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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 17 de abril de 2014

 Blog de Juan Pablo Meneses

¿Cayó la maquinaria perfecta?

Esto recién empieza.El terremoto causado por el castigo de la FIFA al Barça por hacer fichajes ilegales con menores de edad es apenas la primera advertencia. No seamos ingenuos: el Barça no es el único equipo que hace estos contratos. Seamos honestos: hace tiempo que la compra y venta de chicos es el negocio de moda en el fútbol. Y ocurre frente a nuestros bigotes. Hace pocos meses, la aparición de El Messi de la nieve o El Messi Mapuche mojó varios metros de prensa en Latinoamérica y España. Se trató de Claudio Ñancufil, un hábil niño de ocho años por el que pelean varios clubes europeos. La noticia era publicada con simpatía. Aunque su caso era aún más extremo. El pase lo había adquirido un fondo de inversionistas españoles, quienes lo intentaban vender al Madrid, al Barça o al que se cruzara con más dinero. Una subasta pública, que a nadie le pareció muy fuera de reglamento.

 

Lo fuerte, lo importante de la sanción de la FIFA es que apunta al Barcelona. En los dos años en los que investigué para mi libro Niños futbolistas, recorrí América Latina buscando un jugador infantil bueno y barato para venderlo caro a España, y rápidamente fui notando que el Barça es la gran aspiradora mundial de piernas de menores. La maquinaría perfecta, la mejor banda caza-talentos en el planeta, siempre innovando en formas de reclutamiento y ganando reputación al mismo tiempo. Casi no hay un chico talentoso en el mundo que no haya sido detectado por ellos. Y todo esto, presumiendo de la más significativa y comercialmente brillante operación de un fichaje infantil: Lionel Messi. Por que, si fichar menores no está bien, la historia de Lionel se cae a pedazos. La Pulga otra vez aparece en el centro de un huracán. Es él, de cierta forma, el gran culpable de esta moda de transar menores: su caso es tan rentable que logró imponer la obsesión mundial de conseguir al nuevo Messi.

 

La FIFA ha querido dar una señal, apuntando a la cabeza del capo mundial. No quisieron partir disparando a dealers de poca monta o clubes de tercera. Directo al pez gordo, que domina el mercado y el tráfico de las promesas infantiles cuando llevaba en su camiseta las siglas UNICEF ¿Qué viene ahora? Si todo de lo que se culpa al Barça se aplica a otras instituciones, es probable que el próximo año estén cerrados los fichajes en medio mundo. Las pérdidas serán millonarias. Los empresarios deportivos, los managers, los agentes y cierta prensa deportiva podrían irse a la ruina. Pero también es probable que no pase nada más. Resulta imposible creer que la FIFA recién se ha dado cuenta de lo que está pasando en el fútbol de hoy. Quizá termine siendo algo más simple. Un coqueto lavado de imagen a 70 días del Mundial de Brasil, el país cuyos menores de edad son los que se venden más caros en Europa.

 

 


Publicado en el diario EL MUNDO de España.

 

[Publicado el 04/4/2014 a las 17:31]

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Diferencia entre un periodista y un cronista

Los periodistas sueñan con llegar primeros. Los cronistas sueñan con llegar últimos.

 

 

[Publicado el 26/3/2014 a las 04:03]

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Navegando con ucranianos

Ucrania nunca ha sido muy independiente. Hace más de 10 años me tocó viajar en un buque escuela de la Armada de Ucrania. La travesía consistía en cruzar el Cabo de Hornos, esos mares con fama de ser los más peligrosos del planeta, navegando exclusivamente a vela.

En el viaje iban jóvenes cadetes y oficiales ucranianos. Pero también, caso raro en un buque-escuela, estaba lleno de turistas (en su mayoría alemanes).

Los primeros días a bordo del Khersones, una fragata de tres mástiles construida en astilleros polacos durante la época de la Unión Soviética, sucedieron apaciblemente. Las comidas eran anunciadas por parlantes con precisión militar: 8:30, 12:30, 16:30, 20:30.

"Este no es un buque de placer. Los peligros de la travesía son infinitos y las medidas de seguridad rigurosas. El racionamiento de agua será estricto", me dijo de entrada el capitán Sukhina, un tipo de 56 años, bigote cano, nacido en Sebastopol.

Explicó que la situación económica de Ucrania no permitía al gobierno de entonces -ni al anterior, ni a todos los que siguieron- financiar viajes de instrucción. "Por eso nos hemos asociado a la empresa alemana Inmaris Perestroika Sailing, quienes han vendido a turistas la mitad del barco", y luego se quedó callado. Como si quisiera llorar o reír. El turismo suele romper la independencia de todo lo que toca. Pero a veces, y eso parecía decir la resignación de Sukhina, puede sacar a flote el barco de un país que nunca tuvo mucha independencia.

A los pocos días de viaje, los roces entre los turistas alemanes y los soldados ucranianos eran cada vez más evidentes. Los primeros, con cámaras ultra modernas y ropa muy térmica, versus unos chicos que pedían dinero en los pasillos y cigarrillos y que se encerraban en la sala de cine para ver conciertos de bandas de rock ruso, como los Agatha Christie. El sueño de los jóvenes se repartían entre irse a Moscú, Berlín, o cualquier ciudad grande de Estados Unidos.

Uno de los oficiales más viejos del barco tenía una foto junto al Che Guevara. El electricista se llamaba Yuri, tenía varios dientes de oro y practicaba conmigo un mal español que iba aprendiendo -durante el viaje- de un viejo libro soviético para quienes viajaban a Cuba. En su camarote tenía fotos de sus hijos: el chico tenía nueve años y estudiaba gimnasia olímpica en Kersh. Su hija tenía ocho años y estudiaba para concertista en piano. Todo parecía demasiado soviético, frente a los alemanes que jugaban Tetrik en sus computadoras portátiles.

Estos días me he acordado de aquel viaje, y de Ucrania, y de los cientos de ucranianos que nos fueron a recibir al puerto de Buenos Aires cuando terminamos la travesía. Yo me bajé en Argentina, y ellos siguieron navegando hasta Europa del Este. No sé cuántos de aquellos cadetes terminaron viviendo en Kiev, o en Moscú, o en Berlín o en Nueva York.

Recuerdo, también, que Yuri me dijo en su mal español que alguna vez quiso ser cosmonauta. Y uso esa palabra, Cosmonauta, una palabra que en el mundo de hoy suena tan extraña como Lenin, proletariado o independencia.

 

 

@menesesportatil 

 

[Publicado el 04/3/2014 a las 23:28]

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Catadores de axilas

Supe de un escritor que era tan chupamedias de otros escritores, que se le comenzó a llamar "el catador de axilas". Su idea era la de hacer una red de contactos internacionales, con la vieja teoría de que el talento a secas nunca sirve más que la falta de talento pero con amigos. Y así, el catador de axilas literarias siempre se empeñaba en encontrar formidable -y lo publicaba por todos lados- el sudor de los autores que le convenía fueran sus amigos.

Lo que él tal vez no sabe, es que catar axilas es un trabajo rentable, profesional, en el que se juegan millones de dólares cada año.

Antes de que sigas leyendo, suelta todo el aire que tengas en los pulmones, pon la nariz en tu axila y ahora, lentamente, comienza a respirar, a olerte, de a poco y hasta el fondo. Luego, suelta el aire y responde el siguiente cuestionario:

 

-¿Te gustó lo que oliste?
SI__ NO __
-¿Lograste diferenciar algunos aromas?
SI__ NO __
-¿Olerías ahora la axila de tu compañero de oficina o de algún escritor?
SI__ NO __

 

Si tus tres respuestas fueron afirmativas, quiere decir que eres un sniff test en potencia.

Algunos de los mejores sniff test del mundo están en Hamburgo, en Alemania, y su trabajo consiste en oler axilas de muchas personas, de gente que ellos ni conocen, de tipos gordos y flacos y jóvenes y viejos y hombres y mujeres que, como todos, sudan debajo del brazo. Algunos, por cierto, huelen mejor que otros. Otros, esos que levantan las manos y tienen la camisa con una mancha húmeda en la axila, suelen expeler aromas fuertes. Todos, finalmente, son futuros compradores de desodorantes. Y para ofrecernos mejores desodorantes es que los grandes laboratorios contratan a estas narices a prueba de balas. Personas que con su sacrificio, de alguna manera, pretenden salvar a la humanidad. Ellos también están en guerra. Pero su guerra es contra los malos olores axilares. ¿La ganarán?

Maren Meyer tiene 27 años, nació en Hameln, Alemania, es soltera, usa perfume Boss para mujeres y desodorante Nivea. Todo indica que huele bien. Y de eso, Maren sabe: esa es una de las mejores sniff tests de la compañía alemana Beiersdorf, encargada de producir los desodorantes Nivea DEO. Maren se ha ofrecido a hablarme de su trabajo desde el otro lado del mundo. Sus respuestas son escritas en un computador de su laboratorio, en mitad de pabellones que imagino blancos y que huelen a flores y frutos suaves, donde la menor señal de mal olor es aplastada con eficiencia por una brigada antimalos olores que deambula por los pasillos del laboratorio.

Las respuestas las recibo en un cibercafé de la Avenida de Mayo, de Buenos Aires, donde no hay aire acondicionado, el calor aplasta, y entre los clientes de esta tardenoche nos repartimos entre sudamericanos indocumentados, chinos, mochileros gringos y argentinos desempleados, divididos entre los que bajan páginas pornos y los que juegan a balearse on line. Si tuviera que describir el olor de aquí, podría decir que es una mezcla entre camarín, taxi viejo, pescadería, aceite recocido y AguaBrava. No me atrevería a oler ningún sobaco ajeno. Le pregunto a Maren que a qué cree que huelo. Ella prefiere no contestar.

 

-o-

 

Charles Bukowski se lo confesó a la periodista Fernanda Pivano: "Lo que más me gusta es rascarme los sobacos". Y varios de quienes alguna vez estuvieron cerca del autor de El cartero y de La máquina de follar corroboran que uno de los rasgos más llamativos del Bukowski en persona era, precisamente, el penetrante olor a sudor que salía de debajo de sus brazos. Un olor que podía nublarte la vista, si no estás acostumbrado a los aromas fuertes. O que podía reconfortarte, si estás en el bando de quienes luchan por erradicar los componentes químicos sobre el cuerpo.

Desde antes de El perfume es sabido que los olores son claves en la belleza y atractivo de una persona, sin embargo, no hay fechas exactas de cuándo el desodorante se transformó en parte fundamental del equipamiento humano. Algunos historiadores señalan que los hombres del Imperio Romano ya tenían sus propias fórmulas: después de lavarse se ponían debajo de los brazos almohadillas con sustancias aromáticas.

Todo indica que a finales del siglo XIX surgió el desodorante como producto de higiene personal de una mezcla de sulfato de aluminio y potasio. Pero que fue tras la Segunda Guerra Mundial cuando su uso se generalizó prácticamente en todos los países occidentales. La marca Odorono es la que terminó pasando a la historia por lanzar al mercado el primer desodorante, que en un comienzo solo se vendía en farmacias. De eso, hasta la alta tecnología de hoy, ha pasado, literalmente, una vida.

-¿Es diferente el olor de hombres y mujeres? ¿El olor de jóvenes y viejos? ¿El olor de gordos y flacos?
Responde Maren:
-Sí, yo puedo diferenciar a veces el olor de mujeres y hombres, pero no siempre. Los viejos huelen distinto que los jóvenes, pero tu no encuentras diferencias en el olor del sudor. Tengo que decir que no huelo directo en la axila de los voluntarios, solo en la almohadilla que han usado, y yo no sé nada de los voluntarios, si son hombres, mujeres, jóvenes, viejos, flacos o gordos. Ahora bien, si un voluntario bebe mucho alcohol o come ajo, yo puedo oler eso en su sudor.

El proceso de trabajo de una nariz de axilas también es rutinario. Los participantes, cerca de cuarenta al día, llegan al Centro de Voluntarios de Beiersdorf con ganas de sudar. Una vez dentro del laboratorio los conejillos de Indias se ponen una camisa blanca con almohadillas en ambas axilas. Transcurrido un tiempo, vuelven al centro, y sus almohadillas son depositadas en una serie de frascos sin olor. Esas almohadillas húmedas con extracto de vida diaria es la que huelen los sniff tests, que antes han sido entrenados para ordenar varios olores, de más fuerte a más leve. Ninguno de estos "elegidos" fuma, pues los fumadores pierden gran parte de su olfato.

-Algunos olores son muy duros y desagradables -responde Maren, con vocación de estar sacrificándose por el bien de todos. Son indescriptibles pues dan ganas de olvidarlos para siempre.

Algunas veces, para que la transpiración sea más eficiente, a los voluntarios se les mete dentro de unos saunas especialmente fabricados para los ensayos. Nada debe fallar. Porque aunque el sudor humano no huele a nada, al entrar en contacto con las bacterias del exterior es que se descompone, y producen el olor a sobaco del que Bukowski se enorgullecía.

La guerra de las narices a prueba de balas que huelen axilas ajenas no es, por cierto, sólo contra los malos olores. También, contra la competencia: desarrollar un buen desodorante es clave para liderar un mercado que, sólo en Francia (un país con fama de poco desodorante) gasta más de cinco mil millones de dólares en productos para embellecer el olor del cuerpo.

-¿Qué rol ha tenido el olfato en tu vida?
-El rol llegó a ser cada vez más importante porque me entrené en diferentes olores. Desde que uso mi nariz más intensamente conseguí un trabajo de olfateadora.

-o-

Maren me dice que ella no admira a otro tipo de sniffers, "porque me gusta mucho mi trabajo y creo que es interesante ayudar a la investigación y a desarrollar buenos desodorantes". Sin embargo, es posible que ella sepa claramente que está en uno de los últimos peldaños de la escala de catadores humanos.

En esa misma escala donde, claramente, uno de los líderes es Robert Parker Jr, el estadounidense que también es conocido como "La nariz del millón de dólares". Parker es el crítico de vinos más influyente del mundo, y lo que determine su olfato puede cambiar el rumbo del mercado global de mostos.

En un nivel parecido puede situarse a Alberto Morillas, un andaluz que vive en Suiza y que está considerado uno los mejores perfumistas de un planeta lleno de olores diferentes. Morillas se dedica a oler y oler y oler fragancias que le agraden, y con cuyas fragancias termina componiendo nuevos perfumes.

La argentina Inés Bretón está dentro de las top five catadoras de té del mundo. Inés se pasa meses recorriendo Asia en busca de los mejores y más suaves olores con los cuales elabora los blends que vende en Europa, que tiene entre sus clientes al Dalai Lama y que la transformó en una nariz de fama global.

Lejos del glamour de estos sniffers, Maren, nuestra catadora de axilas, se toma el asunto con filosofía y cuando le pregunto qué son los desodorantes para ella, dice con honestidad:
-El desodorante es un producto para cuidar el cuerpo que me da un buen trabajo.

Y aunque el olfato del ser humano es uno de los sentidos menos refinados del reino animal, Maren cuenta que con el tiempo entre sudores su nariz en vez de estropearse se ha afinado.
-Desde que trabajo en esto uso mi nariz más frecuentemente en el supermercado, eligiendo frutas, por ejemplo.

Y a la hora de describir el olor de Hamburgo, dice: "Verde, fresco (por el agua). Algunas veces apestoso (por los autos), algunas veces imposiblemente bueno.

Quizás ninguno de nosotros esté vivo cuando esta guerra contra los malos sudores termine. Posiblemente falta mucho para que los sniff tests logren dar con esa arma secreta, con el desorante ideal que termine venciendo para siempre. Pero mientras eso sucede, las palabras de Maren pueden darnos una pista.
-¿Con qué palabras describirías tu olor preferido, Maren?
-Mi novio después de la ducha, fresco, limpio, masculino.

 

Algún día el escritor catador de axilas logrará esa transparencia.

 

 

 

@menesesportatil

[Publicado el 07/2/2014 a las 20:15]

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Contra los safaris

Un chofer de jeep, un guía y un grupo de turistas de la tercera edad que huele a repelente de mosquitos y que cada cinco minutos suelta un gutural: ohhhhh... cada vez que el guía nos grita: ¡miren ahí! Entonces, todos nosotros, como focas amaestradas, giramos la cabeza al animal que se mueve con desgano y que nos mira a nosotros como se miran a los animales de zoológico.

Rápidamente, uno comienza a sentir que todo está más preparado que una mesa de cumpleaños. La comunicación por radio entre los diferentes jeeps es apenas una señal de que la tecnología, en este caso, ayuda muy bien a que nuestro recorrido sea más eficiente.

Tiene cierta lógica: si uno ha pagado miles de dólares en el vuelo de avión y en el hotel y en el recorrido, no puede regresar a casa con las manos vacías.

-¡Ahora vamos a ver el león! ¡Ojalá lo encontremos! -dice un guía en la reserva Masai Mara, en la zona del parque Serengueti de Kenia. Los guías siempre exclaman, como si vivieran obligados a darle un aire de expectación a cualquier frase que sueltan.

El jeep acelera rápido por entre la sabana africana, hasta que al final de la llanura vemos a una decena de jeeps rodeando algo que se mueve, y respira. Ahí está el león, acostado, bostezando a pocos metros, mientras unos cincuenta turistas de todo el primer mundo disparan su cámara con ojo sanguinario.

-¿Y podremos ver peleas entre animales? -pregunta alguien que parece estar buscando fotos para armar su propio especial National Geographic.

Los japoneses en los safaris se reconocen rápido. Llevan guantes blancos y mascarilla y sombreros para el sol, al estilo Michael Jackson. Los gringos también, en su mayoría vienen vestidos estilo Daktari, y sueñan estar reviviendo los días en que Hemingway vivió en Kenia.

Creo que por eso detesto los safaris: rápidamente uno entiende que todo es mentira. Es mentira la sorpresa de nuestro encuentro con los Big Five, como le dicen al avistamiento de los principales animales del lugar. Es mentira la danza tribal que nos ofrecen en la noche, junto a una fogata, porque entre los bailarines vestidos al estilo swahili reconozco a varios camareros del hotel que nos recomiendan el plato de comida a la hora de la cena. Es mentira lo que sucede en los safaris porque hay tantos turistas, que nada puede fallar.

Los safaris, palabra que en swahili significa "viaje", partieron como jornadas de cacería de la realeza europea en tiempos de la colonia. Hoy, los rifles y las escopetas han sido reemplazados por lentes y zooms y focos de cámaras de todos los tamaños. La realeza hoy son más de un millón de visitantes solo en Kenia, en paquetes turísticos que prometen todo tipo de avistamientos. Los animales, sagaces para escapar de la pólvora, hoy engordan a buen ritmo en espera de cumplir su rutina diaria de dejarse inmortalizar por visitantes que han viajado una semana con todo incluido: incluidos ellos mismos.

Todo lo anterior, que en el Masai Mara de Kenia se descubre al primer día, en la reserva privada de Mala Mala, en Sudáfrica, se descubre al primer segundo. Cuando uno ingresa y ve los cables electrificados que la rodean entiende que, por sobre toda las cosas, estamos ingresando a un zoológico grande con animales que parecen sueltos y parecen libres y parecen disfrutar de lo que viven. Igual nos pasa a los visitantes: parece que hacemos lo que queremos, parece que estamos libres, parece que disfrutamos del viaje africano mirando animales.

Finalmente, esa termina siendo la gran miseria del safari. Al final de la jornada, te sientes el más bobo de los animales del planeta. Una especie silvestre que se conforma con tener buenas fotos, antes de volver a casa a seguir viviendo una vida enjaulada.

 

 

Publicado en la revista SoHo

 

 

[Publicado el 22/1/2014 a las 15:17]

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El último niño futbolista

 

Esta mañana tuve una videoconferencia con Holanda. Yo estaba en la sede del Sindicato de Fútbolistas de Chile, en Santiago. Del otro lado, en Ámsterdam, estaban unos directivos de la FifPro (agrupación mundial que reúne a todos los sindicatos de futbolistas profesionales del mundo). Anualmente, la Fifa y la FifPro eligen al ganador del "Balón de oro" como el mejor jugador del mundo.

Me contactaron ellos, interesados en "Niños futbolistas". Ya habían conseguido el libro, y querían que les contara más detalles porque están interesados en los derechos de los jugadores. En la Fifpro, me dijeron, ahora se van a comenzar a preocupar por los traspasos de menores.

Les dije, luego de una pregunta sobre posibles medidas, que no soy legislador, que no puedo proponer soluciones, que mi trabajo terminó en poner sobre la mesa un tema (que tampoco era mío, porque los temas no son de nadie, siempre están ahí).

En un momento, desde las oficinas centrales de la Fifpro me preguntan cómo hacer para detectar estos traspasos precoces. Se me ocurrió responder algo simple:

-Busquen en internet "fichaje de un menor" "Contrataron a un niño". Algo les aparecerá.

Espero haber ayudado en algo a la gente de la FifPro, que se veía preocupada del tema (al punto de mandar a buscar el libro a España y a contactarme para una videoconferencia). Una vez cortada la conversación con Ámsterdam, hice el ejercicio y entré a internet por si había algún fichaje. Para mi sorpresa (aunque tampoco era tan sorpresa), había una noticia fresca: el Real Madrid anunciaba hoy, el mismo día 08 de octubre, el fichaje oficial de un niño japonés de 9 años llamado Takuhiro Nakai y apodado 'Pipi'.

El chico, me enteré despues, deberá viajar pronto a España a iniciar su nueva vida. Ahí comenzará el recorrido que muchos antes ya hicieron, y que están en el libro. Pipí es, hasta ahora, el último caso famoso de un niño futbolista.

 

 

Twitter: @menesesportatil 

[Publicado el 08/10/2013 a las 23:02]

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Síndrome Colombia

Sucedió en Colombia. Había aterrizado en Barranquilla y de ahí fui en taxi hasta Santa Marta. La idea era escribir un artículo sobre la otra Colombia: la de los buenos hoteles, los paisajes de novela, las mujeres costeñas y las playas. Los días pasaban entre viajes en lanchas saltando olas transparentes, bar abierto en un hotel todo incluido, clases de salsa, cubas libres en el bar de Carlos Vives.

Rápidamente me había acostumbrado a los controles militares de la carretera y la narco-leyenda colombiana se reducía a pintorescas mansiones abandonadas donde alguna vez descansaron los capos de algún cartel. Fue ahí cuando conocí el parque Tayrona, con palmeras saliendo del mar tibio y mochileros de todo el mundo que un día llegaron y no se fueron más. La canción de moda era de un joven cantante llamado Juanes, que acababa de sacar su primer disco. A pocos kilómetros estaba Aracataca, el pueblo de García Márquez que se hizo conocido por su nombre falso: Macondo.

Bastaba estirar la mano para coger un jugo de mango o de guayaba. La piscina del hotel era ideal para nadar al atardecer. Me había olvidado de los cientos de cuestionarios aduaneros, donde te preguntaban si algún desconocido te había dado un paquete para llevar. Ni siquiera me inmutaban los guardias armados con metralletas que aparecían tras los matorrales del hotel.

Más me importaba que la temperatura del mar era perfecta y los precios baratos. Los pescados fritos pasaban por la garganta como miel. No era necesario tumbarse en la playa para quedar con la nariz superbronceada. Colombia asomaba como un país formidable, con todo lo necesario para vivir bien. Me lo decían los propios colombianos, amables como pocos, mientras posaban risueños para las fotos. Margarita, la encargada de prensa del hotel, nos contaba muchas historias divertidas y un par de anécdotas tristes. Nos presentó a su hija de 16 que inauguraba piercing en la lengua, nos recomendó un lugar para comprar esmeraldas, y nos advirtió - acertadamente- que terminaríamos volviendo a Colombia. Justo antes de despedirnos, nos dijo:

- El dueño del hotel quiere despedirse de ustedes.

La oficina del dueño del hotel tenía galardones, posters de Colombia y fotos aéreas de Santa Marta. El dueño del hotel usaba corbata de seda, tenía anillos dorados y bigote. El protocolo de despedida fue rápido, y finalizó cuando desde su boca se escuchó:

- ¿Me pueden llevar a Chile este paquete?

Y ahí estaba. Un pequeño paquete color caja de cartón, sellado con gruesa cinta adhesiva café claro. No tenía escrito nada y pesaba poco más de un kilo. Según el dueño del hotel, eran folletos para agencias de turismo. Ese tipo de paquetes yo los había visto antes, pero en la tele: en las noticias policiales o en los documentales de dinero fácil. Nunca como envoltorio de folletos turísticos.

Seguramente por las miles de advertencias de no recibir paquetes de extraños, es que nos quedamos mudos mientras aceptábamos el encargo. Durante el viaje en taxi desde Santa Marta hasta Barranquilla el fotógrafo me decía que el encargo lo pasara yo por la aduana, y yo le decía que lo pasara él. El paquete nos quemaba las manos.

Cuando llegamos al aeropuerto de Barranquilla nos recibió un control sorpresa de equipaje. Había perros y escopetas y quisimos dejar tirado los folletos en el baño y el fotógrafo había cambiado el bronceado por una palidez de autopsia. No era chistoso, aunque nos reíamos para disimular.

Finalmente, sin dejar de sentir miedo un segundo, decidí hacerme cargo del encargo y despacharlo junto a mi mochila. El argumento que me llevó a la decisión final, mirada en el tiempo, me parece insólito y no tiene que ver con algún acto heroico. Fumando un nervioso cigarro me convencí de que si pasaba algo malo, que si los perros descubrían que eso no eran folletos y saltaban las alarmas y de atrás la policía y de ahí a un calabozo colombiano, cerca de Aracataca, pues bien, si pasaba por todo eso terrible, eso significaba también que tendría una colosal historia para escribir. Y con una sonrisa en la cara entregué el encargo a la chica del counter.

Finalmente, el paquete en cuestión eran, efectivamente, folletos de un estupendo hotel de Santa Marta. De vuelta a casa había aprendido dos cosas. Primero, que en esa época estaba dispuesto a pasar una temporada en una perdida cárcel colombiana con tal de tener una buena historia que contar. Lo segundo, y que desde entonces llamo el Síndrome Colombia, es lo difícil que se nos hace despojarnos de los prejuicios a la hora de viajar. He vuelto varias veces a Colombia. Tengo buenos amigos, y creo que es un destino formidable. Tiempo después, un policía de la aduana de Barajas, en Madrid, revisando mi pasaporte se detuvo en los timbres de Colombia y me preguntó: ¿por qué has viajado tanto a Colombia? Respiré aliviado. No era que sospechara de mí. Sólo había aparecido, una vez más, el abominable Síndrome Colombia.

 

 

Publicado en la revista SoHo 

 

 

@menesesportatil 

[Publicado el 03/10/2013 a las 16:09]

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El misterio de los lectores

El gran misterio de la literatura tiene nombre: El lector. Esa máquina única que traga un libro igual a miles, y lo convierte en único. El lector siempre está presente en el trabajo de un autor. Y siempre está ausente. 

Desde que publiqué "Niños futbolistas" hace un par de meses, he recibido reacciones, opiniones y comentarios. Sin embargo, una de las cosas que más me ha sorprendido, fueron los correos electrónicos que me mandaron -casi el mismo día- dos lectores.

El lector 1 fue José Diez, entrenador de fútbol de menores en un club de Madrid, el C.D. Canillas. José me decía que con el libro había descubierto una realidad que ignoraba, y que había que hacer algo: un centro de ayuda, una ONG, algo para ir en rescate de estos muchachos. 

El lector 2 fue Oscar Salvado, director de Icroms, una empresa de Barcelona dedicada a comercializar productos digitales del F.C.Barcelona, quien me dijo que con el libro había descubierto una realidad que ignoraba, y que había que hacer algo: una oficina de fichajes virtuales, una plataforma para que los niños de Latinoamérica suban sus videos, algún buen negocio.

Ahí entendí que "Niños futbolistas", que yo quería fuera un libro de viajes, podía ser leído como una fuerte denuncia del actual sistema de fichaje de menores y, al mismo tiempo, como un manual de los pasos que se deben seguir para comprar un chico tercermundista y venderlo a Europa. Como siempre, dan lo mismo tus esfuerzos.

El lector será siempre quien se encargue de terminar lo que uno escribe.

 

 

@menesesportatil 

[Publicado el 11/9/2013 a las 22:00]

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Un taller de alto riesgo

Alejandro Almazán, autor perteneciente a la Generación ¡Bang!, es un reconocido periodista y escritor mexicano. Uno de los cronistas en zonas de riesgo con más trayectoria en América Latina. Premio Nacional de Periodismo en México [Crónica] 2003, 2004 y 2006. Premio Nacional Rostros de la Discriminación 2008. Premio Sociedad Interamericana de Prensa 2010. Autor de La victoria que no fue [2006, Grijalbo], Gumaro de Dios, el caníbal [Mondadori, 2007], Placa 36 [UNAM, 2009], la novela Entre perros [Mondadori, 2009], Palestina, historias que Dios nunca hubiera escrito [2011], El más buscado [Grijalbo, 2012] y Chicas Kaláshnikov y otras crónicas [Océano, 2013].

Almazán, con toda su experiencia en coberturas en zonas de riesgo, se suma al proyecto de la Escuela de Periodismo Portátil. Ahí dictará el taller on-line de "Crónicas de riesgo".

Hasta ahora, por la escuela han pasado alumnos conectados desde más de 30 países diferentes. Algunos de ellos (incluidos los profesores), estuvieron en distintas ciudades y países durante un mismo curso. El traslado como parte de la vida, y no como un impedimento.

La Escuela de Periodismo Portátil es un proyecto independiente y autofinanciado de escritura en Español. Y con este nuevo taller, el proyecto busca abordar un tema urgente en los días que corren: Cómo escribir una crónica roja, o de narco, o de guerra, o de violencia social. 

Las clases del taller de Alejandro Almazán comienzan el 10 de septiembre, y las inscripciones ya están abiertas. 

El programa del taller se puede ver aquí.

 

@menesesportatil 

 

[Publicado el 22/8/2013 a las 01:38]

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Yo corrí en San Fermín

Al final de la corrida le pego una bofetada a Ernest Hemingway. Se la pego a un costado de la cara, entre su oreja y mejilla izquierda. Pero eso sucede al final de la corrida que ahora está por comenzar. Quedan pocos minutos para un nuevo encierro, el sexto de este año en San Fermín, la famosa fiesta de Pamplona donde sueltan a los toros por las calles mientras miles corren eufóricos escapando de una cornada.

 

Hace cuarenta minutos que pasaron las siete de la mañana, y a los que hoy vamos a correr nos tienen encerrados hace más de una hora. A las ocho soltarán ocho toros, pero unos minutos antes abrirán el encierro de los corredores. Un mozo, como se le dice tradicionalmente a quienes corren delante de los animales en San Fermín, puede aprovechar esos minutos de ventaja y correr las ocho cuadras sin problema. De hecho, la mayoría de los que corre nunca ve ni de cerca a los animales. "¡Hay que esperarlos!", grita uno con sonrisa dura, en mitad de una espera llena de nervios. Hay gente asustada de verdad. Algunos abandonan a último minuto. Otros cantan sevillanas. "Yo me iré corriendo rápido antes de que los suelten", murmura uno de México, saltando como si tuviera resortes en las zapatillas.

 

Si bien no hay obligación, la mayoría de los corredores están vestidos de blanco y con cinturón o pañuelo rojo. Otra vieja costumbre que todavía se mantiene, especialmente los gringos en plan "¡Gran-tour-a-San-Fermín!", es correr con un diario enrollado en forma de palo. Así, dice la tradición, se le puede pegar y espantar al toro sin dañarlo físicamente. A diferencia del resto del mundo, donde se ven grandes investigaciones o crónicas periodísticas envolviendo pescado, en estos minutos previos al encierro veo cientos de notas periodísticas enrolladas y muy bien dispuestas para alejar a los toros en caso de emergencia.

 

En eso, aparece una voz por los parlantes y la ciudad estalla en aplausos llenos de vivas y de ¡olé! Los altavoces están por todo el recorrido. Los que más aplauden son los que no corren, los que miran de afuera, sin peligro, y que entienden que la fiesta está por comenzar. La voz de los parlantes viene dirigida a nosotros, a los que estamos encajonados esperando que abran la puerta. Nos anuncian a todo volumen unas medidas de seguridad que salen en castellano, francés, inglés, italiano y alemán. No hay indicaciones en euskera, aunque esta es una fiesta vasca, con origen vasco, en una región vasca y en donde todas las noches, en más de algún bar, se termina empinando la copa y gritando: "¡Gora Eta!"

 

Las precauciones a tomar parecen simples, pero al escucharlas por parlantes y en un encierro junto a personas que saltan nerviosas y con un diario enrollado en la mano, la cosa se agranda: "Si te caes al suelo tápate la cabeza con las manos; nunca toques a los toros; no te subas a las barandas mientras corres; no corras si bebiste". Lo del alcohol es ridículo: el 80 por ciento de los que estamos aquí adentro nos pasamos la noche despiertos, en fiestas, conciertos o en bares bebiendo kalimotxo, como le llaman a la mezcla de vino tinto y Coca Cola que riega la ciudad esta semana. La policía saca de entre los corredores a un par que ya no se puede mantener en pie y a otro que trae ojotas en vez de zapatillas, pero no mucho más. Si bien la mayoría pasamos de largo, hay algunos corredores que recién se levantaron después de dormir ocho horas para correr más despiertos. Casi todos son estadounidenses que han llegado en tours organizados con varios meses de anticipación. Traen zapatillas especiales, camisetas alusivas al viaje y chapas de San Fermín.

 

Para el resto, la noche previa, como todas las noches y días desde que con la ceremonia del Chupinazo larga San Fermín, son de una fiesta interminable y repetida. Basta una hora para saber lo que te va a esperar durante las 23 restantes hasta completar cada día de una semana, que empezó el siete y terminó el lunes pasado. Hay peñas folclóricas que pasan tocando tambores, trompetas y olés a las horas más insólitas, cuando la mayoría duerme. El negocio es gigante. La alcaldía acondiciona plazas para que los corredores sin alojamiento puedan dormir al aire libre. Todo el Casco Viejo de Pamplona se convierte en un enorme shopping al aire libre con todo tipo de souvenirs de la fiesta. Se acreditan más de 600 periodistas de todo el mundo, participan más de 3.000 voluntarios y en total hay más de 200 actividades. Además de los turistas, durante esta semana vuelven a Pamplona todos los que hicieron su vida en otras ciudades de España, por estudio o trabajo, y se reencuentran así con sus padres y amigos del barrio, con quienes comentan el crecimiento de la familia mientras en la mesa vecina se emborrachan unos alemanes. También llegan muchos sudamericanos que hacen tatuajes con henna, malabares con fuego, tocan guitarra o venden tejidos; y marroquíes y paquistaníes que se abocan básicamente a vender cerveza suelta y chocolate las 24 horas.

 

Queda menos. Se abre la primera puerta y comenzamos a avanzar por la calle San Nicolás en dirección a la Plaza de Toros, donde termina el encierro. Más adelante hay una barrera de policías que detiene a los mozos que avanzan más rápido: la idea es que haya corredores por todo el trayecto, por eso tantas barreras y detenciones antes de la largada. Aquí cualquiera puede correr. No hay que pagar inscripción, y todavía no es necesario registrarte por Internet en la web de Nike o de Reebok para correr de a miles. Cualquiera se puede sumar, libremente, con requisitos mínimos. La nueva barrera de policías sirve para una nueva revisión, esta vez sacan de la pista a un japonés que no quiere soltar su cámara de video. Está prohibido correr con cámaras. Si estás solo y no tenés quién te tome una foto, al final de cada encierro las casas fotográficas de Pamplona ponen a la venta cientos de imágenes sacadas por fotógrafos estratégicamente ubicados: después de cada encierro muchos mozos se van al centro del casco antiguo a ver si salieron en alguna foto, por la que deberán pagar 12 euros.

 

Ya no queda nada. Ahora los mozos estamos todos dispersos por estas ocho manzanas adoquinadas, las mismas que durante el resto del año transitan a paso lento y bastón en mano una mayoría de jubilados. Los que estamos adentro del encierro somos pocos y la mayoría de los visitantes han preferido -sensatamente- ver la escena desde tranquilas tribunas o desde balcones que se alquilan por buen precio y con meses de anticipación. Ya está. No queda tiempo. Alguien grita que ya son las ocho. Pasa un minuto más. Boooooooom.

 

El bombazo se escucha lejos y anuncia que acaban de soltar a los toros. Y que ya vienen hacia nosotros. Todos comenzamos a correr desesperadamente hacia adelante. A correr sin que importe si pisamos a alguien en el camino. Lo que hasta hace unos minutos era nerviosismo colectivo, ahora es individualismo desatado. Aparece San Fermín en su esencia. De pronto, todos estamos viviendo en directo la metáfora de la vida que nos quieren hacer vivir: aquí adentro nos salvamos aplastando cabezas ajenas y nos abrimos paso sin importar quién quede en el camino. Adrenalina pura.

 

La carrera termina en la Plaza de Toros de Pamplona, pero claro, para eso falta mucho. Esto recién empezó. Si bien oficialmente una corrida dura dos o tres minutos, aquí adentro el tiempo se alarga. Dos o tres minutos es muchísimo. Es como una semana sin adrenalina. Y seguís corriendo. El grito de los otros mozos te pone más nervioso. Todos gritan y todos corren desesperadamente. De los balcones lanzan papel picado y sobre tu cabeza cae una lluvia infinita de flashes fotográficos. La Televisión Española transmite en directo al resto del mundo, como todos los julio de cada año, las imágenes de Pamplona. Hay cámaras de televisión por toda la calle, como si esto fuera un gran set de televisión. Y seguís corriendo. Corrés mirando hacia atrás. Corrés arrancando. Corrés con el corazón en la boca. Corrés entre los turistas gringos. Corrés asustado. Corrés entre las familias de Pamplona. Corrés como un ladrón de carteras del DF, como un tira-collares de Buenos Aires. Corrés de los toros. Corrés con furia, como nunca corriste. Corrés frente a los fotógrafos, que más tarde venderán tu foto en la tienda del casco Viejo. Corrés sabiendo que te siguen, que están cerca, que ya se sienten. Cada vez más cerca. Corrés nervioso, pero con valor. Los toros se escuchan, porque traen en el cuello campanas que anuncian su presencia policial. Ya casi te agarran. Y corrés para salvarte el pellejo. Con todo. Que no te agarren. Hijodeputa que no te agarren, corré mierda, corré mierda, corré como nunca corriste por la puta madre. Y tus piernas se mueven más rápido de lo que pensaste. Estás en San Fermín, la famosa fiesta de los toros, y ahora los toros te pasan a pocos centímetros, cerca. Tratás de mantener la calma, pero el latido de tu corazón te parte la cabeza, y ahí acaban de pasar y sientes miedo de verdad pero no lo sabes.

 

Cuando entrás corriendo a la plaza de toros, junto a los animales, te recibe un estadio lleno de gente vestida de blanco y pañuelos rojos que te aplaude a rabiar por lo que acabás de hacer. Miles de personas sentadas en las tribunas, que esperaron pacientemente la muerte de alguno de nosotros, y que ahora te lanzan vítores y disparan fotos.

 

Cuando termina el nuevo encierro, en la plaza de toros sueltan unas vaquillonas para que los corredores se entretengan jugando a ser toreros. De los litros de kalimotxo ya no queda nada. La adrenalina de la corrida se llevó el alcohol. Sin embargo, aunque ya han pasado unos minutos del fin te sentís eufórico, como si te hubieras inyectado bebida energizante. Tenés ganas de gritar. Y gritás. Gritás como si estuvieras solo en la mitad de un desierto, gritás en el centro de la plaza de toros de Pamplona un mes de julio durante San Fermín, gritás con los puños apretados y aflojás y sacás toda la tensión de jugar a arriesgar la vida en una fiesta transmitida en directo por Televisión Española.

 

A la salida de la plaza de toros, una enorme estatua de Ernest Hemingway le hace un homenaje al escritor que hizo famosa la fiesta de San Fermín con la publicación, en 1926, de la novela Fiesta (The Sun Also Rises). En Pamplona están conscientes de los resultados que trajo la novela del escritor rudo, de puño cerrado, que le contó al mundo lo bravo que era escapar de toros sueltos por la mitad de las calles. Y ahí está Hemingway, mirando con ojos de bronce cómo salimos todos los corredores de la plaza de toros. Entonces, con la adrenalina descontrolada y la exaltación de sentirme superhéroe por un par de minutos, salto y me subo a la estatua del admirado Ernesto. Me acerco a su cara, lo miro fijo y le doy una bofetada. "Nunca te atreviste a correrla de verdad", le digo sin quitarle la vista, antes de irme a buscar un nuevo kalimotxo para seguir en la fiesta interminable.

 

 

@menesesportatil 

 

[Publicado el 10/7/2013 a las 23:18]

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Biografía

(Santiago de Chile, 1969). Escritor, cronista y periodismo portátil. Es autor de los libros Equipaje de mano (Planeta 2003); Sexo y poder (Planeta 2004); La vida de una vaca (Planeta/Seix Barral 2008, finalista Premio Crónicas Seix Barral); Crónicas Argentinas (Norma 2009) y Hotel España (Norma 2009  / Iberoamericana / Vervuert 2010), distinguida por el Consorcio Camino del Cid como uno de los ocho mejores libros de literatura de viajes publicados en España el 2010. Sus crónicas se han publicado en 25 países y traducido a cinco idiomas. Ha sido columnista y bloguero en medios como Clarín (Argentina), SoHo (Colombia), El Mercurio (Chile), Etiqueta Negra (Perú), Glamour (México) y Clubcultura (España). Estudió periodismo en la Universidad Diego Portales y en la Universitat Autónoma de Barcelona, y fue relator del taller de Tomás Eloy Martínez en la Fundación Nuevo Periodismo que preside Gabriel García Márquez. El 2006, la Asociación de Prensa de Aragón publicó un libro que transcribe su taller de periodismo portátil. Ha sido cronista invitado en universidades de América Latina y España, entre ellas la UNAM de México, la Complutense de Madrid y la Universidad de Chile. Fundó la Escuela de Periodismo Portátil, con alumnos conectados desde más de 20 países y que organiza, junto a la Universidad de Guadalajara, el "Premio Las Nuevas Plumas" de crónicas inéditas y en español.

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

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