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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 19 de septiembre de 2020

 Joana Bonet

Artemisia Gentileschi, la artista barroca recuperada por el feminismo



Una exposición en la National Gallery abre Londres por vez primera a una artista descomunal, olvidada durante casi cuatro siglos: Artemisia Gentileschi, una de las pintoras más importantes del Barroco, cuya obra ha suscitado un profundo debate sobre la representación de la violencia. Su violación por Agostino Tassi ha servido a menudo de punto de partida para analizar su cruda y a la vez impasible mirada al horror. Feminista por su vida y su obra, independiente y libre, la muestra reúne una excepcional selección de la obra de la artista compuesta por una treintena de cuadros procedentes tanto de pinacotecas públicas como de colecciones privadas de todo el mundo, de los que la mayoría nunca se habían expuesto en Reino Unido.

¿Cómo podía ocurrirle algo malo a una joven llamada Artemisia, como la diosa griega representada con un arco y un carcaj de flechas? Huérfana de madre a los 12 años, pero acunada y complacida por su padre, Orazio Lomi de Gentileschi, un maestro de éxito en la Italia entre los siglos XVI y XVII, vivió una juventud deliciosa junto a sus tres hermanos, en una casa frecuentada por pintores y escultores. Languidecía el Renacimiento y un nuevo espíritu, que haría florecer el Barroco, exaltaba la realidad. A los 16 años, Artemisia entraría como aprendiz en el taller paterno, aunque el suyo fuera un oficio casi prohibido a las mujeres. Orazio la consideraba mejor pintora que él. Virtuosa del chiaroscuro, su tratamiento del color es único, construido sobre los contrastes lumínicos -con un pincel excepcional para plasmar al detalle los trajes, las joyas y las armas, dotándolos de relieve y de una perspectiva imantada.
 

El arte no se hereda, pero sí se contagia. Artemisia pronto superó a sus hermanos, que no pasaron de meros aprendices. Ella, con apenas 17, revelaba ya una personalidad propia, y proponía, según los críticos, una nueva mirada a los "afectos del alma" -la novedad máxima en el arte del siglo XVII-, que se concreta ya en su primera obra de la que se tiene constancia: Susana y los viejos (1610).

Pero un hecho oscuro, criminal, quebraría la línea entre el honor y la belleza que en ella había. Ocurrió cuando su padre dio entrada en el taller a Agostino Tassi, un depredador sexual que ya había sido juzgado por incesto y que años más tarde intentaría disparar a una cortesana embarazada que era su amante, como maestro de su hija. A pesar de su fama de violento, Orazio confió en Tassi, que violó a Artemisia. Y ella lo denunció públicamente: "Cerró la habitación con llave y una vez cerrada me lanzó sobre un lado de la cama dándome con una mano en el pecho, me metió una rodilla entre los muslos para que no pudiera cerrarlos, y alzándome las ropas, que le costó mucho hacerlo, me metió una mano con un pañuelo en la garganta y boca para que no pudiera gritar y habiendo hecho esto metió las dos rodillas entre mis piernas y apuntando con su miembro a mi naturaleza comenzó a empujar y lo metió dentro. Y le arañé la cara y le tiré de los pelos y antes de que pusiera dentro de mi el miembro, se lo agarré y le arranqué un trozo de carne" declararía en un juicio en el que tuvo que padecer dolorosos exámenes ginecológicos.

Tassi fue condenado a un año de cárcel y a un destierro que nunca cumplió. Y Artemisia se fue de Roma. Su fama, a causa del escándalo -Tassi estaba casado y no pudo cumplir con la primera demanda del padre: que se casara con su hija para restaurar el honor- fue creciendo. Y con firmeza y determinación, además de autonomía, se instaló en Florencia, casada con el pintor florentino Pierantonio de Vincenzo Stiattesi para que su honorabilidad, según los dictados de la época, quedase reparada. Tiene cuatro hijos, de los cuáles solo sobrevivirá la hija, y emprende una carrera con una vocación y una convicción igualmente profundas.

Fue la primera mujer en ingresar en la Accademia del Disegno, y pronto se erigió en exitosa pintora de corte, también fue pionera del autorretrato y se autorrepresentó, negociando personalmente el precio sus obras con coleccionistas exquisitos como los Médici. Rechazó concepciones impuestas sobre la feminidad, y se proclamó libre sexualmente e independiente económicamente. Viajaba sola por Europa. Artemisia, la pittora era admirada en Florencia y en Nápoles -a donde regresó, acosada por los acreedores y separada de su marido para estar cerca de nuevo del padre enfermo-. Se trataba de una gran personalidad que no pasaba desapercibida por su finura de pensamiento. En los círculos artísticos, y en contra del canon, era considerada una gran pintora, creadora de un nuevo dramatismo. Pero, aunque fuese la más talentosas seguidora de Caravaggio, a quien pudo conocer a través de su padre, y sus obras fuesen codiciadas por los principales líderes de la época (como Cosme II de Médici en Florencia, Felipe IV en Madrid y Carlos I en Londres), solo sería reevaluada en el siglo XX.

En la ambiciosa exposición de la National Gallery se recoge, además de su trabajo, sus palabras en primera persona a través de fragmentos de su testimonio en el proceso judicial por la violación, comunicaciones privadas con su amante y cartas a patrocinadores y clientes. "400 años después, sus palabras suenan fuertes y verdaderas, evocando la imagen de una mujer ferozmente independiente que, a pesar de las limitaciones de género de la época, estaba decidida a encontrar el éxito y tomar el control de sus asuntos personales y profesionales", afirma Letizia Treves, comisaría de la exposición y conservadora de la pintura italiana, española y francesa de finales del siglo XVII de la National Gallery.

Desde que fuera recuperada por el feminismo en los años 70 del siglo pasado, con la historiadora del arte Linda Nochlin a la cabeza, -publicó un célebre artículo, titulado ¿Por qué no han existido grandes artistas mujeres?, del que surgiría un interés enorme por revisar su obra- mucho se ha debatido el carácter autobiográfico de su obra y, en particular, la asociación de la violencia y la oscuridad de su arte con la violación que sufrió de joven. "Caravaggio pintó Judits igual de sangrientas que las que retrató Gentileschi -ha afirmado su biógrafa Alexandra Lapierre, autora de Artemisia (Robert Lafont, 1999)-. Su estilo se fue nutriendo de las diferentes escuelas a las que perteneció: en Roma, pintó como los romanos, en Nápoles, como los napolitanos, y en Venecia como los venecianos". También se recuperó la autoría de varias de sus obras, que permanecía velada.

Especialmente aguda es la interpretación del historiador de arte italiano Roberto Longhi de su supuesto gusto por lo violento: "No hay nada sádico aquí, en lugar de ello lo que más impresiona es la impasibilidad de la pintora, que fue incluso capaz de darse cuenta de cómo la sangre, al chorrear violentamente, ¡podía decorar con dos líneas de gotas al vuelo la zona central! ¡Increíble, os digo! Y también por favor ¡den a la Sra. Schiattesi -el nombre de casada de Artemisia- la oportunidad de elegir el puño de la espada! Al final, ¿no creen que el único propósito de Judit es apartarse todo lo posible para evitar que la sangre pueda manchar su novísimo vestido de seda amarilla? Pensemos, de todas formas, que ese es un vestido de Casa Gentileschi, el guardarropa más refinado de la Europa del siglo XVII, después de Van Dyck".

La exposición de la National Gallery trasciende el mito de la mujer violada y la heroína protofeminista, en favor de una visión que trata de objetivar la calidad excepcional del trabajo de La Pittora.

Una de las cartas exhibidas en la muestra londinense refleja inmejorablemente la determinación de una mujer consciente de las dudas que los nombres femeninos suscitaban como firma: "le mostraré a Su Ilustre Señoría -escribe Artemisia al coleccionista y mecenas Antonio Ruffo- lo que una mujer puede hacer. Conmigo Su Ilustre Señoría no perderá, y encontrará el espíritu de César en el alma de una mujer", le escribe. Su fuerza, que rebosa en la manera de plasmar la sangre, de humanizar el cuerpo desnudo y de perturbar los sentidos, sigue siendo al tiempo un enigma y un faro.

Interés de novelistas y cineastas: ‘Veinte años y un día'

Se trata de la única artista occidental que ha provocado el interés de novelistas y cineastas, deseosos de ahondar en su vida y obra, en la excepcionalidad de una mujer que escogía su vestuario con tanta precisión como negociaba el valor de sus lienzos. Una mujer sin miedo en unos tiempos en los que las costumbres eran crueles, inhumanas. Periférica reeditará en breve el libro que escribió de ella Ana Banti en 1949, comparado por Susan Sontag con el ‘Orlando' de Virginia Woolf. Y el Museo del Prado ha seleccionado su ‘Nacimiento de San Juan Bautista' (1635) para la actual exposición que reúne algunas de las obras más emblemáticas de los fondos de la pinacoteca, Reencuentro.

Contaba Jorge Semprún que, a mitad de los años 80, la contemplación de una de sus versiones de Judit y Holofernes (1612-3) en el Palacio de Villahermosa -que antes de prestar sus muros al Museo Thyssen-Bornemisza albergó durante un tiempo exposiciones temporales del Prado- accionó el resorte de la memoria para traerle de vuelta una sangrienta (y real) historia ocurrida durante la Guerra Civil, que había escuchado tres décadas antes en una comida con Domingo Dominguín y Juan Benet. Tardaría 23 años en darle forma, titulada ‘Veinte años y un día' (Tusquets, 2003). Fue su última novela, y para muchos la mejor de cuantas escribió.

​En sus páginas, pone en boca de una de las protagonistas: "de pronto me encontré con aquel cuadro... me paré, impresionada, no por el tema, ciertamente; Judit y Holofernes son un tópico de la pintura (...) No era el tema, pues, sino la violencia del tratamiento pictórico, la serenidad de dicha violencia, la frialdad de semejante frenesí, la indecencia provocativa del escote de Judit, la juvenil hermosura de su doncella y ayudanta en el feroz degüello de Holofernes... Ambas estaban dedicadas a decapitar al general asirio con una precisión algo distante, con un aire extraño, sobrecogedor, de complacencia, casi de placer... (...) Me quedé absorta ante el lienzo, inmóvil, como fulminada".

[Publicado el 10/9/2020 a las 13:35]

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Defensa del placer

Nos domina una sensación de paisaje arrasado, de manual de supervivencia que destierra el placer. No es tiempo para sensualismos, boca y nariz en profilaxis, aunque las corrientes de aire en las noches de verano acaricien los muslos y nos hagan cosquillas en la nuca. La sensación es "un modo confuso de pensar", aseguraba Descartes, y en el imaginario occidental persiste la idea de que a la voluptuosidad la acompaña cierto halo de sospecha. Los sentidos permanecen envasados en conserva. No son frívolos ni ingenuos quienes agitan el salero de la poética para escapar del dictado de la actualidad y sorber el azul del mar. "No es momento para sutilezas", dicta el ceñudo discurso de la crisis. Y la gente se siente atrapada dentro de una especie de crucigrama del cual no puede salir porque las palabras están mal definidas y la solución no va en el pie de página.

Históricamente, el pensamiento hedonista fue combatido con tópicos y acusado de pretender romper con todo lo establecido, de negar el conocimiento y la moral. Pero ahí tenemos a Epicuro de Samos retratado como un defensor del puro goce, cuando, lejos de bacanales y orgías, el pobre hombre vivió aquejado de intensos dolores físicos y sus enseñanzas no buscaban sino escapar del exceso, persiguiendo el equilibrio y la felicidad. Nuestra fragilidad también puede combatirse defendiendo un deleite sin culpa, el mismo que nos empuja a sentir la necesidad del otro. Vamos escalando rutinas, y lejos de conspirar contra la confianza, queremos recuperarla. Para empezar, en nosotros mismos, que andamos más a pedazos que nunca, como si hubiéramos extraviado una prótesis en lugar de un puesto de trabajo, o como si el futuro se hubiera hundido en alta mar, cuando sigue ahí incierto y sin embargo prometedor.

Nada debería entorpecer nuestro encuentro con la belleza. Que nadie nos juzgue por rozar el éxtasis ante un jardín oloroso donde sobrevuela una pequeña mariposa blanca, o por exaltarnos ante un Eros disfrazado de melocotón jugoso hasta sorber su hueso rojo.

¿Qué podemos hacer con el placer dispuesto para ser celebrado por el mundo? ¿Sacrificarlo porque la incertidumbre nos golpea? O mejor dejar de sentir miedo y obligarnos a beber cada día una poción de placer, bien alejados de la idea de vicio o exceso, entendiendo ese don que nos permite escuchar "los acentos del corazón" a la manera Rilke. Porque, de qué serviría defender ideas y creencias, territorios y ligas, si somos incapaces de advertir el gozo que nos aguarda, al alcance de nuestras manos voluntariamente atadas.

[Publicado el 26/8/2020 a las 08:09]

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New York, New York

Cuando Frank Sinatra reapareció en escena el 15 de octubre de 1978, sobre el escenario del Radio City Music Hall, revestido por esa pátina de leyenda y dolor que acompaña la madurez de los mitos, nadie sabía que traía un himno para la ciudad que nunca duerme. Su voz, siempre por encima de la orquesta pero capaz de cantarte al oído, esbozó un itinerario vocal de aquel tema compuesto para una película de Scorsese: New York, New York. Sus compases se fueron adhiriendo a las torres de cristal de la Quinta Avenida y a las cornisas de Bowery, custodiadas por las aves marinas, también al canturreo de sus gentes. Desde que lo grabó, al año siguiente, para Trilogy , fue un éxito mundial. La razón era bien clara: todos nos hemos sentido en algún momento como el vagabundo que por fin llega al centro del mundo, a Nueva York.
 

Estas semanas, desde las ventanas y azoteas de Madison Avenue y del East Village, de Long Island y Harlem, los vecinos han hecho sonar el tema de Sinatra como himno de resistencia y duelo. Nunca habríamos imaginado la ciudad tan desnortada, azotada por el pánico y la parálisis extendidos por su presidente, un hombre que se automedica. Su imagen de vuelta de un mitin en Tusla (Oklahoma) ilustra el derrumbe personal y político: descorbatado, con el pelo aplastado y un triste pulgar hacia arriba mientras las comisuras de sus labios se deslizaban hacia abajo. Se había quedado prácticamente solo gracias a la sagacidad de los activistas que quieren verlo fuera de la Casa Blanca y reservaron miles de entradas para un acto al que no asistieron. Trump no tuvo los reflejos de Sinatra cuando, en 1986, vino a dar un concierto en el Bernabeu , algo impensable tras aquel " I'll never go back to that fucking country" tras ser expulsado de nuestro país por el régimen franquista. Ante la desesperación del empresario Arsenio Marcos porque apenas se había vendido el 20% del aforo, Sinatra regaló 16.000 entradas a los militares americanos de la base de Torrejón de Ardoz, trabajadores de Warner y hasta policías nacionales, que pagó de su bolsillo, convirtiendo un fracaso económico en un éxito personal.

El frentismo y la irresponsabilidad de Trump son criticados sin pudor tanto dentro como fuera de las fronteras de EE.UU., aunque nadie puede fiarse de que un populista de su talla no consiga el clásico segundo mandato. Los testimonios anuncian la confusión extrema en un país que un día lideró los pasos del mundo. Entonces, la palabra del presidente de Estados Unidos era la de un dios en la tierra; hoy arde el infierno en la América de nadie.

[Publicado el 05/8/2020 a las 07:31]

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Descongelación

Durante tres largos meses todo permaneció cerrado excepto los supermercados, por lo que empezamos a mirarlos de otra manera. No nos quedaba nada más, ni un café, un teatro o una peluquería que nos ayudaran a absorber la energía de los otros. Algunos acudíamos a diario al único espacio público que nos estaba permitido, aunque fuera solo para observar el color de las verduras y olfatear el aroma del pollo asado. Todo pasaba a formar parte de la anormalidad, excepto la cesta de la compra. La expresión "grandes superficies" resulta ampulosa y excesivamente técnica para definir un lugar tan orgánico, donde la idea de primera necesidad se condimenta con una pizca de curiosidad y otra de hallazgo. Nunca había contado con exactitud su número de pasillos, tampoco calibrado la altura de sus estanterías, inaccesibles para la estatura media de las mujeres españolas. El súper jamás ha gozado de un aura de prestigio pues su significado queda reducido a la mecánica doméstica, pero su esencialidad, en plena epidemia, nos ha hecho replantearnos nuestra relación con esas cuatro paredes que nos alimentan.
 
¿Acaso no representan los supermercados un trazado secreto de anatomía humana? La visita promedio no dura más de 15 minutos, de los que solo utilizamos el 30% para seleccionar lo que vamos a comprar; el resto, igual que pasmarotes, lo dedicamos a una vagancia ineficaz. Muchos de ellos instalan en sus entradas una metafóra de su aparato respiratorio, con profusión de flores y plantas a fin de poner una nota verde clorofila que te da la bienvenida y te despide al salir. Al fondo, suelen ubicarse los estómagos -los segundos platos: carnes y aves, pescados, etc-; en el centro el hígado: bebidas, legumbres, frutas y verduras, mientras en un lateral reposan los órganos que hay que mantener en frío, en especial la cabeza. El cambio de temperatura te informa de las ventajas de lo fresco junto al enorme freezer que mantiene intactos los lácteos y, a puerta cerrada y sobre hielo, los intestinos custodian todo aquello que pueda crujir sobre un mar de aceite hirviendo.

"Se nos ha quedado el corazón congelado", me dice una cajera de hombros cargados y dedos torcidos que recuenta la tensión acumulada tras haber observado la crispación de muchos clientes, también el lacónico retraimiento que se ha instalado nuestra manera de volver a empezar. Aún no hemos conseguido deshacer el bloque de hielo que nos ha endurecido, y ya no sabemos si lo deshelará el rabioso sol de verano, o si se romperá en mil pequeños pedazos.

[Publicado el 29/7/2020 a las 14:20]

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La geometría del aula



Las aulas no han cerrado, ya lo estaban, permanecían mudas desde marzo, aún prendido su olor a pizarra, madera y hormonas; afuera los patios secos de risas y empellones. Su mística, la de un espacio donde aprender a descifrar los contornos del mundo, ha quedado cancelada, produciendo un efecto desmadejado. El curso ha terminado sin diplomas ni festivales, ni rastro de aquellos abrazos infinitos en los que las chicas intercambian temor y excitación, una mezcla de la añoranza que vendrá y el encanto de lo desconocido.
 
Aprender y examinarse a través de la pantalla ha resultado una árida travesía para la mayoría de los alumnos. Sin intercambiar apuntes, hacer trabajos en grupo y reforzarse unos a otros. La gran mayoría se ha resentido de la falta de roce, impedidos de acompañar su aprendizaje con un recorrido físico que es, al tiempo, moral. Porque el aula representa uno de los eslabones más sólidos de nuestra cadena por la supervivencia. Un contexto donde el alumno debería permanecer a salvo, armado siempre de curiosidad y concentración, y a ratos de desgana y tedio.

Las pizarras son fáciles de sustituir por ordenadores o tabletas, aunque estos dispositivos no permiten elegir tu lugar en el aula. Los profesores suelen guardarse una carta en la manga, que sacan con audacia y cálculo: cambiar a un alumno de pupitre cuando menos se lo espera. "Al mover a cuatro o cinco estudiantes de sitio, la clase se convierte en otra", me razona un docente de secundaria. Y añade que cuando son ellos quienes se cambian, no hay duda de que se ha producido una catástrofe emocional.

Según un estudio realizado hace una década en la Universidad de Salisbury (el Reino Unido) -en el que se analizaron más de 70 clases durante 15 cursos-, los estudiantes que ocupan el área central de las primeras filas del aula no solo son más participativos sino que obtienen las mejores calificaciones. Algo ha cambiado. "En nuestro centro no colocamos a los alumnos de cara a la pizarra, ni en filas, sino en grupos de cuatro que trabajan cooperativamente. El profesor hace una exposición en el centro, pero luego se mueve. Nadie se puede quedar detrás ni atrás", me cuenta Montse Julià, directora del Montessori Palau en Girona.

La enseñanza tiembla ante el desafío del nuevo curso: se refuerzan las herramientas virtuales, caen las matrículas en la universidad pública... poco se sabe acerca de la nueva realidad que aterrizará en las aulas en septiembre acechando la geometría existencial según la que ellas y ellos se ubican para forjarse un lugar en el mundo.

[Publicado el 16/7/2020 a las 10:30]

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Reencuentro con las musas

 

El termómetro digital del Prado me toma la temperatura: 35,7 saludables grados, y el domingo queda secretamente sellado, ya hay garantía de contagio artístico. El guarda, con mascarilla, saluda con la cabeza y se mueve igual que un personaje del Greco mientras indica la entrada al templo de las musas. Elevadas en un pedestal, una quiere sentirse bajo la mirada de Talía, Calíope, Clío, Erato o Terpsícore, las musas romanas que adquirió la reina Cristina de Suecia y que posteriormente traerían a España Felipe V e Isabel de Farnesio en 1724. Las hijas de los dioses Zeus y Memoria ­permanecen derretidas de belleza bajo los pliegues de las túnicas que desnudan sus hombros. Ellas dan nombre a los museos, contenedores de belleza que provocan encuentros -o choques- entre la mirada y la imaginación, que te conducen al pasado pero superan el futuro. Volver al museo significa recuperar la llave del templo.

Durante la última fase del confinamiento, en el Prado se obró magia para poder reabrir con un plan. No imagino mayor habilidad de ilusionismo que la de un servicio de brigada subiendo y bajando doscientos Goya, Murillo, Rubens o Velázquez para recomponer un nuevo itinerario post-Covid. Contemplar la pintura de Fra Angelico en silencio, con apenas veinte personas en una sala ¡un domingo!, resulta electrizante. Los greatest hits del Prado parecen conversar entre ellos. Te invitan a entrar y a salir de un cuadro a otro como si pasaras del frío al calor. Los dos Saturnos, de Rubens y Goya, juntos, devorando doblemente a sus hijos, reflejan el horror de la incomprensible supervivencia. Enfrente, Dánae recibiendo la lluvia de oro , de Tiziano, desnuda pero con pulsera y pendientes bajo un cielo que llueve placer. Las meninas al lado de los bufones producen un efecto extraño: la dignidad no entiende de clases. La historia de la civilización permea en esas paredes que invitan a volver a empezar. A mirar de nuevo los cuadros como si fuera la primera vez. A viajar por Villa Médici, pasear por el Edén con el Adán y la Eva de Durero, a preguntarte por la invención del color ante Tintoretto o Reni, a paladear el virtuosismo del detalle de Artemisia Gentileschi y Sofonisba Anguissola, cuyas obras respiran equilibrio y ambición.

Reencuentro es un chute de Prado exprés, la evidencia de que el arte es un medicamento sin metáfora. De cerca, sin los reflejos virtuales de la pantalla, los cuadros te dejan sobras en el plato para continuar el banquete. Y sales del museo recordando el azul de Elpaso de la laguna Estigia, de Joachim Patinir, con vicio. No sé si el arte nos hace mejores, pero sí invencibles frente a la nada.

[Publicado el 08/7/2020 a las 10:30]

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Quiero ser negra como tú


La infancia es un mapa que se cuela en nuestros bolsillos adultos, arrugado y ­borroso pero aún fiable. Porque nuestro paulatino descubrimiento del mundo va cartografiando un trazado que nos acompañará toda la vida, aunque de niños ignoremos cómo nos marcará.

Se llamaba Doudou y era senegalés. Llegó a casa un mediodía, con mi padre, que ufano y cariñoso nos los presentó como un ayudante para echar una mano en la granja. Contó que llevaba días observándolo solo en un rincón del bar, y no creo que fueran su silencio ni su falta de techo, sino su mirada limpia, lo que le acercó a él. Fue el primer negro que conocimos, y de él, solo nos sorprendieron las palmas descoloridas de sus manos. En aquella España de Machín, Pepe Legrá y Basilio, la de los Reyes Baltasar embetunados, representaban un exotismo lejano que no entraba en el comedor de casa. Entonces la inmigración era residual, prevalecían otras castas. En aquellos años setenta, y todavía en los ochenta, el trabajo en la recolección de cosechas era realizado por gitanos que acampaban en la plaza con sus caravanas y nos producían una mezcla de miedo y atracción. Su estigma parecía inamovible, pero lucharon -siguen haciéndolo-, y sus manos callosas fueron relevadas por las de los subsaharianos. El racismo es una enfermedad crónica que se extiende de norte a sur e infecta a comunidades dentro de otras, aunque compartan color de piel y lengua.

Tras el asesinato de George Floyd, la fuerza del movimiento "Black lives matter" ha obligado a reflexionar globalmente acerca de la importancia de ser antirracistas activos; y todos nos hemos escudriñado con lupa. La identidad europea sigue siendo refractaria a la integración y la mezcla, aquejada de una "blanquitud defensiva", como denomina Stephen Small, sociólogo y profesor de Estudios Afroamericanos en Berkeley, a la imposibilidad -no solo de los negros, también de los árabes e incluso los latinos- de abandonar los márgenes que con superioridad les concedemos.

Le pregunto a mi amiga Bárbara Valdez, de origen dominicano, 15 años ya en España, si alguna vez ha sentido racismo por su color de piel. "Nunca. Siempre he sido bien acogida, aunque ahora a mi niña a veces la llaman negra en el colegio. Pero yo le digo que nosotras no somos rubias, que somos negras, y que no faltan a la verdad". Es más, Bárbara acaba por darle la vuelta a mi pregunta, tal es su poder: "Lo que sí recuerdo es que tu hija, de pequeña, a menudo me cogía la mano en el ascensor y llorando me decía: quiero ser negra como tú".

[Publicado el 24/6/2020 a las 07:58]

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La ciudad y sus tripas

 

La nueva realidad se emplea a fondo para librarse del olor a cerrado, y saca sus mesas y sillas a la calle, reclamando una vida verdadera de puertas afuera. Las terrazas toman las plazas, evidenciando que beber y comer en la vía pública posee un atractivo liberador, tal vez sobrevalorado, al igual que el bullicio. Nuestra presencia en las calles es aún desconfiada y torpe, pero se esparce el ansia de contacto, de ver y dejarse ver, ocupando un espacio legítimo en el callejero. Parece que todos juguemos a la rayuela, fijándonos en los dibujos de colores pegados en el suelo de tiendas y mercados o sucursales bancarias para no pisar en falso. Somos actores de teatro disfrazados de nosotros mismos, igual que esos comediantes atentos a las marcas que acotan sus movimientos sobre el escenario.

Postcity Covid, denominan los arquitectos Mamen Domingo y Ernest Ferré las tramas urbanas de desconfinamiento que han diseñado, y que permiten marcar distancias de seguridad con precisa geometría. La proyección en el plano ofrece una visión surreal: una ciudad aireada donde se corrigen la densidad y el amontonamiento, se evitan las aglomeraciones y, por tanto, se esmera en limpieza. ¿No era lo que habíamos soñado? Esta semana, en Rotterdam han ampliado las aceras, y, al igual que en San Francisco, plazas y parkings se han convertido en espacios comerciales para los negocios más heridos. En Milán se destinan calles enteras a carriles bici, y, en Vilna han transformado su lúgubre aeropuerto en un cine de verano al aire libre.

La recuperación del espacio público tras la pandemia implica un interrogatorio sumarísimo sobre la ciudad y sus tripas. Poco pensamos en las alcantarillas que drenan nuestras aguas nauseabundas, en la pátina de polución que se cuela bajo las alfombras, o en las consecuencias invisibles, más allá del hedor, del hacinamiento. "En los últimos 150 años, la expectativa de vida ha aumentado a alrededor de 80 años, y es justo afirmar que se debe mitad a la arquitectura y la ingeniería, mitad a la comunidad médica", declaraba a BBC World hace unos días Jakob Brandtberg Knudsen, decano de la Real Academia de Bellas Artes de Dinamarca. Hoy, los urbanistas tienen una oportunidad única de repensar las ciudades ante el imperioso reclamo de holgura y salubridad. El ideal de ciudad moderna inmortalizado por Baudelaire, que glosaba el encanto de las primeras luces de las farolas, acabó arrodillado ante una furiosa luminotecnia. Ahora que no podemos tocarnos, necesitamos más que nunca que la piel de nuestras ciudades esté bien hidratada.

[Publicado el 18/6/2020 a las 16:36]

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Amores a flote

Hemos tocado fondo", se han dicho algunas parejas tras setenta días de convivencia ininterrumpida, en los que la pasión no estuvo invitada a cenar, ni tan siquiera hueco en el sofá le hacían. Acaso, en la cama, juntaban los pies fríos durante las noches de abril. El trabajo entraba en las casas sin límites a medida que el amor iba saliendo a deshoras. Nunca hubo tantos hombres encargados de la compra, colgadas del hombro unas bolsas ostensibles como prueba de que no iban solo a por tabaco. El piso de 75 m2 se fue achicando: una celda doméstica en la que día a día se iban perdiendo calcetines, y eso no ayudaba. Cualquier pequeña catástrofe doméstica podía acabar convertida en tragedia griega, desencadenando un historial de antiguos reproches que, aunque indoloros, demostraban no haber perdido su valor contable.
 

Deseo, respeto, admiración y algo de misterio, esos cuatro pilares del amor, empezaron a perder agua. Porque el desastre suele iniciarse con una pequeña fuga de gotas perladas, tan indefensas como inocuas, que al poco van transformándose en un chorro que se torna en cascada y acaba en una ola gigante, monstruosa, capaz de barrer un mapa sentimental en el que se volcaron esfuerzos e ilusiones. Con la gallardía propia de los enamorados levantaron una casa para el amor romántico aun sabiendo que es huidizo: ¿cómo pensar en el final cuando se empieza algo? Hoy, se considera a los nuevos divorciados víctimas colaterales de la Covid. Pero ¿y los que continúan juntos? ¿No son acaso más noticiables? Tolstói fue un gran pensador del amor y lo consideraba el vínculo imprescindible con el mundo. "El amor es una actividad que habita exclusivamente en el presente. El hombre que no manifiesta amor en el presente no tiene amor que dar", afirmaba. Los protagonistas de su libro La felicidad conyugal , Masha y Serguéi, van experimentando sus variadas metamorfosis, comprobando cómo las mariposas en el estómago son reemplazadas por ataques de acidez. Entre líneas se describe la melancolía de las burbujas disipadas: de la fase cero, en la que se aprenden las geometrías del otro cuerpo, a una fase cuatro donde las manchas de aceite acaban por pringar aquel ideal platónico. Una serie de parejas contaban en un blog cómo intentaron superar el reto: haciéndose reír hasta las lágrimas unos, planeando próximos viajes otros, y poco más. Cuando asisto a debates sobre si el Gobierno sale desgastado de la crisis, o todo lo contrario, fortalecido, pienso en los no divorciados del confinamiento y en sus noches juntando los pies fríos.

[Publicado el 11/6/2020 a las 10:32]

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Oficinas vacías


Qué bienestar me produjo probar la silla de la primera oficina que ocupé y colocar mis cosas en aquellos cajones que olían a nuevos. Se parecía al inicio del curso escolar, cuando nos proyectábamos en las flamantes carpetas, gomas y lápices como garantía de futuro. También recuerdo el sudor frío que me humedecía las manos cada vez que traspasaba el corredor que unía la construcción moderna con el Palauet Casades, sede del Col·legi d'Advocats de Barcelona. En menos de tres minutos, te transportabas al siglo XIX. El despacho del decano era una isla forrada de boisseries y tapices con regias butacas negras. La importancia del cargo se medía por los kilos de caoba, los retratos enmarcados en pan de oro y la cantidad de papeles que cubrían la mesa. Con los años fui entrando y saliendo de los más diversos y anodinos espacios de trabajo: de los cubículos con mampara se pasó a las islas de mesas, salas abiertas con teléfonos fijos tan anacrónicos como las secretarias que aún mandaban las corbatas de su superior al tinte.
 

Ir a la oficina fue siempre una locución de cuello blanco, pronunciada con un aparente fastidio que en realidad no era sino alivio. El ritual de levantarse cada día y apelotonarse en el metro o el autobús para acudir a un lugar cuya existencia no ha sido cuestionada durante más de un siglo ha perdido hoy su centralidad vital. En los últimos años, con el desarrollo de las llamadas tecnologías de la información y comunicación (TIC), el trabajo se ha convertido en un ente portátil. Los hogares acogen tareas de oficinista mientras un estilo de organización más horizontal y participativa ha favorecido un diseño más relajado de las sedes empresariales. En Silicon Valley animaron incluso a que los empleados llevaran la mascota a la ofi y les proporcionaron un nuevo mobiliario diáfano y sin esquinas donde podrían tumbarse, dueños y perros, en unos balancines para pensar.

La crisis sanitaria ha sustituido las cuatro paredes por el marco de una pantalla y una estantería de fondo -según atestiguan Skype y Zoom, exaltando el poder decorativo de los libros con mayor o menor convicción-. Muchas compañías han comprobado con estupor que la cadena de producción no se ha interrumpido y Twitter ya ha anunciado a sus empleados que pueden seguir teletrabajando "para siempre". En la era de la virtualidad, el modelo colmena, que por un lado implicaba control y por otro conexión, competitividad, reuniones, brainstormings, fiambreras y rencillas, ha demostrado que también puede ser prescindible, como la propia presencia.

[Publicado el 03/6/2020 a las 16:30]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta", "Generación paréntesis" y "Fabulosas y rebeldes". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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