Puede parecer un experimento periodístico, pero en realidad es una historia de viaje. Todo transcurre en el mejor hotel de Senegal: el Sofitel de Dakar. Hay una conferencia de prensa de uno de los magnates de la moda globalizada. Estamos en África, pero en un lujoso salón de un hotel cinco estrellas, a pasos de bandejas de camarones y ostras, con el Atlántico asomado a los ventanales como una postal panorámica. Hay una veintena de periodistas, la mayoría mujeres: editoras y redactoras estrella de las principales revistas de moda del mundo.
La asistente de prensa del entrevistado, una rubia distante, nos da algunas recomendaciones. Hay vasos de agua, y fotógrafos que disparan sus flashes en la cara del heredero de una compañía con más de mil locales de ropa en todo el planeta. Todo lo que aquí se diga, mañana estará publicado en el mundo de la moda. Entonces, al partir la conferencia, la rubia asistente nos da una indicación: que digamos nuestro nombre y el país del medio que representamos.
Una chica de anteojos modernos -después supe que era editora junior de la Vogue hecha en París- partió diciendo su nombre y luego remató con el país: Francia. Pasaron diferentes editoras de Marie Claire y Vogue, que luego de su nombre decían o Italia, o Alemania, o Estados Unidos. Había varias japonesas, de diarios dedicados exclusivamente a la moda. Un noruego de anteojos oscuros. Una inglesa sacada de una vidriera de Prada. Entonces llegó mi turno. Estaba ahí por SoHo. Tomé el micrófono, y me escuché por los parlantes cuando dije:
-Juan Pablo Meneses, Colombia.
Después de decir Colombia, hubo un pequeño silencio, y el resto de las caras comenzó a girar hacia mí. Tal vez fue un segundo, o dos, o seis, pero me pareció más tiempo. Como suele suceder en los viajes, ya me había tocado tener otras nacionalidades. Me han confundido con marroquí, o brasileño, o peruano. He pasado por andaluz, argentino, y hasta por chileno, mi verdadera nacionalidad. Sin embargo, esta era la primera vez que me presentaba como de Colombia, y la reacción había sido automática: todos se habían dado vuelta a mirarme.
La conferencia de prensa duró lo esperado, las preguntas fueron las habituales, y las respuestas -incluido el breve discurso pro África- habían sido las típicas. Lo que no estaba en el programa, era que a partir del momento de presentarme, para el resto había pasado a ser un colombiano. Lo que no es cualquier cosa.
Cuando estás en un lugar así, y eres colombiano, te acostumbras a que siempre que giras la cabeza hay alguien mirándote: con más o menos disimulo. Tal vez por una cosa propia de los colombianos (aunque seamos los de un día) y que tiene que ver con cómo nos miramos, cuando uno es colombiano muchas veces te sientes más observado. Y a veces, crees que para mal. Al término de la conferencia hubo un coctel. Entre las bandejas y copas, se me acercó la francesa de Vogue y me preguntó por mi país. Luego, vino una alemana que quiso practicar su español:
-Tengo muchas ganas de conocer Colombia, -preguntó, y le dije un par de cosas que dejaron bien puesta mi nacionalidad falsa.
Comencé a sentirme sexy. Cuando uno es colombiano en el primer mundo -aunque sea dentro de un hotel africano- no solo se es exótico, sino que se suma una carga de sex appeal: esa mezcla de clichés for-export que juntan una guerra interna, fusiles, narcotráficos, caderas de Shakira, secuestros, todo mezclado en una juguera y servido en un coctel en el mejor hotel de Senegal, aparecía de una carga explosiva insospechada.
Al rato, hablaba como el más colombiano de todos. Mezclaba los ritmos de las anécdotas a la velocidad de la champeta: del "ustedes en Francia saben bien lo de Íngrid", pasaba al "tienes que probar el café colombiano, es una maravilla", de ahí saltaba al "si vas, no vas a parar de bailar. Te va a encantar la rumba", acortaba por "¿leíste algo de García Márquez?"; bajaba con "obviamente no todos somos como Pablo Escobar, esas son cosas de las películas"; para terminar con la frase que todo colombiano verdadero dice. Y la dije: "Pero sabes, tenemos muchas más cosas buenas que todas esas que dicen las noticias. Esos son lugares comunes, pero si vas verás que todo es diferente. Somos gente buena, y tenemos selva, Caribe, Amazonía, los Andes, y mar en dos océanos".
Había muchos temas de conversación. Cuando uno es colombiano en el extranjero puede hablar horas de horas, con un peligro latente: comenzar a escucharte como un orgulloso nacionalista. Entonces decidí frenarme, y escuchar. Escuchar, como un gentil colombiano, sus historias y opiniones de África, de la moda, de sus ciudades. Hasta el último momento traté de mantener en lo más alto la bandera del Pibe y Juan Valdez. Nunca les dije la verdad. Para ellas, seguiré siendo colombiano para siempre.
Publicado en la revista SoHo, Colombia.
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[Publicado el 16/2/2012 a las 15:52]
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No te vayas con el Cirque du Soleil

Escaparse con un circo es una fantasía que se repite. Dejar todo de una vez, mandar a todos al carajo, subirte a la caravana del espectáculo y viajar. Viajar por carreteras que suben y bajan, cruzar mares de olas grandes, presentarte frente a públicos diferentes que te aplauden el final de cada función. Conocer gente, cambiar de clima, olvidarte de la burocracia, aprender nuevos idiomas. Ser un artista reconocido por el mundo. Ser, finalmente, un integrante de la famosa compañía Cirque du Soleil.
El mexicano Alberto Valdéz Martínez fue reclutado por el Cirque du Soleil cuando tenía 17 años. Lo vieron volando de un trapecio a otro, y le abrieron las puertas para sumarse a la compañía y escaparse con el circo. Era lo que había soñado. Todo listo, por fin. Hasta que su madre lo detuvo. No te vas con el circo hasta que no termines la escuela.
¿Qué pasó con él? ¿Qué vino después de aquel momento? ¿En qué terminó la relación con su madre?
Esta es una historia de familia y de oportunidades. Y sobre malabarismo y circo. Es, además, el trabajo final para la Escuela Móvil de Periodismo Portátil de Patricia Mignani. Ella nació en Argentina y está radicada hace muchos años en México. Estudió relaciones Públicas y luego se apasionó por el periodismo.
Aquí puedes leer su crónica "NO TE VAYAS CON EL SOLEIL"
twitter: @menesesportatil
[Publicado el 09/2/2012 a las 15:24]
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Desde que partió oficialmente, en febrero de 2009, la Escuela Móvil de Periodismo Portátil tuvo una idea simple: promover la escritura de historias desde cualquier lado y para todos los sitios. Las clases serían online, los alumnos podrían estar viajando, el profesor se iría conectando desde diferentes ciudades. Al poco tiempo, los trabajos de los talleristas comenzaron a ser publicados en diferentes medios, de distintos países. La escritura como construcción itinerante. El proyecto portátil como una escuela de autor, independiente y autofinanciada, sin alumnos permanentes ni lugar físico para su funcionamiento, generando constantemente nuevos textos de nuevas voces.
La Escuela Móvil de Periodismo Portátil entra en una maleta. Pero también cabe en un Smartphone. Y se suma, como categoría de subsistencia, en otro componente para el principal objetivo del cronista portátil: poder sobrevivir escribiendo historias.
Desde un comienzo la Escuela Móvil de Periodismo Portátil tuvo como norte la realidad. Si los poetas y novelistas sueñan la libertad mientras se secan en un despacho público o se gastan armando conspiraciones de burocracia cultural, acá el plan sería concretar la aspiración máxima de los viajes y la escritura. Ficción versus no ficción. Llevar la retórica académica a la práctica itinerante. Aterrizar los ensayos viajeros a la poética de la realidad portátil.
O al menos intentarlo. Y en eso ya van 3 años.
[Publicado el 07/2/2012 a las 14:45]
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Cada vez hay más perros callejeros, vagos, sin dueños, independientes. Animales que buscan su propia comida, que no se cuelgan el collar del dueño, no dan vueltas en círculos dentro de un departamento, ni están obligados a tragar galletas duras con olor a bife. Perros freelance.
En las crisis económicas siempre aumenta el número de perros vagos. Hay muchos amos que, en vista de la falta de dinero, los lanzan a la calle para que de una vez se hagan cargo de su perra vida.
En la ciudad de Río Cuarto, Córdoba, Argentina, decidieron ponerle un freno a la situación. Como en muchas ciudades latinoamericanas -donde no se les comen- la ciudad se había transformado en una suerte de paraíso del perro vago. Entonces, apareció la autoridad, siempre tan enemiga de lo vago. Y ahí comenzó esta historia.
Como parte de su trabajo final para la Escuela Móvil de Periodismo Portátil, Sol Aliverti viajó hasta Río Cuarto para mostrarnos la primera escuela para perros vagos que se conozca. Un proyecto que busca reconvertir a estos animales callejeros en unos limpios y ordenados perros de ayuda, de rescate, de trabajo.
Sol Aliverti nació en Córdoba, Argentina. Es licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Colabora como periodista free lance para diferentes medios locales como la revista La Central, Aquí vivimos, el periódico La Mañana de Córdoba y La Voz del Interior. También colaboró con el diario chileno La Estrella de Valparaíso.
Aquí puedes leer su crónica: "LA ESCUELA PARA PERROS VAGOS"
Twitter: @menesesportatil
[Publicado el 01/2/2012 a las 15:07]
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Me gustan los cruceros porque navegan. Porque uno puede escuchar el océano chocando contra el casco, ver el mar desde la ventana y mirar ciudades que se acerca o alejan dependiendo si uno zarpa o atraca.
Me gustan los cruceros porque están llenos de entretenciones, entretenedores, comidas, máquinas tragamonedas, bares abiertos, discotecas, librería con best-sellers, mesas, masas, sillas, parlantes, piscinas, tiendas, ruido, habitaciones, televisores y turistas. Miles y miles de turistas dedicados a un gran plan: las vacaciones.
Me gustan los cruceros porque no pretenden cambiarte la vida. Los pasajeros de los cruceros bajan en peregrinación a las ciudades, sacan fotos y vuelven al barco. Me gustan tanto como los hoteles todo incluido, sitios donde la vida diaria queda afuera para darle paso a un saludable no-hacer-nada. Me gustan los cruceros porque uno puede sentirse joven y flaco: el promedio de edad de un pasajero de crucero es de 65 años y unos 95 kilos de peso.
Es cierto que hay muchos que detestan los cruceros. Para cierto tipo de viajero experto, pasar tus vacaciones en estos mall flotantes suena a sacrilegio. A turísticamente incorrecto. A panorama bobo, plano, chato, simplón. Me gustan los cruceros porque a sus pasajeros nada de esto les importa. Al contrario, suman y suman seguidores. Mientras el prejuicio no los saca de la mira telescópica, la comunidad de adictos a cruceros crece. Y se traspasan con el orgullo que se comparte una buena mano de droga.
Me gustan los cruceros porque hace 20 años mis padres fueron a uno por el Caribe, y lo recuerdan como si el viaje hubiera sido ayer. Me gustan porque, finalmente y pese a lo que se crea, generan en sus consumidores cierta mística. Pertenencia.
Me gustan los cruceros porque tienen peluquería. Porque la gente se esmera en vestir elegante para la cena con el capitán. Porque hay música bailable en vivo. Porque hay bar con pianista. Porque te sacan fotos que luego te venden. Porque te sonríen. Porque trabajan para ti. Porque puedes elegir entre hacer yoga, tomar sol, ir al gimnasio, pasar la tarde tragando pizzas mientras metes fichas en el tragamonedas, emborracharte, bañarte en la piscina o dormir. Nada muy diferente a la vida diaria, pero bajando algunas horas en diferentes puertos.
En 1996 el escritor David Foster Wallace escribió "Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer", un lúcido y crítico retrato de un viaje en crucero por el Caribe. Obviamente, más que apuntar al crucero en sí, lo que Foster Wallace hace es una crítica a la sociedad de consumo, al hombre medio estadounidense, al turismo. Me gustan los cruceros porque, finalmente, terminan siendo más literarios que una playa paradisíaca. Si quieres buscar historias, nada mejor que una ciudad flotante.
Me gustan los cruceros, aunque alguna vez uno se hunda.
Me gusta mucho, tal vez, porque nunca me he subido a uno.
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[Publicado el 16/1/2012 a las 17:58]
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En Dakar, el deporte más popular no es el rally.
En Dakar, como en todo el resto de Senegal y parte de Gambia, lo que llena las páginas deportivas de los diarios es la lucha senegalesa. El campeonato de "lutte", como se llama en este país francófono (o laamb para los que hablan en wolof), tiene seguidores fanáticos y programas de televisión especiales y afiches por la ciudad y luchadores elevados a la categoría de estrellas pop.
Mientras en Sudamérica se corre el Dakar 2012, que pasará con su caravana de tuerzas y mecánicos y motores y aceites y ruedas por Argentina y Chile y Perú, en la capital de Senegal los luchadores se preparan para la próxima pelea. Que son luchas reales. A diferencia de los combates entre escritores, donde el trofeo es por algo tan simple como el prestigio, aquí la batalla es a golpes de nudillo que rompen narices y sacan sangre.
Una buena forma de conocer un país es ir a ver un partido de su deporte más popular. Salí del hotel, le pregunté al taxista si la lucha quedaba cerca, me dijo que sí. Era fanático. Me hizo un precio por llevarme, entrar al estadio conmigo, ver "la lutte" y regresar al hotel.
Cuando llegamos al estadio Stade Demba Diop, la lucha ya había comenzado. La boletería estaba vacía, y les pasamos nuestros tickets a unos militares con metralletas. Avanzamos hacia el estadio, mientras aumentaba el volumen de los gritos del público. Al entrar, había unos tres mil senegaleses moviendo los brazos, gritando, mientras dos tipos con taparrabos se abrazaban en la pista de arena y se empujaban y se daban golpes de puño y uno sangraba y todo era acompañado por una orquesta de seis músicos con tambores africanos.
Todo el perímetro de la lucha estaba rodeado de militares armados. Un canal de televisión trasmitía en directo. Entre el público había dos hinchadas de adolescentes senegalesas, miembros del clubes de fans de distintos luchadores. Mientras los dos competidores se golpeaban en el centro del estadio, por alrededor de la pista saltaban y elongaban y se movían los otros.
Dentro del lugar no había turistas. Se vivía una tradición local, difícil de entender. El fanatismo era como el de las hinchadas de fútbol. Por cierto, la gracia de la lutte sénégalaise no estaba sólo en los golpes: el espectáculo empieza antes, cuando el luchador se pasea seguido de sus asistentes por la pista, para presentarse y desafiar al grupo rival. Es una danza, un espectáculo, donde tienen mucho que ver el honor y la música de fondo: tambores en vivo.
En mitad de la última pelea, el taxista me hizo una seña para irnos. Al igual que en futbol de por acá, era una buena idea evitar los líos de la salida. El día siguiente, todos comentaban la jornada de lucha. El gladiador que mejor golpeó el domingo aparecía en la tapa de los diarios el lunes. Todos hablaban de ellos. En Dakar, definitivamente, poco importa en rally.
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[Publicado el 02/1/2012 a las 15:21]
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Son los últimos días de la FIL de Guadalajara. Comienza a terminar la versión 25 de la más importante Feria del Libro del idioma español. Las largas filas de estudiantes tapatíos se preparan para desaparecer. Los autores de la inauguración ya están en sus casas. Todavía aterrizan escritores para presentarse en los días finales. El barman del lobby del Hilton sirve los últimos whiskys. Al recorrer los pasillos uno se despide de los millones de libros, sabiendo que en la próxima versión estarán repletos de nuevas novedades.
Pocas veces, después de varios años seguidos viniendo a la FIL, se ve tal entusiasmo por los libros como aquí. Presentadores de televisión junto a un premio Nobel, un súper best-sellers al lado de un autor de culto y de minorías. Acá parece haber espacio para todos, en una suerte de gigantesco cliché de las letras que termina dándole un carácter único a esta cita. En las próximas horas anunciaremos al ganador del II Premio Las Nuevas Plumas, que organiza la Universidad de Guadalajara con la Escuela Móvil de Periodismo Portátil. Y después de eso vendrán las fotos, los aplausos y el reconocimiento para el triunfador. Después de cada FIL siempre hay ganadores nuevos.
Los escritores alemanes, porque ahora Alemania es el país invitado, siguen celebrando en cada stand. Los agentes literarios cierran sus agendas con nuevos contactos. Los periodistas culturales ya están cansados de despechar tantas notas. Los escritores funcionarios ya tienen en su poder una orgullosa lista con nombres de otros escritores funcionarios que conocieron en esta feria. Siempre pasa.
En medio de dicho huracán, que nunca se detiene durante los días de feria, una noticia detiene la FIL. Tenemos un nuevo Premio Cervantes. El ganador es el poeta chileno Nicanor Parra, de 92 años. El mismo que, hace tres semanas, vi un par de segundos en su casa de Las Cruces, una playa cerca de Santiago. La noticia de su premio no solo es justa, sirve de broche para el final de la FIL: El próximo país invitado será Chile.
Entonces, desde Guadalajara, recuerdo el primer poema de Parra que traté de aprender de memoria.
El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario
De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios
Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios
Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario
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[Publicado el 02/12/2011 a las 08:25]
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Apareció una nueva edición de Equipaje de mano. Lo presentamos entre amigos, el pasado jueves en la librería Ulises de Santiago de Chile. La revista Domingo, de El Mercurio, publicó como adelanto un extracto de la crónica "Los niños no sangran".
Esa historia, una de las 10 del libro, trata sobre un campeonato de niños boxeadores en el sur de Chile. El pueblo donde todo ocurre se llama Lautaro. Ahí nació Jorge Teillier, uno de los poetas chilenos más importantes del último tiempo, que ahora se ha convertido en un inesperado atractivo turístico.
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[Publicado el 28/11/2011 a las 16:25]
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La muerte de una familia mexicana

El México de la guerra narco nos invade con grandes noticias sobre armas, desaparecidos, torturados, asesinados y amenazas. Pocas veces nos llegan historias particulares, pequeñas, desde las cuales podamos ver mejor el todo. Es el caso de la crónica de la familia Reyes Salazar, escrita por Alba Calderón. Esta familia ya suma seis muertos y los sobrevivientes han salido huyendo de sus casas por las amenazas.
Alba Calderón, ex alumna de la Escuela Móvil de Periodismo Portátil, es una periodista mexicana que estudió en la Facultad de Ciencias de la Comunicación en Nuevo León. Su crónica, sobre la familia Reyes Salazar fue su trabajo final para el taller de Periodismo Narrativo.
LA MUERTE DE UNA FAMILIA MEXICANA
Cuando enterraron a los hermanos Malena y Elías Reyes Salazar ninguno de los empleados municipales del panteón de Guadalupe, quisieron cavar las tumbas. Los hombres se excusaron: unos dijeron que estaban enfermos, otros no se presentaron ese día a trabajar y algunos simplemente se negaron. Nadie que no fuera Reyes Salazar tenía la fuerza para cargar sus muertos y el coraje para enfrentar el miedo y el dolor al mismo tiempo.
Tuvo que ser Saúl Reyes el que consiguiera, con las amistades que le quedaban por haber sido empleado municipal, que otras personas cavaran la tumba de sus hermanos. En el panteón les dijeron que ellos no se metían en esas cosas.
Esas cosas las entiende muy bien Olga Reyes Salazar. Ella había notado cómo las amistades fueron disminuyendo en cada sepelio. A los Reyes Salazar les han asesinado seis integrantes en tres años, además de que el acoso de los grupos armados que dominan Juárez, la ciudad fronteriza, vecina a Guadalupe, obligó a 30 miembros de la familia, incluido un bebé de cuatro meses, a huir de sus casas para buscar refugio en un lugar lejos de las amenazas y la muerte inminente.
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[Publicado el 17/11/2011 a las 17:28]
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En un rincón J.D.Salinger y en el otro R. Kapuscinski. Frente a frente.
El mismo día a la misma hora y en la misma librería, me compré dos libros de la misma editorial: Galaxia Gutemberg. Uno de ellos "Una vida oculta" de Kenneth Slawenski (sobre la vida de J.D.S.), el otro "Non fiction" de Artur Domoslawski (sobre la vida de R.K.). Ambos del mismo precio y el mismo género: biografías. Dos autores/fans, entregados por varios años a escribir la vida de personajes que los desvelaron. Uno, enfocado en un clásico de la ficción, otro en un clásico de la no ficción .
Decidí leer ambos tomos en paralelo. Me gustó el ejercicio fortuito (tomé equivocadamente uno, pensando que seguiría leyendo el otro) de sumergirme en la vida de Salinger y Kapuscinski en simultaneo, online, como si se tratara de la construcción móvil y en tiempo real de un mini canon portátil.
Al contrastarlas en simultáneo, las biografías van soltando constantemente similitudes y diferencias, lanzando réplicas infinitas como la de dos espejos contrapuestos. Dos autores muy distintos y muy distantes (seguramente, la primera vez que estuvieron más cerca fue en 1936 cuando Salinger, de 17 años, estuvo en Polonia matando chanchos mientras Kapusinski era un niño de 3 años que aprendía a hablar), que asoman con una rara similitud: dos detectives privados que avanzan incansable sobre sus huellas.
Convengamos que un biógrafo siempre es un tipo algo miserable. No necesariamente porque, como pensaba Walter Benjamin, se trate de un género menor. Más bien porque los biógrafos, rara especie en esta historia, intentan amoldar a un personaje a una tesis (¿prejuicio?). En el caso de los libros sobre Salinger y Kapusinscki, tanto Slawenski como Domoslawski despliegan de entrada toda una artillería de reporteo y archivos y entrevistas, con una finalidad que se desprende única de ambos libros: demostrar que el autor de las mentiras decía la verdad, y que el autor de las verdades nos estaba mintiendo.
Como dos profanadores de tumbas que entran a desvestir a los esqueletos para cubrirse con sus ropas, esta pareja de biógrafos se empeña (siempre dejando por entendido que, en realidad, sus libros son homenajes) en reducir a sus estudiados a chismes de peluquería. En un festival del chimento, donde constantemente se cruza la verdad y la mentira, la mentira y la verdad, en una persecución frenética que da la lectura de ambas vidas en paralelo.
Cualquier biografía termina teniendo un tono policial. O, mejor dicho (porque no es oficial), un tono de soplón. Desde las primeras páginas, los dos libros comprados el mismo día y a la misma hora y en la misma editorial, dejan claro que usarán el soplonaje para demostrar lo mismo: que el autor en cuestión, no era tanto como decía. Que Salinger era, mucho más de lo que creemos y admiramos, un autor de no ficción. Y que Kapuscinski, mucho más de lo que se esperaría y disfrutamos, era un autor de ficción.
Nunca me ha gustado leer dos libros en simultáneo. Me suena a práctica de lector a sueldo, de burócrata de la opinión literaria. En este caso, sin embargo, el experimento termina provocando una fusión casi perfecta en su engranaje. El autor de ficción apoyándose en la realidad, y el autor de la realidad afirmándose en la ficción. Cada vez que uno de los biógrafos descubre a su respectivo autor sujetándose en alguna muleta, lo repite, lo reitera, como si acabara de desbaratar una gran operación de tráfico de esclavos. Nadie se los dijo, nadie se los pidió, pero en ambos libros los soplones están dispuestos a poner las cosas en orden. Como si el talento de ambos fuera revelarnos una maravillosa causa oculta que nadie esperaba. Y que, claro, piensan ellos se trata de un deber moral.
Es extraño lo que pasa con la verdad y la mentira en relación a un autor. Salinger y Kapuscinski son modelos perfectos para comprobar cómo nos incomoda un buen texto. Si un novelista cuenta algo que nos gusta mucho, bah, entonces seguro le pasó a él. Si un cronista cuenta algo que nos gusta mucho, bah, entonces seguro lo inventó todo. Mientras Salinger se encerraba a escribir para alejarse del mundo, Kapuscinski se hacía invisible reporteando guerras en países perdidos donde nadie lo podía encontrar.
Ahí están, sobre el ring, los dos boxeadores abrazados. Sin tirarse golpes entre ellos. Parecidos. Aunque de manera distinta, los dos vivieron con la ficción de esconderse. Más allá de lo que digan ambos libros, ninguno lo consiguió. La ecuación es simple, y la dijo el poeta Jorge Teillier al hablar de escritores: "Son solitarios y saben que aunque ganen, igual al final, van a perder". Lo bueno es que esa derrota no significa, ni de cerca, el triunfo de los biógrafos.
twitter: @menesesportatil
[Publicado el 14/11/2011 a las 21:01]
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22/1/2012 22:14
He visto un video en la red de...
Publicado por: Filomeno
28/11/2011 02:05
Extremadamente triste. Pero la...
Publicado por: Amelia
31/10/2011 12:55
Publicado por: laylajocasta
30/10/2011 18:30
Estoy alucinado de lo mal que...
Publicado por: Manuel Eugenio
26/10/2011 17:47
Me parece bastante interesante,...
Publicado por: Aide Zepeda
24/10/2011 17:07
En verdad os digo que yo soy...
Publicado por: vk
22/10/2011 08:00
Publicado por: popo
22/10/2011 08:00
Publicado por: popo
22/10/2011 07:59
Publicado por: popo
17/10/2011 17:39
Publicado por: juan andres
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