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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 20 de junio de 2019

 Blog de Joana Bonet

Amor y aeropuertos

Íbamos a emprender nuestro primer viaje juntos, un fin de semana en los acantilados de Andratx, para celebrar todas las pequeñas ca­sualidades y bendiciones con las que habíamos confeccionado el traje de un amor recién estrenado. Eran días en que él me sorprendía con flores, compraba chocolate negro y me traía el primer café a la cama. Un auténtico gentleman, según mis amigas.

Aquel viaje sería un auténtico festín de besos y nados, me decía a mí misma. Hasta que sacó el horario del bolsillo y propuso lo siguiente: “Tendríamos que estar a las 6 en el aeropuerto”. “Hombre, con que salgamos a las 7.30 es suficiente... el avión es a las 9”. Vi cómo mudaba de color. Sus labios parecían más gruesos, los ojos empequeñecidos. Movía la cabeza de un lado a otro, negando. Uno de los dos se habría equivocado, pensé, enseguida daríamos con el malentendido.

Pero el malentendido era yo misma. ¿Por qué llegas estresada, corriendo y sintiendo ese sudor frío de pensar que pierdes el vuelo? A él le gustaba contar con horas de ventaja: “Te tomas un cafecito, haces un par de llamadas, lees el periódico...”. Le respondí que me parecía una ridícula manera de perder el tiempo, y ese fue nuestro primer desacuerdo. Lo espantamos como a un moscardón, aunque a lo largo de los años daría paso a grandes broncas y reproches, hasta aquella primera y dolorosa ocasión en que le oí decir: “Somos la noche y el día”.

Más de una vez me he preguntado si no estaré enganchada a la adrenalina de la gesta, a ponérmelo difícil para superarme. ¿O no es esa otra manera de expresar el estrés del viaje? “No es que la gente que llega tarde no encuentre la experiencia del aeropuerto tan estresante como quienes llegan dos horas antes del embarque; la diferencia está en que sus mecanismos para afrontar los episodios negativos de la vida son radicalmente diferentes”, razona el profesor Gerkin, de la Universidad de Carolina del Norte, que ha estudiado estos dos modelos antagónicos de pasajero. Los puntuales tienden a ser impacientes y ambiciosos, mientras los tardones suelen ser más relajados y menos neuróticos. Pero quienes procrastinamos, ¿acaso no buscamos una absurda satisfacción aventurera, convencidos de que las horas que pasamos en dichos no-lugares nos envilecen?

Han pasado los años, y entre mi amor y yo han variado algunas costumbres. Hallamos una solución de consenso: salir por separado de casa. Él tres horas antes, yo bien apurada, pero controlando el reloj. Y cuando nos encontramos en la puerta de embarque, el ordenador libre de toda sospecha, los periódicos bajo el brazo, nos miramos por un instante de manera furtiva, como si siguiéramos siendo aquellos enamorados que iban a nadar a Andratx.

[Publicado el 19/6/2019 a las 13:19]

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Tacto y contacto

A pesar de nuestras burbujas digitales, acostumbrados a mandar y recibir cariño virtual, nos sigue chocando que, al presentarnos a alguien, el saludo se quede en palabras o en un apretón de manos. Queda más profesional, también más profiláctico, dicen algunos, que se preguntan por qué hay que besar a un desconocido, con su barba o su maquillaje. Ocurre que, si la reunión ha sido satisfactoria, un rapto de euforia invade a los interlocutores que se han saludado fríamente al principio, y acaban despidiéndose con dos besos, a fin de expresar su simpatía hacia el otro. Nuestro cuerpo suma unos cinco millones de terminaciones nerviosas repartidas en apenas dos metros cuadrados de piel, que nos mantienen en contacto con el entorno y nos proporcionan información. Pero tocar –y ser tocados– no sólo es algo natural, sino que posee múltiples beneficios. La ciencia ha demostrado sobradamente que el contacto físico resulta vital para la salud. No obstante, renunciamos cada vez más a él y nos blindamos en el espacio público.

Un profesor de la Universidad Carnegie Mellon, el psicólogo Sheldon Cohen, ideó un curioso experimento, según leo en The Atlantic: consiguió reunir en titulares abrazos y sistema inmunológico. Aisló en un hotel a 400 personas que fueron expuestas al virus del resfriado. Entre quienes mantuvieron interacciones, los síntomas de la enfermedad fueron menos severos que entre los más solitarios y reacios a socializar.

Me pregunto a menudo por qué los ciudadanos quieren tocar a líderes e ídolos. Tras la catenaria aguardan su turno, basta un mínimo contacto para que se sientan dichosos, elegidos o empoderados, vete a saber. En el otro extremo se hallan aquellos que ocupan posiciones de poder y se sienten legitimados hoy a expresar su intolerancia al contacto porque disponen de atriles para llegar sin tocar.

Foucault afirmaba que nuestros cuerpos están imbuidos en las relaciones de poder y no pueden escapar de ellas. Lo que no adelantó el filósofo fue que la conquista de la esfera pública por parte de lo políticamente correcto proscribiría el contacto físico. En un contexto donde florecen los restaurantes y hoteles que no permiten la entrada de niños a fin de preservar la calma, el tacto cotiza a la baja.

Así se percibe en la política, y domina el actual juego de pactos para gobernar. El PP prefiere devolverle el Ayuntamiento de Madrid a Carmena antes que ver a Villacís de alcaldesa. Ciudadanos se niega no ya a negociar con Vox, sino hasta a reunirse con ellos. Y el PSOE marca distancias con sus imprescindibles aliados de Podemos. Fíjense en las acusaciones de Aguado a Gabilondo, uno de los políticos más sensibles y razonables, de “radical”. Faltan abrazos que los inmunicen del virus de la distancia. Yo, de ellos, invitaría al profesor Cohen para que los encerrara en un hotel y los expusiera a un virus liviano para que salieran de allí abrazados y coleando.

[Publicado el 17/6/2019 a las 11:29]

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La ‘dona’ catalana

La frase trae ecos de libreto costumbrista: “Le he mirado a los ojos para decirle lo que nunca había oído de una mujer”. El sujeto bien hubiera podido oír antes aquellas palabras en boca de un varón, pero la cosa parece cambiar cuando es mujer quien le dice que tiene la bragueta abierta o pelos en la nariz. La diputada de Junts per Catalunya Laura Borràs la pronunció con algunas modificaciones tras su audiencia con el Rey: “He mirado a los ojos del monarca español para decirle lo que tal vez nunca había oído de una mujer catalana”. Borràs tiene un hablar literario y coraje dialéctico. En más de una ocasión ha avergonzado a sus contrincantes recriminándoles su falta de comprensión lectora. Ante el Rey se reivindicó como mujer, y también como catalana. Y en su frase se interpreta que ninguna otra nativa de Catalunya había sido capaz de decirle lo indecible a Felipe VI, desde Núria Espert, Julia Otero, Judit Mascó, Susanna Griso, Ona Carbonell, Mireia Belmonte, Cristina Gallach, la Coixet y la Sardà, Sílvia Pérez Cruz, Carme Ruscalleda...

Pero, dejando el territorio aparte –que según el contexto del que procede de eso se trataba el desafío–, la afirmación de Borràs nos lleva a repensar qué es una mujer catalana. Pienso en el legado de algunas escritoras: en Maria Aurèlia Capmany, que decía que tenía dos peras y una manzana. O en Aurora Bertrana, la aventurera que pregonaba la libertad sexual e individual –siempre que no pises la de los otros–. En Ana ­María Matute, que bebía whisky en las entrevistas literarias igual que Nabokov, incluso en Mercè Rodoreda y su dulce aleación del amor y el mal, la que se in­terrogaba en su ficción: “Soc una dona honrada?”. En sus voces hay acentos muy diferentes, y, aun así, juntas escriben una crónica universal que transciende fronteras.

¿Puede hablarse hoy de mujer gallega, andaluza o murciana y no caer en el folklore? ¿Qué diferencia a una catalana de una vasca, más allá de la lengua y el paisaje, del corte de pelo o el color de las gafas? Es más, ¿qué la diferencia de una noruega o una francesa, de una hermana de alma que interpreta la misma partitura aunque la música suene algo diferente? Hablar de una mujer –en el fondo, la mujer– significa tropezar forzosamente con el esencialismo, ese “rasgo fijo cuyos atributos se han impuesto y cuyas actividades ahistóricas limitan las posibilidades de cambio y, por consiguiente, de reorganización de la sociedad” que tanto ha criticado desde el feminismo la filósofa Elizabeth Grosz. Porque además de ser mujeres individuales, reales, solidarias y diversas, sabemos que todavía hay muchas que no salen en la foto, y esa exclusión se debe a razones que nada tiene que ver con la piel o el acento.

[Publicado el 12/6/2019 a las 12:12]

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Planeta plástico

Para muchas niñas, el descubrimiento del chicle fue lo que de jóvenes el cigarrillo. Qué buena compañía nos hacían aquellos Cheiw Junior para pasar la lenta tarde del domingo haciendo globos o estirando la goma hasta que se rompía. Mascar se nos antojaba liberador. El acetato polivinílico con sabor a menta o fresa –los de tutti frutti llegarían después– nos otorgaba más soltura que la boca cerrada. Y hasta que descubrimos que era de mala educación masticarlo en público, desenvolvimos con goce pastillas de maxichicles que a veces pegábamos bajo la butaca del cine cuando perdían el ­gusto. Era algo irresistible, aunque no ­estuviera bien; equivalía a cobrar elasticidad, morbidez, y nuestro dedo travieso se ocupaba de comprobar que la blandura se prolongaba a lo largo de la película.

Masticábamos plástico mientras nuestros padres disfrutaban de la comodidad de los platos de poliuretano, los hules sustituían a los manteles diarios, y desde el frágil cristal hasta el cartón mohoso, o los hierros forjados, iban siendo reemplazados por la euforia del barato y liviano plástico. De ­estudiantes, el momento de plastificar carpetas y libros se nos antojaba optimista. Los ochenta se rindieron ante el dios plexiglás: así aprendimos a llamar al metacrilato, y nos hacía sentir modernos. En los noventa hasta Hermès jugueteó con un Kelly transparente, souvenir de una exposición. Y, en un alarde de posmodernidad, las firmas de lujo reinterpretaron versiones de sus iconos en ese material tan maleable y a la vez resistente. Hasta que ­perdimos la ingenuidad, igual que tras mascar chicle ante el maestro, y su­pimos que era altamente contaminante y puede tardar hasta 400 años en ­degradarse.

Nos enganchamos tanto al plástico que se nos fue de las manos. Coches, ordenadores, tejados, tuberías o zapatillas deportivas. La fórmula de embalaje preferida a escala mundial. Lo compramos a diario, estamos en contacto corporal directo –hasta dormimos sobre él– e incluso lo ingerimos. En los últimos años se han encontrado microplásticos y fibras del ancho de un cabello humano en una extraordinaria gama de productos alimenticios como la miel y el azúcar, el agua embotellada y la del grifo, en el marisco, la sal de mesa, la cerveza y los refrescos. Se calcula que hoy producimos unos 330 millones de toneladas al año, y el 95% de los envases de plástico no se utilizan más que una sola vez. Acaba con los peces en mares y océanos y destruye las cosechas en Vietnam, Malasia o Tailandia, donde el primer mundo lo envía para quitárselo de en medio. Es incapaz de convivir con el ecosistema, pero vino para quedarse. Nuestra vida es ya un prefabricado completo, y más allá del gesto, de las campañas para salvar el planeta, de que llevemos bolsas de tela fina o rellenemos botellas de cristal, necesitamos un ambicioso plan transnacional para que nuestra sociedad supere el mono y olvide las ventajas del césped artificial.

[Publicado el 10/6/2019 a las 10:14]

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Basura invisible

La unidad de almacenamiento de mi ordenador me manda alertas. Estoy a punto de agotar un espacio que no puedo ver e ignoro cuánto ocupa en metros cuadrados o cúbicos –que es aún como contabilizo yo el espacio–, por mucho que se me informe de los gigas y los megas. Qué hastío me produce borrar; se me antoja un tiempo de calderilla cuyo efecto es del todo inmaterial, bien diferente a quitar el polvo y quedarte mirando el trapo ceniciento convencida de haber hecho algo útil. Cierto es que al crujir la papelera virtual, sientes la eufórica sensación no ya de la limpieza, sino de una sutil trituradora que te ­libera de lo que tanto pesaba. Tras deshacerte con algunos clics de un centenar de correos basura y cincuenta promociones, y a pesar de maldecir esos­ ­robatiempos, todo parece estar más en su ­sitio.

Cada año aumenta el número de personas que padecen el síndrome de Diógenes –resulta paradójico que el filósofo que predicó la máxima austeridad con el ejemplo nomine al acopio extremo–, que siempre ha amenazado al ser humano desde que empezó a acumular más cosas de las necesarias. Objetos de los cuales resulta un pecado deshacerse, sean cajas perfectas, libros que no te atreves a jubilar o prendas apolilladas que todavía son portadoras de recuerdos vivos. La mayoría somos capaces de deshacernos de lo que ya no nos sirve, pero aun así tendemos a acumular y a llenar cajones. No tiramos, precavidos o morosos, porque nunca se sabe si hará falta aquella factura, y los hay que acaban por ignorar dónde ni cómo viven. Los guardones consumados no reconocen la casa como suya cuando ven fotografías de las neveras, las bañeras o los fregaderos obstruidos por montones de basura.

En la era de la nube, el Diógenes se virtualiza, y un 60% de los usuarios de tecnología –todo aquel que tiene un smartphone y una tableta, no se imaginen a un ingeniero informático– padece la rémora de esos cientos de correos sin abrir, las fotos del chat de padres que uno no encuentra tiempo para borrar y hasta absurdos gifs que no ha llegado a ver en acción. Basura digital la denominan, y su acumulación en nuestros dispositivos electrónicos, según nos advierten los expertos, acaba provocando una ansiedad de campeonato. Antes de hacerle frente, optamos por comprar más espacio de almacenamiento, y nos preguntamos si no se trata de una metáfora vital: preferimos no ver lo que nos rodea, fingir que somos capaces de pasar página sin mirar atrás, de ventilar el pasado, cuando en realidad no hemos limpiado nuestros archivos de borrones ni enderezado sus renglones torcidos. Sólo los hemos subido a la nube.

[Publicado el 05/6/2019 a las 13:26]

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Vergüenza

La vergüenza se alimenta de vergüenza”. La frase pertenece a la gran escritora Annie Ernaux –premio Formentor de las Letras 2019–, sublime etnóloga en este sentimiento tan inexplorado. “Para mí, la vergüenza se convirtió en una forma de vida. En el peor de los casos era algo que ya ni ­siquiera percibía: la llevaba dentro de mi propio cuerpo” escribió en La vergüenza(Tusquets). Releo estas líneas pensando en Verónica, la mujer que se suicidó a causa de un vídeo sexual que circuló en un chat de trabajadores de su empresa destinado a informar de horarios y dar avisos. Un chat, por tanto, de uso profesional, aunque mientras escribo estas líneas, trans­currida una semana, no ha habido ­todavía declaración oficial por parte de Iveco.

La vergüenza es sucia y paralizadora, produce un escozor anímico que trae galopantes deseos de esconderse, pero no hay cobijo alguno. Íntima y devastadora, se agarra implacablemente al alma y la inhibe. La psicología ha explicado su función de autodefensa para el ser humano: un resorte cohesionador que contribuye a mantener buenas relaciones con el entorno. Un corrector invisible que refrena impulsos. Pero ¿y cuando nos es impuesta con vileza desde fuera y, además, la humillación se amplifica digitalmente? No hay mayor daño que airear escenas sexuales, una persistente desigualdad de género que radica en la difusión de vídeos íntimos –que acostumbran a pertenecer al pasado, otra pareja y otro dormitorio–, como modo de agredir a mujeres simplemente porque ya no son suyas.

He leído que Verónica padeció múltiples acosos y burlas al difundirse sin su consentimiento unas imágenes de otra vida. Porno de venganza, lo denominan, pero ni es porno ni hay venganza, ya que no media ataque ni ofensa. Es maltrato. Y lo peor es que se trata de una violencia ejercida de forma colectiva, viralizada: en este caso, al parecer, el 80% de los compañeros de la víctima ha tenido acceso a las imágenes. Vergonzosa es una sociedad que tolera el juicio público a una mujer por asuntos privados. Que tolera la voracidad sexual de los machos, mientras castiga la libertad sexual de las mujeres.

Es necesario acabar con esa tolerancia. La misma que una compañera comprobó el otro día en el metro: una mujer le pidió a un hombre que por favor se apartarse un poco de ella –estaba literalmente pegado con su traje y corbata a su cuerpo–. Y él le respondió: “Si no te gusta, coge un taxi”. Nadie dijo nada. Apenas dos hombres le miraron severos, y mi compañera y otras dos mujeres rescataron a la chica, que había empezado a llorar. No deberíamos sentir vergüenza ni respeto ante quienes actúan de tal modo. Son delincuentes sexuales que faenan en el transporte público y violan a través del WhatsApp. A Verónica la hubieran podido salvar todos aquellos que jalearon su vídeo en lugar de negarse a verlo y correr a denunciarlo.

[Publicado el 04/6/2019 a las 12:50]

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Topografía íntima

Recordar los pisos en los que hemos vivido es una buena fórmula para hacer inventario biográfico, decorativo y también existencial. De nuestra habitación propia pasamos a conquistar una isla: así se nos antojaba el primer miniapartamento en aquel sexto sin ascensor. No nos importaba. Celebrábamos la independencia a pesar de las goteras y la cocina de gas butano, de la cisterna de los vecinos rugiendo de madrugada. En cambio, los jóvenes españoles frisan en la actualidad en la treintena cuando abandonan el hogar familiar con el susto metido en el cuerpo.

El de inquilino es un estado provisional, amenazado desde hace años y puede que hasta en vías de extinción. A mi alrededor, cada vez son más los freelance que realquilan una habitación a alguien que tampoco puede hacer frente a la mensualidad y necesita ampararse en esta economía colaborativa. No se trata de aquellas señoras mayores necesitadas de compañía que ofrecen cuartos a estudiantes como en la España de La colmena o Tiempo de silencio. Hoy, el alquiler supone el 37% de los ingresos del español medio, pero hay casos en que se come hasta la mitad del sueldo. El resto, en el caso de la mayoría de las familias, se funde antes de que termine la primera semana de cada mes, prolongando una domesticidad a crédito.

No obstante, existen más de 2,3 millones de viviendas vacías, no disponibles para venta ni alquiler, según datos de un estudio elaborado por la empresa de gestión inmobiliaria Anticipa –la última cifra oficial del INE es ya antigua, del 2011, y aún más elevada: 3,4 millones–. Y es que la burbuja inmobiliaria se hinchó en nuestro país como en pocos del mundo. La política de vivienda apenas tiene latido, y no llega a quienes más lo necesitan. Da igual que la Carta Magna sancione el “derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”; aquella en la que el multidisciplinar Gaston Bachelard veía “la topografía de nuestro ser íntimo”.

Tener una casa –propia o alquilada– se ha convertido en un lujo, también en una laboriosa gestión de recursos. Este invierno, en las tertulias de la tele me he encontrado con compañeros que no encendían la calefacción a fin de evitar los sablazos de Naturgy. Las tripas de un hogar son intrincadas y caóticas, del cableado eléctrico a las tuberías y bajantes, pasando por calderas y radiadores, falsos techos, zócalos, etcétera. Muchos se rieron del gesto de Pablo Iglesias enarbolando la Constitución –esa palabra que hace virtuosos a unos y malvados a otros–, pero ante los efectos colaterales de la ley de oferta y demanda, el adjetivo digna sobra. Digamos derecho a una vivienda ratonera, a un empleo basura, a una sanidad sin camas.

[Publicado el 29/5/2019 a las 11:42]

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Canas al aire

Soy una del trillón de mujeres que se tiñen el pelo de forma periódica. Experimenté precozmente, y a los dieciocho años un peluquero leridano que parecía neoyorquino me cortó la melena y me tiñó de rubio platino. No tardó en quedarme la cabeza igual que un café cortado, y tuve que recurrir al moreno español para volver a empezar de cero. Mi cabello fue uno de los primeros y más abiertos campos de batalla contra la ­autodestrucción. El pozo donde muchas jóvenes ahogábamos la inseguridad de no gustarnos, regando la fan­tasía de querer ser otras. Por ello llevábamos en el bolso la foto de Meg Ryan, Madonna o Jessica Lange. El placer de verlo ­mutar de tonalidad, pasar de su onda natural a un rizo pequeño a lo Roberta Flack, nos saciaba igual que nos desesperaba. Éramos débiles ante las tijeras soñadoras de aquellos primeros estilistas del peinado; recuerdo cómo me ­admiraba ver al pionero Llongueras peinando cabezas como si esculpiera una Venus. Nuestras madres fueron unas enamoradas de las peluquerías: ir bien peinadas es una garantía, un signo de que no se ha dimitido del espacio ­público.

Hoy ya no me tiño para encontrarme a mí misma, sino para no perderme. Las canas asomaron discretas e impuntuales; cuando emergen lo hacen en forma de hilos plateados y crean destellos inquietantes. Un gran porcentaje de mujeres de más de cuarenta lucen rubias: es el color que mejor engaña a la cana rebelde. Para algunas consiste en un acto más de cuidado estético, otras lo entienden como una esclavitud, esa tercera jornada laboral –depilación, maquillaje, peluquería y manicura– que nos somete a una ley no escrita que hasta hace bien poco prohibía las canas femeninas. Una mujer con el pelo blanco parece “envejecida, desaliñada y/o descuidada”. Lo piensa el 70% de las españolas, según acaba de publicar un estudio de la firma Pantene. Los hombres, en cambio, cuando las nieves del tiempo platean sus sienes, resultan “interesantes, atractivos o sexis”. Ellos, empoderados; nosotras, homeless. La campaña se titula El poder de las canas y se inscribe en la tendencia en auge de lucir el cabello albo, convirtiéndolo en fortaleza en lugar de debilidad. Y es aguda en el sentido de mostrar lo arbitrario que resulta el prejuicio. La moda es un excelente sacacorchos de tradiciones generando nuevos deseos.

También hubo un tiempo en que una mujer con pantalones parecía una camionera, y ya ven. Es difícil interiorizar la belleza de nuestras canas sin aclarar la mirada de los hombres, y también la de las propias mujeres que antes de lucirlas al viento necesitamos una buena sesión de terapia.

Resulta algo paradójico en un mundo que envejece imparable: la ONU prevé que en el 2045 los mayores de 60 años superarán a los menores de 14. Estamos abocados a un futuro libre de clichés a fin de considerar las canas, parafraseando a Cicerón, parte de “la conciencia de una vida bien vivida y el recuerdo de muchas buenas acciones” en lugar de una persistente y desigual dejadez.

[Publicado el 27/5/2019 a las 19:47]

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Aquellas madres coraje

Hubo un tiempo en el que todo lo que ocurría fuera de casa era lo importante, lo prometedor, lo novedoso, mientras en el espacio doméstico la vida discurría con su letra pequeña e inclinada. Mucho antes de que se inventara el coaching, las madres ejercían ya ese papel, entregadas y sacrificadas, pero también críticas y a veces severas. Respondían a la figura de madre asistente, que cuida y educa, aconseja, acompaña y lo que sea necesario. Algunas nos inocularon vocaciones, pues secretamente deseaban que pudiéramos cumplir los sueños que debieron abandonar bien temprano. En teoría no aplaudíamos su sacrificio y las espoleábamos para que tuvieran vida propia, pero, en la práctica, volcábamos en ellas nuestras debilidades dando por hecho que se nos debían por entero.

Acaso por ello les sorprenda tanto a las madres encontrarse con que sus hijos les han preparado un buen ágape como ocurre en el programa de Cayetana Guillén Cuervo Cena con mamá. Ellas, que no esperan nada, que lo único que se atreven a reclamar es más tiempo con sus hijos, igual que la de Lorenzo Caprile, que lo miraba con un amor totalizador. La gene­ración de las que fueron madres en los sesenta y setenta se aplicó a fondo en la exclusividad de su papel. Sin ellas, no se sostenían el hogar físico ni el mental. Lo cargaban en sus espaldas, procurando que las carencias apenas se apreciaran. Ni se les pasaba por la cabeza pensar que eran obligadas sustitutas del Estado en sus funciones de enfermera, cocinera, limpiadora, puericultora... Dedicaron media vida a velar por sus hijos, y la otra mitad por sus padres. Y nosotros aceptamos el papel que les había sido asignado, en lugar de combatir sus dictados junto a ellas. Cayetana, con su habitual complicidad, les coge la mano y las hace hablar, y ocurre algo prodigioso: se agarran al hilo de la memoria y disfrutan recordando, porque el pasado les abrillanta la mirada.

La hijidad es más cómoda que la maternidad. Lo explica Nuria Labari en su libro La mejor madre del mundo (Random House), que va ya por la tercera edición. La maternidad es colonizadora. Enseguida toma territorio, o mejor dicho, lo okupa, capaz de transformar por completo la identidad de una mujer. Madres trabajadoras, se nos llama aún, y, en cambio, nunca se ha hablado de padres trabajadores. “Ellos mantienen su identidad intacta, sólo añaden una nueva categoría. A nosotras nos cambian –o nos deben cambiar– todas las prioridades. Ese es nuestro deber ser”, razona Labari. Es urgente la resignificación simbólica del espacio doméstico, porque considerar que el espacio público –político y socioeconómico– es el único que importa devalúa nuestra intimidad. Y nos envilece como hijos que únicamente somos capaces de hacer la cena para nuestra madre por obligación, y no por amor.

[Publicado el 22/5/2019 a las 18:29]

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Fragilidad masculina

Siempre hubo hombres coquetos que iban a comprarse la crema hidratante con más reparo que si fueran al sex shop, hasta que daban con una vendedora que les lavaba la culpa con sus labios de tiramisú y les proveía de otros placeres instantáneos. Cuánta delicadeza empleaba para enseñarles a aplicar el contorno de ojos mediante suaves golpecitos en la sien. “Así, con ligeros toques”, les ilustraban aquellas diosas iniciáticas en el arte de la cosmética masculina, aunque ellos debían servirse de la oferta para mujeres, pues la suya, aparte del after shave, no existía. “Ayer fui al Cortes Inglés y me llevé tres mariconcreams”, le oí contar una vez a un periodista de fama a otro, a pesar de que aquel chistecillo oscureciera su acto, o ¿no era una forma de exculparse y a la vez festejar su nueva filia? La industria cosmética bascula entre dos polos antagónicos: es tan conservadora como astuta. Hace casi veinte años, Jean-Paul Gaultier intentó poner de moda los lápices de khol para hombres, corrigiendo la renuncia a la coquetería del nuevo constructo de hombre. Se adelantó demasiado en el tiempo.

Éxito, vigor, dureza, determinación, escasa emotividad, capacidad de proveer, autoridad… todo eso incluía el catálogo de lo que debía ser un hombre del siglo XX, lo que causaba gran angustia a muchos de ellos. Los más conscientes buscaron la manera de conciliar el rol con su verdadera identidad aflojando en rigidez, pero la gran mayoría se instaló en lo que los anglosajones denominan fragilidad masculina. El psicoterapeuta Roger Horrocks la define así: “Es una paradoja: la masculinidad patriarcal rompe al hombre, formado y a la vez destruido por su propio poder”. En verdad tembloroso, pues se siente cuestionado a cada instante y ve a las mujeres como el enemigo que pronto acabará por usurparle su lugar preeminente.

Los hombres frágiles son aquellos que se preocupan de aclarar que no son gais –y ni siquiera afeminados– aunque nadie se lo haya preguntado; airean a los cuatro vientos su pasión por las mujeres, también sin que venga a cuento, y urden tramas de sexismo conspirativo contra los varones. Además, albergan una auténtica aprensión hacia el colectivo LGTB, les espanta el color rosa y en caso de utilizar cosmética recurrirán a marcas que apelan a hombres como ellos, de una pieza, cazadores épicos, mientras que juzgarán con falsa perplejidad, propia de quienes no pueden mover sus columnas mentales, a aquellos que se maquillan.

Gaultier fue un visionario: la cosmética que supera el género hoy crece entre los gurús del lujo, sin olvidar el furor coreano, una cultura pionera en estética en que los muchachos invierten más en cuidarse que en cualquier otro lugar del mundo. Se les llama khonminam, combinación de las palabras flor y hombre bello, sin connotaciones femeninas, sin temor a que su virilidad sea examinada por un tribunal de mujeres, las mismas que en este Occidente frágil siguen soñando, muy a su pesar, con los marlboro man.

[Publicado el 20/5/2019 a las 12:10]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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