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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 22 de febrero de 2019

 Blog de Joana Bonet

Cerrado por paternidad

"Me cogeré unos días”, se respondía hace apenas año y medio cuando a los señores importantes, como el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, les nacía un hijo y renunciaban “generosamente” a su permiso de un mes en aras de la responsabilidad de gobernar. También ocurría con las políticas madres: Soraya Sáenz de Santamaría o Susana Díaz no consumieron sus bajas ni las juntaron con los días de vacaciones para alargar el apego y procurar el anclaje a la nueva vida. Así nos habían pintado el panorama, hasta el extremo de convertir en inmoral lo esencial, porque todos sabemos que se puede cambiar de todo en la vida, de casa, chaqueta, pareja, trabajo, sexo, nombre, pero nadie puede cambiar de hijos, un vínculo eterno. En nuestra sociedad patriarcal, el machismo relegó al padre al papel de abastecedor, expulsándolo del núcleo familiar, mientras que afecto e intimidad correspondían a las mujeres.

El feminismo y el progreso favorecieron la construcción de un nuevo modelo paternal en el que ambos progenitores tenían los mismos derechos y responsabilidades. Y por ellos han luchado a brazo partido, también para ser equiparados en sus diferentes precipicios cuando se rompe la unión (y pienso tanto en las mujeres que en los años sesenta perdían la custodia por ser infieles como en los padres de los noventa que, tras separarse, debían cruzar el infierno). En el 2003 escribí un libro sobre la transformación de la masculinidad a partir de 1.300 diarios de hombres contemporáneos. “No tendrá éxito porque aquí apenas ha cambiado nada”, me auguraron mis mejores amigos con acierto. Entonces, la custodia compartida era una rareza, y me impactaron los testimonios de padres divorciados que tan sólo podían ver a sus hijos cada quince días. Hoy sabemos que cualquier política de igualdad cojea si no otorga los mismos derechos y obligaciones a los padres, pues la coeducación es un principio vital para conciliar en familia.

En nuestra cultura medida por las urgencias y los personalismos, parece inaudito que el líder de Podemos, Pablo Iglesias, cumpla su baja paternal mientras ruge la marabunta, se convocan elecciones y se acusan en sus filas las fugas de talento. Acostumbrados a anteponer el mandato a la vida, algunos se hacen el harakiri en las tertulias; que salga volando Iglesias del pequeño mundo de la estimulación sensorial, la ternura y los cólicos del lactante para preparar la campaña. Y que Montero vuelva a casa a hacer las papillas. Dar un paso atrás de la primera fila para ejercer la paternidad activa y responsable, ¿es esa una forma de hiperliderazgo? Ojalá muchos de nuestros dirigentes interrumpieran sus rutinas profesionales al ser padres, sería un buen indicador de una sociedad menos miserable.

[Publicado el 20/2/2019 a las 09:34]

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Pedro y el presidente

Hay un matiz sustancial que el presidente Sánchez ha repetido durante sus ocho meses monclovitas y que radica en su desdoblamiento. No es lo mismo hablar en tanto que jefe de Gobierno que hacerlo como Pedro Sánchez (en la web, Pdro Snchz), así lo han aclarado él y sus portavoces con naturalidad: una cosa es el mandatario y otra es el hombre que fue. Resulta una forma gráfica de ejemplificar de qué manera el individuo piensa en rojo, mientras la máxima autoridad piensa en azul aunque se trate de la misma persona. Aquello que anhelaba como ciudadano –y hasta como jefe de la oposición– se desbarata nada más pisar la moqueta de palacio, demostrando que hay que saber vestir el uniforme profesional aun a costa de acallar el yo íntimo e ideológico, y constatando una vez más la brecha entre deseo y realidad.

Pepa Bueno, tras el anuncio de elecciones generales, recordaba en su radio que el presidente Sánchez nos ha acostumbrado al cambio de opiniones, excepto en su plan de retirada si no conseguía aprobar los presupuestos. Y estos fueron tumbados, a pesar de haber logrado cuadrar en un Excel el remiendo de unas cuantas costuras del Estado de malestar social. Probablemente muchos de los que estaban en el Congreso hubieran votado sí desde su yo personal, pero la estrategia de partido les imponía el no.

La comunicación política bien podría concurrir hoy a la categoría de mejor guion en unos premios de cine, veamos si no la pirotecnia de los voxeros para salir en la foto de la mani, la incomodidad postural de Ciudadanos a su lado o el “Adiós, Sánchez” –el felón– recién estrenado por el PP. Y ese Pablo Casado bordando el papel del niño de derechas que resucita a la España de los balcones –una imagen de No-Do, peineta y cascabel– podría optar a actor revelación. Los insultos y desprecios que emplea el líder del PP tan sólo encienden a los suyos, devastados por la insaciable corrupción, manchados de tanto “paquí, pallá, cada día te quiero más, paquí, paquí...”. Casado ha construido su personaje gracias a sucios monólogos de derribo siguiendo la estela de Trump, quien ha demostrado de sobra que, cuanto más histriónico y transgresor se muestra, más cala su mensaje por muchas fake news que engendre. En su caso, hacer sentir a los votantes que es el mismo como persona y líder, aunque la Cámara de Representantes de Estados Unidos lo desautorice con sensatez. La espectacularización de la política ha venido para quedarse. Ya lo advirtió sir Lawrence Olivier, igual de shakespeariano sobre las tablas que en la gran pantalla: “¿Qué es en el fondo actuar, sino mentir? ¿Y qué es actuar bien, sino mentir convenciendo?”. La historia del cine está saciada de historias de actores que, tras imbuirse en sus papeles, acabaron pagando onerosas facturas. Cuán benéfico, y económico, resultaría que nuestros representantes salieran de sus papeles y recordaran que la honestidad también va en el sueldo.

[Publicado el 18/2/2019 a las 10:42]

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Atrapatiempos

Al día hay que entrarle con ganas, como si fueras a pescar una gran merluza en lugar de un chipirón, y por ello las televisiones saludan al espectador aún bajo de cortisol y le anuncian su ración de apocalipsis diario. Se me quedaron grabadas las palabras de un artista que aconsejaba dedicarse a una tarea delicada nada más despertar, fuera escuchar a Bach o mirar el cielo, y ponía a modo de mal ejemplo al cocinero que, cuando entra en la cocina, lo primero que hace es fregar platos en lugar de soñar sabores. Teles y radios vacían a la vez cuarenta mil lavavajillas, apilan la loza y trajinan los cubiertos con la misma inclemencia del afilador de cuchillos sabatino. El ruido nacional vende.

La mañana quiere hacerse la interesante con sus hombres y mujeres del día, con la gran noticia que se repetirá cientos de veces y a la que seguiremos atendiendo por si añade algo nuevo, aunque al atardecer ya será puro desecho. Pasadas las diez hay que alternar la política con la actualidad del suceso, pinchar el hígado, indignar hasta aterrorizar. Muertos lentos o rápidos, da igual, algunos son más mediáticos que otros, más vulnerables o más insólitos. Ocurre que la información espectáculo tiene sus picos de mayor consumo, igual que el marisco, sobre todo cuando su fin consiste en untarnos el paladar con palabras que provocarán indigestiones por su alta toxicidad. Se engorda el morbo y se amplía la nada informativa, igual que los chicles que han perdido el sabor pero se siguen masticando. Los cotilleos entran como un tiro a la hora del aperitivo, de la misma forma que el exceso, sea violento o porno, se reserva para la noche. Series y documentales están escritos para la sobremesa, calculando incluso su efecto de mecedora.

¿Cuántas generaciones comimos y cenamos con las noticias a tutiplén? Sí, ante las imágenes de hambrunas africanas, políticos feísimos o camiones volcados. Muchos españoles siguen rigiéndose por el horario de los telediarios, una tradición que perpetúa estupendos almuerzos a las tres, hora en que nuestros vecinos europeos empiezan a recoger el lápiz. Antes, los programas de humor rayaban la medianoche, mientras que en la actualidad han avanzado el reloj para contribuir a la laxitud. Aunque vivamos esclavizados por franjas horarias, cerramos los ojos ante su impacto. Cuesta entender que los días son como frutos –sostenía Bergson– para ser comidos a nuestro antojo. Dicen que a lo largo de nuestra vida dormimos de media unos 25 años, y quienes trabajamos en oficinas pasamos cinco años sentados ¡y otros dos en reuniones! Pero nuestra relación con el tiempo sigue siendo un combate de horas que faltan. Tanto es así, que una de las fantasías más universales sigue siendo la de conseguir un tiempo sabático a medida que van quedando menos telediarios.

[Publicado el 13/2/2019 a las 18:29]

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Españoles de bien

En apenas dieciséis días los taxistas de Madrid han mudado la piel. Compungidos, todavía se quitan el fango que les ha llegado hasta el cuello, no esconden su abatimiento e incluso su vergüenza. Sus coches se han convertido en auténticos gabinetes psicológicos a pesar de los respaldos de las bolitas de madera. No hay fotos de Freud, aún conservan las estampas de santos y los corazones con foto, puede que pronto cuelguen la del Che. De su asociación libre de ideas enseguida se advierte que el mundo en el que creían hasta ahora se ha desmoronado. De llenarse la boca como votantes peperos, hoy declaran su simpatía por Podemos. “No todos son perroflautas. Hay gente muy preparada, aunque les han creado mala fama, igual que a nosotros”, afirma Julián, 42 años, exdeli­neante. “Este no es el trabajo de mi vida, pero, al caer la construcción, acabé en el taxi, lo mismo que mi padre”.

Una doble ración de hielo se sentía en el asiento de atrás el pasado martes, cuando la flota blanca y roja empezó a rodar por la Castellana tras su plante mayor. Se trataba de una tensión parecida a la de los ex que se encuentran de nuevo; y, albricias, los diales de sus radios habían girado. “No volveré a escuchar la Cope, ni Onda Cero”, me dijo Raúl. También ha entrado en su rutina un nuevo surtido de ambientadores comprados en familia durante la huelga. Que no sea por perfume ni por agua, como la botellita que me ofreció un conductor hundido: “Me siento engañado por los de toda la vida, siempre pensando que nos representaban, y qué va; sólo les interesa lo suyo: su dinero, su poder”.

El prototipo del taxista español representó gráficamente la expresión que tanto engola al moralista Pablo Casado, “españoles de bien”, aparentemente inocente pero que obliga a preguntarse: “¿Seré yo un español de mal?”. Antiguamente, la fórmula “buen hombre” en lugar de ser un anticipo a cuenta de la bondad ajena marcaba un tratamiento despectivo equivalente a “pobre diablo”. Bien se quejó Don Quijote cuando un sirviente le llamó así: “¿Úsase en esta tierra hablar desa suerte a los caballeros andantes, majadero?”.

Hay en la derrota de los taxistas un sentimiento de impotencia, el de no encontrar la manera de comunicar su desdicha: la de un futuro con carreras que valen 15 euros cobradas por los VTC a 45 en los picos de mayor demanda. La liberalización del sector implica estos excesos. Hay quienes esgrimen la competencia perfecta o el estatus que brindan los chóferes con coche oscuro y cristales tintados, olvidando que muchos son aprendices explotados y que su crecimiento debería estar firmemente regulado, al menos como el del uso del patinete.

La humillación sufrida por los taxistas madrileños, otrora españoles de bien, ha tenido un impacto brutal en su identidad y, sin apenas transición, el Me va... de Julio Iglesias ha dado paso al Clandestino de Manu Chao cuando la noche cae sobre el retrovisor.

[Publicado el 11/2/2019 a las 15:00]

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No todos los hombres

Aquella mañana, la becaria que cada día llegaba la primera y se preparaba una infusión de jengibre no acudió al trabajo. No había avisado. Un lapsus, nos dijimos, porque sólo con los propios hijos se disparan los temores más sombríos. Pasado el mediodía, la veinteañera entró temblando en la redacción. Sollozaba; se retorcía con náuseas. Y nos contó lo que había ocurrido en el metro: “Un hombre se me restregó por detrás, con todo el cuerpo. A lo bestia. Empecé a decirle que parase, le llamé cerdo. Al principio no me hacía caso, se reía… hasta que un policía de paisano avisó a sus colegas vigilantes y lo detuvieron. Tenía antecedentes”.

Tocar un culo ajeno, por morbo o por un deseo incontrolado, siempre ha salido muy barato en estos lares. Una palmada en las posaderas, ese gesto rotundo y acaparador, un envalentonamiento que no entiende de respeto ni de libertad. Recuerdo un viaje de fin de curso y una discoteca, Granada 10; sentí aquella mano en la nalga con todo su ardor, su dueño también sintió la mía, en su mejilla. Puro instinto de protección.

Lisa no pudo defenderse, ayudaba en casa, era extremadamente tímida, apenas había cumplidos los veinte. Una mañana salió a comprar y no regresó. Me llamaron por la tarde. Había sido retenida por dos hombres en una caseta de obra del barrio. La desnudaron y le pasaron un cigarrillo encendido por los pechos. Mientras esperaba al Samur en su domicilio, un zulo compartido por doce personas, vi a la muchacha transformarse en un ovillo de dolor. Me confesó que se sentía sucia, dejó el trabajo, recibió atención.

Estos días, con los testimonios de casi mil madrileñas, la oenegé Plan International ha trazado el mapa del acoso en la ciudad. Las más jóvenes confiesan padecerlo a diario. Y ojalá tan sólo fueran piropos trasnochados. Una estudiante de bachiller llegó a grabar al individuo que la seguía por la calle masturbándose. También él era reincidente. ¿Por qué padecemos tan pronunciado déficit de educación sexual? Se dice esa cosa tan zafia de que ellos “piensan con el pito”, como si en lugar de materia gris sólo tuvieran testosterona en el cerebro. Instintos sacudidos y raciocinio mermado a modo de atenuantes de una consciente voluntad de dominio, un desprecio a los derechos ajenos.

Pero hay un dato muy relevante que a menudo se ignora en la generalización del delito sexual. No son todos los hombres quienes aterrorizan y vejan a las mujeres. La cuenta es fácil: en España viven casi 23 millones de varones, y el Registro Central de Delincuentes Sexuales contabiliza algo más de 45.000 condenados en firme. Bien, no todo se denuncia, pero quienes no han avasallado a una mujer representan la gran mayoría. Y no tendría que pasar desapercibida su voz: hombres que se relacionan como iguales; ni delante ni detrás, sino a nuestro lado (y no por ello dejan de ser galantes). Su manera de vivir la masculinidad debería de ser espejo para quienes la han deformado.

[Publicado el 04/2/2019 a las 13:20]

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Un caco en mi Visa

Ninguna esquina resulta hostil para ponerse a escribir cuando el trabajo y las cosas de la vida se enredan. Hubo un tiempo en que imaginaba que los lectores perspicaces adivinarían el lugar desde donde mandaba el artículo, fuera una peluquería, mecida por el ronroneo de los secadores que me procuraba unas traicioneras cabezadas sobre el teclado, o acuclillada en un baño del aeropuerto, tratando de reanimar el ordenador a la desesperada. En verdad no se escribe lo mismo desde República Dominicana que desde la comisaría de Manuel Becerra, donde me hallo en este instante, apretujada en una minisala de espera porque me han planchado la tarjeta Visa en Texas, un estado que no tengo el gusto de haber pisado. Voy a denunciar un fraude sin rostro cometido a miles de kilómetros y de forma sigilosa; nunca pensé que me pudieran robar desde Austin o Houston, como nadie sospecha que las columnas que lee han sido escritas en la consulta del dentista.

El policía está acostumbrado a la cantinela, y se horroriza de que haya comprado por internet dando el número de la tarjeta de crédito. “¡Ay señora!”, me dice en pedagógica regañina, y en un pispás me da una clase de tarjetas seguras. Ni se inmuta por lo de Austin, Texas, ni por los recibos del Whataburguer o el Holiday Inn de dos mil eurazos. Pregunta y va tecleando párrafos, y advierto que hay policías que escriben mucho, cronistas diarios de los descosidos humanos que hoy han convertido el crimen en un simple y aséptico clic. Allá en los ochenta, cuando la tarjeta de crédito apareció como un hada madrina, los cacos más perezosos descubrieron que podían robar en pijama. Y hoy, con el auge de los smartphones y el boom del comercio digital, reviven su momento de esplendor. Miles de millones de euros invisibles cambian de dueño sin hacer ruido, sin violencia ni sangre, y las aseguradoras deben de dar la cara a fin de mantener el negocio.

Existe un término entre los que nos taladran a diario poderosamente onomatopéyico: check. Parece una palabra-pellizco que nos insta a chequear todos nuestros movimientos a través de la pantalla, dando fe de la porosidad del online. También alerta de una nueva cultura que nos obliga a ser malfiados y escrupulosos. La vida desde la sospecha es ruin. Impide fluir en la confianza, un estado más amable y creativo. Huimos del bloqueo personal pero tenemos que bloquear todos nuestros dispositivos para evitar los estragos de aquello que tenía que facilitarnos las cosas. Que la tecnología no nos utilice, sino nosotros a ella, se decía hace un tiempo. Y mira por donde, un caco texano se ha zampado una hamburguesa y ha pernoctado en un Holiday Inn a mi salud, afortunadamente sin tenerle que ver la cara. Esto también es progreso.

[Publicado el 30/1/2019 a las 12:47]

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Periodistas sin chaleco amarillo

Por qué los periodistas no nos pusimos un chaleco amarillo cuando empezó a caer el precio de la noticia? Ya sé que no es lo mismo un titular a cuatro columnas que un litro de carburante. Que es más barato un ordenador que una licencia de taxi. Y que la gente se ha acostumbrado a deglutir contenidos de balde y, en cambio, dile tú a un taxista que no le pagas la carrera. “Cualquiera puede resumir tu artículo y publicarlo gratis. El lector puede preguntarse: ¿por qué iba a pagar por ­todo ese esfuerzo periodístico si puedo conseguirlo gratis en otro sitio?”. Son palabras de Jeff Bezos después de adquirir The Washington Post con el dinero acumulado por su gigante Amazon. Pero ¿acaso no actuaba como un romántico, con la nostalgia del genio de la red que añora la tinta? (Por cierto, desde que se hizo cargo de él, no se publican los resultados económicos del Post).

¿Fuimos ingenuos o incompetentes el día en que nuestra profesión se achantó ante el denominado “cambio de paradigma”? Hubo algunas huelgas, pero acabaron en resignación. Llámenle pudor intelectual, débil corporativismo, exceso de egos o de fatalismo, el caso es que ni un chaleco nos pusimos frente a la llegada de la competencia digital y el imparable furor de blogueros e influencers de éxito –a pesar de que algunos escriben igual que hablan–. Hubo infinidad de réquiems, algunos muy bien escritos, otros cansinos, aunque todo quedó en un debate con PowerPoints. “La prensa será la alta costura, internet el prêt-à-porter” le escuché a un gurú en la materia. Casi nadie advirtió a los lectores de la trampa de esa nueva vía: los contenidos serían pagados. O falsos. Y los productos comerciales se instalarían entre las noticias, manchando la lectura. Disrupción le llamamos; todo lo contrario que el verdadero periodismo, que es concentración frente a todas las distracciones como afirma Jesús Ruiz Mantilla en El lin­chamiento digital (Basilio Baltasar, ed.), JDBbooks.

No tuvimos el arrojo de adelantarnos a los modernos sans-culottes vistiendo una prenda que se asocia con la emergencia y saliendo a la calle. Y hoy, nuestro sector es de los más castigados. El 70% de los periodistas –que aún no se han reciclado en ordeñadores de vacas en los Pirineos o enseñadores de pisos tras de los sucesivos ERE en los grupos editores– asegura que las condiciones laborales en España no hacen sino empeorar. La remuneración más habitual se halla entre los 1.000 y 1.500 euros, pero casi una cuarta parte de los colaboradores freelance no llega a los 600 al mes. La palabra escrita cotiza a la baja en un país donde hay más escritores que lectores.

Los taxistas han paralizado las ciudades como nunca lograrían los finos plumillas y gráficos si se declararan en huelga infinita. Se ensañan en contra de los estragos de la uberización de la economía, no quieren ser expulsados de su ­casillero. Pero no nos engañemos ni hagamos más el ridículo: la robótica anuncia taxis sin conductor al volante, igual que información sin periodistas, sólo ­replicantes.

[Publicado el 28/1/2019 a las 14:56]

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La era del pulgar

Nunca había gozado de tanto protagonismo el dedo más robusto de la mano, desplazando la hegemonía de nuestro índice derecho, profético, indicador y espeleólogo a partes iguales. En menos de un lustro, el pulgar se ha convertido en el miembro más hiperactivo de los cinco, la llave para acceder a nuestro propio te­léfono inteligente e incluso franquear la habitación de un hotel domótico. Su superficie, más ancha, regordeta y almohadillada, descansa sobre las pantallas, pasando páginas inmateriales – sweeping, dicen los anglosajones– en una secuencia infinita que a mí, no sé por qué, me recuerda a los canales televisivos de economía que proyectan en bucle los valores de las bolsas mundiales. Basta un suave desplazamiento, un rozar el cristal, para que se nos abran ventanas del mundo o, todo lo contrario, blindarnos tras la muralla digital. También para teclear con nervio de taquígrafo, alternando los dos pulgares, a fin de seguir conectados a algún tipo de red, sea real o ficticia, humana o robótica.

A la gente poco afortunada con el lenguaje verbal, como Cristiano Ronaldo, les basta con levantar el pulgar para transmitir su estado de ánimo en el paseíllo al juzgado, aunque difícilmente alguien pueda sentirse OK ante un interrogatorio. El pulgar enhiesto siempre ha sido un espejismo, una chulería optimista. En el circo romano significaba muerte, pero Hollywood traicionaría la factualidad histórica a fin de no liar a los espectadores estadounidenses, para quienes el gesto implicaba venirse arriba y no reunir sangre y arena.

Hoy, tanto el OK como el emoji del dedo gordo tienen gran tirón. Son alegres y eficaces, aunque se carguen cientos de matices, porque nadie se siente todo el día con el dedo levantado.

Pero, ay del pulgar de carne y hueso, que ha adquirido un papel protagonista gracias a la tecnología háptica –la ciencia del tacto– y que, de tanto articular, se nos va descoyuntado. Se llama rizartrosis, hasta ahora solían padecerla las mujeres de más de 65 años, y era habitual entre camareros, limpiadoras, albañiles, peluqueras, pianistas, dentistas, amas de casa o escritores. Todos hacen pinza con el dedo, sea por culpa de Mozart, por sostener una bandeja o planchar. A ellos son susceptibles de sumarse quienes mandan esos 38 millones de watsaps lanzados al minuto. Fantaseo con el ingeniero con férula, el pulgar machacado de tanto mensajito, que inventó los mensajes de voz a fin de no desgastar más la musculatura.

Pero aún y así, el trepidante ritmo del mensajeo ha provocado una doble realidad: los pulgares nunca habían estado tan abatidos en la vida cotidiana mientras que en la virtual se multiplican animosos y triunfantes, negando la evidencia de una sociedad, artrósica precoz, que ­olvida sus propios dedos con tanta euforia digital.

[Publicado el 24/1/2019 a las 00:47]

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La mitad de la vida

Qué fácil parecía poder regresar a las ciudades que pisábamos por primera vez! Nos decíamos: “Volveré”, extrañándolas antes de tiempo, maquinando completar los itinerarios que nos habían quedado a medias. El tiempo era entonces una larga goma extensible, y se nos antojaba que cabían muchas vidas dentro de la nuestra, recién pintada, aún con olor a aguarrás. No queríamos perdernos nada. De aquel tiempo sólo recordamos lo bueno, pero también padecíamos, estremecidos por la soledad que implicaba tener mucho futuro por delante y poco pasado que nos apuntalara.

Ahora que ya no somos los más jóvenes en las reuniones añoramos el sudor de manos antes de intervenir, sospechando que los veteranos nos consideraban unos perfectos idiotas. Cuán equivocados estábamos, pero no lo supimos hasta mucho después, cuando conseguimos las contraseñas contra la inseguridad o el arrepentimiento.

Vida come vida, hay que seguir adelante con más fantasías que realidades. Por ello, los jóvenes llenan las horas de acti­vidades mientras piensan quiénes van a ser o, mejor dicho, qué van a hacer. No les duelen los huesos, ni apenas tienen muertos, quieren acaparar la atención del mundo como sea. En mi caso, recuerdo que me compré en Nueva York una cazadora de cuero negro con el aplique cosido de un esqueleto blanco que refulgía en la oscuridad; hasta este extremo llegué, la mar de feliz dentro del avión.

En la mitad de la vida, ya sabemos lo que no podremos ser y debería dejar de importarnos. Los días se acortan, pero aun así es posible hallar un sentimiento confortable a pesar de que todo se repita, de que sea más difícil el sobresalto. Hemos remendado un hatillo con nuestra insatisfacción, que calmamos extendiendo nuevos deseos. En En la mitad de la vida (Libros del Asteroide), de Kieran Setiya –un curioso ensayo sobre la irreversibilidad del tiempo con toques de autoayuda–, se analiza la mirada hacia lo no conseguido, las aspiraciones malogradas. “La mezcla de nostalgia, arrepentimiento, claustrofobia, vacío y miedo” de la mediana edad, que Setiya, profesor de Filosofía en el MIT, trata de desentrañar. Asegura que: 1) en la madurez hay que saber disfrutar de no hacer nada; 2) no hay que medirlo todo en forma de proyecto o ingreso, y 3) hay que llenar la vacuidad cotidiana y librarse de planes utópicos. Él mismo se inclina por una orientación más atélicade vida. Busqué el significado en la red y lo hallé en un diccionario informal de portugués: “Atélico: dícese de verbos o nombres que expresan acciones que no tienen un explícito (andar, pensar, respirar, suspirar) o estados psicológicos o emocionales (gustar, sufrir, optimismo, desesperanza)”.

Hoy es blue monday, el día más triste del año según una medición de parámetros sociales –como la motivación o la necesidad de encontrar nuevas metas–, meteorológicos y económicos. En caso de que sea cierto y les invada ese spleen que dicen que se derramará por todo el mundo, les deseo un feliz y atélico suspirar. Al menos hasta el martes.

[Publicado el 21/1/2019 a las 11:26]

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Efectos secundarios

El mundo exterior era duro, implacable con los débiles, no cumplía nunca sus promesas, y el amor seguía siendo lo único en lo que todavía se podía, quizá, tener fe”. Lo afirma Michel Houellebecq a través del protagonista de su última novela, porque sus voces a menudo se solapan. Bien se ha cuidado el escritor de alimentar la ambigüedad de sus identidades literarias; incluso aparecía con su nombre de pila en el centro de la trama de El mapa y el territorio. Sus libros, a pesar de la derrota, son adictivos y siempre polémicos, escritos con un poderoso embrague. Amoral, cínico, deslavazado, neurótico, machista, alcohólico, guarro, fumador compulsivo, reaccionario, poseído por un desencanto que tumba todas las fichas del tablero de la vida. Un jaque mate existencial. En el caso de Serotonina (Anagrama), incide en los efectos secundarios de los antidepresivos que barren la testosterona e inhiben la libido, y aunque al ingeniero agrónomo Florent-Claude le permitan ducharse cada día, comprar la comida y tenerse en pie, entierran su vida sexual.

Acostumbramos a medir mal los efectos secundarios. De las relaciones tóxicas y de las medicaciones prolongadas. De las ingestas de comida y alcohol o de las salidas equivocadas en las rotondas, de los viajes exóticos y de los tacones de diez centímetros. Del bótox o la viagra. Vivimos enmarañados en un cableado invisible de efectos secundarios que ensombrecen el placer. Se esconden en la letra pequeña de los prospectos, esos que el propio médico te dice que mejor no ­leas si eres aprensiva. Pero también se escoran bajo las zapatillas deportivas de los runners cuarentones, desgastando sus fémures; o en los colchones demasiado blandos de los hoteles con encanto. Los vecinos demasiado simpáticos, los hombres misteriosos, los compañeros aduladores y las mujeres con mucho colorete –alertaba Wilde– implican un ramillete de efectos secundarios que puedes lamentar toda tu vida.

Houellebecq invoca el amor como salvación frente a la derrota, un amor romántico, que para mantenerse en el tiempo debe calibrar las consecuencias de la palabra misma. “La vocación de la palabra no es crear el amor, sino la división y el odio. La palabra separa a medida que se formula, mientras que un informe parloteo amoroso, semilingüístico, hablar a tu mujer o a tu hombre como se hablaría a un perro, genera las condiciones de un amor incondicional y duradero”, escribe. Y una, que siempre ha sobrevalorado la palabra y se ha esforzado en mantenerla, piensa en aquellas parejas que se hablan sin despegar los labios, gordis o peques que se fiestean igual que niños y no necesitan grandes relatos para seguir tomando juntos el café de la tarde acompañando su soledad sin efectos secundarios.

[Publicado el 16/1/2019 a las 13:21]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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