El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
jueves, 8 de enero de 2009

Emilio Sanz de Soto, Truman Capote, Pepe Carleton (entre otros)...
Estoy leyendo al muy querido periférico llamado Fogwill -gracias, Julián Rodríguez- que acaba de publicar entre nosotros Help a él. Una vez más me seduce y me atrapa la obra de este raro que nos hizo conocer Vila-Matas.
Y he recordado aquella cita de Fotwill que recoge el Bartleby de Vila-Matas: "Escribo para no ser escrito. Viví escrito muchos años, representaba un relato." La cita, que es más larga e interesante, volvió a mi memoria al conocer la noticia de la muerte de un hombre que pudo haber escrito mucho, que así lo reclamamos quiénes lo conocimos, que era un libro por escribir y que terminó casi sin escribir, Emilio Sanz de Soto. Recuerda Molina Foix, que Emilio fue "un genio oral". Otro de los subyugadores de la palabra, de la memoria que se muere este mes de tantas muertes. Noviembre sí es el mes más cruel.
Murió Emilio en silencio, como un buen Bartleby. Murió el tangerino más singular, simbólico y metafórico de esa ciudad abierta y sin sacristías. Un español razonable, moderno, cosmopolita, curioso que no quiso escribir su vida. Ni la vida de los demás -de los muchos interesantes que conoció en vida-de los que pudo haber contado tantas cosas. Todo, casi todo, lo que vio y vivió prefirió callarlo. No ocultarlo. Lo contaba en su casa llena de libros, fotos, fetiches y recuerdos pero no quería escribirlo. Preferiría no hacerlo. Y no lo hizo.
Conseguí que hablara ante cámaras. Que hablara de él. De su vida en aquella ciudad mítica que fue Tánger. De sus relaciones con Truman Capote, con los Bowles, Gore Vidal o Tennesse Williams. De su amistad con Ángel Vázquez, Buñuel, Cecil Beaton, Ángel González, Pepe Hernández o Carmen Laforet. Conseguí que con su amigo, su cómplice, el nervioso y vital decorador, Pepe Carleton, evocaran momentos de una vida que ya no podía volver. De unas voces y unos ámbitos que pertenecieron a lo mejor de un mundo que tuvo mucho de juerga culta, de fiesta civilizada, de desmadres elegantes, de osadías privadas.
Excéntricos y cultos, algunos hicieron muchas cosas, otros, como Emilio Sanz de Soto, prefirió no hacer demasiado. Vivir, recordar, contar y callar. Ser parte un relato que no escribirá él. Ser una novela que no le importó que escribieran los otros. ¿Quién escribirá la vida de estos españoles, de estos dos modernos que fueron la mejor contribución patriótica a una vida sin patria en una ciudad abierta y puñeteramente divertida? Pepe Carretón está vivo. Y nunca escribirá de aquellos días, de aquellas noches. Emilio acaba de morir. Uno de los personajes que merecerían estar en la compañía de Bartleby.
[Publicado el 27/11/2007 a las 10:44]
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Un poeta que no estuvo en su funeral

Fernando Fernán Gómez.
No le gustaban los funerales y no quiso estar en el suyo. No quiso, pero estuvo a su pesar. No quise verlo. No quise mirarlo, no miro a los muertos. Pero lo recordaba muy bien. Me impresionaba, desde pequeño y nunca dejó de hacerlo. Ni mucho menos cuando lo conocí, cuando algunas veces pude estar con él, cerca de él. Fernando Fernán Gómez ha sido parte de nuestras vidas. Una de las mejores partes. En el cine, en el teatro, en sus escritos, sus biografías, sus charlas y sus poemas. Sí, sus poemas. Fue un poeta roñoso, temeroso, controlado, pero fue un poeta. Le gustaba ser poeta. Se puso muy contento cuando publicó en una de las mejores colecciones poéticas de nuestra lengua. Hace años publicó en Visor una selección de su obra poética.
Ayer, después de cabrearme con la noticia, después de buscar sus recuerdos en mi memoria y después de volver a algunas páginas de sus emocionantes, libres, tragicómicas y divertidas memorias, El tiempo amarillo, volví a sus poemas reunidos. El canto es vuelo los llamó. Y no es mal lugar para acudir y conocer más a este tipo tan grande que ya no nos podrá impresionar más. No podrá hacerlo en directo. Lo seguirá haciendo con su cine, sus escritos, sus charlas grabadas, sus palabras y sus poemas. Algunos me hacen reír con sonrisa cómplice, otros me emocionan.
Ayer, la tarde de una noche en que un poeta recibirá en premio Loewe, el mejor pagado de los nuestros, la misma tarde en que se presenta la poesía completa de Pedro Salinas, yo vuelvo a leer este poema de Fernando Fernán Gómez:
"VERGÜENZA
Qué vergüenza, hermanos míos,
este dolor.
Este dolor tan vulgar,
pequeño,
cotidiano.
He crecido en un tiempo de dolores.
Duele y dolía la injusticia.
Duele y dolía el hambre.
Duele y dolía la guerra.
Cuando niño, a cada instante
estallaban huelgas
y alborotos con sangre.
He oído los disparos.
He visto llorar a las mujeres de los obreros.
He visto luego los paseos.
Más luego aún, las represalias.
Y el mundo entero estalló
y se partieron muchos hombres en miles de pedazos.
Pero, gracias a Dios, poquito a poco,
volvieron a construirse las injusticias.
Y algo sangriento pasa
y algo horrible no deja de pasar.
Y os pasa a vosotros hermanos.
Hombres de genio calculan,
místicos sufren,
valientes siguen ofreciendo su carne para los destrozos.
Y yo, aquí,
pobre, cobarde, ridículo,
insensible a tanto dolor,
cornudo caracol diminuto y encerrado,
creo que mi alma es nueva,
porque os olvido
y me duele sólo mi dolor.
Qué vergüenza, hermanos.
Aprovecho una pausa en mi llanto
para pediros perdón."
[Publicado el 23/11/2007 a las 11:43]
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La Venus del espejo
Dicen que es el primer culo de nuestra pintura. No estoy seguro pero sí es uno de los más hermosos. El culo que disfrutó Diego de Velázquez, ya mayor, muy mayor para aquellos tiempos, y solazándose, entreteniendo sus días con una joven y hermosa modelo de Venus algo más para el pintor. Es una de las recompensas de los artistas, de los buscadores o de los muy aficionados.
Gran culo inicial de nuestra pintura, sublimado culo que no está solo. Viaja en compañía de sus rotundas nalgas y de una espalda femenina difícil de superar en la pintura y en la vida. Modernidad de formas, perfección que traspasa el tiempo y las modas.
Nada que ver la Venus del espejo de Velázquez con los desnudos de Rubens. Cuando éramos pequeños, como esa Venus velazqueña estaba en Londres, los cuerpos de mujeres desnudas que podíamos mirar, los que nos hacían excitarnos pensando en las hermosas desnudas, eran casi siempre muy pasados de kilos y de michelines. Después llegaron las flacas con culo -léase Jane Birkin- y las de poco culo, el mayor ejemplo es Audrey Hepburn.
El culo de Velázquez, el culo y el resto, que pudimos admirar en la National Gallery de Londres, ahora lo tenemos a tiro de cola y en Madrid. Es una hermosura, lo digo con conocimiento de causa, de mirada, de muchas miradas. Ningún tocamiento está permitido.
Creo que habrá que guardar un sitio a uno de los más sabios en cuestión de culos y de otros desnudos. De la desnudez y sus miserias, de los desnudos y sus bellezas, como es Oscar Tusquets Blanca. Su mirada tan libre, su inteligencia tan peculiar, su admiración por el desnudo y su rechazo de algunos desnudos, los cuenta admirablemente en su libro último e imprescindible llamado Contra la desnudez. Un placer de texto, además acompañado de los mejores desnudos del arte de todos los tiempos. No todos los desnudos son hermosos. Ni todos los cuadros. Ni todos los libros. Y yo sólo les he hablado de los hermosos desnudos. El que no esté de acuerdo que pague su prenda.
[Publicado el 20/11/2007 a las 15:56]
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El fin de semana estuve con Claude Lelouch, seguramente el cineasta francés más famoso durante las décadas de los 60 y 70. Y el que menos me interesa ahora y entonces. Sigue rodando y estrenando cada año, no nos llega su cine. En realidad ya no llega el cine de casi ningún europeo. Cuando lo hace es en pocas pantallas, pocas ciudades, poca publicidad y poco tiempo. El cine europeo hay que verlo en festivales o comprarlo en dvd en algún viaje.
Lelouch era contemporáneo de los cineastas más renovadores del cine francés, de aquellos que llamamos "la nouvelle vague". Contemporáneo no quiere decir compañero de viajes cinematográficos. No lo fue ni el fondo, ni en la forma. Nada, o muy poco, que ver su cine con el de Godart, Truffaut, Romher, Rivette, Resnais, Chabrol, Melvilla, Rouch y todos los demás. No, Claude Lelouch, a diferencia de los otros no estaba por casi ninguna ruptura, por ninguna revolución estética, ni ética. Aunque comenzó imitando movimientos de cámara de Raoul Cutart, el emblemático fotógrafo de la "nueva ola", muy pronto retornó a maneras más clásicas y no poco eficaces.
Buen cámara, como demostró en su película más conocida, "Un hombre y una mujer", pero como director y guionista con una propensión al sentimentalismo. Un cine popular que se llenó de trucos formales, de una manipulación de los sentimientos que le hicieron conquistar públicos mayoritarios. Conoció el éxito en festivales, premios y hasta dos Oscar. Y sin embargo la crítica nunca le quiso. Su cine hacía grandes taquillas, emocionaba a muchos, se exportaba al mundo, tuvo grandes repartos fijó el mito de algunas estrellas tan hermosas como Anouk Aimé, trabajó con los mejores actores... y sin embargo no gustaba a la crítica. Ni gustaba a la mayoría de sus compañeros. Ni a los cinéfilos.
Muy pronto Lelouch nos pareció tramposo, no porque siguiéramos la senda de los críticos de la época, sino porque también en el cine -como en la literatura, la pintura, la música- muchas veces el éxito camina por un lado y la verdad poética, la emoción que resiste el tiempo, el verdadero arte va por otro lado.
No estuve cómodo en compañía de Lelouch, no porque no fuera afable, sino porque me sentí mentiroso, falso por decirle cosas que no pensaba de su cine, por disimular que ninguna de sus películas me parece que sean capaces de resistir el tiempo. Lo suyo eran inteligentes manipulaciones, cuando más, buen espectáculo de masas. Lo otro, lo de alguno de sus "compañeros" fue una ventana que se abrió a un cine con más riesgo, más verdad, más compromiso y menos espectadores. No importa, no tenemos prisa. El éxito para el que se lo trabaja.
Ah, otro día, si quieren, hablamos de los críticos de cine.
[Publicado el 19/11/2007 a las 12:43]
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Saramago y Pilar del Río, el día de su boda.
Hoy se celebran los 85 años de José Saramago. No podré estar cerca físicamente pero me siento cercano a él por muchas cosas sin dejar de haber discrepado, discutido o mantenido desacuerdos sobre cuestiones políticas y de sus alrededores.
Mi admiración, mi cercanía con el escritor llegó después de leer El año de la muerte de Ricardo Reis. En aquella novela la vida de Ricardo Reis continuaba más allá de Pessoa y lo hacía con una prosa poética admirable que nos llevaba a la sugestiva ciudad, a la misteriosa y querida Lisboa. Muy pronto leí otra novela que ya estaba traducida, "Memorial del convento" y quise conocer al escritor. Gracias a una película de Felipe Vega me encontraba en Portugal, en el sur y en una de aquellas noches de invierno atlántico, después de pasar ratos en un bar que se llamaba "la última oportunidad", llamé a Juan Cueto para ofrecerle una entrevista en Cuadernos del norte con Saramago. El mismo día quedamos con el escritor, muy interesado por España y por la repercusión de sus novelas entre nosotros. La entrevista, que tradujo Ángeles Caso, por mi culpa, por mi grandísima culpa, no llegó a publicarse. Nunca la entregué y además la perdí, pero esa es otra historia.
El viaje desde Sagres a la Lisboa de Saramago fue divertido, mi compañera de viaje era Teresa Madruga, hoy olvidada actriz portuguesa, excelente actriz, que tenía un papel en la película de Felipe y muy querida por todos los cinéfilos. Teresa era la camarera de ese maravilloso lugar que es el bar británico que AlainTanner saca en su película La ciudad blanca. Todo tenía un poco de irrealidad, de ficción, de historia melancólica. Yo viajando para conocer a un escritor que había novelado la vida de un personaje inventado por un poeta y en compañía real de una mujer que habíamos admirado en la ficción.
En Lisboa me alojé en un horrible hostal, cerca del bar del reloj al revés, en pleno barrio chino, al lado de Cais de Sodre. El hostal se llamaba, es posible que se siga llamando, Braganca. El número de habitación era la que yo deseaba. Y el paisaje interior que me encontré era el mismo que tantas noches conoció Ricardo Reis, el heterónimo de Pessoa que narró Saramago. Allí mal dormí gracias a mi mitomanía. Por la ventana descubrí la misma placa que se recuerda en la novela. Eran noches de lluvia. De gentes silenciosas que se movían como sombras por aquél barrio marinero.
Al día siguiente le conté todo eso a Saramago. Me miró con sorpresa. Con una leve sonrisa me dijo "estás loco, has dormido en un lugar donde nunca durmió alguien que nunca existió". Me gustó que mi mitómana entrega no hiciera mecha en él. Era serio e irónico, nada vanidoso y poco propenso a las mitomanías. Todo eso hizo que, además del escritor, empezara a interesarme el hombre. El mismo hombre que en su último libro, Las pequeñas memorias, demostró cómo se puede hacer gran literatura con su propia y modesta vida. Uno de sus mejores libros escritos desde su juventud de octogenario. Han pasado los años, los libros, los premios, todavía siento cercano a aquél escritor que me bajó de mis mitos una tarde en Lisboa.
Felicidades. Gracias por tus libros. Y por otras cosas que Pilar y yo sabemos.
[Publicado el 16/11/2007 a las 12:11]
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Y Guillermo Brown, Zipi y Zape, el Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín. Como en una canción de Sisa, “cualquier noche puede salir el sol”. Algo así de ingenuo e imposible deseábamos hace ya tantos años. Hace décadas. Muchas cosas así de simples y extraordinarias seguimos deseando en estas edades maduras. Todavía nos reconocemos en aquellos que fuimos, en los niños de ese mundo sin muchos colores pero con los colores de los mundos de los “tebeos”. Por ellos comenzaron nuestras lecturas.
Ahora, hoy, se celebran los cincuenta años de Mortadelo y Filemón y muy poco después ya fuimos sus compañeros de disparates, de burla de la eficacia, de los servicios secretos, de los detectives o de la llamada Guerra Fría. Tantas cosas de nuestras lecturas llegaron por esa vía de bromas y veras que tenían los primeros cómics de nuestra infancia. Y llegaron los más serios. Llegó Tintín. Y Corto Maltés. El underground, Valentina, los japoneses o las seriedades de esos chicos de la posguerra donde el mundo se pudo llamar Paracuellos. Y seguimos a los continuadores de la línea clara. A los eróticos, los bestias, los jueves o los viernes.
Me gusta que cumplan tantos años esos que una vez fueron compañeros de mis fugas infantiles. Los abandoné hace tiempo. No seguí sus disparatadas e inocentes historias, me hice más serio, menos inocente, crecí, me equivoqué y no supe quedarme en esa patria, quizá no tan feliz, de la infancia. Muchas veces he pensado que la edad ideal es la de Tintín: indefinida, aventurera, infantil y madura. Otras, la mayoría, prefiero la de Haddock, bebedor, casi en la jubilación, con amores y con un poco de mala leche.
[Publicado el 14/11/2007 a las 11:30]
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Me imagino feliz a Gore Vidal, ya está más cómodo en la cumbre. Cuando murió Capote comentó que su muerte significaba “un excelente paso en su carrera”. Ahora puede ver el cadáver vestido de su íntimo enemigo literario. Son tres grandes de la literatura americana. De la literatura pero ni estaban solos, ni eran los únicos. Pero sí supieron usar las ventajas de los “media”, su capacidad para hacer que un novelista fuera, además, alguien popular.
No se si la fama les hizo mejores o peores escritores. Ni si la escritura les hizo mejores o peores seres humanos. Pero sí que mantienen la capacidad de seguir vivos en sus obras. Volví a Mailer en la mitad de los años 90, cuando Anagrama, reeditó “La canción del verdugo”, “Los ejércitos de la noche”, “Los desnudos y los muertos” o esa otra forma de hacer literatura con crónicas cortas, con pequeños relatos o poemas que se encuentran en “Los tipos duros no bailan”- siempre me sirvió el título para excusarme de esos movimientos, o casi siempre- y “Caníbales y cristianos”.
Abro al azar “caníbales…” me encuentro un billete del metro del año 75. ¡Qué año para muertos, caníbales, cristianos o lo que fueran! Es un libro de los años sesenta, de los años de tantas cosas, tantas músicas y alguna guerra. Aquella guerra. Se puede leer ahora cambiando de guerra:
“Como ahora ya es evidente, la única explicación que puedo encontrar para la guerra de Vietnam es la de que nos estamos hundiendo en los pantanos de una plaga y la matanza de gente extraña parece aliviar algo esa plaga. Si se cogiera a los enfermos de un hospital y se les diera armas y se les dejase que con ellas tirasen a los peatones desde las ventanas del hospital, puede estarse seguro de que iban a descubrirse algunas curas milagrosas. Así que el ánimo nacional tiene que prosperar gracias a la guerra de Vietnam…el adorable anciano que está a punto de morirse acaba de dar dentelladas a la yugular de la adorable anciana y algunos están empezando a resbalar en la sangre. Y algunos están empezando a deslizarse como serpientes. Vaya, amigo, ¿qué será mejor, ser un asqueroso caníbal o ser un cristiano muriéndose de nausea?”
Alguna vez los católicos Bush, Aznar y otros tan seguros de sus guerras, sus enemigos, sus fobias o sus consejos, alguna vez, repito, ¿habrán sido lectores de Norman Mailer?
Amigo Adrián, hay otro Norman Mailer que me gusta. Precisamente ese joven del que ayer hablaba Bárbara Probst Solomon, ese joven que vivió a tope “los felices cuarenta” y que prestó su coche para escapar de los campos de concentración franquista a unos jóvenes intelectuales españoles….pero esa es otra historia.
[Publicado el 12/11/2007 a las 13:39]
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El interés por el escritor, y por la personalidad, de César González Ruano se despertó en el también escritor- y poeta- José Carlos LLop en un viaje en ten a una ciudad andaluza. Los trenes eran más lentos, permitían terminar una novela en un trayecto Madrid-Granada. Lo que el lector LLop leía no era una novela, eran las memorias de uno de los más agudos estilistas de la escritura en la prensa, las memorias- llenas de sus fantasías de hombre de mundo- del escritor, y también poeta, César González Ruano. Un apasionante libro/ensayo narrativo sobre CGR que yo también he leído en una viaje en tren al sur. A pesar de la rapidez del AVE casi pude terminar sus apasionantes ciento cincuenta páginas en el trayecto hasta Sevilla. El resto lo leí en el hotel al caer una calurosa de noche de Noviembre sevillano. Otra vez tuve la impresión de estar acercándome a la vida de un ser lleno de defectos. Un tipo arrogante, mentiroso, traidor, falsificador, tramposo, cínico, farsante y toda una serie de defectos que irían construyendo una vida, sin duda, llena de complejidades, de sombras, de miserias morales y otras cualidades que hacen de CGR un ser realmente apasionante. Un mal tipo y un gran escritor. ¿Alguien dijo que para escribir bien haga falta ser buen tipo? ¿O buena persona? No hace falta nada más que estilo, y tener algo que contar. Incluso poco que contar y gran estilo. Eso lo tenía el farsante ser humano que fue CGR. Hizo Llop con su libro algo que no nos viene mal, crearnos el deseo de volver a leer a ese vanidoso que supo escribir con tanto interés. Estoy deseando volver a casa para abrir, otra vez, las memorias de un tipo al que no me hubiera importado conocer. Me gustan los malos. Al menos para algunos momentos. Me gustan inteligentes y no me importa su amoralidad. Estamos hablando de literatura. No de amistad. Gracias otra vez a Llop, por un César que merece la pena leer. Y por otros de su isla que también un día me supo hacer revisitar. Los hermanos Vilallonga. Y también gracias por algunos poemas de su libro “La avenida de la luz”. De ese libro un pequeño poema escrito entre oriente y occidente: “In the mood for love: L’amor mai no canvia, Pero el temps sí: Stendhal plorava a l’òpera. Jo ho faig al cinema.”
[Publicado el 08/11/2007 a las 18:15]
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Hace muchos años conozco Tánger. En realidad la conocía antes de haberla visitado. La había leído, mitificado y visto en el cine, fotografías, textos, pinturas y otras maneras de reinventar ciudades. No tenía ya mucho que ver con la ciudad abierta, permisiva, “pecadora”, mundana, cosmopolita y otras muchas cualidades que acompañan al mito de esta ciudad que vive entre dos mares, entre dos continentes, entre dos mundos.
Fue una ciudad idealizada porque era abierta, no tenía un poder rígido, era permisiva en sus costumbres, buena para el refugio y el ocultamiento. Ciudad ideal para los buscadores de sexo. De toda clase de sexo, aunque se destacó como uno de los paraísos del mundo gay. Aunque muchos buscaron otros tipos de encuentros sexuales, el que allí hubieran vivido y disfrutado los Bowles, Truman Capote, Ginsberg y toda una tribu de excéntricos escritores, fotógrafos, diseñadores, músicos y ricos de toda condición, crearon la leyenda.
Tánger es mucho más. Los que no hemos ido buscando esa clase de encuentros lo sabemos. Es lo que fue y todo lo que se traiciona a sí mismo. No guarda fidelidades, se transforma, decae, renace, crece, se islamiza, se reinventa, se mantiene y es infiel como una vieja dama indigna. He conocido el Tánger narrado, el añorado, el nostálgico de los que vivieron su edad dorada, pero no me defrauda este otro que sabe mezclar lo hortera, la decadencia, lo medieval y lo indefinido de su actualidad. Unos días tangerinos, tan cerca de Ceuta, tan al margen de los conflictos de identidad, de banderitas, de monarcas de una y otra orilla. El mundo, la política, la patria y las exaltaciones de ese estilo se quedan para ciudades menos impuras. Tánger, no sé por cuánto tiempo, mantiene una excelente impureza.
Ya no es aquella ciudad que dio el argumento para una película que se llamó Casablanca, pero sabe mantener su impureza. Y esa belleza autóctona que supieron captar, pintar Matisse, Delacroix o el gran Antonio Fuentes. Ciudad de pintores, de esos o de otros tan vivos como Pepe Hernández. De modernos tan clásicos como Emilio Sanz de Soto. De escritores tan apreciados como Ramón Buenaventura. Y de gentes tan abiertas como sus vientos. No quedan muchas ciudades así. No durarán mucho tiempo. Las están vendiendo. Hay que darse prisa. Incluso es posible que ya sea tarde. Aunque si se sabe mirar, algo queda. Que no es poco.
[Publicado el 06/11/2007 a las 10:48]
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Una vez me dijo alguien muy conocido en el mundo de las letras, bueno en alguno de sus márgenes para ser más precisos, que le resultaba extraño que yo siguiera leyendo novelas después de haber cumplido los cuarenta años. Y después de los cincuenta. Incluso me imagino acudiendo al viejo vicio muy anciano si puedo y llego. Me sienta bien. Me inquieta y me emociona, me ordena y me desordena. Creo que seguiré enganchado a las buenas novelas. Siempre nos quedarán, además, las relecturas. Y siempre estarán los poetas, la poesía. Es cierto que cada vez leo más ensayo, más historia, más biografía pero esas miradas a la realidad necesitan la fuga de la imaginación. La verdad de la imaginación. Así lectores seremos a cualquier edad.
¿Y novelista? ¿Poeta? Acaso hay edades para escribir una novela, para ser poetas. No son tan normales los casos de escribir una primera novela pasados los sesenta años. Es como una extravagancia. ¿Qué hace este señor maduro, tirando a muy maduro, entretenido en una novela con el coraje, la energía y otras cosas que su escritura demanda? Hay casos. Veremos casos. Nos alegraremos con alguno muy pronto. Nos gusta. Nos anima. Nos da esperanzas como lectores y como hipotéticos escritores de una novela que llevamos tanto tiempo pensando. A partir del lunes podremos volver al asunto.
Poetas. Esos parece que siempre tendrían que ser jóvenes. Tampoco es así. Uno de los libros más jóvenes y rebeldes de nuestra última poesía lo escribió el pasado año José Manuel Caballero Bonald, pasados los ochenta años y con el deseo de infracciones como si fuera un joven rebelde con muchas causas.
El economista Sampedro, que ya había escrito algo de joven, volvió con vigor y entrega literaria a partir de los sesenta años. A esas edades escribió su mejor novela, Octubre, octubre. Y todavía no ha parado.
Sigue escribiendo, más que nunca otro de los mejores y también octogenario, Ramiro Pinilla, Ahí están para demostrarlo las tres mil páginas de Verdes valles, colinas rojas. Y la nueva, excelente, mirada novelada a la Guerra Civil, La higuera.
No hay edad para el escritor. Y lo mejor, tampoco hay edad para comenzar una carrera como novelista. El lunes me lo dirán.
[Publicado el 02/11/2007 a las 10:16]
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Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.
En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.
Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.
En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.
08/1/2009 11:28
Publicado por: corriente
07/1/2009 21:25
Publicado por: carmen
07/1/2009 16:57
Yo creo que el intercambio es...
Publicado por: ossa
07/1/2009 15:46
Durante mucho tiempo mantuve...
Publicado por: Pancho Ortuño
06/1/2009 04:43
Se hablaba de libros? MI medio...
Publicado por: Curls
05/1/2009 18:17
Publicado por: alex
04/1/2009 19:58
NO TENGO NOVIO Y ASTOY BUSCANDO...
Publicado por: amairani
01/1/2009 16:31
Publicado por: miguel mora
01/1/2009 15:06
La Olivetti!! En cuanto hablaste...
Publicado por: Una ET en Euskadi
01/1/2009 10:43
Publicado por: Ellis
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