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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 24 de abril de 2019

 Blog de Joana Bonet

Pablo Iglesias, suelto como su coleta

Apenas media distancia entre su identidad personal y su identidad política, o ¿acaso no es Pablo Iglesias el líder más arremangado del cartel electoral? Camisas azul noche recogidas hasta el codo,un gesto propio de quien baja a la arena; cinturón flojo, cazadoras de tactel y blazers sueltas, siempre sin conjuntar. Iglesias es el más español en su atuendo: ignora por completo el aire italianizado de la sastrería masculina, en tejidos y patronaje. Al contrario, pervive en él la sensación de llevar siempre una talla de más, perneras, mangas y cintura holgadas, igual que la goma de la coleta, su elemento más icónico, propio del rock guitarrero o del diseño nórdico.

No se aprecia tirantez alguna en su cuerpo, ni deseo de una vida esbelta. Cargado de hombros, redondeados, tiene andares de personaje de Coetzee, de joven viejo que ha consumido toneladas de energía con el objetivo de abrir un nuevo camino, el de la izquierda sin vaselina, la que empodera al ciudadano de la calle. Y tal osadía acabaría siendo respondida por el viejo poder, que quiso cruzar al inspector Gadget con Closeau y Villarejo.

Poco acostumbradas estaban sus señorías a la irrupción del casual en la foto oficial, pero había que romper el protocolo. Igual que aquellas mujeres que no podían entrar con pantalones en los restaurantes de moda de Nueva York y se los quitaban en el baño, quedándose en improvisados mini-vestidos. O como los CEO de Palo Alto, que empezaron a firmar contratos millonarios en chanclas de piscina. Su autoestima y su audacia resultaban proporcionales a la informalidad de la que hacía gala su atuendo. En una ocasión se publicó la foto del armario de Mark Zuckerberg: todas las prendas eran grises. Esquire lo eligió uno de los hombres peor vestidos del mundo, pero gracias a él muchos altos ejecutivos suspiraron satisfechos, por fin podrían librarse del uniforme de viajante de comercio y vestirse a sus anchas.

“El lujo de la comodidad” podría ser el eslogan estético de Iglesias. Desde niño detesta las telas que pican, y su madre, bien coqueta, intentaba que vistiera algo más que chándals. El profesor activista llegó a la Complutense con su ropa técnica: forros polares y botas de montaña. Y aunque una parte de la opinión pública insista en el perroflautismo, probablemente debido a la pervivencia de su melena recogida y con greñas, Pablo y otros líderes izquierdistas han evolucionado en su atuendo combinando ciertos elementos grunges, como las camisas de leñador, con prendas icónicas como la sudadera de capucha: un símbolo global de la protesta en el cambio de siglo que se ha hecho mayor sin aburguesarse. Iglesias se pone corbata de pala estrecha e incluso smoking –y siempre parece prestado–, y juega a alterar el sentido del dress code. Se trajea más para reunirse con el Fórum Europa o con un grupo de sindicalistas que en las ceremonias de Estado.

El estigma de El gran Gatsby, una novela sobre la conciencia de clase –como ya asoció el periodista Pedro Vallín– les golpeó fuerte a la pareja Iglesias-Montero. Porque no hay sueño más radiante en el imaginario español que el del chalet con piscina. Aunque sea más barato que un piso en Madrid y se ubique en la llamada “sierra pobre”. Pero pronuncias ‘chalé’ y una ráfaga soleada te sugiere la vida siempre en vacaciones, algo que no le está permitido a un mesías como Iglesias, afranciscado y melenudo, el podemita que compraba sus camisas en Alcampo y ahora se permite alguna marca más cara, eso sí, siempre que sea cómoda.

El lujo surgió como un anhelo para la clase media, fue creado para hacerla soñar, no para los ricos, acostumbrados a ser mucho más austeros porque todas sus necesidades, incluso las estéticas, están colmadas generación tras generación. Otra idea inamovible hace exclusiva la ideología de izquierdas a la experiencia de precariedad y desamparo, como si creer en el bien común y la igualdad social no fuese hermoso y exquisito. Ya lo advirtió Pascal, poco sospechoso de radical: “el hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que lo sostiene”. En los mítines, Iglesias se lleva el puño izquierdo al corazón, una manera sentida –y con regusto oriental– de dar las gracias, de responder con cariño a sus baños de masas moradas. Es más que un partisano culto que golpea verbalmente al poder en tono didáctico, más que un profesor rojo que abandonó el claustro universitario para dinamizar nuestra rancia política, pero en la calle sigue siendo el coletas.

[Publicado el 22/4/2019 a las 23:47]

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Santiago Abascal, el guardabosques feroz

La corte de propagandistas en torno a Abascal, incluido su hagiógrafo Sánchez Dragó, se empeña en presentárnoslo como hombre de una solo pieza, sin doblez: “Bienpensante, de costumbres moderadas, ordenado padre de familia, esposo ordenado”. Y aún van más allá en la descripción: es un tipo de profundas convicciones católicas que cree en lo que hace, un hombre de acción con la preparación justa pero al que el corazón no le cabe en el pecho.

Un retrato robot simplista, al corte de la propuesta nuclear de Vox: “La vida, la libertad y España son nuestras líneas rojas”. Quizá sea esa la forma de pescar las casi 400.000 papeletas que consiguió en Andalucía, y el 12,01% que le auguran las primeras encuestas en las generales.

La corte de propagandistas en torno a Abascal, incluido su hagiógrafo Sánchez Dragó, se empeña en presentárnoslo como hombre de una solo pieza, sin doblez: “Bienpensante, de costumbres moderadas, ordenado padre de familia, esposo ordenado”. Y aún van más allá en la descripción: es un tipo de profundas convicciones católicas que cree en lo que hace, un hombre de acción con la preparación justa pero al que el corazón no le cabe en el pecho.

Un retrato robot simplista, al corte de la propuesta nuclear de Vox: “La vida, la libertad y España son nuestras líneas rojas”. Quizá sea esa la forma de pescar las casi 400.000 papeletas que consiguió en Andalucía, y el 12,01% que le auguran las primeras encuestas en las generales.

“Santi Abascal no tiene ideología propia. La ideología de Santi es la ideología del sentido común, nada más”, afirma Sánchez Dragó, portavoz extraoficial del partido. El mensaje ha calado entre obreros jubilados aunque también entre universitarios cansados de pelear una primera oportunidad que nunca pasa de prácticas o beca. La simplicidad no es tanto cuestión de gustos como de contextos. Y es innegable que cotiza al alza en la política mundial, y si no que se lo pregunten a Trump, Bolsonaro, Orban y compañía.

Me cuentan de Santiago Abascal que es un hombre de campo: muy aficionado a la montaña y amante de los pájaros, que siempre quiso ser guardabosques –y husmeo la estela de aquel guardabosques mayor de Sobre los acantilados de mármol, bajo el que Jünger disfrazaba a Hitler, y de quien decía que “el terror es su elemento”–. Capaz de reconocer el canto del colirrojo tizón o el bisbita común, fáciles de avistar en los peñascales y las campiñas vascas de su juventud (a los que seguro que no llamará por sus nombres en euskera: buztangorri iluna y negu-txirta). En musculación y épica –da fe la viralidad en redes de sus vídeos montando a caballo u hollando bosques y colinas– golea a sus rivales, incluso a los deportistas Sánchez y Rivera. También me revelan que el montañero Abascal es de los que, consciente de sus fuerzas y decidido a hacer cumbre, piensa primero en sí mismo y el éxito, y solo después en el riesgo y los compañeros.

Procedente de una familia de Amurrio de toda la vida, no es ni mucho menos un recién llegado a la política. Nacho Escolar y su equipo han documentado sobradamente los más de 685.000 euros que, entre cargos institucionales y puestos a dedo, ingresó de las arcas públicas. Y es que, entre el 2011 y 2013, cobró un sueldo superior al del presidente del Gobierno. Amadrinado por Esperanza Aguirre, ejecutó un trabajo fantasma al ser nombrado director de la Agencia de Protección de Datos madrileña y la Fundación para el Mecenazgo y el Patrocinio Social, de la que saltaría apenas dos semanas después del cierre por falta de presupuesto.

Su estética sí que no admite dobleces. Los elementos principales son un rostro esculpido en piedra, la barba ligeramente en punta –que puede tener tanto una influencia hipster como el objeto de cubrir unas mejillas picadas de viruela– y su musculación, que, combinada con las cazadoras que tanto le gusta llevar, le confiere cierto aspecto de guardabosques feroz, o lo que es lo mismo: un aura amenazadora.

Fred Perry es una de sus marcas fetiche, y no sólo por los icónicos polos listados en cuello y mangas. También luce entalladas cazadoras con ecos de tribu urbana, que le marcan hombros y cintura, otorgándole campechanía y subtexto: por mucho que la marca fundada por el triple campeón de Wimbledon en 1952 se haya emancipado por fin de los catálogos de uniformes de mods o skins, es difícil aislar la corona de laurel en su pecho de la gloria iluminada.

Es un orador mediocre, y no sólo porque le falten tablas. Su discurso resulta simplista, abrupto, y no pocas veces se refugia en una socorrida falta de opinión sobre asuntos que deberían estar en su agenda. En cambio, no le faltan ideas peregrinas ni palabras altas, como pretender abrir un falso debate sobre el permiso de armas o su enroque en conceder la medalla al mérito civil a quienes repelan agresiones pistola en mano.

He visitado la flamante sede de Vox en la calle Nicasio Gallego de Madrid. Triplica el tamaño de la anterior. En la puerta, fumadores con tripa y cazadora rústica se saludan unos a otros. “¡Pisha!”, se dicen en una cantinela ociosa. En su rostro habita el gesto iluminado de quienes creen que van a salvar al mundo porque son los elegidos. En las saunas gais de Chueca, en cambio, se desea con alto voltaje al atleta Abascal, a quien se mira como un auténtico pimpollo. Siempre lo supimos: los extremos no se tocan, pero se huelen.

[Publicado el 22/4/2019 a las 23:41]

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Rivera, un motero aflamencado

Hubo un tiempo en que Albert Rivera derramaba su estilo motero con sus tejanos lavados y sus camisas sport, y eso gustaba. Conectaba con una clase media devastada por la crisis, desengañada por la vieja política y cabreada con los independentistas catalanes. Su estilo destacaba precisamente por la ausencia del mismo. Un prêt-à-porter de centro comercial, bien lejos del sastre a medida que pocos hombres de su edad podían permitirse. En su primer cartel del partido, pergeñado por una célula de intelectuales invictos, aceptó fotografiarse sin ropa y con poco vello. Fue un desnudo artístico y metafórico, muchísimo más conservador que el de las chicas de Femen o los bomberos de calendario, ideado por un cubano exiliado y avispado, Ginés Górriz. Sólo un caribeño podía desafiar de tal modo los patrones estandarizados de la comunicación política. Le compraron la idea los desprejuiciados y leídos burgueses que con su manifiesto sentaron las bases del que sería un partido moderno, perfumado, profesional y defensor a ultranza de la unidad de España. El gesto desarmado de Rivera, tan femenino, sin prepotencia ni orgullo, desató una ola de ternura.

Han pasado 13 años desde la pegada de carteles de Rivera en bolas, y su irrupción en el tablero político como alternativa de renovación, libre de mochila ideológica y equidistante entre izquierda y derecha, se ha templado mientras Albert, hijo de un barrio popular que enseguida destacó en el waterpolo, ha seguido buscando un estilo propio.

El deporte es un pegamento social que forja el carácter a fuerza de disciplina, superación y trabajo en equipo. Los deportistas aceptan la derrota, pero ansían la victoria. También ensanchan pulmones y músculos. Cuando se retiran de la competición, mantienen su robustez y pueden vivir de rentas varios años hasta que se redondean y se les infla la sotabarba. Entonces, los trajes de corte italiano se convierten en su pesadilla. Aun así, Rivera se pertrecha con terno azul noche y camisa blanca, que le confieren un aire asistencial de alto ejecutivo de multinacional que recurre a la corbata sin creérsela del todo.

Menos entallado que el líder del PP y exento del rigor oficialista de Pedro Sánchez, Rivera es un hombre aseado a quien le sobra el blazer. Nunca ha pretendido ser un dandi castizo, como Casado, ni un Mr. Wright vestido para figurar, al modo de Sánchez. Podrían pertenecer a la misma pandilla: chicos avispados y deportistas que siempre se vieron cantando extasiados el We are the champions, my friend. Pero él es el único que incide en un gesto que, según los expertos en expresión corporal, delata un carácter controlador: apoya la mano derecha, extendida, sobre el abdomen, como si acabara de abotonar la chaqueta, y coloca la izquierda justo debajo, escondiendo el pulgar izquierdo bajo la otra.

Es su alternativa a juguetear con el capuchón del bolígrafo; contiene la tensión a la espera de poder rematar a gol. Otra mueca de su estudiado catálogo es destacable por su libre voluntad. Se trata de otro gesto de los denominados adaptadores –que ayudan a gestionar nuestras emociones profundas– y consiste en escorar el labio superior; para chulos los de la Barceloneta, un barrio con casas de cal blanca, ventanucas estrechas, es­tibadores, arrocerías y habaneras que siempre encandiló a los intelectuales fundadores del partido con los que Rivera nunca se ha sentido cómodo. Ahora prescinde incluso de quienes le auparon como la eurodiputada Teresa Giménez Barbat. En los debates acalorados y cuando lo agreden verbalmente, la mano se le escapa hacia la hebilla del cinturón.

Tiene poco chorro de voz, a veces muy forzada, pero impone su palabra. Es conciso y directo, y no carece de punch ni de táctica. Pasa de “la solución no es llevar pistolas y llamar enfermos a los gais” a “Fuerza, ánimo Pablo (Casado), no vamos tarde, se les puede ganar”, dependiendo de a qué segmento de la derecha se dirija. Porque al enemigo ni agua: “Hay un señor al frente del PSOE que ha perdido todos los principios y no tiene escrúpulos”.

“Todo bien, gracias”. Así se contesta a insidias y suspicacias, porque a Rivera le faltaba un côté popular que completara su cromo –o su marco lakoffiano–, y ya lo tiene, con nombre flamenco y sin apellido: Malú. Una relación sin con­firmar ni desmentir que, junto al ­inesperado Alberto Carlos –su nombre original revelado por el BOE–, varía la letra de una melodía sin estribillo.

[Publicado el 22/4/2019 a las 23:34]

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Pablo Casado, la derecha entallada

Pablo Casado es un tipo directo y bien planchado que ha tenido muchas vidas desde que salió de la tutela de los Hermanos Maristas en su Palencia natal para estudiar octavo de EGB en Inglaterra, donde no se manda a un hijo tan sólo para aprender el idioma, sino para hacerse un hombre. Y de paso, para que alcance un grado de distinción que no se mama en provincias, por muy buena posición que tenga tu familia. Casado ingresó en el PP siendo un estudiante de Derecho barbilampiño que vestía con jerséis encarnados de cuello pico y americanas chocolate. “Aire fresco para las juventudes del partido”, se regocijaron los mayores cuando se puso al frente de Nuevas Generaciones y empezó a pasearse por platós para demostrar que se podía ser enrollado y de derechas.

Educado, simpaticote y neocon sin complejos, se postuló como el mejor cachorro de la camada de Josemari y Espe, a quienes invitó a su boda con Isabel Torres, nieta del fundador de las golosinas Damel. Ambos han sido fotografiados y entrevistados en Telva, que ha renovado con audacia Olga Ruiz. En sus páginas, la pareja explica su primer encuentro en la universidad: “Tú vas a ser la madre de mis hijos”, le soltó sin conocerla de nada. “Y ¿tú que respondiste?, le preguntan a Isabel. “Me eché a reír. Me pareció muy gracioso”. Ruiz le saca partido a su chico Telva, esa etiqueta que acuñó Umbral para definir a las pijas madrileñas de doble vida, mosquitas muertas con piernas largas que la liaban parda con gran discreción.

En Casado habita un pasado en mangas de camisa arrugada por fuera del pantalón, cuando lo mandaron cual 007 a Cuba para visitar a los disidentes, cual camello de libros clandestinos, medicinas y dinero. Fue un buen mandado que vivió peligrosamente su walk on the wild side con barba de dos días y un desaliño parecido al de Sean Penn visitando al Chapo.

La adversidad no le resulta extraña: tuvo un hijo prematuro que sufrió una parada cardiaca y estuvo en coma tres días. Olvidó su ideología cuando se solidarizó con los gemelos de Iglesias- Montero: “Son unos padrazos”, dijo. Esos azos y azas que tanto combinan con su sonrisa blanca. “Si alguna vez me tiene que renovar alguien, que me renueve Casado, que es un tipo estupendo”, provocó en su día Aznar. Y lo fichó como jefe de ­gabinete cuando ya estaba fuera de la Moncloa, regalándole su gran oportunidad: ser su mozo de espadas, viajar a todo trapo, conocer a líderes mundiales, empoderarse para purgar a los tecnócratas sorayistas con ínfulas de derecha moderna y laxa y rodearse de mujeres porque yo lo valgo.

Unas clientas del Sánchez-Romero de Prosperidad que atienden su turno en charcutería coinciden en que Casado es “muy majete”. No lo decían de Aznar, a quien su entumecido labio superior se le paralizó aún más desde que se rasuró el bigote. Casado se pinta una sonrisa de niño bien en la que muestra radiantes dientes kennedianos. No es un seductor al uso, ni pretende acojonar como Aznar. Pero levanta bombas dialécticas con una sonrisa muy fina, un rictus entre opusino y esotérico. Pocos casos se conocen de estudiantes de Derecho capaces de aprobar 12 de las 25 asignaturas curriculares de la carrera en cuatro meses.

Bien maleado por el caso de su máster, que aprobó sin ir a clase, ya ha dejado de ser el chaval majete del PP para mostrar su vis de cabroncete. Arrancó la precampaña con una sobredosis de proteínas, henchido de patriotismo y regreso al pasado, aunque ahora es el más moderado de su propia lista. Con un chasis que bien podría remojar en los Hamptons –pero que familiariza más con Boadilla del Monte–, ha demostrado ser el líder del partido menos conservador en su estética, a pesar del fachaleco, la prenda de este invierno primaveral que ha sustituido a gabanes y barbours.

Casado se ha desmarcado de los trajes convencionales que gastan Rivera y Sánchez, saliendo de la zona de confort de la derechona –marrones, burdeos, azul marino, verde loden– para combinar tweds con ocres y azules siguiendo la estela de los interioristas del barrio de las Letras, pijos refinados y gais que mezclan rayas y cuadros, verde billar y mostaza. Es el candidato más actualizado en la sastrería slim fit: el patrón masculino se ha estrechado cinco centímetros de pernera y tres de talle.

Destila guapura mientras critica “el sanchismo”, su gran trastorno obsesivo compulsivo. Y luce cuellos de camisa redondeados en la punta, estilo vintage, que dulcifican su mandíbula contraída y su metralla verbal. También ha renovado vocabulario, y como Ausiàs Marc –a quien seguramente habrá leído dado su expediente récord– elige imágenes cotidianas: poco le ha faltado decir que pondría la mano en la “cassola en forn” , pero ha prometido que va a “achicharrarse” por España aunque nadie se lo haya pedido.

[Publicado el 22/4/2019 a las 23:21]

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Falsos indignados

La derecha fragmentada per sigue más que nunca su monopolio de la virtud. Sí, esa aspiración al bien, la verdad, la justicia y la belleza (en ínfima proporción) se ha instalado en los debates de campaña bajo la apariencia de indignación moral. Pero, alerta, pues difícilmente se trata de una indignación auténtica y sí de un juego malabar que suma afiliaciones en caliente. En mítines y debates, los candidatos de derechas invocan diariamente al diablo. A un Lucifer separatista, un Belcebú con faldas e ideología de género, un Satanás que pretende subir a base de impuestos ese salario mínimo de 900 euros. El cúmulo de improperios que cada día recibe Pedro Sánchez –hay momentos en que parece que hablaran de Maduro o Gadafi– difícilmente alcanzará su objetivo por una cuestión de credibilidad. En su estrategia dialéctica han cargado tanto las adversativas que cuesta recordar el motivo de la moción de censura que abrió este inestable periodo: la generalizada corrupción en el Partido Popular.

“La justicia fingida existe claramente. Todos tenemos en la cabeza casos donde personas simularon o exageraron sentimientos de indignación porque tenían una razón estratégica para hacerlo. Los políticos en campaña electoral, por ejemplo, son delincuentes frecuentes”. El razonamiento pertenece a los psicólogos Jillian Jordan y David Rand, profesor de Ciencias Cognitivas del MIT, quienes recuerdan que la moral surgió como “forma de medir la confiabilidad de uno en esfuerzos cooperativos”. Pero ocurre que lo que antaño podía considerarse virtud no es sino empeño retrógrado en un camino de hegemonía patriarcal, clasista y racista. La derecha indignada no ha sido capaz de librarse del peor de los complejos, el de superioridad. Escenifica pataletas por un supuesto adoctrinamiento de género y se resiste a las políticas de igualdad. Cierto es, nadie puede hablar en nombre de todas las mujeres (ni de todos los hombres). Por eso tantos se ofendieron ante el negacionismo que escuchamos en el debate de TVE por parte de Cayetana Álvarez de Toledo y –por omisión, pues no le replicó– de Inés Arrimadas.

Sarcasmo ramplón para cuestionar una lacra, la violencia sexual, contra la que existe un protocolo europeo vigente: el convenio de Estambul, suscrito también por 45 países donde no gobiernan Sánchez ni Iglesias.

En España, las cifras parecen irreales, pero las dicta el Ministerio del Interior: cada cinco horas se denuncia una violación. Demostrado está que el silencio de la víctima es todavía un eximente para el criminal, que ve reducido su castigo. Auditar un delito sexual o un episodio de malos tratos desde la sospecha hacia la mujer aún es práctica recurrente en la España machista que queremos dejar atrás. Hoy es la propia sociedad quien corrige la falsa indignación de muchos políticos y, alejada de la lucha de sexos, se afana por construir un mundo respetuoso e igualitario.

[Publicado el 22/4/2019 a las 10:42]

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Luna de miel

El hotel está invadido por parejas recién casadas. Las hay de todos los orígenes: indias, británicas, japonesas, francesas, españolas, catalanas... De veintitantos, como máximo treinta años, por lo que deduzco que se trata del primer matrimonio. Aprecio su esfuerzo por ser felices: en el desayuno prueban panes diferentes y se hacen carantoñas, aunque pronto acaben refugiándose en las pantallas de sus teléfonos. Le pregunto a dos tortolitos franceses en qué trabajan: él es empleado del TGV, ella secretaria de una empresa de mensajería. Viven en Montfermeil, no soportan el estrés de París. Tanto ellos como sus familias han ahorrado para mantener viva la tradición. Que dos recién casados puedan celebrar una luna de miel memorable sigue siendo sinónimo de pertenencia a la clase media a pesar de su desmorone. Dispuestos a no decepcionar a padres, abuelos y tíos, se hacen fotos incluso con el traje de novios en la playa, saltando, porque ahora todo se hace a brincos.

Mi hija me pregunta por qué se le llama luna de miel, e improviso: la miel lo endulza todo, se deshace en el paladar y te colma, te sacia; y así es como quieren sentirse, pues están –o creen estar– enamorados. Acabo de leer una hermosa y honda novela, Zuleijá abre los ojos (Acantilado), de Guzel Yájina; cuenta la historia de una joven tártara deportada a Siberia. Y justamente la miel es en ella la pomada de eros que emerge en medio de la nada. “Sentía como ella misma se iba transformando en miel poco a poco”. Es la única sensación placentera que conoce la protagonista: penetrar en su es­pesor pegajoso. Miel para los ojos, los ­oídos, el tacto, un conductor lento para la pasión. Lo más probable es que dentro de unos pocos años –en nuestro país, según el INE, la duración media de los matrimonios es de algo más de 16– estos festejantes ya no sean pareja; la miel se habrá transformado en hiel. De nada habrá servido, ni a ellos ni a sus familias, la costumbre de un destino exótico. Buscaron un paraíso para celebrar su amor, pero no cuentan lo mucho que se aburrieron, cómo ansiaban estrenar su nido, salir a pasear los domingos, lo justo para no ­caer en el tedio.

Nunca se había cuestionado tanto la postal idílica del amor. Las jóvenes ya no creen en la sopa boba de la media naranja, ellas son unidades completas. El amor romántico ha dejado de ser redentor, porque se las cobra y de qué manera. Y aun así, quién va a perder la oportunidad de consumir quince días de permiso y hacerse una selfie en un mar turquesa.

Aunque sin olvidar que el amor siempre trae consigo sombras, torpes que fuimos idealizando sus cuatro letras. No ­remitirá el dolor del mundo, pero, como le ocurre a Zuleijá, le concederá un ­respiro.

[Publicado el 17/4/2019 a las 12:24]

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Dos años sin Carme

Aquel tren, aquel AVE de Lleida a Madrid un domingo por la tarde; aquel cielo de primavera tras el cristal, aquí sol, aquí bruma; aquel vagón de silencio, y el mensaje que entra pasado Calatayud: “Ha muerto Carme Chacón”. La incredulidad servida en un vaso de placebo. “Menudo disparate, será un error”, barruntas mientras el pensamiento busca la manera de procesar la tragedia. Han transcurrido dos años, y la extrañeza de haber perdido a una amiga como ella aún nos mancha la sonrisa, mucho peor que la nicotina, porque el dolor no admite blanqueadores. Alguna vez he releído nuestros últimos watsaps –tampoco yo he podido borrar su teléfono– y a lo más que llegas es a sentirte huérfana y a la vez privilegiada por su amistad, vecinas de un clima interior, en una complicidad que te hermana cuando aprietas la misma tecla, que convierte lo pequeño, lo íntimo, en colectivo.

La vida te provee de mantas para tapar los agujeros, pero no remienda sus jirones. A medida que corre el tiempo, el recuerdo se hace más sentido, también más solemne. Temes que se licue la intensidad de su huella. El mundo tiene prisa por llegar a ninguna parte. Lo nuevo enseguida parece viejo, la política cose y recose para hacerse más deseable. No, no todo huele a podrido. Bien lo sabía la Carme feminista, que rompió un buen trozo de cristal blindado al mandar a los militares con su panza de seis meses: dieciséis viajes a Afganistán, cruzada contra las bombas de racimo, ingeniera de puentes y no de muros. La Carmen y Carme de una “España, nación de naciones”, liderando un espíritu constructivo para evitar el choque de trenes. O la Carme que, limpia de mácula, aspiró a presidir y a renovar un partido, dispuesta a barrer debajo de las alfombras y a drenar las cloacas, víctima de mercadeos mediáticos, política excepcional y claro exponente de la meritocracia.

“Poseía el encanto de las personas inteligentes y buenas”. La frase pertenece a su cardiólogo, el doctor Màrius Petit Guinovart. Lo entrevisté hace un año y me dio una clave para entender la fuerza interior que la abrigaba: “Como mecanismo de defensa ante su problema, tenía un optimismo y una falsa seguridad que le permitieron vivir sin miedo”. Sus padres, Esther y Baltasar, acaban de impulsar la Carme Chacón Foundation para facilitar operaciones a niños sin recursos y con cardiopatías complejas como la suya. Ella, en sus últimos años habló de su corazón. Con 35 pulsaciones por minuto y un bloqueo ventricular, Carme jugó al baloncesto, nadó en alta mar, parió un hijo, modernizó –y feminizó– el ejército y sufrió las inquinas de los señores del castillo socialista, supergraduados en machismo. A pesar de todo, nunca se olvidó en casa su sonrisa franca que no necesitaba pintar, a modo de máscara, como tanto se estila en la política desprovista de convicción y compasión. Ahí es donde su ausencia tanto duele.

[Publicado el 15/4/2019 a las 12:13]

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Cuerpos de desfile

Cuando los operarios levantan el plástico de la línea que delimita la pasarela, los fotógrafos preparan el flash y se hace el silencio. Serán sólo quince, veinte minutos, igual que un polvo rápido que deje ganas de más e impida que asome el delantal del aburrimiento. El desfile de moda, por mucho que hayan intentado buscarle sustitutos, es un formato tan ­vigente como el primer día, cuando lo inventó Worth, hace más de un siglo. Consiste en una secuencia repetitiva, un ir y venir efímero: se va una modelo y entra otra, y así hasta cincuenta salidas que o bien hacen caer el párpado o asombran al ojo.

La redactora de moda llega a Nueva York, París o Milán con su ropa negra, su abrigo camel y sus gafas de sol vistosas. En la recepción del hotel le guardan las invitaciones, y a veces la miran con cierta envidia. “Oh Dior, c’est belle!”, suspira la chica de conserjería al entregar el sobre. Ya en la habitación, la redactora se descalza, extiende sobre la cama las entradas y suspira. Suele faltarle la más importante, y está dispuesta a pelearla. A descubrir si alguien le ha escamoteado el pase o si este año ha sido descartada. No se imaginan la cantidad de público que aguarda fuera para ver si una varita mágica los conduce hacia dentro.

En los fashion shows la gente se viste mucho más que para ir a la ópera o a una boda. Se trata de llamar la atención, de crear tendencia al otro lado de la pasarela. El paseíllo de egos es cómico y produce hartura, igual que las ­influencers haciéndole monerías a la ­cámara, o las viejas editoras esfor­zándose por mantener su silla. Existe un acuerdo tácito por el que cada desfile empieza con media ­hora de retraso. El público profesional es una tribu muy señalada que va en ­peregrinación y que, cuando aguarda la espera en su asiento, se refugia en la pantalla del smartphone a fin de no tener que dar conversación a nadie.

Resulta asombroso que en menos de veinte años el mundo haya cambiado tanto mientras, en un sector tan vanguardista e insatisfecho como la moda, el desfile continúa siendo la fórmula elegida por diseñadores y multinacionales para mostrar sus colecciones al mundo. Pero algo sí ha cambiado: la vigilancia a la diversidad en los castings. Según las recientes conclusiones de un estudio del portal The Fashion Spot, únicamente los de Nueva York consiguen el aprobado al incluir a modelos transgénero, de diferentes razas, tallas y edades. Esos quince minutos orquestados para que las modelos caminen sobre la nada siguen cargados de significado. Lo que no desfila no existe, lo que no se muestra no es visible. Y la declinación de la belleza en plural urge más que la necesidad de crear deseo, de ponerle rostro a la felicidad que se escapa.

[Publicado el 10/4/2019 a las 14:10]

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Caminantes con camino

Andamos más que nunca, aunque no vayamos a ninguna parte. Andamos para salvarnos, para alargar la vida produciendo endorfinas y luchando contra el colesterol. Contamos nuestros pasos gracias a las aplicaciones que se ocupan de registrar los kilómetros que recorremos al día o nos proponen rutas aleatorias. Ayer, cuatro pisos y 7.000 pasos, marcaba la mía. Da gusto que te informen de tus pisadas. Nunca se me hubiera ocurrido registrarlas, pero vivimos en una era de cálculo que introduce nuestras vidas en hojas de Excel. Todo se contabiliza: las horas de sueño, las calorías consumidas, los gigas de memoria ocupados... Las mediciones de nuestros hábitos más sencillos se han impuesto gracias a la tecnología de bolsillo, pues traen implícitas promesas de redención. Nos atamos a ellas, nuevos cordones umbilicales que nos hacen sentir mejores. La actual ideología del bienestar ha alertado del sedentarismo como principio del mal, y cada vez son más los andarines urbanos que recuperan un hábito propio de nuestros ociosos antepasados: pasear.

En el libro ilustrado Mujeres que pisan fuerte (Maeva), su autora, Karin Sagner, entiende el paseo como estado de transición y de observación. En su día, Baudelaire negó la existencia de flâneuses, ya que física y moralmente las mujeres no tenían la libertad de los hombres para acceder a las calles de la ciudad, al verse reducidas a objeto de la mirada de los caballeros paseantes. Aún a principios del siglo pasado una mujer sola en la calle no era sino una prostituta. ¿Y qué es entonces una flâneuse? Aquella que no sólo contempla, sino también participa, que se detiene en los detalles y amplía la mirada; Virginia Woolf, siempre precisa, expresó la diferencia en una carta a una amiga: “Deambular, contemplar, olfatear… Hay un modo de caminar que busca descubrir más que llegar a un sitio”.

Desde el ancho de las aceras hasta los nombres de las calles, el urbanismo no ha sido concebido desde una perspectiva inclusiva ni mucho menos feminista. Y, a pesar de que las mujeres avancen con pasos firmes, el miedo persiste entre las caminantes solitarias que no pueden abandonarse al ensueño y deben velar por su seguridad. Caminar es descubrir. Bien lo resumió Walter Benjamin: “Caminar sin rumbo, deambular y perderse en la multitud es la forma de empezar a encontrar nuevos rumbos”.

Desde hace unos años, la venta de zapatos de tacón cae progresivamente. En la pasarela apenas se ven. Según un estudio de la consultora de mercado NPD Group, el año pasado bajó un 12%, mientras la de zapatillas deportivas creció un 37%. El zapato ha mutado su carga fetichista, y en verdad parece una secreta venganza: chanclas, crocs, cuñas, tacones cuadrados o bailarinas sustituyen a los stilettos. Coincide con un tiempo en que las mujeres se calzan las deportivas para avanzar en el espacio público que les había estado vedado. Caminar es descubrir, pero también resistir.

[Publicado el 08/4/2019 a las 14:25]

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Un Papa sin móvil

Países que venden armas, como España, y claman a todo pulmón por la paz en el mundo. Católicos de misa dominical que abominan del extranjero que no tiene adónde ir ni adónde regresar, pero al que esclavizan porque acepta hacer el trabajo que ya nadie tolera por dignidad. Jóvenes engañadas que conforman ese monstruo invisible llamado trata, repudiadas por los suyos y marcadas de por vida en el ­viejo-nuevo mundo.

Muertos escondidos en las cunetas, no vaya a ser que aún caminen. Un buque de piratas buenos que rescatan a náufragos, Open Arms, retenido por un Gobierno ­socialista, y aplaudido por hombres y mujeres que a la noche descorchan una botella de vino en sus casas. El papa Francisco denunció con firmeza –en ese gran documento periodístico que consiguió Jordi Évole– la cadena de injusticias que reducen ese artefacto llamado sociedad a un vertedero de hipocresía. Actores de un tiempo desnudo de compasión –“el mundo se ha olvidado de llorar”, afirmó– que han sustituido los verdaderos valores por el cumplimiento de cuatro liturgias. Y el amor a sí mismos por el amor al prójimo. Nunca antes se había escuchado un discurso tan socialmente pro­gresista en boca de un líder espiritual de Occidente.

Un Papa rojo, corrieron a llamarle algunos con efecto mediático. “Excepto en la homosexualidad y el feminismo, parece Pablo Iglesias con sotana”, decían en las redes. La programación quiso que fueran de seguido en La Sexta: 61.000 tuits el Papa, 65.000 Pablo Iglesias. Bergoglio se refugió en la hermenéutica para explicar la doble moral que regía entre los curas y las familias que durante siglos abusaron de menores y lo consintieron bajo la omertà. Y el dogma relució en sus palabras cuando se tocaron asuntos referentes a sexo y género. También se mostró sesgado en los lugares comunes que avivan el estigma de lo raro cuando las sonoras cuentas de los obispos y sacerdotes depredadores merecería una reflexión sobre la sexualidad reprimida y la pederastia como perversa consecuencia.

Con todo, Francisco es una rara avis en la jerarquía eclesiástica. Un hombre sencillo, sin móvil ni papamóvil, que no calza los zapatos rojos de Sumo Pontífice ni el anillo del Pescador de oro (el suyo es de plata dorada). Y que no escatima en críticas a la actual tendencia de los medios hacia la coprofilia, “el amor por la caca”, en sus propias palabras. Estamos rodeados de titulares de basurero, noticias construidas tan sólo para descalificar y destruir al contrario. En España, el ministro Marlaksa asegura que ya se han drenado las cloacas del Estado. Pero persiste un tufillo que va y viene, entreteniéndonos con sus bajezas para que no calibremos la magnitud de tanta injusticia en un mundo que se ha olvidado de llorar.

[Publicado el 03/4/2019 a las 13:49]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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