El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
jueves, 8 de enero de 2009
Me gustan los cementerios. Me gustan en la realidad y en la ficción. La literatura, sobre todo la poesía, que se ha dedicado a esos espacios dónde aparentemente descansan los nuestros ha dado grandes poemarios. También hermosas páginas de literatura gótica, de narraciones del miedo, de cuentos de terror. Pero hoy quería hablar del libro que prefiero a la hora de pensar en un cementerio. No me olvido del “Cementerio marino” de Paul Valery. Ni del más cercano, por evocaciones diversas, “Cementerio civil” de Gerardo Diego. Aunque cuando llegan éstos días de visitas a los cementerios- nunca los visito, pero me gusta esa reunión de gentes que veo en los cementerios, entre las tumbas, en días como éstos- el libro que vuelvo a leer es la “Antología de Spoon River”, de Edgar Lee Masters. Uno de los mayores libros de la poesía americana. un poemario que renovó la poesía americana, que dejó su influencia en poetas que llegaron avanzando el siglo veinte y no solo americanos. el abogado lee masters, el joven que quería escribir, el gran poeta, el escritor de estas vida de un cementerio de un pueblo que nunca existió, creó un espacio universal, dio vida eterna a esa comunidad de seres corrientes de la america profunda, que son seres parecidos a los de cualquier comunidad en cualquier parte del mundo.
Contar la verdadera vida de un pueblo en un poema, en versos libres que nos hablan desde sus lápidas. Unas lápidas que ya no dicen mentiras de sus habitantes. Unas crónicas verdaderas de vidas fracasadas, felices, humilladas, arrepentidas, sinceras, mentirosas. Vidas de una comunidad que, como tantas, estaba llena de secretos y mentiras. La verdad literaria. La verdad en las lápidas de su colina. Una de esas colinas de algún pueblo de las grandes praderas. Estos poemas lapidarios me acompañaran siempre. Como siempre me acompañó, me sigue acompañando, ese largo poema, esas coplas que Jorge Manrique escribió para la muerte de su padre.
Así empieza la antologóa de Spoon River, el primer poema dedicado al cementerio, a la colina:
“¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley,
el débil de voluntad, el de fuerte brazo, el payaso, el borracho de las peleas?
todos están durmiendo en la colina.
uno murió de fiebre,
otro se quemó en una mina,
a otro le mataron en una riña,
otro murió en la cárcel,
otro cayó de un puente donde trabajaba para mantener a su mujer y sus hijos…
todos, todos duermen, todos están durmiendo en la colina…”
[Publicado el 31/10/2007 a las 13:46]
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Cerca de Krahe, lejos de Smith
El viernes pasado, tuve un día y una noche feliz en Cádiz. Gente interesante en una de las ciudades más hermosas que conozco, en una de las más antiguas ciudades de occidente, en esa isla liberal, constitucional, contradictoria, hermosa, viva, vital y también con muchas carencias. En Cádiz para participar en un ciclo sobre arte y crimen- me tocó ese lado que conozco un poco: prostitución y libros- una curiosa relación que se extiende a todas las artes y a todas las formas de la vida criminal y sus alrededores. Una noche que comenzó con la actuación de un cantante, un poeta, un irónico lúcido que sigo y conozco hace ya tantos años, Javier Krahe. La mejor versión española de Georges Brassens, con incrustaciones de Serge Gainsborugh, trozos de Dylan y gramos de Leonard Cohen. Y sobre todo una manera de estar y decir ciertas cosas del paso del tiempo, el deseo, la mentira, el amor y su física y química, como ningún otro entre nosotros. Hay otros pero tienen más ternura. Krahe, por encima de otros, al lado de Pí de la Serra, de Pau Riba y como maestro de Albert Plá, es el primero de nuestros cínicos imprescindibles. El humor también puede ser inteligente. Nada que ver con esos charlatanes de tienen éxito en televisión. También canta a su aire. Y es capaz de llevar músicos que queremos tanto. Pues eso, todo bien… y sin embargo quería estar en otra parte.
Sí, yo quería haber sido uno de esos que estuvo cerca de mi desconocida amiga/amada hace también tanto tiempo. Hubiese querido ser el que aplaudiera de cerca a esa mujer capaz de cantar, decir y estar como si una actuación fuera un orgasmo de larga intensidad. Quería ser uno de esos que estuvo cerca de Patti Smith en su particular homenaje a nuestro hermano Rimbaud cabalgando por algún lugar de nuestro espíritu libre. Creo que estuvo bien. Muy bien. Maravillosa dicen. Yo me muero de envidia. Quiero estar en dos sitios, en más. Espero noticias de Patti de mi amiga Laura. O de Adrián Vogel. No sé, de algunas/os que saben que la música nos permite seguir paseando más o menos felices en noches como ésta. Aunque estuviéramos lejos de Smith o cerca de Krahe. No hay días perfectos.
[Publicado el 29/10/2007 a las 17:08]
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Nunca podré separarme de Dylan.Tampoco nunca hemos estado juntos. Así es todo más fácil. Dylan, el ausente anunciado de los Premios Príncipe de Asturias. ¿Quién pensó que vendría Dylan? ¿Qué jurado no aseguró antes su presencia? Acaso no conocían el carácter, las rarezas, el genio y otras cosas que hacen que el judío- y un poco cristiano- que nos cambió las músicas y las letras se mueva por razones no musicales y crematísticas. Las hay, pero son muy impenetrables. Me gusta ver su lugar vacío. Ese escenario que ocupará con sus buenas intenciones y su pesadez la estrella de Al Gore. El mismo que ocuparon gentes que nos gustan, al lado de otros que nos son indiferentes.
Muy dylaniano eso de dejar colgados a príncipes, principados, aristócratas y burgueses más o menos ilustrados. Para uno como él, que hizo dormir al Papa en el mismísimo Vaticano, eso de venir al premio es una preocupación que le ocupa el mismo espacio que la calderilla.
Creo que muy pronto se dieron cuenta de que sería un premio en ausencia. No importa. Dos de los mejores premios Nóbel tampoco quisieron estar presentes, Samuel Beckett y Jean Paul Sartre. Su ausencia se queda compensada con su último disco/fetiche que recopila sus mejores cincuenta canciones. Y, por si alguno se queda con sed de Dylan, se acaba de publicar el libro con todas sus letras traducidas. ¡Ay, no es la esperada traducción de Rodrigo Fresán! No sólo están traducidas, traicionadas, sus letras, sino que en las más de mil doscientas páginas, se cuenta la historia de casi todas sus canciones. No es pequeño regalo, yo me lo regalaría.
Y de Dylan a Dylan, pasando por unas copas. Recordé escuchando a Dylan al otro, al primero, al poeta. El que llegó de Gales a Nueva York, pasando por los bosques de cerveza, de whisky y de muy poca leche. Dylan Thomas, el poeta que cedió su nombre al otro poeta que canta, a decir de sus amigos era “como una urraca. Siempre sabía exactamente qué era lo que quería robar”. Un gran poeta “al que sólo le interesaba la gente en la medida que ésta pudiera darle lo que necesitaba”. En fin, no seamos tan duros, quedémonos con el testimonio de su mujer:”Dylan era un cabronazo”. Nada demasiado raro entre los seres humanos. Menos si se llaman Dylan. Pero, ¿qué importa? Ahí están las canciones de uno. Los poemas de otro.
Adiós, y felicidades a Bob, con un fragmento de poema de Dylan:
“En este oficio o arte taciturno
que ejerzo en el sosiego de la noche
cuando sólo la luna rabia
y los amantes yacen en el lecho
………………………………
No para el hombre altivo y ajeno
a la rabiosa luna escribo
en estas hojas rociadas de espuma,
ni para los muertos encumbrados
con sus salmos y ruiseñores,
sino para los amantes, que abrazan
las tristezas de los siglos,
que no pagan con elogios, ni sueldos
y no tienen en cuenta mi oficio o mi arte”
Nunca serán mis amigos, pero no me quitarán sus compañías.
[Publicado el 26/10/2007 a las 11:50]
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Creo que si fuese ciudadano de USA votaría a Al Gore. Al menos lo hubiera votado contra ese que le arrebató con artes dudosas la presidencia. Ese de cuyo nombre no quiero acordarme. Ese que no me gusta ni para amigo de Aznar, bueno, aquí exagero. Sí creo que puede ser un buen amigo de Aznar, pero pocos méritos más.
Ahora bien, una vez entregado mi voto para Al Gore, no le daría ni un voto para su documental famoso, “Una verdad incómoda”. Me parece, para empezar, un rollo. Una lata personalista, un cine de agitación y propaganda- lo cual no quiere decir que sea malo, hay ejemplos extraordinarios en ese cine desde Eisenstein a Riefensthal pasando por varias guerras y posguerras- lleno de buenas razones y de pésimos resultados. Naturalmente hablo de resultados, de verdades artísticas. De los otros ya sabemos que es un éxito por más incomprensible que nos parezca. Premiado con dos Oscar. Después premiado el protagonista absoluto con el Príncipe de Asturias, con el Nóbel, con el Premio de honor por ser vecino modelo de su barrio y con la medalla de platino por ser el más guapo de los sesentones perdedores de la Casa Blanca. En fin, un gran tipo. Lo que pasa es que se lo ponen fácil. Por un lado ataca a su favor un tal Rajoy que tiene un primo en Sevilla. Y por otro, regalan su tocho documental los socialistas en los colegios públicos. Negocio con la izquierda impulsado por las torpezas de la derecha. Desde luego Gore es un tipo con suerte. El gran negocio de no haber ganado las elecciones.
Seguro que el mundo, no sólo USA, hubiera sido más razonable con un presidente como él. No hubiera existido la guerra de Irak- digo, es un decir y desear- , Nueva Orleáns quizá no hubiera sufrido lo que sufrió y posiblemente se conversaría más de las cosas importantes que del juicio a Michael Jackson, por ejemplo.
Dice Gore en su libro, “Ataque a la razón” que:”la buena noticia es que ya sabemos que hacer. Que disponemos de todo para hacer frente al calentamiento global….Que tenemos de todo, menos la voluntad política”. Espero que llegue al poder- a pesar de su mal documental, de su negocio redondo con ese reportaje de culto a su personalidad, a su lado bueno y cargado de razones y sin embargo, romo y pesado desde el lado artístico- antes de que el deterioro de la autoridad moral de los mandatarios, de los dirigentes de USA pueda caer más bajo. Que además de triunfar en Europa, como si fuera un Woody Allen, un Bob Dylan-¡ya quisiera!- lo haga en su país para el bien de todos. Y para librarnos de la pesadez de documentales cómo ése. Y además repartido en los colegios. ¡Cómo aquella leche en polvo de los años de la guerra fría!
[Publicado el 24/10/2007 a las 16:36]
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No recuerdo quién fue el que con la peor intención, no sin cierta gracia y con alguna envidia, despachó la literatura de Galdós, diciendo que su forma de escribir era propia de “Don Benito “el garbancero”. Ese mote, “el garbancero”, hizo fortuna en algunos que consideraban a Galdós un escritor casi costumbrista. Un escritor pasado, dominador y cabeza visible de un realismo de pucheros populares madrileños. Algo así como un naturalismo de corralas y zarzuelas y con agua, azucarillos y aguardientes. Así, esos lugares comunes, esas mentiras hicieron mecha en unos cuántos modernos. Y provocaron que algunos listillos que pedíamos la ruptura narrativa con el pasado tuviéramos a Galdós en menos consideración que algún latazo del “nuveau roman”.
Confieso que hasta las recomendaciones de Buñuel en sus memorias -y a pesar de la fascinación por “Viridiana” y “Tristana”- no me decidí a leer con normalidad a Galdós. Han pasado décadas y olvidos, han pasado novelas, han pasado escritores de los que apenas recordamos un título. Y el mismo tiempo, en algunos casos mucho más, ha pasado por Galdós y sigue siendo un placer renovado.
Ahora recuerdo aquello del “garbancero” por los datos que nos aporta un pequeño libro, casi un opúsculo, que escribió Galdós con motivo de su viaje a la casa de su admirado Shakespeare. Hablamos del año 1889, y no era el primer viaje a Inglaterra del nuestro escritor. Hablaba inglés, había traducido los papeles del Club Pickwick, era un español cosmopolita que admiraba la literatura inglesa y su sistema político. Además de un gran viajero, planeó ese mismo año un viaje a Polo Norte, aunque nunca lo llegó a realizar. Fue el primer español, al menos que se tenga constancia, que visitó la casa de Shakespeare en Stratford. Era muy amigo del cónsul español en Newcastle, Pepe Alcalá-Galiano, y se movía perfectamente por las ciudades, pueblos y ferrocarriles de media Europa. ¿Tenemos que seguir llamando “garbancero” a este español tan mundano? ¿Y al escritor, quién quiere negar su universalidad porque escriba de barrios y gentes que conoció en sus paseos por la realidad geográfica y la realidad del ser humano?
¿Es mucho más escritor el comedor de setas, de comida japonesa o de la reconstrucción de Adriá que el comedor de garbanzos?
Habrá que imaginar a Juan Sebastián Bach comiendo codillo y después componiendo sus elevaciones para perdonar que los personajes de Galdós tuvieran el mal gusto de comer cocido. Y encima madrileño
[Publicado el 23/10/2007 a las 13:56]
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Así se llama un ensayo del pensador y profesor que surgió de Deusto, Iñaki Esteban y que sabe muy bien de qué espacio habla. El lugar donde hoy está ese corazón de Bilbao ayer, hace diez años, era el lugar de la herrumbrosa decadencia de una ciudad famosa por su orgullo -entre otras muchas cosas- pero que estaba conociendo tiempos de decadencia. Llegó el Guggenheim, y sobre todo, llegó el edificio de Frank Gehry y el basurero de esa zona se convirtió en emblema de modernidad. En ornamento de una ciudad que pretendía ser otra, quitarse boina, soltarse mitos y mirar al futuro sin complejos.
Eso no es fácil, no se hace solo con una arquitectura espectacular, con un museo llamativo, con esponsorizaciones globales y con otros arquitectos estrellas llenando con su firma el metro, los puentes o los nuevos rascacielos de una ciudad tradicional, de una ciudad que conoció el cambio -no sin resistencia- de los verdes valles a las colinas rojas. No es solo el efecto Guggenheim el que permite el cambio en el espíritu de la ciudad.
Como dice Iñaki Esteban, “hablar del Guggenheim sólo como cultura es como hablar de fútbol de Primera División solo como deporte”. El Guggenheim y su efecto son mucho más que un hecho cultural. El efecto Guggenheim, si no se tuerce en proyecto solo ornamental o se banaliza en sus contenidos, es en diez años de vida el ejemplo de cómo se inventa un lugar simbólico del cambio de una ciudad. De la transformación de un pueblo y de sus relaciones con el exterior. El efecto de apertura al mundo y su complejidad, la ruptura con un nacionalismo cerrado y de taberna , el fin del orgullo de raza y el ser capaces de saber que en el mestizaje, en la llegada del otro, de los otros, está la mejor solución contra el muro de la intolerancia.
A pesar de los gustos de Gerhy también han limpiado el entorno. Lo han ajardinado, suavizado, dulcificado. Ya no tiene la personalidad herrumbrosa de antes, ese aspecto industrial, lleno de contenedores, de vías electrificadas o de pintadas pro-etarras. Han querido limpiar, despejar y hacer brillar lo que Esteban llama “un inmueble fotogénico, orgánico y orgásmico”.
Estuve en la inauguración, he vuelto después de diez años. Han pasado muchas cosas, muchos Armani, Hugo Boss y otras fáciles marcas del lujo “popularizado”, pero también han venido algunas exposiciones que merecieron la pena. Y sobre todo, ahora, en esta conmemoración, para los que quieran seguir el mejor arte del imperio americano, la innovación de lo que nos vino de USA -un arte imprescindible para entender nuestro tiempo- que se disponga a visitar esa exposición llamada “Art in the USA”. Un mundo lleno de hermosas paradojas.
Visita aparte los laberintos de Richard Serra. Como si paseáramos por Fez, por un cañón o por las estrechas calles de alguna ciudad silenciosa. Hermosas sus hierros que van cambiando el color con los años. También la herrumbre es hermosa. ¿Dónde estarán las toneladas perdidas en el Reina Sofía? ¿Estará la obra de Serra siendo vendida como chatarra? Que la chatarra no llegue al efecto Guggenheim.
[Publicado el 22/10/2007 a las 09:53]
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Desde la primera vez que leí a Millás al Premio Planeta han pasado treinta años -de casi todo hace ya 30 años- y no me parece que sea muy distinto de aquel desconocido de entonces. De aquel cercano y raro, por lo que escribía y desde dónde escribía. La primera novela que leí fue su segunda, Visión del ahogado. Aquella novela me hizo buscar la anterior, su inicial novela, Cerbero son las sombras. También extrañamente interesante. Años después, con motivo de la publicación de Letra muerta, creo que su cuarta o quinta novela, conocí al autor y la sorpresa fue que resultó ser tan interesante, raro e incalificable como sus escritos. El autor, más allá de sus escritos, merecía la pena.
Con irregular frecuencia he seguido su obra novelística, sus cuentos y por supuesto su notable, sobresaliente, obra de columnista, de periodista francotirador, de agudo buscador de otras orillas, de otras vidas que se parecen a las nuestras y que habitan al otro lado del espejo. Es uno de nuestros grandes escritores, aunque sus novelas ya no hayan producido en mí el mismo efecto que cuando entonces.
Nada, casi nada, de Millás me es ajeno. Ayer me sentí feliz pudiendo desear que llegara un libro con el Premio Planeta. También fue un placer que el año pasado se sumara a esa fiesta comercial y literaria otro escritor, Álvaro Pombo. No siempre ganan el premio literario mejor dotado de los de nuestra lengua los escritores. Algunos años lo han ganado dudosas operaciones mediáticas, extravagantes o de otra índole.
Volveré a Millás, volveré a su libro ganador. Seguramente esa novela llamada El mundo será la de mayor venta en el país, en el planeta hispano, en los próximos meses. Con la rivalidad en su propia casa. Con un competidor que es compañero de millones y comercio, Boris Izaguirre. Nunca lo leí, muchos, al menos algunos, me aseguran que es buen escritor. Ayer, para mi sorpresa, me pareció que Gimferrer hacía una leve crítica la novela de Izaguirre por estar demasiado bien escrita. ¿Quería decir que no es bueno que una novela esté bien escrita? Leeré las dos, sí, pero desde luego estoy deseando por ese Millás autobiográfico que nos traslada a Madrid años 50/60. Un mundo, una ciudad, una calle y una época que tiene unos cuantos buenos escritores. Algunos muy buenos. Uno excelente. Y esperando la excelencia de Millás me voy para Jerez. Y brindaré con más de lo mismo. Nadie dijo que tuviera que ser muy original. Simplemente soy razonablemente infiel.
[Publicado el 17/10/2007 a las 10:27]
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Cuando conocí la noticia del Nobel de literatura para Doris Lessing estaba en Bogotá, entre cineastas, poetas, editores y algún narrador. Nadie aplaudió, nadie habló con literaria alegría de la noticia, incluso muy pocos habían leído a la polémica escritora británica. Algunos recordamos su Cuaderno dorado que sí fue una lectura “cuasi necesaria” hace ya muchas décadas.
Bien es cierto que también tiene sus lectores, escritores que reivindican su interés literario y amigos en el mundo de las letras. No se gana un Nobel contra otros, aunque ya no estoy tan seguro. Desde luego lo que no se puede decir de ella es que sea complaciente, simpática, mundana y socialmente correcta. De ella, y de su obra, Marianne Ponsford es una gran conocedora, una periodista y editora colombiana, directora de la revista Arcadia y acompañante de Doris Lessing en el Hay Festival segoviano del 2006.
Allí la conocimos, es decir la vimos, escuchamos y nos escapamos. No era simpática. Ni lo intentaba. No hacía concesiones, no regalaba sonrisas y no buscaba amigos. Al menos eso es lo aparentaba con su aspecto de abuelita mormona, acompañada de otra mujer -no sé si una hija recuperada- que también tenía ese aspecto de sobriedad puritana. Parecían las viudas de unos pastores muy severos, uno de aquellos fanáticos que también fueron parte del paisaje de las colonias.
El buen recuerdo de aquellas lecturas del Cuaderno dorado ha desaparecido hace tiempo. No es fácil entender, apreciar o recomendar las últimas obras de Lessing. Su escritura, su queja literaria, su acercamiento crítico a los dramas del siglo XX, parecen pertenecer ya al pasado. No sé, dudo que el efecto del Nobel nos lleve otra vez a leer sus libros que se pusieron de moda en la contestación de los años 60 o en la resaca de los 70. Me dejó de interesar a mí y a todos los amigos que me rodeaban. No estaba Marianne Ponsford, una pena. Aunque el periódico El Tiempo, el diario colombiano por excelencia, hace unas declaraciones en las que reivindica su obra y no disimula con su persona. Dice Marianne que “decir que Doris Lessing no es una mujer simpática sería menospreciar su bárbaro talento para la sequedad y el desdén”. No es poco. No hay mujeres tan antipáticas, tan hoscas como esta ganadora del Nobel, que a la vez sean capaces de decir algo que contradice uno de los lugares comunes que con ella se han mantenido a lo largo del tiempo. Muchas veces hemos situado su obra al lado del feminismo. Eso es un error, sus lectores lo saben. Y su estudiosa colombiana, Ponsford, nos lo recuerda al rescatar una frase de Lessing del año 2001: “Me asombra cada vez más el vapuleo irreflexivo y automático de los hombres que parece estar ya integrado en nuestra cultura, que ni nos damos cuenta. La mujer más estúpida, peor educada y más desagradable puede atacar al más amable, simpático e inteligente de los hombres sin que nadie proteste”.
La verdad, me está empezando a resultar simpática esta Nóbel tan borde.
[Publicado el 16/10/2007 a las 10:50]
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No he tenido mucho tiempo para leer con detenimiento la llamada Ley de Memoria Histórica. Sin matices, me alegro de que exista, de que salga adelante desde las instituciones. Me alegro que en el mismo día la Conferencia Episcopal anuncie la beatificación de centenares de “mártires” de eso que ellos llaman cruzada. Me alegro porque así -como casi siempre- muestran su verdadera cara. Ellos son los que desde hace décadas, desde el año 39 del siglo pasado, siguen manteniendo en sus templos esa lista de los “caídos por Dios y por España”. Nos ofenden, nos insultan, nos expulsan de sus templos aunque hace mucho tiempo que ya no nos pueden expulsar. Me gusta que se muestren como son. Al menos como son institucionalmente. Creo que no es sólo su rostro oficial, pienso que la perversión está instalada en un lugar más profundo. Así son, así nos parecen. Nada espero de ellos.
Me tocó vivir ese día en Valencia, en el día en que se celebra, se exalta, se festeja con cohetes, tracas, misas, cantos y rezos el ser una comunidad. Ser valencianos. Tuve que escuchar gritos fascistas, afirmaciones de un nacionalismo que se afirmaba contra lo catalán- y en algún caso contra lo español- y también, sin participación institucional, sé que por la tarde se celebró pertenecer a una gran cultura que es la de expresión catalana. Unos sacaban en procesión a sus vírgenes, sus mártires, sus cánticos y sus banderas. Rezaban y expulsaban.
Otros recordaban a Joanot Martorell o a Joan Fuster. Yo acababa de visitar la exposición de un “moderno” valenciano que estuvo por otros caminos estéticos y en otros tiempos históricos. La exposición del artista, pintor, cartelista, recalentador del arte del fotomontaje, abuelo del pop español, comunista y cosmopolita y realmente moderno más allá de su ideología y sus fobias. Se llamó Josep Renal. Muchos que vinieron después saben las deudas que con él tienen. Además es Renal actor principal para reconstruir la mejor memoria de nuestro arte en la República y en la Guerra Civil.
Memoria de nuestros modernos artistas plásticos. Memoria de nuestro pasado. Y si hablamos de modernidad plástica -por no escaparnos del mundo creativo de Renau- tendríamos que recordar que al lado de algunos de los más grandes artistas que estuvieron en el lado republicano: Picasso, Julio González, Miró, Alberto, Solana, Gaya- no fueron pocos los que en tiempos de guerra estuvieron con los rebeldes franquistas, con las llamadas derechas. Por centrarnos en los modernos recordaremos a Cossio, Ponce de León, Sáenz de Tejada, Vázquez Díaz, Palencia, Cabanas, Adriano del Valle, Lahuerta, Olasagasti, Legarde o los curiosos casos de Dalí o Pepe Caballero.
Sí, no viene mal tener un poco de memoria histórica. Nada que ver con los cánticos, los himnos, los rezos o los gritos que todo lo ignoran, lo ocultan y lo manipulan. No creo en las leyes como solución a las carencias, pero tampoco creo en las naciones sin ley. Tengo memoria. No me importa saber. No me cuesta creer en cosas, descreer en tantas otras.
[Publicado el 10/10/2007 a las 11:33]
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Antes estaba más claro quiénes eran los escritores que se alineaban entre los humoristas. Tenían voluntad de humor en su literatura. En sus formas y en sus temas. Por hablar de algunos de referencia podríamos citar a Miguel Mihura o a Jardiel Poncela. Dos de los grandes de nuestro mejor humor, uno más cerca del absurdo que otro, uno más teatral el otro más diletante. Dos buenos modelos de un humor muy reconocible, de un humor español. Con el lío que significa hoy decir que algo es español. Que, por supuesto, no quiere decir que se acompañe de los tópicos que forjaron la españolidad de postal, de muchas postales chirriantes a lo largo de siglos.
Humor nuestro que estaba en el Arcipreste, que pasa por Quevedo, por el teatro del siglo XVI, que se transforma en seriedad, en esperpento en Valle, que se vuelve astracán en unos, carpetovetónico en otros. Humor que de otra manera, de forma honesta y vaga, llega a Josep Plá. De vez en cuando vuelvo a él. Por ejemplo a ese libro que publicó cuando era José Plá y que se llama Humor honesto y vago. Cuenta en su prólogo que él no sabía que fuera un escritor humorista hasta que algunos queridos amigos se lo señalaron. Que él lo seguía dudando pero insistieron con argumentos tan serios que lo empezó a creer. Además no le gustaba frustrar las previsiones de las personas que le eran gratas. Y así pasó a considerarse un escritor de humor, de humor honesto y vago. Honesto porque nunca sintió la “delincuencia de la declamación antisocial”. Y vago porque como era un recién llegado al humorismo todavía no había tenido tiempo de “conocer los rincones y desvanes de la casa”.
El humorismo esa casa grande con rincones y desvanes muy diferentes. Hay muchos serios escritores que se acercan al humor, Eduardo Mendoza. Hay escritores llenos de humor que son muy serios, Quim Monzó. Y hay otros que se acercan a lo mejor de nuestro esperpento. A una deformada visión de la realidad que después de leída parece mucho más realista. Entre esos uno de los ejemplos más sólidos, uno de los mejores escritores desde ese lado de lo absurdo contemporáneo es Fernando Royuela. Su último libro de cuentos, de disparates ibéricos y actuales, es un perfecto ejemplo de la buena literatura que desde el humor podemos encontrar en los escritores en castellano. Bueno desde su título, El rombo de Michaelis. Un lugar muy interesante de la anatomía femenina. Tiene algunos cuentos de lo mejor de nuestra cercana literatura del disparate, ¡de tanto realismo! Y ese arranque excepcional con un pescadero sofista. Toda una metáfora de algunas cosas que nos pasan. Reírnos de nuestras propias miserias cotidianas. Un placer.
[Publicado el 08/10/2007 a las 17:18]
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Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.
En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.
Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.
En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.
08/1/2009 11:28
Publicado por: corriente
07/1/2009 21:25
Publicado por: carmen
07/1/2009 16:57
Yo creo que el intercambio es...
Publicado por: ossa
07/1/2009 15:46
Durante mucho tiempo mantuve...
Publicado por: Pancho Ortuño
06/1/2009 04:43
Se hablaba de libros? MI medio...
Publicado por: Curls
05/1/2009 18:17
Publicado por: alex
04/1/2009 19:58
NO TENGO NOVIO Y ASTOY BUSCANDO...
Publicado por: amairani
01/1/2009 16:31
Publicado por: miguel mora
01/1/2009 15:06
La Olivetti!! En cuanto hablaste...
Publicado por: Una ET en Euskadi
01/1/2009 10:43
Publicado por: Ellis
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