Sin un poco de inocencia es imposible disfrutar de nada en la vida. Es lo bueno que tiene el enamoramiento, que te devuelve unos gramos de inocencia y la sensación de que eres el protagonista del mundo. Tiene mucho de película como ya sabemos. En el fondo el cine siempre está intentando crearnos la ilusión de que somos el centro de la historia y que sin nuestras sonrisas y nudos en la garganta nada de lo que ocurre en la pantalla tendría sentido. Por eso, para ver cine, es necesario entregar desde la butaca la poca inocencia que nos quede, rebuscar en los bolsillos toda la calderilla emocional posible. Sería casi malsano estar todo el rato pensando en el esfuerzo y sinsabores que habrá costado encajar las piezas de esa realidad paralela que alguien se ha empeñado en crear, y en lugar de dejarse llevar, estar pensando cómo habrá conseguido el productor ese helicóptero, de dónde le habrá venido el dinero... El espectador sólo tiene que comerse el pastel y no mancharse las manos de harina, porque si se enamora de lo que ve, si traspasa el espejo es que no falta ni sobra nada, aunque falte y sobre con la naturalidad con que hay montañas exageradamente altas y desiertos sin un simple matojo. Pero las montañas desproporcionadas y los desiertos imposibles son cosa de los críticos y de los jurados de los festivales.
Precisamente escribo estas líneas mientras formo parte del jurado del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva en medio de un festín de películas y de inocencias recuperadas, de risas, sonrisas y algún que otro nudo en la garganta gracias a algunas obras que en mi opinión han logrado que este festival merezca la pena. Sin conocer la trastienda de los festivales, al menos en esta ocasión ha sido una manera de ver mucho en poco tiempo y de disfrutar de cintas que de otra manera habrían pasado desapercibidas. Hoy por hoy los festivales de cine tienen mucho más que ofrecer que, por ejemplo, los festivales de literatura, organizados una y otra vez con las mesas redondas y conferencias de toda la vida, esperando que los escritores saquen al actor que llevan dentro mientras las novelas se empinan sobre la mesa como pueden.
Qué fácil es ver cine. Incluso la película más cansina la ves repantigado en la butaca, incluso la más larga se tarda en verla menos que en leer un libro, y hasta en la menos lograda, con algo de buena fe, puede uno encontrarse un rayo de esperanza. Cuesta mucho menos opinar sobre una película que hacerla por muy bueno que sea el comentario y muy mala la película. Por supuesto digo todo esto desde la inocencia que me queda, sin pensar en el desagradable asunto del dinero, las ayudas, subvenciones y las crispaciones que rodean al cine español, porque los espectadores cuando pensamos en el cine pensamos en emociones y en nuestros queridos actores como los homenajeados en Huelva, Joaquim de Almedia y José Luis Gómez, sin olvidar a uno de los más grandes: José Luis López Vázquez, desaparecido hace poco, un cómico que logró devolvernos el dolor y frustraciones del pobre hombre medio español de la posguerra y la transición envueltos en la más tierna ironía.
Con sus pro y sus contra, es indudable que las ciudades con festival de cine están sacudidas por un cierto encanto. Cannes, Venecia, San Sebastián, Valladolid, Málaga, Huelva... En Madrid tenemos los Goya, pero además el cine ha cubierto esta ciudad de señales y guiños, rastros invisibles que nos vamos encontrando aquí y allá. Le sacamos poco partido a ese mapa que se ha ido dibujando desde La Torre de los siete jorobados, de Edgar Neville, pasando por El pisito, de Marco Ferreri, las añoradas comedias de Fernando Colomo, Abre los ojos, de Alejandro Amenábar o el Día de la Bestia, de Álex de la Iglesia. La cámara tiene el poder de fijar y convertir hasta lo más vulgar en simbólico y ciertas calles y edificios que nos rodean han entrado en el reino de la magia. Por lo tanto, le propongo al Ayuntamiento o a quien corresponda la idea de señalar esos sitios en que se hayan rodado escenas emblemáticas de nuestro cine con placas o mosaicos donde se reproduzcan dichas escenas, monumentos invisibles de nuestra cultura urbana y huellas de nuestra forma de vida, del paso del tiempo, de la inspiración del día a día. El proyecto se podría llamar "Aquí se rodó", acompañado de una guía turística: "De Madrid al cine". Por supuesto no regalo la idea.
[Publicado el 23/11/2009 a las 09:37]
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Tenía un nombre tan corriente como los personajes que interpretaba. Corrientes por fuera, complejos, contradictorios y desasosegados por dentro. Hizo películas de ocasión y películas maravillosas, pero él siempre fue genial. A través de su tierna y desolada mirada muchos aprendimos a ver el mundo. No sé por qué en los últimos tiempos me acordaba bastante de él y me llamaba la atención el poco caso que se le hacía, el poco reconocimiento que se le daba desde las instituciones y los medios culturales. Pero no importa porque lo que ha hecho, hecho está. Parece que Chaplin dijo que era uno de los grandes. A la vista estaba. Era capaz de conmovernos mientras nos hacía reír. Le doy las gracias desde aquí por todo lo que me ha dado sin saberlo. En mi mente lo pongo junto a Pepe Isbert y Jack Lemmon. Pertenece a ese lugar de seres excepcionales donde le espera Rafael Azcona.
[Publicado el 04/11/2009 a las 10:26]
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Escribo estas líneas rodeada de escombros en mi piso de Madrid. El fontanero ha abierto ya cinco enormes boquetes en techo y paredes buscando la fuga de agua. Mete la cabeza por los agujeros y luego la saca y se la rasca. Esto es un misterio, dice, es lo más raro que he visto en mi vida. Yo trago saliva. Otro que no tiene ni idea de lo que está haciendo. Uno de sus ayudantes evita mirarme, no quiere que lea en sus ojos que piensa lo mismo que yo. Me dan ganas de preguntarle al fontanero jefe dónde ha aprendido el oficio, si tiene alguna preparación que lo autorice a meterse en mi casa y empezar a hablar de lo raro que es todo mientras no arregla nada. ¿No tendrían que tener los fontaneros un carné de fontanero que los avale, y los panaderos, los electricistas, los albañiles...? ¿No tendría que exigírsele al que monta una empresa de fontanería que garantice que tiene la FP u estudios parecidos?, del mismo modo que se le exige al que monta una academia de idiomas o una clínica o una peluquería. Yo, mañana mismo, puedo ponerme un mono blanco, comprarme unos rodillos, unos cubos de pintura y tratar de pintarte tu casa y cuando me encontrase con algún problema decir que qué cosa tan rara. Desde luego como la experiencia y la habilidad innata no hay nada, todos desearíamos tener algún manitas en nuestra vida, aquel ángel del barrio que podía arreglarte desde el horno hasta el parquet, que se ganaba la vida dejando satisfecha a la gente, pero lamentablemente ese ángel se ha ido al cielo. Ahora hay mucho especializado en la nada, en marearte y sacarte el dinero. Sobre el asunto de la experiencia me viene a la mente la contradicción que siente un amigo mío hacia su cardiólogo que por un lado le salvó la vida y por otro le dejó de piedra al enterarse por los periódicos de que había sido detenido por ejercer sin titulación. Mi amigo dice que es justo que el cardiólogo vaya a la cárcel, pero que le llevará bocadillos.
En este país a la titulación se la llama titulitis, el prestigio de la universidad está por los suelos y todos hemos estudiado la carrera renegando de los apuntes y de un sistema caduco, pero por poco que garanticen unos estudios universitarios o de cualquier otro tipo, el no hacerlos garantiza aún menos. Desde luego es más cómodo no pasar por ello, emplear esos cinco años en vivir la vida y luego falsear el currículo. Qué más da, como decía Jorge Manrique "si juzgamos sabiamente/ daremos lo no venido por pasado". No vamos a perder tan precioso tiempo en hincar codos para luego llenar una línea en la biografía y encima no encontrar trabajo. Roldán cuánto nos enseñaste con tu falso título y tu vida de fantasma. Nos enseñaste que este no es sólo el país de la titulitis sino de los pillos, los espontáneos y los delincuentes de guante blanco. De hecho no salimos de un caso Malaya y nos metemos en un caso Gürtel, con otros más en medio trincando de aquí y de allá en una maraña de avaricia y falta de la más mínima ética que revuelve las tripas. En este país se roba y se despilfarra sin que nadie se despeine, como si fuera lo más normal del mundo, mientras tanto ¿cuántas son las familias que no llegan a final de mes? La figura de Correa cuadra perfectamente con una sociedad en que gusta mucho el espabilado, el que se mete con el coche en la distancia de seguridad que deja otro y a ser posible en el coche del otro, el que sabe atajar. Correa sabía lo que le gustaba a los señoritos, y los señoritos se creen que tienen derecho a todo. Y con todo ese panorama ¿nos atreveremos a darles un sermón a nuestros hijos sobre el esfuerzo y el trabajo?
Y pensar que tendría que estar viendo la exposición erótica del Thyssen para poder hablar de algo realmente importante, pero tengo que vigilar al fontanero. Le pregunto si está seguro de lo que está haciendo y vuelve la cabeza hacia mí dolido. Bajo la mía hacia el teclado intentado escribir, no puedo. Los martillazos, los ladrillos rotos por el suelo. Le grito "¿Ya?". "Aún no", dice. Me acerco prudentemente sin querer pasarme de lista y ante el destrozo le pregunto si no sería mejor pensar con calma dónde está el origen del problema antes de seguir destruyendo mi hogar. ¿Se cree que a mí me gusta hacer esto?, dice, tenga en cuenta que estoy haciendo lo imposible por no pedirle que quite todos los libros de esa pared. Ya sabía yo que era mejor callarse.
[Publicado el 28/10/2009 a las 22:21]
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No es tan fácil que todo cuadre, pero no por eso te pongas triste, ni te desesperes, la vida te reserva muchas sorpresas. Quizá el mundo esté tratando de enseñarnos algo, pero somos tan cabezotas que nos cuesta cambiar de registro. Los duros chicos de Lehman Brothers parecían la realidad, lo sólido, lo práctico, la ley de la gravedad, y mira por dónde todo era un espejismo. Ya no creo en la gravedad, ni en la seriedad. La seriedad y gran gravedad del presidente del COI me dejaban muy intrigada mientras rasgaba el sobre con el resultado de las votaciones y yo me metía otra patata frita en la boca. Ya no creo en la gente que impone una exagerada seriedad como si llevara su superioridad moral esculpida en la cara. Hechizada por esos rasgos pétreos casi no me enteré del resultado. Conque Río de Janeiro... Vaya chasco para los que estaban en la Plaza de Oriente. Por mi parte no sabía muy bien qué sentir. Ya no me entusiasmo a lo loco porque, lo digo en serio, no he llegado a enterarme de en qué nos favorecerían a los madrileños unas olimpiadas, ¿nos darían dinero para sufragar las infraestructuras?, no me ha llegado la información de cómo nos beneficiaría en términos económicos. Por supuesto el nombre de Madrid se haría más internacional, hay que reconocer que Barcelona saltó al escenario mundial, pero también se podría pensar en otras maneras de conseguirlo. En el fondo cuando veo las olimpiadas por televisión, veo estadios, piscinas, podios, atletas atándose las zapatillas y muy poco del país, imágenes sueltas como de postal. De Pekín sólo se me quedaron algunos trozos de muralla. ¿De verdad merece tanto la pena?
En la impecable presentación que España hizo en Copenhague se dijo, si no recuerdo mal, que Madrid era una ciudad que ama el deporte. Y es verdad. Jugamos al fútbol, al tenis, corremos por los parques, vamos en bicicleta, acudimos masivamente a las piscinas. Desde hace unos diez años para acá el ejercicio físico forma parte del día a día y del paisaje, y da gusto ver a la gente cuidarse, correr y saltar o moverse como buenamente pueda. El deporte se ha metido dentro de los ambulatorios y nuestros mayores se han lanzado a andar y a nadar para bajar el azúcar y el colesterol. De pronto el deporte dejó de ser sólo un espectáculo, que contemplábamos desde el sofá tomándonos una cerveza, para mejorar nuestra calidad de vida. Ya ningún intelectual se vanagloria como antaño de usar sólo la cabeza, no hay excusas para estar hecho un asco. Lo que quiero decir es que puesto que no tenemos olimpiadas podríamos aprovechar para mejorar las instalaciones que usa la gente. Por ejemplo hay piscinas municipales (no sé si todas) que no abren los fines de semana en la temporada de invierno, algo incomprensible porque precisamente es cuando se tiene tiempo para hacer ejercicio. ¿No es un desperdicio que permanezcan cerradas? Es completamente absurdo. ¿Por qué alguna de estas piscinas está reservada a partir de las seis de la tarde solo a grupos y no puede asistir el que acaba de salir de la oficina a hacerse unos largos? ¿Por qué son tan caras cuando deberían ser gratis, cuando a la larga serviría para bajar el gasto sanitario?
Pensar a lo grande está bien, pero pensar en el ciudadano de a pie está aún mejor. Francamente creo que en esta ciudad se puede hacer más para incentivar y facilitar el deporte en todas las edades. Parte del dinero que nos íbamos a gastar en esos fastos se podría dedicar a algo más real y práctico.
[Publicado el 19/10/2009 a las 09:11]
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Primero fue la calle de la Ballesta, luego Montera, después o al mismo tiempo la Casa de Campo, pasando por las dudosas sombras del Parque del Oeste, etc. etc. Prostitutas a la intemperie con tanga y botas altas y carne de gallina por el frío. Las veía de todas las clases y colores cuando atravesaba la Casa de Campo para ir a la radio hace unos años. Me incomodaba mucho verlas y sobre todo verlas al mismo tiempo que el taxista. A veces pasábamos en silencio entre aquel bosque de carne comentando el asunto como si fuésemos dos antropólogos en la selva del vicio. Y siempre acabábamos diciendo lo de "pobres mujeres". Más o menos el mismo sentimiento de rechazo y aprensión tuvimos, por la misma época, un grupo de escritoras y periodistas en la Zona Roja de Ámsterdam, en que se agolpaban gigantescos corrillos de hombres frente a los famosos escaparates, algunos simplemente para reírse de las prostitutas. Recuerdo que a una de las nuestras, demasiado sensible al tema, le afectó tanto el ambiente que se puso enferma y tuvimos que llevarla al hotel. Pobres mujeres, repetíamos abriéndonos paso por aquel botellón del sexo. Aunque, si no nos ponemos paternalistas, tendríamos que reconocer que estamos cansados de ver a pobres mujeres arrastrando las bolsas de la compra desde un mercadillo en el quinto pino para ahorrarse dos euros en la fruta, o a esas africanas que tienen que ir a buscar agua a varios kilómetros mientras sus hombres están untándose barro en el poblado, o niñas de diez años cuidando de una caterva de hermanos.
Es curioso que estos ambientes que los hombres buscan para alegrarse la vida tengan un aire tan tristón y deprimente. Hay algo muy amargo en la mirada de la prostituta de calle, que tal vez no sea tan evidente en la de lujo. Prostitutas sí, no putas. La palabra prostituta es más clara en el sentido de compra-venta de un servicio que la de puta. "Puta" ha sido y es un insulto terrible, lanzado como un misil para castigar la falta de obediencia de la mujer y su derecho a usar su cuerpo como le dé la gana. Puta puede ser cualquiera que se salga de los límites que le han marcado. La palabra puta ha servido para arrinconarnos en un sentimiento pudibundo, y esto es algo que algunas generaciones hemos llevado grabado a fuego en nuestra conciencia y nos ha quitado vida.
Pero volvamos a la Casa de Campo, donde casi siempre detrás de las pobres mujeres había una cola increíble de coches. Sucedía a las tres de la tarde, hora de estar comiendo, por lo que alguno que otro haría tiempo hablando con su esposa por el móvil: pues aquí estoy esperando en la cola del bufé.
Ante esta apabullante visión un taxista filósofo me explicó que los hombres tienen una sexualidad muy, muy complicada. Le pregunté qué quería decir con eso. Pero se limitó a cabecear muy serio mientras me devolvía el cambio y a repetir: muy complicada. Mejor dejarlo ahí, mejor no saber más. Parecía que sus palabras le daban otra trascendencia al putiferio de la Casa de Campo, como si las pobres mujeres fueran imprescindibles para que los hombres no se volvieran locos. Al mismo tiempo todo el mundo se quejaba de que mientras los niños hacían deporte se tropezaran con culos al aire y preservativos. Normal. No queremos que nuestros hijos piensen que también ellos están condenados a ser unos repugnantes salidos que se encontrarán con una prostituta o un chapero en cualquier árbol, calle, portal o pared. La pregunta es ¿qué se hace con estos hombres de mente complicada? Y otra ¿quiénes somos para negarle a una mujer u hombre su libertad a la hora de elegir cómo ganarse el sustento? Y otra ¿qué hacemos con unos políticos que cuando no saben qué hacer para solucionar un problema no hacen nada? Las distintas corrientes manifiestan una buena empanada mental en esta cuestión y quizá es uno de los pocos casos en que las posiciones se cruzan sin orden ni concierto. Demasiadas consideraciones morales para acabar cogiéndosela con papel de fumar. Lo que no se puede negar es que la prostitución existe y que es un negocio. Como negocio, no estaría mal que la empleada del sexo pagase sus impuestos igual que la señora que trabaja en una fábrica. Y por supuesto su regulación exigiría un mayor control sanitario. Desde luego el no legalizar esta extendida y demandada práctica no va a acabar con el tráfico de mujeres, ni con las mafias, ni con la esclavitud sexual. El no hacer nada no va a solucionar nada. Una diputada de CIU dijo a modo de explicación "es una cuestión muy compleja". Ya lo había dicho el taxista.
[Publicado el 10/10/2009 a las 09:09]
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Hoy lunes, empiezo la semana con una recomendación: leer Ardores que matan (Plaza y Janés), una novela del escritor y editor mexicano Ramón Córdoba. Por lo general soy partidaria de no conocer a los autores de las obras, sobre todo si la obra me ha gustado mucho, porque casi siempre el escritor queda por debajo de las expectativas que él mismo crea. Sin embargo, a Ramón Córdoba (a pesar de haber escrito un excelente libro) hay que conocerle, merece la pena acercarse donde esté y llevarle la novela para que os la firme porque os dirá algo brillante, entrañable, gracioso y tierno. Así es él, inteligente, con un enorme sentido del humor y gran comprensión humana. Parece que filtra la vida a través de una mirada que no se deja dominar por las pequeñas cosas del estresante día a día, sino que las utiliza para conocer mejor el mundo. Pero, bueno, quien no tenga ocasión de conocerle, podrá acercarse a él a través de Ardores que matan.
Os divertirá, os fascinará esta radiografía sin artificios de la sexualidad de los hombres envuelta en humor, ironía y la propia insensatez masculina. De paso descubriréis un México auténtico, desbordado y desbordante, donde la sexualidad al igual que en todo el planeta se ha afianzado como uno de los principales juegos de poder, y todo esto servido a través de las experiencias eróticas del propio personaje.
En este libro los lectores se desnudan y las lectoras los miran asombradas. A quienes os tiente la idea de abrir esta historia os deseo felices y divertirdos días.
[Publicado el 05/10/2009 a las 10:44]
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Tenía que hacer tiempo hasta la hora del estreno de La cena de los generales, la pieza de teatro escrita por José Luis Alonso de Santos y dirigida por Miguel Narros, con mucho talento por parte de ambos, y decidí ir andando desde la calle Castelló, donde me encontraba por casualidad, hasta el Teatro Español. De vez en cuando me gusta darme un garbeo por el barrio de Salamanca. Aprendí a apreciarlo durante el tiempo que trabajé en la calle de Velázquez en un edificio con cocheras junto a la pastelería Mallorca. Se trataba de un organismo oficial, cuyos despachos habían sido encajados en los salones, salas, habitaciones y cocinas de un pisazo enormemente señorial con techos altos y barrocas molduras de escayola. En los ratos de tedio, mientras mis compañeros echaban sus buenas dos horitas de desayuno (por entonces no me llamaba la atención la comida), me quedaba pensando cómo combinar todos los tonos de rosa, el color más valorado de la zona junto con el beige y el verde botella. También me quedaba contemplando por los alargados ventanales de los balcones la sensación de adormecida paz, y un punto de aburrimiento, que recorría el barrio. Me quedaba preguntándome por qué todos los hombres tenían que llevar el pelo mojado (o como mojado) y estirado para atrás ¿Por qué? ¿Por qué ese miedo a no parecer recién duchados? ¿Podría tratarse de un afán de limpieza exhibicionista frente al olor a sobaco del obrero sudoroso? ¿Por qué ese miedo a la extravagancia? A día de hoy aún no ha entrado en Juan Bravo, Ayala y Don Ramón de la Cruz el aire Amy Winehouse, de pelo que parece sucio, gruesa raya en los ojos que parece del día anterior o de la semana pasada, por lo que adivina cuándo se habrá cambiado de bragas.
¿Por qué ese miedo al apiñamiento y al gentío? No querría ser criticona pero siempre me ha parecido que aquí (seguimos en el Barrio de Salamanca) el buen gusto se confunde con la contención y el no atreverse. No me atrevo a pasar del rosa, no me atrevo a pasar del marrón, no me atrevo a no llevar los zapatos relucientes. No me atrevo a no ir conjuntado. Cualquier cosa antes que arriesgarme a ser hortera. Un lugar donde las dependientas de las tiendas hablan con acento extraño, como si fueran extranjeras de un país que no existe y son muchísimo más finas de lo que la clienta podrá llegar a serlo jamás. Una dependienta que te hará tomar conciencia de tu gran vulgaridad. Por lo que no es de extrañar que los cachorros de la versión Serrano de la periferia que es Pozuelo hayan dicho basta. Basta de ser buenos, basta de no ser rebeldes. Nosotros también queremos acabar a hostias con la policía, queremos llevar el botellón hasta las últimas consecuencias. Lo de Pozuelo es una señal de cambio que se podría extender a El Viso y al Parque Conde de Orgaz. ¿Por qué van a ser siempre los otros los que den la nota? No tenemos miedo a nada, somos tan gamberros como los demás. Se rompe lo que haya que romper. Ya está bien de pensar que en los colegios privados nos agilipollan.
Me dirigía a La Cena de los Generales, esa divertida comedia con un estupendo Sancho Gracia en el papel del maitre Genaro, pensando que el barrio de Salamanca se ha conservado casi tan limpio como lo recordaba, casi tan beige y tan gris marengo, como si existiera una frontera invisible que el populacho no se atreve a pasar. Y por muchas obras que se hagan en la calle Serrano los usos y costumbres de esta zona son los que más lentamente evolucionan frente a Chueca, Lavapiés, Carabanchel, Villaverde...
Aún hay dos Madrid. Uno representado por pongamos la calle Velázquez. Otro representado por pongamos Preciados. Por fortuna, ya no estamos en los terribles tiempos en que en una misma cocina, la cocina del Hotel Palace que sirve de escenario y espacio poético en La Cena de los Generales, un Madrid mataba al otro, un Madrid privaba de libertad al otro. Por fortuna ahora todo se reduce a una cuestión estética. El torrente de gente de la calle Preciados es insoportable, pero de vez en cuando apetece pegarse un baño de masas y desembocar en una puerta del Sol sin arreglo posible, sobre todo si nos empeñamos en convertirla en algo que no es. A la gente le gusta citarse allí porque tiene algo de plaza de pueblo y porque no encuentran que desentonen en las calles que la rodean. En la Puerta del Sol no se busca la belleza sino la familiaridad, ser uno más.
[Publicado el 22/9/2009 a las 16:27]
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Sentado en una de esas sillas altas para socorristas en la playa, sostenía unos prismáticos. Llevaba el pelo corto negro y de punta, una camiseta blanca ajustada que le marcaba los pectorales, bermudas rojas, las piernas afeitadas. Aunque aparentaba muchos menos Quique tenía ya 35 años y una vida detrás no todo lo maravillosa que hubiese querido. Fue barriendo con los prismáticos la orilla y luego más adentro hasta que se detuvo en una pareja que jugaba a hacerse aguadillas. A esas horas de la mañana la playa ya era un hormiguero. Y él pensaba que aquella gente dependía de él, desde los niños a los ancianos. Pensaba esto sin apartar los ojos de la pareja. Los enfocó mejor. Él conocía a aquel tío. La mujer, una chica de veintitantos, le empujó la cabeza con la mano y lo hundió. Estuvo abajo unos segundos y cuando salió y estiró el cuello sobre el agua lo pudo ver bien: el pelo negro ensortijado, que solía peinarse estirado para atrás, la barba reluciente, la nariz grande como si tuviera que respirar por tres o cuatro y ojos pequeños y vivos de sabérselas todas. Se llamaba Germán. Y Germán era el culpable de que ahora estuviese subido en esta silla tan alta y lo pudiera observar como si fuera Dios.
La chica saludaba con un brazo. No, la chica parecía que pedía ayuda. ¿Le estaría ocurriendo algo a Germán, al mismo que se las había hecho pasar canutas a Quique cuando empezó a no pasarle clientes y a arrinconarle en el trabajo?.
Ahora la chica en el mar no sabía cómo ayudarle a respirar. Lo puso boca arriba e intentaba empujarle hasta la orilla. El problema era que se habían alejado demasiado y que Germán era muy grande y ancho y poco manejable.
Germán se lo puso tan difícil que Quique tuvo que hacer terapia para recuperar la autoestima, dejar la empresa en la que llevaba desde que terminó la carrera y cambiar de vida. Se convirtió en un deportista y decidió que se dedicaría a algo que tuviera que ver con salvar a los demás.
Evidentemente Germán se estaba ahogando y la chica gritaba. Un bañista se dio cuenta y empezó a nadar hacia ellos. Nadie tenía la culpa de que Germán no se hubiese cuidado más. Mucha comilona y mucha mala baba. Las aguadillas habían podido con él. Alguien le avisó desde abajo que ocurría algo grave. Quique descendió lentamente los peldaños y se dirigió el grupo de gente que rodeaba a Germán tumbado en la arena. Esperaba no tener que hacerle el boca a boca. Pidió ayuda por el móvil y se abrió paso hacia él. Le tomó el pulso. No había nada que hacer.
¿No va a reanimarle?, gritó la chica llorando. Es inútil, contestó Quique. ¿Inútil?, dijo un bañista, este hombre estaba ahogándose y usted no hizo nada. Ya me encargaré yo de que le quiten el carnet de socorrista.
Está bien, pensó Quique mirando fijamente los ojos sin vida de Germán, puede que consigas amargarme la vida una vez más, pero será la última.
Cuento publicado en El País
[Publicado el 11/9/2009 a las 12:16]
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En Madrid la estrella de este verano está siendo sin ninguna duda Joaquín Sorolla, mucho más que Madonna, que pasó por aquí a dar un concierto y a ver el Museo del Prado y al final se hablaba más de la visita al museo que de la actuación. Para muchos ganó puntos con este gesto, fue como entreabrirnos su interior, fue como decirnos mucho de la auténtica Madonna sin decir nada. Fue como decir, estoy en plena forma mental, no soy sólo músculo, y no solo me interesa brillar en el escenario, sino que hoy me voy a poner un sencillo trajecito blanco, unas deportivas y, eso sí, un sombrero, me voy a coger a mi novio y a mi hija y varios guardaespaldas parecidos a mi novio y vamos a salir como una familia normal a pillar cultura. Hizo bien en no hacer declaraciones en el trayecto desde la puerta del museo hasta la puerta del coche para no convertir en extraordinario lo que tendría que ser corriente en todos los que por un motivo u otro visitamos una ciudad que no conocemos. Todas tienen su encanto, aunque sea el encanto de lo nuevo y por eso el éxito de programas como Madrileños por el mundo, Castellano-manchegos por el mundo, Viajeros por el mundo o Españoles por el mundo, por muchos y parecidos que sean, no nos cansamos de verlos. Enganchan, porque ¿a quién no le gustaría cambiar de vida? Enamorarnos en uno de esos sitios que hemos visto en las postales, encontrar un trabajo entre fiordos o palmeras salvajes, comprar una casa que casi siempre será más grande y barata que aquí, dejarnos rastas o barba, acostumbrarnos a pasar mucho frío o mucho calor, acostumbrarnos a otras comidas y a otro idioma, hacer amigos con turbante, tener hijos que saludarán a sus lejanos abuelos con fuerte acento balinés, invitar a los amigos y enseñarles lo que nunca sabría un turista, sentir mucha añoranza de nuestra tierra y de la familia, de la calle donde jugamos de pequeños, del colegio donde nos enseñaron lo que vale un peine. Pero los madrileños, ¡ay, los madrileños!, preguntados por la reportera que ha ido a grabarles al otro lado del mundo, lo que más recuerdan, lo que les produce verdadera nostalgia son...las tapas.
Y no falla. Echo de menos a mis padres y... las tapas. Echo de menos ver a los hijos que dejé en Móstoles y...las tapas. No es una frivolidad, es un concepto que encierra muchas sensaciones. Decir tapas es decir una forma de vida. Las tapas es salir por ahí con gente (preferiblemente amigos, aunque antes mal acompañado que solo), ir a un bar, pedir unas cañas y que por encima de las cabezas vuelen los platos con las tapas (entendiendo que una tapa puede ser un plato de paella). Comérselas en medio del griterío y de pie derecho, aturdirse. ¿Y qué va a ser ahora? pues unas cañitas más y unos vinos. Más tapas con la nueva tanda, ¡quién dijo penas! Las carcajadas, el calor humano, otra ronda, y de vuelta a casa como nuevo. No tengo hambre, decimos nada más entrar y ver la mesa puesta. Las tapas son mejor que un polvo.
¿Iría Madonna de tapas? No es excluyente, puede uno patearse la Milla de Oro de los museos empezando por el Prado, siguiendo por el Thyssen y terminando por el Reina Sofía, para reponer fuerzas por los bares de Atocha y seguir por Huertas si nos queda fuelle, porque lo bueno de las tapas es que vas consumiendo y quemando sobre la marcha. De todos modos, en el tapeo, como en el teatro Nô, hay que entrar poco a poco, hay que hacerse con el ritual. No me lleves a Madonna después de ver los cuadros de Velázquez o de Sorolla en plan tapeo a lo grande porque se sentiría en medio del caos, no entendería una ceremonia a la que hemos dedicado años de nuestra vida.
¿Y que tiene esto que ver con Sorolla? Pues mucho, porque Sorolla es la sensualidad en estado mediterráneo puro. La arena, las olas espumosas, el calor, la luz cegadora y cuerpos desnudos que no se exhiben sino que están disfrutando del agua y el sol. Son cuerpos pintados no tanto para el placer de los demás como para el propio, como el cuadro de esos niños con muletas del asilo de San Juan de Dios para quienes el mar es una invitación a la vida. Aún se puede ver en la colección colgada en el Prado, y después siempre nos quedará el Museo Sorolla, en General Martínez Campos, 37, uno de los refugios más agradables de Madrid, donde pasear por los mismos jardines por los que el pintor paseó.
[Publicado el 31/8/2009 a las 11:13]
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He estado viendo en los Renoir de la Plaza de España Déjame entrar, una película sueca sobre vampiros (una pequeña vampira más bien) deslumbrante. Creo que la pillé por los pelos (lleva ya cinco meses en los cines) porque en la sala éramos exactamente cuatro personas. Nunca he visto una película en mayor silencio. En la película tampoco hay mucho diálogo por lo que los subtítulos no me distraían y pude concentrarme en sus espléndidas y blancas imágenes. La nieve, el frío, suecos toscos que buscan el calor humano en bares desaliñados y un chico de doce años, Oskar, rubio hasta la extenuación y con la piel más blanca que la propia nieve, pero con los ojos tirando a oscuros, un niño grandote que aún no ha pasado a la fase siguiente. Este chico llena la pantalla con una inocencia que da miedo, como si la inocencia no tuviera que ser necesariamente buena. Ni la crueldad completamente mala. La inocencia se corrompe y la crueldad se humaniza cuando llega a su vida Eli, una vampira de su edad que si no chupa sangre humana muere. Pura supervivencia. Tal vez vivir sólo se trate de eso y el amor sea la mejor manera de sobrevivir porque sin él no resistiríamos tanta frialdad, tanta respiración helada saliendo de nuestra propia soledad. Con esta historia la poesía ha vuelto al cine. Poesía equilibrada como la mirada de Oskar, que trata de no desesperarse ante el acoso de sus compañeros de colegio. No se sabe qué mirada aterra más, si la neutra de Oskar o la extraña y turbia de Eli. Qué ojos los de esta actriz, grandes y hambrientos, lejanos. Hay momentos en los que rejuvenecen y se acercan a su edad, pero en general parecen hundidos en un tiempo animal.
La verdad es que este argumento sin la realización de Tomas Alfredson no llamaría la atención. Si no hubiese visto la imagen de cartel del chaval rascando la pared ni siquiera me habría quedado con el título. Ahora estoy pendiente de leer la novela en que está basada. Nunca he entendido la atracción del público por los vampiros. En Déjame entrar Eli podría haber sido una vampira o cualquier otra cosa que la hiciese especial. La fuerza que mueve a los personajes no es que ella necesite abalanzarse sobre cualquier cuello palpitante, sino que él necesita que le echen una mano, que le salven. Porque el argumento contado a grandes rasgos es bastante vulgar. Así que otra vez estamos en aquella vieja distinción del qué y el cómo. El problema es que a veces se ha abusado tanto del cómo que el qué se quedaba en nada. Pero últimamente el cómo parece una plantilla sobre la que volcar el qué. Hay un "como" de serie que hace que los lectores y espectadores se sientan demasiado cómodos, por eso cuando aparece una película como ésta hay que celebrarlo.
Bajaba por la Cuesta de San Vicente hacia mi casa pensando en los vampiros de verdad, en los que chupan la sangre sin clavarte los colmillos. ¡Como si todo fuera tan fácil como quitarte a una monstruosa Eli de encima!. Lo peor es cuando no sabes que te están exprimiendo y sientes que te faltan las fuerzas y no encuentras explicación. Lo peor es cuando algún amigo, pareja o pariente necesita toda tu atención para seguir viviendo y sabes que si se la retiras le ocurrirá algo por lo que te sentirás culpable el resto de tu vida. Lo peor es cuando tienes que contentar a los demás para que estén alegres porque esa alegría repercute en ti. El vampiro te chupa la energía y en el fondo todos somos algo vampiros, unos un poco y otros resulta que cuando sacan los colmillos ya es tarde para reaccionar. Henry James, que se adelantaba a todos, creó en su novela La fuente sagrada unos vampiros bastante reales y nada tenebrosos, que se dedican a absorber la fuerza, talento, juventud, belleza o brillantez de quienes tienen al lado. La diferencia entre Eli y los vampiros de verdad es que los vampiros de verdad ni siquiera saben que lo son. Encuentran natural sangrar a sus semejantes y si los pillan se quedan sorprendidos, como ejemplo el caso Gürtel y tantos otros. Hay tanto vampiro alimentándose de los bolsillos ajenos en la sociedad de Vampirolandia.
En esto pensaba mientras bajaba la Cuesta de San Vicente en la semioscuridad, oyendo unos pasos detrás de mí y una respiración demasiado profunda. Los vampiros de verdad no se molestan en seguir a sus presas por lo que tendría que ser Eli. ¿Vendría a salvarme o a hincarme los dientes?
[Publicado el 17/8/2009 a las 09:17]
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Clara Sánchez es escritora española. En la actualidad reside en Madrid, donde estudió la carrera de Filología Hispánica y donde durante varios años enseñó en la universidad. Hasta la fecha ha publicado ocho novelas: Piedras preciosas (Debate, 1989), No es distinta la noche (Debate, 1990), El palacio varado (1993, Punto de Lectura 2006), Desde el mirador (Alfaguara, 1996), El misterio de todos los días (Alfaguara, 1999), Últimas noticias del Paraíso (Alfaguara, 2000), Desde el mirador (Alfaguara, 2004) y Presentimientos (2008).
Su obra ha sido traducida al francés, alemán, ruso, portugués, griego...
Ha recibido el premio Alfaguara de novela en 2000 por Últimas noticias del paraíso.
Y el premio Germán Sánchez Ruipérez al mejor artículo sobre Lectura publicado en 2006 por la columna titulada "Pasión Lectora" (El País, 6 de agosto).
Colabora habitualmente en El País. Y durante unos cinco años lo hizo en el programa de cine de TVE "Qué grande es el cine".

Presentación del libro el día 4 de febrero a las 19:30 horas
en la sede del Instituto Cervantes de Madrid (Alcalá, 49. 28014 Madrid)
Intervendrán Cayetana Guillén Cuervo y Eduardo Noriega
LO MÁS DESTACADO EN MEDIOS DE "LO QUE ESCONDE TU NOMBRE"
Lo que esconde tu nombre (2010). Destino, España (Premio Nadal)
Presentimientos (2008). Alfaguara, España
Un millón de luces (2004). Alfaguara, España
Últimas noticias del paraíso (2000). Alfaguara, España. (Punto de Lectura, 2001) (Premio Alfaguara de Novela)
El misterio de todos los días (1999). Alfaguara, España
Desde el mirador (1996). Alfaguara, España
El palacio varado (1993). Editorial Debate, España. (Punto de Lectura, 2006)
No es distinta la noche (1990). Editorial Debate, España. (Próximamente en Punto de Lectura)
Piedras preciosas (1989). Editorial Debate, España. (Próximamente en Punto de Lectura)
Artículo en ABC sobre la autora.
Reseña de su nuevo libro en El cultural.
Entrevista en la revista Anika entre libros
Entrevista en El Semanal Digital
Comentario del libro en elmundo.es/blogs
Los pasadizos de Clara Sánchez por Jesús Marchamalo
Reseña de Presentimientos El Comercio (Perú)
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