El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
domingo, 6 de julio de 2008

No voy con canciones, voy con prisa. Un pecado. Pensar que podría pasear por los jardines de Alfabia, hablar tranquilamente con mi amiga editora sobre sus planes, sus libros, sus jardines, su próxima salida con Villalonga y el nombre de ese lugar extraordinario. También me perderé un paseo con J.C. Llop y por las luces y sombras de ciutat. Ni podré ver al siempre sorprendente Cristóbal Serra... En fin un viaje de ida y vuelta a un lugar donde uno se quedaría a ver pasar el tiempo. Como siempre nuestra realidad a golpes contra nuestros deseos. Y ganando la partida.
Al menos me llevaré el último rescate de Serra para terminar su lectura en el avión. Y cómo no quiero perder el avión, aquí les dejo con un poco de reflexiones y textos robados de Serra, que siempre será mejor que lo que uno pueda decir o escribir. El libro se llama Péndulo y otros papeles y recupera un breve, y excelente, prólogo de reconocimiento del raro Serra por parte del pope Octavio Paz, en París y en el año 61. ¡Qué pequeños fuimos!
Dice Serra, hablando de Chesterton:
"Se ha prodigado mucho para ser bueno. La fecundidad literaria siempre ha sido para mí cosa sospechosa. El pródigo en literatura o quiere demostrar que es un portento genesíaco o simplemente trabaja a destajo. La nota peyorativa de jornalero acompaña muchas veces al prolífico escritor.
Los autores no son sólo victimas de los críticos- esos escorpiones de la literatura- sino también son víctimas de sus dones, si son muy talentudos. Chesterton me ha dado siempre la impresión de un dilapidador literario. Desde el momento que dejó de ser promesa para pasar a la fama popular, le entraron unas ganas locas de llenar cuartillas. Los artistas sufren su menopausia, sus cambios serios en vidas. Chesterton la sufrió."
¿Y que pensarán de eso Galdós, Azorín o Baroja? ¿Y qué el joven, más o menos, Andrés Trapiello que no deja casi nada de lo que escribe sin publicar?
Me gustaría provocar un diálogo entre Trapiello y Serra. Mejor uno inventado de Serra con Galdós.
Me voy, me esperan las prisas. Que bien las esperas en los aeropuertos, que buen momento para leer o escribir tonterías.
[Publicado el 03/4/2008 a las 16:57]
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Decíamos ayer que nuestra iniciación a la lectura fue normal, a saltos de azar, a improvisados pasos del tebeo a las colecciones de los clásicos juveniles, de Tin Tin a Stevenson. Y eso lo hicimos a las edades habituales en tiempos en que no había vídeo consolas, ni WI ni esas cosas tan divertidas para no tener que leer. Crecimos en los años en que la televisión ya reinaba en las casas pero felizmente la oferta no era mucha, aunque no la recuerdo peor. Así, los libros fueron nuestro mejor juguete para la evasión. Después fueron otras cosas, pero esa es otra historia.
Acabo de leer una deliciosa, inteligente y sagaz novela corta del británico Alan Bennet. Ya nos había divertido con sus anteriores novelas -siempre en Anagrama- y ahora nos instala la esperanza de que todo sea posible, no importa a qué edad. En la lectura no fuimos opsímatas, pero sí en muchas cosas más. Pero siempre hay tiempo. No está mal llegar aunque sea tarde.
La historia de la novela es sobre la transformación de la reina de Inglaterra por el tardío enganche a la lectura. Le llega tarde, pero le llega con la fuerza de una droga altamente adictiva. Y ya su vida, su cargo, sus obligaciones, sus entretenimientos y sus problemas pasan a un segundo plano. Lo primero, lo principal, es la lectura. Ni el poder, el dinero o la familia son tan importantes como sus lecturas.
Y se descubre que es una opsimatis. Que quiere recuperar el tiempo perdido, que lee todo, deprisa pero no sin falta de crítica: "No era una lectora benévola, y muchas veces deseaba haber tenido delante a los autores para cantarles las cuarenta".
"¿Soy la única, escribió, que quería echarle un rapapolvo a Henry James?
Entiendo por qué el doctor Jonson es tan apreciado, pero mucho de lo que dice es pura bazofia dogmática?
Estaba leyendo a Henry James a la hora del té cuando dijo en voz alta. -Oh, termina de una vez."
Me he sentido tan identificado. Muchas veces les grito a escritores que se gustan, que me gustan, que por favor terminen de una vez.
Este libro se lee de dos sentadas. Es un placer inteligente. Y me ha descubierto -entre otras cosas mi opsimatis. O como se llame a los opsímatas: personas que aprenden tarde en la vida.
Curiosa palabra que no encuentro en ningún diccionario. Palabra que nos abre la esperanza de que algunos, como la reina de Inglaterra, todavía puedan cambiar.
Por ejemplo, ¿se imaginan a Hugo Chávez enganchado a las buenas lecturas? ¿Se le imaginan un poco más silencioso y más fascinado por Onetti, Borges o Jorge Edwards? Que supiera que en Cuba -Castro ya no tiene arreglo- hubo escritores como Cabrera Infante, como Lezama o Gaston Baquero.
Y quién dice Chávez, podría decir Sarkozy. ¿Cómo estará Sarkozy de lecturas de Jean Genet o de Julien Green? Claro que ahora con esa intelectual que tiene de esposa, con esa lectora de poesía inglesa y otras literaturas, seguro que se pasa las noches leyendo.
De Zapatero no digo nada porque conozco a sus asesores culturales.
Mientras haya opsímatas hay esperanzas.
[Publicado el 02/4/2008 a las 18:45]
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"Los peores sueños que en ocasiones me atormentaron son aquellos en que oigo la carcajada rompiendo, atronadora, contra el acantilado, o cuando me incorporo alarmado en la cama creyendo oír la voz chillona del loro, del ‘Capitán Flint', repitiendo desaforadamente su eterno estribillo:
-¡Piezas de a ocho! ¡Piezas de a ocho! ¡Piezas de a ocho!"
Así empezó todo, al menos para mí así, con la lectura de esa novela, con la magia y la aventura de haber llegado a ese final, así empezó esa adicción que ya dura tantos años. Ser lector.
Hoy, como la magdalena para Proust, al abrir un paquete de los libros que las editoriales me envían, he vuelto a ser el adolescente que soñó ser tantos otros. Me han enviado los primeros- tebeos y tintines aparte- libros a los que me recuerdo enganchado en años que todavía eran muy en blanco y negro. Con sus portadas y con las caras, como un reparto de cine, de sus personajes en los lomos empezó a entrar el color. Hablo de la colección "Clásicos juveniles" de la editorial Bruguera. Todos unos clásicos de nuestros inicios lectores. Una selección de algunas de las obras maestras de la literatura. No diré juveniles, y tampoco debería decir obras maestras. Algunas sin duda lo eran, lo son, lo serán siempre. Otras, como, "Sissi" se habían colado entre las de Melville, Verne, Twain o Defoe. Eran adaptaciones de las novelas que al cabo de algunos años leímos de distinta manera. Nunca con aquella pasión. Nunca con aquella sorpresa. Y ya sin ilustraciones. Aquellas inolvidables ilustraciones en blanco y negro que eran un señuelo y un alivio para iniciarnos como lectores.
Hoy, al recibir los libros, me han devuelto a ese paraíso, ya rebajado y convulso, que fue la adolescencia. Un buen regalo para Lucas, que tiene siete años y podrá soñar en otros héroes que no sean el Kun Agüero o Messi.
He comenzado con el final de la historia que me hizo lector. La que decidió que quería ser Jim Hawkins. Que algún día conocería una isla como aquella, que alguna vez, en alguna navegación, me encontraría a John Silver. Y que bebería de un gran frasco de ron y que escucharía la salmodia del "Capitán Flint", ese loro, repitiendo: ¡Piezas de a ocho!...
La historia que imaginó Stevenson siempre nos acompañará. Y seguirá acompañando a los adolescentes de ahora. Espero que Harry Potter deje sitio para estos clásicos de todos los tiempos.
[Publicado el 01/4/2008 a las 15:08]
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Cada día me interesa más Juan Ramón Jiménez. Ahora otra vez vigente por un libro- que todavía no conozco- en el que se cuentan las zancadillas oficiales, el silencio de muchos y la ayuda de pocos para conseguir su Nobel. Una historia de hace 52 años, de la vida en el franquismo, pero revelador de las cobardías, las maldades, las envidias y, también de los pocos buenos y valientes. Lo leeré, lo comentaremos. Pero hoy el Juan Ramón que me es cercano, querido es de los aforismos. Los tengo cerca, los abro al azar y siempre encuentro "intelijencia" como diría el Nobel. Encuentro reflexiones de vida que son atemporales. Y confesiones sobre su persona que sirven para conocer lo mucho que nos distancia- talento aparte- y lo imposible que hubiera sido ser amigos. No hubiéramos sido admitidos por él.
Me hubiese encantado conocerlo pero al hacer confesión de sus gustos ya pone difícil el encuentro: "no fumo, no bebo vino, odio el café y los toros, la relijión y el militarismo, el acordeón y la pena de muerte. Vivo únicamente por y para la Belleza. Amo el orden en lo esterior, la inquietud en el espíritu".
Y el caso es que si quitamos el vino, el café, los toros- cada vez menos- y eso de escribir la Belleza con mayúscula, no me siento lejos de sus otros valores. Bueno, el acordeón me gusta para acompañar a la canción francesa. Y amo el bandoneón. El orden "esterior" me gustaría pero estoy lejos. La inquietud interior, esa sí, esa siempre va conmigo. Así como el odio a la relijión -me gusta escribirlo a su manera- el militarismo y la pena de muerte me hacen sentirme su semejante. El tabaco me acompañó una vida y ahora lo tengo aparcado. En fin, que soy más o menos un ser en las antípodas de mi admirado Juan Ramón Jiménez y, sin embargo, lo siento tan cercano.
Le agradezco a Andrés Trapiello el regalo de esa edición de los aforismos de Juan Ramón -en la editorial La Veleta- y prometo que otro día hablaremos de sus pasos perdidos. Esos diarios en que parece darse esa dualidad juanramoniana: "un día parece que el ideal de la vida consiste en ser bueno; otro en ser malo". Yo también tengo esas veleidades. Aunque, también como el maestro: "a veces me hago el malo para que ellos no tengan tanto remordimiento". Eso en los días en que soy más bueno.
[Publicado el 31/3/2008 a las 15:04]
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Antes de la muerte del amigo estaba acompañado por un delicioso, suave, tranquilo e inteligente libro de Julien Gracq. Bastante más que un libro de viajes, que también, son las notas de caminos y paisajes recorridos. Y otras maneras de viajar por la memoria, la vida, la historia y las lecturas. Se llama A lo largo del camino. Julien Gracq se acercaba con su coche por España con bastante frecuencia. Reivindica las desnudeces del paisaje castellano o los caminos secundarios por Aragón, por el delta del Ebro o por La Rioja. Invitación a circular perezosamente por carreteras secundarias. Entre los homenajes al paisaje, muy hermoso es el que hace de una tierra, unas carreteras y un espacio que queremos y conocemos muy bien. Gracq habla de Segovia:
"El recuerdo que guardo de Segovia -con una nitidez de fotografía- es el de su alcázar triangular, fortaleza curiosamente grácil al final de la cual la ciudad terminaba en punta afilada, hendiendo los trigales como el estrave de un crucero hundido. Ni un árbol. Desde allí, mi mirada tomaba al bajar una pequeña carretera de polvo más blanca que la harina; subía abruptamente hacia un pueblo castellano muerto de sed, encaramado sobre la cresta de la colina y que la carretera seccionaba justo en el medio como una almena. No había ni un alma en el paisaje, todo color de pan tostado, sólo un campesino que subía de espaldas al pueblo en su asno, cuyos flancos aparecían cómicamente abultados por dos grandes sacos de trigo. El sol caía a plomo; era mediodía -excesivamente pronto en España para acudir al restaurante típico-, yo miraba, fascinado, ese paisaje sin edad, en el que nada, visiblemente, ni siquiera el menor detalle, había cambiado desde os tiempos de Don Quijote."
Así es. Yo lo he visto. Lo veo. Solamente hay que cambiar el burro por un tractor, ¿cuánto tiempo le quedará a ese paisaje que está parado en el tiempo? No mucho, mañana, estos desnudos paisajes de Castilla serán desierto o campos de golf, difícilmente habrá trigo que transportar. No hay burros. Ni hombres que los monten. No importa, mañana estaremos recordándolo desde el hoyo 17. O desde el 19.
[Publicado el 28/3/2008 a las 12:00]
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Rafael Azcona.
Seguramente no lo haré, no me vendrán las lágrimas. Sería fácil. Llorar un poco y seguir como si no sintiéramos la muerte. No lloraré, pero no puedo evitar el cabreo. Esa inútil rebelión contra la muerte. El rebelde educado que era Rafael Azcona ha muerto en silencio, discreta y secretamente. Amante de lo estrafalario en su obra supo vivir sin nada estrafalario hasta su último suspiro. Murió Azcona en secreto y sin ritos. Tal como había vivido la mayor parte de su vida. No había concedido entrevistas, no recogía los premios, no aparecía en lugares de famosos y no se hacía fotos... Hasta que un día se cansó de su ser anacoreta. Y salió de sus armarios.
Tuvimos la suerte de haberle conocido hace ya más de veinte años y nunca se parecía a ese hombre oculto que los otros nos contaban. Fue generoso con su inteligencia y supo repartir su genio entre los amigos. Le gustaba hablar, comer, beber y reír. Le gustaban otras cosas. Le gustaba la vida aunque tantas veces hablara de la muerte. Desde su primera obra: Los muertos no se tocan, nene, que dedicó "a las Pompas Fúnebres, porque sin su concurso la muerte no sería cosa de tanto lucimiento". Gran burlador que nos privó del lucimiento de su entierro. Nos liberó de pompas y de circunstancias. Listo y descreído hasta el final, tierno y rebelde, enemigo de los repelentes y ajeno a los pedantes, Rafael no quería recordarnos llorando. Y menos llorando por su muerte.
Trabajó hasta el final pero nunca dejó de soñar con que le tocara la lotería, las quinielas o los ciegos y dedicarse a no hacer nada. Un español de toda la vida. No lo consiguió. Supo mirar y contar el mundo con la ternura y la crueldad que se merece. Y sin él no hubiéramos tenido las mejores películas de nuestro cine. Sin él, nuestro cine, hubiera sido pobre, paralítico y muerto.
Creo que no lo conseguiré, que todavía no estoy preparado, pero me gustaría que me recordaran que debo llorar. Me prepararé viendo Plácido, una de las más duras películas sobre cómo fuimos, cómo somos o cómo podremos llegar a ser. Entre pobres y miserables. Hay días que no nos merecemos.
[Publicado el 26/3/2008 a las 14:00]
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Ayer, para evitar las caravanas habituales, los atascos anunciados de regreso a la ciudad, nos desviamos por carreteras secundarias. De vez en cuando lo hago. Por placer y porque tengo un refugio en medio de la nada. Un refugio rodeado de carreteras secundarias, terciarias y de mestas. Mantengo mis furtivos encuentros con un mundo que no parece el nuestro. Ciertamente que el exotismo desapareció hace años. Más o menos con la llegada de los transistores, la coca-cola y la televisión, pero todavía hay lugares cercanos en donde el tiempo está detenido. No estoy seguro de si es bueno o lo contrario. Al menos es otro tiempo.
Crucé por pueblos de la meseta castellana, por "tierra de campos", de palomares abandonados, de perdices despistadas, de liebres y de milanos. Crucé por siluetas de campanarios, castillos, iglesias, casas de adobe, ermitas, pobres cementerios, rebaños y caminos de tierra.
Crucé por la España profunda. Muy poco conocida por muchos de los que visitan los moteles de la ruta 66. Apunté pueblos que ignoraba, prometí visitas tranquilas y me sorprendí una vez más con el paisaje desnudo. Gocé con el olor de los pinares, con las siluetas que se convertían en misteriosas al cruzarlas de noche. Me tropecé con los nuevos molinos, nocturnales y alumbrados como un batallón de naves extraterrestres. Paramos en un bar de un pueblo silencioso y desconfiado. El mismo pueblo por dónde una vez pasó san Juan de la Cruz. El mismo que conoció los felices veranos- y otras estaciones- de uno de nuestros más queridos poetas. El pueblo, Nava de la Asunción, dónde están repartidas en el aire las cenizas de Jaime Gil de Biedma. Volvimos a algunos de sus versos. A la ribera de los alisos.
"Los pinos son más viejos. Sendero abajo, sucias de arena y rozadoras/ igual que mis rodillas cuando niño, / asoman las raíces. / Y allá en el fondo del río entre los álamos/ completa como siempre este paisaje/ que yo quiero en el mundo, / mientras me devuelve su recuerdo/ entre los más primeros de mi vida. / Un pequeño rincón en el mapa de España/ que se me de memoria, porque fue mi reino..."
Y de esa ribera, por no sabemos qué asociación, nos fuimos a las orillas de Sirtes. Nos acordamos de Julien Gracg y de un libro último que aún no habíamos leído. Se llama "A lo largo del camino". Un libro lleno de carreteras secundarias y de esa España que acabo de cruzar. Feliz azar, mañana les contaré.
[Publicado el 25/3/2008 a las 14:00]
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Entre Sauras, músicas y objetos encontrados

Música y religión, un clásico de los matrimonios tradicionales. Siguen casados por la Iglesia desde tiempos inmemoriales. A pesar de que la música, la mejor, no necesita intermediarios para hablar con Dios. Suponiendo que exista. Cada año, en Cuenca se produce el milagro. No creemos en Dios, pero creemos en Bach. Este año sumamos creencias: creemos en Messiaen, un santo tan cercano. Y en otros santos lejanos que se pueden llamar Cristóbal de Morales o Froberger.
Hay otras semanas santas, otras playas, otros paraísos artificiales, pero la de Cuenca tiene más música.
Ya lo decía Cioran, hablando de Bach: "Pensar que tantos teólogos y filósofos han perdido días y noches buscando pruebas de la existencia de Dios. Olvidando la única". Algunas músicas nos hacen pensar en Dios. Aunque si siguiéramos los consejos del contradictorio rumano, pensaríamos en Dios noche y día, lo desgastaríamos. Su uso y trivialización lo harían indiferente. Hace tiempo que Dios es para mí una pasión fugitiva, una moda del espíritu, tal como lo expresó el pensador de la podredumbre. Ahora es una cosa de los otros. De unos que hacen procesiones. De otros que juegan a la Bolsa y hacen las guerras.
Vuelvo a Cuenca para disfrutar con la música. Y con algunas lágrimas que tiene la música. Pero también para encontrarme con los pucheros y sus paganos manipuladores. Y tropezarnos con Antonio Pérez, sus objetos, sus sujetos y sus hallazgos no tan casuales. Doble sorpresa artística en la vieja ciudad levítica: entre los Saura y Esteban Lisa.
Exposición de ese gran desconocido que fue Esteban Lisa. Pintor autodidacta que nunca expuso en vida, manchego exiliado económico, que pasó su juventud durmiendo tras la barra de un bar y dialogando, sin saberlo, con las vanguardias. Me lo dijo Pérez y era verdad. Se puede comprobar en su convento que es su fundación. Tan ibérico Antonio Pérez, tan poco santo y siempre entre muros o caminos donde se encuentran el arte y sus misterios.
Misterioso asunto era la desaparición de la Fundación Antonio Saura, otro conquense adoptivo. Uno de los artistas españoles que convivieron con esa ciudad de pecados y pecadores, de penitentes silenciosos y de ruidosas turbas. Antonio Saura después de muerto, en viva compañía de su hermano Carlos, el fotógrafo que hizo cine, ya tiene lugar abierto para dejarse mirar en pinturas y en su obra gráfica. No fue fácil, todavía hay litigios pendientes. Ya se sabe que las fundaciones siempre tienen muchos líos, muchos intereses y muchos novios. Le pasaba a santa Teresa. Les sigue pasando a los artistas vivos o muertos. Tan cerca del mercado, tan lejos de las santidades.
Hay otras semanas santas, otras playas, otros paraísos artificiales, pero la de Cuenca tiene más música. Y a Dios de su parte.
Artículo publicado en: El País, 23 de marzo de 2008.
[Publicado el 24/3/2008 a las 12:15]
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Ahora me parece mentira. Y no ha pasado tanto tiempo. Le escucho y paso de la irritación al espanto. Ese que dice esas cosas sobre Irak y la guerra, sobre la libertad y la paz, ese tipo, fue un presidente español. Sí. Y lo fue dos legislaturas. Una por mayoría. Volver a escucharle es una mezcla de pena y miedo. De vergüenza por lo que fuimos, de temor a lo que podemos volver... ¡Y pensar que Robert Walser pasó tantos años en un manicomio!
No es la banalización del mal. Es otro estrato oscuro. Es un grado cero de la política. Es la ignorancia, el error, la perversión del mal, el orgullo del vanidoso, la borrachera de poder, la estupidez histórica y otras cosas. Algunas están contadas por Roth para referirse a su jefe de filas. Su señor en aquellas intervenciones bélicas. El jefe de la tropa de una guerra asesina.
Ahora, estos días, el nuestro, el que renace en inglés, el que abunda en sus errores y en sus ardores guerreros, estará en alguna procesión. Quizá pidiendo perdón por nuestros pecados y cantando la paz de los vencedores.
El otro día, en la "missa pro defunctis" de Cristóbal de Morales, cuando se canta aquello de:"sanctus, sanctus, sanctus. Dominas Deus Sabaoth...", recordé que hubo un tiempo en que nosotros también cantábamos "Santo, santo, santo, es el Señor, Dios de los Ejércitos"...Esos ejércitos de los servidores de los dioses. Esos ejércitos que sirven para defender a su Dios contra los otros dioses. ¿O están defendiendo otra cosa?
Mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado.
Haré vacaciones de noticias, no quiero escuchar al innombrable. Ni a su tropa.
[Publicado el 19/3/2008 a las 14:30]
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El compositor Oliver Messiaen.
En Cuenca, con perdón y porque sí. Un buen lugar para empezar una semana cómo ésta. Un buen lugar para otras semanas, otras pasiones, otras religiones o ningunas. Desde hace muchas primaveras me sorprendo al comprobar cómo una música compuesta para la trascendencia, las lágrimas, los finales, las muertes y el más allá, tiene la capacidad de emocionar a un terrenal como yo. ¿Qué tienen de conmovedor, de vigente y misterioso, unos preludios, unas fugas o un "memento mori" compuestos hace siglos para seguir siendo tan cercanos en nuestras emociones? Secretos del arte. Secreto profundo y universal de la música.
Hace 47 años en esa levítica ciudad se organizó una Semana de Música Religiosa. Así la llaman, y así se seguirá llamando, al margen de tantos descreídos que nos colamos en sus espacios, en sus iglesias, en sus capillas. Que nos mezclamos entre sus ritos y sus mitos. Y así, desde nuestra falta de fe, recibimos esa iluminación tan extraordinaria que tienen algunas de las músicas llamadas religiosas.
No creo en Dios, pero creo en Bach. No creo en la iglesia. Ni en la religión. Ni siquiera en la "verdadera". No me siento cristiano, ni mucho menos católico, ni romano. Y, sin embargo, me emocionan las obras del tan católico Messiaen. No creo en la vida futura, pero creo en su "cuarteto para el fin de los tiempos". No tengo pánico, ni me inquieta que más allá de nosotros no pase nada, pero no puedo ignorar un vértigo al escuchar su cuarteto. Tengo que reconocer que hay tardes en que estoy bastante "messiaen". Creo que debo concederme una dosis doble de Amy Winehouse.
[Publicado el 18/3/2008 a las 11:30]
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Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.
En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.
Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.
En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.
05/7/2008 20:17
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04/7/2008 02:10
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04/7/2008 02:00
P.D: Cuando se de la vuelta...
Publicado por: arroba
04/7/2008 01:29
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