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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 24 de noviembre de 2014

 Blog de Juan Pablo Meneses

Iglesia Presleyteriana

El primero que me habla de la Iglesia Presleyteriana es el Elvis que se para en The Strip con Flamingo.

Está vestido como en la época final del Rey del Rock, con patillas tipo chuleta y una panza que hace fuerza contra un cinturón grueso de hebilla con brillantes falsos. Una pandilla de turistas japoneses lo acaba de asaltar con sus celulares y luego de más de 20 fotos y minivideos le dejaron 50 dólares.

El doble suda. Ahora es mediodía. El calor fuera de los casinos aplasta como en el desierto (dentro, siempre es de noche y huele a calefacción). Las Vegas está en un desierto. "La ciudad del pecado" es en realidad apenas unas pocas cuadras y esa avenida principal, The Strip, el famoso boulevard de Las Vegas, por donde pasan y pasa todo. El doble de Elvis, como muchos otros dobles que deambulan por The Strip (Michael Jackson, The Beatles, Kiss), se pasa ocho horas diarias posando para las cámaras y celulares de los turistas. Le pregunto su nombre y él, acomodándose sus anteojos de sol con grueso marco dorado, dice:

-Elvis Aaron Presley.

Y mueve su pierna derecha con pata ancha y bota blanca de taco.

Como sacerdote de la Iglesia Presleyteriana, me dice que Elvis está en todo, que la gente es al que más quiere y que ha cambiado y que ha salvado muchas vidas.

Partiendo por la de él.

Según la Iglesia Presleyteriana los seguidores deben mirar, sin importar la parte del mundo donde estén, una vez al día en dirección a Las Vegas.Un par de cuadras más al oeste, en la zona de los casamientos, una pareja baja de la limusina que los fue a buscar al hotel. Están divertidos, pero nerviosos. Se hacen selfies en la puerta del registro. Saludan a otras parejas de novios. Entran de la mano. Al decorado no le cabe un color más. El aire acondicionado se escucha. Y entonces, aparece Elvis, otro Elvis, uno que los casará y los bendecirá y con el cual se tomarán fotos.

-¿Le puedo pedir algo a Elvis?- le pregunto al doble que me habló del culto presleyteriano.

Me dice que por supuesto, que claro, que es cosa de tener fe. Entonces le pido algo casi imposible al Rey del Rock, en la meca de su culto. Y le dejo un aporte de 10 dólares a su enviado.

Después de eso, camino un rato por la ciudad de las segundas oportunidades y aprovecho de entrar al casino de la cadena Hooters a jugar unos billetes en las tragamonedas.  

 

 

Extracto de "Búsqueda espiritual en Las Vegas", publicado en la revista Domingo.

 

 

 

 

[Publicado el 29/10/2014 a las 20:57]

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Vivir en hoteles

Cuando uno vive en un hotel el tiempo se detiene. Las toallas siempre están secas y bien dobladas, la cama hecha, el minibar lleno, los envases del champú repuestos y el jabón nuevo. Nunca quedan huellas de lo que uno mismo hizo el día anterior. Viviendo en la habitación 54 descubrí eso acerca de la vida real: gastar jabones y champús es una manera de ir mirando cómo pasa tu tiempo.

Y así como en el hotel uno no avanza, tampoco hay espacio para volver a atrás. En las paredes no puedes colgar cuadros, ni pósteres, ni calendarios, ni fotos familiares, ni diplomas que hablen del pasado. Todo es un extraño, placentero y adictivo limbo. Tus vecinos cambian, en promedio, cada tres días. Los recepcionistas te comienzan a hablar de sus vidas, aunque guardan silencio cuando saben que no quieres conversar. Las mucamas te miran desde la complicidad de quien se encarga de volver tu vida siempre a cero. En el ascensor muy pocas veces te cruzas con la misma persona dos veces. En las mañanas, en vez de despertador tienes una llamada telefónica (todavía recuerdo el "Meneses, ya son las nueve").

Nos gustan los hoteles porque en ellos podemos intentar ser otra persona y en otro lugar, sentenció Julio Ramón Ribeyro. La fantasía de tener una casa nueva, con aventuras nuevas, en una ciudad nueva, hasta que llegue la hora de volver a la vida real. Ahí está, precisamente, el peligro. Quedar atrapado. No poder salir. No poder volver.

Hace diez años me quedé atrapado en el Hotel España de Buenos Aires, en la calle Tacuarí, en el número 80, en la habitación 54.

El primer hotel en que viví fue el Cisneros de Barcelona, en la calle Aribau, en el número 54, en la habitación 503.

Había salido de Chile para escribir historias y viajar. Me matriculé en la Universidad Autónoma y usé la ciudad como centro de operaciones. El hotel era la solución más práctica. Siempre lo es, hasta que descubres que ya no puedes salir.

El año pasado me tocó viajar a Barcelona y, nuevamente, me hospedé en Aribau 54. Pero todo era distinto. Después de que viví en el Hotel Cisneros, y en medio del boom económico e inmobiliario de toda España, el edificio fue vendido, remodelado por completo y se transformó en un exagerado hotel boutique de la cadena Cram. Con la llegada de la crisis, los precios de las habitaciones del Cram pasaron a ser ridículas, y desde entonces siempre tiene vacantes.

Pero cuando todavía era el viejo Hotel Cisneros y vivía ahí, comencé a armar una lista de los tipos de personas que habitaban en el hotel. Me los iba encontrando siempre, en el buffet del desayuno, entre turistas que llevaban bloqueador y bikini si era verano en Cataluña, o abrigo y gorro de lana si era invierno. Un ejercicio que luego seguí en los otros hoteles donde viví.

 

Mi lista de personas que viven en hoteles decía así:

 

El separado. El amor es egoísta, igual que tú. Tu mujer te acaba de expulsar de casa, o te auto-expulsaste del partido. Te parece un retroceso volver donde tus padres y tus amigos no tienen espacio. O vives en otra ciudad y todo círculo de contención está muy lejos. Bueno, entonces, nada mejor que irte a vivir a un hotel esperando a que el chaparrón emocional pase. Eso puede significar, en términos inmobiliarios, que el hotel es un refugio mientras buscas un departamento para reiniciar tu vida de soltero. O un aguantadero hasta que las cosas se tranquilicen y regreses al hogar.

El inmigrante. Decidiste empezar una nueva vida. Llegaste a la gran ciudad a cumplir todos tus sueños y fantasías, pero no conoces a nadie y necesitas un campamento base donde iniciar tu escalada. Por cierto, a los pocos días te das cuenta de que La vida es bella no es otra cosa que una vieja película italiana. Entonces, sin darte cuenta, descubres que instalarte es más complejo de lo que esperabas y que necesitas demasiados papeles (que todavía no tienes) para conseguir un espacio propio. Los hoteles, en cambio, sólo te piden esos papeles verdes que llevan la palabra dollar y un número en las esquinas.

El artista. Te compraste todas las leyendas que mezclan el hotel con una vida sofisticadamente maldita. El golpe final fue cuando llegó a tus manos un ejemplar de Hoteles literarios, de Nathalie de Saint Phalle, y te convenciste de que la mejor manera de sacar adelante una obra (literaria o musical o pictórica) era encerrarte en las cuatro paredes de un hotel de ciudad grande. Al poco tiempo te diste cuenta de que no avanzas en tu propósito creador, pero para ese momento ya llevas casi un año viviendo en un hotel y ya te acostumbraste. Si en el piso de abajo vive un joven violinista que se quiere comer el mundo es probable, como me ocurrió en el Cisneros, que todas las mañanas te despierte el alarido de sus cuerdas por los ensayos matutinos.

El empleado. Te han hecho creer que eres un engranaje clave en el funcionamiento de la compañía. Tu empresa te trasladó de ciudad de un momento a otro, convenciéndote de que esa mudanza es sobre todo "estratégica". Regresas a casa los fines de semana si no estás muy lejos; los fines de semana largos, si estás a una distancia más lejana; sólo para vacaciones, si te separa un mar de tu familia. No sabes hacer nada por tu cuenta. Como la empresa corre con los gastos y el recepcionista es tu amigo, las compañías que subes los jueves te las anotan como llamadas de larga distancia. En unos meses, tu familia no entiende por qué te pones tan feliz el domingo en la tarde, cuando debes volver al hotel.

El jubilado. Estás solo y tienes dinero. No quieres ser de aquellos ancianos que se van a vivir a las clínicas porque todavía te sientes joven. Por entregarte al plan de hacer una minifortuna, no te casaste ni tuviste hijos ni hermanos (o tuviste todo eso, pero lo fuiste perdiendo uno a uno, como un asesino serial). Trabajabas bien y la jubilación te alcanza para un cuarto de hotel. Te revitaliza encontrarte con gente joven y feliz en el desayuno y la cena, porque en los hoteles la mayoría de la gente que pasa está contenta, siguiendo la máxima de Ribeyro de estar viviendo otra vida y en otro lugar. Pese a que ya pasaste los 70, llevar una vida de hotel te mantiene en carrera. Jamás irías a un sanatorio para la tercera edad para rodearte de pura gente parecida a ti.

El mercenario. Vas donde hay dinero, o donde te contratan para ganarlo. No te importa pasar largas temporadas en una casa de arriendo, como podría llamarse a un hotel. Eres un entrenador de fútbol que dejó el país y la familia por un proyecto deportivo, o un músico internacional que vive de gira, o un matutero profesional. En este último caso, puedes tener como morada fija varios hoteles al mismo tiempo, todos repartidos a lo largo de la ruta por dónde mueves tus contrabandos. Muchos representantes de jugadores usan esta modalidad de radicarse en hoteles europeos los meses de las temporadas de fichajes, cerrando contratos en el lobby, antes de emigrar como golondrinas al próximo destino de la cadena del negocio.

El desarraigado. Lo intentaste dejar mil veces. Probaste con novias con departamento, con alquilar un piso compartido o llegaste a pensar en la casa propia. Cuando estabas por dar el paso de la estabilidad, tuviste que cambiar de ciudad y partir de cero. Cuando miras tu vida hacia atrás descubres -a veces con horror; otras, con cierta simpatía- que las únicas raíces que conservas son las de tus muelas. El hotel, como ese territorio paralelo, donde pasan miles de turistas al año. Viajeros en plan de vacaciones que, muchas veces, la mayoría de estas veces, nunca se dan cuenta de que en ese mismo edificio donde ellos están una temporada desconectados de su realidad hay gente que vive, que ha hecho ahí su casa, y que ha transformado a estos veraneantes en sus vecinos temporales.

 

El Hotel España de Buenos Aires era una solución práctica. Había arreglado un buen precio por temporadas largas y, como frecuentemente estaba viajando a otros lugares, si me iba mucho tiempo me guardaban mis maletas en la bodega. A la vuelta, como siempre, pedía la habitación 54, en el último piso, con balcón grande, vista a las cúpulas y antenas de la Avenida de Mayo, baño con ventana y tina. Si estaba ocupada la 54, pedía una en el mismo piso, y esperaba hasta que la dejaran y me pudiera mudar ahí.

Me había ido de Chile pensando en viajar y escribir historias por el mundo, y el proyecto resultaba. Lo que no sabía era que terminaría viviendo en un hotel. Porque uno no elige vivir en un hotel: termina viviendo en ellos.

Para darle una suerte de estabilidad a la trashumancia, en cada nuevo viaje comencé a buscar hoteles con el mismo nombre. Si volvía a Chile, por ejemplo, me quedaba en el Hotel España de calle Teatinos. Pensaba que, aunque llevara la vida de periodista portátil, había logrado cierta estabilidad. Podía despertar en ciudades distintas, pero el llavero del hotel y las toallas siempre dirían: Hotel España.

Amigos, conocidos, comenzaron a contarme de otros hoteles España en distintas ciudades. Sentía que en todos lados había una sucursal de mi proyecto. Cuando descubrí que llevaba tres años viviendo en el Hotel España de Buenos Aires, hice ese plan para abandonarlo. Recorrer todo Latinoamérica, del sur hasta México, quedándome en hoteles España. Una suerte de despedida antes de una vida.

En el Hotel España de Buenos Aires había vivido Rafael Alberti; el Hotel España de Guatemala era una cárcel para indocumentados que Estados Unidos capturaba en el mar de Centroamérica; el Hotel España de Cuba había sido demolido; el Hotel España de Perú era para mochileros; el Hotel España de Chile había sido remodelado. De ese viaje publiqué un libro llamado Hotel España, que podría definirse como un manual para intentar dejar la vida de hotel.

Los hoteles pueden ser peligrosos. Y no lo digo sólo porque puedes elegir estos lugares de paso para terminar con la vida, como fue el caso de Sid Vicious, de los Sex Pistols, qué se mató en un hotel de Nueva York. O de Cesare Pavece, el escritor italiano que se despidió de este lado en el cuarto de un hotel de Turín. Son peligrosos porque no los puedes dejar.

La aparición de Hotel España fue la contradicción máxima. Me obligó a una gira por 7 países y 27 ciudades distintas en poco más de tres meses. Una sobredosis de hoteles a los que llegaba justamente para hablar de dejar esa vida.

Fue en medio de ese recorrido que descubrí que el daño ya estaba hecho. La marca se había tornado imborrable. Vivir en hoteles es, finalmente, como cualquier adicción. Es probable que ya lo hayas dejado atrás, que sea tema del pasado, que te vayas a un departamento, que armes un hogar, que tengas un trabajo estable, que intentes tener una familia, que sientas que por fin lo lograste, pero siempre, en algún momento, aparecerá un hotel en tu camino. Están por todos lados. Y ahí, una vez más, sentirás la tentación de dejarlo todo y meterte a vivir en unos de esos lugares donde el tiempo se detiene y los jabones siempre están nuevos.

 

 

Publicado en la revista Domingo de El Mercurio 

 

 

[Publicado el 16/8/2014 a las 09:40]

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El PostFútbol: Suárez, el último canalla

Mientras escribo esto Luis Suárez está arriba de un avión, sin el plantel, volando en solitario hacia Montevideo. Un grupo de uruguayos ha convocado, vía redes sociales, a una concentración para recibir a su héroe expulsado del mundial. Pepe Mujica está entre ellos. Se espera a un salvador del equipo que hace dos días mordía un hombro y hoy muerde el polvo.
 
Atacar a Luis Suárez es tan fácil como defenderlo. 
 
Los que están en contra del jugador uruguayo, suspendido por masticar un defensa italiano en plena jugada, despliegan un abanico de argumentos bien-pensantes donde uno se tropieza con palabras como honor, moral, juego limpio. Analizar desde un sillón frente al HD a un jugador de fútbol (o, en su versión más extrema, a un delantero uruguayo en un mundial en Brasil) suele convertirnos en la más inconsecuente versión de nosotros mismos. En las últimas horas se ha visto lo peor de la corrección objetiva en los juicios contra el 9 de la Celeste.
 
Los que están a favor de Luisito claman desde la exaltación. Para ellos, la mandíbula del atacante tuvo el protagonismo de una gesta heroica nacional. Una acción revolucionaria contra el poder, contra la FIFA y contra las cámaras de televisión que permiten esos golpes bajos con delay llamados "sanciones por oficio".
 
Obligado a elegir uno de ambos exabruptos, prefiero el segundo. No sólo porque cuando la FIFA anuncia una medida ejemplificadora, uno instintivamente se lleva las manos a los bolsillos. Ni por la propia historia de Suárez: un niño futbolista pobre, de un barrio pobre de Montevideo, que estacionaba autos para comer y que se dormía con los dientes apretados esperando poder triturar la fama, o al menos un bife. Básicamente, hay que absolverlo, porque se trata de un futbolista de otra época inserto -por un accidente del tiempo- en el Mundial de hoy.
 
¿Cómo explicarle a Luis Suárez que ahora todo se graba y se repite en cámara lenta y súper lenta y ultra lenta? ¿O que las burlas y quejas por las redes sociales pueden influir en una sanción? ¿Cómo hacerlo entender que tapar un gol con sus manos, como en el Mundial de Sudáfrica, o morder a un defensa que te pegó todo el partido, ya no son de esas triquiñuelas barriobajeras que se quedan dentro de la cancha? ¿Cómo explicar que la picardía se quedó en la Copa Libertadores de los ochentas y que ahora el truco para engañar está en la corrección? ¿Cómo hacerle ver que, aunque mordió toda su carrera y la garra charrúa se defiende con todo, ahora se equivocó?
 
Es probable que Luis Suarez nunca lo entienda, y que en el avión se siga preguntando por qué lo persiguen. Ahí está su consecuencia: el último canalla decidió que no se dejará vencer por el PostFútbol.
 
 
Columna "El PostFútbol" publicada en el diario hoyxhoy  
 

[Publicado el 27/6/2014 a las 06:27]

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El PostFútbol: El Mundial de los indignados

 
La cuenta regresiva recuerda el tic tac de una bomba. Todo en Brasil huele a suspenso. Los indignados del fútbol prometen, como nunca antes, hacer oír su reclamo. Los 15 mil millones de dólares invertidos en el campeonato colmaron la paciencia de la torcida. La "brazuca" parece ser una pelota inflada con gas en vez de aire.
 
El de ahora será recordado como el primer mundial con protestas contra el fútbol. Y ocurre precisamente en Brasil, el país con más copas ganadas y donde nos enseñaron que la celebración de un gol tapaba cualquier descontento. Hasta ahora.
 
No es que el fútbol haya cambiado las últimas tres semanas. Ni sólo en Brasil. Estamos viendo, frente a nuestras narices, el desarrollo de un nuevo juego ¿Es casual que el principal jugador del mundial sea acusado de lavar dinero en partidos benéficos? ¿Es normal que una empresa, cuyo principal rostro es un futbolista recién operado, presione para que apuren su recuperación? ¿Es lógico que una cadena de supermercados de Brasil sea dueña de un porcentaje del jugador más famoso de dicho país? ¿Alguien se sorprende que la sede del mundial de Qatar se haya conseguido con millonarios sobornos?
 
En el fútbol antiguo estás cosas podrían llamar al espanto. En el de ahora, en el postfútbol, son aceptadas como una realidad. El fútbol siempre fue un negocio. El postfútbol es una nueva cultura.
 
Hay algunos expertos, tan románticos como populistas, que dicen que la esencia del fútbol nunca cambiará. Y es más, aseguran que cuando la brazuca ruede el jueves, todo reclamo quedará aplastado por la maravilla del balompié. Ahí está el error. Seguir creyendo que el de hoy es igual al fútbol de hace 10, 20 o 30 años.
 
En youtube hay un video de Maradona, hace más de 40 años, cuando era apenas un niño futbolista pobre de Latinoamérica. Le preguntan cuál es su sueño con el fútbol. El niño Maradona dice "Mi primer sueño es jugar en el Mundial, y el segundo es salir Campeón del mundo". Hace poco tiempo, me tocó hacerle la misma pregunta a diferentes niños futbolistas del continente de hoy. Un chico de Colombia me contó que su sueño es poder comprarle una peluquería a su madre, uno de Argentina sueña con una carnicería para su abuelo, uno de Chile con un taxi para su papá.
 
Esos son los objetivos de los nuevos jugadores, parecidos a los de los nuevos hinchas y de los nuevos sponsors y de los nuevos dirigentes. Nació un nuevo deporte ¡Viva el PostFútbol!
 
 
Columna "El PostFútbol" publicada en el diario hoyxhoy 

[Publicado el 10/6/2014 a las 19:19]

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Brasil no es para principiantes

Brasil es el mejor lugar común que nos hemos inventado. Hasta allá viajamos, o queremos ir, buscando playas y cuerpos y relajo y baile y fútbol y comida y alegría, toda la alegría.

No existen muchos, nacidos fuera de este país, que hablen mal de la tierra de Pelé, Senna, Xuxa, Roberto Carlos y Jorge Amado. Es nuestro propio sinónimo de paraíso, el más grande del planeta y donde ahora, además, se jugará un Mundial de Fútbol. Alegría al cuadrado.

El primer choque llega cuando aterrizas.

Si es en Sao Paulo, te sale a recibir una mole de cemento sin garotas en bikini y un tránsito más lento que una pesadilla. Una megalópolis con tanta cantidad de helicópteros como Nueva York y Tokio, que te recuerda que más allá de la postal de relajo, esto es una de las grandes economías del mundo.

Si entras por Río de Janeiro, descubres que hasta la pobreza puede ser una puesta en escena. Las favelas convertidas en un entretenido city-tour. Como escribió Cabrera Infante, más que una realidad Río es una promesa. Un encantador espejismo del que disfrutamos escapando de lo que no queremos ver.

Si llegas a Natal, bien al norte, donde comenzó la conquista del país por parte de los portugueses, podrás cruzarte con restos de las bases aéreas que usó Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Brasil de combate.

Si apareces en Salvador de Bahía, la Roma negra, te hablarán de brujerías mientras te recuerdan el día que se paralizó todo Pelourinho para grabar un videoclip de Michael Jackson. O si es Porto Alegre, la zona gaúcha del sur, te recibe el mito que ahí se refugió Josef Mengele y otros jerarcas nazis. Y está el Amazonas, zona en que conviven tribus que todavía no conocen la civilización con retroexcavadoras y sierras eléctricas que van talando bosques por minuto.

Pero uno vuelve. Siempre.

No hay vez que haya viajado a Brasil que no saliera del país prometiendo regresar pronto. En la medida que uno se sale de la postal, y avanza por su territorio tumbando mito tras mito, comienza una nueva relación con el territorio. Una más intensa, más profunda, más violenta, más eterna. Como bien dijo Tom Jobim, el autor de la música de "La chica de Ipanema", Brasil no es para principiantes.
El país con los niños futbolistas más caros del mundo. Con más agua dulce, más católicos y más cesáreas del planeta. Un territorio cuyos habitantes son los que más tiempo pasan conectados a internet, que más siguen al Chavo del 8 y que más campeonatos del mundo de fútbol han conquistado.

Brasil tan áspero y caliente, como lo definió Roberto Arlt. El país donde casi compré un jugador de fútbol y me subí a un Fórmula 1 en Interlagos y bailé en un Sambodromo y visité una ciudad llena de gemelos y donde una mosca se me metió en la oreja y terminé en la urgencia de un hospital público lleno de policías con metralletas y camillas llevando cuerpos con balas adentro. Ah, y se me olvidaba, donde también estuve en playas perfectas y comí tantos peixes como pude y bebí tanta cerveza y jugo de coco y caipirinhas y caipiroshkas y vi tantos cuerpos perfectamente imperfectos y goce ser parte del lugar común, de la postal. El país que a partir de ahora ocupará toda nuestra agenda hasta empalagarnos. El territorio que nos inventamos y por el que, finalmente, sentimos tanto amor.

Aunque como dijo Jorge Amado, el escritor brasileño más famoso de la historia, el amor es lo mejor y al mismo tiempo lo peor del mundo. Incluso con Brasil.
 

 

 

publicado en la revista Domingo de El Mercurio

 

[Publicado el 22/5/2014 a las 18:27]

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El secreto de Pellegrini

La frase que me dice Manuel Pellegrini me deja mudo. Para algunos, la oración es el mejor resumen de su camino al éxito. Para otros, una clara señal de los malos días que está viviendo el ingeniero en Argentina. La frase, que resultará clave para entender esta historia, me la dice por teléfono desde su departamento de Barrio Norte, donde vive y pasa la mayor parte del tiempo solo. La frase es la siguiente: "En estos momentos no estoy hablando".

Cuando alguien te habla para decirte que en esos momentos no está hablando, puede sonar surrealista. Una voz grave y profunda te habla para decirte que no lo está haciendo. Es gracioso. Después de eso entiendes que en la jerga futbolera cuando alguien dice "no estoy hablando", quiere decir, con esas tres palabras, algo así como: "no estoy dando entrevistas porque ustedes, los periodistas, me tergiversan todo lo que digo y ahora mi cargo pende de un hilo y estoy en una crisis terrible que, hablando con algún medio, sólo se puede agravar". Así está viviendo el presente Manuel Pellegrini.

Ahora son las cinco de la tarde del jueves y voy arriba de un auto del diario Clarín de Buenos Aires. El que maneja es un chofer de bigote canoso y anteojos negros estilo CQC. A su lado va sentado Maximiliano Llorens, periodista deportivo de Clarín que lleva cinco años cubriendo River Plate. Vamos camino al predio de Ezeiza, en las afueras de la ciudad, donde suele entrenar el equipo millonario del fútbol argentino. En el trayecto pasamos por barrios marginales. Casi todos los niños que vagan cerca de la autopista llevan camisetas de Boca.

Pellegrini es un caballero. Es un señor. Eso no lo discute nadie¬ dice Llorens. El presidente del club apostó por él por su seriedad. Cuando Ramón Díaz era entrenador de River llegaba todas las semanas con una Mercedes Benz nueva. Hacía apuestas de 15 mil dólares en los programas de televisión. Siempre andaba vestido de Versace o marcas de ese tipo. Cuando salía campeón, "el pelado" Díaz compraba una camioneta 4x4 y la rifaba entre los jugadores. Aguilar, el presidente, quería cambiar ese perfil. Por eso llega Pellegrini a River. Viene a cambiar el estilo. Él es más sencillo. No se viste con ropa de modistos, pero siempre anda impecable. Y tiene un Renault Laguna, nada más.

 

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Para muchos argentinos, el gran legado cultural de la época de Menem fue la fastuosidad del mal gusto.  La avalancha de aquel nuevorriquismo de la década de los noventa también había llegado al señorial Club Atlético River Plate. El derrumbe del menemismo fue la ocasión para ordenar la casa. Manuel Pellegrini, un chileno serio, callado y muy profesional, parecía el interventor más indicado para darle seriedad a la institución. Su bajo perfil era el perfil ideal.

Durante el entrenamiento Manuel Pellegrini habla poco y grita a los jugadores reproches del tipo "Vamos, vamos, hay que meterla adentro, llevas cuatro mano a mano con el arquero" o "no te quedes atrás para recibirla, ya te lo dije varias veces". Nunca un insulto. Nada de garabatos. Eso llama la atención casi tanto como la manera compulsiva en que mira su reloj. Mira tanto su reloj que parece que quiere que el tiempo pase rápido, que se acabe rápido el entrenamiento. Y no sólo eso, que también se acabe rápido el campeonato, y que se acabe rápido este contrato que lo tiene recibiendo críticas e insultos todo el día.

A los veinte minutos exactos toca el pito para terminar de jugar. Ni un segundo más. Por eso siempre está mirando la hora, porque calcula hasta los segundos precisos de la práctica -dice un reportero de Fox Sport que viene todos los días a los entrenamientos.

Al término de la práctica Manuel Pellegrini camina solo, de un lado a otro de la cancha, tan solo como debe hacerlo en su departamento: sus tres hijos viven en Santiago y su mujer, Carmen Gloria Pucci, viene a visitarlo a Buenos Aires sólo algunos fines de semana. Piensa mucho, dicen algunos. Piensa demasiado, dicen otros. Todos los reporteros saben que ahora el ingeniero "no está hablando", pero todos también saben que aunque hable nunca dirá mucho. Hernán Castillo, el otro periodista de Clarín encargado de escribir de River, dice:

-Yo te puedo decir de memoria todo lo que va a hablar. Casi siempre dice lo mismo.

Hay otros que van más lejos, y aseguran que Pellegrini nunca en su vida ha hablado. Y le reprochan que sus frases son tan medidas como los cálculos que sacó durante ocho años para obtener su título de Ingeniero Civil en la Católica.

No deja de ser interesante ver al exitoso entrenador caminando en silencio por la cancha, vestido con pantalones cortos, con las medias abajo, con zapatos de fútbol y pasto en las rodillas. Su apariencia tiene todos los ingredientes para ser el cuerpo de un niño que acaba de volver, cansado, de jugar una partido con los amigos del barrio. Pero, sin embargo, es el cuerpo bien cuidado de alguien que el pasado 16 de septiembre cumplió cincuenta años y que dirige uno de los equipos grandes del fútbol sudamericano. Ésa es, de seguro, la gran gracia de Pellegrini. Estar, a esta edad, a esta altura de la vida, ganando un gran sueldo por estar vestido con pantalones y haciendo lo que le gusta. Lo que le ha gustado de siempre. Desde niño, cuando en su familia Pellegrini Ripamonti miraban con horror su obsesión por el fútbol. Pese a que nunca tuvo muchas condiciones, sus cálculos lo tienen aquí. En la cima. Algunos dicen que por pensar mucho. Otros, por hablar poco. Casi nada.

 

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Al terminar el entrenamiento y mientras los periodistas se lanzan sobre Marcelo Salas y Marcelo "el muñeco" Gallardo, dos estrellas que dan noticia y que salen juntos del camarín, Pellegrini aprovecha la situación para evitar el acoso de la prensa. Bien pensado, como siempre, se escabulle sin que se note. Antes de que se suba a su Renault me acerco y, sin pregunta de por medio, me dice "disculpa, pero ahora no. Mañana hablo", y otra vez me la hace. Otra vez me habla, pero ahora para decirme que mañana habla.

Y mañana es hoy. Y hoy ya es viernes. Y esta vez el entrenamiento es en el estadio de River, en el barrio de Núñez, una buena zona residencial donde no hay villas miserias, así que ahora son muchos menos los niños con camisetas de Boca y, en cambio, hay muchos que andan en buenas bicicletas con la franja roja en el pecho y el nombre de Salas en la espalda.

 

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El domingo es el partido contra Chacaritas, el equipo que preside el senador Luis Barrionuevo, un nefasto caudillo peronista que en medio del colapso financiero del país dijo (y en serio) que "para solucionar los problemas económicos de la Argentina tenemos que dejar de robar dos años".

El fútbol y la política siempre han ido demasiado de la mano en Argentina. Cuando se le ha preguntado a Pellegrini por la situación sociopolítica de Argentina, ha dicho telegráficamente: "Este es un país muy grande, que estoy seguro saldrá adelante en el corto plazo".

A un costado de la cancha está Jorge Ghiso, un ex futbolista que tuvo su paso por Chile jugando por la U y que ahora trabaja en River.

 

-¿Cómo ha visto a Manuel?

-Bien, Manuel está siempre igual. Lo conozco hace 28 años, y no cambió. Manuel tiene la virtud de mantenerse siempre igual.

-Pero eso es un defecto, no una virtud.

-Y, bueno, no es demostrativo. Puede ser. Hay personas que son así, y hay otras que no son así. Yo no soy así, y no lo voy a hacer nunca. Pero no quiere decir que una cosa sea buena o mala. Las virtudes de Manuel son enormes.

-¿Cuáles?

-Manuel es un tipo muy centrado, muy inteligente. Sabe a dónde va. Y creo que tiene sus pensamientos claros. Yo siempre le dije: vos te encerrás en tu casa y pensás, y seguro vas a encontrar la forma de salir. Y ésas son las cosas que lo llevaron a dirigir en Argentina, y a dirigir en primera y en una institución como ésta.

 

Pero no todo lo que toca Manuel Pellegrini se transforma en algo que repite Manuel-es-un-tipo-serio-y-profesional. Pasó con Ángel Comizzo, un histórico arquero de River Plate que se fue del equipo por líos con el ingeniero.

Pellegrini nunca dice las cosas de frente y uno nunca sabe realmente lo que piensa- declara a los cuatro puntos cardinales el actual golero del modesto Club Atlético Rafaela-. Te dice cosas que después no cumple. Le faltan pantalones, y la manera de armar sus equipos no me gusta. Me gusta el fútbol ofensivo. Él no quiere ganar, nunca va hacia delante. No habla de frente.

La crisis sin retorno de Pellegrini en River Plate se agudizó el 9 de noviembre pasado, tras perder con Boca Juniors de local. El resultado fue 0 a 2, y el juego de los millonarios estuvo muy cerquita del fiasco. Casi nadie recuerda otro clásico donde la hinchada de River pifiara a su propio equipo delante de la barra de Boca.

-Fue una tarde para olvidar, como es para olvidar a este técnico. Estamos muy lejos de los punteros y aunque ganemos la Sudamericana, se tiene que ir. Que se vaya a Chile, con la Bolocco, y no vuelva más ¬dice Manuel Bermúdez, un socio de River que lleva 25 años yendo a la cancha.

El escritor argentino Martín Caparrós es un reconocido hincha de Boca Juniors y recuerda el partido con el sabor dulce de ganar en el Monumental de River. Pero Caparrós, famoso también por sus análisis de la realidad argentina, se agarra su bigote largo y rememora algo que le llamó la atención aquella tarde.

-Lo de Pellegrini fue increíble. River había perdido con Boca, en su estadio, dos a cero, con toda la gente en contra. Afuera estaban los hinchas pidiendo que se fuera, estaba con todos los periodistas encima, y Pellegrini dijo que había que tener tranquilidad y que todavía van a venir más derrotas. ¡Nunca vi a alguien decir eso! Era como "Sangre, sudor y lágrimas", pero Churchill por último hacía la arenga como un sacrificio por futuras victorias. Pellegrini nada. Sólo dijo que vendrían nuevas derrotas.

 

Según un periodista de Olé, en la lógica del entrenador funciona perfecto esto de reconocer futuras derrotas. "Porque él nunca pierde; entonces si llega a quedar eliminado de todo va a decir, yo lo dije. Si te fijás, y revisás sus declaraciones, él siempre tiene todo pensado para no perder. No tiene autocrítica".

Y Pellegrini habla. Pero dice poco. Su voz es gastada y su tono monocorde. Las frases que suelta son: "Parece que lo de River es todo un desastre, y no es tan así". "Si no gano la Sudamericana, creo que voy a renunciar". "La prioridad de todo es jugar bien". "Estoy tranquilo, con la tranquilidad de un trabajo serio". Cuando uno lo escucha, fácilmente se lo puede imaginar caminando por su departamento y pensando por semanas cada respuesta. Jamás un exabrupto. Nunca una declaración polémica.

Pellegrini tiene un sitio web, www.manuelpellegrini.com, donde uno puede ver la manera en que él se vende. Y lo hace, ante todo, como un profesional. Eso es lo que también le compró Cuprum, la AFP que lo auspicia (como pocos técnicos a nivel sudamericano) con un millonario contrato personal. En su página, Pellegrini invita a los hinchas de River a que vean sus estadísticas y les pide que escriban comentarios en el foro. Entrar al foro de la web, hoy en día, es entrar a leer todo tipo de insultos y donde se pueden rescatar muy pocas frases sin garabatos, como "chileno, no podés ser el técnico de River, amargo sos un técnico frío, andáte...". Pero Manuel sigue su camino. Imperturbable. "Siempre sabe dónde va", como dijo Ghiso. El ingeniero de la Católica, el padre ejemplar, el hijo modelo, el de buena familia y mejor pinta, el delfín de Fernando Riera, el técnico profesional, el caballero, el de perfil bajo, tiene su propia receta. Su estilo.

Mientras escribo esto, Pellegrini todavía no se juega el paso a la final de la copa. Cuando salga publicado el artículo ya sabremos si el ingeniero sigue un poco más en River o se va del cuadro millonario de Argentina. Por ahora, mientras lo miro, ninguno de los dos sabemos el resultado. Quizás, tampoco importe demasiado.

 

 

 

Publicado en Revista Sábado de El Mercurio, 5 diciembre 2003.

 

[Publicado el 12/5/2014 a las 04:52]

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¿Cayó la maquinaria perfecta?

Esto recién empieza.El terremoto causado por el castigo de la FIFA al Barça por hacer fichajes ilegales con menores de edad es apenas la primera advertencia. No seamos ingenuos: el Barça no es el único equipo que hace estos contratos. Seamos honestos: hace tiempo que la compra y venta de chicos es el negocio de moda en el fútbol. Y ocurre frente a nuestros bigotes. Hace pocos meses, la aparición de El Messi de la nieve o El Messi Mapuche mojó varios metros de prensa en Latinoamérica y España. Se trató de Claudio Ñancufil, un hábil niño de ocho años por el que pelean varios clubes europeos. La noticia era publicada con simpatía. Aunque su caso era aún más extremo. El pase lo había adquirido un fondo de inversionistas españoles, quienes lo intentaban vender al Madrid, al Barça o al que se cruzara con más dinero. Una subasta pública, que a nadie le pareció muy fuera de reglamento.

 

Lo fuerte, lo importante de la sanción de la FIFA es que apunta al Barcelona. En los dos años en los que investigué para mi libro Niños futbolistas, recorrí América Latina buscando un jugador infantil bueno y barato para venderlo caro a España, y rápidamente fui notando que el Barça es la gran aspiradora mundial de piernas de menores. La maquinaría perfecta, la mejor banda caza-talentos en el planeta, siempre innovando en formas de reclutamiento y ganando reputación al mismo tiempo. Casi no hay un chico talentoso en el mundo que no haya sido detectado por ellos. Y todo esto, presumiendo de la más significativa y comercialmente brillante operación de un fichaje infantil: Lionel Messi. Por que, si fichar menores no está bien, la historia de Lionel se cae a pedazos. La Pulga otra vez aparece en el centro de un huracán. Es él, de cierta forma, el gran culpable de esta moda de transar menores: su caso es tan rentable que logró imponer la obsesión mundial de conseguir al nuevo Messi.

 

La FIFA ha querido dar una señal, apuntando a la cabeza del capo mundial. No quisieron partir disparando a dealers de poca monta o clubes de tercera. Directo al pez gordo, que domina el mercado y el tráfico de las promesas infantiles cuando llevaba en su camiseta las siglas UNICEF ¿Qué viene ahora? Si todo de lo que se culpa al Barça se aplica a otras instituciones, es probable que el próximo año estén cerrados los fichajes en medio mundo. Las pérdidas serán millonarias. Los empresarios deportivos, los managers, los agentes y cierta prensa deportiva podrían irse a la ruina. Pero también es probable que no pase nada más. Resulta imposible creer que la FIFA recién se ha dado cuenta de lo que está pasando en el fútbol de hoy. Quizá termine siendo algo más simple. Un coqueto lavado de imagen a 70 días del Mundial de Brasil, el país cuyos menores de edad son los que se venden más caros en Europa.

 

 


Publicado en el diario EL MUNDO de España.

 

[Publicado el 04/4/2014 a las 17:31]

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Diferencia entre un periodista y un cronista

Los periodistas sueñan con llegar primeros. Los cronistas sueñan con llegar últimos.

 

 

[Publicado el 26/3/2014 a las 04:03]

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Navegando con ucranianos

Ucrania nunca ha sido muy independiente. Hace más de 10 años me tocó viajar en un buque escuela de la Armada de Ucrania. La travesía consistía en cruzar el Cabo de Hornos, esos mares con fama de ser los más peligrosos del planeta, navegando exclusivamente a vela.

En el viaje iban jóvenes cadetes y oficiales ucranianos. Pero también, caso raro en un buque-escuela, estaba lleno de turistas (en su mayoría alemanes).

Los primeros días a bordo del Khersones, una fragata de tres mástiles construida en astilleros polacos durante la época de la Unión Soviética, sucedieron apaciblemente. Las comidas eran anunciadas por parlantes con precisión militar: 8:30, 12:30, 16:30, 20:30.

"Este no es un buque de placer. Los peligros de la travesía son infinitos y las medidas de seguridad rigurosas. El racionamiento de agua será estricto", me dijo de entrada el capitán Sukhina, un tipo de 56 años, bigote cano, nacido en Sebastopol.

Explicó que la situación económica de Ucrania no permitía al gobierno de entonces -ni al anterior, ni a todos los que siguieron- financiar viajes de instrucción. "Por eso nos hemos asociado a la empresa alemana Inmaris Perestroika Sailing, quienes han vendido a turistas la mitad del barco", y luego se quedó callado. Como si quisiera llorar o reír. El turismo suele romper la independencia de todo lo que toca. Pero a veces, y eso parecía decir la resignación de Sukhina, puede sacar a flote el barco de un país que nunca tuvo mucha independencia.

A los pocos días de viaje, los roces entre los turistas alemanes y los soldados ucranianos eran cada vez más evidentes. Los primeros, con cámaras ultra modernas y ropa muy térmica, versus unos chicos que pedían dinero en los pasillos y cigarrillos y que se encerraban en la sala de cine para ver conciertos de bandas de rock ruso, como los Agatha Christie. El sueño de los jóvenes se repartían entre irse a Moscú, Berlín, o cualquier ciudad grande de Estados Unidos.

Uno de los oficiales más viejos del barco tenía una foto junto al Che Guevara. El electricista se llamaba Yuri, tenía varios dientes de oro y practicaba conmigo un mal español que iba aprendiendo -durante el viaje- de un viejo libro soviético para quienes viajaban a Cuba. En su camarote tenía fotos de sus hijos: el chico tenía nueve años y estudiaba gimnasia olímpica en Kersh. Su hija tenía ocho años y estudiaba para concertista en piano. Todo parecía demasiado soviético, frente a los alemanes que jugaban Tetrik en sus computadoras portátiles.

Estos días me he acordado de aquel viaje, y de Ucrania, y de los cientos de ucranianos que nos fueron a recibir al puerto de Buenos Aires cuando terminamos la travesía. Yo me bajé en Argentina, y ellos siguieron navegando hasta Europa del Este. No sé cuántos de aquellos cadetes terminaron viviendo en Kiev, o en Moscú, o en Berlín o en Nueva York.

Recuerdo, también, que Yuri me dijo en su mal español que alguna vez quiso ser cosmonauta. Y uso esa palabra, Cosmonauta, una palabra que en el mundo de hoy suena tan extraña como Lenin, proletariado o independencia.

 

 

@menesesportatil 

 

[Publicado el 04/3/2014 a las 23:28]

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Catadores de axilas

Supe de un escritor que era tan chupamedias de otros escritores, que se le comenzó a llamar "el catador de axilas". Su idea era la de hacer una red de contactos internacionales, con la vieja teoría de que el talento a secas nunca sirve más que la falta de talento pero con amigos. Y así, el catador de axilas literarias siempre se empeñaba en encontrar formidable -y lo publicaba por todos lados- el sudor de los autores que le convenía fueran sus amigos.

Lo que él tal vez no sabe, es que catar axilas es un trabajo rentable, profesional, en el que se juegan millones de dólares cada año.

Antes de que sigas leyendo, suelta todo el aire que tengas en los pulmones, pon la nariz en tu axila y ahora, lentamente, comienza a respirar, a olerte, de a poco y hasta el fondo. Luego, suelta el aire y responde el siguiente cuestionario:

 

-¿Te gustó lo que oliste?
SI__ NO __
-¿Lograste diferenciar algunos aromas?
SI__ NO __
-¿Olerías ahora la axila de tu compañero de oficina o de algún escritor?
SI__ NO __

 

Si tus tres respuestas fueron afirmativas, quiere decir que eres un sniff test en potencia.

Algunos de los mejores sniff test del mundo están en Hamburgo, en Alemania, y su trabajo consiste en oler axilas de muchas personas, de gente que ellos ni conocen, de tipos gordos y flacos y jóvenes y viejos y hombres y mujeres que, como todos, sudan debajo del brazo. Algunos, por cierto, huelen mejor que otros. Otros, esos que levantan las manos y tienen la camisa con una mancha húmeda en la axila, suelen expeler aromas fuertes. Todos, finalmente, son futuros compradores de desodorantes. Y para ofrecernos mejores desodorantes es que los grandes laboratorios contratan a estas narices a prueba de balas. Personas que con su sacrificio, de alguna manera, pretenden salvar a la humanidad. Ellos también están en guerra. Pero su guerra es contra los malos olores axilares. ¿La ganarán?

Maren Meyer tiene 27 años, nació en Hameln, Alemania, es soltera, usa perfume Boss para mujeres y desodorante Nivea. Todo indica que huele bien. Y de eso, Maren sabe: esa es una de las mejores sniff tests de la compañía alemana Beiersdorf, encargada de producir los desodorantes Nivea DEO. Maren se ha ofrecido a hablarme de su trabajo desde el otro lado del mundo. Sus respuestas son escritas en un computador de su laboratorio, en mitad de pabellones que imagino blancos y que huelen a flores y frutos suaves, donde la menor señal de mal olor es aplastada con eficiencia por una brigada antimalos olores que deambula por los pasillos del laboratorio.

Las respuestas las recibo en un cibercafé de la Avenida de Mayo, de Buenos Aires, donde no hay aire acondicionado, el calor aplasta, y entre los clientes de esta tardenoche nos repartimos entre sudamericanos indocumentados, chinos, mochileros gringos y argentinos desempleados, divididos entre los que bajan páginas pornos y los que juegan a balearse on line. Si tuviera que describir el olor de aquí, podría decir que es una mezcla entre camarín, taxi viejo, pescadería, aceite recocido y AguaBrava. No me atrevería a oler ningún sobaco ajeno. Le pregunto a Maren que a qué cree que huelo. Ella prefiere no contestar.

 

-o-

 

Charles Bukowski se lo confesó a la periodista Fernanda Pivano: "Lo que más me gusta es rascarme los sobacos". Y varios de quienes alguna vez estuvieron cerca del autor de El cartero y de La máquina de follar corroboran que uno de los rasgos más llamativos del Bukowski en persona era, precisamente, el penetrante olor a sudor que salía de debajo de sus brazos. Un olor que podía nublarte la vista, si no estás acostumbrado a los aromas fuertes. O que podía reconfortarte, si estás en el bando de quienes luchan por erradicar los componentes químicos sobre el cuerpo.

Desde antes de El perfume es sabido que los olores son claves en la belleza y atractivo de una persona, sin embargo, no hay fechas exactas de cuándo el desodorante se transformó en parte fundamental del equipamiento humano. Algunos historiadores señalan que los hombres del Imperio Romano ya tenían sus propias fórmulas: después de lavarse se ponían debajo de los brazos almohadillas con sustancias aromáticas.

Todo indica que a finales del siglo XIX surgió el desodorante como producto de higiene personal de una mezcla de sulfato de aluminio y potasio. Pero que fue tras la Segunda Guerra Mundial cuando su uso se generalizó prácticamente en todos los países occidentales. La marca Odorono es la que terminó pasando a la historia por lanzar al mercado el primer desodorante, que en un comienzo solo se vendía en farmacias. De eso, hasta la alta tecnología de hoy, ha pasado, literalmente, una vida.

-¿Es diferente el olor de hombres y mujeres? ¿El olor de jóvenes y viejos? ¿El olor de gordos y flacos?
Responde Maren:
-Sí, yo puedo diferenciar a veces el olor de mujeres y hombres, pero no siempre. Los viejos huelen distinto que los jóvenes, pero tu no encuentras diferencias en el olor del sudor. Tengo que decir que no huelo directo en la axila de los voluntarios, solo en la almohadilla que han usado, y yo no sé nada de los voluntarios, si son hombres, mujeres, jóvenes, viejos, flacos o gordos. Ahora bien, si un voluntario bebe mucho alcohol o come ajo, yo puedo oler eso en su sudor.

El proceso de trabajo de una nariz de axilas también es rutinario. Los participantes, cerca de cuarenta al día, llegan al Centro de Voluntarios de Beiersdorf con ganas de sudar. Una vez dentro del laboratorio los conejillos de Indias se ponen una camisa blanca con almohadillas en ambas axilas. Transcurrido un tiempo, vuelven al centro, y sus almohadillas son depositadas en una serie de frascos sin olor. Esas almohadillas húmedas con extracto de vida diaria es la que huelen los sniff tests, que antes han sido entrenados para ordenar varios olores, de más fuerte a más leve. Ninguno de estos "elegidos" fuma, pues los fumadores pierden gran parte de su olfato.

-Algunos olores son muy duros y desagradables -responde Maren, con vocación de estar sacrificándose por el bien de todos. Son indescriptibles pues dan ganas de olvidarlos para siempre.

Algunas veces, para que la transpiración sea más eficiente, a los voluntarios se les mete dentro de unos saunas especialmente fabricados para los ensayos. Nada debe fallar. Porque aunque el sudor humano no huele a nada, al entrar en contacto con las bacterias del exterior es que se descompone, y producen el olor a sobaco del que Bukowski se enorgullecía.

La guerra de las narices a prueba de balas que huelen axilas ajenas no es, por cierto, sólo contra los malos olores. También, contra la competencia: desarrollar un buen desodorante es clave para liderar un mercado que, sólo en Francia (un país con fama de poco desodorante) gasta más de cinco mil millones de dólares en productos para embellecer el olor del cuerpo.

-¿Qué rol ha tenido el olfato en tu vida?
-El rol llegó a ser cada vez más importante porque me entrené en diferentes olores. Desde que uso mi nariz más intensamente conseguí un trabajo de olfateadora.

-o-

Maren me dice que ella no admira a otro tipo de sniffers, "porque me gusta mucho mi trabajo y creo que es interesante ayudar a la investigación y a desarrollar buenos desodorantes". Sin embargo, es posible que ella sepa claramente que está en uno de los últimos peldaños de la escala de catadores humanos.

En esa misma escala donde, claramente, uno de los líderes es Robert Parker Jr, el estadounidense que también es conocido como "La nariz del millón de dólares". Parker es el crítico de vinos más influyente del mundo, y lo que determine su olfato puede cambiar el rumbo del mercado global de mostos.

En un nivel parecido puede situarse a Alberto Morillas, un andaluz que vive en Suiza y que está considerado uno los mejores perfumistas de un planeta lleno de olores diferentes. Morillas se dedica a oler y oler y oler fragancias que le agraden, y con cuyas fragancias termina componiendo nuevos perfumes.

La argentina Inés Bretón está dentro de las top five catadoras de té del mundo. Inés se pasa meses recorriendo Asia en busca de los mejores y más suaves olores con los cuales elabora los blends que vende en Europa, que tiene entre sus clientes al Dalai Lama y que la transformó en una nariz de fama global.

Lejos del glamour de estos sniffers, Maren, nuestra catadora de axilas, se toma el asunto con filosofía y cuando le pregunto qué son los desodorantes para ella, dice con honestidad:
-El desodorante es un producto para cuidar el cuerpo que me da un buen trabajo.

Y aunque el olfato del ser humano es uno de los sentidos menos refinados del reino animal, Maren cuenta que con el tiempo entre sudores su nariz en vez de estropearse se ha afinado.
-Desde que trabajo en esto uso mi nariz más frecuentemente en el supermercado, eligiendo frutas, por ejemplo.

Y a la hora de describir el olor de Hamburgo, dice: "Verde, fresco (por el agua). Algunas veces apestoso (por los autos), algunas veces imposiblemente bueno.

Quizás ninguno de nosotros esté vivo cuando esta guerra contra los malos sudores termine. Posiblemente falta mucho para que los sniff tests logren dar con esa arma secreta, con el desorante ideal que termine venciendo para siempre. Pero mientras eso sucede, las palabras de Maren pueden darnos una pista.
-¿Con qué palabras describirías tu olor preferido, Maren?
-Mi novio después de la ducha, fresco, limpio, masculino.

 

Algún día el escritor catador de axilas logrará esa transparencia.

 

 

 

@menesesportatil

[Publicado el 07/2/2014 a las 20:15]

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Biografía

(Santiago de Chile, 1969). Escritor, cronista y periodismo portátil. Es autor de los libros Equipaje de mano (Planeta 2003); Sexo y poder (Planeta 2004); La vida de una vaca (Planeta/Seix Barral 2008, finalista Premio Crónicas Seix Barral); Crónicas Argentinas (Norma 2009) y Hotel España (Norma 2009  / Iberoamericana / Vervuert 2010), distinguida por el Consorcio Camino del Cid como uno de los ocho mejores libros de literatura de viajes publicados en España el 2010. Sus crónicas se han publicado en 25 países y traducido a cinco idiomas. Ha sido columnista y bloguero en medios como Clarín (Argentina), SoHo (Colombia), El Mercurio (Chile), Etiqueta Negra (Perú), Glamour (México) y Clubcultura (España). Estudió periodismo en la Universidad Diego Portales y en la Universitat Autónoma de Barcelona, y fue relator del taller de Tomás Eloy Martínez en la Fundación Nuevo Periodismo que preside Gabriel García Márquez. El 2006, la Asociación de Prensa de Aragón publicó un libro que transcribe su taller de periodismo portátil. Ha sido cronista invitado en universidades de América Latina y España, entre ellas la UNAM de México, la Complutense de Madrid y la Universidad de Chile. Fundó la Escuela de Periodismo Portátil, con alumnos conectados desde más de 20 países y que organiza, junto a la Universidad de Guadalajara, el "Premio Las Nuevas Plumas" de crónicas inéditas y en español.

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

Obras asociadas

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