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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 16 de octubre de 2019

 Blog de Joana Bonet

Necesitamos vacaciones

La ola de calor terminó por reventar las cremalleras con las que pretendíamos resistir sin arrugarnos. Histriónica y desmedida, hinchó las carpinterías metá­licas, descolgó clavos de estanterías y reblandeció toda exigencia. De la misma manera que la muerte, la playa o la sed, el calor es de lo más democrático. Nos iguala y nos desmonta el cromo de quienes creemos ser: el rostro brilloso, ­sudado, la ropa malmetida, el paso desmayado, el jadeo cuando parece que no ­podremos seguir aguantando. Pero aguantamos. El umbral de tolerancia se empequeñece a medida que el verano se desviste. Mal soportamos a nuestros políticos airados, a nuestros famosos y sus bodas de quita y pon, a nuestros abogados, a la rémora de asuntos farragosos. “No puedo más”, repetimos, pero seguimos tragando lo que viene, la contrariedad servida en el desayuno, el desengaño nacional estampado en el periódico. Y suman a la colección de microdecepciones cotidianas que padecemos: la avería del aire acondicionado, el overbooking ya en chanclas y sin otro plan B que el de resistir y obligarnos además a ser decentes, eso es, paciencia, comprensión y buena cara.

El calor ensucia y pudre, pero aún y así lo ansiamos cada año porque con él llegan músicas y mares, y alguna noche en la playa donde atisbamos colores que jamás habíamos visto mezclarse. Durante el curso nos hemos demorado en encontrar un nuevo sentido a lo que hacemos. Además, nos hemos cuestionado –a nosotros mismos y a nuestros ellos– deseando escapar, no de un despacho o una familia, sino en general: hacernos invisibles, aunque se trate de esa vieja fantasía infantil que no se fue del todo.

“Querías un mar que nunca embraveciera. Pretendías llevarte bien con todo el mundo, no causar molestias, no pedir nada a nadie. Pero no se le pide al mar que no se enfurezca”, leo en las páginas de Donde me encuentro (Lumen). Su auto­ra, Jhumpa Lahiri, parece escribir sobre una sábana blanca. Son esos momentos los que buscas, la reparación del verano a pesar de que sus ardores emboten igual que la fiebre. Espacios en blanco, sin urgencias, donde es más lo que te desviste que lo que te viste, y así se renuevan las ilusiones. Nos decimos con solidaridad: “Necesitamos vacaciones”. Basta esa frase para anunciar la necesaria interrupción de la rutina. Dejaremos fluir las horas, pero también habrá tráfico, electrodomésticos que se nos resistan, tormentas que aguarán el día de playa, turistas bárbaros que destrozarán rincones de belleza... El sudor mezclado con aceite de coco. Cuánto anhelo expresamos en el deseo de apagar el botón, incluso sin saber muy bien cuál de ellos, como en los endemoniados cuadros de luces de los hoteles. Felices vacaciones.

[Publicado el 31/7/2019 a las 11:13]

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Mientras negociaban

Mientras dos partidos de izquierda negociaban la pasada semana un reparto de carteras que no comprometiera a los unos y fuese suficientemente respetuoso con los otros, el mundo seguía devorándose a sí mismo. El mismo día de la fallida investidura de Pedro Sánchez, al menos 116 personas morían ahogadas en el Mediterráneo tras hundirse la barcaza en que hombres, mujeres y niños trataban de escapar de la ola de violencia desatada en Libia. El Mare Nostrum se ha convertido en un terrible sumidero en el que no queremos ni pensar ahora que llegan las vacaciones; ese mar amable, cálido y comercial en el que se ahogan quienes emprenden un éxodo a la desesperada.

Un día antes del debate de la fallida investidura, la Encuesta de Población Activa del segundo trimestre del INE contabilizaba 3.230.600 parados –muchos de larga duración–Y, al siguiente, la cifra de mujeres asesinadas por sus parejas o sus excompañeros en lo que va de año ascendía a 35. En esta España, el 33% de los jóvenes emancipados siguen dependiendo económicamente de sus familias (y no contamos los que no ­pueden aspirar a un hogar propio) y el 70% de los abuelos se desloman cuidando de sus nietos durante los meses de verano, volviendo a demostrar que las políticas de conciliación no son sino un brindis al sol.

El jueves, cuando Sánchez se petrificaba en su escaño y su tez se acetrinaba, la mandíbula apretada como sólo él sabe hacer, en carrillo y con soplido fino, Boris Johnson –¿o era un doble de Donald Trump?– enaltecía el espíritu nacional con la eterna promesa: “Haremos que el Reino Unido sea el mejor país del mundo”. Y dejaba claro que a él no le temblarán manos ni tijeras en la desconexión brexitiana, al tiempo que la carta del negociador en jefe europeo, Michel Barnier, a los Veintisiete miembros de la Unión calificaba los planes del flamante primer ministro británico de “inaceptables”. En el ombligo de nuestro Congreso, los socialistas sentían cómo la corriente de desafección –también de desprestigio– hacia la política inundaba los comedores familiares, las oficinas y hasta los bares, dejando atónitos a los ciudadanos la incapacidad de entenderse de nuestros representantes.

La tarde ardía, la ola de calor reblandeciendo el asfalto, cientos de hectáreas de bosques recién calcinadas. La sensación de incendio se iba extendiendo dentro y fuera de los cuerpos. La política convertida de nuevo en quebradero de cabeza en lugar de herramienta para solucionar problemas. Que si exigencias desmedidas, que si ministerios sin competencias, que si prepotencia inexperta o irresponsabilidad y negligencia manifiestas. “Septiembre nos complica la vida a todos”, resumió Rufián, uno de los pocos parlamentarios frescos entre tanto bochorno. Y nos hizo recordar la máxima de Diderot: los errores pasan, sólo la verdad permanece. Pero no admite tregua, porque el mundo sigue devorándose a sí mismo.

[Publicado el 29/7/2019 a las 11:15]

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Kafe Dostoyevski

Elegir un nombre es una declaración de intenciones. Puede funcionar como primer imán o causar absoluta indiferencia, diluido en la costumbre y la repetición, la escasa gracia o, peor aún, el exceso de ella. Hay un artista madrileño de origen oriental que triunfa en la música con el sobrenombre de Putochinomaricón; revertir el estigma, de eso se trata. Es interesante fijarse en cómo se hacen llamar los raperos: Canserbero, Arkano, El Chojin, Zimple… y otros se complacen en resumir nombres y apellidos en una letra: Cardi B, Jay Z, C-Kan, San E, a medio camino entre el lenguaje cifrado y la nada. También forma parte de la cultura del feísmo abrazar apelativos desdeñados y pobretones, y más en estos tiempos propicios al manifiesto, en los que están de moda los libritos donde se procesan las ideas como en la Thermomix.

En cambio, la literatura sí se vende como experiencia. Y, por ello, soy capaz de imaginarme a Arkano o a Cardi B tomando un té en Le Flaubert, haciendo volutas de humo con un cigarro que toma prestado de Shakespeare el nombre de Hamlet o disfrutando de las notas de chocolate negro en una pinta de cerveza cuya etiqueta lleva la cara de Oscar Wilde. La posmodernidad desacralizó la alta cultura y reventó las subastas en Sotheby’s con las latas de sopa Campbell’s, que hoy, gracias a Warhol, es una marca con leyenda. Y la hipermodernidad –si puede llamarse así al estado fluido y gaseoso en el que vivimos hoy, marcado por los cambios de paradigma: digital, económico, sexual, climático– ha recuperado el gusto por el marketing cultural. Restaurantes y cafés que toman prestados los nombres de Rilke, Stendhal, Balzac, Hemingway o Bach (PunkBach), siguiendo la tradición del Joyce’s Cafe, el Austen’s Cafe y otros repartidos por el mundo, algunos más justificados en su vocación literaria que otros, meramente oportunistas.

Afirmaba Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (Gedisa) que, al entrar en contacto con el consumo masivo, se difumina “el aura” del arte. Cierto es que la apropiación cultural es una expresión más del capitalismo, deseoso de reinventar los nombres de un imaginario que ha dotado de significado a muchos seres humanos. Por ello, los hay partidarios de los elevados que te enriquecen mientras tomas un cortado o digieres una crema de calabaza. Porque no es lo mismo citarse a comer en Casa Pepe que en Café Kafka, donde sientes que la leyenda literaria te hace más fuerte que la autoayuda. Pero, por encima de todo, recuperas cierto sentido de la posteridad, tan extraviado hoy. Eso sí, es muy probable que los instragramers y youtubers que insisten en no leer acaben pensando que Rilke, Stendhal o Balzac no son más que eso: un buen lugar para comer steak tartar.

[Publicado el 24/7/2019 a las 15:21]

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Sin huella paterna

Una estrella mundial. Un hombre que ha triunfado a lo grande: icono en el imaginario popular y dueño de un fraseo y un sentido de la melodía que ha encandilado a parejas de varias generaciones, a nuestras madres y a los millennials de karaoke. También ha plantado árboles y casas por todo el mundo, padre de ocho hijos oficiales que derrochan guapura, riqueza y Miami style. Sus dos gemelas acaban de cumplir la mayoría de edad y ya saltaron a la gala del Metropolitan de Nueva York, vestidas de Oscar de la Renta en tutús rosa, escribiendo su propio cuento de princesas. Al tiempo, en el juzgado de primera instancia número 13 de València, un joven llamado Javier Sánchez era reconocido como vástago legítimo de Julio Iglesias después de décadas de litigios. 42 años sin referencia paterna íntima, negada su condición de hijo, años en los que buscó al padre y quiso conocer a sus hermanos. El joven tuvo que tragarse la palabra bastardo y trató de ser cantante proyectándose en su inmensa sombra. No tuvo éxito. Continuó con su vida pequeña, peleó en los juzgados junto a su madre –una exbailarina que tuvo una aventura con Julio en los años setenta– y consiguió una muestra de ADN de Iglesias a la desesperada.

“¿Cómo voy a estar contento con un padre que me rechaza?”, ha declarado en una entrevista. Pienso en esas palabras, tan sensatas. Como si sólo persiguiera la oportunidad y la fama, un futuro resuelto, un cheque en blanco. Javier Sánchez también ha afirmado que no le guardaba rencor, pero que entiende que su madre, después de tantos años de lucha, lo vea como una victoria. ¿O era venganza?

Históricamente, los hijos no reconocidos son un hecho común en España, Portugal, Italia, el Reino Unido y sobre todo en Francia, donde la bastardía no tenía nada de deshonroso: heredaban bienes de sus padres, podían llevar sus apellidos y usar sus armas con la sola diferencia de que una banda cortaba en diagonalmente su escudo. Erasmo de Rotterdam, Leonardo Da Vinci, Don Juan de Austria, Luis de Borbón o María Tudor lo fueron. En la España de los sesenta y setenta, la palabra querida regaba con brandy. En numerosos hogares los hombres eran bígamos, pues hasta 1978 el Código Civil preveía hasta seis años de prisión menor por adulterio, además del juicio moral y el desprestigio social que supondría. La proliferación de demandas de paternidad circunscritas a aquellas décadas sólo pueden entenderse asumiendo el binomio poder-personal de servicio, la dependencia económica, bajos niveles culturales, la impronta de la religión y la nula pedagogía anticonceptiva, además de un machismo bien enraizado. Hijos de clase A e hijos de clase B. Muchos de ellos, borrados de la conciencia paterna, en un negacionismo de sí mismos. Bendito ADN, que ha sacado del ostracismo a tantos condenados inocentes. A tantos hijos negados. No es que carezcan de huella paterna, es que sus padres, contra natura, quisieron borrarla.

[Publicado el 22/7/2019 a las 12:35]

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El poder de lo ‘cuqui’

El gran escaparate del mundo se ha llenado de magdalenas de colores. Cupcakes y emojis –que hoy celebran su día mundial– llorando de risa o lanzando triples besos. Como en un jardín inocente, clona criaturas de cabezas grandes y ojos saltones e invita a huir por un momento de la intolerancia y la bronca, de la injusticia y la desigualdad, con Pokémon: Detective Pikachu, que ha reventado las taquillas del mundo entero, sumando casi 430 millones de dólares desde su estreno en mayo. La proliferación de cuadernos con citas inspiradoras atrae a los niños y también a adultos con el ánimo blando. Algunas incluso se venden con supuestos poderes en realidad imaginarios: “Con esta libreta Cris conseguirá lo que se proponga, y más” o “Duérmete con un sueño y levántate con un objetivo”. La caligrafía naif en colores pastel años cincuenta vale para barberías hipster y mensajes en mochilas escolares. Lejos de aquellas frases transgresoras que circulaban en nuestra juventud, al estilo de “lo personal es po­lítico” o el “walk on the wild side”, hoy triunfa el mensaje adorable, cuqui, una deformación expresiva de la palabra ­cuco (“lindo o gracioso” según la RAE).

En su última novela, Esta bruma insensata (Seix Barral), el escritor Enrique Vila-Matas construye un protagonista que ejerce de proveedor de citas para otros escritores. Y maneja un catálogo estupendo, desde el lema de Joyce: “Silencio, exilio y astucia” al “los muertos siempre se equivocan al regresar a historias de su pasado” de Anthony Burgess, que difí­cilmente funcionarían en el cuqui cosmos de las citas de crecimiento personal. Resalta entre todas la que atribuye a ­Albert Cossery, un salto cualitativamente literario respecto a las llamadas quotes inspiradoras, aunque exprese lo mismo: “Nunca deseé tener nada que no fuera yo mismo. Puedo salir a la calle con las ­manos en los bolsillos y me siento un príncipe”.

La avalancha de ternura glaseada quiere contrarrestar la dureza de nuestro mundo. Leo al autor de The power of cute, Simon May, profesor de Filosofía del King’s College de Londres, quien afirma que esta es la “emoción moral por excelencia”, liberadora de la sociabilidad humana que nos estimula a expandir nuestro círculo de interés altruista. También que la monería está en perfecta ­sintonía con una época más fluida –o al menos porosa– que pretende superar dicotomías tan enraizadas en nuestra sociedad como masculino-femenino, adulto-infantil, e incluso bien-mal. Y me viene a la cabeza el pensamiento de ese gran oidor que era Canetti: cuando nos diluimos en la ternura, nos resulta im­posible volver a mirar con los duros ojos de la realidad. No hace falta recurrir a los vídeos de cachorritos que reblandecen hasta al puto amo.

[Publicado el 17/7/2019 a las 18:37]

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No te ajunto

Hace días que pienso en Groucho y aquella canción que entonaba en una de las mejores películas de los Hermanos Marx, Plumas de caballo: “Puede que tu propuesta sea buena, pero vamos a dejar una cosa clara: sea lo que sea, ¡estoy en contra! E incluso si la cambias o condensas, ¡estoy en contra!”. Aunque ignoren su estribillo, es lo que parecen repetir nuestros líderes políticos, que vuelven a convertirse en una de las máximas preocupaciones de los españoles, según el CIS, dada su incapacidad para entenderse y formar coaliciones. Para asumir que se necesitan los unos a los otros, igual que ocurre en una familia o una comunidad de vecinos, escozor mediante.

Los políticos plañen y claman ante los micrófonos si no son acogidos con los brazos abiertos o son alimentados con cuchara. La retórica victimista, tan instalada en el discurso actual, es una añosa técnica demagógica que consiste en descalificar al adversario mostrándolo como atacante con el verdadero fin de rehuir el debate. Altamente manipuladora, se cocina con tres ingredientes principales: deformación de la realidad, rédito en la queja e incapacidad autocrítica. “El PSOE pone a Cs en la diana y los radicales nos lanzan botellas” tuiteó Inés Arrimadas tras el presunto escrache en el Orgullo Gay, que unos consideran poco menos que una batalla campal, y otros, una protesta legítima con algún incidente controlado. La cúpula de Vox lleva semanas lamentando unas líneas rojas que ellos mismos se encargan de repintar a golpe de exigencia. En el seno de Podemos consideran que Pedro Sánchez está jugando con ellos con la mirada puesta en unas nuevas elecciones, aunque haya empezado a celesti­near con una carta de ministros apolíticos.

También hay quienes, desde la derecha, ven en la dureza negociadora del presidente en funciones y su equipo una artimaña victimista a fin de recurrir in extremis a radicales e independentistas, alegando que lo intentó todo con PP y Ciudadanos. ¿Y qué decir de los populares, un partido que lleva años coleccionando agravios de toda condición y procedencia, incluso desde dentro de sus propias filas?

El sectarismo agrio ha bloqueado el diálogo y, lo que es peor, ha fracturado el principio del respeto. Todos son anti o van contra algo, en lugar de esforzarse en atemperar las estrategias de choque y devolver el anticomunismo y la homofobia a las lejanas décadas que les corresponden. Y resulta irresponsable apostar por el perverso “cuanto peor, mejor” en lugar de atreverse a buscar decididamente lo bueno para cuantos más mejor.

El sectarismo agrio ha bloqueado el diálogo y, lo que es peor, ha fracturado el principio del respeto

Víctimas de su propio marketing, de una doble moral, de un feminismo oportunista que confunde la igualdad con los vientres de alquiler... Lloricas de “a ti no te ajunto”; claro que afanarse en cambiar las cosas es arriesgado. Soy de las que prefieren utilizar el término supervivientes –en lugar de víctimas– al hablar de cualquier tipo de violencia. ­Porque quienes alargan la compasión acaban enterrados en su propia mega­lomanía.

[Publicado el 15/7/2019 a las 15:17]

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La vida ‘sin’

La victoria de la preposición sin frente a con es aplastante. No es el añadido lo que hoy nos seduce, sino la supresión. La ideología del bienestar ha impuesto contención y ha encumbrado la sobriedad como renovado valor. Productos sin sal, sin azúcar, sin conservantes, sin gluten, sin lactosa, sin fructosa, sin cafeína, e incluso sin cables, llegan raudos a nuestras casas, prometiendo un estado más elevado, sin inflamaciones de vísceras ni huelga de lactobacilos. La vida sin nos otorga una especie de semipoder, igual que si pudiéramos regalarnos días de vida si no fumamos, evitamos apoltronarnos o no ingerimos grasas saturadas. Ya el sabio libro del Eclesiastés demostraba que el principio de la reciprocidad no existe. Que el bien no siempre trae el bien, ni unos pulmones sin nicotina garantizan librarse de un tumor. Aun así, la era sin crea ilusión, la del bienestar que te procura administrarte dosis de bienestar.

Los vicios son hoy más abstractos y sofisticados. Crecen, por ejemplo, los lo­cales de intercambio de parejas y el sexo libre deja de ser considerado una guarrería, mucho menos nociva que una hamburguesa industrial o medio kilo de churros. Leo un artículo en The New York Times sobre la “nueva sobriedad”, una forma de entender la vida sin no sólo para alcohólicos diagnosticados, sino para todos los que, además de cuidarse, no quieren alterar su conciencia ni llevar “un punto” encima, esa bruma esponjosa que desinhibe y produce euforia. Prefieren divertirse a palo seco. Ahí están esos neoyorquinos abstemios que frecuentan el Club Soda, ListenBar o Getaway y piden mocktails –el término anglosajón para los cócteles light–, y etiquetas que triunfan en las redes sociales con los hashtag: #MindfulDrinking o #SoberCurious.

En este país tan cervecero, resulta original que la sin se erija en fenómeno y ya represente el 13% del consumo per cápita de tal bebida, según destaca el informe de Cerveceros de España. Se trata de un dato revelador, porque lideramos a nivel europeo su consumo y su producción. Y el último estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre hábitos de consumo informa que ingleses y españoles han empezado a beber menos. Aun y así, en nuestras mesas sorprende que ­alguien rechace el vino. “¡Venga, una ­copita!”, suele insistirse, como si tan sólo los musulmanes y las mujeres embarazadas estuvieran excusados para brindar con Coca-Cola.

La tendencia a la sobriedad es una buena noticia en un país de larga tradición de bebedores, donde tantas guitarras, besos y contratos han sido regados con una copa de más. Y aunque la moda del sin roce a veces el absurdo, expresa un deseo de pureza universal, una exfoliación anímica para sentir que tenemos el control en un mundo descontrolado.

[Publicado el 10/7/2019 a las 10:07]

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Preferiría no hacerlo

Me reencontré con un amigo al que hacía años que no veía y, entre otras historias, me contó que había estado enfermo: “Fui al hospital y me atendieron corriendo, pero eran tiempos donde aún valían los enchufes”. En sus palabras quedaba patente la hermenéutica de una era en la que los atajos por influencia o los comportamientos abusivos han ido emergiendo como bolas de pelusa cada vez más gordas, comisiones, contratos amañados, ventas de nada a cambio de oro.

Hoy prevalece una mayor conciencia cívica y equitativa frente a la picaresca que abusa de los más débiles y que urde chanchullos. Pero hay un aspecto que sigue inamovible, replegado en sí mismo, causa de desesperaciones personales y flagrantes abusos institucionales. Me refiero a la burocracia, ese magma gris, ese muro contra el que el escribiente Bartleby se paraliza y repite: “Preferiría no hacerlo” (en agosto se cumplirán 200 años de la muerte de su autor, Herman Melville, que murió completamente olvidado). Las pilas de papeles amontonados que Bartleby prefiere no revisar, igual que la espiral absurda de oscuridades administrativas que tan bien relató Kafka, evidencian la indefensión en la que ­queda el individuo. El ciudadano al que le dicen: “Vuelva usted mañana, y traiga tal papel; o una firma compulsada”. Resiste ese poder concentrado, adormecido en su propia maquinaria, que zancadillea decisiones personales de gran calado.

“Cuando quieres combatir la dictadura de la burocracia, sólo la agigantas, tienes que hacer una circunvalación”, me razona Gemma Calvet, directora de la Agència de Transparència de l’Àrea Metropolitana de Barcelona, que ha presentado con gran éxito ante la ONU el programa Lorenzetti –en colaboración con las ciudades de París, Montreal y Bogotá–, donde, a través de la obra del pintor italiano, se hace comprender que no hay integridad sin ética público-privada y para ello la cultura humanista es imprescindible. En la construcción de la nueva identidad pública, el papeleo es sinónimo de infinitos laberintos trazados por unas administraciones ahogadas en sí mismas y perdidas en sus dédalos tecnológicos. Según Calvet, existen dos tipos de funcionarios: los políticos y los carismáticos. Los primeros son prisioneros de la rutina, de la inercia, mientras que los segundos son contrarios a la concentración de poder estático y unipersonal.

Sólo los débiles quedan a merced de coacciones y favores, afirmaba Epicuro. El marketing de la transparencia llena hoy la boca de todos aquellos que quieren (de)mostrar su nuevo liderazgo –sea por coherencia o porque quien coquetea con las cloacas un día u otro verá flotar su propio cadáver en ellas–, pero poco tiene que ver con una limpieza real, la que exige recursos económicos y humanos, y también un firme compromiso político. ¿Cuántas buenas ideas se han malogrado por la burocracia del confort? ¿Cuántas personas no han podido mejorar sus vidas a causa de un papeleo a destiempo? Le robo la frase a Calvet: la democracia será ética, o no será.

[Publicado el 08/7/2019 a las 11:47]

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‘Flush, flush’

La revista que observa el mundo a través de los espejos del baño”. Sólo en Francia podía surgir la iniciativa de dedicarle un magazine a la toilette. Pero, ojo, Flush no es una publicación dedicada únicamente a las tendencias en inodoros y mamparas de ducha, tampoco a nuestra relación con los cuartos de baño –a la paruresis, la fobia de algunos hombres a orinar en público, por ejemplo–, sino que hay lugar para reportar las condiciones sanitarias en campamentos de refugiados o en cárceles. La periodista Aude Lalo, su artífice, defiende que la salud, el progreso, la ecología, el urbanismo y hasta las relaciones sociales pueden escrutarse a través de la evolución y uso de los urinarios.

De cuarto de las vergüenzas o sanctasanctórum doméstico, privado –por tanto cerrado– y discreto, pocos espacios de la casa –después de la cocina convertida hoy en altar– han evolucionado tanto, no en vano es el lugar donde empiezan y acaban nuestros días, donde nos relajamos y desahogamos cantando o llorando en la ducha.

Los baños de nuestra infancia eran recónditos y bastante feos. Hoy presumen de veteados mármoles, tecnología de última generación, váteres domóticos que abren la tapa nada más acercarte a ellos, como si te olieran, y hasta grifería en ­negro mate personalizada con nuestras iniciales. “El lugar de uno mismo” –como lo denominó el escritor Manuel Hidalgo– permite, mucho más allá de la escatología, definir nuestra relación con “lo privado” y extraer su componente socioíntimo.

Recuerdo la polémica surgida en torno a la fotógrafa Lee Miller cuando se autorretrató en la bañera de Hitler para quitarse la mugre del campo de Dachau, y coincidió con que ese mismo día el Führer se suicidaba en su búnker berlinés.

Suciedad y su reverso, limpieza; intimidad y pudor; secretismo y refugio, todo ello abarca un baño, transformado en una de las estancias más seductoras en las casas de diseño. Basta un rápido recorrido a través del cine para comprobar la importancia como escenario que tiene en nuestras vidas. El filósofo Slavoj Zizek, siempre extremo, proponía una teoría acerca de las diferencias entre los váteres –tanto por su morfología como por su ubicación en los cuartos de baño– de algunos importantes países europeos para afirmar no sólo que cada inodoro es fiel reflejo de la cultura que lo ha creado, sino que “cada vez que vas al baño te sientas encima de la ideología”. Puede que sea cierto, y que, efectivamente, los franceses mantengan su tradición revolucionaria, los británicos sean pragmáticos y los alemanes reflexivos mientras que algunos españoles mean fuera de tiesto.

Conquistado, disputado, deseado, qué alivio produce correr el pestillo que nos garantiza unos minutos de invisibilidad.

[Publicado el 03/7/2019 a las 13:20]

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Kitsch nupcial

La otrora llamada princesa del pueblo, Belén Esteban, se ha casado de nuevo. No me olvido de aquella vez cuando un presentador le preguntó por alguno de sus comportamientos –o eran sentimientos–, y ella respondió: “¿Pero esto qué es? ¿El juego del cráneo? No soy ningún ejemplo para nadie”. La chica de San Blas que fregaba pisos, la novia de Jesulín que se aburría en el campo de la sierra de Cádiz e iba al bar a taconear, se ha echado años y kilos como el resto de españoles. De profesión, tertuliana, y veraneante en Benidorm, se ha serenado y ha entrado en el club de las segundas bodas.

En las aspiraciones de la novia subsiste el anhelo del vestido perfecto. El súmmum quintaesencial, el traje entre todos, especial y único. Las mujeres que se casan visten en realidad su propia belleza, pletóricas, seguras –o eso parece–, y el traje las acompaña. Pero el ritual nupcial le otorga una función mágica. El vestido se convertirá en noticia, al menos entre los asistentes al enlace, y los comentarios perdurarán unos días. Algunas entran en las tiendas de Rosa Clarà, que acuñó un prêt-à-porter de novias personalizado, y aprenden a pasar de la foto al propio cuerpo. Pero no sólo la novia desea que su traje haga enmudecer, que por él la amen y la respeten el novio, el público, España entera. Ahí están los invitados, las pruebas lo testifican, vale cualquier boda mediática, incluso con flores negras al estilo de las de Pilar Rubio. El esfuerzo por ser singular desemboca a menudo en la vulgaridad. Cuando vas a comprar el pan y pasas por delante de una comitiva de boda, ves a un grupo de gente disfrazada. Siempre demasiado vestida, sea al mediodía o por la tarde, con ridículos tocados que se tuercen, pamelas Costa Amalfitana que desentonan con las bocinas del tráfico, escotes pronunciadísimos, colas de sirena para andar a pasitos cortos... Ellos también van acartonados; parecen magos o camareros medio perdidos en la fiesta. No obstante, en el microclima bonachón que genera un enlace, sus participantes se sienten los más guapos (y elegantes) del mundo. E insisten en epatar como nunca antes, manteniendo la tradición campesina de estrenar ropa para los acontecimientos.

No hay que remontarse muy lejos para comprender cierta deriva estética de nuestra sociedad hacia lo antes identificado como hortera. Basta con echar la mirada a los posmodernos 80, cuando lo kitsch –palabra alemana de origen más metafísico– brotó del underground para convertirse en tendencia total (y eso que la globalización aún no había vertido su líquido unificador a lo largo y ancho del globo). Theodor Adorno, uno de los mayores críticos, lo consideraba un peligro para la cultura, además de una parodia de la catarsis que el verdadero im­pacto estético provoca. Y así se representan muchas de ellas, entre la celebración y la caricatura del amor, los novios enmarcados por colores chillones, plumas y lentejuelas. Mientras el resto vamos a comprar el pan.

[Publicado el 01/7/2019 a las 11:55]

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Foto autor

Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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