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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 7 de diciembre de 2016

 Blog de Vicente Molina Foix

La mujer y sus gatos

El primer personaje de ‘Elle' es Pandora, una gata de pelo oscuro y ojos verdes que, sobre un fondo sonoro de gran ruido, mira a la cámara con la fijeza del felino que considera sus posibilidades de intervención. Enseguida ve el espectador lo que veía Pandora: una agresión sexual sufrida por una mujer que yace, atenazada por un enmascarado, en el suelo de una mansión burguesa. Es el arranque de la nueva película de Paul Verhoeven, un director que narra muy bien la violencia, y se esmera en el relato cuando hay además una connotación libidinosa. Acabada la violación, la víctima se recupera, se levanta, estima las heridas corporales y recoge con modosidad los desperfectos domésticos. Y así irrumpe Isabelle Huppert en la película que -según los eruditos- hace el número 104 de su filmografía.

      Uno de los factores que convierten a la Huppert en una actriz a la que nunca nos cansamos de ver es su falta de miedo. Se sabe que el director holandés largo tiempo afincado en Hollywood quería hacer ‘Elle' allí y no encontraba a ninguna estrella norteamericana dispuesta a encarnar un papel tan expuesto, tan atrevido, como el de Michèle, la ejecutiva de una firma de videojuegos digitales. Hasta que la producción fue trasladada a Francia y apareció Isabelle, que comparte con el cineasta la "investigación sobre la extrema normalidad y la extrema anormalidad". De hecho, añade la actriz en la entrevista con Jean-Michel Frodon que estamos citando (publicada en Caimán Cuadernos de cine nº 52, septiembre 2016), esos personajes que la mayoría del público y muchos intérpretes juzgan inabordables "yo, al interpretarlos, no los considero marginales o extraños, estoy con ellos, los acompaño". Hermosa manera de definir el arte interpretativo, que, entre otras capacidades (la modulación de la voz, el desafío corporal, la mirada elocuente) tiene la de la aventura solidaria con cualquier ser de ficción, demoníaco o angélico.

   Pero la Michèle de ‘Elle' no es un demonio, sino una mujer madura que se enfrenta a la vida con la curiosidad insensata de los adolescentes, superando a cualquiera de estos en la memoria del dolor y del placer, en la astucia nunca calculada, en la dureza extrema de un comportamiento marcado por el sadismo con los otros pero también abierto al daño propio. Michèle es una ‘overreacher', una figura extralimitada que por tanto nunca sabe su siguiente paso, su siguiente goce, su último desengaño. Y todas esas facetas de la personalidad sin límites Isabelle Huppert las encarna de modo incomparable. Por ejemplo en la brillante secuencia de la cena de navidad, en la que Verhoeven, que en otros momentos del film exhibe una aparatosidad formal contagiada de lo peor de la narrativa ‘hollywoodiense', sabe ser contundente y sutil, hábil en el humor (la vecina católica con sus bendiciones y sus deliquios papales) y en el trazo cruel del trato de la protagonista a su hijo bobalicón, desprovisto de voluntad, y a su madre libertina, esa anciana que seguramente de joven fue tan aventurera como su hija Michèle y por eso ésta la odia y la ataca, viéndose en el espejo decrépito de sí misma.

   El gato escrutador y la madre, otro tipo de madre, vuelven a aparecer, sin duda por casualidad, en ‘El porvenir' (‘L´avenir'), la excelente película de la francesa Mia Hansen-Love, en la que Huppert pasa a ser Nathalie, una profesora de filosofía y una mujer abandonada, no sólo por su marido, un profesor más circunspecto que ella, sino por los tiempos modernos, por sus alumnos, por el nuevo orden académico: las notas de caracterización de la creciente banalidad del mundo editorial ‘serio' son lacerantes, por lo acertadas y actuales. La sexualidad tampoco falta, pero aquí lo que cuenta no es el final del deseo sino el de la cultura anterior. El fallecimiento de la madre (interpretada de modo encantador por la veterana Edith Scob) carece de truculencia, comunicado por medio de una llamada de móvil a Nathalie mientras pasea meditabunda por la ciénaga; la cara de la Huppert, sin gesticulación ni llanto, nos da la cifra grave y leve de una muerte que la libera. Aunque el gato materno, heredado por la hija, hace pervivir el carácter coqueto y arisco de su dueña, desbaratando a la vez con su presencia animal el núcleo de las certezas y normas que rigen la vida de la profesora.

   ‘El porvenir' es, de un modo natural, argumental, una película de filósofos y citas. Los personajes centrales tienen casi siempre un libro en las manos, y hablan sin petulancia de Rousseau, de Martin Buber, de Husserl, Heidegger y Jankélévitch, mofándose una vez, de pasada, de Raymond Aron. Son las referencias seguramente autobiográficas de Hansen-Love, cuyos padres sabemos que fueron profesores de filosofía. Una separación puede tener como problema fundamental el reparto de una biblioteca común, adquiriendo perfiles de tragedia el que Nathalie advierta que su marido se ha llevado entre otras pertenencias un libro de Lévinas "con mis anotaciones". Él, por su parte, vuelve al hogar en busca frenética de su ejemplar de ‘El mundo como voluntad y representación', y el fantasma de Schopenhauer se incorpora a la trama del film. Los desequilibrios de la soledad no elegida, la búsqueda fallida de un consuelo vital en las cosas bellas, el doloroso fin de las costumbres, quedan reflejados de modo admirable en la escena en que ella, asqueada de que su esposo, para paliar su huída, deje ramos de flores por la casa, quiera arrojarlas y no encuentre un contenedor de basura lo bastante grande para todas. De nuevo la Huppert trasmitiendo con un juego de manos y una mirada las esencias del mundo.

[Publicado el 29/11/2016 a las 12:12]

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El Misterio cantado

Hace tres semanas se ha podido ver y oír en Elche un misterio que viene produciéndose, con apenas cambio, desde el siglo XV. Se trata de la ópera más antigua de la historia, tal y como ya la sintió en el lejano año 1934 el siempre agudo Eugenio d´Ors, quien en un texto de fogosa vehemencia subraya el contenido gloriosamente impuro de una obra en la que el drama asuncionista se mezcla con el "femenino arrobo" carnal y popular, quedando la liturgia enaltecida por la acrobacia.

      Quizá no sea yo el más indicado para hacer el elogio del Misteri d´Elx, habiendo nacido en la ciudad de las palmeras y la Dama ibérica. Por fortuna, la sospecha de favoritismo vernáculo queda mitigada por la abrumadora cantidad de espectadores del drama sacro-lírico representado anualmente en la basílica de Santa María que han sumado su entusiasmo al mío: recuerdo, sin hacer más que un repaso somero a la memoria, la fascinación de Juan Benet, Javier Marías, Eduardo Mendoza, Luis de Pablo, Marisa Paredes, Julieta Serrano, Luz Casal, Lluis Llach, Lluis Pasqual, José Carlos Plaza, por citar unos pocos nombres de grandes artistas que hicieron el viaje (en agosto o, cada dos años, los años pares, el 1 de noviembre) para ver la función creada y tan amorosamente y mantenida por los ilicitanos a lo largo de los siglos.

      Es casi imposible describir con palabras la eficacia emocional de esta pieza, sin duda una de las mayores joyas de la música europea de todos los tiempos, en su fusión de polifonía renacentista, canto gregoriano, arabesco melódico y coloratura barroca, a la que un músico del relieve de Oscar Esplá añadió en el siglo XX unos respetuosos intermedios de órgano. Todo ello encajado en una línea narrativa por momentos muy trepidante y puesto al servicio del vigor dramático de una obra que, junto a su materia devocional, nunca pierde el ilusionismo teatral y la belleza artística. Conviene recordar a ese respecto que fue el primer gobierno laico de la Segunda República, presidido por Alcalá Zamora, el responsable de un determinante acto institucional de apoyo al Misteri, declarándolo en septiembre de 1931 Monumento Nacional (en clara desautorización de ciertos grupos de la izquierda revolucionaria local, hostiles a su cuño religioso).

      El Misterio de Elche, reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, concita cada vez más un interés por parte de los foráneos y el apasionamiento de los nativos, que últimamente ha dejado oír la petición de que los papeles femeninos de las tres Marías puedan ser cantados por niñas y no sólo por niños, como se viene haciendo desde su origen según las parámetros vocales de la música eclesiástica cristiana. Los derechos civiles de las mujeres, que han de ir conquistándose con toda justicia (en este caso, por ejemplo, dándoles mayor cabida en el Patronato o la dirección artística y musical de la obra), no tienen sentido, a mi juicio, en esa peculiaridad estética del Misteri, que aporta una densidad especial, de atractiva ambivalencia, al hecho de que la piadosa figura mariana nos llegue en la voz de los muchachos que encarnan a las vírgenes antes de que su timbre cambie y les haga hombres.  

[Publicado el 21/11/2016 a las 12:24]

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Nieva

    Con la muerte de Francisco Nieva a la formidable edad de 91 años desaparece el núcleo ‘senior' de una generación de escritores y artistas muy vinculados a Vicente Aleixandre, gracias a cuya mediación pude conocerles al llegar yo a Madrid de estudiante; siguen vivos y activos miembros más jóvenes de ese grupo como Francisco Brines y la poeta de origen austriaco Angelika Becker, a quienes traté, junto a Carlos Bousoño, Claudio y Clara Rodríguez, José Olivio Jiménez, entre otros, en la casa que en los lejanos años finales de la década 1960 tenía Nieva en el madrileño Barrio del Niño Jesús. Por aquel entonces, Nieva era un escenógrafo teatral originalísimo, que trabajaba en montajes de Marsillach y José Luis Alonso, poniendo en práctica, según él mismo se cuidaba siempre de recalcar, las enseñanzas de su maestro en la Ópera Cómica de Berlín Walter Felsenstein, a las que él añadía una cáustica mirada española totalmente anti-castiza. En los años 70, instalado yo en Inglaterra, dejé de acudir con la asiduidad anterior a esas reuniones muchas veces tenidas en el apartamento de Paco Nieva, sin dejar nunca de saber de él, gracias a las noticias que daba por carta Aleixandre, un rendido admirador de las piezas que Nieva, antes de lograr estrenarlas, leía privadamente a sus amigos. A la primera ocasión que tuve, en unas vacaciones del curso universitario británico en el que daba clases, pude ver a fines de abril de 1976, en el teatro Fígaro de Madrid, un programa doble de textos escénicos de Paco que me maravillaron, dirigidos por José Luis Alonso y con un reparto en el que siguen inolvidables Lali Soldevila, José María Prada, Valeriano Andrés y Pilar Bardem, por citar sólo a algunos. Se trataba de ‘La carroza de plomo candente' y ‘El combate de Ópalos y Tasia', el comienzo del apartado de su Teatro Furioso, donde están muchas de las mejores páginas de la literatura dramática castellana del siglo XX.

    Sin dejar nunca el dibujo (una práctica artística suya menos difundida, que pudo verse bien representada en la reciente y magnífica exposición del Centro Reina Sofía ‘Campo cerrado'), la escenografía y la dirección, Nieva se convirtió en el dramaturgo -o comediógrafo- más atrevido y brillante de nuestra escena contemporánea, un papel que su larga vida ha prolongado gloriosamente para todos nosotros, admiradores antes que allegados.

[Publicado el 15/11/2016 a las 10:46]

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‘Shows’ de realidad

Comparada a ‘Elvis & Nixon', con la que coincide en las pantallas de estreno y en el formato de film-reportaje ficcionalizado, ‘El hombre de las mil caras' tiene una notable ventaja. Todos conservamos -excepto los muy niños y los indígenas de alguna selva intrincada- imágenes faciales y recuerdos, por vagos que sean, de la cara de Richard Nixon, mientras que de Elvis Presley subsisten más mementos, más elementos de identidad: su música (electrizante aún hoy), su sex appeal (antes de que se inflara a pastillas y otros productos intoxicantes), su endiablado ‘body language', sito especialmente en la coordenada de las caderas y la protuberante pelvis. Eso hace que una película como la de Liza Jonson se vea forzada a combatir en todo momento la incredulidad de que Kevin Spacey no se parezca nada al presidente destituido por sus delitos y de que Michael Shannon encarne al Rey del Rock en su decadencia con una mímesis aproximativa, que se concentra en el atrezo, no en el físico. En el caso de la película de Alberto Rodríguez, sólo la calva y la barba poblada de Luis Roldán nos trae reminiscencias a los que tenemos memoria de aquel embrollo; Francisco Paesa es un rostro sin ningún perfil acusado, y de los demás protagonistas de la historia real el ex-ministro Juan Alberto Belloch es el único que sigue visible; las demás figuras de la trama cinematográfica ni siquiera ofrecen a la mayoría de los espectadores un nombre conocido o una efigie.

 

     Frente a esa ventaja, la desventaja del film español es ser un ‘thriller' sin muerto verificado ni siquiera desenlace claro, como es norma del género. El agente doble Paesa puede seguir vivo o quizá fue muerto por cualquiera de sus enemigos, que van desde las altas esferas al submundo. De ahí que la tensión que Rodríguez sabe crear en su relato se desinfle al final y nos deje en la incertidumbre, inevitable pero no por ello menos decepcionante. Una incertidumbre que no es propia de estos docudramas de seres de la política, las ciencias o las artes; sabemos de antemano el final de Truman Capote, de Basquiat y Warhol, de Edith Piaf, de Camarón de la Isla, de Giulio Andreotti, y hasta de los Reyes de España Don Juan Carlos y Doña Sofía, vivos pero en la reserva, y lo que en verdad deseamos como espectadores de sucesos históricos de nuestro tiempo es tener la confirmación ilustrada de que aquello que vimos en su momento con relativo interés ha cobrado por la muerte, la mala salud o la renuncia una dimensión que va de lo heroico (Stephen Hawking) a lo grotesco (caso de ‘Elvis & Presley').

    Dramáticamente está mejor construido el guión de esta última, sobre todo en su vertiente esperpéntica, pero Liza Johnson se muestra como una realizadora rutinaria, pese a su currículo de artista plástica de vanguardia, curadora de arte y videoinstaladora con renombre. Los personajes secundarios son figuras esenciales en estas recreaciones de figuras notorias, ya que rellenan con su desdibujamiento y su anécdota, más fácil de reinventar, la rigidez de la Historia. Son estupendos en ese sentido los dos ayudantes de gabinete del presidente Nixon, pareja cómica masculina en la tradición del ‘slapstick americano', hasta el punto de resultar el vehículo de más potencia en el avance del relato. No tienen ese fuerza, por desgracia, los característicos de ‘El hombre de las mil caras', aunque como cineasta Alberto Rodríguez es muy superior. Arranca muy alto, en el firmamento literalmente, haciendo honor a un sello que ya le caracteriza: comienzos de brillantez formal y agudeza metafórica. Pero si en ‘La isla mínima' podía seguir el vuelo alto más allá de las marismas del Guadalquivir, en su nueva obra el fango de las cloacas se le pega a los zapatos. Toda una parte central de trámite e intriga se hace pesante, sólo aliviada de vez en cuando por la densidad que sabe darle a su papel de esposa de Roldán la estupenda Marta Etura. Resulta postizo, aunque lleve la voz narradora, el personaje de Jesús Camoes (el único al que se le ha cambiado el nombre auténtico, Jesús Guimerá), teniendo José Coronado, su intérprete, pocas posibilidades de realzarlo. Quien se luce en la interpretación del enrevesado y traicionero borracho Casturelli es Enric Benavent, si bien a él le toca pechar con la única escena sonrojante de la película, el sueño etílico en el aeropuerto, ciervo incluido, un pegote incomprensible que sería un acierto eliminar del montaje.

   Veremos más películas como estas dos aquí comentadas. La fascinación de Hollywood y de los franceses por el ‘biopic', resultona también en las taquillas, se hace insaciable, y los mordiscos de realidad llegan cada día más cerca de nuestras casas, nuestros pueblos, nuestra vida diaria. En España no nos quedamos atrás, aunque era antes ese terreno más propio de la televisión. Pero como el cine tiende cada vez más, en la forma, a asemejarse a la tele, la ósmosis será permanente, y los resultados quizá a la larga indistinguibles. Materia argumental no falta. Yo pagaría una entrada muy gustoso, y a ciegas, para  ver en la gran pantalla una saga sobre la Familia Pujol, con exteriores en los diversos paraísos exigidos por el libreto, o un remake de ‘Todos a la cárcel', siguiendo preferiblemente la propia estela berlanguiana, y en el que todos los presuntos ladrones llevaran, sin camuflaje, los nombres del momento que, a día de hoy, conocemos. 

[Publicado el 25/10/2016 a las 17:50]

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Fiesta y buen tiempo

     Montaigne se burlaba de los pensadores enmascarados bajo un falso semblante pálido y repelente; la filosofía "no predica otra cosa que fiesta y buen tiempo", y según él "nada hay más alegre, más airoso, más divertido y casi diría que retozón". Pero el mismo hombre, en el ensayo titulado ‘La soledad', escribe también sobre esa trastienda de la intimidad donde conversar estoicamente consigo mismo, "tan privada que no tenga cabida ninguna relación o comunicación con cosa ajena; discurrir y reír como si no tuviésemos mujer, hijos ni bienes, ni séquito ni criados, para que cuando llegue la hora de perderlos, no nos resulte nuevo arreglárnoslas sin ellos" (cito por la traducción de J. Bayod Brau, Acantilado, 2007).

     La paradoja de un carácter tan agudo, tan cultivado y profundo, tiene en los ‘Ensayos' la vía de escape del humor ("mi estilo es por naturaleza cómico") y la franqueza inaudita sobre el propio organismo y sus dolencias, sus vicios, sus inconsecuencias y manías. Y siendo cierto que otros antes que él se trataron a ellos mismos como materia confesional y auto-reflexiva (notablemente Séneca en sus cartas y San Agustín en sus escritos biográficos, leídos ambos y citados con profusión por Montaigne), la novedad del llamado señor de Eyquem es que no hay en sus textos la voluntad de educar, dar ejemplo o enderezar una vida de errores. "Yo no enseño, yo relato", algo que ratifica, de manera original, hablando como si hablara no él sino su libro, en la advertencia ‘Al lector' que lo abre, y en la que, aparte de anunciar que su único fin al escribirlo es doméstico, remacha que "no he tenido consideración alguna ni por tu servicio ni por mi gloria".

     La fiesta de leer a Montaigne es que nunca cansa y nunca deja de alumbrar, tanto al mencionar sus cálculos intestinales, sus flatulencias y sus retortijones ("Gracias a la generosidad de los años, he trabado intimidad con el cólico"), como al fundir la erudición con el sarcasmo, como al exclamar en su epígrafe sobre ‘La semejanza de los hijos con los padres': "¡Qué desgracia carecer de la facultad de aquel soñador de Cicerón que soñó que abrazaba a una muchacha y se encontró con que había expulsado su piedra entre las sábanas! Mis piedras me quitan todas las ganas de muchachas".

   Humanista y hedonista, aristócrata y monárquico, católico y escéptico, Montaigne se asemeja, en el espejo de sí mismo, a todos nosotros, incluyendo a los que menos se parecen a él. Hay una universalidad que su obra expresa sin excluir a nadie; basta con padecer y tener angustias, sentir deseos y no poder consumarlos, tomarse las cosas a la ligera, incluso las más graves, para pertenecer a la banda de los que Don Francisco de Quevedo, su primer gran admirador en la cultura española, llamaba "los montañistas".

   También fue un extraordinario bricoleur de los saberes antepasados. De un modo que anuncia y sin duda inspira el de Walter Benjamin, Montaigne actúa como trapero de los residuos sublimes o veleidosos dejados desde la antigüedad por muchas voces en varias lenguas. El cuerpo de sus innumerables citas da forma a su alma, y las mil quinientas páginas de los ‘Ensayos', esa novela del yo, sirve de recuento de cómo la conciencia se fue creando y, a la vez, de programa de una filosofía futura y narrativa en la que no cabe frontera ni disimulo.

[Publicado el 18/10/2016 a las 10:30]

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Coraza

                                                             Te lancé al vendaval de las pasiones

                                                             Sin la coraza puesta

                                                                               Federico García Lorca

 

 

                                            I

 

Te veo por un hueco de las almenas.

Soy el señor del castillo.

El único sin reino visible.

Y te veo caer

entre la fanfarria

de los cortesanos.

Son mis súbditos.

Los que te precedieron

con mansedumbre

en el corazón.

Ellos también caían

al foso árido

que nos separa

de los demás.

Los demás.

Los que a nosotros nos ven

como reptiles estériles

en el árido foso de una fortaleza

sin armas/inerme.

 

No tuve que empujarles al vacío.

Tampoco a ti hizo falta

darte el golpe de gracia del último abrazo.

Tu caías como la flor cansada

de estar

unida al tallo.

 

 

                                                          II

 

Mientras caes,

tu cuerpo se hace leve,

y mi alma dura,

sin la coraza puesta.

Viniste casi desnudo,

y yo te cubrí

con el metal de los golpes.

 

Qué monarca más arduo y seco.

Qué reinado más corto o más injusto.

Qué dinastía de amores sin sucesión.

 

                                              ________________

 

Vicente Molina Foix

 

[Este poema reciente forma parte de una serie de Variaciones que compondrán, junto a otras secciones, un futuro libro de versos. Una versión algo distinta de Coraza apareció poco antes del verano de 2016 en el libro colectivo de homenaje a Federico G.L. titulado Una brisa que viene dormida por las ramas, en edición de Miguel Losada.]

[Publicado el 11/10/2016 a las 10:30]

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Suicidas y longevas

Dos poetas de poco más de cuarenta años han compilado una antología monumental (casi mil páginas) con el título de ‘Poesía soy yo. Poetas en español del siglo XX'. Ambas, Raquel Lanseros (Jerez, 1973) y Ana Merino (Madrid, 1971), no forman parte del elenco de escritoras representadas, ya que su voluntad fue incluir a las nacidas desde 1886, caso de la modernista uruguaya Delmira Agustini, hasta 1960, cuando Blanca Andreu era un bebé de pocos meses y en Costa Rica venía al mundo la muy interesante Ana Istarú, que se dio a conocer en la adolescencia y cierra con altura el volumen, recientemente publicado por Visor.

    Las antologías tienen siempre algo de bazar. Hay en ellas confecciones para todos los gustos, y el muestrario expuesto es forzosamente limitado, por lo que al curioso que lo calibra siempre puede quedarle la duda de que esa misma firma haya hecho productos mejores. Conviene decir sin embargo que la recopilación de Merino y Lanseros presenta artífices de gran calidad, desde las más canónicas como Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Idea Vilariño, María Victoria Atencia o Clara Janés, hasta las menos conocidas pero imprescindibles Josefina de la Torre, Amanda Berenguer, Blanca Varela o Marosa di Giorgio, poeta excéntrica de rica imaginería surreal. Llama la atención, como dato anecdótico, el censo de las que murieron trágicamente, electrocutada la mexicana Rosario Castellanos, asesinada Agustini, suicidas Storni, Violeta Parra, Alejandra Pizarnik o María Mercedes Carranza, en contraste con las numerosas poetas de activa longevidad casi centenaria, como Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, Carmen Conde, Dulce María Loynaz, Elena Martín Vivaldi, Fina García Marruz, Julia Uceda o la inolvidable Rosa Chacel, de quien se incluyen un hermoso soneto y una carta en verso a Norah Borges. Siendo la selección de las antólogas tan amplia, me llamó la atención la ausencia de la estupenda aunque semi-secreta María Vela Zanetti, y de las argentinas Emma de Cartosio y Basilia Papastamatíu, que viajaron con frecuencia a España y aquí mantuvieron contactos muy señalados con escritores de la generación del 50 y los Novísimos.

     En el bazar de ‘Poesía soy yo' tengo, como cualquier paseante interesado, mis predilecciones. El encanto de las primeras prosas poéticas de Ana María Moix sigue vigente, el irracionalismo temprano de Blanca Andreu deja paso (por ejemplo en un poema más reciente, ‘A un ciprés de la Acrópolis') a la voz grave y rememorativa, y es un placer incomparable releer a una de las más originales poetas españolas del siglo, Gloria Fuertes, cuyo humorismo payaso en la ‘tele' dio de ella una imagen distorsionada que para muchos (aunque no para su gran ‘fan' Jaime Gil de Biedma) resultó descalificadora. Termino mi deambular poético por este bien concebido libro con la elocuente pieza breve de la peruana Blanca Varela, titulada ‘Strip Tease': "quítate el sombrero / si lo tienes / quítate el pelo / que te abandona / quítate la piel / las tripas los ojos / y ponte un alma / si la encuentras".

[Publicado el 04/10/2016 a las 11:51]

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Paradjanov vivo

Es terrible que en la resurrección de Serguei Paradjanov, que este año también ha llegado a España, se hable tanto de su tragedia, habiendo sido el gran cineasta armenio, según todos los relatos visuales, orales y escritos que de él se conservan, un hombre extrovertido, locuaz, en quien el humor histriónico era el rasgo mayor de su personalidad y la base de su arte. La implacable persecución carcelaria que sufrió por parte de los mandatarios soviéticos a lo largo de casi tres décadas, la censura y manipulación de su cine, así como su amistad honda con Andrei Tarkovski, al que, siendo ocho años mayor que el autor de ‘Solaris', consideraba su maestro, han dado forma a una leyenda y a más de un film de ficción; aquí sólo trataremos de su obra a través de los cuatro títulos reconocidos por el autor y en especial ‘Sayat Nova', que, recientemente restaurado por la Cineteca de Bolonia, se ha visto a lo largo de 2016 en numerosas pantallas del circuito español no comercial.

    En ‘Esculpir en el tiempo', su libro de reflexiones cinematográficas, Tarkovski se refirió a las "pocas personas geniales en toda la historia del cine: Bresson, Mizoguchi, Dovzhenko, Paradjanov, Buñuel". A primera vista, la estética del ruso y la del armenio-georgiano parecen divergentes, si no opuestas. Ambos hacen, indiscutiblemente, un cine de poesía, pero, más allá de un difuso fondo espiritualista y una obsesión compartida por las figuraciones zoológicas y frutales, allí donde Tarkovski, sobre todo a partir de ‘Solaris', filosofa herméticamente, Paradjanov se entrega sin pudor al ‘bel canto' de la imaginería, realzando sus danzas melódicas con arabescos y coloraturas que no tienen, a mi entender, comparación con las de ningún otro director. Excepto uno, de Hollywood, del que hablaremos más tarde.

    Los dos amigos fueron, en cualquier caso, creadores que no se ponían freno a sí mismos, y de ahí que, por encima de su común inclinación a los místicos y los anacoretas (el pintor de iconos Rublev, el poeta ambulante Sayat Nova, el trovador Kerib), lo que inquietaba de ambos a las autoridades post-estalinistas era lo insondable de su extralimitación. ¿Adónde podían llegar uno y otro en su tratamiento metafórico del auto-marginado, del visionario, del explorador de mundos ajenos al real?

    Después de siete títulos de obediencia ideológica o encargo que Paradjanov borró de su filmografía, la primera película en darle notoriedad fuera de la U.R.S.S. fue ‘Los corceles de fuego' (de 1964, y conocida en el ámbito anglosajón como ‘La sombra de los antepasados olvidados'), un drama de jóvenes amantes separados por venganzas familiares y sortilegios. Ya en ese film, inspirado en un antiguo cuento cárpato, aparecen los componentes formales e iconográficos de su cine: los ritos, no siempre sagrados, la canción popular, el himno eclesiástico, la frontalidad del encuadre a modo de marco estático repleto de color, la titulación por capítulos, el poso telúrico y el vuelo pictórico. El plano final de los ocho niños traviesos que miran por otros tantos ventanucos el ataúd del desdichado protagonista es memorable, como todo cuadro romántico cuando está aliviado por el capricho humorístico y la fantasía onírica. A continuación, y tras muchas dificultades de producción, rodó la ya citada ‘Sayat Nova' (1969), que suele ser llamada ‘El color de la granada' (1). Su eclosión lírica, que empieza en las primeras tomas y nunca desfallece en su breve metraje de setenta minutos, produce tal estímulo que, si el espectador desatiende el sentido y se deja llevar por el sinsentido, el goce sensual será de una abundancia intoxicante.

    La máquina estatal, que había pagado con recelo el abultado presupuesto de ‘Sayat Nova', la consideró, una vez acabada, imposible de estrenar, y se la entregó al veterano director Serguei Yutkevich. Profesor en Moscú de Paradjanov, dentro del Instituto Estatal de Cinematografía (VGIK), Yutkevich la remontó, con numerosos cortes, dándole una estructura lineal y cambiando la lengua armenia original por el ruso, y esa versión estrenada en 1971 es la que llegó entonces a Occidente, con notable repercusión. Vista hoy en su -dentro de lo posible- óptimo formato original, ‘Sayat Nova' se revela como el primer segmento de un retablo completado, tras quince años de penalidades, por las siguientes ‘La leyenda de la fortaleza de Suram' (1985), fábula de maravillas esotéricas, también sobre un amor desgraciado, en la que la sacralidad religiosa  alterna con las orgías paganas, y ‘Ashik Kerib', realizada en 1988, dos años antes de su muerte, a partir de un relato orientalista de Lermontov.

   Las tres piezas maestras nos abruman con su refinado esteticismo, en el que Paradjanov, un hombre muy de la tierra, sabe introducir de vez en cuando, audazmente, trazos gruesos y pantomima pueril. Es un artista de lo exagerado, un gran grotesco a quien la línea dramática despreocupa; de ahí que al plasmar sus historias con una teatralidad ingenua no necesite buenos actores. Como hacía Pasolini a menudo, Paradjanov elige a campesinos o aficionados del lugar para sus amplios repartos, aunque en su caso tampoco los protagonistas saben actuar. Quedan como figuras vistosas y exquisitamente adornadas de un caleidoscopio en movimiento perpetuo, que sigue más las cadencias musicales que la urdimbre de la palabra.   

    En el apogeo de coreografías ilusionistas de ‘Ashik Kerib' me acordé de Busby Berkeley, otro genial inventor de formas que escapaba de los argumentos ñoños de sus comedias por medio de ‘extravaganzas' bailables. En la película última de Paradjanov, el cuento medieval se cierra con una hermosa, sobrecargada fantasmagoría geométrica, y el espejismo de un vuelo. El de una paloma que acompaña en su fiesta nupcial a los novios, aquí con final feliz, mientras una cartela explicativa, de las muchas que utilizaba el cineasta, señala: "Honores al padre de la novia". La paloma recibe entonces en su pico el beso del novio y va a posarse, incongruentemente, encima de una moderna cámara de cine. Y la cartela final: "Dedicada a la memoria de Andrei Tarkovski".

                                                _________________

 

(1) ‘El color de la granada' se llama también el libro ganador del último premio Loewe a la Creación Joven, obra de la poeta ecuatoriana Carla Badillo Coronado (Visor, Madrid, 2016), que evoca y glosa la figura del trovador dieciochesco, entrelazándola con alusiones a la del cineasta Paradjanov. Badillo dedica su poemario a ambos artistas armenios separados por una diferencia de más de dos siglos. 

[Publicado el 21/9/2016 a las 09:00]

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Hay libros

El pueblo tiene castillo, río de aguas rápidas y prados en donde las ovejas nos ven pasar soñolientas. Su sueño es muy distinto al nuestro. Ellas disfrutan del alimento de una hierba que nunca les falta en estas tierras húmedas, y nosotros vamos a Hay-on-Wye buscando libros, ya que estamos en una villa campestre que otro soñador anterior, Richard Booth, convirtió en el paraíso de quienes aún queremos tocar el papel mientras leemos a Dante o a Virginia Woolf.

    Originario de este pueblo del interior de Gales, en medio de un hermoso paisaje lindante con dos parques naturales, las Montañas Negras al sur y Brecon Beacons al oeste, que alberga una importante zona de cuevas prehistóricas visitables, Booth tuvo una visión cuando acabó sus estudios en la universidad de Oxford, a comienzos de los años 1960; volvería a su lugar natal y, aprovechando la herencia de un tío paterno abrió en la antigua sede del servicio de bomberos local una gran librería de segunda mano, cambiando las mangas de agua y los coches de escalerillas desplegables por las estanterías donde poner los miles de volúmenes impresos que se procuró, sobre todo en Estados Unidos. La tienda sigue allí, en el centro del pueblo, y aunque él ya no es su propietario, la Richard Booth´s Bookshop conserva su nombre y, con un agradable café en la entreplanta, una sala de arte y un pequeño cine de exigente programación, se ha convertido en el punto focal de la cultura de Hay.

     Ese comercio pionero de Booth empezó en 1962, pero entrada la siguiente década su ejemplo había cundido, haciendo que Hay-on-Wye fuese llamada la "Ciudad de los Libros". Hoy cuenta con más de cuarenta tiendas de libro usado (y nuevo, si se desea), y si bien la original de Richard Booth es la más hermosa y ordenada, no se trata de mi preferida. Instalada en un antiguo cine que ha perdido su pantalla y sus asientos pero no su apego al mundo de la ficción, The Cinema Bookshop es una cueva de Aladino donde descubrir, con tiempo por delante y cierta paciencia, muchos tesoros librescos, no pocos a precios de ganga; sus amables encargados afirman que en su destartalado interior hay casi doscientos mil libros. En la cercana Brook Street (en Hay no hay distancias) destaca también, en más reducido tamaño, The Poetry Bookshop, especializada exclusivamente en libros de poesía y estudios poéticos; su propietario es un gran conocedor que no desaprovecha la visita de los clientes extranjeros para hacer preguntas, naturalmente sobre la poesía de los países y lenguas ajenos.

   El castillo, que no es, artísticamente hablando, lo más valioso del pueblo, se yergue altivo en el centro, como recordatorio de que Booth es otro de los formidables excéntricos de la monarquía que se dan en Gran Bretaña; él se nombró a sí mismo en 1977 rey independiente bajo el nombre dinástico de Roberto Corazón de Libro, creando un parlamento simbólico, una casa de lores y un cupo de títulos hereditarios. Pero hay algo mejor aún que ese reino imaginario fundado por Booth en Hay-on-Wye. Aprovechando el fenómeno de tal concentración de libreros y lectores adictos, que fue extendiéndose y atrayendo un turismo regular de calidad, Norman Florence y su hijo Peter crearon en 1988 un festival literario, cuyo éxito no hace falta recalcar. Lleva celebrándose allí, a finales de primavera, de forma ininterrumpida desde aquel año, y se ha extendido por todo el mundo con sub-sedes que mantienen su formato y su espíritu. En España está el Hay de Segovia (que se celebra en los próximos días), y sus ramificaciones han llegado a la India, a  África y Oriente Medio, y de modo muy señalado a Latinoamérica, donde es célebre el de Cartagena de Indias, en diciembre pasado se inauguró el Hay de Arequipa (Perú) y este mismo año nacerá el de Querétaro en México.

   El modelo del Hay que instauraron los Florence y sigue hoy dirigiendo Peter es aparentemente sencillo y en la práctica asombroso. Ateniéndome al original, que visité en su pasada edición de finales de mayo y principios de junio, y que tuvo el regalo, no habitual en esas tierras galesas, de diez días seguidos de tiempo cálido y soleado, el amor al libro que se respira en aquel idílico rincón de Gran Bretaña fructifica durante el festival en un amor a las novelistas y los poetas que debaten o leen sus obras, a los actores y actrices que recitan e interpretan, a los eruditos y humanistas e incluso a las figuras políticas; llenó la carpa cubierta donde hablaba ante seiscientas personas el economista Yanis Varoufakis, hombre de buenas ideas y -dicen- irresistible sex-appeal, pero en la carpa de al lado una conversación sobre el verso teatral de Shakespeare agotó sus casi quinientas butacas, todas de pago. Familias enteras yendo de un acto a otro, de una librería a otra, visitantes que han reservado su alojamiento y sus billetes de entrada a los actos con muchos meses de antelación; casi un prodigio. Es como si el libro hiciera en Hay, no lejos de los rebaños de dulces ovejas, el milagro de convertir la rutina en palabra escrita.

[Publicado el 13/9/2016 a las 18:06]

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Disparos de mujer

Las mujeres son las mejores artistas de PhotoEspaña 2016, que este año logra lo imposible, superar la calidad de las ediciones anteriores. También el número de exposiciones ha aumentado, extendiéndose fuera de Madrid, por distintos centro de la provincia, y llegando a lugares distantes, unos más que otros: Ciudad Real, Bratislava, Helsinki, Zaragoza. No tenemos el don de la ubicuidad, pero sí el de la curiosidad, y en lo que a mí respecta llevo más de un mes de ‘photoespaña' en ‘photoespaña', y todavía me quedan muchas por ver antes de que se clausuren, por lo general en septiembre. Hago una breve reseña de las que más impacto me han causado, que están además las cinco en un radio urbano de menos de un kilómetro a la redonda; mi recomendación para una tarde de felicidad es verlas todas seguidas.

   En el Círculo de Bellas Artes el descubrimiento del año, la extraordinaria Louise Dahl-Wolfe, que pese a su nombre de filósofa lógico-matemática fue en realidad una fotógrafa al servicio del glamour en el Nueva York y el Hollywood de los años 1930-1960. Empleada por la revista Harper´s Bazaar, Dahl-Wolfe recreó el trillado arte de la moda a base de originalidad plástica y talento narrativo: las prendas de vestir siempre tienen un correlato inesperado (como esos bañadores de dama con dos elefantes por fondo), y el paisaje entra a menudo como ficción en la alta costura. Ambiciosa en todo lo que hizo, fuese encargo o creación, la amplia antológica de esta mujer que se retiró en 1960 y tuvo tiempo antes de morir en 1989 de ser debidamente reconocida, recoge también sus bodegones, desnudos y retratos, algunos (Colette, Orson Welles, la jovencísima Lauren Bacall) memorables.

    En las salas de la Fundación ICO está la más conceptual de todas con el título de ‘Desplazamientos', en la que Andrea Robbins y su marido Max Becher (hijo de los artistas ‘minimal' de los años 70 Hilla y Bernd Becher) seducen con sus imágenes de ciudades y edificios ‘calcados' que han ido retratando por todo el mundo; nada de costumbrismo o anécdota en su fascinante trabajo, dirigido más bien a la documentación de los sueños monstruosos y las huellas colonialistas. Desde Alcalá, subiendo por Gran Vía, la tienda Loewe llena su piso inferior con una pequeña pero preciosa recopilación de los trabajos de Lucia Moholy, que, aquí se comprueba, fue algo más que la esposa de László Moholy-Nagy, el pintor y diseñador de la Bauhaus. Unos metros arriba, en las salas de Telefónica, el tributo a Inge Morath, la primera mujer miembro de la famosa agencia Mágnum, de quien se muestra una elocuente selección de sus fotografías en torno al Danubio, acompañadas del homenaje temático que le rinden ocho fotógrafas actuales becadas a tal efecto.

    Desde allí cruzamos el paseo de Recoletos para nuestro último recorrido, en este caso por el fotoperiodismo de Juana Biarnés, pionera española a la que le cuadra muy bien el adjetivo "epocal". Los disparos de su cámara de reportera de calle nos devuelven la temperatura y el paisaje humano de una época, la España de los años 1960/1970, su gran período en las páginas de los diarios ‘Pueblo' y ‘ABC'. España negra de guateques ñoños, toros y matadores, ‘grises' ojo avizor para que las fans no se coman a besos a los rockeros del momento, y otra España también de ídolos musicales y fiestas para los pocos, que muchos se contentaban viendo en el papel de un periódico.

[Publicado el 29/8/2016 a las 10:00]

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Foto autor

Biografía

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama). Su más reciente libro es Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

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