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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 5 de agosto de 2020

 Vicente Molina Foix

Bob Wilson

 

Desde Berlín, donde el repliegue universal le sorprendió en mitad de un montaje, Bob Wilson, desgajado del público como tanta otra gente del teatro, da señales de vida. Su regalo se puede recoger a domicilio en cualquier lugar, sin horario ni pago estipulado, a través de robertwilson.com, y ofrece en momentos de zozobra la parodia elegante, la estilizada tragedia, el mundo ingenuo y tétrico de las fábulas, todo en pequeñas dosis y con grandes figuras.

De esta colección de cuadros vivos destacan sus Video Retratos: los 4 minutos de parpadeo ambiguo y monólogo interrupto de Johnny Depp, los 90 segundos de Isabella Rosellini haciendo el ganso con la más gamberra banda sonora y vestida de Alicia, Brad Pitt bajo la lluvia y lloviendo él leche o esperma con una pistolita de juguete, y mi favorito, Marfil, la Pantera Negra, que pese al título de tebeo clásico de tema africano es un remedo de Hamlet en dos minutos. Luego entramos en la Sala de Proyección (Viewing Room; los comentarios tienen por cierto traducción española adjunta).

Palabras mayores que reflejan instalaciones permanentes de Wilson -"ventanas a otro mundo" las llama él- en la Villa Panza de Varese. Ahí nos recibe un vestíbulo de remakes al minuto de cuadros de maestros antiguos personificados y gritados por Lady Gaga, y en otro rincón Una fábula de invierno, bellísimo homenaje a Italo Calvino con la escenificación simultánea de las perplejidades y apetitos de una zorra, un lobo y un corderito, apólogo napolitano que el novelista recopiló y reescribió en su deliciosa antología de Cuentos populares italianos, llamándolo Comadre zorra y compadre lobo.

La ofrenda de más longitud, en típica cadencia wilsoniana de suntuosidad ceremonial y guiño cómico, es la condensación en 15 minutos del Días felices de Samuel Beckett encarnado por Winona Ryder, que emerge de la oscuridad montañosa de la basura con sus tres limpios símbolos: revólver, cepillo de dientes, bolso de mano, antes de volver impávida al pozo negro del subterráneo.

[Publicado el 04/6/2020 a las 13:55]

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Cine Ideal


En Alicante se quiere destruir un Ideal, uno de tantos. En otros tiempos no muy lejanos cines y teatros llevaban nombres utópicos y latinos, incluso orientalistas: Capitolio, Rialto, Pompeya, Emperador, Casablanca, La Pagoda. Uno a uno fueron cayendo, sustituidos en las ciudades afortunadas por los de filiación artística o musical: Alphaville, Renoir, Golem, Verdi. Aún no había llegado a ese mundo el patrocinio de un banco, una cerveza o una telefónica adornándose con el nombre original del coliseo.
 

Al cine Ideal de Alicante me atan muchos recuerdos de niñez; estaba a tres portales de la consulta del Dr. Niñoles Jr., una leyenda en la odontología de autor, y los jueves, después de mi ortodoncia, aprovechaba para ver lo que echasen en el Ideal: por ejemplo Espartaco de Kubrick, en la versión de baño termal aguado de esa película que tanta solera gana con los años.

Mucha gente de la cultura alicantina se ha movilizado, y no se podrá decir que son los de siempre pidiendo lo de siempre, subvenciones para vivir del cuento. La iniciativa cívica "Salvemos el Ideal" exige a la alcaldía del PP, coaligada con Ciudadanos, el mantenimiento de la hermosa fachada ecléctica del antiguo cine y su estructura interior, ahora deteriorada, como centro artístico polivalente dentro de un eje que en poco más de doscientos metros alberga el Teatro Principal, el palacete del Gobierno Militar, la noble Casa de Socorro y, en lo alto de la avenida, el tan singular Mercado Central: un perímetro de excepcional calidad urbana en una ciudad muy castigada por la especulación.

La alternativa a ese espacio cultural es un hotel de lujo ya planificado. El turismo es agua de mayo para la zona, ¿pero lo será siempre? No es mala idea ante los nuevos tiempos ganarle un patrimonio a la piqueta, aunque no se trate de un claustro románico. El Ideal es un hito de la capital, y el germen de unos bienes sujetos no al vaivén del dinero sino a las ganancias del espíritu.

[Publicado el 02/6/2020 a las 15:23]

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¿Tu enemigo?

Esta historia empezó en el desconcierto, y continuó, como los mejores relatos de la literatura y el cine, con la suspensión de la incredulidad. ¿Nos está pasando a nosotros o es un sueño contado por un idiota que al despertar sigue al pie de la cama con su reptil impertérrito? Lo único edificante de la tragedia es que animaba a compartir: el dolor, la prudencia, los cuidados de la salud, el gesto amable, el agradecimiento al fin de cada tarde. El aplauso espontáneo era un recuerdo de las ovaciones más señaladas de nuestra vida: a un fallecido en acto de servicio al país, a unos recién casados muy queridos, a la actriz que nos conmovió desde el escenario. Ahora, en ciertas zonas de la ciudad, no en todas, suena el desafinado de las cacerolas, y para quien de joven pateó algún espectáculo mal acabado no se trata de algo escandaloso: el derecho al pateo, que ahora es el derecho al cencerro. Me quedo con la fase primera de la manifestación popular. 
 

Es tan fácil abrir heridas entre los que seguimos vivos. No conviene olvidar que al principio de la pandemia ya hubo manifestaciones de protesta: vecinos que rogaban a sanitarios residentes en su edificio o a un anciano afectado que se fueran a vivir a otro sitio para proteger a los sanos de la comunidad. De esto se dejó de hablar; no sé si se ha dejado de hacer. Ahora llega esta otra que acusa al gobierno de enemigo de la libertad. Y qué somos los que acatamos la ley por dura que nos resulte, ¿esbirros a sueldo del comunismo internacional? 

El único alivio es que en la protesta que vi ayer en el paseo más céntrico de la capital, hacían ruido pero eran pocos. Saqué a ojo la cuenta: todos cabrían, sin apretujones, en el salón del piso más pequeño de los dos que tiene alquilados, con trato de favor, la Señora Presidenta de Madrid y provincia.

[Publicado el 21/5/2020 a las 15:36]

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Arúspices


Con el corona aún pegado a nuestra sien como un arma letal, no falta día ni entrevista en la que deje de sonar la voz de los arúspices, aquellos sacerdotes de la Roma pagana que en las entrañas del animal leían el porvenir. En los vaticinios del presente se dice que la tragedia nos purificará. Habrá más muertos en la cercanía y desaparecidos en el temporal del mundo del trabajo, pero la solidaridad y la entrega mostradas desde el primer día prevalecerán, y seremos mejores: verle al destino su cara más atroz ablandará la mirada rapaz de nuestros ojos. Ojalá.

Un suelto en el periódico, insignificante al lado de las listas de fallecidos y enfermos, llama sin embargo la atención; la noticia es tétrica, pero con algo de bufonada, como siempre que anda la justicia por medio con la porra en la mano. Más de 380.000 personas han estado delinquiendo tan ricamente, al compartir libros, periódicos y revistas que unos servicios de mensajería, como los que le traen la pizza pre-pagada a tu vecino, les facilitaban instantáneamente, sin bicicleta y con fraude. CEDRO informa de que estos piratas, que se creerán gente honrada, distraían así el confinamiento gracias a Telegram y WhatsApp; la primera ya ha bloqueado la apropiación ilegal de labores de creación con las que subsisten unos cuantos, quizá muchos más en número que esos casi 400.000 infractores desaprensivos. ¿Bloqueo voluntario o fue que les pillaron? 

Nos preguntamos cómo saldrá el arte de esta crisis: los libros, el teatro, las películas, el trabajo de los periodistas y los músicos. La mayoría de arúspices detecta en nuestra entraña la gratitud a los artistas que ahora no tienen voz, ni medio de expresión, ni sueldo. Se les reconocen sus méritos, y el placer que dan. Predican universos posibles, y a cambio piden vivir de su ficción. Ni mucho menos son un conjunto de dioses, ni su casa el olimpo. Pero ahí están los apóstoles del todogratis para bajarles los humos y, de paso, trincar.

[Publicado el 14/5/2020 a las 10:21]

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Los cumpleaños


Conozco a una mujer y a dos hombres que acaban de cumplir noventa años, aunque al segundo de ellos lo conozco solo de vista. La gran escritora Margo Glantz es la primera persona en quien pensé cuando la fiebre pandémica también subió a México, su país. Margo, la artista de la visitación universal, Margo, a quien ningún viaje amarga, confinada; qué despropósito. A España viene mucho, y en Alicante le rinden culto, lo cual me alegra infinito, como nativo que soy de la provincia.
 
El compositor Luis de Pablo es un nombre fundamental en la cultura española de los últimos sesenta años, y de rebote, en mi vida, a la que ha puesto música, mientras nos daba a todos ejemplo de rigor, de búsqueda, de compromiso artístico. Así se recoge en un libro de conversaciones recién aparecido, Inventario; sus palabras inteligentes, chispeantes, quemantes, animan el perfil de una figura inquebrantable, que sigue creando.
 
Jean-Luc Godard fundó, al lado de Truffaut, Chabrol, Varda y Rohmer, la Nueva Ola, y refundó él solo, con una docena de películas, los modos de contar. Ahora lleva unas cuantas décadas de fundamentalista del agitprop fílmico; no es lo mismo que antes, pero nunca deja de interesar. El pasado 16 de marzo le celebré en casa. Ese día, sesenta años atrás, se estrenó en París A bout de souffle (Al final de la escapada). Se trata, junto con algún título de Antonioni, de Bergman, de Welles o Kurosawa, de una obra seminal de la historia del cine, con hijos e hijas repartidos por todo el mundo; "una película infecciosa", como decía Susan Sontag. Aquella tercera noche de Alarma volví a verla y brindé por Belmondo (que vive) y Jean Seberg, y por alguien que no aparece en la pantalla, el novelista Romain Gary. El 16 de marzo de 1960 Seberg ignoró el estreno; vivía entonces una luna de miel anticipada con Gary en el Lutetia, un hotel parisino más lujoso y menos trágico que los tan esenciales del film de Godard. Se cuenta que la atormentada pareja Gary-Seberg no salió en todo el día de su habitación del Lutetia. Se casaron, viajaron, se fueron infieles, hizo ella muchas películas, no todas memorables, y escribió él, con nombre propio y falso, una gran cantidad de libros de éxito, buenos y malos. Con un año de diferencia murieron ambos, ya separados, de muerte voluntaria. Y antes de alcanzar el tiempo de la longevidad.

[Publicado el 07/5/2020 a las 13:24]

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Uniformados

 

Cuando lo crucial es el babero que el enfermo lleve mientras respira en la UCI, o las batas del personal sanitario, otra ropa ha cobrado importancia entre los que dicen actuar según altos principios cuando solo miran por sus propios fines. Primero fue Pablo Iglesias, un republicano legítimo e inteligente que hace tontadas frívolas: meterse, por ejemplo, con el traje de gala militar de Felipe VI, que también representa al pueblo así vestido, como los reyes y reinas de otros estados democráticos del norte de Europa, nunca subordinados a sus ejércitos, que, ahora se ha visto claro, son más asistenciales que beligerantes, y mueren víctimas. 

En tanto que izquierdista chapado a la antigua, yo detestaba el correaje y la gorra de plato que me tocó llevar casi 15 meses en el Ministerio del Aire, un paraíso de dandies comparado, decían rencorosos los de Tierra, con el chusquerismo de sus mandos y el marronazo de su uniforme. Acabada la mili, en el verano de 1975 viajé de turista a Portugal con una pareja de amigos, y en Elvas, nada más cruzar la frontera, encontramos albergue ya entrada la noche en una pousada histórica; el recepcionista era un joven suboficial armado. El muchacho se hizo un lío con las llaves y no se daba maña con la factura al irle a pagar, pero sacó el clavel del fusil en la despedida para regalárselo a la chica rubia que nos conducía a su novio y a mí. ¿Franquistas nosotros? ¿Representante de la bota marcial aquel sargento que un año antes había hecho la revolución sin pegar un tiro?

Después de la simpleza de Pablo Iglesias, lo de los generales. Es bueno que no vuelvan al podio de las inacabables ruedas de prensa. Iban también ellos como jefes de un estamento de servicio a la comunidad al que llegaron por su saber estratégico o sus dotes de mando. No por su bien hablar. La elocuencia a un militar no hay porqué suponérsela. Picos de oro electos oímos muy embaucadores. Menos mal que a nosotros nos queda la última palabra, cuando toque darla.

[Publicado el 30/4/2020 a las 10:52]

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Incluso niños


La semana en la que los niños andan excitados al saber que podrán salir a la calle, el presidente Torra me ha devuelto la niñez. Estaba yo precisamente fantaseando con el goce que los mayores tendremos a partir del día 27 al oír el bullicio de los más pequeños en el descansillo, y ver desde la ventana la infancia recuperada, aunque no del todo; no habrá aún deslices por los toboganes del parque, y el patinete raudo seguirá vigilado por papá o mamá. Estaba yo, ya digo, inmerso en mi ensueño cuando llegó la noticia: el pasaporte inmunológico para catalanes.

Habrán leído ustedes la propuesta, pero sólo quienes estén en torno a los 70 sabrán contextualizarla. En el año 1950 el régimen de Franco, en la ya acreditada y estrecha colaboración con la jerarquía católica, creó la Oficina Nacional Clasificadora de Espectáculos, que colgaba regularmente en la puerta de las iglesias sus anatemas: las películas de la cartelera estaban numeradas del 1 al 4, con la explicación al lado y el correspondiente color. Eran un anticlímax las películas blancas del 1, "para todos, incluso niños", y uno aspiraba al menos a ver las del grupo 2, azuladas y autorizadas "para jóvenes"; era la época del bombacho en los pantalones. Después venían las de mayores, según tus padres nada del otro mundo. Lo verdaderamente incitante era colarse en una de 3R, "mayores con reparos"; el listo de mi clase consiguió ver, camuflado entre sus tías, nada menos que Arroz amargo. Las de 4, "gravemente peligrosas", si morías de un atropello al salir del cine ibas directo al infierno.

El carné de Torra será, se dice, de obligado cumplimiento, y también tiene previstos colores, del rojo del gran riesgo al amarillo, que, como no podía ser menos, se identifica con el estar a salvo del virus. No hay datos de momento sobre su validez extra-sanitaria: ¿dará puntos patrióticos el tenerlo? Que todo sea en bien de la salud.

[Publicado el 24/4/2020 a las 09:14]

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La máscara



No será el mejor papel de su vida, pero el monólogo ex abrupto de Juan Echanove al ministro Uribes quedará: en la historia de nuestra pandemia o en la del teatro. Quizá en las dos. Echanove habla en ese vídeo, y el pasado domingo en la Sexta, de la mutabilidad de la política. En sus 42 años de profesión dice haber visto pasar por el puesto a muchos ministros de Cultura que ya no son nada, y él sigue ahí, subido a las tablas. No es una vanidad, sino un recordatorio. Ciertos legisladores dejan rastro de estadistas o de canallas, pero son mayoría los ministros que no dejan ni rostro ni memoria de su nombre. Por el contrario los actores persisten, ya que poseen, sean grandes estrellas o característicos, el supremo misterio de la encarnación humana. Nos hacen disfrutar y llorar, como una sinfonía o un poema, pero su constancia física, incluso su deterioro cuando envejecen ante las candilejas, nos fija a ellos, aun diciendo palabras que no son suyas. ¿Idolatría de fans desquiciados? Se trata más bien del apego casi familiar, y por ello amoroso, a los seres que toda la vida nos han llevado al cine, a un concierto en vivo, y a quienes, cuando había poco teatro, los mayores descubrimos en un televisor en blanco y negro, el color de nuestra posguerra. Ministros celebérrimos de mi juventud: Nieto Antúnez, José Solís, la sonrisa del régimen de Franco. ¿Dicen hoy algo esos nombres, salvo a los expertos y a los ancianos que aprendieron a odiarles o les veneraron? Mientras que gente joven de hoy celebra entre risas las payasadas de Gracita Morales, sin olvidar, de aquella misma época, la voz de un Fernán Gómez o un Rabal.

Todos tenemos un aire teatral, de conspiradores de dramón, con las mascarillas puestas. El día que nos las quitemos ahí estará el cómico para ponerse la verdadera máscara de la ficción que da vida.

[Publicado el 16/4/2020 a las 09:06]

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Aquel día


Somos muchos en recordar cómo empezó aquel día, y lo que cada uno hizo a continuación o tenía previsto llevar a cabo, según la parte del mundo adonde nos llegase la noticia de lo ocurrido el 11 de septiembre de 2001. Nadie que lo viera en tiempo real aquel día ha olvidado el impacto del segundo avión, las torres humeantes, las mujeres y hombres lanzándose al vacío para no abrasarse; el dolor de la muerte repentina de 3000 personas contenido en las pocas horas de una suave mañana americana.

La sensación de espanto fue superior así, aquel día, a la que sentimos en la primera fase de expansión de algo ajeno y todavía sin definir; algo que podía matar pero con ribetes exóticos y pintorescos: un mercadillo oriental, unos animalitos con rara cara de buenos, el extraño nombre que pronto se le dio al mal, entre lo novelesco (el virus corona, ni más ni menos) y lo aeroespacial (la Covid-19).

El atentado del 11/9 inició un dispositivo terrorista que afectó a España pronto y se extendió sin cesar por muchos países, con distintos programas de venganza religiosa. Desde el comienzo, aquella y esta tragedia actual han tenido similitudes: el conteo variable de sus víctimas, los relatos falsos nacidos del interés político o el provecho económico. Pero hay entre ambas una diferencia capital, la que contrapone la plaga fortuita a la deliberada matanza con "garantía de significado", como la llama Roberto Calasso escribiendo sobre el yihadismo en su libro La actualidad innombrable.

No será fácil que haya un día preciso ni una sola imagen, en nuestro recuerdo futuro de supervivientes, para señalar el fin de esta pandemia. Su insignificante casualidad, su inconsciencia carente de odio, no alivia la hecatombe pero le quita la voluntad de hacer daño. La bacteria no sigue doctrinas. De ahí la esperanza de que el bien de la ciencia la neutralice. Su final será nuestro principio.

[Publicado el 09/4/2020 a las 15:12]

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Luz de gas

Estaba escribiendo con la estufa a mi lado, a modo de musa calefactora, cuando llegó la factura. Caían copos de nieve en primavera, y mi cabeza se dio momentáneamente al disparate. La factura era de luz y gas, y no de luz de gas, como había creído leer, pensando en un famoso drama inglés de miedo que Cukor llevó al cine con Ingrid Bergman. Recapacité. Las compañías eléctricas y gasísticas, Endesa, Iberdrola, Repsol, Naturgy, por citar las mayores, desean evitarnos los malos tragos; la palabra eléctrica, en contra de lo aparente, no es un derivado de la vengativa Electra de los griegos. Y en la tragedia actual del corona-virus nos alivian, pues así podemos leer novelas cuando cae la noche, ver las noticias y usar el gas ciudad a discreción. Pero hice cálculos. Del monto de luz y gas consumidos que 46 millones de españoles van a pagar mientras dure el encierro en casa una parte muy substancial le corresponde en justicia a otros: empresarios y trabajadores del cine de las pantallas oscurecidas, de teatros de candilejas apagadas y focos que no alumbran al actor, expositores de novedades invisibles en las librerías cerradas, guitarras sin corriente ni altavoz, orquestas con atriles sin luz, los fogones extintos de la hostelería, y las cien mil bombillas que llevan semanas sin iluminar las aulas. Sitios que también hacen funcionar el país y proporcionan, además de salarios, un bien placentero. 

Mi compañía energética, que es una de las grandes y de la que no tengo queja, ha tenido un gesto sensible: demorar los pagos. Insuficiente. Atrevida pero no disparatada creo la modesta proposición de que un tercio del dinero abonado por todos los usuarios a partir de la próxima factura sea descontado durante el tiempo que se estime prudencial y destinado a un fondo de estímulo y ayuda a quienes no pudieron encender sus luces para enseñar, hacer reír o soñar, alimentar, estar juntos.

[Publicado el 02/4/2020 a las 15:51]

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Foto autor

Biografía

 

Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017). Su más reciente libro es Kubrick en casa (Angrama, 2019).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

 

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

Audios asociados

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