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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 24 de abril de 2018

 Blog de Joana Bonet

Ponerle hilo a la aguja

Vivimos en la era del cómo, sedientos de pedagogía y demostración, incrédulos ante mecanismos de todo tipo. Nos hemos habituado a las reparaciones –también morales–, a vivir en el desperfecto porque siempre hay algo que no funciona, un instrumento que desafina, sea la caldera o el depósito del agua, la mancha en la corbata o el wifi. La mentalidad del bricolaje ha aterrizado en una sociedad cada vez más lavada de conocimiento y necesitada de instrucciones. Y el término tutor, utilizado antaño en el sentido de “el que cuida y protege a un menor u otra persona desvalida”, ha sido barrido por tutorial, esos vídeos que instruyen en cómo hacer cosas. Desde quitar una mancha de vino de la alfombra persa o crackear el paquete de Microsoft Office hasta dejar de morderse las uñas cuando él o ella no llama.

Si uno busca en YouTube tutorial en genérico, se hallan 251 millones de resultados. Clips para aprender un idioma con más de tres millones de visualizaciones, sobre la forma en la que hay que chutar el balón para que haga un determinado efecto con casi cinco millones y la forma de cocinar un plato de alta cocina con siete millones. Hasta hace apenas tres semanas, también se hallaban demostraciones con arma de fuego, que afortunadamente Google ha decidido retirar tras el clamor provocado por el último tiroteo masivo en EE.UU. La afición a seguir el paso a paso nunca se había materializado con tanta profusión. ¿Acaso no se trata de un pasatiempo infantil? Millones de usuarios confiesan que les relaja, que entran en un embotamiento liviano. Ver hacer y deshacer mientras uno no hace nada acrecienta el placer de lo útil. Entre el público infantil y juvenil, los tutoriales arrasan. Los profesores suelen ser de su misma edad. No sólo buscan consejos para hacer slime casero, maquillarse, aprender un truco de magia o dar el primer beso, sino que se enganchan a los llamados DIY, a menudo insólitos al estilo de la Teletienda, especializados en crear demandas inexistentes. O todo lo contrario, clamores cotidianos, como el que te enseña a colocar los auriculares en los oídos de forma que no se caigan a cada instante.

La base sobre la que se asienta la colonización de la cultura del tutorial se explica por un lado en la desaparición del conocimiento heredado, una sabiduría en minúsculas, tradicional, que incluía ritos de pasaje como aprender a anudar la corbata con el padre o a freír un huevo con la madre. Y, por otro, la evolución, que tan bien han explicado Rifkin o Sennet, de un modelo de trabajo caracterizado por la mecánica de tareas manuales repetitivas –con la consiguiente adquisición de destreza– a otro de mentefactura, donde prima la reflexión y la gestión. También aflora el resultado de la soledad virtual. La voz del tutorial, a través de una pantalla, acompaña a los pequeños a enhebrar una aguja mientras los adultos andamos muy ocupados.

[Publicado el 23/4/2018 a las 10:18]

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Con sentimiento y consentimiento

En las relaciones siempre hay un lado luminoso y un lado oscuro”, le digo a la chica, apenas 19 años, dentro de un taxi. Ella me responde: “Siempre es oscuro”. No decimos nada más. Trae un lamento antiguo y derrama su tristeza en ese auto, un espacio público que por unos momentos convertimos en diván freudiano; la cabeza apoyada en la ventanilla, afuera la noche azul petróleo salpicada por colas de neones. Los taxis son escenarios proclives a las confesiones. El conductor puede estar tan próximo o tan lejano como queramos. Incluso puede ser invisible. “Siempre es oscuro”, dice. Parece un verso de Auden. Es Pizarnik, Ajmátova, Plath, Sexton, Vilariño, Joplin, Winehouse. Es Sissí Emperatriz. No hay consuelo. Es la tragedia del amor romántico, cargado de una venenosa expectación. Porque en la mayoría de relaciones de amor adolescentes pesa más lo oscuro que lo luminoso: lo que no se tiene. Lo escribió el gran poeta cordobés Vicente Núñez: amor es con sentimiento y consentimiento.

Mucho se ha hablado de la importancia del no en las relaciones sexuales, hasta el extremo de tener que soportar locuciones redundantes en un mundo de adultos: “no es no”, repiten una y otra vez las víctimas de abusos en todas las latitudes. Las palabras modifican la vida, y el no es una pieza clave. El no es redentor. Sin él se entiende que hay consentimiento. Que un hombre viole a una mujer –o a otro hombre– desoyendo la negación de su víctima no entraña en modo alguno aceptación. Qué bien lo explica la obra de teatro que se titula precisamente así, Consentimiento, escrita por Nina Raine y dirigida por Magüi Mira en el teatro Valle-Inclán de Madrid, que escarba en aquellas relaciones en las que el silencio no siempre quiere decir sí.

En el currículum existencial de los llamados millennials, el amor ha conseguido escasos másters. Además de bautizarse en la precariedad, víctimas impotentes ante la crisis, recibieron una primera educación sexual a través del alud de porno online, y algunos llegaron a creer que el sexo era aquello. Hoy la normalización del machismo entre los jóvenes se dispara. Y muchos de ellos ponen en duda el constructo del amor romántico, hijos de padres con segundas, terceras o cuartas parejas.

Hace unos meses, Jean Twenge, titular de Psicología en la Universidad de San Diego en California, publicó una investigación en la que demostraba que, pese a tratarse (supuestamente) de la generación que concibe la vida en pareja de forma más liberal y disfruta de una sexualidad más desinhibida, fluida, y sin compromiso, los millennials tienen hoy, de media, menos relaciones que nosotros, sus padres. Ocho frente a once, en la misma franja de edad. Y es elocuente su cautela. Su no.

[Publicado el 18/4/2018 a las 11:04]

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Hacer sábado

España fue siempre país de chanchullos, también llamados cabildadas o alcaldadas, pues demasiado prolija es la tradición del provecho ilícito a través del poder. La vara de mando llegó a parecerse al maletín de Mary Poppins: metías la mano dentro y sacabas un piso en Marbella, un bolso de Vuitton, una tarjeta black, o un banquete de bodorrio salvaje. Pero, con la llegada de la crisis –que coincidió con los primeros furores de las redes sociales–, se empezaron a buscar otros horizontes, y se forjó un nuevo estilo: influencia en lugar de dinero negro, primero porque escapa a las pesquisas auditoras, y, segundo, porque, igual que todo lo valioso, produce beneficio a medio y largo plazo. Del saco salieron hasta títulos académicos, como el máster de Cristina Cifuentes –según ella misma reconoce, sin ir a clase ni hacer exámenes– o el posgrado en Harvard de Pablo Casado –en realidad cuatro días de cursillos en Aravaca– para adornar los currículums de quienes se sienten en falta.

Recuerdo una vez que, a fin de documentar una entrevista, le pedimos a Elena Ochoa, ahora lady Foster, su currículum. Contaba casi con 50 páginas bien detalladas y documentadas, y en la redacción nos quedamos asombrados. Aún y así, nunca tuvimos la tentación de mentir ni en esa atragantada línea donde podías dudar entre el inglés básico o el medio porque la sola idea de que nos entrevistaran en ese idioma nos paralizaba. La vergüenza propia –y la ajena– siempre marcó un límite: ¿alguien puede dormir tranquilo asegurando que es matemático, pedagogo o ingeniero industrial sin haberse licenciado? No fue el caso de Ada Colau, a quien le quedan tan sólo un par de asignaturas para terminar Filosofía, y nunca lo ha escondido. Al contrario, colgó en su web sus buenísimas notas de la carrera, excepto las dos materias no presentadas. Y dudo de que nadie dejara de creer en ella por no tener el título enmarcado.

Vivimos tiempos de desenmascaramiento. Caen las torres más altas, los guardianes de los guardianes muestran sus manos manchadas. Ni la judicatura, ni la universidad, ni las oenegés ni la mismísima Academia Sueca del Nobel –asaltada por escándalos sexuales y filtraciones– son fiables. Un sistema amoral construido con atajos y puentes, con ascensores de alta velocidad y puertas giratorias, emerge, incapaz ya de contener su podredumbre.

Pero ¿qué estábamos haciendo, generación tras generación, mientras sanguijuelas de todo tipo saqueaban arcas y sacaban pecho con méritos falsamente vanidosos? Trabajar, tener hijos, sobrevivir, hacernos mayores, sobrevivir, enfermar y sanar, sobrevivir. Por no ceder la silla, ni regenerarse, ni hacer sábado, se han acumulado to­neladas de basura bajo la alfombra. Y ahora que la mugre se desborda igual que un río, aún se espera que la sociedad sacrificada, e incluso puteada, recoja los excrementos de los incontinentes chanchulleros.

[Publicado el 16/4/2018 a las 12:40]

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Explosión-implosión

Brad tuvo una juventud rubia, de mecha californiana y mirada matadora, con un sesgo de cachorro herido y a la vez de habitante de las Grandes Llanuras. Con Jennifer Aniston encarnaron a los novios de la América del nuevo milenio. Chispeantes e inmaduros, juntando sus cabezas doradas que inspirarían tanto a la estética del amor líquido como a los peluqueros de norte y sur. Representaban el éxito y la vida ligera que relucía en sus paseos por Malibú. Y le ponían humor al asunto, ella con sus muecas apayasadas, él con sus guiños y sus cortes de manga. 
 
Después de la serendipia de “Thelma&Louise”, Brad fue elevado a mito erótico, soberbio y canalla, por el público femenino –siempre corto de catálogo–, y luego se propuso demostrar que también podía ser buen actor. Se alistó en las filas de la mirada introspectiva, más serio y barbudo, despeinado y chulo, simbiosis de Brando y James Dean, y, como ellos, artista sin red. Y llegó el rodaje ese thriller tontuno, “El Sr. y la Sra. Smith”. Jolie estaba sola, Pitt casado. Se fascinaron y se fundieron. Se tatuaron. Su carrera –no solo profesional, también la vital– está marcada por dos números de poderosa mística. El 7 –según Pitágoras el número perfecto– y el 12, asociado a la completud y la armonía. Él ha rodado “Seven”, “Simbad. La leyenda de los siete mares” y “Siete años en el Tibet”, así como “Doce monos”, “Ocean's Twelve” y “12 años de esclavitud”, y su relación con Angelina  –la más larga de cuantas ha tenido– duró no once, como afirman las crónicas oficiales, sino doce años. Los Brangelina se convirtieron en una gran empresa de Hollywood y en estandartes de la nueva familia interracial y transgénero. Hasta que se les rompió el amor. Y, mientras Brad seguía levantando Nueva Orleans cada vez más desaliñado, con melena y gafas de pasta, Angelina daba discursos en la ONU. El cuento terminó abrupto. Alcohol y porros, malos prontos, rehabilitaciones, silencios, caos familiar y niños mimados. Brad, con el macuto a cuestas, se apoyó en otro paradigma de la masculinidad, George Clooney –que intentó rejuntarlo con Jen– y en la arquitectura (disciplina de la que, entre rodajes y descansos, obtuvo una licenciatura). Desde hace unas semanas se le relaciona con la arquitecta activista Neri Oxman. A los cincuenta anunció Chanel número 5, y le declaró a su amigo Guy Ritchie sentirse “puñeteramente sólido”.  Cinco años después, parece haber recogido los pedazos de su espejo roto. En silencio.

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“Yo era bastante anti política de joven. Empecé a colaborar en causas relacionadas con los derechos humanos y a reunirme con refugiados y víctimas de conflictos principalmente porque quería aprender. También porque tenía la romántica idea de que para ser una activista humanitaria no hace falta más que calzarse unas botas. Pero llega el momento en que te das cuenta de que eso no es suficiente: tienes que llegar al fondo del problema. Y eso te lleva, la mayoría de las veces, a la política y las leyes”. Habla Angelina Jolie, y se lo cuenta a John Kerry, ex secretario de estado norteamericano, al que impuso como interlocutor para una entrevista con la revista Elle USA. La segunda condición: que no hubiese fotógrafos y asistentes, estilistas ni redactores durante su conversación, centrada en la lucha contra la violencia sobre las mujeres, el medio ambiente y las crisis migratorias. Con Kerry se garantizaba escapar de la frivolidad. Y de su vida sentimental. Porque la leyenda acerca del control de la información respecto a ella no tiene precedentes. Contratos propios de una diosa antes de conceder una entrevista. Filtros de orfebrería. La editora Bonnie Fuller dijo hace diez años que “ella es miedo inteligente”, y señaló su “habilidad increíble, quizás más que cualquier otra estrella, para saber cómo dar forma a una imagen pública”.
 
El caso es que Jolie ha completado un cambio de piel, pasando en diez años de estrenar cinco películas en una temporada a firmar documentales para Netflix sobre el terror de los Jemeres Rojos en Camboya. Se ha convertido en Embajadora de ACNUR, profesora invitada en la London School of Economics y coautora, con Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, de manifiestos como el publicado en The Guardian. Hoy es más fácil encontrarla en cumbres y viajes oficiales que rodando o sobre la alfombra roja. Hay pocos casos como el suyo. Exótica y torva, bisexual y explosiva, cambió el vestido de sirena por la pashmina. Pasea un aura mística, casi de Santa Angelina. Después de Brad, ha acusado su proceso de beatificación. Sus acompañantes son sus 6 hijos; el negro, su color oficial. En su mirada brilla la melancolía de la experiencia, y sus labios, cada vez más borrados, solo se abren para dar su voz a los invisibles. Parece que se rompe, pero pocas celebridades han podido escapar de su máscara y utilizar su fama para que el agua llegue a un campo de refugiados.

[Publicado el 14/4/2018 a las 15:04]

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Cambio de zancada

Pertenezco a esa clase de editoras de revistas que piden a los fotógrafos que las modelos sonrían, que no perpetúen ese mohín mustio, frío y moderno, ni paseen el encanto de la autosuficiencia por el plató. No siempre me hacen caso. Responde al canon de la belleza poco complaciente. A la pose que no quiere ser una invitación a la empatía. También les digo que abusan de las modelos sentadas, abiertas de piernas y con tacones; una actitud, el manspreading, que tanto criticamos en los hombres. Y entonces, Florence, exquisita estilista francesa, me dice: “¿Y qué hacemos con la seducción?, ¿ya no podemos ser sexis?”.

Hace cuatro años, la moda descubrió las zapatillas deportivas. No por su uso práctico, sino por su plus de tendencia. El lujo no tardó en hacerse eco y firmó las sneakers más caprichosas. Aunque lo interesante sucedía en nuestra propia mirada: nada que ver con aquellas pioneras ejecutivas de Wall Street que combinaban zapatillas y traje chaqueta con hombreras produciendo un efecto forzado y ortopédico. Hoy, en cambio, la profusión de sandalias de hotel o de chanclas peludas por dentro causa furor, y a pesar de su feísmo, hay algo liberador en ello. Porque desnudar los pies significa también desnudar una feminidad subida a unos tacones. Y llenar las calles de abuelas, madres, estudiantes o abogadas andando con una resolución liberadora.

La representación estética de la feminidad ha virado hacia el confort y la sobriedad. El nuevo imaginario expulsa la silueta con curvas, escote y los icónicos stilletos, y los relega al uniforme de azafata de congreso. Según el Retail Tracking Service de la consultora NPD, los tacones medios han aumentado sus ventas en los últimos meses, incrementándose un 71%, mientras los altos han caído un 36%. El año pasado, en Reino Unido, por primera vez en la historia se vendieron más sneakers que tacones de aguja. La comodidad, la salud y la cuarta ola feminista han destronado a uno de los estereotipos más emblemáticos para mujeres y fetichistas.

Estos días, acaba de llegar a las librerías el último libro de la siempre interesante y polémica Camille Paglia, Feminismo pasado y presente (Turner). Autodenominada “feminista prosexual”, Paglia siempre se ha mostrado sensible a la belleza, y allí donde otras denuncian imposición y martirio, ella aplaude la celebración estética. “El problema del feminismo con la belleza es un prejuicio provinciano. Tenemos que superarlo”, afirma. Para algunas, subirse a unos tacones equivale a tomarse un antidepresivo. Para otras es un artefacto de tortura. Pero, en ambos casos, quien decide la naturaleza de la zancada no es Cannes ni el #MeToo, la pasarela ni los podólogos, sino cada mujer reconciliada con sus pies.

[Publicado el 11/4/2018 a las 13:31]

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El tamaño del alma

Ocurrió cuando era muy joven y empezaba a coger aviones por trabajo. Llegué tarde al embarque; atasco, accidente, nervios. La azafata me dijo que la puerta estaba cerrada, y me sofoqué, sentí un clavo en el estómago. Tenía la entrevista de mi vida, o eso creía entonces. El avión aún estaba en tierra, el finger cosido, y entonces le dije a la mujer que se escudaba en que sólo hacía su trabajo: “Estoy segura de que si se tratara de un ministro o de alguien importante, y no de una don nadie como yo, usted le abriría la puerta. ¿Por qué a ellos sí, y a mí no?”. Y aquella mocosa subió al avión.

Tienen santa razón los podemitas: el caso Cifuentes rebosa cultura de casta. Lo afirma la diputada de la Asamblea madrileña Lorena Ruiz-Huerta, que las clava en tono bajo: la inmoralidad que supone el privilegio, incuestionable, del pez gordo que está por encima de todo y de todos. “Estamos gobernados por lo peor de Madrid”, repiten los de la formación ­morada. Y sirven la imagen en bandeja: la cara dura de la aún presidenta de la Comunidad –a quien presuntamente le brindaron un máster a medida para hinchar su currículum– frente al esfuerzo de los chavales que se curran trabajos y exámenes, que se sientan en un pupitre para sumar horas y cré­ditos, almax e ibuprofenos, apuntes y ­calificaciones ante un futuro incierto, y aun así avivan su ansia de querer ser mejores. “¿Es más importante ­lucir un currículum y ostentar un máster supuestamente no cursado que trabajar honestamente por el bien común?
¿No es más importante decir la verdad que exhibir títulos que no han su­puesto para uno mismo esfuerzo y cono­cimiento?”, se preguntaba en voz alta el portavoz del PSOE en la Cámara y catedrático de Filosofía, Ángel ­Gabilondo.

Y justo cuando asistimos a este espectáculo tan poco ejemplar, una anomía del modelo de vida, según la filosofía de Javier Gomá, aflora la relación pantagruélica del poder con los chanchullos. Casi nos habíamos olvidado de la casta, palabra silenciada por mandato de la cocina ideológica de Podemos cuando, por inteligencia política, se quiso dar unos cuantos pasos atrás respecto al discurso populista. Digamos que hubo propaganda contra las élites y sus ventajas, los logros conseguidos gracias a determinado tipo de influencia: apellidos, cargos, dinero. Un auténtico cambio de mentalidad, junto al surgimiento de nuevos partidos y el afloramiento de un activismo ciudadano, que ha ido oxidando la palabra privilegio. Su estética es rancia, pues no se apoya en los principios democráticos del bien común ni la igualdad. Es exclusiva y discriminadora. Está desprovista de frescura e improvisación, aunque no debemos confundirla con el respeto ni el reconocimiento de aquellos que se han ganado a pulso que les cedamos el paso. Y no por ser mujer, hombre, rico o famoso, sino por el tamaño de su alma.

[Publicado el 09/4/2018 a las 11:29]

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El ruido y la prisa

Me ocupo en revisar las nuevas tendencias, que acostumbran a ser un espejo de cómo nos apañamos en el mundo: dicen que en Francia la hamburguesa ha derrotado por primera vez a la baguette, y, paralelamente, los nortea­mericanos, a quienes siempre había avergonzado el bidet, empiezan a descubrir las ventajas del chorro de agua a fin de com­batir los graves problemas de contaminación producidos por el abuso de toallitas húmedas.

Son tiempos con una elevada tasa de cambio. La palabra prestigio ha perdido su ascendente, y los cargos públicos, pero también los artistas o los intelectuales, huyen de ella como de la peste. El populismo hace tabla rasa, y las sociedades creen no tener líderes capaces, creíbles y con ­fondo, pero aun así los votan. En Occidente, estalla una gran crisis de repu­tación, favorecida por la plaga de fake news, la masiva fuga de datos de Facebook y la ciberpiratería, todas ellas señales de la inconsistencia de los mensajes que nos rodean. ¿Cuánta palabrería hueca escuchamos al día? ¿Cuánta miseria de pensamiento se promueve desde las redes, y cuánta ­permanece?

Al igual que el fast food, el pensamiento rápido es indigesto y poco saludable. Y, si a mediados de los años ochenta el denominado “movimiento slow” surgió en respuesta al atropello cotidiano que encumbraba la velocidad como antídoto ante el tedio, me encuentro ahora con un manifiesto firmado por el profesor de psiquiatría Vincenzo Di Nicola en favor del pensamiento lento. Asentado en cimientos filosóficos que van de Sócrates a Badiou, pasando por Erasmo de Rotterdam, Walter Benjamin o Lévinas, el pensamiento lento promueve la ­concepción de nuestra vida como un largo camino que no debe jalonar la inmediatez de la e-comunicación. Por encima de todo, apela a la reflexión antes que a la convicción –de la que nuestra sociedad va muy sobrada– y reivindica los verbos demorar, esperar, apelar o resistir, porque la claridad mental tiene que ser previa a la acción. El profesor recuerda aquella recomendación de Wittgenstein para todo aquel que quisiera filosofar que hoy sólo pronuncian los mejores vendedores ante la puerta del probador: “Tómate tu tiempo”.

La noción de lo útil ha aparcado a la de valioso. Que los currículums escolares hayan prescindido de la filosofía en secun­daria, que las humanidades sean tratadas como basurilla y que importe más llenar las aulas de iPads que de contenidos re­sultan claros síntomas de empobrecimiento cultural así como de la mentalidad taquicárdica que nos domina. El pensamiento lento propone una actitud reposada, dispuesta a desenmascarar y decodificar automatismos, a escuchar y repensar. A abstraerse del ruido y la prisa. A liberar al propio pensamiento de sus limitaciones. El pensar relajado.

[Publicado el 04/4/2018 a las 13:50]

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Roboapocalipsis

No hubo más jubilosa consideración dirigida a la clase media que la democratización de los electrodomésticos; la misma que convirtió las casas en una verbena de cajas de cartón y embalajes plásticos cuyas burbujas hacíamos crujir adictivamente con los dedos. Era todo un acontecimiento familiar ir a comprar un lavaplatos o una secadora y, gracias a sus beneficios –ganar en tiempo y confort–, incluso les veíamos cierta belleza.

Entonces no soñábamos con la nanotecnología porque todo lo grande era mejor. Pero con la llegada de internet, la afición por los electrodomésticos viró hacia los gadgets. El sueño de la robótica enamoró a la industria y ­encendió el deseo. No nos bastaba la humana, necesitábamos la inteligencia artificial (IA) para rodearnos de dispositivos que, más allá de hacernos la vida más fácil, se ocuparan de todo. Y de las máquinas que limpian la casa pasamos a los coches que se conducen solos. Hasta que la semana pasada, en California, un Tesla Model X se estampó contra una mediana, chocó contra dos coches y mató a su conductor. ­Inmediatamente cayeron las acciones de la firma, y los agoreros volvieron a advertir de la amenaza de un Blade Runner real.

Hace algo más de tres años, en la ciudad surcoreana de Changwon, los bomberos recibieron la llamada más insólita que quepa imaginar: una mujer decía estar siendo atacada por su aspiradora. Dormía sobre la alfombra cuando el robot doméstico identificó su melena como pelusa y la engulló con tal fruición que le causó gravísimas lesiones. Probablemente ese día juró que barrería ella misma el piso hasta el último de sus días. El año pasado, el departamento de IA de Facebook tuvo que desconectar a dos robots que habían creado un idioma incomprensible para los humanos. Admitieron que se les fue de las manos. Topaban con el llamado principio de la singularidad tecnológica: el desarrollo técnico y científico humano no es lineal sino exponencial. La IA, haciendo realidad las predicciones de la ciencia ficción, parece encaminada a acabar con toda noción de límite: los sistemas robóticos serán capaces un día de mejorarse a sí mismos recursivamente, creando una línea de desarrollo autónoma que excedería las limitaciones del pensamiento humano. De hecho, la inteligencia artificial de Google ya programa mejor que sus creadores originales. Y según cálculos del Instituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, la capacidad de los robots superará definitivamente a la del hombre en el 2060.

Este vuelco tecnológico abre un incierto debate sobre trabajo y economía, intimidad y relaciones personales. El problema lo planteaba el visionario Asimov: “La ciencia gana en conocimiento más rápidamente que la sociedad en sabiduría”. Robots programados para ser poseídos y manejados, hasta el día en que se superen a sí mismos y se hagan con el mando. ¿Un mundo mejor?

[Publicado el 02/4/2018 a las 10:42]

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Como volver a casa

Querido Van

 

Qué largo es este amor, el milagro que me ha nutrido desde chica. Me ocurre a menudo: al escucharte me siento mejor persona, creas una atmósfera donde lo humano brilla y el clima siempre es suave. Nunca fallas, George Ivan. Tus notas llegan a lugares inalcanzables, acordes en toboganes. Con tu latido negro, mamado desde la cuna, absorbido del viejo tocadiscos que sonaba en el taller de tu padre, me has levantado cuando la el día se embutía en una caverna Y, por azar, en la radio del coche, aparecías haciendo gruñir la armónica, tus cuerdas blandiendo hinojo, oxígeno, carretera, terciopelo, whisky y caballos. Escucharte es viajar sin billete, alcanzar un estado leve, confiado, a ratos melancólico, casi místico; también es un lugar seguro, sin ínfulas, sin palabrería ni espectáculo.

 

Dicen que te cuesta hablar, gruñón y huidizo que en las entrevistas te haces el hombre rudo. Pero le has cantado a Dios y te has lavado con la filosofía. Has leído a Jung y sacas el subconsciente en tus letras como buen aventurero existencial. También admites que la música para ti solo es un empleo, una manera de ganarse la vida. Aunque luego te desdigas: “lo único que me encanta es la música. El resto es pura mierda. El tipo de mierda que la fama atrae es muy oscura. Es muy oscura. Me gusta la música, eso es todo”.

 

Van, qué inmenso eres. Raro y grande. Escueto. Habitando ese personaje que se toca con un sombrero Trilby y unas gafas setenteras. Nunca te excedes con la vista. Apenas levantas la cabeza de tu música, cierras los ojos, te trasformas en aquello que cantas: “Crazy Love”, “Caravan”, “Brown-Eyed Girl", “Philosopher’s Stone" o “Saint Dominic’s Preview”. Detestas el show business, la mitología del rock, la codicia. Puntual, implacable, tirano para algunos, descrees de la industria, manejas tu propio sello como tu tienda de discos, y cantas , a veces viejo otras joven, con un rango que funde el quejío negro con los sonidos de Belfast.

 

 

Los discos que compró tu padre, electricista naval, cuando viajó a Detroit –Solomon Burke, Ray Charles, Muddy Waters– te lanzaron. “Sin esos tíos no estaría aquí”. Dices “tíos”, porque tu nunca has sido cursi, a pesar de componer baladas que han alargado el amor de muchas parejas después de bailar “Someone Like You". ¿Cómo no voy a adorarte si me has regalado septiembre con “When the Leaves Come Falling Down, o me has traído la espuma del día con Dweller On the Threshold? Van, invítame a tu próximo concierto, que me harás escribir como los ángeles, que lo nuestro es para siempre.

 

· · ·   

Querida Meryl

 

Nunca has parecido de este mundo, aunque lo hayas conquistado por los cuatro costados gracias a ese don tuyo para interpretar el más obstinado de los sentimientos. Ninguna otra actriz transmite así el matiz, la emoción antes de serlo, cuando apenas se la intuye. La experiencia de la emoción. Tú la anticipas; basta con que muevas ligeramente un músculo, con que levantes un milímetro la comisura de los labios o llenes tu mirada de palabras, sin nombrarlas. Pienso que habita en ti un tratado de psicología, un diván freudiano y una mecedora en un porche soleado. Tu don enamora, por mucho que te nombren la peor vestida de la alfombra roja y te sigan ofreciendo papeles de bruja o diabla.  

 

Te hiciste actriz para enseñar a crecer a las mujeres. No empezaste joven, rubia animadora, reina del baile de fin de curso.Pasaste por la Escuela de Drama de la Universidad de Yale antes de reverenciar al público. Tu madre tenía temperamento artístico, tu padre “procedía de una familia de impregnada tristeza”. Meryl, progre y comprometida, madre de cuatro hijos; la sensatez y el pulso creativo, sin alaracas ni escándalos. En tus biografías se relata aquel desplante que te hizo Dino de Laurentiis durante el casting de “King Kong”: "Che bruta! ¡Es muy fea! ¿Por qué me traes esto?”, le dijo a su hijo. El papel fue para Jessica Lange. Allí empezó tu carrera. 

 

Se te conocen dos amores. El primero, John Cazale, murió en tus brazos. Te echaron del loft y te refugiaste en casa de un amigo, el escultor Don Gummer, con quien te casaste seis meses después. Hasta hoy. También eso te envidiamos, Meryl, la fantasía de un largo amor y un fuego de chimenea. Admiramos  la maleabilidad de tu yo, los personajes que incluso desde el disparate o la ambición has hecho creíbles. La Hepburn y Bette Davis te nombraron su digna sucesora. Con tu récord imbatible de nominaciones, 21, pero sobre todo con tu gracia y tu don, te has erigido en mentora de varias generaciones que han bebido de tu compromiso. Que te escuchan desde la parálisis de su botox cuando dices: “Que nadie me arrebate las arrugas de mi frente, conseguidas a través del asombro ante la belleza de la vida; O las de mi boca, que demuestran cuánto he reído y cuánto he besado; Y tampoco las bolsas de mis ojos: en ellas está el recuerdo de cuánto he llorado. Son mías y son bellas”. Marie Louise, Meryl de todas las mujeres, nos has demostrado sobradamente que la belleza se arroja desde dentro. De la cabeza.


[Publicado el 31/3/2018 a las 10:23]

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María Magdalena y el 8-M

Cuando la vida no tenía prisa nos gustaba que llegara la Semana Santa. El olor a incienso hacía más misteriosas las calles y el hojaldre que se horneaba en casa resultaba una deliciosa coartada vegetariana, els panadons, para respetar la Cuaresma absteniéndose de la carne. Nos encantaban las interminables películas que ponían en la tele cada la tarde, de Espartaco a Ben-Hur, e incluso Las sandalias del pescador. Las veíamos enteras, comiendo pipas y torrijas. Y después íbamos a probarnos el disfraz para la procesión o la Pasión, entre los nervios y la dicha. Recuerdo que siempre ansiaba el papel de María Magdalena, lo prefería mil veces al de Samaritana o Verónica. Magdalena había probado otros mundos, y por tanto se trataba del personaje femenino más interesante. De generación en generación, nadie se ha librado del peso de aquellas palabras antiguas y limpias que, se dijo, la salvaron: “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Su personaje ha dado buena tinta a la ficción. De la carta de Saramago a Nikos Kazantzakis y La última tentación de Cristo, que Scorsese convirtió en película. Sus brochazos eróticos escandali­zaron. Pero la literatura y la teología feminista iban abriendo el personaje y ­rescatándolo de su valle de lágrimas pecadoras. Gracias a Anna Caballé, descubrí recientemente a otra María Magdalena, la que describe Isabel de Villena, nacida Elionor Manuel –educada en palacio, monja clarisa y abadesa del convento de la Santísima Trinidad de Valencia–, de quien sólo se conserva su Vita Christi, una reescritura del Nuevo Testamento desde una perspectiva teológica determinada tanto por su adscripción a la regla de san Francisco como por su condición de mujer, en la que revisa varios personajes femeninos relegados a la oscuridad. Esta religiosa y escritora medieval que nadó a contracorriente no describe a María Magdalena como la exprostituta del cristianismo, sino como una joven noble huérfana, adinerada, amiga de las fiestas, sensual, “inventora de vestidos”, a quien no importaba el qué dirán: “Y como en tales casos la fama de las mujeres no puede perseverar entera, aunque las obras no sean malas, son demostraciones que dan que hablar y sospechar a los murmuradores encargados de juzgar y condenar la vida de tales personas”.

Hasta hace apenas dos años, en el 2016, la Iglesia no restituyó –por orden del papa Francisco– su figura, estableciendo la celebración de santa María Magdalena en el calendario romano. Y ahora se acaba de estrenar un biopic protagonizado por Rooney Mara, una María Magdalena que nada tiene que ver con la que nos escupió la historia, envilecida desde una tradición misógina y patriarcal. Santas, putas o malvadas, no podían ser tantas. A María Magdalena por fin le ha llegado su 8-M.

[Publicado el 29/3/2018 a las 09:20]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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