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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 12 de diciembre de 2018

 Blog de Joana Bonet

Que viene el lobo

No nos hemos recuperado aún del golpe estético de esa cuadrilla de hombretones de Vox al galope. Más Curros Jiménez de pelo en pecho que jinetes apocalípticos, aunque, en lugar de jugar a forajidos, se presenten como guardianes de la patria y la moral. “De extrema necesidad”, así se autodenominan para espantar fantasmas ultras, dispuestos a forrar de guasa la retaguardia. Han sido presentados como una anomalía del sistema, un grano de pus que aflora justo en el 40.º aniversario de la Constitución. Los medios corren a abrirles los micrófonos porque sus disparates retrógrados venden. En su demagogia, confunden justicia con ideología de género. Para ellos, la violencia contra las mujeres es un mal menor, y el feminismo, un movimiento dogmático que pretende humillar a los hombres, quebrando la igualdad que por fin ha calado en nuestra sociedad.

Pero los diputados andaluces electos son resultado de una desbandada de votos: ciudadanos que han adoptado el espíritu nini –ni pensar, ni votar– en los segundos comicios menos participativos de la autonomía. La reacción de la mayoría ha quebrado esa laxitud que tan mal se aviene con el sobresalto. La furia populista embrutece a las sociedades. Bien nos lo han demostrado los furiosos radicales que han entrado en parlamentos y agendas de Alemania, Austria, Hungría, Polonia u Holanda. Europa está vadeada por personajes que centrifugan un discurso que se reduce a la xenofobia –los extranjeros nos quitan el pan y los médicos– y al enaltecimiento de los va­lores nacionales como si de nada nos hubiera servido estudiar historia. Sus fantasías centralistas destilan una falsa idea de la unidad visualizada en los mismos libros de texto para todos los niños españoles.

Recupero unas reflexiones de Karl Kraus definiendo a los bufones que cargan contra la cultura como estafa. “El barbarismo sin tapujos irrumpe en la barbarie iluminada con electricidad y equipada con todas las comodidades de la era moderna. No parará las máquinas, pero perturbará benéficamente el funcionamiento de una intelectualidad encaminada a matar de hambre el espíritu”. Kraus siempre dudó del efecto inmediato, bien lo sabe Manuel Valls, que durante años olisqueó el tufo a sobaco y salchichón rancio de los lepenistas, y ha sido rotundo: no se puede pactar con los ultras. De acampar en cuatro esquinas, valladas por su declarado anticonstitucionalismo, a entrar en un Parlamento. Pero que estén en el mapa oficial no parará las máquinas del progreso ni nos arrebatará libertades. Actúan igual que bufones cabreados que en sus postulados simplistas confunden raíces con animalidad. Y nosotros, criaturitas, actuamos igual que Pedro en el cuento del lobo, dando falsas voces de alarma en lugar de reforzarnos como demócratas, algo perturbados, aunque benéficamente, a la manera de Kraus, preguntándonos cómo educaran los de Vox a sus hijos.

[Publicado el 10/12/2018 a las 12:16]

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La foto es el mensaje

Miro la foto, es impecablemente catalana y a la vez presidiaria. El pequeño árbol a su derecha, la perspectiva desde el ángulo de la esquina y unas tapias de color terroso, más siena que albero, cercando a un grupo de hombres que bien podrían venir de dar un paseo campestre por los pinares del Bages. Las zapatillas deportivas azulonas parecen casi nuevas, y lo nuevo siempre transmite cierto aire tranquilizador. También indica que caminan poco. Exhalan un talante deportivo y a la vez confortable. Llevan ropa de domingo o de ir por casa. Sudaderas y forros polares, camisas de cuadros como la de Junqueras frente a un solo jersey, granate y de cuello pico, el de Cuixart.

La actitud corporal de los siete de Lledoners es hasta plácida. Sànchez con los brazos caídos pero leves, Junqueras, de puntillas, sonriente y con color, Turull más pálido, tocado por un gesto de beatitud melancólica, Romeva cerrando el grupo de negro musculado, también en posición de descanso. Se les ve desarmados, y no hay mirada resentida aunque pueda intuirse la huella de un año sin campo a través. Esta foto es un artefacto táctico de comunicación global: siete hombres, seis políticos y el director de una entidad cultural, que parecen incapaces de cruzar un semáforo en rojo, están en la cárcel acusados de rebelión. La justicia española les ha dado trato de peligrosidad con unas cautelares rigurosísimas. Viven preparando su estrategia y apurando los mensajes no verbales. Por ello, su foto serena es el preludio de un segundo artefacto de comunicación mucho más perturbador, a pesar su vis pacifista, una huelga de hambre.

Hay otra foto, muy antigua, también de un grupo de presos políticos que salen al patio. Lluís Companys, su hijo, el ministro de Esquerra durante la II República Joan Lluhí i Vallescà, el periodista Emili Granier Barrera y otra de­cena posan en la cárcel Modelo de Bar­celona. También era otoño, acababa noviembre de 1930. Hay diferencias entre la ciudad agrisada y la luz pajiza de la Catalunya central. Hace noventa años se distinguían las clases: chalecos de sastre y hasta el pañuelo blanco de Companys se alinean con las alpargatas. Cuellos blancos almidonados y rabasaires, hombro con hombro. Hay algunas sonrisas de orgullo, también cierta resignación entre los que esconden las manos en los bolsillos. En las dos fotos, todos mantienen los pies separados para posar holgados, pero la imagen de Companys transmite confusión, mientras que en la de Lledoners reina una serenidad muy reflexionada, con pre y posproducción. Porque son estos hombres de la foto que parecen venir de un paseo dominical, y no otros, quienes deciden dejar de comer para volver a vivir.

[Publicado el 05/12/2018 a las 14:03]

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Jóvenes sin besos

Se sientan en la fila de delante del avión, apagan los móviles, juntan las cabezas y se besan. Advierto que desde hace largo tiempo apenas veo besos en los parques, ni rastro de aquellas bocas incapaces de despegarse en el charco de luz de la farola, y me pregunto si los clásicos morreos no estarán también de capa caída, reemplazados sin babas por el emoji besucón. El avión va medio vacío, y escucho que él le dice: “Qué romántica eres, besas igual que una adolescente”. La mujer responde: “Será una adolescente de tu época, los de ahora no se besan, se muerden”. Es el momento de ponerme los auriculares y reflexionar acerca de la presunta hipersexualidad de los adolescentes, de los milénicos que ni de lejos contemplan el sexo a modo de tabú, sino como un pozo sin fondo, explorado desde su precoz acceso a la pornografía: la primera exposición, de media, se produce a los doce años entre los chicos, unos meses después ellas. Tienen barra libre, todo incluido a través del móvil y en plataformas gratuitas.

En la construcción de su identidad sexual existe menos rigidez, de manera que están familiarizados con conceptos como el de poliamor, han normalizado la bisexualidad en sus comunidades, y términos antes vergonzosos como perversión o parafilia han dado paso a otros que suenan más frescos como kink o gang bang. Pero la tendencia es a la baja, y el caso es que degustan mucho menos que nuestros abuelos. Según una encuesta nacional realizada por Control, el 63,6% afirma tener relaciones sexuales una o menos de una vez a la semana. Una frecuencia que ellos mismos consideran muy por debajo de sus aspiraciones (a la mayoría le gustaría practicarlo al menos cada dos o tres días). El panorama abruma con tantos cuartos de adolescentes solitarios comandados desde una pantalla, sobre la cama, entregando su vida real a la nube virtual.

Hace unos días, en The New York Times, su columnista Ross Douthat lo denominaba “la trampa de Huxley”, y señalaba que la tecnología y el sexo solitario han domesticado la revolución sexual. E incluso se atrevía a formular una suma de factores: Netflix + Tinder + Instagram + masturbación. “La única persona que realmente lo vio venir fue Aldous Huxley en Un mundo feliz –aseguraba–, la distopía esencial para nuestros tiempos, que captó la característica más importante de la vida social posmoderna: la forma en que el libertinaje, que en un tiempo fue una fuerza radicalmente disruptiva, podría ser domesticado, reeducado y utilizado para estabilizar la sociedad mediante la combinación de la tecnología y ciertas drogas”.

Y es cierto que Huxley dio en el clavo: pantallas y fluoxetina, todo legal. Un cóctel que derrota cualquier asomo libidinoso. Que mata el placer y anula las caricias. Mientras, aumenta el consumo de antidepresivos entre los universitarios: cuadros de ansiedad, crisis de pánico y depresión, síntomas que refieren una presión social que les cuesta digerir, ensimismados en el bucle de los afectos con wifi. Ojalá aún puedan recuperar aquellos largos besos atornillados.

[Publicado el 03/12/2018 a las 14:52]

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Tres señores enfadados

Durante esta campaña electoral andaluza, sus imágenes han aparecido unidas sobre la pantalla, uno al lado del otro, como una trinidad barbilampiña, y sorprende la homogeneidad formal, el corte tan parecido. Nada que ver con las alineaciones deportivas, en las que sobresale una mayor diversidad cultural o pilosa. Porque Pedro Sánchez, Pablo Casado y Albert Rivera podrían ser miembros de una misma familia. Ocurre algo parecido con Jaume Matas, Federico Trillo y Rodrigo Rato, que estos días también han coincidido en la actualidad, aunque judicial. La sensación de fin de época al ver sus caras juntas, el tríptico que conforman, es radical. Entiendes con alivio que el cambio de siglo ha pasado por encima de la clase política –y de qué manera–, imponiendo si no otro modelo de líder, al menos un dress code exento de bolsas en los ojos, cejas arrogantes y polos Ralph Lauren.

Lucen sus flequillos reformistas, sus chaquetas azul de Prusia –oscuro pero con el brillo suficiente para destacar– en corte slim fit, musculatura pulida y los puños acortados en un ademán pulcro, confiado, acaso el que las madres del siglo XX hubieran deseado para el marido de sus hijas: un buen Mr. Wright. Pero hay otra característica que los identifica, y es su tono de señores muy enfadados. El recuento de insultos que embarran el Congreso de los Diputados, donde habría que pensar y discutir democráticamente acerca del desorden nacional, causa estupor. ¿Por qué se derrama tanta crispación en las comparecencias, castigando con malas artes la herida del otro?

Parece que la soñada mayoría absoluta estuviese en su contra y tuviesen que convencernos a los futuros electores de su preclaridad y de su patriotismo, puesto a prueba en cada abrir de boca. Prevalece un efecto continuo de desagravio, que ha empobrecido el discurso parlamentario. Enojados en bucle, trasladan la sensación de ser la víctima, ya que prácticamente todo enfado puede entenderse como reacción a lo que consideramos una auténtica injusticia. Ignoro si les funciona como táctica dialéctica, pero juegan con la ira en su discurso, y la desbordan para regresar al sentido de rectitud y control, y desde esa autoridad demandan dignidad y respeto. Cuando nos enfadamos, el bombardeo energético a base de adrenalina que acompaña toda erupción acentúa aún más la sensación de afrenta, que sólo puede vencerse con el contraataque. Como explicaba el doctor en Psicología y experto en terapias de resolución de traumas Leon F. Seltzer en un artículo sobre el bienestar postenfado publicado hace unos días en Psychology Today, la clave está en “la superioridad moral sobre quien nos provocó”. Pero la política del cabreo, además de zafia, es cortoplacista porque nos acabamos cansando de todo, incluso de estar enfadados.

[Publicado el 28/11/2018 a las 12:59]

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Ruido y nueces (algunas vacías)

Nunca habíamos vivido tal avalancha de premios nacionales a mujeres: Almudena Grandes, Christina Rosenvinge, Francisca Aguirre, Maria Xesús Lama, Mariza, Yolanda García Serrano, Antònia Vicens y, como final de traca, la nonagenaria Ida Vitale, premio Cervantes. Me congratulo de esta inédita ola de reconocimiento, que rescata auténticos tesoros, algunos alejados del mainstream. Y que por fin premia a creadoras de callo profundo, infatigables y muy meritorias. Pero debo confesar que, lejos de triunfalismos y ­jaranas, hay algo que me turba: ¿o acaso no se aprecia en ellos la presión por cumplir ejemplarmente con el nuevo mandato social?: “Más mujeres entre los cromos para que no se nos caiga el pelo”.

El 2018 ha resultado ser uno de los años más fecundos para el feminismo: la catarata de denuncias por abusos sexuales ha tenido como efecto colateral de un daño evidente la inclusión de las mujeres en las agendas políticas y culturales. Ha sido una prioridad, desafiando el desprestigio que siempre han tenido las cuotas, la llamada discriminación positiva, una locución fea, un oxímoron conceptual, con buenísimos resultados en todas las luchas pro derechos civiles. En menos de un año, ser feminista ha pasado de ser estigma a tendencia. El fenómeno es interesantísimo: pocas veces una palabra que parecía rancia y arrinconada ha revertido su rechazo despertando una repentina simpatía entre los mismos que arrugaban la nariz ante las que consideraban una especie de policías sexuales, avinagradas y sin sentido del humor ni del amor. Hoy, asistimos con asombro a las declaraciones de famosas que se dicen feministas de toda la vida, cuando hace cuatro días escondían el ala: a buen fin no hay mal principio, por decirlo con Shakespeare.

También he observado otro fenómeno paralelo: jóvenes corajudas y sin pelos en la lengua han enarbolado la bandera violeta, sacando sus plumas de colores que tanto venden. Pero no puede entenderse el compromiso con la igualdad desde un liderazgo individualizado que pretende hablar en nombre de todas, que puede dominar la teoría, pero que en la práctica no modifica la mirada. Y menos cuando se cae en trampas tan vetustas como la de penalizar el embarazo. Así lo ha denunciado la actriz Aina Clotet, que fue descartada en una serie de televisión, tras haberle sido confirmado el papel de protagonista, porque su figura iba a cambiar. Y las excusas servidas son las de toda la vida, las que tanto hemos criticado en boca de empresarios improcedentes: dudar del resultado final, alegar complicaciones y aumento de costes, riesgos… además de aludir, en este caso, a unas escenas de sexo aparentemente vetadas para las preñadas, tal y como marca el patrón androcéntrico. En plena onda triun­fante, resulta poco ejemplar que una mujer, embarazada, deba someterse al clásico estereotipo por decisión de otra mujer. Con una mano te doy, con la otra te quito.

[Publicado el 26/11/2018 a las 14:34]

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El poema de la tierra

El otoño ha avivado sus colores con las lluvias, pero nosotros andamos medio apagados, a tono con la luz del día, como si nos fuera imposible regular el interruptor interior. Trabajamos y comemos a media luz, en una penumbra que hace languidecer al más optimista, al que se frota las manos para darse fuerzas a sí mismo, diciéndose “¡vamos!” igual que los deportistas. Los pies se nos calan, y advertimos los rigores de la intemperie. La desesperada existencia de aquellos que no pueden entrar en calor porque malviven sin un techo.

Mediterráneos que somos, estamos poco avezados en escuchar el agua repicando sobre el cristal, noche y día, de lunes a domingo. Miramos a través de la ventana con cierta desolación –y hasta casi con terror– cuando las tormentas rasgan el cielo y los nubarrones descargan con furia. Ni tiempo tuvimos de aprender a ser elegantes sosteniendo el paraguas, mimados por nuestro sol dorado e ibérico. Lluvia a intervalos, chirimiris y calabobos, pero no esa repetición torrencial, parecida a una interpretación de Glenn Gould, que resuena durante toda la jornada e impregna la vida de una humedad que nos hace sentir extranjeros en nuestras propias casas.

El ánimo se resiente con la grisura permanente del cielo, y aún más cuando no se está acostumbrado a hacer mermeladas de higos o membrillo con la chimenea chisporroteando de felicidad. Abrimos los ojos y sigue lloviendo, y no pensamos en lo bien alimentada que estará la tierra. Sólo los enamorados bailan bajo la lluvia, y únicamente los niños esperan con anhelo saltar en los charcos. Decía Steinbeck que “uno puede encontrar tantos dolores cuando llueve”, y bien cierto es que la lluvia resulta una invitación a mirarse por dentro y detectar nuestras propias goteras. Además, nos trae el recuerdo de amores fallidos, de seres que se fueron, de par­tidas que perdimos. Reflexionaba mi añorado Vicente Verdú que no es fácil saber qué es peor, si sufrir una gotera del vecino de arriba o producirla al de abajo. “¿Una gotera yo? –escribía en Enseres domésticos (Anagrama)– Cualquiera tiende a apartar de sí ese cargo, pero ¿cómo no pensar precisamente que sin poder controlar nuestros propios enseres podemos controlar a otros de fuera?”. Ahora, gracias a la lluvia que cae, incesante, tan literaria en las novelas y tan prosaica sobre las ciudades, reconocemos las grietas que habíamos ignorado. Agua que nos iguala, nos hace más vulnerables o más melancólicos, nos recoge o nos aísla, nos aletarga y nos apelmaza. Pero, ah, ese instante después de llover, cuando todo parece reluciente, oloroso, puro, y rescatas aquel verso de Whitman: “Soy el poema de la tierra, dijo la voz de la lluvia”.

[Publicado el 21/11/2018 a las 14:53]

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Welcome Barnamad

Podría ser el nombre un nuevo local de copas o de un festival de verano, incluso de un mercado donde el fuet y los callos, la mistela y el chinchón convivieran con alegría, pero se trata sólo de una tentativa imaginaria: el nombre de una utopía que propone el periodista Miquel Molina en su libro de urgencia. Alerta Barcelona (Libros de Vanguardia), siguiendo la teoría de Greg Clark –autor de Global cities, a short history– acerca de las ciudades complementarias en lugar de rivales, como Río de Janeiro-São Paulo o Sydney-Melbourne. Ya ha habido diversos intentos de tender puentes, acueductos, jumelages –tal y como se decía en florido– entre Madrid y Barcelona, dos urbes cosmopolitas y resilientes, que han remontado penurias y luchado contra la barbarie. Se dice que la una es grandilocuente y la otra estilizada; meseta versus Mediterráneo; el amarillo terroso velazqueño enfrentado al azul poético de Miró; castiza y zalamera, la otra más contenida y seca. “Los madriles” aún resulta una manera altanera de referirse a la que fuera Villa y Cor-te, tan monárquica como republicana.
A lo largo del tiempo he observado las diferencias en la vida cotidiana de ambas ciudades. El agua del grifo, la luz del cielo, los horarios de oficinas y comercios, la oferta de embutidos –mucha más caza en Madrid, además de capón relleno– los papeles pintados en las paredes de las casas o la tasa de humedad. Mientras los catalanes se pirran por organizar pica-picas, pasados los Monegros las tapas se toman de pie, incluso con tirantes rayados, un estilo denostado en Catalunya, donde, entre ellos, imperan las camisas negras y las gafas de varillas coloreadas, al tiempo que ellas evitan los joyones que ex­hiben sin culpa y con la melena bien ahuecada las señoronas del barrio de Salamanca. El carácter catalán obliga, en los mails, a despedirse con un merci o un salut,pero en la capital española todo quisqui que no sea borde se besuquea y abraza hasta por escrito.

Con todo, son más numerosas las coincidencias que las brechas. Comandadas por sendas alcaldesas progres que, se pensaba, harían volar cometas, creativas como un Tierno Galván o un Maragall, hoy madrileños y barceloneses se resienten de la suciedad y el caos del tráfico, barruntan sobre los problemas de sus centros, repiten que los alquileres están por las nubes, igual que las escuelas infantiles, y protestan porque muchos accesos públicos no están adecuados para sillas de ruedas.

Tras los estragos del procés se ha puesto de moda repetir una misma cantinela: que Barcelona ya no es lo que era, otrora cosmopolita y vanguardista, la que fuera admirada por madrileños y andaluces, y en la que ahora apenas palpita la vida cultural porque la gente vive en tensión, las familias andan peleadas y los niños apenas farfullan el castellano. Y eso es tan demagógico como afirmar que Madrid es una ciudad henchida de facherío, clasista, pomposa, y llena de españolazos.

[Publicado el 19/11/2018 a las 14:13]

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Hable con mi marido

ue una frase hecha en los años sesenta, cuando las mujeres no tenían derecho a una cuenta corriente propia: “Esto lo habla con mi marido”. Aunque tuvieran dotes suficientes para tratar cualquier asunto –excepto el de expender un cheque–, habían sido educadas para delegar. Se fueron emancipando por puro sentido común: qué cansino resultaba tener que recurrir al marido para comprar una enciclopedia a plazos o llamar a un fontanero. A veces abrían la puerta y empezaban a hablar con el enviado de turno, hasta que oía por el pasillo la voz de Manolo: “¿Quién es?”. Y Manolo tiraba por la borda lo que con pericia su abnegada esposa había conseguido torear, fuera la letra del banco o una queja de los vecinos.

Durante años se dijo aquella estupidez de que detrás de todo hombre importante hay una mujer ídem. Las feministas, en los noventa, reivindicábamos que debían de estar al lado, no en la retaguardia, pero aquella no era la realidad. Hasta que las mujeres empezaron a mandar y a sostener el poder, algo que, en un clima de desconfianza y de extendida maledicencia, por nada del mundo podían hacer solas. Se les buscó pigmaliones y se las redujo a meros instrumentos, rostros femeninos en portavocías y senados. No tardaron en airear las primeras fake news machistas que siempre han acompañado las leyendas de féminas bien colocadas: que si se habían acostado con el presidente, que si eran marimachos, y, cómo no, que el que en verdad mandaba era el marido.

Durante décadas, las mujeres poderosas han tenido que demostrar su independencia. Recuerdo a la querida y malograda Carme Chacón, cuando tuvo que soportar una y otra vez que se publicara en destacados que su marido influía en todas y cada una de sus decisiones, poniendo en cuestión todo un Ministerio de Defensa, con su estructura jerárquica, sus galones y consejos. La última en recibir y salir victoriosa ha sido Irene Montero: 70.000 euros les toca pagar a siete magistrados que la insultaron en un supuesto poema.

Por ello resulta tan triste, tan errático, el papel de María Dolores de Cospedal entonando el “eso lo habla con mi marido”. Y el encorchetado López del Hierro, con su chaqueta cruzada, tan sevillí y gracioso, incluso llegó a hablar en nombre del jefe de su mujer. Porque la todopoderosa Cospedal, antigua Guapa de Albacete, la joven scout de las monjas dominicas que tantas veces pidió asistencia de las feministas y le contrariaba su silencio, recurría a su marido en un paternalismo que ahora quiere disculpar, no porque estuviera mal, porque fuera indigno que una secretaria general acudiera a su churri para jugar a los ángeles de Charlie, sino porque ahora al pobre le hacen la vida imposible. Va de retro.

[Publicado el 14/11/2018 a las 18:27]

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De ratas y rateros

 
Captura de pantalla 2018-11-12 a las 12.18.00

Ocurrió en Nueva York, en una cena de cumpleaños. Mis amigas Lorena y Olga fueron a cenar a The River Café, una especie de plató que hace felices a los turistas que quieren sacar fotos del puente de Brooklyn y formar parte del fotograma universal. Sobre la mesa con vistas al río, el pan tierno, la ensalada templada, hasta que escucharon un crujido seguido de un temblor de las vigas de madera del techo. Una rata cayó sobre la mesa y su cuerpo inerte, peludo, con su olor feroz, acabó con el brillo de las copas y con toda la belleza que cabía aquella noche sobre el puente. 600 gramos de asco en el cubierto que el camarero, raudo, cubrió con una servilleta blanca. Porque un rata ensucia la mirada. Es un bicho de cloaca lleno de gusanos que transmite bacterias y engorda con la basura. Astutas y organizadas, resultan un clásico de la intimidación que merodea entre la pobreza y la mugre, un roedor con el que no se puede jugar. Pero convivimos con ellas, y de qué manera.

Nueva York vivió bajo la leyenda de que la habitaban más de ocho millones, una por habitante, y su vida secreta construyó diversas leyendas urbanas. Se cree que el número esté hoy cerca de los dos millones. Nadie sabe a ciencia cierta cuántas hay en Madrid, pero Barcelona ya dispone de un censo de ratas de alcantarilla: 200.000. Me viene a la memoria la novela de Bohumil Hrabal Una soledad demasiado ruidosa (Galaxia Gutenberg), cuyo protagonista no se cansa de repetir que lleva 35 años prensando papel viejo en un sótano: “Oigo claramente el alarido de las ratas, el sonido de la carne roída, los aullidos y los gritos de victoria, el chapoteo de los cuerpos que luchan dentro del agua (…), pero yo ya sé que al abrir la tapa o la reja de cualquier alcantarilla y al bajar al fondo, en todas partes he de oír ese mismo fragor bélico”.

Aflora también otro dato paralizador: en la Barcelona de los narcopisos y las reyertas se producen quince hurtos cada hora, según el Ayuntamiento. Los expertos en control de plagas afirman que mientras no se vea a los roedores, estos no son un problema. Y con la criminalidad ocurre lo mismo: los robos con violencia y la venta de droga a plena luz acaba con una de las sensaciones que más certeramente definen la calidad de vida en una ciudad, tal y como se la escuché definir en la Ser al alcalde de Pontevedra: “Es salir de casa y hallar en el espacio público una prolongación de la misma”. La inseguridad crea una atmósfera cargada, mientras que la suciedad es sinónimo de malestar y de una considerable falta de amor propio. En estos tiempos tan obcecados en la limpieza interior, donde todo se requiere detox –de los zumos a las relaciones–, las ratas y los rateros nos recuerdan que, a pesar de sentirnos a salvo entre nuestras paredes blancas aromatizadas con velas de vainilla, estamos rodeados de mierda.

P.D. A mis amigas, aquella noche las emborracharon con Moët Chandon y les pusieron una limusina. Aún hoy huelen la rata.

[Publicado el 12/11/2018 a las 12:19]

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A micrófono cerrado

La periodista olfatea al entre­vistado nada más saludarle. No le mira, escruta sus pupilas y sus pestañas, interpreta sus manos cuando se enlazan y retuercen,­ ­inclina la cabeza cuando él lo hace. Busca la ­verdad, y bien sabe que no bastan ni la pericia interrogadora ni el intercambio de información. Ni siquiera su capacidad de seducción. La periodista se siente a ­ratos soldado, a ratos cortesana: adula, asiente, acompaña y hace largos silencios. Hasta que por fin el entrevistado cuenta algo interesante, pero dice: “Esto no lo pongas”. Los papeles se han difuminado. Podría parecer una conversación íntima, aunque en verdad se trata de un formato periodístico. La ilusión se ha adueñado de quien ya no sólo responde, sino que amplía el relato haciéndose el importante. Descerrajada la cautela, la confianza se ha derramado de tal forma que apostilla: “Cuando apagues eso, te lo cuento todo”.

¿Qué podemos hacer los periodistas con los off the record que hemos acumulado a lo largo del tiempo aparte de amenizar, pasados los años, alguna reunión familiar? Puede que nuestra precarizada profesión se ganara cuatro cuartos extras revelando algunas confesiones hechas “a micrófono cerrado” –que es como la RAE propone evitar el anglicismo–, un recurso periodístico cuya utilización siempre ha sido esquiva. El lector se ­preguntará cómo un periodista puede llegar a compartir confidencias con su interrogado: este quiere lucir sus plumas y sorprender al plumilla, que tendrá que lidiar con la ética del llamado “secreto profesional”.

El lunes dimitía de sus cargos en la ejecutiva popular María Dolores de Cospedal, que, en cambio, se aferra al escaño que le da condición de aforada. Por lo que pueda pasar. Sus conversaciones y las de su marido, Ignacio López del Hierro, con el ubicuo comisario Villarejo contribuyen al glosario de la corrupción con expresiones del tipo “tocarse los mondongos” o “limpiar papeles”, pero este ya recogía perlas del calibre de “información vaginal” –esto es, “ponerle” a alguien “una chorbita”, que se la “tire... y muerto”–, “maricón”, adjetivación elegida para definir a un compañero y el consabido “todo lo que puedas averiguar”. Es tan grave lo que se dice, como la forma en que se expresa, soez y maloliente. Cierto es que la corrección política ha llegado a ser asfixiante en nuestros días, pero debemos manejar con sumo cuidado la máxima de que “lo privado es político”. Por fortuna, la barrera entre ambas esferas está más desdibujada que nunca en los tiempos de la Gürtel, los papeles de Panamá o el #MeToo. Pero, tan importante resulta limpiar nuestras bocas cuando nos creemos off the record, como acercar posiciones entre lo que pensamos de verdad y lo que decimos de mentira.

[Publicado el 07/11/2018 a las 11:41]

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Foto autor

Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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