El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 22 de marzo de 2010

 Blog de Clara Sánchez

¡Cuidado con las bicicletas!

  

            Del mismo modo que se inventó un motor que acabó con el coche de caballos y con los carros ¿se nos ocurrirá algún artilugio que sustituya al coche de cuatro ruedas?  Mientras que la comunicación va a toda pastilla y nos las hemos ingeniado para que la información y los bulos vayan y vengan al instante, el transporte por carretera es primitivo, mortífero y caro. Digamos que el coche no está a la altura del GPS. El GPS parece del siglo que viene y el coche se remonta a dos siglos atrás y la rueda no digamos. Quizá algún día se diseñe un traje o una burbuja transparente individualizada que previamente programada nos lleve donde queramos. Esta burbuja sería tan resistente y blanda que al chocarnos con otra el resultado no tendría que ser de muerte y si nos cayésemos por un terraplén rebotaríamos y en el agua flotaríamos. El volante y las marchas habrían pasado a la historia y al salir podríamos plegar la burbuja o quitarnos este traje especial y los problemas de aparcamiento se reducirían casi por completo. Pero me estoy dejando llevar por la imaginación. La culpa la tiene Valentina Zuravleva, que escribió un relato titulado El capitán de la astronave Pólux y que he encontrado en una antología de ciencia ficción rusa de 1965. Me lo estoy pasando en grande con ella.

Aparte de la maravillosa naturalidad con la que Zuravleva nos cuenta como si fuese normal que se supere la velocidad de la luz, la ciencia ficción tiene el encanto irresistible de ser el termómetro de nuestros deseos y fantasía. Desde que Valentina escribió este relato hasta ahora ¡cuántas cosas han pasado! Algunas continúan siendo complicadas como ir a un planeta a siete años luz como hacen sus personajes, pero ya no necesitamos la llama del fuego para hervir un líquido en la astronave porque tenemos la placa vitrocerámica o el microondas. Ni las páginas podrían amarillear porque se escribe en ordenador, y quién sabe dentro de cien años dónde escribiremos. Por lo general la ciencia ficción se adelanta en lo imposible, pero se queda rezagada en lo práctico. Nos resulta complicado imaginarnos peinándonos con algo que no sea un peine o que no tenga púas. Y, sin embargo, es a la realidad cotidiana donde antes ha llegado el futuro: el móvil y todos sus hermanos y primos, la red, el dinero invisible, el agua que cae sola si pones las manos debajo del grifo, la luz que se enciende si das una palmada. Y lo asombroso es lo bien que nos adaptamos a la novedad. Antes pensaba eso de si mi abuelo levantara la cabeza... Ahora creo que iría corriendo a comprarse un iphone. Aunque, como en la ciencia ficción, también en la realidad quedan lagunas de atraso: aún no existe una lavadora que lave, planche y doble la ropa, y llama la atención que  la cisterna del WC tenga un mecanismo tan rudimentario.

En cambio es una bendición que no nos hayamos deshecho del más ingenioso medio de transporte de todos los tiempos: la bicicleta. Según informes del Ayuntamiento, su uso se ha duplicado en Madrid. No tengo más remedio que alegrarme porque tiempo atrás, en estas mismas páginas, insistía mucho sobre la conveniencia del carril bici y me considero una gran animadora del uso de la bicicleta como síntoma de ciudad moderna. Desde luego aún no se usa de forma habitual para ir al trabajo, pero sí como deporte. No hay nada más que darse una vuelta por la Casa de Campo, por los márgenes del Manzanares o por cualquier parque para cruzarte con ciclistas, con muchos ciclistas. Así que estamos en el momento oportuno de advertir sobre algo que vengo observando y padeciendo y es que muchos ciclistas continúan mentalmente sentados en el coche y piensan que la carretera o la acera es suya. Te exigen que te apartes, no se limitan a ir por el carril bici porque creen que el ir subido en una bici es un salvoconducto para hacer lo que les dé la gana, como si el ciclista fuese un ser moralmente superior. Tanto hemos alabado la bicicleta que ahora cualquiera que se sube en una se cree con derecho a arrollarte. Aún estamos a tiempo de ponerle solución. En primer lugar, señalando muy bien el carril bici para que no haya confusión. El resto lo tiene que hacer el propio ciclista dándose cuenta de que el peatón continúa siendo el más débil y que debe respetarlo, y sobre todo que la bici no es sólo un sustituto del coche sino un estilo de vida más ecologista y más sano y que por lo tanto implica mayor sensibilidad hacia los demás. O eso se supone.

[Publicado el 17/3/2010 a las 10:28]

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Plataforma ciudadana

 

 

            Estos días viajo bastante hablando de mi novela Lo que esconde tu nombre y piso mucho aeropuerto y mucha estación de tren. He de decir que cada día aprecio más la hermosura de la T-4 de Barajas, lástima que se haya convertido en un asunto tan tenso el ir a tomar un avión. Desde que pongo el pie en su encerado suelo hasta que por fin piso la moqueta del aparato tengo que superar unos cuantos estados de ánimo. Tensión hasta que con la tarjeta de embarque en la mano supero el control entre abrigos, botas, cinturones, trolleys como cajas de cerillas y empleados que me miran con recelo, con mal humor. ¡Quítese los zapatos! ¿Por qué? Porque hay que quitárselos. Ayer no me hicieron quitármelos en este mismo control. Pues ahora hay que quitárselos. Vale. La sumisión tiene la ventaja de que te evita tiempo y saliva. Así que lo mejor es dejarse mandar e ir desembocando al otro lado del arco descalzos y con los pantalones medio caídos y las camisas fuera como si nos acabásemos de dar un revolcón unos con otros en esa inquietante frontera entre la tierra firme y el cielo. Seguramente dentro de unos años estas prácticas nos parecerán un atropello, ahora entre la novedad, el desconcierto y el miedo no sabemos qué pensar, ni qué decir y, sobre todo, tenemos prisa por coger ese vuelo que se nos escapa. La verdad es que el espectáculo que montamos en el llamado Control es entre estrafalario y simbólico, casi un rito de iniciación para emprender "el viaje". Pensándolo bien, es hasta bonito. Porque normalmente vamos y venimos sin pensar, ponemos en marcha el coche sin prestar atención a lo que hacemos, andamos por la calle dándole vueltas a nuestra última obsesión u oyendo música. Y mira por dónde, a la fuerza, en el aeropuerto no tenemos más remedio que tomar conciencia de que nos estamos marchando a otro lugar.

            Superado el examen, me pongo los zapatos y me relajo tanto que casi me entra sueño. Estoy en la gloria. Ahora ya puedo dedicarme a comprar un par de libros en el Relay y a darme cremas en el Duty free. Paraíso que se acabará para mí el día que introduzcan el escáner corporal para terminar de controlarnos y amedrentarnos. Por ahí no pienso pasar y entonces diré adiós a la T-4 y a todos los aeropuertos del mundo.

            Resulta que nos creíamos que el avión arrinconaba al tren, y ahora el AVE está acabando con el avión. Pensábamos que la televisión acababa con la radio, y la radio tiene más audiencia que la televisión. Nos tememos que el e-book termine con el libro de papel y quién sabe si no volveremos a escribir en papiros.

            En el tren quien más quien menos va enfrascado en el ordenador o manda mensajes con el móvil. Por el momento la pantalla ha ganado la partida al paisaje. Nos encanta lo extraplano, objetos sin contornos que parezcan que los estamos viendo en Internet más que en la realidad. Internet nos ofrece la vida en un puzzle, sin fondo, como si viviésemos en Planolandia (la ingeniosa novelita de Edwin Abbot), mientras que por la ventanilla uno ve la tierra y luego unos pinos y detrás un monte y formas sorprendentes y aire y sol y sensaciones que la vida extraplana no nos puede ofrecer. No digo que nuestros inventos no tengan su gracia y que desde luego nos aburriríamos si no le diéramos al magín hasta conseguir la visión en 3D, pero de ahí a que nos guste más una página web que ver caer la lluvia sobre las florecillas del campo...  

            Y para campo y paisaje espléndidos, los de Guadalajara, tan abiertos y claros como los sonidos de su propio nombre. Estas tierras no se merecen esconder nada inquietante como son los residuos nucleares, no se merecen ser el depósito de esa porquería tan peligrosa que afectará a no sé cuantas generaciones después de la nuestra. Guadalajara ya ha hecho bastante por la energía de todo el país soportando dos centrales nucleares. Y sus ciudadanos han dicho ¡basta!, prefieren concentrarse en la explotación de sus recursos naturales y montar industrias en los terrenos destinados a ser almacenes radiactivos. Así que, hoy sábado, me marcho corriendo a la manifestación convocada por la Plataforma Anticementerio Nuclear de Guadalajara, a la que también acudirán madrileños que sienten muy cercano el problema. Cuando ustedes lean estas líneas, la marcha pertenecerá al pasado, y ojalá también el problema. Como me temo que no será así, seguiremos diciendo no y no. No queremos ser cementerio nuclear. No queremos esconder nada.

             

[Publicado el 06/3/2010 a las 10:30]

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Los baños del Niágara

 

 

            Todos le llamábamos Ríos, aunque su nombre completo era Juan Manuel Sánchez Ríos. Falleció hace unos días. Era pintor y profesor de Artes Plásticas y Diseño, y esposo, padre, vecino, amigo. Pero por encima de todo era un gran amante de Madrid, una persona completamente integrada en el mundo, ese mundo que empieza en la casa, la calle, el barrio, la ciudad para seguir más y más allá. Ríos era un hombre de barrio y quienes lo conocían comprenden lo que quiero decir: hacía suyo su entorno, nada le resultaba despreciable o superfluo. ¡Cómo envidio su curiosidad!. Se fijaba en todo y lo cuidaba, trataba de impedir que se cometiesen atrocidades estéticas. Hay personas que desean lo que tiene el vecino y otras que andamos a medio camino entre lo que ya tenemos y lo que nos gustaría tener. A Ríos, en cambio, parecía que le faltaba tiempo para saborear a fondo lo que le había sido dado o había conquistado en la vida, pero no conformándose (era rebelde como él solo), sino implicándose hasta los huesos en cada momento y situación.

            No sé si exagero o me quedo corta, mi impresión es la de una simple vecina que se rindió a su humanidad y creatividad constante en la parcela de vida que le tocó vivir: mejoraba lo que tocaba, lo que caía en su esfera personal. Yo caí en esa esfera y puesto que escribo en la sección de Madrid de este periódico, estoy segura de que se empeñó en facilitarme el trabajo y que por eso de vez en cuando recibía algún sobre con mapas, con planos de la Colonia de chalecitos del Manzanares, que él intentaba que no se apartara del diseño original y no perdiera su encanto... El último envío fue suculento: una recreación hecha por él de "Sidras Casa Mingo" de los años cincuenta, integrada en la estación del Norte (ahora Príncipe Pío) entre los almacenes de mercancías y los andenes del tren. Hoy por hoy Mingo (fundada en 1888) continúa siendo un clásico, abarrotado casi siempre, con una mezcla de sidra, pollos asados, callos a la madrileña y fabada asturiana. Por allí se le podía ver a menudo, y allí un día de estos sus amigos nos tomaremos un vino o una sidra en su memoria. En el mismo sobre venía otra recreación: un grabado salido también de su mano de la Ermita de la Virgen del Puerto y su entorno. Nada más verlo, entramos en el túnel del tiempo, nos situamos en otro tiempo, en el siglo XVIII, cuando mandó construirla el Marqués de Vadillo. Entonces las cosas eran algo diferentes según nos cuenta Ríos: "Al fondo en la glorieta de San Vicente, se contempla la puerta de equivalente denominación y la fuente de los Mascarones, en cuya delantera discurre el arroyo de Leganitos que diera inicio en la plazuela de San Marcial, actual plaza de España". Si aquellas gentes levantaran la cabeza y vieran la Torre de Madrid, y ¿qué ha pasado con el Arroyo de Leganitos?

            Y ahora viene lo mejor, ¿sabían ustedes que existieron los estudios cinematográficos Fuente de la Teja? En la revista "El Barrio", de la Asociación de vecinos Manzanares-Casa de Campo, Ríos escribió un interesantísimo artículo en que cuenta cómo en 1919 la productora Patria Films compró unos terrenos en la Fuente de la Teja, situada en la calle Comandante Fortea. Este lugar, paralelo a la ribera del Manzanares, que hoy consideramos prácticamente el centro, entonces era el culo del mundo. Y allí la productora creció de manera increíble con taller de decorados y laboratorio propios. De hecho el primer decorado en Madrid del exterior de una calle se hizo aquí, y se rodaron La verbena de la Paloma, El lazarillo de Tormes, Gigantes y Cabezudos o Cuidado con los ladrones. Lamentablemente se cerró en 1927. Es curioso que ahora viva en este barrio mucha gente del mundo audiovisual como si fueran atraídos por los fantasmas de estos estudios y de los cines que los rodearon. Uno de los que Ríos habla es los Baños del Niágara, en la cuesta de San Vicente esquina con la calle Arriaza. Se inauguró en 1913 y tenía capacidad para 2500 personas, pero ¿ay! costaba una peseta y hasta que no se bajó el precio a diez céntimos no prosperó, después estuvo en funcionamiento hasta 1940. Y quien quiera saber más de otras salas que llenaban estas calles de ensoñaciones que acudan al artículo de Ríos. Gracias a él, a sus recreaciones e indagaciones podemos imaginarnos pisando por donde otros pisaron con ropa más incómoda, con otras costumbres y otros esfuerzos, en un Madrid más aldeano y pobre y sucio por una parte, pero menos domesticado por otra.

            ¿Qué sentirían las 2500 personas que abarrotaban los Baños del Niágara un domingo por la tarde? ¿Soñamos nosotros mejor que ellos?

[Publicado el 21/2/2010 a las 17:39]

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Vuelve la tartera

 

 

            El mundo cambia y las costumbres cambian. En las últimas fiestas navideñas por ejemplo nos enteramos de que el regalo ha dejado de ser necesariamente un objeto  para convertirse en una sensación. Se regalan sensaciones: un bono de masaje, un viaje, una experiencia, entradas para el cine, libros, un corte de pelo... Hemos pasado de la caja dorada con un lazo rojo, de lo vistoso, a lo que se queda en nosotros como un recuerdo. Un reloj de oro o un bolso no son recuerdos, los llamamos así, pero, cuando entornamos los ojos y nos dejamos llevar, en lo que pensamos es en aquel día en la playa o cuando te conocí y me miraste o en la historia que me contaron el otro día o en ese partido de fútbol con tus hijos. Es raro que el protagonista de un momento de ensoñación sea el anillo de brillantes que llevas en el dedo, a no ser que seas Gina Lollobrigida, Liz Taylor, alguna de esas damas que tanto bien ha hecho por el gremio de joyeros. ¿Quién quiere hipotecar su vida para tener una mansión cuando durante todo ese tiempo puede hacerse el Camino de Santiago? Estamos recuperando algo de la filosofía hippy de dejarse llevar bajo el bendito sol. A poca gente le impresiona ya lo fastuoso. Ahora además desconfiamos del dinero, así que más vale una buena aventura o tener tiempo para hacer lo que a uno le dé la gana que una suculenta cuenta en el banco.

            Aunque tampoco hay que frivolizar con esto de la economía, hay gente que lo está pasando muy mal. La otra tarde vi a un hombre, parecía un chico joven, con un pasamontañas  puesto (sólo se le veían los ojos y la boca) rebuscando en los contenedores de basura que hay frente a mi casa. No quería que le reconocieran. Ni siquiera he tenido que cruzar la calle para toparme con alguien que no tiene para comer. Mira que vemos imágenes fuertes a lo largo del día, pero ésta no puedo quitármela de la cabeza, es la pobreza oculta, la pobreza vergonzante de las grandes ciudades como la nuestra. Puede que bajo ese pasamontañas haya un estudiante, alguien que conozco, no sé.

            Entre los extremos de ricos y muy pobres estamos los que hemos tenido que apretarnos el cinturón y en cierto modo nos hemos dado cuenta de que tampoco hace falta tirar el dinero. Uno de los cambios beneficiosos que ha traído consigo la crisis es la vuelta a la tartera. Antaño sólo la usaban los obreros, hasta que se apuntaron al menú de ocho o nueve euros. Ahora nos traemos la comida a la oficina y nos la tomamos sentados en un banco por los alrededores de Azca entre el piar de los pájaros y el ruido de los coches. Nos ahorramos dinero, comemos mejor y nos oxigenamos. Los linces, los que cogen al vuelo las oportunidades, enseguida han diseñado una bolsa molona para llevar las tarteras, que combina con el estilismo ejecutivo. Yo quiero una.

            Y pese a nuestros intentos por educarnos y separar bien los plásticos, el cartón y las mondas de las naranjas, el verdadero reciclaje ha venido solo. Hemos empezado a sacar prendas antiguas del armario y a tunearlas. Ya no tiramos nada, y como se nos ha olvidado coser han prosperado los locales de arreglo de ropa. Seguramente alguno de estos arreglos cuesta más que comprar la prenda nueva en Zara o H&M, por lo que sugiere un cambio de mentalidad. Una vuelta a unos tiempos, no tan lejanos, en que se cambiaban los cascos de las botellas vacías por las llenas, en que los hermanos pequeños aprovechaban lo que dejaban los mayores, desde la ropa hasta los libros del colegio. Unos tiempos en que un abrigo se convertía en un chaquetón y un vestido en una falda, y cuando ya no se podía más, se hacían unas bayetas para el suelo. ¿Y los muebles?  Duraban varias vidas. Cuando nos hartábamos de verlos de un color se lijaban y pintaban de otro, y cuando en un rapto de locura se tiraban unas estanterías o una mesa siempre pasaba alguien junto al contenedor que les veía posibilidades. Y, de pronto, todo cambió: se inventaron los envases de cristal no retornables, nos inundaron de pañales desechables, servilletas de papel, vasos de plástico y la ropa se abarató tanto que ya no merecía la pena que tu madre te hiciera un jersey, porque en un abrir y cerrar de ojos habíamos aterrizado en el planeta de usar y tirar a lo loco. La basura comenzó a ser un problema y también un negocio. Había que organizarse, no para consumir, que ahí se tiene barra libre, sino para tirar. Pero nos estamos cansando.

 

 

[Publicado el 08/2/2010 a las 14:28]

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Los pequeños detalles

Jude Law, el actor que me conquistó definitivamente en Enemigo a las puertas,  ha declarado que su vida algunos días le entusiasma y que otros le deprime. Por fin una estrella de talento y bellos ojos verdes dice la verdad y no le importa que se sepa que no vive encaramado en la euforia, en lo positivo, en el optimismo. Y que alguien de éxito no tiene por qué sentirse exitoso todo el tiempo. Y que alguien con la autoestima por las nubes de vez en cuando tendrá que bajar a tierra para aprender desde abajo. Quizá por eso se ha empezado a reivindicar el pesimismo y a equilibrar los equipos directivos con personajes, hasta ahora arrinconados en el sótano de la sociedad, que ven y comprenden el lado negativo de la realidad.

Aunque por mucho que nos equilibremos, ya sabemos que la vida nos propina una de cal y otra de arena y es imposible mantenerse inalterable. Nos entristece el terremoto de Haiti y no sabemos cómo encajar las terribles imágenes que nos llegan con las de nuestra vida real, y la muerte y la pobreza con la vida y la comodidad. Aquello lo sentimos pero no lo padecemos,  y nos culpabilizamos por tener sensaciones agradables, impensables para quienes están en aquel país rodeados de tragedia y dolor. Paradojas de la vida.

Hoy me siento mal y bien, creo que encajo en el esquema de Jude Law. Me siento mal porque está pasando algo terrible agrandado por el caos y la desorganización, como si jamás aprendiésemos de las sucesivas catástrofes en países pobres como Haití para saber hacerles frente. Y no puedo evitar sentirme bien mientras callejeo por Madrid en esta tarde fría y gris. Me encanta andar por esta ciudad, donde todavía hay sensaciones a las que agarrarse, cápsulas del tiempo que están ahí para quienes quieran volver atrás un rato, porque volver atrás siempre serena. Frente a los acontecimientos y al revoltijo en serie de todo a un euro, aún nos quedan en el viejo Madrid tiendas dedicadas, por ejemplo, sólo a mantelerías. Me quedo embobada escuchando a la dependienta, que lo sabe todo sobre mantelerías. O tiendas donde sólo se encuentran tejidos. Me paseo entre rollos enormes de telas pensando qué podría hacer con ellas. Unos cojines, una colcha, cortinas. Ya no se cose, todo se vende cosido muy lejos, en China. Pero es muy agradable la idea de hacer algo con las manos y apartarlas un rato del teclado del ordenador. Coger aguja, hilo y concentrarse en hacer un dobladillo. No quiero decir con esto que las mujeres nos volvamos a encerrar a bordar, pero el costurero a rebosar de hilos de colores, dedales, alfileres, imperdibles formaron parte de mi infancia y siempre procuro tener uno en mi casa bien a la vista, aunque no lo toque. Me da sensación de paz y de paciencia.

Así que un impulso me lleva a Pontejos. Este comercio es un clásico, una catedral de las pequeñas cosas. La hogareña madera de la fachada anuncia que se entra en lo íntimo, en un mundo saturado de millones de detalles, que tapizan las paredes, con los que hacer algo con las manos, con los que armar cualquier cosa. El problema es que hay tanto de todo que, como no se vaya con una idea clara de lo que se quiere, te vuelves loco. Los dependientes están especializados en todo tipo de abalorios y te envuelven tres botones y medio metro de cinta como si hubieses comprado una pulsera de brillantes.

De Pontejos, pasando por las joyerías de la calle Zaragoza, con sus escaparates llenos de plata, me topo con el gran hallazgo de esta tarde en la calle Toledo, un establecimiento sin adornos, a la antigua, llamado Casa Hernanz. Se anuncia como alpargatería y cordelería, y no puede ser ya más cápsula del tiempo. Es un sueño para el que necesite cualquier material con el que hacer cualquier cosa. Desde rafia, a mallas de todo tipo a yo qué sé qué, todo, pero sin salirse de su especialidad. Quizá esta crisis podría ser una oportunidad para volver a los oficios y al trabajo cercano. Pego el oído: también este dependiente envuelto en un guardapolvo azul sabe de lo que habla. Le dice a una señora que el tapizado que se lleva debe tenerlo en remojo toda la noche. Sabe tanto que me quedaría oyéndole toda la tarde. De pronto me pregunto cómo he podido sobrevivir sin conocer esta tienda, sin hacer algo con las mallas y la rafia. Siento la tentación de llevarme unos metros de cada, pero la resisto, comprendo que están mejor aquí, que en mi casa metidas en algún armario, y me marcho contenta y deprimida.

 

[Publicado el 19/1/2010 a las 10:52]

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¡Gracias!

 

Gracias y gracias por vuestras felicitaciones y comentarios. Me alegra mucho que me acompañéis en este momento bonito de mi vida. Al fin y al cabo todos los que compartimos este espacio vamos conociendo nuestros estados de ánimo ante el día a día. Yo no los oculto porque sólo tenemos esta vida para expresarnos tal como somos y también leo vuestros comentarios y adivino, intuyo quién se esconde detrás de un nombre.

Espero que leais la novela fruto de este premio, una historia donde casi nadie es lo que aparenta ser, LO QUE ESCONDE TU NOMBRE, y que podamos hablar de ella en este foro.

Estará en las librerías el día 4 de febrero.

 

[Publicado el 12/1/2010 a las 09:42]

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Tres mujeres

 

  

            Todo año nuevo comienza haciendo balance del anterior por sectores: celebridades que han muerto, lista de los más ricos (nunca de los más pobres), las guerras más sonadas, los mejores libros, los mejores discos, los más guapos y deseados, la película más taquillera, el programa de televisión más visto, la web más visitada, las mayores audiencias, los más valorados de lo que sea. Lo más es lo que pasa a la historia, lo menos deja de existir. Lo de "menos es más" ha dejado de tener vigencia, y la gran ganadora del 2009 sin ninguna duda ha sido... Belén Esteban. Esa chica que se denomina de barrio para suplicio de la sensata gente que vive en los barrios. Belén Esteban, que enseguida le echa en cara al contrario su gran audiencia y las masas enfervorecidas que la siguen haga y diga lo que diga parece vivir en un barrio intemporal (sólo suyo), en un portal intemporal (solo suyo) y en una calle donde parece que sólo hay un coche esperándola sólo a ella. Es tan consciente de su éxito que sospecha que cualquiera que la mencione (por ejemplo yo ahora mismo) es para arañar algo de su popularidad. Sabe que su fuerza está en la audiencia, mayoritariamente de mujeres que se identifican con el eterno sufrimiento de esta otra mujer, cargada de "verdad" con mayúsculas, de llanto irreprimible, de valentía, de tormento amoroso. Una Lady Di de barrio, una mujer marcada. Me preocupa que las mujeres aún estemos obsesionadas por el amor mientras que los hombres lo que quieren es pasárselo bien sin más.

            En el fenómeno Belén Esteban hay una base real porque la esencia de Madrid es popular, es lo que le da encanto y querer convertir esta ciudad en, por ejemplo, París sería una tontería, perdería fuerza y sentido. Pero también es cierto que los barrios de las afueras han dejado de ser barriobajeros. ¿Dónde viven los universitarios?, ¿dónde los médicos?, ¿los abogados?, ¿los profesores?, ¿de dónde es Contador, y Casillas, y Penélope Cruz?, ¿dónde viven los pintores?, ¿y los actores? Si algo me gusta de mi ciudad es que las clases sociales se han ido mezclando, que el talento sale de la calle y que se ha dejado de valorar a la gente (algo muy común hace unos años) por donde vive, sino por lo que hace, y lo que hacen los ciudadanos es lo que le da enjundia al barrio. El acceso a la enseñanza ha sido el motor principal de este cambio, el poder estudiar sin dinero. Una buena enseñanza pública será siempre la que nos acerque y rompa las falsas barreras sociales. Mi deseo para este año es que se invierta en enseñanza pública, que se la fortalezca, que sea la envidia del mundo entero. Que cuando la gente piense en la mejor educación para sus hijos piense en un colegio público. De todos modos, aún debería extenderse más la cultura hacia los barrios periféricos para obligarnos a salir de la almendra y disfrutar de otros paisajes.

            Y de mujer coraje de barrio, a mujer coraje de mansiones y tacones de aguja: Ivana Trump, emblema de las divorciadas rubias con exmaridos multimillonarios. Me hizo ilusión verla hace poco en televisión porque siempre he admirado sus frases: "No te quedes sólo con el rencor, quédate con todo", "Voy con jóvenes porque un viejo conmigo se muere.".  Contó que en una de sus bodas el descomunal pastel nupcial era de oro comestible.

Lo de no conformarnos con colgarnos oro en el cuerpo, o con poner grifería de oro en el baño, o con tener un portátil y un pendrive de oro ¿no significará la absoluta decadencia de la especie? Lo de lucir el oro por fuera ha pasado a la historia, ahora queremos comérnoslo y que nos llegue a las células, al estómago, al hígado, queremos que nos recorra el colon. Algunos han cerrado el 2009 tomando uvas de oro. Se ha acabado con el mito del rey Midas, que ahora podría convertir en el dorado metal todo lo que tocase y no morirse de hambre. Se ha roto la barrera del lujo.

Y de Lady Dinero a las maneras espirituales de la esposa del primer Ministro japonés, Miyuki Hatoyama, que con las manos coge trozos de un sol imaginario y se los come, banquete al que a veces le acompaña su marido. Una alternativa bastante económica y al alcance de cualquiera. Esta mujer se está convirtiendo en mi ídolo. Me gustaría que me contara de primera mano cómo es Venus, planeta que ha visitado en un ovni y del que dice que es muy hermoso y verde. ¡Qué entretenida! Ella es el futuro, ha roto la barrera del oro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

           

[Publicado el 05/1/2010 a las 11:00]

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La vida continúa siendo una mierda

 

Queridos amigos, odiados enemigos, aunque nunca se sabe bien quiénes son unos y otros. La vida. La vida te da sorpresas porque nuestros cerebros son muy complicados. En nuestros cerebros hay mucha mierda camuflada de bien y honradez, de justicia y lealtad, de dignidad y bla, bla, bla. Pero por debajo asoman las manías, los celos, el desprecio arbitrario y un mal rollo que te cagas. Por eso uno de los textos más visto y comentado de este blog es "La vida es una mierda", frase que no es mía pero que resume bastante bien, sin palabrería, lo que hay. Amigos, esto es lo que hay.

A todos os deseo que tengáis un maravilloso 2010.

[Publicado el 02/1/2010 a las 10:15]

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La Casa de Campo

 

 

            La Movida de los años 80 y la noche madrileña son dos tópicos sobre Madrid que me producen bastante melancolía. La Movida me la perdí porque precisamente en esos años huí a Dénia, junto al mar, en plan solitario, a oír las olas en lugar del roce de los pantalones pitillo y la dolida voz de Antonio Vega. Mientras empujaba el carrito de mi hija recién nacida me perdía aquel ambiente del que todo el mundo habla y sobre el que se hacen tesis doctorales o películas como la de Rafael Gordon sobre Ouka Leele. Me perdí la Movida porque estaba viviendo otras cosas distintas, pero siento como que he faltado a una manifestación en la que todo el mundo estaba. Todo el mundo, menos yo. Digamos que te deja una mella histórica en el corazón. Cuando lo del mayo del 68 aún no tenía la edad, cuando la Movida estaba fuera de Madrid, cuando... ¿Qué pasa con la gente que no está donde está todo el mundo? Y la famosa "noche madrileña" me ha pillado sin ganas, me resulta trabajosa, sobre todo si pienso que tengo que divertirme. En el fondo, los mejores secretos de Madrid se juegan al mediodía en las comidas de trabajo y de no trabajo, a la luz del día. Lo que hacemos los madrileños en ese rato en que uno se escapa del trabajo merecería una novela, una película, un documental, algo. Hubo un tiempo, a los diecisiete más o menos, en que lo que más me atraía del mundo era la noche, tenía un magnetismo extraño, como si en la oscuridad se guardaran todas las alegrías escasas y buenas, por eso entiendo a los chicos de ahora. Dejadles que vivan la noche para que más tarde no sientan ninguna mella en el corazón. Pero además habría que darles las gracias a todos los que con gran esfuerzo, dejándose el tiempo y la salud, han creado un reclamo tan invisible como poderoso. Crear "la noche" y poder venderla fuera de nuestras fronteras me parece lo más ingenioso que ha hecho este pueblo al que le gusta la calle a muerte. Un pueblo creativo que inventó la Movida, la Ruta del Bacalao, el Botellón, que por cierto se está quedando muy viejo, habrá que idear algo rápido.

 Lo que más triunfa siempre tiene que ver con el entretenimiento o perder el tiempo. Luego podrá tener todas las aplicaciones interesantes que se quiera, pero de entrada lo que prospera entre las gentes es lo que llama a jugar y pasar el rato, de ahí que no exista nada, pero absolutamente nada, más interesante en este país (y en otros) que el fútbol. Y de ahí, Internet, una herramienta educativa de primer orden, una red de comunicación brutal, pero ¿qué nos comunicamos?, ¿de qué hablamos cuando chateamos? Ves a alguien con la cabeza metida en el ordenador horas y horas y lo más probable es que esté deleitándose con alguna tontería de YouTube o consultando el facebook. Se supone que este invento es para hacer amigos y seguirse la pista unos a otros mediante notas. Muchas celebridades se dirigen al mundo y hacen sus declaraciones mediante el facebook. Esto está muy bien si no fuera porque se te puede esfumar toda la mañana cotilleando en el facebook de las narices cuáles serán los amigos de fulano o mengano, mirando fotos, leyendo frases a medio hacer. Aunque ya sabes lo que se dice: "vales menos que un amigo de facebook". Si escribes un blog, te metes en facebook, le das al twitter (leo en el de Ricky Martin: "Piensa en el éxito, enfócate, quédate ahí". Vaya, Ricky, que positivo eres.), te bajas música o películas (mal hecho), te embelesas en el correo, te pones con los vídeo juego, la play station, etc., si haces todo eso, no pisas la calle. Y entonces, ¿quién ve las hermosas hojas del otoño cayendo sobre la acera?

El Otoño está por encima de todo. Las mañanas neblinosas, el color enrojecido y amarillento de los árboles, las setas para quien se atreva a cogerlas, los rayos de sol colándose entre las encinas de la Casa de Campo. La Casa de Campo es una de las maravillas de Madrid, te saca de la ciudad, te hace sentir que estás en otro lugar. Caminas por estrechos senderos salvajes, cruzas el puente de la Culebra, te metes unas bellotas en el bolsillo (la mejor encina está al pie de la caseta del teleférico),  ves una ardilla, pasas bajo castaños, álamos y robles y te sientas un rato a contemplar las piraguas que cruzan el lago. Al fondo hay una ciudad, has viajado. Respiras hondo. Existen parques maravillosos en Madrid empezando por El Retiro, pero la Casa de Campo te pone en el campo, te adentra en la tierra y logra que te olvides de todo.

 

[Publicado el 15/12/2009 a las 10:36]

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Juan Cobos Wilkins

 

 

            Juan es un gran poeta. Lo conocí primero como poeta y luego lo he conocido como amigo. Es un buen amigo. Es una persona excepcional, como si recogiera de su propia escritura cualidades para su espíritu, mientras que otros tienen que rebuscar en su alma algo que llevar a lo que escriben. Si tenéis ocasión de asistir a alguna lectura o conferencia suya, os alegraréis de escucharle. Es divertido, inteligente, claro y profundo. Y se entrega completamente, tanto para explicar algo importante como para dar la dirección de una calle, da la impresión de que Ha sido una gran alegría tropezarme en la vida con él en una edad en que uno cree que ya tiene más o menos hechos los amigos, bueno, pues entonces coincides con Juan y te das cuenta de que te faltaba y no lo sabías. Nos tropezamos por casualidad hace unos veranos, impartiendo unos talleres de literatura a jóvenes andaluces. Dábamos cuatro horas diarias cada uno. Él, poesía por la tarde, y yo narrativa por la mañana. Los chicos le adoraban. Y yo también, hicimos una maravillosa amistad. Las comidas, las cenas, los paseos, la calidez de Juan. No os lo perdáis, leed sus novelas y sus poemas, merece la pena.

            Nos hemos visto por última vez en Huelva, con motivo del Festival de Cine Iberoamericano, donde se proyectó fuera de concurso El corazón de la tierra, una estupenda película, del director Antonio Cuadri, protagonizada, entre otros, por Joaquim de Almeida, y basada en una novela de Juan, donde encontraréis una hermosa historia de amor a las Minas de Riotinto cuando eran explotadas por los ingleses y las clases sociales estaban desgarradas.

            Y acaba de salir y de ser aplaudido por la crítica su último libro, tras once años sin publicar poesía, Biografía impura  (Fundación José Manuel Lara). Hermosos versos que giran en torno al niño, el adolescente, el joven y el poeta que Juan es y en que nos convertimos todos en cuanto leemos:

            Un poeta no debe en primavera

            cruzar solo la tarde de los parques.

 

            Bajo las ramas se abrazan las parejas

            y la yerba humedece.

 

            No debe pasear

            en primavera solo por los parques.

 

            Hay nubes lanceoladas, vuelos, restos

            de amor usado ya en la tierra, y las lilas,

            tan suaves las lilas, cómo hieren.

 

            En primavera es peligroso el mundo.

[Publicado el 04/12/2009 a las 11:39]

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Biografía

Clara Sánchez es escritora española. En la actualidad reside en Madrid, donde estudió la carrera de Filología Hispánica y donde durante varios años enseñó en la universidad. Hasta la fecha ha publicado ocho novelas: Piedras preciosas (Debate, 1989), No es distinta la noche (Debate, 1990), El palacio varado (1993, Punto de Lectura 2006), Desde el mirador (Alfaguara, 1996), El misterio de todos los días (Alfaguara, 1999), Últimas noticias del Paraíso (Alfaguara, 2000), Desde el mirador (Alfaguara, 2004) y Presentimientos (2008).

 

Su obra ha sido traducida al francés, alemán, ruso, portugués, griego...

Ha recibido el premio Alfaguara de novela en 2000 por Últimas noticias del paraíso.

 

Y el premio Germán Sánchez Ruipérez al mejor artículo sobre Lectura publicado en 2006 por la columna titulada "Pasión Lectora" (El País, 6 de agosto).

 

Colabora habitualmente en El País. Y durante unos cinco años lo hizo en el programa de cine de TVE "Qué grande es el cine".


Bibliografía

 Presentación del libro el día 4 de febrero a las 19:30 horas
en la sede del Instituto Cervantes de Madrid (Alcalá, 49. 28014 Madrid)
Intervendrán Cayetana Guillén Cuervo y Eduardo Noriega

LO MÁS DESTACADO EN MEDIOS DE "LO QUE ESCONDE TU NOMBRE"

 

Lo que esconde tu nombre (2010). Destino, España (Premio Nadal)

Presentimientos (2008). Alfaguara, España

Un millón de luces (2004). Alfaguara, España

Últimas noticias del paraíso (2000). Alfaguara, España. (Punto de Lectura, 2001) (Premio Alfaguara de Novela)

El misterio de todos los días (1999). Alfaguara, España

Desde el mirador (1996). Alfaguara, España

El palacio varado (1993). Editorial Debate, España. (Punto de Lectura, 2006)

No es distinta la noche (1990). Editorial Debate, España. (Próximamente en Punto de Lectura)

Piedras preciosas (1989). Editorial Debate, España. (Próximamente en Punto de Lectura)


Enlaces

www.clarasanchez.com

 

Artículo en ABC sobre la autora.

 

Reseña de su nuevo libro en El cultural.

 

Entrevista en la revista Anika entre libros

 

Entrevista en El Semanal Digital

 

Comentario del libro en elmundo.es/blogs

 

Los pasadizos de Clara Sánchez por Jesús Marchamalo

 

Reseña de Presentimientos El Comercio (Perú)

 

Artículo en El Universal de México

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