El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 23 de mayo de 2013

 Blog de Vicente Molina Foix

Luz y palomas

La energía eléctrica por conducto inalámbrico no parece un asunto muy literario. Y tampoco el invento de la bombilla sin filamentos o la personalidad de los señores Edison, Westinghouse o Marconi prometen, en principio, la trepidación novelesca. Jean Echenoz, un virtuoso de lo imposible, elige como protagonista de ‘Relámpagos' a Gregor, un personaje modelado en la figura del ingeniero croata Nikola Tesla, conocido hasta hoy, me parece a mí, por los electricistas y los eruditos, aunque ha cobrado últimamente gran relieve, no sabemos si gracias al foco potente que sobre él lanzó el novelista francés; coincidiendo con la salida española de esta fascinante novela se han publicado dos biografías y un libro de memorias de Tesla, que confieso no haber leído. En todo caso, ‘Relámpagos' está a la altura de las dos biografías imaginarias que precedieron a ésta, la del compositor del famoso ‘Bolero', ‘Ravel', y la del plusmarquista checo de larga distancia Emil Zátopek, ‘Correr', ambas publicadas también por Anagrama en la ya habitual y excelente traducción de Javier Albiñana.
De Echenoz se espera, naturalmente, el estilo impasible y sencillamente complicado, la ironía amortiguada por el distanciamiento, la ausencia de ‘pathos', que no implica, sin embargo, la pérdida de la emoción. En la primera mitad de ‘Ralámpagos' vemos nacer y crecer al protagonista, a la vez que inventar cosas todas del máximo interés universal: "a Gregor no se le ocurrirá nunca perfeccionar una cerradura, mejorar un abrelatas o reparar un encendedor de gas". Pero también sabemos de sus afanes, sus triunfos, su poca suerte amorosa, sus amistades, entre las que destaca, con un retrato de formidable comicidad, el millonario banquero John Pierpont Morgan, y, más que él mismo, su nariz, "apéndice enorme y violáceo, surcado de grietas, atestado de nódulos, atravesado por fisuras, prolongado por pedúnculos y enmarañado de pelos". De repente, en esa vida de Gregor en la que los días se hacen larguísimos y las tardes se eternizan, aparece la ilimitada dimensión del relato fantástico: mientras oye un día un aparato de radio que él mismo ha creado, Gregor percibe extraños ruidos sobre los que no le cabe la menor duda: son los marcianos, tratando de comunicarse con él.
En la segunda mitad del libro, y en especial desde el capítulo 23 hasta el final, Echenoz compone de manera sorprendente y siempre llena de humor refrenado un relato extraterrestre (por no decir extraterritorial) en el que Gregor, convertido en un criador de palomas mensajeras, vive su fantasía colombófila en las habitaciones que ocupa en el lujoso hotel Saint Regis, su permanente morada en Nueva York. A partir de ese momento, "la compañía de los hombres por no hablar de la de las mujeres le resulta cada vez más ingrata", y "al final sólo le quedan las palomas", que se empeña en mantener (unas cuantas, las más necesitadas de cuidados, y por ello sus preferidas), en la suite del Saint Regis, convertida, para desesperación de los demás clientes pudientes, en clínica aviar. Evitaremos contar el desenlace, que no es feliz. Baste decir que con ‘Relámpagos' Echenoz se acerca, como nunca antes en su obra, al romanticismo de los sentimientos. Y cuando, en el capítulo 26, se nos describe el arrebato de Gregor por una criatura tan delicada y tan tuberculosa como Marguerite Gautier (una "tensión sin bajada de voltaje que hasta la fecha no ha experimentado con nadie"), la gran historia de amor del inventor se hace fábula y ciencia-ficción.

[Publicado el 18/6/2012 a las 09:00]

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El negro de las cumbres

Lo mejor de la nueva versión cinematográfica de ‘Cumbres borrascosas' (la quinta, si no cuento mal) es su gama de colores. La fotografía pictórica de Robbie Ryan, premiada en los festivales de Venecia y Valladolid, es de una suave calidad acaramelada en los interiores de la mansión elegante de los Linton, la llamada Granja de los Tordos, y tenebrosa y áspera en los paisajes del páramo de Yorkshire donde trascurrió la vida de las Brontë y trascurre la única novela que escribió en su breve vida Emily. Ryan abusa de la planificación entrecortada y la cámara a mano, pero eso no es culpa suya sino de la directora británica Andrea Arnold, que ya hacía gala del mismo nerviosismo cinemático en la anterior y sobrevalorada ‘Fish Tank'. Su ‘Cumbres borrascosas' tiene más méritos que los fotográficos, aunque curiosamente el mayor de todos también tenga que ver con el colorido: la elección de un actor de raza negra para encarnar a Heathcliff, uno de los grandes ángeles diabólicos de la literatura, que en el original es descrito, de un modo ambiguo, como "gitano andrajoso [...] con el pelo negrísimo [...] en perpetuo contacto con el polvo y el fango" (cito por la sólida y jugosa traducción de Carmen Martín Gaite publicada por Alba).

    La negritud de este Heathcliff, que desempeñan en la película de Arnold dos actores, Solomon Glave de niño, James Howson de hombre joven, le añade al relato una resonancia de clase y raza que enriquece el contexto; la tersa piel oscura del golfillo encontrado en los arrabales de Liverpool contrasta con la lechosa epidermis de los rubicundos moradores burgueses de las dos mansiones, dejando en el medio, con matices cambiantes y deslizante carácter, a Catherine, ese extraordinario personaje de mujer hipersensible y sensual, descarada y apasionada que, en uno de los momentos clave de la novela, le dice exaltadamente a la sirvienta Nelly: "Yo soy Heathcliff", una proclama de identificación y semejanza con el Otro, con el Negro, con el Amante indecoroso y que menos felicidad y sosiego le puede deparar.

      La exclamación, y sus significados, fueron fielmente reflejados en la mejor adaptación fílmica del clásico de la Brontë, la que dirigió en 1939 William Wyler, en una producción de alto rango de la Metro Goldwyn Mayer, escrita por Ben Hecht y Charles MacArthur, fotografiada por Gregg Toland e interpretada por un impresionante reparto encabezado por Merle Oberon (una Catherine decidida y delicada), Geraldine Fitzgerald como excelente Isabella y Laurence Olivier, que trata de poner una mirada aviesa y parecer sombrío sin conseguirlo siempre, pese a la abundante sombra de ojos y el pelo zíngaro. También la necrofilia y el lirismo desolado de los cerros llegaban con potencia en el film de Wyler, pese a los límites morales de la época y los decorados de estudio; Andrea Arnold, que es más verídica y ha rodado su película en los Dales de Yorkshire, no por ello consigue verdad novelesca.

      El fracaso de la que ahora se estrena está en su concepto. Si, en mi opinión, las ‘Cumbres borrascosas' de 2011 fracasan y a veces pueden enervar al espectador, no es por el convencionalismo rutinario que marcó las que dirigieron en 1970 el mediocre artesano Robert Fuest y en 1992 un para mí desconocido Peter Kosminsky (arropado éste inútilmente por Juliette Binoche y Ralph Fiennes), ni tampoco por los irrisorios diálogos ni el delirante ‘cast' de mexicanos, polaca y levantino que le sirvieron a Buñuel para filmar en 1954, también en blanco y negro, ‘Abismos de pasión', su peor película mexicana y sin duda la más involuntariamente cómica. En el caso de Arnold se trata de que la realizadora, que necesita 130 minutos de metraje para contar mucho menos de lo que contaba en apenas 100 Wyler, partiendo de una voluntad de autentificar y hacer más descarnada la novela de Emily Brontë, se deja llevar por un a menudo insufrible amaneramiento formal que poco a poco va la despoja de ‘pathos'.

     Además del color, Arnold ha cuidado mucho el sonido, y -sobre todo si se ve la película en una sala con un buen sistema Dolby- las ráfagas de viento, las puertas chirriantes y los acentos norteños, casi incomprensibles en su ruda prosodia, se convierten en datos narrativos. También ha simplificado un poco, (pero eso lo hacía también Wyler) el intrincado nudo de las dos familias, los Linton y los Earnshaw, tan presente en lo que Harold Bloom, más entusiasta del libro de lo que yo lo soy, describió como "la historia de unos matrimonios tempranos y unas muertes tempranas". La generación de los herederos del infortunio, que alarga la novela excesivamente, aquí no está, pero sí está, y se agradece, la extrema juventud de los actores, todos adolescentes, como los pinta Brontë (ni Oberon ni Olivier, y mucho menos la Irasema Dilian y el Jorge Mistral de Buñuel estaban entonces en sus "salad days").

     Es justo señalar, sin embargo, que de la agobiante caligrafía con la que Arnold se esmera en reflejar el universo de los insectos, las aves, tanto rapaces como enjauladas, los rostros mojados por la lluvia, las manos restregadas y los cabellos alborotados, los páramos verdes o nevados, sobresalen dos momentos de poderosa intensidad: el lamido de la lengua de Catherine de la espalda azotada de Heathcliff, siendo ambos niños todavía, y el beso en primerísimo plano de Isabella y el Heathcliff adulto, que acaba en la mordedura y la sangre. En esas dos breves secuencias se trasmite el arrebato sin ley del deseo, la ampulosa necesidad del gesto romántico y los ardores de un infierno matrimonial que parece sacado de un drama de Strindberg.

[Publicado el 11/6/2012 a las 09:46]

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La toruna gente

La tauromaquia siempre ha tenido sus intelectuales, entre los que no me cuento, pese a haberme enfrentado, hará unos treinta años, a una vaquilla de enhiesto astado en la plaza de Ronda, ante un público de filósofos del animal. Uno de aquellos, famoso por su rigor hegeliano, dijo de mi faena que había revelado "pundonor torero". Dejando de lado esa faceta mía de esporádico ‘maletilla', pertenezco a la mayoría de españoles que, sin tener afición a los toros, por nada del mundo lucharían -habiendo tantos combates más acuciantes que dar- por su abolición. De la corrida me gusta la musiquilla, la ropa exagerada de los oficiantes, el color negro y el color rojo, así como el desplante de los matadores, que a veces precede a su cogida, y la mirada aviesa de las reses antes de embestir. Y naturalmente me gusta la literatura que esta práctica bárbara y suntuaria ha inspirado.
Coincidiendo con las ferias de San Isidro y el arranque de la temporada, personas que respeto y admiro, como Mario Vargas Llosa, Eduardo Arroyo y Fernando Sánchez Dragó, han apadrinado un Espacio Arte y Cultura en una tienda montada junto a la plaza de las Ventas de Madrid; no estuve en la inauguración de la carpa, pero sí he celebrado un acto taurino disfrutando de la lectura de un libro estupendo que ha llegado a mis manos hace pocos meses. Se trata de ‘Fernando Villalón: la pica y la pluma' (Espuela de Plata, Sevilla 2011), obra de un estudioso francés, Jacques Issorel, que ya hace años publicó una modélica edición de la poesía y la prosa de Villalón y ahora vuelve, en el reciente título, a comentar y recopilar una muestra muy rica de la obra del escritor sevillano.
Villalón fue un raro, y no por la bohemia ni la penuria. Hijo de una familia aristocrática originaria de Morón de la Frontera, rico hasta que la crianza del toro bravo le arruinó, debió de ser una mezcla de señorito andaluz y ‘dandy' futurista, del que Rafael Alberti contó en sus memorias una escena muy divertida, conducidos García Lorca y él por las intrincadas calles de Sevilla y a toda velocidad por un Villalón que, dando bocinazos como un loco y soltando el volante de su pequeño bólido automovilístico, recitaba a sus aterrados amigos el poema que tenía a medias, ‘El Kaos'.
Como poeta, sin embargo, Villalón se encuadra bien en la Generación del 27, pues sabe ser gongorino, ‘cantaor', populista y atrevidamente sofisticado en las metáforas. De su obra, no muy extensa (murió, antes de la guerra civil, sin haber cumplido los cincuenta), es incomparable su largo poema de 521 versos ‘La Toriada', publicado en 1928 y fenomenal en su mezcla de hímnica taurina y retórica barroca. De ese gran poema, que trata de reflejar las interioridades de lo que él llama "la toruna gente", he leído en voz alta en estos días de paseíllos y orejas cortadas una de sus estrofas más inolvidables, que Issorel recoge en su antología: "Turiferario hocico, blanco humo / exhalan sus ollares respirando; y el impreciso grumo / sus bárbaros maitines, / -que agudos de metal suenan clarines-, / en coro va los valles atronando". Difícil ser más exquisito y menos banal hablando de ese rito que la ecología primaria trata de condenar por salvaje y patán.

[Publicado el 04/6/2012 a las 11:17]

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Sigfrido como ismo

Sigfrido Martín Begué era tan artístico en sí mismo que a veces se corría el riesgo de dar por descontado su arte. Pasará el tiempo, sin embargo, pasarán las modas, se acartonará la carne de ciertos ídolos momentáneos, y allí seguirá él intacto. El gran pintor de un mundo que comprende tanto el santoral como la demonología. El ilustrador ocurrente de textos que saltaban, gracias a su dibujo, de la página impresa. El inventor de joyas que nos hemos puesto y que, contra todo pronóstico, hicieron hasta a los del montón hermosos y deseables. El diseñador de muebles que nos han sostenido en su aparentemente imposible geometría y su colorido, que más que pintado parecía confitado. El creador de escenografías de fondo inabarcable y de vestidos que los cantantes y los bailarines querían ponerse también al salir a la calle, después de la función, para alegrar los ojos de la caterva que no va al teatro.

      Pero hablemos también un poco de la persona privada, si es que Sigfrido no fue, por su opulenta entrega a los demás, enteramente público. Público de sí mismo, pues siendo una de las personas con más refinado instinto histriónico, uno tenía a menudo, al estar con él, la sensación de que el espectáculo ‘martínbeguesco' iba en primera instancia dirigido al espectador de la fila cero que llevaba su propio nombre. Público y privado, secreto y expansivo, derrochador de palabras y muy celoso en sus quehaceres. Son sólo algunas de las paradojas de nuestro amigo.

      La obra de arte total empezaba en él por la punta de los pies, sólidamente enfundados en zapatos de buena piel que, dado el atropello con el que pasó por el mundo, también pudieran haberle servido como botas de siete leguas. Dentro de ese calzado de exquisita factura estaba el calcetín, una prenda que la mayoría de los hombres juzga perfunctoriamente funcional y para Sigfrido, por el contrario, tenía un contenido muy superior al que permite la podología. En sus calcetines de color vivo y estampación abstracta había una toma de postura ajena a la veleidad llamativa del ‘dandy'. Con sus calcetines, Sigfrido enunciaba una estética que también le define como artista: lo que no se ve está ahí, y no hay ninguna obra de arte, como ninguna vida, que no dependa del rico acopio de los complementos. La zumba implícita en sus alegorías más serias era así tan importante como la pincelada o la viveza cromática del cuadro, del mismo modo que el vestuario, subiendo ahora ya por el resto del cuerpo ‘sigfridiano', alcanzaba un apogeo trascendental en su legión de corbatas, a veces aquejada de bajas y siempre renovada con especimenes aún más aguerridos y vistosos.

    Sigfrido disfrutaba del ocio como pocos seres humanos que yo haya conocido, pero lo hacía, con suprema elegancia, después de haberse dejado la piel en el trabajo. La muerte nos ha privado del amplio campo de su madurez artística, y a mí me quita las ganas de confeccionar a solas el proyecto que teníamos ‘in mente' desde hace años: un libro con el ‘table-talk' de las ocurrencias ajenas y propias, entre las que muchas de sus improvisadas ingeniosidades habrían sido las mejores.

     Nos queda, además del recuerdo y la obra, su ‘ismo', que podría añadirse sin desdoro a los que Ramón Gómez de la Serna intercaló unipersonalmente entre los ‘ismos' de la vanguardia: ‘Daliísmo', ‘Picassismo', ‘Apollinerismo', ‘Ducassismo', ‘Riverismo', ‘Lipchitzmo', ‘Archipenkismo', y otros más recónditos.

    Sigfrido no tendrá probablemente imitadores, pues sin él presente la escuela o el taller carecerían de toda gracia. Presiento sin embargo que el futuro le será acogedor, y entonces hablaremos, nosotros o los que nos sigan en el descubrimiento, de esa página única de la historia del arte español llamada el ‘Sigfridismo'.

 

[Texto escrito como pórtico a la edición de una carpeta de grabados en homenaje al artista]

[Publicado el 21/5/2012 a las 16:59]

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El arte del carteo

Confieso de antemano un interés particular en el asunto que trato, el casi desaparecido arte (o al menos costumbre) de la correspondencia. Conservo en mi poder miles de cartas recibidas a lo largo de mi vida y mandadas por todo tipo de personas, escritores de gran renombre y criaturas sin ‘pedigree’, del mismo modo que, si sus destinatarios no las perdieron o quemaron por despecho (en el caso de las amorosas), en algún baúl o alacena estarán las que yo esmeradamente he escrito sin cesar hasta hoy mismo. También confieso, y no es un secreto, que hace unos pocos años escribí una extensa novela de casi 500 páginas toda ella desarrollada en cartas cruzadas por un gran elenco de personajes reales e inventados de la España del siglo XX. El libro, que llevaba por título ‘El abrecartas’, obtuvo varios premios ‘a posteriori’, y me proporcionó además un incomparable regalo: Correos editó una estampilla de curso legal con la portada de la novela, que utilicé, hasta casi agotar la edición de 300 sellos, en las cartas con sobre que seguí enviando a mis amistades.

    Se entenderá por ello que celebre la tendencia editorial, nueva entre nosotros, a publicar de modo constante correspondencias; uno de los mejores libros del año pasado fue para mí el cruce de cartas entre Carmen Martín Gaite y Juan Benet (muy bellamente producido por Galaxia Gutenberg), y ahora mismo leo con placer el grueso volumen recién publicado por Edicions 62 con el carteo del gran Llorenç Villalonga y su más joven y persistente amigo Baltasar Porcel, que, pese a su título en catalán, ‘Les passions ocultes’, están en el 90% del total escritas en castellano.

   Por las mismas razones, acudí con ilusión a la Biblioteca Nacional para ver lo que prometía ser un festín: 500 años  de escritura de cartas, como dice el subtítulo de una exposición titulada, con cierta ordinariez, ‘Me alegraré que al recibo de ésta’. La decepción duele, pues se trata de una muestra diminuta y confusa, montada en un pasaje del Museo del Libro, en la planta sótano de la Biblioteca, y desprovista de catálogo o mero folleto explicativo. El visitante, si logra encontrarla y deslindarla del resto de contenidos del museo, encontrará cosas curiosas, como los manuales para enseñar a escribir cartas, y alguna rareza, no siempre bien articulada con el resto del material. La curiosidad chismosa, tan legítima cuando las cartas tienen historia o nombre, sostiene los pocos gozos de la exposición; una misiva de Valle Inclán a Azorín del año 1923, en la que destaca la letra vigorosa del gallego, con sus mayúsculas reforzadas, o el apelativo con el que Doña Emilia Pardo Bazán encabeza una de sus cartas amorosas a  Don Benito Pérez Galdós: “mi ratón del alma”. La época contemporánea está muy mal reflejada, y sólo nos consuela (un poco) la carta en la que María Teresa León, escribiéndole desde Roma en 1969 a su amiga Olga Moliterno, después de exponerle ciertas cuitas familiares se queja de que Sarita Montiel, así la llama, aún no les ha pagado un libro y un dibujo de Rafael Alberti. No sabemos si la pobreza de esta exposición se debe al presente curso de los tiempos o al hecho de que la inveterada falta de atención a ese importante capítulo literario que son las cartas haya desprovisto a la primera biblioteca de España de un buen fondo del que tirar.

[Publicado el 07/5/2012 a las 09:00]

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El antimoderno convulso

'Fausto’ no es una película para almas impacientes. Aunque menos larga, con sus 134 minutos de metraje, que alguno de sus poemas documentales más celebrados (‘Confesión’, “novela corta cinematográfica en cinco capítulos“, de 210 minutos de duración, y ‘Voces espirituales’, que alcanzaba los 340), Sokurov se toma su ‘tempo’ y sus circunloquios, si bien es cierto que en este caso le justifica la fuente literaria de la que parte, el ‘Fausto’ teatral de Goethe, que en su redacción última superaba las 300 páginas. Y tampoco está hecha para espectadores de estómago delicado: arranca con la escena de la autopsia de un cadáver pútrido, que no elude ninguna de sus interioridades, y contiene además laceraciones, lepras, úlceras, evisceraciones, homínidos en estado fetal y, en una secuencia memorable, el desnudo integral de Mefistófeles (nunca llamado así en el film) entrando en unos baños públicos y mostrando su cuerpo monstruoso de minúsculo rabo anal y carnes adiposas carentes, allí donde tenía que estar, de miembro viril. El diablo de Sokurov parece una figura salida de un cuadro de El Bosco, que es una referencia estética, pero no la única, de una película llena de recursos pictóricos.

 

    ‘Fausto’, premiada en la última Mostra de Venecia con el León de Oro, es, si no me equivoco, la tercera obra fílmica del artista ruso que llega a nuestras pantallas de estreno, después de ‘Aleksandra’ y ‘El arca rusa’, aunque sus trabajos plásticos y videográficos circulan con regularidad por los museos y galerías de arte de vanguardia, en Madrid y, ahora mismo, a través de un ciclo de sus series militares en el MACBA de Barcelona. Discípulo confeso del gran cineasta Andrei Tarkovski, de quien hizo un elocuente retrato libre en su ‘Elegía de Moscú’, Sokurov es un antimoderno radical; se confiesa deudor conceptual del siglo XIX, y sostiene que el cine que hoy se exhibe en salas comerciales debería llevar, como los paquetes de cigarrillos, el aviso de que lo que se va a ver “es peligroso para el espíritu”. En ese sentido, era reveladora en ‘El arca rusa’ la presencia, como protagonista, maestro de ceremonias y alter ego del director en el recorrido (una sola toma de 96 minutos) por el Museo del Hermitage, del Marqués de Custine, fascinante figura del pensamiento reaccionario decimonónico, cronista lúcido de la Europa de su tiempo, homosexual rampante y legitimista monárquico.

    ‘Fausto’ es el segmento final de una tetralogía fílmica sobre el poder, hasta ahora centrada en grandes dignatarios políticos del siglo XX: Hitler (en ‘Molokh’, de 1999), Lenin (en ‘Telets’, 2001) y el emperador Hirohito (‘The Sun’, 2005, única de las cuatro que no he visto). En las dos primeras, Sokurov utilizaba actores y fondos de archivo para sus alegorías, mientras que en ‘Fausto’ sigue un tratamiento de ficción pura y una iconografía romántica, siguiendo con notable fidelidad las acciones y muchas de las palabras del texto de Goethe. El propio director ha aclarado la vinculación del conjunto: “Los tiranos de las películas anteriores de la tetralogía se veían a sí mismos como representantes de Dios en la Tierra, pero hacían un desagradable descubrimiento: sólo eran humanos. En Fausto sucede lo contrario: un hombre se convierte en ídolo ante nuestros ojos. La marcha triunfal de Fausto por el mundo sólo es el comienzo […] Se marcha para convertirse en un tirano, un líder político, un oligarca”. El espectador no verá la resolución de ese proceso simbólico, y Sokurov, con cierta malicia, lo corrobora al hacerse esta pregunta: “¿Es casualidad que el autor del film interrumpa ese viaje?”.   

      Como el Marqués de Custine, Sokurov es un intempestivo, que busca la belleza convulsa del irracionalismo contemporáneo, aunque no podamos decir que se trate de un hombre que guste de Breton y del surrealismo programático. De buscarle otro paralelo excéntrico, yo pensaría en Lautréamont, compartiendo ‘Fausto’ con ‘Los cantos de Maldoror’ una deslumbrante riqueza metafórica, una oscuridad que incita a seguir mirando, y un paroxismo un tanto sensacionalista, con el que nos sacude, nos desconcierta y nos perturba con frecuencia. Para conseguir sus efectos, Sokurov se sirve en su película de un actor especialmente inspirado, Anton Adasinsky, que interpreta al deforme demonio tentador, y de unos procedimientos formales que suele utilizar: el uso de filtros de color y juegos monocromos en la imagen, y la deformación anamórfica del encuadre, por medio de una especie de contracción de los fotogramas que no siempre resulta relevante. Aun así, ‘Fausto’ interesa e intriga en todo momento, y tiene momentos de singular belleza: las secuencias en el interior de la iglesia, bañado de una luz blanca que apunta a la abstracción, y el largo paseo por los bosques de las dos parejas formadas por Fausto y Margarita y la madre de ésta acompañada de Mefistófeles; la escena da un sentido a la película, pero es asimismo el recordatorio del talento de paisajista de Sokurov. Con lo que podríamos llamar su naturalismo místico, el director ruso consigue que la aridez y la autocomplacencia de algunos de sus títulos, como las citadas ‘Confesión’ y ‘Voces espirituales’, posean una intensidad lírica próxima a la de Tarkovski.

    Odiado por muchos y adorado por los ‘happy few’, ignorado y premiado, Alexandr Sokurov es, como los recientemente fallecidos Theo Angelopoulos y Raúl Ruiz, un cineasta portentosamente ambicioso e intermitentemente desigual que nunca he dejado de seguir con pasión. Alguien, y ahora hablo sólo de él, de quien me aleja su espiritualidad de cuño religioso y tal vez ciertos posos ideológicos heredados del zarismo, pero al que no olvido como autor de tres obras maestras fundamentales: ‘Sonata para viola’ (original retrato del compositor Shostakovich, realizado en 1981 en colaboración con Semyon Aranovich), la profundamente conmovedora ‘Madre e hijo’ (1996) y ‘El arca rusa’ (2002), incomparable e hipnótica metáfora del peso del pasado en un presente sin norte.

[Publicado el 30/4/2012 a las 09:00]

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Una noche, un tren

Veinte años después de haber obtenido (y rechazado) el premio Goncourt por ‘El mar de las Sirtes', Julien Gracq publicó en 1970 con su habitual editor francés José Corti ‘La presqu´île' (‘La península'), un volumen narrativo compuesto de tres relatos sin más unidad que la impuesta por el estilo y la inspiración del paisaje transfigurado de uno de los más grandes novelistas del siglo XX. La segunda parte independiente que daba título a aquel libro, ‘La península', nos llega en castellano editada por Nocturna, que ya sacó anteriormente, por separado, la tercera y más breve, ‘El rey Copetua', también en traducción de Julià de Jòdar. No quisiera quedar como un exagerado al afirmar que este libro de poco más de cien páginas, y en esta versión, constituye un acontecimiento literario que, probablemente, no situará a Gracq en las listas de los ‘best sellers'; nunca fue, y no podía ser, un autor de muchedumbres, pese a su estatuto de clásico moderno en Francia, ya entronizado desde los años 90 en los dos volúmenes de sus obras completas dentro de la Bibliothèque de la Pléiade.

      Preguntado en cierta ocasión sobre el influjo de su formación científica en su obra, Gracq respondió que "cuando se ha hecho geografía física es igual de imposible al mirar un paisaje dejar de ser geógrafo de lo que lo es para un médico que mira una escultura olvidar la anatomía y las sesiones de disección". Gracq el escritor (escindido del profesor de geografía Louis Poirier, su verdadero nombre) hace habitable en sus novelas una Bretaña primordial y descrita en bellísima minucia como un lugar lleno de resonancias del tiempo ido pero a la vez sujeto al color y a las figuraciones de lo contemporáneo. De hecho, el protagonista de ‘La península', Simon, se pasa casi todo el relato conduciendo su coche y esperando trenes que pueden traer de pasajera a Irmgard, la amante con la que fantasea en un delirio diurno o sueño anticipado.

     Gran maestro en el arte descriptivo, equiparable a Proust, Gracq usa las palabras llevado por una sensualidad del sonido que le procura al lector no ya aquel "placer del texto" que señalaba Barthes, sino una intensa y verdadera lujuria de la lengua. Todo ello sin amaneramiento ni poses verbales; ‘La península' avanza al ritmo de la espera de Simon, angustiosa y sensual, sostenida la trama por el movimiento interno de una sucesión de metáforas que nunca son estampas, pues añaden densidad dramática y crean tensión. Cito un ejemplo: "tan cerca como estaba ahora del placer que el tren nocturno le acercaba a toda velocidad, le parecía que el paisaje que le rodeaba hubiera debido de enarbolar alguna señal precursora, algo así como esas comitivas musicales, esas calles alfombradas, esas carretas enjaezadas que advierten de la proximidad de las romerías aldeanas".

    Científico de la construcción narrativa y orfebre de la frase (y modelo en las dos instancias de Juan Benet, para quien fue seminal, más que Faulkner), leer a Gracq consiste en introducirse en un paraíso intoxicante donde, entre la vegetación frondosa y bellísima siempre hay, a punto de brotar, un convulso mundo de pasiones (el escritor coqueteó con el Surrealismo y publicó un libro, lleno de interés, sobre André Breton). Da gusto poder decir que en Julià de Jòdar Julien Gracq ha encontrado a un traductor de una calidad extraordinaria, nada frecuente, y mucho menos al enfrentarse a quien es, por su ritmo, su precisión y la riqueza un tanto arcaizante del léxico, un autor de los que se suele considerar intraducibles. Aquí está, traducido de modo deslumbrante por un novelista -y eso produce más asombro- de lengua catalana que maneja el castellano con un rigor y una inspiración inmejorables. Sólo es de señalar, a riesgo de caer en la mezquindad ante un trabajo de tanta perfección, el pequeño desliz de ese "llegase con el tren" (por "serait dans le train") o el uso corrompido por el habla corriente de "derelictos" en vez de "derrelictos", aunque es de justicia resaltar que la recuperación de la palabra castellana en su acepción auténtica de sustantivo (traduciendo la francesa "épaves") es uno de los incontables logros del traductor.

[Publicado el 23/4/2012 a las 10:48]

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Marina y Antony, Bob y Willem

Hay varias combinaciones para enfrentarse a Vida y muerte de Marina Abramovic, el espectáculo que se representa en el Teatro Real de Madrid hasta el día 22 de abril. La primera empareja a la artista conceptual y performer que da título a la obra con quien fue durante años su amante y colaborador artístico, Ulay, evocado en la obra teatral y presente en alguno de los fascinantes materiales videográficos que se pueden ver en la exposición Abramovic abierta en la galería madrileña La Fábrica hasta el mes de junio. En la galería vemos el cuerpo y la sangre (el substrato sado-masoquista es esencial) de ‘la Abramovic', y llamarla así, con el artículo delante de su apellido, al modo de la Callas o la Caballé, tiene sentido, pues en el Real su porte, su imponente figura estatuaria y sus modos son operísticos; desgraciadamente, su voz ni es operística ni es buena, y la canción que interpreta, medio hablándola, en el segundo acto constituye el único momento irrelevante y mortecino de la velada.

        Pero hay otro raro y anómalo emparejamiento, también de índole amorosa, aunque casta, que une a la artista serbia con su alter ego en escena, la estrella pop inglesa Antony, que aparece sublime vestido de tumba etrusca y canta, él sí divinamente, unas piezas melancólicas y de un barroco muy contemporáneo.

     La tercera pareja la forman dos cómplices excepcionales, Bob Wilson y Willem Dafoe, que trabajan juntos por primera vez y se han entendido a la perfección, Wilson como director y diseñador de escena, el segundo como actor principal y narrador de la obra. Era estimulante, el pasado martes 10 de abril, en el ensayo general con público (un llenazo) ver a Wilson, sentado en el patio de butacas junto a su mesa de trabajo, reírse con las intervenciones irónicas o dramáticas de su actor; las carcajadas de gozo del director eran siempre las primeras y más sonoras.

    Preguntado en una reciente entrevista, mientras ensayaba en Madrid, por el sufrimiento implícito en un trabajo tan riguroso y matemático como éste, el cantante Antony tuvo una respuesta con la que concuerdo plenamente: crear no es ese dolor que muchas veces se compara ginecológicamente con un parto. La creación artística, por difícil y arriesgada que sea, tan sólo requiere "sentimientos fuertes". Los hay, bajo su apariencia de gélida belleza y ‘burlesque', en esta inolvidable Vida y muerte de Marina Abramovic.

[Publicado el 17/4/2012 a las 11:13]

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Esencias poéticas

Durante años, Loewe fue para mí el nombre de un perfume por el que notaba la presencia de un amigo muy querido que siempre se lo ponía. También sabía, claro, que la marca, de fama internacional, producía bolsos y maletas, hermosos chaquetones de piel (demasiado caros tal vez para mi bolsillo) y corbatas de estampados zoológicos y blasonados, una de las cuales, que me regaló una chica por Reyes, aún conservo y me pongo de vez en cuando, ahora que la prenda -como yo mismo- tiene categoría de ‘vintage'. Pero llegó un momento en que esta firma, llevada por el entusiasmo de Enrique Loewe, empezó a patrocinar a través de una fundación un premio poético, en realidad dos, y la casa de alta costura se ha convertido en uno de los más importantes centros de irradiación de la poesía en lengua castellana; este año se ha concedido el que lleva el número XXIV en su modalidad ‘senior' (el de Creación Joven quedó desierto), y el libro que lo ha ganado, ‘Canción en blanco', es de extraordinaria calidad.

Impresiona ver en el ejemplar ganador, muy bien editado como es norma de la casa por Visor, los nombres del jurado, García de la Concha, Brines, Caballero Bonald, Colinas, García Baena, Siles, Villena, Pérez Azaústre (que ganó el año pasado), así como el listado de los antecesores en el premio, que se lee como un censo de la mejor poesía española de las tres últimas décadas (hay tres premiados latinoamericanos, para mi gusto de inferior calidad). A ellos se suma hoy Álvaro García, malagueño del año 1965, muy buen poeta y traductor, entre otros, de Auden, Larkin, Kipling y Margaret Atwood, que ofrece en ‘Canción en blanco' algo nada frecuente entre nosotros, un poema largo, unitario, de quinientos versos, en los que el curso narrativo de cuño anglosajón se ve realzado por ciertos brotes visionarios, irracionalistas, y una honda potencia lírica en el tratamiento del tema amoroso.

Como ha indicado su autor, ‘Canción en blanco' sitúa en un hotel de una gran ciudad a una pareja de amantes: "el mismo punto inmóvil / del mundo giratorio y azulado / en cuya habitación / de este hotel junto al mar / también ahora nacemos". Es un poema de cámara, por tanto, en el que, sin embargo, el reflejo urbano entra a ráfagas, algunas de sorprendente elocuencia: "Un último suspiro de la ciudad en sus luces / y empezaba a hacer frío cuando suenan / los silbidos de un loro o los de un loco". En esta hermosa cantata hay reflexiones íntimas y miradas al exterior, sobre un fondo febril ("es como si la luna / ardiera para dos") que oscila entre la aceptación melancólica ("Somos un animal que es dos humanos") y la exaltación erótica: "Con dedos de saliva me recorres / igual que las mareas trabajan una roca, / exhausta al fin en una espuma blanca." El singular relato poético acaba, como las mejores novelas de amor, con el anticipo de la amargura final que toda gran pasión contiene dentro de sí: "Puede que un día estemos / juntos en el olvido uno del otro." Pero la voz de Álvaro García nunca deja de ser sensual y placentera, y el último verso de ‘Canción en blanco' dice así: "La muerte tendrá dentro memoria de un sol vivo".

[Publicado el 09/4/2012 a las 10:31]

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El género español

Por primera vez en mi memoria de los premios Goya, que cubre, si no me equivoco, los veintiséis años trascurridos desde su inicio, las películas con el mayor número de nominaciones eran todas de calidad. Faltaban, a mi juicio, entre las candidatas dos de las propuestas más estimulantes y ambiciosas del 2011, ‘Los pasos dobles', de Isaki Lacuesta, y ‘La mitad de Oscar', de Manuel Martín Cuenca, un poco raras ambas, quizá, o recalcitrantes, para el gusto académico, aunque Lacuesta sí vio reconocido otro trabajo suyo, ‘El cuaderno de barro', entre las nominadas al mejor largometraje documental. No ganó el premio, concedido, en un acto de justicia metajudicial a ‘Escuchando al juez Garzón', la entrevista que Manuel Rivas le hace a palo seco ante la cámara al magistrado perseguido. El galardón, y las palabras combativas de la directora del film, Isabel Coixet, movieron al aplauso a la sala, mientras quedaban quietas las manos del ministro y el subsecretario de Cultura, presentes en la entrega.

Más que hablar de mi acuerdo o desacuerdo con los resultados, me gustaría hablar de tendencias, ya que las cuatro finalistas a mejor película y mejor dirección, ‘Blackthorn' de Mateo Gil, ‘La piel que habito' de Pedro Almodóvar, ‘No habrá paz para los malvados' de Enrique Urbizu, y ‘La voz dormida' de Benito Zambrano, son obras de género, cada una en su registro, como también lo es la quinta triunfadora, ‘Eva', que obtuvo tres ‘goyas', entre ellos el de mejor director novel para su joven autor Kike Maíllo. ‘Eva', a mi modo de ver la película española más redonda del año pasado, pertenece a un género poco frecuente aquí, el de la ciencia-ficción, y de ahí que resalte más el logro de Maíllo; tiene un guión muy bien escrito (en el que colabora el dramaturgo Sergi Belbel), unos actores estupendos (con un Lluís Homar sensacional haciendo de robot tocado por la ‘comedia del arte') y un conglomerado de aciertos técnicos y visuales más cercanos al aparato industrial de Hollywood de lo que entre nosotros es habitual. También tiene las ingenuidades de la fantaciencia, que no resultan nunca ñoñas, matizadas, como lo están muy efectivamente, por el humor.

La película ganadora de seis ‘goyas', incluyendo los dos principales, ‘No habrá paz para los malvados', es un competente ‘thriller' de policías problemáticos, un género pujante dentro del género del cine negro actual. Urbizu, que no elude los tópicos cuando se le presentan en su propio guión, dirige siempre con brío, rara vez con genio, que es lo que le sobra a su máximo rival del año, Almodóvar. ‘La piel que habito' (con cuatro ‘goyas', ninguno para él directamente) puede tener ciertas descompensaciones en el trazo dramático y tal vez un abuso del ‘flashback', pero es una obra deslumbrante en su relato, en su refinamiento formal, nada veleidoso, y en su propuesta de cine gótico, que transforma el motivo del ‘mad doctor' fílmico (los doctores Jekyll y Caligari, Moreau, Mabuse o Quatermass) en algo más: una profunda exploración de los mecanismos creativos y del rol del artista como gran cirujano de las formas imaginarias. Es además admirable ver al cineasta seguramente más famoso hoy en el mundo dando un salto semántico fuera de la comedia y el melodrama, donde se le reconoce la maestría, para explorar el terreno nuevo del cuento de terror.

Aunque es, de todas las candidatas, la que menos me gusta, ‘La voz dormida' (con premios a dos de sus actrices y a la canción original) es un ejercicio solvente y bien tramado del género historicista de la guerra civil, arrasador por cierto en los ‘goya' del año pasado gracias a ‘Pan negro', ya comentada en su día, con respeto y decepción, en esta misma página de la revista. La película de Zambrano, que adapta la novela de éxito de Dulce Chacón, se asemeja en su tono, en su buen acabado y en su sesgo ideológico al muy popular culebrón de izquierdas de Televisión Española, ‘Amar en tiempos revueltos'. Las razones del gran fracaso en el ‘box office' de ‘La voz dormida' las veo claras: su vibrante lectura republicana y laica de la represión en el primer franquismo está concebida para un espectador de ideas afines al que la blandura sentimental del tratamiento dramático le resulta ajena. Mientras que ese sentimentalismo, en la segunda mitad del film muy acentuado, podría haber seducido a los espectadores más convencionales y acomodaticios, que no quisieron pagar el precio de una entrada para recibir un mensaje tan inequívocamente progresista. ‘La voz dormida' tenía a su público reñido.

Lo más inesperado de los premios de este año es todo lo relacionado con ‘Blackthorn', segundo largometraje del director canario (y coguionista de Alejandro Amenábar) Mateo Gil. Tuvo muy buen crítica en su estreno a principios del verano pasado y un pobrísimo balance económico en las salas de exhibición, del todo inmerecido, pues es un ‘western' crepuscular de excelente factura, magnífico guión y un gran duelo de titanes interpretativos entre Sam Shepard y Stephen Rea, a los que Eduardo Noriega responde con aplomo y en un inglés comprensible. Película alabada por los que la vieron pero maldita, ‘Blackthorn' renació (un poco) en los cines al obtener once nominaciones, y ahora se ha ido con cuatro premios (producción, fotografía, vestuario y dirección de arte). En este caso, el gran público nacional tal vez se vio ante un dilema, y eso le retrajo en taquilla: pese a nuestro pasado almeriense como escenario del spaghetti-western, la novedad de un film del oeste de ambiente boliviano posiblemente hizo que este noble y acreditado género cinematográfico no pareciera lo suficientemente español.

[Publicado el 02/4/2012 a las 08:45]

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Foto autor

Biografía

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), y en 2011 El hombre que vendió su propia cama (Anagrama).

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

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