sentir vulnerable y apasionado, lejos del cliché de la mujer fría, dura e interesada, la que afirmaba: “Me importa poco si Dalí me ama o no. Personalmente yo no amo a nadie”. Aquella a la que le cambiaba el color de los ojos, quien inventó parte de su biografía, la que tanta tinta vertió con su relación casta y a la vez extrema con el pintor, fue tachada de vampira, pragmática marchante que obligaba al pintor a banalizar su arte firmando joyas, cerámica y objetos variados. La figura de Gala parece cortada por el arquetipo jungiano de la destructora, que tiene que ver con “lo secreto, escondido, lo tenebroso, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo angustioso e inevitable”. Y cierto es que fue espiritista, voyeurista, oscura hasta lo enigmático. Un personaje que responde a dos clásicos antagónicos: la bruja y la musa.

“Llamo a mi esposa: Gala, Galuchka, Gradiva (porque ha sido mi Gradiva); Oliva (por el óvalo de su rostro y el color de su piel); también la llamo Lionette, porque ruge, cuando se enoja, como el león de la Metro-Goldwyn-Mayer; (…) Abeja (porque descubre y me trae todas las esencias que se convierten en la miel de mi pensamiento en la atareada colmena de mi cerebro). Me trajo el raro libro de magia que debía nutrir mi magia, el documento histórico que probaba irrefutablemente mi tesis cuando estaba en proceso de elaboración, la imagen paranoica que mi subconsciente deseaba, la fotografía de una pintura desconocida destinada a revelar un nuevo enigma estético”, escribió el pintor. Cuando se conocieron, en el verano de 1929, durante un viaje a Cadaqués y Figueres junto a su primer marido, Paul Éluard, Magritte y Buñuel, Madame Éluard supo que pronto dejaría de serlo. Fue igual que el impacto de un rayo. La pareja se instalaría en el estudio que el pintor poseía cerca del parque de Montsouris y Gala pronto asumió tareas de musa y agente –dicen que no siempre en este orden–. Su relación fue complicada y fértil; yació sobre la atracción que él sentía por ella como en la construcción de un mundo irreal que desafiaba lo real.

El amor de Gala y Dalí es fuente inagotable. Este mes, Espasa publica una novela firmada por Carmen Domingo, Gala-Dalí, en la que elabora un retrato del personaje: “Una mujer que siempre tuvo múltiples hombres y cuyas relaciones desinhibidas le ayudaban a controlar a los demás”. Por ello siempre ha sido “la mala” de la historia. Como si bastara el juicio maniqueo para deshacer satisfactoriamente el nudo de los amores diferentes. Pero volvamos a las líneas del inicio en las que ella definía el amor como: “(…) la desesperación, la duda, la decadencia, la alegría extrema, sin lindes, la alegría que te hiere y te clava en tu sitio, alegría inmensa. Fe sin verificación, admiración vivificante”. Gala dedicó la última parte de su diario a Dalí, al que describió como un árbol que la abrazaba con sus ramas. Las raíces estaban en ella. Cuando murió, Dalí se negó a comer.

[Publicado el 11/6/2016 a las 10:54]

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La estafa ‘single’

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Mis amigas solteras de segunda o tercera vuelta han perdido la confianza en los viajes para singles. La noche de la despedida suelen acabar bailando con mujeres, reproduciendo justo aquello que tanto les había avergonzado de muchachas, cuando las vecinas se agarraban para bailar un pasodoble bajo los entoldados de verano mientras sus maridos veían el partido en el bar. Esas mujeres son hoy las viudas que viajan en los autocares del Imserso a los lugares cálidos de España en temporada baja, eso sí, cuando la arena de la playa se vuelve parduzca, los paseos marítimos parecen decorados de cartón piedra y los hoteles de verano en noviembre se tornan inhóspitos y desangelados. Por la noche, después del bufet, si quieren soltar el cuerpo y el poquito de alcohol, están condenadas a seguir bailando con otras mujeres ya que en esas excursiones nunca viajan hombres solos. Muchas de ellas, cuarentañeras o septuagenarias, han decidido dimitir de los formatos para encontrar pareja que la tecnología y el mercado, ávido de respuestas, han multiplicado. Lees “plan para singles” y automáticamente imaginas una fiesta despeinada, en la que suenan tanto Beyoncé como Marvin Gaye, capaz de caldear el cuarto al instante. Caminatas emocionantes por cañaverales o cenas a la luz de la luna donde la pandilla acaba jugando al póquer picante. Son una estafa, dicen mis amigas. Porque en esos planes cuyo enunciado parece llevar luces de colores los tíos con los que se han topado son tan colgados, maniáticos y obsesivos como ellas. Con la diferencia de que, en lugar de romanticismo, sólo buscan una buena acompañante para atravesar en bicicleta los Países Bajos. Ana ha tenido una colección de minirrelaciones a través de Tinder o de AdoptaUnTío, cuyos resultados le darán para escribir un libro sobre el desequilibrio mental en tiempos de Facebook, o algo parecido. Hombres deportistas, sí, que nadan, corren, suben montañas, que hacen la compra como si resolvieran un sudoku y se irritan si te dejas el tarro de la mantequilla abierto en el primer desayuno en su casa. Lo peor de todo es la ilusión: pasar el dedo por encima de la pantalla del smartphone, mirando rostros y cuerpos de la misma forma que podemos ver ropa, pensando en lo bien que te quedará uno u otro, olvidando que se trata de material humano inflamable. A tanta gente le ha ido bien, se dicen, aunque lo oculten porque les parece demasiado banal confesar que se conocieron en un portal de citas. Me temo que ellas, en cambio, seguirán recogiendo miradas al cruzar el semáforo, pensando que aquel que acaba de pasar podría ser el amor de su vida, el que nunca se subirá a un autocar de singles para acabar invitando a algún corazón desdichado a recorrer Holanda en mountain bike.

[Publicado el 08/6/2016 a las 14:11]

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La realidad tiene granos

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La fotografía se titula Monzón: tres hombres y un rickshaw avanzan bajo la lluvia intensa que peina la imagen de gotas inclinadas hasta empaparla, logrando una pátina de irrealidad. Uno empuja, los otros tres van atrás y miran a la cámara con sonrisas fotogénicas. A su alrededor, los colores raídos, el reflejo de los charcos en el asfalto y unos precarios techos de plástico sirven de subtexto: estamos en India. La instantánea es para algunos perfecta, para otros tediosa, pero parece capturar una escena cotidiana que al tiempo ilustra la variada amplitud del mundo. Su autor, Steve McCurry, es uno de los fotorreporteros más prestigiosos del mundo, un clásico de National Geographic, autor de aquel icónico retrato de una niña afgana que deslumbra a través de su mirada esmeralda. Pero McCurry quita y pone. El crítico de The New York Times, Teju Cole, disparó la primera flecha: “Sus fotografías son perfectas y aburridas. Y esa perfección sólo se puede conseguir orquestando la imagen”. De hecho, lo hacía: eliminaba personajes molestos para la composición, borraba un puesto de fruta que descentraría la mirada y reencuadraba ratón en mano. El célebre autor se justificó: “Yo no soy un fotoperiodista sino un contador de historias. Tomo mis imágenes con un sentido estético de la composición”. Algunos de sus colegas han sacado la Biblia del oficio: su deber es informar, guiados por la ética informativa, nunca recrear; además McCurry nunca antes había renunciado a su faceta de reportero gráfico, aunque hoy, a tenor de sus palabras, se sienta un artista llamado a recomponer el desorden real.

Domina la creencia de que el mundo suele ser más espectacular visto en fotos; de ahí que hoy Instagram anime a competir en singularidad, emotividad y pose. También explica esa creciente neurosis por fotografiar el instante como si tuviéramos que documentar la vida, en lugar de vivirla a conciencia. ¿Acaso porque causa más placer coleccionar y editar nuestras propias fotos que disfrutar de nuestros propios actos? Con frecuencia se admiran imágenes cuya magnificencia no suele corresponderse con la literalidad del instante, como si el ojo no pudiera acostumbrarse a la fealdad. Ni siquiera a la trivialidad que documentan tantas de esas instantáneas. No está solo McCurry manipulando la realidad en pos del efectismo. Las imágenes de los miles de inmigrantes que siguen huyendo de Siria y buscando refugio en el Viejo Continente se estampan de bruces en una Europa soliviantada que sigue utilizando el Photoshop sin lograr iluminar una fotografía cada día más oscura y desenfocada. Las versiones de una misma imagen se multiplican, varían entre ellas, borran defectos, abrillantan una luz que nunca existió, como si esta ideología del cortar y pegar resumiera una omnipotente ilusión humana: quitarle los granos a la realidad.

[Publicado el 06/6/2016 a las 11:03]

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Absolutamente moderna

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Patti Smith puede hacer lo que sea por una taza de buen café, incluso viajar a Veracruz en busca de los granos que le recomendara William Burroughs. Adora perderse en cafés íntimos, donde se sienta a repasar su cosmogonía mental bajo la premisa de que la imaginación puede llevar a cualquier parte, no tiene fronteras ni límites. Libre. Como su mítico álbum debut, Horses, que ahora cumple 40 años. Superviviente de toda una generación que no pudo sobreponerse a sus utopías, Smith supo recogerse, enarboló su propia teología y se puso a rezar, exaltó el arte más elevado, crió a sus hijos, y nunca dejó de componer ni de susurrar versos filtrados por la luz.

Smith es un mito que no envejece. Sigue despeinada a conciencia, igual que en los años 70 cuando posaba en ese hotel que tanto la enamoraba por su densidad: el Chelsea. “Era como una casa de muñecas situada en los límites de la realidad y cada una de su centenar de habitaciones encerraba un pequeño universo. Yo deambulaba por los pasillos al acecho de sus espíritus, vivos o muertos. (…) Muchos habían escrito, conversado y sufrido en las habitaciones de aquella casa victoriana. Muchas faldas habían lamido aquellas desgastadas escaleras de mármol”, escribe en su primer y celebrado volumen de memorias Éramos unos niños (Lumen), en las que desgrana su despertar en las artes y la vida de la mano de su íntimo, el fotógrafo Robert Mapplethorpe.

Ella no nació realmente el penúltimo día de diciembre de 1946, sino el día que robó las Iluminaciones de Rimbaud en una librería de su barrio. Siempre ha sido su máxima inspiración. ¿Cómo no iba a ser una poeta libertaria siguiendo los pasos del “primer punk rock kid”, como lo definió en la inauguración de una exposición monográfica en Madrid hace ya casi una década? Los amores adolescentes nunca se olvidan, y ella ha confesado que se enamoró del rostro ensoñado del poeta y de sus versos rabiosos con sólo 16 años. Igual que él, dejó su ciudad y una vida odiosa –había empezado a trabajar en una fábrica tras acabar el instituto debido a los problemas económicos de su familia– con 20 años para buscar su arte en la gran manzana. En su maleta llevaba vaqueros, los discos de Dylan y los versos de Rimbaud. Su particular Verlaine fue un joven hermoso y sensible, Robert Mapplethorpe, quien se convirtió en compañero, amante, cicerone y pigmalión entre la creatividad, la ternura y la tormenta. Él financió su primera maqueta. La que Lou Reed –al que la canción le puso los pelos de punta– le puso a Clive Davis, presidente del sello Arista, que la contrató inmediatamente. Así se convertiría en la primera artista surgida de la new wave que firmó un contrato con un sello grande. En un momento en el que el rock buscaba cantantes sexis, ella, con su aspecto andrógino y su luto riguroso, con sus letras líricas, su ruido y su furia, iba a romper todos los esquemas y fórmulas. Ahora que se cumplen cuatro décadas de aquel imprescindible Horses, lo recupera en directo y visita Madrid, donde actuará en las Noches del Botánico. Acaba de salir su segundo libro de memorias, M train, cincelado por su prosa preciosista que oscila entre el ensueño y la realidad trazando un paisaje de aspiraciones e inspiraciones creativas –de la Casa Azul de Frida Kahlo en Coyoacán a las tumbas de sus admirados Genet, Plath, Rimbaud y Mishima–. Te atrapa como una tela de araña. Ella misma lo ha explicado: “Es lo que sentí. Simplemente me subí en un tren y emprendí la marcha”. Eso sí, tomó la precisa distancia entre la oscuridad y la luz. Patti Smith es una buscadora del lenguaje de los dioses menores que protegen el verdadero arte.

[Publicado el 04/6/2016 a las 14:07]

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El cordón umbilical

Observo cada vez más una conducta neurótica en mí y en los otros capaz de paralizar el tráfico o de generar cualquier tipo de catástrofe doméstica. Ocurre al bajar a la calle, e incluso tras haber andado una manzana, cuando se sube al taxi y se da la dirección. Los primeros movimientos son cautos y silenciosos. El sujeto en cuestión va desatendiendo el diálogo a medida que se palpa los bolsillos, cierra los ojos y, presa de un pánico nervioso, empieza a rebuscar en el bolso o la mochila. Son instantes angustiosos: se puede perder un avión, hacer esperar a la abuela o incrementar el importe del taxímetro. El ansia se enmadeja hasta que el susodicho exclama con alivio “¡está aquí!” y enarbola el teléfono en el aire, como una bandera, movido por una energía jubilosa que quiere compartir con todos los que están a su alrededor, ufanos igual que él por no tener que retrasar sus planes. Porque el móvil es una pantalla del mundo, tu sala de operaciones, tu salvoconducto para acceder con contraseñas; representa el futuro, que parece depender de un mensaje que no llega, y el pasado, almacenado en fotos y mensajes.

Hace unos años reflexionaba acerca de la prótesis en que se han convertido los smartphones, su articulación dinámica para ofrecernos soluciones inmediatas que nos ayuden a vivir. Casi todos sufrimos nomofobia –ya saben, el miedo irracional a no estar conectados– y nunca habían sido tan reclamadas las tomas de electricidad de cafeterías o metros. El uso del móvil ha acrecentado aquella liberación tan celebrada que ofrecieron los primeros manos libres: andar hablando por teléfono. O salir al rellano de la escalera en busca de una privacidad que impedían aquellos cables en espiral que tanto toqueteábamos mientras se sucedían fragmentos de vida telefónica. Eso era entonces, cuando el teléfono se utilizaba para tomar decisiones, aunque fuera verse el domingo. En cambio, ahora se emplea por vicio, pese a que bombee e insufle sentido a la vida profesional y social de su portador. Por ello su desconexión crea una ansiedad que recoloca al individuo en su primigenia soledad.

En las urbanizaciones de verano, las mujeres tienden toallas en las galerías con el teléfono prensado entre el hombro y la oreja: “No me entero, llama de nuevo”, “yo me voy duchando”. Hablan libres de la presencia de los suyos, aligeradas por esa intimidad en bañador, y a gritos, igual que en los vagones del tren, como en la sala de espera, haciéndonos testigos de su intrascendencia: llaman para decirse que están bien, muy bien. Enumeran lo que han comido y a quiénes han visto. No parecen habitar, al menos conscientemente, otras ambiciones. Les basta mantener el cordón que les une a aquello que entienden por vida.

[Publicado el 01/6/2016 a las 13:28]

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Poeta de frontera

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Por correo electrónico Manuel Vilas me advierte: “soy un escritor itinerante: tengo tres sitios donde escribo: Madrid (Pozuelo), Zaragoza y Iowa City. Tendría que elegir uno: Madrid, creo”.  Todo un detalle. Con las maletas preparadas, nos recibe en una urbanización junto a su pareja, la también escritora Ana Merino. En la entrada hay una estantería con libros publicados por ambos.

 

Manuel  Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) es un narrador y poeta de la realidad, del amor, de España, de los coches, de las ciudades extranjeras, del asombro que produce la vida.  Algunos de sus poemas se titulan  así: 7 Gintonics, McDonald´s, Madza 6, El crematorio, Los cobardes, Cambrils, El sol, Yo soy el amor, España, una poeta inglesa te odió, Think is over, Orange o Acapulco.  Huele a perfume intencionadamente varonil. Le pregunto cual utiliza: “la Kenzo”, responde. Los perfumes le seducen desde que husmeaba en el tocador de su madre: “los aromas me abren una puerta de conocimiento, un olor dormido abre  la memoria”. El pasado mes de marzo se publicó su “Poesía Completa (1980-2105)” (Visor). Puede leerse como un retrato íntimo y a la vez de la España de los últimos treinta años. Contiene tanta energía como amor y devastación. Dispara con las cenizas de Walt Whitman: “es el padre de todos, de Elliot, de Auden, de Lou Red, de los Sex Pistols… es la exaltación caótica de todo”. Sus versos reúnen tanto rock como vermús de provincias. Poesía autobiográfica que actúa de azote, abrazo y carcajada solitaria, capaz producir en el lector un reconocimiento de los pliegues cotidianos.“A los 13 años, cuando me di cuenta de que no tenía ningún talento musical, me puse a escribir: lo típico, poemas de amor”. Ganaba premios literarios, hasta que en 1980 le dieron el Premio Zaragoza. Revuelve recuerdos: “no consigo conectar mi pasado con mi presente. Tengo la sensación de haber vivido varias vidas, y eso hace que no consiga recordar. Me lo tendré que inventar. Cualquier cosa, antes que no tener pasado”.

 

Escribe bien casi en todas partes. No le afectan el paisaje ni el clima. Detesta el portátil aunque vive con él. Archiva. Quema impresoras: “un texto en pantalla no es nada”. Escribe cada día, si no se siente desdichado. Siempre con música. Es su mayor analgésico: “por mal día que haya tenido, llego a casa, pongo a Lou Red y ya está”. Nunca lleva chandal: “detesto la estética pequeño-burguesa. Pinta bien pero siempre acaba mal”. Acaso es de lo que se siente más orgulloso: “toda mi literatura ha sido un intento de salir de lo pequeño burgués; es una gran invención occidental, tentadora pero cobarde. Niega esas grandes pasiones de la vida,  casa mal con la literatura”. Sus horas más fértiles para escribir son de 11 a 13. A veces de noche. O todo el día. 

 

A ratos ataca la nevera; pulsiones. Antes bebía: “una botella diaria ginebra, hasta que me caía. Tuve un par de ingresos. Cuando Fernando Marías leyó “Gran Vilas” me dijo: ‘este es el libro de un alcohólico’, y me hizo caer en la situación. Pronto voy a cumplir dos años sin beber”. Lo dejó solo. Vilas, que “bebía por dolor”, ahora escribe sobre ello, y asegura no haber renunciado a la ebriedad como ejercicio mental. Hablamos del ritmo de sus versos: “es una relación erótica con el español, un

ensimismamiento con las vocales y consonantes. Es como tocarlas”.Toma el sol, consciente de que es poco de escritor. Cita a Cernuda, o a Gil de Biedma, poetas afines. Asegura que el primer sorprendido de lo que escribe es él mismo, y se considera un enigma para sí mismo: “cuando escribí el poema de mi madre, la elegía a la muerte de mi madre, me di cuenta que había llegado hasta a un límite del conocimiento del amor, de la vida con un ser humano. Al llegar a fronteras vitales que nunca antes había pisado me siento bien”. Le asombran la vida y su exaltación. Tanto del bien como del mal. Le fascina el lujo: “me produce una felicidad inmediata, me inspira, es amor. Es como si dios me estuviera hablando. Que me venga a buscar un Mercedes 600 con conductor es una conquista de la maestría y la inteligencia humanas, y todo eso dedicado a mi”. 

 

La primera en leer sus originales es su compañera, Ana Merino, que “enjuicia muy bien. Un escritor termina su manuscrito y no sabe si ha escrito una inmensa mierda o  una genialidad. ¿A quien le da esa responsabilidad tan importante? Solo puede hacerlo con alguien que tenga una complicidad amorosa”. En su escritura itinerante, Vilas tiene miedo a viajar, o mejor dicho, a no regresar y quedarse perdido en un no-lugar. Busca el límite, y cuando lo logra, se sobrecoge.

[Publicado el 31/5/2016 a las 10:35]

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Guerra al tacón

Es una mala noticia para las feministas metrocincuenta o metrosesenta que se le declare la guerra al tacón, a esos zapatos de altura que Julia Roberts o Kristen Stewart se quitaron en nombre de la libertad, permitiendo que sus delicados calcañares pisaran el alquitrán recalentado de la Costa Azul. Poco mérito tiene la primera con su 1,75 m, y estoy segura que no las hubieran detenido por calzar unas bailarinas, pero las reivindicaciones requieren un lenguaje plástico, un símbolo que contenga dolor y a la vez placer, que tenga foto. El código de vestimenta del festival de cine obliga a las mujeres a llevar tacones. Sin duda se trata de un asunto verdaderamente galante; también los exigen para franquear las puertas de los clubs más privados de intercambios de parejas. Hay en ese caché escénico una voluntad de mostrar la feminidad más exaltada, y por ello la siempre tan masculina organización del evento ha consentido esa línea anacrónica en los requerimientos a sus participantes féminas.

Que en este siglo palpitante los zapatos altos sean un dictado es un disparate con mecha de fuego. Una recepcionista de la firma de servicios profesionales PwC fue despedida en Londres al negarse a ir con tacones. Se presentó su primer día con zapatos planos y el jefe le anunció que tenía que cambiárselos. La chica respondió que aquello era discriminatorio y la echaron. Desde una plataforma on line ha conseguido las firmas necesarias para que el Parlamento británico revise la ley que autoriza a las empresas privadas a dictar el tipo de calzado de sus empleados.

No obstante, hay muchos tacones que son razonadamente elegidos. Sus portadoras sienten un vínculo directo con ellos. Recolocan su cuerpo, arquean la espalda y pisan con eco. Temen tener que pagar pronto impuestos por llevarlos. Cuenta Vicente Verdú en sus deliciosos Enseres domésticos (Anagrama) que “el zapato, en cuanto a eslabón entre tiempos y especies, nunca duerme”. Es una declaración personal e histórica “porque se relaciona con las prendas de primera necesidad”. No negaré que haya una intención de sorpasso en esas directivas que se sostienen sobre stilettos de diez centímetros jornadas enteras, ataviadas de autoridad estética y rigor profesional. Pero el fetichismo erótico sigue pesando en la composición de unas caderas balanceantes. Es Venus en un pedestal. Es el andar de una mujer como ideograma de deseo –por eso funciona con tanta efectividad la pasarela–, la querencia de diversas civilizaciones por elevarse unos centímetros del suelo a riesgo de torturar su pies. A fin de poder amortiguar el dolor y dar rienda suelta al placer, una empresa norteamericana, Thesis Couture, ha reclutado a ingenieros aeronáuticos para patentar la suela del futuro, que permitirá andar sobre prominentes tacones casi flotando, como si pisáramos la Luna. Lo escribe en sus sofismas Vicente Núñez: “Futuro es desobediencia”. Tacones eternos.

[Publicado el 30/5/2016 a las 12:09]

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Sin frenos ni tacones

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Produjo un vicio complaciente el admirar a esas dos mujeres fuertes y encantadoras, Thelma y Louise, paladear su vehemencia, fraternidad y empatía, incluso en el dolor. Se erigieron en dos heroínas comparables al más bravo de los machos en busca de adrenalina, hasta el extremo de ser enaltecidas –no tanto las actrices como sus personajes– y reventar las taquillas (más de 45 millones de dólares solo en EE.UU.). Cuántas veces, al contemplar a una pareja de mujeres con gafas de sol y al volante, hemos dicho: “Parecéis Thelma & Louise”. El ansia de libertad que exhalan deja en segundo plano su final, una feliz tragedia.

En ese Cannes tan glamuroso y controvertido se acaba de celebrarse el 25.º aniversario del film. El premio Women in Motion reunió a Susan Sarandon –actriz todoterreno que igual arremete contra Woody Allen que declara su deseo de rodar porno femenino– y Geena Davis, estandarte de una feminidad de mejillas sonrosadas y labios carnosos. Juntas celebraron la mitificación de un film que aúna victoria y derrota con exaltación whitmaniana y que le valió un Oscar a su guionista, Callie Khouri, el primero obtenido por una mujer en solitario. La crítica saludó la versión femenina de un género fundamental en el cine norteamericano como las road movies, películas de compañerismo y fuga, de almas inconformistas que resoplan contra lo establecido. Buena parte de las feministas valoraron que Thelma & Louise alcanzaran lo que los existencialistas llamaron trascendencia: “Habiendo experimentado lo que supone tomar sus propias decisiones, no están dispuestas a renunciar a esa libertad. Una decisión extraordinaria que ennoblece a Thelma y Louise, los personajes y la película”, sentenció Linda López McAlister, en Feminist Film Reviews.

A pesar de que sus protagonistas acaben despeñándose voluntariamente por el Gran Cañón, no cabe entender la cinta como apología del suicidio. Pero ahí está el vértigo tan liberador como autodestructivo. La determinación de no volver atrás. Una decisión que nos remite al club de las escritoras suicidas que prefirieron abandonar en lugar de aflojar. O cuya locura fue mortal. En 1941, Virginia Woolf se llenó los bolsillos de su abrigo de piedras de todos los tamaños, rumbo hacia el río Ose. Le dejó una carta a su marido, Leonard. “No creo que dos personas pudieran ser más felices de lo que hemos sido tú y yo”. Ella oía voces y no quería sufrir más. En 1963 Alfonsina Storni se dejó llevar por las aguas de un mar embravecido; en su último poema había escrito: “Si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido”. Se trataba de un dolor difícil de sobrellevar: el ánimo negro, los neurotransmisores en fuga, un pesar por ser criaturas atravesadas de melancolía y abismo. Sylvia Plath, Anne Sexton, Alejandra Pizarnik antes de tomarse un frasco de barbitúricos: “Sucede que oigo que la noche llora en mis huesos”.

Sarandon aprovechó ese Cannes misógino donde las prostitutas de lujo tienen la agenda llena y las mujeres siguen siendo minoría en las películas –en Hollywood nueve de cada diez estrenos han sido realizados por hombres– para arremeter contra la industria del cine: “Hoy no se hubiera filmado esta película”, dijo. Robin Wright ha conseguido equiparar su salario con el de Kevin Spacey en House of cards peleando. No ocurre con la mayoría, actrices que viven en precariedad, sin voz ni papeles y que no pueden permitirse mostrar sus pies ennegrecidos sobre la alfombra roja de La Croisette como hicieron Julia Roberts y Kristen Stewart. Los tacones se erigieron en símbolo de opresión en un momento muy Thelma & Louise. Aunque puede que sea mucho más eficaz y elegante no bajarse de ellos: basta con encontrar tu horma.

[Publicado el 28/5/2016 a las 14:47]

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Biografía

Periodista, licenciada en Filología por la Universidad de Barcelona. Inició su carrera a los dieciocho años, a mitad de los años ochenta, en los periódicos leridanos Diari de Lleida y La Mañana. En 1990 empezó a escribir en el Diari de Barcelona, y posteriormente en El País, especializándose en tendencias, cultura y estilos de vidaParticipó en el lanzamiento de Colors -con Tibor Kalman al frente-, en Vogue París y Ronda Iberiadirigida por Juan José Millás. En 1992 creó la revista Woman, que dirigiría hasta 1996. Desde ese año a 2012 fue la directora de la revista Marie Claire.  En 2013 fue nombrada editora de Prisa Revistas, donde puso en marcha la revista masculina Icon para El País, en la que sigue publicando artículos. Actualmente es consejera editorial en Prisma Publicaciones (Grupo Planeta).

Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia. Y también ha sido colaboradora habitual de diferentes programas radiofónicos, como Hoy por Hoy (Cadena Ser) y actualmente Julia en la Onda (Onda Cero). Ha dirigido el Curso de Periodismo y Comunicación de Moda de la Universidad Politécnica de Madrid,  el Taller de Periodismo de Tendencias y Moda organizado para la Escuela de Periodismo UAM/El País y ha participado en seminarios de la Escuela Contemporánea de Humanidades.

También ha dirigido la serie infantil Fadapaca (TV3, 2008), con la dirección artística de Jordi Labanda, y el programa de entrevistas "Humanos y divinos" (TVE, 2010).

Es coautora -junto a Anna Caballé- del libro Mi vida es mía y autora, entre otros, de Hombres, material sensible, (Plaza & Janés) Las metrosesenta (La Esfera) y Generación Paréntesis  (Planeta).

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