
Hubo un tiempo para Cioran. Algunas cosas que nos contaba desde su atrapador nihilismo nos ayudaron a ser como somos. Y eso es mucho suponer, tanto como suponer que sabemos como somos. Gracias al viejo invento del libro de bolsillo, y también al ligero libro electrónico, he vuelto a Cioran. Ha sido como una predestinación después de haber visto "The road", desasosegante, brutalmente hermosa, como la novela de Corman McCarthy de la que viene, quise leer no al novelista, uno de los más grandes vivos, sino al pensador rumano que nos dejaba sin esperanza en casi nada, sin futuro y destrozando cualquier idealización del pasado. El, de tan amarga y desesperada escritura, fue un ciudadano que se cuidó. Frecuentó amores, mujeres diversas como diversos eran los deseos, cuidó su cuerpo y dejó que su espíritu caminara por derrotas, por carreteras sin futuro. En la película "The road", el padre siempre cree que él y su hijo, sobre todo su hijo, tendrán una oportunidad si se acercan al mar, al sur. El mar que siempre parece ofrecer una vida más allá, una viaje, un misterioso placer. El mar ya no es aquél de los baños de verano, ni el de los besos al atardecer. No es esa mentira de azul horizonte, esa ensoñación de felicidad.
Y abrí un libro de Cioran, reeditado en Tusquets, en bolsillo y por ocho euros- el dinero de una entrada de cine- y en esa obra maestra que todavía escribió en rumano, antes de la perfección de su francés de madurez, llamada "Breviario de los vencidos", me encuentro con estos mares de Cioran:
"Al igual que amas los libros que te hacen llorar, las sonatas que te han cortado el aliento, los perfumes que te insinúan renunciamientos, a las mujeres extraviadas entre el cuerpo y el alma, así sucede con los mares: te enamoras de aquellos cuyo oleaje induce a ahogarse en su seno.
No he buscado en el Mediterráneo poesía ni violencias, ni tampoco turbulentas vorágines en sus olas. A esas inclinaciones encontré respuesta sobre los acantilados de Bretaña. Pero, ¿cómo olvidar un mar donde dejé mi pensamiento?
En una memoria más corta que el presentimiento de eternidad de lo efímero, guardaría la imagen y el reconocimiento del azul inhumano del mar decadente. En sus orillas se hundieron imperios y tantos y tantos tronos del alma...
Cuando el aire suspende su calma y la inmovilidad meridiana alisa las olas en medio de un fulgor abstracto, entonces sé lo que es el Mediterráneo: lo real puro. El mundo sin contenido: la base efectiva de la irrealidad. Sólo la espuma, actualidad de la nada, continúa como si pugnara por ser...
Lo único que podemos hacer es zarpar a alta mar. Sin deseos de echar el ancla. ¿No es acaso el sentido de la inestabilidad agotar el mar? Que ninguna ola sobreviva a la odisea del corazón. Un Ulises, con todos los libros. Una sed de planicies marinas que tienen origen en lecturas, un erudito vagar. Conocer todas las olas..."
También el Mediterráneo es una invención. Y sin embargo ahora me gustaría que al final de la carretera lo pudiera encontrar tal cómo lo quiero recordar. Menos mal que me quedan esos mediterráneos que son las rías gallegas. Otro día hablaré de Gloria Fuertes.
[Publicado el 07/2/2010 a las 13:11]
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Hace tiempo que sabemos que la poesía admite hasta golondrinas. No han dejado de pasar pájaros y pajarracos. Conozco poesías en las que el protagonista es Torrebruno, aquél bajito italiano que salía por la televisión y cantaba para niños. La poesía, "cuartel de invierno", camino de primavera, hojas de otoño o mar de los veranos, sólo vale cuando es capaz de encontrar su verdad. Unos años atrás leímos a José Luis Rey, poeta y pensador cordobés, que nos había regalado unos cuántos poemas de luz y palabras. Ahora completa ciclo y llama "Volcán vocabulario" a su último libro. Sigue convocando a la poesía para que baje del horizonte y nos pille durmiendo con los ojos abiertos.
Me gustan muchos de sus poemas. Elijo uno con la figura del héroe. Nunca me han gustado muchos los héroes, ni los actos heroicos, algo que no se arregla con la edad. Un descreimiento que aumenta y que amenaza con dejarme a la intemperie, en un mundo ausente de héroes. Al menos nos queda el recuerdo de algún héroe de la infancia. Un héroe, por ejemplo, como el del poema de José Luis Rey. Uno de esos héroes que le vendría bien conocer a Leire Patín para que no confunda a Rodríguez Zapatero con un héroe.
"EL HÉROE
Nadie entendía cómo lo había logrado. No se lo dejaban
tener en clase, y el gorrión frágil se quedaba horas y horas
en la ventana. De vez en cuando volaba, o saltaba asustado
por el ruido de los coches, o se iba a posar sobre el escudo
de hierro barato del ayuntamiento. Pero, en los recreos,
entre clase y clase, el niño le silbaba y el gorrión
domesticado acudía a posarse en su hombro, heraldo vivo
del cielo, y tomaba las migas de pan que su dueño le daba.
Y todos los demás jamás tuvimos admiración tan grande
por un héroe. En círculo, mirábamos a ese niño con su
gorrión en el hombro, emperador de la infancia, alejarse
lentamente por el umbrío pasillo, que se iba llenando de
hierba, como cuentan que ocurre en las leyendas"
[Publicado el 04/2/2010 a las 09:33]
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"Cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla". Esos versos de Calderón definen a un personaje que calla. A un pobre hombre de cuneta, un campesino, un obrero, un pobre español que es el protagonista de una de las mejores novelas españolas de los últimos tiempos. La novela se llama "Ojos que no ven", el autor J. A. González Sainz, no es nuevo entre nosotros pero no deja de ser cada vez más imprescindible. Eso sí, para los que les importe nuestra historia además de para todos los demás que les interesa la literatura.
Cuenta, desde Trieste- la más literaria de las ciudades italianas- historias de un tiempo, de éste país. De aquél tiempo de los pueblos abandonados y de éste tiempo de la recuperación de la memoria de los perdedores. Pero la novela va más lejos, más profunda, más emocionante. La discreta vida de Felipe Díaz Carrión, sus silencios, sus caminos al margen, su paciencia, su conocimiento del campo, del nombre de las cosas del campo, de las aves y de las plantas, su saber esencial de la dignidad, su memoria de los hombres buenos, su ética y su estética, son un retrato de lo mejor de un país pobre, algo así como España de la posguerra. Después vinieron las emigraciones. Y los discursos de los fanáticos. Los engaños, la manipulación y el miedo. También es una novela sobre la infamia y la cobardía. Una novela sobre el odio. Sobre el sinsentido del discurso del miedo. Una novela sobre la familia, el amor y el desamor. Sobre el pasado de un padre, pobre y digno, un hombre que le tocó vivir bajo la amenaza y la intimidación. Al lado de la ignorancia y la bravuconería. Un hombre que no se dejó engañar, que no se engañó. La emocionante y desnuda historia de un perdedor que conquista el poder vivir sin la vileza de los nuevos zoquetes. Vivir sin matar. Una novela que habla de España. De Castilla y del País Vasco. Del ser humano y de algunos seres inhumanos, perdidos en su propia seguridad. Atados, presos de sus pistolas.
La novela, la historia de ese padre que lleva orgulloso a su hijo en bicicleta, no se puede dejar de leer. Una historia que atrapa desde las primeras líneas, que nos hace recorrer sus caminos y nos lleva a los abismos de lo mejor y lo peor del ser humano. Como decía la amiga María, una novela para recuperar- a pesar de sus dolores narrados- la necesaria "joie de lire".
Quince euros, tres horas y una emoción que les perseguirá mucho tiempo.
[Publicado el 01/2/2010 a las 10:36]
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Ha muerto un librero. Ha desaparecido un paisaje. Es difícil imaginar la Cuesta de Moyano sin Berchi, José Antonio Fernández Berchi. Durante décadas fue el librero de referencia de los libros de viejo en plena calle madrileña en la Cuesta. Hay otros, pero él ya estaba allí. A pie de caseta hasta hace unas semanas, todos los días, domingos incluidos- salvo algunas vacaciones a las que la familia casi le tenía que secuestrar- desde los fríos años de la posguerra. Desde los duros años cuarenta este librero adolescente, hijo de librero socialista, de padre muerto en la guerra, se forjó como un librero de la vieja escuela. Entre el amor a los libros y la fatalidad de tener que desprenderse de algunos. Vendiendo, sí, pero después de haber conservado los libros que le gustaban. Alguna vez le pedí alguno de esos libros tan queridos y perseguidos. Nunca quiso vender lo que le gustaba. Te podía prestar, dejar consultar, tocar y compartir con él la curiosidad, la dedicatoria o la rareza de un libro. Con esos libros, con los de su pasión no hizo negocios.
La "Cuesta" fue un islote de libros libres en los años secuestrados. Berchi era un liberal, un hombre moderado, capaz de llevarse bien con Alberti, Cela, Umbral, Eduardo Arroyo, Bonet y hasta con Trapiello. Desde Baroja a nuestros días acostumbrado a genios tan distintos como el de Baroja, su sobrino Pío o el recordado bibliófilo y seductor José Luis Barros, el doctor Barros. Era Berchi el hombre del precio justo, el librero que conoce lo que vende, que aprecia lo que quieres comprar y que charla del amor a los viejos libros y a los lectores de antes de las tecnologías.
La "Cuesta" y los libreros como Berchi son un anacronismo que hay que defender, un estilo que hay que mantener. Acaba de morir, pero su espíritu, su capacidad para la charla a pie de caseta, su olfato para encontrar la pieza, su memoria libresca y su espíritu de hombre para el diálogo, son algunas de las cualidades que hay que encontrar en los herederos del viejo, hermoso, oficio del librero de viejo. La "Cuesta", pese a las especulaciones arquitectónicas, los intentos reconversores invocando a la modernidad y algunas modernices de poco calado, sigue siendo un reducto del pasado. Una parte de nuestra memoria de cuando fuimos jóvenes y lectores. No llegamos a conocer esa "Cuesta" que cantaba Pepa Flores, con las chicas que se alquilaban después de la guerra, con los furtivos buscadores de sexo mercenario mezclado con los rastreadores de libros prohibidos, pero todavía llegamos a comprar de tapadillo en las casetas de la Cuesta. A ese lugar, a esos libreros, les debemos parte de nuestras pasiones lectoras.
Hay muchas clases de libreros. Una de las reconocibles es la del librero arbitrario, de genio regular y de carácter peor. Más o menos cómo esa librera- no tan de ficción- que Oscar Esquivias nos retrata en su primera y excelente novela, "Jerjes conquista el mar"- felizmente rescatada del olvido y de los libros amontonados en alguna caseta de Moyano, por el empeñado editor de "Ediciones del viento". Berchi pertenecía a la rara estirpe de los educados, de los atentos y tolerantes. Un fin de raza. Un ejemplar de una especie en extinción. Le echaremos de menos.
[Publicado el 28/1/2010 a las 14:56]
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La correspondencia de Rimbaud es tan sorprendente como lo fueron sus poemas, sus iluminaciones, su manera de contarnos una temporada en el infierno. Su obra, su vida me admira desde la adolescencia. Me gusta coincidir con él en algo que nos unirá de por vida. Nacimos el mismo día. No importa que casi cien años nos separaran. Me gusta ese poeta poderoso y ese ser fuerte en sus debilidades.
Nunca me escaparía con ningún Verlaine, pero sí podría fugarme con una de esas mujeres africanas con las que entretuvo sus años de negociante en Abisinia. Quince años africanos con historias emocionantes, duras, excesivas como excesiva fue casi toda su vida. Vida contada en fragmentos. Apuntes del natural. Necesidades básicas contadas por un joven que creció pronto y que no dejó de ser un joven al que atacaban las canas. Al que la sífilis ganó la batalla. De repente, el aventurero, el hijo de su mamá, el cariñoso hermano, no solo necesita de la familia, sino que necesita una mujer, una esposa y la quiere blanca.
Todo el diario tiene el interés de acercarnos al pulso vital de un escritor que nos conmociona, de una vida que nos sorprende. De una muerte que nos dan deseos de rebelarnos. Emociona la carta de su hermana Isabelle a su madre, una de esas cartas dónde se cuentan los últimos momentos de este ser luminoso. Está sufriendo, llora, no quiere morir, se queja: "Yo me iré bajo tierra mientras tú marcharás hacia el sol"
Un poco antes, un año antes, todavía pensaba en hacer otra vida. En buscar una compañera para seguir viviendo en ese duro lugar del mundo. Reproduzco parte de una carta a su madre desde Harar, del diez de Noviembre de 1890.
"Mi querida mamá:
...Cuando hablaba de casarme, me refería a que quería continuar siendo libre para poder viajar, para vivir en el extranjero e incluso continuar viviendo en África. Estoy tan desacostumbrado al clima de Europa que difícilmente podría adaptarme...Si contar con algo que me resulta imposible: la vida sedentaria.
Tendría que encontrar alguien que me siguiera en mis peregrinaciones.
Respecto a mi capital, lo llevo conmigo, puedo disponer de él como quiera.
...Trabajo también por mi cuenta, solo, además de ser libre para liquidar mis asuntos cuando me convenga.
Envío a la costa caravanas con productos de este país: oro, perfume, marfil, café...Nadie puede decir nada malo sobre mí en Aden, al contrario. Después de diez años todo el mundo me conoce bien.
¡Aviso para los amateurs!
Respecto a Harar no hay ningún cónsul, ningún correo, ninguna ruta: se llega en camello y se vive únicamente entre negros. Pero bueno, uno es libre y el clima es bueno.
Esta es la situación.
Hasta pronto:
Rimbaud"
No tardaría en encontrarse mal. No encontró la deseada compañera. Murió habiendo conocido unos cuantos paraísos y algunos infiernos. No quiso morir. No quiso ser malo. Prometió ser bueno. Consiguió ser un buen traficante de armas. Nunca dejó de ser un buen chico.
[Publicado el 25/1/2010 a las 11:48]
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Podían ser personajes de Kafka, viviendo en los alrededores del Castillo, artistas del hambre, honrados agrimensores o campesinos cargados de dignidad y pobreza. También podían ser figurantes de algunas de las pinturas que campesinos o pícaros del Museo del Prado. Quizá sus rostros se parezcan a algunos de los personajes populares que pinta Velázquez. Hombres, mujeres, viejos o jóvenes curtidos que nos miran desde el fondo de sus vidas. Son de aquí y de ahora. El fotógrafo Pierre Gonnord los ha encontrado las minas del norte de Portugal, en aldeas gallegas, en pueblos ibéricos dónde siguen trabajando, viviendo, superviviendo como lo habían hecho sus antepasados.
Una vida esencial, dura, al margen de modas, de novedades literarias o de cine de autor. Gente que canta y llora, que mira la televisión, que pasa horas en el bar o que sigue trabajando en la huerta. Hermosa gente sin maquillar. Rostros sin trucos. Luz de diario que se encuentra con esos rostros, viejos o jóvenes, y que parece estar escribiendo con minuciosidad sus vidas. La escritura de sus rostros, la caligrafía de arrugas o melancolías, la mirada segura, la vida incierta, el gesto en primer plano que nos habla, mejor que cualquier texto, de su pasado y su futuro. Las fotos de Gonnord- un francés del Atlántico que se quedó atrapado en Madrid y que recorre todos los desvíos de nuestro ibérico ruedo- son el paisaje de los hombres, de las mujeres pegados a la tierra que no es suya, que nunca será suya.
Los retratos son como los de los artistas, de los protagonistas de una película que es su propia vida. Demasiada verdad. Como en aquél cuadro que Velázquez hizo del Papa Inocencio. Ahora ésta "tierra de nadie", esta exposición de Gonnord está en Madrid, en plena calle Alcalá, cerca de dónde estuvieron tantos estudios de famosos fotógrafos que retrataron a los ricos y famosos. Ellos no son ni una cosa ni otra, y sin embargo, sus rostros, sus miradas, sus caras marcadas por dudas y certezas, se nos aparecen cómo los mejores actores de una película que nunca se podrá rodar. La verdadera cara de la vida sin los maquillajes de la mentira. Gentes sin afectaciones, ni pedanterías. Hermosa gente anónima que no serán protagonistas de ningún programa basura. Aunque algunos sean atónitos espectadores de ese espectáculo de máscaras, mascaradas y miserias que nos hace peor, más tontos, más feos.
[Publicado el 21/1/2010 a las 16:35]
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Peor que un comunista: un mal español. Siempre recuerdo eso que Franco dijo sobre Berlanga después de ver en privada proyección "El verdugo". Yo me siento un mal español a la manera berlanguiana. Y un mal progre a mi manera. Si quieren insultarme llamándome progre no aciertan el tiro. Ni me insultan, ni lo soy, ni lo fui ni se me espera. Al menos que los progres sean traidores de sí mismos. Soy más bien conservador, por eso voto a los socialdemócratas. Nunca he sido comunista. Cercano al marxismo de los hermanos. Y al de Paul Lafargue que reivindicó la derecha. Admirador escritores como Junger, Mircea Eliade o Celine. Con todas mis simpatías por el descreído Cifran. Interesado por las religiones. Capaz de hacer kilómetros para encontrarme con una derruida vieja iglesia. Visitante de monasterios. Seguidor de Juan Sebastián Bach. Amante de la ópera. Jugador de golf. La película que prefiero del desaparecido Rohmer es "La Inglesa y el Duque" una ácida mirada contra el pueblo revolucionario en la Francia de la guillotina. Todas mis simpatías tiene el conservador De Maestre. Y me gustan los cínicos desde los griegos hasta Lech.
Firmo aquello que dijo una vez el maestro Joseph Pla a un joven anarquista: " Oiga, la naturaleza está llena de terremotos, de tempestades, de inundaciones y encima de tanto cataclismo ¿además quiere usted hacer la revolución?
Me emocioné en los lugares del Viejo Testamento en Palestina. He dormido en la iglesia de la Bocca de la Veritá en Roma, me llevé muy bien con los monjes ortodoxos. También he dormido, gracias a un familiar religioso, en el convento de la Estación de la Verónica en Jerusalén.
Gracias a Dios soy ateo desde que cumplí catorce años y me enamoré de Melibea. Crecí leyendo en ABC, y sigo frecuentando ese periódico liberal, monárquico y de derechas. También "La Vanguardia" y "El País". Soy del Atlético de Madrid. También me enamoré de Grace Slick, Catherine Deneuve y Patti Smith. Me encanta Santa Teresa, su vida y la imagen vaticana de Bernini, tan erótica. El poeta que mas me emociona sigue siendo San Juan de la Cruz. Desprecio a la mayoría de los que se suben a los púlpitos. A los que se cierran con su fe. Y a la mala gente. Recomiendo que se vea "La cinta blanca" para entender mejor con quiénes no quiero estar, crecer, hablar ni discutir.
Si que me emocionen algunas canciones de Víctor Manuel. Adore a Ana Belén. O sea amigo de poetas rojos o de cantantes tan disparatados como Sisa o Albert Pla. Si haber seguido y cantado a Bassens o Paco Ibáñez es ser progre. Pues sí. Lo seré. Pero al menos concederme que soy un mal progre. Intentaré ser peor.
[Publicado el 19/1/2010 a las 09:48]
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No necesito paraísos. Me basta éste territorio tan raro y complejo por el que puedo viajar. Conozco varios infiernos. El de los otros. Y los que he visto, leído o imaginado. Ahora veo el infierno en Haití. Me duele, me conmueve. Y veo también a los malos. A ese estúpido enviado a San Sebastián a pregonar la mentira y la maldad. No me importa mucho, son así. La historia, su historia lo sabe. Son cómplices de asesinatos, muertes, masacres, inquisiciones, saqueos, violaciones, exterminios, genocidios...El mundo es mucho peor desde que ellos tienen poder sobre los hombres, sobre los bienes y cómo se han repartido con sus bendiciones
Ayer estuve escuchando durante tres horas a un hombre bueno y sin Dios. Se llama Víctor Manuel San José. Ni santo, ni victorioso, solamente es uno de los nuestros, de abuelas que no confesaron, de padres que disimularon no creer o de buena gente que creyó por el miedo, por defender su vida en este valle en el que no querían tener tantas lágrimas. Ayer escuché las canciones tristes- y algunas alegres, otras irónicas- de Víctor Manuel y me sentí un hombre bueno. Me sentí decente entre tantas indecencias. Lejos de los obispos. Lejos de las iglesias. Lejos de sus dioses. Víctor seguirá cantando, que sus palabras no sean olvidadas, que no se pierdan para la buena gente. Los otros que hagan lo que quieran. Cómo si quieren seguir escuchando lo que desde el púlpito, desde sus altavoces dicen gentes tan inmorales como un obispo de San Sebastián. No me importa. No han cambiado mucho, salvo excepciones, siguen diciendo lo mismo. Su arma es mentira. Su palabra es prescindible.
No necesito argumentos contra Dios. Pero me gusta leer algunas palabras de buena gente que vive y ayuda a otra gente a que vivan dignamente. Terminaré con unas líneas del libro de lecturas esenciales para gentes sin Dios que ha seleccionado Christopher Hitchens en su libro recopilatorio "Dios no existe", hace un año, también en la editorial Debate, había publicado "Dios no es bueno": buenos libros, para buena gente. Las palabras que copio las leyó el querido Ian McEwan en una conferencia, es la primera vez que se publican por escrito y son las últimas líneas de un texto que llamó "Blues para el fin del mundo":
"...A estas alturas, en su fuero interno, los creyentes deberían saber que aunque tengan razón, y sí exista un Dios personal benigno y vigilante, ese Dios es reacio a intervenir, algo de lo que dan fe todas las tragedias cotidianas y todos los niños muertos. En cuanto a los demás, a falta de pruebas que demuestren lo contrario, sabemos que es muy improbable que haya alguien allá arriba. Sea como sea, en este caso importa muy poco quién se equivoca, porque los únicos capaces de salvarnos seremos nosotros mismos"
Ojalá haya muchos niños como Redjeson Hausteen. Que crezcan fuertes, libres y sin tantas mentiras religiosas. Dios quiera que crezcan niños sin Dioses. Mientras no desaparezcan todo será peor. Más difícil.
[Publicado el 16/1/2010 a las 19:41]
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Hace años sigo a Raquel Lanseros. Alguna vez hasta la he encontrado en carne mortal y todavía muy joven. Aún le quedan cuarenta y nueve años de vida. Esos son muchos poemas por delante. Su último libro ha sido premio internacional Antonio Machado. Lo único que no me gusta es el dibujo de la portada. Pero eso se compensa con la foto de Raquel en el interior. Y desde luego con sus poemas. Es una poeta que nació con el corazón entre las piernas y en un país que quería dejar de ser ineficiente, que quería dejar de ser un coñazo y que estaba a punto de soltarse el pelo. El país se soltó el pelo, aunque la ineficiencia siguió persiguiéndonos en estos valles con menos lágrimas. Ella creció sabiendo de matanzas y de letras de Bon Jovi. Cerca de Fray Luis de León y del rock and roll. Tiene cuerpo de deportista, no le asusta el complicado juego de la vida, enseña a profesores, recuerda algunos besos y no le importa contarnos algunas de sus pasiones. Nos gusta Raquel Lanseros. Nos gusta su poesía. Siempre pensamos que la encontraremos al dar la vuelta a alguna esquina, en algún camino de cabras o bajo la sombra de los rascacielos. No perdemos la esperanza de encontrarla, aunque no seamos los protagonistas de sus poemas. Voy a copiar uno dónde la poeta se confiesa. Hay otros con otras sombras, otros vínculos y otras formas de amor. Este también nos gusta.
TRADICION ORAL
Me gusta amarte hincada de rodillas.
Aquí, tan desde abajo, tan cerca de la tierra
relamo el palpitar de tu cuidado
y centro mi delicia en el transcurso.
No es de extrañar que el mundo sea redondo.
¿Qué forma iba a adoptar, sino la de mi boca?
[Publicado el 13/1/2010 a las 21:46]
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Pasar de la gestación de Lennon a la muerte de Albert Camus no es tan forzado. No lo es por muchas cosas. Dos chicos de barrio, dos que jugaron en la calle. Uno hizo música y el otro hizo literatura. Los dos tuvieron preocupaciones morales, los dos denunciaron miserias, hipocresías y los dos fueron dueños de su propia libertad. De las calles de Liverpool, nada mediterráneas, a las playas de Argel, ese Mediterráneo pobre y esencial dónde el escritor Albert Camus, el ídolo de los jóvenes intelectuales de los años existencialistas, aprendió a gozar la vida, conocer la libertad, la dicha de la piel, del sol, de los cuerpos y el juego del fútbol.
Después vino París, las publicaciones, el éxito, el compromiso y su inveterado amor a la independencia. Llegó el Premio Nóbel, y pasó. Camus, durante décadas ha sido el espejo dónde se miraban muchos de los jóvenes que querían escribir. Un escritor fotogénico, un triunfador que no había dejado de ser un buen tipo. Ni un seductor de algunas de las más interesantes mujeres de su época y en la ciudad más canalla y glamourosa de los años de la posguerra europea.
Chicos de toda condición, jóvenes mediterráneos porque "el Mediterráneo- lo dice Vicent en el primero de sus retratos sobre escritores que llama "Póquer de ases"- no era un mar, sino una pulsión espiritual, casi física, la misma que yo sentía sin darle nombre: el placer contra el destino aciago, la moral sin culpa y la inocencia sin ningún dios".
Cuenta Vicent que el primer libro que compró de Camus fue "El verano", todavía clandestino y en una editorial argentina. Nosotros ya pudimos leer a Camus con más o menos normalidad, se representaba su teatro en los Colegios Mayores, y se editaban sus primeros libros sin tener que venir de Argentina. Yo también recuerdo el impacto de "El verano", un cuento largo que venía acompañado de "Las bodas" en la edición que siendo muy joven me llevé conmigo hasta Argel. Después de infortunios varios, historias de mi vida inocente, ese libro fue mi casi única compañía fiel hasta Tipasa. Después continuaron los accidentes, incluso algunos muy buenos, por aquellos complicados mediterráneos en los que me enredé. Terminé en Cerdeña, antes de que nadie pudiera pensar que alguna vez llegaría un Berlusconi. Nunca me abandonó su libro, era otra manera de seguir cerca de ese chico argelino, de antepasados franceses y menorquines, que ahora recordamos cincuenta años después de un estúpido accidente.
Vuelvo a Vicent que mejor que nadie dice lo que muchos sentimos del escritor, los escritos y la vida de Albert Camus:
"Al principio fue sólo una emoción estética por su forma de estar en el mundo lo que me atrajo de este escritor, pero llegó un momento en que, en medio del naufragio de todas las ideas, lo elegí como un buen guía frente a mis propias dudas y contra toda clase de infortunio".
Hay literaturas, hay vidas, que salvan de los infortunios. Camus es uno de nuestros santos paganos. Y no hay que rezarle. La fe se demuestra leyendo.
[Publicado el 11/1/2010 a las 18:48]
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Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.
En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.
Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.
En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.
09/2/2010 13:40
Esa pregunta que hace, cartero,...
Publicado por: Ellis
09/2/2010 09:43
Yo me puse este chute en vena de...
Publicado por: l'année dernier a Marienbad
09/2/2010 09:33
Publicado por: escarola
09/2/2010 01:48
Publicado por: la falta de entendimiento es conocimiento. idea grande y regalada. firmado pro: el c
09/2/2010 00:54
Publicado por: el c
08/2/2010 23:52
Publicado por: el c
08/2/2010 23:34
s(r)ta. escarlata, he estado...
Publicado por: un beso ¡guapa¡ . firmado por: el c
08/2/2010 23:22
Publicado por: para ellis de elc
08/2/2010 17:05
Publicado por: escarola
08/2/2010 16:38
Hola cartero, no deje de pasarse...
Publicado por: Ellis
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