PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 26 de mayo de 2017

 Blog de Joana Bonet

Arregladas, estresadas, madres

La expresión “ir arreglada” siempre me ha producido desazón. Ya sé que la repetían una y otra vez nuestras abuelas, madres y tías, incluso se la escuchábamos a nuestros padres: “mientras te acabas de arreglar saco el coche”. En ese mirador social que resulta la revista Hola! leo unas declaraciones de la señora Adriana Abascal, viuda de Emilio Azcárraga, “el tigre” de Televisa, ex esposa Juan Villalonga, (ex Telefónica y ex amigo de Aznar) y casada ahora con un “hombre de negocios” –término difuso– llamado Emmanuel Schreder, en las que afirma: “es imposible estar arreglada todo el tiempo, y a veces ser madres trabajadoras nos hace descuidar nuestro aspecto…por nuestra autoestima es importante cuidarse”. Pienso en ellas, y fantasías sinestésicas me traen el olor de queroseno o pintura fresca, de taller mecánico. Como si tuviéramos que alicatarnos y barnizarnos para contrarrestar a la naturaleza. También es curioso el uso de plural. Pienso en las madres que trabajan en urgencias, o en el campo, y levantan a sus hijos a las siete de la mañana sin despeinarse. La señora Abascal nunca luce estresada en las fotos, aparenta diez años menos y se va con su amiga Naty (también Abascal) a La Mamounia para disfrutar de esas extrañas contradicciones del posado: pelo mojado y diamantes.

El arreglo ha sido uno de los principales enemigos de las mujeres, y las más torpes seguimos luchando contra los grumos del rímel. Hace años ya, que con Naomi Wolf y su ensayo “El mito de la belleza” descubrimos que el cuidado de la imagen suponía una tercera jornada laboral. No es solo por la autoestima: el imperativo social sigue afinando cinturas y depilando cejas. A Melania Trump, un estilo de madre muy borroso, su marido le obligó a comprometerse –no sé si por medio de contrato legal o amenazas– a recuperar su talla tras el embarazo, y vaya si lo hizo la obediente exmodelo, acostumbrada a los yugos de los directores de casting. Melania es una madre refugiada en una torre de mármol travertino: no ejerce de primera dama sino de esposa en la distancia, rompiendo los cálculos de quienes supusieron que la Casa Blanca se convertiría en una pasarela de trajes entallados –solo lleva cierto vuelo en las mangas–, un estilo bien diferente al de Michelle Obama. O de nuestra Elsa Pataki, que ha criado a sus hijos en las playas salvajes de Australia. Las madres abnegadas suelen hacer mucho y decidir poco. “Todo por la familia” podría ser su lema, más voluntarioso que voluntario. Pataky y su marido, Chris Hemsworth, según la prensa del hígado, han protagonizado esta semana una sonora bronca en plena calle con motivo de un cuarto hijo que, al parecer él quiere, y ella no tanto. Las fuentes citan incluso una frase terrible: “no soy una máquina de hacer bebés”. Madres gallina como la del clan Campos, apodado Kamposhian, en el que la figura de la matriarca se idolatra hasta la genuflexión y sus hijas entonan público panegírico por la supresión de su programa; o madres perfectas y trenzadas, como la Reina Letizia, a quien el carmín le jugó esa mala pasada que les sucede a tantas mujeres “arregladas” y se le empastaron los dientes. El próximo domingo se celebrará en España –y en Hungría, Lituania, Portugal y Sudáfrica, curiosa mezcla de latitudes– el Día de la Madre, una festividad cuyos orígenes se remontan a la antigua Grecia, donde se rendían honores ceremoniales a Rea, madre de Zeus, Poseidón y Hades. Franco fijó la fecha de la celebración, el primer domingo de mayo, en 1965, trasladándola del día de la Inmaculada Concepción. Curiosa decisión para el Nacionalcatolicismo. Hoy, el mercado, con sus limitaciones y su depauperado bienestar, coincide con la nueva liga de la madre perfecta del siglo XXI mientras que las imperfectas, las que no poseen ni fórmulas magistrales ni protocolo para “arreglarse”, las que se equivocan igual que aciertan, las que aman como solo sabe amar una madre, suscriben aquellas palabras de Silvina Ocampo: “la maternidad no se trata solo de llevar nueve meses y dar a luz a seres sanos de cuerpo, sino de darlos a luz espiritualmente. Es decir, no solo de vivir junto a ellos, con ellos, sino ante ellos”. Eso es lo que nos arde.

[Publicado el 06/5/2017 a las 13:10]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Gordita feliz

Kate Moss es noticia porque ha engordado. Los cronistas anuncian que se ha apuntado a la tendencia de las curvas. No se lo han preguntado, es una interpretación políticamente correcta, propia del compromiso editorial con no perpetuar estigmas físicos. “Nueva imagen”, lo denominan también. Llámalo como quieras, pero el caso es que se considera información de interés que la modelo de los noventa, icono de la androginia, haya ganado peso. La prosa de mantecado relaciona con desvergüenza su acumule de grasa con la felicidad: “Con más kilos, sonriente y feliz”, presuponen de quien ha abandonado la noche y la talla 38. En esa línea es justo donde muchas lectoras suspiran: “¡Ay, Moss, cómo hemos cambiado!”, se dicen. Quién te ha visto y quién te ve. Lozana, terrible eufemismo para tantas mujeres de edad difuminada y hormona alterada. ¿O acaso esa dicha que vinculan a las curvas no contiene una amarga quina: el duelo de dejar atrás la juventud y el imperativo social de corregir esa adolescencia obstinada que te acompaña a pesar de ser una señora?

Moss nunca se ha correspondido con la imagen de mujer saludable, y, no obstante, ha sido una de las modelos más influyentes e inspiradoras para los creadores. Sus caderas rectas sirvieron para vender más tejanos Calvin Klein que nunca. Rebeldía, cigarrillo, camisetas, resacas dignas, una especie de James Dean en chica, una tomboy que nunca ha encajado en las robes de bal palaciegas. Su delgadez y sus tumbos con chicos malos y rayas de cocaína llegaron a ser tema de debate público.

Demasiado se ha parodiado el efecto del paso del tiempo sobre el cuerpo femenino, llegando a tener carácter de penalización social: menos focos, guiones más cortos, y menos telediarios. Los cincuenta se venden hoy como los nuevos treinta. E incluso las que se dejan canas viven a conciencia su imagen. Las tartas de chocolate caen sobre la cintura igual que un flotador, pero, en cambio, se obvia lo trascendente: ¿cómo se vive íntimamente la transformación física y anímica de la madurez? “Tengo cuarenta y ocho años. No, en realidad, tengo cuarenta y siete. Hace dos años que no tengo la menstruación. Soy una mujer de éxito llena de tristeza. Temo que se mueran mis padres. Mi marido está en el paro. Trabajo sin cesar. No quiero quedarme sola. He tenido mucha suerte. Me han querido tanto. No sé ganar. Ni perder…”. Lo escribe Marta Sanz, en Clavícula (Anagrama), una crónica sobre el dolor del cuerpo que es en verdad dolor del alma. De la punzada que intentas localizar en vano en algún órgano. Hasta que te dan el alta y te dejan a solas contigo misma, engordando kilos de dolor existencial.

[Publicado el 03/5/2017 a las 18:37]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

¿Imaginación al poder?

La literatura es inútil. Tal es la conclusión que sustenta la pena de muerte dictada por las autoridades educativas al determinar que no será obligatoria en el bachillerato. De fondo, el agónico binomio entre la economía y las humanidades, cifras contra letras. El Gobierno, con esta medida, corta de cuajo con la trascendencia de la literatura en la formación del carácter, no sólo en su dimensión estética, también ética, corroborando aquel pragmatismo de los padres que prohibían a sus hijos leer novelas a fin de no despistar su atención ni su rectitud moral, cuando únicamente entre sus páginas hallaban respuesta a aquello de lo que nadie hablaba. ¿Quién trataba si no del desamor, de la pena, la muerte, la manipulación o la infidelidad?

“La vida es una cárcel, y sólo la imaginación puede abrir sus ventanas”, afirma Simon Leys en la celebrada edición póstuma de su Breviario de saberes inútiles(Acantilado). Los hombres con sentido común, los que saben hacer dinero, consideran la literatura una pérdida de tiempo, pero él contraargumenta citando a Conrad: el objetivo de la ficción es “hacer la más alta justicia al universo visible”. Igualmente se sirve de Vargas Llosa: “La vida es una tormenta de mierda en la que el arte es nuestro único paraguas”. En su cruzada contra la estupidez, Simon Leys –pseudónimo de Pierre Ryckmans, aristócrata e intelectual belga, crítico literario irreverente y especialista en cultura china–, hizo suya la máxima stendhaliana de que un hombre feliz es aquel que no ha visto cumplidos sus deseos.

La sabiduría de los buenos libros trasciende a sus autores, que estos días han ocupado tenderetes al sol, un dulce oasis en plena caída en picado de la lectura. En su última visita a España, el director de educación de la OCDE, Andreas Schleicher (responsable del informe PISA), hacía un reproche a nuestras autoridades: “Su concentración excesiva en la legislación ha desviado la atención bien lejos de lo único que logrará mejores resultados de aprendizaje: la calidad de la enseñanza”. Hace años que los países que marcan la tendencia, por ejemplo, Finlandia, apuestan por la creatividad global, además de hacer dialogar las ciencias con el pensamiento y las artes, no sólo como objetivo curricular, sino como método de autodefensa personal. Leys también recuerda el escándalo de Hugh Grant tras ser detenido junto con una prostituta en Los Ángeles, asunto que le acarreó un buen desbarajuste en su vida personal y profesional. Al cabo de unos meses, un periodista yanqui le preguntó si hacía algún tipo de terapia: “No, en Inglaterra leemos novelas”, le dijo. Una gran respuesta, difícil de emular en España: la literatura entendida como gotero reparador.

[Publicado el 26/4/2017 a las 18:08]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Louisette y el amante

Busqué en la biblioteca mi viejo ejemplar de “El amante” editado por Tusquets. En los últimos meses, tres mujeres bien distintas –o no tanto–, Juliette Binoche, Marta Sanz y Delphine de Vigan, me habían confesado su fascinación por ese libro y por Marguerite Duras; de qué forma las había marcado, cómo se quedaron atrapadas en su prosa, en ese dejarse invadir por la sensación constante.
Siempre se vuelve a Duras, o mejor dicho, hay que regresar a ella cuando añoras su respiración lenta, un modo de escribir que tanto se parece a los silencios del amor. Su obra mantiene intacta la tensión erótica y existencial a través de una sintaxis combativa que plasma su duda en voz baja. "Para que el mundo sea soportable, es necesario exorcizar las obsesiones, pero la escritura puede, tanto esconderlas como desvelarlas", aseguraba.
 
El caso es que, cuando tuve entre mis manos el libro subrayado -la portada arañada, señales en las esquinas de las páginas–, avisté algo al fondo de la estantería. Se trataba de un ejemplar en francés, una primera edición reducida de 99 copias, de Éditions de Minuit. A pesar de ser un libro de viejo, estaba plastificado con premura. En su primera página, un nombre, inclinado en la esquina, escrito a lápiz para no molestar: Louisette. La letra era adulta, y empecé a preguntarme cómo debía ser esa mujer que encontró el tiempo de forrar el libro y colocarle una faja recortada, con el anuncio: “Prix Goncourt 1984”. Pero eso no era todo, en el interior de la portada, doblado y custodiado por el forro, había un recorte de Le Figaro Magazine. Era un exordio de la obra, firmado por François Nourissier, entonces secretario de la Academia Goncourt y empezaba así: ¿Por qué se sorprende uno de que el “gran público” haya hecho un triunfo de este libro? Eso sería tratar de tontos a lectores, que no lo son”.
 
Enseguida me imaginé a Louisette, pulcra y detallista, amante de los libros. Su ejemplar, que había olvidado del todo- tardé en recordar que lo había comprado en los bouquinistes del Sena- se conserva impecable. Tan solo aprecio unas manchas de óxido en la primera y en la última página. Las hojas guardan la prestancia del papel usado, pero carecen de cualquier marca o trazo. Pensé que Louisette nunca hubiera querido venderlo: no tanto por ser una primera edición –de los más de tres millones de ejemplares que se han editado de la novela–, sino por la delicadeza con la que lo había cuidado. Me dije que probablemente habría fallecido ya, y que alguien habría vendido sus pertenencias a un chamarilero, que la crueldad del paso del tiempo había enterrado todo lo que pudo sentir al leer las líneas entrecortadas de “El Amante”, pero que, aún y así, había sobrevivido su huella, la de una lectora anónima que había dejado en su libro un tranche de vie, retazos de una vida entre los que acabas encontrando un pedazo de la tuya. Si estás viva, Louisette, da señales y te devolveré tu libro.

[Publicado el 25/4/2017 a las 16:42]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Apagón juvenil

La ansiedad no tiene manías. Acribilla a sus víctimas sin respetar siquiera la mayoría de edad y se extiende entre los jóvenes igual que un nubarrón negro que termina por desencadenar la tormenta perfecta. A edades demasiado tempranas llega a su mesilla de noche la fluoxetina, que los psiquiatras recetan a los muchachos para que puedan seguir levantándose de la cama y librarse del sentimiento de irrealidad que les invade, como si su vida no fuera con ellos. Pero ¿y después de la medicación, qué? Extraños ante la percepción de sí mismos, ven delante suyo un infinito camino de piedras que les inhibe, en un tiempo en que debería estarles permitida la fantasía –e incluso el error­­– al buscar su lugar en el mundo. La idea del fracaso les persigue en forma de látigo. Hoy el concepto de autoridad en la educación occidental se ha rebajado, aunque el debate continúa vigente sin escapar de los binomios permisividad-rigidez, educación en valores-educación en resultados, como si no pudiera hallarse un punto medio.

En el Reino Unido, un 25% de los jóvenes entre los 16 y los 24, la edad de tontear, además de aprender, padece una enfermedad mental. Las actuales presiones, el bullying, el peso de su imagen –en una edad en que los complejos se agrandan–, así como la incertidumbre acerca del futuro que les espera, son algunas de la causas del aumento de cuadros de depresión y ataques de pánico. No hay ligereza en su modo de sentir la juventud, sino carga. Los trabajos precarios y mal pagados impactan en su bienestar, tanto psicológico como social.


En España, el desempleo juvenil representa un drama soterrado: la tasa de desempleo entre los que aún no han cumplido los 25 es del 42,9%. Y aunque el paro haya caído más de medio millón, el perfil del parado español no deja lugar para el optimismo: mujeres, menores de 25 años, sin formación especializada y que llevan ya un tiempo sin trabajar. A menudo nos quejamos de la puerilidad de nuestro mundo, tan deformado por el peterpanismo, esa eterna adolescencia que imprime laxitud al presente. Pero ¿verdaderamente les ofrecemos las herramientas necesarias? O, mejor dicho, ¿no les endilgamos un puñado de asideros erróneos? Por un lado, se quiebra la cultura del esfuerzo: Educación planea permitir a los alumnos obtener el título de graduado de la ESO con dos asignaturas pendientes (siempre que no sean lengua castellana o matemáticas). Y, por otro, se elimina la literatura del bachillerato –después de haberse cargado la filosofía–, un despropósito el de desheredar más aún a las gene­raciones futuras, arrebatándoles uno de sus poderes reales: los libros son refugio y vuelo, nutrientes que contribuyen a forjar el carácter y a alimentar el entusiasmo que, según Emerson, es “la madre del esfuerzo, sin él jamás se consiguió nada grande”. En su lugar, aumenta la venta de ansiolíticos.

[Publicado el 24/4/2017 a las 13:09]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Una cena con Marta Ortega

Un séquito glamuroso llegó de Madrid el pasado miércoles para cenar en una tienda del Paseo de Gracia, sumándose a otro grupúsculo autóctono cuidadosamente elegido. Se les llama micro-eventos, y uno de sus encantos consiste en hacer resaltar el “formato pequeño”, que antes denominábamos petit comité. Crema de oricios y steack tartar , cincuenta personas, música en directo, vajilla de Jaime Beriestain, y una atmósfera que recogía  palabras como “privado” o “selecto”,  indispensables para los sibaritas del sarao. Madrid se traslada a trozos, y en círculos, a Barcelona. Los directores de AD y Vanity Fair o la flamante directora de Harper´s Bazaar, Yolanda Sacristán –tras 16 años al frente de Vogue– no quisieron perderse la inauguración de la nueva tienda emblemática de Uterqüe y se sentaron entre bolsos producidos en Ubrique y zapatos en Elda. Artesanía española, moda y accesorio, calidad, reza el argumentario de la marca más aspiracional de Inditex –que también significa la más cara-.  Todos rodeaban a la invitada especial, la verdadera promesa de la noche: Marta Ortega. A la heredera del imperio Inditex, que tiene un aire entre Kirsten Dunst y Amaia Salamanca, le ha llegado la hora de demostrar que es ella misma, e incluso de desmitificarse. En el último año se ha sacudido su gusto por la invisibilidad, se ha enamorado, se ha comprado una casa en la capital (que visita con frecuencia) y ha saltado al cuché. Antes era imposible fotografiarla sin caballos de por medio, pero ahora se ha erigido en la VIP más deseada del momento, una especia de realeza sin corona. Forma parte de la estrategia de los Ortega apropiarse de edificios emblemáticos para alojar los negocios, haciendo suya aquella frase del poeta Robert Frost: “Si nada hay eterno, no es posible la producción ni la generación". El año pasado, Inditex facturó más de 20.000 millones en todo el mundo.
 
Me cuentan que Marta carece de poder ejecutivo. Pregunto si el suyo es un poder representativo, o consultivo. Me aseguran que opina, siempre con observaciones audaces, no en vano es hija de un hombre cuyo olfato y rapidez en conectar ideas lo ha convertido no solo en el mayor millonario de España, sino en líder de la revolución del low cost y la distribución cardiaca de producto Esa es, sin duda, la palabra clave de la familia. Le pregunto informalmente –no se puede preguntar formalmente- a Marta Ortega qué opina del nuevo espacio y me responde que “se ve bien el producto”. Es una mujer sobria, con un estilo más neoyorquino que patrio, y portadora de una educada distancia que le sirve de escudo.
 
Entre los asistentes, Vanesa Lorenzo  comentaba la repercusión de la portada para Fashion&Arts, y la empresaria María José Alasà comentaba haber descubierto a otro Carles Puyol: “antes lo veía más hombre cromagnon, y ahora lo he encontrado super atractivo, hay un antes y después de Vanesa”. El decorador Jaime Beriestain se lamentaba de la falta de promoción del buen gusto, fiel a su lema “más es más”. “Barcelona está gestionada por gente que tendría que tener más cultura y entender que la ciudad funciona gracias al turismo. Yo ya no podré diseñar más hoteles en mi ciudad, porque los políticos han decidido que no se abran más” decía el afamado interiorista.

Por su lado, Ainhoa Grandes, uno los personajes con mayor influencia en el ámbito cultural y filantrópico, afirmaba que la sociedad catalana tiene que celebrar la promoción del arte por parte de la empresa privada, como es el caso de Uterqüe. Este año, la Fundación Macba  que preside, celebra su treinta aniversario. Según Grandes: “se trata de un modelo de referencia en la colaboración público-privada que después de 30 años ha demostrado ser un éxito”. El diseñador de moda masculina Juan Avellaneda,  otro nombre ascendente, a punto de vender en Bergod &Godman, también cenó con Marta Ortega. Avellaneda viste al hombre moderno con aires mediterráneos y renacentistas. En una ocasión, Ainhoa Grandes le pidió que le hiciera una chaqueta y ahora le ha florecido la clientela femenina. Mujeres que suspiran por sastrería masculina, herederas con perfil discreto y cenas con los carritos de postres en los probadores. Juntar contradicciones, el marketing de la vida. 

[Publicado el 24/4/2017 a las 12:10]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Cerezos en flor

Nada más pisar Tokio la noción de multitud se instala en la retina para no moverse. En los barrios de Ginza o Shinjuku, hordas humanas se agolpan a un lado de la acera y una llega a temer que, al atravesar la calzada, le barran hasta su mismísima sombra. El jet lag se hermana con el sonido hueco del idioma, notas en sordina. Tokio es una ciudad rara. O mejor dicho, los japoneses son criaturas extrañísimas que oscilan entre lo ceremonioso y lo robótico, entre la delicadeza y la brusquedad, entre los jardines de piedra y la fragilidad del ikebana. Sofia Coppola fue una visionaria cuando hace catorce años rodó Lost in translation. Poco ha cambiado la cosa. La mayoría de los taxistas o vendedores de puestos callejeros te hablan en japonés, y el entendimiento ni tan siquiera es factible con mímica porque sus códigos son otros.

En la planta 41 del Park Hyatt, en The Peak Bar, donde Bill Murray bebía un whisky tras otro, se sirve pan con tomate y jamón en lugar de sushi. Los japoneses, concentrados en su cantarina fosca, acentuada en agudo, fuman sin parar. En las calles hay áreas para hacerlo como es debido, con ceniceros y marquesinas, en contraste con esa profusa cultura de tés verdes, toallitas ardientes y terapias energéticas. La espiritualidad y el tataki enfatizan la importancia del corte. Infinitos puestos de masaje con fotos de lolitas asiáticas a modo de reclamo toman cuerpo en el paisaje diurno: allí entran hombres con maletín, parecen compungidos. Sexo de pago exprés al lado de máquinas tragaperras. Como en tantas partes del planeta, se dice que aquí la misoginia es una cuestión cultural. Segregación equivale a tradición. Me lo cuentan los diseñadores Stefano Gabbana y Domenico Dolce antes de desfilar en el Museo Nacional, donde no han podido mezclar modelos masculinos y femeninos: “En Japón hay muy poca conexión entre la vida diaria de los hombres y la de las mujeres. Ellas abrazan esa estética aniñada y naif porque mitifican la infancia, la única etapa en la que se han sentido libres”. Pero si hay un fenómeno que escapa al pragmatismo constante, y a esa obtusa precisión que no entiende de alteraciones del programa ni improvisaciones –que tan nerviosos pone a los nipones–, es la celebración del sakura. Durante diez días al año, de sur a norte, los cerezos estallan: blancos, rosados, púrpura, y alfombran la ciudad de preciosismo, pero sobre todo de veneración. Desprenden un halo sagrado: los viejos los contemplan durante horas, en busca de la brevedad y la perfección de su existencia, mientras que los jóvenes narcisos se miran en ellos. En ese Japón extraño no hay lamento, sino exaltación. Tempus fugit, sí; parte del misterio de la vida. Y es en esa belleza agonizante donde raptan el alma de las cosas.

[Publicado el 19/4/2017 a las 12:44]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El gris de cada día

Hay una frase recurrente entre los entrevistados cuando se les pregunta por su carácter: “Yo soy de blancos o negros, no de grises”, dicen los unos. O todo lo contrario: “No soy de blanco o negro, me muevo en una gama de grises”. La primera respuesta define a quienes están convencidos de que dudar equivale a perder el tiempo, y por ello hacen gala de su capacidad resolutiva. La segunda corresponde a los que nadan en la indefinición, prefieren las zonas intermedias y evitan los adverbios nunca o jamás. El gris es el color urbano por excelencia. Asfalto, piedra y metal. Viste el hábito de los monjes franciscanos y monjas albertinas, además de todo tipo de uniformes. Ha sido explorado por grandes artistas, desde William Turner hasta Agnes Martin –que abrazaba la sutilidad del arco iris que va del negro al blanco– o James Howell, que vivía en un loft del Village neoyorquino completamente gris, gato incluido. El escritor y columnista Kyle Chayka asegura que “el gris es lo más cercano al ideal platónico del color que es posible conseguir: la sombra, la luz difusa de un cielo nublado. Es una máscara genérica para la naturaleza decididamente antigenérica del objeto”.

Recordemos también la imagen del armario de Mark Zuckerberg: todas las prendas son grises: antracita, perla, marengo, acaso deviene un respiro visual respecto a la luz del plasma. Los gurús de Palo Alto se caracterizan por vestir igual que estudiantes: no invierten en moda, prefieren los vinos o el arte. Marcas globales como Uniqlo, Muji, Cos o Uterqüe predican la austeridad contemporánea del gris, con propuestas de una depurada elegancia, potenciando su voluntad de discreción e incluso de invisibilidad. En los últimos años, la moda se ha desvestido de artificio y el gris se ha erigido en el no color más ­poderoso. En él se concentran buena parte de los matices que dominan el pensamiento contemporáneo, por ello es eficaz tanto como símbolo de transición, de cambio de paradigma, como de tiempo de espera o de conformismo y estrés.

El gris también es el color de la ceniza, y a menudo representa el tedio y la tristeza. Decimos día gris o persona gris, y nunca es positivo, aunque acabemos disfrutando de la tarde de lluvia o descubramos lo que hay detrás de esa persona que parecía no tener sangre en las venas. Fantaseamos con los colores como modo de afianzar una actitud vital positiva y decidida. Pero ¿en verdad es desafortunado el gris? ¿No hay en su humildad, en su aire de tormenta, una ausencia del espíritu egocéntrico tan en boga? ¿Por qué está desterrado de todos aquellos lugares públicos que tienen que ver con la felicidad consumible, de discotecas a casinos, tiendas o ferias? El gris es el color de la realidad e invita a entretenerse en los claroscuros, que al fin y al cabo es donde suele residir la complejidad de la existencia. Porque la vida cotidiana se identifica más con su extensa gama de incertidumbres que con la fugaz euforia colorista.

[Publicado el 17/4/2017 a las 13:07]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Cápsulas de tiempo

Es domingo por la tarde, que más allá de una circunstancia es un estado de ánimo, y el vagón de tren permanece en silencio. Los pasajeros cabecean, el cuello doblado, las piernas estiradas. Una mujer de cejas diseñadas a la moda lee La ignorancia, de Milan Kundera, y pasa las páginas igual que si fueran de cristal. Dos hombres miran su pantalla y se sostienen la frente con la mano, como si pensaran mucho. Definitivamente, esta vez me ha tocado un vagón educado. El protocolo es el de siempre: indicadores rojos de las salidas, veintidós grados de temperatura, el líquido azul del inodoro que brota con ira. Porque el viajero frecuente conoce de memoria todas las rutinas, y, además, le gusta que no le sorprendan, a diferencia del turista que requiere el sobresalto para avivar el sentido del trayecto.

Aunque en lugar de viajar nos traslademos, movernos de lugar significa la pérdida de control. Asumes la contradicción y el imprevisto, te dices que son estados transitorios, incluso alteras la noción del tiempo y soportas servidumbres: las horas de espera, incapaces de servir para algo que no sea esperar. En los aeropuertos se suman las horas de tránsito en las que el viajero se convierte en un peón de ajedrez bamboleado de aquí a allá.

Dicen que viajar nos cambia. Pero no a todos. Cuando arañamos cinco días de fiesta, provocamos un movimiento. Quedarnos siempre en el mismo punto nos convierte en bicicletas estáticas, o al menos eso sentimos. Por ello, planear un viaje resulta una experiencia tan prometedora. Sacia, aunque transitoriamente, el hambre de variedad. Promete satisfacción, una cama enorme, un espejo de hotel en el que nos miraremos con mayor impunidad que en el de casa, igual que si fuéramos extraños. Al viajar adquirimos una ligereza que se nos hace esquiva en la vida sedentaria. El eje de coordenadas espacio-tiempo sobre el que está inscrita nuestra vida se desacompasa. Cuanto mayor es el movimiento, más lento parece correr el tiempo. Einstein ya describió el efecto de “dilatación del tiempo”, al que tantas vueltas le diera la ciencia hasta que, hace unos pocos años, un grupo de físicos del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica de Garching (Alemania) verificó su predicción de la teoría espacial de la relatividad con una precisión sin precedentes. Los experimentos en un acelerador de partículas confirmaron que el tiempo se mueve más lento en un reloj en movimiento que en otro fijo.

Al viajar, a veces se produce una ralentización íntima, espiritual. Y me gusta pensar que es una rebelión secreta aunque común a aquellos males sordos, insistentes y tolerables, que nos someten y nos minan. El viaje entendido como una cápsula de tiempo.

[Publicado el 12/4/2017 a las 22:02]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Mi amiga Carme

Carme Chacón vivió siempre como si no tuviera el corazón al revés. Estaba hecha de esa pasta que sella el coraje con sentimiento y la disciplina con entusiasmo. No lo tuvo fácil. Luchó, y mucho. Sacó pecho nada más nacer. Trece médicos asistieron su parto. Los primeros días ni le pusieron nombre, pero sobrevivió.

La llamaron Carme. Un médico, el Dr. Petit, daría años más tarde con el diagnóstico: bloqueo aurículo-ventricular completo y transposición de grandes vasos. Un corazón al revés.

Desafió esa espada de Damocles. No se crio como una enferma, todo lo contrario. De joven, era muy buena en baloncesto, pero un día se desmayó en la cancha y Esther, su madre dijo “Prou!”. Los libros se convirtieron en su nueva cesta. En las aulas fue brillante, a ambos lados del pupitre. Y nunca una descastada: se sabía el nombre del último camarero. En el barquito de los padres la llamaban “Soraya” cuando se tumbaba al sol con un libro.

Era una amiga leal. Si alguna vez le decías que habías tenido un bajón se enfadaba: ¿por qué no me llamaste? Los primeros años, en Madrid, nos resguardamos. Recuerdo una noche en la que quedamos a cenar y se lo adiviné en la luz: “Estás embarazada”. Aún era un secreto. Miquel fue otro regalo del coraje. Su amor redondo. Ni se acordó de su corazón al desear ser madre.

En un viaje en el que me sumé al grupo de periodistas, las Navidades del 2008, en las bases militares de Herat, me asombró su seguridad al ejercer de jefa suprema; decía las cosas más duras en un tono de madera. Tengo muchos cuadernos escritos sobre su vida. Un libro a medio hacer. Entrevistas con su familia, sus profesores, sus médicos, sus compañeros de partido, sus amigas… Pero surgieron las suspicacias. Las guerras internas. Que si acusarían al libro de ser una campaña de autopromoción. Las cruces del oficio, contra las que siempre tuvo que bregar: ser mujer, joven, charnega, y durante nueve meses estar al mando de Defensa, embarazada.

Carme, tu esmoquin en la Pascua Militar; la botella de cava en el congelador; los libros de Koch y Bolaño; las tardes de parque en Santa Ana con los niños, la plastilina y la carpeta con el discurso; tu fe intacta que, a pesar de hidras y dinosaurios, del betún de la política, te hizo una mujer con una sonrisa grande, como tu corazón, que nunca nos pareció herido. Hace menos de treinta días, generosa como siempre, me acompañaste de nuevo en un sarao. Llevabas el sol en la mirada. Ahora mismo, amiga, la idea de no volverte a ver se me hace insoportable.

[Publicado el 10/4/2017 a las 11:28]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres