El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 21 de marzo de 2010

 Blog de Javier Rioyo

FELICITACIONES NAVIDEÑAS

 

 

 

 En los días navideños cumplo con los ritos familiares. Al menos con más los paganos. Lo que me cuesta es enviar felicitaciones. Incluso esas que ahora son las habituales, las que ya nada tienen que ver con los tradicionales carteros.

Por eso cuando el  cartero llega con algo que no sea una multa, una publicidad o el correo del bando es un raro regalo. Casi una sorpresa. Desde hace ya bastantes años recibo, colecciono y disfruto con dios celebraciones que llegan por cartero y con pequeño libro incluido. Uno es de ese bar que fue tan nuestro, que seguimos queriendo así que pasan los años,  la felicitación del "Cock". Un pequeño libro sobre el beber, en una curiosa colección que comenzó el recordado Gonzalo Armero. Este año el libro es de Eduardo Arroyo, un pintor, escritor y bebedor de grandes virtudes. Un año más muy buena vista la de Pachi, la insustituible dueña del local.

La otra es de Chus Visor. Siempre un texto sorprendente, curioso, rescatado de escritores y poeta de cualquier tiempo, país y condición. Este año es una muy peculiar parábola, seria e irónica, de un escritor demasiado olvidado, Danilo Kis. El escritor, serbio/judío que conoció de cerca algunos de los horrores del siglo pasado, escribió unos "consejos a un joven escritor". Como el libro es no venal y no será fácil hacerse con él, reproduzco algunos de esos consejos. Es mi manera de felicitar a mis queridos habitantes de esta barra libre en la que nunca bebemos suficiente.

"Cultiva la duda con respecto a las ideologías reinantes y a los príncipes.

Mantente alejado de los príncipes.

Cuida de no manchar tu lenguaje con el habla de las ideologías...

No creas en proyectos utópicos, salvo en aquellos que concibas tú mismo...

No seas profeta, porque la duda es tu arma...

No apuestes por el momento, porque lo lamentarías.

Tampoco apuestes por la eternidad, porque lo lamentarías.

No estés contento con tu destino, porque sólo los imbéciles lo están...

No seas servil porque los príncipes te tomarían por un criado.

No seas presuntuoso, porque te parecerías a los criados de los príncipes...

No escribas para las fiestas y los jubileos...

No seas tolerante por cortesía.

No defiendas la verdad a cualquier precio:"No se discute con un imbécil"

No te dejes persuadir de que todos tenemos igualmente razón

 ni de que los gustos no se discuten...

No discutas con ignorantes sobre cosas de las que, gracias a ti, oyen hablar por primera vez.

No tengas ninguna misión.

Guárdate de los que tienen una misión...

No creas en la intuición.

Guárdate del cinismo, entre otros del tuyo.

Evita los lugares comunes y las citas ideológicas...

"Segui il carro e lascia dir a le genti " (Dante)

 

Si la lotería pasa de nosotros, siempre nos quedarán algunos libros. Y algunos consejos.

[Publicado el 21/12/2009 a las 15:19]

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Bailando con Borbones

 

 

Nunca imaginé hacer algunas cosas que he terminado haciendo. No confesaré en público algunas de las cosas que por azar, necesidad o gusto he tenido que hacer. Que hago. O que seguiré haciendo. Siempre hay que ir derrocando las certezas. La tiranía de lo previsible es una guerra que nunca termina. Sigo intentando que la sorpresa me tome por asalto en las ocasiones que sea necesario.

Y nunca me imaginé bailando con Borbones. No por convicciones republicanas, que las mantengo pero sin fanatismos- tomar el palacio sí, pero dejar libres a sus ocupantes- sino porque no estoy en la lista de los candidatos cortesanos. Y además no me gusta demasiado bailar. Algunos hombres que nos somos tan duros tampoco bailamos. Pues la otra noche bailé al lado de Borbones. Y no era la hermosa Leticia, querida ex compañera de algunos cercanos pupitres profesionales, sino una hermana del rey. No estoy seguro si era una u otra, una de las dos ¿infantas?, ¿princesas? o lo que sean, pero una de ellas estuvo en esa comunión de bailes, estribillos, coros y danzas que son los conciertos de Joaquín Sabina. Ahí estaba la Borbón, la hermanísima del rey, al lado de los piratas cojos con pata de palo, al lado de las banderas negras, rojas y moradas, al lado de los de nombres impropios o de nombres tan peleones como Carmela, ay!. Allí estaba coreando con Benjamín Prado, saltando con Almudena Grandes y cerca del silencio cómplice de Caballero Bonald. Allí estaba de manera real esa señora de nuestra real familia. Bailando entre lobos republicanos. Cantando entre paganos. Participando en esa ceremonia al lado de treinta mil maneras de encontrarse con el mejor comunicador de nuestro cante poético. Después de Serrat, de Miguel Ríos, llegó sabina y no mandó parar. Quiso ser continuador de esos, de otros y dejar camino a los que sean capaces.

El concierto de Madrid fue un emocionante éxito para Sabina. Y un regalo inesperado para los que no bailamos con Borbones. Está claro que en este insólito ruedo ibérico ya hemos enterrado en guerra civilismo, aunque algunos se empeñen en poner puertas al campo. Sabina, lo diga Agamenón o su porquero, es el mejor retratista musical de nuestro tiempo. Con nuestras contradicciones republicanas o monárquicas incluidas. El que lo bailó lo sabe.

[Publicado el 18/12/2009 a las 13:28]

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Paco Ibañez

Paco Ibáñez es la mejor de nuestras leyendas roncas, cercanas, profundas, irónicas, cargadas de futuro y con un pasado que nos hace viajar a los tiempos en que contra Franco no vivíamos mejor. El cantante que llegó vestido de negro, comprometido como Celaya, descreído como Brassens, cercano como Miguel Hernández, pícaro como Quevedo, se hizo necesario como el aire que respiramos. Desde su primer disco en directo grabado en el Olimpia parisino, Paco fue nuestro mentiroso poético más necesario. Aprendimos de la verdad de sus mentiras y nos hicimos seguidores de un tipo hermosamente contradictorio como un lobo bueno, altivo como un aceitunero, solitario como Góngora y cachondo como el Arcipreste de Hita.

Llegó con sus canciones desde París, con los pintores del exilio y las voces de nuestras quejas, con la poesía profunda y la poesía necesaria, con Valente y con Alberti. Con los unos, contra los otros. Y nos aprendimos los himnos y los poemas puros, las coplas a la muerte y los cantos a la vida. Paco era, es, nuestro cantante esencial para intentar entender este país de todos los demonios. Desde París o en nuestras barricadas, en Barcelona o en el País Vasco, desde las arboledas perdidas o en algún Finisterre. Paco, el exiliado Ibáñez, el vasco que trabajaba la madera y jugaba a las cartas, el hombre de la voz que se rompe para emocionar a golpe de guitarra y palabras de la tribu, ese joven que lleva cincuenta años cantándonos como si nos invitara a seguir resistiendo las noches y sus días, canta una noche de éstas y nos hace encontrarnos con una esquina que conocemos desde hace varias décadas. Volveremos a nuestras galas de antaño: negros por fuera, rojos por dentro. Volveremos al color de la vida que se carga de futuro. Al que canta porque le duele y  porque le gusta. Volver al gozo de sentir que la canción tiene sentido, que el cantante sabe de dónde es aunque no sepamos, no nos guste,  saber a dónde vamos.

Una mañana en Jaén, nuestro Jaén, el de Miguel Hernández, el de los aceituneros, se encontraron Paco Ibáñez y Raphael. Después de que cada uno mirase para otro lado, de que intentaran disimular sus evidentes presencias, esos dos cantantes, dos mitos tan diferentes, tan nuestros, esas dos Españas, se dieron la mano. Me brotó una sonrisa, un resto de mi ingenuidad y me retiré sin escuchar lo poco que se dijeron esas dos barricadas que se rindieron por unos minutos La timidez de vasco, la condición de exiliado, el mundo radical y profundo de Paco hacían muy difícil el encuentro con la amable y un tanto impostada manera de ser y estar de ese ídolo de la canción sentimental, divertidamente amanerada, eficazmente popular. Dos que estaban en las antípodas. El chicharrón crecido en las profundidades de la queja, en la mejor desnudez de la poesía forjada desde la edad media hasta nuestros poetas de la generación del alcohol y la experiencia. Y el niño de Linares, el chico del coro de la iglesia, de las fiestas con aristócratas venidos a menos y militares idos a más. Y sin embargo los dos chicos del pueblo. Los dos "carne de escenario". Gente que dice cosas cantando. Cada uno con lo suyo. Con sus voces, con sus ámbitos. Soy de los que creció cantando a Paco Ibáñez. Pero no dejo de saberme muchas canciones de Raphael. No me hacen falta las canciones, las músicas y las letras de Raphael. Y no me imagino nuestras músicas sin las canciones de Paco Ibáñez. Me gustó verlos juntos, no revueltos, por unos minutos. Me gustaría estar al lado de Paco en ese concierto de Barcelona. O de Carabanchel, bajo.

[Publicado el 15/12/2009 a las 12:37]

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MIRANDO A ESCRITORES

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Hace unos días recibí un libro de ediciones Siruela escrito por Jesús Marchamalo: "44 Escritores de la literatura universal", unos curiosos textos biográficos sobre imprescindibles de la literatura universal que continúa otro que ya había dedicado a los escritores en español. Como aquél está acompañado de los retratos, cariñosas y certeras caricaturas, del pintor Damián Flores.

Hace tiempo, varias décadas, que nos conozco a Marchamalo. Y desde entonces conozco su pasión libresca. Era un joven con gafas y sonrisa, con prisas y tranquilidad, pulcro y curioso representante de esa tribu que conocíamos como "letraheridos". Habíamos coincidido en esquinas de Radio Nacional, ese mastodonte comunicativo que sigue sin conseguir lo que esperábamos, lo que nos merecíamos, nos seguimos mereciendo. Seguimos cada uno por su sitio, por nuestro sitio, en vidas paralelas y nos hemos ido encontrando en cosas de letras, de escritores y de escritos seguido sus colaboraciones en el cultural de ABC, una isla tan nuestra, tan visitada, tan necesaria.

Y abrí su libro, sus paseos por algunos de los imprescindibles de la literatura universal. Lo recomiendo vivamente. No hay nada nuevo en este acercamiento, pero todo en su mirada es nuevo, subjetivo, interesante y notable por sus formas y su curiosidad.

Un ejemplo, así comienza su "retrato" de Thomas Mann:

"Tuvo una predilección, obsesiva, por los números redondos. Una vocación secreta de contable, de brujo o cabalista, que le hacía cuadrar fechas y efemérides. Nacido en 1875, veinticinco años- exactos- más tarde publicó "Los Buddenbrook" y veinticinco años después "La montaña mágica". Así que en 1950, según sus cuentas le tocaba morirse. Se equivocó.

Quiso ser, de pequeño, pastelero o revisor de tranvías, aunque no le habría ido mal de actor: no había cosa que más le divirtiera que salir de su casa fingiendo ser un príncipe, un banquero, un explorador de lejanas aventuras: el paso decidido, el juego acompasado del bastón, la mirada altiva..."

Dan muchas ganas de seguir sus vidas. Y, sobre todo, sus obras. Un libro lúcido e inteligente para hacer lectores.

Otro día tengo que hablar de otro escrito sobre escritores. También con retratos pintados, caricaturizados. Es del maestro Manuel Vicent, tan cercano, tan lúcido y poco profesoral. Raras virtudes por estos pagos.

[Publicado el 11/12/2009 a las 10:10]

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John Lennon

 

La biografía es un género anglosajón. Aquí, salvo rarezas contadas, hemos pasado de las vidas de santos a los inciensos civiles de algunos de nuestra galería de famosos. Los que quieran trabajar el género tienen todo el campo abierto, el terreno abonado y a los protagonistas deseantes. Hay en nuestra historia reciente y lejana toda clase de ilustres que siguen esperando un biógrafo paciente. No necesariamente complaciente.

 Estoy leyendo estos días una biografía ejemplar. Lo digo con esperanza y con envidia. Es la vida de poca santidad de John Lennon. Escrita por Philip Norman y publicada por Anagrama. No es nuevo en estos pagos el biógrafo Norman. Pertenece a  la generación del pop y autor de un libro imprescindible sobre los Beatles, "¡Gritad!", además de otras sobre los Rolling, Elton John o Buddy Holly. Solo conozco su trabajo sobre los de Liverpool que es, sencillamente, imprescindible. Mucho más si te gustan los Beatles.

Ahora ochocientas páginas sobre Lennon, el más fascinante del grupo. El más genial y uno de los personajes que cambiaron los gustos del pasado siglo. Sin duda me importó mucho más que el Che, que Cristo- o sus seguidores- o que Kennedy. Lennon fue el ídolo, el héroe que necesitábamos una generación que ya estábamos muy dispuestos para seguir a los descreídos,  los contradictorios y los arbitrarios. Después de la alegre inocencia juvenil, nos llegaron sus pacifismos, su vida entre camas blancas, la exótica Yoko- ¡la mala!- los caprichos de un famoso que parecía indomesticable. Después llegó esa muerte, tan injusta, tan cruel pero con la edad de hacer un presentable cadáver. Lennon siempre fue uno de esos creadores que salvaríamos de los infiernos, o purgatorios, y que nos llevaríamos como acompañante de músicas, y algunas letras, para construirnos paraísos falsos, sí, pero más apetecibles que la habitual oferta del menú de las falsas religiones.

La primera parte de la biografía de Norman me recuerda a la vida posible de un nieto sacado del mundo de Dikens, pasado por la música rock, la televisión y las chicas de la rebelión sexual. Un chico de barrio, una familia complicada, unas vidas de perdedores que se salvan por el talento, la música y las ganas de salir de las viejas moralidades. Una biografía que nos hace entender con sus músicas, sus letras, sus caprichos, sus manías, cinismos, amores, disparates y arbitrariedades a un ser fascinante. Y también al otro, al mismo, al que tantas veces resultó un tipo insoportable. Lennon fue el hermano mayor que muchos hubiéramos deseado. Sobre todo después de haber triunfado en compañía de unos chicos como él, como nosotros. Todos quisimos ser los Beatles. Ninguno lo consiguió.

Una vez dijo que "no creía que hubiera alguna causa que merezca que te peguen un tiro por ella". Yo tampoco. Un día como hoy de hace veintinueve años un cretino, y mal lector de "El guardián entre el centeno", quitó la vida de un tiro de John Lennon, acababa de cumplir los cuarenta años y ya era un hombre para la eternidad.  

[Publicado el 08/12/2009 a las 23:12]

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DE GAYA A TRAPIELLO

 

El camino mejor para llegar a Andrés Trapiello es admirar a Ramón Gaya. Estoy en Murcia, naturalmente he visitado el museo dedicado a Ramón Gaya, ¡mucho más que un gran pintor! y he recordado algunos encuentros con este hombre esencial, tímido, casi secreto por su discreción y de una importancia notable en nuestra pintura. Un elegante velazqueño. Además, un excelente escritor, ensayista, poeta y una persona importante desde le ética y la estética. Una vez estuve unas horas en su casa madrileña, al lado de la Plaza Mayor, mantuvimos una conversación grabada que nunca se pudo emitir por fallos técnicos. Una torpeza muy marca de la casa, de la mía, claro.

En Murcia, la ciudad de su infancia, de su adolescencia y a la que siempre volvió, esa ciudad, ese sitio de "solitaria sustancia...una singularidad imprecisa, misteriosa, secreta, fina, inefable, indecible, invisible" Así se refería a su ciudad perdida. Esa ciudad desaparecida de su infancia que siempre llevó consigo.

Y de Gaya he pasado a su amigo- un camino fácil, lógico y sin muchos desvíos- el escritor que no cesa, el poeta, memorialista y editor Andrés Trapiello. Le conozco desde los años del pop y el trotskismo o casi. He seguido, con más o menos fidelidad, sus apuntes diarios, su "salón de pasos perdidos", esa novela de la vida cotidiana contada desde su ironía, su ternura, su sensibilidad y su mala leche. Muchas veces comparto su manera de contarnos la vida y sus intérpretes. Algunas veces son muy reconocibles, muy verdaderos y otras se nos presentan como pasados por las máscaras. Creo que Trapiello es ya el escritor español que más páginas ha publicado. Habrá que cotejar con Menéndez Pelayo, Galdós, Lope y no me acuerdo de ningún "Tostado" más. Seguramente en el futuro lo pasaré al ebook, lo leeré de manera electrónica, pero ahora los "trapiellos" ocupan unos cuantos metros de mis caóticas estanterías. Me gustan esos tomos de memorias, esos pasos agrupados en las ediciones de Pre-Textos- la misma editorial de Ramón Gaya. Editorial de muchas alegrías.

Voy abriendo un poco al azar este tomo último "Troppo vero" y me encuentro con páginas que me atrapan. Por ejemplo unas en las que se habla de las casas de los escritores, de las casas de la gente, de las casas de los amigos. ¿Somos cómo nuestras casas? Yo de vez en cuando me reconozco en algún espacio de mi casa. Otras veces creo que debería ser otro, en otra casa.

Y en mis días de fiebre, también tropiezo con éste espejo de mi mismo, de pensamientos que nunca había escrito contados por Trapiello: "Cuando se está enfermo los pensamientos que tiene uno se parecen mucho a los cachivaches del Rastro, son cada cual de su padre y de su madre, y salen todos desportillados después de haber servido a dos generaciones. Así que se acostumbra uno a verse como uno de esos restos de naufragio con los que juegan las olas de la playa durante horas, sin decidirse nunca ni a dejarlo en la arena ni a llevárselo mar adentro, y tan pronto lo pone en la playa una ola igual que la siguiente, igual que la que la precedió, vuelve a llevárselo"

Me gustan sus pensamientos, me duelen menos que los míos. Y me gusta compartir también con Andrés la admiración por Lichtenberg:"Solo nos duele algo si tenemos un pensamiento propio"

Recuerdo que alguna vez que algo me dolió. Pero no lo recuerdo bien.

 

[Publicado el 04/12/2009 a las 17:48]

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José Emilio Pacheco

 

Días de fiebre. Creo que tienen demasiado prestigio. Se añora esa sensación de parar el tiempo, de quedarse vagueando con la excusa del malestar y terminas por estar mal, incómodo y con ganas de terminar el encierro. A pesar de todo he tenido dos o tres alegrías lectoras. La principal es estar con el último libro de poemas de José Emilio Pacheco en el mismo momento que el jurado hacía justicia poética. ¡Queremos tanto a José Emilio! Es fácil. Lo que no quiere decir que sea unánime. Conozco más de uno de esos poetas cerrados en su jardín- incluso aunque el jardín apenas tenga algo más que un tiesto- que no habrá recibido bien el premio para un poeta tan claro. Siempre les quedarán sus Venecias.

Cuando piensas en José Emilio, también piensas que es un fingidor, sobre todo ahora con tantos premios, tantos reconocimientos. Ahora sí, como todos nosotros, quizá se sienta identificado a ese poema suyo "Antiguos compañeros se reúnen: Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los veinte años"

José Emilio, como algunos poetas y algunos cantantes, hay un poema que no puede evitar así que hayan pasado cincuenta años. Todos los mexicanos que leen poesía lo conocen pero aquí lo recuerdo para los demás:

"ALTA TRAICION

 

No amo mi patria.

Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

cierta gente,

puertos, bosques, desiertos, fortalezas,

una ciudad desecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

-y tres o cuatro ríos"

 

Y le seguimos queriendo laureado, millonario, discreto y queriendo ver a Sabina un veinte de Noviembre en Salamanca.

Le seguimos queriendo- entre otros muchos poemas de su libro último: "Como la lluvia"- porque nos deja poemas como el que nos deja una de esas canciones mexicanas que nos acompañan cuando estamos bien. Y cuando estamos peor.

 

"FOLLETINES Y MELODRAMAS

 

En realidad mis obras predilectas

Son las confesiones que distinguen

Entre buenos y malos sin matices.

 

Reconforta pensar: Estoy del lado

Del bien y la justicia y al final

Encontrarán castigo los villanos

 

Ya que en el mundo nada de esto ocurre

Me acojo a la ilusión por un instante:

La verdad es dolorosa y no la acepto"

 

 

[Publicado el 01/12/2009 a las 20:01]

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SABINA, EL REGRESO

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"Huir hacia una región conquistada, y pronto descubrir que es intolerable, porque uno no puede huir a ninguna otra parte"                        

                                                                "Diarios", Franz Kafka

Sabina, con su aspecto de "casual kafkiano", nos recibe en su casa de Tirso con vistas a Lavapiés. Un conocido territorio de quinientas noches que nos sorprende con una otoñal luz del mediodía. El amigo está acicalado de la cabeza a los pies como un reconstruido y pulcro cantamañanas en promoción.

Se despereza como uno de esos gatos suyos que saben canciones de Brassens. Desayuna cerveza como un chusvisor cualquiera que no quiere perder su toque heterodoxo. Tiene más libros que Menéndez Pelayo. Habla con pocas pausas, con prisas roncas, con muchas risas y sin dejar de velar por su salud con sus cigarrillos de verita y sus boquillas de mentiré.

Se está bien en la casa/museo de Joaquín Sabina. Entre adornos de traje de Luces- con sangre derramada en las Ventas- entre sombras como sombreros de Joyce y letras de primera edición del Ulises. Rodeados por libros que  nos hacen caer en la tentación de todo lo que nos queda por robar, desde Góngora a Cernuda. Nos sentimos cómodos entre vírgenes cachondas, angelotes salidos, fotos, cuadros de vida y amables, despiertas, jimenas. Algunas de las hermosas compañías que ordenan su laberinto.

El canalla bondadoso Sabina habla, grita, se mueve como un noble sin ruinas, sin títulos y conservando una viva inteligencia unida a un peculiar estilo de ser cariñoso. Algo situado entre una puta que no cobra y un burgués con una bomba en el bolsillo. Chico de barrio que con los años, y las letras, ha sabido depurar su aspecto de terrorista domesticando por las maneras del letraherido. Tierno duro, andaluz en un andén de Atocha, uno de Úbeda, madrileño hasta la muerte, pero ni un paso más.

Joaquín el versificador y Sabina, el roquero cantautor, llevan días de paseo por los ruedos ibéricos. Sin rosas, sin vinos ni vinagres, con los nervios de un nuevo disco y pleno viaje de músicas por montera.

La gira empezó en 20 de noviembre en Salamanca y sin franquistas. Con Sabinistas de varias generaciones, montones volando que ya tienen bula para recorrer cien caminos que no llevan a Roma. Dispuestos a fugarse por un cul de sac y amanecer en algún pueblo de tierra adentro y mar de fondo.

Sabina, como Kafka, es capaz de irse a nadar mientras la tercera guerra mundial estalla en su barrio...

Y seguimos bebiendo, riendo y contando algunas mentiras. Sabina miente con estilo. Miente hasta en su epitafio: "Aquí yace Joaquín Sabina: jamás dio la cara"

(Introducción y cierre de una entrevista que realicé a Sabina y que aparece completa en el suplemento "Dominical" del 29/ 11/ 09. Y que reproduzco pensando el sabinista gallego Ramón Rozas. Y sin olvidar a alguna filóloga de Vigo a la que no le importaría hacer noche en un lugar llamado Sabina.

Los del Atlético estamos preparados para derrotas. Y para alguna vez, para sorpresa de casi todos meter algún gol)   

                  

[Publicado el 30/11/2009 a las 18:15]

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vivir en el pueblo

 

 

 

 

 Ser de pueblo. Quedarse en el lugar dónde uno nació. Crecer con sus recuerdos siempre a la vuelta de la esquina, en el prado cercano, entre alimoches y cerdos, cerca de la vía del Calatraveño, en un mundo rural que sabe de lo hermoso del paisaje y lo duro del paisanaje. Tierras andaluzas, que miran a Castilla y Extremadura, comarca de los Pedroches, en la sierra de Córdoba, entre el suelo y el cielo, en el lugar dónde habita el poeta, novelista y memorialista Alejandro López Andrada. Nació en Villanueva del Duque, allí sigue viviendo y escribiendo. Iluminado por su propia memoria, luchando por hacer que no desaparezca un mundo, el mundo que conoció en su infancia feliz e injusta de un niño de pueblo, de una familia que, como tantas, perdió la guerra. Mundo que sabe contar López Andrada en todos sus libros. Físicamente me recuerda a un César Vallejo que no ha necesitado vivir los aguaceros de París, que ha sabido contarnos las dehesas y los pájaros, las brumas y los vientos.

Estoy leyendo su último libro, un ensayo que, como dice Luis Mateo Díez, nos llama la atención sobre "la desaparición del mundo rural, de una cultura y unos modos de vida". El libro se llama "El óxido del cielo" y me emocionan muchas cosas, muchas de sus historias de gentes que han vivido en un mundo que ahora parece producto de la imaginación, del recuerdo de alguien de otro tiempo. Y no es así. Alejandro, las gentes de esos pueblos, de tantos pueblos españoles, están viviendo nuestro mismo tiempo, nuestras mismas crisis, nuestras mismas miserias y nuestras mismas mentiras. La diferencia es que ellos son capaces de vivir con su memoria de cosas cercanas y extraordinarias. Por ejemplo, el silencio de unos tomillares en el crepúsculo de una tarde.

Estoy viajando hacia allí. Se que me espera un olor a vida real, a lentitud de paisaje que hace pensar que la vida debería ser más amable. Después de la calma necesitaré la tempestad de mi ciudad. No supimos quedarnos en los pueblos.

[Publicado el 27/11/2009 a las 13:11]

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POR LAS MUJERES, CONTRA ALGUNOS HOMBRES

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Hoy es un día para recordar que todavía hay cobardes, despreciables y miserables hombres que no aman a las mujeres. Contra ellos se han dicho, escrito, pensado y grabado muchas cosas. Todavía actúan en la impunidad de los espacios cerrados, en las casas como cárceles y en lugares que no saben que podrían ser propicios para el amor. Hoy me encuentro con un poema de Eva Vaz, un poema de los muchos que Juan José Téllez selecciona en su libro "Poemas a toda plana". Una inteligente manera de llevar canciones y poemas al áspero mundo- a veces menos áspero- de las noticias de un periódico.

Copio el poema, como un poema de amor a las mujeres maltratadas. Como desprecio a los maltratadotes.

 

"64 MUJERES FUERON ASESINADAS POR SU PAREJA EL AÑO PASADO EN ESPAÑA"

                                             LEGÍTIMA DEFENSA

 

 

Cuando el juez le preguntó

Por qué tuvo que matar, Mona, seria, respondió:

-Fue el calor y la humedad-.

Nacho Vegas.

Lo hice porque tenía que hacerlo.

Me lo pedían

las varices.

Me lo dijo el

Espejo.

Lo hice sin más motivos

que mi tristeza.

Lo hice porque me dolía

la conciencia.

Porque me dolía la espalda.

Porque me dolía la fregona.

Porque me dolía su carne.

Asfixiándome el útero cuando

tenía que descargar.

Lo hice porque me dolía

la artrosis

que me dejó en las últimas

vértebras rotas.

Lo hice porque aún

me quedaba sangre

en los pechos

de su último

mordisco.

Lo hice porque había que hacerlo

Lo hice porque a los niños

les hubiera gustado

que fuera él...

Y no yo.

[Publicado el 25/11/2009 a las 18:59]

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Biografía

Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.

 

En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.

 

Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.

 

En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.

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