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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 16 de julio de 2018

 Blog de Vicente Molina Foix

Guanajuato: del Quijote al Pípila

Es una ciudad de subterráneos románticos y esculturas, y estas se ven desde que uno llega al centro de la hermosa capital atravesando el subsuelo de túneles abovedados: en la cima de uno de los cerros que la circundan, la mole enardecida de un salvador local saluda con su antorcha de piedra, mientras que las calles más populosas están jalonadas de ‘quijotes' (y algún ‘sanchopanza'). La primera estatua tiene un fundamento patriótico: Juan José de los Reyes, llamado El Pípila, realizó el 28 de septiembre de 1810 la heroicidad de incendiar, en la primera batalla de la guerra de independencia, la puerta de la Alhóndiga de Granaditas, asegurando así la toma de la ciudad. El monumento estatuario se visita, y la visita es muy recomendable, tomando el funicular a espaldas del céntrico Teatro Juárez; la vista desde lo alto, apostado el visitante a los pies del coloso, resulta espectacular, sobre todo al atardecer, y si se quiere seguir la senda del Pípila es obligado ver la severa fábrica de la Alhóndiga, con los murales grandilocuentes pero llamativos del interior, hoy más museístico que mercantil. El héroe da nombre asimismo a uno de los primeros túneles abiertos  -para canalizar las aguas fluviales, que fluyen por debajo- a primeros del siglo XX, si bien el conjunto de esas vías subterráneas más bien hace pensar en los espacios lóbregos y suntuosos que grabó Piranesi.

 

    Las figuras callejeras de los protagonistas de la novela de Cervantes, no todas de igual mérito artístico, se deben a la profunda conexión de la ciudad con un libro, y con el frenético amor a ese libro mostrado toda su vida por Eulalio Ferrer, el republicano español exiliado en México e impulsor entre otras iniciativas del Museo Iconográfico del Quijote, que recoge en un bello palacio colonial la colección de pinturas, grabados, ediciones ilustradas y demás parafernalia quijotesca donada a la ciudad por el mecenas nacido en Santander. Se une a esa pulsión personal de Ferrer el impulso de un grupo de universitarios que empezaron en 1953 a representar al aire libre los Entremeses cervantinos, siendo ese el germen que acabaría fructificando, casi veinte años después, en la creación del Festival Internacional Cervantino, que el próximo octubre celebrará su edición número 43.  

     Visitar Guanajuato durante el Festival Cervantino es como visitar dos ciudades, la monumental y la imaginaria, la bulliciosa y la recogida, la que llena sus calles de una multitud festiva y la que alberga en sus teatros, iglesias y auditorios académicos conciertos de cámara, ciclos de conferencias y talleres de creación escénica y musical. Acontecimiento de honda raigambre en todo México, resulta equiparable en ambición, variedad y programa al (más extenso y renombrado) de Edimburgo, habiéndose reforzado su calidad desde que, en los dos últimos años, dirige el festival el novelista Jorge Volpi, buen conocedor de la ópera y el teatro.

     Durante el mes que dura el festival, Guanajuato está poblada de criaturas de las ficciones sueltas y revividas por cada rincón de sus plazas. Pero la otra, la permanente e histórica, ofrece, no sólo en el perímetro de su centro predominantemente barroco, una notable cantidad de atracciones. En contraste con la nobleza altiva de los palacios, conventos y templos, los barrios populares escalonados en el circo natural de su geografía lucen radiantes con la mancha de sus colores vivos. Entre los museos, además del ya citado, merece una visita el de Diego Rivera, nativo de Guanajuato, que dispone de una no muy extensa pero representativa colección de obra suya expuesta, con cierta teatralidad ingenua, en la casa de estilo tradicional donde nació y pasó sus primeros años. Cerca del museo está uno de los edificios más imponentes de la ciudad, la Universidad, escuela-hospicio ya en el XVIII y con un interior rico en mementos que nos recuerdan que, además de ser la capital del estado de su mismo nombre, fue temporalmente capital de la República durante el gobierno de Benito Juárez, muy presente aún en la ciudad, a la par que el general Porfirio Díaz, otro presidente que enriqueció su patrimonio urbano y artístico.   

    Hay que salir sin embargo del centro histórico para descubrir las riquezas del suelo y el poso de los muertos. En una misma excursión, de medio día de duración, hacia el norte, siguiendo la llamada Carretera Panorámica, se puede ver la joya arquitectónica de Guanajuato, la iglesia de San Cayetano de la Valenciana, cuya fachada y retablos interiores en estilo churrigueresco denotan la magnanimidad de quien la hizo construir, el conde de Rul, propietario de la cercana Mina Valenciana, que fue la más rica de la zona en la extracción de plata y sigue aún operando. Después de la opulencia del templo, la mina tiene un aspecto un tanto desastrado, y por ello muy verosímil, en la visita que se permite hacer. De la famosa plata de Guanajuato, tan apreciada en la metrópoli desde que empezaron a explotarse sus yacimientos, se ve poca, excepto en algunas muestras del proceso de su obtención.

    La excursión acaba en una nota fúnebre. Aunque no soy un gran aficionado a la muerte, he de decir que las muy populares Momias de Guanajuato constituyen un espectáculo incomparable, de un patetismo lúgubre que pronto es superado por la disposición escenográfica y dramática, a veces semejante al teatro de Tadeusz Kantor, de los cientos de cadáveres momificados por la peculiar composición de la tierra local. Muchos tienen una historia que contar en su pose, en sus harapos o su anatomía, y el relato nos llega y nos conmueve.

[Publicado el 13/5/2015 a las 08:50]

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Vértigo y psicosis

El primer logro de la nueva película de Paul Thomas Anderson, sensiblemente superior a la obra de Thomas Pynchon que adapta, es preliminar y novelístico: una voz femenina, juvenil y de poco volumen, comenta los hechos desde el inicio como narradora externa y vuelve a hacerlo en diversos momentos, incluso apareciendo en imagen y desapareciendo sin justificación, como los fantasmas. Dicha voz no corresponde a la de la novela de Pynchon, narrada en tercera persona (aunque con mucha intervención autoral en un correlato policiaco, lleno de apartes y citas, que son lo mejor del libro); así que pronto resulta evidente que Anderson introduce esa voz y esa figura quebradiza como uno más de los espejismos de un film que trata sobre los mundos paralelos de lo real y sobre lo invisible inherente a lo visible.

 

    ‘Inherent Vice' (‘Puro vicio' en la ingeniosamente infiel traducción española) refleja la vida vertiginosa de una amplia galería de personajes californianos de finales de los años 60, adictos todos a las facilidades del sexo, los estados lisérgicos y las ensoñaciones de la marihuana, y practicantes algunos de la espiritualidad hippie, la pequeña estafa y el gran crimen. La época, puesto que se trata de un film de época, está maravillosamente bien pintada, sin alardes de producción ni abusos del color local; como explicó el director, entrevistado por la legendaria revista de cine ‘Sight & Sound', el modo de captarla se basó en una minuciosa elaboración fotográfica (extraordinario su iluminador, Robert Elswit) que, trabajando en celuloide y no en imagen digital, busca y consigue el look de "una postal desvaída, una portada de un disco o un libro de bolsillo". Las caracterizaciones son memorables, como las sabe hacer Hollywood, y la banda sonora, muy presente en todo el metraje, tiene variedad y sorpresa, aunque a título personal eché en falta a Rocío Dúrcal, que aparece como referencia icónica en la página 338 de la novela de Pynchon cantando "con su corazón a punto de romperse" por la radio del coche del protagonista Doc Sportello. Oír en esta película a nuestra tonadillera sí que habría sido un colocón auditivo.

      La novela abunda en citas fílmicas que le dan a menudo la textura de un palimpsesto del ‘thriller'; en pantalla corrían el riesgo de la redundancia, aunque se agradece la alusión al clásico director de fotografía James Wong Howe, muy nombrado por Pynchon y aquí introducido únicamente en una de las escenas más brillantes, la primera visita a la casa de Sloane Wolfmann, la mujer del magnate desaparecido que da pie a la peripecia. La brillantez estilística es un signo distintivo de Paul Thomas Anderson, y si esa riqueza formal es siempre de agradecer y alcanzaba cotas sublimes en ‘Magnolia' y ‘Pozos de ambición', en ‘Puro vicio' constituye su razón de ser, una vez que la trama pronto deja de interesar, por fútil y deliberadamente embrollada. El espectador, aunque se pierda en los espejismos, tiene la garantía de la constante invención visual, del inesperado giro en el montaje, de la belleza de algunos ‘set pieces', como el del burdel especializado en el ‘cunnilingus' y esa última cena que celebran en el caserón un grupo de ‘flower people', más cercana en el homenaje plástico a la ‘Viridiana' de Buñuel que a las santas cenas de Leonardo o Tintoretto. Mención especial merecen las dos secuencias de mayor relieve y densidad, situadas ambas en instituciones: la sede de ‘Colmillo Dorado' (‘Golden Fang') donde se practica a mansalva la ortodoncia y la pederastia, y con un personaje, el del Doctor Blatnoyd, de una psicosis cómica arrolladora, y la clínica o cárcel del Instituto Chryskylodon, con sus pacientes de túnicas blancas y sus dirigentes de negro adoctrinamiento fílmico. Recuerdan esos pasajes al mejor David Lynch, si bien Anderson los engrana con sentido en su relato, por desaforados y granguiñolescos que sean.

     En una película hecha de personajes numerosos y cambiantes, el reparto es esencial, y ‘Puro vicio' no flaquea a ese respecto. A Joaquin Phoenix pocos elogios se le pueden añadir en una carrera de su (de vez en cuando voluntariamente interrupta) solidez; aquí domina la acción, con gran variedad de peinados, desde el principio al fin, y nunca nos cansa su permanente adormecimiento o desgana heroica. Josh Brolin interpreta con genio al importante policía y estrella de la publicidad Bigfoot Bjornsen, y luego está, destacadísima en el papel de Shasta, la exnovia del detective, Katherine Waterston, que tiene, en el plano-secuencia de su confesión a Doc en la cabaña, con coito final incluido, un discurso trascendental sobre la invisibilidad, clave del film. En brevísimas pero llamativas intervenciones, se dejan notar Maya Rudolph, que es la esposa de Paul Thomas Anderson, como recepcionista del despacho de Doc, y Jeannie Berlin encarnando a la capciosa y resabiada Tía Reet.

    Lo que es bueno hacer, y yo siempre hago, quedarse en la sala del cine a ver todos los títulos de crédito, por extensos que sean, en esta ocasión lo desaconsejo; hay canciones gratas de oír mientras pasa el rodillo de nombres, pero Anderson, en vez de añadir un extra o un chiste epilogal, como hacen algunos directores juguetones, ha querido rendirle un tributo a Thomas Pynchon, y así el último fotograma reproduce la muy trillada frase sesentayochesca que el novelista pone como ‘motto' del libro: "Bajo los adoquines, ¡la playa!". Pynchon sin duda se refiere, en un guiño, a la playa cercana a Los Angeles donde trascurre gran parte de la historia, y su adoquinado sería, lógicamente, el pavimento de la especulación inmobiliaria. El espectador ya lo sabía, y el cineasta tendría que haber dejado oculto ese obvio mensaje entre las cubiertas del libro que tan estupendamente expande en su adaptación.

[Publicado el 04/5/2015 a las 09:45]

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Perucho

Es bueno no olvidar a Joan Perucho, y que vuelvan a las librerías sus obras y se conozca mejor su figura. Yo le descubrí por partes, leyéndole en mi adolescencia en la revista ‘Destino', que no sé por qué razón llegaba a mi casa y me descubría a gente como Josep Pla, Álvaro Cunqueiro, Nestor Luján, Sebastià Gasch y, entre otros, Perucho. Pero Perucho, naturalmente, no sólo era el periodista culto y ocurrente de aquel singular semanario. Era el poeta de advocación surrealista asociado al grupo Dau al Set, el viajero real e imaginario, el descubridor temprano (en 1956) de la obra de Lovecraft, que tanto le influiría, el miniaturista en prosa y el novelista irónico y fantasioso; facetas de una rica personalidad que con el tiempo fui disfrutando y recoge muy bien Julià Guillamon en su reciente ‘Joan Perucho, cendres i diamants. Biografia d´una generació', Galaxia Gutenberg, 2015.

 

     Y para leer a Perucho y no sólo sobre él es muy recomendable la extensa antología (400 páginas) ‘Juan Perucho. De lo maravilloso y lo real', publicada a finales del 2014 dentro de la magnífica Colección Obra Fundamental patrocinada por la Fundación Banco Santander y disponible en librerías. Aunque la prologuista y seleccionadora del volumen, Mercedes Monmany, cita la declaración de Perucho "por encima de todo, me siento poeta", se echa en falta alguna muestra poética suya (sus libros de distintas épocas ‘El mèdium', ‘El país de les meravelles' y ‘Els morts' abundan en piezas excelentes), si bien el lector puede apreciar al poeta en prosa que fue y sí está representado en el libro generosamente. Autor bilingüe, como sus cercanos Pla y Cunqueiro, Perucho se auto-traducía a veces del catalán al castellano, mostrando en las dos lenguas sus recursos de gran escritor.

    Es difícil destacar en un conjunto tan rico títulos concretos, pero me atrevo a hacerlo, señalando alguno de mis preferidos: ‘Diana y el Mar Muerto', uno de sus estupendos cuentos mínimos, cualquiera de las historias apócrifas con las que se abre el volumen, o el repertorio selecto de brujos, magos, fantasmas, ocultistas, sabios y santos que ocupa dos de las secciones más suculentas de la antología. Es un acierto el haber compilado en la parte final retazos memoriales, recuentos de viajes por Europa y Oriente y un florilegio de artículos, entre los que destaca ‘El nacionalismo', de mordiente ironía.

      Lo que juiciosamente no incluye ‘De lo maravilloso y lo real' son obras novelísticas, que fragmentadas pierden sentido. Pero estoy seguro de que el lector que descubra a través de las piezas breves la alta escritura de Perucho (fallecido en 2003) buscará alguna de sus numerosas novelas. En esa categoría siento debilidad por ‘Las historias naturales', aparecida en 1960 y reeditada más de una vez desde entonces. Es el libro que dio a conocer a Perucho también fuera de nuestro país, revelando a un autor situado en la misma órbita que Borges o Calvino. La peripecia de su protagonista, Antonio de Montpalau, investigando sobre el trasfondo de las guerras carlistas la desaparición de la tierra de la misteriosa "avutarda géminis' nos lleva de sorpresa en sorpresa, y termina con un divertido índice onomástico en el que tienen cabida criaturas como el ‘áurea picuda', el ‘otorrinus fantasticus' o el ‘phallus impúdicus', una "seta vergonzante" capaz de curar la alopecia.

[Publicado el 27/4/2015 a las 09:58]

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Mística y lascivia del deporte

La fotogenia del atletismo deportivo es infalible, incluso cuando repugna lo que hay detrás de esos turgentes músculos sudorosos o el airoso vuelo de una jabalina. Repugna, por ejemplo, adivinar en las gradas a los berlineses que aplaudían las proezas olímpicas filmadas en 1936 por Leni Riefenstahl, cineasta oficial del régimen nazi, e incluso sin llegar a esos extremos, siempre el público enardecido por la pelea implícita en el deporte despierta, al menos en mí, la sospecha de lo gregario, cuando no el rechazo de lo lesivo. El documental de Gabe Polsky ‘Red Army', coproducido por Werner Herzog, mezcla también política con uno de los deportes menos sexy que ha dado la historia, el hockey sobre patines. Polsky sigue, con entrevistas diversas y material de archivo, el destino de quien fue la gran estrella del equipo nacional de la URSS en la época estalinista, Slava Fetisov, así como su posterior desgracia, pero confieso aquí mi aburrimiento de espectador ante las evoluciones por el hielo de unos jugadores vestidos con un traje recauchutado, un casco, unas botas con tobilleras de pastorcilla alpina, unas manoplas, y en la mano esa vara torcida para intentar meter la bola en la diminuta portería contraria. Cuando el entrenador del equipo soviético les dice a sus muchachos que jueguen en la cancha como si bailaran el ‘swing', el impulso liberador de la danza del que hablaba Nietzsche no hay quien lo vea por ninguna parte.

De otro tipo de épica deportiva con trasfondo político trata ‘Foxcatcher', la película que, tras unos interesantes tanteos anteriores, consagra a Bennett Miller como uno de los mejores directores del nuevo Hollywood. Miller llamó la atención en 2005 con ‘Truman Capote', el primero de los dos ‘biopics' realizados con un año de diferencia. El suyo contaba con un reparto más bien modesto pero encabezado por el gran Philip Seymour Hoffman, confeccionador de una prodigiosa imitación del autor de ‘A sangre fría' que, por su propia naturaleza mimética y fanfarrona, resultaba muy inferior al fino trabajo de recreación llevado a cabo por Toby Jones en el segundo ‘Capote' de Douglas McGrath, film muy ornado de estrellas pero de menos empaque narrativo. Entre ‘Truman Capote' y ‘Foxcatcher', Miller hizo, con guión de los celebrados y para mi gusto sobrevalorados guionistas Aaron Sorkin y Steve Zaillian, ‘Moneyball' (en España subtitulada ‘Rompiendo las reglas'), que resulta muy curiosa, revisada hoy, como una especie de borrador escolar demasiado prolijo de la magistral antiepopeya que es ‘Foxcatcher'. En ‘Moneyball' el deporte era el béisbol, y Billy Beane, el director del equipo de los ‘A´s' (‘Athletics') de Oakland, era Brad Pitt; ‘Foxcatcher' fija su atención en la lucha libre, de nuevo con un mentor del conjunto de púgiles, el millonario John Du Pont (Steve Carell, en una interpretación más que memorable, hipnótica), puesto frente a un joven medallista olímpico, Mark Schultz (excelente Channing Tatum), al que Du Pont invita misteriosamente a su mansión para hacerle, en momentos de depresión y desconcierto de Mark, una proposición imposible de rechazar.

Así como ‘Moneyball'' se detenía en la mecánica del béisbol, en su entramado financiero, en sus trilladas convenciones, a las que se enfrentaba, al modo habitual del héroe americano solitario, su protagonista, Billy Beane,  ‘Foxcatcher', sin eludir el trasfondo de las manipulaciones y los entresijos de todo gran negocio rentable y popular, concentra su atención morbosa, aunque nunca explícita, en la relación que el magnate ornitólogo y filatélico establece con su pensionado hijo adoptivo Mark y con el hermano mayor de éste, Dave, también figura internacional de la lucha libre, que en inglés llaman ‘wrestling', sin necesidad de adjetivo. Todos los personajes de estas dos obras de Bennett Miller vivieron de verdad (a veces romanceada) lo que se cuenta, y el director ha querido hacer cine histórico contemporáneo y muy intrínsecamente estadounidense. En ‘Moneyball', lastrada por una peripecia familiar y un personaje filial de poca monta, se destaca el carácter visionario del auténtico transformador del béisbol que fue Beane, el hombre que "quería decir algo" a través de ese estrambótico juego de bolas lanzadas al aire y carrerillas de un extremo a otro del césped. ‘Foxcatcher' apunta más lejos, y llega en todo adonde se propone su director.

Es una de las películas más desasosegantes y amenazadoras que he visto en los últimos tiempos, e incluyo en el lote los títulos oficialmente góticos y ‘gore'. Al principio, el espectador confiado, como yo trato de serlo siempre, piensa que va a asistir a una saga de crisis profesional y mejoramiento espiritual, aderezadas ambas por las figuras de estilo de la lucha. Todo cambia desde que Mark, con sus andares pesados de bolo humano, entra en la grandiosa propiedad que da título al film y se encuentra con ese hombre de apariencia más bien insignificante de quien desconocía, hasta su llegada, que se trata de uno de los más acaudalados de América (los hechos reales ocurrieron en el último tercio del siglo XX), luchador obseso, patriota obtuso y desequilibrada figura paterna que nutre, mima y apremia a sus pupilos como su propia madre Jean Du Pont (extraordinaria pero, para desgracia nuestra, demasiado breve prestación de Vanessa Redgrave) le trata a él mientras mantiene en los terrenos de la finca su cuadra de purasangres.

En ‘Foxcatcher' sí hay ballet en las atractivas escenas de combate, coreografiadas como un ritual de cuerpos que se enlazan para castigarse y sentirse. Pero la trágica historia, que no contaremos, pues tiene un desenlace sorprendente, discurre como una danza macabra movida por el deseo reprimido que Du Pont siente por los fornidos hombres de su equipo, y en especial por Mark, a quien, no atreviéndose a declararle su inclinación, acecha en la oscuridad (turbadora escena de Du Pont/Carell vestido de esmoquin mirando por el ventanuco de la casa de invitados donde duerme Mark), le golpea bajo el pretexto del entrenamiento y lo trata de convertir en una versión carnal y disoluta de su propio sueño místico: un americano puro, sano, triunfal, belicoso, que ha perdido el norte y busca su salvación en las armas.

[Publicado el 15/4/2015 a las 08:45]

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La lengua en la urna

De repente, los escritores inspiran confianza. Tradicionalmente, el escritor, hombre o mujer, era para la mayoría de los ciudadanos españoles, los que no leen, y por tanto para la mayoría de los políticos, que tampoco, una figura delicada y remota, tan digna de respeto como superflua. Es tan grande la agitación interior y el desconsuelo de la ciudadanía, tan airada la indignación contra nuestros representantes con mando, que los intelectuales, inesperadamente, han cobrado un valor de uso electoral, por encima o fuera de sus obras. Filósofos, catedráticas de humanidades, novelistas, poetas, cineastas; más que los nombres concretos, que pueden aumentar a lo largo de un año electoral abierto a los sobresaltos y los virajes, lo sintomático es el énfasis puesto en su oficio. Apenas se repara en que Ángel Gabilondo ya fue ministro con los socialistas, que Luis García Montero es un militante y activista destacado dentro de Izquierda Unida, muchas veces en compañía de Almudena Grandes, con quien está casado, o que Carmen Amoraga, la novelista galardonada en el Nadal y el Planeta, desempeñó una concejalía en su localidad natal valenciana; en ellos, y en los demás candidatos anunciados por los partidos (Ángeles Caso, Fernando Delgado, Eva Alcón, etc.), importa más que su compromiso ideológico su impronta.

Naturalmente, no serán los primeros dentro del llamado mundo de las artes y las letras que, caso de ser elegidos, intervengan en la gobernación de un país o comunidad. Lo hicieron en la historia del siglo XX, por citar a unos pocos, José Vasconcelos en México, Manuel Azaña en nuestra Segunda República, Václav Havel en la antigua Checoslovaquia, y más cercano a nosotros y vivo, el gran filósofo Massimo Cacciari, dos veces alcalde de Venecia; todos validaron su misión política en las urnas, como también lo hizo otro extraordinario escritor, Mario Vargas Llosa, derrotado en los comicios presidenciales de su país de nacimiento. Junto a ellos, los compañeros de viaje, los ‘groupies', los valientemente comprometidos en causas muy específicas: Susan Sontag en Sarajevo, enfrentada en ese letal conflicto serbo-croata a otro escritor de calidad, el pro-serbio Peter Handke, Fernando Savater tomando iniciativas civiles y escribiendo con inteligencia y audacia contra los matones de ETA y sus asociados, o García Márquez, apoyando hasta la muerte la dictadura castrista. Este último caso es un paradigma  -por la magnitud literaria del colombiano y por su aborrecible postura-  de que escribir hermosos versos o novelas sensacionales no es garantía de ecuanimidad, de altura moral ni de clarividencia: estoy pensando en otros premios Nobel como Saint-John Perse, Neruda, Camilo José Cela. ¿Qué tienen entonces en la España actual las gentes de letras que las hace deseables a los dirigentes políticos y, hablo por mí, tentadoras para los votantes?

En un primer movimiento, impulsivo, podría pensarse en la frivolidad, siempre que se acepte la premisa, discutible, de que "ser conocido" sin ser leído es un timbre de gloria en nuestra cada vez más extendida sociedad del espectáculo. Recuerdo la ocasión, hace no muchos años, en que Álvaro Pombo, que apoyaba entre otros escritores a UPyD, participó en un mitin en un barrio madrileño en el que habló, en calidad de candidato del partido creado por Rosa Díez; su candidatura era al Senado, y él la juzgaba simbólica, convencido de que los votos requeridos no llegarían a su lugar en la lista (que yo voté por sintonía más ‘pombiana' que ‘rosadiana'). Pombo sería simbólico, pero su presencia en el estrado fue contundente. A mi lado, en la parte trasera del espacio al aire libre donde trascurría el mitin, una señora rondando los cuarenta, con uniforme de enfermera bajo el chaquetón, escuchó la fogosa intervención del novelista santanderino y quedó subyugada, abriéndome espontáneamente su corazón: "Yo la verdad es que pasaba por aquí y me he quedado a escuchar a estos, sin saber quienes son. Pero el señor de la barbita... Hay que ver qué postinero. Yo, que no voto desde los veinte años, podría volver a votar a alguien que habla así y no como los políticos, y que no promete el oro y el moro, pero se explica tan bien. Me lo he de pensar. Y dice usted que este señor escribe libros. Voy a recordar su nombre y a ver si leo algo suyo".

No todos los escritores tienen la inteligente elocuencia de Pombo, ni tampoco en los hemiciclos se oyen sólo simplezas y anacolutos; hay señorías, de todos los sexos, que son ‘piquitos de oro', mientras que narradores de largo aliento y poetas mercuriales en la página escrita llegan a un recital o a una charla y se quedan mudos, cuando no pasmados ante el público. Y entonces, si no es la elocuencia ni la clarividencia, ¿qué puede ser?

Yo diría que es algo misterioso, como la propia literatura y toda forma de arte. Bellísima persona o truhán, la novelista y el poeta son, por naturaleza, seres imaginarios, no sólo imaginativos (en los mejores casos). Viven por la palabra y de ella se nutren, luchando por lograrla y sirviéndola, mimándola con su pleitesía y su entrega, que admite pocos rivales. Algunos escritores tienen también ideas, disparatadas a veces e incongruentes en libro, pero su aplicación, por fallida que resulte, no trae la desgracia del destinatario; a lo sumo el tedio. El lector puede abandonarles sin remordimiento, y buscar en la estantería otro título; no hay obligación de seguir atado cuatro años a un mismo autor.

En un momento en que la realidad vivida nos resulta agobiante y odiosa, desesperante y para tantos españoles desesperada, la irrupción de los fabuladores entre los obedientes al organigrama de un partido es, más que refrescante, lenitiva, aunque no nos cure de todos los males. Cuando el lenguaje de los más altos dignatarios ha caído en el descrédito, llegan los escritores, gente de palabra; hablan en otra lengua de otros mundos, incluidos los mundos irrealizados, sin duda los que más necesitamos. Pero ¿y si al final del mandato resultan, ellos también, incapaces o embusteros, y hay que quitarles la confianza y el voto? Nos habrían decepcionado en su papel de intermediarios civiles, sumándose así a los demás representantes políticos. Con una diferencia. Acostumbrados, en su mayoría, a no hacerse ricos con su oficio habitual, su regreso a la ficción, y no al escalafón, podrá reconciliarnos con ellos en el trabajo que es el suyo de siempre: la promesa de un disfrute de bajo coste y alto rendimiento emocional.

[Publicado el 10/4/2015 a las 14:09]

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Bombardeo en Múnich

     Hace tres años David Trueba realizó una película atrevida y muy lograda, ‘Madrid 1987‘, que tuvo una reducida difusión en cines, aunque luego salió en el insólito formato de libro-dvd dentro de la colección de Anagrama donde aparece ahora su fascinante novela ‘Blitz'. En ‘Madrid 1987‘ un hombre rondando la sesentena pasaba, por accidente, un fin de semana encerrado con una estudiante de periodismo cuarenta años más joven, y entre ellos surgía una relación hecha de palabras, de desnudos íntegros, de sexualidad emboscada. Se dijo en su momento que esa historia tenía una base real, inspirada por algo que le sucedió a un célebre columnista y novelista, ya fallecido, con una joven admiradora. Ignoro si ‘Blitz' extrae su inspiración de la realidad, aunque pienso que al menos una sí, transfigurada: la situación del congreso-concurso internacional al que asiste Beto, el protagonista del relato, sin duda hace pensar en las ocasiones en que David Trueba, en su faceta de cineasta, se habrá visto presentando en una lengua que no es la suya su obra, contestando preguntas, recibiendo  parabienes, encontrando rivales odiosos y quizá algún ángel protector.

     La figura angélica de esta novela nada extensa es Helga, una mujer también sesentona, viuda y madre de hijos adultos, que parece circunstancial y va adquiriendo en el libro un relieve extraordinario y una densidad que la convierten en un personaje memorable. Ella es la que se encarga de recibir, acompañar, acomodar y traducir al arquitecto-paisajista que presenta en Múnich su proyecto de "Jardín de los Tres Minutos", pero Beto no ha viajado solo al congreso; le acompaña su pareja y colaboradora Marta, de 27 años, tres menos de los que tiene él. La peripecia progresa tenuemente desde la primera explosión, producida en la página de arranque por un sms equivocado que supone el final brusco de la relación de Beto y Marta. Nada hace presagiar hasta que el libro alcanza su mitad que Helga y Beto van a desarrollar, encerrados metafóricamente en lo accidental, una historia de intensa y explícita sexualidad y de cautelas, miedos, defensas: las propias de quienes, en una guerra como es la del amor, han de sortear las bombas.  

     Y es que si bien ‘Blitz' en alemán quiere decir relámpago, y hay otro ‘blitz' balear nada belicoso en el relato de Trueba, yo no pude sustraerme en ningún momento de mi lectura del libro al significado que ese término de origen germánico ha adquirido en la lengua inglesa, que lo utiliza desde 1940 para referirse a los bombardeos aéreos nazis sobre Londres, manteniendo asimismo un sentido metafórico. Este ‘blitz' novelesco a tres o cuatro bandas (si incluimos entre los contendientes al arquitecto Àlex Ripollés, en un principio enemigo de Beto) no sólo se desarrolla sobre el campo de batalla erótico. "El dolor es una inversión", le dice Helga a su joven invitado, quien en todo momento se rebela, tras ser abandonado bruscamente por Marta, contra el flujo de los sentimientos: el sentimentalismo, piensa él con mucho ingenio, "es un nacionalismo del yo". La novela habla de la precariedad, el temor y los desconciertos que ahora se viven, dentro y fuera de las parejas felices o infelices, pero el concierto a dúo ejecutado por dos instrumentistas tan opuestos como son Helga y Beto produce un sonido hermoso y conmovedor.

[Publicado el 24/3/2015 a las 14:42]

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Hermandad musical

Cuando los musicales no eran una franquicia internacional éramos más pobres pero más felices en las colonias. Dentro de Europa, los que viajaban a Londres podían ver en el West End alguno de los títulos señeros de ese teatro cantado y bailado, tan genuinamente norteamericano, hasta que en la España de los años 1970 empezaron a hacerse producciones locales de los grandes éxitos de Broadway, no todas a la altura de sus modelos. Pero Hollywood, otra potencia ‘yanki' colonizadora, para bien y para mal, nos traía incesantemente a nuestras provincias sus adaptaciones, dando pie a un género clásico y duradero, el del cine musical, cuya edad de oro, entre 1931 y 1970, constituye para mi gusto una de las glorias incomparables del séptimo arte.

 

    Se produce ahora una coincidencia que es rara y feliz. En Madrid, el Teatro de la Zarzuela presenta, con chispeante montaje de Emilio Sagi, un programa doble pícaramente imaginativo en el que la deliciosa revista del Maestro Alonso ‘Luna de miel en El Cairo' precede a la obra maestra de los Gerswhin ‘Lady Be Good!', uno de los hitos del musical desde su estreno en 1924, que reunió a seis hermanos: los protagonistas, Fred y Adele Astaire, los autores de las canciones, Ira y George Gershwin, y los personajes centrales de la comedia, Dick y Susie Trevor. Mientras tanto, por toda España, se estrena ‘Into the Woods', película en la que el esforzado artesano Rob Marshall hace su mejor trabajo a partir de uno de los títulos capitales de ese genio de la música escénica que es Stephen Sondheim.

    Entre nosotros se han hecho versiones teatrales de otros magníficos títulos del compositor americano, como ‘Follies' y ‘Sweeney Todd', pero nunca, que yo sepa, llegó ‘Into the Woods' a las tablas. Hay que ver sin falta esta película si uno acepta las convenciones del género y cree que el cuento infantil es una literatura de adultos enmascarada. La arriesgada y brillante idea de James Lapine, autor del libreto, y Sondheim, que como de costumbre compuso la música sobre sus propias letras, fue en su día, 1987, hermanar en una misma historia fantástica y sentimental cuatro cuentos tradicionales, ‘La Cenicienta', ‘Rapunzel', ‘Caperucita Roja' y ‘Jack y las habichuelas mágicas', utilizando como base conceptual nada farragosa las lecturas modernas que Freud, Bettelheim o Vladimir Propp hicieron de esas fabulaciones aparentemente ingenuas.

    El resultado es trepidante y a la vez inteligente, sobre todo en la primera parte del film, que anuda de manera arrolladora las cuatro tramas, situándolas en un hermosísimo espacio idílico y tétrico, el bosque, que resulta literalmente encantador. La productora Walt Disney ha suavizado algunas de las claves más oscuras y lúbricas del texto original de 1987, y eliminó del montaje final dos canciones, todo con la aceptación de los autores, pero aun así, la malicia nostálgica y el humor punzante del original permanece, sobre todo en los episodios de Cenicienta, su madrastra e hijas y su príncipe tan apuesto como lujurioso. Hay también apuntes de gran picardía en las relaciones de Caperucita Roja con su lobo, papel en el que Johnny Deep tiene más justificación que nunca para ponerse hasta las cejas de ‘rimmel' y de los coloretes nunca ausentes en sus papeles, haga de pirata o de llanero solitario.

[Publicado el 02/3/2015 a las 09:15]

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Egotistas

A comienzos del verano de 1832, ocioso en Roma, Stendhal empieza a escribir ‘Souvenirs d´égotisme', un bellísimo recuento autobiográfico que quedaría inacabado, siendo publicado póstumamente en 1892. El novelista titula esos recuerdos con un término inglés acuñado por el ensayista y poeta Joseph Addison en 1714 para definir la muy francesa disposición "a hablar demasiado de sí mismo" que los Señores de Port-Royal, dice Addison, reprobaban. Siendo similar a ególatra o a egocéntrico, egotista, por su ilustre ascendencia anglo-francesa, nos suena mejor, sobre todo desde que el memorial fue traducido como ‘Recuerdos de egotismo' por  nuestra eminente ‘stendhaliana' Consuelo Berges. En uno de sus párrafos iniciales, Stendhal dice: "¿Tendré el valor de contar las cosas humillantes sin preservarlas con infinitos prefacios? Así lo espero", redondeando su pregunta con esta afirmación insolente: "Estoy profundamente convencido de que el único antídoto que puede hacer olvidar al lector los eternos ‘Yo' que el autor va a escribir es una perfecta sinceridad".

       Dos películas británicas de éxito, ‘Mr. Turner' y ‘The Imitation Game', tratan de egotistas desaforados y geniales, cada uno en su territorio, y lo hacen con la verdad por delante. En ‘The Imitation Game', el ególatra protagonista es Alan Turing, según Winston Churchill el hombre que más contribuyó a la victoria aliada en la Segunda Guerra con sus trabajos de desciframiento de los telegramas del alto mando alemán, teniendo esa labor suya la peculiaridad de que, mientras descifraba los enigmáticos mensajes nazis, Turing envolvía en una nube de misterio su propio enigma; el matemático, superdotado y poseído de sí mismo, se veía obligado a esconder el entonces grave delito de la homosexualidad, que le llevaría, pese a su reconocida heroicidad, a la deshonra y el suicidio. El director noruego Morten Tyldum cuenta con perfecta sinceridad, como lo quería Stendhal, el autismo y las tendencias amorosas del siempre un tanto infantil matemático, una personalidad rica en contrastes que ni siquiera resultaba aceptable explicitar en el año 2001, cuando, en ‘Enigma', el cineasta Michael Apted, a partir de un guión de Tom Stoppard que cambiaba los nombres de los personajes históricos, reflejó con más enjundia narrativa pero disimulo de su intimidad la misma operación llevada a cabo por Turing y sus colaboradores en los cuarteles secretos de Bletchley Park. ‘The imitation game' no amontona prefacios mixtificadores de la naturaleza sexual del genio, pero su relato es superficial, desvirtuando la interesante figura de Joan Clarke (Keira Knightley, poco más que voluntariosa), la mujer que se enamoró del hombre de ciencia sospechando que el sentimiento no podía ser recíproco. Quien sí se luce es Benedict Cumberbatch, uno de los actores más estimulantes de los que hoy trabajan en inglés.

     En el mismo registro de desvelación íntima de un prodigioso egocéntrico se mueve ‘Mr. Turner', ‘costume drama' de Mike Leigh sobre los últimos años de la vida del gran pintor que, cumpliendo sus funciones ilustrativas y biópicas, decepciona por ser obra de un director a quien le pedimos más que una bonita estampa plagada de frases rimbombantes y anécdotas escolares, como la del diminuto elefante que hay que buscar en la famosa pintura de ‘Aníbal cruzando los Alpes'. Tiene interés, un tanto morboso, la larga secuencia del día pre-inaugural de la exposición de la Royal Academy, con las apariciones de los artistas del momento, Wilkie, Stothard, Sir John Soane, el atormentado Haydon y, sobre todo, Constable, laborioso en el acabado del paisaje que presenta y receloso del imprevisto asomo de genio díscolo de su colega Turner; el figurón de John Ruskin, un tanto astracanado, produce hilaridad. Es para mí incomprensible, sin embargo, que, pese a las eruditas justificaciones lumínicas dadas por Leigh y su director de fotografía Dick Pope, el ámbito y la plasmación del arte turneriano, proto-simbolista, a menudo ambiciosamente literario y tendente a la abstracción, queden reducidos a un pictoricismo más bien relamido y de sabor holandés.

     Cinematográficamente, el mejor ególatra de la cartelera actual es el que interpreta, con guiños autobiográficos, el actor Michael Keaton, célebre por sus ‘Batmans', en la nueva película de Alejandro González Iñárritu, quien también se gana con toda justicia, al menos en términos estéticos, el calificativo de egotista. ‘Birdman' fascina y puede irritar desde el comienzo, con su mezcla de virtuosismo narrativo y levitaciones psíquicas que dejan chicas a las que se producían en ‘Cien años de soledad', tildadas en su día maliciosamente por Cabrera Infante de "escenas Mary Poppins". Pues bien, es una lástima que un film inteligente y atrevido como el del director mexicano incurra en la media hora final en un ‘marypoppismo batmaniano' tan innecesario, y, todo hay que decirlo, técnicamente poco lucido. ‘Birdman', emulando Iñárritu la ambición de Hitchcock en ‘Rope' (‘La soga') y de Sokurov en ‘El arca rusa', filma casi todo el metraje de su larga película en un plano secuencia trucado con habilidad, pero rompe incongruentemente esa unidad de lugar y espacios cuando se produce el disparo real en el escenario, punto en el que la plástica y el tempo fílmico frenético y arrebatador se contagia del mal moderno que yo llamaría el síndrome de ‘El árbol de la vida', la patochada trascendental de Terrence Mallick.

    Ni siquiera esa grave infección estropea el placer ofrecido casi siempre por ‘Birdman', que escenifica un combate permanente de egos situados en el interior de un teatro, una construcción musical que alterna los trozos solemnes de, entre otros, Mahler, Tchaikovsky, Rachmaninoff y John Adams, con estupendos solos de batería en plan de comentario épico, y escenas memorables, todas las que interpretan Mike (Edward Norton), rival egotista de Riggan (Michael Keaton), la joven Sam (Emma Stone) y Tabitha, la crítica de teatro mortífera (Lindsay Duncan), así como esa salida en calzoncillos a las calles de Broadway de un Riggan que durante unos minutos, accidentalmente, ha perdido la vigilancia del superego y se queda en cueros con su yo.

[Publicado el 23/2/2015 a las 10:28]

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A los actores (pequeño homenaje a dos ganadores)

1. Javier Gutiérrez

Uno de los aciertos del estupendo film de Alberto Rodríguez es el reparto de sus dos protagonistas, y la Academia, en un acto justo, lo ha reconocido nominando a los dos en la misma categoría. Esa justicia preliminar, sin embargo, no pudo ser, el día del juicio, salomónica, pues al impedir las bases del premio el exaequo ni Javier Gutiérrez ni Raúl Arévalo pudieron partir en dos la cabeza del ‘goya' que obtuvo el primero, operación que por lo demás habría requerido un instrumental pesado seguramente no disponible en la gala. Ambos lo merecían (sin olvidarse, por cierto, de Luis Bermejo, extraordinario en su papel de padre de una de las chicas mágicas de Carlos Vermut), pero volvamos al arranque. Gutiérrez interpreta en ‘La isla mínima' a Juan, y Arévalo a Pedro, los detectives de la sección de homicidios enviados en 1980 desde Madrid a un pueblo de las riberas del Guadalquivir para investigar la desaparición de unas muchachas. Los policías forman una pareja no muy bien avenida ni en la investigación ni en los momentos de ocio, y desde que los actores aparecen, el público -el que haya seguido con asiduidad sus brillantes carreras- espera de ellos esa complejidad inquietante y un punto histriónica, en el buen sentido del adjetivo, que marca su ‘persona' dramática. En el caso de Gutiérrez, al menos para mí, más en sus memorables actuaciones teatrales, en comedia y tragedia, con la compañía Animalario de la que forma parte: ‘La boda de Alejandro y Ana', ‘Hamelin', ‘¡Ay, Carmela!'. En el de Arévalo, por citar asimismo tres ejemplos, el breve pero destacadísimo papel que me lo dio a conocer en ‘AzulOscuroCasi Negro', el del joven cura timorato y neurótico de ‘Los girasoles ciegos', y el del Caballero d´Eon, el célebre espía travestido, y quizá transexual, en una larga escena de irresistible comicidad del ‘Beaumarchais' de Sacha Guitry montado a fines del 2010 por Flotats.

      Pero Alberto Rodríguez nos propone con ellos un espejismo, uno de los que abundan en ‘La isla mínima', desde el comienzo, con las hermosas imágenes cenitales de la marisma que podrían ser naturalistas o creadas en un laboratorio digital. Ese espejismo o trampantojo que enriquece la trama criminal se basa en que de los dos policías uno esconde un pasado sombrío, una mancha, y como los dos actores son consumados estilistas de la turbiedad, nunca sabemos del todo, a medida que la historia progresa, quién lleva la razón, ni quién la culpa en las sospechas y las deducciones.

    Gutiérrez, con su bigote de época más recortado que el de Arévalo, de espesor casi mexicano, es el depositario de la memoria histórica que late en este ‘thriller'. Su físico habitual de hombre ni alto ni bajo, ni feo ni guapo, ni del todo dulce ni del todo acerbo, contrasta con el de Arévalo, pero ese contraste no se corresponde manidamente con la materia del argumento y con el desenlace, un final que no contaremos aquí desde luego, y en el que el cruce del bien y el mal se da en su dudosa o incierta dimensión.

                                     __________________

 

 

2.  Karra  Elejalde

 

 

    Karra es Koldo en ‘Ocho apellidos vascos', y da gusto, naturalmente, oírle las palabras en euskera que dice y la acentuación vasca de su castellano. Es lingüísticamente lo más genuino del film, pues Clara Lago nació en Torrelodones, Dani Rovira en Málaga, y no es lo mismo el habla malagueña que la sevillana; los dos jóvenes actores cumplen, sin embargo, en su opuesta vocalidad geográfica.

      Karra Elejalde fue en sus comienzos un vasco sintomático. Película que allí se hiciera lo tenía a él en papeles cortos o largos, y la lista de sus primeros años en el cine, tras curtirse en la cantera del teatro independiente, es impresionante; Elejalde hizo actuaciones de gran fuerza, esa fuerza ruda y compasiva tan suya, en los primeros títulos de Juanma Bajo Ulloa, ‘Alas de mariposa' y ‘La madre muerta', esta última en mi opinión una de las obras maestras de nuestra cinematografía, volviendo a ser llamado por el director para un papel distinto, muy señalado, en la gamberrada de alta gama que fue ‘Airbag'. Y otra asociación artística de calidad remarcable, la que tuvo con Julio Medem en la gran trilogía telúrica, ‘Vacas', ‘La ardilla roja' y ‘Tierra', un cine que no se parecía a ningún otro en aquellos años finales del siglo pasado. El actor vitoriano también estuvo a las órdenes de Imanol Uribe (‘Días contados') y de Alex de la Iglesia (‘Acción mutante'), cerrando esa década prodigiosa con uno de sus personajes más originales, el del no-inventado Padre Laburu, jesuita, científico y cineasta, en ‘Visionarios', una de las mejores películas de Gutiérrez Aragón.

    En el nuevo siglo, Karra Elejalde se ha ramificado. Tras haber escrito y codirigido con Fernando Guillén Cuervo ‘Año Mariano' (ninguna relación con Rajoy), insistió en la escritura y dirección de su propio cine con ‘Torapia', que no he visto. Su maduración como actor ha sido, en todo caso, extraordinaria, y fue ya premiada en 2010 por la Academia, que le reconoció la creatividad de un personaje dúplice, el del actor alcohólico que saca fuerzas de su deterioro para interpretar grandiosamente a Cristóbal Colón en la infravalorada ‘También la lluvia' de Iciar Bollaín. Pero hay otra injusticia reciente (2012) en su carrera, que tiene que ver con el vapuleo crítico y el tratamiento sospechosamente negativo, casi clandestino, que se le dio a ‘Invasor' de Daniel Calparsoro, apasionante y valiente película de acción política basada en una novela de Fernando Marías que cuenta sin tapujos el caso real, no aclarado aún, al menos moralmente, de los abusos y homicidios cometidos por unos militares españoles en la guerra de Irak. En ‘Invasor', que no tiene nada que envidiarle en empaque y audacia a los films bélicos norteamericanos más recientes, Elejalde alcanzaba momentos de sublime viscosidad interpretando al alto cargo del ministerio del Interior que trata de comprar el silencio sobre lo ocurrido. Muy distinto, ya se ve, a la graciosa bonhomía del Koldo de Emilio Martínez Lázaro. Los actores todo-terreno nunca tropiezan en la misma piedra.  

[Publicado el 12/2/2015 a las 15:05]

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A los actores (pequeño homenaje a dos ganadoras)

1. Bárbara Lennie  

Alguna de las escenas más conmocionantes de ‘Magical Girl' la interpreta Bárbara Lennie con el rostro tapado por vendas. Sólo sus ojos se ven, mientras se oye su voz quebrada, y la imagen es como una metáfora del escondido pero fascinante curso de esta película poblada de grandes actores, mujeres y hombres, entre los que Lennie quizá no sea la que más tiempo ocupa la pantalla, pero cuando está, y ya desde el primer momento en que aparece, electriza.

     En ese arte frágil, físico y químico, y tan misterioso, que es la interpretación, siempre he creído que hay actores que te apaciguan y actores que te excitan. O por decirlo en sus propios términos, actores sosegados, que dan bonanza, y otros cuyo nervio nos pone a cien. Entre las mujeres, y por citar a dos grandes, Katharine Hepburn, aun cuando hiciera comedia de enredo y ‘happy end', estaba siempre agitada, velocísima de dicción y de movimiento, no pocas veces encabronada, imprimiendo a las obras maestras de Cukor, y no sólo a esas, la condición febril de lo inestable. Mientras que, en la antípoda, Ingrid Bergman, trabajando con Hitchcock o con Rossellini, y aun en historias de amor y desvarío, muestra un suave recato, un fondo de quietud casi mística que nos aplaca o nos impregna a lo sumo de melancolía. Las dos tipologías producen gran arte, por supuesto, pero el arte de Bárbara Lennie es de la primera categoría.

     Debutó en la película de Víctor García León ‘Más pena que gloria' (2001), donde aún era una adolescente, formando parte por tanto de esa feliz peculiaridad del cine español que es la de los niños o impúberes geniales que no pierden el genio cuando les cambia la voz y se hacen mayores: Ana Belén, Ana Torrent, Maribel Verdú, Cristina Marco, Emma Suárez, Juan Diego Botto, Fernando Ramallo, Juan José Ballesta, Aída Folch, Iciar Bollaín, y me quedo corto. Su crecimiento ha sido desde 2001 portentoso. Como espectador, e incluso cuando la película que veía no me gustaba, a ella daba gusto verla. Saliera mucho o poco, allí estaba marcando un territorio propio, inconfundible, de animación contagiosa. La repartidora de ‘La bicicleta', la fábula sostenible de Sigfrid Monleón, la chica que hace sufrir al chico en ‘Todas las canciones hablan de mí‘, debut de Jonás Trueba, la lesbiana que todo lo observa en ‘La piel que habito', la elegante reina de ‘Stella cadente' de Lluís Miñarro, su tercera película en este año de gracia en el que está nominada como protagonista de ‘Magical Girl' y secundaria (brillantísima) en ‘El niño' de Daniel Monzón.

     Como los buenos intérpretes que ya arrumbaron la antigua leyenda española de que un actor de teatro no funciona en el cine, Bárbara Lennie irradia su fuerza en los montajes de Miguel del Arco que he visto de ella, ‘Veraneantes', ‘La función por hacer', ‘Misántropo'. En los dos primeros no había escenario; todo sucedía delante y a la altura del público. En más de un momento, seducido, temí que el ímpetu de la actriz me tirara de espaldas, butaca incluida.

 

2. Carmen  Machi

Descubrí a Carmen Machi haciendo de hombre en un texto teatral que yo había escrito, con la inestimable cooperación, todo hay que decirlo, del mejor dramaturgo de todos los tiempos. La cosa sucedió en el año 2001, cuando el Teatro de la Abadía le confió al director alemán Hansgünther Heyme un montaje de ‘El mercader de Venecia' en el que se utilizaba mi traducción de esa obra maestra de Shakespeare, ya antes estrenada en el CDN bajo la dirección de José Carlos Plaza. Los actores del nuevo montaje formaban la Compañía del Teatro de la Abadía, creado por José Luis Gómez, y en ese plantel excelente y para mí desconocido apareció el primer día de los ensayos una joven llamada Carmen Machi, que tenía encomendados en el reparto seis papeles distintos, entre ellos, con gran relieve, el de Lancelot Gobbo, uno de los más elocuentes, en su galimatías y su astucia, del riquísimo repertorio de los bufones de Shakespeare.

      Han pasado catorce años, y no voy a caer en la impertinencia de detallarles el carrerón que ha hecho la actriz entonces revelada. Interpretando al pícaro Lancelot, Machi, enardecida por alguna de las ‘morcillas' germánicas aportadas por Heyme a la traducción, mostraba un humorismo corrosivo y a la vez muy llano que sus trabajos posteriores en televisión, en cine y en teatro han corroborado. Pero Machi, con su ‘careto' y su voz tan dotados para la guasa y el desgarro, no sólo sabe hacernos reír, como de sobras demuestra en ‘Ocho apellidos vascos'. Un papel desarrollado en tres escenas, cuatro años después, en el montaje de Lluís Pasqual del ‘Roberto Zucco' de Koltès, fue para mí la confirmación de un registro patético inesperado pero no menos deslumbrante. Hacía de la hermana de la chiquilla que tanto atrae al asesino, y sus dos monólogos, en la casa familiar y en la estación, tenían ese algo que el teatro suscita más que el cine: el deseo de dejarse llevar por una presencia física que uno no quiere que desaparezca por nada del mundo, ni siquiera por la lógica de la función. Mientras tanto, como es sabido, Carmen creó el personaje de Aída en ‘7 vidas', quiso acabar con él, no la dejaron, se marchó, volvió, resucitó, dio nombre a una secuela igual de adorada, y todo ello haciendo cine y teatro, no sé a qué horas del día o la noche.

       Machi ha sido trapisondista y lady galaico-escocesa dentro del canon shakesperiano, Helena de Troya algo más que pelandusca, mujer sin piano en un Madrid fantasmal y hechizante, concejala antropófaga con Almodóvar, extremeña ávida de sexo en Euskadi, y por hacer ha hecho convincentemente hasta de quelonio en la pieza de Mayorga ‘La tortuga de Darwin‘. Practica el legítimo orgullo de lo aparentemente imposible y la modestia heroica de sustituir en dos días a una indispuesta Rosa Maria Sardà para unas pocas funciones del reciente ‘Caballero de Olmedo'. Su próxima ‘hubris', encarnar en una ‘Antígona' a otro hombre, griego y rey, se anuncia para abril. Cómica y trágica, intensa y refrescante, también se la ve cambiar de color de pelo a menudo. Yo, que soy un caballero a la antigua usanza, la prefiero rubia, pero siempre estaré dispuesto a embarcarme con ella, haga lo que haga, de morena. 

[Publicado el 10/2/2015 a las 09:34]

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Biografía

 

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016). Su más reciente libro es El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

 

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

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