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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

lunes, 12 de mayo de 2008

Blog de Clara Sánchez

El Gran Gatsby (3)

/upload/fotos/blogs_entradas/el_gran_gatsby_33_med.jpgGatsby es el nuevo héroe del XX, hecho a sí mismo, sin demasiados miramientos, ni demasiados escrúpulos. Es el nuevo dinero. Pero, ante todo, es el nuevo romántico, cuya ética comienza y termina con su deseo. También su vida. Y todas las grandes ambiciones y anhelos de Gatsby parece ser que se han concentrado en uno solo: Daisy Buchanan, traslúcida como la ternura, bella como sus vestidos. En medio del calor de aquel verano derrama su mirada soñadora y lánguida sobre un Gatsby que acaba de salir de las tinieblas para apostarse impecablemente vestido ante los ventanales y así contemplar sus propias fiestas o bien la adorada casa de su amada al otro lado de la bahía.

No ha tenido más remedio que dedicarse a enriquecerse durante algunos años en un mundo oscuro y sin sentido para poder regresar, un buen día de verano, a la vida luminosa y ligera de Daisy. Cae en ella con una deslumbrante mansión, buenos trajes, champán, coches, flores, con todo lo que hace juego con esa voz de Daisy "llena de dinero", con todo lo que le hace creer que por poseer lo que a ella le gusta ya es como ella. Y, sin embargo, la distancia es abismal, la distancia es una profunda herida porque Daisy y su marido respiran en el dinero como los peces en el agua. Un dinero tan antiguo como los fondos de los mares y no recién llegado como el de Gatsby. Gatsby es un fronterizo, un romántico, un aventurero, alguien capaz de arriesgarse hasta las últimas consecuencias por ir detrás de un simple brillo. ¿Y quién no es un poco Gatsby?

[Publicado el 08/4/2008 a las 07:00]

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El Gran Gatsby (2)

/upload/fotos/blogs_entradas/francis_scott_key_fitzgerald_med.jpgEl gran Gatsby revolucionó la narrativa del siglo XX porque logró inmortalizar el presente. Fue escrita por un auténtico genio, que vivió y entendió su tiempo, F. Scott Fitzgerald. La novela se publicó en 1925, en el corazón de la era del jazz, de unos años en que como se dice en ella: "un centenar de pares de zapatos de plata y oro levantaban un polvo luminoso". Desolada, irónica, poética, cruel, tierna, hermosa hasta lograr hacer de la frivolidad  y de las enormes gafas del doctor T.J. Eckleburg dos trágicos referentes de la vida contemporánea, cuya esencia es el matrimonio Buchanan, dedicado a entretener su tedio como puede, pero que en el fondo es intocable e inalcanzable tanto para la patética alegría de Myrtle (amante de Tom Buchanan) como para la seriedad de Gatsby (enamorado de Daisy Buchanan), ante los que Tom y Daisy han sacado palomas del sombrero y pañuelos de las mangas sin confesarles nunca que se trataba de un simple truco.

Los personajes y las atmósferas están compuestos por infinitos matices, que nos llegan a través de Nick Carraway, como ya sabemos vecino de Gatsby y primo de Daisy, convertido de esta manera en nuestros ojos y en nuestra mente. Un hallazgo de narrador sin cuya controlada participación, sin cuya mirada mitad distanciada mitad involucrada, esta historia sólo habría sido una tragedia o una comedia.

[Publicado el 07/4/2008 a las 12:15]

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El Gran Gatsby (1)

/upload/fotos/blogs_entradas/el_gran_gatsby_med.jpgEstos días solo me interesa la lectura, es lo único que no me deprime, me hace pensar en otras cosas y hace que me olvide de las preocupaciones. Creo que voy a volver a leerme El Gran Gatsby porque recuerdo que la última vez (nada más la he leído dos veces, con ésta serán tres) me reí bastante, me reí y me emocioné al mismo tiempo, sobre todo cuando Gatsby quiere embellecer a toda costa la pequeña casa de Nick Carraway (el narrador, vecino de Gatsby y primo de Daisy) para que el encuentro Gatsby-Daisy sea lo más perfecto posible.

¡Ay! El que ama, por muy mundano que sea, siempre resulta un poco ingenuo y torpe y capaz de hacer cosas impensables en cualquier otra situación. Por eso, porque ama, Jay Gatsby es tan vulnerable como un niño. Nos lo empieza a parecer desde el principio de la historia, sabemos que algo le ocurre a ese hombre con aspecto de estar a la intemperie aun entre las paredes de su lujosa mansión, y completamente aislado de las frenéticas fiestas que ofrece a todo tipo de desconocidos. Su comportamiento es misterioso, nos intriga, nos hace preguntarnos qué mira, qué espera, qué piensa, hasta quedar atrapados en su magnética personalidad.

Porque somos nosotros, los lectores, los que nos dejamos seducir por la emoción con que invade de flores y plata la cabaña de Nick Carraway para esperar a Daisy. Somos nosotros los que nos vamos enamorando de él cuando comprobamos que ha sido capaz de mantener intactos la ilusión y el amor por Daisy contra viento y marea, y somos los que nos vamos compadeciendo de él según nos vamos dando cuenta de que es un soñar y que ninguno de los que le rodean están a la altura de su sueño.

[Publicado el 04/4/2008 a las 07:00]

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Dr. Jekyll y Mr. Hyde (3)

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Boris Karloff como Frankenstein.

El terrible secreto Hyde surge de los sótanos más profundos de la naturaleza del apuesto e insatisfecho doctor, es su víctima, el que ha cargado durante mucho tiempo en mi imaginación con su culpa. Pensando en él me viene a la mente el monstruo de Frankenstein (de Mary W. Shelley), otra pobre víctima del progreso científico, que también surge de otro laboratorio aunque por distinto procedimiento. Frankenstein recurre a la cirugía y a la electricidad, y su criatura es el resultado de unir distintos miembros y órganos de diferentes cadáveres. Por el contrario, Jekyll prefiere la química, pócimas algo extravagantes que surten el efecto de separar a Jekyll de Hyde. Mientras que Mary Shelley anticipa los, ahora corrientes, trasplantes y a los androides, Stevenson anticipa a Freud y algo más que aún no se ha logrado: separar artificialmente los componentes de la personalidad. Dice Jekyll: "Día a día, así desde el punto de vista moral como desde el intelectual, me iba acercando progresivamente a esta verdad, por cuyo descubrimiento incompleto he sido condenado a tan horrendo naufragio: que el hombre no es realmente uno, sino dos. Digo dos porque el avance de mis propios conocimientos no llega más allá de este punto. Otros vendrán después, otros que me dejarán atrás e irán más lejos por las mismas sendas".

Así que, por encima de todo, en este relato se eleva la certeza de Jekyll y su creador Stevenson de que la conquista de un mayor grado de conocimiento exige cierta pérdida de inocencia y alguna dosis de sufrimiento, porque en cualquier cambio, aunque sea para mejor, se pierde el estado anterior y ya hay una falta. Y del mismo modo que el agua deja de ser agua si se separan sus componentes, Jekyll deja de ser Jekyll cuando Hyde se aparta definitivamente de él.

Según escribo estas líneas, de vez en cuando miro una fotografía de Stevenson, en que levanta un instante la vista de sus papeles y nos observa muy seriamente como advirtiéndonos: a partir de ahora todos somos el Dr. Jekyll y Mr. Hyde y ya no hay vuelta atrás.

[Publicado el 03/4/2008 a las 12:20]

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Dr. Jekyll y Mr. Hyde (2)

/upload/fotos/blogs_entradas/dr.jymr.h2_med.jpgQué tormento sentirse convertido en un burro o en un enorme insecto sin llegar a perder la conciencia de sí mismo. Una pesadilla que no surge de la nada sino de otro miedo más profundo y antiguo a lo desconocido, a lo imprevisible, a perder el control, o sea, a que mi memoria se olvide de quién soy, que es el precio que Jekyll ha de pagar por ser Hyde. O, lo que es lo mismo: joven, vigoroso, impulsivo, sin prejuicios ni educación, una fuerza caprichosa de la naturaleza en busca de la satisfacción urgente de cualquier deseo por retorcido que sea.

Jekyll quiere ser Hyde. Y este Hyde ignora a Jekyll. Digamos que Hyde es ese castigo que llega -en palabras del amigo del doctor Mr. Utterson- "cuando la memoria ha olvidado ya". Y el narrador confirma que "Jekyll tenía el interés de un padre; Hyde poseía la indiferencia de un hijo". Pobre Hyde, esa sombra escurridiza, que la vergüenza de Jekyll condena a ser deforme y repulsivo. Producto del lado oscuro de la conciencia del doctor, del sentimiento de culpa, de la clandestinidad, del secreto que no puede ser compartido con nadie. ¿Quién no tiene algo en su conciencia que es incapaz de contarle a los demás, que le produce vértigo poner en palabras? He aquí el tercer miedo que nos ofrece esta historia.

[Publicado el 02/4/2008 a las 10:56]

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Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1)

/upload/fotos/blogs_entradas/dr.jekyllymr.hyde1_med.jpgLlevo varios días acordándome de esta novelita de Robert Louis Stevenson, que cada vez me parece más grande, una obra maestra que hace que me acuerde de que tengo miedo. Un miedo inconcreto a la enfermedad, a la  vejez, a la locura, a que un accidente me desfigure, en definitiva a dejar de ser como soy en este momento. Que no es ni más ni menos que lo que le sucede a Jekyll cuando se vuelve Hyde por voluntad propia. También es lo que le pasa a Lucio (el protagonista de El asno de Oro, de Apuleyo) cuando se trasforma en asno al untarse un ungüento mágico. Y a Gregor Samsa (La Metamorfosis, de Kafka), que, sin necesidad de untarse ni tomar nada, empieza a notar una mañana al despertarse que su cuerpo ahora es el de un insecto gigante y que podría considerarse la versión contemporánea y bellamente deprimente de las Metamorfosis, de Ovidio, donde el que una persona se convierta en árbol parece natural.

Vistos en conjunto, estos relatos hacen realidad el peor de nuestros sueños y temores: que el continuo cambio a que estamos sometidos desde que nacemos hasta que morimos sea tan repentino y violento que nos arranque de nosotros mismos, que nos meta en otro cuerpo, en otra apariencia.

[Publicado el 01/4/2008 a las 12:15]

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Isabel Polanco

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Isabel Polanco.

Como escritora me sentí tratada con respeto, con amabilidad y con cercanía por Isabel Polanco. No sé cómo lo hacía pero lograba que te consideraras lo suficientemente importante como para confiar en tus propios sueños y seguir adelante. La Isabel que yo conocí era luchadora, trabajadora, generosa y muy comprometida con sus escritores. Tenía un rostro despejado, luminoso como si no pudiera atravesarlo ningún mal pensamiento y la sonrisa de quien ama la vida. Nunca la olvidaremos.

"¿Cuándo será que pueda

libre desta prisión volar al cielo,

Felipe, y en la rueda,

Que huye más del suelo,

Contemplar la verdad pura sin duelo?

Allí a mi vida junto,

en luz resplandeciente convertido,

veré distinto y junto

lo que es y lo que ha sido,

y su principio propio y escondido.

Entonces veré cómo

la soberana mano echó el cimiento

tan a nivel y plomo,

do estable y firme asiento

posee el pesadísimo elemento.

.........

Veré sin movimiento

en la más alta esfera las moradas

del gozo y del contento,

de oro y luz labradas,

de espíritus dichosos habitadas" 

(A Felipe Ruiz, Fray Luis de León) 

[Publicado el 31/3/2008 a las 11:30]

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Rafael Azcona

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Rafael Azcona.

Rafael Azcona ha sido un genio, ha sido bueno y ha sido siempre joven. Desde la primera vez que lo vi hace unos nueve años hasta la última, estas tres cualidades lo han iluminado de una forma que lo hacían brillar por encima de los demás. Si hubiese sido sólo un genio nos habría bastado con sus guiones, porque hay muchas veces que los genios no tienen ningún interés como personas, sin embargo Azcona tenía una cualidad rara y escasa: meterse en la piel del otro de forma natural, sin forzarlo, sin intentarlo siquiera. /upload/fotos/blogs_entradas/el_cochecito_med.bmpLas veces que lo traté, que no fueron muchas, tuve la intensa impresión de que me comprendía, de que se ponía en mi lugar. Miraba a los ojos buscando algo que seguramente ni yo misma era consciente de tener, y como a mí debía de ocurrirle a todo el mundo. El drama de la humanidad es que hay gente incapacitada para meterse en la piel de otro, gente intransigente, severa, que rechaza lo que es muy distinto a sí mismo. Azcona pudo escribir los maravillosos guiones de El verdugo, El pisito, El cochecito o Plácido, aparte de por poseer un talentazo descomunal, porque tenía el don de comprender. Prefería comprender a juzgar y sabía rescatar esa pequeña inocencia que nos hace salvables.

Y siempre gozó de ese aspecto joven, que le quitaba quince o veinte años de encima. Se dice que la cara es el espejo del alma. En su caso todo él era espejo de alguien con permanente interés por los demás, de alguien que miraba de verdad.  

[Publicado el 28/3/2008 a las 07:00]

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Coches (3)

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Los manuales también recogerán el caso de los disidentes del coche, dicho de una manera. O bien de los parásitos de los coches de los demás, dicho de otra, porque vivimos atrapados en este invento sin salida posible. A estas gentes, entre las que me encuentro, el coche no les ha llegado a calar. Su estética les deja fríos, no distinguen las marcas ni los modelos, les falta la sensibilidad del futurista Marinetti, que decía que un coche de carreras tenía más belleza que la Victoria de Samotracia. Puede que el respeto que nos produce no nos deje valorarlo en todo su esplendor. Y nos aparte, nos excluya de algo común y corriente, lo que puede acarrear secuelas sicológicas.

Pongo mi caso. Pertenezco al pequeño club de los que nos sacamos el carné de conducir a los veinte años y hemos cogido el coche cuatro o cinco veces en toda nuestra vida, lo que no quiere decir que no me deje llevar por los coches de los demás. Sólo no me fío de mí. Desde entonces tengo una pesadilla recurrente. Voy conduciendo como puedo sin respetar direcciones prohibidas, ni cedas el paso y sin conocer bien el callejero, entonces me ocurre que no encuentro con el pie el freno ni el embrague y he de agacharme a mirar mientras conduzco, lo que me crea bastante angustia y me prometo no volver a coger el coche nunca más en mi vida.  

[Publicado el 26/3/2008 a las 07:00]

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Coches (2)

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Además, sus aparatosos motores funcionaban con gasolina, que era el combustible de la época antes de pasar al hidrógeno y al aceite de girasol, y por eso algunos ardían al colisionar. Por no hablar de las ruedas, un invento que arrancaba de unos cinco mil años atrás y que aún no habían superado.

En los manuales leerán que cuando había que comparar algo malo (infartos, epidemias o catástrofes) con algo peor siempre se comparaba con las bajas por accidentes de tráfico y se preguntarán por qué, si se retiraron los anuncios del tabaco y del alcohol de la televisión, no se retiraron los de coches, o por lo menos no se dejó de enaltecer la sensación de libertad y alegría producidas por la velocidad. Y les resultará bastante contradictorio que junto a uno de estos anuncios engrandeciendo los caballos y potencia de un modelo aparezca otro de Tráfico pidiendo prudencia y sentido común para rebajar las negras estadísticas de cada fin de semana. También les llamará la atención que llegásemos a considerar el coche, no sólo un medio de transporte a falta de algo mejor, sino un complemento más como los zapatos o el reloj, cuando no una armadura, desde cuyo interior ser dueños del mundo. 

[Publicado el 25/3/2008 a las 07:00]

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Foto autor

Biografía

Clara Sánchez es escritora española. En la actualidad reside en Madrid, donde estudió la carrera de Filología Hispánica y donde durante varios años enseñó en la universidad. Hasta la fecha ha publicado ocho novelas: Piedras preciosas (Debate, 1989), No es distinta la noche (Debate, 1990), El palacio varado (1993, Punto de Lectura 2006), Desde el mirador (Alfaguara, 1996), El misterio de todos los días (Alfaguara, 1999), Últimas noticias del Paraíso (Alfaguara, 2000), Desde el mirador (Alfaguara, 2004) y Presentimientos (2008).

 

Su obra ha sido traducida al francés, alemán, ruso, portugués, griego...

Ha recibido el premio Alfaguara de novela en 2000 por Últimas noticias del paraíso.

 

Y el premio Germán Sánchez Ruipérez al mejor artículo sobre Lectura publicado en 2006 por la columna titulada "Pasión Lectora" (El País, 6 de agosto).

 

Colabora habitualmente en El País. Y durante unos cinco años lo hizo en el programa de cine de TVE "Qué grande es el cine".

Bibliografía

/upload/fotos/blogs_entradas/9788420473529_med.jpg

 

Presentimientos (2008). Alfaguara, España

Un millón de luces (2004). Alfaguara, España

Últimas noticias del paraíso (2000). Alfaguara, España. (Punto de Lectura, 2001) (Premio Alfaguara de Novela)

El misterio de todos los días (1999). Alfaguara, España

Desde el mirador (1996). Alfaguara, España

El palacio varado (1993). Editorial Debate, España. (Punto de Lectura, 2006)

No es distinta la noche (1990). Editorial Debate, España. (Próximamente en Punto de Lectura)

Piedras preciosas (1989). Editorial Debate, España. (Próximamente en Punto de Lectura)

Enlaces

www.clarasanchez.com

 

Artículo en ABC sobre la autora.

 

Reseña de su nuevo libro en El cultural.

 

Entrevista en la revista Anika entre libros

 

Entrevista en El Semanal Digital

 

Comentario del libro en elmundo.es/blogs

 

 

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