PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 14 de agosto de 2018

 Blog de Vicente Molina Foix

¿Existió Nasrudín?

Del Oriente próximo no únicamente llegan noticias graves y seres desdichados. Aunque no sirva paliativo, es un gozo leer el reciente libro de la editorial Pre-Textos ‘Noventa y nueve iluminaciones de Nasrudín', bellísima conjunción, además, de lo que un occidental puede sacar en claro (y en oscuro) de la lectura, traducción libre y glosa de una de las figuras más sugestivas de la imaginación islámica. El excelente poeta y traductor Jorge Gimeno, que es el occidental de nuestra historia, consigue en el libro un audaz trabajo de presentación y reconstrucción poética de una obra que como tal nunca existió y de un autor de quien sólo sabemos que procedía de la Anatolia y anduvo, envuelto en la leyenda y la incertidumbre, por el Mediterráneo clásico, en fechas imprecisas de los siglos XIV y posteriores, cuando oralmente se cuentan y se trasmiten sus "anécdotas", que llegarían por primera vez a la imprenta en 1837, en turco, pronta y debidamente traducido al árabe con las libertades que un ‘decir' tan volátil permite.

Nasrudín, si es que tuvo carne mortal y una sola voz, fue un sabio sardónico y algo impúdico (sus reflexiones sobre el orín son de una escatología muy refrescante), un maestro de enseñanzas no siempre edificantes, un inventor de paradojas fulgurantes al que, desde que le descubrí en la famosa recopilación de Idries Shah ‘Caravana de sueños', tomé por un sabio del entorno sufí. Gimeno le llama, con cierta guasa, antisufí, siendo por tanto lo suyo "el verdadero sufismo". Sobre su identidad se hacen cábalas, aunque sigue hoy siendo una figura celebrada, desde Irán a Turquía, donde la gente de la calle da por sentada su historicidad, dudosa para muchos estudiosos.

Reproduzco, para dar una idea de la extraordinaria ocurrencia de Nasrudín y la belleza no menos ocurrente de las transcripciones versificadas por el poeta Gimeno, alguna muestra. Por ejemplo, entre las anécdotas que ponen en solfa los usos amorosos, ésta: "Me pide que le regale un anillo. / Así cuando lo vea en su dedo, dice, / se acordará de mí, de mi magnificencia. / No lo haré. Así cuando no lo vea / se acordará de mí". Nasrudín cultivaba también el apólogo sapiencial, a menudo en forma de diálogo: "El Maestro se planta ante el espejo / con los ojos cerrados. / Está así mucho rato. Respira y nada más. / Un amigo le dice: -¿Acaso has acabado de perder la cabeza? / -Intento ver el rostro que tendré / cuando esté muerto. / Nada más". Una de mis composiciones preferidas, en su conciso humor, es la que lleva por título ‘Miel': "Se me posa en el miembro / la abeja. / ¡Sí que sabe de flores!".

[Publicado el 20/10/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

‘Castroenteritis’

Lo último que escribió Cabrera Infante, poco antes de morir, fue un artículo publicado el 27 de febrero de 2005 en las páginas de Opinión de El País y que concluye el recién publicado segundo volumen de su obra completa. Se llamaba ‘La Castroenteritis aguda', y no era la primera vez que él usaba ese término médico-paródico para calificar la infección fidelista; en 1990, ‘La Castroenteritis' aún no era aguda, en el artículo de ese título recogido después en ‘Mea Cuba', aunque ya lleva, dice el articulista, más de tres décadas causando víctimas. En años posteriores, el mal dará paso por escrito a  otras variantes: ‘La castradura que dura' y la ‘Castrofobia', síndrome que sin duda aquejó al escritor. Es sin embargo en el primer texto, el de 1990, donde lo detecta: "una enfermedad del cuerpo (te hace esclavo) y del ser (te hace servil), y la padecen nativos y extranjeros", estos últimos, apostilla, ocupando la planta de la "Castroenteritis chic".

 

     Cabrera, que ya desde finales de los 60 sufría la anatema no sólo del régimen castrista sino de ciertos medios intelectuales afines, hace en ‘La Castroenteritis' un poco de cirugía, y saca a relucir las insuficiencias democráticas de Carlos Barral, Felipe González y Julio Cortázar, por quien se sintió traicionado en un notorio y debatido episodio, tras haber trabajado en el guión cinematográfico de un cuento del argentino. Es en todo caso un hecho irrebatible para quienes a principios de los años 70 lo experimentamos de cerca, dudando aún entonces juvenilmente sobre quién tenía razón, que Cabrera Infante fue objeto del cordón sanitario que se aplica a los apestados, y que entre sus practicantes hubo grandes escritores que "lo vieron tarde" o, como en el caso de García Márquez y Saramago, no lo vieron nunca. A todos ellos, siguiendo en el registro medicinal, el autor cubano les diagnostica y les receta: "Aunque la enfermedad es infecciosa [...] y a veces suele ser fatal, tiene un antídoto poderoso: la verdad. La verdad desnuda crea anticuerpos que combaten la Castroenteritis eficazmente".

     Cabrera Infante fue el médico de su honra, pero no sabemos si su tratamiento, aún rechazado por no pocos, acabará imponiéndose en la salud pública de su tierra natal.

[Publicado el 05/10/2015 a las 15:55]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Escritos políticos. Cabrera Infante

Este libro de mil doscientas cincuenta páginas no contiene ninguna novela pero sí el apasionante relato de varias vidas, todas encarnadas en la figura de Guillermo Cabrera Infante. El primero, que podría titularse "El hijo de los comunistas", empieza por el principio, y el montaje diacrónico del material publicado se agradece, como en las epopeyas fundacionales. En 1951, el autor es un joven periodista que  -alimentado desde la cuna con una estricta dieta marxista prescrita por sus padres, cofundadores en Cuba del Partido por antonomasia y fieles a su ortodoxia hasta el fin de sus días- se confiesa, en la impagable crónica autobiográfica de cierre, que le hace un guiño a Sterne, como "criatura con suficientes anticuerpos comunistas como para estar efectivamente vacunado de por vida contra el sarampión revolucionario". Pero el apasionado lector y espectador en sus facetas más degustativas y selectas se da de cara un día, por sus amistades y sus afinidades, con la Historia, en mayúscula. Ha fundado con un grupo de cinéfilos también muy jóvenes la Cinemateca de Cuba, ha conocido a una muchacha con la que poco tiempo después se casará, y publica su primer cuento en ‘Bohemia', por el que (Fulgencio Batista acababa de dar su golpe de estado) se le expulsa de la escuela de periodismo y se le encarcela. Sale de prisión, y ya casado y padre de una hija da el salto a su segunda personificación novelesca: nace G. Caín, de la costilla del cine, pues con ese seudónimo -inicialmente una tapadera-  formado por las primeras sílabas de sus apellidos se da a conocer, de un modo que deslumbró pronto dentro y fuera de Cuba, escribiendo sobre películas en la revista ‘Carteles' y convirtiéndose, junto a James Agee, Manny Farber, José Luis Guarner o Pauline Kael, en uno de los críticos más ocurrentes e inteligentes que ha habido.

 

    Pero el Caín vividor y sensual, humorístico, dado al invento verbal y vacunado contra los maximalismos, no puede dejar de mirar a su alrededor. Y así en 1957 ve a varios de sus amigos detenidos o muertos a manos de la policía batistiana, entra él mismo en actividades clandestinas, se compromete. Al año siguiente, aparece en su vida Miriam Gómez, escribe la mayoría de cuentos y ácidas viñetas de violencia política que después formarían su primera obra narrativa, ‘Así en la paz como en la guerra', y la palabra no le basta: sirve de enlace entre los comunistas paternales y el recién creado Directorio Revolucionario de la guerrilla, a la que le pasa armas de contrabando, y estaba preparándose, a modo de jefe de prensa no-oficial, para llevar a dos periodistas norteamericanos a la Sierra Maestra cuando, el 31 de diciembre, abdica, así lo escribe él, el dictador Batista.

       ‘Mea Cuba. Antes y después' es el segundo volumen de la obra completa en curso, pero hay que decir que además de ofrecerse en sus páginas una ordenación ampliada de aquel devastador ‘Mea Cuba' que hizo decir a Susan Sontag en los años 80, cuando empezaron a aparecer sus textos en distintos medios, "He was the first to see it" ("Fue el primero que lo vio"), el tomo tiene como ‘entrada' fuerte las casi doscientas páginas inéditas en libro, y sus tres singularidades. Por un lado, reflejan la formación de ese gran cronista que fue, cuando el oficio no tenía el relieve que hoy tiene, Cabrera Infante, ya antes de iniciar su auto-construcción como novelista. Por otro, dan la medida de lo que significó ‘Lunes de Revolución', de donde proceden estos artículos firmados por él, responsable también del semanario. Y en tercer lugar, el más crucial, componen un retrato que muchos parecen haber querido, si no borrar, olvidar: el de un hombre de treinta años que fue parte de una vanguardia intelectual comprometida en la lucha contra la dictadura y que creyó fervientemente en la revolución no tutelada por el comunismo soviético que empezó siendo el movimiento guerrillero de Fidel Castro. Una revolución en la que, además de la justicia social y la libertad democrática, cabría un acercamiento a la realidad que pudiese armonizar la dialéctica materialista, el psicoanálisis y el existencialismo, por citar literalmente las palabras sin firma, escritas por Cabrera Infante, que aparecen a modo de presentación del número 1, de 23 de marzo de 1959, de la citada revista.

     Hace un mes pasé dos tarde enteras en la casa que el escritor cubano de pasaporte inglés habitó casi cuarenta años en el centro de Londres con su segunda esposa Miriam Gómez, una viuda de escritor emprendedora, fiel y muy valiente en las decisiones. La mayor parte de la primera tarde la ocupó el examen de los tres grandes volúmenes encuadernados en un cartoné algo gastado que recogen la mayoría, pero no la totalidad, de la colección de aquel legendario suplemento semanal que en su trayectoria, desde marzo de 1959 a noviembre de 1961, traza de modo sucinto pero esclarecedor la novela de una decepción personal y el fin de una revolución audaz y liberadora.

     Esos volúmenes que yo repasaba tienen su propia historia. Cuando el autor de ‘Tres tristes tigres' abandonó para siempre su país a finales de 1965, en circunstancias de ‘thriller' esperpéntico que él ha narrado con gran viveza en su libro póstumo ‘Mapa dibujado por un espía', pudo llevar a sus dos hijas adolescentes del primer matrimonio, pero no, en un limitado y muy vigilado equipaje, sus libros, y entre ellos, la valiosa y bien conservada colección de la revista. Una década después, Juan Goytisolo viajó a Cuba, cuando ya la verdad de la dictadura se hacía palmaria para quienes, como él mismo, la defendieron tantos años con buena fe y esperanza, y, en un gesto admirable y no sin riesgo, decidió hacerles un obsequio a sus amigos Guillermo y Miriam: rescatar esos cuatro volúmenes de ‘Lunes de Revolución' que seguían en poder del padre del escritor, ya entonces repudiado por el régimen castrista, meter en su maleta tres de los cuatro (falta el volumen correspondiente al año II), pasar la aduana, y entregárselos en Londres a quien, junto con Carlos Franqui, el, digamos, editor, y Pablo Armando Fernández, subdirector, había hecho posible su existencia.

     Más allá de cualquier mitomanía, la lectura de muchas páginas de esos tres mamotretos tamaño sábana produce la emoción de la obra bien hecha en circunstancias difíciles y aurorales. En el mismo texto de presentación antes mencionado, ‘Una posición', Cabrera Infante expresa con modestia que la finalidad es "realizar para Cuba la labor divulgatoria que hiciera en España una vez la Revista de Occidente", añadiendo a continuación una coda de premonición optimista que tampoco deja de impresionar, sabiendo nosotros ahora lo que pasó apenas tres años después de haber sido escrita: "jamás se volverá a dar una ocasión como ésta -también en el orden de la vida diaria- en que una revista que antes estaría dedicada a una exigua minoría, se vea repartida entre los cien mil ejemplares de Revolución. Se trata ni más ni menos que de un regalo que hace el diario de la Revolución a sus lectores y a la cultura".

     El regalo queda en los anales y en las bibliotecas. El primer número, bellamente compaginado e ilustrado, tiene unos contenidos de asombrosa calidad: un trabajo de Sergio Rigol sobre las raíces nazistas de Heidegger, un perfil de James Dean firmado por Edgar Morin, entre artículos de Maxwell Anderson y Lydia Cabrera y dibujos de Saul Steinberg. En el número 2, Ionesco, Isaac Babel y Piñera, en el 29 un atrevido diseño letrista (casi ‘avant la lettre'), y en todos un sinfín de grandes colaboradores entre los que destacan Bruno Schulz o Gertrude Stein, nombres nada frecuentes entonces, compartiendo espacio con Lezama Lima, Calvert Casey y portafolios de fotografía americana de vanguardia. La revista anti-dogmática.

    El grueso libro que recopila el tomo I del año III (no hubo ya volumen II, ni año IV) da motivos para la melancolía. Por imperativos superiores que Franqui le comunicó a Cabrera Infante, se suceden números sobre Laos, Vietnam o Rumanía que huelen a boletín de propaganda: cánticos de alabanza de infames poetas, panorámicas de campos de maíz y alegres labriegos, gráficos explicativos de los triunfos del socialismo leninista. Corría el año 1961, y al suplemento se le permitió un canto del cisne, el número especial sobre Picasso, con 48 páginas de inéditos literarios del pintor y trabajos de, entre otros, Albert Skira, Apollinaire y Juan Larrea, de quien se imprime su texto sobre el ‘Guernica' poco tiempo antes leído en el MOMA.

       Los propios artículos de Cabrera Infante en ‘Lunes de Revolución' reflejan el conflicto que desgarraría al escritor. En alguno de 1960 como ‘Peregrinaje hacia la Revolución' o ‘La marcha de los hombres' leemos aún su entusiasmo por la nueva era iniciada, y su invectiva sardónica contra quienes la desdeñan, aunque ya en el primero una conversación suya con el presidente Dorticós vaticina las amenazas de la vigilancia ideológica en el trabajo intelectual: "La Revolución entrará lentamente en la obra de nuestros artistas y de nuestros escritores", le dice el presidente. Es de enorme interés ‘Las vértebras de España', en el que relata su paso por Madrid, volviendo de un viaje oficial a la URSS, con una mezcla de pena, clarividencia y crudeza crítica. La obra maestra de este conjunto, ‘La letra con sangre', íntima crónica bélica de la "guerrita de Bahía de Cochinos", introduce muy sutilmente la sombra de la sospecha que había empezado a materializarse, según lo ha contado quien la sintió con él, Miriam Gómez, al ver una madrugada, saliendo en automóvil de la ciudad de Matanzas, su marítima Vía Blanca llena de enormes camiones tapados con lonas y circulando sin identificación, como fantasmas; el preludio de la intervención soviética que él mismo vería en el campo de batalla junto a su gran amigo Walterio Carbonell. Cuando Cabrera volvió de Playa Girón, aún con el rostro tiznado por la pólvora, se abrazó a su mujer Miriam y le dijo: "Este hijo de puta nos ha engañado".     

    Aunque haya mayoría de textos combativos, de uno y otro signo, ‘Mea Cuba. Antes y después' recupera, en una colocación que lo aclara y realza, su extraordinario libro de prosas ‘Vista del amanecer en el trópico', con sus viñetas de gran potencia lírica sobre la violencia, tanto la revolucionaria como la que la precedió y la siguió. Pero hay otro factor que merece ser resaltado: el retrato del artista como crítico literario, que ya se vio en la primera edición de ‘Mea Cuba', pero aquí, en el desdoblamiento de contenidos que el autor decidió en su momento y ha sido enriquecido, cobra una notable dimensión. Un recorrido informado y agudo sobre la literatura de Cuba, un pequeño país rico en escritores de la talla (y sólo citamos a unos cuantos) de José Martí, Lezama Lima, Lydia Cabrera, Lino Novás, Alejo Carpentier, Carlos Montenegro, Virgilio Piñera, Calvert Casey, Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, de quienes escribe semblanzas llenas de buen juicio.

     Los nombres más presentes en el utilísimo índice onomástico son los de dictadores: Batista, Franco, Hitler y Stalin, todos por detrás de Fidel Castro, que cuenta con varios cientos de anotaciones. Este libro, que es la múltiple historia de un desengaño, un doloroso exilio, un descrédito y una reivindicación final de la decencia y la verdad, es también el reflejo de una obsesión con un espíritu maléfico, y recuerda en eso la de Max Aub con Francisco Franco y más aún la de Bulgakov con Stalin. Estos dos magníficos escritores obsesos se guiaron por el humor en su diatriba, y así lo hizo Cabrera Infante, quien por encima de la indeseada encomienda de ser la conciencia de un triste país, tuvo el mérito de expresarla sin perder la risa. 

 

                                           ____________

 

‘Castroenteritis'

                                                                  

Lo último que escribió Cabrera Infante, poco antes de morir, fue un artículo publicado el 27 de febrero de 2005 en las páginas de Opinión de El País y que concluye este volumen de su obra completa. Se llamaba ‘La Castroenteritis aguda', y no era la primera vez que él usaba ese término médico-paródico para calificar la infección fidelista; en 1990, ‘La Castroenteritis' aún no era aguda, en el artículo de ese título recogido después en ‘Mea Cuba', aunque ya lleva, dice el articulista, más de tres décadas causando víctimas. En años posteriores, el mal dará paso por escrito a  otras variantes: ‘La castradura que dura' y la ‘Castrofobia', síndrome que sin duda aquejó al escritor. Es sin embargo en el primer texto, el de 1990, donde lo detecta: "una enfermedad del cuerpo (te hace esclavo) y del ser (te hace servil), y la padecen nativos y extranjeros", estos últimos, apostilla, ocupando la planta de la "Gastroenteritis chic". Cabrera, que ya desde finales de los 60 sufría la anatema no sólo del régimen castrista sino de ciertos medios intelectuales afines, hace un poco de cirugía, y saca a relucir las insuficiencias democráticas de Carlos Barral, Felipe González y Julio Cortázar, por quien se sintió traicionado en un notorio y debatido episodio, tras haber trabajado en el guión cinematográfico de un cuento del argentino. Es en todo caso un hecho irrebatible para quienes a principios de los años 70 lo experimentamos de cerca, dudando aún entonces juvenilmente sobre quién tenía razón, que Cabrera Infante fue objeto del cordón sanitario que se aplica a los apestados, y que entre sus practicantes hubo grandes escritores que "lo vieron tarde" o, como en el caso de García Márquez y Saramago, no lo vieron nunca. A todos ellos, siguiendo en el registro medicinal, el autor cubano les diagnostica y les receta: "Aunque la enfermedad es infecciosa [...] y a veces suele ser fatal, tiene un antídoto poderoso: la verdad. La verdad desnuda crea anticuerpos que combaten la Castroenteritis eficazmente". Cabrera Infante fue el médico de su honra, pero no sabemos si su tratamiento, aún rechazado por no pocos, acabará imponiéndose en la salud pública de su tierra natal.

[Publicado el 29/9/2015 a las 17:42]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Un cuarto lleno de Miguel

En la primavera de 1935, Vicente Aleixandre recibió la carta de un desconocido que le pedía con gran modestia al consagrado poeta un ejemplar de ‘La destrucción o el amor' que el remitente anhelaba leer pero le era imposible adquirir; la carta la firmaba "Miguel Hernández, pastor de Orihuela", y dio origen a una de las amistades más luminosas, en su brevedad, de la literatura española y, ahora, a un libro apasionante, ‘De Nobel a novel. Epistolario inédito de Vicente Aleixandre con Miguel Hernández y su esposa Josefina Manresa', publicado, en minuciosa edición de Jesucristo Riquelme, por Espasa.

      Los acontecimientos acaecidos en los apenas siete años que duró la amistad de Aleixandre con Miguel, hasta la prematura muerte de este a finales de marzo de 1942 en la Cárcel de Alicante, son conocidos. El pastor de Orihuela, que en 1935 sólo había publicado ‘Perito en lunas', desarrolló una personalidad lírica, escénica y política de extraordinaria calidad, mientras su compromiso social, como militante y soldado republicano en las trincheras, era intenso. Distintos humanamente y opuestos en su escritura, Aleixandre y Hernández se hermanaron y, lamentando la pérdida, sin duda irremediable, de las misivas de Miguel a Vicente, éstas que ahora ocupan una buena parte de las 600 páginas del libro contienen no sólo el relato de una aventura espiritual compartida en tiempos convulsos de nuestro país sino también páginas de una belleza y potencia literaria incomparables.

     Se sabía ya, por epistolarios parciales anteriores y en otros casos, como es el mío, por haber recibido numerosas cartas suyas, que Aleixandre, más allá de su eminente relieve poético, fue uno de los grandes prosistas de su generación. El delicado hallazgo verbal, la mirada honda y sabia, el punzante humor y el don de narrar son sus marcas de identidad, que ante el aguerrido poeta oriolano, desde el fin de la guerra perseguido y encarcelado, dejan paso a la preocupación y el desvelo por su suerte. En enero de 1938 le escribía Aleixandre a Hernández: "Está mi cuarto lleno de Miguel", y esa presencia intangible nunca desapareció, manteniéndose al morir el autor de ‘El rayo que no cesa' con el carteo y la ayuda de Aleixandre a su viuda.

    Exceptuando las tres primeras, todas las cartas al amigo más joven fueron escritas después del alzamiento de Franco, y aunque la contienda sólo aparezca de fondo, Aleixandre, débil entonces de salud, le habla de la "sensación de sordera horrible" que es "estar enfermo en medio de la guerra". Los pasajes más conmovedores son aquellos en que, demostrándose la plena confianza que el homosexual Vicente tenía en el heterosexual Miguel, el primero le cuenta al segundo, como no hizo en ninguna otra correspondencia, los quebrantos sentimentales en su relación con Andrés Acero, que tuvo un trágico final en México. En la carta del 1 de septiembre de 1936, quizá la más hermosa del libro, Aleixandre revela cómo la historia privada de su corazón, que no ha sido "totalmente feliz en casi ningún amor", le da la sensación de que, amando él con la intensidad que lo ha hecho, ha "trabajado para el aire".

[Publicado el 17/9/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Aute: los tres

Mi primer contacto con Luis Eduardo Aute fue castrense. Haciendo yo el servicio militar en un cuartel del ejército del aire, la tropa, en los raros momentos de relajación de los mandos, se distraía desfilando al ritmo atosigante de los himnos guerreros pero con una importante variación; el listo de la compañía había cambiado la letra marcial por una versión obscena de la ‘Aleluya nº 1', de Aute, que en aquellos tiempos era un hit popular. Sólo recuerdo alguna de las rimas indecorosas, pero lo que nunca he olvidado es la música.

Aute lleva casi cincuenta años en el candelero, y recientemente he podido comprobar que este gran compositor e intérprete que arrasa en los conciertos multitudinarios, gana en las distancias cortas, cantando, encima de un taburete, solo con su guitarra y su voz (que no ha perdido filo) ese repertorio que muchos nos sabemos de memoria. En España ha habido y siguen habiendo excelentes canta-autores, pero Aute es, en mis preferencias, el más francés de todos, el más Leonard Cohen, el más original.

Ahora acaba de publicarse en Sony Music un hermoso artefacto que completa al Aute poeta músico con los otros dos ‘autes' quizá menos conocidos: el pintor y el cineasta. Este artefacto compuesto de dos discos, un cd y un dvd, recoge su nueva producción fílmica, ‘Vincent y el giraluna', que se suma a sus dos películas anteriores, ‘Un perro llamado Dolor' y ‘El niño y el basilisco'; en las tres, Aute anima (en 2D y 3D) sus preciosos dibujos a lápiz y sanguina, siendo la última un mediometraje de treinta minutos que desarrolla plásticamente la canción ‘Giraluna', introduciendo con juguetona ternura la figura del gran pintor de girasoles, Van Gogh, al que Aute da vida y una pequeña peripecia entre soles, girasoles y aves rapaces que atacan el espacio poético del giraluna, definido por el autor como "un girasol distinto, al que le gusta llevar la contraria". Aute es un ejemplo pertinaz de giraluna artístico, y así lo demuestran las imágenes en movimiento de este mediometraje, delicadamente melancólico y sensual, y punteado con deliciosos homenajes al mundo poético ingenuo del pionero Méliès y a la pintura simbolista de Félicien Rops.

    En el cd de ‘Giralunas' hay sólo música, toda de Aute y ninguna cantada por Aute (aunque él sí cierra el dvd con la interpretación, al final de los títulos de crédito, de esa bellísima canción). Se trata de un homenaje rendido por un notable ramillete de intérpretes actuales que han elegido cada uno una canción del maestro para ‘versionearla'. La calidad del conjunto es alta. El mexicano Leonel García transforma sorprendentemente la celebérrima ‘Pasaba por aquí', Andrés Suárez logra una inspirada ‘Volver a verte' (en la que destaca el violín de Marino Sáiz), y descubrimos asimismo lo bien que suena Aute en el catalán de Els amics de les arts. Destacan poderosamente las dos versiones ‘aflamencadas' de ‘Prefiero amar', realizada por Miguel Poveda, y la ‘Aleluya nº 7' de Soleá Morente.

[Publicado el 07/9/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Georgianas

Antes de la desmembración del imperio comunista del norte de Europa, el cine que venía de aquel inmenso país parecía unitario sin serlo; las antiguas repúblicas y regiones sujetas al régimen de Moscú producían películas en estudios propios, y algunos de los directores más esenciales de lo que en el resto del mundo se conocía como cine soviético o cine ruso eran ucranianos (así, por ejemplo, el gran clásico Dovjenko), georgianos (Abuladze, Yoseliani) o armenios, como el genial y malogrado ‘outsider', Sergei Paradjanov, cuya incomparable y provocativa obra se está recuperando a través del dvd en el mercado anglosajón. El mapa creado por las últimas hostilidades, invasiones, movimientos separatistas y golpes de mano -la mano férrea y dictatorial- de Putin, escapa a nuestra consideración, que sólo quiere ser cinematográfica y celebrar la coincidencia extraordinaria en la cartelera de dos películas en las que la calidad del relato alcanza una dimensión superior, en tanto que ambas cuentan, sin duda por azar, la misma historia desde dos perspectivas dramáticas y dos enfoques estéticos diferentes.

Se estrenó primero ‘Mandarinas' (‘Mandariinid', 2013), y también esa precedencia era provechosa, porque la conmovedora obra del georgiano Zaza Urushadze refleja a modo de parábola el trance, nunca del todo acabado, de la llamada guerra de Abjasia y Georgia en los años 1992-1993, situándolo en sus dimensiones patéticas. Ivo es un granjero estonio de avanzada edad que ha decidido no irse de la aldea georgiana donde ha vivido toda su vida, trabajando la madera; su hijo murió al comenzar la guerra, y su hija huyó a Estonia, quedando él solo ocupado en fabricar cajas en las que su vecino Margus, otro resistente pacífico, embala las mandarinas que producen sus huertas. A ese lugar despoblado, por el que cruzan soldados de las distintas facciones en liza, llega un día la confrontación en toda su crudeza; hay una emboscada, la casa de Margus y sus frutales quedan arrasados, y dos heridos de gravedad, un chechenio musulmán, Ahmed, y un georgiano cristiano, Niko, sobreviven a la matanza y son recogidos, alimentados y curados por Ivo en su propia casa, único refugio ahora para los cuatro hombres. La rivalidad y el encono étnico siguen latentes, de manera brutal, dentro de la vivienda, se producen más escaramuzas y bajas, y el final de ‘Mandarinas' contiene un mensaje conciliador que pese a su discurso edificante logra conmover profundamente, por la falta de énfasis, por la sutileza de los excelentes actores que interpretan a Ivo y a Niko, y por la potencia metafórica del emplazamiento marítimo de esa escena fúnebre y esperanzada.

‘Corn Island' (‘Simindis kundzuli', 2014) trascurre enteramente en un entorno acuático, el del caudaloso río Enguri que hace frontera entre Georgia y la república secesionista de Abjasia. La contienda en ese paisaje fluvial es la misma que en ‘Mandarinas', el anciano granjero (sin nombre propio en el reparto) también está solo y entregado a tareas agrícolas, pero en su caso se produce, cuando la película lleva casi media hora de metraje, la llegada casi feérica de una adolescente que sabremos más adelante que es su nieta, huérfana del enfrentamiento bélico. El director y guionista georgiano George Ovashvili compone un bellísimo poema telúrico, sin alegato; hay disparos en la tierra firme, sonidos militares, lanchas de soldados que pasan voceando en distintas lenguas (ruso, georgiano, abjasio), pero la violencia nunca irrumpe en el delicado triángulo que forman el abuelo, la nieta risueña y otro herido fugitivo al que acogen en su cabaña y esconden del enemigo que le persigue. Entre la muchacha y el fugitivo se establece un minueto de coquetería pueril y juegos de escondite que bordean la sexualidad sin llegar a nada. Las estacas clavadas en la arena, el crepitar del fuego al que asan los peces capturados, el ruido de la lluvia, el lejano canto de las aves de paso; esa es la voz natural del drama en sordina, sin apenas diálogo ni alusión al trágico conflicto.

Sin embargo, esta película lírica refleja el mismo impulso de intransigencia tribal que anida en los personajes de ‘Mandarinas'. El director de ‘Corn Island' lo resume con estas claras palabras: "Todo era felicidad hasta que un día de agosto de 1992, un tipo de Abjasia, pistola en mano, me dijo: "Tienes que dejar nuestra tierra, eres georgiano. La guerra ha comenzado". Doscientos cincuenta mil georgianos que vivían en Abjasia tuvieron que abandonar sus tierras y sus hogares. Un pequeño grupo de georgianos se quedaron para siempre".

Los desplazamientos forzosos, los odios raciales, el arma de las religiones, tan lacerantes hoy como hace veinticinco años en el microcosmos de aquellas tierras caucásicas, son la materia de estas dos películas de historia contemporánea. ‘Mandarinas' pone al desnudo, con brío narrativo y severidad, el corazón del mal. ‘Corn Island' se detiene en el trazo de la desolación humana producida, y la imagen de la que se sirve en el desenlace es memorable: el islote feraz ganado al río donde vivían calladamente abuelo y nieta es arrasado, en una ley de la naturaleza que sin duda ambos conocen de antemano, por la crecida anual de la corriente. La adolescente había vuelto antes del diluvio a la ribera, dejando su muñeca de trapo, y esa figura blanda y descoyuntada es lo único que permanece, enterrado en los arenales, cuando un hombre, un desconocido de quien nada se sabe, vuelve en un bote al lugar donde estuvo aquel maizal que un día las aguas arrastraron llevándose al anciano, su frágil casa de tablas, sus campos labrados y su paraíso hecho a la pequeña medida de una vida sin guerra.

[Publicado el 02/9/2015 a las 09:30]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Lo desaparecido

Vivimos entre desapariciones. Las que causa la muerte natural al cabo de una vida larga no son menos dolorosas para quienes las sienten, pero  permiten el leve consuelo de lo que es común e inexorable. Junto a ellas, la muerte criminal o accidental, por su deliberación o su brusquedad, parecen castigos de un dios desconocido más que hecatombes. El siglo XX estuvo marcado por sus desaparecidos, que, al darse en una época que ya permitía el recuento, la publicidad y hasta el castigo, los hizo visibles y a veces históricos. En Argentina, unas mujeres entradas en edad y ataviadas con un pañuelo en la cabeza iniciaron la batalla de la restitución de los suyos, y después de innumerables trabas consiguieron que muchos de esos fantasmas tuvieran linaje, aunque no todos cuerpo presente. La población armenia diezmada en Turquía, los miles de oficiales del ejército polaco fusilados entre marzo y abril de 1940 por la policía de Stalin y arrojados en fosas secretas del bosque de Katyn tuvieron menor suerte, o más tiempo de penalidad. Y en España, por la indecisión administrativa de unos gobernantes bienintencionados y la mala voluntad de quienes gobiernan ahora, siguen mal enterrados, aunque sepamos sus nombres, muchos muertos del bando derrotado en la guerra civil.

 

     Los desaparecidos del siglo XXI no tienen un mismo origen territorial, una comunión genética, ni son en su mayoría víctimas de la represalia de un enemigo. Mueren en el trayecto de sus ilusiones perdidas, y su identidad, su rastro y su cuerpo se los tragan las aguas para siempre. Tanto tiempo ha tardado Europa en afrontar esta forma letal de escamoteo de las personas, tanta desavenencia y torpeza hay en los remedios que se buscan para paliarla, que se diría que el género humano -y quiero decir el género humano que tiene país y gobierno estable, ciudad, casa, nombre, documentos- ya se ha acostumbrado a ver caer en la nada la vida de los otros.

      Querría, después de la breve plegaria por los seres desaparecidos en la tragedia, hablar del melodrama de las cosas que faltan. Las cosas que faltan nos faltan a menudo porque nosotros, afortunados longevos, las sobrevivimos. El bar mal alumbrado donde tiraban con arte la cerveza, el taller de la costurera diligente que rehacía la ropa que no queremos tirar, el cine de tu barrio, que cerró y sigue cerrado, el cine de las grandes arterias de la capital, que cerró y se multiplicó en almacén multinacional. ¿Hay que lamentarse tanto de esas pérdidas? Hace unos días di un paseo nostálgico por una tienda, quizá la más hermosa que hubo, a punto de cerrar para siempre en el Paseo de Gracia de Barcelona. Nunca adquirí muebles ni baterías de cocina, ni siquiera mesas de futbolín, mi deporte predilecto, en Vinçon, pero conservaré mientras no se caigan a pedazos, ellos o yo, cosas allí compradas: la estilográfica cónica, las gafas de leer leves y trasparentes, las zapatillas de andar por casa, que son como una estufa sostenible para mis pies, siempre propensos a tener frío. Cada vez que iba a Barcelona me paseaba por Vinçon, que si no tenías dinero para lo más caro te permitía las chucherías inigualables y algo mejor y gratis: ver el talento y el buen gusto aplicado al comercio. También nos acostumbraremos a prescindir de ese maravilloso museo donde lo útil no molestaba a lo superfluo. Lo malo es cuando empiezan a desaparecer las cosas en las que uno cree, las que fundan el mundo que uno sueña, las que sin su existencia nos dejarán menos contentos y más tontos.

    Hace poco menos de siete años recibí una carta de Albert Rivera, que conservo, en la que este entonces recién destapado político me agradecía un artículo, ‘La guerra de las lenguas', publicado en Libération, dentro de una de serie regular de ‘Cartas desde Madrid' que yo mandaba al periódico francés y en el que, sin nombrar a Ciutadans, me hacía eco de ciertas iniciativas contra un nacionalismo excluyente. Era una carta modesta, llena de cordura, que agradecía mi equidistancia en el enrevesado mundo de las confrontaciones identitarias, y en la que Rivera, dándose por aludido, celebraba que yo diese voz a esas voces. Ahora su partido, al que no he votado, ha aparecido en tromba y se deja oír, casi tanto como Podemos, reformando ambos el patrón de nuestra política municipal y autonómica. Rivera me sigue pareciendo un hombre valeroso, lo que no es poco, pero los valores que Ciudadanos empieza a condonar en su apoyo al PP son terriblemente decepcionantes. El PP tiene un presente y un pasado que, al menos de momento, marca nuestro futuro;  Wert se ha ido, pero no sin antes haber perpetrado en la LOMCE un dispositivo en el que, al lado de la segregación escolar por sexos y el enaltecimiento de la catequesis como una de las bellas artes, se instaura la desaparición casi completa en el bachillerato de las clases de literatura. Esta purga de duradero efecto (si no se corta con un antídoto parlamentario en otoño) yo la siento como una agresión y tendría que merecer una respuesta armada, es decir militante, de los escritores, los editores, los traductores y enseñantes concernidos, del mismo modo que lo hicieron las gentes del cine y el teatro con el aumento del IVA. Nadie que no sea un fanático de Rajoy podrá negar que el poder que este ejerce y deja ejercer practica el desprecio a las artes. Y el odio a los artistas. La connivencia o el silencio de Ciudadanos allí donde -gracias a ellos- gobierne un PP anti-social y anti-cultural será, mientras los hechos no demuestren lo contrario, motivo de complicidad, y un baldón imborrable del partido de Rivera.

     Un caso. En Málaga, un alcalde moderado del PP, Francisco de la Torre, ha mantenido durante once años un Instituto Municipal del Libro que era, en mi experiencia de escritor, seguidor de sus homenajes y lector de sus publicaciones de altísima calidad y exigencia (Edgar Neville, Cocteau, Hemingway, María Rosa de Gálvez, el rescate de la memoria española de Jane y Paul Bowles, entre otros), todo un ejemplo. Pues bien, acaba de anunciarse su fin por razones financieras y a resultas del pacto con el que Ciudadanos le ha dado la alcaldía al PP, poniendo entre otras condiciones la "extinción", así se ha dicho, del citado Instituto. La educación, la sanidad, el empleo, la igualdad, pero también la cultura, son las prioridades de este tiempo que se anuncia nuevo, y por los niveles de cumplimiento en esos campos mediremos, aquellos ciudadanos que no militamos pero votamos, la verdad del cambio en el ‘patchwork' electoral de España. El primer objetivo es hacer que afloren las cosas que han desaparecido en los brutales ajustes y recortes. El segundo, si estos nuevos ediles no colman el ansia mayoritaria de renovación, hacerles desaparecer cuanto antes del mapa de la política.

[Publicado el 28/7/2015 a las 09:15]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Local

Viendo la muy notable ‘A esmorga' reparo en las diferencias que hay entre un cine local y un cine casero. Local no es para mí ese "cine de tazón" castizo y revenido, que tanto daño ha hecho a la cinematografía española. Ni tampoco al decir casero me refiero al cine independiente americano de la llamada Escuela de Nueva York, en la que algunos practicaban con gran talento un "home movie" más cercano al dietario íntimo que al documental. Casera es, por ejemplo, ‘A cambio de nada', la opera prima del actor Daniel Guzmán, que de modo desconcertante ganó tres premios mayores en el pasado Festival de Cine Español de Málaga, siguiendo los patrones de algunos subgéneros nacionales en boga, el lumpen de barriada madrileña, la ancianidad chiflada y  pintoresca, el campo de batalla escolar, los albores del sexo, y todo ello de modo plano y trillado, sin brillo en la palabra hablada ni en el relato, aunque sí es de reconocer el talento natural del adolescente Miguel Herrán, que crea con donaire su personaje de Darío.

       ‘A esmorga' (‘La parranda') llega a los cines del resto de España después de un impresionante éxito de público en Galicia, lo que podría hacer temer que su tirón allí se debiese solo a su carácter atávico. Ignacio Vilar, su director y coguionista, ha hecho una obra enraizada en un paisaje provincial del interior galaico y en un tiempo casi ancestral de la primera parte del siglo XX, pero ante todo ha dotado de vida y espíritu a un lugar imaginario que la película despliega con elocuencia ante nuestros ojos, combinando espléndidamente el contexto rural y las pasiones humanas sin denominación de origen. ‘A esmorga' es, además, la segunda ‘Parranda' del cine español filmada en menos de cuarenta años, a partir de que Gonzalo Suárez hiciese la primera en 1977. Y hay un tercer punto de excepcionalidad e interés, ligado al nombre de quien está detrás de las dos como padre natural, el magnífico escritor Eduardo Blanco Amor, nacido en Orense en 1897. Pocos autores contemporáneos hay que puedan presumir, vivos o muertos, de que un mismo libro suyo haya tenido dos adaptaciones cinematográficas, y las dos de gran interés.

      No puedo aquí, por limitación de espacio y por no forzar demasiado la máquina de mi memoria, hacer la comparación detallada de las dos ‘Parrandas' fílmicas, ambas, sin embargo, y no es cosa frecuente, fieles a la letra de esa extraordinaria novela corta de Blanco Amor, aunque es palmario que la de Ignacio Vilar tiene la grata bonificación de la lengua gallega en la imprescindible versión original del film. Suárez, por su lado, contó con el inestimable beneficio de escribir el guión con el propio novelista, que había vuelto del exilio latinoamericano (en Venezuela, Argentina y Chile, especialmente) y vivió en España hasta su muerte en Vigo sólo dos años después del estreno de esa primera ‘Parranda'. Con un reparto de primera magnitud, encabezado por José Luis Gómez, José Sacristán, Antonio Ferrandis, Fernando Fernán-Gómez, Charo López, Marilina Ross y Queta Claver, Suárez, es de suponer que con la aquiescencia de su co-guionista y autor, trasladó la acción a la cuenca minera asturiana en el año 1934, tiempos socialmente revueltos de los que, si mi recuerdo no me traiciona, quedaba constancia. La no muy alejada deslocalización territorial funcionaba bien, así como la fusión de elementos naturalistas y evanescencias fantásticas.

    En un largo epílogo a la reciente reedición por Editorial Galaxia de la  ‘nouvelle' (presentada en la traducción histórica al castellano, riquísima de léxico y cadencia rítmica, que llevó a cabo el autor en 1960, un año después de su salida en gallego), el novelista Manuel Rivas habla de "una vanguardia de los pobres" al explicar que ‘A esmorga', según las confesiones del orensano, se escribió en "tres weekends", cosa que no parece ser del todo cierta. La vanguardia de Blanco Amor, personaje fascinante como cabo suelto de la Generación del 27, amigo cercano de García Lorca y muy admirado por otros poetas de la época, como Aleixandre, es pobre más que nada de volumen: el libro es breve, la noche de parranda de sus tres beodos protagonistas no alcanza ni la densidad ni la avalancha verbal del ‘Ulysses' de Joyce, su probable modelo, pero lo que no escasea es la invención y el mundo propio creado por Blanco Amor en esta y otras novelas suyas como ‘Los miedos' y ‘Aquella gente‘, o en sus osadas fotografías, que empiezan tardíamente a ser reconocidas como prototipos de un arte de la auto-ficción gay comparable al que hizo otro vanguardista ‘pobre' como Gregorio Prieto. También en ese epílogo se cita la declaración de Blanco Amor de que ‘A esmorga' le fue inspirada en su años mozos por la lectura de Freud, Proust y James, que le abrieron un horizonte más ensanchado por su salida al exilio voluntario: "De haberme quedado yo en España y afrontado la novela, me hubiera quedado en un Wenceslao Fernández Flórez, en un Mata o un pastiche de Valle-Inclán". 

        La peculiaridad nada casera del libro ha sido bien trasplantada a la pantalla por Vilar con un reparto de calidad homogénea en el que destaca Miguel de Lira en el papel del protagonista y narrador Cibrán. Atmósfera y paisaje son elementos corales del relato, que sigue no sólo las peripecias sino la estructura del libro, basada en la confesión de Cibrán al juez, una estructura que muy probablemente es deudora de la de ‘La familia de Pascual Duarte' de Cela. Aunque para mi gusto Vilar abusa de la cámara giratoria en ciertos momentos de epifanía y borrachera, la realización se ajusta a la base literaria y la recrea, con escenas de gran belleza como la de la demente Socorrito en la plaza del pueblo, o las incursiones en el pazo del francés y su muñeca, un mundo mágico entreverado con la potencia telúrica de esa Auria imaginada por Blanco Amor. 

[Publicado el 08/7/2015 a las 09:45]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Welles

Alguna voz protestó al ver que el cartel del reciente festival de Cannes llevaba el rostro de Ingrid Bergman, festejando su centenario; el celebrado tendría que haber sido, decían las voces, alguien de su misma edad, Orson Welles. Nadie ama más que yo a la Bergman, actriz de una sutileza y un hechizo incomparables, evidentes sobre todo en su larga y a veces tormentosa relación artístico-amorosa con Roberto Rossellini. Pero Welles es quizá el mayor genio que ha dado el cine, aunque reconozco que su sobrepeso, sus humeantes habanos y su hinchado rostro de bebedor y comilón no habrían lucido tan ‘glamourosos' en los tablones festivaleros.

Hay otros modos mejores de acordarse de él y celebrarle, y hablo aquí de tres: el hallazgo, en los archivos suyos que conserva la Universidad de Michigan, de un borrador de diario autobiográfico inédito, y la aparición de su novela ‘Mr. Arkadin', distinta a la película, que reedita Anagrama a la vez que publica un libro realmente extraordinario, ‘Mis almuerzos con Orson Welles'. Se rumoreaba, dentro del fabuloso anecdotario que acompañó la vida de Welles, que entre 1983 y 1985 el no muy distinguido cineasta Henry Jaglom había almorzado regularmente en el célebre restaurante Ma Maison de Los Ángeles con su amigo Welles, y que éste había aceptado grabar las conversaciones. La leyenda era cierta, las cintas aparecieron y estaban bien conservadas, y hace dos años salieron en inglés, en una modélica edición del periodista de Vanity Fair Peter Biskind. El libro puede leerse como una novela, y tampoco me extrañaría que se viese más pronto que tarde en un escenario teatral. La situación es sencilla; los dos comensales, que se conocen, se aprecian y siguen muy bien el hilo del otro (cosa que Jaglom cumple espléndidamente teniendo enfrente a un memorioso sabio como Orson), hablan a rienda suelta, sin veladuras, y con una gracia verbal más propia de la alta comedia que de la cháchara de sobremesa. Siendo Ma Maison también legendario, de vez en cuando, como en un vodevil, se cuelan otros personajes que vienen a comer al restaurante y pueden ser, entre otros, nada menos que Jack Lemmon y Zsa Zsa Gabor; todos tienen su intervención, y sus réplicas.

    Welles, lengua afilada donde las hubo, no se corta al hablar de sí mismo, de sus devaneos y sus fracasos de amor, contando con sinceridad el difícil matrimonio con Rita Hayworth, de quien da un retrato fascinante. Cuando es demoledor con los demás (odia el cine de genios como Chaplin, Hitchcock o Woody Allen, y desprecia a Laurence Olivier, Spencer Tracy y Charles Laughton) nunca se muestra fatuo, pues sabe que su propia genialidad fue a menudo menospreciada, viéndose obligado a trabajar como actor en películas infames para sobrevivir y poder filmar las suyas. En el libro, irresistiblemente  cómico, no deja de aflorar un motivo patético, el del fracaso. Welles hizo al menos seis obras maestras del séptimo arte, pero mayor es el número de lo que no pudo hacer, como ese ‘Rey Lear' recurrente en las conversaciones, desde su origen, su transacción y su definitivo abandono poco antes de morir.

[Publicado el 18/6/2015 a las 17:28]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El cuadro robado

La ficción sobre las obras de arte ocultas, perdidas o robadas -una copa sagrada, un collar de perlas preciosas, un manuscrito, una colección de cuadros, una madonna-  es muy extensa y viene de antiguo. Henry James dejó en sus cuentos un repertorio extraordinario, si bien en su caso tales extravíos y sus correspondientes búsquedas eran, más que históricos, psicopáticos. Después de James, la narrativa ha continuado ese argumento, aunque, con una excepción, no conozco ninguna novela española ni película que trate del peligro o daño sufrido por las grandes pinturas del patrimonio clásico en momentos de zozobra bélica (nuestra guerra civil sería el paradigma) y de su salvación y traslado, al modo en que lo refleja, por ejemplo, la película norteamericana ‘Monuments Men', estrenada el año pasado.

 

     ‘La dama de oro', que se estrena ahora, tiene poco que ver con aquella, interpretada y dirigida con simpática superficialidad por George Clooney; las relaciona el nazismo y las bellas artes, en un conglomerado que rara vez falla dramáticamente en la pantalla, sobre todo si lo defienden actores del calibre de Bill Murray, John Goodman o Cate Blanchett (en ‘Monuments Men'), y de Helen Mirren y Daniel Brühl en ‘Woman in Gold', título original de ‘La dama de oro'. Naturalmente, la obra maestra del género, en clave perversamente sarcástica, es ‘Malditos bastardos' de Quentin Tarantino, en la que el séptimo (con su actor pistolero, su crítico resabiado, su proyeccionista intrépida) representaba al arte escamoteado. Pero claro, el film de Tarantino era pura invención, fantasía situada en contextos reales, mientras que ahora hablamos de dos ficciones autentificadas, ya que ambos se basan en acontecimientos sucedidos y en personajes existentes.

     La película de Clooney era épica, y en los rasgos de ese género de alcurnia griega radicaba su principal atractivo; el reducido batallón al que el presidente Roosevelt encomendó la recuperación de las obras de arte sustraídas durante la guerra por las tropas hitlerianas existió, y sus hombres, un puñado de artistas, conservadores de museos, arquitectos y profesores de arte, fueron seguramente tan torpes en las armas y tan valientes en las operaciones de rescate como los que describe el film en clave de sacrificio heroico. Aquella era una película deliberadamente sentimental producida y realizada por Clooney (un cineasta interesante) después de ‘Los idus de marzo', su película cínica y política. ‘Monuments Men' no era política, y sus sentimientos tendían al lagrimeo más que a la reflexión, pero pasados muchos meses del día en que la vi aún recuerdo el ‘pathos' de la escena en que el grupo de rescatadores, que ha sufrido pérdidas en sus filas, descubre los inmensos subterráneos donde están almacenadas las obras robadas por los nazis, reconociendo alguno de los miembros del pelotón aquel retablo o aquella talla renacentista a la que en su vida civil anterior había dedicado todos sus conocimientos.

      También emociona ‘La dama de oro', como melodrama a la antigua usanza que es, sin el brillo que el Hollywood de Sirk o de Minelli sabía conferir a estas cosas pero jugando una baza de difícil negación para tantos de nosotros: la película del rutinario realizador Simon Curtis habla de una hipótesis sobre la que se funda nuestra cultura, nuestro modo de ser artistas o nuestro modo de ser amadores del arte, y según la cual cada obra desaparecida, quemada, sustraída del lugar en el que fue concebida y hurtada a quien supo en primer lugar apreciarla y tal vez costearla, es una pérdida de la conciencia social, del bien común del espíritu. Curtis, y antes que él su guionista Alexi Kaye Campbell, banalizan los elementos, pero la historia del retrato que Gustav Klimt pintó a petición de un cultivado judío vienés, plasmando a la trágica y fascinante Adele Bloch-Bauer (que moriría joven), y que ocupó la pared de una casa en la que los ricos favorecían el mejor arte y a la que llegaron las SS para desposeerles y enviarles a la cámara de gas, posee los elementos de la gran tragedia de motivo artístico, y como tal despierta nuestro interés y puede hacer llorar, en más de un pasaje de juicio o de reencuentro vienés, a las almas sensibles.

    Para rellenar sus casi dos horas de metraje, ‘La dama de oro' se detiene en la parte legal de este caso que todos leímos en su momento en los periódicos. La alta abogacía y los dignatarios austriacos aparecen pintados en el trazo grueso de los desaprensivos, y Maria Altmann (encarnada en su fase adulta por la Mirren) reviste los caracteres de la mujer justa, valerosa y empecinada; cuando hace suya la némesis nos arrastra, y cuando deja correr el humor produce carcajadas, aun contando con el pesado lastre que supone tener de co-protagonista permanente al estólido Ryan Reynolds. Hay una secuencia memorable, la visita de Maria a la casa de sus tíos los Bloch-Bauer, donde de niña veía colgado el cuadro de su tía Adele rodeada en el lienzo por la hermosa cenefa de teselas de oro que a Klimt le inspiraron, tras un viaje a Italia, los mosaicos de la iglesia de San Vitale en Rávena. La secuencia me recordó episodios similares del interesante libro '21, Rue la Boétie', de Anne Sinclair, la nieta de otro perjudicado por el nazismo, el marchante judío Paul Rosenberg, aunque casi todo el mundo conoce más a Sinclair, nacida Anne Schwartz, por haber sido la tercera mujer de Dominique Strauss-Kahn y su máximo apoyo mientras el político y banquero fue encarcelado y procesado. La ya anciana Maria de Helen Mirren recorre ese espacio infantil, ahora ocupado por las oficinas de una multinacional, y su sola mirada, su presencia superviviente, nos habla sin palabras, suficientemente, de esa epopeya de crimen y rapiña que tuvo lugar hace sólo setenta años en un lugar central de nuestra Europa.

[Publicado el 28/5/2015 a las 12:06]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

 

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016). Su más reciente libro es El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

 

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

Audios asociados

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2018 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres