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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 3 de diciembre de 2020

 Vicente Molina Foix

Estos pelos

Es una foto memorable que cayó en el olvido, quizá por su apariencia anecdótica. Ilustraba, con otras tomadas en la actualidad, la entrevista de Javier Moreno a Barack Obama, y nadie que leyera el periódico el pasado jueves 19 habrá dejado de reparar en esa imagen: el niño negro, vestido de domingo, poniendo su mano en la pelambre corta del entonces presidente, que se agacha: pelo rizoso afro, el de ambos. La historia reciente de Norteamérica se condensa en dos pelos, el genuino e igual que el niño comprobaba en Obama, y el levantisco rubio dudoso de Trump. Eso me llevó a una consideración peluquera de la política, que tiene en Inglaterra ejemplos señeros, la permanente Thatcher y el desmadejado rubio natural por estratos de Boris Johnson. Dos formas de peinarse a lo tory. Ya puesto, hice memoria histórica, aunque el franquismo dio poco juego estético al cabello. En las Cortes el corte era monótono y monocolor, apenas había mujeres, cardadas o no, y solo la primera izquierda aportó novedades: la melena leonada de Rafael Alberti, el inmarcesible flequillo González.

En los últimos años hemos recurrido a menudo al bello plata gastado de Christine Lagarde, y la variedad actual da gusto verla, bastante más que oírla. En Europa la cosa empezó, como ha de ser, con los griegos; las entradas a lo Varoufakis atraían mucho a las mujeres, y la calvicie franca de aquel breve ministro de finanzas produjo, yo diría, un efecto llamada en nuestras cabezas. Podemos o la antítesis: las espesas rastas de Alberto Rodríguez, la coleta mutante de Pablo Iglesias. En los bancos de enfrente, un prototipo: la lacia y rubia fría hitchcockiana representada por Cayetana Alvárez de Toledo.

Una visión muy cruda de la mentira escondida en el tinte capilar y en nuestra sociedad se dio el otro día en Washington, donde los churretes negros caían sin piedad por las mejillas de Giuliani, el abogado de Trump.

[Publicado el 26/11/2020 a las 13:53]

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Vida de Brines

Cumplidos ya los 30, entre 1963 y 1965, Francisco Brines pasó dos cursos enseñando en Oxford, donde más de una década después se le recordaba con gratitud y una pizca de ironía oxoniense: en esos años nadie nunca le oyó una palabra en inglés. Algunos alumnos suyos de los años 60, más tarde profesores en las mismas aulas, insistían en su modestia; uno de ellos afirmaba haberle oído a Brines dos "thanks you" avergonzados. La modestia y la timidez lingüística no son necesariamente virtudes poéticas; hay muchos genios soberbios y políglotas, además de Neruda, pero Brines pertenece a la bella categoría de lo anti-pretencioso. Qué pareja más compasada debieron formar entonces él y Claudio Rodríguez, que enseñaba en Cambridge, paseando por la campiña bajo la mirada benévola de Clara, la mujer de Claudio.

Cuando empezamos a leer en serio, muy pronto, nos gustaban más los catalanes, Gil de Biedma, Barral, Ferrater, si bien la meseta española no sólo daba berzas: ahí estaban, junto al citado Claudio tan vidente, Pepe Hierro o los astures a la madrileña Bousoño y Ángel González; todos amigos, en un grupo culto, vivaz y muy nocturno, aunque la mayoría pasaba consulta por la tarde en el locutorio de Aleixandre. De la rivalidad catalano-mesetaria habló nuestro nuevo Cervantes de hoy, esencialmente valenciano él, en una entrevista que en 1980 le hizo Isabel Burdiel en los cuadernos Cuervo, donde Brines, siempre conciliador, igualaba a las dos facciones por su "poesía escrita [...] desde la propia biografía, la ironía y un sentimiento muy concreto de frustración", añadiendo inteligentemente que todos ellos era "jóvenes burgueses con mala conciencia, y esa situación vital yo la entendía bien. Más que la crítica directamente política les interesaba la acusación de su propia clase".

Siendo velintónico, Paco Brines es cernudiano, como demostró en su elocuente discurso de entrada en la RAE contestado por otro miembro del grupo de los aleixandrinos seniors, Paco Nieva. Sin embargo, su desolación rara vez está malhumorada, ni su amar fue quimera. Las elegías de Brines llevan consigo el consuelo, como recuerdan estos hermosísimos versos de La despedida de la carne: "Misericordia extraña / ésta de recordar cuanto he perdido, / y amar aún su inexistencia."

[Publicado el 19/11/2020 a las 12:58]

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La indecencia

 

No siendo historiador ignoro si en los tiempos modernos ha habido un periodo en el que coincidieran, como ahora, tantos jefes de estado odiosos, y me refiero aquí a un odio universal, no partidista ni solo ideológico, sino fundamentalmente estilístico. Porque una cosa es tenerle manía a tu alcalde pedáneo y discrepar radicalmente de una presidenta territorial, y otra muy distinta verse afectado por un diluvio lejano que a todos nos arrastra o nos salpica. Mi lista actual de bestias negras blancas de rasgos humanos se extiende por varias latitudes, y ustedes tendrán las suyas, coincidentes o no, pero es imposible, incluso para los memoriosos de la segunda parte del siglo XX, recordar una explosión de júbilo como la causada en el mundo por la caída de Trump. 

Pensé en lo que dijo Paul Auster respecto al contrincante al que iba a votar, sin que le entusiasmara: "Biden is a decent man". El adjetivo inglés tiene un significado muy amplio, pues tanto abarca la falta de obscenidad como el carácter amable. De las once acepciones que el Diccionario Oxford conciso da de decent, ninguna de ellas le cuadra a Trump, y casi todas a Biden. Lo que significa que, más allá de otros razonamientos, setenta millones de norteamericanos votaron el pasado miércoles a sabiendas a alguien de tan exhibida indecencia como Trump. ¿Desea tanta gente, y en países civilizados, ser regida por el fanfarrón, por el sexista, por el hazmerreír, por el que habla de todo sin saber de nada, por el que aferra la carne involuntaria de una mujer por la costumbre que tiene de agarrarlo así todo? ¿Son sus votantes iguales que el votado, le envidian, o sólo se aprovechan del fantasma para fastidiar y dar miedo? ¿Dónde saldrá el próximo fantoche de la política?

Una alegría añadida a la celebración: saber que es posible cortarle el rollo en directo, urbi et orbi, al presidente de los Estados Unidos.

[Publicado el 13/11/2020 a las 17:11]

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Papa y papás

 

El mismo día en que Pablo Casado hizo de delantero centro en las Cortes hubo otra recolocación centrista en más altas esferas, donde se aplaudió menos. Gracias a una crónica de Daniel Verdú desde Roma supimos de un documental ruso en el que el papa Francisco prosigue su resbaladizo toma y daca en el tema de la homosexualidad; lo inició a bordo de un avión en 2013, recién elegido ("¿quién soy yo para juzgar a los gays?"), lo atenuó poco tiempo después al recomendar el psicólogo a los niños con "síntomas raros", aunque el mes pasado su encíclica Hermanos todos (Fratelli tutti) nos pareció el non plus ultra del igualitarismo. Pero ahora resulta que los homosexuales siguen pecando si además de creyentes son practicantes: la noticia es que el papado acepta el amor platónico y la unión civil (faltaría más). Bergoglio, vigilado de cerca por la curia vaticana, reparte el sufrimiento: a los hijos que muestren la tendencia no hay que echarlos de casa, pero tampoco es de recibo que un crío afeminado o una cría machorra "generen dolor" a sus progenitores.

Quise mucho a mis padres, que me quisieron a mí muchísimo, sin saber en toda su verdad mis sentimientos amorosos. No me hicieron sufrir ni yo a ellos, creo. El lema del ejército norteamericano ("don´t ask", "don´t tell", no pregunte, no diga) fue durante siglos un pacto sobrentendido de silencio, llevadero mejor en grandes superficies y familias de manga ancha. Hoy es distinto. La homosexualidad quiere hablar, esté donde esté, y no solo ser compadecida. Cuando las sectas dogmáticas proliferan y las religiones de Libro manifiestan intransigencia respecto al descarriado, la más extrema de todas se lanza a la calle a sacrificar ovejas negras del rebaño de enfrente. Decepciona en un momento así que la iglesia de Jesucristo no sea, por un asunto de cama, aquella vanguardia caritativa y humanista en la que muchos creímos antes de perder la fe que nos castigaba.

[Publicado el 06/11/2020 a las 09:07]

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Blanco del crimen

Las vidas color negro han de importarnos a todos, sin olvidar por ello a quienes mueren por el matiz distinto de sus ideas. Leyendo prensa francesa y hablando con amigos del país vecino me he acordado de nosotros mismos. No ya de los atentados sangrientos que España, como Francia, ha sufrido en lo que va de siglo, sino de un solo muerto anterior: la degollación de Samuel Paty me trajo a la memoria el tiro en la nuca a otro inocente, Miguel Ángel Blanco, un 13 de julio de 1997. El asesinato del joven edil del PP en Ermua tuvo, como el del profesor de Conflans-Sainte-Honorine, el apoyo clerical que nunca le faltó a ETA. Las manos ciudadanas levantadas tras el tiroteo en 1996 del jurista Tomás y Valiente volvieron a pintarse de blanco un año después, sobre la piel de las ideologías, en toda España. Nació entonces el espíritu de Ermua, y ahora puede nacer un esprit de Conflans.

Decían los etarras que el pueblo vasco estaba oprimido, y en más de un púlpito bramaba como predicador de ese falso sermón el gudari por gracia divina; su equivalente en Francia es la figura del imán-cónsul de un estado que no existe aunque se rige por mandamientos. Uno de ellos ordena matar al infiel. Una mayoría de musulmanes de buena voluntad cree en ese dogmático estado supranacional, pero no mata. Hay sin embargo una quinta columna mundial, un yihadismo ambiental en palabras de Gilles Kepel, que ya se deja oír contra el espíritu de Conflans, criticando las acertadas palabras de Macron sobre el separatismo islamista dentro de una república de libertades. Ermua supuso el principio del fin de ETA. El cierre de mezquitas contaminadas de odio y el desenmascarar a quienes, con el pretexto de la exclusión social (real) hacen la guerra santa, es una necesidad, con tal de que los pecadores justos dejen de ser objeto de venganza, blanco de la matanza.

[Publicado el 29/10/2020 a las 15:58]

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Ligas


Con el otoño llegan las setas silvestres y los Premios Nacionales, brotando estos con asombrosa abundancia pese a la tradicional sequía de nuestro subsuelo cultural. En un corto paseo, hace días, me detuve ante una tienda bien provista de frutas y verduras, y conté en el mostrador catorce especies de setas, desde la lujosa senderuela al champiñón común. En temporada, me dijo la dependienta, venden cerca de treinta, precisamente el número de los premios anuales que ya ha empezado a dar el Ministerio de Cultura en lo que llamaríamos 1ª división de galardones; muy pronto se sabrán los ganadores del Nacional de las Letras, el Velázquez y el Cervantes, la champions league del arte. Me pregunto si estas clasificaciones existen fuera, y he fantaseado con una Bundesliga de la metaficción, aunque me tira más, si algún día me diera por el fútbol, la Ligue francesa.
 
Dicen los maliciosos, algunos también futboleros, que estos premios se juegan con las gradas vacías, y el chascarrillo me parece rastrero; premiar lo que no triunfa permite a poetas, novelistas o ensayistas incomprendidos salir a la luz. Y me ciño a los primeros géneros en ser premiados, nada menos que en 1924, cuando en poesía ganó un muy joven Rafael Alberti, con su Marinero en tierra. Y así, desde entonces, casi un siglo de aciertos o dislates. Pero llegó un momento de generosidad en que los Premios Nacionales crecieron como hongos, alcanzando al cante flamenco, los bailarines o la fotografía, disciplinas por las que siento el máximo respeto y un desigual interés. Para paliar quizá tanto gasto, se decidió que mientras los premios nuevos, algunos de reciente creación, tuvieran una recompensa de 30.000 euros, los de solera, es decir, todos los literarios, no pasaran de los 20.000. Se entregan a la vez en un acto solemne en que los cheques son distintos y las sonrisas envidiosillas. Aunque cualquier artista verdadero dirá, si le preguntan, que al dinero prefiere tener futuro. Un futuro que llegue, aunque con escaseces, a la posteridad.

[Publicado el 23/10/2020 a las 13:41]

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La penúltima

 

Hay que ir a los cines para no perderse lo que pronto podría dejar de ser la última película de Woody Allen. El cineasta, a punto de cumplir los 85, no para, y cuando salimos cada año de sus estrenos, por lo general en otoño, ya un nuevo rodaje está en marcha, con su promesa de jovialidad contagiosa, un virus este que no nos importa inhalar al reír. En cuanto a Rifkin´s Festival, se trata de un vademécum donostiarra menos lucido que sus antepenúltimas obras maestras Irrational Man y Un día de lluvia en Nueva York, y a sus admiradores nos gustaría que en la siguiente o siguientes Allen se despidiera a lo grande de la historia del cine, en la que merece, más que un nicho (en el sentido real de la palabra y no en el del bobo anglicismo que se ha colado en nuestras lengua), el panteón glorioso de su monumental filmografía. Claro que esos finales no siempre son premeditados, excepto si el artista -Virginia Woolf, Pavese, Alfonsina Storni- pone fin a su obra a la vez que a su propia vida. De un longevo tenaz como Woody esperaremos la despedida serena y bienhumorada de los últimos autorretratos de Agnès Varda o el acento elegíaco sin patetismos del Dublineses de Huston.

Rifkin´s Festival cultiva el pastiche, un negociado de la sátira que gusta mucho a Allen. Aquí la caricatura de escenas de Fellini, Welles o Bergman está muy bien lograda, siendo deslumbrante el remedo cómico de la célebre partida de ajedrez del Caballero y la Muerte en El séptimo sello. El Bergman metafísico y atormentado se presta bien a la burla (corrosiva la que en 1979 hizo Fernando Colomo en su divertidísimo film corto Köñensonaten hablado en sueco macarrónico) pero también sabe ser adivino social y marital. Y como El séptimo sello trascurre en tiempos de peste y nosotros sufrimos una, consuela, a la salida del cine, que el Caballero de Allen burle a la Muerte a orillas del Cantábrico.

[Publicado el 15/10/2020 a las 16:47]

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Moneda y cara

Fui en septiembre a la Casa de la Moneda antes de que fuera demasiado tarde. Se trata de un edificio algo mesopotámico que ocupa una gran manzana del madrileño barrio de Salamanca y se visita, excepto la parte donde se fabrica el dinero. Yo no iba a por él. Iba a ver sus orígenes, su variedad universal, las artes que realzan su valor real, y también para comprobar su caducidad. No quiero despilfarrar adjetivos, pero tampoco ser avaro: el museo es uno de los más extraordinarios que hay en Europa. Tan bien presentado, tan poco ostentoso siendo tan rico; el más didáctico y el menos apodíctico. Al final de sus salas, jalonadas de hermosas máquinas monetarias de todos los siglos, está el XX, y, entre raras monedas de países remotos, el devenir de la peseta y sus transformaciones locales durante la guerra civil; el llamado "dinero de emergencia". Hasta que, en un lateral cuyo encantador artilugio de paneles móviles que suben y bajan quizá sea metafórico, las muestras de los euros del siglo XXI.

Al salir tomé el bus, y al pagar me fijé, por contaminación iconográfica, en las caras. Euros griegos de diosas mitológicas, euros franceses con las tres palabras republicanas, el rey de los belgas en la moneda de un euro; la de 50 céntimos tenía en el reverso a nuestro Cervantes, con menos poder adquisitivo del que los italianos le dan al Dante (dos euros). Y los discutidos borbones: en la de 2 Juan Carlos, Felipe, más filial, en la de 1. Es de imaginar que el fin de la monarquía preconizado por algunos también las afectaría; el borrado de rostros, como el derribo de estatuas, el cambio de los nombres de hospitales, escuelas y museos. Lo del dinero será menos traumático si la tendencia a no usarlo en papel o metal se impone a la larga; ¿llegaremos a ver tarjetas de crédito con efigies de banqueros? Todo eso si el día de ira anti-monárquica aún nos queda dinero contante para gastar. Si no será el momento de volver a esa Casa donde la historia cabe entera y sin odios.

[Publicado el 08/10/2020 a las 13:01]

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Arte de amar


Obsesos como estamos por lo trágico de la situación es lógico no reparar en lo cómico, que también se da: en Barcelona, sin ir más lejos. Nadie nunca ha dicho que el acto erótico sea cosa sencilla, por mucho que se desee: las voluntades difieren, y la mecánica falla. Aunque es verdad que el idioma amoroso puede hablarse por señas, o en un generalizado "esperanto a Godot", figura inspiradora que a veces no llega para consumar. En las presentes circunstancias amar fuera del núcleo familiar es muy osado, y no estoy llamando al incesto, no me vaya a pasar como a la Agencia de Salud Pública barcelonesa, que en su guía anti-covid19 fue sospechada de preconizar el exhibicionismo, hablando del menor riesgo de contagio si las relaciones se llevan a cabo en espacios abiertos; la agencia pensaba en la ventilación, no en la fornicación al aire libre.

La limpieza, antes, durante y después del acto, es de cajón, y ahí los expertos del ayuntamiento, honrando al organismo que representan, cumplen con la higiene, aunque hay minorías de amantes que podrían objetar a tanta profilaxis. Menos credibilidad inspira el apartado práctico del folleto: no tengo al onanismo como un humanismo, por mucho alivio que dé, así que desconfío de la guía cuando recomienda, junto al visionado de vídeos eróticos y el sexo virtual, "la masturbació personal", eso que los franceses, siempre tan finos, llaman "madame la Cinq" en homenaje lírico a la mano pura y dura. Por mi parte, desconocía el término sexting, que es por lo visto un chat con mostración de partes pudendas.

La guía pregunta y da respuestas. La más enigmática habla de "barreres dentals" en el sexo oral; ¿mascarillas intrabucales? En lo que a mí concierne, me apena el aviso de que amar a mayores de 65 tiene más riesgos; ¿jóvenes imprudentes, ancianos incautos? Nos une la desgracia de ser todos mortales. Como la carne.

[Publicado el 01/10/2020 a las 14:17]

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Infrarrojo


Intrigado por el prólogo de Menchu Gutiérrez, escritora de la que no me pierdo ni una línea, me puse a leer el libro de Alicia Schrödinger, quien para su debut (en Siruela) ha elegido uno de los títulos más largos de la historia de la literatura: Quiénes son y qué sienten las plantas carnívoras (Cuentos de humor infrarrojo). El libro en sí es corto, y su lectura produce una alegría arrebatadora, propia de su invención constante, su escritura de alta relojería, su humor, que va de lo inquietante a lo descacharrante; historias que dan luz a la parte oscura de casi todos nosotros. ¿Humor negro? Menchu Gutiérrez, que ha calado en la naturaleza de la investigadora dada a conocer en la ficción a edad madura, habla de las distintas coloraciones humorísticas, deslindando entre el negro y el blanco, el verde y el infrarrojo; no incluye el humor arcoíris, que asoma en alguno de los relatos, aunque sí detecta el humor ácido "que se clava en la piel como un alfiler".

¿Quién es esta Schrödinger surgida, según los datos de la solapa, de la nada, de Viena, de la Universidad de Monterrey, y de familia científica y antropológica? Poco importa. La suya es una voz distinta, distinguida, disparatada y, por qué callarlo, disipada. La disipación de la carne y la disolución del deseo, vistos con zoom y una gran dosis de zen. Como es mujer cosmopolita, según la citada solapa (también corta), me atrevo a buscarle un pedigrí literario aquí y allá. La severidad rotunda con la que se ríe del mal (tanto como del Bien) y su envidiable manejo del absurdo sistemático la alejan del nutrido fantastique posborgiano del Cono Sur (aunque no de Roberto Arlt), acercándola a Perrault y sus perversos cuentos infantiles, al genio excéntrico de Saki, a los relatos cómicos de esas dos damas serias que fueron Jane Bowles y Djuna Barnes. Schrödinger: la burla del diablo.

[Publicado el 24/9/2020 a las 14:44]

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Foto autor

Biografía

 

Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017). Su más reciente libro es Kubrick en casa (Angrama, 2019).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

 

 

Enlaces

Información sobre la película El dios de madera

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