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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 24 de septiembre de 2020

 Vicente Molina Foix

Anne y Kitty

Un artículo de Ian Buruma me llevó al Diario de Anne Frank, un libro célebre que nunca había leído y resulta no ser un diario. Esta obra maestra de la novela del siglo XX empieza con la declaración de una niña al cuaderno en el que anotará, durante poco más de dos años, sus bromas, su ansiedad, sus ensueños (no todos fallidos), su enamoramiento catastrófico de un chico tímido, refugiado judío como ella en una buhardilla de Amsterdam. Al cuaderno le da un nombre, Kitty, y más que depositaria, Kitty es la parte callada de una de las parejas imaginarias más felices de la narrativa del yo (hay una ejemplar edición en Debolsillo, puesta al día y muy bien traducida por Diego Puls).

Anne, como si quisiera endulzar su temido destino final, se afana a lo largo de 350 páginas en entretenernos, en guiñarnos el ojo, en revelar su corazón de un modo travieso que tiene tanto que ver con el genio como con la puerilidad, si es que no son la misma cosa, como sugirió Baudelaire al proclamar que el genio es la infancia recobrada a voluntad. Es un libro del Holocausto escrito por una juguetona de trece años que ya conoce el dolor y nos avisa de que la ficción y el humor proporcionan remedios. Comedia de enredos domésticos, prontuario de la conciencia del cuerpo adolescente, vaticinio del terror de los campos nazis, su Diario tiende a divagar, como la mejor literatura: la Oda a la estilográfica inserta en su entrada del 11 de noviembre de 1943 es memorable.

La niña Anne aspiraba a ser periodista y escritora. Tenía apenas 15 años cuando el 1 de agosto de 1944 su diario se cierra, y en fecha incierta, meses después, murió de tifus en cautividad. La salvación para la posteridad del "cuaderno Kitty" fue casi milagrosa. Pero los paliativos de la literatura no los pudo desarrollar para ella misma. A nosotros nos sirven de aliento.

[Publicado el 20/2/2020 a las 14:35]

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Telón

A la edad de 32 años eché cuentas: una cuarta parte de mi vida la había pasado en una isla septentrional a la que fui huyendo del hastío franquista y con la fantasía insensata de aprender inglés en cuatro meses. Ocho años después de llegar, sabida la lengua mal que bien, tuve oportunidad de establecerme en Inglaterra. Pero España era ya otra entonces y regresé, sin arrepentirme nunca, del país extranjero al que le debo mucho de lo que soy y lo más consistente de lo que sé. ¿Es hoy el mismo país?

De aquel tiempo británico recuerdo sobre todo sus teatros y sus iglesias, muy frecuentados unos, muy visitadas, sin rezos, las otras. Y pergeñé una tesis de andar por casa para explicarme la incomparable magnitud del teatro de lengua inglesa, uno de los capítulos mayores del arte de todos los tiempos: la palabra de Marlowe y Shakespeare, de Aphra Behn, Bernard Shaw, Oscar Wilde, Wesker, Pinter o Caryl Churchill, por citar unos pocos, sería la homilía civil de una cultura cuyos templos siempre le parecieron, al levantino barroquizante que nunca he dejado de ser, salones de actos construidos por arquitectos muy racionales. ¿Eran pues las iglesias anglicanas de la City escenarios de la persuasión religiosa, y los verdaderos altares de la imaginación más devota estaban apiñados en torno a las candilejas de Charing Cross y Piccadilly? Ya de turista en Londres, el día de julio de 1989 en que murió Laurence Olivier, rompí a llorar cuando todas las luces del West End se apagaron en señal de duelo. Qué buena tierra la que venera a actores y actrices con una fe que nosotros, tan besucones de pies y manos, no derrochamos.

Mi brete actual es ver a un payaso al frente del elenco que va a regir los destinos del admirado país. Un payaso que miente, cuando sabemos, por las palabras de Hamlet a los cómicos, que el teatro nació para "mostrar a la virtud sus dimensiones, a la estupidez su verdadero rostro".

[Publicado el 10/2/2020 a las 09:28]

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W. C.

Un incidente doméstico de Melania y Donald Trump me viene a la cabeza en estos días de aprietos del presidente que quizá no acaben en un apretón. Sucedió hace dos años cuando la pareja solicitó al museo Guggenheim de Nueva York el préstamo de un paisaje nevado de Van Gogh para decorar en sintonía la Casa Blanca. La conservadora-jefa Nancy Spector les hizo saber con seco humor que, indispuesto el vangogh, ofrecía en su lugar una pieza contemporánea, Amerika, del italiano Maurizio Cattelan, consistente en una primorosa taza de váter, con su mecanismo hidráulico y sus tuberías, todo ello confeccionado en oro de 18 kilates. Cien mil personas la frecuentaron, guardando la debida cola, cuando el Guggenheim la expuso en un retrete ad hoc, aunque no hay estadísticas del uso mingitorio, o mayor, de la obra, que funcionaba y tenía puerta.

Amerika fue robada el pasado agosto cuando se exponía, con la misma aglomeración de usuarios, en la manor house inglesa de Blenheim, y a día de hoy sigue sin aparecer, mientras se especula sobre su destino. ¿Fundida por desaprensivos para convertirla en lingotes de oro sin firma de autor? ¿Mandada robar, para su solaz, por algún jeque petrolífero de desmandado esfínter? Cattelan niega que su taza sea una metáfora anti-trump, y solo acepta la interpretación kafkiana del título, habiéndose inspirado, dice, en la novela Amerika del escritor checo. Yo también sostengo una hipótesis, aunque no dispongo de pruebas fecales. La letrina valorada en cinco millones de dólares, sustraída por complacientes esbirros rusos, según mi teoría la tiene en su poder Trump, aunque él mismo no tire de la cadena; sus senadores le limpiarán las vergüenzas en el excusado. Y mientras una facción de la primera potencia mundial adora a un ídolo chapado en oro, aquí seguimos metidos en el merdé diario del desdoro de la política. El nuestro, al contrario que Amerika, no es inodoro.

[Publicado el 03/2/2020 a las 16:01]

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Los años Sorogoyen

En la pasada década hay en el cine español un nombre clave que se dio a conocer en 2013 con un raro título, Stockholm; raro en tanto que la capital de Suecia no salía más que mencionada en el diálogo de una fiesta de jóvenes modernos y tampoco era una referencia argumental. En menos de diez años, Rodrigo Sorogoyen ha dirigido cuatro películas (desconozco una anterior a su década prodigiosa, Ocho citas, realizada a medias con Peris Romano en 2008) que han dado que hablar y acumularon premios, aunque la mejor de las cuatro para mi gusto, Madre, no aparezca extrañamente entre las nominadas a mejor película o mejor director en los Goya correspondientes al año 2019.

Sorogoyen, que no ha cumplido los cuarenta, procede del mundo de la televisión, donde fue guionista y director de series, pero no se le nota; su universo particular ni es historicista ni es costumbrista ni es fantástico, estando muy alejado así de los cánones de esos géneros tan televisivos. Sus guiones, escritos los cuatro en colaboración con Isabel Peña, son de una calidad infrecuente entre nosotros, y de un virtuosismo al dialogar que no da sensación de artificio: elaborados pero no laboriosos, como también saben serlo, por ejemplo, los de Tarantino. Junto a la escritura, el ojo al encuadrar y poner la cámara, la fulgurante cadencia del relato y un montaje que oscila entre el remanso y la catarata hacen de Sorogoyen, en mi opinión, el mejor narrador fílmico aparecido en España en lo que llevamos de siglo XXI. Su frecuente utilización del plano-secuencia, de la que volveremos a hablar, le confiere una personalidad formal en las antípodas de lo que esa misma querencia produce en las manos de Berlanga o Arturo Risptein, maestros del plano largo superpoblado; a Sorogoyen, por el contrario, le gusta alargar el tempo sin cortes pero con pocos personajes, como si estos fueran alfiles de un ajedrez que disponen de todo el tablero para moverse a su gusto.

En la citada Stockholm, dos personajes únicos (interpretados por Javier Pereira y Aura Garrido) se hacían un poco exasperantes en la peripatética primera parte del film, que parecía un cortometraje alargado, aunque los diálogos tuvieran gracia y la imagen fotográfica ya estuviese realzada por la iluminación de Alex de Pablo, otro colaborador infalible en las obras de Sorogoyen. Sucedáneo del espíritu gamberro de la Movida, o historieta de amor adolescente, la ópera prima en solitario del director daba un giro inesperado en su último tercio, dotando así a la historia de profundidad y misterio; un giro de horror macabro sin apenas sangre, desarrollado en una vivienda blanca e impoluta, antítesis de la densa noche madrileña de los dos paseantes. En el interior de ese piso (que se sabe por cotilleo cinematográfico que estaba en la céntrica calle Montera), la pareja protagonista no sólo se conoce sexualmente sino que se transforma, y esa metamorfosis es el tema de la película. ¿Se hace de repente un Madrid que podría ser de Fernando Colomo un Estocolmo, el espinoso Estocolmo de Ingmar Bergman? El bellísimo contrapunto se desliza hastaa la azotea del edificio, que vuelve a darnos un skyline madrileño y un desenlace de desesperación nórdica que más vale no contar.

Tres años después, Sorogoyen se pasa en Que Dios nos perdone al cine negro, con un ingrediente papal que sabe a poco y un subtexto religioso algo desdibujado. Inspirada en la mística del thriller hollywoodiense de los dos policías que trabajan juntos, el bueno y el malo (categorías que aquí se mezclan e interconectan durante la acción), la película explora también el territorio del psicópata asesino y anuncia en parte el tema central de su más reconocida y premiada (siete goyas en 2018) El reino, que para mí adolece del tratamiento periodístico de crónica política, aunque, como es marca de la casa sorogoyen, algunas secuencias y algunos personajes nos dejen con la boca abierta de admiración. Y así como la lectura "actual" de las tramas corruptas era, siendo cosa sabida, lo menos revelador de El reino, lo apasionante de Que Dios nos perdone, por encima de la figura tópica del criminal sado-edípico, resultaba ser la privacidad de los policías, con las memorables escenas del gazpacho, en las que Antonio de la Torre logra hacer olvidar el incómodo y pienso que innecesario tartamudeo impuesto a su personaje. Al igual que en Stockholm, Sorogoyen se afirmaba en esas dos siguientes películas suyas como poeta de la gran ciudad abigarrada y sombría, y también como artista de las malfunciones; sus protagonistas, hombres y mujeres que desempeñan roles de heroicidad y arrojo, de búsqueda y resistencia, son a la postre antiheroicos. Unos por accidente, otros por decisión propia, todos nos dan la imagen del desajuste y el desasosiego que impera en las películas del cineasta madrileño.

La urbe -pero no las sombras y su resquemor- desaparece de la reciente Madre, que es el cortometraje de igual nombre abiertamente continuado en un largometraje de más de dos horas. La osada idea de empezar un largo con un corto autónomo que sirve de prólogo al resto funciona de maravilla. El celebrado corto de 2017 es básicamente una llamada telefónica en un solo plano con dos actrices en tensión casi histérica y una voz infantil en off. En 2019, acabado dicho introito, la cámara de Sorogoyen se va al mar, sin perder la movilidad de esa formidable arma suya de expresión, el steadycam, que muchas veces sortea a trompicones los obstáculos surgidos en su camino y otras parece discurrir parsimoniosamente y con levedad.

Madre expanded, como podríamos llamarla, es la historia de una duda, también de una transformación, de una creencia espiritual no religiosa que confía en el reino del más allá o se lo imagina. Es decir, un precipitado de los motivos que interesan al tándem Peña/Sorogoyen. En esta ocasión, la continuidad de aquella llamada de Iván, el niño perdido del corto, se ramifica, sin perder su ambigüedad. Pasados diez años, según indica una cartela en el largo, la Madre, Elena, es camarera en un bar de la costa atlántica de Francia, vive con un novio español, y de aquel Iván, vivo o muerto, no sabemos nada. Lo que acabamos sabiendo es poco y también ambiguo, aunque suficiente, desde que aparece de improviso un personaje esencial de la historia en otro plano-secuencia de sutilísima configuración formal. El encuentro frente a frente en el restaurante ajardinado de la Madre (Marta Nieto) y el Padre (Raúl Prieto) adquiere una extraordinaria emotividad: la cámara avanza muy lentamente, como si la revelación que va a oírse exigiera el pudor de la morosidad. La reacción de Elena al oír la culpa del padre es salvaje y rápida, aunque tiene una (me pregunto si acertada) enmienda posterior.

Después de ese diálogo en parte aclaratorio sigue el misterio de este film tan rico en duplicidades del sentido. Sorogoyen, en unas notas de producción escritas por él, le traspasa al espectador el decidir si la película ocurre porque Jean (el adolescente francés de la playa) se parece a Iván, o porque Elena asume los costes sentimentales y el peligro de ese parecido improbable. Dicho de otro modo, sigue preguntándonos el director: "¿si Jean llega a aparecer dos años antes hubiera ocurrido lo mismo?" La pertinencia de las preguntas, y su osadía, refuerza el impacto de esta gran película. ¿Sería el beso de Elena y Jean en el coche de igual naturaleza? El deseo a un efebo de una bella mujer de media edad que sigue atrayendo a los hombres no es lo mismo que el ansia de besar a un niño que podría ser suyo. ¿Hay en el beso maternidad insatisfecha o atracción sexual? Quizá ambas a un tiempo, aunque es probable que ninguno de los dos sepa a quién besa.

[Publicado el 27/1/2020 a las 15:46]

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La fiscal

Cuatro días después de la exhumación del Generalísimo presenté con Almudena Grandes, Luisgé Martín y la librera y editora Mili Hernández un concienzudo estudio sobre el Derecho Penal franquista en lo tocante a la represión de los "estados sexuales peligrosos", obra del catedrático Guillermo Portilla. En primera fila del público se sentaba Dolores Delgado, en funciones entonces de titular del Ministerio de Justicia, impulsor del libro. Acabado el acto, la ministra se acercó a saludar, y creo no haber sido el único que se moría de ganas de oírle el relato en vivo de su rol destacado en Cuelgamuros y en el helicóptero mudo. Delgado fue muy discreta, aunque sí se refirió a algo visto por quienes seguimos la transmisión en directo aquel 24 de octubre: sus esfuerzos, a mi modo de ver logrados, por mantener en la salida del monasterio un semblante serio pero no apenado, propio de quien, como tantos millones de españoles, veía cumplido el traslado de un usurpador desde un sitial de honra a un lugar de reposo.

Me faltan conocimientos para dudar de los jueces opuestos a su designación de Fiscal del Estado, pero recelo de los hirientes ataques de los políticos, antes incluso de que la señora Delgado haya tomado posesión; por sus decisiones habrá que juzgarla si incurre en dolo. De momento lo propio es confiar en un currículum que parece adecuado y en iniciativas como la del compendio del profesor Portilla, que escarba y saca a la luz, comparándolas históricamente con las del nazismo, las persecuciones y condenas brutales llevadas a cabo por algunos magistrados de la dictadura de Franco, narradas con una hábil mezcla de cuento de terror y esperpento grotesco. No vaya a resultar a la postre que lo que a Delgado no se le perdone sea, más que su cargo de fiscal, su papel de notaria de uno de los hechos más dignos y justos de la democracia española.

[Publicado el 24/1/2020 a las 12:16]

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Ameztoy

No era un pintor olvidado pero sí amortiguado en el sentido más irrevocable, pues Vicente Ameztoy murió a los 55 años en 2001. En otoño su arte floreció de nuevo en el Círculo madrileño, donde puede verse hasta el 26 de enero, antes de que, muy ampliada, la exposición se instale en el Museo de Bellas Artes de Bilbao a partir del 12 de febrero. 
 
Integrante de un grupo de artistas vascos surgido en los 60, entre los que destacaban Marta Cárdenas, Andrés Nagel, Carlos Sanz o Mari Puri Herrero, la figuración de Ameztoy no se parece a ninguna, conteniendo ecos de tantas: pop art, surrealismo, post-prerrafaelismo místico-pagano, paisajismo alegórico. Tangencias. El donostiarra fue un creador demiurgo, y pocas trayectorias ofrecen un universo tan original como el suyo. Ameztoy fundó un paraíso tal vez perdido, lo diseñó en varias dimensiones, le dio colores que están entre los más vivos de la pintura contemporánea, y después, como un dios del pincel, lo pobló de habitantes para que su adán y eva primigenios no estuvieran solos en un jardín ameno tan inquietante. Una galería humana, o quizá sobrehumana, de la sensualidad, de la sacralidad laica, de lo siniestro, que brilla en piezas extraordinarias como la conversation piece vegetal procedente del Artium de Vitoria, el retablo de Remelluri o los retratos imaginarios de Virginia Montenegro y del pintor Goenaga: obras miniadas de un manierismo aumentado por la lente del ingenio irónico.
 

Muchos de sus dibujos y sus cuadros parecen fantasías realizadas al despertar. Y aunque Ameztoy no era hombre de programas, su arte coincide con lo que André Breton predicaba en el Primer Manifiesto: la búsqueda de lo maravilloso en la confluencia de las "ruinas románticas" y los "maniquís modernos". Ameztoy o el romanticismo de las marionetas que saben más soñar que razonar.

[Publicado el 17/1/2020 a las 14:12]

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Mi lista de mejores películas del 2019

1. Parásitos. Bong Joon-ho. El teatro de la crueldad de la lucha de clases.
2. Érase una vez ...en Hollywood. Quentin Tarantino. Documental ficticio basado en (algunos) hechos reales.
3. Largo viaje hacia la noche. Bi Gan. Escritura automática de la más dislocada belleza (o "es locura, pero metódica", la frase de Polonio sobre el príncipe Hamlet).
4. Agnès por Varda. Los testamentos nunca traicionados de la mayor cineasta bipolar de la historia
5. Dolor y gloria. Pedro Almodóvar. Resonancias magnéticas de un cuerpo herido y memorioso.
6. La balada de Buster Scruggs. Hermanos Coen. Desigual película de episodios, con algunas de las más geniales bufonadas de estos dos comediantes del cine.
7. Un hombre fiel. Louis Garrel. Delicadísima miniatura de aparente "marivaudage". Y el mejor guión firmado en su larga carrera por Jean-Claude Carrière.
8. El peral salvaje. Nuri Bilge Ceylan. Densidad turca envuelta en una bruma poética de arrolladora personalidad.
9. Madre. Rodrigo Sorogoyen. Un cortometraje brillantísimo expandido en una ambigua y fascinante misa laica.
10. Si se me permite, le doy medio punto compartido a las dos mejores comedias románticas del año, Un día de lluvia en Nueva York de Woody Allen y Historia de un matrimonio de Noah Baumbach. Allen se fija aquí mucho en Donen, y Baumbach remeda con gran talento a Allen.

[Publicado el 14/1/2020 a las 07:12]

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Plus ultra

Es una desgracia que el vocablo ultra haya caído tan bajo. En otros tiempos este prefijo era prometedor y daba gusto ponerlo delante de hermosas palabras como sonido, mar, tumba, sensible, violeta, rápido. Por no hablar de sus aplicaciones artísticas. La primera vanguardia del futurismo español fue el Ultraísmo, creado, de esto hace cien años, por Huidobro y Gerardo Diego, los hermanos Borges (Norah y Jorge Luis), Juan Larrea y Guillermo de Torre, en revistas preciosamente ilustradas y libros de versos que querían ir más allá. Las revistas duraron poco, pero sus artífices llegaron lejos.
 

Cuando surgió Vox me desconcerté. ¿Conocían estos políticos ultramontanos, de apellidos entre lo lapidario y lo edificatorio (sin licencia), la existencia de la banda inglesa Ultravox, célebre a mitad de los 70 y que yo seguí un poco en su fase glam rock liderada por John Foxx? Tenía que ser una coincidencia o un traspié musical, ya que algunas letras de Ultravox habrían despertado en el VoxUltra el odio o la censura.

Pero la palabra ultra es latina, y tiene historia: el escudo de España la lleva escrita en una de las dos columnas laterales. Usada como lema imperial, plus ultra abrió cauces y ensanchó el mundo, con sus luces y sombras. Ahora se dice mucho non plus ultra, una expresión, según el diccionario panhispánico de la RAE, inspirada por lo que Hércules dejó grabado en el estrecho de Gibraltar para indicar que allí acababa antiguamente el mundo conocido, sin existir por tanto un más allá. Lo hay.

En las sesiones de la investidura se oyeron agrios noes y anatemas; voces de pánico revestido de fanfarronada, voces a las que les conviene quedarse en la leyenda de Hércules y no explorar tierra ignota. Esa tierra tendrá seguramente zonas rocosas y alguna charca traidora, pero puede traer verdad y no mentira, diversidad y justicia. De ahí tanta iracundia en las Cortes hasta el final. No eran improperios de Semana Santa: eran ultrajes.

[Publicado el 10/1/2020 a las 18:07]

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Polución

He tenido la conciencia relativamente tranquila en la reciente Cumbre del Clima. Mientras me limitaba a seguirla por los medios, iba examinando posibles méritos propios y faltas, que enumero a grandes rasgos. No he fumado nunca ninguna substancia y odio los cigarrillos y sus sucedáneos, pese a que tres de mis más queridos maestros fueron tabaquistas. No conduzco y jamás tuve coche, aunque confieso que me saqué el permiso de conducir siendo joven, y lo renové, inmaculado, varias veces, con la misma fe con la que veía a mis desengañados amigos comunistas renovar su carnet del PC. Compro mis alimentos en el mercado y los meto cada vez en el mismo carrito con ruedas de mi propiedad; esto no solo por sostenibilidad sino por las lumbares. No suelo participar en barbacoas, ni aprecio su humareda: el síndrome de San Lorenzo mártir quizá. Pero no soy un santo. Friolero de nacimiento, necesito una estufa a mi lado casi siempre, y enciendo el gas ciudad cuando la primavera sale fresca. Economizo el agua (no cultivo plantas y me ducho), si bien la calefacción, siendo más bien nocturno y sedentario, la tengo hasta altas horas. Lo malo es que entro y salgo de aviones con frecuencia, y los prefiero al tren. El dióxido de carbono, ya sé. En mi defensa de la aviación comercial puedo esgrimir, además de la rapidez, el hecho incontestable de que hoy por hoy el avión es el único espacio público donde no se puede hablar por móvil, y eso es mucho. ¿O es que la agresión acústica no se va a tener en cuenta a la hora del juicio final climático?

Las compañías aéreas no ayudan, sin embargo. Derrochan queroseno y nos reducen el sitio donde poner las piernas. ¿Ahorro o lucro? Salvemos el planeta, desde luego, pero no al coste de convertir a viajeros y empleados en rehenes de una explotación que clama al cielo mientras hiere la tierra.

[Publicado el 08/1/2020 a las 19:41]

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La novela de Jack Torrance


Creo que la historia del cine no registra un caso similar al que podríamos llamar el fenómeno Kubrick. Dicha historia cuenta con directores más categóricamente grandes, autores de películas de un mayor arrastre popular, más añorados, menos furiosamente denostados, pero ninguno tan propicio a generar leyendas, a servir de inspiración desde el más allá y, en suma, a formar secta; en España, y lo he podido comprobar en los últimos nueve meses, gente de mi edad pero también multitud de jóvenes, no pocos de ellos nacidos después de la muerte de Kubrick, le veneran, se saben de memoria parlamentos y escenas de obras suyas, y caen en arrobo solo de ver a alguien que en su día vio de cerca al Maestro.
 

La cofradía de Kubrick tiene, además de la imagen fundacional del santo, tres pasos principales de su filmografía, 2001, una odisea del espacio, La naranja mecánica y El resplandor, por encima de otros films que fueron hitos en términos más estrictamente cinematográficos, como Atraco perfecto o Barry Lindon, literarios, como Lolita (que ha envejecido extraordinariamente bien en la barrica donde se conserva el celuloide antiguo), y en función de su enigma y su carácter póstumo, Eyes Wide Shut. Aquí vamos a hablar de El resplandor, que, además de interpretaciones esotéricas y burdos chismorreos difundidos en la Red, ha originado no un remake sino una segunda parte, también precocinada en un libro por Stephen King. La nueva película, Doctor Sueño (Doctor Sleep), dirigida y co-escrita por Mike Flanagan, tiene la ventaja de poder usar algunos fotogramas originales del film de Kubrick, producido como ésta por Warner Bros, pero también la desventaja de las comparaciones desfavorables, pues al remedar en los primeros minutos secuencias de The Shining, los actores de hoy que encarnan a personajes centrales como el cocinero Halloran, el niño Danny o la madre, Wendy, carecen de carisma y ni siquiera dan el pego del parecido. Peor aún es lo que viene después y constituye la trama central del guión de Flanagan y Akiva Goldsman: el encuentro de Danny Torrance (convertido en un toxicómano de mediana edad) y la niña Abra, dotada igualmente de la capacidad visionaria del resplandor, con una banda de pirados de brocha gorda que les persigue para eliminarlos y apoderarse malignamente del don que Danny y Abra poseen. Siguen numerosos efectos especiales de ojos desorbitados, levitaciones, humos sulfurosos y sangre a granel, derramada principalmente por la jefa de los muertos vivientes, Rose the Hat.

Doctor Sueño se redime un poco en la media hora final de su larguísimo metraje de 151 minutos, de nuevo gracias a la Warner y al beneficio de contar Mike Flanagan sin problemas de copyright con los materiales del film de Kubrick; cuando el adulto Danny y la encantadora Abra regresan al Hotel Overlook y lo recorren en toda su extensión, se da pie a mímesis muy fulgurantes de los momentos cruciales del film de 1980. Y aunque hay un cierto amontonamiento de souvenirs macabros (las temibles mellizas, las desbordadas olas del ascensor, los huéspedes descuartizados), el espectáculo de la ruina no deja de estremecer: el salón de la máquina de escribir, el hacha, los laberintos desmochados, la moqueta sanguinolenta de los pasillos, vuelven a ser los componentes de un lugar donde la pesadilla invade la realidad o la sustituye.

Para completar el exorcismo de la pobre secuela de Flanagan, me di el gusto de volver a ver El resplandor dos días después del estreno español de Doctor Sueño. La película de Kubrick nunca agota sus posibilidades hermenéuticas; Eugenio Trías, cautivado por esa obra maestra sobre la que proyectaba escribir un libro entero que su temprana muerte le impidió hacer, pudo sin embargo glosarla por escrito en más de una ocasión, definiéndola como "un combate a muerte entre la comunidad que "resplandece" y la sociedad de fantasmas", formulación elegante de lo que Flanagan trata de desarrollar en su fallido intento. En mi propio Shining revisited de hace pocas semanas, sabidos ya los giros más escalofriantes de una película que he visto infinidad de veces y en distintos soportes, me concentré en una particularidad que, siendo fundamental, nunca había recapacitado lo suficiente: el libro no escrito por Torrance en su encierro psicótico del hotel, o lo que es casi lo mismo, la consideración del personaje interpretado por Nicholson no como paranoico criminal sino como artista abrumado por lo que Harold Bloom llamó, a lo largo de muchas páginas y varias publicaciones escalonadas en el tiempo, "la angustia de las influencias". Una vez afirmado esto surge de modo espontáneo la pregunta asociada: ¿es realmente escritor ese Torrance guardián ocasional, o se trata de un maestro de escuela con aspiraciones de novelista incipiente, hasta ahora fracasadas, que solo en un espacio embrujado por antiguas leyendas encuentra, vicariamente, la inspiración? Es muy significativo a ese respecto que en una de las discusiones más agrias del matrimonio, cuando Wendy habla de abandonar el hotel para proteger al niño, Jack la acuse de querer "joderle la vida" impidiéndole el logro de algo importante con su escritura en aislamiento y forzándole a regresar a la ciudad, en vez de "como un señor", para trabajar, sin otro remedio, de albañil o limpiacoches.

Cuando Bloom, en uno de los dictámenes más esclarecedores de su seminal The Anxiety of Influence (1973), sostiene que una buena parte de la literatura nace de la melancolía del escritor ante su falta de prioridad, casi parece anticipar la imagen de Jack Torrance como novelista extraviado en la casa de los muertos, asunto que el profesor norteamericano desarrolla con gran agudeza en el capítulo seis del citado libro, que lleva el título de Apofrades, palabra, aclara él mismo, con la que los atenienses designaban los días aciagos en que los fallecidos volvían a ocupar las casas que habitaron en vida. Temas tan bloomianos como el "cansancio de llegar tarde", la soledad imaginativa o el influjo de los predecesores se interpolan en mi reciente re-lectura de El resplandor, en la que tampoco querría descartar el asomo de las filiaciones. ¿Pues no hay en el film de Kubrick una rivalidad larvada pero constante entre el padre y el hijo, guiado este por la voz y los poderes de su amiguito imaginario Tony, que apareció dentro de él cuando llevaron a Danny al jardín de infancia y su padre le lesionó gravemente en un día de borrachera? Más que el combate edípico, tocado al bies, lo que sobrevuela la película es el fantasma de la precedencia. ¿Está creando el hijo su propia fantasía del hotel con más brillo y menos peligro que su padre, y antes que él? ¿O acaso ambos no pueden subsistir bajo el mismo techo de la ficción, obligado Jack a sacrificar al hijo desafiante y huidizo que ha adoptado la paternidad simbólica de un viejo cocinero que le entiende porque ve lo mismo que el niño? El chef negro se lo revela a Danny, nada más llegar, y a espaldas de sus padres: también los lugares tienen resplandor, y en ellos cuando algo sucede "quedan huellas", como un olor a quemado que sólo advierten los seres favorecidos con ese don. Mientras Wendy intenta vivir a ras de suelo la realidad del lugar, el espíritu maléfico del pasado que Danny ve desde el primer momento va impregnando a Jack.

Pero la novela de Torrance se consuma finalmente, lejos de su mesa de trabajo y más allá del juego caligramático de teclear histéricamente una frase paremiológica hasta el infinito. La novela de Torrance, en la que su hijo vidente y su mujer sensata no desean salir de personajes, repite una tragedia de tintes góticos ocurrida en el hotel pocos años antes, en 1970, aunque la música que suena más de una vez y cierra la banda sonora nos retrotrae a los felices años 20. Allí, en la fiesta de gala del 4 de julio de 1921, arrancó una peripecia que tiene ya protagonista, con los rasgos (fotografiados en la pared del salón de baile) de Jack Nicholson, quizá encarnando a un proto-Jack Torrance. El público sabe que lo que este recrea no es una copia de aquella peripecia: la familia del segundo asesino se salva. Lo que ignoramos nosotros, espectadores-lectores, es si el desenlace era el que estaba previsto. El autor muere antes de la última página.

[Publicado el 26/12/2019 a las 17:03]

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Foto autor

Biografía

 

Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017). Su más reciente libro es Kubrick en casa (Angrama, 2019).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

 

 

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Información sobre la película El dios de madera

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