El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

jueves, 8 de enero de 2009

 Blog de Javier Rioyo

CARLOS LLAMAS

Muchos amigos están en su capilla ardiente. No entiendo ni lo de capilla. Ni lo de ardiente. No le acompañó la fe a Carlos Llamas. Yo también carezco de esa misteriosa fuerza oculta. No la añoro. Él confesó no hace mucho que sí, que le hubiera gustado tener fe en algo trascendente, pero no consiguió tenerla ni cuando supo que se enfrentaba a la muerte. Nunca es dulce la muerte. Creo. No lo es cuando quieres vivir. Carlos quería vivir. Estará muy cabreado por no haberlo conseguido, nosotros también.
No se si habrá funeral. Creo que sí. No iré. Ni al entierro. He visto abrazos, llantos y tristezas por la televisión. No quiero acercarme, no lo haré. Le tengo cariño, le aprecié como ser humano y como periodista. Nos entendimos bien. Teníamos raíces zamoranas, en mi caso, más producto de lo imaginario que lo real. Pero ahí estaban. Además teníamos otras raíces más profundas que nos unían. Sufríamos por el mismo equipo. Nos gustaba la misma ciudad. Su ser poblachón, ser barrio y su querer ser, y serlo, gran ciudad. Nos gustaba la noche. Las copas. Y el humo de los cigarros. Me gustaba ese humo que lo mató. Me sigue gustando aunque no fumo después de ver lo que hizo con él. Hoy, mi amplio yo inconsciente y temerario, casi me hace volver al cigarro para recordar mejor a Carlos. Me resistí. Me desconozco. Pero sí, al menos eso, he brindado por el amigo muerto. Suene un disco de Madeleine Peyroux. Canta “La javanaise”. Levanto mi copa. Y hago caso a Lec: “Cuando no encuentres palabras de indignación, no las sustituyas por elogios”. Estoy cabreado.

[Publicado el 05/10/2007 a las 10:01]

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VILA-MATAS

Creo que desde aquella ya lejana Impostura he seguido fielmente la obra de Enrique Vila-Matas, el más interesante de nuestros escritores. Hay mejores narradores, cuentistas o ensayistas pero ninguno como Vila-Matas en el cruce de esos caminos de la literatura y la metaliteratura. Con sus libros me pasa algo parecido a lo que me pasó con Truffaut, cada año esperaba su nueva película. Nunca fallaba. También es un poco lo que me pasa con Woody Allen. Incluso las menos buenas de sus películas me gustan. O con Hitchcock, con Buñuel y unos pocos más. Nada era prescindible. Ahora en la literatura, desde un lado diferente pero no antagónico, me sucede con alguien que ya no nos podrá dar grandes sorpresas, Sebald. Me espera la lectura de su última inacabada obra, Campo santo, también editada por Herralde, el editor de Vila-Matas. Y sin duda uno de los editores centrales de nuestra vida lectora.

He tardado más de un mes en comenzar la lectura de Exploradores del abismo, el último Vila-Matas, por razones de viajes y otros despistes. Hace dos días comencé su prólogo, o lo que sea ese “Café Cubista” que nos introduce en lo que vendrá. Hoy, mañana del martes, sonrío  y medito el epílogo. Unas líneas de Peter Handke: “Sostenía yo maquinalmente el bolígrafo apuntando hacia las cosas. Cuando me di cuenta, lo desvié de inmediato en otra dirección, en la que no había nada.”

Cuentos llenos de vértigos, de caminos inciertos, de vacíos que disimulan, de  cosas llenas de peso y ligereza. Precipitarse, sin avanzar, hacia el vacío. Cuentos que con sus rarezas, con sus incertidumbres, tienen la capacidad de otorgarnos pequeños placeres. Sí, como un sol amable que nos despierta una mañana sin trabajo. Me aligera leer a Vila-Matas -si además me hiciera perder kilos sería milagroso, ¿por qué no creeré en los milagros?- y me dan la sensación de que nos hacen más discretos, elegantes y calmados. Cuentos de excelente geometría. Cuentos de este otro Vila-Matas que anda gestionando la herencia literaria del otro. Que también nos gustaba aunque no fuera capaz de creer que los gordos son los demás. Los dos tímidos, irónicos y discretamente felices. Gracias por esos cuentos. Por lo que vendrán. Y por ese homenaje al poeta vertical Roberto Juarroz:

“A veces parece

Que estamos en el centro de la fiesta

Sin embargo

En el centro de la fiesta no hay nadie

En el centro de la fiesta está el vacío

Pero en el centro del vacío hay otra fiesta.”

Un poema festivo y todo lo contrario. Como un libro de Vila-Matas.

[Publicado el 03/10/2007 a las 10:13]

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COPIA DE UN ORIGINAL

No debería, lo sé. De pequeño tenía la tendencia de no obedecer. Mejor dicho, de aparentar. Mentir, engañar, disimular, lo que fuera para ser yo. Soy distinto, y soy el mismo. Fui otro, me parezco. Me molestan los soberbios, los pedantes y los mal educados. También otros tipos de ignorancia. Y otras cobardías. Tuve la fortuna de conocer a un escritor que supo crear su mundo y su vida entre libros, bichos, montes y verdades. Aquí copio de su original un texto que dedico sin tener que señalar. Me gustaría que fuera mío. Lo fue, lo es, lo será. Creo que no le importaría mi manera de hacer mío lo suyo. Él nos regaló durante muchos años, mucho.

“Nadie sabe nada de nadie. Morimos inéditos. Tanto como llevo dicho de mí, por palabras y obras, y me quedo pasmado diariamente ante la incomprensión de los más allegados. Ha sido inútil y vano todo mi esfuerzo para ser transparente a los ojos del mundo. Los sambenitos que los enemigos me han colgado han modelado una imagen mía a la que ningún mentís ha conseguido ayudar. He terminado siendo, no el poeta que realmente soy, sino el monstruo que han inventado de mí.”

Ni soy poeta. Ni me importan las invenciones de los que me importan. Las otras, sencillamente, son basura y tedio. Perdón por el aburrimiento ante algunas cosas. Y gracias por tantas otras.

[Publicado el 28/9/2007 a las 11:09]

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LIBRERÍAS

En NYC hay algunas de las mejores librerías del mundo. También para los buscadores de ediciones raras, perdidas, descatalogadas o primeras. Lo malo, no es ya que casi todo esté en inglés, sino que los precios están, generalmente, en su valor de mercado. No siempre, no en todas. Siempre hay lugares para la ganga, premio para el buscador o despiste del librero. Eduardo Lago encontró la primera edición de su/mi querido Alfau de Locos. La edición de Nueva York, en inglés, Locos. A comedy of gestures. Esa misma edición que subyugó a la fascinante Mary McCarthy y que hizo que la escritora se enamorara de España por ese libro. Esa edición, mítica, y firmada por su autor, Lago la encontró por tres dólares.

También cuenta un profesor, y poeta, español y desde hace décadas de NY, Hilario Barrero, sus encuentros casuales con libros muy queridos, muy buscados a precios de auténtico saldo. No es lo común. No es fácil en las más conocidas, muy profesionales, de viejo en Nueva York. Ni en casi ningún lugar del mundo. Sólo queda la esperanza de los “rastros”, eso sí, hay que madrugar para ganar las búsquedas de Andrés Trapiello y Juan Manuel Bonet. Aún así, el citado Hilario Barredo tiene un libro, una diario, publicado por los asturianos de “Libros del Pexe”, donde se dan muy buenas direcciones de librerías de viejo en NYC.

El día antes de mi regreso volví por una conocida librería española de Manhattan. La última grande, la última con un fondo interesante. Más de una vez en esa librería de la calle Catorce, “Lectorum”, he comprado perdidas ediciones españolas. Y otros muchos libros de los que escriben en mi idioma, no importa desde qué país. Una buena librería que estaba a punto de cumplir cincuenta años. Digo estaba a punto porque ya nunca lo hará. Si nadie lo impide el día 28 de este mes cerrará la librería de referencia para los lectores en español de NY. La muerte de ese paisaje es un síntoma. No importa la literatura, que era lo que importaba más en “Lectorum”. Importan los libros y esos se compran en cualquier lado. Ahora es cuando más español se habla en Estados Unidos, pensaba que era cuando más de leía. No debe ser así. O no leen, o lo que leen lo encuentran en otras superficies. Las clásicas librerías, también están teniendo problemas.

La tristeza del cierre de “Lectorum”, se compensa con la reapertura de una de las librerías míticas madrileñas, “Fuentetaja”. Después de vivir un largo letargo en su calle de San Bernardo, después de dar síntomas de pasar a otra vida, peor por inexistente, ha sido capaz de renacer de sus cenizas, del polvo de sus libros. Serán polvo, más polvo enamorado. Me alegro del renacimiento de una librería de referencia. No fue mi librería preferida pero siempre fue una alegría su existencia. La tengo más asociada a tiempos de búsqueda de libros prohibidos. Quizá fue aquella su gran época. Después, al menos para mí, hubo otras librerías que me fueron, me son más cercanas. A cada uno sus librerías. Yo tengo tres de cabecera. “Visor”, la muy querida de Chus Visor. La de su hermano Miguel, la primera de tantas cosas, “Antonio Machado”, con el amigo Miguel Hernández a pie de estanterías. Y la de Antonio Méndez, que tan cerca de casa, tan cálida y tan viva está. Que sigan. Y, ¡viva Fuentetaja! Otro día hablamos de las librerías de viejo madrileñas. Esa es otra historia. O de las librerías en otros lugares de nuestro pequeño mundo.

[Publicado el 26/9/2007 a las 10:53]

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PAUL AUSTER Y EL AZAR

Hay casualidades, azares, que marcan nuestras vidas. Algo que está muy presente en la obra de Paul Auster. También fue, por no salir de NY, tema recurrente en una de las últimas películas de Woody Allen, Macht Point. Y es el tema de obras teatrales, libretos de ópera y argumento novelesco desde los orígenes. Un tema recurrente, un cuento de nunca acabar.

Estros días entre Brooklyn y Manhattan he recordado al escritor, también al director de curiosas películas. Anoche tuve la oportunidad de hablar por la radio sobre él, y con él, unos momentos. Está encantado en San Sebastián. Y yo sigo enganchado en su ciudad. No hablamos, al menos no con él escuchando, de las malas críticas de su última película. Tampoco se debe hablar, creo, por boca de crítico cuando no has visto una obra.

Recordé que su vida, y seguro que su obra, pudo ser muy distinta si hubiera sido atendido por una compañera de clase a la que estuvo pretendiendo sin éxito un tiempo. Es una amiga mía. Neoyorquina, guapa, culta y con un apellido que también es una marca de por vida. Se llama Isabel García Lorca. No me extraña que enamorara a Auster. Ella en aquellos años no hizo caso al chico guapo de Brooklyn que le “tiraba los tejos”. Tenía otro amor que le gustaba más que aquél afrancesado compañero de las clases de literatura. ¿Qué hubiera pasado si Auster se casa con una española? ¿Haber pasado a ser sobrino de Lorca no condiciona también tu manera de escribir, de vivir? Nunca lo sabremos, nunca pasó, nunca pasará. El azar es así de caprichoso y ordena muy bien su caos.

¿Qué hubiera escrito Kafka si su tío “madrileño” hubiera dicho sí a las pretensiones del joven de Praga de venirse a vivir a Madrid? Seguro que no hubiera escrito igual. No existiría el Kafka. Un Kafka sin el padre, sin Praga es un Kafka inimaginable. El azar otra vez decide que la literatura mantenga sus argumentos.

[Publicado el 24/9/2007 a las 09:35]

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PALETOS EN NYC

Joe Gould era un hombrecillo risueño y demacrado que fue muy conocido en los comedores, bares y tugurios de Greenwich Village. Algunas veces subía hasta Central Park. Se paraba en algunos tugurios, en alguno de esos bares que estuvieron llenos de irlandeses, de neoyorquinos de variada procedencia. Uno de esos lugares era Clarke’s donde nunca tomaba una hamburguesa. Ni siquiera unos huevos Meredith. También lo podría haber hecho, pero nunca lo hizo, en J.G. Melon, en Smith and Wolensky. Me parece que en aquellos años -en la década de los 40- no estaba abierto el muy carnal Peter Luger de Brooklyn. Tampoco me hubiera hecho con las carnes de los garitos del Mercado de la Carne. No creo que tomara el pastrami de Katz’s. Pero desde luego le conocían muy bien en la barra de Fanelli´s. Le conocían muy bien en todas las barras del Village y en muchas de la vieja ciudad. Joe Gould era un genio superviviente, no había comido bien desde un banquete en Cambridge antes de la Primera Guerra Mundial, estaba orgulloso de no ser un paleto aunque era un gran tipo que sólo presumía de sus carencias. Se alimentaba de las salsas de ketchup que era la única cosa que no te hacían pagar en los bares. El bohemio Gould, el penúltimo neoyorquino, estaba preocupado en otras cosas, en terminar su magna obra Historia oral de nuestro tiempo.

Los de pueblo, los paletos en Nueva York, somos muchos y de toda condición. Yo soy de un pueblo llamado Madrid, un pequeño lugar que quiere ser cosmopolita, abierto y sin complejos desde hace unos cuantos siglos. Paleto en Nueva York fue Lorca, de su pueblo Fuentevaqueros, pasando por tascas madrileñas como “Carmencita”, fue capaz de encontrar el alma, y lo desalmado, de esta ciudad. También de su pueblo de Huelva, del limpio y silencioso Moguer, vino hasta NY con su sofisticada mujer Juan Ramón Jiménez, Hizo un poco el paleto, el cateto, pero supo paladear lo bueno y fue un viajero que escribió después de pasar por la ciudad de ciudades, Diario de un poeta recién casado.
Cateto, quiero decir de pueblo segoviano e hijo de un guardia civil, fue uno de los más elegantes pintores de la mejor escuela pictórica de esta ciudad, Esteban Vicente. También de su pueblo, de Barcelona, pero muy madrileño, fue Felipe Alfau. Otro de los españoles atrapados en esta ciudad. Uno de esos exquisitos escritores que también frecuentó tugurios y tabernas. El autor de esa deliciosa rareza que es Locos, que tanto gustaron a Mary McCarthy y a otros que le leyeron en su adoptada lengua inglesa. A mí me fascinó en español.

Paleto, cateto, también dos amigos que viven entre esto y aquello, Antonio Muñoz Molina, de un pueblo de Jaén, nada menos que de un lugar llamado Úbeda. Refinado lugar desde mucho antes del renacimiento. Con Muñoz Molina que conoce muy bien la ciudad -casi tanto como el escritor Eduardo Lago, premio Nadal por una novela pensada y escrita entre Brooklyn y Manhattan– he estado en ese lugar al que de vez en cuando vuelvo, ese lugar llamado Clarke’s que nada gusta a un refinado seguidor de Sánchez Dragó. Espero que su pasión llegue hasta dónde él quiera. Incluso me importa un higo, o dos, si lame ciruelos.

En esta ciudad, en NYC, donde desde hace 30 años vive el muy mundano, sabio galerista del arte del mueble del pasado siglo, mi amigo de un pueblo de Orense llamado Miguel Saco, es uno de los guías de lujo por la ciudad oculta, prohibida. Visible, lujuriosa, clásica, nueva y vieja. Saco, que es uno de los secretos mejor guardados del arte español, se reía cuando le comenté que no le gustaba a un no se qué residente en NY que hubiéramos comido en ese lugar donde varias veces lo hicimos. En fin tampoco le extrañó nuestra cita a Manolo Valdés, paleto de Valencia, residente en NYC. Incluso a algunas de mis más queridas neoyorquinas, y de Madrid y Granada, las hermanas García Lorca las he visto comer en garitos peores. Además cantar después de haber cenado. Y también beber. Eso sí confieso que también nos gusta el “Four Season’s”. Y el bar del primer hotel que hace décadas conocí en NY, el Gramercy. Sin hacer ascos a repetir cóctel de “Employees Only”. Hay una camarera paleta, una de la América profunda que me encanta. Eso sí, esta noche me lamentaré en “The Village Vanguard” de las prisas de mi artículo de la otra noche. La culpa mía. Las faltas, la incorrección y lo relajado de esta ciudad. Una ciudad fantástica para catetos. También para turistas. Incluso para residentes pedantes. Una ciudad desde donde añoro esa tasca madrileña de callos tan caros como angulas.  Me tengo que refinar los gustos. Hoy tengo cita en “The Modern”, que me gusta a pesar del nombre.

Perdón, a mí también me duelen mis faltas. Aunque tengo tildes, no tengo tiempo. Lo siento.

[Publicado el 20/9/2007 a las 10:26]

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DÍAS EN NYC

Llegué el domingo por la tarde. No tienen los domingos en NY esa cualidad silenciosa de los domingos en otras ciudades. Tampoco la tiene Madrid. Hay entretenidos atascos para llegar al hotel y en el coche que me transporta el conductor se ha empeñado en hacerme católico a golpes de radio. Una hora escuchando una especie de "Radio María" en versión neoyorkina latina, ¡no recuerdo peores torturas! Mi educación, lo que queda de ella, me hace soportar estoicamente esa locura de religión y música hortera. Tengo mejor carácter porque NY me excita. La ciudad siempre es la gran seductora. Están las cosas, menos algunas tan universales y gemelas, en su sitio. El ruido. Las prisas. También las pausas. Al menos las de los ricos y de los muy pobres. Parecen ser los úncos que no llevan el ritmo de esta ciudad poderosa como una enorme ballena.

Una compañera de asiento en el avión, tan necesitado de modernizar como tantos de IBERIA, me cuenta que vive en Nueva Jersey, es brasileira, descendiente de judíos huidos del nazismo. Ella quiere ser rica, casarse con un futbolista y no pasar las penas de sus ancestros. No sé si lo conseguirá. Le gusta leer. Prefiere a Machado de Assis a Paolo Cohelo. También me dijo que el libro que más le había impresionado era el Evangelio de Saramago. Me pide recomendación española. Está descubriendo a un tal Cortázar. Yo la guío por los caminos de Borges y Vila Matas. También una novela neoyorkina, de Broklyn de Eduardo Lago que ganó el premio Nadal. Y los textos de Muñoz Molina sobre Nueva York. Se me olvidó recomendar los poemas de esta ciudad de Federico. Ya los encontrará. Aunque no creo que se haga millonaria.

Pierdo mi móvil, seguro que en el incómodo avión. Me quedo bastante desconectado. Tiene su cierta gracia. Salgo a cenar con amigos españoles en esta ciudad. Les digo que quiero algo muy neoyorkino, una hamburguesa, por ejemplo. Les termino llevando yo a unos de esos sitios que me gustan, que soportan los cambios de esta parte de la ciudad desde hace más de cien años. no muchos turistas. Y muchos jóvenes o otros buenos comedores autóctonos. El lugar se llama Clarke's, un clásico, con sus viejas fotos de boxeadores y esas otras de la vieja ciudad. Está, por si alguno tiene las tentaciones carnales, en la 3º con la calle 55. Conozco otros, ya hablaremos. Les cuento la sorpresa de mi compañera de avión por el ascenso irresistible de los hispanos. En su pueblo, al lado de New Jersey, en un supermercado pone en la puerta: "No se habla inglés".

Para huir de la invasión hispana, terminamos la noche en un lugar lleno de fanáticos seguidores del último partido de beisbol de la noche. Unos fanáticos. ganaron a los de Boston. Gritan con sus novias, celebran, beben cerveza. Me suena. Vuelvo al hotel y me doy cuenta que nada cambia demasiado. El Atlético sigue sin ganar. Intento dormir. Mañana me esperan las calles de Manhattan.

[Publicado el 17/9/2007 a las 17:43]

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Fin de época

Estoy con el último ejemplar de la versión española de Cahiers du cinema. Es el cuarto número e ignoro cómo irán las ventas y cuáles serán las posibilidades de subsistir en el extraño mercado de revistas de cine. Cahiers fue una revista fundamental para el cine europeo, para el cine, en unas cuantas décadas. Aunque su importancia a partir de los 70  fuera menor, su espíritu, el cine que defendía, el tipo crítica y de críticos, su lucha contra el cine comercial, contra los productos de la banalización universal, eran todo un gesto que marcó el cine francés. Y que consiguió forjar una inmensa minoría de cinéfilos seguidores de una manera de entender el cine. Con cineastas muy diferentes pero con persoanlidad. Eso que se llamaba, y se seguirá llamando, cine de autor.

¿Dónde el cine europeo de autor? No sé si en el mismo sitio que las nieves de antaño, pero muy cálido no parece estar. El número de la revista está dedicado a los últimos y penúltimos representantes de la modernidad en el cine. Dos significados autores europeos, dos de los más importantes que tuvieron la ocurrencia de morir en el mismo día, Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni. Tan difrerentes y tan complementarios. Dos de los creadores que marcan una estética, y más cosas, en nuestro recuerdo cinéfilo. A su lado, un contemporáneo, un superviviente que sigue persiguiendo la libertad desde su lucidez de cineasta, uno de los autores del cine que más cerca está de la literartura, también de la pintura, Eric Rohmer, que con 87 años acaba de filmar una deliciosa película de amores pastoriles en el siglo XVI francés. Sin actores conocidos, partiendo de una novela olvidada, coproducida con España y con costes bajísimos, Rohmer vuelve a dar una lección de libertad y modernidad. Último, o penúltimo porque por ahí sigue resoplando Chabrol, de los cineastas surgidos del mundo de las letras, de los míticos Cahiers du cinema.

Y el número de la revista española afrancesada de cine también dedica páginas a dos de los cineastas más peculiares de las décadas finales del pasado siglo, herederos de los "modernos" directores europeos que antes hemos recordado, un reportaje sobre la correspondencia y los itinerarios de Erice y Kiarostami. Dos cinestas imprescindibles que comenzaron en los 70 pero que llevan -más Erice- demasiado tiempo en silencio. Y para sumar autores, independencia, riesgo y voluntad de búsqueda también dedican bastante espacio al controvertido José Luis Guerín. Maduro, aunque todavía joven cineasta, que no quiere perder la senda de autores como Erice o de Rivette entre otras referencias.

En fin un número que nos devuelve al cine de autor, a esa manera de contar una historia que ya parece pertener a otra época. Una revista para saber que estamos asistiendo al fin de una época. No sé si habrá que decir con Ferlosio, "vendrán más años malos y nos harán más ciegos". O simplemente, estuvo bien mientras duró.

[Publicado el 14/9/2007 a las 17:31]

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Las mujeres y los días

Así se llama la reunida poesía completa de Gabriel Ferrater. Esta mañana la recordé. Algunas veces recuerdo sus poemas. Le recuerdo a él, al que nunca conocí. Siempre me impresionó que alguien como Ferrater cumpliera su palabra. No quiso cumplir los 50 años. No los cumplió. El 27 de abril se suicidó en su apartamento de Sant Cugat. De repente las mujeres, los días, el alcohol, los amigos, el medioevo, algunas verdades, algunos poemas, todo dejó de existir para él. No soportó la repetición. No quería que se le repitieran los jueves. Por eso hoy me volvió su recuerdo. Estaba haciendo los mismos pasos que el día anterior, y a la misma hora. Me ví repitiendo ese camino. Mirando las mismas cosas, cumpliendo el mismo rito, rozando las mismas calles.Pero al menos no pasaban las mismas muchachas. Incluso cuando se repiten algunas muchachas, algunas mujeres que cada día repiten sus ritos, sus horarios y que conmigo se cruzan, me gusta esa repetición. Me da tranquilidad repetir algunas cosas, algunas calles, algunas lecturas, algunas mujeres, algunas bebidas. Además he pasado los 50. Creo que ya estoy salvado de ese "mal de Ferrater". Me gusta, me serena la repetición.

Vuelvo a algunos poemas de Ferrater, él decía que su único tema era "el paso difícil del tiempo y las mujeres que han pasado por mí". De sus poemas mirando a la mujer vuelvo a uno leve, breve y significativo, Chicas: "Podría hacerlo con una chica/ menuda, como de marfil"/ Y brusco metes en el redil a todas las chicas/ menudas, como de marfil,/ junto con  la carne que te molesta, / como la de los hombres enemigos./ ¿Crees que en el mundo hay demasiadas chicas?/ Quién te lo iba a decir."

También habla de egoísmo, de felicidad, de amigos y de medievales. Fue curioso y bebedor. Ciudadano que terminó cansándose de la ciudad, de sus esquinas y de sus gentes. Hay un poema que se llama, Ciudad: "Llena de calles por donde he doblado/ para no pasar por los lugares que me conocen./ Llena de voces que me han llamado por mi nombre./ Llena de habitaciones donde he cobrado recuerdos./ Llena de ventanas donde he visto crecer/ montones de soles y lluvias que se me han hecho años./ Llena de mujeres que he perseguido con la mirada. /Llena de niños que sólo sabrán/ cosas que yo sé y que no quiero decirles."

Su poesía, si alguien quiere acercarse a uno de los poetas fundamentales de la segunda mitad del pasado siglo, está en la editorial Lumen. Y esta poesía completa tiene una excelente traducción de Mª Angels Cabré. También recordé a Ferrater, no sé bien por qué, al leer a una amiga llamada Alice. Una que aquí escribió que "la vida es tangencial como los campanarios de las iglesias". No estoy seguro de que en el mundo haya demasiadas chicas.

[Publicado el 11/9/2007 a las 13:59]

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LA FIESTA

Me estoy haciendo mayor. Es decir, soy mayor. No vale mirar para otra parte, nada se soluciona. Ayer sufrí la evidencia de las molestias que las fiestas de un pueblo pueden causar a un mayor. No era fácil ser ajeno a  los ruidos tan burdos, a la grasa en venta desde los chiringuitos, a sus tómbolas populares y a esos juegos pensados para intentar que los niños se abran la cabeza. Todo eso mostrado en un pueblo castellano, más pobre que rico, entre el abandono y la despoblación pero, eso sí, engalanado con lucidas y deslucidas banderas españolas -y otras banderas de entidades menores o mayores– amenizado con orquestas, socializando -pero no demasiado- con bailes populares, comidas grupales, romería, procesión, ofrenda a la patrona, fuegos artificiales… y los toros. Nunca pensé que los toros pudieran aburrirme tanto. Y algo peor que aburrirme, entristecerme y molestarme.

Es posible que este síndrome de rechazo a la fiesta nacional sea pasajero, que vuelva a mi afición por la tauromaquia, mi pasión por la emoción sentida algunas tardes, con algunos toreros. Pero no creo que los toros, al menos los que se pueden ver en la mayoría de los pueblos en fiesta, me ayuden en estos momentos de crisis con mis propios gustos.

Vengo de asistir a una corrida de toros en un pueblo segoviano. Una tarde de fiesta que prometía diversión aún en su rudimentaria manera de entender la fiesta de los toros. Y nada. Lo mejor era la curiosa vieja plaza, su popular construcción con piedra negra. El resto era un pequeño drama que pudo ser una tragedia. El drama de unos toros inadecuados, unos toreros ineficaces y una cuadrilla temerosa. Había poco dinero y eso se nota. Me horrorizó una carnicería, una matanza caótica, una tarde llena de desastres, en directo con unos toros grandes mansos y peligrosos frente a unos toreros jóvenes, inexpertos e inconscientes. Lo peor era el voluntarismo, las ganas de triunfar de esos jóvenes desconocidos que deben cobrar muy poco dinero. De esa cuadrilla que todavía se enfrenta a un torpe animal de más de 500 kilos, porque tendrán que hacer frente a la hipoteca o los colegíos de los niños.

Se me calló la fiesta de los toros en una feria de un pueblo de Castilla. Intentaré recuperarla en el otoño madrileño. En la “seriedad” de la plaza de las Ventas. O con toreros que sean o quieran parecerse a José Tomás. Con toros que sean, o se parezcan, a esos que algunas tardes pudimos ver. Es decir, prefiero la irrealidad de la fiesta de unos pocos. De pocos momentos, pocas tardes, pocos toreros y pocos toros que la realidad de la fiesta tal y cómo suele ser en los pueblos españoles. Me borro de esas fiestas populares.

[Publicado el 10/9/2007 a las 12:16]

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Foto autor

Biografía

Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.

 

En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.

 

Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.

 

En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.

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