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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 5 de diciembre de 2020

 Vicente Molina Foix

Incluso niños


La semana en la que los niños andan excitados al saber que podrán salir a la calle, el presidente Torra me ha devuelto la niñez. Estaba yo precisamente fantaseando con el goce que los mayores tendremos a partir del día 27 al oír el bullicio de los más pequeños en el descansillo, y ver desde la ventana la infancia recuperada, aunque no del todo; no habrá aún deslices por los toboganes del parque, y el patinete raudo seguirá vigilado por papá o mamá. Estaba yo, ya digo, inmerso en mi ensueño cuando llegó la noticia: el pasaporte inmunológico para catalanes.

Habrán leído ustedes la propuesta, pero sólo quienes estén en torno a los 70 sabrán contextualizarla. En el año 1950 el régimen de Franco, en la ya acreditada y estrecha colaboración con la jerarquía católica, creó la Oficina Nacional Clasificadora de Espectáculos, que colgaba regularmente en la puerta de las iglesias sus anatemas: las películas de la cartelera estaban numeradas del 1 al 4, con la explicación al lado y el correspondiente color. Eran un anticlímax las películas blancas del 1, "para todos, incluso niños", y uno aspiraba al menos a ver las del grupo 2, azuladas y autorizadas "para jóvenes"; era la época del bombacho en los pantalones. Después venían las de mayores, según tus padres nada del otro mundo. Lo verdaderamente incitante era colarse en una de 3R, "mayores con reparos"; el listo de mi clase consiguió ver, camuflado entre sus tías, nada menos que Arroz amargo. Las de 4, "gravemente peligrosas", si morías de un atropello al salir del cine ibas directo al infierno.

El carné de Torra será, se dice, de obligado cumplimiento, y también tiene previstos colores, del rojo del gran riesgo al amarillo, que, como no podía ser menos, se identifica con el estar a salvo del virus. No hay datos de momento sobre su validez extra-sanitaria: ¿dará puntos patrióticos el tenerlo? Que todo sea en bien de la salud.

[Publicado el 24/4/2020 a las 09:14]

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La máscara



No será el mejor papel de su vida, pero el monólogo ex abrupto de Juan Echanove al ministro Uribes quedará: en la historia de nuestra pandemia o en la del teatro. Quizá en las dos. Echanove habla en ese vídeo, y el pasado domingo en la Sexta, de la mutabilidad de la política. En sus 42 años de profesión dice haber visto pasar por el puesto a muchos ministros de Cultura que ya no son nada, y él sigue ahí, subido a las tablas. No es una vanidad, sino un recordatorio. Ciertos legisladores dejan rastro de estadistas o de canallas, pero son mayoría los ministros que no dejan ni rostro ni memoria de su nombre. Por el contrario los actores persisten, ya que poseen, sean grandes estrellas o característicos, el supremo misterio de la encarnación humana. Nos hacen disfrutar y llorar, como una sinfonía o un poema, pero su constancia física, incluso su deterioro cuando envejecen ante las candilejas, nos fija a ellos, aun diciendo palabras que no son suyas. ¿Idolatría de fans desquiciados? Se trata más bien del apego casi familiar, y por ello amoroso, a los seres que toda la vida nos han llevado al cine, a un concierto en vivo, y a quienes, cuando había poco teatro, los mayores descubrimos en un televisor en blanco y negro, el color de nuestra posguerra. Ministros celebérrimos de mi juventud: Nieto Antúnez, José Solís, la sonrisa del régimen de Franco. ¿Dicen hoy algo esos nombres, salvo a los expertos y a los ancianos que aprendieron a odiarles o les veneraron? Mientras que gente joven de hoy celebra entre risas las payasadas de Gracita Morales, sin olvidar, de aquella misma época, la voz de un Fernán Gómez o un Rabal.

Todos tenemos un aire teatral, de conspiradores de dramón, con las mascarillas puestas. El día que nos las quitemos ahí estará el cómico para ponerse la verdadera máscara de la ficción que da vida.

[Publicado el 16/4/2020 a las 09:06]

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Aquel día


Somos muchos en recordar cómo empezó aquel día, y lo que cada uno hizo a continuación o tenía previsto llevar a cabo, según la parte del mundo adonde nos llegase la noticia de lo ocurrido el 11 de septiembre de 2001. Nadie que lo viera en tiempo real aquel día ha olvidado el impacto del segundo avión, las torres humeantes, las mujeres y hombres lanzándose al vacío para no abrasarse; el dolor de la muerte repentina de 3000 personas contenido en las pocas horas de una suave mañana americana.

La sensación de espanto fue superior así, aquel día, a la que sentimos en la primera fase de expansión de algo ajeno y todavía sin definir; algo que podía matar pero con ribetes exóticos y pintorescos: un mercadillo oriental, unos animalitos con rara cara de buenos, el extraño nombre que pronto se le dio al mal, entre lo novelesco (el virus corona, ni más ni menos) y lo aeroespacial (la Covid-19).

El atentado del 11/9 inició un dispositivo terrorista que afectó a España pronto y se extendió sin cesar por muchos países, con distintos programas de venganza religiosa. Desde el comienzo, aquella y esta tragedia actual han tenido similitudes: el conteo variable de sus víctimas, los relatos falsos nacidos del interés político o el provecho económico. Pero hay entre ambas una diferencia capital, la que contrapone la plaga fortuita a la deliberada matanza con "garantía de significado", como la llama Roberto Calasso escribiendo sobre el yihadismo en su libro La actualidad innombrable.

No será fácil que haya un día preciso ni una sola imagen, en nuestro recuerdo futuro de supervivientes, para señalar el fin de esta pandemia. Su insignificante casualidad, su inconsciencia carente de odio, no alivia la hecatombe pero le quita la voluntad de hacer daño. La bacteria no sigue doctrinas. De ahí la esperanza de que el bien de la ciencia la neutralice. Su final será nuestro principio.

[Publicado el 09/4/2020 a las 15:12]

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Luz de gas

Estaba escribiendo con la estufa a mi lado, a modo de musa calefactora, cuando llegó la factura. Caían copos de nieve en primavera, y mi cabeza se dio momentáneamente al disparate. La factura era de luz y gas, y no de luz de gas, como había creído leer, pensando en un famoso drama inglés de miedo que Cukor llevó al cine con Ingrid Bergman. Recapacité. Las compañías eléctricas y gasísticas, Endesa, Iberdrola, Repsol, Naturgy, por citar las mayores, desean evitarnos los malos tragos; la palabra eléctrica, en contra de lo aparente, no es un derivado de la vengativa Electra de los griegos. Y en la tragedia actual del corona-virus nos alivian, pues así podemos leer novelas cuando cae la noche, ver las noticias y usar el gas ciudad a discreción. Pero hice cálculos. Del monto de luz y gas consumidos que 46 millones de españoles van a pagar mientras dure el encierro en casa una parte muy substancial le corresponde en justicia a otros: empresarios y trabajadores del cine de las pantallas oscurecidas, de teatros de candilejas apagadas y focos que no alumbran al actor, expositores de novedades invisibles en las librerías cerradas, guitarras sin corriente ni altavoz, orquestas con atriles sin luz, los fogones extintos de la hostelería, y las cien mil bombillas que llevan semanas sin iluminar las aulas. Sitios que también hacen funcionar el país y proporcionan, además de salarios, un bien placentero. 

Mi compañía energética, que es una de las grandes y de la que no tengo queja, ha tenido un gesto sensible: demorar los pagos. Insuficiente. Atrevida pero no disparatada creo la modesta proposición de que un tercio del dinero abonado por todos los usuarios a partir de la próxima factura sea descontado durante el tiempo que se estime prudencial y destinado a un fondo de estímulo y ayuda a quienes no pudieron encender sus luces para enseñar, hacer reír o soñar, alimentar, estar juntos.

[Publicado el 02/4/2020 a las 15:51]

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Casa del rey


Yo también me sumo a los vítores, y como son a la hora en que preparo la cena me quito antes los guantes con los que estoy poniendo a remojo la espinaca o considerando un precocinado. A estas alturas se sabe: el látex protector es una lata amortiguadora, y nosotros queremos que nuestras manos, ya que está suspendido el tacto ajeno, se rompan los dedos a aplausos. A las 9, la baraúnda de las cacerolas, y ahí, sin gustarme el discurso del rey, no se me oye: en zonas altas de las grandes ciudades al perol le acompañaban los cánticos, los insultos, el ondear de banderas que maldita la falta que hacen cuando lo que hace falta son mascarillas. Olla podrida.

La oratoria es un arte difícil, que no está reñido con la emoción; Felipe VI afrontaba una situación inédita y no dio el tono. La arenga era lo lógico ("ánimo y adelante"), así como llamar a la unidad, que nunca sobra ante el peligro. La voz aguerrida que indudablemente convenía tras la baladronada de Puigdemont aquí debía calmar, sin hacerse meliflua. Calmar y galvanizar. De eso se trataba. Pero los reyes de países democráticos no son políticos, solo actores. Y como no dictan leyes sino que representan, sus guionistas, además de ocurrentes, han de mostrarse extremadamente cautelosos y muy mandones, como lo han sido en un reinado de casi 70 años lleno de percances los secretarios privados de Isabel II (aún se recuerda al legendario y temido Lord Charteris). Sus equivalentes españoles, los jefes de la Casa del Rey, permitieron, bajo el monarca anterior, la pernocta gratis de un imputado y su señora en el palacio de Marivent, o, en un libro de Pilar Urbano, los comentarios homófobos y antiabortistas de Doña Sofía. Y alguna cosa más. Aprovechando la crisis del Covid19 no estaría mal una limpieza a fondo de esa casa. De que rueden cabezas coronadas no es el momento, creo. Hay coronas que infectan -y también cetros- mucho peores.

[Publicado el 26/3/2020 a las 13:46]

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Fantaciencia

Mi rutina en la epidemia tiene buenas compañías, dentro de lo permitido. Me despierto con el café robusta, el más fuerte, mientras leo papel prensa. Después del desayuno sigo leyendo, y esta primera semana de alarma estoy con el papel biblia: el tomo I de la llamada Biblia del Oso, traducida por un gran personaje del siglo XVI, Casiodoro de Reina, en los llorados Clásicos Alfaguara. Retengo el pasaje del Éxodo que cuenta la tercera plaga de Egipto: "Todo el polvo de la tierra se tornó en piojos". Tras un almuerzo a la hora española teletrabajo en casa, lo cual no tiene mérito cívico: trabajar en remoto y en solitario es propio de mi gremio. Eso sí, dedico cada tarde un pensamiento solidario a José Hierro, al que sólo le visitaba la musa en los bares abigarrados de su barrio.

Pero queda la larga noche. Mi costumbre en tiempos de normalidad es ver cine en los cines, a diario, la última sesión. Imposible ahora. Menos mal que, precavido ante la vejez, fui una hormiguita cinéfila de más joven, por lo que guardo una reserva de deuvedés aún por ver. Domingo y lunes me puse antes de ir a dormir dos clásicos de Hollywood. Cuando ruge la marabunta, que tanto miedo me dio en la niñez, ahora resulta ser educativa y sostenible. En La humanidad en peligro, obra maestra de la ciencia-ficción premonitoria, una explosión atómica muta a las laboriosas hormigas en monstruitos. Hablando de organismos letales. No sé qué cara ponerle al Covid19. En los telediarios lo representan como un erizo de mar con púas de trompetilla: una figura entre la animación y el asco. Los virus no fotografían bien.

Las dos películas tienen final feliz, pero nos avisan. Las marabuntas son quejas de una naturaleza desplazada que se rebela. "Ellas" (Them!, título original de la segunda) causan el mal sin quererlo; un doctor sabio y un ejército bien pertrechado hacen que el cataclismo se quede solo en azote.

[Publicado el 19/3/2020 a las 14:13]

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Solos de voz

Me pregunto si "al publicar subasta / el Hombre su Espíritu", como escribió Emily Dickinson, la más grande poeta que haya existido. Ella no publicó en vida, aunque lo hizo la posteridad: no sólo sus casi dos mil poemas sino también las mil y pico fantasiosas cartas. Mi pregunta vía Dickinson se hace más pertinente cuando lo publicado póstumamente pertenece al campo de la intimidad, que es el caso del volumen de cartas de Jaime Salinas, su "correspondencia privada", como la llama Enric Bou, que las ha seleccionado y editado en Tusquets.
 

La carta, tal como se entendió y practicó en otro tiempo, es el alma escondida de la literatura, pues revela voces que desconocemos, por mucho que hayamos leído la obra de creación de sus autores; voces escritas para un lector con apellido, historia y capacidad de respuesta. El editor Salinas dirigió estas a su pareja de más de cinco décadas Gudbergur Bergsson, novelista islandés y traductor a su lengua de diversos clásicos hispanos. El libro ha de interesar por el panorama que ofrece del mundo cultural, en el que Salinas fue descollante, y los apuntes de muchas figuras y algún que otro figurón son vivaces y a menudo implacables en su amarga impaciencia; al hijo de Pedro Salinas más que dolerle le irritaba la España de la que salió en exilio, y a la que volvió como misionero de un credo laico y un tanto licencioso.

Pero nadie -ni siquiera los damnificados por su retrato quemante- podrá hablar de ilegitimidad, de violación de secretos. Quien escribe estas cartas, fallecido en 2011, y quien las recibe y contesta, decidieron poner su propio corazón al desnudo, relatando (páginas 239-250) una traición amorosa, la del tercer hombre, al que dan vida sin darle la palabra. La emoción de este libro no la depara el chisme, sino la verdad, compañera infiel de la ficción, y aquí protagonista.

[Publicado el 13/3/2020 a las 09:12]

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Cagüendiós

No sólo hay malas noticias. En Irlanda se puede blasfemar libremente desde hace más de un año, pese a que los irlandeses son personas mayormente católicas. Yo también fui católico, como muchos de ustedes, pero me quité pronto, en mi último año de colegio religioso. Al principio costaba, como siempre cuesta dejar de ser adicto a algo que te conforta, te perdona si caes y te promete paraísos artificiales no prohibidos por la brigada narcótica. Luego empiezas a verle ventajas al ser ateo y al lado práctico de sus corrientes allegadas: el epicureísmo, el libre albedrío, la tentación no apartada, los variados sufijos sexuales terminados en ismo.
 

Nunca he blasfemado, sin embargo, y eso que la blasfemia, como todos los actos delirantes, puede aliviar el estrés que da el vivir cuando las cosas no salen a pedir de boca. Pero seamos claros: quien blasfema en palabra o caricatura a nadie ataca y a nadie hiere o mata; libera una rabia en una imagen o en una parrafada. Y si no que se lo digan a Willy Toledo, uno de nuestros más grandes actores, que a veces, fuera del escenario o saliéndose del guión, se encabrita. La denuncia de una asociación de Abogados Cristianos le llevó a juicio, pero la magistrada de lo Penal que le ha absuelto lo ha visto claro y ha sido justa.

Yo tengo la fortuna, como la tendrá una parte de mis lectores, de no sentir apego a las religiones pero sí a sus símbolos, transformado lo sacro en retablo churrigueresco, templo gótico o misa cantada. Por eso, sin adorarlos, nunca querría excretar nada sobre el Padre Eterno, la Pilarica o Buda. Otra cosa distinta es hacer chufla. Baudelaire reclamaba como un derecho humano el irse ("s´en aller"). Después del irse, añadiría yo, viene el reírse, de lo divino y lo humano. Sin agredir. Sin tener que ir al trullo.

[Publicado el 09/3/2020 a las 09:45]

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Chalequerías


Aprovechando sus últimos días fui a las rebajas con la intención de comprarme un chaleco, prenda a la que me adherí hace décadas, cuando tenían presillas, ese mecanismo regulador que te daba esbeltez y, si ganabas peso, disimulaba el engorde. Pues bien, los chalecos de caballero ya no se venden; otra baja o avance del progreso. Volví frustrado a casa y lo estudié; la palabra, según el gran diccionario histórico Le Robert, procede del árabe magrebí galika, de donde pasó al castellano jileco, que en francés se hizo gilet, ya usado en el Renacimiento. Después recordé: en el siglo XIX el chaleco era la pieza intermedia del terno que llevaban banqueros y prohombres de la política, cuando en la Bolsa no había cotización femenina y las mujeres, incluso las de pro, carecían del derecho al voto. Pero el chaleco evolucionó. Damas muy selectas de la Belle Époque se lo ponían, hasta con corbata, en público. Algunas eran lesbianas, otras solo querían expropiar y desactivar la prenda más masculina de la historia del traje. Vino posteriormente su versión floreada; a los hippies de ambos sexos les gustaba por la laxitud de su corte y sus amplios bolsillos, ideales para transportar la hierba. Ahora hay una confusión de chalecos. Por la parte tradicional, los toreros lo siguen llevando bajo la chaquetilla de luces, y en el lado moderno de la vida, la pasarela, las modelos no necesitan apretarse nada para estar como sílfides.

En mi búsqueda fracasada de los remates a buen precio me ofrecieron el que sí se vende y a mí me sienta como un tiro, el de cazador, acolchado y con plumas dentro, muy llevado en los barrios burgueses de las capitales. Lo que impera, cada día más, es la apropiación del chaleco por el sector Servicios: las trabajadoras de la limpieza, los aparcacoches, el voluntariado de las ONG. Chalecos proletarios y humanitarios, feotes y chillones de color, que en los campos de Francia y en las carreteras de España se hacen protestatarios. Echaré de menos la filigrana de las presillas antiguas, pero me parece que el escuálido cuerpo social ya se harta de tanta estrechez. Hasta que reviente.

[Publicado el 02/3/2020 a las 16:24]

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Serenidad y alarde de la técnica

En una alocución de homenaje al músico decimonónico Conradin Kreutzer pronunciada en 1955, Heidegger se ocupaba una vez más de nuestra relación con la técnica. "Sería necio marchar ciegamente contra el mundo técnico. Sería miope querer condenar el mundo técnico como obra del diablo. Dependemos de los objetos técnicos; nos desafían incluso a una constante mejora. Sin darnos cuenta, sin embargo, hemos quedado tan firmemente encadenados a los objetos técnicos que hemos venido a dar en su servidumbre [...] Mas al propio tiempo podemos dejarlos estar en sí mismos como algo que no nos atañe en lo más íntimo y propio. Podemos decir "sí" al ineludible empleo de los objetos técnicos, y podemos al mismo tiempo decirles "no", en cuanto les impidamos que nos acaparen de modo exclusivo y así tuerzan, confundan y por último devasten nuestra esencia." Y sigue Heidegger refiriéndose a la opción de que los "objetos técnicos" penetren en nuestro mundo diario y a la vez queden fuera "como cosas que no son nada en absoluto", para concluir así: "Quisiera denominar esta actitud de simultáneo "sí" y "no" referida al mundo técnico con una vieja palabra: la serenidad respecto de las cosas (Getassenheit zv den Dingen)".
 

La película de Sam Mendes 1917 llega precedida de una fanfarria tecnológica que el propio director ha explicado con orgullo de pionero, aunque, naturalmente, no es el primer largometraje de la historia que pretende haberse rodado en un solo plano-secuencia. La soga de Alfred Hitchcock ya exploraba esa modalidad en 1948, con trucos necesarios en el tiempo de los rollos de celuloide de limitada longitud pero favorecida su audacia por el hecho de que la acción de ese thriller transcurría en el interior de un apartamento neoyorkino; más pura de concepto y más virtuosa en lo coreográfico fue en el año 2002 la genial ocurrencia de Alexandr Sokurov en El arca rusa, con sus 2000 actores, sus tres orquestas y las 33 salas del Hermitage recorridas como en un soplo vertiginoso siguiendo al personaje histórico del Marqués de Custine, interpretado por un actor. La idea de Mendes, un director de gran talento pero no un auteur en el sentido cahierista de la palabra, es en principio buena en tanto que pretende que la continuidad sin cortes (falseada con habilidad en sus fundidos negros o sus polvaredas blancas) refleje la angustiosa carrera ininterrumpida de los dos cabos Schofield y Blake para que la carta del alto mando de la que son portadores llegue a tiempo de evitar una matanza de soldados británicos. Además de un minucioso diseño de filmación y muchas y largas sesiones de ensayo con los actores, Mendes se veía obligado (voluntariamente, claro) a mantener a raya al equipo técnico, fuera del campo del objetivo de su Alexa Mini LF diseñada ex profeso para rodar en un alcance de 360 grados.

La osadía de Mendes se olvida pronto, lo que es bueno para la película; lejos de estar atento por si caza una cesura involuntaria o una incongruencia dentro del encuadre, el espectador se acostumbra a verlo todo en la misma dimensión; de un primerísimo plano, la cámara, que a veces vuela gracias a las cabezas calientes (otro adelanto técnico de gran utilidad y mucho efecto), pasa a enfocar lo que está enfrente, o en otro lugar del campo de batalla o la trinchera, un espacio dramático preponderante en 1917, ya que aquella fue una guerra de bayonetas y trincheras; los travellings raudos de Senderos de gloria no es fácil que se vayan de la memoria de esa obra maestra de Kubrick. Ahora bien, ¿tiene mucho que ver el dispositivo inventado por Mendes con el contenido de su guion? La proeza técnica en este caso no da más densidad ni aporta significado; es decir, no supone, al contrario que la fotografía aérea -según la famosa categorización de Benjamin- una ganancia en los puntos de vista de la realidad observada hasta entonces por el ojo humano. Mendes habría hecho su relato igual de veloz e incitante montando planos cortos en lugar de dilatarlos, y la trama, más allá del suspense de saber el final y de un par de secuencias memorables (la trinchera-trampa que va explotando entre ratas, el aviador alemán y la agonía del cabo Blake) es previsible: los personajes apenas cobran peso, los diálogos resultan trillados, el mensaje solidario muy elemental, y el desenlace del encuentro entre el cabo Schofield y el hermano mayor de Blake tiene un punto de sensiblería.

Otros tecnicismos de signo opuesto, basados en la auto-limitación y la austeridad, son resaltados en una película norteamericana estrenada al mismo tiempo y coincidente con 1917 en ser de época (finales del siglo XIX) y tener dos personajes masculinos de protagonistas, aunque en El faro haya una sirena real u onírica y un monstruo cefalópodo de talante rijoso. Se trata de la segunda película de Robert Eggers, un cineasta que a juzgar por esta (no he visto su opera prima La bruja) es un artista de la orfebrería visual, un hombre muy leído (cita a Herman Melville por boca de sus actores, Willem Dafoe y Robert Pattinson, y los envuelve en ámbitos góticos y alegóricos) y un arcaizante que quiere retroceder con su técnica a épocas que no tenían avances técnicos. Así, el director usa el formato cuadrado 1.19:1 (no es el único que lo ha hecho últimamente) y fotografía en blanco y negro con la complicidad de su camarógrafo Jarin Blaschke, que echa mano de lentes antiguas y filtros que imitan la fotografía decimonónica, buscando "el mismo aspecto de un celuloide que no hemos visto en cien años". La película de Eggers consiste en una serie de tableaux vivants e imágenes pictorialistas, que en más de una ocasión producen el efecto de daguerrotipos en movimiento. ¿Al servicio de la serenidad con las cosas? No me lo parece. En el conglomerado de la modernidad cinematográfica hay muchos modos de rompimiento, fusión, invasión y exploración de nuevas narrativas, pero a título personal sostengo la opinión de que los revestimientos del aparataje son factores ajenos a la inspiración, que en todos los terrenos artísticos necesita, o así me lo parece, una serenidad reñida con el abracadabra que da la técnica, mera cuestión de formato que en nada acompaña al genio ni lo fomenta.

[Publicado el 24/2/2020 a las 17:40]

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Foto autor

Biografía

 

Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017). Su más reciente libro es Kubrick en casa (Angrama, 2019).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

 

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

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