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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 23 de abril de 2017

 Blog de Joana Bonet

Cerezos en flor

Nada más pisar Tokio la noción de multitud se instala en la retina para no moverse. En los barrios de Ginza o Shinjuku, hordas humanas se agolpan a un lado de la acera y una llega a temer que, al atravesar la calzada, le barran hasta su mismísima sombra. El jet lag se hermana con el sonido hueco del idioma, notas en sordina. Tokio es una ciudad rara. O mejor dicho, los japoneses son criaturas extrañísimas que oscilan entre lo ceremonioso y lo robótico, entre la delicadeza y la brusquedad, entre los jardines de piedra y la fragilidad del ikebana. Sofia Coppola fue una visionaria cuando hace catorce años rodó Lost in translation. Poco ha cambiado la cosa. La mayoría de los taxistas o vendedores de puestos callejeros te hablan en japonés, y el entendimiento ni tan siquiera es factible con mímica porque sus códigos son otros.

En la planta 41 del Park Hyatt, en The Peak Bar, donde Bill Murray bebía un whisky tras otro, se sirve pan con tomate y jamón en lugar de sushi. Los japoneses, concentrados en su cantarina fosca, acentuada en agudo, fuman sin parar. En las calles hay áreas para hacerlo como es debido, con ceniceros y marquesinas, en contraste con esa profusa cultura de tés verdes, toallitas ardientes y terapias energéticas. La espiritualidad y el tataki enfatizan la importancia del corte. Infinitos puestos de masaje con fotos de lolitas asiáticas a modo de reclamo toman cuerpo en el paisaje diurno: allí entran hombres con maletín, parecen compungidos. Sexo de pago exprés al lado de máquinas tragaperras. Como en tantas partes del planeta, se dice que aquí la misoginia es una cuestión cultural. Segregación equivale a tradición. Me lo cuentan los diseñadores Stefano Gabbana y Domenico Dolce antes de desfilar en el Museo Nacional, donde no han podido mezclar modelos masculinos y femeninos: “En Japón hay muy poca conexión entre la vida diaria de los hombres y la de las mujeres. Ellas abrazan esa estética aniñada y naif porque mitifican la infancia, la única etapa en la que se han sentido libres”. Pero si hay un fenómeno que escapa al pragmatismo constante, y a esa obtusa precisión que no entiende de alteraciones del programa ni improvisaciones –que tan nerviosos pone a los nipones–, es la celebración del sakura. Durante diez días al año, de sur a norte, los cerezos estallan: blancos, rosados, púrpura, y alfombran la ciudad de preciosismo, pero sobre todo de veneración. Desprenden un halo sagrado: los viejos los contemplan durante horas, en busca de la brevedad y la perfección de su existencia, mientras que los jóvenes narcisos se miran en ellos. En ese Japón extraño no hay lamento, sino exaltación. Tempus fugit, sí; parte del misterio de la vida. Y es en esa belleza agonizante donde raptan el alma de las cosas.

[Publicado el 19/4/2017 a las 12:44]

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El gris de cada día

Hay una frase recurrente entre los entrevistados cuando se les pregunta por su carácter: “Yo soy de blancos o negros, no de grises”, dicen los unos. O todo lo contrario: “No soy de blanco o negro, me muevo en una gama de grises”. La primera respuesta define a quienes están convencidos de que dudar equivale a perder el tiempo, y por ello hacen gala de su capacidad resolutiva. La segunda corresponde a los que nadan en la indefinición, prefieren las zonas intermedias y evitan los adverbios nunca o jamás. El gris es el color urbano por excelencia. Asfalto, piedra y metal. Viste el hábito de los monjes franciscanos y monjas albertinas, además de todo tipo de uniformes. Ha sido explorado por grandes artistas, desde William Turner hasta Agnes Martin –que abrazaba la sutilidad del arco iris que va del negro al blanco– o James Howell, que vivía en un loft del Village neoyorquino completamente gris, gato incluido. El escritor y columnista Kyle Chayka asegura que “el gris es lo más cercano al ideal platónico del color que es posible conseguir: la sombra, la luz difusa de un cielo nublado. Es una máscara genérica para la naturaleza decididamente antigenérica del objeto”.

Recordemos también la imagen del armario de Mark Zuckerberg: todas las prendas son grises: antracita, perla, marengo, acaso deviene un respiro visual respecto a la luz del plasma. Los gurús de Palo Alto se caracterizan por vestir igual que estudiantes: no invierten en moda, prefieren los vinos o el arte. Marcas globales como Uniqlo, Muji, Cos o Uterqüe predican la austeridad contemporánea del gris, con propuestas de una depurada elegancia, potenciando su voluntad de discreción e incluso de invisibilidad. En los últimos años, la moda se ha desvestido de artificio y el gris se ha erigido en el no color más ­poderoso. En él se concentran buena parte de los matices que dominan el pensamiento contemporáneo, por ello es eficaz tanto como símbolo de transición, de cambio de paradigma, como de tiempo de espera o de conformismo y estrés.

El gris también es el color de la ceniza, y a menudo representa el tedio y la tristeza. Decimos día gris o persona gris, y nunca es positivo, aunque acabemos disfrutando de la tarde de lluvia o descubramos lo que hay detrás de esa persona que parecía no tener sangre en las venas. Fantaseamos con los colores como modo de afianzar una actitud vital positiva y decidida. Pero ¿en verdad es desafortunado el gris? ¿No hay en su humildad, en su aire de tormenta, una ausencia del espíritu egocéntrico tan en boga? ¿Por qué está desterrado de todos aquellos lugares públicos que tienen que ver con la felicidad consumible, de discotecas a casinos, tiendas o ferias? El gris es el color de la realidad e invita a entretenerse en los claroscuros, que al fin y al cabo es donde suele residir la complejidad de la existencia. Porque la vida cotidiana se identifica más con su extensa gama de incertidumbres que con la fugaz euforia colorista.

[Publicado el 17/4/2017 a las 13:07]

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Cápsulas de tiempo

Es domingo por la tarde, que más allá de una circunstancia es un estado de ánimo, y el vagón de tren permanece en silencio. Los pasajeros cabecean, el cuello doblado, las piernas estiradas. Una mujer de cejas diseñadas a la moda lee La ignorancia, de Milan Kundera, y pasa las páginas igual que si fueran de cristal. Dos hombres miran su pantalla y se sostienen la frente con la mano, como si pensaran mucho. Definitivamente, esta vez me ha tocado un vagón educado. El protocolo es el de siempre: indicadores rojos de las salidas, veintidós grados de temperatura, el líquido azul del inodoro que brota con ira. Porque el viajero frecuente conoce de memoria todas las rutinas, y, además, le gusta que no le sorprendan, a diferencia del turista que requiere el sobresalto para avivar el sentido del trayecto.

Aunque en lugar de viajar nos traslademos, movernos de lugar significa la pérdida de control. Asumes la contradicción y el imprevisto, te dices que son estados transitorios, incluso alteras la noción del tiempo y soportas servidumbres: las horas de espera, incapaces de servir para algo que no sea esperar. En los aeropuertos se suman las horas de tránsito en las que el viajero se convierte en un peón de ajedrez bamboleado de aquí a allá.

Dicen que viajar nos cambia. Pero no a todos. Cuando arañamos cinco días de fiesta, provocamos un movimiento. Quedarnos siempre en el mismo punto nos convierte en bicicletas estáticas, o al menos eso sentimos. Por ello, planear un viaje resulta una experiencia tan prometedora. Sacia, aunque transitoriamente, el hambre de variedad. Promete satisfacción, una cama enorme, un espejo de hotel en el que nos miraremos con mayor impunidad que en el de casa, igual que si fuéramos extraños. Al viajar adquirimos una ligereza que se nos hace esquiva en la vida sedentaria. El eje de coordenadas espacio-tiempo sobre el que está inscrita nuestra vida se desacompasa. Cuanto mayor es el movimiento, más lento parece correr el tiempo. Einstein ya describió el efecto de “dilatación del tiempo”, al que tantas vueltas le diera la ciencia hasta que, hace unos pocos años, un grupo de físicos del Instituto Max Planck de Óptica Cuántica de Garching (Alemania) verificó su predicción de la teoría espacial de la relatividad con una precisión sin precedentes. Los experimentos en un acelerador de partículas confirmaron que el tiempo se mueve más lento en un reloj en movimiento que en otro fijo.

Al viajar, a veces se produce una ralentización íntima, espiritual. Y me gusta pensar que es una rebelión secreta aunque común a aquellos males sordos, insistentes y tolerables, que nos someten y nos minan. El viaje entendido como una cápsula de tiempo.

[Publicado el 12/4/2017 a las 22:02]

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Mi amiga Carme

Carme Chacón vivió siempre como si no tuviera el corazón al revés. Estaba hecha de esa pasta que sella el coraje con sentimiento y la disciplina con entusiasmo. No lo tuvo fácil. Luchó, y mucho. Sacó pecho nada más nacer. Trece médicos asistieron su parto. Los primeros días ni le pusieron nombre, pero sobrevivió.

La llamaron Carme. Un médico, el Dr. Petit, daría años más tarde con el diagnóstico: bloqueo aurículo-ventricular completo y transposición de grandes vasos. Un corazón al revés.

Desafió esa espada de Damocles. No se crio como una enferma, todo lo contrario. De joven, era muy buena en baloncesto, pero un día se desmayó en la cancha y Esther, su madre dijo “Prou!”. Los libros se convirtieron en su nueva cesta. En las aulas fue brillante, a ambos lados del pupitre. Y nunca una descastada: se sabía el nombre del último camarero. En el barquito de los padres la llamaban “Soraya” cuando se tumbaba al sol con un libro.

Era una amiga leal. Si alguna vez le decías que habías tenido un bajón se enfadaba: ¿por qué no me llamaste? Los primeros años, en Madrid, nos resguardamos. Recuerdo una noche en la que quedamos a cenar y se lo adiviné en la luz: “Estás embarazada”. Aún era un secreto. Miquel fue otro regalo del coraje. Su amor redondo. Ni se acordó de su corazón al desear ser madre.

En un viaje en el que me sumé al grupo de periodistas, las Navidades del 2008, en las bases militares de Herat, me asombró su seguridad al ejercer de jefa suprema; decía las cosas más duras en un tono de madera. Tengo muchos cuadernos escritos sobre su vida. Un libro a medio hacer. Entrevistas con su familia, sus profesores, sus médicos, sus compañeros de partido, sus amigas… Pero surgieron las suspicacias. Las guerras internas. Que si acusarían al libro de ser una campaña de autopromoción. Las cruces del oficio, contra las que siempre tuvo que bregar: ser mujer, joven, charnega, y durante nueve meses estar al mando de Defensa, embarazada.

Carme, tu esmoquin en la Pascua Militar; la botella de cava en el congelador; los libros de Koch y Bolaño; las tardes de parque en Santa Ana con los niños, la plastilina y la carpeta con el discurso; tu fe intacta que, a pesar de hidras y dinosaurios, del betún de la política, te hizo una mujer con una sonrisa grande, como tu corazón, que nunca nos pareció herido. Hace menos de treinta días, generosa como siempre, me acompañaste de nuevo en un sarao. Llevabas el sol en la mirada. Ahora mismo, amiga, la idea de no volverte a ver se me hace insoportable.

[Publicado el 10/4/2017 a las 11:28]

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Influencers, it girls y corazones rotos

Hubo un tiempo en que la construcción de la personalidad pasaba por la autonomía y la independencia de ideas. Los influenciables eran los débiles, seres volubles que copiaban a los más decididos, quienes ejercían el magnetismo suficiente para robar el alma de los diletantes. Entonces, el estilo consistía en una cuestión de blancos y negros, y el éxito –a pesar del factor azar- acostumbraba a ser proporcional al esfuerzo o la pericia.

Hoy, en cambio, no hay fiesta, inauguración, estreno o premios que se precien en que un puñado de influencers no estén invitados. Forman parte de esa happy few 3.0 que se gana la vida subiendo fotos a Instagram y a golpe de likes, y que cobran una media de 3000 euros por post. Se les define como personajes que influyen sobre ciertas decisiones comerciales a sus Ks (miles de seguidores). Chavales con el pelo morado, piercings en la ceja y lengua tatuada, son capaces de influir en la opinión de millones de personas. “Lo que buscamos es que generen conversación, creen contenido original y consigan un enganche de la comunidad con la marca”, aseguran los gabinetes de comunicación, que empiezan a  acusar cansancio de esta fauna que posa con audacia abriendo los ojos y la boca y por encima de todo, aún se siente inmortal.

El influencer es capaz de hacer que las personas pasen a la acción movilizando uno de los impulsos más primarios y asentados del ser humano: la imitación. Ellos son su propia empresa. No importa la cultura, ni la lectura, ni la formación. Se inventan un lenguaje propio que suele expulsar la ortografía y la concordancia: “Qué guayez”, dice Miranda Makaroff, a quien conozco de niña –hija de Lydia Delgado y Sergio Makaroff-  y hoy  una las influencers más avispadas que ha sido capaz de convertirse en personaje sin salir de ella misma. Lo escribía James Salter: “cuando más claro ve uno el mundo, tanto más obligado está a fingir que no existe”.

Dulceida (3500 euros por subir una foto en sus redes), Pelayo, Gala González , Blanca Miró o Brianda Fitz-James Stuart se han erigido como las nuevas estrellas del photocall  y ganan más dinero que cualquiera de nosotros por respirar capitaneados por el fotógrafo Gerard Estadella. “Lo petan”, aseguran sus colegas. Su viralidad, tan desacomplejada, da tratamiento de obras de arte a sus selfies. Las marcas de lujo los buscan obsesivamente para entrar en las cuevas de la llamada Generación Z. Mediante la estrategia advertorialista, quieren ganar en credibilidad y cercanía. Lo que hasta hace poco era una práctica de marketing experimental, ha acabado por transformarse en una mini-economía voraz. Los holdings de lujo, en EUU, invierten más de 255 millones de dólares mensuales regalando prendas y pagando por conseguir mensajes patrocinados en Instagram, mientras que los supervivientes analógicos anuncian que al fenómeno le quedan cinco días: nombres que pasarán de la celebridad warholiana a la nada.

El pasado lunes, se hizo un momento de silencio en el todo Madrid: los teléfonos inteligentes paralizaron el aperitivo de mediodía: la primera it girl´ patria, hija de la factoría Hola!, dueña de más de un millón y medio de seguidores en Instagram y modelo de la vida radiografiada las 24 horas, anunciaba su separación. La pareja Echevarría-Bustamante fue pionera en utilizar las redes para dejarse admirar e influenciar. Durante doce años dieron fe, casi a diario, de su amor : piscinas, bolsos nuevos, cenas con Ios Carbonero-Casillas, clases de gimnasia… Paula incluso logró que  su entrenador se hiciera famosillo y publicara un libro en Planeta. Paula Echevarría ha sido una criatura mimada por las marcas y los medios del cuché: la asturiana de clase media que se hizo famosa gracias a su boda con un triunfito, ha representado a la burguesa pizpireta y almidonada. Ahora, cuando todo se desvanece, la bloguera y reina de Instagram se sorprende del acoso de los paparazzis. Mientras presentaba su último perfume (barato), Sensuelle, calificó su momento de “caótico”, un adjetivo muy de influencer para definir el desamor en tiempos de followers.  

[Publicado el 08/4/2017 a las 17:17]

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Amores bestiales

Uno de los encantos de la factoría Disney ha sido su maestría a la hora de hacer hablar a los animales. La marginación del patito feo, el dolor por la muerte de la madre de Bambi o la profunda soledad de la Bestia han proporcionado, además de un animado marco moral, una muestra del poder transformador de la empatía. Fábulas con moraleja que han perpetuado los papeles de hombres y mujeres, y han propagado una idea del amor más propia de la ciencia ficción que de la realidad, hoy pretenden ser reescritas. Pero por mucho que blanqueen sus estereotipos prejuiciosos, la actualización del cuento de hadas sigue bra­ceando a la desesperada en su intento de poner al día los clásicos, quitarles moralina y querer convertir a Caperucita en feroz y al lobo en un animal maltratado.

A raíz del estreno de la nueva versión de La bella y la bestia, la crítica ha ensalzado el empoderamiento del papel femenino, que esta vez protagoniza una Emma Watson sobrada de carácter y despegada de la cursilería de las princesas rosa. Aunque otros se preguntan por qué la cinta no se ha atrevido a revisar la cada vez más borrosa frontera entre lo humano y lo animal, esa construcción cultural de la percepción humana que se impone sobre otras condiciones de ser. Y es que los animales ya no son lo que eran. En Holanda, por ejemplo, donde hay censados 17 millones de ciudadanos y más de 33 millones de animales de compañía, el Colegio de Veterinarios está presionando al Gobierno para imponer un seguro médico obligatorio para las mascotas. En Suiza, con una de las legislaciones más completas en materia de protección animal, estos tienen derecho a un abogado. Y en la siempre inesperada Canadá, una sentencia de la Corte Suprema dictaminó que las prácticas sexuales zoófilas son legales, siempre y cuando los animales no sean penetrados y no sufran ningún tipo de daño.


Enfoquemos el asunto desde otro punto de vista: en EE.UU. el comercio relacionado con los animales de compañía corrobora la tendencia a humanizarlos. En el 2015 el sector facturó más de 100.000 millones de euros en EE.UU., Europa y Japón. Ropa y joyas para perros, spas y hoteles para gatos, juguetes para hurones, e incluso ritos funerarios y cementerios. No es ni un fenómeno nuevo, pero crece la intensidad con la que las mascotas se apropian de un espacio que antes les estaba vedado. Un tercio de los españoles considera a su perro, su gato o su tortuga más importante que sus amigos. Ya viajan en metro, pronto se sentarán en los restaurantes y puede que acaben impartiendo clases de fidelidad incondicional, ese bien tan escaso en el mundo de los humanos. ¡Cómo sus dueños no van a tratar de “amorcito” a esas criaturas!

[Publicado el 05/4/2017 a las 10:46]

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Opiniones contundentes

Tener la razón no solo es una forma de afianzarse, de apoltronarse con la espalda erguida y los pies en el suelo, de saberse del lado de la luz y la verdad, también es una vía para adquirir prestigio, y a la vez de perderlo. Cuando nuestra razón tropieza, emprendemos la travesía del converso: aquello que sosteníamos se desmorona, no sin cierta renuencia, pero somos incapaces ya de seguir defendiendo el equívoco, y por tanto nos alistamos a la razón ajena adoptando como nuestra –a menudo con vehemencia– la visión del otro. Con el tiempo, hemos aprendido a que eso no significa bajar la cabeza, ni renunciar a tener ideas propias, es más, nos gustan aquellos que esgrimen su punto de vista como una posibilidad, un acaso, en lugar de imponer un dogma.
 
En nuestros tiempos hay urgencia por analizar, y lo que es más temerario, por sentenciar y sacar conclusiones. Cuando sigo las tertulias, sobre todo las radiofónicas, envidio esas salidas  inesperadas que noquean al contrincante. A veces son ocurrencias jugosas, otras en cambio son trampas habilidosas, golpes de efecto. Algunos se defienden de los ataques con audacia y humor, a ellos no les debe remorder el llamado “espíritu de la escalera” que nos asuela a la mayoría de los mortales, a quienes se nos ocurre la respuesta  brillante cuando ya han pasado ocho horas. La vida, fuera de micrófonos y platós, requiere una reflexión sosegada más que una ocurrente rotundidad. Así lo explica,  sobre todo, ese tono con el que muchos acaban sellando su opinión. Haruki Murakami trata de ello en su último libro, “De que hablo cuando hablo de escribir” (Tusquets). “¿Pero acaso nuestro mundo no exige que emitamos a toda prisa juicios de negro o blanco?”, se pregunta, y añade que en muchas encuestas demoscópicas no se tiene en cuenta la opción “no sabe/no contesta”, que es la opción en la que él, cuando escribe, se siente más confortable. “Una razón importante es que mi cabeza no funciona tan rápido (y es una razón de mucho peso). También, que me he visto obligado a pasar en varias ocasiones por la amarga experiencia de enmendar conclusiones precitadas e incorrectas”.
 
Hoy, el dedo índice se ha convertido en el mayor aliado de la precipitación, e incluso del desvarío. Cuántas veces, al preguntarme por un asunto, hubiera deseado responder “no sé/no contesto”, igual que Murakami. No debería ser ningún hándicap que un contertulio pudiese decir bien alto: “de este tema no tengo una opinión formada”. Pero el juicio de valor es moneda de circulación constante. Y en España no se nos ha educado de la forma que señalaba Ortega y Gasset: “siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas”. Aquí, la tradición cainita afianza sus posiciones, que cabalgan entre el desprecio y la indiferencia y que siguen empeñándose en quitarse la razón mutuamente. Por puro vicio. 

[Publicado el 03/4/2017 a las 11:05]

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Palabras sabrosas

La prosa gastronómica ha encontrado su nicho –palabra que ha escapado de los cementerios para instalarse en los negocios– y su envoltorio semántico ha cruzado la puerta del restaurante, reflejando la centralidad que hoy ocupa el universo gourmet. En los años noventa empezó a fraguarse el discurso sensorial del paladar, aunque entonces pocos intuían que la comida sería la auténtica droga del siglo XXI. No sólo eso, Jeff Gordinier, periodista especializado en la materia, ha razonado que “el placer definitorio de los años 60 fue la música. Hasta cierto punto, el de los 70, el cine. Hoy, la búsqueda que define nuestro tiempo tiene que ver con la comida”. Tanto que el vocabulario de la alta cocina se viene colando –¿o debería haber escrito infusionando?– en el habla cotidiana, aunque la sencillez de antaño se ha revestido de una sofisticación, digamos, “desglasada”, “deconstruida”, “saborizada” con coulis o espumas a base de hidrógeno líquido, que hace felices a los comensales.

Sólo a esa luz, la que dan los fogones de los realities televisivos, los blogs especializados y los talleres para amasar tu propio pan o fabricar cerveza casera, puede entenderse que las estrellas de la comunicación culinaria en Estados Unidos cobren 6.000 dólares por un solo artículo, cuando, con suerte, un redactor freelance recibe en nuestro país 150 euros por página. Esa sobrevaloración indica el espacio que hoy ocupa la gastronomía sofisticada, que por cierto –y a diferencia de la moda o la cosmética– no se considera frívola ni efímera.

Este mes visitó nuestro país Stephanie Danler, la treintañera californiana autora de Dulceagrio (Malpaso), un best seller que narra la iniciación de un joven a la vida adulta en un exclusivo restaurante de Manhattan. Ella, camarera durante 16 años y foodie militante, que tras el éxito de su ópera prima ha firmado un contrato millonario para sus próximos libros, explicaba la paradoja que subyace en cualquier neobistrot de moda con lista de espera: “En un espacio reducido y durante la misma noche se reúnen, en los dos extremos, clientes dispuestos a pagar 500 dólares por una botella de vino y friegaplatos sin papeles que tienen cuatro trabajos para sobrevivir; una microsociedad”.

Ello me hizo pensar en el poema de Emilio Martín Vargas, un poeta de Valencia que se gana la vida como camarero. Una noche, se le cayó de las manos una botella de Pingus al servirla: imposible desperdiciar ese “reguero purpúreo de novecientos treinta y seis euros” que le tintó la punta de los zapatos con aristocrática humedad, proporcionándole material para sus versos y erigiéndose a la vez en un goloso símbolo de la lucha de clases.

[Publicado el 29/3/2017 a las 13:07]

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'Gent gran'

Aguardo con delicia las Notas de edición que me manda este periódico, no solo por curiosidad filológica sino porque al actualizar el lenguaje, también se clarifican las brazadas del mundo. Si se nos alerta del abuso de palabras como ‘millennials’, ‘prémium’ o ‘intensificar’, que se han enganchado igual que lapas a nuestro discurso, hay que asumir que su acomodo es un síntoma del espíritu de franquiciado que nos acecha. Que te subrayen el matiz entre gestación subrogada y maternidad subrogada (que correspondería a la crianza) es un claro indicativo de las mudas que adquiere la actualidad. Las antiguamente llamadas “normas de estilo” capturan en tiempo real el habla mediática y/o popular, y asimismo son un espejo de las nuevas necesidades expresivas. De ‘Brexit’ a ‘perro rabioso’, o el sustantivo compacto y normativo de ‘sintecho’, el lenguaje brota de la urgencia del vivir o de la ocurrencia pegadiza –por ejemplo, mileurista–, y una vez reflexionado por sus técnicos, toma una voz entre otras: a poder ser la más honesta, y por tanto la más exacta. La más correcta, aunque lo políticamente correcto amenace al propio lenguaje.
 
Entre estos correos, me llamó especialmente la atención el que se refería al uso de la palabra anciano. Decía así: “Anciano: alerta con esta palabra, si no se trata de una persona de edad avanzada (más de 80) y con las facultades disminuidas: cuarta edad. Siempre es más elegante hablar de ESP: jubilado, persona mayor, tercera edad, una mujer de 75 años. CAT: jubilat, gent gran, tercera edat, una dona de 75 anys, un avi…”. Lo primero que pensé es que como puede diferir tanto el peso de la palabra “abuelo” para referirse a una persona mayor (y además, casi siempre a gritos) de la catalana  “avi”, que evoca las habaneras y el fuego de leña. Pero en seguida centré el asunto: cuán chocante sería llamarle hoy anciano a Mario Vargas Llosa o anciana a Sofia Loren, y con que prisa nombramos así a aquellos que no tienen foto ni caché, tan solo edad.
 
Las personas mayores son acaso el grupo más invisible de nuestra sociedad, que en cambio envejece sin freno, a punto de convertirse en una gerontocracia. No todos son buenos, pero muchos de ellos siguen ávidos de experiencias. Atesoran la eternidad del momento. Se ríen con mayor facilidad que los jóvenes vetustos, también son más desinhibidos, te miran a los ojos, y no amagan el sentimiento. Su opinión siempre contiene un ángulo, igual que un calzador que facilitara el encaje de las ideas, aunque se repitan. ¿Quien no lo hace? Detesto que se les utilice para hacer chistes, para reírse de su lentitud o su desapego al presente, porque me gusta escuchar a los viejos livianos de chaqueta de punto con coderas, o a las octogenarias que calzan deportivas y se pintan los labios. Su lúcida testarudez escapa a cualquier etiqueta. Tienen años, sí, pero no son ancianos.

[Publicado el 27/3/2017 a las 16:24]

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El Loewe da de comer

El brote primaveral ha despertado a los jazmines. Pero ha sido un espejismo, un regalo frugal; en menos de veinticuatro horas pasamos del sol de verano a la nieva navideña . En las calles y en la radio se habla del tiempo, además de la contienda fratricida socialista y de los meapilas de derechas, que es como se denomina aquí a los píos devotos que quieren poner de moda la misa. Se trata de una expresión muy castiza que antaño designaba a los santurrones que de tanto persignarse con agua bendita creían que la orinarían. La nueva generación toma impulso en las redes sociales, protestando por la posible eliminación de la misa televisada de La 2. La capitanea Tamara Falcó, secundada por su hermano Duarte –ese nombre tan castellano, como Lope o Mencía, que parecen apellidos–. El pasado miércoles me encontré a los padres de Tamara, por separado, por supuesto. Su madre, Isabel Preysler, es una agnóstica confesa que ha sucumbido a la espiritualidad y carnalidad literaria. De nuevo vive asediada por los paparazzi, que quieren fotos de ella y ‘el Nobel’: así le llaman a Vargas Llosa sus íntimas. El padre de Tamara, el Marqués de Griñón, fue uno de los últimos invitados en llegar al Palace, donde se celebró Premio Loewe de Poesía, uno de los saraos que solo se puede entender en Madrid. ¿Qué hacen en un mismo salón Jaime de Marichalar, Soledad Puértolas, Modesto Lomba, Laura García Lorca, Marta Robles, María Pagés o el Marqués de Griñón? Le pregunto al marqués y a su joven pareja, Esther Doña, qué poema han leído últimamente: “el que me ha escrito Carlos”, dice ella melosa. Sigo interrogando a los asistentes sobre sus poetas de cabecera, sin demasiada fortuna, hasta que me cruzo con Laura Ponte, modelo, diseñadora, ex emparentada con la realeza y ahora novia de un poeta. “Mi preferido es Pedro Letai, sin duda”. Con su chico –en Madrid se dice así, tengas treinta u ochenta años– va a cursos de poesía y recitales. “Leo a Alfonsina Stoni y me he atragantado de Alejandra Pizarnik, tan poderosa”. Ponte explica que no se había acercado antes a la poesía por pudor, al considerarla un arte elevado. “y de repente ha descubierto que es mucho más modesta que altiva”.

Jaime de Marichalar, en cambio, siempre igual de cuidadoso con la prensa como caústico con sus amigas de la alta sociedad, me dice que la poesía “me aburre que me mata”, que es muy cursi, pero que no lo ponga. Y acaba hablando del independentismo catalán con tan mala cara que refugio en mi mesa, una de las mejores del comedor, con el ‘puto amo’ y editor del premio, Chus Visor, además de Pepe Caballero Bonald y su esposa, Pepa Ramis. Hablamos de la gauche divine versus la izquierda antifranquista madrileña, que también tenía su Bocaccio, aparte del Oliver y del Whisky Jazz. “Pero aquí no se hicieron las fiestas de Barcelona, nos faltaba su decoración”. Me confundo con Juan Van Halen y le pregunto si es ecologista: “yo siempre del PP, hija” responde con cierta melancolía.

Enrique Loewe inventó el Premio hace treinta años y hoy es el mejor dotado de España: 25.000 euros para el ganador, que este año ha sido para el gaditano melómano José Ramón Ripoll. Me cuenta Javier Rioyo –historia viva de la literatura de bare-, que Ripoll pudo vivir gracias a los dineritos que le dieron sus letras para Joaquín Sabina, y tararea “macarra de ceñido pantalón”…Los poetas malviven. Por ello el lujo les parece un regalo de Dios. Del Dios amor y no castigo, del que te acerca un paraíso que no agoniza. “Quisimos acercarnos a la belleza a través del premio, un gran beneficio para Loewe: nos hacía sentir un poco más buenos y más importantes” discurseó el patriarca, acompañado por la presidenta de la Fundación Loewe, su hija Sheila. Ejerció de maestro de ceremonias, Víctor Rodríguez Núñez, (ganador de la pasada edición) que presentó al ganador del Premio a la creación novel, el también cubano Sergio García Zamora con “El frío de vivir”. “Descorteza el poema y hace una poesía abierta al mundo pero no colonizada” dijo del joven poeta que dió las gracias a Loeue”. Las primeras deliberaciones del jurado: Brines, Colinas, Caballero Bonald , tenían lugar en el Lhardy . Entonces presidía el jurado Octavio Paz, que anteponía el cocido a los versos. Este es el único premio de poesía donde te despiden con un regalo de lujo: poetas, periodistas y marqueses salimos comidos del Palace con un pedazo de fular y dos libros.

[Publicado el 27/3/2017 a las 12:00]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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