El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

jueves, 8 de enero de 2009

 Blog de Javier Rioyo

Los suicidas y Stevenson

Hay una película española reciente que se llama El club de los suicidas. Gustándome algunos de los actores y esperando mejores cosas del novel director, tengo que confesar que lo mejor de la película es el título.

Un buen y llamativo título que nos llevaba a pensar en uno de esos escritores que nos acompañó desde la infancia y que lo hará hasta la vejez. Naturalmente estoy hablando de Robert Louis Stevenson. La fascinación por su obra, por su vida, no decrece en mi cariño. Es posible que ya no lo vuelva a leer con aquella pasión entregada del joven que soñaba aventuras pero siempre vuelvo con placer a sus textos.

Y la regular, tirando a nadería de la comedia española, me llevó al deseo de volver a algunos de sus textos. Volví al relato, los relatos, que componen El club de los suicidas y, siendo una lectura placentera de una larga tarde, no me dejó tan satisfecho como recordaba. Así abrí otros libros de Stevenson sin saber bien que buscaba. Me quedé, después de otros buceos, con Virginibus puerisque. Y esa colección de ensayos, de pensamientos, ese acercamiento a pequeños y grandes temas es una auténtica delicia. Solo por ese reencuentro ya estoy agradecido a la película que me devolvió el deseo de volver a Stevenson.

Habla Stevenson del amor, el matrimonio, el disfrute del no hacer nada, la defensa de los ociosos, la fe en “El Dorado”, la infancia, la vejez. Una delicia inteligente de ese escritor que ya nos avisó que no todo en la vida es beber cerveza y jugar a los bolos. También nos quedan los paseos. Era un gran viajero y también un viajero tranquilo y solitario. No en vano se pasó muchos años viendo de cerca la vida de los fareros de Escocia.

Y recomienda que la excursión, el verdadero viaje a pie, se haga a solas. No en grupo, ni siquiera en pareja. Dice que “debe hacerse a solas porque para la excursión es esencial la libertad, porque aquí seremos libres de pararnos o seguir, de ir por este o por otro camino, a nuestro capricho, y porque debemos andar a nuestro paso: ni trotando a la rastra de un campeón ni pisando menudito para acompasar a una damisela. Y además, debemos tener abierto el ánimo para toda clase de impresiones y dejar que nuestros pensamientos tomen el tono de lo que vamos viendo. Debemos ser como el humo de la pipa al juego del viento.”No le veo la gracia- decía Hazlitt- al ir paseando y hablando a un tiempo. Cuando estoy en el campo, me gusta vegetar como el campo.”

Caminar solos. Pensar. Vagar. Seguir pensando, ver como hemos cambiado, como seguimos cambiando en intentar liberarnos de eso tan inútil que es la estupidez. Para eso vienen bien los paseos y las lecturas de Stevenson. Y así nos gusta seguir, convencidos de que es mejor ser tontos que estar muertos… Ah, si además tienen pensado escaparse a Londres, si no están muy justos para un hotel peculiar, nada de lujo, ni excesivamente caro, no barato, busquen la casa de Hazlitt en el Soho. Ese autor que citaba Stevenson supo vivir en un sitio adecuado. Ahora se alquilan sus habitaciones.

[Publicado el 05/9/2007 a las 17:38]

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LAUTRÉAMONT

Dos buenas noticias en forma de libro llegan a casa esta mañana, casi tarde, en la que, después de leer algunos blogueros, no he dejado de sorprenderme sobre lo que piensan de mi sexualidad. ¿Me están descubriendo otro, desconocido, diferente a ese heterosexual convicto y confeso que he sido durante una ya no corta vida? En fin, no perderé las esperanzas. De ese otro que se irrita, insulta y amenaza, intentaremos conocer su verdadera identidad y actuar como se merece. Otro día hablaré de Quevedo, de Valle o, incluso, de Cela, que nada, poco, tienen que ver entre sí, y nada con alguno que pretende ser de su estirpe, ¿literaria?, ¿humana? Hoy no toca. Hoy toca recibir con poca pompa, ninguna circunstancia, pero mucha alegría de lector dos libros que llegan como dos soles, como dos lunas.

Editados los dos por Vertical, ese relativamente nuevo sello editorial de Norma, que ya nos ha dado unas cuántas alegrías literarias. Ahora llega con un doble acercamiento a uno de los más misteriosos y fascinantes escritores del pasado siglo. A uno de esos raros que parecen haberse inventado su biografía. A un escritor en que el misterio de su vida ayudó al misterio y fascinación de su obra. Una obra que apenas pudo ver publicada en vida. Una de las obras “escándalo” del pasado siglo y que sigue manteniendo su aroma a flor del mal.

Se vuelven a publicar Los cantos de Maldoror del conde de Lautremont, llamado Isidoro Duchase, nacido en Montevideo en 1846. Aristócrata, viajero, misterioso escritor que terminó en una fosa común en un cementerio parisino en 1870, después de haber muerto en la soledad de una habitación de hotel. Son Los cantos de Maldoror uno de esos libros que nos conmovieron en nuestra juventud. En esa edad de descreídos preuniversitarios que perseguíamos lo prohibido, lo maldito en tantas cosas. Todavía conservo la edición de 1970 editada por Barral, con la traducción de Aldo Pelegrini. Volveré a leerlo en esta nueva traducción.

Y la segunda o primera alegría que tiene que ver con el misterioso conde es la novela de Ruy Cámara, Cantos de otoño. Una biografía novelada de nuestro admirado Isidore Ducasse. Una novela sobre el tenebroso Conde que viene precedida de buenas críticas, de premios y lectores. Y además una traducción de Basilio Losada, una garantía. En fin, un buen doble refugio, lleno de emociones para huir de miserias y miserables.

Abro el primer “canto” que en traducción de Pelegrini así comenzaba:

“Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma, igual que el agua impregna el azúcar. No es aconsejable para todos leer las páginas que seguirán…”

Quedan avisadas las almas tímidas… y los sin alma.

[Publicado el 04/9/2007 a las 17:18]

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EL MÁS ELEGANTE

“No quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar en donde yo esté en mi lugar y las cosas estén en el suyo. Todavía no estoy segura dónde está ese lugar. Pero sé qué aspecto tiene. Es como Tiffany’s.”

Eso lo decía Holly Golightly en Desayuno en Tiffany´s, esa obra maestra de Truman Capote. Y todos recordamos inmediatamente que en el cine Holly fue una de  los seres más elegantes y hermosos de los que uno ha estado enamorado, Audrey Hepburn. Elegante y delgada que no se le ocurriría ponerse diamantes hasta haber cumplido los 40 porque era una horterada: incluso a esa edad resulta peligroso…Había que ser como una vieja elegante, es decir tener, arrugas y huesos, que sí van bien con las canas y los diamantes.

Esa chica de pueblo tan elegante, y mezclen la novela, la película, a Holly con Audrey, fue capaz de seducir a lo más moderno y elegante de la sociedad neoyorkina. Esos relajados y elegantes que se mezclaban con chicos como Truman Capote. O con chicos que también vinieron de pueblo como Warhol. La aristocracia americana, y más los elegantes neoyorkinos, pueden ser como de la tribu de Philadelphia, tan hermosa de pinta y de huesos como la otra Hepburn, Katherine, pero les encanta mezclarse con los elegantes que salieron de mundos humildes. En ese mundo de las noches de “El Morocco” de New York. Y también en las noches elegantes y un poco canallas de París. O en esas otras tan decadentes y locas como las romanas de la Dolce Vita, estaba con normalidad un español alto, aristócrata, culto, guapo, cosmopolita y sin el mal gusto ético y estético del franquismo, José Luis de Vilallonga.

Los primeros recuerdos que tengo de él vienen del cine.

Creo que fue en su papel de aristócrata brasileño en Nueva York, en ese maduro elegante capaz de enamorar a Audrey/Hepburn, ¿ese tipo tan elegante es un español? No podía ser mayor la admiración. Después de besar a Audrey , besó a la joven Jeanne Moreau en Les amants de Louis Malle. Y sigue apareciendo en películas de Fellini, Agnes Vardá, Bolognini, Siodmak o Fred Zinneman... Además nos vamos enterando de que escribe. Que está cercano a las organizaciones antifranquistas del exilio y que además, de cerca, dicen que es simpático, relajado, gran contador de historias y generoso. Tantas cualidades ya me comenzaban a parecer demasiadas. Me empezaba a cargar el elegante aristócrata. Y llegó aquella película documental de Jaime Camino, La vieja memoria donde cuenta su paso obligado por un pelotón de fusilamiento franquista porque su padre, elegante y duro marqués barcelonés, quiso que así se forjara como un hombre “duro”. Aquello me conmovió. Me hizo ver al jovial Vilallonga como una figura trágica.

No fue trágica su vida, aunque su muerte haya sido demasiado solitaria. Fue una vida con mujeres, caballos, juego de polo, famosos, hermosas, ricos y excéntricos del gran mundo… Y, también, en los años finales llena de problemas económicos. Vivió de su elegancia. Fue un mal actor pero nadie como él daba ese tono de nobleza decadente. Pertenecía a un mundo en extinción. Lo sabía y nunca dejó que la nostalgia le atacara. “la nostalgia fue un error”, así se llamaba uno de sus libros.

Tuve la suerte de conocerlo. Lo frecuenté poco pero hay unos cuántos encuentros, algunas comidas- muchas veces en compañía del escritor Manuel de Lope- estaban llenas de un mundo tan fascinante como elegantemente desmitificado. La elegancia, esa rareza que poco tiene que ver con el dinero

[Publicado el 03/9/2007 a las 18:06]

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GLEZ Y LOS VÓMITOS

Me está pareciendo que Rosa Regás tiene más razón de la razonable. La quiero, aunque muchas cosas que dice, que hace, o que dicen que dice y hace, no las comparta. Aprendí a leer con el ABC. Tengo toda la estima, también muchas distancias, con ese periódico que también sigue siendo el mío. Cambié de periódico, de creencias, de algunos gustos culinarios y de otras cosas, pero nunca cambié mi vieja estima por el diario conservador, sus contradicciones y muchos de sus columnistas. También tengo aprecio por García Calero, poeta y responsable de cultura y de muchas de las informaciones por las que Rosa Regás se ha sentido perseguida. Creo que las dos partes han exagerado, el periódico y la ex directora de la Biblioteca Nacional. No soy prudente. Ni calmado. Ni tranquilo, pero al lado de Rosa me veo sereno en mis juicios y mis actuaciones. Me veo otro. Me sorprendo siendo tan prudente. Tan correcto. Incluso muchas veces he creído que Rosa exageraba casi paranoicamente sus persecuciones.

Viendo el linchamiento por tierra, mar y aire que se está haciendo con Rosa Regás, estoy empezando a dudar de mí, de los otros y hasta de los míos(¿?). Sin hablar con ella y sin creer que es razonable cómo, cuándo y para qué está contando algunas cosas, me pienso limitar para demostrar que hay intolerables formas de expresar la opinión. Hay columnistas extraordinarios, estos días nos toca hablar mucho del mejor, y también uno de los más arbitrarios. Pero nunca, ni con su peor fe, su peor escritura, podría llegar a lo que un tal Montero Glez hace en una columna del ABC, del pasado martes 28. Se llama “Papel mojado”, naturalmente no se me había ocurrido leerla. Alguien me señalo la cantidad de infamia y vómitos que contenía. Casi no doy crédito. Un poco más haciendo memoria de algunas servidumbres percibí ese valiente que se esconde con un pañuelo. Por sus escritos lo conoceréis. No creo. Pero en fin, hay quién confunde el champán con un vino peleón.

Me da pereza y otras cosas, pero reproduciré algo de esa columna vómito de Glez:

“Llegadas las vacaciones, los abuelos, al igual que los perros y los niños, se convierten en un incordio….las familias de hoy en día deberían tomar ejemplo de lo que hace nuestro gobierno con respecto a los ancianos que, lejos de orillarlos, los da cargos públicos, de responsabilidad, vaya. Y aquí viene al dedo citar a la Regás pues, además de abuela de verano, hasta ayer mismo fue baranda encargada de la Biblioteca Nacional. Todo un acierto, lo de colocar a esta anciana dirigiendo un sitio donde abunda tanto el papel. Hay que hacerse cargo, la mujer, debido a lo avanzado de la edad, tiene el muelle flojo y, por lo mismo, los periódicos los utiliza para esas gotas de incontinencia que vienen sin avisar cuando el climaterio anda ya que salpica… Que nadie se lleve a engaño pues aquí todos son excremento del mismo saco. Por éstas toca hundir tecla para señalar a toda la mancha de socialeros que, en nombre de la justicia social, se dedican a deshonrar la verdadera revolución. La misma revolución que abortó la II República con la matanza de Casas Viejas, convirtiendo al Azaña en un genocida sólo superado en nuestros días por el Javier Solana, otro de la cuerda. A ver si cuentan el episodio en la nueva asignatura y se dejan de sandeces. De momento, sólo queda celebrar que este verano haya sido el último de la abuela como directora de la Biblioteca Nacional. Y pedir que no la dejen en la cuneta, por favor, y que el verano próximo tenga su puesto de responsabilidad como taquillera en la playa de Parla. Sería lo suyo.”

Perdón por la cita tan larga…Les he ahorrado algunos insultos a la novelista, a sus opiniones y algunas escatologías. Aunque lo fundamental, el espíritu refinado, la fundamentada crítica, el estilo y el hombre quedan reflejados en lo entrecomillado. Como lector de ABC me siento insultado. Y cómo amigo de algunas mujeres de Parla, también.
 

[Publicado el 31/8/2007 a las 10:46]

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SER ESCRITOR

Algún amigo del blog se queja por mis juicios favorables sobre el escritor Umbral. Protesta por las actuaciones del personaje público. También por la retórica del escritor. Vuelvo a expresar mis admiraciones por su manera de escribir en los periódicos, en algunos libros autobiográficos y en algunos acercamientos que el escritor Umbral hace a su vida, su tiempo o a sus gustos literarios. Escribió mucho, escribió todos los días durante más de cincuenta años. Hay muchas páginas prescindibles. Otras deslumbrantes. Libres, certeras, dolientes, hirientes, profundas, leves, inteligentes y emocionantes como el mejor dominador de esa compleja herramienta que es el lenguaje.

Apenas he leído al Umbral de este siglo. Un libro tan diferente a su imagen tantas veces frívola o banal que podía dar su ser personaje tan público, Un ser de lejanías, ése es un libro para reconciliarse con el escritor.

Desde siempre el escritor llevaba un ser dentro que contradecía a su personaje: “el hombre de letras se resiente siempre de su injustificabilidad, y también en este aspecto es un letraherido. Los más banales buscan el éxito en el teatro, “fabrican” un acontecimiento social, ven a su público, se sienten justificados. Pero no lo están mucho más que el domador del circo.

Ser escritor iba a ser condenarse a la injustificación de por vida…Paradójicamente, el escritor, que es el hombre más roborado y autocorroborado, el que firma todos los días debajo de sí mismo, resulta en el fondo un ser inexistente, sin justificación alguna, el que da al lenguaje, esa preciosa herramienta, un uso inútil…

Al que ha hecho una catedral le basta con decir: “He ahí la catedral”. O la fábrica. El que sólo ha jugado un poco con las palabras no puede sino mostrarse a sí mismo. Por eso el escritor se deja ver tanto, más que nadie, casi como los toreros, en España.

…no he resuelto el caso. Lo que pasa es que ya no me importa. Y no es que haya llegado uno a un mayor cinismo, sino que efectivamente los problemas dejan de ser problemas, en la edad tardía, como las dichas dejan de ser dichas…

Trabajaba en mi estilo. Trabajaba en mí”

Esas son reflexiones de Umbral en un libro Los cuadernos de Luis Vives de hace más de diez años. Ha reflexionado y mucho sobre su condición histriónica. Quizá se le fue la mano en lo de dejarse ver. También así ocultaba otro. El otro. El escritor, el que nos importa. Yo nunca pensé en él como feminista. Ni como muy moral. Sí como mortal. Y rosa.

[Publicado el 29/8/2007 a las 12:56]

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UMBRAL

Ha muerto un maestro. Al menos un maestro de la prosa en los periódicos. Y no sólo de los periódicos. Francisco Umbral es uno de nuestros mejores escritores del pasado siglo. Digo del pasado siglo porque lo que escribió, lo que hizo de él un maestro de todos los que buscábamos literatura en los periódicos ya lo escribió el pasado siglo. Desde hace tiempo se repetía. Y él lo sabía hace tiempo. Hace ya unos años publicó uno de esos libros autobiográficos- todos lo son- en donde ya hablaba de sí mismo como un escritor, un hombre, que ya había sido. Como un escritor del pasado, del pasado reciente, pero del pasado. Un ser de lejanías como decía Heidegger que era el hombre.

Los que buscamos literatura en los periódicos, además de libertad en el modo y en los temas, el encuentro con el Umbral escritor de los años 70 fue esencial. Heredero de los mejores maestros. Y además, inventor de una nuevas formas más libres de expresar lo cercano, lo banal o profundo de esa nueva vida de los españoles que era vivir en la democracia. Umbral nos hacía reír, nos aportaba humor en vez de llevarnos al retrato trágico, sombrío o amargo del mejor periodismo del pasado que habíamos estudiado, leído en Larra.

Precisamente el primer libro que recordamos de Umbral es una biografía- toda biografía es autobiografía- sobre Larra, Anatomía de un dandy. Umbral era un Larra al revés. Sin sentimiento trágico de la vida. Con frescura ante la guapa gente de derechas y con cercanía elegante a los progres de las izquierdas de variado pelaje. Era un ácrata burgués. Un descreído que ligaba, y que vivía muy bien, con la construcción de su mundo literario y con la invención de sí mismo. Nunca conseguí ser su amigo. No tenía muchos amigos, era más de “conocidos”, saludados o ignorados, pero sí admiré su escritura incluso desde las mayores discrepancias. Lamenté que su pluma, su inteligencia, tantas veces la entregara a quien no la merecía.

Era un sentimental disfrazado de duro. Un duro que no había soltado su lastre de español sentimental. Un madrileño que fue chico de provincias. Un provinciano cosmopolita. Uno de los maestro de la escritura en los periódicos. Un maestro de ese género. Un género que unos dominan y otros no. Como los sonetos. Se puede ser un gran poeta sin saber hacer sonetos. Se puede ser un gran escritor sin saber hacer una columna. No se puede ser lector de prensa literaria en español e ignorar o despreciar a Umbral. Más allá de las ideas encontró la escritura y su música. Consiguió aquello que decía Valle Inclán, “ideas  tenemos todos, lo difícil es pintar literariamente un gitano con un burro”. Umbral fue capaz. Quiso hacerse un escritor de éxito y lo consiguió. Tuvo el éxito pero no abandonó la escritura. La mejor.

[Publicado el 28/8/2007 a las 13:06]

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ADIÓS RÍAS

Adiós montes, adiós ribazos pequeños, adiós chiringuitos, adiós atardeceres mirando a las Cíes, adiós noches de jazz en Cangas, adiós bichos de las rías, adiós vinos de blancos varios, adiós suavidades del clima, adiós tantas suavidades del clima, de los sentidos que uno tiene en este hermoso, caótico e imprevisible lugar del mundo que es Galicia. Confeso amor de todos los veranos, y de otros tiempos del año que yo me sé.

Me voy para soñar con volver cuanto antes. Y me voy con una polémica de fin de verano. Las opiniones de Rajoy sobre el himno gallego de Eduardo Pondal. La verdad es que hace tiempo no hago mucho caso a lo que diga Rajoy. Tampoco voy a cambiar a estas alturas del partido. No le gusta el himno. Al menos no le gusta mucho.

A mí tampoco me gustan los himnos. No tengo himno. Se encargaron de ello algunos políticos que todavía sobreviven, qué casualidad, en las cercanías del partido de Rajoy.

Solo me emociona la Marsellesa cuando la cantan en Casablanca. Y el himno de Riego por razones de nostalgia de lo no vivido. Pero puedo vivir sin himnos. Ahora los niños gallegos desde los ¿tres meses? aprenderán el himno en sus “galescolas”. Bueno, eso será un poco exagerado. Lo de “galescolas” suena un poco pasado de nacionalismo. Y tampoco somos nacionalistas. Ni siquiera españolistas.

Me parece que los himnos, cuando de verdad tienen sentido, es cuando son expresión poética de un sentir común. Seguro que el de Pondal está muy bien, pero no creo que sea muy importante que todos los niños gallegos vengan al mundo con un himno bajo el brazo. A mí también me gustan las canciones de Siniestro Total, de Julián Hernández, como modelos de otra manera de ser gallego. Quiero decir que tenemos muchos himnos en la vida. Conozco cantantes de Úbeda que han sido capaces de hacer himnos para varias generaciones y para varios pueblos. Los himnos no se deberían imponer. Deberían ser como Negra sombra o como Asturias patria querida, los hacemos nuestros porque nos emocionan. A mí me gusta Suspiros de España, es casi un himno. Quizá sea el himno español, muy español, que más me gusta. ¡Y yo que pensaba que no tenía himno! Y, además, no me pensaba tan español. En fin. Que cantaré, sin imposiciones, el himno de Condal si dentro de unos años ya está en las emociones de las fiestas y en las versiones libres de las noches de jazz y vino blanco. Cualquier cosa para volver a Galicia.

Soy gallego de Tirso de Molina, como Valle Inclán, con perdón y sin permiso. Gallego del callejón del Gato. Y gallego de las invenciones de Cunqueiro, con más perdón. Hasta gallego de la capacidad escéptica de Camba, con mucho perdón de estos tres gallegos que no están en las prioridades de los mandatarios nacionalistas. Que recuerden que grandes gallegos pudieron ser, fueron, personalidades tan poco nacionalistas como Maruja Mallo o José María Castroviejo. Pero éstas son otras músicas y ahora no tengo la gaita adecuada. Pues eso, que me voy pero ya estoy pensando en la vuelta.

[Publicado el 24/8/2007 a las 12:47]

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TIEMPO PROUST

“Mis cualidades favoritas en un hombre: Encanto femenino.

Mis cualidades favoritas en una mujer: Virtud masculina y generosidad en la amistad”.

Estas son dos respuestas de Marcel Proust a su famoso cuestionario. No es raro que en verano nos reaparezca Proust, tampoco es extraño en invierno.

Muchas veces, casi siempre, estamos deseando buscar el tiempo perdido. Una común manera de perder el tiempo. Lo raro, lo imposible si no es con la ficción, es recuperar el tiempo. Este verano yo también estuve muy “proustiano”. Creo que eso suena un poco cursi, un poco vago… Vagar un poco, mucho, ser capaces de quedarnos más tiempo en la cama. No hacer nada. Al menos nada productivo. Vagar y divagar en la cama. Un gran  lugar para los proustianos y para algunos que no saben, ni falta que les hace, de ese complicado novelista que supo contar como nadie un mundo en extinción. Un mundo que nunca morirá. Por su gracia, por su culpa, sabemos mucho más del comportamiento de algunos seres humanos que nunca conoceremos, que son nuestros contrarios y que, sin embargo se nos parecen.

Me dio envidia mi admirado Verdú cuando contaba que su lectura de verano sería En busca del tiempo perdido. Me gustaría haber empezado otra vez ese mundo. Lo hice una vez hace muchos años. En un tiempo y en un país, en este puñetero país de todos los demonios, que en nada se parecía al mundo de hoy, al país de hoy, a los veranos o los inviernos de nuestro tiempo. Leí a Proust en la mili y en la cárcel. Muchas veces he pensado que fue una de las mejores lecturas que un condenado, humillado, secuestrado y miserabilizado puede hacer para huir de su condición. Leer a Proust es ser alguien menos preso. Más libre. No he vuelto a leer a Proust. Tengo ganas. Y creo que buscaré el tiempo. Es decir, no importa cómo, ni cuándo.

Una vez me preguntó una princesa, la única que conozco, que si yo había leído a Proust. Le conté cómo y cuándo. Se sorprendió. Creo que esa lectora llamada Letizia- así de rara me sigue sonado esa zeta en ese nombre- sabría mucho más de sí misma, de su entorno, de su improbable pasado y de su indefinido futuro si leyera a ese escritor que tantas veces estuvo enamorado, pero que supo encontrar el tiempo para escribir tal y como lo hizo.

Otro día, quizá mañana, volveré a escribir sobre los Proust que sí me han acompañado este verano. Uno, el regreso a esos “pastiches proustianos” de Llorenç Villalonga de los que hace meses escribí. Y otro, la biografía de William C. Carter sobre el Proust enamorado. Una manera de llamar a eso del amor y otras soledades.

[Publicado el 23/8/2007 a las 11:49]

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AVISO PARA MITÓMANOS

Soy un confeso mitómano. He sido capaz de encontrarme feliz en algún lugar porque allí estuvo Robert Graves- incluso en su tumba, un lugar perfecto para descansar el resto de la no vida- o porque allí bebió Ava Gadner. He recorrido lugares, casas, bares, bibliotecas, cementerios, playas u hoteles en las que estuvieron algunos de mis mitos. Y no hablo de mitologías del siglo XX. También he seguido la estela de Safo, Virgilio o John Ford. No me importa la época. Incluso estuve en un lugar donde nunca pudo dormir un tal Ricardo Reis, ese heterónimo de Pessoa redimido por Saramago.

La ciudad, creo, más visitada por razones de mitomanías ha sido París. Casas, cementerios, cafés, calles y hoteles en los que he dejado que mi imaginación me acercara al admirado me han proporcionado momentos de placer. Incluso con algunas incomodidades. Pero, ¿qué importa que el hotel sea incómodo si allí durmieron -o mejor no durmieron- Sartre y Simone De Beauvoir? Y lo que aún me emocionaba más. Estuve en la misma habitación donde escribió, y seguramente tuvo muchos encuentros con esos amantes callejeros que le gustaban, el admirable Jean Genet. Más de una vez estuve alojado en el hotel La Louisiane. Todo un mito de los hoteles del barrio Latino. Un lugar privilegiado para imaginar la vida de Saint-Germain-Des-Prés en los años de la mejor canción francesa. Un lugar donde se citaba Sartre con “el Castor” y con otras amantes. Un lugar donde el escritor de Las criadas bebió, escribió, amó y desamó. Un lugar así, además de otros muchos en la nómina de mitos, bien merecía un poco de sacrificio si de comodidad hablábamos.

Hace años que no voy al hotel La Louisiane, ya me pareció demasiado precario, sin aire acondicionado, sin un buen baño, de dudosa limpieza y de comodidad francamente mejorable. Pero recuerdo sus habitaciones de rotonda como un lugar mítico. Como un grato recuerdo. Un amigo, también mitómano, me preguntó por ese hotel. Quería pasar unos días con su pequeño hijo, con su mujer. Y quería vivir en ese París que pertenece más al decorado que a la realidad. Muy vivamente le aconsejé estar en ese hotel. Conseguir una habitación de rotonda. Y pensar que por allí estaría el espíritu de un París que ya solo está en la literatura. Debería haberle recomendado el Lutetia pero, por razones de presupuesto, me pareció que La Louisiane estaría bien. Al menos una vez.

Todavía me habla. Pero ya no se fía más de mis recomendaciones. El hotel, eso sí, está muy bien ubicado, eso no lo puede negar. Pero tuvieron que huir la primera noche. Además de incomodidades varias, obras, ruidos, ausencia de servicios, aparecieron unos pequeños habitantes. Esos bichos que solo nos son simpáticos en algunos dibujos animados. Salió huyendo de los mitos.

Hay mitomanías, rituales, que corresponden a la edad inmadura. Todavía tengo mucho de inmadurez, esa de los seguidores de Gombrowitz, pero tampoco me fío de mis hoteles de mitómano. Pues eso, aviso para mitómanos que quieran pasar unos días en París. Cuidado con algunos hoteles. Al menos con ese hotel tan mítico llamado La Louisiane. Ya no se pasea por sus habitaciones el espíritu de los ilustres habitantes, los que se pasean son bichos. Ni Albert Camus, ni Kafka estarían dispuestos a vivir con esos habitantes. Al menos no con los que se mueven con nocturnidad por ese hotel parisino.

[Publicado el 21/8/2007 a las 12:12]

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MELANCOLÍA Y UN POCO DE VINO

¿Por qué razón todos aquellos que han sido hombres de excepción, bien en lo que respecta a la filosofía, o bien a la ciencia del Estado, la poesía o las artes, resultan ser claramente melancólicos?... Así empieza un texto clásico de Aristóteles, Problema XXX, que hace unos meses fue  rescatado en una cuidada edición, como es norma de la casa, por la editorial El Acantilado. El breve texto está lleno de intuición, pero también de conocimientos que entonces eran considerados científicos. Un texto todavía tan vivo, tan vigente como la propia melancolía.

Hace unos días, desde que presentimos que se acerca el final de la vacación, que los días ya no son esperanzas abiertas, que cada día es cuenta atrás, que volveremos al tiempo de lo conocido, nos volvemos más melancólicos. ¿O no les pasa a todos? ¿Será que los melancólicos somos seres especiales? Somos los melancólicos más creativos. ¿Seré un elegido por ser melancólico?

Los poetas del “spleen”, que así llamaron los padres poéticos de la modernidad a la melancolía, eran depresivos y bebían absenta. Creadores melancólicos. Los de la antigüedad, la tribu Aristotélica, lo que hacían eran beber vino. Y esos, esos que algunos brutos llaman borrachos, en realidad es que son unos melancólicos.

Sigamos con Aristóteles: “...el vino tomado en abundancia parece que predispone a los hombres a caer en un estado semejante al de aquellos que hemos definido como melancólicos, y su consumo crea una gran diversidad de caracteres, como por ejemplo los coléricos, los filantrópicos, los compasivos, los audaces”… Ya está. Eso es lo que me pasa. Que bebo. Que bebo el vino de las tabernas gallegas. Que bebo el vino de las mejores bodegas y de otras de menos excelencias. Me acabo de dar cuenta de que yo, más que melancólico, soy un bebedor que es capaz de llegar a la melancolía y así me hago la ilusión de que me acerco a los hombres de excepción, a los poetas y otros bebedores.

De repente, leyendo a Aristóteles sobre la melancolía, se me bajaron todos los humos melancólicos. Se me bajaron las ilusiones de ser un artista.

Así también me recordé cuando presumí de poeta -éramos tan jóvenes que nos permitíamos engañar y engañarnos- ante alguna mujer que me gustaba. Lo creyó. Sobre todo lo creyó porque la invité a beber absenta. También es posible que le dijera algún poema de Jaime Gil de Biedma, melancólico, bebedor. Y sin embargo poeta.

[Publicado el 20/8/2007 a las 18:02]

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Foto autor

Biografía

Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.

 

En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.

 

Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.

 

En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.

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