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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 23 de noviembre de 2017

 Blog de Joana Bonet

Armarios roperos

Un amigo periodista, compartiendo confidencias con una copa de vino, me preguntó si a lo largo de mi trayectoria profesional me había liado con algún jefe, o si había tenido que espantar moscardones. He cometido muchos errores en mi vida, pero afortunadamente éste no, le respondí, añadiendo con cierta chulería que siempre había mantenido una distancia profiláctica entre trabajo y babas. En verdad he tenido jefes muy diversos, algunos de ellos grandes maestros y otros bien dudosos: recuerdo a aquel que maltrataba a su mujer, o a un tiburón que pertenecía a la especie manspreading –esos que siempre se sientan con las piernas abiertas–, y me bostezaba a la cara mientras le informaba de un asunto crucial. Siempre han pululado esos individuos que en la oficina te hablan mirándote el escote, a los que una sigue clavándoles los ojos con la mayor dureza posible. En verdad hubo un tiempo que sobre las mujeres que conquistaban algún escalafoncillo, caía la sospecha de que a quien se habían tirado. Parecía inexplicable que triunfaran por méritos propios.

Las jóvenes han emprendido hoy una cruzada de la que no fue capaz mi generación, bien por vulnerabilidad, bien, sobre todo, por intimidación. El miedo a que no te crean o a que digan que te lo buscaste siempre ha estado presente, y no solo en el cine, que ahora vive el denominado "efecto Weinstein" –ese productor mastodóntico que ejercía inmune su derecho de pernada–. Una sociedad cada vez más madura respecto a la igualdad debe de tener un nivel de tolerancia cero ante el acoso sexual. Por ello, hemos aplaudido esta salida al armario del #yotambién como demostración de la inexorabilidad de la justicia –ya lo advirtió el poeta latino: "la justicia, aunque anda cojeando, rara vez deja de alcanzar al criminal en su carrera"–, que ojalá, de ser probadas las acusaciones, se complete en los tribunales. Y en este contexto, el fotógrafo Terry Richardson, uno de los mejor pagados del mundo, acaba de ser vetado por Condé Nast Internacional. Hace tres años, tras ser señalado por seis modelos, Richardson escribió una carta al Huffington Post en la que negaba sus acusaciones. Y desde entonces ha repetido el argumento del consentimiento invariablemente cada vez que aparecía un nuevo titular con su nombre. Eso sí, mientras se forraba y publicaba libros pornográficos con chicas que desconocían el fin de sus shootings. Modelos como Coco Rocha, Rie Rasmussen o Charlotte Watters, que en su día hicieran público su depredador comportamiento, acaban con esa protectora pátina de cinismo que asegura que nadie hizo nada que no quisiera. Aunque la lacra de la violencia sexual en el mundo de la moda es mucho mayor que el narcisismo machista de Richardson. La también modelo Cameron Russell ha animado a sus colegas a denunciar los abusos sufridos en el trabajo. Sororidad instagrameada que ya ha reunido testimonios sobrecogedores, muchos de ellos de chicas de 16, 17, 18, 19 años que relatan cómo fueron tocadas, engañadas, humilladas, drogadas y en algunos casos violadas por bookers, fotógrafos y hasta chóferes. Hay tops muy jóvenes que quieren mantener el anonimato, junto a grandes nombres como los de Anja Rubik, Amber Valetta, Doutzen Kroes, Saskia de Braw, Sara Sampaio o Lily Aldrige, que se han sumado al “yo también”.

Recuerdo cuando despuntaron las tops españolas en los 90 y viajaban a Milán o a Nueva York para sesiones de fotos. Judit Mascó, Martina Klein o Nieves Álvarez, chicas cautas, me contaban entonces cómo una tenía que saber rechazar ciertas invitaciones. “En Nueva York, me pedían que fuera a fiestas, y yo preguntaba si podía ir con mi novio. Me respondían que no, y entonces decía que prefería no ir. Siempre he tenido mucha cabeza, y es probable que haya perdido muchas oportunidades por no ser la más divertida… Considero que el desnudo es un arte, pero en ocasiones he dicho “esto no lo hago”. Jamás he tenido problemas, pero me parece muy valiente y necesario lo que están sacando a la luz tantas actrices y modelos” me explica Álvarez.

El empoderamiento femenino es transversal, y acelera velocidades para derribar ese techo de cristal fosilizado. “Avanzar en la igualdad es mejorar el mundo” dijo el pasado miércoles Ana Bujaldón, presidenta de la Federación de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias (FEDEPE), en la entrega de sus premios, celebrada el en Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Madrid. María Escario fue reconocida por su “comunicación comprometida con la mujer”, además de Fuencisla Clemares, directora general Google España y Portugal, la diseñadora Purificación García, la heroica Selección Española Femenina de Baloncesto y otras mujeres fuera de serie. Cualquiera de ellas, de las que han llegado intactas al vértice de la pirámide del poder, no debería desentenderse de las razones por las que tantas otras no lo han conseguido.

[Publicado el 31/10/2017 a las 13:25]

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Surrealismo procesal

"A veces me pregunto qué pensaría de todo esto Dalí si estuviera vivo”, dice Oscar Tusquets ante un plato de alcachofas y setas de la cocina de Ramon Freixa. El día anterior, jueves, había recibido el premio Honorífico de la revista Interiores, en su tercera edición, en el hotel Palace de Madrid. Lo recogió remarcando la catalanidad de su árbol genealógico, para terminar diciendo: “No nos abandonéis”. Llegó a la mesa emocionado, el público en pie. Y una corriente melancólica pasaba de mesa en mesa, un pellizco de espanto al contemplar a un artista, a un creador que ha tocado altísimos techos, desnudo de certidumbre y con los ojos brillantes.

Dalí aseguraba que la revolución surrealista era ante todo una revolución moral. En un libro que he rescatado durante estos días de surrealismo ciudadano, Literatura catalana d’avantguarda (1916-1938) (Joaquim Molas), releo una conferencia suya en la que afirma: “Que los que persistan en la amoralidad de las ideas decentes y razonables tengan la cara cubierta de mi berberecho”. De los infinitos chistes virales, hay uno bien hallado: “Ha sido desenterrar a Dalí y volverse todo surrealista”. Y, en verdad, el devenir de la república independiente tiene algo de cadavre exquis: esos ejercicios poéticos con agregación de versos y sin otra unión que el libre albedrío. Breton, Desnos, Tzara, Éluard y compañía creían en la creación grupal, espontánea, irracional e incluso automática, adjetivos que describen a la perfección la crisis catalana. El procés ha fracturado la lógica, la secuencia del tiempo: del sí pero no, al ahora no, ahora sí, ahora te cito, te pospongo, me sublevo, te fulmino. Un gobierno central inflexible, un presidente incapaz de hallar una tercera vía y que quiere salir fortalecido de esta debacle que se ha cocido a fuego lento, por un lado, y los gritos de “traidor” que tanta vergüenza nos producen, por otro, reflejan la profunda fractura de la razón en pos de los ideales. Nabokov detestaba el exceso de sentido común en la ficción, y en su Curso de literatura europea (RBA) afirmaba: “Es fundamentalmente inmoral, porque la moral natural de la humanidad es tan irracional como los ritos mágicos que se han ido desarrollando desde las oscuridades inmemoriales del tiempo. El sentido común, en el peor de los casos, es sentido hecho común; por tanto, todo cuanto entra en contacto con él queda devaluado”. Y lo ilustraba matizando que él se descubría ante al héroe que salvaba del fuego al hijo del vecino, pero que le estrecharía la mano si arriesgaba cinco minutos para salvar su juguete preferido.

Es un gran ejemplo, aunque válido únicamente para la literatura, dado que el peligro real poco entiende de peluches. La contienda no ha podido calibrar su impacto en las diferentes maneras de ser o sentirse catalán, o español. Porque no sólo hay dos. Estos días se ha escrito una gran crónica surrealista, en la que millones de ciudadanos han manifestado temor ante el abandono de la realidad por parte de sus represen­tantes.

[Publicado el 30/10/2017 a las 11:51]

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Alarmas que saltan

Se activan a horas intempestivas: un sábado por la tarde, justo cuando acabas de entrar en Babia, o al amanecer, cuando empieza a clarear en la ciudad pero las farolas permanecen encendidas. Es un estruendo agudo, machacón, muy distinto a la sirena ronca del barco que se des­hace en la lejanía. Te expulsa de la cápsula del sueño, pero lo más ridículo es que no intimida, sólo produce fastidio. Son horas demasiado rebuscadas, incluso para los ladrones, pero ¿qué se puede esperar de sensores que ignoran la primera luz del día y en cambio detectan el vuelo de un gorrión que ha entrado por el tragaluz? Su mecanismo de alerta consiste en aumentar progresivamente el volumen, igual que en las franjas de publicidad en radio y televisión, hasta que expira su primer ciclo. Pero a los cinco minutos reinician su histeria, que todo lo invade. Cuando suena una alarma, difícilmente puedes pensar en otra cosa que no sea en desactivarla. Y para ello tienes que ­probar tu inocencia, aunque pagues su cuota.

Se trata de sistemas de seguridad provistos de cámaras, detectores y conexión telefónica con la central, una especie de teléfono rojo que se acciona cuando salta alarma y te pide que te identifiques. La primera vez que lo hizo en mi casa sentí una sensación de descontrol mucho más inquietante que cuando se dispara la señal de incendio en la oficina y procedemos a desalojar el edificio según marca el protocolo, aunque sepamos que no hay fuego y acabemos aprovechando el rato para fumar un cigarro y charlar en la puerta. Fue como tener el enemigo dentro; buscaba torpemente la manera de silenciarla, hasta que una voz de centralita sonó en el salón y me pidió mi clave. Acababa de mudarme y sólo recordaba los códigos del ordenador. Tuve que buscar la carpeta de instrucciones. Resultó desconcertante sentirme sospechosa en mi propia vivienda.

En los medios ahora se anuncian a diario: “Protege a tu familia”, reza un eslogan, apelando directamente a los sentimientos más primarios. Alarma, contracción italiana all’arme, cuyo sentido literal no es otro que “a las armas”, un grito de aviso ante el enemigo para tomarlas y defenderse. Expresiones como saltar las alarmas o alarma pública demuestran que aunque el origen guerrero de la palabra sea remoto, permanece semánticamente inalterado. Si antes de la tensión entre Catalunya y España, la locución en la que más instalados vivíamos era la de falsa alarma, ahora nos hallamos en un estado de alarma continua, donde caceroladas, detenciones, cárceles, policías y políticos siguen subiendo los decibelios, conscientes de que crear alarma es en verdad hacer ruido, mientras que para pacificar el conflicto, lo primero que hay que hacer es bajar la voz.

[Publicado el 25/10/2017 a las 15:43]

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Mujeres que escriben

Hasta el Romanticismo, las mujeres sólo podían escribir si eran monjas o nobles. Únicamente desde la virtud o el poder se contrarrestaba la anomalía de su conducta. Las primeras corrientes de emancipación hicieron posible que algunas féminas de clase media iniciaran una carrera literaria, y que incluso aspirasen a premios, como el certamen de poesía del Liceo de Madrid, que en 1840 ganó Gertrudis Gómez Avellaneda. Tal fue el impacto, que en la siguiente edición se vetó la participación femenina. En La pluma como espada (Lumen), María Prado rescata el testimonio de Zorrilla sobre la poeta cubana, exaltando su “voz dulce, suave y femenil”, para concluir que “era una mujer, pero lo era sin duda por un error de la naturaleza, que había metido por distracción un alma de hombre en aquella envoltura femenina”. Porque Gómez Avellaneda, al igual que Carolina Coronado, Elena Fortún, Mercedes Cabello de Carbonera, Dolores Medio o Juana de Ibarbourou, fueron consideradas especies raras. De muchas de estas grandes autoras apenas se sabía nada, no integran el canon, y ahora sonroja descubrir su talento, como el de la recién recuperada Elena Garro. De ellas, además de Mercè Rodoreda, Víctor Català y Carmen Martín Gaite, se leyeron fragmentos el pasado lunes en la Biblioteca Nacional de Madrid, conmemorando el día de las Escritoras. ¿Que por qué se celebra tal día? Las cifras misérrimas de académicas, premiadas, publicadas y no digamos ya de canonizadas es marginal. Visibilizar el talento femenino en la literatura a través de esas “formidables máquinas quitanieves que abrieron el camino a generaciones venideras”, en palabras de la comisaria de la iniciativa, Anna Caballé, constituye uno de los objetivos.

Se da la circunstancia hoy de que una nueva generación ha declarado haber recibido humillaciones y acosos varios, de la postergación de la calidad de sus versos en favor de la de sus tetas a recomendaciones de posar desnudas para la foto de portada, pasando por insinuaciones, chantajes de diverso tipo y juicios sumarios por su opción sexual. No es infrecuente oír a maledicentes decir que una autora está loca, acaso porque no es dócil ni previsible. Es una forma de expulsarlas del vértice de la pirámide, ignorando que los letraheridos rarunos son mayoría.

Esta misma semana se celebró en ­León un congreso de Columnismo, polémico ya desde su convocatoria: en el cartel todos eran nombres de señores. Desde los reverenciados popes, hasta los liberados y muy sueltos, inscritos en lo que Íñigo Lomana etiquetó como prosa “cipotuda”. En las redes hubo revuelo e indignación. Se tuitearon largos listados de mujeres que escriben en los medios. Muchas de ellas detestan las cuotas, pero no entienden por qué no son competentes para participar en un congreso leonés cuando todos los articulistas se deben a una acción sin género: sostener la columna. Escribir es ­explorar, podar y sufrir. Sin sexo que lo alivie.

[Publicado el 23/10/2017 a las 12:39]

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Lo mejor de lo mejor

Esta ha sido la semana de los Premios Ondas, que han galardonado muy oportunamente a un género en sí mismo, el de “comunicadores catalanes”: Àngels Barceló, Josep Cuní o Sussana Griso, además de las radios barcelonesas por la cobertura del atentado en las Ramblas. Hablo con la Gemio –que tras 40 años en el oficio se merece de sobra el artículo definido–, y me dice que ya no se lo esperaba: “Me llega ahora, a punto de cerrar una etapa radiofónica de 14 años, lo que hace más dulce la despedida. Es un feliz punto y aparte”.

El pasado lunes, en el Sur de Madrid, en ese hangar de creatividad experimental que es el Matadero, se presentó la novela gráfica “Valerosas. Mujeres que solo hacen lo que ellas quieren” (Dibbuks), de Pénélope Bagieu, que en Francia ha vendido 200.000 ejemplares. Una de las convocadas, Andrea Levy, ahondaba con sorna en los motivos de la falta de presencia femenina en las tertulias políticas: “dicen que a primera hora las mujeres no pueden estar en la radio porque tienen mucho lío en casa…”. Googleas el nombre de esta política valerosa, joven y pepera, y destacan las entradas que se refieren a sus novios. Qué poco cuesta frivolizar a una mujer por sus tacones o sus hombres. Las edades de la mujer son siempre nefastas: o eres joven e inexperta o eres madura y estás de vuelta. Bagieu es una investigadora de perfiles femeninos fuera de lo común. Pero también es una chica pesimista que cree que la igualdad está peor ahora que hace diez años: dudo que si así fuera, hubiera logrado tal récord de ventas con sus historias de pioneras avant la lettre.

Otra Penélope, Cruz, ha tenido que posicionarse –aunque con mesura– en contra de uno de sus valedores en Hollywood, de la mano de quien conquistara Hollywood hace ya casi una década: Harvey Weinstein. De hecho, “Vicky Cristina Barcelona” le valió su Oscar, y, al año siguiente, el musical felliniano “Nine” supondría su confirmación en la Meca del cine. Antes, y pese a sus esfuerzos con el inglés y el divismo californiano, se hablaba más de sus escarceos con Tom Cruise o Matthew McConnaghey que de un puñado de cintas ya olvidadas. “Obviamente, yo no conocía esa parte de él. Hemos trabajado juntos en diferentes películas e incluso, aunque él ha sido respetuoso conmigo y personalmente nunca he sido testigo de este tipo de actitudes, necesito expresar mi apoyo a las mujeres que han tenido esas horribles experiencias”, escribía en sus redes sociales.

Carles Sans, que trabajó con ‘Pe’ en “El amor perjudica seriamente la salud”, recuerda que cuando ésta empezaba a salir con Javier Bardem, tan fan de Tricicle que incluso actuó por sorpresa con ellos en “Sit”, quedaron discretamente para ver unos de sus espectáculos aunque tuvieran que acabar huyendo ante la llegada de una marabunta de flashes. Los Tricicle llegaron a Madrid durante los años de la movida. “Una noche fría de invierno, con estalactitas en el aire, fuimos a una sesión golfa de cine, y a salir, los tres, con las manos en el bolsillo, fuimos detenidos por la policía que estaba buscando a un trío de delincuentes. Ese fue nuestro recibimiento madrileño”, explica. Joan Gràcia, por su parte, confiesa que en aquel tiempo, si no ligaba, no llegaba a casa antes de las 9 de la mañana. Él ha hecho un cálculo “de todas las temporadas en que hemos venido a actuar, y suman cinco años y medio, casi seis, viviendo en Madrid”. Paco Mir, tercera rueda, ha tenido unos vínculos laborales sólidos con el Teatro Lírico, donde ha dirigido diez grandes producciones. Los sobrinos del capitán Grant” es la única producción de la Zarzuela que se repuesto cinco veces; a Mir le engancha la idea del “espectáculo total”. A primeros de los ochenta, Tricile actuaba en la alternativa Sala Cadarso, y allí los descubrió Chicho Ibáñez Serrador, que les invitó al Un, dos, tres. Ellos no querían ir, “pero nos convenció con una cena en su casa, diciéndonos que esa noche nos vería más gente que en toda nuestra vida. Y así fue: 22 millones de personas. Un bombazo”, cuenta Sans.

El jueves estrenaron, en el Teatro de La Luz, su último montaje “Hits”, un greatest hits de esta mítica compañía que se nutre de la extrañeza y el absurdo, y enfoca las emociones desde una mirada lateral felizmente desviada del lugar común. Ignoran si la coyuntura política pasará factura, pero Sans cita a Jesús Sierra, flamante ganador del Premio Planeta, cuando dijo “el día en que se hable de literatura en el Parlamento, yo hablaré de política”. Los cielos de Madrid, los camareros profesionales que te llaman por tu nombre, Chueca y el Palacio Real, y amigos incondicionales como Santiago Segura, Roberto Torretta, Nieves Álvarez, Cayetana Guillén Cuervo, El Gran Wyoming, Jose Coronado o Boris Izaguirre, conforman el paisaje sentimental de Tricicle, además de ser el público VIP de “Hits”, lo mejor de lo mejor de lo mejor.

[Publicado el 23/10/2017 a las 11:56]

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‘Banderitis’

Cuelgan de los balcones, no desde hace un día, ni dos, sino semanas, y su presencia es cada vez más totalizadora en la configuración del paisaje. Es como si a la ciudad le hubieran pintado una cara rojigualda o estelada a fin de exaltar una noción que a algunos siempre nos ha inhibido: la patria. Ya lo dijo con exactitud Borges: “El patriotismo es la menos perspicaz de las pasiones”. Algunos paños llevan su mástil y flamean medio desmayados, deslucidos por la grisalla, mientras que los más grandes cubren balconadas neoclásicas tapando las ventanas por las que, al atardecer, asomaba el resplandor de una lámpara amarillenta como indicio de la vida recogida.

Ahora las banderas cubren lo sustancial para el individuo, y no sólo es una metáfora: los fanáticos de un lado y de otro dimiten de la realidad, igual que los enamorados, que ni comer precisan: sólo el aguijón de su redondo sentimiento les basta como motor vital. La banderitis pospone las urgencias que impactan en la vida de a pie. La enseñanza nunca había estado tan podada de valores: las humanidades, que pueden inspirar aportaciones creativas e innovadoras, han quedado relegadas porque el utilitarismo monetiza el conocimiento. La brecha de la desigualdad que sigue latiendo, los miles de pacientes en lista de espera, el goteo sangrante del maltrato diario a mujeres… eso ocurre a diario y de forma paralela a la venta de banderas. Los fabricantes afirman que la demanda ha crecido cuatro veces. La mayoría las compra en comercios chinos, no precisan refinamiento: por poco más de un euro uno recibe un chute de patria.

Del deporte ha permeado al lenguaje coloquial esa expresión tan gráfica de “sentir los colores”, un hecho objetivamente propio de la sinestesia. Algunos los sienten de tal manera que embisten a la enseña contraria y luchan para que la suya sea la que prevalezca, al estilo del empresario César Cort, que colgó la pasada semana la bandera de España más grande del planeta en la fachada de un edificio a las afueras de la capital: un acto simbólico de 15.000 euros. Hay que recordar de nuevo a Hannah Arendt, que tanto ahondó en nacionalismos e identidades: “Para el hombre dichoso todos los países son su patria”, afirmaba. Es probable que la idea de ciudadano del mundo pertenezca al buenismo, o al escapismo, pero también a la libertad de credo.

Nunca me he hecho un tatuaje, evito colgarme del cuello acreditaciones y pases, es suficiente con mostrarlos. No quiero ser un anuncio andante, exaltar mis creencias de forma que violenten las ajenas, ni tampoco, y con todos los respetos, ondear una bandera para sentirme de este mundo, cuando en verdad el mundo de hoy se ha ido tan lejos.

[Publicado el 18/10/2017 a las 12:14]

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¿Hablamos?

Hubo un tiempo en que, cuando nos despertaban por teléfono, intentábamos que no se nos notara el sueño aún agarrado a la garganta.

Insistíamos en aclarar la voz, en asegurar que ya estábamos en pie, acaso para disculpar nuestra somnolencia o para no hacer sentir mal al despertador humano que nos había levantado de la cama. Entonces aún no aparecían los números entrantes en la pantalla del teléfono fijo, y por tanto podía sorprendernos cualquiera, desde nuestro jefe a un ex. Un sentimiento retributivo, y a la vez moral, nos obligaba a coger la llamada en lugar de rechazarla: habíamos recibido una educación fundamentada en la cortesía, y no atender una llamada, además de una desconsideración, podía ser una imprudencia, una dimisión de la comunicación social que nos brindaba el cable.

Hoy, en cambio, ¿por qué nos resulta tan difícil marcar un número que no pertenezca a una aseguradora, a una central de alarmas o a una cita médica? Toleramos con resignación esas llamadas de trámite, a través de un algoritmo que filtra y clasifica a los interlocutores hasta que por fin aparece una voz humana, casi siempre fatigada y lejana. Sabemos que a un robot se le puede molestar a cualquier hora, pero no a los ciudadanos del siglo XXI, acosados por la exigencia de un tiempo que se les escapa por el sumidero, y con una nueva noción de la privacidad. No se les osa llamar sin aviso previo pues ya no sólo se trata de un acto invasivo, sino hasta de mala educación. Nos citamos por WhatsApp e incluso por e-mail: “Estás disponible?”, nos preguntamos, con temor a ser inoportunos. Consideramos que para comunicarse oralmente son necesarias muchas más energías que para colocar un mensaje, sea de texto o de voz, sin necesidad de fricción con el otro. Ello ha provocado que lo real parezca más impostado que lo virtual: dos personas llamándose de forma espontánea en lugar de una cadena de mensajes, que en realidad son mucho más invasivos que esa llamada. Las pantallas actúan de escudo frente a la realidad: no dejamos de mirarlas, pues nos hacen sentir propietarios de un arsenal de herramientas, de imágenes y entretenimientos varios, pero nos desentendemos del mundo de afuera a nuestro antojo. La razón principal, el puente que en su día estableciera Edison para escuchar la voz humana –incluso la que no llegaba nunca como en aquel angustioso monólogo de Cocteau–, se ha transfigurado en una central de datos que a la vez nos aísla y enmudece.

En las redacciones antes se llamaba constantemente por teléfono, y lo siguen haciendo, no siempre con suerte, los mayores de cincuenta años. El resto prefiere comunicarse a través de las redes, con signos y emojis en lugar de palabras y grafías personales. La conversación, entendida como arte sin fin, y como una forma de pensar colectivamente, se ha espesado y desfallecido. Paradójicamente, nunca como ahora, en España, se había invocado tanto la palabra diálogo, olvidando, eso sí, su significado: “Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos”. Un buen diálogo puede llegar a agotar el tema, pero nunca a sus interlocutores.

[Publicado el 16/10/2017 a las 13:44]

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Puntas de lanza

Hace casi cincuenta años, Carmen Echave, madre de la popular Rossy de Palma, una mujer dotada de espíritu juliovernesco, le dijo a su hija que se no se preocupara por tener un ojo de cada color: “seguro que, cuando seas mayor, inventan las lentillas de colores”. Y así fue, aunque la artista nunca tuviera que recurrir a ellas pues convirtió su complejo en autodeterminación. Por aquel entonces la sociedad creía firmemente en los milagros del progreso: todo aquello que parecía imposible o se nos hacía ingrato acabaría por ser eliminado. Yo recuerdo que, en aquellas cabinas de depilación del pleistoceno, cuando te hacían llorar de dolor tendida sobre papel de estraza, pensaba que más pronto que tarde se inventaría un método indoloro contra el vello indómito. Y llegó el láser. Entonces imaginábamos también que bastaría con que nos implantaran un microchip para poder hablar chino o ruso. Y que los robots nos limpiarían la casa, y hasta reconocerían nuestra huella dactilar para abrir la puerta.
 
Según donde hubieras nacido, tenías más o menos libertades, pero en aquella época era impensable que los gays se casaran, ni tan siquiera que se besaran por la calle de una forma natural, doméstica, sin aspavientos ni disfraces. Que un perro o un gato pudiera viajar en el metro parecía más propio de las fábulas orwellianas; y, por fortuna, los entonces llamados ‘subnormales’, pasaron a personas con capacidades diferentes -que cada vez se incorporan más al mercado laboral sin ser tratados con esa conmiseración que tanto les limita-  aunque se conserve el viejo término en el diccionario, el cual sigue ilustrando a posteriori el desarrollo de nuestra sociedad. Pensemos por ejemplo en la definición de ‘mujer’: “persona del sexo femenino”. Parecerá sensata a la mayor parte de los lectores, pero hay quien se siente incómodo con ella. Hace unos días, el profesor Ilan Stavans contaba en New York Times que se la mostró a un grupo de estudiantes de entre 18 y 22 años, y casi todos estuvieron inconformes. Propusieron otra: “persona que se identifica con el sexo femenino”. Esgrimieron el binomio sexo-género, atributo biológico y constructo cultural, para concluir que una no nace mujer, sino elige serlo.
 
El  progreso en este siglo XXI no puede dejarse solo en las manos de científicos y economistas, médicos e ingenieros. Su evolución pasa ineludiblemente por el bienestar material, social, moral e intelectual de los ciudadanos Y los retos que se nos plantean (de la consecución de la igualdad plena a la amenaza del cambio climático, pasando por las migraciones masivas o los conflictos motivados por credos religiosos extremos) requieren no solo de términos nuevos, sino  de odiseas cotidianas cuya fe y modernidad son capaces de mover montañas de prejuicios. 
 
Según donde hubieras nacido, tenías más o menos libertades, pero en aquella época era impensable que los gais se casaran, ni tan siquiera que se besaran por la calle de una forma natural, doméstica, sin aspavientos ni disfraces. Que un perro o un gato pudiera viajar en el metro parecía más propio de las fábulas orwe­llianas; y, por fortuna, los entonces llamados “subnormales” pasaron a personas con capacidades diferentes –que cada vez se incorporan más al mercado laboral sin ser tratados con esa conmiseración que tanto les limita– aunque se conserve el viejo término en el diccionario, que sigue ilustrando a posteriori el desarrollo de nuestra sociedad. Pensemos por ejemplo en la definición de mujer: “persona del sexo femenino”. Parecerá sensata a la mayor parte de los lectores, pero hay quien se siente incómodo con ella. Hace unos días se la mostré a un grupo de estudiantes de entre 18 y 22 años y casi todos estuvieron inconformes. Propusieron otra: “persona que se identifica con el sexo femenino”. Esgrimieron el binomio sexo-género, atributo biológico y constructo cultural, para ­concluir que una no nace mujer, sino que elige serlo.

El progreso en este siglo XXI no puede dejarse sólo en las manos de científicos y economistas, médicos e ingenieros. Su evolución pasa ineludiblemente por el bienestar material, social, moral e intelectual de los ciudadanos. Y los retos que se nos plantean (de la consecución de la igualdad plena a la amenaza del cambio climático, pasando por las migraciones masivas o los conflictos motivados por credos religiosos extremos) requieren no sólo términos nuevos, sino odiseas cotidianas cuya fe y modernidad son capaces de mover montañas de pre­juicios.

[Publicado el 11/10/2017 a las 12:57]

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La tercera jornada laboral

uando estaba en plena campaña y todos la dábamos por ganadora, recuerdo que Carme Chacón me alertó de los obstáculos de Hillary Clinton: “Demasiado bótox. Nadie se cree su sonrisa, tan artificial. Eso juega en su contra, aparte de estar sobrepreparada”. En verdad, el gesto concienzudo de la candidata a la presidencia con mayor pasado político se había conver­tido en una mueca congelada, mientras su excelencia curricular la lastraba: ya se sabe que las políticas sabiondas nunca han gustado. En cambio, entre los hombres, ni másters ni referencias abruman, te apellides Macron o ­Trudeau.

El caso es que ahora Hillary Clinton, en su libro What happened (Simon & Schuster), ha reconocido que entonces le cayó encima un equipo de asesores de imagen empeñados en sacar su mejor rostro. Un total de 600 horas –el equivalente a 25 días– se entregó Clinton al contrachapado durante aquella campaña. Y hoy lo lamenta. El tan esgrimido argumento freudiano de la envidia del pene se concreta hoy en la facilidad que los varones tienen a la hora de mostrarse en la escena pública. A Clinton no le sirvió de nada su sacrificio. Leía, escribía o llamaba por teléfono mientras le hacían las mechas o le tapaban las ojeras, porque el día en que no iba maquillada saltaban las alarmas: mala cara, enfermedad, decrepitud. Hace unos días confesaba a Paris Match que, cuando perdió, contra su propio pronóstico, tuvo que dar varios paseos por el bosque y hacer mucho yoga para recuperarse del shock: ella se había preparado, vestido y peinado para ganar, pero todo falló. Imagino que fue entonces cuando empezó a contar mentalmente las horas que pasó secuestrada en nombre de lo que Naomi Wolf definió a comienzos de los noventa como la tercera jornada laboral.

De jóvenes, a menudo pensamos que la coquetería es una forma de estar del lado de la luz, mientras que en la madurez importan más las sombras. Intentamos simplificar aquellos rituales de tocador, economizando tiempo y dinero, sabedoras de que el mundo seguirá siendo igual de imprevisiblemente errático por mucho que te pintes los labios de rojo. Hoy se insiste en un oxímoron ampliamente aceptado: maquillaje natural. “Buena cara”, dicen los profesionales, aunque siempre vayan más allá y acaben teatralizando tus párpados. Las mujeres que no suelen maquillarse, como Ada Colau, desafían al estrecho corsé de la representación femenina. No obstante, cuando en un plató de televisión les matizan los brillos y les elevan las pestañas, entran con mayor armonía no sólo en el guión, sino también en el imaginario universal, que nada tiene que ver con las tendencias de moda, ni por supuesto con la originalidad –siempre reñida con el poder–, sino con el dictado de una corrección que sigue cuestionando a aquellas mujeres públicas que se atreven a transgredirla.

[Publicado el 09/10/2017 a las 11:08]

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De la cárcel a la pasarela

El punto de vista es la madre del cordero. Lo que define la mirada, de cerca o de lejos, esquinada o frontal, envenenada o buenista. Los entresijos del procés están siendo contados con tanta divergencia que ya nadie cree del todo lo que sucede. Lo dejó bien dicho Ortega y Gasset: “hay tantas realidades como puntos de vista. El punto de vista crea el panorama”. Con una prima que vive en la capital evocamos aquellos días en que quedábamos tan bien siendo catalanas en Madrid, aunque siempre se nos ubicara en el puente aéreo. Muchos madrileños continúan creyendo que vivo en Barcelona, cuando hace veinte años que cruzo a diario la M-30. Sin embargo los catalanes saben muy bien dónde moramos. Mi prima barrunta: “Pronto nos van a tratar aquí como a apestadas. Caeremos mal en la ciudad abierta”.

Me dirijo a una cárcel de mujeres, al Módulo 1 de Alcalá-Meco, a chupar realidad a fin de sanear el punto de vista. Huele a desinfectante; un intenso olor a nada. Me invita el diseñador Manuel Fernández –fundador del Fashion Art Institut; él diseña trajes y pintores de todo el mundo, de Manolo Valdés a Rafael Canogar o Juan Genovés, pintan las telas–, que acaba de impartir un taller junto a la Fundación Recicla Futuro, dedicada promover a la reinserción social y laboral. La moda es tan ubicua que se cuela en todas partes, incluso entre rejas, entre mujeres que cruzaron la línea roja cargando kilos de droga en un doble forro del equipaje. Una colombiana llora. “Me ha dado el bajón: me quedan tres meses para salir, después de diez años…”. Todas se adaptan, aprenden a hacer pan. Las que saben coser, hacen trajes que ríete de Galliano, gracias al buen hacer de Fernández y a la ropa donada por un buen grupo de famosas: Cayetana Guillén Cuervo, Amaia Salamanca, Pastora Vega, Loles León… Les preguntó a qué le tienen miedo: “a los partes, a que te nieguen el permiso, y sobre todo a la palabra expulsión. Todas queremos quedarnos en España”, me responde una chica de veintipocos que se ha hecho mayor muy rápido. “Nosotras somos gitanas. A los once años ya no íbamos al colegio; yo no sé hacer nada. Robaba, pero solo a los turistas. Nunca me pillaron hasta que un día vieron mi cara en un vídeo”, me cuenta Nadia, que tiene dos hijos pequeños esperándola en casa. Habitan un “pabellón de respeto” –así le llaman–, también los hay de semi-respeto, y luego están los problemáticos. Todas visten pantalones y deportivas, aquí no hay lugar para los vestidos. Forman parte de la población reclusa, que vive la realidad desde un punto de vista bien limitado. Los trajes ideados por Manuel Fernández, en colaboración del sombrerero sevillano Tolentino, exfolian la imaginación: bolsos que se trasforman en tocados, faldas convertidas en chalecos o pantalones con colas cosidas para auténticas princesas del asfalto. Al salir de Alcalá-Meco, la tarde cae despacio y calculo el espacio mental que dista entre una cárcel y una pasarela.

En París, esta semana se dio por clausurada la temporada de desfiles. El lujo cabalgó de nuevo en el Louvre o la Place Vendôme, ajeno a los problemas del mundo. Su punto de vista es indulgente y a la vez ambicioso, experiencial, un efímero pasaporte a la exclusividad. Louis Vuitton inauguró un auténtico bazar de exquisiteces, con la estatua del rey sol replicada al estilo de un becerro de oro. El desfile de Chanel se sucedió entre cascadas de agua instaladas dentro del Grand Palais. Un tropicalismo impostado, las modelos desfilando por un puente de madera y el equipo de Lagerfeld decidido a capturar la ilusión del paraíso durante media hora. El montaje, según el <em>New York Times</em>, costó cuatro millones de euros Al terminar la colección de tweeds cubiertos de plexiglás, entré a curiosear en el backstage donde habilitaron un saloncito con butacas para que Karl saludara a sus invitados más célebres. El káiser de la moda entra cada temporada en Rolls-Royce dentro del palacio, a las ocho de la mañana. Cindy Crawford –que ahora va de madre de artista, junto a su hija Kaia Gerber– e Ines de la Fressange eran las más jóvenes del grupo. Karl hablaba de su amiga Madame Macron, tan juvenil como él, siempre vestida con cremalleras y faldas cortas. Al saludarlo, exclamó: “Oh là, là, les élections en Catalogne!” agitando las manos igual que un director de orquesta. Diego Della Valle, el mandamás de Tod’s, por el contrario, me aseguró: “La Spagna è un grande paese. Brava Spagna!”. El punto de vista no solo crea el panorama, también lo exalta.

[Publicado el 07/10/2017 a las 11:32]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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