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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 31 de julio de 2014

 Blog de Vicente Molina Foix

Relato y aparatos

Un rey que reinó tres años en país extranjero, un edificio grandioso que lleva cerrado casi una década, una estrella del rock que quiere olvidar sus días de gloria, dos parejas heterosexuales separadas por la necesidad laboral y unidas por la técnica; es el breve resumen, a modo de slogan, de cinco películas españolas recientes sobre la memoria y la miseria, sobre el pasado remoto y la dimensión de futuro que proporcionan los nuevos aparatos de comunicación personal. Lluís Miñarro hace (en ‘Stella cadente') una película irónicamente arcaica sobre el breve y turbulento reinado de Amadeo de Saboya, Víctor Moreno (‘Edificio España') un documental sobre un muerto inmobiliario y los seres vivos que lo habitan esporádicamente, Beatriz Sanchís (‘Todos están muertos') cuenta una historia de fantasmas sobre el fondo de la ‘Movida' madrileña, Carlos Marques-Marcet ('10.000 Km') la crisis a puerta cerrada de una pareja, Jaime Rosales (‘Hermosa juventud') otra crisis de raíz amoroso-económica. Las cinco, curiosamente, están habladas en distintas lenguas simultáneas, el castellano de España y de las Américas, el catalán, el italiano, el alemán, una fusión que siendo casual sin duda indica algo del momento presente del cine.

      Excepto la debutante Sanchís, que consigue en ‘Todos están muertos' un relato vivaz con una materia escrita a veces algo ñoña salvada por un buen plantel de actores españoles, mexicanos y argentinos, los otros cuatro títulos imponen una penitencia al espectador, al modo en que cierto cine de autor contemporáneo lo hace sin apenas paliativos, como marca de identificación o enseña de militancia. Son películas ‘ideadas', es decir, teóricas, y no es una sorpresa que el cineasta que mejor resuelve el conflicto entre la teoría previa y su formalización sea el casi ya veterano Rosales: ‘Hermosa juventud' es su quinto largometraje. Marques-Marcet, que firma también en '10.000 Km' su ‘opera prima', propone al espectador un plan narrativo voluntariamente claustrofóbico (sólo aparecen en carne y hueso los dos protagonistas, Natalia Tena, que interpreta a Alex, y David Verdaguer, a Sergi), y los pocos exteriores se ven a través de los filtros tecnológicos o desde las ventanas. Es, claro está,  una decisión de estilo, como lo es, en el arranque, el larguísimo plano secuencia en que la crisis se enuncia, pero el director parte de otra ocurrencia de superior calado, que le da a su nimia historia un relieve: el conflicto sentimental motivado por la separación física de los amantes se desarrolla en pantallas mediadoras: teléfonos móviles, ‘emails', ‘skype', ‘facebook', muros fotográficos y demás artilugios de la vida moderna. Raramente añaden algo y no pocas veces aburren, y es significativo que la única escena que me pareció que cobraba vida fuese la del arrebato furioso de Sergi, rompiendo de verdad muebles y máquinas de su casa barcelonesa para ser visto por Alex en Los Ángeles, California.

    La proposición teórica de Jaime Rosales es distinta, considerablemente más rica, y resulta interesante saber que el autor de ‘Hermosa juventud' tenía en un principio el propósito de rodarla con actores naturales, un camino al que no encontró vías de salida. De ahí que, aprovechando el material ‘humano' que ese largo ‘casting' de entrevistas con no-profesionales le había proporcionado, Rosales decidiera que su pareja protagonista, Natalia y Carlos, fuese interpretada por Carlos Rodríguez, un competente actor de televisión, e Ingrid García-Jonsson, curtida antes en cortos y largos y actriz, a la vista queda, de enorme talento. En ella, más que en el muchacho, sorprende saber (en mi caso después de ver la película en el cine) que todo en su Natalia es postizo, es decir, recreado; la verdadera Ingrid es una mujer culta y sofisticada, estudiante de arquitectura antes que actriz, y su personaje, cuenta el director, "el resultado de una construcción muy laboriosa y precisa por su parte".

         ‘Hermosa juventud' habla de lo que pasa, y, en la plasmación de esas angustiosas cotidianidades de la gente joven periférica que no tiene trabajo ni perspectivas, Rosales es respetuoso, o sea, no-artístico. Les sigue, les escucha, les fotografía, les deja -quizá- improvisar ante la cámara. No todo lo que vemos suscita curiosidad o solidaridad, más allá de la simpatía moral por su desdicha. Ese fárrago, notable en los primeros veinte minutos, podría, sin embargo, no ser obra del director, que ha contado, en una entrevista a Carlos F. Heredero concedida en el pasado festival de Cannes, que la película que ha llegado a los cines "No es la película que yo hubiera hecho, pero sí la que debe ser". Enigmáticas palabras, que siguen a la confesión de que, en un momento de disputa con su productora ejecutiva, Bárbara Díez, Rosales aceptó el montaje y los cortes que Díez le propuso; no se habla en la entrevista de imposición o censura comercial. 

     De ese tiempo muerto en pantalla nos saca la llamativa secuencia de la película porno casera, que sin duda se debe enteramente a Rosales y está realizada con mordiente gracia y bella escritura de guión. Esa secuencia da la impresión de rectificar la película, pero no es así. Las brillantes ideas de puesta en escena que cristalizaron en los grandes momentos fílmicos de ‘Las horas del día' y ‘La soledad', en ‘Hermosa juventud' parecen sustituidas por planos sentenciosamente teóricos, como el de la silla vacía al final del juicio de faltas o el de agresión de los matones fuera de campo, con la cámara enfocando el edificio en el descampado. Una vez que Natalia, como la Alex de '10.000 Km', se ha ido al extranjero a trabajar, Rosales coincide con Marques-Marcet en el lenguaje vacacional de las redes, y sus enamorados, él en Madrid, ella en Alemania, se comunican por medio de ‘piezas iphone', whatssaps, ‘interfaces' y demás animaciones, tan vacuas y quizá más innecesarias que las del film de Marques-Marcet.

     Rosales, sin embargo, recupera el relato en la parte final, y su desenlace del programa de televisión nos devuelve al artista, por encima del teorizador, en imágenes que se expanden en nuestro recuerdo de espectadores y explotan con efecto retardado, entendiendo en su plenitud la idea generadora de este film irregular pero de gran envergadura: la idea de la generalizada subasta del cuerpo joven en el creciente mercado de la humillación y el comercio.         

[Publicado el 24/7/2014 a las 09:30]

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Un pintor que escribe

Francisco de Goya le escribió cartas muy vivaces (llenas de faltas de ortografía) a su amigo Martín Zapater, pero no se puede decir que los genios de la pintura clásica española supieran escribir. Todo cambió (y no sólo en España) a partir del siglo XX: Picasso, Solana, Dalí, Ramón Gaya, y una nómina de grandes plásticos que tuvieron la curiosidad literaria, la base cultural y el deseo de extender con palabras sus pinceladas. La lista es substancial, y a los nombres de, por ejemplo, Tàpies, Lucio Muñoz o Pérez Villalta, se puede sumar hoy la de José Caballero, fallecido en 1991. En el mes de junio de 2015 se cumplirá el centenario de su nacimiento, pero un año antes publica la Editorial Síntesis un libro fascinante, ‘La aventura de la creación', en el que se recogen numerosos escritos y entrevistas con el pintor onubense.

 

     José Caballero vivió al menos dos vidas artísticas, una, aunque históricamente muy destacada, más breve que la otra. En la primera, siendo aún adolescente, llega a Madrid, estudia con Vázquez Díaz, frecuenta la Residencia de Estudiantes y traba amistad con Neruda, con los hermanos Buñuel y con García Lorca, quien le incorpora a La Barraca. Para ese legendario grupo teatral, Caballero haría sus primeras escenografías y diseños de vestuario, una labor que tuvo después continuación en los pioneros montajes lorquianos (‘Yerma', ‘Bodas de sangre') de los años 1960, cuando el nombre del autor de ‘Romancero gitano' aún era sospechoso en la España de Franco. Caballero fue por tanto un artista de espíritu republicano y concomitante con la Generación del 27, aunque, movilizado a la fuerza en 1937 por el ejército rebelde, tuvo la suerte de ser protegido por Dionisio Ridruejo, quien, conociendo sus méritos pero también su ideología, le dio empleo de dibujante en los servicios de prensa del Movimiento.

    La segunda vida de José Caballero pasó por fases de ostracismo y silencio, a la vez que maduraba y se configuraba como un pintor de materias y trazo abstracto, algo que él describe en uno de los aforismos recogidos en este libro: "El blanco muro de España, que a veces es negro...a mí me interesa una barbaridad". Fue también un gran aficionado a los toros, y antes de la guerra coqueteó con la lidia, hasta que se le apagaron los humos taurinos al ser bautizado por Federico, en una de sus chispeantes bromas, como "Pepito Lagarto, banderillero". Pero no hay en la obra pictórica de Caballero color local ni pintoresquismo. "Me gusta pintar en Andalucía, sí. Pero no pintar a Andalucía", aunque es evidente que el blanco de sus pueblos, su "luz hiriente" y sus nobles paredes desconchadas le sirven de inspiración.

       ‘La aventura de la creación' tiene varias lecturas posibles. En sus páginas se reconstruye una trayectoria artística de gran envergadura, se conoce el ideario de Caballero, su mirada de crítico y de observador, a la vez que se disfruta de su poder de evocación. El extenso apartado final de semblanzas ofrece así varios retratos inolvidables: Balenciaga, Neruda, Picasso, Jaime del Valle-Inclán, y uno, muy divertido, de Luis Buñuel en París, el día en que, en pleno franquismo, paseando el pintor con su esposa María Fernanda por Saint-Germain-des-Près, se lo encontraron con un libro en la mano, una biografía del cineasta que acababa de publicarse en Francia. Buñuel la abrió por la página en la que una foto de los años 30 mostraba al jovencísimo José Caballero rodeado de intelectuales de la República, mientras le decía: "Voy a enviársela a Franco para que te fusile".

[Publicado el 10/7/2014 a las 15:57]

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Brisas del este

Hubo un tiempo en que nos gustaba más que nada el cine del otro lado del telón de acero. Ese tiempo coincide con el de la juventud, la mía al menos, y con la guerra fría, que por aquellos años -cuando alguno de los estados satélites quiso desafiar la dictadura del Kremlin- se recrudeció. Muchos de los nombres que entonces nos cautivaban hoy son desconocidos, incluso por cinéfilos, y no pocos han muerto. Cito los que recuerdo mejores: Miklós Jancsó, István Szabó, Zoltán Fábri, Márta Mészáros, Itsván Gaál (húngaros), el yugoslavo Dusan Makavejev, Jirí Menzel, Véra Chytilová, Ivan Passer, Milos Forman (de la antigua Checoslovaquia), los polacos Jerzy Kawalerowicz, Wojciech J. Has, Jerzy Skolimowski y Roman Polanski, aunque los dos últimos pronto trabajaron fuera de Polonia. La filmografía casi completa de esos cineastas, que llegaba a través de las filmotecas y los festivales, unas pocas a locales de estreno, nos resultó, al menos en el período comprendido entre 1965 y 1973, seminal e incitadora, tanto como lo fueron para nosotros los novelistas latinoamericanos del ‘boom', dados a conocer casi simultáneamente. Hoy resulta raro que se estrenen o cobren relieve las producciones realizadas en los países liberados del imperio soviético, como si con la caída del muro y el alzamiento de los férreos telones el escenario descubierto estuviera desnudo.

 

      De repente ha aparecido en las carteleras Pawel Pawlikowski, un cineasta polaco más joven (nacido en 1957) formado en Gran Bretaña y desconocido fuera del circuito anglosajón. Primero se estrenó ‘Ida' (2013), que es su último largometraje y el primero rodado en su país de nacimiento y en el idioma polaco; poco después, con retraso, y quizá debido al notable "succès d´estime" español de ‘Ida', se ha recuperado, aunque de un modo precario y muy reducido, su anterior ‘La mujer del quinto' (‘La femme du cinquième', 2011) coproducción a tres bandas entre Francia, Polonia y Reino Unido, filmada en París y hablada principalmente en francés e inglés. He podido ver asimismo, gracias al préstamo de una copia en dvd, su segunda película larga, ‘My Summer of Love' (2004), y en función de esta y de ‘Ida' me siento inclinado a afirmar que Pawlikowski es una de las figuras más originales e interesantes del actual cine europeo. Esas tres películas suyas son en apariencia muy distintas, y desde luego formalmente. ‘La mujer del quinto' es una obra fallida, adaptada libremente de la novela de Douglas Kennedy, que no conozco, y por tanto ignoro si es igual de enrevesada y pretenciosa que la adaptación al cine. En el relato del padre escritor que, tras un divorcio traumático, trata de recuperar a su hija pequeña a la vez que salir del ‘writer´s block' que sufre, hay coincidencias temáticas con los otros dos films de Pawlikowski: vacilantes figuras de autoridad familiar, un padre ausente y un hermano mayor evangelista fanático (‘My Summer of Love), una tía carnal de costumbres laxas y tenebroso pasado estalinista (‘Ida'). Pero todo lo que en estas dos obras es potencia lírica, refinado sentido de la elipsis, sugestivo dibujo de los personajes, en ‘La mujer de quinto' es plúmbea artificiosidad, en una tesitura de cine del absurdo que recuerda las primeras películas polacas de Skolimowski y Polanski; ni siquiera el trabajo de dos excelentes actores como Ethan Hawke y Kristin Scott Thomas logra redimirla.

   ‘My Summer of Love', escrita como todas las demás por el director, se mueve por un territorio, el de la tensión entre religiosidad extrema y sensualidad ilimitada, que resulta, en un contexto de campiña pastoril inglesa, muy sorprendente, en especial en los episodios, bellísimos, de la gigantesca cruz que el hermano fundamentalista erige con los de su secta en lo alto de un monte de Yorkshire, mientras su hermana Mona y su íntima amiga de clase alta Tamsin viven un verano de vacación perpetua, coqueteo lésbico y travesura, acompañadas por los apotegmas de Nietzsche y las canciones de Edith Piaf que Tamsin le enseña a la casi iletrada Mona.

     Los descubrimientos de las almas cándidas vuelven a ser la clave en ‘Ida', esa obra maestra deliberadamente ‘antigua' (en blanco negro y formato cuadrado de proyección del 1:1,33) con la que Pawlikowski volvió a Polonia y se enfrentó a la historia de su país. Situada en rincones provinciales de lóbrega y desolada atmósfera, y con una banda sonora en la que Coltrane y la canción bailable italiana aportan una dimensión heráldica, la película relata, con una escueta intensidad que hace pensar en Dreyer o Bresson, el viaje de una estricta novicia católica que poco antes de tomar los votos descubre su origen judío, la muerte trágica de sus padres durante la ocupación nazi y la existencia de su tía Wanda, ‘Wanda la Roja', personaje infinitamente atractivo y complejo que le ofrece a la actriz Agata Kulesza la oportunidad de componer el perfil de una mujer turbulenta, audaz, lasciva y llevada al desespero, en un desenlace trágico y elíptico que considero un momento memorable de cine, comparable al que daba fin a  ‘Mouchette' de Bresson.

     En el encuentro de la novicia y ‘Wanda la Roja', ésta, antes de que ambas viajen a la aldea donde se supone que están los restos de los padres asesinados, le hace una pregunta a su sobrina que podría servir de ‘leit motiv' a la película: "¿Y si vas y descubres que ya no crees en Dios?". En la sucinta narración (80 minutos) Pawlikowski logra plasmar la pesada carga de la creencia metafísica y la física leve de los deseos. La fervorosa Ida encuentra en su itinerario una macabra verdad atávica, la posibilidad de amar con pasión a hombres menos inmaculados que Jesucristo, el brillo pecaminoso  de los bares americanos y los hoteles de paso, la red agobiante de la dictadura y la epifanía de la libertad del cuerpo. Es un viaje a la noche de su pasado que ella experimenta en presente y del que decide volver, en una resolución enigmática, para encerrarse en la celda del dogma.

[Publicado el 01/7/2014 a las 09:19]

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Gramática del reino

Resulta extraño que los detractores de la monarquía no hayan criticado el estilo literario de la abdicación de Juan Carlos I. No sería bueno que los republicanos de hoy, algunos muy leídos, descuidasen, al contrario que los de antaño, la gramática. Lo cierto es que el boletín difundido el lunes 2 de junio no era, en general, una pieza de redacción de gran relieve ("ilusionante tarea"), llamando la atención sobre todo la frase concerniente a la decisión expresa del monarca de "poner fin a mi reinado y abdicar la corona de España". La expresión sonó mal al ser oída, y no por culpa del rey, que tuvo una de sus intervenciones televisivas más airosas. Leído al día siguiente, lo de "abdicar la corona" seguía pareciendo anómalo, y como no soy un especialista en la materia recurrí a las autoridades (académicas); cito, entre otras consultadas, una de las más prestigiosas y recientes, el Diccionario del Español Actual de Manuel Seco, en su edición de 2011 en dos volúmenes, donde queda explícito que el verbo transitivo abdicar requiere habitualmente un complemento directo en "a" o (más frecuente) "en", inexistente en el texto regio. Sirva de paliativo que en la pequeña nota de precedentes literarios que Seco y sus dos colaboradores O. Andrés y G. Ramos incluyen se de un ejemplo nada menos que de Eduardo Mendoza, quien (en ‘La ciudad de los prodigios') escribió: "...Alfonso XIII abdicaba la corona de España", sin complemento ninguno. Nadie admira más que yo al novelista barcelonés, pero por eso sé, como ustedes, que una parte de su hechizo radica en su libertad de costumbres, expresivas quiero decir. ¿Tenía la Zarzuela que aventurarse estilísticamente el 2 de junio en documento tan insigne y controvertido?

       La anomalía en el comunicado de abdicación del nieto de Alfonso XIII no tiene, por supuesto, gran importancia, ni hay que confundir, en estas jornadas algo convulsas, la gimnasia republicana con la amnesia ‘juancarlista'. Es posible ver sin embargo en ese desliz un síntoma, uno más, de lo que ha ido últimamente emborronando y restando crédito a la figura del rey y a la institución que él encarnó. La casa real española lleva demasiado tiempo sin tener quien le escriba -sin faltas- el relato de lo que representa, de lo que ha proporcionado a este país en casi cuatro décadas (que no es poco), de lo mucho que podría aún aportar en un futuro sin fecha de caducidad obligatoria. Abdicar la corona sin complemento directo puede ser una bagatela, pero no lo han sido las patochadas africanas del propio Juan Carlos, los indicios de tolerancia o favoritismo con dos familiares sospechosos de graves delitos a la Hacienda pública, las hirientes opiniones de la Reina Sofía sobre la homosexualidad que, si Pilar Urbano deformó en su libro de conversaciones, tendrían que haber sido desmentidas formalmente. Por no hablar del lamentable episodio, otra ‘errata' colosal en un género, el del comunicado, que está visto que la Casa del Rey no domina, en que se manifestaba la augusta y molesta sorpresa por la imputación del juez Castro a la Infanta Cristina.

        No siento ninguna predilección por la monarquía, más allá de un gusto quizá perverso por los ceremoniales fúnebres practicados por la corona británica, maestra de la pompa y la circunstancia. Pertenezco, al contrario, a la -hoy por hoy- mayoría de ciudadanos que no tiene urgencia, ni certeza absoluta de que la Tercera República sea la solución inmediata y el reino de España la deshonra completa. Pero nada es eterno, y la idea de convocar un referéndum sobre ese dilema, si la demanda popular, es decir, representativa, creciera y así se impusiese, sería justa y necesaria, preferiblemente en un momento de menos ahogo, de menos quiebra, de menos confusión reinante. El principio republicano de gobierno es, al menos platónicamente, sagrado; los políticos electos que ahora mismo lo vocean no inspiran, por desgracia, la confianza ciega que su reclamación comporta.

     Por otra parte, la simpatía y apresto que puedan trasmitir el nuevo rey y la reina consorte es algo personal para cada uno de nosotros, y no debería sumarse como a priori a los argumentos favorables a la continuidad monárquica, que es hoy, simplemente, un modo de seguir la ley y suturar disensiones. Pero Felipe VI recibe una herencia y dos retos, y de su resolución o fracaso dependerá la continuidad o el repudio de la dinastía borbónica en nuestro país. La herencia conlleva la fragilidad histórica y la desconfianza, que no es que se trate de un don congénito o una maldición bíblica de los españoles; los españoles han tenido sobrados motivos para desconfiar de la rectitud o idoneidad de sus monarcas del XIX y el XX. Lo que en Gran Bretaña o Suecia, por citar dos monarquías consolidadas y ancestrales, no requiere convalidación, en España, donde se interrumpió largamente la línea dinástica y se restableció con formato en su comienzo indigno, no hay que descartar la convocatoria de un examen de reválida, que, según la valoración obtenida en las urnas, confirmase al ocupante del trono o diese paso a la selectividad electiva.

     Junto a esa herencia, Felipe VI tiene el propio reto del concepto y la estampa a los que se debe. El concepto no admite renovación, pues la monarquía parlamentaria y neutral ha sido respetada por el rey saliente de modo impecable. La estampa es lo que importa. La estampa como discurso. El nuevo rey ha de ser entendido y escuchado como un dirigente al que no le acompañará la fe eterna del ciudadano predispuesto ni la caridad de quienes, en su derecho, nada quieren saber de él. El tiempo presente es menos respetuoso con los privilegios hereditarios no revalidados, y de ello hemos de congratularnos. De momento parece una figura preparada, discreta y sensata; esas buenas condiciones no bastan sin embargo para quien ha llegado a la jefatura del estado por medios tan abstrusos como un color de sangre y una alternativa algo torera, con estoque incluido, ante un hemiciclo de padres y madres de la patria. En esa larga vida que, según la consigna estentórea de las coronaciones antiguas, se le desea al rey, el rey deberá ganarse su vida con sus palabras, con sus gestos, con sus renuncias y sus posiciones, en un país que ahora necesita -y esto sí lo necesita urgentemente- palabras de entendimiento y compañía, gestos de valor desafiante, ganancia de la propia estima y desapego frontal a los ladrones que tanto han ensuciado el vocabulario de la política y abusado del nombre de la realeza.

[Publicado el 23/6/2014 a las 13:02]

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Rosa ruso

Mientras la Rusia de Putin sueña con el imperio, el dictador elegido en las urnas se prodiga, en ridículos ‘selfies' heroicos, cantando himnos bélicos, pasando revista a su marinería o cabalgando por la estepa con el torso al desnudo y los pectorales trabajados de quien hizo en su día rudos ejercicios de policía. Alguna de esas imágenes, y en especial la del jinete despechugado, tienen un rancio aroma de fantasía homoerótica, pero para disipar las dudas sobre su virilidad, Putin aprovecha cualquier ocasión para hostigar y humillar a los homosexuales de su país y del resto del mundo que, nos tememos, querría hacer suyo si le dejaran. Cito algo que el poeta ruso Dmitry Kuzmin ha escrito recientemente, denunciando una "situación en la que Rusia se desliza cada vez más y más hacia su propio y oscuro pasado, [y] en la que es evidente que para Putin, como para Hitler, la persecución de las minorías dentro del país y la agresión militar a otro país vecino sólo están separadas por un paso".

     La cita proviene del prólogo de un fascinante libro con el que inicia su labor Dos Bigotes, una nueva editorial pequeña e independiente (los adjetivos parecen ya ir intrínsecamente juntos en nuestro panorama), y que lleva por título ‘El armario de acero. Amores clandestinos en la Rusia actual'. No es una obra de agitación ni un panfleto, sino una amplia antología de textos literarios en la que autores en su mayoría jóvenes y muchos de ellos residentes en Rusia exploran sin disimulos no sólo su condición sexual sino la libre inspiración de la que surgen novelas, poemas o cuentos que en nada se distinguen de los que hoy escriben sus contemporáneos europeos o americanos. Sólo les distingue, por desgracia, el riesgo de ser golpeados, asesinados o encarcelados por la libertad de expresión que sus palabras manifiestan.

    Traducido por Pedro Javier Ruiz Zamora, el libro, como toda obra antológica, contiene un material diverso, mixto (hay abundancia de poetas, y se agradece) y rico, en el que cada lector podrá encontrar sus preferencias. Las mías van hacia Slava Mogutin, Maksim Zhelyaskov, Margarita Meklina y, con veintitrés años el más joven de los seleccionados, Sergei Finogin, nombres que me eran hasta ahora desconocidos y me gustaría conocer más en profundidad. Confiemos, de nuevo, en las pequeñas editoriales que tanto animan nuestra no siempre suculenta dieta literaria.

    ‘Improvisación sobre un tema de Bunin' es el título del ocurrente relato de Zhelyaskov, y ‘La muerte de Misha Beautiful' el de la mejor pieza de Mogutin, un autor ahora residente en Nueva York y del que se incluyen también dos interesantísimos poemas. Pero su evocación, entre la estampa nostálgica y el apunte biográfico, de ese personaje real del ‘underground' moscovita, Misha Beautiful, es memorable por su fuerza narrativa y el perfil tan sugestivo del trágico muchacho. No se puede olvidar en este recuento al prologuista Kuzmin. Su poema en prosa ‘Linor' es, a mi juicio, de lo mejor que hay en ‘El armario de acero', y también él cierra el volumen con un epílogo lleno de interés, tanto por lo que revela de la "histeria antigay" resurgida en su país como por lo que reflexiona sobre su propia trayectoria literaria y personal, centrada esta última en la deliciosa reacción de su madre cuando el hijo publicó su primer libro.  

[Publicado el 16/6/2014 a las 09:18]

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Cine y gen

Ante todo fenómeno de la naturaleza, aunque sea de la naturaleza comercial, la tentación es quedarse en silencio, abrumados por la magnitud del acontecimiento. O salir huyendo: conozco de cerca a más de una persona que ha jurado no ir a ver ‘Ocho apellidos vascos' ni gratis, pero ya se ve que esas reticencias nada han podido contra los diez millones largos de espectadores de la película, una cifra que cuando lean esto seguro que habrá aumentado considerablemente. Es previsible que al acabar, algún día será, su exhibición en salas de cine, el film de Emilio Martínez-Lázaro haya sido visto casi por una cuarta parte de la población total de España.

 

     No voy a intentar aquí trazar la fenomenología del espíritu de este éxito sin precedentes, tarea que excede a mi capacidad y estaría en todo caso limitada por el marco periodístico. Sólo algunas hipótesis. La película es cómica, y en ciertos momentos muy divertida, pero su impacto, su atractivo irresistible para tal cantidad de personas de procedencias, clases sociales y condiciones tan distintas, nace, creo yo, de una incomodidad, de un factor inquietante, siempre patente, aunque de modo bufo. Que títulos como ‘Lo imposible' de José Antonio Bayona o ‘Los otros' de Alejandro Amenábar arrasen en taquilla tiene la explicación, al margen del indudable talento de sus directores, de que ambas exploraban el terreno sentimental de lo trágico y lo siniestro: la hecatombe que se lleva la vida de decenas de miles de personas en un instante y el pánico a los fantasmas sobrenaturales. Al espectador, tras pasar angustia y pasar miedo, le quedaba el resorte de la catarsis (la reunión feliz de la familia tras el ‘tsunami'), o la vuelta a la realidad desde el lóbrego caserón embrujado de Amenábar. ‘Ocho apellidos vascos', por el contrario, ha superado en tirón comercial a esos grandes ‘blockbusters' del cine español con una comedia astracanada, si bien el guiño al cine de terror que contiene, el plano general de la entrada del autobús de línea en el País Vasco, es de una gran brillantez y de un gótico subido.

      Se ha acusado a ‘Ocho apellidos vascos' de enmascarar en su humorismo la clave de lo que retrata, la desconfianza mutua, a veces el desprecio larvado de los habitantes que componen el mosaico español, y algo peor, el hecho de que la violencia abertzale no es comparable a la pelma de la Macarena. Estoy en desacuerdo con esa acusación. Efectivamente, el guión de Borja Cobeaga y Diego San José opera sobre el cliché, que es el sustento de los juicios generales que los humanos tenemos sobre el prójimo, y no elude el esperpento, el brochazo, el tremendismo, componentes señeros de nuestra tradición artística. Ahora bien, ni el lugar común ni el chiste, por edulcorados que puedan resultar, esconden la base de molestia, de desasosiego ‘nacional' (de una o varias naciones) que el espectador libera mientras ríe con los personajes un tanto chuscos del entorno de la guipuzcoana Amaia y del sevillano Rafa: los vascos de la película son auto-referenciales, un punto bestias y proclives a atentar contra los que no son de su tribu, pero la pertenencia tribal, el etnicismo invasivo, la pulsión fanática, también adornan a los andaluces, vistos con una riqueza de gamas del tópico que ni siquiera los autores franceses del siglo XIX se atrevieron a usar en la paleta de sus novelas y relatos viajeros.

       Los responsables de este taquillazo trabajan ya en una secuela, quizá sólo la primera, ‘Ocho apellidos catalanes', y a falta de ver cómo se conjugan ahí los demonios nacionales de un país tan distinto como Cataluña (¿enfrentado a ‘Madrit', o a todas las Castillas?), la idea de que esta saga fílmica haga un repaso global del ‘unheimlich' freudiano, el oscuro misterio identitario de todas las comunidades del país, es prometedora. Por mucho que la sal gruesa siga siendo lo que se echa desde la pantalla a la ancestral herida simbólica del espectador, tal vez, si no queremos elevar demasiado la nota, simple escocedura más que traumatismo.

       Pero hay a mi juicio otro motivo que explica el triunfo. Cuando se estrene la secuela hoy en pre-producción, el año 2015 es de suponer, el director de ‘Ocho apellidos vascos' cumplirá setenta años, lo cual no debería tener ninguna importancia, ni siquiera anecdótica. La tiene en nuestro país, que no es país para viejos en lo concerniente a la industria del cine. En Francia, que siempre es un buen ejemplo, los grandes nombres de la Nueva Ola se mantuvieron todos, mientras vivían, en pleno ejercicio: Chabrol, que murió a los ochenta sin dejar de rodar, al igual que Eric Rohmer, en activo hasta poco antes de cumplir los noventa, y Resnais, fallecido el pasado mes de marzo con más de noventa y nueva película poco antes estrenada; siguen vivos y coleando Jacques Rivette, Agnès Varda, nacidos ambos en 1928, y Godard, que presenta a concurso en Cannes una película realizada a la bonita edad de ochenta y cuatro. Martínez-Lázaro inició su carrera en los primeros años 1970, formando parte de la oleada siguiente al llamado Nuevo Cine Español, del que siguen que yo sepa en disposición de filmar Saura, Patino, Regueiro, Gutiérrez Aragón, Mario Camus, Josefina Molina, Gonzalo Suárez, Jaime Camino, Pedro Olea y otras significativas figuras que es posible que olvide. Disponibles y sin lugar en el escalafón cinematográfico.

     Antes de ‘Ocho apellidos vascos', Martínez-Lázaro había hecho comedias, algunas muy celebradas por el público, como ‘Amo tu cama rica', ‘Los peores años de nuestra vida' o ‘El otro lado de la cama', pero es un nombre ligado al núcleo duro de la renovación del cine de autor -en sucesivas fases- que supuso en nuestro panorama la larga y estimulante actividad de Elías Querejeta, productor del primer largometraje de Martínez-Lázaro. La edad no es una garantía de calidad ni la genética una razón de estado. Hay sin embargo unas maneras en el trabajo del director que le dan a este psicodrama atávico tratado como chirigota una solvencia narrativa y un peso específico que el público, aun el menos exigente, percibe o por lo menos recibe. La película es una película, y no el atolondrado capítulo de una serie descerebrada. Los actores actúan y no sólo aparecen, hay relato y hay dirección, no mero acumulado de escenas de situación. Un cine pensado para gustar más que para hacer pensar, y que ha logrado arrebatar sin que por ello dejemos de hacernos preguntas y vernos reflejados en el espejo deforme de la guasa. 

[Publicado el 10/6/2014 a las 09:16]

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Gamas del arcoiris

Coinciden en los cines, pocos meses después del éxito de ‘La vida de Adèle', cinco nuevas películas basadas en la condición homosexual; dos tratan el carácter diferencial de lo masculino y lo femenino, una el turismo sexual, otra la enfermedad del Sida y sus enemigos, y la última en estrenarse, que es la mejor, explora de manera sutil el misterio que une al deseo con la muerte. De las seis, cinco han sido muy premiadas y celebradas, lo cual no debería, sin embargo, engañar a los optimistas: la homosexualidad sigue siendo un coto cerrado donde los cazadores de la normalidad entran como ojeadores más o menos tolerantes, como curiosos, como estudiosos, sin dejar de sentir que ese campo ajeno siempre es extraterritorial.

 

     ‘Pelo malo' es una película venezolana de reducido presupuesto y modestas ambiciones que ganó de modo inesperado el máximo galardón, la Concha de Oro, en el festival de San Sebastián de 2013. La propuesta de la directora y guionista Mariana Rondón es muy honrada, y su significado varía, como la propia autora ha reconocido, según el lugar desde el que se contemple. En América Latina puede predominar la metáfora racial y política, mientras que para nosotros, en Europa, la figura de Junior, ese niño de nueve años (subyugante Samuel Lange Zambrano) que quiere alisarse el pelo y cambiar su persona hacia una entidad más delicada, quizá más femenina, queda definida por la homosexualidad incipiente. Totalmente distinta es la comedia disparatada (sobre todo en el ‘almodovariano' episodio que trascurre en La Línea de la Concepción) ‘Guillaume y los chicos, ¡a la mesa!', primera película de su director y actor principal Guillaume Gallienne, intérprete simultáneo del papel de un hombre afeminado al que su abrumadora madre (interpretada por él mismo ‘en travesti') aboca desde la infancia a la homosexualidad; la vis cómica de Gallienne, prestigioso miembro de la Comédie Française, depara los mejores momentos de una película que estabiliza en su forzado ‘happy end' cualquier desorden de género sexual antes planteado en la trama. Como la anterior, triunfadora absoluta de los Premios Cesar de la academia del cine francés, ‘Dallas Buyers Club', del canadiense Jean-Marc Vallée, obtuvo un enorme eco internacional y tres Oscars de Hollywood, muy merecidos los tres, mejor actor a Matthew McConaughey, mejor secundario a Jared Leto, convincentemente travestido a lo largo de toda la acción, y mejor peluquería y maquillaje, esencial en la verosimilitud que los peinados de época (los años 1980) y los estragos de la enfermedad dan a los personajes protagónicos. El film de Vallée se encuadra dentro del cine de tesis benevolente (recuerda en ese sentido a la también muy reconocida ‘Philadelphia' de Jonathan Demme, 1993), añadiendo al contexto de los peores momentos de la epidemia del SIDA un paisaje inusual, el del rodeo más rigurosamente heterosexual. En cuanto a la menos afortunada en honores y difusión comercial, la española ‘La partida', de Antonio Hens, se trata de un relato que combina la descripción de la miseria económica y moral en la Cuba de los hermanos Castro con una historia de amor entre dos muchachos, uno de los cuales se prostituye con turistas varones. La pintura social y familiar está bien plasmada, incluyendo las escenas del entrenador de fútbol y depredador sexual encarnado con talento por Toni Cantó, pese al esquematismo de su personaje, en quien se ha querido ver en clave críptica a una estrella del balompié catalán. El drama de la intolerancia machista incurre, por el contrario, en un cierto efectismo truculento, poniendo más de relieve la insuficiencia actoral de los jóvenes debutantes cubanos.

    Presentada en el festival de Cannes 2013 dentro de la sección ‘Un Certain Regard', donde obtuvo el premio a la mejor dirección, ‘El desconocido del lago' de Alain Guiraudie vivió la dulce experiencia de ser considerada por la crítica internacional como un título que tendría que haber entrado en la competición oficial, desafiando allí, para el gusto de muchos, la primacía de otra película francesa, ‘La vida de Adèle'. Ambas no son comparables, en su extraordinaria calidad, del mismo modo que resultan antitéticos desde el punto de vista formal Abdellatif Kechiche y Alain Guiraudie, autor de varios largometrajes, ninguno estrenado en España. ‘El desconocido del lago' muestra desde su primer plano (repetido idénticamente varias veces) un áspero no-lugar campestre donde aparcan esporádicamente los coches de unos hombres de distinta edad y físico, casi todos anónimos, que acuden a la orilla de un lago a fornicar, por lo general de modo inmediato y desprotegido. El lago es grande y también lo frecuentan, lo sabremos a través de los parcos diálogos, familias y bañistas más apacibles, aunque el espectador sólo ve, a menudo de lejos, al puñado de buscadores de la aventura, que se practica en el bosquecillo cercano a la ribera.

     ‘El desconocido del lago' no es una crónica de costumbres eróticas (si bien no faltan las escenas de sexo explícito), ni el relato de un amor pasional (que el protagonista Franck empieza a sentir), ni siquiera un ‘thriller' psicótico, teniendo la película como línea argumental un caso criminal y una resolución sangrienta. Alain Guiraudie compone con aplomo sutil una narración minimalista y despojada  -la sombra de Robert Bresson es, por suerte, alargada en el cine francés- en la que adquieren una gran relevancia los dos personajes secundarios que observan y a su modo comentan la acción: Henri, el hombre grueso que no busca gratificación carnal, y el policía investigador. Sus intervenciones, muy sugestivamente escritas y magníficamente interpretadas, alivian de la atmósfera concentracionaria y maligna vivida por los dos amantes protagonistas, Franck y Michel, en una suerte de danza macabra que funde la pulsión de muerte con el goce libidinoso, un concepto central en la obra de Bataille. Y así, ‘L´inconnu du lac', con su final nocturno y enigmático, cierra una historia perversa tan alejada de la alegoría como de la moraleja.

[Publicado el 26/5/2014 a las 09:00]

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Poema para Octavio Paz

Poema leído el pasado lunes 12 de mayo en la Residencia de Estudiantes de Madrid, en un homenaje a Octavio Paz

 

 

 

 

                                            Arpista  del  infierno

                                                       (Variaciones sobre tres versos de O. Paz)

 

El vampiro de boca sonrosada,

arpista del infierno, abre las alas,

y el vendaval del cartílago

descompone

la ropa del día de fiesta.

Somos las criaturas que hacen fila

y buscan la senda

de la perdición.

Somos las criaturas que sueñan y hacen fila

desde que oímos hablar

de un señor de las cosas

menos recomendables.

 

Llevamos deseando tu música degenerada

años que se parecen al siglo.

Y mientras llega la hora

de bajar al infierno,

el metal de tus cuerdas nos acompaña.

 

¿Hay paraíso, hay desenlace feliz, hay domingo?

No nos espera Dios al fin de la semana.

                                                 _________________

[El poema, inédito, forma parte de una reciente serie de ‘Variaciones' sobre versos de diferentes poetas. Los versos en cursiva son aquellos que tomo del poeta homenajeado]

[Publicado el 19/5/2014 a las 09:00]

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La guerra en broma

La "drôle de guerre", la guerra en falso o de broma, fue la expresión acuñada por el periodista y novelista francés Roland Dorgelès   -hoy recordado tan sólo por esa frase y por ser el finalista del premio Goncourt que ganó Proust-  para referirse a las primeras escaramuzas de la segunda guerra mundial. Jean Echenoz hace en su última novela ‘1914' (Anagrama, traducción de Javier Albiñana) el libro menos grandilocuente y más elocuente sobre el anterior conflicto bélico a escala internacional del siglo XX, del que ahora se cumplen los cien años. Aquella primera guerra, que fue muy en serio desde su inicio, con el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, ha tenido una abundante literatura de ficción: novelas de inmensa popularidad como ‘Los cuatro jinetes del Apocalipsis' de Blasco Ibáñez. ‘Adiós a las armas' de Hemingway o ‘Sin novedad en el frente' de Erich Maria Remarque, y novelas de empeño y destacada calidad: ‘Tres soldados' de Dos Passos, ‘Tempestades de acero' de Jünger, ‘El diablo en el cuerpo' de Radiguet, y dos desbordantes tetralogías ‘La rueda roja' de Solzhenitsyn y ‘El final del desfile' de Ford Madox Ford, la segunda mucho más artística que la del premiado disidente ruso.

 

         Echenoz es un extraordinario escritor humorístico, y su método escueto, mordaz, elegante, aplicado en sus obras precedentes a las inventivas recreaciones biográficas del compositor Ravel, el corredor de fondo Zátopek y el científico de la electricidad Tesla, funciona con la misma gracia burlesca en ‘1914', una novela que refleja la carnicería humana de la Gran Guerra a la vez que cuenta con fulgurante sentido de la elipsis el "ménage-à trois" de dos hermanos convencionales y una mujer moderna. El libro tiene un arranque memorable, cuando el protagonista Anthime, al final de una apacible excursión campestre en su día libre del trabajo de contable en una fábrica de zapatos, queda sorprendido por la imagen de un raro parpadeo en los campanarios de toda la zona llana que divisa desde su bicicleta, y por el subsiguiente repique de las campanas que en su rebato anuncian la declaración de guerra. Lo que sigue, en sus menos de cien páginas, es el condensado de una original historia privada que se enmarca con destreza entre batallas y esperas: ciudadanos sin ninguna pericia militar que van a las trincheras, muchos a morir o ser mutilados, y una retaguardia de ancianos y mujeres sufriendo delegadamente la tragedia del frente. Con su habitual ironía, Echenoz afirma que comparar la guerra con la ópera es una impertinencia, en particular "cuando no se es muy aficionado a la ópera", aunque, insiste el narrador, "la guerra, como ella [la ópera], sea grandiosa, enfática, excesiva, llena de ingratas morosidades, como ella arme mucho ruido y con frecuencia, a la larga, resulte bastante fastidiosa".

      Hay pasajes que están entre lo mejor que ha escrito el autor francés: el casco de un proyectil rezagado que siega el brazo de Anthime, la descripción del combate aéreo que acaba con la vida de otro de los protagonistas. La voz narrativa es ahí seria, sin patetismo, como lo es el hermoso final de la continuidad amorosa en la paternidad. Pero el brillo principal lo da el humor: el recuento (entre las páginas 71 y 74) de los animales de todo tipo, incluyendo insectos parásitos, que acompañan el día a día de los soldados, ha de figurar como antológico en la obra de este incomparable novelista. 

[Publicado el 06/5/2014 a las 09:52]

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Coste y valor humano

El origen de ‘La mujer del chatarrero' no es una novedad en el cine. Cuenta su director, el bosnio Danis Tanovic, que un día, al leer en la prensa el caso de un matrimonio gitano atrapado en una cruel pesadilla administrativa, les buscó, les visitó y enseguida supo que quería hacer una película de su historia. Lo propio era desarrollar ficticiamente el caso verídico, pero, confiesa Tanovic en una entrevista, para "hacer una ficción [...] como mínimo necesitaría dos años para buscar productores que estuvieran interesados, y tampoco estoy tan seguro de que los hubiera encontrado, porque la historia no es tan sexy". Así que con 17.000 euros de presupuesto obtenidos de un fondo de ayudas de su país, y trabajando con un mínimo equipo de amigos voluntariosos y los cuatro miembros de la familia gitana interpretándose a sí mismos, rodó esta absorbente y breve película-reportaje (75 minutos) que ganó dos Osos de Plata en el festival de Berlín de 2013 y ha tenido carrera comercial en los cines de arte de Europa. Más lógico habría sido ver reflejada amplia y punzantemente la angustiosa peripecia de Senada y Nazif en algún programa de televisión, pero las cadenas privadas, y en España también las públicas, sólo se ocupan de hecatombes, de guerras, de accidentes y, sobre todo, de hechos de sangre, cuanta más sangre mejor. Lo que le sucedió a esta familia no posee ese rango: fue una tragedia privada y consuetudinaria, de las que cada día más alcanzan a otras familias, a otras etnias, otros lugares.

     ‘Un episodio en la vida de un chatarrero', título original y de más pertinencia que el de su estreno español, pudo llegar a más espectadores en formato de documental televisado en ‘prime time'. No siendo así, ‘La mujer del chatarrero' que vemos en la pantalla grande se beneficia sin embargo de la mirada, del preciso tempo narrativo, de la sencilla artisticidad que confiere a su elemental anécdota Danis Tanovic, autor, hace más de diez años, de ‘En tierra de nadie', una memorable alegoría sobre los costes personales de la guerra de Bosnia, ganadora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Si entonces fabulaba y tenía incluso respiro para la humorada y el trazo lírico, ahora Tanovic se limita a poner su cámara detrás y en torno a esa pareja con dos hijas, que subsisten gracias a los desguaces que el marido Nazif consigue y las comidas que la mujer Senada cocina milagrosamente en una minúscula habitación donde también duermen. El aborto espontáneo que ella sufre y la imposibilidad de resolverlo quirúrgicamente, al no disponer de cartilla médica ni de los 500 euros requeridos en los hospitales que recorren, es relatado sin subrayados, sin músicas inquietantes, sin florituras formales; un televisor defectuoso, con nieve perpetua emborronando la imagen, un paisaje exterior desolado, dos niñas revoltosas ajenas a la extrema precariedad, unos vecinos y parientes solidarios, una burocracia implacable, y un desenlace que evita la muerte pero no deja paso al optimismo.

    Tanovic no alecciona, disecciona, sin sacar conclusiones explícitas (aunque sí las apunta cuando habla ante los periodistas). Recuerda en eso ‘Le Havre', el extraordinario cuento moral de Aki Kaurismäki sobre la emigración, si bien el cineasta centro-europeo es menos grave que el finlandés, dotado espontáneamente para el sinsentido y mucho más flemático. Ninguna de ambas podría ser englobada dentro del cine de denuncia, como sí lo está el nuevo título de Stephen Frears, ‘Philomena'. Esta es una película incluso militante, de agitación, habilísimamente camuflada de melodrama lacrimógeno; de ahí el éxito comercial y la lluvia de nominaciones en todos los premios anuales, incluido los de Hollywood, y también, por su primera naturaleza, el fracaso a la hora de obtenerlos. ‘Philomena' y ‘Doce años de esclavitud', haciendo una comparación odiosa pero justificada, están concebidas para hacer llorar, para remover las conciencias, con la diferencia de que el esclavismo es una causa  -afortunadamente, claro- hoy ganada, y lo que fustiga Frears está por resolver.

       Lo que fustigan el co-guionista y actor principal, Steve Coogan, y el director Frears, es el tráfico y abuso de personas débiles por parte de los poderosos, sean estos mafiosos organizados en bandas o congregaciones religiosas que se aprovechan de su aura de santidad. La historia, basada también en hechos reales aunque interpretada por actores de gran envergadura, ocurrió hace más de cincuenta años en la católica Irlanda, y a lo largo de su primera media hora el más que solvente director inglés se deja llevar por una cierta pereza creativa incapaz de superar los lugares comunes del guión. El ambiente en el convento despótico para chicas descarriadas, la vida pueblerina y la vida en las altas esferas del poder político apenas interesan o están ‘déjà vus'. La aparición del personaje de Philomena ya como mujer anciana, encarnada por Judi Dench, promete una solidez que aún tarda algo en llegar. Pero la segunda parte del film es apasionante, y genuinamente conmovedora en muchos momentos, sin prescindir de los resortes melodramáticos, en los que Stephen Frears muestra un gran temple, brindando a Dench alguno de los momentos más notables de lucimiento de su extensa carrera interpretativa (por ejemplo, el examen mudo del álbum de fotografías de su hijo mientras a sus espaldas oye hablar de él a una amiga americana).

      Hay en ‘Philomena' un giro argumental inesperado, brillantemente administrado, que conviene no anticipar; pertenece a otra esfera de los valores humanos que hoy siguen amenazados, y hay dos o tres escenas en su final que tienen un poder de permanencia emocional en la memoria. Son las que unen la enfermedad con el fanatismo, el dolor con la culpa.  

[Publicado el 28/4/2014 a las 09:00]

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Biografía

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

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