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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 26 de septiembre de 2020

 Vicente Molina Foix

Infrarrojo


Intrigado por el prólogo de Menchu Gutiérrez, escritora de la que no me pierdo ni una línea, me puse a leer el libro de Alicia Schrödinger, quien para su debut (en Siruela) ha elegido uno de los títulos más largos de la historia de la literatura: Quiénes son y qué sienten las plantas carnívoras (Cuentos de humor infrarrojo). El libro en sí es corto, y su lectura produce una alegría arrebatadora, propia de su invención constante, su escritura de alta relojería, su humor, que va de lo inquietante a lo descacharrante; historias que dan luz a la parte oscura de casi todos nosotros. ¿Humor negro? Menchu Gutiérrez, que ha calado en la naturaleza de la investigadora dada a conocer en la ficción a edad madura, habla de las distintas coloraciones humorísticas, deslindando entre el negro y el blanco, el verde y el infrarrojo; no incluye el humor arcoíris, que asoma en alguno de los relatos, aunque sí detecta el humor ácido "que se clava en la piel como un alfiler".

¿Quién es esta Schrödinger surgida, según los datos de la solapa, de la nada, de Viena, de la Universidad de Monterrey, y de familia científica y antropológica? Poco importa. La suya es una voz distinta, distinguida, disparatada y, por qué callarlo, disipada. La disipación de la carne y la disolución del deseo, vistos con zoom y una gran dosis de zen. Como es mujer cosmopolita, según la citada solapa (también corta), me atrevo a buscarle un pedigrí literario aquí y allá. La severidad rotunda con la que se ríe del mal (tanto como del Bien) y su envidiable manejo del absurdo sistemático la alejan del nutrido fantastique posborgiano del Cono Sur (aunque no de Roberto Arlt), acercándola a Perrault y sus perversos cuentos infantiles, al genio excéntrico de Saki, a los relatos cómicos de esas dos damas serias que fueron Jane Bowles y Djuna Barnes. Schrödinger: la burla del diablo.

[Publicado el 24/9/2020 a las 14:44]

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Buenos espías

 

La vida consiste en una infinita red de espionajes, y grandes figuras de la historia cayeron en ella, por el bien de su patria o en defensa de ideologías subrepticias. Una de mis espías favoritas es la artista Sophie Calle, que se hacía seguir para obtener a través de las fotos y los informes del detective contratado un retrato externo, sin honduras, de sí misma. Viene luego la caterva de los aprovechados y las conspiradoras, que persiguen con malas artes la ocultación de un delito o el desfalco. Nuestra historia última está plagada de casos delictivos con nombre autóctono: el Naseiro, el Ere, el Palau, el Púnica, chapucero y municipal este aunque de recia sonoridad cartaginesa. Los más recientes llevan títulos extranjeros, preferibles en su versión doblada: el Correa, no el Gürtel, el Cocina en vez del Kitchen.

Hoy se acaba sabiendo todo de todos; hay espías a sueldo y mucho acusica espontáneo, así como sutiles métodos de detección. De usted y de mí se difunden cosas que uno no ha dicho y no ha hecho, pero ahí siguen, en lo profundo del mar de las redes. La brigada anti-espías, formada por personas rectas, nos insta a perseguir estos abusos. Llevan razón. Sin embargo anteayer yo fui objeto de una violación de mi intimidad que he renunciado a denunciar. Recibí un correo de una multinacional de la venta online que me hablaba de tú a tú: "basándonos en tu actividad reciente, hemos pensado que esto podría interesarte", y a continuación el paradero de un libro de Ramon Llull que en efecto yo había buscado, por otros canales. La información me favorecía, pero ¿qué más saben de mí? ¿Saben de mí más que yo? ¿Se comunican ellos a nuestras espaldas? ¿Espían nuestras vidas y se las cambian como cromos repes? Y lo más inquietante: ¿sabe el PP lo que anoto en mis libros A? ¿Hay una caja B universal? ¿O es todo ya KGB?

[Publicado el 21/9/2020 a las 07:50]

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Ponzoña


La vuelta del veneno a la política es la vuelta a la tragedia clásica con menos timbre de gloria. Los asesinos plebeyos usan pistola o cuchillo, y los hay bombásticos que se explotan el cuerpo con tal de matar más almas. El veneno es el arma de los pequeños frascos y las cápsulas de polvo letal vertidas en un licor rojo con sibilino ademán. Medea impregnó de una fórmula magistral de su invención el vestido nupcial de Creusa, regalo envenenado de la hechicera traicionada que hace arder a la inocente doncella, y dentro del gran cast de envenenados y envenenadores del teatro isabelino, cuatro protagonistas de Hamlet mueren en el duelo final del drama fulminados por un bebedizo y un acero tóxico. De ahí que las pócimas resulten tan escénicas: "las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros", dice el verso de Lorca en Poeta en Nueva York.

El disidente ruso Alexéi Navalny, hospitalizado en Berlín y víctima en Siberia de la "medicina Putin", administrada esta vez no con el cabezal infectado de un paraguas sino en infusión, es el último damnificado de una conspiración palaciega. ¿Las sufrimos nosotros? De Internacional me fui a la sección de España: la Moncloa y las Cortes no llegan a tan ponzoñoso grado, ni destaca ahora en las bancadas del parlamento quien quiso imitar a Lucrecia Borgia. Ponzoña. Se trata de una palabra hermosa, más allá de sus efectos mortales. Aparece en el Diccionario renacentista de Covarrubias (que así la llama "porque punza el corazón"), y su sentido lo completa el de María Moliner en su acepción figurada: "se aplica a ideas, sentimientos o costumbres que dañan gravemente al espíritu o a la sociedad". O sea que la ponzoña tiene sus cauces, y fluye, y hace todo el daño que puede en España. Como si no tuviéramos ya bastante con los males del virus que vino de la nada, y sin voluntad de matar.

[Publicado el 15/9/2020 a las 08:49]

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Decolorar


Desanima que una de las causas más nobles y necesarias, el anti-racismo, se deje contagiar por la frivolidad. Un nuevo caso llega desde Inglaterra, y de un núcleo que uno adivina acendradamente blanco, la sociedad propietaria de los derechos de autor de Agatha Christie; su portavoz James Prichard, bisnieto de la novelista, ha dado a conocer el 26 de agosto el título a partir de ahora obligatorio en cualquier lengua del bestseller de su antepasada traducido al español como Diez negritos. Hay que reconocer que el original, Ten little niggers, suscitó dudas desde su publicación en 1939, usándose pronto la alternativa americanizada Ten little Indians (Diez indiecitos), más hiriente creo yo, o la inocua y bastante fea And then there were none (Y no quedó ninguno), que es el verso final de una rima infantil en la que se basa el argumento criminal de Dame Agatha. Pero el vocablo nigger, peyorativo a partir de la guerra civil americana, fue reactivado a lo largo del siglo XX, y lo es hoy mismo, por intelectuales y líderes negros, realzando así el orgullo de serlo y subrayando la lacra esclavista, algo similar a lo que hizo Jean Genet, caucásico él, en su provocativa pieza teatral Les nègres.

La inminente reedición francesa se llamará, "para no herir", Eran diez, desapareciendo del texto las 74 alusiones a nigger; la isla del Negro donde trascurre la acción pasa a ser la isla del Soldado. Aquí Espasa mantiene de momento sus Diez negritos, si bien en el interior figura como título inglés el inocuo antes citado. Esta purificación del negro puede producir en nosotros -que al contrario que anglófonos y francófonos no tenemos palabras distintas para tal color- grandes metamorfosis. ¿Dejará la doblemente sospechosa El rojo y el negro de llamarse como le puso Stendhal? ¿Se quedará el clásico del cine brasileño Orfeo negro en mero Orfeo oscuro? Y da vértigo pensar que una de las mejores novelas de Javier Marías pase a ser Afroamericana espalda del tiempo. Todo por no herir.

[Publicado el 04/9/2020 a las 13:54]

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Los dos reyes

Érase una vez un país donde reinaba un padre recto que había llegado al trono por vías torcidas y tenía un hijo que le salió tarambana. Pero el viejo rey cayó enfermo, y el príncipe, sin dejar su vida tabernaria y faldera, tuvo la presunción de la majestad y sentó la cabeza bajo la corona del padre, que estaba adormecido en su alcoba y se la había quitado. El padre murió pronto, los compañeros de farra del heredero, uno de ellos muy grueso, fueron apartados de la corte, el joven rey ganó una batalla y se hizo el monarca más amado por su pueblo. Esos dos reyes existieron, y los cronistas de su verdadera época narraron sus hechos de guerra y sus controversias, que un poeta, el más grande que hubo en aquel país tan ininterrumpidamente monárquico, convirtió doscientos años después, con la bravura del drama histórico y el espíritu de la comedia, en tres obras maestras: las dos partes de Enrique IV y Enrique V.

Ahora mismo vivimos los españoles, que también sabemos lo nuestro de reinas licenciosas y reyes arrebatacapas, un drama en el que hijo y padre intercambian papeles en un cast familiar con estrella invitada: un joven rey sensato, una discreta reina plebeya, un cuñado preso, unas hermanas borrosas (o borradas), y dos princesas, todavía niñas pero ya con aplomo, que han visto a su abuelo en la picota y lo verán, seguramente, hacer mutis o irse al destierro.

Tampoco nos han faltado cronistas, no todos del mismo calibre; unos investigando pagarés, otros pescando en el lío revuelto de las sábanas sucias. Para que la historia de estos seres humanos poderosos y en parte descarriados se cerrase con plena justicia pero evitando el gore de la venganza, ayudaría un Shakespeare que captara en ellos su verdad profunda, sus engaños, los servicios prestados, dirigiendo una mirada final a los inocentes de una familia rica e infausta.

[Publicado el 31/7/2020 a las 09:06]

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Ian Michael, hispanista británico y novelista de los bajos fondos españoles


El distinguido medievalista y catedrático en Oxford Ian Michael, nacido en Gales en 1936, ha muerto en Madrid y cerca de los escenarios de alguna de las novelas policiacas que a partir de 1979 empezó a publicar en inglés con gran éxito y fueron debidamente apareciendo en español editadas por Grijalbo y traducidas, la mayor parte, por el escritor Antonio-Prometeo Moya.

Michael, un hombre inteligente, jovial y muy locuaz (su castellano era impecable, y rico en los modismos de regusto clásico que no pocos estudiosos extranjeros conocen y usan mejor que los hablantes nativos), desarrolló una brillante trayectoria académica en las universidades de Manchester y Southampton, hasta suceder en 1982 al legendario Sir Peter Russell como titular de la King Alfonso XIII Chair of Spanish en la Universidad de Oxford, donde coronó su carrera y se jubiló, instalándose a vivir permanentemente en un céntrico piso madrileño. Autor de trabajos de investigación sobre El libro de buen amor y La Celestina entre otras obras, preparó, en la recordada colección de Clásicos Castalia ediciones de referencia del Poema de Mío Cid y, a finales de 2006, ya en su retiro, una largamente trabajada y monumental edición crítica de los Milagros de Nuestra Señora de Berceo, de la que se sentía, y con razón, muy orgulloso.

Ese sabio meticuloso era un Ian Michael que albergaba a otro, de nombre falso o supuesto, David Serafín, que se dio a conocer de modo inesperado, incluso para quienes le conocían bien, en 1979, con la publicación de una novela del género negro llamada Saturday of Glory pero toda ella situada en la capital de una España efervescente que vive la histórica Semana Santa de 1977, en medio de las tensiones de la legalización del PCE y la inminencia de las primeras elecciones democráticas. En ese relato de perfecta construcción y ritmo trepidante, Serafín da la clave de su propuesta narrativa con este aviso de autor incluido en la primera edición española del libro, Sábado de gloria (1983): "Aunque los personajes que aparecen en la presente novela son ficticios y sus actividades totalmente imaginarias, se ha hecho el mayor esfuerzo posible por situar tanto unos como otras entre hechos auténticos y en lugares reales". El mecanismo serafiniano quedaba rotundamente expuesto en la segunda de sus novelas, publicada en castellano ese mismo año con el fiel pero no muy seductor título El metro de Madrid, Madrid Underground en el original, donde de nuevo el protagonista y maestro de ceremonias es el comisario Luis Bernal, una creación muy notable del detective deductivo y avispado que aparecería en las seis novelas de Serafín.

El Metro de Madrid, para mi gusto la obra maestra de la serie (que estuvo, por cierto, en un tris de ser llevada a la pequeña pantalla con José Sacristán de protagonista), tiene en su primera página el mapa de la red del ferrocarril subterráneo de Madrid, "con las principales estaciones que aparecen en este relato"; una estratagema de erudito que quiere situar sus fuentes a la vez que demuestra el conocimiento profundo del subsuelo madrileño. Cada capítulo lo encabeza el nombre de la estación de metro donde la acción sucede o tiene relevancia argumental. Lo cual nos lleva a los bajos fondos, que es el terreno donde este siempre pulcro aunque chispeante catedrático de literatura le gustaba, al menos como observador, moverse, o reinventar, en Madrid pero también en otras capitales españolas a las que el esforzado Bernal se desplaza para resolver sus casos criminales. En cierto modo, los seis títulos que revalidan el mérito del narrador policial que es David Serafín pueden también entenderse como un vademécum de la Transición y una guía viajera de la infinita curiosidad y conocimiento de nuestro país que tenía el autor-profesor: desde las cloacas del poder más elevado a los suburbios, llegando a Cádiz, a las Canarias y a la Costa del Sol, donde El Ángel de Torremolinos cerraría la segunda vida imaginaria de Ian Michael.

[Publicado el 29/7/2020 a las 14:26]

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Ilustres fans

 

No escribió ni una línea pero tuvo a quien lo hizo por él: el filósofo comadrón de la conducta humana, Sócrates, y el primer escritor fan de la historia, Platón, que oyó elucubrar al maestro, le siguió hasta el final y le dio voz, sentido y encarnación en sus Diálogos. El fenómeno de la adoración entre semejantes se repite en la literatura. Nada sabríamos de La Boétie, muerto a los 30 años, si su íntimo amigo Montaigne no le hubiera sacado del anonimato y publicado su obra. Otras veces, el seguidor tiene aspiraciones propias pero las pone a la sombra de la figura mayor: Trelawny oscureciéndose en sus Memorias fúnebres de Byron y Shelley, Eckermann como interlocutor de Goethe en sus Conversaciones, el poeta José Luis Cano perfilando de cerca a Vicente Aleixandre en Los cuadernos de Velintonia.

De una editorial recién descubierta, Hatari Books, que edita con esmero y elegancia buenos libros en torno al cine y la literatura, he leído el recomendable Recordando al Sr.Maugham. Según el modelo de otro clásico del género fanático, la vida del Dr. Johnson de Boswell, uno de los grandes guionistas de Hollywood, Garson Kanin, hizo una operación similar tomando como imagen de culto a W. Somerset Maugham, novelista y dramaturgo hoy desprovisto del renombre que tuvo (aquí lo rescata ahora Atalanta).

Maugham fue la antítesis de Henry James, quien quizá fue su némesis; sus roces, sus afinidades, sus escaramuzas, las cuenta Kanin dando el rango debido a James pero defendiendo el astuto desequilibrio de Maugham, capaz de lo más rancio y lo más atrevido. Kanin anota día a día, y, tan buen dialoguista, traza un vivaz retrato de grupo de la intelligentsia de la primera mitad del siglo XX, con W.S.M. de héroe central y antihéroe: locuaz y tartamudo, inseguro y altivo, promiscuo y no infiel. Un escritor de talento que vendió una parte de él al éxito.

[Publicado el 23/7/2020 a las 15:42]

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Chupones


Admito haber tenido tendencias vampíricas desde muy joven y en ambas modalidades, vampirizado yo gustosamente y vampirizando sin darme cuenta. Todo ello con apenas derramamiento de sangre. Así que al saber que Vampiros, la evolución del mito, clausurada en marzo poco después de abrirse, había despertado de su letargo y estaba abierta en Atocha hasta septiembre, me fui a Caixaforum desprovisto de crucifijo y ristra de ajos.

El vampirismo no es un humanismo, y lo sabíamos. Su máximo símbolo es un murciélago, y el primer acierto de la exposición es iniciarla con cuatro grabados de Goya en los que el mamífero volador que tanto obsesionaba al aragonés comparte sala con otros visionarios de la pintura y con el apóstol del mito, Bram Stoker, de quien se puede ver el manuscrito original de su novela Dracula. Llama la atención el Capricho nº 45, Mucho hay que chupar; sus come-niños no son más truculentos que otros rufianes goyescos, pero el comentario del artista tiene la llaneza brutal de tantos de sus escritos: "Parece que el hombre nace y vive para ser chupado". 

En el repertorio de rijosos y alcahuetas de Goya, chupado y chupador son de ambos sexos, ambiguos o binarios, como si anunciaran el moderno salto de la vampiresa al trans-vampiro. Y asombra en la estupenda muestra (organizada en su origen por la Cinemateca Francesa) la cantidad de andróginos reflejados en el espejo de la moda, el arte y, sobre todo, el cine. ¿Contagio yugular? La exposición es un desafío al actual statu quo.

Las muchas alas presentes en las galerías del tercer piso de Caixaforum, membranosas o no, nos recuerdan nuestra parte y origen animal. ¿Quién chupa a quién? Y surge entonces, en mitad del recorrido, la cámara del horror político, con sus caricaturas de avariciosos chupones históricos y célebres iconos del capitalismo succionador, en su mayoría centroeuropeos o anglosajones. El visitante español se pregunta: ¿y los de aquí? Con tanto vampiro de colmillo retorcido y tanta vamp de melena rubia como tenemos en la realidad cotidiana, ¿ningún chupóptero nuestro en efigie o imagen?

[Publicado el 17/7/2020 a las 07:19]

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Desnudar

 

En un acceso de frivolidad sin ardor me puse a practicar el striptease, no en la ropa sino en la lengua. Me acordé, por ejemplo, de la palabra independencia, que tan frecuentemente salía de nuestras bocas y nuestro entero cuerpo social; hace un año no se hablaba de otra cosa. Pero llegó este mes de enero con sus presagios, y ya en marzo ninguna persona sensata iba a urgencias independentistas, estando al lado la calamidad de las UCI. La palabra se desprendió del prefijo in, y entramos en la era de la dependencia. Los mayores pasamos a ser dependientes, unos más que otros, y de esa forma de depender de los demás dependía no sólo la vida de miles de ancianos internados en residencias desmanteladas, sino la subsistencia, en cualquier lugar, de los que aún nos valemos por nosotros mismos. Morían muchos sin que les llegara el remedio, mientras seres humanos con batas de patchwork improvisado trabajaban por la salud de todos bajo el aplauso sincero de los balcones. En el anfiteatro de los Parlamentos las ovaciones iban mejor trajeadas y por color ideológico; la prioridad allí era una palabra menguante que se queda en pendencia. De todas las miserias de lo vivido y del dolor causado por esta pesadilla del corona-virus, el talante pendenciero de los partidos de la Oposición se recordará en España mientras haya memoria.

Nuestro porvenir político y sanitario pende hoy de tres letras. El verano, naturalmente caluroso, tiene algo antinatura: en las playas, más que sombrillas hay sombras, los niños no le temen al mar, los adultos buscamos de nuevo el deber y el placer sabiendo el peligro que esconden. Cumplido el rito del DEP no hay que hacer de ese acrónimo fúnebre la última palabra. Demos descanso sin olvido a quienes sucumbieron y descansemos nosotros en paz sobre una tierra a la que deberíamos darle un respiro, quitándole las vestiduras falsas que la asfixian y ensucian.

[Publicado el 09/7/2020 a las 16:00]

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El vacío



Ha de llegar el tiempo en que todos seamos la foto de nosotros mismos en un álbum de tapas forradas, dentro de un relicario (si se es romántico), o en la memoria interna de un disco duro. Ahí estaremos de bebés nudistas en bañeras de plástico, tomando la primera comunión con uniforme náutico o saya de monja, dándonos besos en las dos bodas de tu mejor amiga, posando con la pandilla de íntimos en los cumpleaños ya nunca más celebrados. La fotografía como calendario que corre hacia atrás pero queda.

Hoy hacemos fotos sin ton ni son, para dar constancia de la dejadez olímpica de tu gato o justificar un embarque por la pasarela de un avión demorado. Pero esa peatonalización fotográfica, a veces tan embotellada, no le ha quitado al arte lo que es del arte. Y así desde 1998 llega en estas fechas PHotoESPAÑA. Este año no se podrá peregrinar tanto, como pudo hacerse en ediciones pasadas, de una tienda a un museo donde había grandes exposiciones de artistas cuyo nombre no siempre te sonaba. Temiendo esa limitación, y en un gesto del fetichista inocuo que soy, fui recortando durante la alarma fotos de los periódicos (que aún leo en papel, como los antiguos). Ha habido imágenes imborrables, y de una gran calidad, en este y otros periódicos. Ahora mismo tengo delante las de Samuel Sánchez, Sofía Moro, Vicente Paredes, Eduardo Nave, Carmen Alemán, Laura Lezza, Bernat Armangue, y me quedo corto. Son artistas que desconocía, que sin duda lo eran antes de la pandemia, y estarán, si no ya, en un PHotoESPAÑA futuro. Mi pequeño álbum de recortables tiene una constante: son fotos sin personas. ¿Dónde estaba el ser humano en aquel momento? Encerrado o absorto, en el hospital o en la morgue. El ojo de las cámaras los presintió quizá, sin retratarlos. Los lugares vacíos contaban las angustias de los ausentes.

[Publicado el 02/7/2020 a las 15:33]

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Foto autor

Biografía

 

Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017). Su más reciente libro es Kubrick en casa (Angrama, 2019).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

 

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

Audios asociados

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