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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 26 de mayo de 2020

 Joana Bonet

La nueva rareza


Rastreo la expresión nueva normalidad que el Gobierno repite a modo de mantra, un preaviso para interiorizar que los estándares serán otros. Hay que cuestionarse cómo les fue a nuestros antepasados cuando tuvieron que enfrentarse a un novedoso sentido de lo normal. Se trata de una vieja paradoja usada como interrogante existencial tanto en periodos de duelo como en procesos de reorganización de la comunidad. El activista agrario y pensador canadiense Henry Wise Wood se preguntaba en 1917: "¿Cómo pasaremos de la guerra a la nueva normalidad con el menor fracaso y en el menor tiempo? ¿La nueva normalidad debe tener una forma diferente a la anterior?". Dos años después de las inquietudes de Wise, esa nueva normalidad imponía en EE.UU. la ley seca, gracias a la cual estallaba una burbuja de champán y charlestón, de flecos y mafiosos pegados a un habano.
 

La caída de las Torres Gemelas el 11-S dejó tan desnudo al mundo, que volvió a recurrir al anticoncepto. Lo normal no puede ser nuevo: no se regresa al mismo escenario, sino que se construye otro. Se instauraron pro­tocolos: llegar a un aeropuerto y tener que medio desvestirse convertido en potencial sospechoso. "¡Bendita seguridad!", dijeron unos, mientras otros arrugaban la nariz, recelosos ante lo que Ignatieff denominó el mal menor . El miedo se cronificó, pero sin afectar al imparable ritmo de las cadenas de producción. Producir, contaminar, competir, ambicionar... Los verbos volvieron a ser tan viejos como en tiempos de Augusto, aunque nuestro ecosistema se llenara de pantallas y nos sintiéramos más ufanos, normales, ­autónomos.

Con la crisis del 2008 de repente ­fuimos más pobres. La corrupción se había convertido en práctica conso­lidada ante nuestras pasmadas narices. La clase media se eclipsó, la preca­riedad y el malestar social se gene­­ralizaron... incluso Eurovisión dejó de ser normal. Nos acostumbramos a vivir en suspenso, a viajar como sardinas, a que la expresión lista de espera nos ­resultara sexy.

Hoy, la nueva normalidad se anuncia distante y retraída. La simpatía social será autocensurada, y los metacrilatos aislarán nuestros alientos desinfectados. "Toda la historia es la historia de luchas entre distintos sistemas inmunológicos", escribe el filósofo Peter Sloterdijk, que considera a la humanidad un agregado de organismos y no un superorganismo. Y así es: nos tomaremos la temperatura aguardando la vacuna para alterar la normalidad y, una vez inmunes, volveremos a contagiarnos de nuevas rarezas.

[Publicado el 20/5/2020 a las 08:00]

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Contengo multitudes


La adolescencia regresa a nuestras vidas, y esta vez nada tiene que ver con el descubrimiento del amor, sino con esta vida por vestir que se nos ha quedado entre las manos. Ahora no corremos contra el tiempo, y, así, podemos satisfacer aquel deseo aparcado de abrir cajas de Pandora de las que extraemos auténticos fósiles: viejas fotos con disfraces, cartas de amor que afortunadamente nunca enviamos, hasta un pedacito de cordón umbilical he encontrado. Cápsulas del pasado por descargar, e incluso por descifrar, vuelven a nosotros para recordarnos que la felicidad ocurre a deshora, en instantes inadvertidos.
 

La agenda está en blanco, acaso alguna cita virtual ahora que todos somos milénicos. No hay lugar adonde acudir que no sea nuestro interior. Días enteros encerrados en un cuarto, con la mirada empachada de plasma y bombillas. Días de flojera en las piernas, ante un proceloso mar de incógnitas que nos hace sentir náufragos. El dios Dylan va compartiendo con cuentagotas canciones que acaban de envenenar nuestra melancolía. Con su cadencia salmódica nos ofrece un tema cuyo título -tomado prestado del poema de Walt Whitman, Canto a mí mismo - no podría ser más descriptivo justo cuando el concepto de multitud queda temporalmente suspendido: I contain multitudes ("Sí, me contradigo. Y ¿qué? / Yo soy inmenso... / y contengo multitudes"). Probablemente los ­teens de hoy no lean Hojas de hierba ni celebren la orgía de aquel vitalista que se declaraba "un hijo de Manhattan, turbulento, carnal, sensual, comedor, bebedor y procreador, ni sentimental, ni superior a hombres y mujeres, ni alejado de ellos, tan modesto como inmodesto". Somos nosotros, disfrazados de adolescentes, sin horarios y en chándal, quienes queremos aprender a holgazanear a la manera de Whitman, a quien hasta le holgazaneaba el alma. Una ebriedad vital que contrasta con la crisis existencial que nos atrapa.

"¡Creatividad!" exclaman los gurús del coaching; "de esta crisis cada uno debería salir de casa con 100 ideas", animan. Nos preguntamos dónde estarán esas ideas una vez hemos perdido el control y las hipótesis no pasan aún de borradores. Pero empiezan a cotizar las nuevas propuestas para un nuevo mundo más retraído, más distante e individualizado. Habrá que seguir la receta de Stefan Zweig: inspiración, más trabajo, exaltación, más paciencia, deleite creador más tormento creador. Porque no sólo nos sacudirá la economía, también el vacío existencial si no alentamos la creación y respetamos a los creadores, estimado ministro de Cultura.

[Publicado el 13/5/2020 a las 13:46]

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Contacto sin tacto

Con toda sinceridad, el beso ­social de algunos desconocidos -e incluso conocidos- siempre nos asqueó. Tomábamos la iniciativa de estrechar la mano, a fin de evitar el roce de nuestros labios con una cara sudada o una barba tan frondosa como ajena a nuestro cariño. Y nos desa­gradaba sentir nuestra mejilla húmeda hasta el extremo de pasarnos disimuladamente el dorso de la mano, igual que hacen los niños a esa edad en que no les gusta besar ni ser be­sados. Pocas veces salíamos airosos de la tentativa, pues mientras estrujaban tu mano te estampaban los dos besos de rigor en­tendidos como puerta de acceso al otro. La gente bian aprendió enseguida a esquivar alientos, y más si el besador había ingerido un par de canapés de salmón maridados con champán -que deberían limitarse en los cócteles-. Besos al aire, falsos, aprensivos, frente a los besos de puchero, con lágrimas de alegría o de dolor.
 

Con el nuevo siglo llegó la hermandad de la sudadera y el abrazo de oso. Los torsos empezaron a juntarse, palmoteando la espalda en señal de afecto y ánimo. Se trataba de una fraternidad nacida de las culturas suburbanas que consideran al otro un hermano del barrio, expresando una intención menos social y más auténtica aunque acabe convertida en pose. En cambio, los gais fueron más traviesos, saludándose con un beso seco en los labios, todo un redoble de confianza.

La Covid-19 anuncia un tiempo en el que no sólo mediremos las distancias, sino que evitaremos tocarnos. O lo haremos con preservativo. Ya no podremos sopesar el grado de compromiso por la vehemencia del apretón de manos, ni el cariño por la intensidad del achuchón. Hacer chocar los pies o los codos se me antojan fórmulas mucho más vulgares que la leve inclinación de cabeza de nuestros antepasados, o que la mano izquierda posada sobre el corazón. La nueva sociabilidad nos causará estrés. Por un lado, se legitimarán conductas que otrora resultaban incívicas, como el negar la mano -Trump con Nancy Pelosi- o ese girar la cara mientras alguien habla -Suárez Illana con Mertxe Aizpurua-. Y, por otro, ganaremos en espacio íntimo, el que a veces nos era burlado con incomodidad: el pie del pasajero de la fila de atrás en nuestro antebrazo o el sobaco del camarero en nuestra nariz. Ariscas burbujas nos aislarán de los demás, des­plazando aquella bella idea del poeta John Donne: "Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo". Porque el dichoso virus es también una enfermedad social dispuesta, si lo permitimos, a aniquilar la baba del cariño.

 @bonetjoana  

[Publicado el 05/5/2020 a las 16:19]

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También me acuerdo

Me acuerdo de Mar, la señora de la limpieza que se parece a Annie Lennox y que cada atardecer nos vaciaba las papeleras con sus manos de pianista. 

Me acuerdo del rumor de patio de colegio que entraba por la ventana deshaciendo la mañana con carreras risueñas y chillidos de empellones. De los niños que se sientan en un banco con las manos bajo los muslos y los pies colgando.

Me acuerdo de aquella maleta gris, resumen de una vida portátil, y de la alegría al verla rodar encima de la cinta esperando mi abrazo.

Me acuerdo del arroz de los domingos, de pelearnos por los bordes socarrados, y de la palabra paloma , que es como mi madre llama al azafrán.

Me acuerdo de la prisa. De la miserable, estresante, imprescindible sensación de ir siempre corriendo. De la lucha contra el tiempo, desactivada desde que pararon todos los relojes a 65 pulsaciones por minuto.

Me acuerdo de la taquillera del teatro que sabe más que yo; del crujido de las sillas y su terciopelo rojo, de los actores saludando al final, temblando porque aún llevan el personaje dentro y parecen sonámbulos entre aplausos.

Me acuerdo de los retratos de hombres relevantes que cuelgan en todos los edificios nobles: los colegios de abogados, las bodegas de Jerez, las salas de los consejos de administración, el Ateneo... mirándonos como si fuéramos bobas mientras se acicalan el bigote.

Me acuerdo del pueblo, de la primavera húmeda, del romero y los caracoles. De las ollas de caldo a fuego lento cuyo olor unta la raíz del pelo.

Me acuerdo de las peluquerías, templos egipcios donde unas diosas te masajean el cuero cabelludo y te piden con sus labios de nata que descruces piernas y brazos.

Me acuerdo de la noche extranjera, de agitar un cóctel con cinco países sumergidos en alcohol.

Me acuerdo del vendedor que dice: "Tómate tu tiempo" y canturrea Agua de beber doblando prendas con una destreza que te devuelve la fe en el orden del mundo.

Me acuerdo de cuando presumíamos: "En esta ciudad hay cinco actos por noche". Y no íbamos a ninguno.

Me acuerdo de aquel andaluz tan listo que saludaba a las estrellas en veinte idiomas, tres más que Borges.

Me acuerdo de vuestras manos, la una grande y morena, la otra pequeña y blanca, cuyas uñas no veo crecer desde hace más de cuarenta días.

Y también me acuerdo de la última vez que no sabíamos por qué brindábamos.

@bonetjoana 

[Publicado el 28/4/2020 a las 14:22]

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Los músculos del sufrimiento

Cada día, a las ocho y diez de la tarde, al terminar los aplausos, un vecino grita: "Gobierno dimisión". Ha ido subiendo el tono de señor enfadado hasta estremecer a los niños y a los cachorros del barrio. Como tantos otros ciudadanos indignados, creerá que su petición a pecho descubierto es imprescindible. Que en pleno estado de alarma, exigir que un presidente y sus ministros se vayan a casa escaldados, resulta una idea excelente y responsable. A las nueve, en cambio, oigo sus jadeos; creo que hace pesas en su patio porque él suda por España mientras exige un gobierno de expertos, es decir, de los suyos.
 

En las bancadas del Congreso hay caras graves, aunque a algunos miembros de la oposición se les escapan muecas de cinismo. Será por inercia, algo parecido a reírse cuando alguien se cae y se rompe la crisma. Las risitas enojan tanto como la frivolidad de aquellos que se van a pasar la Semana Santa al chalet de la playa. La estética de la ética es determinada. Mucho se ha discutido acerca del necesario control al Gobierno, tanto como de la imprescindible unidad que los ciudadanos esperan de nuestros representantes. Porque nada importan las banderas cuando en esta primavera negra el mundo entero es un macrotanatorio. Teníamos tanques, sí, pero nadie pensó en la importancia de poner más camas, más UCI, más respiradores, ni siquiera mi indignado vecino.

La relevancia ha alterado el orden. Seguimos teniendo las neveras llenas gracias a los que se juegan la vida por ello. Llaman a la puerta, desde la ventana veo entrar una capucha y un anorak mojados por la lluvia. Asoma la cara de un hombre, o lo que queda de él, y deposita una bolsa en el portal. En su expresión atisbo temor y resignación. Darwin acuñó la expresión "músculos del sufrimiento" en su etología del sentimiento de pesar, y lo describía así: "Los músculos fláccidos; los párpados caídos; la cabeza cuelga sobre el pecho contraído; los labios, las mejillas y la mandíbula interior se hunden por su propio peso. En consecuencia, todos los rasgos están alargados; y del rostro de una persona que escucha malas noticias se dice que cae".

Esta crisis nos refuerza en la idea de que conformamos un gran patchwork, un tejido humano que defiende la civilización y reivindica el valor de lo público. Una sociedad que no quiere caerse, que doma los músculos del sufrimiento y siente apremio por aprender de los niños, nuestros pequeños dioses que cada día curan del coronavirus a su colección de superhéroes. Nunca había tenido tanto sentido jugar a médicos.

 

@bonetjoana 

[Publicado el 22/4/2020 a las 07:35]

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Sin ángeles


Las ciudades siguen perdidas como unos zapatos viejos sin dueño. Su horma resulta incómoda, y más en un paisaje deshumanizado. Todos los autobuses parecen nocturnos, sin un alma dentro, mientras los conductores avanzan con su bozal profiláctico hacia la nada. La sirena de las ambulancias nos conecta con el terror infantil, imaginamos un dolor intubado. En Madrid llevamos días de encierro tan sólo interrumpido gracias a la santa perra, los huevos frescos o el paracetamol. Los viandantes intercambian miradas escuetas, desoladas. Y ellas no están.
 

"A usted le gustan mucho las viejas", me dijo un día Peque, intelectualizada peluquera de 81 años que nos dobla en actividad y perspicacia a la mayoría de mortales. Acepté que desde hacía un tiempo observaba a las mujeres mayores con atención, acaso proyectándome en ellas, en la voluntad que delata su lápiz de labios y su pelo blando igual que algodón de azúcar. Me abstraigo cuando abren sus monederos, siempre tan cuidados, y extraen las monedas una a una con sus dedos huesudos, sonriéndose ante su torpeza, y atiendo a su hablar despacioso al dar los buenos días o al despedirse. Pero, sobre todo, me admira su condición de abuelas, ese oficio impagable que se sustenta en la ternura y el reconocimiento medio mágico del vínculo entre los eslabones de una cadena.

"Sí, al principio son invisibles. Pasan a tu lado como sombras, picotean el aire, caminan con trote corto, arrastran los pies por el asfalto, se mueven con pasitos de ratón, empujan carritos..." escribe la imprescindible Dubravka Ugresic en Baba Yaga puso un huevo (Impedimenta), un retrato de esas ancianas que se "arrastran por el mundo como un ejército de ángeles envejecidos". Recuerdo a mis queridas viejas, esas señoras que salían a la calle con esmero, habiendo aceptado la soledad de sus días de descafeinado con leche, los cajones con prendas que ya nunca se pondrán, y que ahora viven en una clausura plena de amenaza. En España, el 70% de los afectados por el coronavirus tiene más de 60 años.

¿Qué será de ellas, tan enteras, valiosas, repartidoras de afectos y zurcidoras de malos roces? ¿Y qué será de nuestro país sin sus mayores? Su valor social nunca ha sido debidamente reconocido, aun siendo manantiales de saber y empatía, también de experiencia que, como señaló Jean-Paul Sartre, "es mucho más que una defensa contra la muerte; es un derecho: el derecho de los ancianos". Las escenas dantescas que se viven en las residencias geriátricas son la imagen descarnada de un sistema disfuncional que ha abandonado a sus ángeles.

 

@bonetjoana 

[Publicado el 15/4/2020 a las 11:01]

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¡Ay nostálgia!


Cuántas veces te dijiste: qué dichosa sería si tuviese una llanura de tiempo para demorarme y explorar viejos papeles, ordenar libros, y eso significa detenerse en algunos, saboreando su hallazgo, quitándoles el polvo con una gamuza como de pequeña hacías con los vinilos. Ser una coleccionista de horas. Colorearlas lentamente, casi con lujuria, sabiendo que tienes un saco lleno. Pero el tiempo se ha roto, y cada día podría llamarse igual. Ha entrado la primavera por el balcón y los verdes intensos de los árboles empiezan a doler. Nuestro florecimiento, con suerte, llegará con las rosas de mayo.
 
Los días tienen picos de ansiedad. Te duchas y te vistes, quizás sea ese uno de los momentos más simbólicos del día. Te calzas unos zapatos, aunque por casa siempre anduviste con calcetines, no sea que se te vaya a olvidar su sujeción. Te alimentas de noticias, trabajas a ratos, vuelves a conectar con la pantalla, la gran ventana. El aire parece contagiado y aspiras su dolor, también una corriente de afecto que te nubla, como cuando a veces te quedas medio hipnotizada al escurrirse el agua por el desagüe formando círculos frenéticos. Ayer salí a pasear el perro a las ocho de la tarde. "Resistiré", bramaban los bloques de pisos de Prosperidad. En cada manzana el presidente de la comunidad ejercía de dj: Paloma San Basilio cantando Juntos , Y viva España de Manolo Escobar y Mi gran noche con Raphael exudando una alegría irreal en su estribillo.


Salta la alarma de la agenda, invalidada por completo: tenía un vuelo a las seis de la tarde, un vuelo gozoso con olor a perfume de vainilla. Pienso en cuántas parejas y familias habrá separado el confinamiento, haciéndoles sentir esa angustia rabiosa que provoca la pérdida del control. Cómo podías imaginar que llegarías a sentir el sabor terroso de la ausencia, incluso de los que viven a cuatro pasos. Pero el lamento es peor que un trapo de cocina, que al menos sirve para cumplir con la decencia. WhatsApp ejerce de latido histérico, marca los minutos con nuevas de un lado y de otro. Hasta me trae en delivery el pregón del alguacil de l'Albi, el pueblo de mi padre: "Quienes vayáis a comprar a las tiendas del pueblo tenéis que hablar lo mínimo. No hace falta que digáis ‘bon dia', ‘adeu', ni si hace frío o calor, eso no interesa a nadie. Lo único que interesa es que pase esta mierda lo más rápido posible. Y la única manera es haciendo bien las cosas". La civilización no ha desaparecido, sigue custodiada en los pueblos de piedra con campanario.

 

@bonetjoana 

[Publicado el 08/4/2020 a las 07:26]

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Madrid, zona cero


El asfalto es más gris que nunca y transmite toda su dureza vaciado de vida. De repente, las ciudades se han convertido en un bodegón mudo, sin ambiciones, sin uso. Como el plato con la manzana a medio mondar, delante del pintor que atrapa un trozo de realidad y la paraliza con sus pinceles. Venecia sin góndolas; el Rastro madrileño libre de regateos; Times Square, sin olor a grasa requemada; la Rambla de Barcelona, inmaculada.

Al barrio aún no han llegado los militares, que en lugar de fusil deberían llevar una flor en el pecho. En la radio y la tele, la publicidad suena anacrónica: el mundo está en pausa, en una derivada de aquel arresto domiciliario que siempre nos sonaba a chollo cuando lo oíamos sobre algún infractor. Queremos entender la situación pero ignoramos cómo. ¿Cómo puede ser capaz un murciélago de derrotar al mundo? ¿Cómo es posible que nadie la previera, a pesar de la tragedia en China? "El virus de Wuhan", le ha llamado Mike Pompeo, secretario de Estado de Trump, buscando culpables, y a la vez entorpeciendo la única salida posible: la unidad global. Porque estamos ante una guerra silenciosa, sin morteros ni tanques. También sin líderes al frente. En su lugar, un balbuceo disonante de políticos que han mantenido posiciones encontradas ante la amenaza, lloriqueando por lo suyo, excepto Angela Merkel, que afirmó presta y sin eufemismos que entre el 60% y el 70% de la población alemana se contagiaría, dispuesta a abandonar el déficit cero a fin de paliar el impacto del coronavirus.
En la calle, todos somos parados que vamos a comprar el pan para regresar corriendo al refugio. Hay más hombres que mujeres; llevan una bolsa vacía bajo el brazo. La dependienta de una sucursal bancaria ha salido a fumar. Los estancos permanecen abiertos, el tabaco vuelve. Nos sonreímos, decimos: "Días difíciles" con un hueso de aceituna atascado en la garganta. Los perros apenas se saludan, olisquean la huella del pastor alemán del vecino, pero ya no se demoran, al trote como sus dueños que han dejado de pasear.

Empiezan a entrar mensajes que traen un aire de Navidad anticipada. Buscamos un árbol imaginario para agarrarnos a él y creer. En sus Despachos de guerra (Anagrama), el periodista Michael Herr -fue guionista de Apocalypse now - cuenta que la fe, incluso la amarga, siempre aparecía en las trincheras. "Como la del marine negro del que contaron que durante un intenso bombardeo, en Con Thien, dijo: "No os preocupéis, muchachos, Dios ya pensará algo". Pero mientras tanto, pensemos también nosotros, repensemos nuestro mundo.

 @bonetjoana

 

 

[Publicado el 04/4/2020 a las 17:43]

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Sin el dolor no habríamos amado (Día 20)


Hacer cada día la cama. Fregar como nunca antes lo habías hecho. Tomarle la medida al polvo, que ejerce de notario del tiempo a través de esas partículas que se depositan sobre los muebles, arrastradas por las brisas y desintegradas por la luz del sol. Sentir que ordenar y abrillantar el espacio que te rodea supone ganarte el pan de cada día. Limpiar, además, la escoba, la fregona, las bayetas, desinfectar lo que arranca la suciedad. Tal es nuestra pequeña hazaña diaria: agarrar el estropajo como una manera de ordenar el caos, de ponerle marco a la incertidumbre, de rezar por los que mueren mientras desincrustamos la mierda.

Hoy no cotizan la lágrimas. Nos empequeñecemos al no ser capaces de comprender esas muertes sin contabilidad. ¿Qué ha sido de nuestro sistema sanitario de excelencia si los profesionales apenas pueden protegerse ellos mismos? ¿Y del control médico si no se puede diagnosticar a quien está infectado? Bien sabemos que no somos China ni Corea, y que los latinos tenemos fama de que se nos cae el tejado de casa encima. Se augura una vasta llanura de tiempo hasta alcanzar el dominio del virus. Aunque largo, se trata de un estado provisional, nos decimos, arrepintiéndonos de haber pensado algún día (pre-virus) que nuestra vida se hallaba en un impasse cuando en realidad desbordaba plenitud.

Han regresado las fronteras, y las fantasías de ponerle puertas al campo se han materializado. Cuando vemos películas y series, nos golpea el deseo de salir al ver a gente viajando, arrastrando una maleta, mirando por la ventanilla. La idea de viaje empieza a espesarse; recordamos el último, casi un milagro, pero a la vez rompemos las cadenas de un estilo de vida enfermo, agitado, que apenas nos permitía un instante de tedio para ver llover.

El clima también se desploma. Anoche granizaba, y el haz de luz de la farola convertía la lluvia de hielo en una ilusión infantil: chispas nevadas y cálidas revoloteando sobre sí mismas. La belleza no se ha ido. Estamos obligados a ejercitar el ojo, a hacer flexiones con la mirada para atraparla. Lo cotidiano nos absorbe, la casa, nido, refugio, casillero del ser, nos desafía. Dicen que los poemas no se terminan, se abandonan, y yo me abandono lentamente entre las páginas de la última antología de Joan Margarit "Sin el dolor no habríamos amado", recién salido de la imprenta de Chus Visor. Sus versos tienen algo de mantra y chimenea: "Los periódicos, sobre una butaca/ son como un animal de compañía/ que yace, indiferente, dormitando./ La soledad no conmemora nada./Es una geografía".
 
@bonetjoana 

[Publicado el 02/4/2020 a las 11:22]

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Llave maestra

Has aguantado correctamente la cena de trabajo ; qué combinación tan odiosa la de beber vino haciendo deberes. Desde que ya tienes un pasado, decidiste declinar amablemente las invitaciones a degustar un menú vespertino como acto de servicio laboral, aunque de vez en cuando se cuela alguna si estás fuera de casa y la rutina no te recoge con sus hábitos cada vez más acolchados.

Es tarde y en tu interior ha ido creciendo un fuego, una indignación secreta que no va contra nadie. Tan sólo son las circunstancias. Sientes que te han arrebatado tu tiempo propio, esas últimas horas lánguidas, cada vez más imprescindibles para descargar los datos del día, o lo que es mejor, recrearse con las novelas de Delphine de Vigan o Julian Barnes:Las lealtades y La única historia , dos delicias publicadas por Anagrama, que estos días ha estado de aniversario y a muchos nos ha hecho recordar de qué manera fuimos desvirgados por su colección amarilla y ese je ne sais quoi herraldiano.
El caso es que llegas a la puerta de la habitación de hotel deseando desplomarte sobre el lecho accidental, arre pintiéndote de haber prostituido tus horas mezclando el consomé con detestables Excels, y la tarjeta magnética no abre. El piloto rojo insiste en su negativa. El cansancio no pesa, tumba. Por un momento te ves incapaz de bajar a la recepción y pedir una nueva llave. Tanto es así que recibes un rapto de nostalgia táctil: no hay nada más tranquilizador que sentir las llaves de casa en el fondo del bolso, tintineando con su promesa de felicidad, que por un momento te recuerda a las burbujas del champán.
Hemos intentado reducir el tamaño de nuestros enseres domésticos, y también hemos querido reemplazar virtualmente los cinco sentidos. Pero el tacto, menos exaltado hoy que la vista, el gusto o el olfato, procura un sentido de la experiencia más preciso y reconfortante que cualquiera de ellos. Descartes aseguraba que es el menos engañoso y, por tanto, el más seguro de los sentidos: "Lo que no se no toca no se ve".

Más fiables que las tarjetas magnéticas, las llaves metálicas pesan, abultan y se pierden. ¿Y qué? La resistencia a lo físico y tangible, reemplazado por lo inmaterial, ha modificado aparentemente nuestros hábitos. Comprobamos la carga del móvil en vez de hablar por él, fotografiamos lo que vemos en lugar de vivirlo, observamos constantemente la pantalla como si de ella fuera a surgir el Santo Grial. Pero los gurús que nos condujeron a la vida virtual de la hiperconectividad y la inmediatez anuncian ahora la emergencia de una era posdi gital en el 2020, cuando las llaves magnéticas nos vuelvan a fallar a esa hora en que o se abre la puerta o la derrumbas.

[Publicado el 09/10/2019 a las 14:33]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta", "Generación paréntesis" y "Fabulosas y rebeldes". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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