El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 3 de septiembre de 2010

 Blog de Vicente Molina Foix

En Ramadán

En algunas pequeñas ciudades de la costa atlántica marroquí el fin de las horas diurnas de ayuno durante el mes de Ramadán se señala con un cañonazo frente a la playa. Es una ceremonia sencilla pero llena de encanto, que comienza cuando un poco antes de la puesta de sol los niños, no siempre acompañados de familiares, se agrupan frente al lugar reservado para un aparatoso camión del ejército, que llega puntualmente todas las tardes acarreando un cañón de mediano calibre. También hay adultos curiosos, extranjeros algunos (como yo, que he asistido a menudo al acto), y dos o tres pedigüeños desperdigados que aprovechan la relativa religiosidad del momento para solicitar un dirham de limosna. Los niños, que saben al minuto el lenguaje de los gestos, empiezan ya a taparse los oídos con los dedos cuando los soldados, sin excesiva marcialidad pero conscientes de su importancia, se acercan al carro armado y encienden la mecha, conectados telefónicamente -si no es mucho imaginar- con los hombres santos avezados en la contemplación del cielo. Es la hora.

 

     El disparo es ruidoso (ha de oírse en toda la ciudad) aun siendo de carga hueca, sin impacto en las aguas o las arenas, que de cualquier modo se han vaciado ya de bañistas y, sobre todo, de los centenares de futbolistas aficionados que llenan las dos horas previas al fin del ayuno jugando a la pelota en la playa, descalzos pero provistos de porterías metálicas portátiles. Inmediatamente después del cañonazo, o a la vez, suena la potente sirena del aviso y cantan los almuédanos su plegaria, una pequeña sinfonía vocal que aún remarca más el absoluto silencio que sigue a continuación. La orilla se ha vaciado, el ejército ha vuelto a sus cuarteles, y la población entera come. Todos los musulmanes del mundo se detienen y cumplen los requisitos de su religión.

   Tengo más de un amigo árabe que observa el Ramadán en Madrid en estos calurosos días de verano y no se queja. Su sacrificio (sobre todo el de no beber ni una gota de agua o cualquier otro líquido aunque se trabaje a pleno sol) pasa desapercibido en el tráfago y la rutina de los que aquí comemos, bebemos y fumamos sin restricciones mientras ellos se abstienen, lo cual, también reconocen los más piadosos, permite al musulmán europeo que no quiera ayunar hacerlo sin despertar recelos. El ayuno coránico tiene, por supuesto, unas connotaciones simbólicas propias, derivadas del mandato divino de expiación, pero no hay que olvidar la peculiar relación que todas las religiones tienen con el alimento, y en especial con la carne. Nos sorprende a veces a los que tenemos una formación cristiana la voluntaria renuncia de los musulmanes a ese manjar único que es la pata negra de un buen cerdo, por no hablar de la privación judía del conejo a la brasa, otra exquisitez nuestra incomparable. Ahora bien, también ‘nosotros' tenemos lo nuestro, o lo teníamos, pues no siendo yo ahora católico practicante ignoro si las nuevas generaciones siguen privándose tan religiosamente como las anteriores de comer carne en viernes, dando así carta de gastronomía a esa delicia del paladar que es el potaje de bacalao y garbanzos (con o sin espinacas, según el gusto), tomado en todos los hogares durante la Cuaresma y en el mío también los primeros viernes de cada mes. En países de gran consumo cárnico como Argentina o Uruguay, donde comer pescado no está entre las prioridades de sus nativos, uno (que es ‘pescadero' por vocación y no por mandamiento de la Santa Madre) lo hace, y puede así pasar por más piadoso, aludiendo a esa estricta observancia de los viernes sin chuletón ni asado de tira.

     Vivir el Ramadán en un país musulmán impresiona en todo caso, más por el rito que por la obediencia, diría yo. En la ciudad costera del sur de Marruecos donde estuve hace unos días, el cañón volvía a sonar en torno a las dos de la madrugada, avisando a los habitantes de que aún les quedaba tiempo para la última comida de la jornada, la ‘shor', que precede al comienzo del ayuno, señalado de nuevo por las preces del altavoz de todas las mezquitas. Todas las mezquitas. ¿Todos los musulmanes del mundo? Marruecos, que es un país menos anquilosado de lo que aquí  -‘aznáricamente'- se piensa, muestra disidencias también en ese territorio sagrado del ayuno. Y así este año han vuelto a manifestarse, y a ser disueltos por la policía, todo hay que decirlo, los (aún pocos) miembros del llamado MALI, Movimiento Alternativo para las Libertades Individuales, que, convocándose a través de Facebook, se reúnen en Rabat o en Casablanca para tomarse al mediodía un modesto sándwich en público. Tampoco era fácil, cuando yo era adolescente, decirles a tus padres que tú lo que querías, en lugar del potaje de vigilia, era un filete de lomo empanado.

[Publicado el 02/9/2010 a las 12:38]

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La aplazada muerte de Tony Judt

Han sido poco más de veinte los capítulos del relato autobiográfico que Tony Judt escribió en los siete meses finales de su vida. El último en publicarse fue póstumo; lleva la fecha del 19 de agosto, aunque se distribuyó y envió a los subscriptores de The New York Review of Books (donde aparecieron todos) coincidiendo con la muerte del historiador, ocurrida el día 6 de este mes a la edad de 62 años. La historia de la enfermedad inevitablemente mortal que le diagnosticaron en septiembre de 2008 la contó el propio Judt en el primero de la serie, titulado ‘Noche', que publicó en su momento El País; la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) le iba inmovilizando paulatinamente el cuerpo y las extremidades, sin borrarle la capacidad mental y sin producirle dolor; "un encarcelamiento progresivo y sin fianza" (si bien al traducir ‘fianza' se pierde el doble sentido de su "whitout parole", que alude a la falta de las palabras; Judt también iba perdiendo el habla). Condenado a una supervivencia inmóvil y completamente asistida, la noche era el peor momento de quien, resignado a no poder ni soñar con una imposible libertad de movimientos, decidió "revolotear" en su vida anterior, sus pensamientos, sus fantasías, sus memorias y desmemorias, distrayendo de ese modo la alternativa del insomnio, la incomodidad de una postura semi-erecta en la cama, la angustia de unos picores corporales que por sí solo no podía calmar.

                ‘Noche' era un texto crudo y doloroso de leer pero exento de toda auto-compasión; la escritura nacía del vínculo a la expresión serena y precisa, evidentemente colmada de verdad y aun así animada por una ironía y una ocurrencia imaginativa que proporcionaban alivio, sin desvirtuar la gravedad del tono. A nadie sorprendió por tanto que lo que en esa entrega era descrito por la revista neoyorkina como "la primera de una serie de reflexiones breves", continuara y fuese creciendo de tamaño (dos y a veces tres extensos capítulos en un número), hasta constituir la bellísima, impávida, heterodoxa confesión memorial de una persona que pone plazos a su irremediable sentencia volcándose en el interior de su cabeza (lo único intocado por el mal) y sacando de ella las armas de repudio de la muerte. Para desgracia no sólo del autor y de su familia sino de los muchos lectores que ha tenido en esta etapa de su carrera, el relato diferido de Judt no pudo alcanzar ni siquiera una cuarta parte de ‘Las mil y una noches' que Sherezade, una predecesora suya en el combate ficticio contra el silencio mortal, sostuvo hace siglos en algún palacio del Oriente.

                 Tony Judt ya era un excelente escritor antes de enfermar. Yo sólo conocía de él su apasionante estudio sobre los intelectuales franceses de la segunda posguerra mundial titulado en la edición española de Taurus ‘Pasado imperfecto', y en sus páginas bien informadas y a veces provocativas en la argumentación se advertía la cadencia, el gusto por la metáfora y la riqueza verbal propias de los grandes nombres de la historiografía británica, que arranca en Gibbon, uno de los mayores prosistas que ha tenido la lengua inglesa, y seguiría después en Macaulay, el Carlyle de ‘La revolución francesa', G. M. Trevelyan, hasta llegar, en la segunda mitad del siglo XX, a Hobsbawm, Christopher Hill, Keith Thomas o los dos Carr, el hispanista Raymond y el eslavista E.H. (Edward Hallett), de quien Anagrama acaba de reeditar por cierto, con unas páginas de presentación de Pere Gimferrer, su extraordinario ‘Los exiliados románticos'.  

              Los escritos memorialísticos de Judt que van desde ‘Noche' a ‘Meritócratas', que no llegó a ver publicado, son de otra índole. A veces, es cierto, aparecía en ellos el historiador indomable en sus juicios, el judío irreverente con el dogma y enemigo de las políticas de los últimos gobiernos de Israel, el observador socarrón de las grandes instituciones culturales (fue sonada su polémica, en las páginas de correo de la propia New York Review of Books, con la directora de la Escuela Normal de París). Sin embargo, los más memorables, al menos para mí, fueron los ‘proustianos', o los ‘benjaminianos', si nos acordamos del Benjamin de ‘Infancia en Berlín' o ‘Diario de Moscú'. En el que llamó ‘La Línea Verde', por ejemplo, Judt reconstruía con un poderoso talento narrativo sus solitarios viajes infantiles en autobuses de línea por la Inglaterra rural, y la contenida nostalgia de sus evocaciones ponía más en relieve el gran acompañamiento placentero de la memoria individual, un caudal que al sumarse y al compartirse -no sólo en circunstancias de pérdida o pesar- forma la base de nuestro desafío al olvido impuesto por los estragos del tiempo.

               También recuerdo sus dos apólogos sobre el ‘Ser austero' y el ‘Ser judío', de no aparente unidad, que publicó el pasado mayo. El segundo, que empezaba y terminaba con un emocionante tributo a Toni Avegael, prima hermana de su padre muerta en Auschwitz antes de que él naciera y fuese bautizado en homenaje a ella con su nombre de pila, insistía de manera audaz en algunas de las tesis más díscolas respecto a la cuestión judía, subrayando el a su juicio excesivo peso simbólico que arrastra un pueblo apresado por su pasado: "Ser judío" -escribía Judt- "consiste en recordar lo que una vez significó ser judío". En el otro texto simultáneamente publicado en mayo, el historiador londinense, sin perder nunca el don novelesco para la recreación de lugares y personajes, extraía de los recuerdos del racionamiento británico en la segunda posguerra mundial una serie de pertinentes reflexiones sobre la a menudo obscena sobreabundancia de las más altas capas sociales del primer mundo. Judt era demoledor comparando el rigor moral de su país natal en la época de una solidaria actitud de moderación y ahorro con la situación presente, en la que el mensaje capital de nuestros gobernantes es una apelación al consumo: "siga usted comprando" aun en tiempos de crisis.

                 El último capítulo leído antes de saber su muerte, el correspondiente al número 12, volumen LVII, de The New York Review of Books, se titulaba ‘Palabras' y comenzaba, en una escena de comedia familiar muy característica de algunos de estos episodios narrados por Judt, con una reunión de parientes centroeuropeos hablando en la cocina de los padres del autor, entonces un niño, en una mezcla de las lenguas de la Diáspora: "Yo pasaba largas y felices horas escuchando hasta muy entrada la noche las discusiones de unos autodidactas centro-europeos: ‘Marxismus', ‘Zionismus', ‘Socialismus'. Hablar, me parecía, era el objetivo de la existencia adulta. Nunca he perdido esa sensación". ‘Palabras' terminaba con una alusión (y no se encuentran muchas en estos escritos) al progreso de su enfermedad: "Dominado por un trastorno neurológico, estoy perdiendo rápidamente el control de las palabras, aun cuando mi relación con el mundo se ha reducido a ellas. Todavía forman con impecable disciplina y en hileras ilimitadas en el silencio de mis pensamientos  -la vista desde el interior sigue con la misma riqueza-,  pero ya no las puedo trasmitir con facilidad".

                 Sabemos ahora el desenlace de esa contienda entre el cuerpo y la mente de Tony Judt. También nos consta, por haberle seguido en estos únicos siete meses del año 2010 que llegó a vivir, su confianza en la permanencia de un mundo de palabras, que en su caso significaba a la vez la defensa de un modelo de educación humanista quizá desacreditada para siempre; su apego a ese núcleo de hablantes que usan la lengua para ocupar los espacios públicos del debate y la controversia no agresiva. Y se preguntaba Judt en las líneas finales de aquel artículo confesional: "Si las palabras caen en el deterioro, ¿qué las substituirá? Son todo lo que tenemos". Permanecen  -y es de esperar que pronto reunidas en libro- las palabras sabias y hermosas del hombre de salud tan terriblemente deteriorada que sigue hablando muerto para nosotros.

[Publicado el 30/8/2010 a las 10:10]

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Postrimería

Al acabarse un ciclo temático que empecé en este blog hace un año con un primer artículo contando mi preparación de ‘El dios de madera', lo cierro aquí mismo, estrenada ya la película, y me despido hasta finales de agosto de mis lectores, que también necesitan un descanso. Y lo cierro  -después de haber dado cabida en este acogedor ‘boomeran(g)' al diario de rodaje del film y a diversas consideraciones sobre literatura y cine-  con el artículo publicado hace un mes, bajo el título ‘Antecrítica', en la revista Letras Libres, donde colaboro mensualmente desde octubre del 2006.

 

‘ANTECRÍTICA'

       Cuando yo era niño me aficioné a leer una página, siempre la misma página, del ABC, el diario nacional que llegaba a casa junto con otro publicado en Alicante, donde vivíamos. A los doce años, había descubierto que en la biblioteca de mi padre, de apariencia jurídica y contable, había un cuerpo entero, el de la izquierda, lleno de libros de teatro; tenían todos portadas vistosas, con dibujos de arlequines y damas dieciochescas y petimetres, estando otros ilustrados por los retratos muy coloreados, casi warholianos ‘avant la lettre', de los dramaturgos nórdicos y los sainetistas hispanos. Los fui leyendo uno a uno, captando más la gracia andaluza de los Hermanos Quintero que la ‘angst' de Ibsen, y un día decidí que yo sería, como mi abuelo (a quien se debían esos libros escénicos), hombre de teatro.

   Para completar las lecturas dramáticas con una ‘illusion comique' imposible de cultivar en Alicante, buscaba la página que, cada vez que se producía el estreno de una nueva obra de teatro en Madrid, el ABC le pedía a su autor. Se llamaba ‘antecrítica', y constituía un sub-género literario en sí, pues el comediógrafo (o dramaturgo), teniendo que ser amable al menos con sus colaboradores, no podía revelar demasiado de la trama ni -aunque en eso se daban excepciones- cubrirse a sí mismo de elogios.

   Escribo ahora por indicación de Letras Libres sobre mi película ‘El dios de madera', cuando va a estrenarse en España, y me gustaría tener la habilidad de aquellos escritores de otro tiempo. Uno de los invariantes del género era cantar las dotes de la primera actriz, con un latiguillo verbal que no se me ha borrado de la cabeza al cabo de tantos años: "Fulanita de Tal, en su esplendor como actriz y como mujer, interpreta...etc. etc." El tópico se podría aplicar sin mentir a Marisa Paredes, protagonista del film, pero no creo que a ella, pese a su humor, le gustase la parte rancia del lugar común. Tampoco extiendo los tópicos de rigor a los demás colaboradores, algo que, quizá en el cine más que en el teatro, corre además el riesgo de caer en la perogrullada: las películas se hacen en un alto nivel de co-autoría con los actores, el músico, el director de fotografía, los diseñadores de arte, por no citar al resto de los equipos fundamentales. A ellos, a su acierto o error, se debe la puesta en imágenes finales de algo que para el director-guionista (que es mi caso en las dos películas que he hecho) sólo es ante un conjunto de ideas en boceto. Ensalzarlos o condenarlos sería como hacerlo con uno mismo.

   ¿Y por qué se mete un escritor a hacer películas, con la independencia, la facilidad material y la comparativa falta de sufrimiento post-parto que la literatura tiene respecto al cine? Respondo por mí, aunque sospecho, por lo que he oído y leído a escritores-cineastas admirados (Paul Auster, Ray Loriga, Gonzalo Suárez, Peter Handke o, entre los muertos, Alain Robbe Grillet, Susan Sontag, Marguerite Duras), que tal vez sus respuestas irían en la misma dirección que la mía. El cine es el imperio del desorden controlado, un mecanismo muy complejo y articulado en su manufactura que, sin embargo, está en cada minuto de su realización sujeto al accidente. La lluvia, el huracán, el sol no requerido, las caídas, las gripes de un actor, las rivalidades del temperamento en el ‘set'. El fallo humano en un mecanismo de relojería como el del cine de autor europeo no admite (estamos hablando de costes) reparación, si no es inmediata. Las ‘averías' se pagan con la eliminación o el cambio drástico de la secuencia. Ese riesgo, ese caos que hay que dominar da a la filmación de una película una épica que, para el lírico narrativo que es el novelista, puede constituir un placer o al menos un reto incomparable.

   Y luego llega el montaje, palabra que prefiero a la que se usa en América, edición, que me recuerda demasiado a los libros. Montar es proporcionar sentido al mundo de frases sueltas que son los planos rodados, nunca pegados del todo uno detrás de otro en ninguna página o pantalla de ordenador. El dar por acabada una novela tiene en efecto una similar propuesta de significación del relato, pero sin la capacidad de taumaturgia, por no decir prestidigitación, que permite el cine. Los personajes de tu relato fílmico no han sido sólo figuras de tu imaginación, como los del libro, y ya eso es prodigioso: son creados en conversación viva con la mujer o el hombre que te interpretan. En el montaje caben los juegos de mano, las mezclas no previstas, la superposición de imágenes, el fundido, la ralentización apenas vista. Y algo más, para mí esencial. Acabado todo, llega un señor (en mi caso, las dos veces, un alicantino), y le pone música a tus previsiones, a tus combinaciones de imagen y palabra. La película ya tiene alma, y se escucha, con un sonido que las novelas, al menos la de papel, aún no han incorporado.

[Publicado el 30/7/2010 a las 09:00]

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Crítica y venganza

Hace nueve años, un periodista que escribía unos comentarios bajo seudónimo en la revista Cinemanía dijo cosas probadamente falsas (además de despectivas) sobre una película llamada ‘Sagitario'. Al director de la película, que había sido hasta hacía poco colaborador regular de la revista, le pareció oportuno escribirle al director de la publicación protestando en términos vehementes por el tono infamante de esas palabras y por las falsedades insidiosas que envolvían un juicio disfrazado de gacetilla jocosa. El director de la revista, después de hablar con el firmante del suelto, le contestó al director de la película (quien conserva toda la documentación pertinente) con unas explicaciones de disculpa, que, aun siendo agradecidas por el vilipendiado, no podían paliar la naturaleza de aquel texto grosero y mendaz.

     Pasados los años, el periodista entonces bajo seudónimo escribe críticas de cine en el diario en el que, en su capacidad de escritor, colabora regularmente el director de ‘Sagitario' desde hace muchos años. Y lo que son las cosas, al citado crítico le tocó en suerte -o tal vez se ocupó él de que le tocara-  reseñar ‘El dios de madera', la segunda película de aquel debutante cineasta del año 2001. La reseña fue, el director no esperaba otra cosa, descalificadora y ‘perdonavidas', y tenía el involuntario chiste de tomarse en serio (y sonrojarse por ella, decía el crítico) una de las frases irónicas más evidentes y celebradas de la película.

    Para rizar el rizo de este apólogo, el director respondón del 2001 y del 2010 ha sido más de cuarenta años crítico de cine, y ha tenido y mantiene el máximo respeto y consideración hacia el ejercicio de criticar. Ahora bien, por ese mismo respeto y conocimiento interno de la crítica no olvida tres principios.

    El primero es el más obvio: las películas, como cualquier otro producto artístico, pueden salir bien o salir mal, y, por tanto gustar o no, rechazarse o defenderse; es sano que sobre ellas se diga lo que se opina en cualquier medio, incluyendo aquellos a los que el criticado se siente más ligado. ¿Pero es mucho pedir en estos tiempos apresurados y partisanos (por no decir sectarios) que la crítica, sobre todo la destructiva, se argumente y se substancie, y el crítico extreme la imparcialidad que está en la base de su noble oficio?

    El segundo principio recordado es que no existiendo aún -y cuánta falta nos hace- la figura del Defensor del Autor o Ombudsman de la Crítica que ponga un poco de orden y justicia en ese cometido, es insano que el crítico diga siempre la última palabra en un veredicto que muchas veces traiciona palmariamente el sumario de la obra juzgada. Como autor y como crítico en cantidades equiparables defiendo, y no soy el único, la legitimidad de aquella vía abierta por Eliot, la de criticar al crítico.

    El tercero más que un principio es una moraleja paradójica inspirada por una frase de Shakespeare en su famoso monólogo de Shylock en el acto III de ‘El mercader de Venecia': "Y si nos ofendéis, ¿no habremos de vengarnos?". Lo interesante de esta paradoja es que podría aplicarse a los dos sujetos de mi apólogo, el dos veces ofensor y el dos veces ofendido.

[Publicado el 22/7/2010 a las 16:43]

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Risa estival

Quizá porque lo leí por primera vez en un mes de julio de mi juventud, asocio ‘Tres tristes tigres' con el verano y este verano de nuevo reaparece (que no resucita, pues nunca ha estado muerta) la novela de Cabrera Infante, gracias a la excelente edición crítica que han hecho los profesores y estudiosos de la literatura latinoamericana Nivia Montenegro y Enrico Mario Santí, dentro de la colección Letras Hispánicas de Cátedra. El concepto de "edición crítica" puede arredrar a quien sólo busca en los libros la lectura y no la glosa de un texto. No hay que tener ese temor en esta ocasión. ‘Tres tristes tigres' sigue manteniendo en las casi 700 páginas de la nueva publicación su empuje cómico, su deslumbrante fusión del guiño a la alta cultura y el uso de las formas musicales y fílmicas más populares, sus personajes memorables y sus hallazgos verbales, algunos de los cuales se traducen en figuras como el bandido Bilis the Kid, el historiador Tito Lívido, el navegante Américo Prepucio, los filósofos Duns Escroto y Ortega und Gasset, la reina egipcia Nefritis o el potente conquistador Alejandro el Glande.

     Pasados cinco años del fallecimiento en Londres del gran autor cubano, han salido libros nuevos y póstumos de Cabrera Infante, y el Círculo de Lectores pronto empezará a editar la serie de volúmenes de sus Obras Completas, pero ‘Tres tristes tigres' revalida su vigencia como un clásico indiscutible de la literatura en lengua castellana. Apareció en 1967, el mismo año de ‘Cien años de soledad', y ambos libros, aun no teniendo nada en común sus autores, habrían de ser, junto con ‘La ciudad y los perros' de Vargas Llosa, los títulos esenciales en esa refundación de la novela contemporánea que se dio en llamar ‘boom'.

     Montenegro y Santí anotan y prologan el texto de Guillermo Cabrera sin exceso erudito, con iluminaciones muy de agradecer (sobre todo en lo que respecta a la riquísima jerga habanera), y añaden unos apéndices de gran utilidad, que incluyen la lista de los cortes de la censura franquista a la primera edición de Seix Barral y un conjunto de croquis de La Habana que servirán al lector  -incluso al que, como yo, sólo conozca la capital cubana a través de los libros- de mapa del tesoro lingüístico y sentimental que esconde ‘Tres tristes tigres'. También recomponen minuciosamente las fases de escritura, los tropiezos legales y la recepción que tuvo la novela desde su aparición, brindando además la traducción de un hasta ahora inédito en español ‘Epílogo para lectores latentes (o tardíos)' que el autor escribió para la traducción inglesa de ‘Tres tristes tigres'. En ese texto, Cabrera Infante se revela como un brillante adivino, ya que en 1972 anticipa que su ciudad, sus gentes y la lengua reflejada por el libro estaban condenadas "por la Revolución a desvanecerse en virtud de una inmediata catástrofe judicial. Un pueblo locuaz reducido al laconismo". Releída ahora, con todo, ‘Tres tristes tigres' es mucho más que esa "galería de voces" o "museo del habla cubana" de que habla Cabrera. Supone la fructífera permanencia de una forma de crear ficción inventiva, aguda y altamente divertida en la que ni el tiempo ni las dictaduras han hecho mella.

[Publicado el 16/7/2010 a las 11:36]

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Que nadie responda en mi nombre al fascismo

Quería pedir a los lectores que con la mejor voluntad han respondido (como Francisco de Escaen) o pensaran en responder en este blog a la carta calumniadora de MGV del pasado día 3 que no deben perder su tiempo en esos menesteres. Tras las iniciales MGV se esconde la figura de un pésimo escritor en su día del Opus y hoy de nada, pues sólo escribe libelos infames a ciclostil que suele mandar o repartir a mano por las casas, y con cuyo nombre completo no quiero manchar ‘El boomeran'. Ataques de tan poco calado intelectual (basados siempre en mentiras, todas, como la de su carta del día 3, fácilmente comprobables en su falsedad) y dirigidos en su libelo contra los mejores nombres de la literatura española sólo merecen la respuesta del silencio. El individuo, sin embargo, es también un agresor faccioso, pues fue él quien me atacó físicamente en su día en el programa de televisión de Sánchez Dragó, siguiendo después con su matonismo del Antiguo Régimen una campaña de amenazas de muerte por las que le tuve que denunciar y llevar al juzgado. En el día de la vista, MGV, con la cobardía que le caracteriza, anduvo rogando miserablemente que retirara yo mi denuncia (que tenía una posible condena de cárcel), cosa que, por consejo de mi abogado, hice con condiciones ante el juez: la denuncia no está retirada sino suspendida, por lo que, al margen de pediros a quienes frecuentáis el blog que no le prestéis atención (que es lo que él desea), le advierto a él que puedo de nuevo llevarle a juicio por calumnias y amenazas.

[Publicado el 09/7/2010 a las 14:30]

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Irving localiza en Madrid

Alguien pudo pensar que John Irving, a sus sesenta y tantos años, se había hecho gay. Hace pocas semanas, el escritor estadounidense andaba por Chueca mirando fijamente a los hombres, sentándose en las terrazas más concurridas de la plaza y entrando ciertas noches en los bares de ‘ambiente' de la calle Pelayo; algunos clientes le oyeron aplaudir estruendosamente, con sus recias manos de luchador, la interpretación mimada de una copla de Rocío Jurado en un local de ‘travestis' de Hortaleza. En su deambular por el corazón del barrio gay de Madrid, Irving iba a veces acompañado de otros dos hombres y de una mujer, pero también se le vio tomarse solo un vermú en el castizo bar de la esquina de Gravina y San Gregorio.

     Conocí a Irving un año impreciso del siglo pasado con motivo de la presentación en Madrid de su novela ‘El mundo según Garp'; yo no le había leído antes ni le conocía personalmente, pero sus editores españoles, por alguna razón misteriosa, pensaron en mí como presentador del libro, y a ellos les debo una velada muy grata y mi apego a su obra posterior. Ahora le he reencontrado en plena forma, aunque con dolor de muelas, en una visita que tuvo esa fase madrileña centrada en sus pesquisas por la ‘zona rosa' y una segunda en Barcelona para dar entrevistas y ruedas de prensa en torno a su nuevo título ‘La última noche en Twisted River' (Tusquets), que aún no he leído. Desde aquel primer encuentro inopinado a éste, Irving se ha casado de nuevo y ha sido padre de un chico -ya adolescente- con su segunda mujer Janet, una canadiense joven e inteligente que viajaba junto a él, acompañados casi siempre los dos en Madrid por el amigo común que nos ha vuelto a poner en contacto, Edmund White, otro excelente novelista norteamericano.

    Irving no ha cambiado su identidad sexual, pero comparte con una ingente cantidad de extranjeros -homosexuales y ‘heteros'- la fascinación por la vivacidad de la fauna y el paisaje gay que marcan esas pocas calles del centro de nuestra ciudad, ahora a punto de reventar de orgullo y falta de prejuicios. Me sorprendía lo mucho que al autor de ‘El Hotel New Hampshire' le gustaba todo lo que veía, como si los iconos, los atuendos y las maneras que tan parecidamente se dan en otras capitales europeas y americanas donde la homosexualidad se puede expresar libremente, en Madrid cobraran para él un novedoso relieve, una originalidad casi fundacional. Había una tarde en una terraza cerca de la calle Augusto Figueroa unas lesbianas del tipo chic, con aspecto de intelectuales centroeuropeas de los años 1920 (sólo les faltaba el monóculo), a las que Irving no quitó el ojo, aunque él lo que buscaba básicamente era un homosexual español de edad madura y largo pasado al que convertir en protagonista de su nueva novela aún en proceso de escritura. Es decir: estaba localizando exteriores y haciendo una especie de ojeo o ‘casting' puramente visual en Chueca.  

    Yo le recomendé que volviera durante la semana grande de las fiestas, y sobre todo para estar en Madrid el día de la gran cabalgata del pasado sábado. No podía él en esas fechas. A pesar de los cambios de sitio de las verbenas, el gentío fue tan grande como en años anteriores, y así pasó desapercibida para la mayoría la ausencia del camión engalanado que tenía intención de enviar (y pagar) el ayuntamiento de Tel Aviv; los organizadores del Madrid Orgullo tomaron la decisión política de eliminarlo, aunque en el desfile hubo homosexuales israelíes. Yo también opino que el actual gobierno integrista de Netanyhau, aunque elegido en su día democráticamente, es odioso, y criminal la incursión por mar y aire que acabó con nueve muertos entre los tripulantes de la flotilla; pero meter en el mismo saco militarista a todas las gentes de aquel país sería tan injusto como haber tildado en 1974 a todos los españoles de fascistas. Importantes intelectuales, periodistas y ciudadanos judíos escriben, se pronuncian y manifiestan contra sus dirigentes, mientras que -y esto conviene recordarlo estos días- en la tan heterogénea población hebrea que vive en Israel cada día tienen más voz las fuerzas retrógradas y fundamentalistas que, de poder, impedirían la marcha (y no me refiero a la nocturna de copas y bares) de los gays y lesbianas de Israel, en Israel, en Madrid y en cualquier lugar abierto del mundo.

    Ningún egipcio, ningún tunecino, ningún libio, iraní o nigeriano desfiló el 3 de julio por la Gran Vía representando a los gays de su país o ciudad. Los de Tel Aviv, por mucho que nos disguste Netanyahu, sí pueden hacerlo, y anteayer lo hicieron, aun sin carroza propia. Me parece a mí que el justamente celebrado e impresionante festejo reivindicativo del Orgullo Gay madrileño, este año centrado en la transexualidad, debería plantearse en los siguientes hacer ostensibles, preferiblemente con carruajes, a los hombres y mujeres homosexuales de tantísimos países musulmanes en los que se persigue, a veces hasta la muerte, no ya el ser visiblemente gay, sino el serlo.

[Publicado el 05/7/2010 a las 13:15]

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Un más austero Auster

‘Two Lovers' confirma a James Gray, nacido en 1969 en Nueva York, como uno de los tres o cuatro cineastas norteamericanos de verdadera importancia surgidos en los años 1990, y para mi gusto, el más estimulante al lado de su gran amigo -y tan distinto formalmente a él-  Paul Thomas Anderson, director de ‘Magnolia' y ‘Pozos de ambición'. Autor de tres muy notables obras anteriores enmarcadas dentro del género negro, Gray afina y aclara su enfoque narrativo y el alcance de su mirada al encarar en esta nueva película algo que podría llamarse melodrama sin serlo estrictamente.

 

    ‘Two Lovers' empieza mal, con unas imágenes al ralenti, que es como empezar un poema con un ripio. Lo que viene después de ese efecto tan banal no es mejor, pues vemos que el personaje ralentizado, el joven Leonard (Joaquin Phoenix), se tira a la bahía desde un puente, sin decidir ni conseguir ahogarse; se han visto ya tantas historias de suicidas inciertos e incomprendidos. Todo empieza a ir bien cuando Leonard, empapado tras salir del agua y ser amonestado por los pasantes, entra en su casa, donde vive con sus padres judíos emigrantes, una callada aunque observadora Ruth (Isabella Rossellini), y Reuben (Moni Moshonov), un tintorero bonachón que adora los shows cómicos de Benny Hill. Pronto sabremos, en una explicación algo mecánica, que el chico es bipolar y está medicado, tal vez a raíz de haberle dejado una novia. La definitiva mejora de la película se plantea desde el momento en que aparecen Sandra y Michelle, las dos muy guapas, las dos vecinas (una más que otra) y muy opuestas entre sí. Sandra (magnífica Vinessa Shaw) tiene un físico inquietante, como de retrato expresionista alemán,  pero es simple y tradicional: su película favorita de la historia es ‘Sonrisas y lágrimas', ansía casarse, y le regala a Leonard unos guantes horrorosos, con pespuntes y un adorno colgante de metal brilloso. Michelle, una tópica rubia de calendario (el personaje está hecho a imagen y semejanza de la protagonista Gwyneth Paltrow), tiene, por el contrario, un pasado, un temperamento turbio, gustándole además la ópera y el peligro.

     Gray dice haberse inspirado en ‘Las noches blancas' de Dostoievski a la hora de escribir (con Richard Menello) el guión de ‘Two Lovers'. La verdad es que la conexión con el novelista de Moscú la veo muy tenue, y en quien he pensado a menudo viendo su cine es en Paul Auster. El ‘austerismo' de Gray también es engañoso, sin embargo. Los dos utilizan moldes y oscuridades del ‘thriller', los dos tienen una filiación artística europea, y ‘Two Lovers' se desarrolla en un Brooklyn de tenderos y casas de ladrillo visto que podría ser el escenario de la vida y la obra de el autor de ‘El libro de las ilusiones'. Ahí acaba toda la coincidencia. Gray no es abstracto ni metanarrativo, y cuando en su relato hay opacidad es para mitigar el relámpago emocional que va a venir a continuación. En un tiempo y un entorno crítico que trata de genios a Gus Van Sant o Michael Gondry (por no hablar de otros cineastas actuales representantes del más estreñido academicismo de lo moderno), ‘Two lovers' puede pasar por sentimental y convencional. Lo primero lo es, de un modo deliberado, intenso y austero, pero casi nunca incurre en la convención, salvados esos momentos iniciales que se han apuntado. Predominan la delicadeza del trazo, la justa medida del factor costumbrista (en las fiestas de familia y ceremonias judaicas), el buen uso dramático de algo tan trillado, tan chillón, como es el teléfono móvil y su parafernalia mensajera.

    La media hora final es extraordinariamente conmovedora. El tormento dostoyeskiano que aflora aquí y allá en la película parece dejar paso a un ‘happy end' impropio del alma rusa, y el espectador de corazón, para quien la felicidad de estos individuos tan atractivos y tan desdichados está merecida, se siente, por el lado racional, decepcionado, y, por el de la ingenua justicia poética que todos llevamos dentro, satisfecho. No cuento lo que pasa en esos treinta últimos minutos, tan sólo describo. Leonard tiene una escena de escalera con su madre en la que Isabella Rossellini demuestra que la densidad y el misterio que puso de relieve en ‘Terciopelo azul' no sólo se debían a la mirada de David Lynch. Luego, en la espera del patio de la vivienda, aparece la silueta de Michelle como la de una Némesis o ‘Matrix' trágica, contrastando, en los planos de cierre, con el universo de Sandra: su guante hortera mojado en la orilla, el reencuentro en la casa, la festividad, el abrazo del desenlace. Un abrazo que podría ser el apogeo de una concesión del director y de una traición a sí mismo del personaje de Leonard. En absoluto. Las buenas películas se ruedan con ideas, y la idea de Gray de que Leonard abrace a la chica de espaldas a la cámara, sin que le veamos el rostro, lo dice todo, con reveladora elocuencia, sobre la dimensión de su renuncia.   

[Publicado el 01/7/2010 a las 13:13]

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Faltan palabras

Mientras José Saramago se moría yo le leía al otro lado del mar, un poco al norte de su isla de Lanzarote, en un lugar aislado de la costa marroquí donde las noticias llegan tarde; también yo llegaba tarde, con un año y medio de retraso desde su publicación, a ‘El viaje del elefante', el libro suyo que estaba leyendo. Pude reconstruir después, al conocer la muerte del escritor, qué era exactamente lo que yo leía de él mientras él se moría: la hermosa historia de la vaca que se pierde en los campos con su cría y se ve rodeada de lobos durante doce días y doce noches, obligada todo ese tiempo a defenderse y a defender al animalito que todavía no se puede valer, en una larga batalla, "la agonía de vivir en el límite de la muerte" (páginas 107-111 de la edición de Alfaguara).   

         Un día después de su fallecimiento en Lanzarote, y cuando ya el cuerpo de Saramago estaba en Lisboa, alguien me llamó por teléfono y me contó todo. La conversación, difícil por las interferencias de la línea en mi remoto rincón africano, fue corta, y al colgar el teléfono volví a la lectura de ‘El viaje del elefante', que había dejado abierto encima de un poyo de piedra. Abierto por la página 254, a punto ya de finalizar la novela, y en el pasaje en que el novelista introduce el motivo de la pobreza del vocabulario frente a la riqueza de la idea: "no es posible describir un paisaje con palabras. O mejor, posible sí que es, pero no merece la pena. Me pregunto si merece la pena escribir la palabra montaña cuando no sabemos qué nombre se da la montaña a sí misma".

         No es posible describir con palabras la pérdida, ni siquiera la de un escritor. Saramago, tan rico en ellas, lo afirma unas líneas antes del párrafo citado, en su "humilde reconocimiento de cuánta verdad hay en la conocida frase, Me faltan las palabras" (página 253). Nos faltan, efectivamente, las palabras. Y las personas. Todo nos falta cuando nos falta alguien.

[Publicado el 28/6/2010 a las 11:02]

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Que no se calle nunca

Es un personaje milagroso: el hombre más urbano que conozco y el que menos pisa las calles de la ciudad donde vive, que ahora vuelve a ser Madrid. Una de sus razones para no caminar, ni siquiera de una esquina a otra de la zona centro, es su acendrada querencia al taxi, un gremio que le debería hacer un homenaje, pues, aparte de darles ganancias ininterrumpidamente en las últimas décadas y diferentes países, es un viajero animado y a veces muy parlanchín. Por encima del taxi, sin embargo, Javier Gurruchaga ama el tren.

      El tren figura en su vida desde la cuna, algo que sólo los íntimos sabían y ahora él divulga, en el libreto de su nuevo disco, haciendo unos homenajes a su padre, Vicente Gurruchaga, trabajador de los ferrocarriles del Urola que, a la hermosa edad de 95 años, "subió a su último tren" mientras el cantante ultimaba y grababa estas composiciones. El disco, que fue hace unos días presentado en el Museo del Ferrocarril, lleva por título ‘El maquinista de la General', y, más que un guiño a Buster Keaton en una de sus más geniales películas, yo diría que se trata de una auto-referencia. Los fecundos trayectos de Gurruchaga, entre el cine y la música, del teatro a la televisión, entre libros y obras pictóricas, han tenido siempre un marco ferroviario, y tal vez su apogeo lo constituyó el programa para la 1 de TVE que el artista donostiarra hizo triunfalmente en 1988, con el nombre de ‘Viaje con nosotros' y los sugestivos decorados de vagones y estaciones de tren que le diseñaba Gerardo Vera.

    He seguido a Javier Gurruchaga desde hace más de veinticinco años, si bien mi mejor ‘trip' con él tuvo lugar no en un taxi ni en un expreso sino en calesa, un carricoche histórico tirado por un caballo en el que nos paseamos por las calles de Guadalajara, México, él vestido a la federica, con casaca, medias altas y sombrero de tres picos, y yo sólo de mí mismo, mientras conversábamos de literatura y nos grababa un equipo del Canal 22 de la televisión mexicana. La capacidad de transmutación histriónica y su saber circular entre lo cómico y lo serio con asombrosa facilidad son las dotes del gran showman que es.

     Gurruchaga ha vivido los últimos años en la capital de México, primero en el Hotel Catedral, junto al Zócalo, que sólo abandonaba para tomar los taxis de aquella capital, tan famosos por su peligro, conjurado por Javier gracias a una pequeña flotilla de confianza reservada para sus desplazamientos, la mayoría a las librerías de segunda mano y a la Cineteca Mexicana, donde se ha hecho un experto en el cine inagotable de aquel país; únicamente mi amiga Miriam Gómez sabe más que él de la edad dorada de los estudios de Churubusco. El Hotel Catedral tenía las mejores vistas sobre el bellísimo Centro Histórico del D.F., y estaba un poco dilapidado, como muchos de los mejores hoteles literarios del mundo. Después dejó el hotel, tomó un apartamento en la plaza de Santa Domingo, al lado del grandioso caserón donde se albergó tras la conquista nuestra Santa Inquisición, y, aparte de trabajar en el cine de allá y dar conciertos, preparó y grabó con mimo ‘El maquinista de la general', un Gurruchaga ‘vintage' muy bien editado por el sello El Cuarto Hombre.

   Lo mexicano le ha sentado maravillosamente a nuestro vasco. En la presentación madrileña del Museo del Ferrocarril, la Orquesta Mondragón iba vestida de ‘mariachi', adquiriendo esa tarde su colaborador perpetuo Popotxo Ayestarán un aura de divinidad azteca. Juan Cruz, que introdujo el pequeño concierto con unas palabras muy elocuentes, no llevaba visibles signo ‘mexicas'. Entre las diecisiete canciones del disco destacan especialmente para mi gusto ‘Metro Balderas' (un clásico del rock muy célebre en toda la América Latina), ‘¿Quién parará esta locura?' (peculiar canción de protesta ‘altermundialista' interpretada al alimón con la gran actriz y cabaretera Tiaré Scanda), ‘Pasó cerca la bala', con su impresionante solo de trompeta, y la versión personalísima y estupendamente cantada del clásico de Lennon&Mac Cartney ‘I´m so tired'. El disco se cierra con un homenaje al tabaco, vía Sara Montiel, que cobra su sentido de tolerancia al estar hecho por un no-fumador de toda la vida como Gurruchaga.

    Me quiero detener para acabar en ‘¿Por qué no te callas'?', que no es política ni está cantada a dúo con Hugo Chávez. Se trata de un divertido mambo-rock con algún aire ranchero, en el que el cantante, que también es autor de la música, utiliza en el estribillo el famoso exabrupto del rey Juan Carlos llevándolo al terreno de la intimidad amorosa. Javier Gurruchaga es locuaz, ocurrente y a veces extravagante, pero todo un demócrata, un hombre comprometido cívicamente, como ha demostrado más de una vez ante las circunstancias de nuestro país. Su voz no debería nunca dejar de oírse.

[Publicado el 25/6/2010 a las 10:30]

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Biografía

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su película Sagitario se estrenó en 2001), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética(Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007). Su libro más reciente es Con tal de no morir (Anagrama, 2009)

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas versiones de las piezas de Shakespeare: Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y Tintoretto y los escritores. En Espejo de Tinta ha publicado El cine de las sábanas húmedas.

Bibliografía

Audios asociados

Obras asociadas

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