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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 31 de enero de 2015

 Blog de Vicente Molina Foix

Dolan: todo sobre las madres

En las películas del canadiense Xavier Dolan siempre hay una madre al que su hijo odia, insulta, adora a distancia, llegando, entre expresiones de amor extremo y dependencia, a golpearla y a maldecirla. Las madres son o viudas, o divorciadas, o con un marido inconexo. ‘Mommy', que le ha sacado del ghetto del cine gay y de un cierto malditismo dorado (ganó en el último Festival de Cannes el Premio del Jurado, ex-aequo con Godard ni más ni menos, y ha tenido más de un millón de espectadores en Francia), es, de las cuatro que conozco de una filmografía de cinco, la menos ambiciosa y la más convencional, pese al uso del formato fílmico 1:1, que empequeñece y encapsula los fotogramas. Detrás de ese dispositivo técnico hay un fatigoso melodrama de discapacidad adolescente tampoco redimido por el leve apunte de ciencia ficción: la trama se desarrolla en 2015, cuando el gobierno de Canadá ha dictado una ley que permite a los padres de hijos con un déficit de atención por hiperactividad entregarlos, sin más instancia, al estado. La escena en que Die, la madre de Steve, el chico de quince años que sufre el trastorno, le conduce engañosamente al hospital y lo pone en manos de los loqueros, tiene una gran fuerza dramática, basada en lo que nunca le falta a Dolan, invención visual y libre uso del relato.

         Canadiense de Quebec, Xavier Dolan, actor infantil desde los cuatro años, debutó a los diecinueve como guionista y director de ‘Yo maté a mi madre' (2008), a la que siguió en 2009 ‘Los amores imaginarios', dos fantasías ancladas en la homosexualidad juvenil y la filiación respecto a una madre exuberante y desordenada que en ambas interpretaba su actriz fetiche, la magnífica Anne Dorval. Dorval es capaz de insuflar humor, locura y patetismo a sus personajes maternales, y así lo vuelve a demostrar en la extraordinaria escena final de ‘Mommy', cuando su vecina y salvadora Kyla (Suzanne Climent, otra presencia regular en la obra del cineasta) le anuncia que se va a vivir a Toronto, dejándola sola en el trato y la compañía de su insufrible hijo Steve. Al lado de estas dos excelentes actrices, Dolan es un intérprete sin registros ni encanto, limitado a poner siempre caras de enfado y dar voces estridentes, eso sí, en el vivaz ‘slang quebecois' de los nacidos en Montreal, muy contaminado de anglicismos y casi imposible de comprender para quienes sepan el francés europeo. De hecho, ya en su tercer largometraje, ‘Laurence Anyways', lo mejor de su filmografía, Dolan no actúa, como tampoco en ‘Mommy', aunque podría decirse que todos los papeles masculinos protagonistas, estén o no encarnados por él, son él: seres desubicados, hermosos, impulsivos, que producen una mezcla de fascinación y fastidio emanada seguramente de su radical carácter insolente o su desajuste personal.

      Dolan fue niño prodigio pero no es un ‘enfant terrible' al modo en que lo fue en el cine galo Jean Vigo o lo es Leos Carax. Su filosofía, cuando la imparte en algún monólogo, es elemental y hasta ñoña, su cultura icónica muy superficial, formada en las portadas de las revistas de moda y en los videoclips, que a menudo se cuelan en sus propios relatos como entremeses vistosos con nada dentro. También me atrevo a decir que sin Almodóvar, Dolan no existiría, o no sería lo que es, por mucho que el joven canadiense, comprensiblemente, trate de negar parentescos con el manchego, prefiriendo dar como modelos estéticos los nombres de fotógrafos reputados y -como inspiradoras de ‘Mommy'- las películas ‘Titanic', ‘Batman' y ‘Magnolia'. De esta obra maestra de Paul Thomas Anderson hay enseñanzas y citas literales en ‘Laurence Anyways', la historia de un profesor de literatura y poeta felizmente casado con la publicista Fred, que un día, a los 35 años, decide hacerse mujer. Cuando, después de una escena muy intensa con su esposa, quien tras un inicial rechazo trata no sin dificultad de entenderle y ayudarle, Laurence, ya feminizado, va a la casa familiar bajo la lluvia, a pedirle consuelo a su rígida madre, ésta se pone al fin de su parte, rompe el aparato televisor al que el padre está permanentemente enchufado y sale con su hijo a la intemperie: les envuelve una nieve de cuento de hadas. Otros ‘magnolianismos' aparatosos son la ducha torrencial que le cae de golpe a Fred en su sala de estar, o el revuelo de pañuelos y diversas prendas de ropa de casa en el momento en que Laurence, a punto de ser mujer plena, vuelve a ver a Fred y reanudan su relación. Los fuegos de artificio de Dolan carecen del misterio de los de David Lynch, otra referencia, y del tejido metafórico del cine de Anderson

       Aun así, sus películas da gusto verlas, cuando se supera el tedio de la acumulación de efectos y excursos innecesarios y en la pantalla brilla el ojo infalible y el instinto de narrador inventivo propios de Xavier Dolan. Creador también, además de los guiones y el montaje de sus películas, de los conceptos de vestuario, se tiene la impresión a veces de que los trajes, como los decorados, casi nunca naturales, forman parte de su universo, que, cuando se han visto varias películas suyas, adquiere consistencia, originalidad, poder de hechizo. Usa con frecuencia (y aquí de nuevo surgen los antecedentes ilustres, Cocteau, Almodóvar) las tomas en cámara lenta, logrando que no resulten empalagosas. Y es también un refinado hacedor de encuadres inesperados, hasta el punto de que ciertos fragmentos de sus historias pueden ser leídos como cuadrerías pictóricas en movimiento. Y un memorable brote de genio: tras una hora larga de relato minimizado por el formato 1:1, Steve sale a la calle acompañado de sus dos madres, la biológica y la que le educa, y el propio actor abre con sus brazos los límites de la imagen, que durante diez minutos ocupa la pantalla entera, dejándoles vivir con amplitud y aire libre una pausa de felicidad. Pero cuando esta acaba, vuelve el recuadro cercenado, que de nuevo se abre o libera en la bella secuencia de la excursión del trío al mar, hasta que lentamente se cierra. No hay mundo suficiente en este relato claustrofóbica para el rubio Steve, aunque el final le muestre huyendo de sus celadores.

[Publicado el 21/1/2015 a las 10:10]

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Lo mejor del 14

A petición del novelista (y gran cinéfilo) Juan Francisco Ferrer, y al igual que en años anteriores, confecciono y doy a conocer mi lista de mejores películas estrenadas en el año 2014.

1. Lamento no ser más original, pero mi lista, como la de casi todo el mundo, la encabeza ‘Boyhood' de Richard Linklater, y me malicio que por las mismas razones que han suscitado el entusiasmo universal.

2. La sigue en segundo puesto pero a su misma altura en mi estima, ‘Ida', de Pawel Warlikowski, que me permitió además descubrir a un director con trayectoria anterior interesante y un título de gran calidad, ‘My Summer of Love'.

3. En el tercer puesto ‘A propósito de Llewyn Davies': los hermanos Coen autores de la mejor película de vanguardia del año disfrazada de comedia ‘mainstream'.

4. La irrupción de Alain Guiraudie con ‘El desconocido del lago' refuerza una línea tan difícil como la de un cine estrictamente homo y anti-propagandista; después de verla, cuando su estreno en España, la Filmoteca, en su Sala del Doré, ha dado la oportunidad de ver su entera filmografía a lo largo del otoño de 2014. Ninguna de esas obras previas tenía la maestría formal de ‘L´inconnu du lac', pero todas eran preparativos o esbozos de la obra maestra descubierta en Cannes.

5. ‘Magical Girl' me sorprendió gratamente: no pude aguantar en su día la anterior película de su director Vermut, ‘Diamond Flash', de un feísmo ramplón y cargante en sus diálogos, justo lo contrario de lo que ahora propone.

6. ‘Omar' del palestino Hany Abu-Hassad me interesa, no llegando a la categoría de su ‘Paradise Now', por la mirada fílmica, por su contexto, por su militancia no partisana.

7. ‘Costa de Morte', de Lois Patiño, por su silencio documental, no siempre respetado: le sobran músicas y algún diálogo costumbrista, pero el espíritu del lugar hechiza.

8. ‘Hermosa juventud', otro Jaime Rosales imperfecto y lleno de sugerencias formales y morales

9. ‘El lobo de Wall Street', o de cómo Scorsese transubstancia  la cocaína en la planificación del film.

10. ‘La isla mínima', por sus trampantojos de arranque y cierre.

 

[Aclaro que, con la excepción de ‘Magical Girl', de las películas elegidas en esta lista podrá quien lo desee encontrar comentario in extenso, pues de todas escribí reseñas puntuales, accesibles en mis posts de El Boomeran(g)]

 

[Publicado el 14/1/2015 a las 13:25]

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Bruta y maldita

Tiene más de noventa años y lleva una hermosa trenza grecolatina circundándole el cráneo, en una mezcla de coquetería y pronunciamiento: la trenza no nace naturalmente de su cabeza, sino de su voluntad intempestiva. ‘La pasión según Carol Rama' es la mejor exposición que he visto este año que acaba (aunque estará en el MACBA de Barcelona hasta finales de febrero), la más desasosegante, la más sugestiva y reveladora, pues nos revela la belleza convulsa de esta artista a la vez que nos recuerda una de las promesas de salvación que hay en el arte: la existencia callada de genios malditos, y la persistencia de quienes les encuentran y sacan a la luz.

Sin embargo, el malditismo de esta turinesa de buena familia nacida en 1918 es peculiar. No hablamos aquí de miseria, de aislamiento, aunque sí de persecución, ya que sus primeras acuarelas figurativas de los años 1930/1940, expuestas en 1945 bajo su verdadero nombre de Olga Carolina Rama, fueron censuradas por el aún vigente gobierno ‘mussoliniano'. Hoy deslumbran al visitante en la primera sala del MACBA, y se entiende la prohibición fascista: cuerpos deseantes, mujeres en el ejercicio de su placer, animalitos que se convierten en extensas vergas, las vías urinarias del pecado. Un arte bruto realizado con refinamiento supremo y colores de sueño.

Su carrera continuó después de la guerra, y puede verse en la exposición (que es enorme pero nunca decepciona) que la artista que a partir de 1950 se llamó Carol Rama fue siempre de su tiempo, es decir, conocedora y seguidora de las vanguardias que le correspondían, aunque su vanguardismo, y ahí radica su genialidad, no es programático ni sectario. Se alistó al llamado Movimiento de Arte Concreto (MAC) y se fatigó de las geometrías, experimentó, al lado de los poetas del grupo de I Novissimi, sobre todo Nanni Balestrini y Edoardo Sanguineti, con sus poemas visuales y ‘Bricolages', pasando después a un original ‘arte povera' en el que junto a los materiales como el caucho, la piel sin curtir o la arpillera, despuntan sus amenazantes uñas, pestañas, dientes, como signos orgánicos de un desorden. Rama estuvo presente en todos los ‘ismos', se fotografió al lado de Man Ray y Andy Warhol, no parece haber descansado nunca, pero las historias del arte y los museos la ignoraron hasta que en el año 2003 la Bienal de Venecia le concedió su León de Oro. Las comisarias de la muestra, Beatriz Preciado y Teresa Grandas, que han hecho junto a Anne Dressen un excelente trabajo, lo achacan a la exclusión femenina del cánon. Sin duda, pero también se la olvidó por algo más: la rareza, la multiplicidad, la osadía sexual y escatológica, su estado vacante.

Lo de vacante nos lleva, por asociación sonora, a la definición que Carol Rama dio de sí misma en los años 1990 como "mucca pazza", es decir, vaca loca. La encefalopatía esfongiforme de esos mamíferos, tan temida, era en ella una manera no-enferma de vacar, de ser libre. En su serie de autorretratos de aquel periodo, en que la vaca loca produce unas anatomías desbordadas y lujuriosas, "yo era la vaca loca", proclamaba Rama, "y eso me ha hecho gozar, gozar de manera extraordinaria".

[Publicado el 29/12/2014 a las 09:00]

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Tres paisajes

Aunque también describe un paisaje moral, la España democrática todavía vacilante de 1980, ‘La isla mínima' se concentra poderosamente en el bellísimo y poco frecuentado territorio de las marismas del Guadalquivir, especialmente en torno al acotado espacio de la así llamada La Isla. El director Alberto Rodríguez, que ha hecho un magnífico trabajo de narración y trazado de personajes, se permite sin embargo -y el espectador lo agradece- ser manierista a veces; sin dejar de ser esencial, rápido y trepidante, Rodríguez juega con nuestra percepción de espectadores de la pantalla grande, iniciando su película con un ‘trompe l´oeil' que se repite y la termina: tomas cenitales de las riberas del río que pueden parecer (a mí me lo parecieron) un efecto de truca digital, y que van perdiendo gradualmente su condición de vista aérea, para mostrar el horizonte plano e infinito de sus arrozales abandonados. El juego le conviene a una historia que trata en clave social de las apariencias falsas, los engaños de la historia y la difícil investigación de la verdad. ‘La isla mínima' es así un ‘thriller' naturalista realzado por un correlato plástico que raya en la metafísica.

‘Sueño de invierno', del muy notable director turco Nuri Bilge Ceylan, lucha por el contrario con el idilio del paisajismo: "Tenía un poco de miedo de rodar en Capadocia, porque es una región de una gran belleza, mayor de la que yo deseaba, pero espero no haberla mostrado en exceso", añadiendo Ceylan en sus declaraciones que, si tras haberla descartado, eligió por fin esa espectacular región de la Anatolia central fue porque, además de no haber encontrado otro hotel tan apartado del mundo pero con turistas en invierno, era "el lugar perfecto donde alejar totalmente a los personajes". La Capadocia de las viviendas rupestres y formaciones graníticas inverosímiles tuvo una apacible existencia durante siglos, antes de la llegada masiva del turismo; yo la visité en el momento de transición, cuando las discotecas excavadas en la piedra eran una incipiente rareza y aún se podía estar de noche entre el roquedal sin el fogonazo de los móviles tomando fotos.

Ceylan, que no quiere en absoluto ser manierista, la afea cuanto puede, reflejando la suciedad de los poblados capadocios, el mal tiempo, el lado oscuro de la hostelería, pero su cámara panorámica, pese a todo, es incapaz de evitar la plasmación de unas arquitecturas orgánicas de halo sobrenatural. Sin embargo, ‘Sueño de invierno' nunca alcanza, a mi juicio, la resonancia dramática que los desolados y más secos paisajes le daban a su anterior película, ‘Erase una vez en Anatolia, una obra maestra de contención y exploración de la oquedad, tanto en el entorno rural como en los personajes allí presentes. "Necesito la misma libertad que un autor que, mientras escribe, no se pregunta cuantas páginas tendrá la novela", ha confesado el director, y su nueva película es larga como las más largas novelas, sin ser novela-río ni saga histórica; su longitud es esencialmente verbal, y sus referencias, muy sutilmente introducidas, literarias: Shakespeare, Chejov, Dostoievski. A veces la palabrería del protagonista, ese actor retirado, investigador de teatro y periodista de ocasión, no llena el vacío de la crisis multifuncional que se desgrana con morosidad en la pantalla.  

El paisaje de la tercera película aquí comentada no es único ni preciso, ya que ‘La sal de la tierra', realizada por Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado, sigue a su personaje dominante, el fotógrafo Sebastiao Salgado, por medio mundo, por su propia vida y por su extraordinaria obra. Los dos directores logran a veces emular la belleza intensa de los trabajos en papel de Salgado, pero este largometraje sufre la confusión de ser demasiadas cosas al mismo tiempo: un documental biográfico, un recuento de sus más famosas series fotográficas, un cuadro familiar, un alegato a favor de la sostenibilidad territorial y la asistencia humanitaria, a partir de los principios de la fundación creada en su propio país por el creador brasileño.

Se trata, por otro lado, de la segunda película en la historia del cine de igual título, y eso da que reflexionar. ‘Salt of the Earth', la primera, sin artículo, es una obra legendaria de un cineasta norteamericano ya fallecido y hoy olvidado, Herbert J. Biberman, que después de algunos títulos comerciales de escaso interés dirigió en 1953, con guión de Michael Wilson y producción de Paul Jarrico (y a los tres se les atribuye la autoría con igualdad de méritos), la crónica militante de una huelga de mineros del zinc, emigrantes mexicanos en su mayoría, en el estado fronterizo de New Mexico. Biberman, que fue uno de los Diez de Hollywood represaliados en la caza de brujas del senador MacCarthy, logró con sus colaboradores y un plantel de actores no-profesionales una cumbre del cine proletario, anticipatoria, además, de la hoy tan vigente cuestión de las migraciones ilegales y el papel femenino en las luchas sociales, ya que es la mujer del líder minero encarcelado por el sheriff quien prosigue con vehemencia la protesta. Película fronteriza y transversal, que merecería una resurrección fílmica, coincide con la segunda ‘Sal de la tierra' en el empeño ético que la voz narradora de Wenders enuncia al comienzo del documental: "la sal de la tierra son los hombres", es decir, los seres humanos que habitan los paisajes donde la miseria coincide con la exuberancia, la naturaleza más feraz con la más feroz explotación.

[Publicado el 22/12/2014 a las 15:06]

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La próstata y su relato

Un buen número de varones, alcanzada cierta edad, descubrimos en nuestro interior la existencia de una escondida glándula llamada próstata, a la que de joven se desdeña, por creerla poco menos que ornamental al lado de otros órganos esenciales del cuerpo masculino. Yo mismo tuve noticia fehaciente de ella hará casi veinticinco años, en una muestra de precocidad que más me habría gustado experimentar en la sabiduría o el amor. Pero no quiero hablar aquí de la mía, con la que mantengo una relación de estrecha vigilancia, recelo no exento de aprensión y análisis pormenorizado de sus alteraciones, un poco a la manera en que los financieros siguen las subidas y bajadas del índice bursátil. Un aviso lingüístico de lo que es la madurez llega cuando los hombres y las mujeres se ven obligados, por razones de precaución sanitaria, a conocer y hasta a utilizar en la vida corriente siglas y términos antes remotos o desconocidos. Por ejemplo, en el apartado que me corresponde, PSA, LMR, flujometría, hiperplasia, fotovaporización.

 

     Todos ellos y alguno más alarmante aparecen nombrados en ‘L´ablation' (‘La ablación'), un libro de gran interés de Tahar Ben Jelloun aparecido este año en Francia, sin traducción todavía, que yo sepa, al español. El autor lo llama "récit", y en un prólogo explica que un amigo suyo matemático de profesión le rogó que escribiera su propia peripecia prostática sin embellecerla ni omitir detalles, por crudos que fueran. Ese ruego le produjo al escritor marroquí de expresión francesa un dilema: "¿era preciso, como mi amigo me lo pedía, contarlo todo, describirlo todo, revelarlo todo? Después de una reflexión, decidí no dejar nada de lado, entrar en su cabeza y ponerme en su piel", aunque unos párrafos más adelante reconoce haber traicionado la misión de un escritor objetivo, pues "imaginando ciertas escenas, reinventándolas o adaptándolas al ritmo del relato en algunos momentos, yo ya no sabía si traducía sus fantasmas o los míos".

     El resultado posee una ambigüedad narrativa que nunca le quita a sus páginas (se trata de un libro poco extenso) poder de sugerencia y dimensión verídica, por re-elaborada que esté. Ben Jelloun no sufre él mismo el grave tumor que se le detecta a su amigo, pero al darle a éste la voz en primera persona el lector puede pensar que el matemático no existe realmente y sólo sea un alter ego ficticio del novelista que se presenta como mero testigo y relator. Tanto da. Personal o vicariamente, conocemos la angustia, la dubitación, los pasos difíciles en el camino médico, los diagnósticos contradictorios de los urólogos, la arriesgada épica de los valientes, como la de ese profesor del matemático enfermo, quien, al encontrarse por casualidad en un autobús parisino y saber de la inminente operación de prostatectomía a la que su antiguo discípulo va a someterse, le insiste con vehemencia en que no lo haga, siguiendo su ejemplo y recomendándole la "curieterapia", un método iniciado hace más de un siglo a partir de una intuición de Pierre Curie y consistente en introducir en la próstata granos radioactivos que "se comen" literalmente las células cancerosas. La vida sexual puede seguir así su curso, aun con el peligro de una reproducción del mal, y la función eréctil se conserva: "Sé de qué hablo", continúa diciéndole el profesor setentón al alumno veinte años más joven.

      El novelista cuenta las confesiones de su amigo, el calvario de alguien para quien el narcisismo ante las mujeres a las que ama profusa y fogosamente es una prioridad ahora imposible de cumplir. Sus reacciones son también, como los dictámenes de los doctores, antitéticas: cuando se siente humillado al saber que la extirpación de esa glándula puede quitarle la capacidad erótica, considera el suicidio, pero otras veces, animado por la versión directa que le da un colega de investigación matemática sobre el ‘caso' François Mitterrand, elucubra con imitar al presidente socialista, el cual, al saber de su cáncer en octubre de 1981 lo ocultó sin someterse a cirugías radicales y conjurándolo en lo posible a base de hacer trabajar a la libido para que se olvidase de la dolencia. "Vivió quince años con una próstata gruesa y enferma. Y nos folló a todos".

      El matemático de Tahar Ben Jelloun es un hombre sensual y también leído, y por ello ‘L´ablation' recoge una serie de referentes literarios que le sirven de espejo o acicate. En las tentaciones depresivas detalla las providencias que tomaría de llegar a quitarse la vida, evocando a Jake Barnes, personaje central de la novela de Ernest Hemingway ‘Fiesta' (al que le pone el rostro de Tyrone Power, que interpretó en la película de Henry King al periodista incapacitado por una herida de guerra), y las figuras reales de dos suicidas atormentados por la impotencia, el propio Hemingway y Romain Gary. El narrador suma a sus nombres el de Cesare Pavese, cuya muerte, según los indicios más fiables, no parece haberse debido a una cuestión genital, y recurre a imágenes relacionadas con su propia situación, como las del film de Bolognini ‘El bello Antonio' y la de la escena de la novela de despedida de Philip Roth ‘Sale el fantasma', en la que un rastro amarillento sigue al protagonista mientras nada en una piscina.

     ‘L´ablation' no tiene un final feliz, pero tampoco acaba en muerte o desespero. Tras la drástica operación, el narrador continúa su "vida sin libido", tratando de buscar acompañamiento para la pérdida. En las conmovedoras páginas finales quienes le acompañan son Borges y Buñuel. Al primero, anciano e invidente, se le acercó en el jardín de un gran hotel y le habló, recibiendo una característica contestación borgiana en forma de apólogo de ‘Las mil y una noches'. "Mi libido es una ceguera, una soledad", dice el matemático. En cuanto a Buñuel, se congratula al comprobar que, trabajando con casi total sordera y por tanto como en una regresión al cine mudo, tal carencia no quita resonancia a las extraordinarias películas de su etapa final: "¿Qué pasaba por su cabeza cuando veía esas imágenes en que faltaba el sonido? ¿Qué recuerdo guardaba de la música del mundo?".

     "Ciego y sordo" como solitario del placer carnal, este hombre que le confía su intimidad a Ben Jelloun se declara dispuesto al goce fantasmal de los sentidos que le restan: "Viviré con el recuerdo de algunos perfumes y tal vez de algunos olores inconvenientes".

[Publicado el 16/12/2014 a las 09:51]

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Nuestro año mexicano

Nunca dejamos de leer a los mexicanos, Jorge Volpi, Juan Villoro, Sergio Pitol (entre los que han sacado nuevos libros este año, el segundo por partida doble), pero nadie ha señalado, que yo sepa, la absoluta mexicanidad reinante en los mayores premios literarios españoles del 2014. Primero fue el Anagrama de Ensayo, ganado por Sergio González Rodríguez con ‘Campo de guerra', después el Planeta, concedido a otro novelista-periodista de allá, Jorge Zepeda Patterson, unos días más tarde, en el mismo mes de octubre, el mexicano de 32 años Roberto Wong obtuvo el recién creado Dos Passos, un premio para autores noveles que publicará Galaxia Gutenberg, mientras que la semana pasada se dio a conocer el nombre de Guadalupe Nettel como ganadora del Herralde de novela, coronando en su caso una de las trayectorias narrativas más potentes y originales que hay en la joven literatura en castellano.

    La variedad y riqueza de la escritura originada en México ni es un descubrimiento ni tenemos aquí espacio para glosarla, pero no me gustaría dejar pasar la ocasión sin señalar el título para mí más sorprendente y cautivador de nuestro año mexicano, ‘Historia descabellada de la peluca', finalista del ya citado premio Anagrama de Ensayo 2014 y presente desde hace pocos días en librerías. Bajo el exótico nombre entre italiano y donostiarra de su autor, Luigi Amara, se esconde un poeta y editor nacido en el D.F. en 1971, y ya con un buen número de publicaciones en su haber, que ahora voy a buscar allí donde se encuentren. Es difícil resumir la riqueza de este libro, que en poco más de doscientas páginas nos cuenta el uso (y sobre todo el abuso) de las pelucas desde la antigüedad a nuestros días, teniendo especial relieve los capítulos dedicados a las desatadas noches pilosas de la emperatriz Mesalina, las andanzas, en distintos atuendos y tocados, del fascinante abate de Choisy, y la auténtica naturaleza del pelo falso de Andy Warhol, quien con esa famosa peluca platinada que le confería "la efigie inclasificable y astrosa del espantapájaros", logró, todos lo sabemos, la instalación artística más duradera del siglo XX. He leído mucho sobre Warhol y he escrito acerca de él (antes y después de haber sido su sombra madrileña a lo largo de una semana inolvidable de los primeros años 1980), pero creo que las seis páginas de Amara son el mejor y más agudo condensado sobre la persona y la obra del artista americano.

    Los postizos capilares son para Luigi Amara -quien según tengo entendido no los utiliza él mismo- el signo de una libertad portátil y desechable, de quita y pon, una rebeldía "de pelos para afuera, festiva y extraordinaria a causa de su aura de carnaval, no por removible menos desestabilizadora". Ahora bien, en el erudito y siempre jugoso catálogo de estos aditamentos y sus distintos portadores, Amara, que es un excelente escritor exuberante, se muestra como historiador más bien cauto, señalando que su proliferación fue el vaticinio del fin de los imperios: en Roma, en Egipto, en la Francia monárquica. Por tanto, digo yo, si el pelucón ha triunfado este año incluso en el Festival de Eurovisión, cualquier cosa puede acaecer, cumpliendo así una vez más este fútil adorno un papel agorero. Caso de producirse, espero que la hecatombe nos pille si no con la cabeza, por lo menos con el peluquín bien puesto.  

[Publicado el 26/11/2014 a las 10:50]

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Críticos de cocina

Recuerdo la primera vez que vi comer en el cine. En la pantalla de un cine, quiero decir; comer se comía mucho cuando iba a las grandes salas de mi infancia, que quedaban al acabar la segunda sesión alfombradas de cáscaras de pipas y pieles amarillas de altramuz. Esa masticación vehemente no era dadá, como la que André Breton y su mentor Jacques Vaché llevaban a cabo  -riéndose de la mímica de las actrices mudas-  con los labios untados de foie gras y descorchando botellas de vino en los cines de Nantes, donde se conocieron en 1916, Vaché convaleciente de sus heridas en la primera guerra y Breton como interno de neurología en el mismo hospital. Mis amiguitos y yo, cuarenta años después, éramos menos díscolos; las películas solían ser en technicolor y de piratas, y comíamos frutos secos para saltarnos la triste merienda del pan con chocolate.

      La primera vez que vi comer sobre la pantalla temblorosa de un cine al aire libre de Alicante fue en ‘Los cuatrocientos golpes' de Truffaut, la película con la que empieza mi memoria cinéfila. El niño Antoine Doinel sí que era rebelde de un modo a veces para-surrealista, pero tras enredar y ser castigado por el odioso maestro, Antoine, solo en casa, sirve la mesa, empieza sus deberes y se aburre antes de la cena: la sopa clara, el pescado quemado, el padre bonachón, el cigarrillo altivo de la madre guapa. El director francés que más provecho sacó, sin embargo, de los ritos alimenticios de la burguesía fue Chabrol, gourmet él mismo y especialista en plasmar lo fácil que es que la degustación de un exquisito ‘boeuf bourguignon' preceda a un horrendo crimen.

      Es posible que esté naciendo un género, el cine culinario, que poco tiene que ver con el desasosiego de aquellas comidas de la Nouvelle Vague. Dos títulos de éxito, ‘Chef', de Jon Favreau y la recién estrenada ‘Un viaje de diez metros', de Lasse Halström, coinciden no sólo en la exaltación de los cocineros, los príncipes de la blanda cultura actual, sino en la relevancia de la figura del crítico de restaurantes en sus tramas; es significativo que en ambas aparezcan como seres esquinados y recelosos, dando la razón así al célebre dictamen del escritor irlandés Brendan Behan: "Los críticos son como los eunucos del harem; saben cómo se hace, lo ven hacer todos los días, pero ellos mismos son incapaces de hacerlo".

     El sentimentalismo dulzón también las caracteriza, si bien se ve con mucho más agrado ‘Un viaje de diez metros' (‘The Hundred-Foot Journey'), cuyos escenarios centro-europeos resultan además más amenos que los de Los Angeles y Miami en ‘Chef'. Tampoco hay color entre ver de protagonista omnipresente al propio guionista y director, el estomagante Jon Favreau  (la presencia muy secundaria de Scarlett Johansson y Dustin Hoffman no compensa), y ver a Helen Mirren dando una de sus lecciones de virtuosismo interpretativo, en este caso hablando en inglés (su lengua, claro) con estudiado acento francés. La relación padre/hijo es capital en las dos historias, del modo edificante que suele darse en el ‘mainstream' de Hollywood, y los cocineros, el padre en ‘Chef' y la madre (muerta al comienzo de modo trágico) en ‘Un viaje de diez metros', son los héroes de esta pujante épica de los fogones. Los hijos, un niñito muy despabilado en la primera y un joven hindú soso en la segunda, admiran a sus figuras patriarcales y las emulan, con tal de que el edificio de la familia mantenga vivo su fuego ancestral, desafiando los vaivenes del amor, el mal de los celos y la crueldad aviesa de los críticos que hacen sus reseñas y puntúan. Recordé otras dos comedias españolas sobre chefs, ‘Fuera de carta', de Nacho G. Velilla (con el siempre agradable de ver Javier Cámara), y ‘Bon appétit', de David Pinillos, las dos con poca gracia, una más gruesa que otra. El último festival de San Sebastián ha albergado una sección autónoma de cine culinario; el género, por mucho que se diga, no sube de lo mediocre.

      Para quienes sufrimos el efecto de los críticos en nuestra propia carne (practicándolo, en mi caso, a la inversa), las dos películas que aquí se reseñan tienen su morbo, como lo tiene la italiana ‘Viajo sola', dirigida por Maria Sole Tognazzi y en cartel todo este verano; en ella, Irene, la crítica (de hoteles), es la heroína, y resulta un alivio que su perfil no esté magnificado. Es pundonorosa, culta y muy elegante, y también una espía y una frustrada acusica. La frase de Behan.

       ‘Un viaje de diez metros' destaca por su empaque, como no podía ser menos en una producción a medias entre Steven Spielberg y Oprah Winfrey, basada en una novela de éxito de Richard C. Morais (que no he leído) y bajo la dirección del sueco de origen Hallström, que hizo hace años obras tan estimables como ‘Mi vida como un perro' o ‘Atando cabos' (‘The Shipping News'). Para mí tiene una bonificación particular, que ya se advierte en sus planos de arranque y reaparece en la moraleja: el elogio del erizo de mar, el manjar más delicioso que conozco (al margen de sus legendarias propiedades lúbricas). No a todos les parece un plato de gusto. Hay otros valores, al menos de intención: el canto al cruce de civilizaciones, la abominación del racismo, y algo menos edificante pero más pertinente: la sátira del nuevo imperio de la comida de laboratorio, que en las escenas del restaurante de París donde fichan al genio de la cocina que es Hassan, tiene toques vitriólicos muy de agradecer. El inserto del critico de las guías Michelin tomando apuntes a escondidas, o la ansiedad histérica en el remozado restaurante El sauce Llorón por saber si han ganado la segunda estrella Michelín hacen reír, y sus connotaciones son extensibles a otros mundos donde el concurso y la moda priman. La música, de A. R. Rahman, a tenor de la fotografía, es melosa y empachosa.

[Publicado el 19/11/2014 a las 11:38]

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La edad ingrata

El segundo niño prodigio de la literatura francesa murió, al contrario que el primero, siéndolo todavía. Raymond Radiguet había cumplido veinte años al caer víctima del tifus en plena actividad, dejando -sin silencio ni renuncia- dos novelas magistrales, varias colecciones de poesía, cuentos, artículos y pequeñas piezas teatrales, marcadas por la huella de un genio menos visionario pero tan indómito y original como el de Rimbaud. También dejó la huella fulgurante, en los tres años de su agitada y productiva residencia parisina, de una temperamento que deslumbró a Max Jacob, a Man Ray, a Modigliani (que le retrató), a Breton y Tzara, y a su más íntimo amigo Jean Cocteau.

         El narrador y protagonista de ‘El diablo en el cuerpo', novela de ribetes autobiográficos escrita entre los 16 y los 18 años (y que el autor pensó llamar, entre otros posibles títulos, ‘L´âge ingrat'), muestra en su escritura y en su peripecia, que trascurre sobre el trasfondo de la primera guerra mundial, una "mezcla de timidez y descaro". Ese carácter desconcierta a su familia, a sus compañeros de escuela, a los quisquillosos vecinos provinciales, y también a Marthe, la joven mayor que él y en cierto momento del libro casada con un oficial que sirve en el frente, con quien inicia de modo cómico y mantiene -entre el placer y el tormento- una historia de amor de las más bellas y apasionadas que jamás se han escrito.

       Empecé a traducir ‘Le diable au corps', que tuvo un éxito arrollador al publicarse en marzo de 1923 y es en Francia desde entonces un clásico moderno siempre vigente, por encargo de Jaime Salinas y siendo yo aún estudiante, con apenas dos años más de los que tenía Radiguet a la hora de su muerte en diciembre de 1923. He releído ahora, más de una vez, la novela, publicada en la colección del Libro de Bolsillo de Alianza en 1970, el mismo año en que comparecí como novelista y poeta ‘Novísimo'. Y al volver a oír la honda voz reveladora y ocurrente, una de las más singulares de la narrativa en primera persona, he revisado mi trabajo de entonces, que me atrevo a considerar fiel aunque excesivamente ‘libertario', tratando en todo momento esta segunda vez de reflejar con exactitud el timbre y la lírica sequedad del escritor, eliminando los pequeños acomodos a la personalísima construcción del párrafo y la acentuación de su prosa. La novela, en todo caso, sigue siendo la obra maestra de la feliz edad ingrata que siempre fue.

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[Breve nota introductoria a la reedición de ‘El diablo en el cuerpo'. Alianza Editorial, Biblioteca de Traductores, Madrid, 2014]

[Publicado el 05/11/2014 a las 09:41]

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Todos fotógrafos

Nunca como ahora se han hecho tantas fotografías, y nunca tan mal. Este arte del siglo XX, reconocido con tardanza, pronto perdió, por la proliferación de las cámaras instantáneas y de bolsillo, el ‘aura' (que el cine todavía conservaba por su mayor aparato), aunque fuera muy abismal la diferencia entre el papá que le sacaba a su niña una foto de primera comunión y la toma de imágenes por un artista que después, durante un proceso alquímico misterioso, las revelaba en un cuarto oscuro sobre una palangana. A todos nos gusta, creo yo, la fotografía, hacerla, verla, conservarla, y posar para la posteridad. Con el digital, primero, y ahora con los móviles, las tabletas y otras aplicaciones más sofisticadas que ignoro, las fotos son la compañía perpetua de la vida diaria, algo así como el correlato figurado de nuestra felicidad, de nuestros viajes y comidas más memorables, de nuestro cuerpo, si es que no renunciamos  -como hacen algunas personas coquetas- a dejarnos retratar pasados los 40 años. Como yo mismo he sido actor y ‘disparador' culpable no voy aquí a ponerme elitista, pero sí a recordar que mientras el ‘selfie' se va convirtiendo en una tortura obligatoria, auto-infligida y aún no penada por el Tribunal de La Haya, la sublime artesanía de los fotógrafos vocacionales se expande, se estudia y se exhibe cada vez con mayor frecuencia, en museos, en galerías y en centros que casi exclusivamente la tienen como motivo.

 

    La Fábrica es uno de ellos, y, entre otras actividades y publicaciones, organiza cada verano PhotoEspaña, que el presente año ha tenido una oferta espectacularmente buena, con, para mi gusto, dos altos picos de calidad y originalidad, la exposición del excéntrico esteticista catalán Antoni Arissa y la muestra del colectivo La Palangana, un grupo de diez de foto-periodistas, con los nombres conocidos de Gabriel Cualladó, Ramón Masats o Paco Ontañón entre ellos, que a fines de los años 1950 dio un tratamiento artístico, entre el neo-realismo y el intimismo lírico, a una realidad roma.

     Mapfre, admirable pionera en este campo, lleva un largo tiempo de continuada atención a la fotografía contemporánea, para la que recientemente ha abierto una sede específica, la Sala Bárbara de Braganza, junto al madrileño Paseo de Recoletos. Allí se puede ver ahora (hasta el 23 de noviembre) la antológica de un fotógrafo del que, siendo yo un ‘amateur' del medio, nada sabía. Me refiero al norteamericano Stephen Shore, nacido en 1947 y activo desde su primera juventud, tanto en el blanco y negro como en el color. Sus comienzos fueron canónicos: la tutela del maestro Steichen, la estela del gran realista social Walker Evans, y el paso por la chispeante ‘Factoría' de Andy Warhol en Nueva York. Ese núcleo formativo explica el eclecticismo, nunca banal, del arte de Shore, que es un gran retratista de los rostros de la multitud y aborda el paisaje sin figuras como si dentro de él latiera vida humana. A veces cultiva la arqueología de la naturaleza, como en la bellísima serie de ruinas tomadas a principios de los años 90 en Israel; otras, por el contrario, gusta de la ocurrencia conceptual, dando pie a las fantasmales tiras urbanas de ‘Avenida de las Américas' (1970). Esta magnífica exposición acaba con los recientes trabajos realizados en color entre 2012 y 2013, incursiones llenas de enigma en lugares de Arizona o Ucrania dejados de la mano de Dios y rescatados por la mirada de un solo hombre paciente.

[Publicado el 28/10/2014 a las 09:30]

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Nada grave sucede

En 2009, antes de acabar con ‘Antes del anochecer' (‘Before Midnight') su trilogía de la pareja Celine/Jesse, Richard Linklater realizó ‘Me and Orson Welles', inédita en España. Es una interesante comedia fallida en la que el protagonista Richard, un alumno de secundaria aspirante a actor, conoce casualmente  -antes de que el joven pero ya eminente Orson Welles se cruce en su vida-  a Gretta, una muchacha que toca el piano en una tienda de música y sueña con ser escritora. Personaje menor pero significativo de esta comedia de romance y disparate centrada en el histórico montaje teatral del ‘Julio César' de Shakespeare que Welles dirigió e interpretó en Nueva York en 1937, Gretta sólo interviene en tres escenas de la película pero en todas habla como un oráculo; al salir de la tienda de discos e instrumentos, y antes de despedirse de Richard, Gretta dice: "Sería una gran escena de un cuento magnífico, dos personas que se conocen así [como ellos dos], y nada más". Días después, reunidos de nuevo por azar ante una urna griega del Metropolitan, Gretta le cuenta a Richard que ha escrito un relato sobre una chica que va al museo porque está triste. "¿Y qué pasa entonces?", le pregunta él. "No pasa nada. [...] ¿Por qué todo ha de tener mucho argumento?".

     Linklater es un director muy prolífico, cambiante y desigual, y entre sus cerca de veinte largometrajes hay historias de mucha peripecia. A mí, como a Gretta, me seduce (a veces) el arte de la nada, y en particular la nadería de este cineasta nacido en Houston, hecha de palabras, ya que tanto la trilogía como ‘Boyhood' son películas en que los personajes no viven grandes pasiones ni sufren tragedias pero no paran de hablar. A la vez que iba filmando, entre 1995 y 2013, siempre con Ethan Hawke y Julie Delpy, los tres ‘befores' (‘Before Sunrise', ‘Before Sunset' y ‘Before Midnight'), se ignoraba la existencia de su otro ambicioso proyecto sobre el curso temporal y sentimental de unos actores/coautores a quienes se convoca intermitentemente, se les sigue, se les impone tramas leves que a menudo surgen de ellos mismos, mientras la cámara capta, sin figuras de estilo ni alardes de montaje, la media verdad de esa mentira novelesca. Y a los dieciocho años del dúo amoroso formado por la francesa Celine y el norteamericano Jesse, que en la última de las tres entregas, ‘Before Midnight', tenía momentos de suma belleza y sublime naturalidad (en un largo paseo por el campo, durante una comida con un parafraseado Patrick Leigh-Fermor interpretado por el anciano camarógrafo Walter Lasally), se suman ahora los doce, desde que tiene seis hasta que cumple los dieciocho, del joven Mason en ‘Boyhood', una obra maestra de control dramático, de construcción, de tempo, de elegancia narrativa.

      Más que originalidad (es evidente el modelo que Linklater ha tenido en la cabeza, las cinco películas de Truffaut con el personaje de Antoine Doinel encarnado por Jean-Pierre Léaud), ‘Boyhood' aporta el valor de su riesgo, siendo sin embargo una película de línea clara, sin aparato ni programa teórico, y de ubicación muy ceñida al paisaje urbano, suburbial, del estado de Texas, en contraste con el marco cosmopolita e internacional de la citada trilogía. Los peligros eran obvios: los protagonistas ineludibles podían haber fallecido, o no estar disponibles en los 39 días de rodaje salteados a lo largo de esos doce años de intermitencia, o haberle fallado al realizador, en el caso de los más jóvenes, por incompetencia o inconstancia. No ha sido así. La suerte recompensó la tenacidad y la ocurrencia de Linklater y, junto a la solvencia ya probada de Ethan Hawke y Patricia Arquette, que componen sin fisuras sus personajes de cantamañanas bohemio y un poco antisistema y madre sensata que sólo encuentra maridos insensatos, la seducción y el encanto que destila el film se basa en los dos hermanos, Mason (Ellar Coltrane) y Samantha (Lorelei Linklater, hija del cineasta), cuyo transcurrir en la pantalla era impredecible, pues pasa de la niñez a la primera juventud. Coltrane le confiere a su Mason densidad, silencios significativos, mirada y rostro que da gusto mirar, pero mi impresión es que si la película se hubiera fijado en el crecimiento de Samantha como protagonista, la hija de Linklater también habría dado pie a una ‘girlhood' femenina apasionante: su imitación musical en el dormitorio para enredar a su hermanito, la despedida burlonamente solemne de la primera casa de la que se mudan, sus desplantes al padrastro alcohólico, configuran una personalidad y señalan a una actriz dotada para el humor y la contención patética.

     Superadas en la filmación las inclemencias del tiempo, el tiempo permanece como el motor y principio definitivo de ‘Boyhood'; también como su personaje ausente soterradamente presente. A la novedad de una temporalidad sin truca se añade el indudable morbo de saber que allí no hay envejecimientos postizos ni maquillajes o ‘photo shop'. Olivia, la madre, engorda y adelgaza sin duda al margen de los requerimientos del guión, el joven galán Hawke pierde la galanura a ojos vistas, y el acné de los dos hermanos y el garbo enflaquecido de Mason responden sólo al sino de la naturaleza y esconden un agradable suspense fisiológico.

     Ahora bien, ‘Boyhood' no es un documental sobre un paraje humano que el objetivo y la mente de un director se limitan a reflejar. El argumento es trivial, por no decir trillado: divorcios, matrimonios, colegios, mudanzas, estrechez económica, sueños, amigos pesados, iniciaciones al sexo y las drogas. La vida misma tratada artísticamente como si el arte no la transformara, y la única mutación fuese la naturalidad del crecer, del engordar, del arrugarse,  afearse o rejuvenecer; del cambiar de ideas generales y de gustos musicales. Apariencia de un film cuya marca estilística en ‘low key' no debería engañar. Un ejemplo de su potente anti-banalidad son las elipsis, que apenas se dejan notar porque dependen no de un aviso capitular o una numeración sino del ver que los niños han dado un estirón o tienen más granitos que en el plano anterior. Ese callado pero elocuente flujo de las cosas visibles se extiende asimismo al trasfondo social: la campaña pro-Obama, el vecino confederado, la guerras extranjeras del exmilitar, el trabajo de los inmigrantes ilegales (aunque la reaparición del latino redimido por el consejo de Olivia es una mancha de sentimentalidad edificante en una película tan imperturbable en la descripción de las vidas corrientes). Y un último valor, propio de un artista de fuste: al acabar los 165 minutos de metraje, nos quedan  ganas de saber cómo serán Samantha y Mason a los 40, si tan independientes y tan soñadores y tan articulados en su expresión como lo son mientras pasan de la escuela primaria a la universidad. Y si también en esa madurez nada luctuoso o traumático les ha ocurrido.

[Publicado el 21/10/2014 a las 09:30]

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Foto autor

Biografía

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

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