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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 15 de noviembre de 2019

 Blog de Joana Bonet

Llave maestra

Has aguantado correctamente la cena de trabajo ; qué combinación tan odiosa la de beber vino haciendo deberes. Desde que ya tienes un pasado, decidiste declinar amablemente las invitaciones a degustar un menú vespertino como acto de servicio laboral, aunque de vez en cuando se cuela alguna si estás fuera de casa y la rutina no te recoge con sus hábitos cada vez más acolchados.

Es tarde y en tu interior ha ido creciendo un fuego, una indignación secreta que no va contra nadie. Tan sólo son las circunstancias. Sientes que te han arrebatado tu tiempo propio, esas últimas horas lánguidas, cada vez más imprescindibles para descargar los datos del día, o lo que es mejor, recrearse con las novelas de Delphine de Vigan o Julian Barnes:Las lealtades y La única historia , dos delicias publicadas por Anagrama, que estos días ha estado de aniversario y a muchos nos ha hecho recordar de qué manera fuimos desvirgados por su colección amarilla y ese je ne sais quoi herraldiano.

El caso es que llegas a la puerta de la habitación de hotel deseando desplomarte sobre el lecho accidental, arre pintiéndote de haber prostituido tus horas mezclando el consomé con detestables Excels, y la tarjeta magnética no abre. El piloto rojo insiste en su negativa. El cansancio no pesa, tumba. Por un momento te ves incapaz de bajar a la recepción y pedir una nueva llave. Tanto es así que recibes un rapto de nostalgia táctil: no hay nada más tranquilizador que sentir las llaves de casa en el fondo del bolso, tintineando con su promesa de felicidad, que por un momento te recuerda a las burbujas del champán.

Hemos intentado reducir el tamaño de nuestros enseres domésticos, y también hemos querido reemplazar virtualmente los cinco sentidos. Pero el tacto, menos exaltado hoy que la vista, el gusto o el olfato, procura un sentido de la experiencia más preciso y reconfortante que cualquiera de ellos. Descartes aseguraba que es el menos engañoso y, por tanto, el más seguro de los sentidos: “Lo que no se no toca no se ve”.

Más fiables que las tarjetas magnéticas, las llaves metálicas pesan, abultan y se pierden. ¿Y qué? La resistencia a lo físico y tangible, reemplazado por lo inmaterial, ha modificado aparentemente nuestros hábitos. Comprobamos la carga del móvil en vez de hablar por él, fotografiamos lo que vemos en lugar de vivirlo, observamos constantemente la pantalla como si de ella fuera a surgir el Santo Grial. Pero los gurús que nos condujeron a la vida virtual de la hiperconectividad y la inmediatez anuncian ahora la emergencia de una era posdi gital en el 2020, cuando las llaves magnéticas nos vuelvan a fallar a esa hora en que o se abre la puerta o la derrumbas.

[Publicado el 09/10/2019 a las 16:33]

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Me cuesta tanto olvidarte

No soy capaz de despegar del paladar el estribillo de Me cuesta tanto olvidarte desde que se la escuché a José María Cano junto a su hijo Daniel, acompañándole al piano. No se trataba de un concierto, sino de la presentación –en el Congreso de los Diputados– de la Fundación Carme Chacón. Los Cano fueron buenos amigos de Carme. “La echo mucho de menos”, confesó Daniel, de 23 años, que ha dado cuerpo a la extrema sensibilidad que alcanzan algunas personas con asperger. Su padre, más pintor que músico ahora, no suele cantar las canciones de Mecano, pero hizo una excepción y le puso palabras a un sentimiento que discurre entre quienes conocimos a la política singular y noble, competitiva y sentimental, hecha a sí misma, capaz de sellar el coraje con la poesía, la disciplina con la pasión.

Se lo cuento a Julia Otero, quien me dice que piensa muy a menudo en ella. Es una frase que oigo con frecuencia, en especial de mujeres. Tan joven, repetimos, y con un futuro prometedor. Tan valiente. ¿O acaso no abrió un buen pedazo del techo de cristal, desafiando la flecha del tiempo? Nunca nos acordábamos de que su corazón latía a tan sólo 35 pulsaciones por minuto: ella, con su vida intrépida, sus vuelos en Hércules, sus jornadas maratonianas y su vida familiar, no se permitía asomo de debilidad.

Hoy, Carme Chacón inspira una fundación que salva vidas de niños que sufren enfermedades del corazón.

Hace unos meses, un taxista me llevó a la estación de Sants y surgió el nombre de Carme. Al hombre se le hizo un nudo en la garganta y lloró silenciosamente, agarrado al volante. Y tras pedirme disculpas –innecesarias– me contó que había llevado a Carme en su taxi poco antes de fallecer. “Cuando ya había bajado, de repente vi un rostro cerca de la ventanilla: era ella, que me decía adiós con la mano. Me quedé impresionado por aquel detalle”.

Hoy, Carme inspira una fundación que salva vidas. Tres niñas panameñas han sido ya intervenidas en Dexeus por el doctor Raúl Abella, quien nos impactó con una cifra helada: nuestra sociedad afronta tantos problemas que hay realidades que pasan inadvertidas, como los mil niños que mueren cada día en el mundo por enfermedades del corazón.

En el acto, la sonrisa solar de Carme emerge desde la pantalla. Zapatero asegura que la seguimos sintiendo, que empieza a vislumbrar la verdadera dimensión del personaje a medida que pasa el tiempo. Hay un momento en que servidora tropieza con las palabras en la presentación del acto y, en lugar de “la propia Carme” –el traicionero inconsciente–, dice “la pobre Carme”. Rectifico, intento regresar al texto, pero pierdo algunos fonemas, me trastabillo... “Pobre”, una manera de nombrar el infortunio, un lamento por la pérdida de su paso firme, taconeado con poder y hermosura. Al terminar, saludo a Miquel, su hijo de once años, y me lamento: “¡Ay, me he equivocado!”. Él me responde: “Lo has hecho muy bien y no lo ha notado nadie porque no sabían lo que llevabas escrito”. La misma sonrisa solar de su madre. Y el círculo de su memoria se extiende, cada vez más inabarcable.

[Publicado el 09/10/2019 a las 16:32]

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Clase ejecutiva

Viajes de trabajo, decimos. Ni rastro del turista que hemos sido en vacaciones. La piel más tenue y azulada alrededor de los ojos, el invariable maletín posado sobre la pequeña maleta de cabina, el teléfono escupiendo mensajes. Se trata de un protocolo universal que se resume en un formato de cola. Para pasar los controles, para acceder a tu asiento, para registrarse en un hotel previa identificación y pago; en definitiva, para demostrar tu inocencia. La cola de la vida te aguarda a deshora. Alguien te echará su aliento fétido sin ser consciente de ello, o hablará a grito pelado, o te pisará y quizá pedirá perdón, o no sabrá mantener la distancia social y querrás ahuyentar su mirada saltona. Verás a personas como tú que anticipan lo que les espera al llegar a destino: la reunión, el almuerzo ruidoso, el hotel con un cubrecama color chocolate que por un instante te encogerá el ánimo.

Cruzas avenidas, palpando el pasaporte, con un paso más enérgico, ¿o no será sólo una zancada extranjera que adoptas cuando estás lejos de casa? Tienes ansias de descubrir algo nuevo, algo que te produzca sensación de provecho, que haga merecer la pena el pasar dos, cinco, siete días añorando tus costumbres. Cuando enlazo varios viajes seguidos, se me adelgaza la voz. Algún familiar, por teléfono, me dirá “qué cansancio sólo de escucharte, no me extraña que estés afónica”. Y por un momento siento la mácula ­heroica del viajero profesional, dispuesto a cumplir su misión a pesar de la ira que acumula su estómago, de las durezas de los pies peregrinos, de un descorazonamiento que te abomba en el pecho, buen conocedor de que el azar anda de puntillas.

Llega un día en que los números de habitación te bailan en la memoria, y, cuando te despiertas a medianoche, no sabes si estás en Rennes o en A Coruña, en la 402 o la 204. Pierdes el dibujo del cuarto, su escena, y aunque te gustaría ser una de esas mujeres de Hopper que esperan, con la maleta ordenada y la ventana azul, sientes cómo el frío de las baldosas entra por los pies y te aturde. Detestas el estatus de viajera frecuente, pero eres capaz de repetir todos los pasos con los ojos cerrados. Has aprendido a apagar la luminotecnia hotelera del cuarto clase ejecutiva , a abrir el agua de cristal en una bisagra a falta de abrebotellas, o a desconfiar de ese café matarratas de hotel que complica aún más la expulsión de tu cotidianidad. Nos lo advirtió el melancólico Pavese: “Viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo que te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa. Estás todo el tiempo en desequilibrio”. Y sí, ese es el verdadero problema: dejar la cabeza en casa, mientras el cuerpo soporta las áreas de turbulencias con un vahído solitario.

[Publicado el 25/9/2019 a las 13:04]

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Lo superficial

Vivimos tiempos de preciosas superficies. Se dejan acariciar, lacadas y brillantes, o trenzadas y rústicas. Son vistosas, pero cuando quieres penetrar en ellas, conocerlas más allá del primer roce, no hallarás ni una gota de agua, porque debajo habita la nada.

Una tiene la sensación de habitar un lugar de cartón piedra donde casi todo es intercambiable. La palabra dada acaba a menudo traicionada, no solo en la política, también en las juntas directivas, las redacciones, en los patios y en los círculos sociales. Se debe a su baja cotización: la verborrea se desliza ligera, igual que si cabalgara sobre una cinta rodante. Hasta el punto de que quienes quieren consolidar el valor de la palabra repiten: “siempre, todo por escrito”.

“Vengaré mi raza” se dijo la escritora Annie Ernaux, hija de tenderos-taberneros, quien al recoger el premio Formentor 2019 el pasado viernes, mostró con qué profundidad ha buceado en su vida, etnóloga de sí misma, capaz de sumergirse hasta el fondo de la realidad y de su transfuguismo social. Ernaux recordaba en su discurso de recepción del premio el día en que le regaló un jarrón de opalina a su madre, un presente que le provocó un ataque de risa nerviosa: no sabía donde colocar aquel delicado objeto ni tenía idea de su valor. Un choque de clases dentro de la propia familia.

“De los cambios de las mujeres en los países árabes, vemos sólo la superficie”, me confiesa Joumana Haddad, escritora y activista libanesa. También participó en les Converses literàries y enfatizó acerca de lo absurdo de celebrar que las féminas puedan por fin conducir en Riad cuando en realidad no se les dispensa ningún tipo de respeto. “Cada vez que una se escapa de su yugo y llega a Europa, lo celebro” me dice. Haddad acaba de publicar en nuestro país La hija de la costurera (Random House Mondadori) donde evoca el oficio de su abuela y su madre, quien la empujó a formarse y aprender idiomas –habla siete–,como única salida posible.

Haddad ejemplifica la voluntad de profundizar en su cultura, comprender por qué aún tienen que distinguirse con ese velo convertido en seña de pertenencia -o, mejor dicho, de sumisión- en estos tiempos tan instagrameados que celebran el fashion hiyab como signo de liberación. “Llevan las cabezas cubiertas, pero unos leggins tan ajustados que apenas pueden andar”.

Banalidad que se mueve golpe de ocurrencia, y una vez viralizada se convierte en categoría de papel de fumar. Poco basta para satisfacer a los llamados influencers , que en verdad no demuestran más que su facilidad en ser influenciables. Una popular instagirl , me alertó de que sólo leía autoayuda, y se sinceró: “Los libros que me mandan a casa , y que son muchos, los dejo en la calle”. Le agradecí el aviso.

Lo superficial no necesita maceración ni vuelo. Basta un eslogan provocador, unas buenas uñas de colores, una simple pancarta y una mentira repetida hasta la saciedad, esa basura imposible de reciclar.

 

[Publicado el 23/9/2019 a las 10:31]

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Al rescate

Cuando el lenguaje económico entra en un salón de belleza, admites una vez más la existencia de unos extraños y universales vasos comunicantes que acortan la distancia entre el mundo exterior y el interior. Así ocurre con el término rescate, que hoy ocupa un lugar predominante en los mensajes del marketing cosmético. Piel y cabello, barridos por los estragos de la polución y el sol, precisan una reparación de emergencia, piden a gritos un renacer. La jerga de la seguridad siempre ha tenido efecto como reclamo publicitario: del tan manido SOS al “factor de protección total”. Hidratación, nutrición, reconstrucción del folículo... todo ello prometen las mascarillas y tratamientos que se venden con la etiqueta rescue. Fueron las arcas desplumadas de la crisis del euro quienes gritaron primero a pleno pulmón la palabra rescate. Resumía a la perfección la debacle, y además le añadía literatura al valor del vil metal.

El malestar social no tiene atajos. El consumo de antidepresivos sigue creciendo, y son muchos los que se plantean tomar una pastilla de por vida para poder dormir o para no deprimirse tanto. Apenas recuperados de la anemia global que adelgazó todos nuestros sueños de grandeza, se anuncian los vientos de un nuevo ciclón financiero. Y un ambiente de desconfianza se extiende de nuevo, provocando una ola generalizada de ansiedad: fueron más de siete años de vacas flacas y todavía no habían llegado las gordas.

Queremos que nos rescaten. Y no sólo los champús que devuelven elasticidad y brillo a nuestro pelo, también los políticos decentes y flexibles, los profesores vocacionales capaces de inculcar pasión y conocimientos, los médicos que antes de reñirnos escuchan, los conductores de taxi –o VTC– que preguntan si la temperatura está a tu gusto... Que nos rescaten del exceso de las pantallas y de tantas palabras vanas, del ruido visual –leer online se ha convertido en una montaña rusa de líneas entre anuncios coloridos–, de la burocracia estéril, de la saturación de repeticiones, del “lo miraremos con cariño”.

Pero no son sólo bancos y exfoliantes quienes exploran la diferencia entre ser rescatadores o rescatados. Mucho se alentó desde el cine de Hollywood la figura del salvador, en la mayoría de ocasiones un hombre capaz de matar polillas y rinocerontes, de reemplazar un presente mediocre por un futuro soleado. Pero ese ideal de pseudopríncipes que escalaban fachadas y balcones fue aniquilado una vez que generaciones enteras de mujeres despertaron de la ingenuidad romántica y supieron que sólo ellas podían salvarse a sí mismas. ¿Quién nos rescatará si no es nuestro propio abrazo?

[Publicado el 18/9/2019 a las 09:29]

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¿Desgracia o catástrofe?

La última oferta in extremis de Pablo Iglesias a Pedro Sánchez traía implícita la noción de ensayo, igual que plantean muchas parejas que se dan un “periodo de prueba” tanto antes de casarse como al separarse. Si no funciona, cada uno por su lado. Un auténtico atrapamiedos que inmunizase a los socialistas ante la posible trampa podemita de jugar al contragobierno una vez dentro.

Era de esperar que Sánchez, fiel a su colección de calabazas a la novia despechada que es Unidas Podemos, no se ablandara. “Ocurrencias”, vino a decir. No se queda para hablar por teléfono desde la tribuna de oradores del Congreso. Porque él es serio. Ha aprendido maneras en los sillones segundo imperio del Hôtel du Palais, en Biarritz, a la vera de Macron, y se ha rodeado de asesores que creen más en el algoritmo o la neurociencia que en la política de diálogo. Y, a medida que todo esto ocurría, las perneras del traje del presidente se iban estrechando, inaccesibles para la media española.

La escena parlamentaria de dos hombres de edades similares, exprofesores y padres, evitando todo contacto visual, negando la mirada del otro, resultó un espectáculo gélido. Una ración de desprecio bien poco ejemplar, sin la altura moral necesaria para flexibilizar la contrariedad. Los de Sánchez han olvidado que recibieron el gobierno de manos de Podemos y otras formaciones que, en un gesto histórico de responsabilidad, no pidieron entonces nada a cambio y pusieron rumbo de crucero. Pero la ­política es un juego complejo de intercambios. Apostarlo todo en unas nuevas elecciones planteadas como “yo o el caos” resulta una temeridad que puede acabar en desgracia y hasta en catás­trofe. En cierta ocasión le preguntaron al primer ministro británico Benjamin Disraeli cuál era la diferencia entre ­ambas. “Lo entenderá usted enseguida: si Gladstone –su adversario político– cayera al río Támesis y se ahogara, eso sería una desgracia; pero si alguien lo sacara del agua, eso sería una catás­trofe”, bromeó. Sánchez no puede permitirse bromear ni es un caballero del siglo XIX.

Estos días se ha condenado al juez Alba por conspirar contra su colega Victoria Rosell, diputada de Unidas Podemos. La historia produce escalofríos. Es la de un magistrado amigo de los poderosos que pretendió enterrar en vida a una intachable profesional. El episodio se suma a la cadena de espionajes, descalificaciones y hasta fake news con los que una mano negra ha querido cargarse al partido morado desde que emergió con la denominada nueva política.

Sánchez y los suyos insisten: “No conviene a España un gobierno endeble, inconexo y que no da estabilidad”. Sin embargo, resulta difícil disfrazar la irresponsabilidad que significa no llegar a un acuerdo; también comprender el empecinamiento en desestimar de antemano la idea de coalición. ¿Por qué? Lo llaman poder en la sombra: aquel que no elegimos pero en verdad nos dirige.

[Publicado el 16/9/2019 a las 12:45]

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Política de horizonte

El verano nos abandona, a pesar de que nosotros hayamos olvidado ya su promesa de felicidad y rescatemos los calcetines para despegarnos el frescor de septiembre, como si quisiéramos anticipar el otoño y su paisaje de hojarasca a fin de regresar a las rutinas con mayor recogimiento.

Este fin de semana bajan sus persianas muchas piscinas públicas, esa conquista humana de azul ocioso, una metáfora perfecta del paraíso perdido y un pro­digio artificial en cuyas aguas cerradas somos ungidos por la ilusión de la li­bertad. Para la mayoría de los mortales se alejará hasta el próximo año la fantasía que conforman la piel brillante y el ba­ñador de licra, el aceite de coco, un ­trampolín y un Martini, las risas de los niños que se confunden con la cháchara de los pájaros. Puede que a estas alturas estén aburridos de humedad, cloro y tumbona, pero poco tardarán en volver a ­sentir ­deseos de zambullirse en sus panzas transpa­rentes.

Este verano se han multiplicado las llamadas piscinas infinity, o “piscinas de horizonte”, debido al efecto visual que producen, y más si tienen mar al fondo. Parece que los bordes hayan desapare­cido, ya no son un obstáculo, nada te ­separa de la ingravidez, por lo que los cuerpos sienten la ilusión de mecerse entre el agua y el aire. Eso sí, en la mayoría de ­las selfies los fotografiados dan la espalda al mar.

La transparencia es una tendencia ­global al alza que recorre desde la tecnología puntera hasta las prótesis dentales, pasando por los voluminizadores de cabello que se etiquetan como de “efecto invisible” o los bolígrafos que borran su propia escritura, aunque dejen tras de sí un troquelado. Es una ilusión infantil la de ser evanescente y liberarse de todo peso, y de ella se contagia incluso la política, esa gran piscina pública donde se chapotea de mala manera, ignorando normas y ­límites.

Nuestra época es aviesa con los marcos teóricos, resultado de la selección de teorías, conocimientos y métodos que dan forma a nuestro saber y nos permiten seguir avanzando en el camino del progreso. Hoy, la idea de bien común se es­fuma sin márgenes que la contengan; parece que el agua se desborda en cascada, pero sólo es un efecto óptico. Una nueva complejidad que emana de la tecnocratización ha traído consigo a un auténtico ejército de asesores y spin doctors que, igual que en el caso de los diseñadores de televisiones o piscinas, sólo aspiran a la perfección técnica. Tiran de sentimientos en lugar de razones. Sustituyen el ­cemento, muy necesario para compactar una voluntad colectiva, por vidrios de ­última generación, tan sofisticados e inmateriales que la convierten en una política infinity capaz de producir un galopante mareo.

[Publicado el 11/9/2019 a las 12:15]

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El precio de ser leyenda

Sentirse prescindible. Replegarse en una soledad ambulante con la que te cruzas allí donde trates de escapar, incluso entre la multitud. La soledad de una mujer de cincuenta y seis años puede ser peligrosa. No es caprichosa ni aislada, sino que engarza las cuentas de un collar de abandonos y fracasos, de posibilidades que se acabaron en portazos, de ilusiones disueltas sin dejar poso de aquello que un día hizo pensar que todo saldría bien.

Blanca Fernández Ochoa. Leo las crónicas de su muerte: “Una leyenda del deporte”. Pero, ¿qué diablos hacemos con nuestras leyendas? Aquellas que lograron encumbrar el nombre de un país, levantar el orgullo, inspirar a los jóvenes, promover valores. “Los mejores embajadores de la marca España”, se dice de Nadal o Gasol. Ahora, cuando los héroes se jubilan (precozmente) y se alejan de los estadios y del aplauso, se ven abocados a un duelo silencioso, sin adrenalina, y su récord imborrable en los rankings deportivos acaba convirtiéndose en una nostalgia juvenil. Me pregunto cuántas veces vería Blanca el vídeo de la victoria en Albertville, o el de la caída in extremis, con el oro ya en el cuello, en Calgary. No suelen medirse los estragos que produce la presión en la élite del deporte, cuerpo y mente exigidos más allá de sus límites.

Según un cálculo realizado por la revista especializada Sports Illustrated, el 80% de los colosos deportivos norteamericanos se arruinan antes de una década de retiro. También les sucede a algunos cracks futbolísticos. O del tenis. Mal asesoramiento financiero para quienes vivieron al margen del Euribor y el IRPF, familias dependientes que despluman a sus hijos encerrados en su burbuja de disciplina.

Hay más: tormentas emocionales, lapas que les van erosionando y traicionando, o adicciones convertidas en vías de escape que acaban desluciendo la épica de sus logros y les enfrentan al rostro descarnado del éxito, que casi siempre olvidamos.

En el caso de Blanca, se habla de su precariedad, su trabajillo de entrenadora personal con chalecos electromagnéticos, de su fragilidad psicológica. Campeona olímpica, la primera mujer española que alcanzó el podio en unos Juegos, se fue vaciando. Y no recibió atención de quienes se beneficiaron de su talento y su coraje, con tantos sueldos vitalicios que se reparten los poderosos.

Tenía una mirada risueña. Me crucé alguna vez con ella y admiré su humildad antidiva, su cercanía, incómoda ante la cámara y la pose. Comprendo que a su familia no le interesen ahora las causas de su muerte, demasiado insoportable es ya su pérdida. Pero detrás del parte oficial “muerte no accidental”, se ha murmurado en voz baja la palabra suicidio. Ese tabú que no debería avergonzar a nadie sino alertar y contribuir a su prevención. La muerte de Blanca Fernández Ochoa, en silencio, a sus 56 años –los mismos que tenía su hermano cuando lo mató un cáncer–, demuestra una vez más que el deporte no construye el carácter, tan sólo lo revela.

[Publicado el 09/9/2019 a las 08:35]

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‘Vallbona, estiu 19’

Rumbo a Vallbona de les Monges, en el cruce de Solivella, el viajero halla un campo poblado por figuras estrambóticas. Se llaman estimaocells, ríete de los espantapájaros porque en este valle boscoso aún se permite volar libres a es­pecies caprichosas –como el alcaudón real o el colirrojo tizón– entre pinos y cedros estilizados. El ojo humano acierta a captar su vuelo, y se deja limpiar por esta danza hipnótica. En la entrada del convento cisterciense advierto una placa nueva: “Monumento preferido por los catalanes en el 2018”. Crecen las vi­sitas y su hospedería tiene demanda. Una exposición virtual resume la cotidianidad de este monacato femenino: una historia de mujeres cultas que, además de salvar vidas con su reputada ­farmacia, estudiaban, velaban por conservar la historia e incluso proyectaban bellísimos cenobios. La libertad intelectual que les garantizó el monasterio fue excepcional.

Hoy, a las monjas de clausura se las avisa por un portero automático, pero el gruñido del portón del convento sigue sonando antiquísimo. Oímos los pasos ágiles y firmes de sus sandalias pardas, un ligero rumor de telas, y la abadesa, mi tía Anna Maria Camprubí, nos abraza derramando esa paz que anhelamos en los días de curvas. Nos sentamos en un banco de madera, en la penumbra de una antesala que da al claustro, y el silencio de las piedras apenas nos deja hablar. Pienso en los versos del poeta Basilio Sánchez que leí anoche: “Hay que estar muy adentro / en la circunferencia de la noche / para encontrar las cosas que nos salvan la vida”.

Mi madre le pregunta a su antigua compañera de juegos a qué hora se levanta. A las 5.30 h, porque gusta tomar un café con leche antes de los maitines. Son ocho monjas. Y ¿cómo están desde el verano pasado? “No se nos ha muerto ninguna”, responde la abadesa con su humor franco. Hablamos de la falta de ­vocaciones, y me pregunto por la extrañeza de una vida retirada, dedicada a la oración, a cantar himnos y salmos junto a un pequeño órgano, día tras día. Treinta años conservando el perfume enjabonado en los pasillos, y conjurando en sus oraciones los horrores y las injusticias, rogándole al Señor que consuele a quienes se les ha quebrantado el alma. Viven sin teléfono móvil ni televisión, apenas algún calefactor, ya que al frío nadie se acostumbra. La Liturgia de las Horas ha terminado con las vísperas, donde se ha loado al Dios omnipresente e invisible, y, en otras palabras, se ha celebrado que esté abierto 24 horas. El incienso asciende hasta las vidrieras translúcidas, y una permanecería más tiempo en esa burbuja espiritual, observando cómo rezan por este mundo loco, cierran los ojos e invocan su amor incorruptible.

[Publicado el 04/9/2019 a las 11:25]

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La vida está lejos de aquí

“Me gusta la gente de lejos, de cerca no”, le confiesa Olga, una sintecho búlgara, al reportero de un documental de RTVE que me hace parar el reloj. Se ha convertido en misántropa, y filósofa, a fuerza de malvivir buscando cobijo en los bancos de las estaciones centrales. Allí ha podido verificar la distancia entre la idea que tenemos de las personas y el encuentro con su individualidad. De ­lejos, la escena de hombres y mujeres que suben y bajan de los trenes, bostezan, sonríen, tropiezan, saborean un cara­melo, incluso puede reunir unos gramos de poesía. Pero a menos de un metro, la escupen, la pisotean, apenas la ven, ago­tada su compasión. Como si acercaran su cara a un espejo deformante, porque aquella promesa de ser personas de­centes y soberanas se desvanece en una galopante deshumanización de su propia humanidad.

La indiferencia frente al otro, el débil, el vulnerado, fustiga con ardor, y más en vacaciones. A finales de agosto, el Open Arms desembarcó a todos sus migrantes. A esta España pintona nunca se le ha dado bien recibir a sus héroes, pero ¿puede existir mayor aberración que la de amenazar con cuantiosas multas a quienes mantienen con vida al espíritu humano?

Los veraneantes leíamos las noticias en sandalias, perplejos ante tal dosis de surrealismo, una manera fina de nombrar la inoperancia, la falta de empatía, la torpeza de una Europa colapsada, incapaz de ponerse de acuerdo para socorrer al náufrago. O para acatar la ley de mar, que aún entiende la línea que existe entre el latido y su ausencia, y que no discri­mina entre muertos vips y de baratillo. Qué vergüenza hemos sentido ante las insolidarias proclamas de nuestros gobernantes. De las falsas exigencias sobre el “permiso para rescatar” a los “náufragos de conveniencia” y el subterfugio de las mafias que han agitado algunos líderes de la derecha.

La vida és lluny d’aquí (Tusquets) es un título de una novela de Milan Kundera que tan bien me sirve para definir la agonía del barco frente a Lampedusa, inmovilizado, a punto de sangrar, agotadas las fuerzas, aunque Marcos de Quinto sospechara que se servía langosta a bordo. Delinea un nuevo orden ético muy alejado de la posición del papa Francisco, el único líder a quien parece importarle la crisis de los refugiados, o del humanismo secular: y ese es un dato cabal que ilustra la hipocresía entre teoría y práctica. Nuestro gobierno en funciones ha declarado, veloz, que con las quince cabezas que les han tocado en el reparto ponen el tapón ante quienes huyen de su propia desesperación, a pesar de la oscuridad.

Es innegable que vivimos en el mejor de los tiempos de la historia, y que gracias al progreso hemos acortado la insensibilidad. Afirma el pensador Steven Pinker que, para salir del pequeño círculo de lástima, de nuestra tribu, hay que extender el sentimiento de amor universal. En el otro extremo, el mundo oscurantista de ultras como Salvini, Abascal y compañía, también el mercado salvaje y el postureo electoralista del PSOE, favorecen la pegada de una democracia psicópata.

[Publicado el 03/9/2019 a las 15:04]

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Biografía

Periodista y filóloga, escribe en prensa desde los 18 años sobre literatura, moda, tendencias sociales, feminismo, política y paradojas contemporáneas. Especializada en la creación de nuevas cabeceras y formatos editoriales, ha impulsado a lo largo de su carrera diversos proyectos editoriales.

En 2016, crea el suplemento mensual Fashion&Arts Magazine (La Vanguardia y Prensa Ibérica), que también dirige. Dos años antes diseñó el lanzamiento de la revista Icon para El País. Entre 1996 y 2012 dirigió la revista Marie Claire, y antes, en 1992, creó y dirigió la revista Woman (Grupo Z), que refrescó y actualizó el género de las revistas femeninas. Durante este tiempo ha colaborado también con medios escritos, radiofónicos y televisivos (de El País o Vogue París a Hoy por Hoy de la cadena Ser y Julia en la onda de Onda Cero a El Club de TV3 o Humanos y Divinos de TVE) y publicado diversos ensayos, entre los que destacan "Hombres, material sensible", "Las metrosesenta" y "Generación paréntesis". Desde 2006 ejerce de columnista de opinión en La Vanguardia.

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