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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 30 de julio de 2015

 Blog de Juan Pablo Meneses

Clientes, los nuevos hinchas

Las críticas al poco aliento del público, en el primer partido del seleccionado chileno, tienen una explicación simple: a estos partidos no van hinchas del fútbol. Ni siquiera se llena de familias, que podían saber poco del deporte pero eran fanáticas del equipo nacional (pasa en todos los países). Los que llenan el estadio ahora son una especie diferente: los clientes.

Quienes estuvimos en el estadio el jueves, en el partido inaugural de la Copa América, lo pudimos ver claro. De pronto, de un par de buses, bajaba un centenar de clientes de una tarjeta de crédito. Una empresa de correo express acarreó más de trescientos espectadores. Una marca de computadores uniformó a varios cientos de asistentes. Un empleado de un banco levantaba un cartel gigante con los colores de su compañía, y al lado se iba juntando un llamativo tumulto de asistentes sponsoreados.

Alguien me contó que a una amiga, que trabaja para una bebida cola, le habían regalado cinco tickets. Otro, que pudo entrar al Nacional gracias a que ganó el sorteo de una telefónica. Dos de más allá venían gracias a ser clientes premiados por un sitio de Internet.

Antes, las entradas se compraban. Hoy, en tiempos del postfútbol, las entradas se consiguen o se ganan.

Quizás se debería investigar cómo se hacen estas ventas masivas a las empresas. ¿También las compran por internet? Cuesta creerlo. Por mientras, con el estadio lleno de clientes, el poco aliento a la Selección se ha hecho más notorio que nunca. Por suerte el equipo ganó su primer partido. El día que Chile pierda, los nuevos hinchas de la Roja ni siquiera se darán el tiempo para pifiar al equipo. Es posible que ahora lleven sus reclamos al Servicio Nacional del Consumidor.

 

 

[Publicado el 15/6/2015 a las 17:11]

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Caso Fifa: ¿Y qué hiciste tú?


Joseph Blatter lo advirtió hace menos de una semana. Apenas ganó la elección a presidente de la FIFA dijo que ahora, en este nuevo mandato, se dedicaría a limpiar a fondo el fútbol mundial. Ayer renunció a su cargo. Fue su primera y última medida. ¿Un héroe que se sacrificó para cumplir su palabra? ¿Un fugitivo que negocio su salida con los investigadores del FBI?

Cualquiera que conozca un mínimo de la maquinaria del fútbol entiende la magnitud de lo ocurrido ayer. El escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán decía que el fútbol es la religión más extendida del planeta. Y es cierto. Por lo mismo, la renuncia de Blatter es la renuncia de un Papa. De nuestro Papa. Una dimisión tan inesperada y más significativa que la de Benedicto XVI. ¿Qué viene ahora? ¿Cómo llegamos hasta aquí?

El cambio se anuncia gigante. Se termina una época que será recordada con indignación. Las noticias que están por salir serán peores, y nos espera una larga temporada de miserias humanas. Y desde a hora, y por mucho tiempo más, comenzarán a perseguirnos algunas preguntas. ¿Qué hicieron los periodistas deportivos en estos años? ¿Por qué tan pocos alzaron la voz? ¿El boom de escritores publicando libros sobre lo romántico que es el fútbol es parte de la misma estafa? ¿Y qué hiciste tú?

 

 

[Publicado el 03/6/2015 a las 17:38]

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PostFútbol, el deporte que se juega hoy

En las últimas semanas se ha puesto de moda, especialmente en Argentina, la idea de que el fútbol está muriendo. El poder gigante de las barras, los millonarios manejos extradeportivos y las decisiones futbolísticas en manos de políticos y empresarios y anunciantes, serían los culpables de esta agonía. ¿El fútbol está muriendo? ¡Pamplinas! El fútbol murió hace rato y lo que vemos ahora es el postfútbol.

El postfútbol es un deporte financiero, tan apasionante y con tanta adrenalina como el viejo balompié, donde un buen contrato se celebra más que un gol y los millones vuelan sobre los estadios como el nuevo papel picado. Una de las últimas grandes novedades postfutbolísticas llega desde Brasil. Según una publicación del diario Estado de Sao Paulo, la federación brasileña vendió en una cifra récord un paquete con varios amistosos de la verdeamarela alrededor del planeta. Pero el negocio, redondo igual que la antigua pelota, tiene un par de cláusulas. El equipo debe jugar siempre con titulares, de lo contrario se los multa. Y no sólo eso, la empresa que pagó los derechos (se llama ISE y es parte del Dallah Al Baraka, uno de los dos mayores grupos económicos de Medio Oriente), puede vetar jugadores.

¿Es esto normal? En el PostFútbol sí. ¿Nadie se sorprende de estos negocios de las federaciones? En el PostFútbol no.

Según la investigación del periodista Jamil Chade, corresponsal del diario Estado en Ginebra, el Grupo Dallah Al Baraka tiene casi 40 mil empleados en todo el mundo. Sin embargo, la empresa ISE (dueña de los derechos de la selección de Brasil) tiene su dirección en las Islas Gran Caimán y en esa oficina no trabaja nadie. Ni siquiera hay un teléfono, ni escritorios, ni puertas, ni ventanas.

Uno no hace ciencia ficción si imagina a un ejecutivo árabe, en alguna oficina de Medio Oriente, mirando la lista de convocados por Brasil. Revisa los nombres con detalle, viendo a qué jugador va a borrar. Dunga, el entrenador de los penta campeones, convertido en una suerte de excusa perfecta para el buen final de un negocio. Y el empresario de Medio Oriente cumpliendo su papel del omnipresente Gran Hermano, que pone o saca jugadores que más tarde entrarán a la cancha. A ese campo deportivo donde más tarde, y con público fanático y transmisión televisiva planetaria, los atletas harán como que juegan ese viejo deporte iniciado en Inglaterra y que se llamó fútbol.

 

 

 

[Publicado el 27/5/2015 a las 17:39]

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Equipaje de mano

"Usted tiene algo que no puede llevar en el equipaje de mano", me dijo el tipo de los rayos X, en el aeropuerto de París. Faltaban pocos minutos para el despegue y dentro de mi mochila -estaba seguro- no llevaba ni cuchillos, ni pistolas, ni tijeras, ni un disparador de gas pimienta. Pero ahí estaba el tipo, mirándome con cara de reparo, mientras ponía mis monedas en una bandeja antes de cruzar el detector de metales.

En nombre de la seguridad, cada día aumenta el número y el tipo de objetos con los que no podemos subir a bordo de un avión. He visto mujeres pedir de rodillas por la salvación de sus cremas, y tipos despedirse de la cortaplumas de su abuelo con sincera nostalgia.

‘Usted lleva una botella de vino', me dijo el tipo, y le dije que sí, que claro, que obvio, si dicen que el vino francés es tan bueno. Entonces, serio, me dijo: "Ya no se pueden pasar vinos".

La situación era disparatada. A dos metros de ahí, cruzando el detector de metales, podía ver cientos de botellas de vino a la venta en el duty free parisino. Y no sólo eso, dentro del propio avión ofrecen vino en botella de vidrio junto a la comida. Pero no había argumento posible. Esa es la nueva orden, el dictamen. Y las alternativas para solucionarlo, pocas: regalarle el vino al tipo de los rayos X, tomármelo a un costado, o devolverme y despacharlo.

Siempre he sido un defensor del equipaje de mano. En su nombre bauticé mi primer libro y me sigo emocionando -a veces más, otras menos- cada vez que se escucha por los parlantes del avión a la azafata o el piloto diciendo, "por favor, guarden bien su equipaje de mano". Sin embargo, sería ingenuo no reconocer que el concepto está viviendo una crisis.

¿Será necesario explicar todo el tiempo que con bloqueador solar no se puede hacer una bomba? ¿Es posible que te requisen el encendedor, en aeropuertos que adentro tienen sala de fumadores? ¿Habrá llegado la hora de quejarse en serio?

Salí del aeropuerto Charles de Gaulle a toda prisa, como si salvar la botella de vino fuera un acto heroico. Y, en cierta manera, lo era. Claro que no era cosa de llegar y despacharla: ahora sólo se puede despechar una botella si tiene una caja súper especial, que vende la compañía. Compré la caja, casi tan costosa como el vino, me despedí de la botella y sin un segundo que perder volví disparado a embarcar.

‘Ahora sí', dijo el tipo de los rayos X, mientras veía pasar por la pantalla un equipaje de mano casi vacío.

[Publicado el 10/4/2015 a las 21:48]

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El minero número 11

Jorge Galleguillos Orellana, el minero número 11 en ser rescatado del interior de la mina San José, ha decidido profesionalizar sus recuerdos.

No hay día en que no vuelvan a su cabeza la tragedia, el encierro bajo tierra, la incertidumbre que vivió con sus compañeros, el hambre que pasaron, las visiones que tuvo, el llanto de felicidad cuando llegó la sonda, el rescate histórico, la salida espectacular, la fama, los programas de televisión, los viajes por el mundo, las peleas al interior del grupo, las visitas al psicólogo, las nuevas visitas al psicólogo, las promesas incumplidas y el olvido.

Por eso, ahora está parado en la puerta clausurada del yacimiento, por la misma boca que entró a la mina el 5 de agosto de 2010 y por la que nunca salió. Lleva puesto un casco, los mismos lentes del día del rescate, una polera que dice: "Los 33 del milagro", una linterna al cinto, una cámara al cuello y una botella de agua en su mano. Es su traje para venir a la mina.

Mira hacia el túnel, mira a los que lo miramos, toma un trago de agua, se acomoda el casco y comienza a hablar como un profesional de sus recuerdos: "Yo no sentí el derrumbe. Para qué decir que sí si no. Lo que pasó es que nosotros íbamos bien y de arriba cae algo así, en diagonal. Para mí, todo lo que cae, cae vertical. Pero de pronto las cosas caían de arriba en diagonal, y había mucho polvo".

Detiene el relato para tomar más agua. No es una pausa teatral. Es como si, todavía, necesitara ayuda para tragar lo que pasó, lo que le cambió la vida, lo que lo puso en la historia del país, lo que lo tiene aquí, hablando con los visitantes, peleando por ser guía de viajes pese a todos los problemas que han tenido los 33 para tener a cargo el turismo en la mina.

Y sigue:"Era terrible, terrible, el remezón que había. Y yo me voy, y me tomo así. Y mi compañero me dice: 'Galleta, Galleta, hueón, qué hago'. 'Vente p'acá, hueón', le digo. Ahí creo que perdí 10 por ciento más de lo que había perdido antes en audición. Y me dice mi compañero: 'Galletita, hasta aquí no más llegamos'. 'Sí', le dije yo".

Otro trago de agua. El sol que cae aquí, a 45 kilómetros de Copiapó, pica en la cara como un sarpullido:"En ese momento hay dos cosas que yo vi. A mi mamá, 78 años creo que tenía, y a mi nieto que había nacido recién y que tenía seis días. Los vi a los dos en ese momento; se me presentaron ahí adentro. En la imaginación los veo. Yo ahí pensé que quedábamos sepultados".

Aunque uno ha escuchado la historia mil veces, y Jorge Galleguillos la ha repetido otro millar de oportunidades, su relato atrapa. El hombre barbón, corpulento, con manos de roca y crema en el rostro, es el más entusiasta en darle valor turístico a esto. Y continúa:"Estuvimos ahí unos 15 o 20 minutos; yo no me podía las piernas. Avanzamos como cuarenta metros cuando ya empezamos a ver. Y ahí subimos, llegamos al nivel 150 y nos encontramos con uno de los niños que estaba abajo, que era un eléctrico de una empresa externa. Y grita preocupado: 'Oye, qué pasó', y pa pa pa, y esto y lo otro... Y había otro niño cambiando los neumáticos a un scoop, y también grita. Con el derrumbe la cuchara del scoop quedó llena, y con la onda expansiva uno de los niños salió volando. 'Un cigarro, hueón', dice uno, y yo: '¡Ya!', y pego dos chupadas. Yo no fumo, pero ese día fumé. Bajamos, seguimos más abajo y viene la camioneta con 26 personas arriba. No sé cómo venían. Uno arriba de otro. Porque en esa camioneta siempre viajan siete personas. Ahora venían 26. '¿Qué pasó, oye? Pa pa pa pa... ya, vámonos a la cresta...'. Y empezamos a buscar salida. No encontramos nada. Estábamos atrapados".

Nadie habla. Galleguillos tapa su botella de agua, y dice: "Ya, sigamos con el recorrido".

 

Extracto de "El último viaje de los 33 mineros", crónica aparecida en la revista Domingo de El Mercurio
 

[Publicado el 26/2/2015 a las 17:02]

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Así se hace Condorito hoy

 

En la oficina donde se hacen los chistes del pajarraco más famoso de Latinoamérica comienzan a volar propuestas. ¿Sentado o parado?, pregunta uno de los dibujantes. Debería estar lleno de corazones, propone la directora de la revista. Sí, y que se vea enamorado, dice otro. Que diga algo de las chicas, propongo. ¿Y si mejor habla de la revista?, dice alguien. Estamos planeando el dibujo que acompañará una historia.

Estoy en la cocina donde se prepara la revista Condorito. O, mejor aún, estoy dentro de la cabeza de Pepo, el creador de esta historieta.

—Acá todos tenemos que pensar como si fuéramos él. Como si estuviéramos en su cabeza —dice uno de los dibujantes. Y al Él que se refieren es René Ríos Boettiger, Pepo, creador de este cómic, que murió en 2000.

Desde entonces, y desde mucho antes, la tira y la revista han sido una maquinaria tras una firma. Un engranaje de ilustradores, guionistas, diseñadores, ejecutivos de marketing, distribuidores y vendedores en diferentes países del continente. Una rueda con millones de lectores en 19 países, durante 65 años.

La cabeza de Pepo tiene el piso alfombrado, un mesón largo pegado a la pared y cuatro tableros de dibujo. Queda en un piso 19 en el barrio alto de Santiago de Chile, en un edificio lleno de empleados que marcan tarjeta al entrar y al salir y con varios pisos subterráneos para estacionar.

En las paredes están colgadas algunas de las mejores portadas de Condorito, en distintas épocas. Hay un afiche gigante, con todos los personajes. Frente a los escritorios de los dibujantes hay paneles donde se ven clavados bocetos del pájaro de pantalón negro, con marcas para respetar las proporciones.

Detrás de la puerta está pegada una hoja con Condorito mirando con espirales en vez de ojos, y la leyenda: “¡No hace falta ser loco para trabajar aquí, pero si lo eres te ayudará mucho! ¡je je, jo jo, ju ju! ”.

 

 

* * *

 

 

Condorito ha tenido 950 profesiones diferentes en la revista: desde plomero, carnicero, carpintero, hasta presidente de Estados Unidos o emperador de Star Wars. Y ha tenido poderes, porque ha aparecido como Batman, Supermán, Acuamán, Ironman y Spiderman. Muy pocas veces aparece mirando de frente, la primera de ellas fue en un chiste de 1971. Siempre se mantiene el mismo estilo en el dibujo.

—Soy el director de arte de Condorito —dice Víctor Figueroa, de 53 años y con más de dos décadas en la empresa.

—¿Qué hace el director de arte de Condorito?

—Me encargo de la diagramación de la revista, darle el último OK, ver los despachos al extranjero y ver los últimos ajustes del texto, chequeando en el archivo final que no haya alguna cosita que se nos pueda pasar, supervisando los colores.

—¿Y los colores?

—Los colores de Condorito son básicamente dos, el rojo y el negro, y sus porcentajes. Es una característica del cómic.

Figueroa, como todos los que trabajan haciendo la revista, viste formal. En la calle podrían pasar por empleados de banco o administrativos de una empresa o trabajadores de una multinacional. Si bien se la pasan todo el día frente al tablero, no llevan el look de los nuevos ilustradores latinoamericanos. Esos que, más que vestirse, se dibujan.

—Uno tiene la apariencia formal. Pero el hecho de que uno diga que trabaja en Condorito ya es una cosa rara, un fenómeno, y comienzan inmediatamente a preguntar y sonsacar que cómo se hace, que cómo lo arman —dice Figueroa, que lleva el pelo cuidadosamente corto y pantalón de vestir.

Después de armarlas aquí, las revistas se exportan impresas desde Chile hasta Argentina. Para Colombia y Ecuador se mandan los archivos y las imprimen allá.

—¿Conociste a Pepo?

—Mira, sinceramente no. Lo conocí, pero…. lamentablemente, en el momento en que partió.

—¿Cómo así? ¿Lo saludaste y se murió? ¿Cómo en un chiste?

—No, no... Cuando falleció yo ya trabajaba en la empresa, pero él no venía, corregía, sí, desde su casa. Especialmente las portadas. Se las llevaban a él, y ahí las corregía. Fui a su funeral, a su velorio, y ahí lo miré en el cajón. Esa fue la primera y única vez que lo vi.

 

 

* * *


Condorito no es un chiste. Tras las tiras cómicas hay una larga torre de contratos y licencias. La empresa World Editors tiene los derechos mundiales para la aparición de la caricatura en merchandising, impresos, cine, televisión, internet y periódicos de todo el mundo. Televisa tiene los derechos de las revistas en español para América Latina. Cada chiste se hace de manera muy seria.

El proceso parte con los argumentistas. Ellos son externos a la oficina, dos son chilenos y uno argentino, y colaboran mandando chistes por correo electrónico. Cada chiste aprobado es un chiste que se paga. Una vez aprobado el argumento, uno de los tres dibujantes creativos hace el primer borrador, dejando espacio para el título y para los globos donde irá el argumento del cuento. Ahí es cuando entra en acción el letrista. El letrista es el encargado de escribir, palabra por palabra, letra a letra dibujada, los textos y los títulos de cada chiste. Todo a mano, sin usar ninguna fuente digital.

—¿Y no han pensado computarizar el proceso?

—La idea viene de Pepo —dice rápidamente el jefe de arte, como si mostrara un salvoconducto en un control policial—. Siempre se vuelve a Pepo, aunque estemos en la cocina de Condorito. La primera aparición de Condorito fue en la edición de la revista chilena Okey, en 1949. La tira contaba la historia de un ladrón de gallinas que era arrestado por un policía. Luego pasó a ser de una página, de ahí dos, después una revista, después una revista mensual, después una cadena de distribución latinoamericana, después con mil oficios y profesiones distintas. Condorito fue internacional antes de internet. Fue latinoamericano antes de Chespirito, Fidel, Maradona, del boom de la crónica y de Bolaño.

—El cómic ha sabido adaptarse al mundo nuevo que vivimos. Antes fumaba, ahora jamás aparece con un cigarrillo. Antes era más pájaro, más cóndor, ahora es más humano —dice Sergio González, uno de los dibujantes creativos. González tiene 55 años, estudió licenciatura en Artes Plásticas, y su primer trabajo después de egresar de la universidad fue en Broncerías Chile, donde diseñaba trofeos y galvanos. Un amigo, que estaba colaborando para la revista, le mostraba sus trabajos, y un día le ofreció sumarse. Sergio se animó y empezó a hacer bosquejos, tuvo una entrevista y se quedó. Eso fue a fines de 1985. Sigue aquí.

—Otro cambio es que sacamos al personaje del Cortadito, que no tenía brazos ni piernas. Cuando empezó la Teletón, ya no pudimos hacer chistes de minusválidos. Y también se fue Don Jacoibo, que era otro personaje creado por Pepo, pero que podía molestar a la comunidad judía, así que lo reemplazamos por Máximo Tacaño. Condorito es políticamente correcto. Sergio González es tímido y, tal vez por eso, lleva casi 30 años dibujando todo el día en la cabeza de Pepo. Dice que su madre tiene una revista Condorito rayada por él, cuando tenía 4 o 5 años. Dice que siempre fue bueno para el dibujo y que le gustaba la revista desde que tiene memoria. Dice que nunca se lanzó con una caricatura propia. Dice que ha visto pasar muchos dibujantes.

—Por acá han pasado dibujantes muy famosos, muy talentosos, pero les cuesta meterse en la cabeza de Pepo, en cómo Pepo lo haría, y hacerlo así. Hacer la corbata que hace Pepo, las arrugas que hace Pepo, hacer las expresiones como las hace Pepo.

—Cuando Quino dejó de hacer Mafalda, nunca más se dibujó. ¿Por qué Condorito sigue y sigue y sigue?

—Creo que Pepo fue visionario. A lo mejor él se demoraba un año en hacer una revista él solo, entonces dijo que esto no podía ser así, y ahí él armó una escuela. En los dos primeros libros de Condorito él estaba solo. Pero las exigencias le obligaron a armar más gente. Armó una escuela. De esa primera generación la mayoría están fallecidos. Nosotros somos la segunda.

Sergio alcanzó a trabajar con Pepo. Lo veía poco, pero suficiente como para conocer el carácter del creador de todo esto. Apuntaba cada detalle, estaba encima del equipo, y los marcó a todos con una serie de protocolos que, ya dos generaciones más tarde, la siguen repitiendo sin que esté el original. Por lo mismo, él no olvida nunca cuando el dibujante lo retó:

—Uno como dibujante, como joven, siempre trata de innovar, de poner algo de uno, pero acá no se puede. Está prohibido. Una vez me tocó hacer a Coné, y se me ocurrió, como era un niño, que en vez de hacerlo con esas sandalias, esas chalitas que lleva en los pies, por qué no tener zapatillas. Y le puse unas y unos calcetines, unas medias. Quedó bien bonito. Hasta que lo vio Pepo.

—¿Qué pasó ahí?

—Ufff… me subió y me bajó. Me dijo que cómo se me ocurría ponerle calzado a Coné, que si estaba loco. Ahí uno va entendiendo que hay que respetar los protocolos del personaje.

—¿Esos protocolos están escritos? —Existen en la cabeza, después de tantos años ya pensamos como Pepo.

 

 

* * *

 

Condorito le debe mucho a Disney.

—La visita de Walt Disney a Chile fue clave —reconoce Juan Enrique Plaza, otro de los dibujantes creativos de la revista. Tiene 56 de edad, 26 de ellos dibujando como Pepo. Es licenciado en Artes Plásticas y ha tenido exposiciones individuales como pintor al óleo y acuarelas.

Y sigue:

—Todo esto comienza cuando llega Walt Disney a Chile. Eso lo hace reaccionar. Por un lado, está la película de Disney Saludos, amigos (1941), en la que a Chile lo representaba un avión humano llamado Pedrito (en homenaje al presidente Pedro Aguirre Cerda), que a Pepo no le gustó. En reacción a eso, hace este cóndor bien chileno. Por otro lado, de Disney conoció la producción a gran escala. Walt Disney sigue dibujando, pese a que murió hace medio siglo. Juan Enrique conoció a Pepo, pero muy poco. Cuenta que el creador de todo esto nació en Concepción, a 410 kilómetros al sur de Santiago, y que terminado el colegio entró a estudiar Medicina. Pero abandonó los estudios por el dibujo. Viajó a Santiago, entro a estudiar Artes, y mató las horas, los días, las semanas y los años dibujando. Ya era ilustrador conocido a los 25, reconocido a los 30, famoso a los 35, y recién a los 40 creó a Condorito. Dice todo esto sin dejar de dibujar. Ahora está en el boceto de un chiste de un médico. Ya tiene el argumento en un papel y un borrador de los cuadros con espacio para los globos y el título. —El dibujante es igual al director de cine. Nosotros tenemos el guion y los actores, y tenemos que ponerlos en escena, pensar en los enfoques, en los encuadres. ¿Para qué? Para que sea lo más entretenido de ver, atractivo, exagerado lo más posible, y que la última parte debe tener espacio para el ¡Plop! final. Hasta hace pocos años, ninguno de estos dibujantes o argumentistas aparecía en los créditos. Pero Magdalena Aguirre, directora de la revista, insistió en que debían estar. Desde entonces, muchos supieron que, si bien todo llevaba la firma de Pepo, Pepo no hacía nada de lo que estaba en la revista. Aunque lo estuviera controlando todo desde su cabeza: —Ella dijo que, en justicia, era bueno que apareciéramos. Y los cambios no fueron solo en la firma. Después de la muerte de Rene Ríos Boettiger, se lanzó la colección de Coné y sus amigos, y nacieron nuevos personajes: el hermano genio de Ungenio, Albert González, quien hace inventos raros. Y Sebastián, “el Seba”, sobrino de Don Chuma y el primer adolescente del pueblo de Pelotillehue. Ideal para todos los chistes que tienen que ver con tecnología. —Condorito evoluciona. Y tenemos que hacerlo, porque es la única revista de este tipo que queda en América Latina —dice Luis Sepúlveda, de 56 años, otro dibujante con más de 20 años aquí, que retoca colores en una pantalla de computador. Antes trabajó haciendo al Gallo Claudio.

 

* * *

 

Cuando se decidió qué dibujo mandar para SoHo, Margarita Aguirre, la directora, llamó a su oficina a Juan Enrique Plaza. Ahí le dio algunas instrucciones finales. El dibujante volvió a su oficina, a la cabeza de Pepo, y terminó dos bocetos. Como siempre, apoyado sobre el tablero y bajo la lámpara de escritorio. Miró los detalles con una lupa con luz, y ajustó detalles como el director de cine que es. Sus compañeros, como siempre, opinaron, lanzaron chiste en el proceso, y al finalizar la jornada laboral bajaron del piso 19 y volvieron a la ciudad, ahí donde no piensan como Pepo.

[Publicado el 02/2/2015 a las 19:49]

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Iglesia Presleyteriana

El primero que me habla de la Iglesia Presleyteriana es el Elvis que se para en The Strip con Flamingo.

Está vestido como en la época final del Rey del Rock, con patillas tipo chuleta y una panza que hace fuerza contra un cinturón grueso de hebilla con brillantes falsos. Una pandilla de turistas japoneses lo acaba de asaltar con sus celulares y luego de más de 20 fotos y minivideos le dejaron 50 dólares.

El doble suda. Ahora es mediodía. El calor fuera de los casinos aplasta como en el desierto (dentro, siempre es de noche y huele a calefacción). Las Vegas está en un desierto. "La ciudad del pecado" es en realidad apenas unas pocas cuadras y esa avenida principal, The Strip, el famoso boulevard de Las Vegas, por donde pasan y pasa todo. El doble de Elvis, como muchos otros dobles que deambulan por The Strip (Michael Jackson, The Beatles, Kiss), se pasa ocho horas diarias posando para las cámaras y celulares de los turistas. Le pregunto su nombre y él, acomodándose sus anteojos de sol con grueso marco dorado, dice:

-Elvis Aaron Presley.

Y mueve su pierna derecha con pata ancha y bota blanca de taco.

Como sacerdote de la Iglesia Presleyteriana, me dice que Elvis está en todo, que la gente es al que más quiere y que ha cambiado y que ha salvado muchas vidas.

Partiendo por la de él.

Según la Iglesia Presleyteriana los seguidores deben mirar, sin importar la parte del mundo donde estén, una vez al día en dirección a Las Vegas.Un par de cuadras más al oeste, en la zona de los casamientos, una pareja baja de la limusina que los fue a buscar al hotel. Están divertidos, pero nerviosos. Se hacen selfies en la puerta del registro. Saludan a otras parejas de novios. Entran de la mano. Al decorado no le cabe un color más. El aire acondicionado se escucha. Y entonces, aparece Elvis, otro Elvis, uno que los casará y los bendecirá y con el cual se tomarán fotos.

-¿Le puedo pedir algo a Elvis?- le pregunto al doble que me habló del culto presleyteriano.

Me dice que por supuesto, que claro, que es cosa de tener fe. Entonces le pido algo casi imposible al Rey del Rock, en la meca de su culto. Y le dejo un aporte de 10 dólares a su enviado.

Después de eso, camino un rato por la ciudad de las segundas oportunidades y aprovecho de entrar al casino de la cadena Hooters a jugar unos billetes en las tragamonedas.  

 

 

Extracto de "Búsqueda espiritual en Las Vegas", publicado en la revista Domingo.

 

 

 

 

[Publicado el 29/10/2014 a las 20:57]

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Vivir en hoteles

Cuando uno vive en un hotel el tiempo se detiene. Las toallas siempre están secas y bien dobladas, la cama hecha, el minibar lleno, los envases del champú repuestos y el jabón nuevo. Nunca quedan huellas de lo que uno mismo hizo el día anterior. Viviendo en la habitación 54 descubrí eso acerca de la vida real: gastar jabones y champús es una manera de ir mirando cómo pasa tu tiempo.

Y así como en el hotel uno no avanza, tampoco hay espacio para volver a atrás. En las paredes no puedes colgar cuadros, ni pósteres, ni calendarios, ni fotos familiares, ni diplomas que hablen del pasado. Todo es un extraño, placentero y adictivo limbo. Tus vecinos cambian, en promedio, cada tres días. Los recepcionistas te comienzan a hablar de sus vidas, aunque guardan silencio cuando saben que no quieres conversar. Las mucamas te miran desde la complicidad de quien se encarga de volver tu vida siempre a cero. En el ascensor muy pocas veces te cruzas con la misma persona dos veces. En las mañanas, en vez de despertador tienes una llamada telefónica (todavía recuerdo el "Meneses, ya son las nueve").

Nos gustan los hoteles porque en ellos podemos intentar ser otra persona y en otro lugar, sentenció Julio Ramón Ribeyro. La fantasía de tener una casa nueva, con aventuras nuevas, en una ciudad nueva, hasta que llegue la hora de volver a la vida real. Ahí está, precisamente, el peligro. Quedar atrapado. No poder salir. No poder volver.

Hace diez años me quedé atrapado en el Hotel España de Buenos Aires, en la calle Tacuarí, en el número 80, en la habitación 54.

El primer hotel en que viví fue el Cisneros de Barcelona, en la calle Aribau, en el número 54, en la habitación 503.

Había salido de Chile para escribir historias y viajar. Me matriculé en la Universidad Autónoma y usé la ciudad como centro de operaciones. El hotel era la solución más práctica. Siempre lo es, hasta que descubres que ya no puedes salir.

El año pasado me tocó viajar a Barcelona y, nuevamente, me hospedé en Aribau 54. Pero todo era distinto. Después de que viví en el Hotel Cisneros, y en medio del boom económico e inmobiliario de toda España, el edificio fue vendido, remodelado por completo y se transformó en un exagerado hotel boutique de la cadena Cram. Con la llegada de la crisis, los precios de las habitaciones del Cram pasaron a ser ridículas, y desde entonces siempre tiene vacantes.

Pero cuando todavía era el viejo Hotel Cisneros y vivía ahí, comencé a armar una lista de los tipos de personas que habitaban en el hotel. Me los iba encontrando siempre, en el buffet del desayuno, entre turistas que llevaban bloqueador y bikini si era verano en Cataluña, o abrigo y gorro de lana si era invierno. Un ejercicio que luego seguí en los otros hoteles donde viví.

 

Mi lista de personas que viven en hoteles decía así:

 

El separado. El amor es egoísta, igual que tú. Tu mujer te acaba de expulsar de casa, o te auto-expulsaste del partido. Te parece un retroceso volver donde tus padres y tus amigos no tienen espacio. O vives en otra ciudad y todo círculo de contención está muy lejos. Bueno, entonces, nada mejor que irte a vivir a un hotel esperando a que el chaparrón emocional pase. Eso puede significar, en términos inmobiliarios, que el hotel es un refugio mientras buscas un departamento para reiniciar tu vida de soltero. O un aguantadero hasta que las cosas se tranquilicen y regreses al hogar.

El inmigrante. Decidiste empezar una nueva vida. Llegaste a la gran ciudad a cumplir todos tus sueños y fantasías, pero no conoces a nadie y necesitas un campamento base donde iniciar tu escalada. Por cierto, a los pocos días te das cuenta de que La vida es bella no es otra cosa que una vieja película italiana. Entonces, sin darte cuenta, descubres que instalarte es más complejo de lo que esperabas y que necesitas demasiados papeles (que todavía no tienes) para conseguir un espacio propio. Los hoteles, en cambio, sólo te piden esos papeles verdes que llevan la palabra dollar y un número en las esquinas.

El artista. Te compraste todas las leyendas que mezclan el hotel con una vida sofisticadamente maldita. El golpe final fue cuando llegó a tus manos un ejemplar de Hoteles literarios, de Nathalie de Saint Phalle, y te convenciste de que la mejor manera de sacar adelante una obra (literaria o musical o pictórica) era encerrarte en las cuatro paredes de un hotel de ciudad grande. Al poco tiempo te diste cuenta de que no avanzas en tu propósito creador, pero para ese momento ya llevas casi un año viviendo en un hotel y ya te acostumbraste. Si en el piso de abajo vive un joven violinista que se quiere comer el mundo es probable, como me ocurrió en el Cisneros, que todas las mañanas te despierte el alarido de sus cuerdas por los ensayos matutinos.

El empleado. Te han hecho creer que eres un engranaje clave en el funcionamiento de la compañía. Tu empresa te trasladó de ciudad de un momento a otro, convenciéndote de que esa mudanza es sobre todo "estratégica". Regresas a casa los fines de semana si no estás muy lejos; los fines de semana largos, si estás a una distancia más lejana; sólo para vacaciones, si te separa un mar de tu familia. No sabes hacer nada por tu cuenta. Como la empresa corre con los gastos y el recepcionista es tu amigo, las compañías que subes los jueves te las anotan como llamadas de larga distancia. En unos meses, tu familia no entiende por qué te pones tan feliz el domingo en la tarde, cuando debes volver al hotel.

El jubilado. Estás solo y tienes dinero. No quieres ser de aquellos ancianos que se van a vivir a las clínicas porque todavía te sientes joven. Por entregarte al plan de hacer una minifortuna, no te casaste ni tuviste hijos ni hermanos (o tuviste todo eso, pero lo fuiste perdiendo uno a uno, como un asesino serial). Trabajabas bien y la jubilación te alcanza para un cuarto de hotel. Te revitaliza encontrarte con gente joven y feliz en el desayuno y la cena, porque en los hoteles la mayoría de la gente que pasa está contenta, siguiendo la máxima de Ribeyro de estar viviendo otra vida y en otro lugar. Pese a que ya pasaste los 70, llevar una vida de hotel te mantiene en carrera. Jamás irías a un sanatorio para la tercera edad para rodearte de pura gente parecida a ti.

El mercenario. Vas donde hay dinero, o donde te contratan para ganarlo. No te importa pasar largas temporadas en una casa de arriendo, como podría llamarse a un hotel. Eres un entrenador de fútbol que dejó el país y la familia por un proyecto deportivo, o un músico internacional que vive de gira, o un matutero profesional. En este último caso, puedes tener como morada fija varios hoteles al mismo tiempo, todos repartidos a lo largo de la ruta por dónde mueves tus contrabandos. Muchos representantes de jugadores usan esta modalidad de radicarse en hoteles europeos los meses de las temporadas de fichajes, cerrando contratos en el lobby, antes de emigrar como golondrinas al próximo destino de la cadena del negocio.

El desarraigado. Lo intentaste dejar mil veces. Probaste con novias con departamento, con alquilar un piso compartido o llegaste a pensar en la casa propia. Cuando estabas por dar el paso de la estabilidad, tuviste que cambiar de ciudad y partir de cero. Cuando miras tu vida hacia atrás descubres -a veces con horror; otras, con cierta simpatía- que las únicas raíces que conservas son las de tus muelas. El hotel, como ese territorio paralelo, donde pasan miles de turistas al año. Viajeros en plan de vacaciones que, muchas veces, la mayoría de estas veces, nunca se dan cuenta de que en ese mismo edificio donde ellos están una temporada desconectados de su realidad hay gente que vive, que ha hecho ahí su casa, y que ha transformado a estos veraneantes en sus vecinos temporales.

 

El Hotel España de Buenos Aires era una solución práctica. Había arreglado un buen precio por temporadas largas y, como frecuentemente estaba viajando a otros lugares, si me iba mucho tiempo me guardaban mis maletas en la bodega. A la vuelta, como siempre, pedía la habitación 54, en el último piso, con balcón grande, vista a las cúpulas y antenas de la Avenida de Mayo, baño con ventana y tina. Si estaba ocupada la 54, pedía una en el mismo piso, y esperaba hasta que la dejaran y me pudiera mudar ahí.

Me había ido de Chile pensando en viajar y escribir historias por el mundo, y el proyecto resultaba. Lo que no sabía era que terminaría viviendo en un hotel. Porque uno no elige vivir en un hotel: termina viviendo en ellos.

Para darle una suerte de estabilidad a la trashumancia, en cada nuevo viaje comencé a buscar hoteles con el mismo nombre. Si volvía a Chile, por ejemplo, me quedaba en el Hotel España de calle Teatinos. Pensaba que, aunque llevara la vida de periodista portátil, había logrado cierta estabilidad. Podía despertar en ciudades distintas, pero el llavero del hotel y las toallas siempre dirían: Hotel España.

Amigos, conocidos, comenzaron a contarme de otros hoteles España en distintas ciudades. Sentía que en todos lados había una sucursal de mi proyecto. Cuando descubrí que llevaba tres años viviendo en el Hotel España de Buenos Aires, hice ese plan para abandonarlo. Recorrer todo Latinoamérica, del sur hasta México, quedándome en hoteles España. Una suerte de despedida antes de una vida.

En el Hotel España de Buenos Aires había vivido Rafael Alberti; el Hotel España de Guatemala era una cárcel para indocumentados que Estados Unidos capturaba en el mar de Centroamérica; el Hotel España de Cuba había sido demolido; el Hotel España de Perú era para mochileros; el Hotel España de Chile había sido remodelado. De ese viaje publiqué un libro llamado Hotel España, que podría definirse como un manual para intentar dejar la vida de hotel.

Los hoteles pueden ser peligrosos. Y no lo digo sólo porque puedes elegir estos lugares de paso para terminar con la vida, como fue el caso de Sid Vicious, de los Sex Pistols, qué se mató en un hotel de Nueva York. O de Cesare Pavece, el escritor italiano que se despidió de este lado en el cuarto de un hotel de Turín. Son peligrosos porque no los puedes dejar.

La aparición de Hotel España fue la contradicción máxima. Me obligó a una gira por 7 países y 27 ciudades distintas en poco más de tres meses. Una sobredosis de hoteles a los que llegaba justamente para hablar de dejar esa vida.

Fue en medio de ese recorrido que descubrí que el daño ya estaba hecho. La marca se había tornado imborrable. Vivir en hoteles es, finalmente, como cualquier adicción. Es probable que ya lo hayas dejado atrás, que sea tema del pasado, que te vayas a un departamento, que armes un hogar, que tengas un trabajo estable, que intentes tener una familia, que sientas que por fin lo lograste, pero siempre, en algún momento, aparecerá un hotel en tu camino. Están por todos lados. Y ahí, una vez más, sentirás la tentación de dejarlo todo y meterte a vivir en unos de esos lugares donde el tiempo se detiene y los jabones siempre están nuevos.

 

 

Publicado en la revista Domingo de El Mercurio 

 

 

[Publicado el 16/8/2014 a las 09:40]

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El PostFútbol: Suárez, el último canalla

Mientras escribo esto Luis Suárez está arriba de un avión, sin el plantel, volando en solitario hacia Montevideo. Un grupo de uruguayos ha convocado, vía redes sociales, a una concentración para recibir a su héroe expulsado del mundial. Pepe Mujica está entre ellos. Se espera a un salvador del equipo que hace dos días mordía un hombro y hoy muerde el polvo.
 
Atacar a Luis Suárez es tan fácil como defenderlo. 
 
Los que están en contra del jugador uruguayo, suspendido por masticar un defensa italiano en plena jugada, despliegan un abanico de argumentos bien-pensantes donde uno se tropieza con palabras como honor, moral, juego limpio. Analizar desde un sillón frente al HD a un jugador de fútbol (o, en su versión más extrema, a un delantero uruguayo en un mundial en Brasil) suele convertirnos en la más inconsecuente versión de nosotros mismos. En las últimas horas se ha visto lo peor de la corrección objetiva en los juicios contra el 9 de la Celeste.
 
Los que están a favor de Luisito claman desde la exaltación. Para ellos, la mandíbula del atacante tuvo el protagonismo de una gesta heroica nacional. Una acción revolucionaria contra el poder, contra la FIFA y contra las cámaras de televisión que permiten esos golpes bajos con delay llamados "sanciones por oficio".
 
Obligado a elegir uno de ambos exabruptos, prefiero el segundo. No sólo porque cuando la FIFA anuncia una medida ejemplificadora, uno instintivamente se lleva las manos a los bolsillos. Ni por la propia historia de Suárez: un niño futbolista pobre, de un barrio pobre de Montevideo, que estacionaba autos para comer y que se dormía con los dientes apretados esperando poder triturar la fama, o al menos un bife. Básicamente, hay que absolverlo, porque se trata de un futbolista de otra época inserto -por un accidente del tiempo- en el Mundial de hoy.
 
¿Cómo explicarle a Luis Suárez que ahora todo se graba y se repite en cámara lenta y súper lenta y ultra lenta? ¿O que las burlas y quejas por las redes sociales pueden influir en una sanción? ¿Cómo hacerlo entender que tapar un gol con sus manos, como en el Mundial de Sudáfrica, o morder a un defensa que te pegó todo el partido, ya no son de esas triquiñuelas barriobajeras que se quedan dentro de la cancha? ¿Cómo explicar que la picardía se quedó en la Copa Libertadores de los ochentas y que ahora el truco para engañar está en la corrección? ¿Cómo hacerle ver que, aunque mordió toda su carrera y la garra charrúa se defiende con todo, ahora se equivocó?
 
Es probable que Luis Suarez nunca lo entienda, y que en el avión se siga preguntando por qué lo persiguen. Ahí está su consecuencia: el último canalla decidió que no se dejará vencer por el PostFútbol.
 
 
Columna "El PostFútbol" publicada en el diario hoyxhoy  
 

[Publicado el 27/6/2014 a las 06:27]

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El PostFútbol: El Mundial de los indignados

 
La cuenta regresiva recuerda el tic tac de una bomba. Todo en Brasil huele a suspenso. Los indignados del fútbol prometen, como nunca antes, hacer oír su reclamo. Los 15 mil millones de dólares invertidos en el campeonato colmaron la paciencia de la torcida. La "brazuca" parece ser una pelota inflada con gas en vez de aire.
 
El de ahora será recordado como el primer mundial con protestas contra el fútbol. Y ocurre precisamente en Brasil, el país con más copas ganadas y donde nos enseñaron que la celebración de un gol tapaba cualquier descontento. Hasta ahora.
 
No es que el fútbol haya cambiado las últimas tres semanas. Ni sólo en Brasil. Estamos viendo, frente a nuestras narices, el desarrollo de un nuevo juego ¿Es casual que el principal jugador del mundial sea acusado de lavar dinero en partidos benéficos? ¿Es normal que una empresa, cuyo principal rostro es un futbolista recién operado, presione para que apuren su recuperación? ¿Es lógico que una cadena de supermercados de Brasil sea dueña de un porcentaje del jugador más famoso de dicho país? ¿Alguien se sorprende que la sede del mundial de Qatar se haya conseguido con millonarios sobornos?
 
En el fútbol antiguo estás cosas podrían llamar al espanto. En el de ahora, en el postfútbol, son aceptadas como una realidad. El fútbol siempre fue un negocio. El postfútbol es una nueva cultura.
 
Hay algunos expertos, tan románticos como populistas, que dicen que la esencia del fútbol nunca cambiará. Y es más, aseguran que cuando la brazuca ruede el jueves, todo reclamo quedará aplastado por la maravilla del balompié. Ahí está el error. Seguir creyendo que el de hoy es igual al fútbol de hace 10, 20 o 30 años.
 
En youtube hay un video de Maradona, hace más de 40 años, cuando era apenas un niño futbolista pobre de Latinoamérica. Le preguntan cuál es su sueño con el fútbol. El niño Maradona dice "Mi primer sueño es jugar en el Mundial, y el segundo es salir Campeón del mundo". Hace poco tiempo, me tocó hacerle la misma pregunta a diferentes niños futbolistas del continente de hoy. Un chico de Colombia me contó que su sueño es poder comprarle una peluquería a su madre, uno de Argentina sueña con una carnicería para su abuelo, uno de Chile con un taxi para su papá.
 
Esos son los objetivos de los nuevos jugadores, parecidos a los de los nuevos hinchas y de los nuevos sponsors y de los nuevos dirigentes. Nació un nuevo deporte ¡Viva el PostFútbol!
 
 
Columna "El PostFútbol" publicada en el diario hoyxhoy 

[Publicado el 10/6/2014 a las 19:19]

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Biografía

(Santiago de Chile, 1969). Escritor, cronista y periodismo portátil. Es autor de los libros Equipaje de mano (Planeta 2003); Sexo y poder (Planeta 2004); La vida de una vaca (Planeta/Seix Barral 2008, finalista Premio Crónicas Seix Barral); Crónicas Argentinas (Norma 2009) y Hotel España (Norma 2009  / Iberoamericana / Vervuert 2010), distinguida por el Consorcio Camino del Cid como uno de los ocho mejores libros de literatura de viajes publicados en España el 2010. Sus crónicas se han publicado en 25 países y traducido a cinco idiomas. Ha sido columnista y bloguero en medios como Clarín (Argentina), SoHo (Colombia), El Mercurio (Chile), Etiqueta Negra (Perú), Glamour (México) y Clubcultura (España). Estudió periodismo en la Universidad Diego Portales y en la Universitat Autónoma de Barcelona, y fue relator del taller de Tomás Eloy Martínez en la Fundación Nuevo Periodismo que preside Gabriel García Márquez. El 2006, la Asociación de Prensa de Aragón publicó un libro que transcribe su taller de periodismo portátil. Ha sido cronista invitado en universidades de América Latina y España, entre ellas la UNAM de México, la Complutense de Madrid y la Universidad de Chile. Fundó la Escuela de Periodismo Portátil, con alumnos conectados desde más de 20 países y que organiza, junto a la Universidad de Guadalajara, el "Premio Las Nuevas Plumas" de crónicas inéditas y en español.

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

Obras asociadas

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