El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 19 de mayo de 2013

 Blog de Vicente Molina Foix

Sol en invierno

Como los británicos que llegan a Alicante en avión y no salen, hasta su regreso, del coto cerrado de Benidorm, muchos españoles viajan al Caribe sin pisar las ciudades que no ofrezcan primera línea de playa, hoteles "all inclusive" y el azar del casino o el ligue. La República Dominicana, destino cada vez más propuesto por las agencias, tiene, como Jamaica, Cuba o Cancún, sus grandes centros de atracción, siendo los más conocidos los situados al este de la isla, Punta Cana y Playa Bávaro, sin olvidar los también hermosos arenales del norte, Puerto Plata y otros puntos de la llamada Costa del Ámbar, bañada por el Atlántico. Mi viaje, que también tuvo playa y una hermosa naturaleza interior, se concentró en tres provincias del centro meridional, Santo Domingo, San Cristóbal y Azúa, exactamente llamada Azúa de Compostela, pese a lo cual sus bellezas no son arquitectónicas sino las de un frondoso paisaje de palmeras cocoteras, ‘mings' y flamboyanes, que amenizan con el rojo anaranjado de sus vistosas flores los caminos rurales y ríos practicables que rodean la grata ciudad de San Juan de la Maguana.

   Santo Domingo es una urbe grande y extensa, con una población de más de dos millones y medio de habitantes, lo que significa que en ella vive casi un tercio de todos los del país. Muy volcada hacia el mar, gracias a su Malecón de más de siete kilómetros de longitud, también tiene sus zonas altas humildes y sus barrios residenciales, todos con la abundancia de parques que el clima húmedo y estacionalmente lluvioso favorece. Merece una visita la céntrica Plaza de la Cultura, un amplio espacio abierto y arbolado donde se hallan los edificios de la Biblioteca Nacional, el Teatro Nacional y una variedad de museos, siendo el de mayor interés la llamada Galería de Arte Moderno, interesante por su edificio y por su colección, en la que pueden verse buenos cuadros del pintor español Vela Zanetti, de quien volveremos a hablar.

      Lo más destacado de la capital es, por supuesto, su Zona Colonial, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1990. Bordeada al sur por el puerto y el fin del Malecón y al este por el río Ozama, que parte la ciudad en dos, la Zona Colonial tiene un airoso reducto militar del siglo XVI, la Fortaleza Ozama, aunque lo que da carácter y encanto a la zona es el trazado de sus calles nobles, y en especial la de Las Damas, con una serie casi ininterrumpida de palacetes y casones renacentistas a ambos lados de la calle. La calle de las Damas desemboca al norte en la monumental Plaza de España, donde conviven con las históricas Casa de Colón y Real Audiencia (sede del interesante museo de las Casas Reales) algunas moles trujillistas, nada feas, de inspiración tardo-fascista, así como los restaurantes más prototípicos de la ciudad. Del Santo Domingo colonial vale la pena su catedral, más hermosa por fuera que por dentro, aunque su interior ofrezca, al lado de algún bello sepulcro esculpido, una peculiaridad para mí enteramente nueva: está refrigerada, y a una temperatura que puede hacer, si uno no posee el calor interno de la fe, tiritar de frío. La catedral ostenta con orgullo el rango de Primada del Nuevo Mundo, y esa primacía se repite en otras instituciones del país, primero al que llegó en su viaje descubridor Cristóbal Colón, bautizando la isla (hoy repartida entre Haití y la República Dominicana) como La Hispaniola. Para honrar a Colón, la capital levantó un Faro gigantesco con dependencias diversas y una potente luz nocturna que no pocas veces, me cuentan, produce apagones en la ciudad. Carece de interés, salvo para colombinos acérrimos, y puestos a buscar un hito simbólico me quedo con la también grandiosa estatua a Fray Antón de Montesinos, un dominico español representado, de modo extraordinariamente elocuente (sobre todo si se ve a una cierta distancia desde el Malecón), en el momento de pronunciar el sermón del cuarto domingo de Adviento del año 1511, defendiendo a los nativos indios taínos frente al atropello de los conquistadores.

     Las mejores y menos desnaturalizadas playas para una excursión corta desde Santo Domingo están al oeste de la capital, en la provincia limítrofe de San Cristóbal, que fue el predio del general Rafael Leónidas Trujillo, nacido en la homónima capital. Trujillo, inmortalizado tenebrosamente en la magnífica novela de Vargas Llosa ‘La fiesta del chivo', sigue aún latente en el país cincuenta años después de su asesinato, ejecutado, por cierto, en el Malecón de Santo Domingo, en un punto que está hoy señalado. Y en su ciudad natal de San Cristóbal, mimada durante los treinta años de su tiránico gobierno (1930-1961), erigió numerosos edificios civiles y religiosos, encomendando grandes conjuntos murales al citado Vela Zanetti, un republicano de tendencia anarquista que, entre otros españoles huidos de la España franquista, halló paradójico refugio en este país caribeño dominado por quien tan próximo estuvo a Franco. En Santo Domingo (llamada en la dictadura Ciudad Trujillo) sigue abierto y haciendo buen café, en la céntrica calle peatonal de El Conde, La Cafetera, local un tanto triste pero con atmósfera, que fue el refugio preferido de nuestros exiliados. Fuera de San Cristóbal, y entre las playas de Najayo y Palenque (mi preferida), quedan en estado semi-ruinoso la Casa de Caoba y algún otro de los ‘picaderos' lujosos adonde Trujillo llevaba, seducidas o forzadas, a sus conquistas femeninas.

[Publicado el 26/3/2012 a las 10:10]

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Los Torrentes

He tenido la suerte de experimentar en esta vida algo que pertenece al reino de la leyenda: una saga. No una saga islandesa de grandes proporciones, con invencibles héroes y muertes truculentas, sino algo más hogareño, menos trepidante, dotado sin embargo de lances de emoción y buena literatura. Mi saga, que no es una exclusiva, consiste en haber tratado a tres generaciones de escritores de una misma familia y apellido. El primero que conocí fue el eslabón intermedio, aunque a la larga fuese -tal vez- su factor más romántico y desmelenado. Se llamaba Gonzalo Torrente Malvido, y he de confesar que, por la inconsecuencia de la adolescencia, le  leí a él,  siendo yo escolar, antes que a su padre, el ya consagrado Gonzalo Torrente Ballester. Empezaba, en sexto de bachillerato, a comprar libros, y me atrajo uno con tres ventajas: su reducido precio (quince pesetas), su brevedad (93 páginas), y su título, que era ‘La raya', una palabra desprovista entonces de alguno de sus más deletéreos significados posteriores. ‘La raya' de Torrente Malvido me abrió, detrás de su portada que la veo ahora y me parece ‘mondrianesca', un mundo. Se trataba de una novela corta (premio Café Gijón de 1963) con una trama de fondo policiaco centrada en los contrabandistas de la raya fronteriza del Miño, pero en nada más se parecía a las novelas del oeste o de forajidos de las colecciones populares (a cinco pesetas) que también caían en mis manos. Torrente Malvido escribía de otra forma, una forma que no supe cuál era exactamente, pero que asocié con la literatura y no con el pasatiempo; tenía muchos diálogos, tan vivos como los del teatro moderno que había en casa, legado de mi abuelo el ‘hacedor teatral', e imágenes como ésta: "enormes árboles que abovedaban con sus follajes la cinta asfaltada e impedían ver el cielo negrísimo salpicado de estrellas". La tengo subrayada.

     Pasaron los años, leí debidamente al padre del autor de ‘La raya', empezando por su trilogía de ‘Los gozos y las sombras' y por un para mí muy revelador volumen de ensayo sobre ‘Teatro español contemporáneo', todo ello sin abandonar al hijo, de quien compré siendo universitario, ya a otro precio, su novela ‘Tiempo provisional', premiada con el Sésamo de 1968, que hablaba del amor y de las drogas de un modo inusitado, aunque no desconocido en los ambientes ‘progres' en que me movía. El primer episodio de mi saga llegó en la siguiente década, cuando, mientras devoraba las grandes obras maestras de Gonzalo Torrente Ballester ‘Off-side' y ‘La saga/fuga de J.B.', conocí en Madrid y traté a Gonzalo Torrente Malvido, recién salido de la cárcel. A la cárcel se iba por aquella época, al menos entre mis amistades, por militancia y por ideología, cosa que no era el caso por el que Malvido había estado a la sombra; ‘Gonzalito' era, me dijo el amigo escritor que me lo presentó, ladrón de guante blanco, estafador de bancos y timador. "Con este ‘pedigree' tan turbulento tendría que leer más al hijo que al padre ex-falangista", me dije a mí mismo. No tuve ocasión. Como era muy simpático y muy seductor, muy bien hablado y leído, uno se confiaba, asociando sus fraudes y sus hurtos más al espíritu de la Belle Époque que al de los presos comunes de Carabanchel. A mí ‘Gonzalito' (un hombre por entonces de más de cuarenta) me estafó poco dinero en un pequeño ‘deal', justo castigo, pienso, a mi curiosidad psicotrópica. Pero al amigo que nos presentó se le llevó de casa, un chalet de la zona del Viso, una cubertería de plata (herencia maternal), aprovechando el momento en que el anfitrión servía en la cocina de la planta baja los ‘whiskies'. Siempre quedó el enigma de saber dónde pudo meter su botín y cómo en las horas siguientes, mientras bebían los dos en el salón antes de salir juntos a la calle, no se oyó en un bolsillo el choque de los tenedores y las cucharas.

    La mejor peripecia de Torrente Malvido está asociada a su padre, y era uno de los relatos preferidos de ese incomparable narrador oral que fue Rafael Azcona, a quien se lo oí en Almería pocos meses antes de su muerte. Como en la saga clásica, los detalles de la gesta, difundida por otros relatores cambia en algún color, en alguna incidencia o personaje secundario, pero la base es la misma, y se remonta a los primeros años 1960, cuando una urgente llamada telefónica interrumpió la velada en la que un grupo de escritores desengañados del Movimiento (Rosales, Vivancos, Laín Entralgo, Tovar, quizá Ridruejo) tomaban copas en casa de Torrente Ballester, que también invitaba alguna tarde, siendo comunista y más joven que ellos, a Juan García Hortelano. Torrente Ballester volvió pálido tras responder al teléfono. El director general de Seguridad le había llamado personalmente por el robo de un valioso cáliz en una iglesia de la capital, del que era sospechoso ‘Gonzalito'; el padre, después de colgar, había ido al dormitorio que su hijo ocupaba a veces en la casa familiar, y allí, bajo, la cama, encontró en efecto el cáliz de oro y pedrería, y lo que era peor, su contenido, una considerable porción de hostias. Al haber por medio no sólo un delito sino un posible sacrilegio, los allí presentes convinieron en que había que pedir consejo al intelectual afín que más podría saber de estos pormenores, Jesús Aguirre, a la sazón sacerdote apenas ejerciente y no vinculado todavía a la Casa de Alba. El cura Aguirre se presentó en taxi poco después, y, ante la duda de que aquellas hostias estuviesen consagradas, les dio la comunión ‘in situ' a los poetas y novelistas y antiguos jerifaltes del régimen, los cuales fueron tragando las benditas formas una tras otra, con la excepción de García Hortelano, que, al contrario que los demás, no se arrodilló y no dejó su ‘gin tonic' mientras se hacía el reparto eucarístico. El copón fue devuelto vacío e intacto, y por ese robo no hubo condena.

     Coincidí con el fundador de la dinastía en los habituales actos del mundillo literario y en especial en uno algo exótico: un homenaje al tango en el Gran Café Moderno de Salamanca, donde yo, que ni lo bailo ni lo conozco casi, hablé, citando prolijamente a Borges, por compromiso amistoso con el organizador, Santiago Beneítez, mientras Torrente Ballester, que vivía entonces en la ciudad castellano-leonesa con su nueva familia, al llegar su turno nos deslumbró a todos con su erudición y el canto a capella de tangos en lunfardo y milongas, que él sabía diferenciar. No hablamos de su primogénito, que por aquellos años, los primeros 90, comparecía con menor frecuencia ante los tribunales y se dedicaba al cuento; su colección ‘Cuentos recuperados de la papelera' contiene al menos dos piezas histórico-sarcásticas estupendas.

     De su primer matrimonio, Torrente Ballester había también tenido dos hijas muy poco parecidas, físicamente, entre sí. A una, Marisé (María José), me la encontraba de vez en cuando, por ser buena amiga de amigos; de poca estatura, de pelo ensortijado y siempre con gafas negras, se la llamaba, de modo cariñoso, ‘Bob Dylan Torrente'. La segunda era Marisa (María Luisa), amiga mía hoy residente en Corcubión pero nunca olvidada: inteligente, culta, bella, fue galerista y periodista televisiva, y es la mujer con el mejor saludo de beso en la mejilla, parco y cálido, que he conocido. Marisé tenía un esposo o pareja muy vivaz, el grabador Julio Zachrisson, y Marisa, cuando la conocí, un ex-marido pintor, Juan Giralt, cuyos cuadros yo admiraba. Y había un hijo de ambos que vivía con la madre, un adolescente de rasgos efébicos y mirada melancólica que seguía las conversaciones adultas con atención y hablaba poco; nunca ha sido, creo, muy hablador. Pronto fue, sin embargo, muy buen escritor.   

     Marcos Giralt Torrente nos dio hace un par de años la emocionante narración de una sub-trama propia de la saga Torrente en su libro ‘Tiempo de vida', que cuenta una relación paterno-filial no siempre fácil y la enfermedad y muerte de Juan Giralt. Y también hizo en este periódico el retrato breve de su tío Torrente Malvido cuando ‘Gonzalito' murió a finales del pasado mes de diciembre. Caí en la cuenta con ese motivo de que Marcos se llama como el protagonista de ‘La raya', la primera noticia que yo tuve de esta formidable estirpe literaria.

[Publicado el 20/3/2012 a las 09:56]

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Amor y cicatrices

'Diario de invierno' no es un diario, sino la memoria física y sentimental de un hombre que, al llegar a los 64 años, entra en el invierno de su vida. Estas son las últimas palabras que Paul Auster escribe en este magnífico libro aparecido en español antes de salir en su lengua original en los Estados Unidos, y que tiene todo el impudor de las revelaciones íntimas y el poder ilusionista de la mejor literatura de ficción. ¿Ficción o autobiografía? Poco importa. Los datos y los nombres que se dan coinciden con los que ya sabemos de Auster (a veces por él mismo, en obras suyas anteriores), pero resulta fácil olvidar en muchas de las páginas que lo contado responde a la verdad; la novela se impone al recuento verídico.


Auster, que es (en la realidad) un hombre alto y fornido, apuesto, y con un pasado de jugador de béisbol, se presenta en este relato como alguien desde siempre -es decir, desde antes de llegar a la edad de su invierno- frágil e inseguro, y víctima de accidentes y dolencias graves. El repaso a las cicatrices que quedan en su cuerpo es lacerante, pero muy divertido el descubrimiento, siendo niño, de que la punta de su propio pene circuncidado se parecía a un casco, y de lo adecuado que es tener "un casco de bombero esculpido en tu propia persona, precisamente en la parte del cuerpo, además, que parece y funciona como una manguera" (cito por la excelente traducción de Benito Gómez Ibáñez en Anagrama).


Hay una parte central que descrita en dos palabras puede parecer árida y poco prometedora y de la que, sin embargo, el autor norteamericano saca un gran partido novelesco: la mención y comentario, una por una, de las casas en las que ha vivido, tanto en su país como en Europa, y especialmente en Francia, donde residió varios años. Las ‘moradas' de Auster tienen algo, como las de Teresa de Jesús (escritas por la santa a los 62 años y muy achacosa), de camino espiritual y de expiación, ya que en ellas empezó su formación, llegaron sus fracasos y sus preocupaciones, y también, en la última dirección que incluye, Park Slope, Brooklyn, encontró su paraíso, una casa rojiza de cuatro plantas con un pequeño jardín en la parte de atrás donde "quieres seguir viviendo hasta que ya no puedas subir y bajar las escaleras por tu propio pie".
Ahora bien, más allá del paisaje familiar (es muy conmovedor el retrato desventurado de su madre), de los percances físicos y de los domicilios, ‘Diario de invierno' es una confesión amorosa que lo cuenta todo: los primeros escarceos, las primeras ‘pajas', el gozo del amor mercenario y la felicidad del amor-pasión. Uno de los pasajes más fascinantes del libro es el encuentro con Sandra, una prostituta parisina que después del coito, y al mencionar el cliente Paul que es poeta (y lo era entonces), se puso a recitar de memoria a Baudelaire. Tanta impresión le causó la chica que, tiempo después, de regreso en Nueva York, él se preguntó si no debía volver a París y casarse con Sandra. Paul Auster se casó finalmente con la traductora y cuentista, hoy muy afamada, Lydia Davis, de la que se divorció pronto, y lleva treinta años casado con su segunda esposa, la también escritora Siri Hustvedt, a la que se declara en este falso diario, contando con gran elocuencia el momento en que la conoció y se enamoró irremediablemente. Una mujer inteligente y hermosa a la que era imposible idealizar, pues ya ella "se había inventado a sí misma".

[Publicado el 12/3/2012 a las 10:34]

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El país Kaurismäki

Las hermandades cinematográficas, esa peculiaridad tan conspicua del séptimo arte (desde que la iniciaron, junto con el propio arte, les Frères Lumière), tienen en los Kaurismäki una de sus facetas más llamativas. Al principio, cuando aparecieron en los primeros años 80, no se les distinguía del todo; el cine finlandés ya era en sí mismo raro, y los hermanos tenían inverosímiles nombres de pareja de ‘clowns', Aki y Mika. Firmaron un largometraje documental juntos, ‘The Saimaa Gesture' (1981), sobre las bandas de rock finlandés que tanto han contribuido después a difundir por el mundo, y se fue cada uno por su lado, rechazando la idea de consorcio que tan buen resultado artístico les ha dado a los Coen, los Quay, los Taviani, los Dardenne o los Wachowski. Aki y Mika siguieron trabajando por separado, como Fernando y David en la fraternidad española de los Trueba, que coincide por cierto con el clan de los finlandeses en haber tenido también descendencia fílmica de los dos mayores de edad: a Fernando le sucede hoy su hijo Jonás, y a Mika su hija María, que debutó en 2008 con un largometraje, ‘Sideline', que no he visto.

    De Mika, que se mantiene en activo haciendo por lo visto documentales de música carioca, sabemos muy poco, y aquí hablamos de Aki, cuyas películas nos suelen llegar con regularidad y han configurado un universo que está entre los más influyentes y personales del cine actual, siendo curiosamente una obra formada a partir de un elaborado ‘patchwork'. Aki está exento de la angustia de las influencias; cuando un periodista se interesa por el influjo que en él han tenido Bresson, Ozu,  Renoir o Truffaut, él lo corrobora y lo multiplica, citando a otros maestros: Jean Pierre Melville, Jacques Becker, Jacques Tati, Nicholas Ray, Samuel Fuller, y me quedo corto. En el caso de su última película ‘Le Havre', Kaurismäki es aún más valiente que generoso, incluyendo entre sus fuentes a cineastas  -Duvivier, Carné, Clouzot-  que, después de ser pasados por armas por los jóvenes turcos de la Nouvelle Vague surgidos de la revista ‘Cahiers', quedaron arrumbados en el limbo del cine de ‘qualité' más denostado.

       De tal amalgama de maestros clásicos y competentes academicistas, Kaurismäki crea un mundo muy singular, gélido y sentimental, feísta y alambicado, costumbrista y sobrenatural, al que suma en ‘El Havre', tratando ese tema de nuestro tiempo que es la inmigración africana, la marcada impronta del neorrealismo italiano en su vertiente digamos más dulce, la de Vittorio de Sica. Y no sólo, como resulta obvio, el de Sica de ‘Milagro en Milán' (1950), sino sobre todo el de ‘El limpiabotas' (‘Sciuscià', 1946), al convertir a Marcel Marx, el protagonista derrotado pero animoso de su film, en limpiabotas, un oficio prácticamente desaparecido de las calles de la Europa occidental, y al fundir, al modo en que lo hicieron el director italiano y su guionista Zavattini en ‘Sciuscià', un realismo documental con una deriva fantástica.

     ‘El Havre' pudo haberse llamado ‘Cádiz' si el director, como ha contado él mismo, hubiese filmado su fábula de emigrantes nobles y europeos compasivos en la ciudad portuaria andaluza, que fue su idea inicial hasta que comprobó que las calles del centro gaditano eran demasiado estrechas y el rodaje habría paralizado allí la vida cotidiana. También pensó en Marsella, descartada por las mismas razones, y la elección de El Havre tiene, por lo demás, un punto de credibilidad superior, ya que todos los días se lee algo sobre los miles de subsaharianos apiñados en distintos puntos de la costa noroeste francesa, a la espera de cruzar ilegalmente el Canal de la Mancha. Naturalmente, Le Havre de Kaurismäki es una ciudad irreal, pues aunque aparezcan los buques de carga, las grúas en el muelle y los estibadores adictos al ‘pastis', la trama se desarrolla en los lugares íntimos que el director construye con la ayuda de colores fuertes iluminados con énfasis, objetos pobres llenos de vida emocional y vestimenta por lo general desastrada y fuera del tiempo. La casa humilde de Marcel Marx y su mujer, las tiendas prototípicas del ‘quartier', el bar lánguido, el hospital aséptico, el embarcadero de los escondites del niño Idrissa. Podrían estar en cualquier población europea del mismo tamaño, pero en virtud del genio transmutador del cineasta son sólo localizaciones del país Kaurismäki, uno de los grandes conceptos territoriales de la ficción cinematográfica contemporánea.

     La irrealidad de los espacios ‘kaurismäkianos' se engarza y se fomenta con sus actores, no menos genuinos y fidelizados (y algunos moldeados) al estilo impasible del director, en esta ocasión reforzados por el estupendo cómico francés Jean-Pierre Darroussin, un habitual del cine socio-populista de Robert Guédiguian, que encarna a un comisario Monet híspido pero benévolo. La impasibilidad de Kaurismäki es humorística, y la risa leve que a menudo suscitan sus escenas evita el ternurismo acechante y siempre mantenido a raya en la historia que cuenta ‘El Havre'. Del humor se desprende la ironía, la que revela el autor al responder, cuando Christine Masson le pregunta en una entrevista si habló con emigrantes reales antes de escribir el guión: "En esta ocasión no, pero en otras desde luego", o la que marca de modo memorable la escena del descubrimiento de los ilegales en el container: en vez de sucios y desfallecientes, todos aparecen vestidos de domingo y risueños ante los policías.

    Así que la película, una fábula romántica en sordina que oscila por igual entre lo sarcástico y lo piadoso, no gustará a quienes entienden los conflictos sociales en términos absolutos y sólo aceptan el filtro maniqueo de un Ken Loach, por ejemplo.

[Publicado el 05/3/2012 a las 09:00]

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La vida otra

Nunca se ha escrito un libro igual que éste, la historia de la transformación de un hombre en mujer contada con una notable voluntad literaria y tomando su autor el propio cuerpo como el campo de un experimento primero fisiológico y a la postre de alcance moral. En julio de 1972, el reputado periodista británico James Morris, quien, establemente casado y padre de cinco hijos, llevaba casi veinte años ensayando las formas y el ‘ánima' de una femineidad sentida desde la infancia, llegó a Casablanca, miró en el listín telefónico el nombre de un tal Doctor B. y, tras convenir el pago de unos altos honorarios, concertó la operación que sellaría su nueva persona; antes de esa drástica cirugía genital, Morris, según confiesa en el libro, había ingerido, a partir de 1954, unas 12.000 píldoras y cerca de 50.000 miligramos de materia femenina.

     ‘El enigma' (‘Conundrum' en el original que en los años 1970 causó sensación en Gran Bretaña) se lee como un apasionante relato de formación, un ‘Bildungsroman' en el que no falta la epopeya heroica (Morris escaló el Everest con la expedición británica que por primera vez, en 1953, llegó a su cima), la búsqueda de un talismán que procurará dolor y salvación, el reposo final del guerrero, metamorfoseado en amazona. La sinceridad de la narración, a veces lacerante, conmueve en ciertos de sus pasajes y reflexiones, pero lo que nos atrae hasta el final es la capacidad de Morris para novelar con extraordinario vigor situaciones anecdóticas, paisajes de fondo y personajes inevitablemente secundarios en un libro tan auto-referencial; destaca el encendido canto marcial al ejército y, en concreto, al 9º regimiento de lanceros de Su Majestad Británica, en el que sirvió a fines de la segunda guerra mundial. Tiene especial relieve, en esas páginas del capítulo 4 de ‘El enigma', su exaltación de los tanques, vistos como pistolas gigantes cuyos mecanismos de propulsión, sus tubos, soportes y engranajes apuntan a un fin, "conseguir que la pistola se acerque a su objetivo para disparar de forma certera". Curioso, o revelador, en alguien cuya obsesión personal era mientras tanto erradicar de su cuerpo el arma de su virilidad.

     Morris se sintió siempre, cuando era James, como un ser especial (nunca pensó en sí mismo como homosexual) paulatinamente consciente de que no debía vivir su rareza tan sólo como tragedia: "al desear con tanto fervor y tanta insistencia ser trasplantado al cuerpo de una chica, no hacía más que aspirar a una condición más divina, a una reconciliación interior". Su llegada a Oxford, con nueve años, para formar parte del célebre coro de voces blancas de Christ Church, le dio un primer refugio de felicidad, de ‘pertenencia': en la erudita y bellamente artificiosa ciudad universitaria (como años después entre las escenografías acuáticas de Venecia), la propia anomalía adquiría carta de naturaleza admitida, y llega a hablar de un "nirvana infantil" cuando, vestido con los suntuosos faldones del corista, cantaba con su voz de soprano en las funciones de la catedral ‘oxoniense'. Y sobre las dos ciudades, Oxford y Venecia, ha escrito libros que están entre lo mejor de la literatura viajera anglosajona.

    El contraste, que Morris no elude, son las duras escenas (en el extraordinario capítulo 16) de la clínica marroquí donde empezó la vida de Jan entre otras personas en su misma situación, que "a pesar de hallarnos mutilados y lisiados, a pesar de arrastrarnos por los pasillos con las vendas colgando y apretujando el camisón con el puño, irradiábamos felicidad".

    En ningún momento morboso ni lastimero, ‘El enigma' seduce por su historia y por la manera de contarla. Jan Morris ha seguido hasta hoy publicando buenos libros, que ella misma ve diferentes a los que escribía James, más volcados los últimos, dice, en las personas que en los lugares. "Del mismo modo que me siento emancipada como persona, también me siento liberada como escritora: tal vez todavía esté a tiempo de ser novelista", confesaba en la parte final de ‘Conundrum'. El tiempo llegó en 1985 con ‘Last Letters from Hav', una fascinante novela, finalista ese año del premio Booker, que recientemente ha sido completada con una secuela, formando el volumen titulado ‘Hav'.

[Publicado el 27/2/2012 a las 11:45]

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El arte repartido

Hubo un tiempo, aún reciente, en el que a los actores españoles se les clasificaba por especies, como a las aves o a los peces. Ese afán catalogador, más propio de las ciencias naturales que del arte, se dejaba sentir sobre todo entre la gente de cine, y muy en particular entre productores y directores. Así, si alguien citaba, pensando en el reparto ideal de una película en preparación, el nombre de una eximia actriz reconocida internacionalmente (una Nuria Espert por ejemplo) o de un actor de sólido prestigio, formado en las mejores escuelas extranjeras (del tipo de José Luis Gómez), lo más frecuente era oír como respuesta única esta frase: "Grandes actores, sí, pero de teatro. El cine es otra cosa". Tampoco los poderes fácticos de las tablas se cortaban un pelo en sus juicios si, por el contrario, algún entusiasta de Javier Bardem o Maribel Verdú exponía no ya la intención sino el mero deseo de poder verles sobre un escenario. "Esos son de cine. El teatro no está hecho para ellos".

      Es posible que queden todavía, escondidos en algún despacho de las productoras teatrales o las agencias de cásting, practicantes de esa zoología fantástica, desconocida en cualquier otro país civilizado, que encasilla al actor por géneros estancos; pero si quedan, la realidad, felizmente, les ha vencido. ¿Y qué ha llevado a tan notable cambio? ¿La consolidación de la democracia? ¿Viajar más? ¿El poder de Internet? Tal vez dichas razones hayan ayudado, pero yo diría que el principal causante de la caída de tales estereotipos ha sido el enemigo, el que se tenía por mayor enemigo del cine y el teatro hasta hace no mucho. La televisión. Y en concreto el fenómeno relativamente contemporáneo del auge de las series de ficción españolas, que fue creando una gran y fiel audiencia, un volumen de producción mayor, una mejora de contenidos y formas y, con todo ello, la necesidad de nuevas caras y la búsqueda y encuentro de los mejores actores, a los que se tentaba con el dinero y el tirón popular, dos muletas muy nobles en las que se sostiene, no seamos hipócritas, el antiguo tinglado del espectáculo escénico y fílmico.

     Como era lógico, esa evolución también tuvo que vencer la resistencia interna de no pocos miembros de las propias especies, acostumbrados, por comprensibles reflejos de defensa, a sacralizar las normas de la separación por castas o reinos. He sabido de primera mano, y en más de una ocasión, de la negativa de algún joven galán purista o gran dama madura a aceptar un papel importante en un culebrón de sobremesa, no sólo porque en ese medio se suele trabajar con más prisa y menos dirección, sino, fundamentalmente, porque se sentían, y con toda legitimidad, parte de una oligarquía artística incompatible con el ‘lumpen' de base que alimenta el ‘prime time'. Hoy la mezcolanza de clases y rangos es total, y beneficiosa. Ídolos juveniles de la canción y la tele (Fran Perea) se atreven en el teatro con Séneca, el ‘sex symbol' de ‘Los hombres de Paco', Hugo Silva, con Shakespeare, la exuberante heroína de ‘Sin tetas no hay paraíso', Amaia Salamanca, con Von Kleist, mientras que a gente de la talla de Marisa Paredes o Mercedes Sampietro no se les caen los laureles por trabajar, sin bajar el listón de su calidad, en ‘tvmovies' o sagas de poder interminables.

     Como amante del cine, pero también del teatro, sólo lamento que esta transformación no llegara antes, a tiempo -por ejemplo- de que Berta Riaza, hoy retirada, o María Jesús Valdés, ya fallecida, saltaran sin sobresalto, como lo hacen los grandes actores británicos o franceses, de uno a otro formato, en un constante y fructífero viaje de ida y vuelta ininterrumpido por los prejuicios.

     Quienes más aprovechan la nueva situación son los actores jóvenes de nuestro país, que fueron en muchos casos los motores del cambio y ahora protagonizan en buena medida ese trasvase de la pequeña pantalla a la grande, del cortometraje artesanal a la producción de una comedia ‘burra' o un film de autor. Quizá en ningún otro momento de la historia de España, y pese a las crisis, se haya podido contar, como hoy, con un elenco juvenil tan amplio, que llega a la interpretación entregado y preparado, algo que, desgraciadamente, en otros campos de la actividad profesional no garantiza el trabajo que ellos, o una parte de ellos, consiguen.

    Aceptada la premisa de que no hay papel pequeño ni género o contenedor desdeñable, podríamos hablar de otro prejuicio, asociado a los anteriores, al que también hemos sido proclives. Las categorías. Aún recuerdo la gran sorpresa (y de esto hace más de cuarenta años) que José Luis López Vázquez produjo en ‘Mi querida señorita', la memorable película de Jaime de Armiñán, creando con sutileza un complejo papel de mujer transexual, acostumbrado como estaba el público a ver a López Vázquez de español bajito y calentón en las comedias del primer destape. Lo mismo sucedió con Alfredo Landa cuando, tras una fértil carrera en la astracanada cinematográfica, obtuvo el premio al mejor actor en el Festival de Cannes por su papel dramático de El Bajo en ‘Los santos inocentes' de Mario Camus, y lo mismo pudo suceder para muchos espectadores con Rosa María Sardà, que parecía tener sólo una irresistible vis cómica hasta que se la vio haciendo conmovedoramente en los escenarios de la Madre Coraje de Bertolt Brecht. Y no se trata aquí de señalar una excepción cultural española. Los grandes actores de todos los países y seguramente de todos los tiempos son capaces de combinar el registro sublime y el humorístico, del mismo modo que grandes pintores (Botticelli o Picasso) y grandes escritores de novela (Cervantes o Nabokov) cultivan la parodia o saben ser procaces sin perder la gravedad de su arte. Por eso se me ocurren estas preguntas: ¿hago bien en reírme ante el televisor con Carmen Machi, sabiendo cómo se le da la tragedia? ¿Es José Mota un caricato sólo? ¿Y qué son Julieta Serrano y Paco León, Eusebio Poncela, Alberto Sanjuán, Emma Vilarasau y Susi Gómez, o todos esos chicos, cuyos nombres querría citar uno por uno, que le dan su gracia y su osadía a ‘Física o química'? La palabra cómicos, que no todas las lenguas utilizan en el registro que lo hace la nuestra, es el mejor eufemismo para tomarse en serio a estos artistas.

     Hay momentos precisos que tienen nombre y fecha y hasta lugar de nacimiento en la pequeña historia de lo que la televisión ha aportado al renacimiento de una cultura más plural y menos arbitraria de la interpretación. Yo sólo he visto alguno de sus capítulos retrospectivamente, pero conviene señalar que hace más de catorce años, cuando aún no había empezado ni ‘Cuéntame', la televisión catalana inició con ‘Nissaga de poder' un estilo de ficción dramática popular que, al cuidado de un dramaturgo de probada calidad como Josep Maria Benet i Jornet, y con actores como Jordi Dauder, Muntsa Alcañiz, Jordi Bosch o Rosa Novell, es decir, la crema de la escuela teatral barcelonesa, sentó un precedente en la pequeña pantalla. Su éxito, sin embargo, no fue comparable al de otros dos culebrones posteriores, también creados por Benet i Jornet, ‘El cor de la ciutat' (2000-2009) y ‘Ventdelplà' (2005-2010), con los que TV-3 ha alcanzado altas cotas de audiencia y ha dado a conocer, junto a los monstruos sagrados que en ellas actuaban, a actores jóvenes, casi niños alguno, que iban creciendo capítulo a capítulo, como Michelle Jenner, Nao Albet, Oriol Vila o Nausicaa Bonnín.

    El mismo crecimiento que se les ofrece a quienes siguieron, día a día o semana a semana, y hasta hace relativamente poco, los grandes clásicos ‘teenagers' de Antena 3, ‘El internado' y la ya citada ‘Física o química', o mucho antes (a partir de 1997) la más clásica de esas series, ‘Al salir de clase', de Telecinco, con sus 1200 capítulos repartidos en cinco años que cambiaron el mundo del paisaje audiovisual. Una generación (o dos) de intérpretes adolescentes hoy plenamente consagrados nos contempla desde ‘Al salir de clase', como lo siguen haciendo los actores fijos o episódicos de los dos ‘blockbusters' de TVE, ‘Cuéntame' y ‘Amar en tiempos revueltos' (ahí empezó la estupenda Inma Cuesta), y los de la serie estrella de Canal Sur, ‘Arrayán', un longevo thriller ambientado en la hostelería en el que destacan las recientes incorporaciones de jóvenes veteranos como Liberto Rabal, Fernando Ramallo y Enrique Alcides, o de una ‘histórica', María Garralón, que procede (como el merecidamente nominado a mejor actor secundario en los Goya 2012, Juan José Artero) de la lejana ‘Verano azul', sobre la que hoy se escriben tesis sesudas en las universidades anglosajonas.

    Unos meros apuntes acerca de los premios del cine que se dan hoy, hechos por tanto sin ánimo de influir. ¿Ignoran los que afirman que Antonio Banderas se ha convertido, ‘solo', en una estrella de Hollywood, que el actor malagueño (a mi juicio muy descollante en su turbio y contenido rol de ‘La piel que habito') fue un extraordinario actor de teatro en montajes de Marlowe y García Lorca que no olvidan quienes los vieron en el María Guerrero? Y del teatro de calidad proceden otros nominados como Ana Wagener o Lluís Homar, estupendo como robot ‘arlequinado' en la logradísima ‘Eva'. Y no es caprichoso señalar que en la primera película española que ví en lo que llevamos de año, ‘Sangre en la nieve', de Gerardo Herrero, sus magníficos actores, desde Carmelo Gómez y Juan Diego Botto a Andrés Gertrudix, Sergi Calleja y Victor Clavijo, que componen con notable vigor sus más breves papeles de carácter, son, indistintamente, del teatro, del cine y de la tele.

     No es verdad, como algunos maliciosos sostienen, que el actor de renombre hace televisión cuando llega a viejo, o teatro, si es una estrella, cuando el cine se olvida de su nombre. No ha sido así fuera de España, sobre todo desde que la televisión por cable norteamericana empezó a atraer, con sus series ‘serias', a las grandes figuras de Broadway y Hollywood, y tampoco es así ahora en España, donde actuar en tiempos revueltos se ha convertido no ya en una forma de supervivencia sino en una afirmación del ilimitado campo de la excelencia.

[Publicado el 20/2/2012 a las 10:41]

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Angelopoulos

Conocí a Theo Angelopoulos en Montreal a fines del verano de 2005, formando parte del jurado internacional del Festival de Cine que él presidía y entre cuyos miembros estaban Anna Karina, la joven actriz francesa Amira Casar y el cineasta chileno Silvio Caiozzi. Fueron casi dos semanas de relativo sopor (la selección a concurso no fue muy afortunada) e intensa concentración, ya que la dirección del festival nos sacaba y entraba como a un equipo de fútbol, en un pequeño autobús destinado casi siempre a la salas oscuras pero también a alguna excursión campestre, en la que seguíamos discutiendo acerca de las películas vistas y disfrutando todos del delicioso humor excéntrico de quien fue esposa y musa inolvidable de Godard, un nombre que a la Karina no le gustaba mencionar. Mis mejores recuerdos de aquellos días son las conversaciones sobre cine y literatura con el director griego, que era un devoto admirador de Borges, al que él llamaba (hablábamos en francés) ‘Borgès'. Su terrible accidente hace un par de semanas le iguala a otros grandes artistas que murieron atropellados (pienso en Gaudí, por un tranvía barcelonés que circulaba a diez por hora, o en Barthes, a quien mató el golpe de una furgoneta de reparto), y significa que su última trilogía quedará inconclusa. Yo había visto precisamente en abril de aquel mismo año, en los Renoir de Madrid, la primera parte, aquí llamada ‘Eleni', y a Angelopoulos le gustó oír lo mucho que me había gustado; andaba entonces metido de lleno en el guión de la siguiente parte, ‘El polvo del tiempo', que me envió por correo electrónico meses después y le comenté por escrito, aunque esa segunda película (dada a conocer en 2009) me ha resultado imposible de ver.

    No parece que Theo Angelopoulos vaya a ser llorado por las multitudes en España, donde una buena parte de su filmografía nunca fue estrenada y él arrastró la fama de ser plúmbeo y lento, dos adjetivos que, hablando de cine, suelen acompañar a algunos de los mejores (Bresson, Pasolini, Oliveira). Con la excepción antes citada, me jacto de haber visto toda su amplia filmografía, en cines cuando pude, en festivales y filmotecas si no, y el resto en los tres excelentes ‘packs' de dvd que aquí publicó Intermedio y tal vez se sigan encontrando en el mercado. ‘Paisaje en la niebla' está reconocida como obra maestra absoluta, y sin duda lo es, pero ni esa película ni ninguna otra de las suyas se explica sin el peculiar ‘continuo' narrativo, lleno de saltos en el tiempo y elipsis, que se inició en 1970 con su primer y ya deslumbrante largometraje ‘La reconstrucción'.

     Angelopoulos ha sido, a la altura de Eisenstein o Rossellini, uno de los cineastas políticos fundamentales, pero en su caso la hondura de la reflexión histórica llega a la pantalla con la musicalidad ceremoniosa de sus relatos, que parten siempre del substrato helénico y alcanzan resonancias universales. Los larguísimos planos-secuencia coreográficos que marcan su forma de hacer revelan una gran maestría en el arte de mover dentro del campo fílmico a los personajes, a menudo contrastados por la presencia totémica de estatuas del pasado rotas o desmembradas. Siendo alguien nacido en un archipiélago no es extraño además que las aguas desempeñen tan alto valor poético en su imaginería; nunca se me ha borrado de la memoria la escena de los comediantes junto a la orilla del mar en ‘Paisaje en la niebla' o, hablando de nuevo de ‘Eleni', la figura del maestro de escuela leyendo un libro en un aula de bancos que flotan en un pueblo inundado, con dos únicos niños como alumnos que escuchan una lección inútil.

[Publicado el 14/2/2012 a las 09:51]

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Lord Chandos en Hollywood

En un artículo publicado tres veces, con pequeñas variantes, en revistas inglesas y norteamericanas a lo largo de 1926, Virginia Woolf, hablando del cine con extraordinaria agudeza, terminaba su texto, titulado en la versión que prefiero ‘Las películas y la realidad", con estas palabras: "Es como si la tribu salvaje [a la que se ha referido al comienzo del artículo, para sostener la hipótesis de que el cine es el último refugio del salvajismo contemporáneo] en vez de encontrar dos barras de hierro para jugar, hubiese encontrado esparcidos por la orilla del mar violines, flautas, saxofones, trompetas, pianos de las grandes firmas Erard y Bechstein, y con increíble energía pero sin saber una nota de música hubiera empezado a tocarlos y aporrearlos todos al mismo tiempo". El cine, concluye Woolf, tendrá tal vez siempre el inconveniente, comparado con la novela o la pintura, de que su habilidad mecánica está muy por encima de su artisticidad.

‘The Artist' se propone como un antídoto a la sobreabundancia de los instrumentos con los que el cine de mayorías trata hoy de seducir al público sirviéndose de artilugios infinitamente más aparatosos que los que imaginó la autora de ‘Orlando'. Autolimitada al blanco y negro y a la ausencia de la voz humana, rodada sin actores famosos y en 35 días, muy poco para su empaque, la película del francés Michel Hazanavicius podría haber explorado la metáfora del cambio de valores en los modos de representación, pero no es eso lo que ha interesado a su autor. ‘The Artist' se limita a explotar, con gran brillantez, la nostalgia y no la crisis del código fílmico que acabó con el cine silente en el que trabajaron, depurada e innovadoramente, los directores que Hazanavicius invoca como inspiradores, Murnau, Stroheim, Browning, Borzage, no todos trasplantados felizmente al sonoro.

En ‘The Artist', aparte de las didascalias de los diálogos que no oímos (muy acertadamente reducidas al mínimo), las secuencias se cierran con los dispositivos propios del cine mudo, y los actores interpretan adrede con la simpleza y el exceso de gesticulación que se asocia, un tanto superficialmente, al período anterior a los ‘talkies'. En el caso del protagonista Jean Dujardin, muy premiado en festivales, su actuación deficiente nos deja en la duda de si es impostada o intrínseca a él, duda que no cabe en los secundarios como John Goodman (el productor enarbolando siempre su habano, como manda el tópico) o James Cromwell, el fiel mayordomo y chófer; de ellos nos consta lo buenos que son, aunque aquí luchen titánicamente y perezcan al fin, víctimas del estereotipo impuesto por el guionista y director. Impecable resulta, al lado de los humanos, el perrito Uggy, asombroso en las carantoñas y caídas de bruces, y con la mirada a cámara más cautivadora que se ha visto en Hollywood desde Rin Tin Tin. Yo habría nominado a Uggy a los Oscars, no sé si de interpretación o de efectos especiales.

No hay que negar, sin embargo, que Hazanavicius (de quien desconozco sus películas anteriores, también de cuño paródico en el género del cine de espionaje y en la estética del ‘détournement') está dotado de un notable instinto visual y una gran inventiva, por lo que la película resulta agradable de ver y puede deslumbrar en sus momentos de genuina inspiración, como el reencuentro de la pareja de George y Peppy en el plató, con su romance de pies separados por el forillo del decorado, la escena de la gran escalera donde se cruzan, o, lo más sutil del film, las dos imaginaciones, amorosa y narcisista, sobre la ropa colgada, Peppy dentro de la chaqueta de George en el camerino de éste, y George, ya empobrecido, poniendo su cara a su antiguo ‘smoking' en el escaparate de la tienda de empeños.

El efectismo subrayado y el sentimentalismo irónico que forman la base de ‘The Artist'  -con la eficacia tan celebrada por públicos tan diversos-, adquieren en el desenlace un peso que, aun sin densidad, deja buen sabor de boca incluso al espectador, es mi caso, menos sensible a su ‘trucancia' (la palabra se debe a Gómez de la Serna). No voy a contar aquí más de lo que el propio trailer de la película revela, pero el hecho de que el ‘happy end' juegue ingeniosamente con las nociones de habla y silencio, de fracaso y salvación, sublimadas por el gesto corporal del baile, me hizo pensar, a la salida del cine, en el fundamental y breve texto de Hugo von Hofmannsthal ‘Una carta', publicado en 1902. En ella, un hipotético noble renacentista, Lord Chandos, le comunica a su amigo Francis Bacon, más tarde Lord Bacon de Verulam, su renuncia a toda actividad literaria, en razón de la insuperable incapacidad de expresar con palabras lo que su mente o su alma sí son capaces de sentir. Lord Chandos es un trasunto del propio escritor vienés, quien, después de una fulgurante irrupción en la poesía lírica antes de cumplir los veinte años, se centró a partir de 1906 en el teatro y, muy destacadamente, en la escritura de libretos de ópera para Richard Strauss, entre otros ‘Elektra', ‘El caballero de la rosa', ‘Ariadna en Naxos' y ‘La mujer sin sombra', sin duda los más grandes que se han escrito nunca junto a los de Da Ponte y Auden. Al igual que Chandos, en cuya boca las palabras se descomponían "como hongos mohosos", aspirando por ello, en su lugar, a "algo magnífico como la música y el álgebra", el George Valentin de ‘The Artist', renuente a hablar con su esposa y más aún a expresarse en el cine sonoro con su voz, encontrará en la danza, y en el infinito numérico de las coreografías a lo Busby Berkeley, la respuesta orgánica al mutismo. Y de paso el amor, o la redención.

[Publicado el 06/2/2012 a las 12:03]

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Máquinas de reír

"Un principio y un fin para un libro es algo con lo que nunca estuve de acuerdo. Un buen libro puede tener tres principios enteramente diferentes y sólo interrelacionados en la presciencia del autor". Esta proclamación en el primer párrafo de la primera novela de Flann O´Brien, ‘At Swim-Two-Birds', da paso a tres estupendos arranques, distintos y contrapuestos, y a partir de ellos a una de las obras maestras de este autor irlandés cuyo nacimiento en 1911 ha sido, por una vez, bien celebrado en España gracias a Nórdica, la editorial madrileña que lleva años felizmente empeñada en darlo a conocer.

      Aunque muchos prefieran en el reducido ‘corpus' de O´Brien (muerto en 1966) su novela póstuma ‘El tercer policía', conviene resaltar lo que supuso en 1939 la aparición de ‘At Swim-Two-Birds' (titulada aquí ‘En Nadar-dos-pájaros'; mi preferencia de traducción libre sería ‘A nado-dos-aves'). Publicada en el mismo año que ‘Finnegans Wake' por este funcionario público y periodista mordaz de vida corta y trago largo, su filigrana verbal, menos cultista que la de Joyce, toma sin duda nota de la noción de juego fonético y paródico practicada por el autor del ‘Ulysses', si bien, a mi juicio, es otro compatriota de ambos, Sterne, el inspirador de la composición ‘destructiva' y entrecortada que O´Brien impone, sin aparente sistema, en todas sus obras. Y luego está la paradoja, que tanto habría disfrutado quien se mantuvo siempre anclado a su tierra natal -al contrario que los grandes expatriados Wilde, Joyce, Beckett, Yeats, Trevor-, de que su influjo, apenas perceptible en la narrativa anglo-irlandesa, es determinante en varios de los mejores novelistas norteamericanos ‘Modernist' y ‘Post-Modern' de los últimos cincuenta años.

      Como colofón del centenario, Nórdica ha sumado a sus cinco títulos anteriores ‘La gente corriente de Irlanda', una deliciosa antología de las mejores columnas humorísticas que O‘Brien, llamado en realidad Brian O´Nolan, publicó a lo largo de casi tres décadas en The Irish Times, usando otro seudónimo, Myles nagCopaleen, aunque sólo unos pocos de esos textos fueron escritos en su primera lengua, el gaélico. Antonio Rivero Taravillo, prologuista y traductor encomiable, es también responsable de la selección de textos, muy bien servida por los editores, generosos en las ilustraciones y hasta en el apéndice, que incluye algunos de los originales en inglés.

     ‘La gente corriente de Irlanda', sugestivo título que Rivero Taravillo le da a lo que en inglés era ‘The Best of Myles', tiene, como toda miscelánea, sus altibajos, pero las alturas de buena parte de los textos son tan descollantes que el lector olvida y perdona sin esfuerzo las caídas de dos o tres secciones (‘El hermano', entre las más extensas, es una de ellas). ‘Myles' sufrió las penas del ingenio incansable; no pocas veces los correctores del reputado diario de Dublín corregían sus diabluras lingüísticas, creyéndolas erratas o faltas ortográficas, y el autor escribía entonces cartas al director corrigiendo a sus correctores con santa ira y ocultando su verdadera personalidad (la ferocidad satírica de los escritos impedía que el funcionario estatal y secretario personal de dos ministros se diera a conocer).

      Son absolutamente gloriosas las páginas (53 a 57 de la presente edición) dedicadas a la figura del manipulador profesional de libros, "una persona que manosee los libros de los arribistas iletrados, pero ricos, de forma que los libros parezcan haber sido leídos y releídos por sus propietarios"; el listado acaba con "Le Traitement Superbe", reservado a los multimillonarios, ya que requiere no menos de 550 horas de costoso manipulado. La comicidad más irresistible se encuentra, para mí, en la sección titulada ‘Gabinete de investigación', donde se detallan (con estupendos dibujos) las extravagantes máquinas que el escritor propone para el saneamiento social de sus conciudadanos. Entre otras se incluye el ‘nivómetro', capaz de responder a la pregunta del clásico "¿dónde están las nieves de antaño?", las ahorrativas farolas de gas mefítico y, en un capítulo magistral, los teléfonos de pega para la gente que ha de estar siempre conectada y constantemente ocupada; para ellos se prevé el modelo 2B, el más seguro de todos, pues da el tono de comunicando no importa el número que se marque. No se me ocurre un invento de tanta validez actual.  

                                               ________________

 

La gente corriente de Irlanda. Flann O´Brien. Traducción de Antonio Rivero Taravillo. Nórdica. Madrid, 2011. 405 páginas

[Publicado el 30/1/2012 a las 10:49]

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El salón de madame Seseña

"Tendrías que haber sido francesa", le dijo una noche en Madrid Jaime Gil de Biedma a Natacha Seseña, para mi asombro: tenía yo entonces a nuestra común amiga por ‘anglosajonizante' más bien, y no sólo en razón de su primer vínculo conyugal y su largo currículo como alumna, profesora y coordinadora de estudios, tanto en España como en los Estados Unidos, de algunas prestigiosas universidades del noreste americano. Unas semanas después de la muerte de Natacha, ocurrida el pasado 31 de octubre, mientras oía la conferencia que Benedetta Craveri dio en la Fundación Juan March sobre ‘Los salones galantes', entendí plenamente lo que Gil de Biedma quiso decir aquella noche de 1984. Por su cultura versátil y su ‘esprit de finesse', por su talento histriónico (que ella se tomaba muy en serio, como veremos), por su humor cáustico y su ‘alma bella', Natacha Seseña habría brillado con luz propia en ese mundo de los salones cultivados que Craveri evocaba en su conferencia y reconstruye de modo magistral en ‘La cultura de la conversación' (Siruela, 2007, traducción de César Palma). Un mundo primordialmente femenino que pobló el París del ‘Grand Siècle' de unas damas mordaces y sabias, atrevidas de gesto y de actitud, infinitamente ocurrentes y siempre dispuestas a resistir a la estupidez con el arte de la palabra. 

     Tratando asiduamente a Natacha en esa década de los 80 y después, más de una vez le oí repetir con cierto orgullo no exento de ironía el lema que las Damas Negras de Saint-Maur, el colegio madrileño de monjas francesas en el que se educó, inculcaban a las niñas: "Simple dans ma vertu, forte dans mon devoir". Natacha creció agnóstica y se mantuvo siempre librepensadora, pero si bien no puedo decir que sus muchas virtudes fuesen todas simples, la fortaleza de su carácter, en el dolor y en el gozo, me consta. Tuvo además, por instinto y por decisión propia, las herencias morales de la Institución Libre de Enseñanza (continuada en su muy querida Residencia de Estudiantes), de la Asociación Española de Mujeres Universitarias, de la que fue presidenta, y de otras agrupaciones similares que prolongaban valerosamente en la España franquista el espíritu laico y progresista, así como una natural sintonía con lo mejor del exilio republicano, frecuentando en sus años norteamericanos a gente de la talla de Jorge Guillén, Laura de los Ríos, Pilar de Madariaga, Joaquín Casalduero, Solita Salinas y Juan Marichal. 

       Como tantas ‘preciosas' del XVII francés y muchas de sus continuadoras del siglo de las luces anteriores a la Revolución (pienso en Madame de Staël y en Madame du Deffand), Natacha Seseña fue una escritora de libros aplicados  -llenos siempre de ingenio-  sobre un tema en el que era experta, la cerámica popular y el arte del barro cocido, pero brilló igualmente en otra faceta que apenas queda registrada, la de activadora de redes sociales muy distintas a las actuales. Hubo una Seseña pública e importante en sus años de Directora de Artes Plásticas de la Fundación Banco Exterior, con pioneras exposiciones de rescate, por ejemplo, de Esteban Vicente y Remedios Varo, y una privada ‘Natacha oral' que se dejaba oír cuando invitaba en su casa, tanto la de Madrid (donde podía mezclar a Don Julio Caro Baroja con Fernando Vijande, el galerista español de Warhol), como la del pueblo turolense de Calaceite, en el que fue parte esencial, mientras duró, de esa pequeña y exquisita colonia de ‘expatriados' literarios formada por José y Pilar Donoso, Didier Coste, Mauricio Wacquez, Antoni Marí, Ángel Crespo y Pilar Gómez Bedate, entre otros.

     Tuve el privilegio de pertenecer a la compañía de cómicos aficionados que, gracias sobre todo al impulso de ‘la Seseña' (primera actriz y gran diva) y la disponibilidad escénica de la casa de Juan Benet en la calle Pisuerga de Madrid -con sus dos salones contiguos separados por una corredera de vidrio que hacía las veces de telón-, ofreció a lo largo de unos cuantos años un buen número de representaciones improvisadas aunque pundonorosas, todas gratuitas. Encargado yo, como galán (entonces) joven de la compañía, de los papeles de petimetre, soy, y me duele decirlo, el único vivo de aquel elenco, compuesto, en la rama masculina, por Benet, que prefería siempre el rol del hombre avinagrado (le salía redondo el de factor de la Renfe), y Juan García Hortelano, que en una de las piezas más solicitadas del repertorio, "La familia argentina en España", hacía incongruente pero convincentemente de hijo mío; cercano ya a los sesenta, Hortelano me decía entre bastidores, mientras se ponía para rejuvenecerse una pañoleta anudada en la calva, que el secreto estaba en aplicar a su inverosímil interpretación el método del Actors Studio. El reparto podía reforzarse en funciones de mayor rango, como una que dimos, con motivo de un cumpleaños de Jaime García Añoveros, en un restaurante de la zona norte de Madrid, y única que contó con una reseña escrita de Ángel S. Harguindey en este periódico. Fuimos de madrugada ansiosos, como se hacía en Broadway en la edad de oro, a leer en un VIPS la primera edición de El País; Harguindey nos dejaba bien. Aquella noche habíamos tenido un ‘guest star' muy apreciado por crítica y público, Jaime Salinas, descollante sobre todo en el entremés ‘dreyeriano' del cese súbito de un ministro que inventamos minutos antes de salir a escena. Salinas, que hacía del dignatario cesado al que su edecán (Juan Benet) le pasaba las hojas para la firma sin darle tiempo a firmar, lo encarnó con la impasible circunspección de los actores nórdicos. Natacha Seseña era la única mujer de la compañía, y estaba por tanto obligada a prodigarse; la recuerdo ahora, además de como protestona esposa mía y madre de Hortelano en el ‘sketch' argentino, haciendo de ‘Morena Clara', nuestra única incursión en el sainete español. Natacha, que tanto se lucía imitando el acento porteño en la evocación de los veraneos de Punta del Este, nos dejó a todos boquiabiertos hablando un andaluz fluido que a Benet, intérprete con sombrero cordobés y fajín del ‘Tío Regalito', le costaba más.

     El poeta Ángel González, otro buen amigo de Natacha, prologó ‘Falso curandero', el libro de poemas que ella anunciaba desde tiempo inmemorial y algunos desconfiaban que hubiera escrito, ignorando que las leyes de las ‘salonnières' exigen a menudo la reticencia. Salió en 2004, y era estupendo, tanto en los sarcasmos ("Me enseñaba un camino / ¡jamás el de Escrivá!") como en sus versos de aliento amoroso ("Tómame, amor, / que te merezco"). El prólogo de González era un homenaje a la socarronería que Natacha y él compartieron, entre tantas copas: "No se nace poeta, como no se nace tuberculoso [...] Natacha Seseña, cuya predisposición a la lírica vengo yo observando desde hace mucho tiempo, no tomó las debidas precauciones [...] Por un pudor que está justificado tanto en tuberculosos como en poetas, trató de ocultarlo durante años [...] pero el tiempo, ese falso curandero, no hizo más que agudizar el mal, y al fin no tuvo más remedio que hacerlo público". Lírica y pícara, impetuosa y melancólica, sentimental con pavor a la sensiblería, Natacha se dejó infectar por los mejores ‘males' de un siglo en el que mujeres como ella hablaron en voz alta, sin querer callar, dejando para el tiempo de hoy un eco de civilidad y cordura que ojalá nunca deje de oírse.

[Publicado el 23/1/2012 a las 16:41]

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Foto autor

Biografía

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), y en 2011 El hombre que vendió su propia cama (Anagrama).

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

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