El destino del escritor cómico tiende a ser triste. Sus lectores le aman como a nadie, pero no suelen acompañarle más allá de su muerte. Y la gente seria, entre los que se cuenta la mayoría de los críticos, tiene poco tiempo para el estudio de las carcajadas. Aun así, la literatura británica no ha parado de producir genios del humorismo desde sus orígenes hasta nuestros días, y entre los del siglo XX, abundante en ellos, destaca para mí la escocesa Muriel Spark, fallecida a los 88 años en abril de 2006. Autora muy prolífica y diversa, ‘Memento mori', que aquí publica ahora Plataforma Editorial, fue la tercera de sus novelas y tal vez la más burlesca de todas, manteniendo con gran entereza la comparación con otro libro algo anterior al suyo y similar por el asunto, ‘Los seres queridos', de Evelyn Waugh.
La edad provecta (sus personajes principales no bajan de los setenta años), las enfermedades que naturalmente conlleva y el aparato interno de la sanidad son los componentes esenciales de ‘Memento mori', a los que se viene a unir, desde el misterioso arranque, el factor de la intriga: una voz hace llamadas a los ancianos con la misma y escueta frase. "Recuerda que debes morir". La aparición del estamento policial, en la figura del inspector Mortimer, intensifica la comicidad del relato, que acaba, y con eso no contamos el final, con un listado de enfermedades mortales y víctimas. Estupendo desenlace sardónico de una novela que, sin estar a la altura de las obras maestras de Spark (que para mí son ‘Las señoritas de escasos medios', ‘Los mejores tiempos de Miss Brodie' y algunos de sus relatos para el New Yorker'), resulta ya muy representativa de la personalidad literaria de su autora.
[Publicado el 13/9/2010 a las 11:43]
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El adjetivo surrealista está demasiado explotado, por no decir sobredimensionado, y al decirlo recuerdo que Vicente Aleixandre, uno de los grandes poetas brevemente surrealistas de nuestra lengua, jamás lo empleaba; él prefería ‘superrealista', tal vez más exacto y desde luego más escurridizo. Hoy surrealista es casi cualquier cosa, y en los ‘surreality shows' de nuestra televisión la palabra se oye a menudo en boca de concursantes a los que André Breton habría mandado ajusticiar al instante.
Por segunda vez en poco más de un año, la Fundación Mapfre nos deja ser surrealistas con autenticidad, al menos durante la visita a las salas de exposición del madrileño Paseo de Recoletos, donde ya disfrutamos enormemente en abril/mayo del 2009 de las novelas-collage de Max Ernst. Ahora Mapfre presenta, en colaboración con el Centro Pompidou de París y el Fotomoseum de Winthertur (que la albergaron antes), una fascinante muestra que, bajo el título ‘La subversión de las imágenes', explora el universo del cine y la fotografía producidos o ligados al movimiento que fundó y lideró con mano férrea Breton. En una temporada de gran efervescencia fotográfica en Madrid, gracias a las numerosas exposiciones que organizó PhotoEspaña, la de Mapfre destaca por su amplitud y, hay que señalarlo, por su absolutamente recomendable catálogo, un gran libro con buenos textos y muy buenas reproducciones al que acompaña además, como un regalo en letra pequeña, el anexo de una antología de textos donde el lector no-especialista encontrará, por ejemplo, la reseña de Artaud sobre la película de los hermanos Marx ‘Monkey Business' (en nuestro país llamada ‘Pistoleros de agua dulce') o el guión fílmico nunca realizado de Benjamín Fondane, un para-surrealista fascinante en todo lo que escribió.
En ese apéndice también podemos leer el fragmento de una carta del poeta y co-fundador del Surrealismo Paul Eluard a Gala, la Gala que aún no había seducido a Dalí. La carta, escrita en Marsella, es pornográfica, aunque menos que las de James Joyce a su mujer Nora, y quizá debiera yo advertir, como se hace en la sala de Recoletos a la entrada de sus salitas más sicalípticas, de que la cita que hago a continuación puede herir algunas sensibilidades a flor de piel. Eluard le escribe a su entonces esposa Gala totalmente exaltado tras una sesión de "cine obsceno" a la que le ha llevado un amigo: "La increíble vida que cobran en pantalla esos penes inmensos y magníficos, el esperma que brota. Y la vida de la carne enamorada, todas sus contorsiones". El poeta le confiesa a su mujer que la proyección le causó una erección de una hora, durante la cual, y es muy humano, más de una vez estuvo a punto de eyacular: "Si hubieras estado allí, no habría podido aguantarme".
Eluard era drástico, como buen surrealista de la primera hora; esas películas liberatorias y potentes deberían según él proyectarse en todas las salas de exhibición cinematográfica "e incluso en las escuelas", para provocar "uniones sagradas, multiformes". Aunque hay una selección, a mi juicio excesivamente limitada, de películas en ‘La subversión de las imágenes', lo que le da densidad y calidad a la muestra son sus fotografías, algunas discretamente disimuladas en alcobas de luz tenue. Están, como es lógico, las grandes obras maestras de Man Ray, de Boiffard y de Claude Cahun, junto a otras de distinguidos compañeros de viaje como Brassaï o Alvarez Bravo. Pero también las gamberradas más selectas de los componentes del grupo, algunas firmadas y otras sometidas al albur del fotomatón. Los retratos instantáneos de Buñuel elevado y casi místico, de Breton haciéndose el muerto, de Yves Tanguy con la boca de monstruo o de Max Ernst improvisando juegos de manos tienen una comicidad irresistible.
El humor y el peligro. En muchas de las piezas exhibidas el visitante percibe la sensación de amenaza que los autores sin duda han buscado deliberadamente, con el propósito de desconcertarnos, de molestarnos, de hacernos más despiertos o más inseguros en nuestra estabilidad habitual. Paul Nougé se convierte, a mi juicio, en uno de los nombres capitales del arte de la descolocación surreal, y sus imágenes narrativas son de lo mejor que está colgado en las salas de Mapfre. Hay una que aún me turba, semanas después de haberla contemplado. Representa a una mujer con flequillo que se lleva una tijera a los ojos; el título es ‘Pestañas cortadas'. Como la obra es fotográfica y no cinematográfica, no vemos el corte, ni el movimiento de las manos, ni la caída del pelo. Lo que vemos basta para darnos pavor. Y es curioso: el vello, todo tipo de vello (púbico, capilar, ocular), es motivo recurrente en esta galería de subversivos donde otra gran figura del movimiento, Dora Maar, se suelta literalmente el pelo (en su obra maestra erótica ‘Las piernas'), provocando una sensación similar a la que, durante una larga hora, Eluard sufrió en aquel cine porno de Marsella.
[Publicado el 09/9/2010 a las 13:51]
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El día en que nació Edmund Gosse su padre hizo la siguiente anotación en su diario: "E. ha dado luz a un hijo. He recibido la golondrina verde de Jamaica". Para el autor del libro al que aquí nos referimos no se trata de un comentario desnaturalizado; el padre, Philip Gosse, ilustre biólogo, lo hacía todo escrupulosamente, y aquel día de 1849 "la golondrina llegó y el primer visitante fue inscrito primero". Hijo de un matrimonio radicalmente cristiano, en el que ambos cónyuges formaban parte destacada de la secta conocida como los Hermanos de Plymouth, Edmund creció separado del mundo, pues los Santos, como también se llamaban a sí mismos los seguidores de esa confesión, "vivían en una celda intelectual limitada en todas partes por las paredes de su casa, pero abierta por arriba a lo infinito de los cielos".
Escrito en una amplia y hermosa lengua narrativa que la traducción histórica de Luis de Terán (originalmente publicada en la colección de La España Moderna patrocinada por Lázaro Galdiano) refleja muy bien, el libro de Edmund Gosse ‘Padre e hijo' (Belvedere, Madrid, 2009) es un clásico indiscutible de la literatura autobiográfica, en su especial apartado de ajustes de cuentas paterno-filiales. Fue admirado por escritores tan distintos como Gide, Stevenson o Kipling, y este último lo comparó a ‘David Copperfield', diciéndole por carta al autor que su obra era más interesante que la novela de Dickens, "porque es verdad". También le gustó a Henry James, amigo asiduo de Gosse, si bien el novelista americano ponía en duda la veracidad de los hechos relatados, refiriéndose en cierta ocasión, no sabemos con cuánta dosis de ironía, a su "genio para la inexactitud".
Verídico o exagerado, ‘Padre e hijo' reconstruye con un vigor no exento de sutileza la educación agobiante que el niño Edmund sufrió por los preceptos de un padre que le impedía leer libros no devocionales, tener amigos e ir a la escuela, tratando de infundir en el carácter infantil una santidad modelada a su imagen. El relato de esa guerra larvada acaba, con un estupendo golpe de efecto novelesco, en el momento en que, destronado el dios patriarcal, el adolescente Edmund se emancipa del yugo de su ciega dedicación y abre la puerta de una libre conciencia; el lector, gracias a las páginas precedentes, también tendrá la plena libertad de imaginar el futuro del protagonista.
[Publicado el 06/9/2010 a las 10:12]
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El disparo es ruidoso (ha de oírse en toda la ciudad) aun siendo de carga hueca, sin impacto en las aguas o las arenas, que de cualquier modo se han vaciado ya de bañistas y, sobre todo, de los centenares de futbolistas aficionados que llenan las dos horas previas al fin del ayuno jugando a la pelota en la playa, descalzos pero provistos de porterías metálicas portátiles. Inmediatamente después del cañonazo, o a la vez, suena la potente sirena del aviso y cantan los almuédanos su plegaria, una pequeña sinfonía vocal que aún remarca más el absoluto silencio que sigue a continuación. La orilla se ha vaciado, el ejército ha vuelto a sus cuarteles, y la población entera come. Todos los musulmanes del mundo se detienen y cumplen los requisitos de su religión.
Tengo más de un amigo árabe que observa el Ramadán en Madrid en estos calurosos días de verano y no se queja. Su sacrificio (sobre todo el de no beber ni una gota de agua o cualquier otro líquido aunque se trabaje a pleno sol) pasa desapercibido en el tráfago y la rutina de los que aquí comemos, bebemos y fumamos sin restricciones mientras ellos se abstienen, lo cual, también reconocen los más piadosos, permite al musulmán europeo que no quiera ayunar hacerlo sin despertar recelos. El ayuno coránico tiene, por supuesto, unas connotaciones simbólicas propias, derivadas del mandato divino de expiación, pero no hay que olvidar la peculiar relación que todas las religiones tienen con el alimento, y en especial con la carne. Nos sorprende a veces a los que tenemos una formación cristiana la voluntaria renuncia de los musulmanes a ese manjar único que es la pata negra de un buen cerdo, por no hablar de la privación judía del conejo a la brasa, otra exquisitez nuestra incomparable. Ahora bien, también ‘nosotros' tenemos lo nuestro, o lo teníamos, pues no siendo yo ahora católico practicante ignoro si las nuevas generaciones siguen privándose tan religiosamente como las anteriores de comer carne en viernes, dando así carta de gastronomía a esa delicia del paladar que es el potaje de bacalao y garbanzos (con o sin espinacas, según el gusto), tomado en todos los hogares durante la Cuaresma y en el mío también los primeros viernes de cada mes. En países de gran consumo cárnico como Argentina o Uruguay, donde comer pescado no está entre las prioridades de sus nativos, uno (que es ‘pescadero' por vocación y no por mandamiento de la Santa Madre) lo hace, y puede así pasar por más piadoso, aludiendo a esa estricta observancia de los viernes sin chuletón ni asado de tira.
Vivir el Ramadán en un país musulmán impresiona en todo caso, más por el rito que por la obediencia, diría yo. En la ciudad costera del sur de Marruecos donde estuve hace unos días, el cañón volvía a sonar en torno a las dos de la madrugada, avisando a los habitantes de que aún les quedaba tiempo para la última comida de la jornada, la ‘shor', que precede al comienzo del ayuno, señalado de nuevo por las preces del altavoz de todas las mezquitas. Todas las mezquitas. ¿Todos los musulmanes del mundo? Marruecos, que es un país menos anquilosado de lo que aquí -‘aznáricamente'- se piensa, muestra disidencias también en ese territorio sagrado del ayuno. Y así este año han vuelto a manifestarse, y a ser disueltos por la policía, todo hay que decirlo, los (aún pocos) miembros del llamado MALI, Movimiento Alternativo para las Libertades Individuales, que, convocándose a través de Facebook, se reúnen en Rabat o en Casablanca para tomarse al mediodía un modesto sándwich en público. Tampoco era fácil, cuando yo era adolescente, decirles a tus padres que tú lo que querías, en lugar del potaje de vigilia, era un filete de lomo empanado.
[Publicado el 02/9/2010 a las 12:38]
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La aplazada muerte de Tony Judt
‘Noche' era un texto crudo y doloroso de leer pero exento de toda auto-compasión; la escritura nacía del vínculo a la expresión serena y precisa, evidentemente colmada de verdad y aun así animada por una ironía y una ocurrencia imaginativa que proporcionaban alivio, sin desvirtuar la gravedad del tono. A nadie sorprendió por tanto que lo que en esa entrega era descrito por la revista neoyorkina como "la primera de una serie de reflexiones breves", continuara y fuese creciendo de tamaño (dos y a veces tres extensos capítulos en un número), hasta constituir la bellísima, impávida, heterodoxa confesión memorial de una persona que pone plazos a su irremediable sentencia volcándose en el interior de su cabeza (lo único intocado por el mal) y sacando de ella las armas de repudio de la muerte. Para desgracia no sólo del autor y de su familia sino de los muchos lectores que ha tenido en esta etapa de su carrera, el relato diferido de Judt no pudo alcanzar ni siquiera una cuarta parte de ‘Las mil y una noches' que Sherezade, una predecesora suya en el combate ficticio contra el silencio mortal, sostuvo hace siglos en algún palacio del Oriente.
Tony Judt ya era un excelente escritor antes de enfermar. Yo sólo conocía de él su apasionante estudio sobre los intelectuales franceses de la segunda posguerra mundial titulado en la edición española de Taurus ‘Pasado imperfecto', y en sus páginas bien informadas y a veces provocativas en la argumentación se advertía la cadencia, el gusto por la metáfora y la riqueza verbal propias de los grandes nombres de la historiografía británica, que arranca en Gibbon, uno de los mayores prosistas que ha tenido la lengua inglesa, y seguiría después en Macaulay, el Carlyle de ‘La revolución francesa', G. M. Trevelyan, hasta llegar, en la segunda mitad del siglo XX, a Hobsbawm, Christopher Hill, Keith Thomas o los dos Carr, el hispanista Raymond y el eslavista E.H. (Edward Hallett), de quien Anagrama acaba de reeditar por cierto, con unas páginas de presentación de Pere Gimferrer, su extraordinario ‘Los exiliados románticos'.
Los escritos memorialísticos de Judt que van desde ‘Noche' a ‘Meritócratas', que no llegó a ver publicado, son de otra índole. A veces, es cierto, aparecía en ellos el historiador indomable en sus juicios, el judío irreverente con el dogma y enemigo de las políticas de los últimos gobiernos de Israel, el observador socarrón de las grandes instituciones culturales (fue sonada su polémica, en las páginas de correo de la propia New York Review of Books, con la directora de la Escuela Normal de París). Sin embargo, los más memorables, al menos para mí, fueron los ‘proustianos', o los ‘benjaminianos', si nos acordamos del Benjamin de ‘Infancia en Berlín' o ‘Diario de Moscú'. En el que llamó ‘La Línea Verde', por ejemplo, Judt reconstruía con un poderoso talento narrativo sus solitarios viajes infantiles en autobuses de línea por la Inglaterra rural, y la contenida nostalgia de sus evocaciones ponía más en relieve el gran acompañamiento placentero de la memoria individual, un caudal que al sumarse y al compartirse -no sólo en circunstancias de pérdida o pesar- forma la base de nuestro desafío al olvido impuesto por los estragos del tiempo.
También recuerdo sus dos apólogos sobre el ‘Ser austero' y el ‘Ser judío', de no aparente unidad, que publicó el pasado mayo. El segundo, que empezaba y terminaba con un emocionante tributo a Toni Avegael, prima hermana de su padre muerta en Auschwitz antes de que él naciera y fuese bautizado en homenaje a ella con su nombre de pila, insistía de manera audaz en algunas de las tesis más díscolas respecto a la cuestión judía, subrayando el a su juicio excesivo peso simbólico que arrastra un pueblo apresado por su pasado: "Ser judío" -escribía Judt- "consiste en recordar lo que una vez significó ser judío". En el otro texto simultáneamente publicado en mayo, el historiador londinense, sin perder nunca el don novelesco para la recreación de lugares y personajes, extraía de los recuerdos del racionamiento británico en la segunda posguerra mundial una serie de pertinentes reflexiones sobre la a menudo obscena sobreabundancia de las más altas capas sociales del primer mundo. Judt era demoledor comparando el rigor moral de su país natal en la época de una solidaria actitud de moderación y ahorro con la situación presente, en la que el mensaje capital de nuestros gobernantes es una apelación al consumo: "siga usted comprando" aun en tiempos de crisis.
El último capítulo leído antes de saber su muerte, el correspondiente al número 12, volumen LVII, de The New York Review of Books, se titulaba ‘Palabras' y comenzaba, en una escena de comedia familiar muy característica de algunos de estos episodios narrados por Judt, con una reunión de parientes centroeuropeos hablando en la cocina de los padres del autor, entonces un niño, en una mezcla de las lenguas de la Diáspora: "Yo pasaba largas y felices horas escuchando hasta muy entrada la noche las discusiones de unos autodidactas centro-europeos: ‘Marxismus', ‘Zionismus', ‘Socialismus'. Hablar, me parecía, era el objetivo de la existencia adulta. Nunca he perdido esa sensación". ‘Palabras' terminaba con una alusión (y no se encuentran muchas en estos escritos) al progreso de su enfermedad: "Dominado por un trastorno neurológico, estoy perdiendo rápidamente el control de las palabras, aun cuando mi relación con el mundo se ha reducido a ellas. Todavía forman con impecable disciplina y en hileras ilimitadas en el silencio de mis pensamientos -la vista desde el interior sigue con la misma riqueza-, pero ya no las puedo trasmitir con facilidad".
Sabemos ahora el desenlace de esa contienda entre el cuerpo y la mente de Tony Judt. También nos consta, por haberle seguido en estos únicos siete meses del año 2010 que llegó a vivir, su confianza en la permanencia de un mundo de palabras, que en su caso significaba a la vez la defensa de un modelo de educación humanista quizá desacreditada para siempre; su apego a ese núcleo de hablantes que usan la lengua para ocupar los espacios públicos del debate y la controversia no agresiva. Y se preguntaba Judt en las líneas finales de aquel artículo confesional: "Si las palabras caen en el deterioro, ¿qué las substituirá? Son todo lo que tenemos". Permanecen -y es de esperar que pronto reunidas en libro- las palabras sabias y hermosas del hombre de salud tan terriblemente deteriorada que sigue hablando muerto para nosotros.[Publicado el 30/8/2010 a las 10:10]
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‘ANTECRÍTICA'
Cuando yo era niño me aficioné a leer una página, siempre la misma página, del ABC, el diario nacional que llegaba a casa junto con otro publicado en Alicante, donde vivíamos. A los doce años, había descubierto que en la biblioteca de mi padre, de apariencia jurídica y contable, había un cuerpo entero, el de la izquierda, lleno de libros de teatro; tenían todos portadas vistosas, con dibujos de arlequines y damas dieciochescas y petimetres, estando otros ilustrados por los retratos muy coloreados, casi warholianos ‘avant la lettre', de los dramaturgos nórdicos y los sainetistas hispanos. Los fui leyendo uno a uno, captando más la gracia andaluza de los Hermanos Quintero que la ‘angst' de Ibsen, y un día decidí que yo sería, como mi abuelo (a quien se debían esos libros escénicos), hombre de teatro.
Para completar las lecturas dramáticas con una ‘illusion comique' imposible de cultivar en Alicante, buscaba la página que, cada vez que se producía el estreno de una nueva obra de teatro en Madrid, el ABC le pedía a su autor. Se llamaba ‘antecrítica', y constituía un sub-género literario en sí, pues el comediógrafo (o dramaturgo), teniendo que ser amable al menos con sus colaboradores, no podía revelar demasiado de la trama ni -aunque en eso se daban excepciones- cubrirse a sí mismo de elogios.
Escribo ahora por indicación de Letras Libres sobre mi película ‘El dios de madera', cuando va a estrenarse en España, y me gustaría tener la habilidad de aquellos escritores de otro tiempo. Uno de los invariantes del género era cantar las dotes de la primera actriz, con un latiguillo verbal que no se me ha borrado de la cabeza al cabo de tantos años: "Fulanita de Tal, en su esplendor como actriz y como mujer, interpreta...etc. etc." El tópico se podría aplicar sin mentir a Marisa Paredes, protagonista del film, pero no creo que a ella, pese a su humor, le gustase la parte rancia del lugar común. Tampoco extiendo los tópicos de rigor a los demás colaboradores, algo que, quizá en el cine más que en el teatro, corre además el riesgo de caer en la perogrullada: las películas se hacen en un alto nivel de co-autoría con los actores, el músico, el director de fotografía, los diseñadores de arte, por no citar al resto de los equipos fundamentales. A ellos, a su acierto o error, se debe la puesta en imágenes finales de algo que para el director-guionista (que es mi caso en las dos películas que he hecho) sólo es ante un conjunto de ideas en boceto. Ensalzarlos o condenarlos sería como hacerlo con uno mismo.
¿Y por qué se mete un escritor a hacer películas, con la independencia, la facilidad material y la comparativa falta de sufrimiento post-parto que la literatura tiene respecto al cine? Respondo por mí, aunque sospecho, por lo que he oído y leído a escritores-cineastas admirados (Paul Auster, Ray Loriga, Gonzalo Suárez, Peter Handke o, entre los muertos, Alain Robbe Grillet, Susan Sontag, Marguerite Duras), que tal vez sus respuestas irían en la misma dirección que la mía. El cine es el imperio del desorden controlado, un mecanismo muy complejo y articulado en su manufactura que, sin embargo, está en cada minuto de su realización sujeto al accidente. La lluvia, el huracán, el sol no requerido, las caídas, las gripes de un actor, las rivalidades del temperamento en el ‘set'. El fallo humano en un mecanismo de relojería como el del cine de autor europeo no admite (estamos hablando de costes) reparación, si no es inmediata. Las ‘averías' se pagan con la eliminación o el cambio drástico de la secuencia. Ese riesgo, ese caos que hay que dominar da a la filmación de una película una épica que, para el lírico narrativo que es el novelista, puede constituir un placer o al menos un reto incomparable.
Y luego llega el montaje, palabra que prefiero a la que se usa en América, edición, que me recuerda demasiado a los libros. Montar es proporcionar sentido al mundo de frases sueltas que son los planos rodados, nunca pegados del todo uno detrás de otro en ninguna página o pantalla de ordenador. El dar por acabada una novela tiene en efecto una similar propuesta de significación del relato, pero sin la capacidad de taumaturgia, por no decir prestidigitación, que permite el cine. Los personajes de tu relato fílmico no han sido sólo figuras de tu imaginación, como los del libro, y ya eso es prodigioso: son creados en conversación viva con la mujer o el hombre que te interpretan. En el montaje caben los juegos de mano, las mezclas no previstas, la superposición de imágenes, el fundido, la ralentización apenas vista. Y algo más, para mí esencial. Acabado todo, llega un señor (en mi caso, las dos veces, un alicantino), y le pone música a tus previsiones, a tus combinaciones de imagen y palabra. La película ya tiene alma, y se escucha, con un sonido que las novelas, al menos la de papel, aún no han incorporado.
[Publicado el 30/7/2010 a las 09:00]
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Pasados los años, el periodista entonces bajo seudónimo escribe críticas de cine en el diario en el que, en su capacidad de escritor, colabora regularmente el director de ‘Sagitario' desde hace muchos años. Y lo que son las cosas, al citado crítico le tocó en suerte -o tal vez se ocupó él de que le tocara- reseñar ‘El dios de madera', la segunda película de aquel debutante cineasta del año 2001. La reseña fue, el director no esperaba otra cosa, descalificadora y ‘perdonavidas', y tenía el involuntario chiste de tomarse en serio (y sonrojarse por ella, decía el crítico) una de las frases irónicas más evidentes y celebradas de la película.
Para rizar el rizo de este apólogo, el director respondón del 2001 y del 2010 ha sido más de cuarenta años crítico de cine, y ha tenido y mantiene el máximo respeto y consideración hacia el ejercicio de criticar. Ahora bien, por ese mismo respeto y conocimiento interno de la crítica no olvida tres principios.
El primero es el más obvio: las películas, como cualquier otro producto artístico, pueden salir bien o salir mal, y, por tanto gustar o no, rechazarse o defenderse; es sano que sobre ellas se diga lo que se opina en cualquier medio, incluyendo aquellos a los que el criticado se siente más ligado. ¿Pero es mucho pedir en estos tiempos apresurados y partisanos (por no decir sectarios) que la crítica, sobre todo la destructiva, se argumente y se substancie, y el crítico extreme la imparcialidad que está en la base de su noble oficio?
El segundo principio recordado es que no existiendo aún -y cuánta falta nos hace- la figura del Defensor del Autor o Ombudsman de la Crítica que ponga un poco de orden y justicia en ese cometido, es insano que el crítico diga siempre la última palabra en un veredicto que muchas veces traiciona palmariamente el sumario de la obra juzgada. Como autor y como crítico en cantidades equiparables defiendo, y no soy el único, la legitimidad de aquella vía abierta por Eliot, la de criticar al crítico.
El tercero más que un principio es una moraleja paradójica inspirada por una frase de Shakespeare en su famoso monólogo de Shylock en el acto III de ‘El mercader de Venecia': "Y si nos ofendéis, ¿no habremos de vengarnos?". Lo interesante de esta paradoja es que podría aplicarse a los dos sujetos de mi apólogo, el dos veces ofensor y el dos veces ofendido.
[Publicado el 22/7/2010 a las 16:43]
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Quizá porque lo leí por primera vez en un mes de julio de mi juventud, asocio ‘Tres tristes tigres' con el verano y este verano de nuevo reaparece (que no resucita, pues nunca ha estado muerta) la novela de Cabrera Infante, gracias a la excelente edición crítica que han hecho los profesores y estudiosos de la literatura latinoamericana Nivia Montenegro y Enrico Mario Santí, dentro de la colección Letras Hispánicas de Cátedra. El concepto de "edición crítica" puede arredrar a quien sólo busca en los libros la lectura y no la glosa de un texto. No hay que tener ese temor en esta ocasión. ‘Tres tristes tigres' sigue manteniendo en las casi 700 páginas de la nueva publicación su empuje cómico, su deslumbrante fusión del guiño a la alta cultura y el uso de las formas musicales y fílmicas más populares, sus personajes memorables y sus hallazgos verbales, algunos de los cuales se traducen en figuras como el bandido Bilis the Kid, el historiador Tito Lívido, el navegante Américo Prepucio, los filósofos Duns Escroto y Ortega und Gasset, la reina egipcia Nefritis o el potente conquistador Alejandro el Glande.
Pasados cinco años del fallecimiento en Londres del gran autor cubano, han salido libros nuevos y póstumos de Cabrera Infante, y el Círculo de Lectores pronto empezará a editar la serie de volúmenes de sus Obras Completas, pero ‘Tres tristes tigres' revalida su vigencia como un clásico indiscutible de la literatura en lengua castellana. Apareció en 1967, el mismo año de ‘Cien años de soledad', y ambos libros, aun no teniendo nada en común sus autores, habrían de ser, junto con ‘La ciudad y los perros' de Vargas Llosa, los títulos esenciales en esa refundación de la novela contemporánea que se dio en llamar ‘boom'.
Montenegro y Santí anotan y prologan el texto de Guillermo Cabrera sin exceso erudito, con iluminaciones muy de agradecer (sobre todo en lo que respecta a la riquísima jerga habanera), y añaden unos apéndices de gran utilidad, que incluyen la lista de los cortes de la censura franquista a la primera edición de Seix Barral y un conjunto de croquis de La Habana que servirán al lector -incluso al que, como yo, sólo conozca la capital cubana a través de los libros- de mapa del tesoro lingüístico y sentimental que esconde ‘Tres tristes tigres'. También recomponen minuciosamente las fases de escritura, los tropiezos legales y la recepción que tuvo la novela desde su aparición, brindando además la traducción de un hasta ahora inédito en español ‘Epílogo para lectores latentes (o tardíos)' que el autor escribió para la traducción inglesa de ‘Tres tristes tigres'. En ese texto, Cabrera Infante se revela como un brillante adivino, ya que en 1972 anticipa que su ciudad, sus gentes y la lengua reflejada por el libro estaban condenadas "por la Revolución a desvanecerse en virtud de una inmediata catástrofe judicial. Un pueblo locuaz reducido al laconismo". Releída ahora, con todo, ‘Tres tristes tigres' es mucho más que esa "galería de voces" o "museo del habla cubana" de que habla Cabrera. Supone la fructífera permanencia de una forma de crear ficción inventiva, aguda y altamente divertida en la que ni el tiempo ni las dictaduras han hecho mella.
[Publicado el 16/7/2010 a las 11:36]
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Que nadie responda en mi nombre al fascismo
[Publicado el 09/7/2010 a las 14:30]
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Conocí a Irving un año impreciso del siglo pasado con motivo de la presentación en Madrid de su novela ‘El mundo según Garp'; yo no le había leído antes ni le conocía personalmente, pero sus editores españoles, por alguna razón misteriosa, pensaron en mí como presentador del libro, y a ellos les debo una velada muy grata y mi apego a su obra posterior. Ahora le he reencontrado en plena forma, aunque con dolor de muelas, en una visita que tuvo esa fase madrileña centrada en sus pesquisas por la ‘zona rosa' y una segunda en Barcelona para dar entrevistas y ruedas de prensa en torno a su nuevo título ‘La última noche en Twisted River' (Tusquets), que aún no he leído. Desde aquel primer encuentro inopinado a éste, Irving se ha casado de nuevo y ha sido padre de un chico -ya adolescente- con su segunda mujer Janet, una canadiense joven e inteligente que viajaba junto a él, acompañados casi siempre los dos en Madrid por el amigo común que nos ha vuelto a poner en contacto, Edmund White, otro excelente novelista norteamericano.
Irving no ha cambiado su identidad sexual, pero comparte con una ingente cantidad de extranjeros -homosexuales y ‘heteros'- la fascinación por la vivacidad de la fauna y el paisaje gay que marcan esas pocas calles del centro de nuestra ciudad, ahora a punto de reventar de orgullo y falta de prejuicios. Me sorprendía lo mucho que al autor de ‘El Hotel New Hampshire' le gustaba todo lo que veía, como si los iconos, los atuendos y las maneras que tan parecidamente se dan en otras capitales europeas y americanas donde la homosexualidad se puede expresar libremente, en Madrid cobraran para él un novedoso relieve, una originalidad casi fundacional. Había una tarde en una terraza cerca de la calle Augusto Figueroa unas lesbianas del tipo chic, con aspecto de intelectuales centroeuropeas de los años 1920 (sólo les faltaba el monóculo), a las que Irving no quitó el ojo, aunque él lo que buscaba básicamente era un homosexual español de edad madura y largo pasado al que convertir en protagonista de su nueva novela aún en proceso de escritura. Es decir: estaba localizando exteriores y haciendo una especie de ojeo o ‘casting' puramente visual en Chueca.
Yo le recomendé que volviera durante la semana grande de las fiestas, y sobre todo para estar en Madrid el día de la gran cabalgata del pasado sábado. No podía él en esas fechas. A pesar de los cambios de sitio de las verbenas, el gentío fue tan grande como en años anteriores, y así pasó desapercibida para la mayoría la ausencia del camión engalanado que tenía intención de enviar (y pagar) el ayuntamiento de Tel Aviv; los organizadores del Madrid Orgullo tomaron la decisión política de eliminarlo, aunque en el desfile hubo homosexuales israelíes. Yo también opino que el actual gobierno integrista de Netanyhau, aunque elegido en su día democráticamente, es odioso, y criminal la incursión por mar y aire que acabó con nueve muertos entre los tripulantes de la flotilla; pero meter en el mismo saco militarista a todas las gentes de aquel país sería tan injusto como haber tildado en 1974 a todos los españoles de fascistas. Importantes intelectuales, periodistas y ciudadanos judíos escriben, se pronuncian y manifiestan contra sus dirigentes, mientras que -y esto conviene recordarlo estos días- en la tan heterogénea población hebrea que vive en Israel cada día tienen más voz las fuerzas retrógradas y fundamentalistas que, de poder, impedirían la marcha (y no me refiero a la nocturna de copas y bares) de los gays y lesbianas de Israel, en Israel, en Madrid y en cualquier lugar abierto del mundo.
Ningún egipcio, ningún tunecino, ningún libio, iraní o nigeriano desfiló el 3 de julio por la Gran Vía representando a los gays de su país o ciudad. Los de Tel Aviv, por mucho que nos disguste Netanyahu, sí pueden hacerlo, y anteayer lo hicieron, aun sin carroza propia. Me parece a mí que el justamente celebrado e impresionante festejo reivindicativo del Orgullo Gay madrileño, este año centrado en la transexualidad, debería plantearse en los siguientes hacer ostensibles, preferiblemente con carruajes, a los hombres y mujeres homosexuales de tantísimos países musulmanes en los que se persigue, a veces hasta la muerte, no ya el ser visiblemente gay, sino el serlo.
[Publicado el 05/7/2010 a las 13:15]
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Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en 2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama). Su libro más reciente es El hombre que vendió su propia cama (Anagrama).
Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).
Foto: Asís G. Ayerbe


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